Hay descubrimientos domésticos
que obligan a replantearse la confianza depositada en la cadena alimentaria.
Uno abre un pimiento verde con la tranquilidad de quien espera encontrar, como
mucho, unas semillas y una vaga sensación de que debería comer más verdura, y
se topa con una oruga de casi tres centímetros. No una de esas minúsculas
criaturas que uno puede atribuir a una imperfección óptica, sino un animal
hecho y derecho, provisto de rayas, manchas, mandíbula y una evidente
convicción de que aquel pimiento había sido cultivado expresamente para él.
El huésped había dejado pruebas
abundantes de su estancia. Las motas negras que salpicaban el interior del
fruto eran sus excrementos, conocidos por los entomólogos con el término inglés
frass, que parece una marca de detergente y, sin embargo, significa
exactamente lo que uno teme que signifique. El animal no se había limitado a
probar el pimiento: había instalado en él una oficina, un comedor y un retrete.
Todo indica que se trata de una
rosquilla verde, Spodoptera exigua, una de esas orugas que reciben
nombres aparentemente inocentes hasta que uno descubre que son capaces de
convertir una huerta bien atendida en un paisaje semejante a la retirada de
Napoleón de Rusia. La identificación a partir de una fotografía nunca debe
darse por definitiva —hay otras orugas noctuidas de aspecto muy parecido, entre
ellas Helicoverpa armigera, aficionada también a perforar pimientos—,
pero el aspecto general encaja bien: cuerpo verdoso o parduzco, bandas
longitudinales claras y oscuras, pequeños puntos negros y una apreciable
flexibilidad cromática.
Las orugas de Spodoptera
exigua tienen un aspecto cambiante porque, como muchos adolescentes y algunos políticos,
no acaban de decidir quiénes son y cambian de chaqueta a la menor ocasión. Al
principio pueden ser verdes, amarillentas o pardas; al crecer, exhiben líneas
blancas, cremas u ocres y manchas oscuras. La combinación les permite pasar
razonablemente inadvertidas entre hojas, tallos y frutos, aunque es difícil que
logren esa discreción cuando han escogido como residencia un pimiento abierto
sobre la encimera de una cocina.
No es un gusano, naturalmente,
aunque «gusano» es una palabra de enorme utilidad para el ciudadano que no
desea iniciar una conversación taxonómica antes del café. Es una larva de
mariposa nocturna, o polilla, perteneciente a la familia de los noctuidos. Su
futuro adulto será un insecto más bien sobrio, pardo o grisáceo, con una
envergadura de dos o tres centímetros. No habrá, por tanto, una mariposa
tropical de alas azul eléctrico saliendo de la tierra para agradecer nuestra
hospitalidad. Habrá una polilla de noche, de esas que se presentan sin
invitación en torno a una bombilla y parecen convencidas de que han hallado el
centro espiritual del universo.
La vida de la rosquilla verde
tiene, en realidad, una lógica impecable. La polilla adulta deposita sus huevos
sobre una planta adecuada. De ellos nacen pequeñas orugas que comienzan a comer
con la determinación de alguien que ha recibido una beca completa para un bufé
libre. Crecen deprisa, mudan varias veces de piel y, cuando han alcanzado un
tamaño respetable, abandonan la planta y se entierran en el suelo. Allí forman
una pupa, esa cápsula inmóvil en la que un animal decide desmantelarse y
reconstruirse por completo: patas, alas, antenas, ojos compuestos y todo lo
demás. Es una operación de ingeniería biológica tan extravagante que, si no
ocurriera todos los días en millones de jardines y huertas, habría que fundar
una religión en torno a ella.
El problema es que, antes de
ponerse a filosofar sobre la metamorfosis, la larva debe comer. Y come de un
modo poco selectivo. Spodoptera exigua es polífaga: tiene apetito para
la remolacha, la acelga, la espinaca, la lechuga, el apio, las coles, el tomate,
el pimiento, la berenjena, la patata, las judías, los guisantes, el maíz, el
algodón, la alfalfa, ciertas ornamentales y una considerable colección de malas
hierbas. Esta amplitud de miras explica su éxito evolutivo y, de paso, el
desaliento de los agricultores. Una plaga especializada puede combatirse
retirándole su planta favorita; una que aprecia medio catálogo de semillas
parece haber estudiado economía.
En los pimientos, las larvas
jóvenes suelen atacar hojas y brotes, pero las más crecidas pueden alcanzar
flores y frutos. Una perforación basta para abrir una vía de entrada a hongos y
bacterias. El daño, por tanto, no consiste solo en la porción que la oruga ha
devorado. El fruto queda comprometido: se pudre antes, pierde valor comercial y
puede convertirse en un discreto alojamiento compartido para toda una comunidad
de microorganismos que nadie invitó a cenar.
La rosquilla verde no necesita,
sin embargo, una leyenda de monstruo invasor. Es una especie hoy ampliamente
distribuida, conocida desde hace mucho en el Mediterráneo y en nuestros
cultivos. Se la considera probablemente originaria de Asia, pero ha viajado,
prosperado y encontrado plantas de su gusto en buena parte del mundo. Ha hecho
lo que hacen con extraordinaria eficacia los insectos pequeños: aprovechar las
rutas humanas, los cultivos extensivos y la asombrosa costumbre de cultivar
durante kilómetros y kilómetros exactamente la misma planta.
¿Qué hacer con el pimiento? La
respuesta, por una vez, no exige un protocolo ministerial. Ese fruto conviene
desecharlo: no tanto por la presencia de la oruga —que, pese a su aspecto, no
tiene nada personal contra nosotros— como por el deterioro y la contaminación
microbiana que puede acompañar al daño. Los demás pimientos bastan con lavarlos
y revisarlos con normalidad. No es preciso fumigar la cocina, llamar a sanidad
vegetal ni redactar un testamento.
Conviene, eso sí, quedarse un
momento con la escena. En el interior de un pimiento comprado para hacer la
comida viajaba una historia completa: un huevo depositado sobre una planta, una
larva que comió hasta convertirse en una pequeña salchicha rayada, una futura
pupa enterrada en tierra y una polilla aún por venir. La naturaleza no
desaprovecha una ocasión para recordarnos que el mundo está lleno de vidas
paralelas, con planes propios y un notable desprecio por nuestra lista de la
compra.