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viernes, 1 de noviembre de 2024

CUANDO LA CIENCIA HIZO PERDER LA CABEZA A UNA BAILARINA BALINESA

 

Un truco de magia con sustancias fluorescentes le valió al químico Joe Switzer un premio en la Convención de la Asociación de Magos de la Costa del Pacífico de 1934. Años después, esas mismas sustancias le harían multimillonario.

En 1800, William Herschel utilizó un termómetro para medir la temperatura de cada uno de los colores del espectro electromagnético desvelado por el prisma de Newton en 1671. Descubrió que se producía un aumento térmico progresivo y que la temperatura más alta se observaba en el límite del rojo. Cuando deslizó el termómetro más allá del rojo, registró un aumento térmico espectacular pese a que el bulbo del termómetro no estaba iluminado. Había descubierto una forma invisible de radiación que llamó “calorífica”, que, con el tiempo, se conocería como “radiación infrarroja”, del latín infra, que significa “debajo”.

(A): Cuando la luz blanca atraviesa un prisma se descompone en los diferentes colores que apreciamos como un arcoiris. (B): La luz es una forma de radiación electromagnética, un tipo de energía que viaja en ondas. En conjunto, todos los tipos de radiación conforman el espectro electromagnético. El espectro visible para el ojo humano es la radiación cuya longitud de onda está aproximadamente entre 400 y 700 nm. Dibujo de Luis Monje.

Johann Wilhelm Ritter, al que recordarán de los libros de bachillerato por sus experimentos de contracción de ancas de rana muertas al aplicarles electricidad, había estado realizando algunos experimentos con papel empapado en una solución de cloruro de plata que se oscurecía cuando se exponía a la luz solar, un fenómeno que más tarde conduciría a la invención de la fotografía.

Cuando en 1801 proyectó el espectro sobre un papel de cloruro de plata y anotó sobre el mismo los nombres de los colores, comprobó que el máximo oscurecimiento aparecía justo más allá del violeta, una región en la que no había proyectado luz visible. Gracias a la experiencia de Herschel, Ritter comprendió inmediatamente que había descubierto otro tipo de radiación invisible que llamó “radiación química”, que terminaría llamándose "radiación ultravioleta", del latín ultra, que significa "más allá".

La invención de la luz negra

Decenas de físicos, químicos y aficionados diletantes dedicaron esfuerzos, tiempo y dinero para seguir profundizando en esas investigaciones, pero tuvieron que pasar otros cien años antes de que el físico e inventor estadounidense Robert Williams Wood pudiera aislar luz ultravioleta de una manera que permitiera realizar más investigaciones.

Utilizando compuestos de bario, sodio y níquel, Woods fabricó un vidrio capaz de bloquear la luz visible y al mismo tiempo permitir el paso de los rayos ultravioleta. En 1903 rodeó el filamento incandescente de una bombilla de Edison con el vidrio de su invención y fabricó así la bombilla de luz negra.

Uno de los más bellos minerales fluorescentes: la willemita procedente de la mina Franklin de Nueva Jersey, iluminada con luz visible y luz ultravioleta (derecha). 

Varias sustancias, desde la quitina de arañas y escorpiones hasta minerales como la fluorita y la willemita o algunas maderas, brillaban de otro color cuando se exponían a la luz negra. Comenzó a decirse de ellas que eran “fluorescentes”, un término acuñado en 1852 por el científico irlandés George Gabriel Stokes para los materiales que convierten la luz ultravioleta invisible en longitudes de onda visibles más largas.

Fluorescencia de la capa más externa de la epidermis quitinosa de dos arácnidos: el alacrán común (Buthus occinatus) a la izquierda y una escolopendra española (Scolopendra cingulata) a la derecha. Foto de Luis Monje.

La fluorescencia se produce gracias a la luz ultravioleta, que hace que algunos electrones del objeto emisor se desplacen a un nivel de energía más elevado y que esta energía se libere a medida que los electrones regresan a su nivel de energía previo. Parte de la energía se libera en forma de calor y el resto en forma de luz visible.

Gráfica del espectro de una fuente de fluorescente de luz negra utilizando el vidrio de Wood. Obsérvese cómo las longitudes de onda mayores de 400 nm se anulan, mientras que se realzan los inferiores a 400 nm, es decir la parte del espectro correspondiente al ultravioleta (1). El pequeño pico de la derecha (2) corresponde a un poco de luz azulada de 404nm que suele escapar del filtro.

La introducción de la iluminación fluorescente en la década de 1920 dio lugar a versiones mejoradas de la “luz negra”. Los tubos de luz fluorescente, ya casi en desuso doméstico, contienen un gas, por lo general neón y las bombillas de iluminación callejera vapor de mercurio o de sodio.

En ambos casos, el gas se excita mediante el paso de una corriente eléctrica y sus átomos emiten luz ultravioleta. Como los tubos y bombillas fluorescentes están recubiertos de fósforos, es decir, de sustancias capaces de convertir la luz ultravioleta, el tubo emite luz visible. Pero si se suprime el recubrimiento y el tubo se fabrica con el vidrio de Wood, obtenemos lámparas de luz negra cuya emisión oscila entre los 365 y 390 nm, al tiempo que absorben las superiores a los 400 nm.

Lámpara callejera de vapor de sodio en la que se ha recortado parcialmente el bulbo de vidrio recubierto de fósforo. En los restos de su base, muestra la típica fluorescencia naranja del espectro excitado del sodio. Foto de Luis Monje.

El truco de Joe Switzer

En 1934, Joe Switzer ganó un premio en la Convención de la Asociación de Magos de la Costa del Pacífico gracias a un truco espectacular al que llamó “Bailarina balinesa decapitada” ideado por él su hermano Bob.

