sábado, 18 de diciembre de 2021

Breve historia (y algo más) del cactus de Navidad



¿Quién hubiera pensado que un cactus sería símbolo floral de la Navidad? Las fiestas navideñas generalmente invocan escenas de nieve, hogueras, coronas de acebo, ramas de muérdago y abetos, pero ningún cactus, lo que quizás, podrían pensar algunos, resulta obvio si tenemos en cuenta que las cactáceas, una familia americana, poco podía pintar en los alrededores de Belén. Claro que lo mismo podría decirse de la flor de Pascua, Euphorbia pulcherrima, nativa de Centroamérica.

Si hay un nombre de planta difícil de retener, probablemente sea Schlumbergera, el género que agrupa a siete especies de cactus brasileños. Conservar en la memoria el nombre se complica todavía más sabiendo que hay otro género de la familia bromeliáceas, Schlumbergeria, que se parece como una gota de agua a otra. La diferencia está en la “i”. Afortunadamente para nuestra memoria, la taxonomía ha venido a ayudarnos y las antiguas Schlumbergeria han pasado a llamarse Guzmania, un nombre que en su famosa Flora Peruviana et Chilensis de 1802 dos extraordinarios botánicos españoles de la Ilustración, Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón, pusieron en honor de Anastasio Guzmán (17??-1807) un farmacéutico y naturalista español que trabajó en la flora de Suramérica.

Fréderic Schlumberger (1823-1893) fue un coleccionista francés que poseía una famosa colección de plantas tropicales, lo que le permitió mantener un amplio intercambio epistolar con los botánicos más famosos de su época. Uno de ellos, Charles Antoine Lemaire (1800-1871), botánico y escritor francés, especialista en cactáceas, fundó una famosa revista,  L'illustration horticole, que dirigió hasta su muerte, pero cuya edición se continuó veinticinco años más, hasta la publicación del último número en 1896.


Página original de L'illustration horticole donde se describe por primera vez el género Schlumbergera 


En el número 5 de la revista, publicado en 1858, Lemaire describió un género de unos curiosos cactus brasileños epífitos recolectados en las montañas que rodean Rio de Janeiro a los que, en homenaje a su amigo y corresponsal Fréderic Schlumberger, denominó Schlumbergera. Uno de sus híbridos, Schlumbergera x buckleyi fue el primer cactus de Navidad conocido.

En los calientes trópicos de donde provienen las Schlumbergera no hay estaciones, así que las plantas florecen cuando les viene en gana. Ocurre, sin embargo, que cuando se trasplantan a otras latitudes y se protegen adecuadamente de las heladas, muchas plantas tropicales adoptan el ritmo estacional de floración que más les conviene.

En el hemisferio norte, las Schlumbergera se han adaptado a un ciclo lumínico de días cortos (las noches más largas del año son las del diciembre) y, en consecuencia, florecen alrededor de las fiestas navideñas. Cabe decir que fuera del ámbito cristiano, las Schlumbergera reciben el nombre popular más laico de “cactus cangrejos”, un guiño a sus tallos aplanados (cladodios) que terminan en "garras" (Foto).

El extremo aplanado con aspecto de hojas dentadas como uñas es la causa de que algunos cactus navideños reciban el nombre de cactus "cangrejos". Foto de Ángela Delgado.  

Hay siete especies de Schlumbergera. Varias de ellas se comercializan con el nombre de cactus "de vacaciones", porque florecen de septiembre a febrero y se venden como regalos alrededor del día de Acción de Gracias, el cuarto jueves de noviembre en Estados Unidos, en Navidad en todo el mundo cristiano y, casi dos meses más tarde, en febrero, cuando comienza a florecer el mismo cactus, pero en ese momento llamado "de Pascua".

Investigar la historia de los cactus navideños revela un pequeño enredo. Muchos botánicos están seguros de que Schlumbergera x buckleyi es el verdadero cactus navideño original. Hoy, este híbrido casi ha desaparecido y es un tesoro de coleccionistas. Schlumbergera truncata es la especie de la que surgen la mayoría de las variedades de cactus "de vacaciones" disponibles en la actualidad. En realidad, es bastante diferente de S. x buckleyi por su flor asimétrica y por presentar ovarios alados. Se puede encontrar en colores blancos, rosas, rojos y amarillos, mientras que el cactus navideño original era más bien de color rosa pálido con una garganta blanquecina.

Las flores de las verdaderas Schlumbergera x buckleyi son simétricas y provistas de unas gargantas rosado-blanquecinas.  Foto de David Hunt.

Pero dejémonos de historias y vayamos a la práctica, a conseguir que repitan su brillante floración alrededor de Navidad. Descubrir cómo hacer que florezca un cactus navideño puede resultar complicado para algunos. Sin embargo, siguiendo unas pautas de riego y asegurándose de que tengan las condiciones adecuadas de luz y temperatura, aprender a forzar su floración en Navidad puede ser bastante fácil. Con esa información en mente, vayamos con algunos consejos para mantener su cactus en plena forma.

Es más fácil aprender a cuidar este tipo de cactus si se sabe un poco de cómo existe en la naturaleza. Se diferencia de la mayoría de los cactus en que no se vive en un entorno árido. Por el contrario, vive como epífito, es decir, colgando de las ramas de los árboles en algunas selvas costeras brasileñas (ver mapa). No es el único caso de cactus epifítico. De uno de ellos, el extraño cactus de la flor de la luna, me he ocupado en un artículo anterior. Por lo tanto, prefiere un clima húmedo y más agua que la mayoría de las demás plantas suculentas que puedas tener, a las que les perjudica el exceso de riego.

Distribución del género Schlumbergera



En primer lugar, teniendo en cuenta que esta planta prospera en los entornos sombríos de las selvas tropicales, está genéticamente adaptada a recibir poca luz solar. A tu ejemplar le irá mucho mejor si la colocas en un lugar donde reciba luz indirecta y nunca la luz solar directa a pleno día.

A tu planta no le gustan las fluctuaciones de temperatura. Lo hace mejor en una temperatura diurna de aproximadamente 21 grados centígrados y una nocturna de 15 a 18. Por lo tanto, si normalmente mantienes tu cactus al aire libre, es mejor llevarlo al interior si la temperatura cae por debajo de 21 durante el día en los meses de invierno. Ten en cuenta también que si sufre una temperatura por debajo de 9 grados, que es la temperatura de helada para muchas plantas tropicales, tu planta se helará.

Las plantas epífitas (del griego epi, sobre, y phyton, planta) viven toda su vida en los troncos o ramas de los árboles usándolos solamente como soportes, pero sin parasitarlos nutricionalmente. La ventaja más evidente de los epífitos respecto a las hierbas terrestres es que reciben más luz en los sombríos ecosistemas selváticos y se mantienen lejos de los herbívoros terrestres.

