sábado, 12 de septiembre de 2026

NUNCA APUESTES CON UN TERRAPLANISTA*

 

En enero de 1870, un caballero inglés llamado John Hampden publicó en la revista Scientific Opinion un desafío muy llamativo. Ofrecía apostar quinientas libras a que nadie sería capaz de demostrar experimentalmente la curvatura de una superficie de agua. Hampden estaba seguro de conservar su dinero porque pertenecía a una pequeña pero entusiasta comunidad de británicos convencidos de que la Tierra era plana.

Alfred Russel Wallace, que por entonces andaba a dos velas, aceptó el reto. Fue una mala idea, aunque para comprender hasta qué punto conviene detenerse un momento en el hombre que la tuvo. Wallace era uno de los grandes naturalistas del siglo XIX y, aunque la inmensa sombra de Charles Darwin haya terminado por ocultarlo para el gran público, merece compartir con él la paternidad de una de las ideas fundamentales de la biología: la evolución por selección natural.

Wallace había nacido en Gales en 1823 y comenzó su vida profesional como agrimensor. Aprendió a medir terrenos, manejar niveles y calcular distancias y diferencias de altura, un detalle que treinta años después, cuando se encontró junto a un canal discutiendo con un terraplanista, resultaría bastante oportuno. Su verdadera pasión era la historia natural. Exploró durante cuatro años la Amazonia y pasó otros ocho recorriendo el archipiélago malayo, donde reunió más de 125 000 ejemplares y realizó observaciones que lo convertirían en uno de los fundadores de la biogeografía. La famosa línea de Wallace, que marca una sorprendente frontera entre las faunas de afinidad asiática y australiana, sigue llevando su nombre.

Su gran momento llegó en 1858. Mientras se encontraba en la isla de Ternate sufriendo uno de sus recurrentes ataques de fiebre, comprendió que, si nacen más individuos de los que pueden sobrevivir y existen diferencias hereditarias entre ellos, las variantes que proporcionen alguna ventaja tendrán mayor probabilidad de dejar descendencia. Generación tras generación, ese mecanismo puede transformar las poblaciones. Wallace acababa de llegar independientemente a la selección natural.

Escribió un ensayo y se lo envió a Darwin, que llevaba unos veinte años trabajando sobre una idea semejante. El 1 de julio de 1858 se presentaron conjuntamente ante la Linnean Society textos de ambos naturalistas. Al año siguiente apareció El origen de la especies y la extraordinaria repercusión del libro terminó asociando para siempre el nombre de Darwin con la evolución. Wallace quedó bajo su sombra, aunque fue, sin duda, el otro padre de la selección natural.

Aquel hombre que había sobrevivido a enfermedades tropicales, al incendio del barco que transportaba sus colecciones amazónicas y a ocho años recorriendo las islas del sudeste asiático regresó a Inglaterra y terminó enfrentándose a algo para lo que ninguna de aquellas experiencias lo había preparado: un terraplanista.

El padre intelectual del movimiento era Samuel Birley Rowbotham, que escribía bajo el seudónimo de Parallax, «paralaje», y había bautizado su doctrina como astronomía zetética. Zetético procede del griego y significa aproximadamente «investigador» o «indagador». El nombre estaba magníficamente escogido. Rowbotham no decía simplemente «creo que la Tierra es plana». Su mensaje resultaba mucho más seductor: no aceptes lo que dicen los expertos; compruébalo por ti mismo.

La interpretación moderna de la teoría de la Tierra plana se le atribuye a Samuel Rowbotham (1816-1884). Rowbotham utilizó su comprensión del experimento del Nivel de Bedford para desarrollar la idea de que la Tierra es un disco plano, centrado en el Polo Norte y bordeado por un alto muro de hielo. El Sol y la Luna orbitan la Tierra a una distancia aproximada de 4 800 kilómetros.