La historia comienza cuando Bob se cayó de un muelle de carga golpeándose la cabeza. Después de recuperarse de un coma que lo dejó con visión borrosa, le aconsejaron que evitara las luces brillantes. Su padre convirtió una habitación del sótano de su farmacia en un cuarto oscuro donde su hijo pudiera pasar el tiempo sin deslumbrarse.

La habitación semioscura consiguió deslumbrar (mentalmente) a su hermano Joe, estudiante de química y mago aficionado., que había estado experimentando con luz ultravioleta para crear efectos mágicos con objeto de hacer que los objetos cubiertos con materiales fluorescentes aparecieran y desaparecieran en un escenario.

En la habitación semioscura, los hermanos comenzaron a experimentar con varias sustancias de la farmacia paterna para ver cuáles brillaban bajo la luz ultravioleta. Finalmente, encontraron un colirio para ojos irritados, el Murine Eye Wash, que, mezclado con alcohol y laca blanca de uñas, producía una pintura que emitía fluorescencia bajo la luz ultravioleta.

Los hermanos Joe (izquierda) y Robert Switzer en la década de 1950. 

Animados por el éxito, Bob y Joe Switzer exploraron otras sustancias fluorescentes y desarrollaron tintes que brillan en respuesta al componente ultravioleta de la luz del día. Sus innovaciones acabaron en la creación de la empresa DayGlo, que hoy en día factura cientos de millones de dólares produciendo una gama de tintes fluorescentes patentados que, al aumentar su visibilidad, se utilizan para tejer la ropa de trabajo de obreros, policías de tráfico, bomberos y ciclistas, y para elaborar detergentes clorofosfatados que aumentan la “blancura” al convertir la luz ultravioleta en luz visible.

Y ahora desvelemos (hasta cierto punto, porque desvelar los trucos hace que la magia pierda el encanto que nos emboba como niños) la ilusión óptica de la que se valió Joe Switzer para crear el artificio de la bailarina descabezada. Recuerde antes que un objeto que se vuelve fluorescente bajo la luz negra puede hacerse visible o invisible con el uso astuto de terciopelo negro.


En un escenario a oscuras, aparecía la figura hierática de una bailarina balinesa con un tocado y una máscara decoradas con pintura fluorescente que ocultaban la capucha de tela negra que cubría su cabeza. Oculto por un lienzo de terciopelo negro, el cuerpo de la danzante estaba vestido con una ceñida malla de tela fluorescente.

Al sonar la música, el mago desplazaba el tocado unido a la máscara en un sentido, al tiempo que la bailarina se desplazaba en sentido opuesto hasta hacerse visible para los espectadores cuando dejaba atrás el lienzo negro. Luego, la descabezada ejecutaba una danza por el escenario antes de deslizarse de nuevo detrás del lienzo hasta situarse debajo del tocado que el mago había sostenido con sus manos.


miércoles, 30 de octubre de 2024

LOS PRIMEROS COCHES FUERON ELÉCTRICOS

 

El futuro llegó hace más de un siglo

Les presento el auto eléctrico de 1910, el Detroit Model D. Este vehículo podía recorrer 340 km a una velocidad máxima de 32 km/h, que era la velocidad habitual para la época. Tenía una batería recargable de plomo y ácido.

La compañía Anderson construyó 13.000 coches eléctricos entre 1907 y 1939. El Detroit Electric se vendió principalmente a conductores y médicos que deseaban un arranque fiable e inmediato, sin el laborioso arranque manual con una manivela que se requería con los primeros coches con motor de combustión interna.

Una sutil muestra del refinamiento del diseño de este automóvil fue el primer uso de un vidrio de ventana curvo en un automóvil de producción, una característica costosa y compleja de fabricar.

Un automóvil que quizá pudo ser el precursor de un futuro distinto, pero fue estúpidamente desplazado por los autos a gasolina gracias a la codicia de Henry Ford aliado con la gran petrolera de la época, la Standard Oil de Rockefeller.


domingo, 27 de octubre de 2024

BREVE HISTORIA DEL CALGONIT Y LA DISCUTIBLE UTILIDAD DE LOS DESCALCIFICADORES SINTÉTICOS

 

Ese feo anillo en el desagüe de la bañera no tiene nada que ver con la suciedad, tiene que ver con la dureza del agua, el término que se usa para medir la cantidad de minerales de calcio y magnesio que contenga.

Aguas duras y aguas blandas

El agua dura es la que posee una alta concentración de minerales. Se suele presentar en las zonas costeras, que se caracterizan por tener rocas que contienen un porcentaje elevado de carbonato cálcico. El agua blanda es la que tiene una cantidad mínima de sales minerales. Procede de lugares montañosos y de pozos, siempre que las rocas no acumulen mucho calcio ni magnesio.

Aparte de la cantidad de minerales que contenga cada una, hay otras diferencias que se deben tener en cuenta. La primera es el sabor, que cambia. Al beber aguas duras se siente que son más fuertes debido a la alta presencia de sales. Las aguas blandas se caracterizan por tener un sabor mucho más ligero. En segundo lugar, mientras el agua blanda es buena para la limpieza, el agua dura debilita los detergentes porque las moléculas del jabón se rompen cuando interactúan con los iones de calcio o magnesio.


El agua dura causa muchos problemas en las instalaciones de fontanería. Obstruye las tuberías, porque cuando el agua se calienta libera trozos de cal que se acumulan poco a poco; las sales cálcicas producen un sarro que salpica de mancha grifos y paredes y, por último, daña los electrodomésticos, porque los residuos sólidos de las sales se pueden acumular en el interior de lavadoras y lavaplatos y reducen la eficacia de los detergentes.

