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domingo, 13 de septiembre de 2026

UN INQUILINO EN MI PIMIENTO

 

Hay descubrimientos domésticos que obligan a replantearse la confianza depositada en la cadena alimentaria. Uno abre un pimiento verde con la tranquilidad de quien espera encontrar, como mucho, unas semillas y una vaga sensación de que debería comer más verdura, y se topa con una oruga de casi tres centímetros. No una de esas minúsculas criaturas que uno puede atribuir a una imperfección óptica, sino un animal hecho y derecho, provisto de rayas, manchas, mandíbula y una evidente convicción de que aquel pimiento había sido cultivado expresamente para él.

El huésped había dejado pruebas abundantes de su estancia. Las motas negras que salpicaban el interior del fruto eran sus excrementos, conocidos por los entomólogos con el término inglés frass, que parece una marca de detergente y, sin embargo, significa exactamente lo que uno teme que signifique. El animal no se había limitado a probar el pimiento: había instalado en él una oficina, un comedor y un retrete.

Todo indica que se trata de una rosquilla verde, Spodoptera exigua, una de esas orugas que reciben nombres aparentemente inocentes hasta que uno descubre que son capaces de convertir una huerta bien atendida en un paisaje semejante a la retirada de Napoleón de Rusia. La identificación a partir de una fotografía nunca debe darse por definitiva —hay otras orugas noctuidas de aspecto muy parecido, entre ellas Helicoverpa armigera, aficionada también a perforar pimientos—, pero el aspecto general encaja bien: cuerpo verdoso o parduzco, bandas longitudinales claras y oscuras, pequeños puntos negros y una apreciable flexibilidad cromática.

Las orugas de Spodoptera exigua tienen un aspecto cambiante porque, como muchos adolescentes y algunos políticos, no acaban de decidir quiénes son y cambian de chaqueta a la menor ocasión. Al principio pueden ser verdes, amarillentas o pardas; al crecer, exhiben líneas blancas, cremas u ocres y manchas oscuras. La combinación les permite pasar razonablemente inadvertidas entre hojas, tallos y frutos, aunque es difícil que logren esa discreción cuando han escogido como residencia un pimiento abierto sobre la encimera de una cocina.

No es un gusano, naturalmente, aunque «gusano» es una palabra de enorme utilidad para el ciudadano que no desea iniciar una conversación taxonómica antes del café. Es una larva de mariposa nocturna, o polilla, perteneciente a la familia de los noctuidos. Su futuro adulto será un insecto más bien sobrio, pardo o grisáceo, con una envergadura de dos o tres centímetros. No habrá, por tanto, una mariposa tropical de alas azul eléctrico saliendo de la tierra para agradecer nuestra hospitalidad. Habrá una polilla de noche, de esas que se presentan sin invitación en torno a una bombilla y parecen convencidas de que han hallado el centro espiritual del universo.

La vida de la rosquilla verde tiene, en realidad, una lógica impecable. La polilla adulta deposita sus huevos sobre una planta adecuada. De ellos nacen pequeñas orugas que comienzan a comer con la determinación de alguien que ha recibido una beca completa para un bufé libre. Crecen deprisa, mudan varias veces de piel y, cuando han alcanzado un tamaño respetable, abandonan la planta y se entierran en el suelo. Allí forman una pupa, esa cápsula inmóvil en la que un animal decide desmantelarse y reconstruirse por completo: patas, alas, antenas, ojos compuestos y todo lo demás. Es una operación de ingeniería biológica tan extravagante que, si no ocurriera todos los días en millones de jardines y huertas, habría que fundar una religión en torno a ella.

El problema es que, antes de ponerse a filosofar sobre la metamorfosis, la larva debe comer. Y come de un modo poco selectivo. Spodoptera exigua es polífaga: tiene apetito para la remolacha, la acelga, la espinaca, la lechuga, el apio, las coles, el tomate, el pimiento, la berenjena, la patata, las judías, los guisantes, el maíz, el algodón, la alfalfa, ciertas ornamentales y una considerable colección de malas hierbas. Esta amplitud de miras explica su éxito evolutivo y, de paso, el desaliento de los agricultores. Una plaga especializada puede combatirse retirándole su planta favorita; una que aprecia medio catálogo de semillas parece haber estudiado economía.

En los pimientos, las larvas jóvenes suelen atacar hojas y brotes, pero las más crecidas pueden alcanzar flores y frutos. Una perforación basta para abrir una vía de entrada a hongos y bacterias. El daño, por tanto, no consiste solo en la porción que la oruga ha devorado. El fruto queda comprometido: se pudre antes, pierde valor comercial y puede convertirse en un discreto alojamiento compartido para toda una comunidad de microorganismos que nadie invitó a cenar.

La rosquilla verde no necesita, sin embargo, una leyenda de monstruo invasor. Es una especie hoy ampliamente distribuida, conocida desde hace mucho en el Mediterráneo y en nuestros cultivos. Se la considera probablemente originaria de Asia, pero ha viajado, prosperado y encontrado plantas de su gusto en buena parte del mundo. Ha hecho lo que hacen con extraordinaria eficacia los insectos pequeños: aprovechar las rutas humanas, los cultivos extensivos y la asombrosa costumbre de cultivar durante kilómetros y kilómetros exactamente la misma planta.

¿Qué hacer con el pimiento? La respuesta, por una vez, no exige un protocolo ministerial. Ese fruto conviene desecharlo: no tanto por la presencia de la oruga —que, pese a su aspecto, no tiene nada personal contra nosotros— como por el deterioro y la contaminación microbiana que puede acompañar al daño. Los demás pimientos bastan con lavarlos y revisarlos con normalidad. No es preciso fumigar la cocina, llamar a sanidad vegetal ni redactar un testamento.

Conviene, eso sí, quedarse un momento con la escena. En el interior de un pimiento comprado para hacer la comida viajaba una historia completa: un huevo depositado sobre una planta, una larva que comió hasta convertirse en una pequeña salchicha rayada, una futura pupa enterrada en tierra y una polilla aún por venir. La naturaleza no desaprovecha una ocasión para recordarnos que el mundo está lleno de vidas paralelas, con planes propios y un notable desprecio por nuestra lista de la compra.