Según los zetéticos, los astrónomos eran unos científicos de pacotilla y la astronomía convencional una falacia que contradecía la experiencia cotidiana. El horizonte parece plano, la superficie del agua horizontal, no sentimos que el suelo se mueva y vemos al Sol recorrer el cielo. ¿Por qué aceptar entonces que vivimos sobre una esfera que gira mientras se desplaza por el espacio? El razonamiento posee el atractivo de muchas explicaciones equivocadas: comienza con observaciones ciertas y termina interpretándolas mal.

Rowbotham intentó demostrar sus ideas hacia 1838 en el Bedford Level, una región extraordinariamente llana atravesada por largos canales de drenaje. Observó con un telescopio una embarcación que se alejaba por el Old Bedford River y aseguró que continuaba viéndola cuando la curvatura terrestre debería haberla ocultado parcialmente. El experimento tenía un inconveniente: las observaciones realizadas casi a ras del agua son muy sensibles a la refracción atmosférica. Rowbotham había encontrado un lugar excelente para observar espejismos y bastante malo para determinar la forma del planeta.

John Hampden era uno de sus seguidores. Cuando lanzó su desafío en 1870, Wallace pensó que podía zanjar la cuestión mediante un experimento bien diseñado. Incluso consultó a Charles Lyell, uno de los padres de la geología moderna, quien consideró que una demostración clara quizá consiguiera acabar con aquellas tonterías. Fue un hermoso ejemplo de cómo dos personas extraordinariamente inteligentes pueden compartir una idea bastante ingenua: ambos suponían que Hampden quería averiguar si estaba equivocado.

Wallace volvió al Old Bedford River, pero no repitió el experimento de Rowbotham. Su antigua formación como agrimensor le permitió diseñar uno mejor. Utilizó un tramo recto de seis millas y dispuso señales a una altura suficiente sobre el agua para reducir la refracción. Si la superficie fuese plana, los puntos de referencia aparecerían alineados; si fuese convexa, la señal intermedia aparecería elevada respecto a la línea visual entre los extremos.

Diagrama de la prueba desarrollada por Wallace para demostrar la curvatura de la Tierra.

La Tierra tuvo la descortesía de ser redonda. La señal apareció donde correspondía y John Henry Walsh, editor de The Field y árbitro de la apuesta, declaró vencedor a Wallace. Hampden podía aceptar que el experimento había contradicho sus ideas o decidir que Wallace había hecho trampas. Eligió lo segundo, y la historia abandonó entonces la astronomía para internarse en un terreno bastante más interesante: la psicología humana.

Hampden acusó a Wallace de fraude e inició una campaña de hostigamiento que se prolongó durante años. Hubo publicaciones difamatorias, amenazas, denuncias, condenas y pleitos. Las famosas quinientas libras tampoco acabaron en el bolsillo de Wallace: después de recibir el premio tuvo que devolver la cantidad aportada por Hampden porque la apuesta no resultaba jurídicamente exigible. Entre abogados, procesos y años de persecución, aquella demostración terminó costándole dinero y muchos disgustos.

Hay algo profundamente cómico en la situación, siempre que uno no sea Wallace. Un hombre que había padecido fiebres tropicales, visto desaparecer entre las llamas cuatro años de colecciones amazónicas, reunido más de cien mil ejemplares zoológicos, contribuido a fundar la biogeografía y descubierto independientemente la selección natural estuvo a punto de encontrar su némesis en un señor que pensaba que la Tierra era un plato.

Muchos años después, Wallace calificó aquello como «el episodio más lamentable de mi vida». Había aprendido demasiado tarde algo esencial: el problema no era que Hampden careciera de pruebas suficientes, sino que no existía una prueba que estuviera dispuesto a aceptar si producía el resultado equivocado.