Ya ha transcurrido casi un siglo desde que, después de años de investigación, una empresa estadounidense anunció que esos problemas estaban solucionados.

El nacimiento de Calgon

En 1933, la Pittsburgh Coke & Chemical Corporation, una empresa radicada en Pittsburgh, Pensilvania, presentó su producto estrella, patentado muy apropiadamente como “Calgon”, un nombre derivado de “calcium gone” (algo así como “el calcio se ha ido”), una descripción precisa de lo que el producto estaba diseñado para hacer, es decir, ablandar el agua.

Cuando la concentración de minerales disueltos, sobre todo de sales de calcio y magnesio en un agua dura es mayor de aproximadamente 120 mg por litro, se producen varios problemas. A diferencia de las sales de sodio de los ácidos grasos, que son el fundamento de los jabones y se disuelven fácilmente, las de calcio y magnesio son insolubles, lo que se hace notar, entre otras cosas, en las clásicas salpicaduras en la grifería y en lo que parece roña (que no lo es) alrededor del anillo de desagüe de la bañera.

Aunque los detergentes no forman precipitados con los minerales del agua dura, sí forman complejos solubles que reducen la eficacia de la limpieza. Otro problema importante aparece cuando los bicarbonatos de calcio y magnesio disueltos se convierten en carbonato de calcio y magnesio insolubles cuando se calienta el agua. Estas sales insolubles forman una cal que puede obstruir las tuberías, depositarse en la ropa y, en teoría, favorecer averías en las lavadoras.

Los suavizantes añadidos al agua hacen que el calcio y el magnesio se precipiten en forma de sales que se eliminan fácilmente con el enjuague o secuestran los iones de calcio y magnesio para formar complejos solubles, lo que evita que reaccionen con el jabón o se formen depósitos.

La versión original del suavizante Calgon consistía en hexametafosfato de sodio, un compuesto que secuestraba el calcio y hacía que pareciera que no estaba allí. ¡Eureka: el calcio parecía haber desaparecido! La publicidad realzaba hiperbólicamente la capacidad del suavizante Calgon para mejorar el aspecto de la ropa. Cuando la televisión invadió los hogares estadounidenses, Calgon produjo auténticas marejadas de anuncios a cuál más ingenioso.

En uno de ellos, una señora le pregunta al dueño de una lavandería, obviamente asiático, cómo consigue que las camisas queden tan limpias. “Un antiguo secreto chino”, es la respuesta, pronunciada con el acento apropiado (“secleto”). El “secreto” se descubre cuando la esposa del dueño (obviamente asiática), asoma la cabeza y grita: “¡Necesitamos más Calgon!”.

En esa época, al suavizador de agua se le había unido una línea de sales y aceites de baño Calgon, que también contenían hexametafosfato de sodio para suavizar el agua, pero que además incorporaban sulfato de magnesio (las conocidas “sales de Epsom”). Esta combinación le da al agua una sensación más viscosa, como resbaladiza, que también suaviza la piel encallecida.

Los aceites de baño Calgon, que básicamente consistían en aceite de coco que dejaba una capa oleosa en la piel, eran también muy populares. Unos ingeniosos eslóganes publicitarios como “Ama tu piel”, “Deja que Calgon te lleve lejos” y el más difundido, “Abandónate en el lujo”, popularizaron estos productos cosméticos femeninos.


En 1968, la multinacional Merck adquirió Calgon hasta que, finalmente, la troceó y la vendió a varias empresas junto con el derecho a utilizar el nombre comercial Calgon. Hoy en día, existen diversos productos relacionados con la marca distribuidos por todo el mundo. 


El problema ecológico de los fosfatos

Los descalcificadores de agua siguen comercializándose, aunque la fórmula original se ha modificado porque las consecuencias ambientales creadas por el uso de fosfatos han salido a la luz desde su introducción en la década de 1930.

Dado que el fósforo es un nutriente esencial para las plantas, la abundancia de fosfatos en las aguas naturales puede provocar su eutrofización, es decir, un crecimiento excesivo de plantas y algas, que al morir se descomponen y consumen parte del oxígeno disuelto en el agua. La eutrofización puede tener efectos terribles en la vida acuática.

Actualmente, existen varias versiones de los descalcificadores de agua Calgon que cumplen con las diferentes legislaciones sobre el contenido de fosfato autorizado. En la mayoría de los casos, los ingredientes activos son el sesquicarbonato de sodio y varios polímeros del grupo de los “policarboxilatos”, unos aditivos plastificantes muy utilizados en la industrial del hormigón, que cumplen la misma función que los fosfatos, es decir, unen los minerales en solución, pero sin las consecuencias ambientales de aquellos.

Pero además de esto, los suavizantes de mercado son productos con un gran impacto medioambiental que generan muchos residuos plásticos y se fabrican emitiendo toneladas de dióxido de carbono. Eso sin contar con que la mayoría se compone de tensioactivos catiónicos, generalmente amonio cuaternario, que en cantidades concentradas es tóxica para la biodiversidad marina.

La discutible función descalcificadora de los electrodomésticos

La publicidad de los descalcificadores subraya que se puede utilizar menos detergente si el agua se ablanda adecuadamente, porque los complejos de minerales disueltos no interfieren con la actividad del detergente.

Calgon no pone énfasis en ablandar el agua, sino en el papel del producto como “protector” de las lavadoras, un papel basado en que la acumulación de cal en el interior acorta su vida útil, por lo que añadir un ablandador de agua a cada carga de lavado puede evitar que las lavadoras se estropeen prematuramente.

