| Lince boreal (Lynx lynx). Wikipoedi Commons |
Hay animales cuya desaparición tiene
la cortesía de haber sucedido hace muchísimo tiempo. Los mamuts, por ejemplo,
tuvieron la delicadeza de desaparecer miles de años antes de que los
periodistas pudieran preguntar a nadie qué demonios había pasado. Los
dinosaurios hicieron lo propio sesenta y seis millones de años antes de que
existiera la menor posibilidad de organizar una comisión parlamentaria.
Pero otras especies resultan
menos colaboradoras. El lince euroasiático, Lynx lynx, acaba de
demostrarnos que las extinciones no siempre suceden cuando creemos que
sucedieron. A veces llegan tarde. O, mejor dicho, nosotros nos enteramos tarde.
Durante décadas, los manuales afirmaron con razonable seguridad que el lince euroasiático había desaparecido de la península ibérica varios siglos atrás. El gran felino del norte europeo pertenecía, según la historia oficial, a un pasado nebuloso compuesto por fósiles antiguos, leyendas rurales y referencias ambiguas en documentos medievales. El protagonista felino de nuestros montes era otro: el lince ibérico, más pequeño, más especializado y, durante mucho tiempo, mucho más amenazado.
| Esqueleto reconstruido del lince euroasiático. Foto Universidad A Coruña |
En esas estábamos cuando apareció un cadáver. No un cadáver reciente, naturalmente. La paleontología rara vez ofrece emociones tan inmediatas. El protagonista de esta historia llevaba más de dos siglos esperando pacientemente en una cavidad kárstica de los Picos de Europa llamada Sima Topinoria, en Cantabria. Allí permaneció, protegido por la geología y por la absoluta indiferencia del tiempo, hasta que un grupo de investigadores decidió examinar sus restos con la curiosidad suficiente como para alterar la historia natural de España.
El estudio, dirigido por investigadores
de la Universidad de A Coruña, reveló que aquel esqueleto casi completo
pertenecía inequívocamente a un lince euroasiático. La datación mediante
radiocarbono situó su muerte entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX.
En otras palabras, mientras Beethoven componía sus sinfonías, Goya pintaba sus
grabados y Napoleón reorganizaba Europa a golpe de cañón, todavía existían
linces euroasiáticos vagando por las montañas cantábricas.
No es frecuente que una especie
extinta cambie la fecha de su propia desaparición. Lo verdaderamente fascinante
es que las pistas siempre habían estado ahí. Los documentos históricos
mencionaban una criatura llamada «lobo cerval». El nombre aparece aquí y allá
en archivos, ordenanzas y relatos de cazadores. Durante mucho tiempo, estas
referencias fueron tratadas con cautela. Los cronistas del pasado no destacaban
precisamente por su rigor taxonómico. En una época en la que los cocodrilos
podían convertirse en dragones y cualquier pez especialmente grande acababa
transformado en monstruo marino, convenía mantener cierto escepticismo.
Sin embargo, aquellas
descripciones persistían con una obstinación sospechosa. Ahora sabemos que
probablemente decían la verdad. Existe una cierta satisfacción intelectual en
descubrir que nuestros antepasados, ocasionalmente, sabían de qué estaban
hablando.
El hallazgo también pone de
manifiesto un aspecto incómodo de nuestra relación con las extinciones.
Tendemos a imaginarlas como acontecimientos teatrales. Una especie existe.
Luego desaparece. Telón. La realidad es mucho menos rotunda. Las especies
suelen extinguirse del mismo modo que las librerías de barrio o los quioscos
callejeros poco a poco, perdiendo territorio, refugiándose en rincones
olvidados, sobreviviendo en condiciones cada vez más precarias hasta que un día
alguien advierte que hace mucho tiempo que nadie las ve. No hay fanfarrias. No
suena música triste. Simplemente dejan de estar.
Quizá unos pocos ejemplares
persistieran durante décadas en los hayedos y robledales cantábricos, evitando
a los humanos con la discreción característica de los grandes felinos. Tal vez
los campesinos aún comentaran haber visto alguno cruzando un collado al
amanecer. Es posible incluso que los últimos linces fueran considerados poco
más que exageraciones rurales por funcionarios ilustrados convencidos de que el
progreso había puesto orden en el mundo natural.
La ironía es magnífica. Un animal
que había logrado sobrevivir a glaciaciones, cambios climáticos y milenios de
transformaciones ecológicas terminó siendo borrado del paisaje precisamente
cuando la humanidad comenzaba a catalogar científicamente la naturaleza con
entusiasmo enciclopédico.
Pero la historia no termina ahí. El
esqueleto de Sima Topinoria está extraordinariamente bien conservado. Incluye
huesos delicados que raramente sobreviven al paso del tiempo. Los
investigadores han señalado que podría proporcionar información genética
valiosísima sobre aquella población relicta. ¿Era genéticamente distinta?
¿Había sufrido un empobrecimiento genético debido al aislamiento? ¿Hasta qué
punto la presión humana contribuyó a su declive final?
Todavía no conocemos las
respuestas. Lo que sí sabemos es que el cadáver ha dejado de ser simplemente un
cadáver para convertirse en una cápsula del tiempo. Nos gusta pensar que
sabemos dónde terminan las historias. Dibujamos líneas limpias en mapas y
cronologías. Escribimos fechas definitivas. Declaramos especies extinguidas con
admirable seguridad administrativa.
Y luego aparece un lince en una
cueva para decirnos que quizá no deberíamos precipitarnos tanto. Tal vez la
lección más importante de Sima Topinoria no trate realmente sobre linces. Tal
vez trate sobre humildad. La naturaleza posee una extraordinaria capacidad para
esconder sus secretos justo debajo de nuestras narices. O, en este caso, bajo
nuestros pies.
Mientras discutimos sobre el
futuro de la biodiversidad, resulta que todavía estamos corrigiendo el pasado.
Descubrimos que un gran depredador habitó nuestros bosques cuando nuestros
tatarabuelos aún no habían nacido. Que las leyendas rurales escondían hechos
verificables. Que la desaparición de una especie puede ser más reciente, más
triste y mucho más humana de lo que imaginábamos.
Y uno no puede evitar preguntarse
qué otros fantasmas zoológicos permanecen aún ocultos en archivos parroquiales,
cuevas olvidadas o relatos transmitidos junto al fuego. Quizá alguno esté
esperando pacientemente a que alguien le pregunte.
Al fin y al cabo, si un lince
muerto hace doscientos años ha conseguido modificar los libros de historia,
conviene recordar que la naturaleza nunca ha sentido un respeto excesivo por
nuestras afirmaciones por certeras que parezcan. Probablemente sea mejor así.