Si tienes ocasión de pasear por una selva tropical (también te servirá un tropicarium de cualquier jardín botánico) mira hacia arriba y verás que el modo de vida epifítico ha tenido un enorme éxito (Foto). Sobre las ramas de los árboles prosperan ecosistemas completos, con sus propias cadenas tróficas que descansan en la capacidad de producción de las epifitas, capaces de vivir con muy poco suelo y con muy poca agua, la que son capaces de almacenar en sus hojas nidulares, en bulbos especializados o captando mediante raíces aéreas que condensan a su alrededor la humedad atmosférica.

Interior de un bosque tropical en Santa Elena, Costa Rica.

Por tanto, aunque es importante mantener tu cactus bien regado puedes dejar que el nivel superior del suelo se seque, pero nunca debe estar completamente seco. Dicho esto, la planta tampoco debe permanecer nunca en el agua durante períodos prolongados. Empieza por limitar la cantidad de agua que recibe. Por lo general, hay que hacerlo en algún momento durante el otoño, generalmente alrededor de octubre o la primera parte de noviembre. Reduce el riego lo suficiente para permitir que la tierra permanezca ligeramente húmeda. Riega solo cuando la capa superior de tierra (aproximadamente un par de centímetros) esté seca al tacto. Eso favorecerá que la planta entre en dormancia.

La dormancia es un período en el ciclo biológico de un organismo en el que el crecimiento, desarrollo y actividad física se suspenden temporalmente. Eso reduce drásticamente la actividad metabólica permitiendo que el organismo conserve energía. La dormancia tiende a estar íntimamente relacionada con las condiciones ambientales. La dormancia es importante en la producción de flores.

Mantener viva tu planta es una cosa, pero hacer que florezca es otra. Alrededor de octubre, trasládala a un lugar donde tenga de doce a catorce horas de oscuridad para crear un período de "dormancia", que favorecerá la floración. Los cactus de Navidad deben seguir recibiendo un tratamiento oscuro y fresco durante al menos seis a ocho semanas o hasta que comiencen a rebrotar. Una vez que se hayan formado los brotes, se necesitan hasta doce semanas (o menos) para que aparezcan las flores.

Darle a la planta más luz solar indirecta y brillante producirá más floración. Aunque se puede aumentar el riego durante la floración, la cantidad variará según las condiciones de luz, temperatura y niveles de humedad que rodeen la planta. Cuando se fuerza a que un cactus navideño florezca dándole el cuidado adecuado en el lugar correcto en el que tenga las condiciones adecuadas de luz y temperatura, la planta no solo florecerá, sino que también puede sorprenderte produciendo flores varias veces al año.

La primavera es el período conocido como post-floración, y el momento de fertilizar la planta. Puedes continuar fertilizando moderadamente durante el verano antes de prepararse para el período de inactividad de la planta en el otoño. Además de ello, puede que debas trasplantar tu cactus después de cada floración. Si vas a comenzar a fertilizar después de la floración, tiene sentido trasladar tu cactus a una maceta más grande para promover aún más crecimiento justo antes de que comience la primavera.

Con estos consejos para cuidar tu cactus de Navidad antes, durante y después de la floración, deberías conseguir disfrutar de una planta feliz y saludable durante muchos años. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

viernes, 17 de diciembre de 2021

Dedalera, el remedio mortal que habita entre las rocas

Digitalis purpurea en una lámina de 1796 dibujada por Jacob Sturm incluida en la Deutschlands Flora in Abbildungen de Johann Georg Sturm. a: Porte de la planta; obsérvese como la práctica totalidad de las flores crecen hacia un solo lado (racimo unilateral). b: Flor. c: Detalle del cáliz. d: Sección longitudinal de una flor abierta mostrando cuatro estambres. e: detalle del extremo del estambre mostrando dos anteras abiertas en cuyo interior los granitos representan los granos de polen. f: Ovario, con la cavidad ovárica en la base y un largo estilo. g: Detalle de una cápsula (fruto) abierta, superpuesta a los restos del cáliz. h: Sección transversal de la cavidad ovárica, mostrando sendas semillas ampliadas en i y k, en esta última la sección transversal de la semilla muestra el pequeño embrión con dos cotiledones (hojas embrionarias).

Las hojas de Digitalis purpurea, conocida en España como dedalera o digital por la forma de sus flores que parecen dedales, es un buen remedio para curar determinados males, pero un remedio que puede matar. El secreto está en la dosis.

Hace unos 500 años, en pleno Renacimiento, Paracelso, un médico y alquimista suizo, escribió que «todo es veneno y nada es veneno, sólo la dosis hace el veneno», dando a entender que el término veneno es algo relativo cuyos efectos dependen de la cantidad con la que se dispensa, una afirmación que encaja como un anillo a la dedalera. La planta contiene una treintena de compuestos cardiotónicos, todos los cuales actúan sobre el corazón regulando su ritmo y acabando con las peligrosas arritmias, aunque en dosis superiores a las terapéuticas pueden provocar la muerte. Eso es, precisamente, lo que descubrió en el siglo XVIII un médico inglés cuando, gracias a la dedalera, ofreció al mundo uno de los fármacos más valiosos para tratar cardiopatías.

En las paredes de una iglesia de Birmingham hay una curiosa placa tallada en piedra que luce una dedalera. La placa recuerda al médico local William Withering. Nacido en 1741, Withering había batallado durante diez años contra dos enfermedades, la hidropesía que afectaba a otros, y la tuberculosis que amenazaba a sus propios pulmones. Combatió la primera gracias al hallazgo de la dedalera, pero la segunda acabó con su vida en 1799.

Trabajando como médico en el Birmingham General Hospital, Withering conoció a una paciente que se había curado de hidropesía gracias a unas hierbas. Rebuscando en la bolsita que le enseñó, descubrió la dedalera. Durante diez años realizó pruebas clínicas del principio activo de esta planta, la digitoxina, y concluyó que curaba la hidropesía en una época en la que era una auténtica plaga en toda Inglaterra.

La hidropesía, edema o retención de líquido es la acumulación de fluidos en los tejidos o cavidades del cuerpo. No constituye una enfermedad por en sí misma, sino un síntoma clínico que acompaña a diversas enfermedades del corazón, riñones y aparato digestivo. Además de que las hojas de dedalera tienen propiedades diuréticas, es decir que propician la eliminación de orina favoreciendo la evacuación de líquidos, los efectos benéficos de la digital se centran en la llamada hidropesía congestiva cardíaca.

La fuerza de bombeo del corazón ayuda a mantener una presión normal en los vasos sanguíneos. Pero si el corazón empieza a fallar (situación conocida como fallo cardíaco congestivo), la presión cambia y puede causar una retención de agua muy severa. En este estado la retención hídrica se aprecia sobre todo en las piernas, pies y tobillos, pero además hay acumulación en los pulmones, lo que produce una tos crónica.

William Withering en un cuadro  de Carl Fredric von Breda. Withering lleva una rama de dedalera en la mano izquierda.