Si esto es así o no lo es constituye un asunto discutible y discutido. Which?, una organización británica de consumidores, abordó este tema simulando tres años de lavado y, aunque descubrieron que había una clara disminución en la cantidad de espuma que se formaba, no había ninguna diferencia en el rendimiento de la lavadora independientemente de si se utilizaba Calgon o no.

De hecho, los investigadores de Which? calcularon que la cantidad de dinero gastado al añadir un suavizante de agua a cada carga sería suficiente para comprar una nueva lavadora cuando fuera necesario, incluso en el supuesto de que los depósitos calcáreos acortaran la vida útil del aparato, lo que aparentemente no era el caso. 

Muchos consumidores se sintieron estafados por ese hallazgo, porque pensaron, y no andaban muy equivocados, que estaban tirando el dinero por los desagües. Teniendo en cuenta que el vinagre o el limón son unos descalcificadores caseros baratos, perfumados y ecológicos, Calgon podría haberles aconsejado que se tomaran un baño reconfortante con sales de baño y perlas de baño Calgon.

sábado, 26 de octubre de 2024

BREVE HISTORIA DE LA SAGA DE LOS GREMLINS

 


Hace cuarenta años, Hollywood hizo que los gremlins fueran unos seres encantadores, retratándolos como unas adorables criaturas peludas. Sus orígenes son mucho más siniestros y su secuela cibernética.

Cuando escuchas la palabra “gremlin”, la primera imagen que te viene a la mente es la de unas encantadoras criaturas pequeñas y peludas que se vuelven feroces cuando se alimentan pasada la medianoche. La película homónima, un éxito de taquilla que ahora celebra su cuadragésimo aniversario, todavía se considera la comedia de terror por excelencia.

Los gremlins de Hollywood se afanaban particularmente ​​en interferir con dispositivos tecnológicos para provocar accidentes graves hasta el punto de que una voz en off al final de la película advierte siniestramente que cualquier problema inexplicable con los dispositivos eléctricos domésticos podría deberse a que una de esas criaturas fantasmagóricas acecha por allí. Eso coincide con su reputación folclórica.

El origen folclórico de los gremlins

Aunque el verdadero origen del nombre gremlin no está claro, parece estar vinculado al verbo holandés grimmelen, que significa invadir. El término se remonta a la jerga de la Royal Naval Air Force británica de la década de 1920, pero fue durante la Segunda Guerra Mundial, una época de rápidos avances tecnológicos, cuando la tradición evolucionó hasta tal punto que los gremlins se convirtieron en celebridades caracterizadas como criaturas entrometidas que se deslizaban hasta el motor del avión y lo destruían.

No era el primer caso en el que se atribuían defectos mecánicos inesperados a plagas invisibles. El término popular “bug” (error) para describir fallos técnicos se utilizaba ya en 1876. Thomas Edison usó el término para describir incidencias repentinas en sus inventos. «Los errores, escribió, se manifiestan por sí mismos y se requieren meses de observación, estudio y trabajos exhaustivos antes de que se alcance con certeza el éxito comercial (o el fracaso)».

El uso de “por sí mismos” confiere a estas criaturas una cualidad curiosamente sensible, que se ampliaría con la popularización de la idea de los duendes que se meten en los aviones. En aquellos tiempos pioneros de la aviación, para los aviadores había motivos más que suficientes para temer fallos repentinos e inesperados. A diferencia del caso de Edison, una plaga de molestas minibestias en los motores podía ser una cuestión de vida o muerte.

En 1944, Charles Massinger teorizó que los duendes ofrecían un mecanismo de defensa para estos pilotos cada vez más estresados ​​y novatos, que sentían la necesidad de inventar sus propias fantasías para afrentar su peligrosa situación». Las fábulas fantásticas proporcionaban un alivio muy necesario de un trabajo en el que nunca se sabía con certeza si la próxima vez que uno se abrochaba el cinturón de seguridad sería la última.

Los gremlins se incorporaron a iconografía popular durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se decía que rondaban los aviones de guerra. Fuente.

La superstición que cundía entre el personal de la Royal Air Force es un fenómeno bien documentado, lo que otorgaba a la mitología de los gremlins el entorno perfecto para florecer. Los gremlins se valieron de los personajes de las hadas de la mitología británica clásica para convertirse en un chivo expiatorio de los innumerables desastres que podían sucederle a un piloto, especialmente durante la guerra.

El poder estelar de los gremlins creció con sus frecuentes apariciones como mascotas en carteles emitidos por la Oficina de Gestión de Emergencias, un organismo gubernamental estadounidense; esos carteles retrataban a los gremlins como personajes cómicos que incordiaban a los trabajadores de las fábricas de aviones para que cumplieran normas de seguridad tales como el uso de gafas de seguridad y la prevención de derrames de combustible. El año siguiente vio la publicación del libro ilustrado Gremlins, opera prima de antiguo as de la aviación Roald Dahl, que se convirtió en un éxito de ventas internacional.

Una serie de carteles de seguridad de la Segunda Guerra Mundial, Oficina de Gestión de Emergencias, Junta de Producción de Guerra a través de Wikimedia Commons

Una vez que en 1941 Estados Unidos entró en la guerra, no pasó mucho tiempo antes de que surgieran supersticiones similares en la Fuerza Aérea de Estados Unidos. En Superstition and the Air Force, el aviador Bill Wallrich relata la práctica de la tripulación aérea de llevar diferentes objetos y pequeños muñecos como talismanes para la buena suerte.

