Algunos analistas se plantean una
posible intervención militar de China en Irán. No lo hará, sencillamente porque
eso iría con la estrategia geopolítica de los chinos, empeñados en conquistar comercialmente,
no militarmente, el mundo.
Cada cierto tiempo reaparece la
misma pregunta, formulada siempre con un punto de inquietud: ¿está China a
punto de dominar el mundo? La cuestión suele ir acompañada de gráficos
ascendentes, cifras mareantes y alguna metáfora histórica inevitable: Roma, el
Imperio británico, Estados Unidos tras 1945.
La pregunta está mal planteada.
China es hoy una potencia enorme, probablemente la mayor que ha existido en
términos demográficos y productivos. Pero eso no significa que quiera —ni que
pueda— ejercer una hegemonía global al estilo clásico. De hecho, observada con
algo de calma, China aparece menos como un aspirante a gobernar el mundo que
como un país gigantesco obsesionado con no desestabilizarse a sí mismo. ¿Por
qué? Porque mientras Estados Unidos está obsesionado con dominar el mundo
militarmente, China ha optado por dominarlo comercialmente.
Desde los atentados del 11 de
septiembre de 2001, Estados Unidos ha participado directa o indirectamente en
numerosos conflictos. Entre los más significativos están: guerra en Afganistán
(2001–2021), guerra de Irak (2003–2011), operaciones contra el Estado Islámico
(ISIS) en Irak y Siria (2014–presente), intervención en Siria, operaciones
contra grupos terroristas en Yemen, operaciones en Somalia y acciones militares
en otros países del Sahel y África contra yihadistas (por ejemplo, en Libia,
Mali, etc.) o para impedir la presunta fabricación de armas nucleares (ahora
mismo en Irán).
Mientras tanto, China no ha
iniciado ni participado en guerras interestatales significativas en ese periodo.
En lugar de gastar sus recursos en el sustento de su expansión militar (bases y
ejércitos de ocupación), China ha empleado sus recursos en su propio y
espectacular desarrollo interno y en la extensión de sus ramas exportadoras
para dar salida a su extraordinaria capacidad productiva.
China no sólo construye puertos
nuevos dentro de su territorio, sino que también expande puertos existentes y
participa en proyectos portuarios en el extranjero. Aquí va un resumen basado
en la mejor evidencia disponible. China tiene hoy más de 2 000 puertos menores
y alrededor de 34 puertos mayores a lo largo de su costa y ríos importantes.
Desde hace dos décadas, muchas
de las grandes instalaciones portuarias chinas han sido ampliadas o
modernizadas (incluyendo Shanghai, Ningbo-Zhoushan, Shenzhen, Qingdao,
Tianjin, etc.) para transformarse en gigantes del comercio global.
En los últimos veinte años China
ha intensificado de forma muy notable su presencia en infraestructuras
portuarias globales, lo que incluye construcción, expansión, financiación y
gestión de puertos en muchos países, a menudo dentro del marco de la Iniciativa de la
Franja y la Ruta. Según datos recopilados hasta 2021, China financió
o construyó 123 proyectos portuarios en el extranjero, que abarcan 78
puertos en 46 países, entre construcción nueva o expansión sustancial de
infraestructura.
Por lo demás, China ha apostado
claramente por la “economía verde”, que se refleja en una comparación clara de
la producción —no sólo instalada o vendida— de tres tecnologías clave para la
transición energética: paneles solares, aerogeneradores (turbinas eólicas) y
vehículos eléctricos (VE) en China frente a Estados Unidos.
Paneles solares: alrededor
del 80% de la producción global de paneles solares proviene de fábricas chinas.
Además, domina etapas clave de la cadena: casi
el 95% de la producción de materias primas como polisilicio y wafers está
en China. Por volumen físico, algunos informes incluso estiman que sobre
90 % de paneles (células, módulos) a escala mundial se producen en
instalaciones chinas.
Estados Unidos tiene producción
propia limitada; por ejemplo, la gigafábrica
de paneles de Tesla en Nueva York fabrica módulos solares, pero su escala
es pequeña comparada con la producción china. No hay datos globales que
indiquen que Estados Unidos produzca más de un solo dígito porcentual del total
mundial.
