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jueves, 10 de septiembre de 2026

EL IMPERIO DE LOS CONTENEDORES

 

Hace unos meses escribí un artículo en el que señalaba que, durante el primer cuarto del siglo XXI, China y Estados Unidos, las dos grandes potencias mundiales, habían dedicado una parte considerable de sus recursos a formas muy distintas de proyectar su poder. Estados Unidos perfeccionó una formidable maquinaria para intervenir en casi cualquier lugar del planeta. China se dedicó, entre otras cosas, a conseguir que buena parte de las mercancías que recorren ese planeta pasaran por sus fábricas, sus barcos o sus puertos.

Un recorte de prensa que ha llegado a mis manos ofrece una cifra formidable: «China controla 57 de los 100 puertos que mueven el mundo». Conviene empezar aguando un poco ese vino. China no «controla» necesariamente 57 de los cien mayores puertos del planeta. Bajo esa palabra se mezclan situaciones muy diferentes: puertos situados en territorio chino, propiedad de terminales, participaciones accionariales, concesiones y contratos de explotación. Tener el 20 % de una terminal en un puerto extranjero no equivale a controlar el puerto.

Pero hecha la precisión, el panorama resulta todavía más interesante. El Council on Foreign Relations (CFR) mantiene una base de datos actualizada a julio de 2026 que contabiliza 145 proyectos portuarios en el extranjero en los que entidades chinas han adquirido algún tipo de participación accionarial u operativa. De ellos, 132 permanecen activos. La red alcanza todos los continentes excepto, por ahora, la Antártida.

No estamos hablando, por tanto, de una colección de inversiones dispersas. Estamos ante una red. Y las redes son una de las formas más eficaces de poder. Un puerto tiene la desventaja literaria de que resulta bastante menos emocionante que un portaaviones, pero si hubiera que elegir qué artefacto ha transformado más profundamente la economía mundial durante el último medio siglo, probablemente el humilde contenedor tendría bastantes posibilidades de derrotar al portaaviones.

Dentro de esas cajas metálicas viaja una parte sustancial de todo lo que compramos. Teléfonos, juguetes, medicamentos, componentes electrónicos, ropa, muebles, maquinaria, piezas de automóvil. El contenedor convirtió el planeta en una inmensa cadena de montaje. Una pieza puede fabricarse en Vietnam, incorporarse a un aparato en China, embarcarse en Shanghái, pasar por Singapur, atravesar Suez y terminar en un almacén de Guadalajara sin que nadie haya vuelto a tocarla desde que cerraron sus puertas.

China se ha colocado en el centro de esa circulación. Los datos de Lloyd's List en 2025 son impresionantes. Los cien mayores puertos de contenedores movieron conjuntamente 792,2 millones de TEU —la unidad equivalente a un contenedor estándar de seis metros de longitud— y los puertos chinos gestionaron por sí solos más del 40% de ese tráfico. Asia en conjunto concentró casi el 68%. Shanghái continúa siendo el mayor puerto de contenedores del mundo.

Esto ayuda a entender por qué la expresión «China controla 57 puertos» puede ser discutible y, al mismo tiempo, quedarse corta para describir el fenómeno. Lo importante no es contar banderitas chinas sobre un mapa. Lo importante es observar el sistema marítimo que China ha construido alrededor de su condición de fábrica del mundo. Porque un puerto no vive aislado. Necesita barcos, astilleros, ferrocarriles, carreteras, almacenes, empresas logísticas y sistemas informáticos. Y ahí la fotografía se vuelve todavía más llamativa.

En 1975, Estados Unidos ocupaba el primer puesto mundial en construcción naval comercial y botaba más de setenta buques al año. Medio siglo después ocupa el puesto décimo noveno y construye menos de cinco. China construye más de 1 700. Son datos de la propia Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos, no de la propaganda de Pekín.

Otro informe estadounidense calculó que los astilleros chinos entregaron en 2024 alrededor del 53% del tonelaje naval comercial construido en todo el mundo. Y no fabrican solamente para navieras chinas: entre 2019 y 2024, más del 70% del tonelaje producido por sus astilleros fue entregado a propietarios extranjeros. En 2024 captaron además más del 80% de los nuevos pedidos mundiales de portacontenedores.

Ahí empieza a apreciarse la diferencia entre poseer cosas y poseer un sistema. Estados Unidos conserva once grupos de portaaviones capaces de proyectar una potencia militar que China todavía está muy lejos de igualar a escala mundial. Dispone de centenares de instalaciones militares fuera de sus fronteras, alianzas que atraviesan el planeta y una capacidad logística militar sin equivalente. Puede colocar una fuerza de combate al otro lado del mundo con una rapidez extraordinaria.