Ahí reside la extraordinaria modernidad de la historia. Los descendientes intelectuales de la astronomía zetética disponen hoy de satélites, vuelos intercontinentales, sistemas de navegación y fotografías tomadas desde el espacio, pero algunos continúan repitiendo la consigna de Rowbotham: «Haz tu propia investigación». La frase parece impecablemente científica. El problema surge cuando investigar significa aceptar solo aquello que confirma lo que ya se creía.

La ciencia funciona de otra manera. No se distingue porque siempre tenga razón, sino porque dispone de procedimientos para descubrir cuándo está equivocada. Una hipótesis científica debe correr el riesgo de fracasar. Una creencia conspirativa suficientemente cerrada, en cambio, puede convertir cualquier refutación en una nueva confirmación: las fotografías están manipuladas, los científicos mienten, los gobiernos ocultan la verdad y la coincidencia entre miles de especialistas demuestra precisamente la magnitud de la conspiración. Es un sistema magníficamente protegido contra la realidad.

Wallace pensó que Hampden y él discutían sobre geometría. Se equivocaba. Wallace aceptaba que el experimento podía demostrar que él estaba equivocado; Hampden no aceptaba la posibilidad equivalente. Por eso Wallace podía perder la apuesta y Hampden no.

De modo que, si alguna vez un terraplanista te propone apostar a que puede demostrarte que nuestro planeta no es aproximadamente esférico, puedes enseñarle fotografías, explicarle los eclipses, hablarle de Eratóstenes, de geodesia, de satélites y de circunnavegaciones. Incluso puedes llevarlo al Old Bedford River con un telescopio y un excelente agrimensor. Pero no apuestes. Wallace ya hizo el experimento por ti.

* Una versión más extensa de este artículo ouede leerse en este enlace

NUNCA APUESTES CON UN TERRAPLANISTA (Versión larga)

 

En enero de 1870, un caballero inglés llamado John Hampden publicó un desafío en la revista Scientific Opinion. Ofrecía apostar quinientas libras a que nadie sería capaz de demostrar experimentalmente la curvatura de una superficie de agua. Podía ser un río, un canal o un lago. Le daba igual. Hampden estaba seguro de conservar su dinero porque pertenecía a una pequeña pero entusiasta comunidad de británicos convencidos de que la Tierra era plana.

Quinientas libras constituían una cantidad muy respetable. Alfred Russel Wallace, que a la sazón andaba a dos velas, aceptó el reto. El 15 de enero escribió a Hampden ofreciéndose a depositar la misma cantidad y a demostrar «visiblemente» y mediante medidas precisas la convexidad de un canal o un lago. Fue una mala idea, aunque para comprender hasta qué punto conviene detenerse un momento en el hombre que la tuvo, porque Alfred Russel Wallace no era un científico cualquiera ni uno de esos caballeros victorianos aficionados a medir cosas los domingos. Era uno de los grandes naturalistas del siglo XIX y, aunque la gigantesca sombra de Charles Darwin haya terminado por ocultarlo para el gran público, merece compartir con él la paternidad de una de las ideas más importantes de la historia de la ciencia: la evolución por selección natural.

Wallace había nacido en 1823 en Gales, en una familia de recursos económicos menguantes. No pudo permitirse una educación universitaria y comenzó a trabajar como agrimensor junto a su hermano William. Aprendió a medir terrenos, manejar niveles, calcular distancias y determinar diferencias de altura. Parece un detalle menor en la biografía de un naturalista, pero treinta años después, cuando se encontró junto a un canal discutiendo con un terraplanista, resultó bastante oportuno.

Su verdadera pasión era la historia natural. En 1848 partió hacia la Amazonia con otro joven naturalista, Henry Walter Bates. Ambos pretendían estudiar la fauna y, de paso, financiar la aventura vendiendo ejemplares a coleccionistas europeos. Wallace permaneció cuatro años en la cuenca amazónica. Cuando emprendió el regreso a Inglaterra llevaba consigo una enorme colección de animales, plantas, dibujos y notas, pero el barco, el Helen, se incendió en mitad del Atlántico. Wallace tuvo tiempo de salvar poco más que unas cuantas pertenencias. Después de contemplar cómo cuatro años de trabajo ardían y se hundían en el océano, pasó diez días en un bote salvavidas antes de ser rescatado. Cualquier persona razonable habría interpretado aquello como una invitación a buscar una profesión con menos barcos, mosquitos y catástrofes. Wallace decidió volver a los trópicos.

