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lunes, 12 de enero de 2026

EL MUNDO SEGÚN TRUMP O CUANDO LAS LEYES ESTORBAN

 

Cuando las leyes estorban, el poder deja de fingir. La política internacional abandona el lenguaje de los valores y habla en su idioma preferido: la fuerza. De Cicerón a Caracas, de Roma a Washington, la historia demuestra que, cuando aparecen las armas, el derecho no desaparece por accidente, sino por conveniencia.

El profesor Antonio Marco ha tenido la deferencia de recordarnos algo que la humanidad lleva practicando con entusiasmo desde que aprendió a afilar piedras: que la historia es una cadena ininterrumpida de violencia, guerras y abusos de poder, y que escandalizarse por ello en pleno siglo XXI es una forma bastante sofisticada de hacerse el sorprendido. Para condensar la idea, desde su retiro de Guadalajara Marco cita a Cicerón, que en su discurso En favor de Milón dejó escrita una frase tan resistente al paso del tiempo como incómoda para los idealistas: «silent leges inter arma». Cuando hablan las armas, las leyes guardan silencio.

Hoy, más que nuca, conviene insistir: no es una metáfora, ni una exageración retórica, ni un guiño para clásicos. Es una instrucción de uso. En cuanto alguien despliega fuerza suficiente —militar, económica o tecnológica— el derecho pasa a ocupar el mismo lugar que cuadro de normas plantado en las puertas de las habitaciones de cualquier hotel: existe, pero nadie lo lee. En ese punto entra en vigor el ius belli, que no es otra cosa que el derecho del más fuerte a tener razón antes, durante y después. El débil puede protestar, claro, pero conviene que no se ilusione demasiado.

A partir de aquí, la política internacional se convierte en una obra de teatro bien ensayada. Los intereses se maquillan como valores, las ambiciones se presentan como misiones morales y la hipocresía se vende como liderazgo. Venezuela no es Venezuela: es petróleo. Ucrania no es Ucrania: es territorio. Taiwán no es Taiwán: son chips. La diferencia entre estadounidenses, rusos y chinos no es ética, sino cosmética. Unos prefieren mentirse a sí mismos; otros no se molestan. El resultado es el mismo.

El reciente e ilegal secuestro de Nicolás Maduro ha devuelto al vocabulario diplomático una expresión que nunca se fue del todo: la ley de la selva. CNN, siempre sensible al dramatismo funcional, lo resumió con eficacia: fue el secuestro de un presidente en funciones en su propia capital, de noche, sin previo aviso y con billete solo de ida. No una invasión a la antigua, no una guerra declarada —eso obliga a explicaciones—, sino algo mucho más contemporáneo: una demostración de poder bien aireada.

El sábado 3 de diciembre, el avión con Maduro y su esposa aterrizó en Nueva York. Allí le esperaban un tribunal federal, cargos por drogas y armas, y una escenificación pedagógica de cómo funciona el orden internacional cuando uno manda. Estados Unidos no solo violaba la soberanía venezolana: la trataba como una formalidad más. El derecho internacional, mientras tanto, hacía lo que mejor sabe hacer en estos casos: expresar profunda preocupación. Exactamente lo mismo que hizo el mundo cuando Hitler invadió los Sudetes.

Para justificar la operación, Washington llevaba tiempo preparando el terreno con una narrativa conocida y eficaz: gobierno ilegítimo, fraude electoral, ausencia de democracia. El argumento tiene una ventaja notable: no requiere pruebas concluyentes y permite intervenir con la conciencia tranquila. Que Estados Unidos declare ilegítimo a un gobierno no lo convierte automáticamente en ilegítimo, pero ayuda muchísimo a tratarlo como tal. Y que la oposición bendecida desde fuera no tenga respaldo popular nunca ha sido un obstáculo serio; a lo sumo, un detalle incómodo.

Por supuesto, no es la primera vez. En junio de 2025, Estados Unidos atacó instalaciones nucleares iraníes en una operación descrita —cómo no— como “limitada y cuidadosamente diseñada”. Traducido al lenguaje común: lo justo para demostrar quién manda y lo bastante breve como para no abrir debates incómodos. El mensaje no iba dirigido solo a Irán, sino a cualquiera que aún creyera que las normas se aplican de manera simétrica.

En el caso venezolano, además, Washington ha tenido el detalle de no dar por concluida la misión. Mantendrá presencia. Es decir: si el próximo gobierno no resulta lo suficientemente colaborador, habrá segunda parte. Y si Venezuela queda “arreglada”, otros países del Caribe y Sudamérica harían bien en revisar su agenda. Estados Unidos quiere petróleo, quiere “América Primero” y quiere controlar el hemisferio occidental. La mal llamada “Doctrina Monroe”, ahora “Donroe”, sin florituras y con menos paciencia.

El poder militar sigue siendo el eje de la hegemonía estadounidense y se utiliza, sobre todo, contra quienes no pueden responder. Es la estrategia del acosador eficaz: fuerza desproporcionada, golpes rápidos y una lección bien aprendida por los demás. Sudamérica tiene la mala fortuna geográfica de estar demasiado cerca de Estados Unidos y demasiado lejos de cualquier paraguas alternativo.

Todo esto sucede mientras Estados Unidos lidia con problemas internos que ninguna administración parece capaz de resolver: polarización extrema, una clase media en retirada y un sistema de alianzas que cruje. Tras la operación en Venezuela, los líderes demócratas criticaron la misión con rapidez, como quien cumple un trámite. La discrepancia existe, pero no estorba.

Eso explica la predilección por las operaciones quirúrgicas. Afganistán fue una lección cara. Ucrania es una externalización elegante. La guerra larga es impopular, costosa y difícil de vender. La intervención rápida es barata, eficaz y se justifica sola. Bajo coste, alto rendimiento. Geopolítica de saldo.

La falsa Doctrina Monroe puede seguir funcionando un tiempo, dentro y fuera de Estados Unidos, pero no frena una evidencia incómoda: el mundo se ha vuelto tripolar. Cada vez más países rechazan la idea de que la fuerza da la razón, no por idealismo, sino por puro instinto de supervivencia. La condena internacional a la operación en Venezuela —incluida la de aliados fieles— es una señal clara de desgaste.

El orden mundial está cambiando. Y cuando los cambios son bruscos, producen incredulidad. El mundo se frota los ojos porque no termina de creerse lo que está viendo. Las potencias se observan de reojo, calculan cada paso y asumen riesgos considerables.

Venezuela será una prueba para la administración Trump. Taiwán, de momento, no es Venezuela. Pero la historia sugiere que cuando las leyes empiezan a estorbar y las armas se sienten con derecho a hablar, lo prudente no es fingir sorpresa, sino tomar nota. Y Volodomir Zelenski, que se vaya preparando, que el gran circo del Coliseo trumpiano está preparado.