En tiempos de Whitering, la hidropesía causaba el grotesco efecto de hinchar el cuerpo hasta el punto de que las víctimas se ahogaban en sus propios fluidos corporales hasta que los pulmones se encharcaban y las víctimas morían de asfixia. Los médicos purgaban a sus pacientes para extraerles varios litros de fluidos del organismo. 

A veces funcionaba, pero la mayoría de las veces los pacientes sucumbían a la enfermedad. Antes de que Withering publicara sus efectos curativos, ningún médico prudente se había planteado utilizar la dedalera como un remedio terapéutico. El reputado herborista John Gerard la repudió porque en su acreditada opinión «la dedalera es amarga, caliente y seca, con ciertas cualidades depurativas; a pesar de lo cual no se utiliza ni se elabora con ella ningún medicamento». Su opinión era hija de la prudencia.

Numerosos herboristas ingleses habrían discrepado de esa rotunda afirmación si no hubieran tenido miedo a ser acusados de brujería y quemados en la hoguera. el ama de casa del medio rural confiaba en la sabiduría de la herboristería ancestral. Sabían que la «dedalera del médico» era una planta potente y poderosa que podía matar o curar al paciente. En pequeñas dosis era curativa, pero si se utilizaba para tratar la insuficiencia renal su principio activo se acumulaba en el organismo en dosis que podían ser letales.

Un veneno voluble y azucarado

Hubo que esperar hasta 1850 para que el médico alemán Ludwig Traube describiera los efectos de la dedalera sobre el corazón. Traube observó que mientras que pequeñas dosis estimulaban los impulsos del músculo cardíaco, si se sobrepasaban se podía provocar su paralización. La conclusión era que la ingestión moderada de las hojas de forma ocasional estaba indicada para la regulación del pulso o el tratamiento de la epilepsia e incluso que las infusiones de hojas estaban indicadas contra los resfriados, de forma que se solía recomendar como “saludable” para el organismo y el paciente.

Así estaban las cosas, cuando a mediados del siglo pasado empezaron a publicarse las primeras alertas sobre las propiedades venenosas de la dedalera. El enigma consistía en que los efectos beneficiosos o tóxicos variaban de acuerdo con algún factor desconocido que comenzó a relacionarse con la idiosincrasia de cada paciente o con la aplicación errónea de las dosis.

Algunos personajes parecen haber sufrido intoxicaciones por digitálicos, como el pintor impresionista Vincent Van Gogh. A partir de 1886 y hasta su muerte en 1890, sus pinturas muestran una tendencia marcada hacia el amarillo que el arte y la historia caracterizaron como el sello personal de su Período Amarillo. Sin embargo, la xantopsia (trastorno de la visión que afecta particularmente a la percepción de los colores amarillo y verde) y el efecto corona (halos cromáticos que circundan los cuerpos) plasmado en su último período son probablemente debidos a una intoxicación digitálica, porque a finales del siglo XIX se usaban los preparados a base de dedalera para el tratamiento de la epilepsia que padecía por su adicción a la absenta. Se piensa que el Período Amarillo surgió por influencia de una terapia con digitálicos prescrita por el doctor Paul Gatchet, su médico y mecenas. De hecho, el retrato del doctor Gatchet, fechado en junio de 1890, presenta al galeno sosteniendo un racimo de dedalera.


Conforme los farmacólogos comenzaron a analizar científicamente la planta y se empezaron a aislar sus principios activos, en especial la digitoxina, pudo comprobarse que, a fuerza de estimular el corazón, la digitoxina podía llegar a provocar un infarto. La cuestión era encontrar la dosis exacta y aquí radicaba un nuevo enigma: cada planta representaba en sí misma un misterio. La conclusión era que no solo de una planta a otra, sino incluso en la misma planta o en una sola de sus hojas, los niveles de digitoxina eran extremadamente variables.

Lo que poco a poco la experimentación fue descubriendo fue que en cualquier planta observada la cantidad de digitoxina iba variando a lo largo del día. La digitoxina es, esencialmente, un glucósido, es decir, un compuesto a base de glucosa, que es el azúcar empleado como “combustible” para alimentar el metabolismo de cualquier organismo. Mientras que, como consecuencia de la producción fotosintética la digitoxina se iba acumulando en las hojas durante el día hasta alcanzar su máxima concentración por la tarde, durante la noche, cuando la planta respiraba y consumía glucosa, los niveles comenzaban a descender cada vez más hasta el amanecer, cuando los niveles eran mínimos o inexistentes.

Se comprobó también que la exposición a mayores cantidades de horas de sol o el tipo de terreno en el que crecía la planta podían incrementar o hacer descender el nivel de digitoxina foliar; además, si las hojas eran jóvenes o viejas, la cantidad era muy diferente. Dependiendo de las condiciones en que creciera la planta o de la hora en la que hubiera sido recolectada, unas tres hojas eran suficientes para ser mortales y de ahí que estén ampliamente documentados casos de envenenamientos producidos por la planta.

Poco a poco, la comunidad médica fue rechazando su uso terapéutico directo debido a la dificultad de calcular correctamente la cantidad de principio activo que había en cada momento. Incluso algunos farmacéuticos experimentados que, en teoría, deberían de saber a la perfección cómo calcular las concentraciones, no dejaban de tener problemas con las dosis.

Hoy en día se sabe que una cantidad superior a 2 miligramos de digitoxina hace que los latidos del corazón vayan a un menor ritmo, pero al poco tiempo se producen arritmias hasta llegar a un paro cardíaco que en la gran mayoría de los casos acaba llevando a la muerte.

Sin embargo, varios medicamentos basados en la digitoxina, que son muy bien valorados por muchos cardiólogos, se siguen empleando en pacientes con problemas cardíacos. La razón de que en la actualidad se siga empleando en farmacología se debe a las condiciones especiales de recogida de la planta y a la extracción química que se realiza posteriormente.

La dedalera se sigue cultivando, pero se recoge a unas horas determinadas (generalmente al inicio de la tarde) y escogiendo unas hojas determinadas que en teoría tendrían la cantidad óptima de digitoxina. Posteriormente se realiza un tratamiento de desecado y de conservación especiales para evitar tanto la pérdida del principio activo como de su intensificación, así como diferentes controles en todo el proceso para mantener en todo momento las concentraciones adecuadas.

Así que cuando caminando por sendas y veredas, entre breñas, riscos y roquedos, veas a tus pies las hermosas flores de la dedalera, recuerda a Paracelso: estás delante de un remedio que te puede matar. 

sábado, 11 de diciembre de 2021

Yaca: La nueva alternativa a la carne y el eterno retorno de lo mismo

Inflorescencia florida de la yaca, Artocarpus heterophyllus


Dicen que la yaca puede ser el próximo gran sustituto de la carne. Para imponerse entre hípsters y foodies parte con ventaja: tiene un nombre vernáculo rotundamente exótico, que se torna en erótico si se usa el nombre inglés: “jackfruit”. Nutritiva, abundante y con mucha pulpa carnosa, esta fruta, un alimento básico en la India, está listo para hacerse popular entre los consumidores con mentalidad ecológica y hambrientos de novedades.

