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jueves, 3 de septiembre de 2026

VENEZUELA Y EL TELÉFONO DE ORO DE EL PADRINO II

 

Hay una escena memorable en El Padrino II. En la Cuba de Fulgencio Batista, un grupo de empresarios norteamericanos celebra, copa en mano, las oportunidades que ofrece la isla: casinos, hoteles, azúcar, juego y un país entero disponible para quien tenga dinero, relaciones y la protección adecuada. El dictador recibe de sus visitantes un teléfono de oro. Poco después, Batista huye y todo aquel mundo de negocios, favores y propinas políticas queda arrastrado por la revolución.

El conservador Wall Street Journal ha recurrido a esa escena para describir el acuerdo petrolero que la Administración Trump acaba de anunciar con Delcy Rodríguez, presidenta interina venezolana desde la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses hace ocho meses. La comparación no procede de The Nation, ni de algún periódico bolivariano, ni siquiera de una organización venezolana de oposición: procede de un diario que no acostumbra a confundir el capitalismo con la piratería ni la geopolítica con el cine de gánsteres.

No es difícil entender por qué. Lo que se conoce del pacto es, para empezar, extraordinario. La Casa Blanca ha confirmado oficialmente la “privatización” del sector de hidrocarburos de Venezuela. El gobierno interino de Delcy Rodríguez ha concedido por un siglo entero 17 campos petroleros que acumulan cerca de 65 000 millones de barriles en reservas, una quinta parte, aproximadamente, del petróleo venezolano, a la compañía North American Blue Energy Partners (NABEP), propiedad del millonario venezolano Alejandro Betancourt, investigado por la justicia. Esta empresa se ha asociado con el Gobierno estadounidense, según confirma la oficina presidencial. No se trata, por tanto, de vender crudo en un mercado abierto, sino de asegurarse una fracción sustancial de él con ventajas que ningún competidor normal podría obtener.

Todavía más llamativo es el papel reservado a Estados Unidos. El inversor no sería Chevron, ExxonMobil o ConocoPhillips, sino el propio Pentágono, a través de su Oficina de Capital Estratégico. La participación se estructuraría mediante penny warrants, un instrumento financiero que otorga el derecho a comprar acciones de una empresa por un precio simbólico o casi nulo, normalmente de un centavo o menos. Es una fórmula que permitiría al Gobierno estadounidense entrar en el capital de la empresa sin realizar una inversión convencional de gran cuantía.

La operación plantea una pregunta elemental: ¿con qué autoridad puede el Departamento de Defensa de Estados Unidos convertirse en socio de una empresa petrolera extranjera? La Oficina de Capital Estratégico fue creada para facilitar financiación, préstamos o garantías vinculadas a intereses de seguridad nacional. Que ese mandato alcance a otorgar al Pentágono una participación en una empresa privada con concesiones petroleras en Venezuela no está, ni mucho menos, claro. El Wall Street Journal se pregunta con razón por qué la institución encargada de defender a Estados Unidos debe convertirse en intermediaria y accionista de un negocio de petróleo pesado del Orinoco.

La explicación es poco edificante. Desde la caída de Maduro, Trump había solicitado a las grandes petroleras de su país a regresar a Venezuela y reabrir el grifo. Las petroleras no respondieron con el entusiasmo esperado. No porque les falte apetito por el petróleo, sino porque conocen Venezuela. Saben que sus instalaciones están deterioradas, que el marco legal es volátil, que la seguridad jurídica es escasa y que cualquier contrato firmado por un poder provisional puede ser anulado por un gobierno posterior. Por eso Washington ha optado por fabricar su propio vehículo inversor, asociado a un empresario local que conoce el terreno y mantiene relaciones con la nueva presidenta.

El resultado es un triángulo político de aspecto deplorable: una administración estadounidense que desalojó por la fuerza al presidente venezolano; una sucesora no elegida que conserva el poder gracias, entre otras cosas, al respaldo de Washington; y un empresario próximo a esa sucesora que obtiene una posición privilegiada en el principal negocio nacional. Cualquier petrolera extranjera que entre en Venezuela deberá contar, en la práctica, con esos tres socios: la familia política de Rodríguez, Betancourt y el Gobierno de Estados Unidos.