China ha construido otra cosa. Ha construido barcos que transportan mercancías, puertos donde descargarlos, terminales donde almacenarlas y empresas capaces de distribuirlas. Alrededor de esos puertos aparecen además polígonos industriales, almacenes y centros logísticos. El propio CFR ha identificado 194 proyectos chinos de parques industriales en el extranjero, muchos de ellos vinculados precisamente a puertos, aeropuertos y ferrocarriles.

La estrategia recuerda menos a la conquista territorial del siglo XIX que a montar una gigantesca ferretería junto a todas las carreteras importantes y esperar pacientemente a que alguien necesite tornillos. No es altruismo, naturalmente. China busca mercados para su enorme capacidad industrial, seguridad para sus rutas comerciales, acceso a materias primas e influencia política. Algunos puertos pueden tener además un eventual valor militar. El CFR advierte precisamente de ese posible uso dual, aunque distingue con cuidado entre una participación comercial y una instalación susceptible de prestar apoyo efectivo a la marina china.

Esa distinción es importante porque existe cierta tendencia occidental a contemplar cualquier inversión china como si detrás de cada grúa hubiera escondido un destructor de la Armada Popular. No hace falta llegar tan lejos. Un puerto puede proporcionar influencia sin necesidad de convertirse en base naval. Una concesión de treinta o cuarenta años crea relaciones con gobiernos, autoridades portuarias, bancos, empresas locales y cadenas de suministro. Genera empleo, dependencia e intereses compartidos. Es una forma de poder bastante menos espectacular que enviar marines, pero quizá por eso mismo resulta más fácil de conservar.

El caso del Pireo se convirtió en el ejemplo clásico. China no conquistó Grecia, naturalmente. El gigante de los hipermercados COSCO fue entrando en sus terminales mediante concesiones e inversiones hasta convertir aquel puerto mediterráneo en una pieza importante de sus conexiones comerciales con Europa. No hubo desembarco, ultimátum ni tratado desigual. Hubo contratos, grúas y contenedores. Es difícil imaginar algo menos imperial. Y, sin embargo, resulta difícil imaginar algo más útil para influir.

La comparación con Estados Unidos debe manejarse sin caricaturas. Washington no ha gastado todo su dinero en bombas ni Pekín todo el suyo en ferrocarriles. China está realizando un formidable esfuerzo militar y posee ya la mayor marina del mundo si contamos el número de buques. Estados Unidos sigue siendo una gigantesca potencia económica, tecnológica y comercial. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Pero las prioridades históricas dejan huellas. Mientras Washington pasó buena parte de las primeras décadas del siglo XXI discutiendo cómo salir de Afganistán después de haber discutido durante años cómo ganar en Afganistán, China ampliaba Shanghái, Ningbo-Zhoushan, Shenzhen, Qingdao y Tianjin, construía barcos y extendía sus empresas portuarias por Asia, África, Europa y América Latina. Mientras Estados Unidos acumulaba experiencia en contrainsurgencia, China acumulaba experiencia en logística.

Y entonces llegó un momento en que Washington miró hacia el mar y descubrió algo bastante sorprendente: ya casi no construía barcos mercantes. Esa es quizá la parte más interesante de la historia. Las grandes potencias no pierden posiciones solamente porque otras se las arrebaten. A veces las abandonan. Estados Unidos decidió durante décadas que construir buques comerciales, fabricar grúas portuarias o explotar terminales eran negocios de los que podía ocuparse otro. El mercado encontraría al productor más eficiente.

Lo encontró. Estaba en China. Por eso la pugna actual entre Washington y Pekín no se entiende del todo contando portaaviones, submarinos y misiles. Hay que contar también astilleros, terminales, grúas y contenedores. El poder mundial circula por lugares sorprendentemente prosaicos.

En aquel artículo anterior concluía que China «no invade, pero presiona; no coloniza, pero condiciona; no gobierna, pero influye». Los puertos permiten ver físicamente cómo funciona esa estrategia. No hace falta poseer un país para influir en él. Ni siquiera hace falta poseer su puerto. Puede bastar con operar una terminal, financiar una ampliación, construir los barcos que atracan en ella y ser el principal socio comercial de quienes esperan los contenedores al otro lado de la verja.

Estados Unidos construyó durante ochenta años una extraordinaria arquitectura para defender el orden mundial que nació después de 1945. China ha dedicado las últimas décadas a conseguir que una parte creciente de las mercancías de ese orden mundial pase por sus manos.

Quizá por eso el símbolo más apropiado de la rivalidad del siglo XXI no sea un portaaviones estadounidense enfrentado a un destructor chino en el Pacífico. Podría ser algo mucho menos fotogénico: una caja de acero de doce metros, apilada entre otras diez mil, esperando tranquilamente a que una grúa la coloque sobre un barco construido en China rumbo a una terminal en la que una empresa china tiene participación.

Los imperios antiguos levantaban fortalezas. El británico construyó bases navales. El estadounidense llenó el mundo de bases aéreas. China está llenándolo de terminales. Y los contenedores no llevan bandera.