El profesor
Antonio Marco ha tenido la deferencia de recordarnos algo que la humanidad
lleva practicando con entusiasmo desde que aprendió a afilar piedras: que la
historia es una cadena ininterrumpida de violencia, guerras y abusos de poder,
y que escandalizarse por ello en pleno siglo XXI es una forma bastante sofisticada
de hacerse el sorprendido. Para condensar la idea, desde su retiro de
Guadalajara Marco cita a Cicerón, que en su discurso En favor de Milón
dejó escrita una frase tan resistente al paso del tiempo como incómoda para los
idealistas: «silent
leges inter arma». Cuando hablan las armas, las leyes guardan silencio.
Hoy, más que
nuca, conviene insistir: no es una metáfora, ni una exageración retórica, ni un
guiño para clásicos. Es una instrucción de uso. En cuanto alguien despliega
fuerza suficiente —militar, económica o tecnológica— el derecho pasa a ocupar
el mismo lugar que cuadro de normas plantado en las puertas de las habitaciones de cualquier hotel:
existe, pero nadie lo lee. En ese punto entra en vigor el ius belli, que
no es otra cosa que el derecho del más fuerte a tener razón antes, durante y
después. El débil puede protestar, claro, pero conviene que no se ilusione
demasiado.
A partir de
aquí, la política internacional se convierte en una obra de teatro bien
ensayada. Los intereses se maquillan como valores, las ambiciones se presentan
como misiones morales y la hipocresía se vende como liderazgo. Venezuela no es
Venezuela: es petróleo. Ucrania no es Ucrania: es territorio. Taiwán no es
Taiwán: son chips. La diferencia entre estadounidenses, rusos y chinos no es
ética, sino cosmética. Unos prefieren mentirse a sí mismos; otros no se
molestan. El resultado es el mismo.
El reciente e
ilegal secuestro de Nicolás Maduro ha devuelto al
vocabulario diplomático una expresión que nunca se fue del todo: la ley de la
selva. CNN, siempre sensible al dramatismo funcional, lo resumió con eficacia: fue
el secuestro de un presidente en funciones en su propia capital, de noche, sin
previo aviso y con billete solo de ida. No una invasión a la antigua, no una
guerra declarada —eso obliga a explicaciones—, sino algo mucho más
contemporáneo: una demostración de poder bien aireada.
El sábado 3 de
diciembre, el avión con Maduro y su esposa aterrizó en Nueva York. Allí le
esperaban un tribunal federal, cargos por drogas y armas, y una escenificación
pedagógica de cómo funciona el orden internacional cuando uno manda. Estados
Unidos no solo violaba la soberanía venezolana: la trataba como una formalidad más.
El derecho internacional, mientras tanto, hacía lo que mejor sabe hacer en
estos casos: expresar profunda preocupación. Exactamente lo mismo que hizo el
mundo cuando Hitler invadió los Sudetes.
Para justificar
la operación, Washington llevaba tiempo preparando el terreno con una narrativa
conocida y eficaz: gobierno ilegítimo, fraude electoral, ausencia de
democracia. El argumento tiene una ventaja notable: no requiere pruebas
concluyentes y permite intervenir con la conciencia tranquila. Que Estados
Unidos declare ilegítimo a un gobierno no lo convierte automáticamente en
ilegítimo, pero ayuda muchísimo a tratarlo como tal. Y que la oposición
bendecida desde fuera no tenga respaldo popular nunca ha sido un obstáculo
serio; a lo sumo, un detalle incómodo.
Por supuesto,
no es la primera vez. En junio de 2025, Estados Unidos atacó instalaciones
nucleares iraníes en una operación descrita —cómo no— como “limitada y
cuidadosamente diseñada”. Traducido al lenguaje común: lo justo para demostrar
quién manda y lo bastante breve como para no abrir debates incómodos. El
mensaje no iba dirigido solo a Irán, sino a cualquiera que aún creyera que las
normas se aplican de manera simétrica.
En el caso
venezolano, además, Washington ha tenido el detalle de no dar por concluida la
misión. Mantendrá presencia. Es decir: si el próximo gobierno no resulta lo
suficientemente colaborador, habrá segunda parte. Y si Venezuela queda
“arreglada”, otros países del Caribe y Sudamérica harían bien en revisar su
agenda. Estados Unidos quiere petróleo, quiere “América Primero” y quiere
controlar el hemisferio occidental. La
mal llamada “Doctrina Monroe”, ahora “Donroe”, sin florituras y con menos
paciencia.
El poder
militar sigue siendo el eje de la hegemonía estadounidense y se utiliza, sobre
todo, contra quienes no pueden responder. Es la estrategia del acosador eficaz:
fuerza desproporcionada, golpes rápidos y una lección bien aprendida por los
demás. Sudamérica tiene la mala fortuna geográfica de estar demasiado cerca de
Estados Unidos y demasiado lejos de cualquier paraguas alternativo.
Todo esto
sucede mientras Estados Unidos lidia con problemas internos que ninguna
administración parece capaz de resolver: polarización extrema, una clase media
en retirada y un sistema de alianzas que cruje. Tras la operación en Venezuela,
los líderes demócratas criticaron la misión con rapidez, como quien cumple un
trámite. La discrepancia existe, pero no estorba.
Eso explica la
predilección por las operaciones quirúrgicas. Afganistán fue una lección cara.
Ucrania es una externalización elegante. La guerra larga es impopular, costosa
y difícil de vender. La intervención rápida es barata, eficaz y se justifica
sola. Bajo coste, alto rendimiento. Geopolítica de saldo.
La falsa Doctrina
Monroe puede seguir funcionando un tiempo, dentro y fuera de Estados Unidos,
pero no frena una evidencia incómoda: el
mundo se ha vuelto tripolar. Cada vez más países rechazan la idea de que la
fuerza da la razón, no por idealismo, sino por puro instinto de supervivencia.
La condena internacional a la operación en Venezuela —incluida la de aliados
fieles— es una señal clara de desgaste.
El orden
mundial está cambiando. Y cuando los cambios son bruscos, producen
incredulidad. El mundo se frota los ojos porque no termina de creerse lo que
está viendo. Las potencias se observan de reojo, calculan cada paso y asumen
riesgos considerables.
Venezuela será una prueba para la administración Trump. Taiwán, de momento, no es Venezuela. Pero la historia sugiere que cuando las leyes empiezan a estorbar y las armas se sienten con derecho a hablar, lo prudente no es fingir sorpresa, sino tomar nota. Y Volodomir Zelenski, que se vaya preparando, que el gran circo del Coliseo trumpiano está preparado.