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lunes, 2 de marzo de 2026

ESTADOS UNIDOS LIBRA GUERRAS; CHINA CONSTRUYE PUERTOS

 

Algunos analistas se plantean una posible intervención militar de China en Irán. No lo hará, sencillamente porque eso iría con la estrategia geopolítica de los chinos, empeñados en conquistar comercialmente, no militarmente, el mundo.

Cada cierto tiempo reaparece la misma pregunta, formulada siempre con un punto de inquietud: ¿está China a punto de dominar el mundo? La cuestión suele ir acompañada de gráficos ascendentes, cifras mareantes y alguna metáfora histórica inevitable: Roma, el Imperio británico, Estados Unidos tras 1945.

La pregunta está mal planteada. China es hoy una potencia enorme, probablemente la mayor que ha existido en términos demográficos y productivos. Pero eso no significa que quiera —ni que pueda— ejercer una hegemonía global al estilo clásico. De hecho, observada con algo de calma, China aparece menos como un aspirante a gobernar el mundo que como un país gigantesco obsesionado con no desestabilizarse a sí mismo. ¿Por qué? Porque mientras Estados Unidos está obsesionado con dominar el mundo militarmente, China ha optado por dominarlo comercialmente.

Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos ha participado directa o indirectamente en numerosos conflictos. Entre los más significativos están: guerra en Afganistán (2001–2021), guerra de Irak (2003–2011), operaciones contra el Estado Islámico (ISIS) en Irak y Siria (2014–presente), intervención en Siria, operaciones contra grupos terroristas en Yemen, operaciones en Somalia y acciones militares en otros países del Sahel y África contra yihadistas (por ejemplo, en Libia, Mali, etc.) o para impedir la presunta fabricación de armas nucleares (ahora mismo en Irán).

Mientras tanto, China no ha iniciado ni participado en guerras interestatales significativas en ese periodo. En lugar de gastar sus recursos en el sustento de su expansión militar (bases y ejércitos de ocupación), China ha empleado sus recursos en su propio y espectacular desarrollo interno y en la extensión de sus ramas exportadoras para dar salida a su extraordinaria capacidad productiva.

China no sólo construye puertos nuevos dentro de su territorio, sino que también expande puertos existentes y participa en proyectos portuarios en el extranjero. Aquí va un resumen basado en la mejor evidencia disponible. China tiene hoy más de 2 000 puertos menores y alrededor de 34 puertos mayores a lo largo de su costa y ríos importantes. Desde hace dos décadas, muchas de las grandes instalaciones portuarias chinas han sido ampliadas o modernizadas (incluyendo Shanghai, Ningbo-Zhoushan, Shenzhen, Qingdao, Tianjin, etc.) para transformarse en gigantes del comercio global.

En los últimos veinte años China ha intensificado de forma muy notable su presencia en infraestructuras portuarias globales, lo que incluye construcción, expansión, financiación y gestión de puertos en muchos países, a menudo dentro del marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Según datos recopilados hasta 2021, China financió o construyó 123 proyectos portuarios en el extranjero, que abarcan 78 puertos en 46 países, entre construcción nueva o expansión sustancial de infraestructura.

Por lo demás, China ha apostado claramente por la “economía verde”, que se refleja en una comparación clara de la producción —no sólo instalada o vendida— de tres tecnologías clave para la transición energética: paneles solares, aerogeneradores (turbinas eólicas) y vehículos eléctricos (VE) en China frente a Estados Unidos.

Paneles solares: alrededor del 80% de la producción global de paneles solares proviene de fábricas chinas. Además, domina etapas clave de la cadena: casi el 95% de la producción de materias primas como polisilicio y wafers está en China. Por volumen físico, algunos informes incluso estiman que sobre 90 % de paneles (células, módulos) a escala mundial se producen en instalaciones chinas.

Estados Unidos tiene producción propia limitada; por ejemplo, la gigafábrica de paneles de Tesla en Nueva York fabrica módulos solares, pero su escala es pequeña comparada con la producción china. No hay datos globales que indiquen que Estados Unidos produzca más de un solo dígito porcentual del total mundial.