Aerogeneradores: las
empresas chinas cuentan con alrededor
de 60% del mercado global de fabricación de turbinas eólicas y suministran
aproximadamente el 60% de los aerogeneradores mundiales. China también lidera
mundialmente en capacidad instalada de energía eólica + solar y en
construcción de nuevos parques.
Estados Unidos también tiene
industria eólica doméstica, pero suele concentrarse más en la instalación de
capacidad que en fabricar las piezas principales (que muchas veces importan).
Los datos disponibles sugieren que tiene presencia, pero muy por detrás en
volumen.
Producción de vehículos
eléctricos: Según el
último informe de la Agencia Internacional de la Energía, en 2024 China
produjo cerca de 12,4 millones de vehículos eléctricos, lo que representa más
del 70% de la producción mundial ese año. Según la misma fuente, Estados Unidos
produjo en 2024 produjo menos de un millón. Datos de 2025 refuerzan eso: en
una medición reciente, China produjo unos 16,1 millones de vehículos eléctricos
frente a un millón en Estados Unidos.
Como puede verse en el mapa, la capacidad industrial de China frente a Estados
Unidos se refleja en las diferencias en el balance comercial entre ambas
potencias o lo que es lo mismo el aumento experimentado por el comercio de
China a lo largo del tiempo.
En el año 2000, el comercio
estadounidense ascendía a 2 billones de dólares, más de cuatro veces los 474
000 millones de dólares de China. En aquel entonces, China era el principal
socio comercial de tan solo unos pocos países, entre ellos Cuba, Irán, Libia,
Myanmar, Mongolia, Corea del Norte, Omán, Sudán, Tanzania y Vietnam.
Entre 2000 y 2024, el comercio de
Estados Unidos creció un 167% (una tasa de crecimiento anual compuesta del
4,2%), mientras que el comercio de China aumentó un 1.200%, superando al de
Estados Unidos ya en 2012. En 2024, el comercio total alcanzó los 5,3 billones
de dólares para Estados Unidos y los 6,2 billones de dólares para China.
China es ahora el socio comercial
dominante de la mayor parte de Asia, Europa del Este, Oriente Medio, Oceanía,
América del Sur y África. De cara al futuro, se espera que China siga
profundizando sus relaciones con los mercados emergentes, importando combustibles,
minerales y productos agrícolas y exportando productos manufacturados.
Por
eso, y por otras dos razones, China no quiere gobernar el mundo: quiere
influir, que es menos peligrosos y mucho más rentable. El liderazgo chino
entiende perfectamente sus límites. Sabe que no puede sostener una hegemonía
militar global. Por eso su estrategia es lenta, paciente y profundamente poco
épica. No busca golpes decisivos, sino desgaste. No pretende sustituir un orden
mundial por otro de la noche a la mañana, sino modificar las reglas lo justo
para poder seguir funcionando. China no quiere ser el policía del mundo. Quiere
que no haya demasiados incendios cerca de su casa.
Esto explica también su retórica
sobre el “nuevo orden mundial”. No es un proyecto de dominación, sino una
petición interesada de estabilidad. Un mundo multipolar, en la visión china, no
es un mundo más justo; es un mundo menos peligroso para un país que necesita
previsibilidad para sobrevivir.
China avanza porque no puede
permitirse retroceder, pero tampoco puede correr. Su poder es enorme, sí, pero
está constreñido por geografía, cultura y demografía. Quizá por eso genera
tanta incomodidad. No encaja en los modelos clásicos. No invade, pero presiona.
No coloniza, pero condiciona. No gobierna, pero influye. Es un poder sin épica,
sin banderas clavadas en mapas lejanos, sin discursos de misión civilizadora.
Un poder aburrido, casi administrativo. Y, sin embargo, profundamente eficaz.
La paradoja es que China parece
más peligrosa cuanto menos intenta parecerlo. No porque quiera dominar el
mundo, sino porque no necesita hacerlo para alterar su funcionamiento. Le basta
con seguir existiendo, comerciando y creciendo lo suficiente como para que el
sistema tenga que adaptarse a ella.
En ese sentido, el verdadero
“nuevo orden mundial” no consiste en un imperio chino, sino en algo mucho más
prosaico: un mundo que gira cada vez más en torno a un país que no quiere
gobernarlo, pero que no puede dejar de estar en el centro.
Y quizá esa sea la forma más estable —y más inquietante— de poder que existe.