Los pilotos de la RAF tenían un ritual similar llevando a bordo juguetes hechos a mano conocidos como “gremlins de la suerte”, que, según el Museo de la RAF, se decía que eran capaces de combatir y neutralizar a sus diabólicos adversarios. Con este espíritu reconfortante y jocoso, el gremlin demostró un uso humorístico e imaginativo de las fuerzas aliadas para levantar la moral y calmar la ansiedad de sus aviadores.

Después de la guerra, la popularidad de los gremlins disminuyó hasta que, en 1984, el enorme éxito de la película de Joe Dante consolidó su condición de iconos de la cultura pop. Los gremlins ya no eran sólo representantes de supersticiones exclusivas de aviadores militares estresados.

Los nuevos gremlins: demonios, gusanos y mascotas virtuales

Aunque se haya perdido su apariencia original, los gremlins siguen vivos y coleando, pero viviendo bajo nuevos nombres: “demonios”, “gusanos” y “mascotas virtuales”, que los humanos siguen insertando en la tecnología informática, tal vez en un esfuerzo por antropomorfizar unas máquinas desconcertantes en constante evolución y, de ese modo, hacer más fácil la coexistencia con ellas.

"Daemons" (demonios), es un término que se originó entre los programadores informáticos del Proyecto MAC, fundado en 1963 en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, donde se utilizó para etiquetar programas que mantendrían el funcionamiento de los sistemas independientemente del usuario.

"Daemon" deriva del demonio de Maxwell, un ser hipotético creado por el físico James Clerk Maxwell en 1867 para refutar la segunda ley de la termodinámica. El demonio de Maxwell es capaz de distinguir entre moléculas de movimiento rápido y lento, lo que le da una cualidad omnipotente, y de la misma manera, el demonio de la computadora es capaz de tomar decisiones y realizar "tareas del sistema".

Eso recuerda a los duendes de la novela de Dahl, a quienes un piloto convence de usar sus poderes para hacer el bien y, posteriormente, se entrenan para convertirse en mecánicos de la RAF. La ortografía de "daemon" también evoca a deidades menores de la mitología griega antigua que actuaban como guardianes. En los Diálogos de Platón, el daemon aparece como un intermediario entre Dios y la humanidad, llevando mensajes y actuando como "fuerzas guías y protectoras". El daemon de la computadora opera de manera similar, trabajando continuamente detrás del escenario para mantener los procesos en marcha.

Con las innovaciones posteriores del software informático aparecieron entidades más molestas con un resultado menos noble, como el "gusano informático" (computer worm), un programa autorreplicante que invade las redes sin interferencia humana. Los primeros gusanos solían tener una naturaleza lúdica, con personalidades distintivas y un comportamiento tramposo no muy diferente al de sus antecesores, los gremlins.

El primer gusano documentado es el programa conocido como Creeper, que mostraba el mensaje "SOY EL CREEPER: ¡CÓGEME SI PUEDES!". Concebido como un experimento inofensivo por el ingeniero informático Bob Thomas en 1971, era, no obstante, una muestra de las características similares a las de los virus que luego se utilizaron con fines perniciosos.

Estos gusanos adoptaron la caracterización de un bromista, como el WANK (Worms Againts Nuclear Killers), que plagaron las computadoras de la NASA con mensajes pacifistas en 1989 y engañaron a los usuarios haciéndoles creer que sus archivos estaban siendo eliminados. También funcionaba Blaster, que en 2003 se burlaba de Bill Gates, con un mensaje que decía: «Billy Gates, ¿por qué dejas que pase esto? ¡Deja de ganar dinero y arregla tu software!». Parecía que cualquiera con suficiente perspicacia en programación y una computadora de escritorio podía transformarse en un duendecillo (o crear uno) y causar un caos total.

Si jugar a ser un gremlin hacker no resultaba atractivo, siempre se podía comprar la segunda mejor opción: la mascota robótica Furby. El Furby, muy popular a finales de los años 90 y principios de los 2000, tenía un diseño sorprendentemente similar al insoportablemente tierno personaje Gizmo de la película de 1984 y estaba programado para que su lenguaje evolucionara, pasando del galimatías furbish a un inglés descifrable.

Furby

Los rasgos de gremlin del Furby y sus molestos arrullos y gorjeos lo sometieron inmediatamente a especulaciones inverosímiles sobre su capacidad, por ejemplo, para destruir equipos médicos y enseñar a los niños a decir palabrotas y actuar como espías. De hecho, en 1999, CBS News informó sobre las preocupaciones dentro de la NSA de que los Furby pudieran interferir con los instrumentos de un avión, tal como lo hicieron sus antepasados ​​gremlins.

La ingeniería de vida inteligente utilizando sustancias inertes ha existido desde hace mucho tiempo en nuestra imaginación. Tomemos, por ejemplo, el “golem” del folclore judío, un ser formado de arcilla y barro, y el Frankenstein de Mary Shelley , cuyo protagonista está formado por partes de cuerpos muertos y creado en medio de la revolución industrial, justo cuando las máquinas comenzaron a dominar las vidas humanas.

La antropomorfización de las maravillas tecnológicas para hacer frente a la brecha cada vez mayor entre la autonomía humana y las máquinas autómatas no ha hecho más que continuar desde los días de los pilotos supersticiosos. Ya se les llame bichos, gusanos, demonios o gremlins, estas plagas impredecibles de las máquinas nos recuerdan no sólo nuestra falibilidad, sino también nuestra arrogancia.

Como advertía el misterioso tendero en la película de 1984: «Actúas con los mogwai como lo que tu sociedad ha hecho con todos los dones de la naturaleza. No lo entiendes. No estás preparado».