Durante años, la yaca (Artocarpus heterophyllus), originaria de la India y perteneciente a la familia de las moráceas, que incluye al árbol del pan, a los higos y a las moras, ha sido popular entre los veganos que utilizan la fruta verde en platos como tacos, enchiladas y bocadillos acompañados con curry indios como el ghassi. En los últimos años, la cosa ha ido a más y decenas de artículos la han promocionado como una nueva alternativa a la carne.

Algunas webs culinarias populares en el mundo anglosajón, como Bon Appetit y Epicurious, han publicado recetas suculentas que destacan la textura carnosa de la ruta. Hacerse un hueco en el mercado de las alternativas a la carne no es ninguna tontería. Según datos publicados por el proyecto europeo Smart Protein, el valor de mercado de las carnes vegetales en España ha aumentado un 31% en los últimos dos años y alcanza actualmente los 448 millones de euros. En ese mismo período, el valor del mercado español basado en plantas aumentó un 48%.

Pese a la creciente oferta, los consumidores quieren más. Ssegún la encuesta de consumidores de alternativas vegetales realizada por la organización ProVeg, el 29% de las personas flexitarianas encuestadas quieren ver más carne vegetal en los supermercados. Esto se traduce en grandes oportunidades de negocio, ya que se prevé que el mercado mundial de las alternativas vegetales a la carne crezca a una tasa anual de alrededor del 15%, alcanzando casi los 28.000 millones de dólares en 2025. Si comparamos estas cifras con la previsión de crecimiento para el mercado del producto animal, el incremento es mucho más modesto, de tan solo un 3% anual en ese periodo, según la consultora Kearney.

¿Pero consumir yaca es algo nuevo? La larga trayectoria del consumo de yaca ofrece una respuesta contundente: no. La yaca no es nueva en el sur de Asia y las regiones circundantes, donde ha sido un alimento de importancia cultural durante siglos. La yaca tampoco es nueva en Occidente. Más bien tiene una historia larga y algo tenebrosa: los imperialistas británicos usaban la yaca como un medio para proporcionar alimento barato y nutritivo a los trabajadores esclavizados y coaccionados de todo su imperio.

Venta de yaca en una carretera de Camboya


Artocarpus heterophyllus, la yaca, presenta unos frutos extraordinariamente grandes que pueden alcanzar los 40 kilos, lo que lo convierte en el fruto más voluminoso producido por un árbol. Un viajero del siglo XIV comparó el tamaño de la yaca con «el de un cordero o el de un niño de tres años». El interior de la yaca, cuando no está maduro, tiene almidón. Cuando está maduro, presenta un olor penetrante que no agrada a todo el mundo y tiene un sabor intenso dulce, parecido al de la piña tropical.

Según un artículo científico de 1980, la yaca es originaria de la región situada al pie de los Ghats occidentales de la península india, de donde se supone que se ha extendido a otros países tropicales. De hecho, el botánico suizo del siglo XIX Augustin Pyramus de Candolle escribió que «la especie se ha cultivado durante mucho tiempo en el sur de Asia, desde el Punjab hasta China, desde el Himalaya hasta las Molucas».

Varias infrutescencias (sorosis) de Moráceas: 1, Artocarpus heterophyllus. 2, Artocarpus communis. 3, Maclura pomifera. 4, Morus alba. 5, Morus nigra. Aunque tengan tamaños y formas diferentes, las cinco tienen estructuras muy similares: muchas flores pequeñasdistribuidas alrededor de un eje. Véase la imagen siguiente. 

Hace pocos años, la moringa era la nueva reina foodie neoyorquina. Ahora la yaca, ha sido proclamada por algunos como el “El Rey de la India", habida cuenta de que allí tiene muchos usos desde tiempos inmemoriales. Según el Curtis' Botanical Magazine, una publicación botánica líder del siglo XIX, no había que esperar a que estuviera madura porque «la fruta verde también se usaba en escabeche, o cortada en rodajas y hervida o frita en aceite de palma».

Inflorescencia de Artocarpus heterophyllus. 1, ejemplar completo. 2, sección longitudinal en la que se observan las flores inmaduras dispuestas como radios alrededor de un eje central (4). 3, sección tranversal.


Además, un estudio científico reciente ha descubierto que «Varias partes del árbol de yaca, incluyendo frutas, hojas y cortezas, se han utilizado ampliamente en la medicina tradicional debido a sus efectos anticancerígenos, antimicrobianos, antifúngicos, antiinflamatorios, cicatrizantes e hipoglucémicos». Y mucho antes de que se convirtiera en un fenómeno vegano global, la yaca también se usaba como sustituto de la carne en el sur de Asia: la palabra bengalí para su fruto a menudo se traduce como "cordero de árbol".

Cuando los europeos llegaron al sur de Asia, muchos comenzaron a comer yaca y a ensalzar sus virtudes. En Coloquios dos simples e drogas y cousas medicinaes da Indiaobra, una obra del siglo XVI del médico portugués García da Orta, refiriéndose a la yaca el autor le dice a un colega imaginario: «Te has estado comiendo las castañas [las semillas] que hay dentro y dijiste que asadas sabían a castañas; y ahora puedes comer las cáscaras [arilos] que las cubren, que son amarillas y tienen un sabor agradable».

Los imperialistas británicos se obsesionaron con usar la enorme fruta como alimento… para otros. En Expansión colonial del imperialismo verde, islas tropicales paradisíacas y los orígenes del ambientalismo 1600-1800, el historiador Richard Grove detalla cómo a finales del siglo XVIII William Roxburgh, botánico de la Compañía de las Indias Orientales, introdujo la yaca en los jardines botánicos del sur de la India y abogó por su plantación en Ceilán, dadas las hambrunas recurrentes de la región, que, como han narrado algunos artículos académicos, fueron provocadas por las deficientes políticas británicas de distribución de alimentos.

Colonizadores británicos como Roxburgh abogaron por la difusión del árbol del pan (Artocarpus communis) en todo el mundo para evitar la hambruna y proporcionar provisiones baratas para las poblaciones esclavizadas. Ese trasiego se ha hecho famoso gracias, entre otras cosas, al Bounty, un carguero que transportaba plantones de árboles del pan entre Tahití y el Caribe, cuyo célebre motín fue llevado al cine con el título Rebelión a bordo; un amotinamiento que fue todo su acontecimiento en su época no ya por le revuelta en sí, sino por el asombroso viaje de cuatro mil millas que, después de ser abandonados en alta mar, realizaron el capitán de La Bounty William Blight y sus leales en un bote y con sólo un sextante y un reloj, hasta llegar a tierras civilizadas, una singladura que Blight consiguió sin perder un solo hombre.

