sábado, 12 de septiembre de 2026

NUNCA APUESTES CON UN TERRAPLANISTA*

 

En enero de 1870, un caballero inglés llamado John Hampden publicó en la revista Scientific Opinion un desafío muy llamativo. Ofrecía apostar quinientas libras a que nadie sería capaz de demostrar experimentalmente la curvatura de una superficie de agua. Hampden estaba seguro de conservar su dinero porque pertenecía a una pequeña pero entusiasta comunidad de británicos convencidos de que la Tierra era plana.

Alfred Russel Wallace, que por entonces andaba a dos velas, aceptó el reto. Fue una mala idea, aunque para comprender hasta qué punto conviene detenerse un momento en el hombre que la tuvo. Wallace era uno de los grandes naturalistas del siglo XIX y, aunque la inmensa sombra de Charles Darwin haya terminado por ocultarlo para el gran público, merece compartir con él la paternidad de una de las ideas fundamentales de la biología: la evolución por selección natural.

Wallace había nacido en Gales en 1823 y comenzó su vida profesional como agrimensor. Aprendió a medir terrenos, manejar niveles y calcular distancias y diferencias de altura, un detalle que treinta años después, cuando se encontró junto a un canal discutiendo con un terraplanista, resultaría bastante oportuno. Su verdadera pasión era la historia natural. Exploró durante cuatro años la Amazonia y pasó otros ocho recorriendo el archipiélago malayo, donde reunió más de 125 000 ejemplares y realizó observaciones que lo convertirían en uno de los fundadores de la biogeografía. La famosa línea de Wallace, que marca una sorprendente frontera entre las faunas de afinidad asiática y australiana, sigue llevando su nombre.

Su gran momento llegó en 1858. Mientras se encontraba en la isla de Ternate sufriendo uno de sus recurrentes ataques de fiebre, comprendió que, si nacen más individuos de los que pueden sobrevivir y existen diferencias hereditarias entre ellos, las variantes que proporcionen alguna ventaja tendrán mayor probabilidad de dejar descendencia. Generación tras generación, ese mecanismo puede transformar las poblaciones. Wallace acababa de llegar independientemente a la selección natural.

Escribió un ensayo y se lo envió a Darwin, que llevaba unos veinte años trabajando sobre una idea semejante. El 1 de julio de 1858 se presentaron conjuntamente ante la Linnean Society textos de ambos naturalistas. Al año siguiente apareció El origen de la especies y la extraordinaria repercusión del libro terminó asociando para siempre el nombre de Darwin con la evolución. Wallace quedó bajo su sombra, aunque fue, sin duda, el otro padre de la selección natural.

Aquel hombre que había sobrevivido a enfermedades tropicales, al incendio del barco que transportaba sus colecciones amazónicas y a ocho años recorriendo las islas del sudeste asiático regresó a Inglaterra y terminó enfrentándose a algo para lo que ninguna de aquellas experiencias lo había preparado: un terraplanista.

El padre intelectual del movimiento era Samuel Birley Rowbotham, que escribía bajo el seudónimo de Parallax, «paralaje», y había bautizado su doctrina como astronomía zetética. Zetético procede del griego y significa aproximadamente «investigador» o «indagador». El nombre estaba magníficamente escogido. Rowbotham no decía simplemente «creo que la Tierra es plana». Su mensaje resultaba mucho más seductor: no aceptes lo que dicen los expertos; compruébalo por ti mismo.

La interpretación moderna de la teoría de la Tierra plana se le atribuye a Samuel Rowbotham (1816-1884). Rowbotham utilizó su comprensión del experimento del Nivel de Bedford para desarrollar la idea de que la Tierra es un disco plano, centrado en el Polo Norte y bordeado por un alto muro de hielo. El Sol y la Luna orbitan la Tierra a una distancia aproximada de 4 800 kilómetros.

Según los zetéticos, los astrónomos eran unos científicos de pacotilla y la astronomía convencional una falacia que contradecía la experiencia cotidiana. El horizonte parece plano, la superficie del agua horizontal, no sentimos que el suelo se mueva y vemos al Sol recorrer el cielo. ¿Por qué aceptar entonces que vivimos sobre una esfera que gira mientras se desplaza por el espacio? El razonamiento posee el atractivo de muchas explicaciones equivocadas: comienza con observaciones ciertas y termina interpretándolas mal.

Rowbotham intentó demostrar sus ideas hacia 1838 en el Bedford Level, una región extraordinariamente llana atravesada por largos canales de drenaje. Observó con un telescopio una embarcación que se alejaba por el Old Bedford River y aseguró que continuaba viéndola cuando la curvatura terrestre debería haberla ocultado parcialmente. El experimento tenía un inconveniente: las observaciones realizadas casi a ras del agua son muy sensibles a la refracción atmosférica. Rowbotham había encontrado un lugar excelente para observar espejismos y bastante malo para determinar la forma del planeta.

