El mundo de ayer, de Stefan
Zweig, fue el testamento de una Europa que no supo reconocer a tiempo su propia
fragilidad. Hoy, cuando el orden internacional se desplaza hacia un inquietante
equilibrio tripolar y las democracias liberales retroceden frente a nuevas
formas de autoritarismo, aquel libro vuelve a leerse menos como una memoria
personal que como una advertencia política de plena actualidad.
El mundo de ayer, de
Stefan Zweig, no es solo una autobiografía ni un ajuste de cuentas con el
pasado. Es, sobre todo, el relato melancólico de una civilización que se creía
sólida, racional y a salvo de los demonios de la historia, y que sin embargo se
desintegró con una rapidez que dejó a sus mejores representantes —Zweig entre
ellos— sin suelo bajo los pies. El libro funciona como una elegía de la Europa
liberal, culta y cosmopolita que floreció en el corazón del continente antes de
la Primera Guerra Mundial y que, apenas dos décadas después, había sido barrida
por el nacionalismo, la violencia política y el totalitarismo.
Zweig fue testigo privilegiado
del derrumbe de la Europa central, ese espacio cultural más que geográfico que
tenía en Viena, Praga o Budapest sus capitales espirituales. Un mundo donde el
pasaporte importaba menos que la conversación, donde la cultura era un idioma
común y donde la idea de progreso parecía irreversible. El drama de El mundo
de ayer no es solo que ese universo desapareciera, sino que lo hiciera por
la acción combinada de fuerzas que se presentaban como inevitables: la guerra
total, la movilización de masas, la ideología convertida en religión política.
Lo que Zweig ve hundirse es un
orden mundial. El intento nazi de imponer un imperio racial no solo destruye
Europa; al fracasar, abre la puerta a otro tipo de división. Tras 1945, el
mundo ya no será multipolar ni europeo: será bipolar, dominado por dos superpotencias
con visiones opuestas del hombre y de la sociedad. La Guerra Fría congela el
planeta en una geometría simple y aterradora: de un lado las democracias
liberales lideradas por Estados Unidos; del otro, el bloque comunista
encabezado por la Unión Soviética. Para muchos europeos, aquella división fue
una tabla de salvación: imperfecta, peligrosa, pero estable.
Durante décadas, ese mundo
bipolar proporcionó un marco comprensible. Incluso cuando se vivía bajo la
amenaza nuclear, existía una cierta previsibilidad. La caída del Muro de Berlín
pareció anunciar, fugazmente, el triunfo definitivo del liberalismo democrático.
Pero la historia, como sabía Zweig, detesta los finales felices prolongados.
Hoy asistimos al surgimiento de
un mundo tripolar, mucho más inestable y ambiguo. Rusia ha abandonado cualquier
pretensión de integración en el orden liberal y se presenta como una potencia
revisionista, dispuesta a usar la fuerza para redefinir fronteras y esferas de
influencia. China propone un modelo alternativo: autoritario, tecnocrático y
eficaz, que cuestiona la idea de que desarrollo económico y libertades
políticas deban ir de la mano. Y, de forma inquietante, Estados Unidos, el
antiguo garante del orden liberal, coquetea con un autoritarismo neofascista
que parecía impensable hace solo una generación.
Este último giro fue anticipado
con lucidez literaria por Philip Roth en La conjura contra América,
donde imaginaba una deriva antidemocrática en el corazón mismo de la república
estadounidense. Lo que en la novela era una ucronía perturbadora hoy se
percibe, al menos en parte, como una advertencia incumplida: la democracia no
es una condición natural, sino una construcción frágil que puede erosionarse
desde dentro.
En este nuevo escenario, las
democracias liberales parecen replegarse hacia un espacio más reducido. La
Unión Europea, con todas sus contradicciones y lentitudes, se convierte en uno
de los últimos grandes experimentos políticos basados en el consenso, el Estado
de derecho y la renuncia voluntaria a la soberanía absoluta. A su lado, Reino
Unido y los países de la Commonwealth mantienen, con matices, una tradición
parlamentaria que actúa como contrapeso a las nuevas tentaciones autoritarias.
La diferencia con el mundo que
describió Zweig es notable, pero la sensación de fondo es inquietantemente
similar. También ahora muchos ciudadanos creemos vivir el fin de una época;
también ahora se habla de decadencia, de pérdida de certezas, de un futuro más
oscuro que el pasado. La gran lección de El mundo de ayer no es la
nostalgia —aunque esté impregnado de ella—, sino la advertencia. Las
civilizaciones no mueren de repente: se desgastan, se fragmentan, se entregan
poco a poco a soluciones simples para problemas complejos.
Zweig no sobrevivió al colapso del mundo que amaba. Nosotros, en cambio, aún estamos a tiempo de decidir qué hacer con el que tenemos. La historia no se repite, pero rima, y hoy vuelve a recordarnos que la libertad, como la paz, nunca está garantizada. Solo se conserva mientras alguien esté dispuesto a defenderla, incluso cuando parece pasada de moda.