Obsesionado por el fracaso de su misión en el Bounty para llevar árboles del pan como comida para los esclavos de las Antillas, Bligh volvió a Tahití a bordo del Providence y descargó con éxito un “bosque flotante” de 1.200 árboles en Port Royal, Jamaica, en 1793. De camino, recaló en Australia y realizó una interesante comida: fue el primer hombre conocido en cenar equidna, uno de los animales más extravagantes de Australia.

Aunque muchas personas conocen hoy esos y otros los famosos viajes para trasplantar árboles del pan al Caribe, mucho menos conocidos son los intentos de trasplantar la yaca. El botánico y multimillonario inglés Joseph Banks (1743-1820) intentó introducirla, junto con el árbol del pan, trasladándola desde los mares del Sur hasta las Indias Occidentales para reducir la dependencia de las importaciones estadounidenses de trigo y arroz destinadas a alimentar a sus esclavos. En una carta que Banks escribió en 1787, se refirió a la yaca como «una fruta muy valiosa, que proporciona abundante alimento en una variedad de recetas diseñadas para adaptarse a sus diferentes grados de madurez».

Transplante de árboles del pan desde Otaheite. Óleo de Thomas Gosse 1796


En el siglo XVIII, una vez aclimatada, la yaca se asimiló a recetas caribeñas. El Curtis` Botanical detalla cómo el árbol de yaca «parece naturalizado [allí], particularmente en la isla de San Vicente". Un espécimen de San Vicente también fue llevado a los Jardines Botánicos de Edimburgo, donde supuestamente floreció en 1827.

Pero, aunque la yaca sigue siendo popular en las rutas gastronómicas del Caribe y del sur de Asia, nunca arraigó en las Islas Británicas, a pesar de su aclimatación en los jardines botánicos. Quizás esto se deba a la dificultad de cultivarla en el clima frío de las islas, pero también a los perjuicios coloniales sobre el aroma, ya que muchos europeos describieron el de esta fruta y la del durión (Durio zibethinus) como un «olor ofensivo" y "muy desagradable».

Aunque los occidentales lo consideremos una novedad, el uso de la yaca con fines culinarios ni es nuevo en Asia donde es un alimento ancestral, ni tampoco en Occidente, porque la fruta jugó un papel importante en el aprovisionamiento colonial británico. Como tantas otras “innovaciones” de la postmodernidad, una vez más se confirma aquel axioma de Nietzsche que definía la historia universal como el «eterno retorno de lo mismo».

sábado, 4 de diciembre de 2021

Los falsos frutos de las gimnospermas

Taxus baccata


A muchos de nosotros nos enseñaron en la escuela que una de las características que distinguían a las gimnospermas de las angiospermas es la formación de frutos. Un fruto, por definición, es una estructura formada por el ovario de una planta angiosperma. Las gimnospermas, por su parte, no encierran sus óvulos en ovarios, sino que están expuestos (en mayor o menor grado) al entorno al menos antes de su fertilización.

La palabra "gimnosperma" significa en griego precisamente eso: "semilla desnuda". Angiosperma, en griego, quiere decir que los óvulos primero, y las semillas, después, están encerradas en una “angios”, es decir en una vasija, alusión metafórica al futo.

Sin embargo, como ocurre con todo lo biológico, en muchos casos la naturaleza no tiene fronteras bien definidas y hay excepciones a casi todas las reglas. Hay gimnospermas que producen estructuras que funcionan de manera bastante similar a frutos. De ellas me voy a ocupar en este artículo.

La clave para comprender esta convergencia evolutiva radica en primer lugar en comprender las ventajas evolutivas de los frutos carnosos (con pulpa) que son los que más se parecen a las semillas pulposas de algunas gimnospermas. Los frutos carnosos son empaquetamientos de una o varias semillas en estructuras que atraen a varios tipos de animales (comedores de frutos o frugívoros) que se las comen. Una vez consumidos, los animales digieren los trozos pulposos y, cuando defecan, depositan las semillas en lugares apartados de la planta de la que obtuvieron su sabroso y nutritivo alimento. La dispersión de las semillas es fundamental para el éxito de las plantas, ya que les permite no solo completar su ciclo reproductivo, sino también conquistar nuevos territorios en el proceso.

Ginkgo. biloba. 1, braquiblastos con las cicatrices que dejan las bases de las hojas caídas. Los óvulos nacen por parejas, pero uno de ellos aborta (2) mientras que el otro se desarrolla hasta alcanzar el tamaño de una cereza. Foto.


Actualmente sobreviven cuatro grupos principales de gimnospermas que representan otros tantos linajes evolutivos: ginkgófitos (representados hoy por una única especie, Ginkgo biloba (1, 2), pero con una larga historia evolutiva); cícadófitos (conocidas genéricamente como cícadas, unas 300 especies actuales, cuyo origen se remonta probablemente al Carbonífero, aunque los restos indiscutiblemente más antiguos datan del Pérmico, hace unos 280 millones de años y que alcanzaron un pico de abundancia y diversidad en la era Mesozoica cuando servían como alimento a los dinosaurios herbívoros); gnetófitos (tres géneros y una docena de especies), y pinófitos, más conocidos como coníferas.

Algunos miembros de cada uno de esos grupos producen estructuras carnosas alrededor de sus semillas. Sin embargo, sus falsos frutos no se desarrollan todos de la misma manera: cada linaje ha desarrollado su propio camino para la producción de "frutos".

Empecemos con los ginkgos y las cícadas. El rastro filogenético se ambos grupos llega hasta el Pérmico temprano, hace unos 270-280 millones de años, más de cien millones antes de que las angiospermas aparecieran el registro fósil. Cuando están desarrollando sus semillas, las plantas de ambos grupos rodean su semilla con una capa de tejido protector llamado tegumento. A medida que se desarrolla la semilla, el tegumento se hincha y se vuelve carnoso.

Anatomía interna de un óvulo de Ginkgo c. Foto de Bruce Kirchoff.


En el caso Ginkgo, el tegumento es rico en un compuesto llamado ácido butírico, que produce un característico olor a mantequilla podrida. Nadie puede decir con certeza para quién evolucionó originalmente para atraer este olor desagradable, pero es probable que tenga algo que ver con la dispersión de semillas. Los carnívoros actuales parecen ser especialmente aficionados a zampar pseudofrutos de los ginkgos, lo que sugiere que algún carnívoro ancestral pudo haber sido el principal dispersor de semillas de esos árboles.

“Frutos” contenidos dentro del cono femenino de una cícada (Lepidozamia peroffskyana). Foto de Tony Rodd.


Los gnetófitos están representados por tres linajes existentes (Welwitschiaceae, Gnetaceae y Ephedraceae), pero solo los dos últimos producen estructuras carnosas. En particular, las semillas de las diferentes especies del género Gnetum se parecen extraordinariamente a algunas bayas de angiospermas.

