lunes, 7 de septiembre de 2026

GIBRALTAR: CATORCE KILÓMETROS QUE GOBIERNAN EL MEDITERRÁNEO

 

Hay lugares cuya importancia política resulta difícil de comprender mirando un mapa. El Estrecho de Gibraltar es uno de ellos. Sobre el papel parece poca cosa: una franja de agua de unos sesenta kilómetros de longitud que, en su punto más estrecho, apenas separa catorce kilómetros las costas europea y africana. En un día despejado, desde Tarifa se ven perfectamente las montañas de Marruecos. Parece casi posible cruzar de un continente a otro de un salto.

Pero esos catorce kilómetros constituyen una de las piezas más valiosas del tablero geopolítico mundial. La razón es sencilla. El Mediterráneo es prácticamente un mar cerrado y Gibraltar constituye su gran puerta occidental. Todo buque que quiera viajar desde sus puertos hacia América, África occidental o el norte de Europa debe atravesar el Estrecho. Y, a la inversa, buena parte del tráfico procedente del Atlántico que se dirige hacia Italia, Grecia, Turquía, el mar Negro, Oriente Próximo o el canal de Suez debe pasar por allí.

La Estrategia Nacional de Seguridad Marítima española calcula que por el Estrecho transitan más de 100.000 buques al año y advierte expresamente de que cualquier incidente grave en este corredor podría tener consecuencias para la economía mundial.

Los estrategas llaman chokepoints —literalmente, puntos de estrangulamiento— a estos lugares donde las grandes rutas marítimas se ven obligadas a atravesar pasos estrechos. Gibraltar pertenece a la misma familia geopolítica que Suez, Bab el-Mandeb, Ormuz o Malaca. La geografía concentra allí el tráfico y, al concentrarlo, concentra también el poder.vGibraltar tampoco funciona aisladamente. Forma parte de una gigantesca carretera marítima que comienza en el Atlántico, atraviesa el Estrecho, recorre el Mediterráneo y sale por Suez hacia el mar Rojo y el océano Índico. Una alteración importante en cualquiera de sus extremos repercute sobre el conjunto.

De ahí que Gibraltar haya sido disputado durante siglos. No es casualidad que el Reino Unido conserve allí una de sus posiciones militares más antiguas. Tampoco que España disponga en las proximidades de importantes instalaciones militares ni que Estados Unidos mantenga una presencia fundamental en Rota, a poco más de cien kilómetros del Estrecho.

Controlar el Estrecho no significa necesariamente poseer sus dos orillas. En el siglo XXI consiste sobre todo en vigilar quién pasa, garantizar que los barcos propios puedan hacerlo e impedir que un adversario interrumpa el tránsito. La OTAN conoce perfectamente el problema. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 puso en marcha la operación Active Endeavour y llegó a escoltar buques mercantes a través del Estrecho ante el riesgo de atentados. La Alianza consideraba vulnerable este paso por su estrechez y la densidad del tráfico.

Pero los barcos de guerra son solamente una parte del asunto. A ambos lados del Estrecho se desarrolla también una formidable competición económica. En la orilla europea se encuentra el puerto de Algeciras, uno de los grandes centros logísticos del Mediterráneo. En la africana ha crecido espectacularmente Tánger Med, convertido por Marruecos en una enorme plataforma industrial y portuaria conectada con las rutas internacionales. Ambos puertos compiten por contenedores, transbordos, mercancías y servicios marítimos, pero también constituyen los extremos de un puente comercial entre Europa y África.

Y debajo de los barcos ocurre algo que normalmente olvidamos. Por el fondo del Estrecho y sus inmediaciones pasan cables submarinos de telecomunicaciones que conectan Europa con África y otras redes internacionales. Gibraltar, por tanto, no es únicamente una autopista de mercancías, hidrocarburos y buques militares: también forma parte de la infraestructura física de la economía digital.

Pero existe otra carretera que atraviesa Gibraltar en dirección perpendicular. Mientras los grandes barcos circulan de este a oeste, personas y mercancías circulan de norte a sur. Europa y África alcanzan aquí su máxima proximidad. El Estrecho es simultáneamente frontera y puente.

Esa circunstancia explica otro componente de su importancia geopolítica: las migraciones. España constituye en este punto la frontera meridional de la Unión Europea. Marruecos, situado inmediatamente enfrente, posee por ello algo extraordinariamente valioso en las relaciones internacionales: capacidad para influir sobre la presión migratoria que alcanza territorio europeo. Cuando las fuerzas de seguridad marroquíes intensifican la vigilancia, el paso se dificulta; cuando la relajan, aumenta.

