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domingo, 11 de enero de 2026

EL MUNDO DE AYER Y EL MUNDO QUE NACE

 


El mundo de ayer, de Stefan Zweig, fue el testamento de una Europa que no supo reconocer a tiempo su propia fragilidad. Hoy, cuando el orden internacional se desplaza hacia un inquietante equilibrio tripolar y las democracias liberales retroceden frente a nuevas formas de autoritarismo, aquel libro vuelve a leerse menos como una memoria personal que como una advertencia política de plena actualidad.

El mundo de ayer, de Stefan Zweig, no es solo una autobiografía ni un ajuste de cuentas con el pasado. Es, sobre todo, el relato melancólico de una civilización que se creía sólida, racional y a salvo de los demonios de la historia, y que sin embargo se desintegró con una rapidez que dejó a sus mejores representantes —Zweig entre ellos— sin suelo bajo los pies. El libro funciona como una elegía de la Europa liberal, culta y cosmopolita que floreció en el corazón del continente antes de la Primera Guerra Mundial y que, apenas dos décadas después, había sido barrida por el nacionalismo, la violencia política y el totalitarismo.

Zweig fue testigo privilegiado del derrumbe de la Europa central, ese espacio cultural más que geográfico que tenía en Viena, Praga o Budapest sus capitales espirituales. Un mundo donde el pasaporte importaba menos que la conversación, donde la cultura era un idioma común y donde la idea de progreso parecía irreversible. El drama de El mundo de ayer no es solo que ese universo desapareciera, sino que lo hiciera por la acción combinada de fuerzas que se presentaban como inevitables: la guerra total, la movilización de masas, la ideología convertida en religión política.

Lo que Zweig ve hundirse es un orden mundial. El intento nazi de imponer un imperio racial no solo destruye Europa; al fracasar, abre la puerta a otro tipo de división. Tras 1945, el mundo ya no será multipolar ni europeo: será bipolar, dominado por dos superpotencias con visiones opuestas del hombre y de la sociedad. La Guerra Fría congela el planeta en una geometría simple y aterradora: de un lado las democracias liberales lideradas por Estados Unidos; del otro, el bloque comunista encabezado por la Unión Soviética. Para muchos europeos, aquella división fue una tabla de salvación: imperfecta, peligrosa, pero estable.

Durante décadas, ese mundo bipolar proporcionó un marco comprensible. Incluso cuando se vivía bajo la amenaza nuclear, existía una cierta previsibilidad. La caída del Muro de Berlín pareció anunciar, fugazmente, el triunfo definitivo del liberalismo democrático. Pero la historia, como sabía Zweig, detesta los finales felices prolongados.

Hoy asistimos al surgimiento de un mundo tripolar, mucho más inestable y ambiguo. Rusia ha abandonado cualquier pretensión de integración en el orden liberal y se presenta como una potencia revisionista, dispuesta a usar la fuerza para redefinir fronteras y esferas de influencia. China propone un modelo alternativo: autoritario, tecnocrático y eficaz, que cuestiona la idea de que desarrollo económico y libertades políticas deban ir de la mano. Y, de forma inquietante, Estados Unidos, el antiguo garante del orden liberal, coquetea con un autoritarismo neofascista que parecía impensable hace solo una generación.

Este último giro fue anticipado con lucidez literaria por Philip Roth en La conjura contra América, donde imaginaba una deriva antidemocrática en el corazón mismo de la república estadounidense. Lo que en la novela era una ucronía perturbadora hoy se percibe, al menos en parte, como una advertencia incumplida: la democracia no es una condición natural, sino una construcción frágil que puede erosionarse desde dentro.

En este nuevo escenario, las democracias liberales parecen replegarse hacia un espacio más reducido. La Unión Europea, con todas sus contradicciones y lentitudes, se convierte en uno de los últimos grandes experimentos políticos basados en el consenso, el Estado de derecho y la renuncia voluntaria a la soberanía absoluta. A su lado, Reino Unido y los países de la Commonwealth mantienen, con matices, una tradición parlamentaria que actúa como contrapeso a las nuevas tentaciones autoritarias.

La diferencia con el mundo que describió Zweig es notable, pero la sensación de fondo es inquietantemente similar. También ahora muchos ciudadanos creemos vivir el fin de una época; también ahora se habla de decadencia, de pérdida de certezas, de un futuro más oscuro que el pasado. La gran lección de El mundo de ayer no es la nostalgia —aunque esté impregnado de ella—, sino la advertencia. Las civilizaciones no mueren de repente: se desgastan, se fragmentan, se entregan poco a poco a soluciones simples para problemas complejos.

Zweig no sobrevivió al colapso del mundo que amaba. Nosotros, en cambio, aún estamos a tiempo de decidir qué hacer con el que tenemos. La historia no se repite, pero rima, y hoy vuelve a recordarnos que la libertad, como la paz, nunca está garantizada. Solo se conserva mientras alguien esté dispuesto a defenderla, incluso cuando parece pasada de moda.