lunes, 7 de septiembre de 2026

DE ABRAHAM A CEUTA: EL NUEVO TABLERO DEL ESTRECHO

 

En el artículo anterior hablábamos de catorce kilómetros y unos cuantos siglos de problemas. El Estrecho de Gibraltar no ha cambiado de tamaño, pero sí quienes juegan en sus orillas y el valor de las fichas. Durante mucho tiempo, el tablero parecía relativamente sencillo: España y el Reino Unido controlaban la orilla europea; Marruecos ocupaba la africana; Estados Unidos vigilaba el conjunto desde su alianza con España y la base de Rota. Ahora hay que añadir un jugador que hasta hace pocos años apenas aparecía en los mapas estratégicos del Estrecho: Israel.

Todo comenzó formalmente en 2020 con los Acuerdos de Abraham, promovidos durante el primer mandato de Donald Trump. Emiratos Árabes Unidos y Baréin normalizaron sus relaciones con Israel; posteriormente lo hicieron Sudán y Marruecos. Los acuerdos abrieron embajadas, rutas aéreas, intercambios comerciales y nuevas formas de cooperación regional.

El caso de Marruecos tenía una particularidad. Rabat no se limitó a reconocer a Israel. El 10 de diciembre de 2020, Trump anunció simultáneamente que Estados Unidos reconocía la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Dos decisiones formalmente independientes quedaron políticamente unidas: Marruecos daba un paso histórico hacia Israel y Washington otro igualmente histórico hacia Marruecos.

El Sáhara constituye desde hace medio siglo la gran obsesión de la política exterior marroquí. Para Rabat no es una disputa fronteriza más, sino un asunto de Estado. Conseguir que la primera potencia mundial reconociera su soberanía sobre el territorio significaba romper un dique diplomático que llevaba décadas resistiendo.

El acercamiento entre Marruecos e Israel tampoco quedó reducido a embajadas y vuelos comerciales. En noviembre de 2021 ambos países firmaron un memorando de defensa que institucionalizó la cooperación en inteligencia, formación militar y seguridad. Israel comenzó además a participar en ejercicios militares celebrados en Marruecos, incluida la gran maniobra African Lion, dirigida por Estados Unidos.

El triángulo empezaba a dibujarse: Estados Unidos, Israel y Marruecos. Desde la perspectiva estadounidense tiene lógica. Marruecos es un aliado antiguo y estable, situado frente a Europa, con fachada mediterránea y atlántica, próximo al Estrecho y enfrentado diplomáticamente con Argelia, tradicionalmente cercana a Rusia. Para Israel, disponer de un socio árabe en el extremo occidental del Mediterráneo amplía su profundidad estratégica. Y para Marruecos la operación resulta extraordinariamente rentable: dos potencias fundamentales respaldan su creciente papel regional.

No hace falta recurrir a ninguna teoría conspirativa. Los Estados hacen política exterior buscando ventajas. El resultado es que Marruecos pesa hoy bastante más que hace veinte años. Tánger Med se ha convertido en uno de los grandes complejos portuarios del Mediterráneo y África, mientras Rabat ha invertido en infraestructuras, industria, energía y defensa y desarrollado una política africana muy activa. El respaldo estadounidense de 2020 aceleró ese proceso.

Y ahí volvemos al Estrecho. En el artículo anterior señalábamos que controlar Gibraltar en el siglo XXI no consiste en colocar un cañón sobre una roca. El poder se ejerce mediante puertos, bases, radares, inteligencia, comercio, acuerdos militares y control de fronteras. Marruecos dispone además de un instrumento especialmente eficaz frente a Europa: la capacidad de regular la presión migratoria.

Ya lo vimos en mayo de 2021, cuando miles de personas cruzaron hacia Ceuta durante la crisis provocada por la hospitalización en España de Brahim Ghali, dirigente del Frente Polisario. Bastó una relajación del control marroquí para provocar una crisis política en España y la Unión Europea. Lo ocurrido los días 30 y 31 de julio de 2026 pertenece a otra escala.

Más de 70 000 personas atravesaron la frontera de Ceuta. La Audiencia Nacional investiga ahora los hechos ante la posibilidad de que constituyeran una acción coordinada con finalidad desestabilizadora. Los informes policiales describen una extraordinaria pasividad de las fuerzas marroquíes e incluyen testimonios según los cuales algunos agentes habrían facilitado el movimiento hacia la frontera.

Eso no demuestra que el Gobierno marroquí organizara la operación. Pedro Sánchez ha insistido en que el Gobierno no dispone de pruebas suficientes para afirmarlo. Marruecos lo niega y atribuye lo sucedido a las redes sociales, las mafias y una interpretación errónea de las posibilidades de entrar en territorio español. Conviene mantener esa cautela para no convertir una hipótesis en un hecho.