La formación de la estructura carnosa que rodea cada semilla de Gnetum procede de pequeñas hojitas (brácteas) situadas en la base del óvulo. Después de la fertilización, esas brácteas crecen alrededor de la semilla y se hinchan para volverse rojas y carnosas. Como se puede imaginar, las "bayas" de Gnetum tienen mucho éxito entre los animales. 

Semillas parecidas a bayas de Gnetum gnemon. Foto de Gbohne.


En el caso de algunas Ephedra, el "fruto" también deriva de brácteas mucho más grandes que rodean al óvulo. Aunque estas brácteas son desde su inicio más parecidas a las hojas que las de sus parientes los Gnetum, su desarrollo y función son muy similares.

Brácteas rojas y carnosas de Ephedra distachya.  Foto de Le.Loup. Gris.


Mientras que solemos pensar en conos leñosos cuando hablamos de las coníferas, hay muchas especies dentro de este linaje que también han convergido en estructuras carnosas que rodean sus semillas. Probablemente el ejemplo más famoso se puede ver en los tejos (una veintena de especies del género Taxus, una de las cuales encabeza este artículo).

Como los tejos, Phyllocladus es otro género de coníferas que ha desarrollado una estrategia de dispersión de semillas que, sin serlo, parecen frutas. A medida que los conos femeninos maduran, las brácteas que las protegen se hinchan gradualmente y se vuelven rojas y atractivas como si fueran bayas. El arilo rojo brillante contiene una sola semilla cubierta por una epidermis blanca. Estos arilos carnosos funcionan de manera similar a las frutas: atraen a las aves, que consumen el arilo, se tragan la semilla y luego la dispersan con sus heces. Cuando caen al suelo, las semillas van rodeadas de un fértil estiércol. Ingenioso ¿verdad?



Los óvulos de los tejos aparecen aislados unos de otros sostenidos por un pequeño tallo llamado pedúnculo. Una vez fertilizado, un grupo de células del pedúnculo comienza a crecer y diferenciarse. Gradualmente se hinchan y rodean como copas a las semillas, formando una estructura carnosa de color rojo brillante llamada "arilo". Los arilos son magníficos dispositivos de dispersión de semillas, ya que las aves los consumen ávidamente. La semilla que contiene es bastante tóxica, por lo que generalmente escapa ilesa del proceso y, con un poco de suerte, se deposita lejos de la planta madre.

Otro gran ejemplo de "frutos" carnosos de coníferas se puede ver en los enebros (alrededor de sesenta especies del género Juniperus conocidas entre nosotros como enebros y sabinas). A diferencia de las otras gimnospermas que estoy comentando, los enebros producen conos. Sin embargo, a diferencia de las leñosas piñas de los pinos y sus parientes, las escamas de las piñas de enebro no se abren para liberar las semillas del interior. En cambio, se hinchan hasta cerrarse y cada escama se vuelve carnosa. Las piñas de enebro no son tan rojas como las que hemos visto en otros linajes, pero atraen la atención de muchos animales pequeños que buscan comida.

Conos en forma de baya de Juniperus communis . Foto de Piero Amorati.


Solo he comentado muy por encima las estructuras pseudofrutales de las gimnospermas, aunque de otras me he ocupado en algunos artículos anteriores (1, 2, 3). Detrás de ellas hay un mundo maravilloso por descubrir, porque los diversos linajes de gimnospermas son un testimonio del poder de la selección natural como fuerza impulsora de la evolución. Es fascinante que plantas tan distantes hayan convergido en mecanismos similares de dispersión de semillas por medios diferentes. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 21 de noviembre de 2021

Cebollas, cereales, aceites, sandías y otras pruebas ancestrales para detectar el embarazo

Dibujo de Olivia Foster. Cortesía de Harvard University.


Cuando era niño allá por el comienzo de los años sesenta y visitaba algunos domingos la casa de mi tío, el médico analista Ángel Pellicer, una de las cosas que llamaba más mi atención eran unas ranas que se guardaban dentro de un acuario situado en un pequeño aseo que se utilizaba a modo de cuarto trastero.  Las misteriosas ranas servían para que mi tío hiciera una de las primeras pruebas de embarazo, el test de la rana, una prueba de embarazo que se usó intensivamente hasta los años 1960, cuando se desarrollaron los métodos inmunológicos, pero que continúa usándose en zonas rurales de muchos países latinoamericanos por su simplicidad y bajo coste.

Consiste en inyectar la orina de la presunta embarazada bajo la piel de una rana o sapo hembra. La orina de una mujer embarazada contiene una hormona específica, la gonadotropina coriónica humana (GCH), que se produce en la placenta después de que un óvulo fertilizado se haya implantado en el útero y normalmente sólo aparece durante el embarazo. La GCH estimula la ovulación del animal. Si la rana desova en 24 horas, la prueba se considera positiva. El animal sobrevive y podía ser utilizado para otra prueba, aunque con demoras de unos 40 días.

Ese test tenido por infalible lo inventaron en los años 1930 unos investigadores surafricanos que utilizaron para sus experimentos el sapo Xenopus laevis, que luego se exportó a todo el mundo, lo que acabó por convertir al inofensivo batracio en una plaga que amenaza la fauna local en algunos países en donde logró fugarse hasta los ecosistemas naturales.

Un método que lleva el mismo nombre, pero basado en un fenómeno biológico diferente que requiere machos en vez de hembras, fue desarrollado por Galli Mainini en Argentina (1947), con el sapo Rhinella arenarum. La inyección en el saco linfático dorsal del sapo provoca la eyaculación del animal dentro de las tres horas siguientes. El método se aplicó en 1948 por investigadores cubanos a la rana toro Lithobates catesbeianus y por investigadores estadounidenses a la rana leopardo Lithobates pipiens.

Si la prueba nos parece hoy ancestral, más lo son las pruebas del embarazo que ya practicaban los médicos egipcios hace más de 3.000 años, porque para las mujeres de la antigüedad era tan útil saber si estaban embarazadas o no como lo es hoy.

Aunque no es intuitivo que el análisis de orina sea la clave para la detección del embarazo, por razones desconocidas la mayoría de las pruebas de embarazo históricas, se han centrado solo en eso (Figura). A partir de la Edad Media, los "Profetas del Piss" afirmaban en Europa que eran capaces de predecir el embarazo con una variedad de pruebas estrambóticas a base de orina. Creían que la orina de las mujeres embarazadas oxidaba una uña, cambiaba el color de una hoja o daba cobijo a pequeñas criaturas vivas. Según sabemos hoy, es poco probable que alguna de estas pruebas pudiera detectar correctamente el embarazo.

