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sábado, 12 de septiembre de 2026

NUNCA APUESTES CON UN TERRAPLANISTA (Versión larga)

 

En enero de 1870, un caballero inglés llamado John Hampden publicó un desafío en la revista Scientific Opinion. Ofrecía apostar quinientas libras a que nadie sería capaz de demostrar experimentalmente la curvatura de una superficie de agua. Podía ser un río, un canal o un lago. Le daba igual. Hampden estaba seguro de conservar su dinero porque pertenecía a una pequeña pero entusiasta comunidad de británicos convencidos de que la Tierra era plana.

Quinientas libras constituían una cantidad muy respetable. Alfred Russel Wallace, que a la sazón andaba a dos velas, aceptó el reto. El 15 de enero escribió a Hampden ofreciéndose a depositar la misma cantidad y a demostrar «visiblemente» y mediante medidas precisas la convexidad de un canal o un lago. Fue una mala idea, aunque para comprender hasta qué punto conviene detenerse un momento en el hombre que la tuvo, porque Alfred Russel Wallace no era un científico cualquiera ni uno de esos caballeros victorianos aficionados a medir cosas los domingos. Era uno de los grandes naturalistas del siglo XIX y, aunque la gigantesca sombra de Charles Darwin haya terminado por ocultarlo para el gran público, merece compartir con él la paternidad de una de las ideas más importantes de la historia de la ciencia: la evolución por selección natural.

Wallace había nacido en 1823 en Gales, en una familia de recursos económicos menguantes. No pudo permitirse una educación universitaria y comenzó a trabajar como agrimensor junto a su hermano William. Aprendió a medir terrenos, manejar niveles, calcular distancias y determinar diferencias de altura. Parece un detalle menor en la biografía de un naturalista, pero treinta años después, cuando se encontró junto a un canal discutiendo con un terraplanista, resultó bastante oportuno.

Su verdadera pasión era la historia natural. En 1848 partió hacia la Amazonia con otro joven naturalista, Henry Walter Bates. Ambos pretendían estudiar la fauna y, de paso, financiar la aventura vendiendo ejemplares a coleccionistas europeos. Wallace permaneció cuatro años en la cuenca amazónica. Cuando emprendió el regreso a Inglaterra llevaba consigo una enorme colección de animales, plantas, dibujos y notas, pero el barco, el Helen, se incendió en mitad del Atlántico. Wallace tuvo tiempo de salvar poco más que unas cuantas pertenencias. Después de contemplar cómo cuatro años de trabajo ardían y se hundían en el océano, pasó diez días en un bote salvavidas antes de ser rescatado. Cualquier persona razonable habría interpretado aquello como una invitación a buscar una profesión con menos barcos, mosquitos y catástrofes. Wallace decidió volver a los trópicos.

En 1854 emprendió una expedición mucho más ambiciosa por el archipiélago malayo, la inmensa región comprendida entre el sudeste asiático y Australia. Permaneció allí ocho años, recorrió unos 22 500 kilómetros y realizó decenas de viajes entre islas. Cuando hizo inventario de sus capturas contó exactamente 125 660 ejemplares: 310 mamíferos, 100 reptiles, 8 050 aves, 7 500 conchas, 13 100 mariposas y polillas, 83 200 escarabajos y otros 13 400 insectos. Varios miles pertenecían a especies desconocidas entonces para la ciencia. Pero la importancia de Wallace no reside en haber llenado muchos cajones de museo.

Mientras viajaba comenzó a advertir algo extraño. Las islas de Bali y Lombok están separadas por un estrecho de apenas unas decenas de kilómetros, pero sus animales son sorprendentemente diferentes. Al oeste predominaban especies relacionadas con la fauna asiática; hacia el este aparecían formas propias del mundo australiano. Macacos, tigres y otros representantes de la fauna asiática desaparecían mientras surgían cacatúas, aves del paraíso y marsupiales. Wallace comprendió que aquella distribución tenía una historia. La frontera que señaló —posteriormente modificada y perfeccionada— sigue figurando en los libros de biogeografía como línea de Wallace. Había descubierto que para comprender por qué una especie vive donde vive no basta con estudiar el clima o la vegetación actuales. Hay que reconstruir también la historia geológica, las antiguas conexiones entre territorios y las barreras que durante millones de años han separado unas faunas de otras.