En 1854 emprendió una expedición mucho más ambiciosa por el archipiélago malayo, la inmensa región comprendida entre el sudeste asiático y Australia. Permaneció allí ocho años, recorrió unos 22 500 kilómetros y realizó decenas de viajes entre islas. Cuando hizo inventario de sus capturas contó exactamente 125 660 ejemplares: 310 mamíferos, 100 reptiles, 8 050 aves, 7 500 conchas, 13 100 mariposas y polillas, 83 200 escarabajos y otros 13 400 insectos. Varios miles pertenecían a especies desconocidas entonces para la ciencia. Pero la importancia de Wallace no reside en haber llenado muchos cajones de museo.

Mientras viajaba comenzó a advertir algo extraño. Las islas de Bali y Lombok están separadas por un estrecho de apenas unas decenas de kilómetros, pero sus animales son sorprendentemente diferentes. Al oeste predominaban especies relacionadas con la fauna asiática; hacia el este aparecían formas propias del mundo australiano. Macacos, tigres y otros representantes de la fauna asiática desaparecían mientras surgían cacatúas, aves del paraíso y marsupiales. Wallace comprendió que aquella distribución tenía una historia. La frontera que señaló —posteriormente modificada y perfeccionada— sigue figurando en los libros de biogeografía como línea de Wallace. Había descubierto que para comprender por qué una especie vive donde vive no basta con estudiar el clima o la vegetación actuales. Hay que reconstruir también la historia geológica, las antiguas conexiones entre territorios y las barreras que durante millones de años han separado unas faunas de otras.

Pero su gran momento llegó en 1858. Wallace se encontraba en la isla de Ternate sufriendo uno de sus recurrentes ataques de fiebre cuando comenzó a darle vueltas a una vieja cuestión: ¿cómo se originan las especies? Había leído a Thomas Malthus y recordó su argumento sobre la tendencia de las poblaciones a crecer por encima de los recursos disponibles. De pronto comprendió algo. Si nacen más individuos de los que pueden sobrevivir y existen diferencias hereditarias entre ellos, aquellas variantes que proporcionen alguna ventaja tendrán mayor probabilidad de dejar descendencia. Generación tras generación, ese proceso puede transformar las poblaciones. Wallace acababa de llegar, de manera independiente, a la selección natural.

Hizo entonces algo que cambiaría la historia de la biología: escribió un ensayo y se lo envió a Charles Darwin. Darwin llevaba unos veinte años trabajando privadamente sobre una idea extraordinariamente semejante y recibió el manuscrito con comprensible preocupación. El asunto se resolvió con notable desenvoltura gracias a Charles Lyell y Joseph Dalton Hooker. El 1 de julio de 1858 se presentaron ante la Linnean Society de Londres textos de Darwin y Wallace que establecían conjuntamente el principio de selección natural. Wallace no estaba allí: seguía en el otro extremo del mundo.

Al año siguiente Darwin publicó El origen de la especies. Su enorme acumulación de pruebas, la profundidad de su argumentación y el gigantesco impacto del libro hicieron que su nombre acabara identificado con la teoría. No hubo, sin embargo, una historia sencilla de Darwin apropiándose del descubrimiento de un rival ausente. Wallace reconoció siempre la prioridad del prolongado trabajo de Darwin y mantuvo hacia él una admiración extraordinaria. Fueron amigos y aliados intelectuales, aunque discreparan después en asuntos importantes. La historia ha sido menos generosa con Wallace que Darwin. Hoy hablamos de darwinismo, no de wallaceísmo; Darwin está enterrado en la abadía de Westminster y su barba constituye uno de los iconos universales de la ciencia, mientras Wallace ha quedado convertido para muchos en «el otro hombre» que también descubrió la selección natural. Es una simplificación injusta para quien fue además uno de los fundadores de la biogeografía.