Cronología resumida de las pruebas de embarazo. Desde el antiguo Egipto hasta la actualidad, la prueba de embarazo con orina ha mejorado en velocidad, precisión y viabilidad. La prueba más antigua conocida consistía en orinar sobre semillas de cereales y ver si brotaban. Al final de la década de 1920 comenzaron las primeras pruebas de embarazo modernas, en las que se inyectaba orina a los animales: la orina de las mujeres embarazadas les hacía ovular. Estas pruebas requerían enviar orina a un laboratorio y se tardaba al menos una semana para obtener resultados. A partir de 1960, los anticuerpos permitieron que las pruebas de embarazo se realizaran en los consultorios médicos, lo que hizo que las pruebas de embarazo fueran más rápidas y rutinarias. En 1971, una versión casera de esta prueba basada en anticuerpos estaba disponible en Canadá, aunque las pruebas caseras no llegaron al resto del mundo hasta 1977. Las primeras pruebas similares a las caseras del mercado actual se desarrollaron en 1988. Modificado a partir de un dibujo de Olivia Foster. Cortesía de Harvard University.

Mucho antes, la primera prueba de embarazo practicada con éxito se inventó en el antiguo Egipto. Las descripciones de la prueba de embarazo egipcia se encontraron en la colección de papiros Carlsberg fechada en 1350 a. C. Desde una perspectiva moderna, la prueba egipcia del embarazo era sumamente extraña. La prueba requería que una mujer orinara diariamente sobre semillas de cebada y trigo. Si la cebada crecía, nacería un niño; si germinaba el trigo, una niña; si ninguna de las plantas brotaba, la mujer no estaba embarazada.

Los antiguos egipcios desaparecieron, pero su prueba de embarazo no lo hizo con el colapso del antiguo Egipto. La prueba reapareció en los textos médicos griegos y romanos y se utilizó también en la Europa medieval. La versión de la prueba de embarazo egipcia se describió en el manual más antiguo para parteras, The Birth of Mankind (El nacimiento de la humanidad) de 1540. La misma prueba apareció en 1714 en el Dreck-Apotheke (La farmacia sucia) de Christian Franz Paullini, un libro de texto sobre el uso de excrementos y secreciones humanas y animales, así como de componentes de sus cuerpos como medicamentos. Además de las heces y la orina, los órganos internos, la saliva, los mocos, el sudor, el semen, el cerumen, la sangre menstrual, las telarañas y las lombrices intestinales Paullini se recreó en compendiar un sinfín de medicamentos escatológicos cuyos ingredientes se utilizaron tanto interna como externamente.

Dreck-Apotheque de Christian Franz Paullini


La ciencia moderna está bastante de acuerdo con los antiguos egipcios porque, a pesar de su rareza, la prueba era sorprendentemente precisa: orinar en cebada o trigo determina correctamente el embarazo en el setenta por ciento de los casos. Y, como cabía esperar, no se producía germinación de ambos cereales en la orina de mujeres no embarazadas ni en la orina de hombres.

Sin embargo, si las semillas no brotan los científicos también saben que eso no significa necesariamente que la mujer no esté embarazada. Además, el sexo del bebé no se puede determinar usando cebada o trigo. Lo que sí se ha comprobado es que los niveles elevados de estrógeno en la orina de las mujeres embarazadas fomentan la germinación de semillas de cebada y trigo.

Pero orinar sobre las semillas de trigo y cebada no era la única prueba de embarazo del antiguo Egipto. Los antiguos egipcios tenían muchas más pruebas de embarazo, cada una de las cuales tiene una explicación científica que demuestra cuán extremadamente precisos eran los naturalistas y médicos del Antiguo Egipto.

En la prueba de la cebolla, la presunta embarazada tenía que introducirse una cebolla en la vagina antes de acostarse. Si por la mañana el aliento olía a cebolla, estaba embarazada. Hoy la ciencia ha demostrado que durante el embarazo hay un aumento del flujo sanguíneo a través de los vasos de la vagina, lo que da como resultado una absorción más rápida de los compuestos sulfúricos de la cebolla, lo que provoca un aliento característico. 

Para practicar la prueba de la grasa, el médico ungía por las noches los pezones, los brazos y los hombros de una mujer con aceite o grasa. Por la mañana, si sus pechos eran de color oliváceo, estaba embarazada. Hoy en día, sabemos que durante el embarazo las venas de los senos se dilatan debido al aumento de los niveles de estrógeno.

Para practicar la prueba de leche materna con sandía, la mujer tenía que beber una mezcla de sandía y leche materna de otra mujer. Si vomitaba, estaba embarazada. Basaban esa prueba en la tendencia de las mujeres a sentir náuseas y vómitos en las primeras etapas del embarazo, porque el metabolismo femenino evita el consumo de cualquier sustancia que pueda perturbar el desarrollo del embrión o provocar un aborto.

En conclusión, la precisión de la prueba de embarazo egipcia basada en semillas de cebada y trigo era notablemente alta especialmente si tenemos en cuenta que la inventaron hace más de treinta siglos, cuando en la península Ibérica, en pleno Neolítico, los habitantes andaban todavía enredados levantando dólmenes y megalitos.

El único inconveniente de la medicina ginecológica egipcia era que había que esperar una semana para conocer los resultados. Pero, al fin y al cabo, todavía era más rápido que esperar nueve meses. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

Plantas carnívoras: el curioso caso de los cazadores cazados

Sarracenia pupurea


La carnivoría de las plantas es una maravilla evolutiva que ha fascinado a los naturalistas y a la gente en su conjunto. Darwin incluso dedicó un estudio exhaustivo a las que consideraba las "plantas más maravillosas del mundo". Cuando se habla de plantas carnívoras, es inevitable que surja el nombre Sarracenia, denominación de un género de angiospermas que comprende unas diez especies de plantas carnívoras nativas de Norteamérica.

Antes de entrar en materia, una curiosidad sobre este género descrito por el Linneo en 1753, que dedicó el nombre al médico borgoñés Michel Sarrazin, latinizado Sarracenus, (1659-1734), que emigró a Norteamérica hasta la que entonces era la colonia de Nueva Francia. Sarrasin fue un buen cirujano (realizó la primera mastectomía en Norteamérica), y un naturalista y recolector de plantas en Quebec. Regresó a Francia solo dos veces durante su vida, pero mientras estaba en París pasó un tiempo en el Jardin des Plantes donde estudió con el ilustre botánico Joseph Pitton de Tournefort, quien le animó a dedicarse al estudio de la botánica, una afición que practicó durante toda su vida. A pesar de su posición de alto rango como uno de los pocos intelectuales coloniales, Sarrazin afrontó múltiples problemas financieros y murió en la pobreza a los setenta y cinco años, dejando una viuda y cuatro hijos.

El género Sarracenia da nombre a la familia Sarraceniaceae, en la que se incluyen dos géneros más de plantas carnívoras: Darlingtonia y Heliamphora. Las tres tienen en común unas hojas enrolladas sobre sí mismas que forman una especie de jarra en cuyo fondo hay enzimas digestivas que digieren los insectos que caen dentro. Los insectos son atraídos por la secreción de néctar y por una combinación atractiva de olores y colores. Estas plantas viven en medios pobres en nitrógeno, así que obtienen este nutriente esencial a partir de proteínas de origen animal tal y como hacemos nosotros.

