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lunes, 15 de junio de 2026

SÍRFIDOS: LOS IMPOSTORES DEL JARDÍN

 

El sírfido Volucella zonaria

Hay un momento, casi siempre a finales de primavera, en que una persona perfectamente razonable deja de serlo durante unos segundos. Está inclinada sobre una lavanda o una margarita, disfrutando de esa extraña satisfacción que produce observar a los insectos trabajar con diligencia, cuando aparece una pequeña criatura amarilla y negra zumbando alrededor de las flores. La reacción es inmediata. Uno da un paso atrás. Tal vez dos. Los más teatrales emiten incluso un pequeño sonido de alarma.

—¡Cuidado, una avispa!

Y, sin embargo, muchas veces no lo es.

Lo extraordinario es que el insecto en cuestión agradecería profundamente el error. Las moscas de las flores, o sírfidos, pertenecen a la familia Syrphidae, dentro del orden de los dípteros. Son, por tanto, parientes de las moscas domésticas. Sin embargo, han pasado millones de años perfeccionando un disfraz tan convincente que han conseguido que buena parte del planeta las tome por avispas o abejas.

EVolutivamente hablando, eso constituye un golpe maestro. En un artículo reciente sobre la polilla Sesia apiformis, describí cómo una mariposa puede sobrevivir gracias a la reputación ajena. El mismo principio se aplica a los sírfidos: no son peligrosos, pero han descubierto que aparentar peligro puede ser casi tan eficaz como poseerlo.

El engaño tiene su nombre: mimetismo batesiano. Henry Walter Bates, un naturalista inglés del siglo XIX, observó en el Amazonas que ciertas especies inofensivas parecían copias exactas de otras desagradables o peligrosas para los depredadores. Su explicación fue brillante en su sencillez.

Si un pájaro intenta comerse una avispa, recibe una lección dolorosa. Las avispas poseen aguijón, veneno y una actitud que podría describirse como "mal carácter institucionalizado". El ave aprende rápidamente a evitar cualquier cosa que presente determinadas franjas amarillas y negras. Ese disfraz lo utilizan los sírfidos.

No tienen aguijón. No producen veneno. Ni siquiera pueden morder con eficacia. Pero lleva puesto el uniforme adecuado. El depredador no acostumbra a detenerse para realizar un examen taxonómico exhaustivo. Ve el patrón cromático familiar, recuerda experiencias desagradables y decide buscar algo menos conflictivo para desayunar. Es difícil imaginar una estrategia más rentable.

Los sírfidos, esas moscas disfrazadas constituyen una familia enorme, con más de seis mil especies descritas en el mundo. Algunas imitan avispas esbeltas; otras parecen abejas peludas; unas pocas recuerdan incluso a abejorros. Sin embargo, por mucho que el disfraz impresione, la anatomía termina delatándolos.

Ahí empieza la diversión para el naturalista aficionado. ¿Cómo distinguir un sírfido de una avispa? La diferencia más importante es también la más sencilla. Los sírfidos son dípteros. Las avispas son himenópteros. Puede parecer una observación destinada exclusivamente a expertos que organizan sus vacaciones según congresos de entomología, pero tiene consecuencias muy prácticas.

Los dípteros poseen un solo par de alas funcionales. Los himenópteros poseen dos pares. Las alas posteriores de las moscas han evolucionado hasta convertirse en unas diminutas estructuras llamadas halterios, unos pequeños bastones rematados por una maza que actúan como sofisticados órganos de equilibrio. Funcionan como giroscopios biológicos y permiten realizar maniobras aéreas extraordinarias.

Repito: una avispa tiene cuatro alas. Una mosca sírfida, dos. El problema es que el insecto raramente permanece quieto para facilitar la inspección. Por fortuna, existen otras pistas.

El sírfido Syrphus ribesi posado sobre una rosa

Como buenas moscas que son, los sírfidos poseen enormes ojos compuestos que ocupan gran parte de la cabeza. En muchos machos los ojos prácticamente se tocan en la parte superior, dando la impresión de que el animal lleva unas gafas de aviador desproporcionadas. En cambio, as avispas tienen ojos más pequeños y claramente separados.

Las antenas de los sírfidos son cortas, mientras que las de las avispas suelen ser largas, articuladas y muy visibles. Las avispas exhiben la famosa "cintura de avispa": un estrechamiento muy marcado entre tórax y abdomen. Los sírfidos presentan un cuerpo más continuo y robusto.

Y quizá la característica más llamativa sea el vuelo. Mientras que las avispas vuelan con decisión como cazas lanzados de un sitios a otro, los sírfidos se ciernen, es decir, pueden quedarse suspendidos en el aire como helicópteros. Permanecen inmóviles frente a una flor, retroceden, avanzan lateralmente y vuelven a quedarse quietos con precisión admirable. De ahí procede uno de sus nombres ingleses: hoverflies, las moscas flotantes.

La historia mejora todavía más cuando uno descubre cómo viven las larvas de los sírfidos, muchas de las cuales son auténticos depredadores profesionales. Una larva de Episyrphus balteatus, uno de los sírfidos más comunes de Europa, puede consumir centenares de pulgones durante su desarrollo.

Los jardineros deberían erigirles monumentos, porque mientras los adultos visitan flores y se alimentan de néctar y polen, sus descendientes patrullan tallos y hojas devorando algunas de las plagas agrícolas más molestas.

Otras especies han adoptado ocupaciones diferentes. Algunas larvas viven en materia orgánica en descomposición. Otras habitan charcas contaminadas. Las célebres larvas de Eristalis poseen una prolongación respiratoria extensible que les ha valido el apodo de "gusanos cola de rata". Mientras permanecen sumergidas en aguas pobres en oxígeno, utilizan ese tubo como si fuera un esnórquel.

La evolución, como suele ocurrir, nunca desaprovecha una oportunidad para sorprender. Los sírfidos son los grandes olvidados de la polinización. Cuando pensamos en polinizadores, pensamos inmediatamente en abejas. Las campañas educativas, los envases de miel y los dibujos infantiles han consolidado esa asociación.

Sin embargo, los sírfidos constituyen uno de los grupos de polinizadores más importantes del planeta. Después de las abejas, probablemente sean los visitantes florales más eficaces en numerosos ecosistemas. Transportan polen. Visitan infinidad de especies vegetales y lo hacen sin exigir prácticamente reconocimiento alguno.

Su tragedia consiste en que la mayoría de la gente ni siquiera sabe que existen. O peor aún: cree que son avispas. Los sírfidos ni son especialmente fuertes, ni son venenosos, ni

disponen de aguijones ni de enjambres o colonias organizadas capaces de declarar la guerra a quien perturbe un nido. Su gran innovación evolutiva consiste en haber comprendido que la percepción importa tanto como la realidad.

Mientras las auténticas avispas invierten recursos en fabricar armas químicas y sofisticados aparatos defensivos, ellos se limitan a copiar el uniforme. La próxima vez que veas uno suspendido sobre una flor, resiste la tentación de apartarte inmediatamente. Observa las antenas cortas. Busca los ojos gigantescos. Fíjate en ese vuelo imposible, inmóvil y vibrante. Y cuenta las alas, si el insecto tiene la cortesía de colaborar desplegándolas.

Quizá descubras que no estsá ante una avispa amenazante, sino ante una de las criaturas más ingeniosas que ha producido la selección natural: una simple mosca que decidió que, en un mundo lleno de depredadores, la mejor defensa consistía en hacerse pasar por alguien mucho más temible.

La naturaleza no siempre premia a los más peligrosos. A veces recompensa a quienes dominan el arte del disfraz.