Y aquel hombre que había sobrevivido al Amazonas, al incendio de un barco, a enfermedades tropicales y a ocho años recorriendo el archipiélago malayo regresó a Inglaterra y terminó enfrentándose a algo para lo que ninguna de aquellas experiencias lo había preparado: un terraplanista.

El padre intelectual del movimiento se llamaba Samuel Birley Rowbotham y utilizaba el apropiado seudónimo de Parallax. En astronomía, la paralaje (griego parallax), es el cambio aparente de posición de un objeto cuando se observa desde dos puntos diferentes. Un ejemplo doméstico: extiende un dedo frente a ti y míralo primero con un ojo y después con el otro; parecerá desplazarse respecto al fondo. Ese desplazamiento aparente es la paralaje. En astronomía resulta fundamental porque permite medir distancias.

A mediados del siglo XIX Parallax había comenzado a difundir una doctrina que bautizó como astronomía zetética y que desarrollaría en Zetetic Astronomy: Earth Not a Globe. Zetético procede del griego y significa aproximadamente «investigador» o «indagador». La elección era magnífica desde el punto de vista propagandístico. Rowbotham no decía simplemente: «Creo que la Tierra es plana». Su argumento era más seductor: «No acepto lo que me cuentan; lo compruebo por mí mismo».

Según los zetéticos, la astronomía convencional era una filfa que se había alejado de la experiencia inmediata. Uno sale al campo y ve un horizonte plano. Deja un vaso de agua sobre una mesa y su superficie es horizontal. No siente que el suelo se desplace bajo sus pies. Mira al cielo y observa al Sol moverse de este a oeste. ¿Por qué habría de aceptar entonces que vive sobre una esfera que gira vertiginosamente mientras recorre el espacio? El razonamiento tiene el atractivo de todas las explicaciones equivocadas que comienzan con hechos ciertos. Si quiere ver abundantes ejemplos, entre en Forocoches.

Rowbotham afirmaba que la Tierra era un disco con el Polo Norte en el centro. La Antártida constituía una barrera helada situada alrededor de su periferia y el Sol y la Luna eran pequeños cuerpos que circulaban a poca altura sobre nosotros. Para demostrarlo recurrió a un lugar llamado Bedford Level, una región extraordinariamente llana de los Fens ingleses atravesada por largos canales de drenaje. Allí realizó hacia 1838 el experimento que se convertiría en una de las piedras fundacionales del terraplanismo moderno. Observó mediante un telescopio una embarcación que se alejaba por un tramo recto del Old Bedford River y aseguró que continuaba viéndola cuando la curvatura terrestre debería haber ocultado parte de ella.

La interpretación moderna de la teoría de la Tierra plana se le atribuye a Samuel Rowbotham (1816-1884). Rowbotham utilizó su comprensión del experimento del Nivel de Bedford para desarrollar la idea de que la Tierra es un disco plano, centrado en el Polo Norte y bordeado por un alto muro de hielo. El Sol y la Luna orbitan la Tierra a una distancia aproximada de 4 800 kilómetros.

Había un problema, y no era pequeño. Las observaciones realizadas a muy poca altura sobre una superficie de agua son especialmente sensibles a la refracción atmosférica. Las diferencias de temperatura entre las capas de aire curvan los rayos luminosos y pueden alterar considerablemente la posición aparente de los objetos distantes. Rowbotham había elegido un magnífico lugar para contemplar espejismos y uno bastante malo para zanjar la forma del planeta. A sus seguidores aquello les pareció un detalle sin importancia. Entre ellos estaba John Hampden.