Aerogeneradores: las empresas chinas cuentan con alrededor de 60% del mercado global de fabricación de turbinas eólicas y suministran aproximadamente el 60% de los aerogeneradores mundiales. China también lidera mundialmente en capacidad instalada de energía eólica + solar y en construcción de nuevos parques.

Estados Unidos también tiene industria eólica doméstica, pero suele concentrarse más en la instalación de capacidad que en fabricar las piezas principales (que muchas veces importan). Los datos disponibles sugieren que tiene presencia, pero muy por detrás en volumen.

Producción de vehículos eléctricos: Según el último informe de la Agencia Internacional de la Energía, en 2024 China produjo cerca de 12,4 millones de vehículos eléctricos, lo que representa más del 70% de la producción mundial ese año. Según la misma fuente, Estados Unidos produjo en 2024 produjo menos de un millón. Datos de 2025 refuerzan eso: en una medición reciente, China produjo unos 16,1 millones de vehículos eléctricos frente a un millón en Estados Unidos.

Como puede verse en el mapa, la capacidad industrial de China frente a Estados Unidos se refleja en las diferencias en el balance comercial entre ambas potencias o lo que es lo mismo el aumento experimentado por el comercio de China a lo largo del tiempo.

En el año 2000, el comercio estadounidense ascendía a 2 billones de dólares, más de cuatro veces los 474 000 millones de dólares de China. En aquel entonces, China era el principal socio comercial de tan solo unos pocos países, entre ellos Cuba, Irán, Libia, Myanmar, Mongolia, Corea del Norte, Omán, Sudán, Tanzania y Vietnam.

Entre 2000 y 2024, el comercio de Estados Unidos creció un 167% (una tasa de crecimiento anual compuesta del 4,2%), mientras que el comercio de China aumentó un 1.200%, superando al de Estados Unidos ya en 2012. En 2024, el comercio total alcanzó los 5,3 billones de dólares para Estados Unidos y los 6,2 billones de dólares para China.

China es ahora el socio comercial dominante de la mayor parte de Asia, Europa del Este, Oriente Medio, Oceanía, América del Sur y África. De cara al futuro, se espera que China siga profundizando sus relaciones con los mercados emergentes, importando combustibles, minerales y productos agrícolas y exportando productos manufacturados.

Por eso, y por otras dos razones, China no quiere gobernar el mundo: quiere influir, que es menos peligrosos y mucho más rentable. El liderazgo chino entiende perfectamente sus límites. Sabe que no puede sostener una hegemonía militar global. Por eso su estrategia es lenta, paciente y profundamente poco épica. No busca golpes decisivos, sino desgaste. No pretende sustituir un orden mundial por otro de la noche a la mañana, sino modificar las reglas lo justo para poder seguir funcionando. China no quiere ser el policía del mundo. Quiere que no haya demasiados incendios cerca de su casa.

Esto explica también su retórica sobre el “nuevo orden mundial”. No es un proyecto de dominación, sino una petición interesada de estabilidad. Un mundo multipolar, en la visión china, no es un mundo más justo; es un mundo menos peligroso para un país que necesita previsibilidad para sobrevivir.

China avanza porque no puede permitirse retroceder, pero tampoco puede correr. Su poder es enorme, sí, pero está constreñido por geografía, cultura y demografía. Quizá por eso genera tanta incomodidad. No encaja en los modelos clásicos. No invade, pero presiona. No coloniza, pero condiciona. No gobierna, pero influye. Es un poder sin épica, sin banderas clavadas en mapas lejanos, sin discursos de misión civilizadora. Un poder aburrido, casi administrativo. Y, sin embargo, profundamente eficaz.

La paradoja es que China parece más peligrosa cuanto menos intenta parecerlo. No porque quiera dominar el mundo, sino porque no necesita hacerlo para alterar su funcionamiento. Le basta con seguir existiendo, comerciando y creciendo lo suficiente como para que el sistema tenga que adaptarse a ella.

En ese sentido, el verdadero “nuevo orden mundial” no consiste en un imperio chino, sino en algo mucho más prosaico: un mundo que gira cada vez más en torno a un país que no quiere gobernarlo, pero que no puede dejar de estar en el centro.

Y quizá esa sea la forma más estable —y más inquietante— de poder que existe.