Pero su gran momento llegó en 1858. Wallace se encontraba en la isla de Ternate sufriendo uno de sus recurrentes ataques de fiebre cuando comenzó a darle vueltas a una vieja cuestión: ¿cómo se originan las especies? Había leído a Thomas Malthus y recordó su argumento sobre la tendencia de las poblaciones a crecer por encima de los recursos disponibles. De pronto comprendió algo. Si nacen más individuos de los que pueden sobrevivir y existen diferencias hereditarias entre ellos, aquellas variantes que proporcionen alguna ventaja tendrán mayor probabilidad de dejar descendencia. Generación tras generación, ese proceso puede transformar las poblaciones. Wallace acababa de llegar, de manera independiente, a la selección natural.

Hizo entonces algo que cambiaría la historia de la biología: escribió un ensayo y se lo envió a Charles Darwin. Darwin llevaba unos veinte años trabajando privadamente sobre una idea extraordinariamente semejante y recibió el manuscrito con comprensible preocupación. El asunto se resolvió con notable desenvoltura gracias a Charles Lyell y Joseph Dalton Hooker. El 1 de julio de 1858 se presentaron ante la Linnean Society de Londres textos de Darwin y Wallace que establecían conjuntamente el principio de selección natural. Wallace no estaba allí: seguía en el otro extremo del mundo.

Al año siguiente Darwin publicó El origen de la especies. Su enorme acumulación de pruebas, la profundidad de su argumentación y el gigantesco impacto del libro hicieron que su nombre acabara identificado con la teoría. No hubo, sin embargo, una historia sencilla de Darwin apropiándose del descubrimiento de un rival ausente. Wallace reconoció siempre la prioridad del prolongado trabajo de Darwin y mantuvo hacia él una admiración extraordinaria. Fueron amigos y aliados intelectuales, aunque discreparan después en asuntos importantes. La historia ha sido menos generosa con Wallace que Darwin. Hoy hablamos de darwinismo, no de wallaceísmo; Darwin está enterrado en la abadía de Westminster y su barba constituye uno de los iconos universales de la ciencia, mientras Wallace ha quedado convertido para muchos en «el otro hombre» que también descubrió la selección natural. Es una simplificación injusta para quien fue además uno de los fundadores de la biogeografía.

Y aquel hombre que había sobrevivido al Amazonas, al incendio de un barco, a enfermedades tropicales y a ocho años recorriendo el archipiélago malayo regresó a Inglaterra y terminó enfrentándose a algo para lo que ninguna de aquellas experiencias lo había preparado: un terraplanista.

El padre intelectual del movimiento se llamaba Samuel Birley Rowbotham y utilizaba el apropiado seudónimo de Parallax. En astronomía, la paralaje (griego parallax), es el cambio aparente de posición de un objeto cuando se observa desde dos puntos diferentes. Un ejemplo doméstico: extiende un dedo frente a ti y míralo primero con un ojo y después con el otro; parecerá desplazarse respecto al fondo. Ese desplazamiento aparente es la paralaje. En astronomía resulta fundamental porque permite medir distancias.

A mediados del siglo XIX Parallax había comenzado a difundir una doctrina que bautizó como astronomía zetética y que desarrollaría en Zetetic Astronomy: Earth Not a Globe. Zetético procede del griego y significa aproximadamente «investigador» o «indagador». La elección era magnífica desde el punto de vista propagandístico. Rowbotham no decía simplemente: «Creo que la Tierra es plana». Su argumento era más seductor: «No acepto lo que me cuentan; lo compruebo por mí mismo».

Según los zetéticos, la astronomía convencional era una filfa que se había alejado de la experiencia inmediata. Uno sale al campo y ve un horizonte plano. Deja un vaso de agua sobre una mesa y su superficie es horizontal. No siente que el suelo se desplace bajo sus pies. Mira al cielo y observa al Sol moverse de este a oeste. ¿Por qué habría de aceptar entonces que vive sobre una esfera que gira vertiginosamente mientras recorre el espacio? El razonamiento tiene el atractivo de todas las explicaciones equivocadas que comienzan con hechos ciertos. Si quiere ver abundantes ejemplos, entre en Forocoches.

Rowbotham afirmaba que la Tierra era un disco con el Polo Norte en el centro. La Antártida constituía una barrera helada situada alrededor de su periferia y el Sol y la Luna eran pequeños cuerpos que circulaban a poca altura sobre nosotros. Para demostrarlo recurrió a un lugar llamado Bedford Level, una región extraordinariamente llana de los Fens ingleses atravesada por largos canales de drenaje. Allí realizó hacia 1838 el experimento que se convertiría en una de las piedras fundacionales del terraplanismo moderno. Observó mediante un telescopio una embarcación que se alejaba por un tramo recto del Old Bedford River y aseguró que continuaba viéndola cuando la curvatura terrestre debería haber ocultado parte de ella.

