En enero de 1870, un caballero
inglés llamado John Hampden publicó en la revista Scientific Opinion un
desafío muy llamativo. Ofrecía apostar quinientas libras a que nadie sería
capaz de demostrar experimentalmente la curvatura de una superficie de agua.
Hampden estaba seguro de conservar su dinero porque pertenecía a una pequeña
pero entusiasta comunidad de británicos convencidos de que la Tierra era plana.
Alfred Russel Wallace, que por
entonces andaba a dos velas, aceptó el reto. Fue una mala idea, aunque para
comprender hasta qué punto conviene detenerse un momento en el hombre que la
tuvo. Wallace era uno de los grandes naturalistas del siglo XIX y, aunque la
inmensa sombra de Charles Darwin haya terminado por ocultarlo para el gran
público, merece compartir con él la paternidad de una de las ideas
fundamentales de la biología: la evolución por selección natural.
Wallace había nacido en Gales en
1823 y comenzó su vida profesional como agrimensor. Aprendió a medir terrenos,
manejar niveles y calcular distancias y diferencias de altura, un detalle que
treinta años después, cuando se encontró junto a un canal discutiendo con un
terraplanista, resultaría bastante oportuno. Su verdadera pasión era la
historia natural. Exploró durante cuatro años la Amazonia y pasó otros ocho
recorriendo el archipiélago malayo, donde reunió más de 125 000 ejemplares y
realizó observaciones que lo convertirían en uno de los fundadores de la
biogeografía. La famosa línea de Wallace, que marca una sorprendente frontera
entre las faunas de afinidad asiática y australiana, sigue llevando su nombre.
Su gran momento llegó en 1858.
Mientras se encontraba en la isla de Ternate sufriendo uno de sus recurrentes
ataques de fiebre, comprendió que, si nacen más individuos de los que pueden
sobrevivir y existen diferencias hereditarias entre ellos, las variantes que
proporcionen alguna ventaja tendrán mayor probabilidad de dejar descendencia.
Generación tras generación, ese mecanismo puede transformar las poblaciones.
Wallace acababa de llegar independientemente a la selección natural.
Escribió un ensayo y se lo envió
a Darwin, que llevaba unos veinte años trabajando sobre una idea semejante. El
1 de julio de 1858 se presentaron conjuntamente ante la Linnean Society textos
de ambos naturalistas. Al año siguiente apareció El origen de la especies
y la extraordinaria repercusión del libro terminó asociando para siempre el
nombre de Darwin con la evolución. Wallace quedó bajo su sombra, aunque fue,
sin duda, el otro padre de la selección natural.
Aquel hombre que había
sobrevivido a enfermedades tropicales, al incendio del barco que transportaba
sus colecciones amazónicas y a ocho años recorriendo las islas del sudeste
asiático regresó a Inglaterra y terminó enfrentándose a algo para lo que ninguna
de aquellas experiencias lo había preparado: un terraplanista.
El padre intelectual del
movimiento era Samuel Birley Rowbotham, que escribía bajo el seudónimo de
Parallax, «paralaje», y había bautizado su doctrina como astronomía zetética.
Zetético procede del griego y significa aproximadamente «investigador» o «indagador».
El nombre estaba magníficamente escogido. Rowbotham no decía simplemente «creo
que la Tierra es plana». Su mensaje resultaba mucho más seductor: no aceptes lo
que dicen los expertos; compruébalo por ti mismo.
Según los zetéticos, los
astrónomos eran unos científicos de pacotilla y la astronomía convencional una
falacia que contradecía la experiencia cotidiana. El horizonte parece plano, la
superficie del agua horizontal, no sentimos que el suelo se mueva y vemos al
Sol recorrer el cielo. ¿Por qué aceptar entonces que vivimos sobre una esfera
que gira mientras se desplaza por el espacio? El razonamiento posee el
atractivo de muchas explicaciones equivocadas: comienza con observaciones
ciertas y termina interpretándolas mal.
Rowbotham intentó demostrar sus
ideas hacia 1838 en el Bedford Level, una región extraordinariamente llana
atravesada por largos canales de drenaje. Observó con un telescopio una
embarcación que se alejaba por el Old Bedford River y aseguró que continuaba viéndola
cuando la curvatura terrestre debería haberla ocultado parcialmente. El
experimento tenía un inconveniente: las observaciones realizadas casi a ras del
agua son muy sensibles a la refracción atmosférica. Rowbotham había encontrado
un lugar excelente para observar espejismos y bastante malo para determinar la
forma del planeta.