Pero después ocurrió algo difícil de ignorar. La crisis migratoria empezó a transformarse en territorial. Responsables marroquíes volvieron a plantear públicamente la soberanía sobre Ceuta y Melilla. El ministro de Justicia, Abdellatif Ouahbi, llegó a calificarlas como un «derecho histórico y geográfico» de Marruecos y propuso abrir un diálogo con España sobre su futuro. El Gobierno español rechazó cualquier negociación sobre su soberanía.

Es entonces cuando los Acuerdos de Abraham adquieren interés para interpretar lo ocurrido. Sería aventurado afirmar que Estados Unidos o Israel están detrás de la crisis de Ceuta. No existe ninguna prueba pública que permita sostenerlo. La pregunta interesante es otra: ¿han cambiado los Acuerdos de Abraham el cálculo estratégico de Marruecos frente a España?

Hay buenas razones para pensar que sí. Antes de 2020, Estados Unidos mantenía una posición neutral sobre la soberanía del Sáhara. Después desapareció esa barrera. Washington pasó a respaldar la reivindicación territorial más importante de Rabat y Marruecos profundizó simultáneamente su cooperación militar con Israel.

El mensaje que pudo extraer la monarquía marroquí resulta sencillo: su alineamiento estratégico tiene recompensa. Eso no significa que Washington vaya a apoyar una reivindicación sobre Ceuta y Melilla. Son asuntos jurídicamente diferentes. España considera ambas ciudades parte integral de su territorio y de la Unión Europea y sostiene que su soberanía no está abierta a negociación.

Pero en política internacional no solamente importa quién tiene razón. Importa también cuánto cuesta enfrentarse a cada uno. Y el precio de enfrentarse a Marruecos ha aumentado. Para Estados Unidos es un aliado estratégico en el norte de África. Para Israel, un socio militar y de inteligencia. Para la Unión Europea resulta imprescindible en el control migratorio. Para España es vecino, competidor, socio comercial y colaborador necesario en inmigración, terrorismo y narcotráfico. Esa acumulación de funciones proporciona a Rabat una capacidad negociadora que no poseía hace unas décadas.

La crisis permite además contemplar lo ocurrido a través de un concepto estudiado por la politóloga estadounidense Kelly M. Greenhill: la migración coercitiva. En su libro Weapons of Mass Migration (2010), Greenhill analizó numerosos episodios en los que gobiernos y otros actores políticos utilizaron —o amenazaron con utilizar— movimientos de población para presionar a otros Estados. Las personas que emigran no tienen por qué formar parte consciente de ninguna operación: el instrumento de presión consiste precisamente en facilitar, provocar o amenazar con facilitar su desplazamiento hacia otro país.

Ceuta ofrece condiciones especialmente favorables para una estrategia de ese tipo. Es pequeña, está rodeada por Marruecos y separada de la Península por el mar. Además, existe una enorme asimetría: Marruecos puede intensificar o relajar el control de quienes se dirigen hacia la frontera, mientras que España debe afrontar las consecuencias una vez cruzada. Una entrada de decenas de miles de personas puede desbordar en horas una ciudad de poco más de 80.000 habitantes. No hace falta mover un tanque para ejercer una formidable presión sobre el vecino. Por eso deberíamos evitar dos errores opuestos.

El primero consiste en afirmar, sin pruebas, que existe un plan conjunto de Marruecos, Israel y Estados Unidos para apoderarse de Ceuta. Eso pertenece al terreno de la especulación. El segundo sería analizar lo sucedido como si los Acuerdos de Abraham nunca hubieran existido.

Estados Unidos reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara. Marruecos reconoció a Israel. Israel y Marruecos establecieron una cooperación militar sin precedentes. Rabat ha ganado peso estratégico y diplomático. Y, después de la mayor crisis fronteriza sufrida por Ceuta, han reaparecido públicamente las reivindicaciones marroquíes sobre la ciudad. Ninguno de esos hechos demuestra una conspiración.

Pero todos pertenecen al mismo tablero. El Estrecho sigue teniendo catorce kilómetros en su punto más estrecho. Lo que ha cambiado desde 2020 es quién se sienta alrededor de la mesa y cuánto vale cada una de sus fichas. Quizá la pregunta que España debería hacerse después de lo ocurrido en Ceuta no sea solamente quién abrió la frontera durante aquellas horas, sino otra bastante más preocupante: qué pretende conseguir Marruecos con el poder que ha acumulado y hasta dónde está dispuesto a utilizarlo.