CAMBIO DE HORARIO: ¿POR QUÉ CUANDO HACE FRÍO TENEMOS MÁS GANAS DE COMER?

 


Esta noche cambiamos de horario. Pasamos al horario de invierno y con ello dejamos definitivamente atrás los días de verano, la estación que, de acuerdo con el calendario astronómico terminó el pasado 21 de septiembre.

Es un buen momento para responder a una pregunta relacionada con nuestros hábitos alimenticios: ¿por qué comemos más en invierno que en verano y viceversa?

A más calor menos calorías

¿Cuál es la relación entre la temperatura y el apetito? ¿Por qué sentimos menos ganas de comer cuando hace calor?

Los científicos han observado desde hace mucho tiempo la influencia de la temperatura en el apetito que conduce a una regla general: las personas que viven en ambientes más fríos consumen más calorías.

Existe una razón biológica básica que lo explica. Las calorías son una unidad de energía; quemarlas puede liberar calor, lo que nos ayuda a mantener la temperatura corporal en climas más fríos. Pero a medida que el invierno da paso a un clima más cálido, la gente nota que tiene mucha menos hambre, una tendencia que aparece profusamente en la bibliografía científica.

Sin embargo, los mecanismos que se esconden detrás de este fenómeno no están claros. Hay muchos factores que influyen en la ingesta calórica, incluidas las hormonas, las proteínas y los factores ambientales, y pueden explicar cómo y por qué sentimos hambre y, en última instancia, por qué esa sensación disminuye en los días más calurosos

Nuestro cuerpo siempre está intentando mantener estables las condiciones internas. Ese proceso multifactorial y regulado por múltiples mecanismos se llama homeostasis. Por eso sudamos bajo el sol abrasador o bebemos agua después de un entrenamiento agotador. El hambre también es homeostática: sentimos hambre cuando nuestro cuerpo tiene pocas calorías y nos sentimos llenos después de comer, manteniendo equilibrado nuestro estado fisiológico interno.

El papel de dos hormonas

Muchos procesos homeostáticos se mantienen gracias a las hormonas, que actúan como mensajeros químicos en el cuerpo. Las dos hormonas que desempeñan un papel importante en las sensaciones de hambre y saciedad son la llamada “hormona del hambre”, la grelina, liberada por el estómago cuando está vacío, y la leptina, que secretan las células grasas, los adipocitos, para indicarle al cerebro que el cuerpo está saciado.



Para influir en nuestras sensaciones y comportamiento, estas hormonas envían señales al hipotálamo, una parte del cerebro que trabaja para regular aspectos como la temperatura corporal, el hambre y la sed. En la base del hipotálamo, en el núcleo arqueado (ARC), se encuentra una masa de neuronas especializadas que regulan la sensación de hambre y saciedad. Allí, la grelina estimula las neuronas asociadas con el hambre, las llamadas neuronas AgRP, que nos hacen sentir hambre. La leptina, en cambio, inhibe estas neuronas y estimula las neuronas POMC, que nos hacen sentir saciados.

Cómo interviene el cerebro

La forma en que la temperatura influye en el intrincado sistema de regulación homeostática de la temperatura es todavía un campo abierto para la investigación. El cerebro tiene sensores de temperatura: proteínas que cambian de forma cuando el cuerpo alcanza un cierto nivel de calor.

Ciertas células cerebrales envían información a las neuronas AgRP cuando las temperaturas son frías, lo que aumenta la sensación de hambre. Por otro lado, cuando hace calor, las neuronas POMC tienen una proteína sensora de calor que se activa cuando aumenta la temperatura corporal, lo que luego activa las neuronas asociadas con la saciedad. Pero probablemente otros circuitos cerebrales también trabajen interrelacionados para influir en cuánto comemos.

Independientemente de las señales que nos envíe el cuerpo, en verano es importante mantenerse hidratado, ya sea comiendo alimentos ricos en agua, como verduras y frutas, o bebiendo líquidos. Aunque parezca contradictorio, los helados y otros refrescos azucarados pueden aumentar la temperatura corporal porque suelen tener muchas calorías.



Haga calor o no, el apetito es un equilibrio complejo, una forma en que nuestro cuerpo se sincroniza con el medio ambiente. Comer y beber son cosas que parecen ocurrir sin más, pero en realidad el cerebro mide con precisión la necesidad de calorías, de agua y de una temperatura corporal óptima.

Y eso es algo maravilloso.

sábado, 19 de octubre de 2024

COMER CARBOHIDRATOS PUEDE SER UN HÁBITO MÁS PRIMITIVO DE LO QUE SE PIENSA

 

Los científicos acaban de rastrear la historia de AMY1, el gen responsable de la producción de amilasa, la enzima que ayuda a descomponer los carbohidratos complejos y nos ayuda a digerir almidones y azúcares.

Desde las crujientes patatas fritas hasta los esponjosos panes de masa madre, los carbohidratos son una parte fundamental (y sabrosa) de la dieta humana. ¿Por qué nos encantan esos alimentos ricos en almidón y azúcar? Según un nuevo estudio publicado el pasado jueves, la respuesta podría estar incrustada en nuestro ADN.

Los científicos que suscriben ese estudio han rastreado las bases genéticas de nuestra capacidad para digerir carbohidratos hasta hace más de 800.000 años, mucho antes de la llegada de la agricultura y miles de años antes de lo que se pensaba.