La habilidad demostrada por las Sarracenia para atrapar y digerir insectos está fuera de toda duda, pero haciendo realidad aquello de que “donde las dan las toman” o de que “los pájaros se tiran a las escopetas”, hay un puñado de insectos que le han dado la vuelta a la tortilla, recordándonos que estos los cazadores pueden convertirse en presas.

Cada vez que he encontrado una población de sarracenias en su ambiente natural, llamaba mi atención unas curiosas manchas en sus hojas que recordaban mucho a lo que las orugas de muchos insectos comedores de hojas dejaban como huella de su deambular digestivo. Ahora, la búsqueda bibliográfica [1] me ha llevado a conocer lo que he aprendido acerca de unas mariposas cuyas larvas se atreven a devorar a los temibles devoradores de insectos. Aquí lo resumo.

Hay tres especies de mariposas nocturnas del género Exyra que no existirían si no fuera por las plantas jarra de género Sarracenia. Dos de ellas, E. ridingsii y E. semicrocea, viven exclusivamente en los pantanos del sureste de Estados Unidos, mientras que E. fax se puede encontrar muy al norte, en Terranova.

Adulto y oruga de Exyra semicroccea. Fotos.


Tanto las orugas como las mariposas adultas están físicamente adaptadas a vivir dentro del resbaladizo interior de las paredes de la jarra. Los análisis microscópicos de sus patas han revelado adaptaciones morfológicas especializadas que les permiten aferrarse a las paredes resbaladizas de las hojas de las sarracenias. Las orugas también se benefician de su capacidad para fabricar hilos de seda con los que, a la manera de los escaladores, se aferran a las paredes de las jarras.  Curiosamente, cuando están posadas en el interior sus hospedantes, las mariposas solo se colocan en posición vertical. Incluso cuando se aparean (lo que también ocurre dentro de la planta), lo hacen en un ángulo de 90 grados para que ninguno de los dos mire hacia abajo. Se piensa que deben permanecer en erguidos para que sus pies se adhieran correctamente a la pared cerosa.

 

Señales de herbivoría en Sarracenia flava.

Independientemente de la especie que estén devorando, las tres polillas se comportan de manera semejante a lo largo de su ciclo de vida. Las orugas nacen dentro de una jarra. Inmediatamente comienzan a alimentarse de la pared de su hospedante. Solo devoran las células interiores de la pared de la jarra, dejando una fina capa de tejido en la pared exterior. Eso hace que la jarra parezca cubierta de un mosaico de ventanas marrones translúcidas. En algún momento de su vida, las orugas también fabrican una malla de seda en la boca de la jarra. Hacerlo sirve para protegerlas de depredadores como las arañas linces, a la vez que reduce la capacidad de las sarracenias para capturar nuevas presas.

A medida que las orugas crecen, se trasladan a otras jarras. Cuando alcanzan un buen tamaño, los daños que causan en las paredes de la jarra pueden resultar muy intensos haciendo que las paredes colapsen hasta el punto de que pierden su integridad estructural y se pliegan. Eso también sirve para intensificar la protección de la oruga frente a los depredadores y, al mismo tiempo, para reducir la capacidad de la planta para capturar presas. Después de su quinto estadio larvario, las orugas se trasladan a otra jarra nueva, que por lo general está indemne. En muchos casos, se arrastran hasta el fondo de la jarra, hacen un pequeño agujero en el costado para que drenen los peligrosos fluidos digestivos de la jarra. Luego, alejado el peligro de ser digeridas cuando sean adultas, se convertirán en crisálidas justo por encima del orificio de drenaje.

Después de un período de tiempo que varía según las especies, las crisálidas se transformarán en unas bonitas mariposas adultas vestidas en tonos amarillos y negros. Son unas mariposas muy cautas que no abandonan las jarras hasta el anochecer. Cuando emergen, solo lo hacen para aparearse y poner huevos en nuevas sarracenias.

Una oruga de Exyra en el interior de la jarra de Sarracenia flava.


Después de aparearse, la hembra pone sus huevos justo debajo de la boca de una jarra y el ciclo comenzará de nuevo. Se ha descubierto que, además de la necesidad de aparearse, el único estímulo que puede hacer que las mariposas abandonen sus refugios en el interior de las jarras es el humo. Eso se cumple a rajatabla en el caso de las especies sureñas, ya que las turberas en las que viven están sometidas a frecuentes incendios forestales. Si permanecieran en las jarras, es muy probable que poblaciones enteras de orugas y mariposas resultaran incineradas

No obstante, a pesar del peligro que representa cualquier incendio, el fuego es esencial para el ciclo de vida de las mariposas. Las turberas pantanosas donde viven las sarracenias no podrían persistir sin fuego. Cuando se suprimen los incendios, esos pantanos se colman con lodos y van siendo colonizados por una vegetación más agresiva formada por innumerables especies invasoras que crecen en esa región. A medida que los pantanos se cubren con arbustos y arbolillos, las sarracenias y otras especies de pantanos pueden desaparecer por completo. El fuego en esos hábitats trae más vida que muerte.

Dado que las jarras de las sarracenias funcionan como órganos fotosintéticos y como un medio para obtener nutrientes como nitrógeno y fósforo, es lógico pensar que el daño que les infringen las orugas podría dañarlas a largo plazo. De hecho, las altas densidades de orugas pueden cobrarse un alto precio en las poblaciones de plantas jarras.

Los estudios realizados en muchas zonas pantanosas han demostrado que, con el tiempo, las poblaciones de sarracenias muy dañadas pueden reducir su tamaño, lo que indica pérdida de reservas de energía. También se ha descubierto que las plantas muy dañadas producen más hojas jarras, lo que indica que estos especímenes están dando prioridad a una mayor captura de nutrientes. En ecosistemas ya caracterizados por la escasez de nutrientes, los efectos de la herbivoría que realizan las orugas sobre estas plantas carnívoras probablemente sean más graves que en las plantas que crecen en entornos ricos en nutrientes.

Sea como sea, hay un peligro mucho más real que afecta a las mariposas y a sus hospedadoras carnívoras.  Solo el 3% de los pantanos que existieron alguna vez en el sureste de Norteamérica han sobrevivido hasta hoy. La pérdida de hábitats significa menos poblaciones de plantas y, por lo tanto, menos hábitat para las mariposas (y para otra infinidad de otros organismos) que dependen de ellos. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

1 Bibliografía: Carmickle, R.N. y Horner, J.D. (2019). Jones, F.M. (1921). Lamb, T. y Kalies, E.L. (2020). Lee, Jack y colaboradores (2016). Moon, D.C. (2008). Stephens, J.D. y  Folkerts, D.R. (2012).