John Hampden era uno de sus
seguidores. Cuando lanzó su desafío en 1870, Wallace pensó que podía zanjar la
cuestión mediante un experimento bien diseñado. Incluso consultó a Charles
Lyell, uno de los padres de la geología moderna, quien consideró que una
demostración clara quizá consiguiera acabar con aquellas tonterías. Fue un
hermoso ejemplo de cómo dos personas extraordinariamente inteligentes pueden
compartir una idea bastante ingenua: ambos suponían que Hampden quería
averiguar si estaba equivocado.
Wallace volvió al Old Bedford
River, pero no repitió el experimento de Rowbotham. Su antigua formación como
agrimensor le permitió diseñar uno mejor. Utilizó un tramo recto de seis millas
y dispuso señales a una altura suficiente sobre el agua para reducir la
refracción. Si la superficie fuese plana, los puntos de referencia aparecerían
alineados; si fuese convexa, la señal intermedia aparecería elevada respecto a
la línea visual entre los extremos.
Diagrama de la prueba desarrollada por Wallace para demostrar la curvatura de la Tierra.
La Tierra tuvo la descortesía de
ser redonda. La señal apareció donde correspondía y John Henry Walsh, editor de
The Field y árbitro de la apuesta, declaró vencedor a Wallace. Hampden
podía aceptar que el experimento había contradicho sus ideas o decidir que
Wallace había hecho trampas. Eligió lo segundo, y la historia abandonó entonces
la astronomía para internarse en un terreno bastante más interesante: la
psicología humana.
Hampden acusó a Wallace de fraude
e inició una campaña de hostigamiento que se prolongó durante años. Hubo
publicaciones difamatorias, amenazas, denuncias, condenas y pleitos. Las
famosas quinientas libras tampoco acabaron en el bolsillo de Wallace: después
de recibir el premio tuvo que devolver la cantidad aportada por Hampden porque
la apuesta no resultaba jurídicamente exigible. Entre abogados, procesos y años
de persecución, aquella demostración terminó costándole dinero y muchos
disgustos.
Hay algo profundamente cómico en
la situación, siempre que uno no sea Wallace. Un hombre que había padecido
fiebres tropicales, visto desaparecer entre las llamas cuatro años de
colecciones amazónicas, reunido más de cien mil ejemplares zoológicos, contribuido
a fundar la biogeografía y descubierto independientemente la selección natural
estuvo a punto de encontrar su némesis en un señor que pensaba que la Tierra
era un plato.
Muchos años después, Wallace
calificó aquello como «el episodio más lamentable de mi vida». Había aprendido
demasiado tarde algo esencial: el problema no era que Hampden careciera de
pruebas suficientes, sino que no existía una prueba que estuviera dispuesto a
aceptar si producía el resultado equivocado.
Ahí reside la extraordinaria
modernidad de la historia. Los descendientes intelectuales de la astronomía
zetética disponen hoy de satélites, vuelos intercontinentales, sistemas de
navegación y fotografías tomadas desde el espacio, pero algunos continúan repitiendo
la consigna de Rowbotham: «Haz tu propia investigación». La frase parece
impecablemente científica. El problema surge cuando investigar significa
aceptar solo aquello que confirma lo que ya se creía.
La ciencia funciona de otra
manera. No se distingue porque siempre tenga razón, sino porque dispone de
procedimientos para descubrir cuándo está equivocada. Una hipótesis científica
debe correr el riesgo de fracasar. Una creencia conspirativa suficientemente
cerrada, en cambio, puede convertir cualquier refutación en una nueva
confirmación: las fotografías están manipuladas, los científicos mienten, los
gobiernos ocultan la verdad y la coincidencia entre miles de especialistas
demuestra precisamente la magnitud de la conspiración. Es un sistema
magníficamente protegido contra la realidad.
Wallace pensó que Hampden y él
discutían sobre geometría. Se equivocaba. Wallace aceptaba que el experimento
podía demostrar que él estaba equivocado; Hampden no aceptaba la posibilidad
equivalente. Por eso Wallace podía perder la apuesta y Hampden no.
De modo que, si alguna vez un
terraplanista te propone apostar a que puede demostrarte que nuestro planeta no
es aproximadamente esférico, puedes enseñarle fotografías, explicarle los
eclipses, hablarle de Eratóstenes, de geodesia, de satélites y de
circunnavegaciones. Incluso puedes llevarlo al Old Bedford River con un
telescopio y un excelente agrimensor. Pero no apuestes. Wallace ya hizo el
experimento por ti.
* Una versión más extensa de este artículo ouede leerse en este enlace.