La interpretación moderna de la teoría de la Tierra plana se le atribuye a Samuel Rowbotham (1816-1884). Rowbotham utilizó su comprensión del experimento del Nivel de Bedford para desarrollar la idea de que la Tierra es un disco plano, centrado en el Polo Norte y bordeado por un alto muro de hielo. El Sol y la Luna orbitan la Tierra a una distancia aproximada de 4 800 kilómetros.

Había un problema, y no era pequeño. Las observaciones realizadas a muy poca altura sobre una superficie de agua son especialmente sensibles a la refracción atmosférica. Las diferencias de temperatura entre las capas de aire curvan los rayos luminosos y pueden alterar considerablemente la posición aparente de los objetos distantes. Rowbotham había elegido un magnífico lugar para contemplar espejismos y uno bastante malo para zanjar la forma del planeta. A sus seguidores aquello les pareció un detalle sin importancia. Entre ellos estaba John Hampden.

La refracción atmosférica puede hacer que sea visible un objeto situado debajo del horizonte.

Cuando Hampden lanzó su desafío en 1870, Wallace pensó que podía resolver la cuestión mediante un experimento cuidadosamente diseñado. Incluso consultó a Charles Lyell, uno de los padres de la geología moderna y viejo amigo de Darwin. Lyell consideró que merecía la pena: una demostración clara quizá consiguiera acabar con aquellas sandeces. Fue un hermoso ejemplo de cómo dos personas extraordinariamente inteligentes pueden compartir simultáneamente una idea bastante ingenua: ambos suponían que Hampden quería saber si estaba equivocado.

Wallace regresó al Old Bedford River, pero no repitió sin más el experimento de Rowbotham. Su antigua formación como agrimensor le permitía diseñar algo mejor. Utilizó un tramo recto de seis millas (9,1 km) y situó las señales a una altura suficiente sobre el agua para reducir los efectos de la refracción. El principio era sencillo. Si se colocaban varios puntos de referencia a la misma altura sobre una superficie perfectamente plana, aparecerían alineados al observarlos con un telescopio nivelado. Si la superficie fuese convexa, el punto intermedio aparecería elevado respecto a la línea visual que unía los extremos. El experimento definitivo utilizó el parapeto de un puente, un disco de referencia y una señal intermedia, cuidadosamente dispuestos para comparar sus alturas aparentes.

Diagrama de la prueba desarrollada por Wallace para demostrar la curvatura de la Tierra.

La Tierra tuvo la mala uva de ser redonda. La señal intermedia apareció en la posición correspondiente a una superficie convexa y John Henry Walsh, editor de The Field y árbitro principal de la apuesta, declaró vencedor a Wallace. Hampden tenía entonces dos posibilidades. Podía aceptar que el experimento acordado había contradicho sus ideas, estrechar la mano de Wallace y reconsiderar la forma de la Tierra, o podía decidir que Wallace había hecho trampas. Eligió lo segundo, y a partir de ese momento la historia abandona la astronomía para internarse en un territorio bastante más interesante: la psicología humana.

Hampden sostuvo que Wallace era un impostor y que el experimento demostraba precisamente lo contrario de lo que afirmaba. Su propio representante, William Carpenter, otro redomado terraplanista, interpretó las observaciones a favor de una Tierra plana. Wallace protestó, se publicaron cartas y folletos y las acusaciones fueron subiendo de tono. Hampden inició una campaña de hostigamiento que se prolongaría durante años, en la que Wallace fue presentado como tramposo, estafador y embaucador. Las cartas amenazantes alcanzaron incluso a su familia y aquello que había comenzado como una demostración geométrica terminó trasladándose a los tribunales.

La historia de las quinientas libras es, además, bastante más complicada de lo que suele contarse. Los dos contendientes habían depositado esa cantidad, de manera que el ganador debía recibir mil. Después del fallo favorable, Wallace recibió el dinero, pero Hampden recurrió a la justicia y consiguió recuperar su depósito porque la apuesta no resultaba jurídicamente exigible. Wallace tuvo que devolver las quinientas libras del terraplanista. Aquello habría sido suficientemente irritante si todo hubiera terminado allí, pero las campañas difamatorias de Hampden originaron nuevos procedimientos judiciales, denuncias, condenas y gastos. Wallace obtuvo resoluciones favorables, aunque eso no significó recuperar todo lo que los pleitos le costaron. El enfrentamiento que había comenzado con la perspectiva de ganar quinientas libras terminó consumiendo dinero, tiempo y años de disgustos.