Las conclusiones de esa investigación plantean nuevas preguntas sobre la dieta y el estilo de vida de nuestros antepasados cazadores-recolectores y también pone en la picota la creencia, sostenida durante mucho tiempo, de que una dieta rica en proteínas era responsable del aumento del tamaño del cerebro humano. Tal vez fueron los carbohidratos, no la carne, los que proporcionaron a los humanos la energía necesaria para desarrollar cerebros más voluminosos

Sabemos que los cambios en la dieta han jugado un papel central en la evolución humana, pero reconstruir procesos que tuvieron lugar hace miles, cientos de miles e incluso millones de años es una tarea de titanes. La investigación genética de ese estudio puede ayudar a marcar la fecha de algunos de esos hitos importantes y está revelando pistas muy sugerentes sobre la larga historia de amor de la humanidad con el almidón.

Los investigadores estudiaron los genomas de 68 humanos antiguos, incluido uno que vivió hace 45.000 años. Se centraron en el gen AMY1, que es responsable de la producción de una enzima llamada amilasa, a la que cabe el honor de ser la primera enzima en ser identificada y aislada por el químico francés Anselme Payen en 1833, que en un principio la nombró con el nombre de "diastasa".

La amilasa, (más exactamente amilasas, dado que existen varias) es una enzima que tiene la función de catalizar la reacción de hidrólisis que nos permite descomponer dos carbohidratos complejos, el glucógeno y el almidón, para formar fragmentos de glucosa (dextrinas, maltosa) y glucosa libre, es decir, de azúcares que somos capaces de digerir. Dada su capacidad de acelerar la producción de azúcares. La amilasa es, pues, la razón por la que incluso los carbohidratos no azucarados, como el pan, a veces tienen un sabor dulce.

En los animales se produce principalmente en las glándulas salivales (sobre todo en las glándulas parótidas) y en el páncreas. Cuando una de estas glándulas se inflama, como en la pancreatitis, aumenta la producción de amilasa y aparece elevado su nivel en sangre (amilasemia). Prácticamente todos los seres vivos disponen de amilasas.

Los humanos modernos tenemos cantidades variables de genes de amilasa en nuestro ADN, y algunas personas tienen hasta once copias de AMY1 por cromosoma. Las copias múltiples parecen ser específicas de los humanos: los chimpancés, por ejemplo, también producen amilasa, pero solo tienen una copia del gen.

Cuando los investigadores examinaron el ADN humano antiguo, descubrió que los cazadores-recolectores ya tenían una media de cuatro a ocho copias de AMY1, a pesar de que nuestra especie aún no había desarrollado la agricultura. Los neandertales y los denisovanos, nuestros parientes humanos ancestrales, también tenían genes AMY1 duplicados.

Esos hallazgos indican que las copias de AMY1 pueden remontarse a un ancestro común hace unos 800.000 años, antes de que esas tres especies se separaran entre sí. La cuestión es por qué los primeros humanos, que tenían principalmente una dieta carnívora, tenían el gen de la amilasa. Quizás también comían alimentos ricos en almidón, además de carne. O tal vez los genes AMY1 se desarrollaron al azar y no sirvieron para nada. Los científicos aún no tienen una respuesta.


Otro estudio reciente, publicado el mes pasado en la revista Nature, descubre que el número promedio de copias de AMY1 en el ADN humano ha aumentado en los últimos 12.000 años, un período temporal que se corresponde con los tiempos en los que los humanos comenzaron a domesticar cultivos, muchos de los cuales eran granos y tubérculos ricos en almidón.

Este hallazgo parece sugerir que tener más copias de AMY1 concedió a los agricultores humanos algún tipo de ventaja que ayudó a aumentar sus posibilidades de supervivencia. Pero los científicos no están seguros de cuál podría haber sido esa ventaja. Una posibilidad es que la amilasa haga algo más que iniciar la digestión de carbohidratos: quizás también ayude al cuerpo humano a extraer más energía de los carbohidratos, lo que habría sido útil en épocas de escasez de alimentos. Durante una hambruna, por ejemplo, producir más amilasa pudo haber sido una cuestión de vida o muerte.

LOS CÍTRICOS Y EL NACIMIENTO DE LA MAFIA

 

La demanda de limones sicilianos se disparó tras conocerse, a finales del siglo XVIII, que los cítricos podían prevenir y curar el escorbuto. Luego vino un proceso que puede resultar familiar. Un mercado mundial enfebrecido aumenta la demanda de un recurso que se encuentra en una región remota y subdesarrollada.

Sin apenas un Estado de derecho que proteja sus derechos de propiedad y sus beneficios, los productores locales buscan una alternativa a la anarquía. Pero esa alternativa tiene un alto precio, ya que los “protectores” terminan dominando la producción, el procesamiento y la exportación del recurso.

La “institución extractiva” resultante se enriquece con las ganancias, distorsiona y atrofia otras formas de desarrollo económico local mediante un régimen de corrupción generalizada basado en la extorsión y la violencia. Eso es exactamente lo que ocurrió con los cítricos en Sicilia en el siglo XIX con los orígenes de la mafia siciliana.

El origen de la palabra “mafia” está en el árabe marfud, que en sus inicios significaba estafador o tramposo. Pero en Sicilia mafioso no tuvo en sus principios una connotación negativa; era un término laudatorio, que se refería a alguien que se enfrentaba a los bandidos, a los ejércitos privados de los barones feudales o a quienquiera que estuviera ocupando la isla en ese momento. Eran personajes tipo Robin Hood, hasta que se convirtieron simplemente en asesinos extorsionadores.

La combinación de altas ganancias, un Estado de derecho debilitado hasta la casi inexistencia, un bajo nivel de confianza social y un alto nivel de pobreza local hicieron de los productores de limones un blanco idóneo para la depredación. Ni el régimen borbónico (1816-1860) ni el gobierno constituido después de la independencia italiana en 1861 tenían la fuerza o los medios imprescindibles para hacer cumplir eficazmente los derechos de la propiedad privada.