John Hampden era uno de sus seguidores. Cuando lanzó su desafío en 1870, Wallace pensó que podía zanjar la cuestión mediante un experimento bien diseñado. Incluso consultó a Charles Lyell, uno de los padres de la geología moderna, quien consideró que una demostración clara quizá consiguiera acabar con aquellas tonterías. Fue un hermoso ejemplo de cómo dos personas extraordinariamente inteligentes pueden compartir una idea bastante ingenua: ambos suponían que Hampden quería averiguar si estaba equivocado.

Wallace volvió al Old Bedford River, pero no repitió el experimento de Rowbotham. Su antigua formación como agrimensor le permitió diseñar uno mejor. Utilizó un tramo recto de seis millas y dispuso señales a una altura suficiente sobre el agua para reducir la refracción. Si la superficie fuese plana, los puntos de referencia aparecerían alineados; si fuese convexa, la señal intermedia aparecería elevada respecto a la línea visual entre los extremos.

Diagrama de la prueba desarrollada por Wallace para demostrar la curvatura de la Tierra.

La Tierra tuvo la descortesía de ser redonda. La señal apareció donde correspondía y John Henry Walsh, editor de The Field y árbitro de la apuesta, declaró vencedor a Wallace. Hampden podía aceptar que el experimento había contradicho sus ideas o decidir que Wallace había hecho trampas. Eligió lo segundo, y la historia abandonó entonces la astronomía para internarse en un terreno bastante más interesante: la psicología humana.

Hampden acusó a Wallace de fraude e inició una campaña de hostigamiento que se prolongó durante años. Hubo publicaciones difamatorias, amenazas, denuncias, condenas y pleitos. Las famosas quinientas libras tampoco acabaron en el bolsillo de Wallace: después de recibir el premio tuvo que devolver la cantidad aportada por Hampden porque la apuesta no resultaba jurídicamente exigible. Entre abogados, procesos y años de persecución, aquella demostración terminó costándole dinero y muchos disgustos.

Hay algo profundamente cómico en la situación, siempre que uno no sea Wallace. Un hombre que había padecido fiebres tropicales, visto desaparecer entre las llamas cuatro años de colecciones amazónicas, reunido más de cien mil ejemplares zoológicos, contribuido a fundar la biogeografía y descubierto independientemente la selección natural estuvo a punto de encontrar su némesis en un señor que pensaba que la Tierra era un plato.

Muchos años después, Wallace calificó aquello como «el episodio más lamentable de mi vida». Había aprendido demasiado tarde algo esencial: el problema no era que Hampden careciera de pruebas suficientes, sino que no existía una prueba que estuviera dispuesto a aceptar si producía el resultado equivocado.

Ahí reside la extraordinaria modernidad de la historia. Los descendientes intelectuales de la astronomía zetética disponen hoy de satélites, vuelos intercontinentales, sistemas de navegación y fotografías tomadas desde el espacio, pero algunos continúan repitiendo la consigna de Rowbotham: «Haz tu propia investigación». La frase parece impecablemente científica. El problema surge cuando investigar significa aceptar solo aquello que confirma lo que ya se creía.

La ciencia funciona de otra manera. No se distingue porque siempre tenga razón, sino porque dispone de procedimientos para descubrir cuándo está equivocada. Una hipótesis científica debe correr el riesgo de fracasar. Una creencia conspirativa suficientemente cerrada, en cambio, puede convertir cualquier refutación en una nueva confirmación: las fotografías están manipuladas, los científicos mienten, los gobiernos ocultan la verdad y la coincidencia entre miles de especialistas demuestra precisamente la magnitud de la conspiración. Es un sistema magníficamente protegido contra la realidad.

Wallace pensó que Hampden y él discutían sobre geometría. Se equivocaba. Wallace aceptaba que el experimento podía demostrar que él estaba equivocado; Hampden no aceptaba la posibilidad equivalente. Por eso Wallace podía perder la apuesta y Hampden no.

De modo que, si alguna vez un terraplanista te propone apostar a que puede demostrarte que nuestro planeta no es aproximadamente esférico, puedes enseñarle fotografías, explicarle los eclipses, hablarle de Eratóstenes, de geodesia, de satélites y de circunnavegaciones. Incluso puedes llevarlo al Old Bedford River con un telescopio y un excelente agrimensor. Pero no apuestes. Wallace ya hizo el experimento por ti.

* Una versión más extensa de este artículo ouede leerse en este enlace