Hay algo profundamente cómico en la situación, siempre que uno no sea Wallace. Un hombre había viajado por algunas de las regiones más peligrosas del planeta, sufrido fiebres tropicales, contemplado cómo cuatro años de colecciones amazónicas desaparecían entre las llamas, pasado diez días a la deriva en el Atlántico, recorrido miles de kilómetros por selvas e islas y reunido 125 660 ejemplares zoológicos. Había descubierto uno de los grandes principios organizadores de la biogeografía y, de manera independiente, el mecanismo de la selección natural. Y estuvo a punto de encontrar su némesis en un señor que pensaba que la Tierra era un plato.

Wallace terminó comprendiendo su error. Muchos años después recordó el asunto en su autobiografía y lo calificó como «el episodio más lamentable de mi vida». Había descubierto demasiado tarde algo que el matemático Augustus De Morgan había advertido al hablar de los paradoxers, esos personajes empeñados en demostrar la cuadratura del círculo, refutar a Newton o defender sistemas que ninguna evidencia parecía capaz de modificar. El problema no era que Hampden careciese de pruebas suficientes; era que no existía una prueba que estuviera dispuesto a aceptar si producía el resultado equivocado.

Ahí reside la extraordinaria modernidad de esta historia. Ciento cincuenta años después, los descendientes intelectuales de la astronomía zetética disponen de herramientas con las que Rowbotham no habría podido soñar. Pueden consultar imágenes obtenidas desde satélites, seguir vuelos intercontinentales, comunicarse al instante con personas situadas en las antípodas, observar eclipses retransmitidos desde varios continentes y utilizar sistemas de navegación cuyo funcionamiento depende de una descripción extraordinariamente precisa de la Tierra. Y, pese a todo, algunos continúan repitiendo la consigna zetética por excelencia: «Haz tu propia investigación».

La frase parece impecablemente científica. No confíes ciegamente en la autoridad; observa, comprueba, experimenta. El problema aparece cuando «hacer tu propia investigación» significa aceptar solo las observaciones compatibles con aquello que ya se creía. La ciencia funciona de otra manera. Un científico no se distingue porque observe personalmente todos los fenómenos sobre los que habla. Ningún astrónomo necesita viajar al Sol para aceptar que contiene hidrógeno, ningún geólogo ha visitado el manto terrestre y ningún biólogo ha contemplado directamente al antepasado común de seres humanos y chimpancés.

La ciencia es una empresa colectiva basada en observaciones reproducibles, instrumentos calibrados, hipótesis contrastables y resultados que otros investigadores pueden discutir y comprobar. Su característica esencial no es que siempre tenga razón, sino que dispone de procedimientos para descubrir cuándo está equivocada.

Ese era precisamente el elemento ausente en la astronomía zetética de Rowbotham y Hampden. Si una observación parecía demostrar que la Tierra era plana, constituía una prueba; si demostraba que era curva, había algún problema con la observación. El sistema estaba magníficamente protegido contra la realidad. No resulta difícil reconocer el mismo mecanismo en muchas controversias actuales.

Cuando una creencia forma parte de una teoría conspirativa suficientemente cerrada, cualquier prueba contraria puede incorporarse a la conspiración. Las fotografías están manipuladas, los científicos mienten, las universidades están compradas, los gobiernos ocultan la verdad y los medios colaboran en el engaño. El hecho de que todas esas instituciones coincidan constituye entonces, precisamente, una demostración de hasta dónde llega la conspiración. Es una fortaleza intelectual perfecta porque carece de puertas.

Wallace pensó que Hampden y él estaban discutiendo sobre geometría, pero no era así. Wallace había aceptado una regla elemental: si el experimento demostraba que la superficie era plana, perdería quinientas libras y tendría que reconocerlo. Hampden no había aceptado la regla equivalente. Por eso Wallace podía perder la apuesta y Hampden no. Darwin y Wallace habían llegado independientemente a la selección natural porque ambos intentaban explicar hechos que podían obligarlos a abandonar sus ideas anteriores. Esa disposición a equivocarse constituye una de las diferencias fundamentales entre investigar y limitarse a buscar confirmaciones.

Wallace necesitó atravesar medio mundo para descubrir cómo actúa la selección natural. Para aprender aquella otra lección le bastaron seis millas de un canal inglés, aunque le salió bastante más cara. De modo que, si alguna vez un terraplanista les propone apostar quinientas libras a que pueden demostrarle que nuestro planeta es aproximadamente esférico, recuerden a Alfred Russel Wallace. Pueden enseñarle fotografías, explicarle los eclipses, hablarle de Eratóstenes, de circunnavegaciones, de geodesia, de satélites y de péndulos. Incluso pueden llevarlo al Old Bedford River con un telescopio, varios postes y un excelente agrimensor.

Pero no apuesten. Wallace ya hizo el experimento por nosotros.