La crítica al acuerdo no consiste en idealizar a Nicolás Maduro. Fue un autócrata que arruinó su país, persiguió a sus adversarios y convirtió una democracia petrolera imperfecta en un régimen autoritario y empobrecido. Precisamente por eso resultaba necesario que Venezuela recupere instituciones legítimas, elecciones libres y un poder sometido a la ley. Lo que se ha hecho, sin embargo, parece apuntar en la dirección contraria: se ha sustituido a un gobernante ilegítimo por un arreglo de fuerza y se pretende blindarlo con un negocio petrolero de duración extraordinaria.

La Constitución venezolana establece que los yacimientos de hidrocarburos pertenecen a la República y no pueden ser vendidos. Delcy Rodríguez sostiene que Venezuela conservará la propiedad de los recursos y que el acuerdo aportará inversiones, empleo, impuestos y un porcentaje para el Estado (mínimo, hay que puntualizar). Puede que así se presente formalmente. Pero la sustancia importa más que los adornos jurídicos. Si una potencia extranjera participa en la empresa concesionaria y reserva para sí una parte de la producción a precio de coste durante décadas, hablar de plena soberanía nacional exige una flexibilidad verbal digna del abogado del Lincoln.

El acuerdo puede proporcionar a Rodríguez un respiro político. También permite a Trump afirmar que ha asegurado petróleo barato para Estados Unidos, rellenar la Reserva Estratégica y rebajar el precio de la gasolina. Son promesas vistosas, aunque Venezuela produce hoy unos 1,1 millones de barriles diarios y recuperar de verdad su industria requiere años, capital y una estabilidad que nadie puede garantizar. El editorial del Wall Street Journal señala que, más allá de los interrogantes jurídicos, la operación supone extender fuera de Estados Unidos el creciente clientelismo de la Administración Trump.

Ni siquiera parece un negocio especialmente sólido desde la perspectiva norteamericana. Trump dejará el cargo en enero de 2029. Ningún presidente posterior está obligado a respaldar políticamente una operación concebida en estas condiciones, y una futura Venezuela democrática tendría poderosas razones para revisarla ante sus tribunales o renegociarla. La Administración estadounidense posee normas presupuestarias, controles administrativos y límites legales que no desaparecen porque el presidente anuncie un acuerdo en una red social.

Tampoco será fácil consolidar el pacto en Venezuela. La oposición democrática denuncia, con motivo, que una presidenta no elegida carece de mandato para comprometer de ese modo la riqueza nacional. Y la izquierda chavista o bolivariana, por razones distintas pero comprensibles, lo interpreta como una entrega del país al imperialismo estadounidense. Si algún día se celebran elecciones competitivas, será difícil que una candidatura venezolana quiera defender ante sus votantes un acuerdo firmado por una presidenta provisional, bajo tutela extranjera y en beneficio de una potencia que intervino militarmente en el país.

El matonismo de Trump explica en parte el silencio de Europa y de buena parte de la comunidad internacional. Estados Unidos sigue siendo demasiado poderoso, y su presidente ha demostrado una afición especial por las represalias contra quienes cuestionan sus decisiones. Pero la prudencia diplomática no puede convertirse en aceptación de un hecho consumado. La defensa del derecho internacional y de la soberanía nacional no puede depender de que el país perjudicado sea aliado, enemigo, próspero, pobre, gobernado por demócratas o por sátrapas.

Venezuela no es un solar petrolero disponible para la primera potencia que consiga imponer un gobierno amigo. Es un gran país, con una ciudadanía que ha soportado una dictadura, una emigración masiva y una crisis humanitaria devastadora. Su salida no puede consistir en cambiar un grupo de beneficiarios por otro, ni en entregar por adelantado el recurso del que depende su reconstrucción.

En El Padrino II, el teléfono de oro era el símbolo de una relación corrupta que parecía eterna y acabó de golpe. La lección de aquella escena, que el Wall Street Journal ha tenido el mérito de recordar, es sencilla: los negocios construidos sobre gobiernos sin legitimidad pueden ser muy rentables durante un tiempo, pero rara vez sobreviven a la historia. El gansterismo de ficción tenía al menos la decencia de reconocerse como ficción. El espectáculo venezolano pretende pasar por diplomacia, seguridad energética y libre empresa. Es difícil imaginar una versión más denigrante del teléfono de oro.