La migración puede convertirse así en instrumento de política exterior. No porque las personas que emigran formen parte necesariamente de ninguna operación organizada, sino porque un Estado situado en la ruta puede utilizar su capacidad de controlar las fronteras como elemento negociador frente al Estado receptor. En medio de ese delicado equilibrio aparecen dos pequeñas piezas españolas en territorio africano: Ceuta y Melilla.

Ceuta tiene una importancia particular porque se encuentra precisamente en la entrada mediterránea del Estrecho, frente a Gibraltar. Su superficie es diminuta y su población modesta, pero su posición geográfica resulta excepcional. Forma parte del dispositivo territorial que convierte a España simultáneamente en país europeo, mediterráneo, atlántico y norteafricano.

Aquí surge una paradoja histórica fascinante. Al norte del Estrecho está España, pero en su extremo oriental permanece Gibraltar bajo soberanía británica. Al sur se encuentra Marruecos, pero en la costa africana está Ceuta bajo soberanía española. En apenas unos kilómetros se cruzan así territorios pertenecientes a tres Estados, dos continentes, la Unión Europea y la OTAN.

Por eso cualquier alteración de las relaciones entre España y Marruecos adquiere inmediatamente una dimensión superior a la de una disputa bilateral. Marruecos lleva décadas desarrollando una política exterior cuyo gran objetivo territorial es consolidar su soberanía sobre el Sáhara Occidental. España, antigua potencia administradora, mantiene inevitablemente una relación especialmente delicada con ese conflicto. A ello se añaden Ceuta y Melilla, cuya soberanía española Marruecos ha cuestionado históricamente.

Durante mucho tiempo existió, sin embargo, una limitación fundamental. Marruecos era importante para Occidente, pero España pertenecía a la OTAN y a la Unión Europea, albergaba la base de Rota y ocupaba una posición privilegiada para garantizar el acceso occidental al Mediterráneo. Ese equilibrio está cambiando.

Marruecos ha realizado durante las últimas décadas una considerable inversión en infraestructuras, defensa y relaciones internacionales. Tánger Med es probablemente el símbolo más visible. Frente a la bahía de Algeciras ha aparecido una infraestructura portuaria que demuestra que la orilla africana ya no desempeña un papel secundario. Marruecos pretende convertirse en la gran plataforma que conecte Europa, África y el Atlántico.

El resultado es que las dos orillas del Estrecho tienen hoy un enorme valor para las potencias occidentales. Y esto conduce a una regla elemental de la geopolítica: cuando aumenta el valor estratégico de un país, aumenta también su capacidad de negociación.

Estados Unidos necesita estabilidad en el Estrecho. La OTAN necesita mantener abiertas las comunicaciones entre el Atlántico y el Mediterráneo. Europa necesita controlar su frontera meridional. España necesita cooperación marroquí en inmigración, terrorismo, narcotráfico y comercio. Marruecos necesita acceso al mercado europeo, inversiones y respaldo internacional.

Todos necesitan a todos, pero no necesariamente en la misma medida. Durante siglos, quien dominaba Gibraltar podía condicionar la entrada al Mediterráneo. Hoy el concepto de dominio es más complejo. Ya no depende solamente de una fortaleza situada sobre una roca. Depende de bases militares, puertos, radares, submarinos, satélites, cables, servicios de inteligencia, acuerdos diplomáticos, cooperación policial y capacidad para controlar los movimientos humanos a través de las fronteras.

Por eso conviene mirar de nuevo el mapa. En la orilla norte aparecen España, Gibraltar y Rota. En la orilla sur, Marruecos, Tánger Med y Ceuta. Hacia el este comienza el Mediterráneo; hacia el oeste, el Atlántico. A través de esos catorce kilómetros circulan barcos, mercancías, energía, información, personas y fuerzas militares. Y sobre ese tablero apareció en 2020 una pieza nueva.

Marruecos normalizó sus relaciones con Israel dentro de los llamados Acuerdos de Abraham, promovidos por Estados Unidos. A cambio, Washington hizo algo que hasta entonces ningún Gobierno estadounidense había hecho: reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Aquello no modificó la anchura del Estrecho ni desplazó un centímetro sus costas. Pero sí modificó algo mucho más importante: el equilibrio político entre quienes ocupan sus orillas.

Y para entender lo que está ocurriendo ahora en Ceuta quizá convenga empezar precisamente por ahí.