Recogiendo limones en un huerto en la Conca d'Oro, en las afueras de Palermo, Sicilia, hacia 1900-1910. Biblioteca del Congreso de EEUU.

La pobreza, las enormes disparidades en la riqueza, el bandidaje generalizado y la incapacidad de cualquier principio regulador para cumplir el papel del Estado después de que el sistema feudal se agotara a principios del siglo XIX prepararon el terreno para el surgimiento de la mafia. En cierto modo, la isla estaba maldita por su posición estratégica en el Mediterráneo: estuvo dominada sucesivamente por griegos, romanos, bizantinos, árabes, normandos, españoles y franceses, y todos los colonizadores hicieron más por obstaculizar que por fomentar el su desarrollo socioeconómico.

La clandestinidad primaria y secreta de una organización rural conocida como mafia no comenzó en las zonas más pobres y deprimidas de la isla, empezó en áreas donde los productores de cítricos obtenían grandes beneficios de las exportaciones al extranjero. Esos ingresos fueron la clave.

Los cítricos llegaron por primera vez a Sicilia con los árabes en el siglo X. Las cálidas llanuras costeras de la isla, junto con el suelo excepcionalmente fértil, superpuesto a una base de piedra caliza con fuertes capas de lava, eran extraordinariamente adecuadas para el cultivo de cítricos. Durante el siglo XV, al ver los árboles bañados por el Sol, la gente empezó a llamar a la bahía de Palermo "la cuenca de oro".

Los limones, sin embargo, tienen poca tolerancia a los extremos climáticos: son vulnerables tanto a las heladas como al cálido siroco que sopla desde el sur. Por lo tanto, la producción era un negocio arriesgado y geográficamente muy restringida. Tan restringida, que muchas veces los limoneros se amurallaban con cercas de piedra para proteger los árboles del viento.

De James Lind a Vito Corleone: el escorbuto, los limones y el auge de la mafia siciliana

Durante siglos, los limones habían sido "símbolos aristocráticos de riqueza", utilizados para la decoración o la extracción de esencias de su cáscara. La demanda internacional lo cambió todo.

Aunque es conocido que los españoles, ya desde al menos principios de siglo XVII, utilizaban de forma habitual cítricos como método para evitar el escorbuto, la demanda de limones sicilianos se disparó después de que, en 1753, el doctor escocés James Lind, demostrara que los cítricos podían prevenir y curar el escorbuto, la “plaga de los mares”. Las guerras napoleónicas anglo-francesas son un buen ejemplo: el Almirantazgo británico suministró unos seis millones de litros de zumo de limón a los marineros durante esos años. Sicilia se convirtió, de hecho, en una fábrica de limonada.

Efectos del escorbuto en el diario de Henry Walsh Mahon a bordo del barco de presidiarios Barrosa. Wikipedia

Cuando la Marina Real asumió que debía suministrar limón a sus hombres, los frutos pasaron de ser un lujo a una necesidad. Esa demanda no hizo más que crecer después de las guerras napoleónicas: los registros del puerto de Messina muestran un aumento de las exportaciones de 740 barriles de zumo de limón en 1837 a 20 707 en 1850. Las exportaciones de fragancias de limón se multiplicaron por diez entra 1837 y 1850.

En 1853 unas 7 695 hectáreas de la isla estaban dedicadas a la producción de cítricos; en 1880 eran 26 840. Los agricultores comenzaron a cambiar olivos por limoneros, nada sorprendente si tenemos en cuenta que los beneficios de la venta de limones eran 35 veces mayores que los del aceite de oliva y cultivar limones era lo más lucrativo en agricultura en toda Europa. A mediados de la década de 1880, tan solo a la ciudad de Nueva York llegaban cada año 2,5 millones de cajas de cítricos italianos, la mayoría procedentes de Palermo.

Con la rentabilidad de la producción limonera, los primeros mafiosos, que eran en realidad terratenientes ricos, se presentaban ante los nuevos cultivadores y les ofrecían personal, préstamos para instalar sistemas de regadío, ayuda para vender los limones por adelantado, protección contra los ladrones, además de manejar el transporte hasta el puerto y a los estibadores que cargaban los barcos. La misma estructura que luego funcionaría con el tráfico de drogas u otros negocios daba aquí sus primeros pasos.

Si aceptaban la oferta, los pequeños agricultores no ganaban tanto pues les quitaban una parte sustancial de sus ganancias, pero podían cultivar sin problemas. Si respondían que preferían encargarse de todo por sí solos, la misma persona que les había ofrecido ayuda mandaba hombres a sus plantaciones a romper sus sistemas de riego, cortar los árboles, incendiar las casas y, si se resistían, los mataban.

En resumen, no son necesariamente productos ilegales como el alcohol o las drogas los que financian el auge del crimen organizado. En 1900, la mafia también se había apropiado de la producción de azufre siciliano, por entonces vital para la fabricación de carbonato de sodio, pólvora e incluso pesticidas antifúngicos para la industria del vino.

Los ingresos extraordinarios que recibían algunos productores, junto con la inseguridad política general y la debilidad del Estado de derecho, constituyeron un caldo de cultivo ideal para el surgimiento de una mafia que brindaba protección y actuaba como intermediaria en la producción de cítricos.

Con el tiempo, la influencia de la organización se extendió a la Italia continental, se constituyó como una de las instituciones económicas más dañinas en Europa durante la era moderna y saltó a Estados Unidos y a otros lugares llevando consigo prácticas corruptas y procedimientos delictivos extraordinariamente violentos.