La refracción atmosférica puede hacer que sea visible un objeto situado debajo del horizonte.

Cuando Hampden lanzó su desafío en 1870, Wallace pensó que podía resolver la cuestión mediante un experimento cuidadosamente diseñado. Incluso consultó a Charles Lyell, uno de los padres de la geología moderna y viejo amigo de Darwin. Lyell consideró que merecía la pena: una demostración clara quizá consiguiera acabar con aquellas sandeces. Fue un hermoso ejemplo de cómo dos personas extraordinariamente inteligentes pueden compartir simultáneamente una idea bastante ingenua: ambos suponían que Hampden quería saber si estaba equivocado.

Wallace regresó al Old Bedford River, pero no repitió sin más el experimento de Rowbotham. Su antigua formación como agrimensor le permitía diseñar algo mejor. Utilizó un tramo recto de seis millas (9,1 km) y situó las señales a una altura suficiente sobre el agua para reducir los efectos de la refracción. El principio era sencillo. Si se colocaban varios puntos de referencia a la misma altura sobre una superficie perfectamente plana, aparecerían alineados al observarlos con un telescopio nivelado. Si la superficie fuese convexa, el punto intermedio aparecería elevado respecto a la línea visual que unía los extremos. El experimento definitivo utilizó el parapeto de un puente, un disco de referencia y una señal intermedia, cuidadosamente dispuestos para comparar sus alturas aparentes.

Diagrama de la prueba desarrollada por Wallace para demostrar la curvatura de la Tierra.

La Tierra tuvo la mala uva de ser redonda. La señal intermedia apareció en la posición correspondiente a una superficie convexa y John Henry Walsh, editor de The Field y árbitro principal de la apuesta, declaró vencedor a Wallace. Hampden tenía entonces dos posibilidades. Podía aceptar que el experimento acordado había contradicho sus ideas, estrechar la mano de Wallace y reconsiderar la forma de la Tierra, o podía decidir que Wallace había hecho trampas. Eligió lo segundo, y a partir de ese momento la historia abandona la astronomía para internarse en un territorio bastante más interesante: la psicología humana.

Hampden sostuvo que Wallace era un impostor y que el experimento demostraba precisamente lo contrario de lo que afirmaba. Su propio representante, William Carpenter, otro redomado terraplanista, interpretó las observaciones a favor de una Tierra plana. Wallace protestó, se publicaron cartas y folletos y las acusaciones fueron subiendo de tono. Hampden inició una campaña de hostigamiento que se prolongaría durante años, en la que Wallace fue presentado como tramposo, estafador y embaucador. Las cartas amenazantes alcanzaron incluso a su familia y aquello que había comenzado como una demostración geométrica terminó trasladándose a los tribunales.

La historia de las quinientas libras es, además, bastante más complicada de lo que suele contarse. Los dos contendientes habían depositado esa cantidad, de manera que el ganador debía recibir mil. Después del fallo favorable, Wallace recibió el dinero, pero Hampden recurrió a la justicia y consiguió recuperar su depósito porque la apuesta no resultaba jurídicamente exigible. Wallace tuvo que devolver las quinientas libras del terraplanista. Aquello habría sido suficientemente irritante si todo hubiera terminado allí, pero las campañas difamatorias de Hampden originaron nuevos procedimientos judiciales, denuncias, condenas y gastos. Wallace obtuvo resoluciones favorables, aunque eso no significó recuperar todo lo que los pleitos le costaron. El enfrentamiento que había comenzado con la perspectiva de ganar quinientas libras terminó consumiendo dinero, tiempo y años de disgustos.

Hay algo profundamente cómico en la situación, siempre que uno no sea Wallace. Un hombre había viajado por algunas de las regiones más peligrosas del planeta, sufrido fiebres tropicales, contemplado cómo cuatro años de colecciones amazónicas desaparecían entre las llamas, pasado diez días a la deriva en el Atlántico, recorrido miles de kilómetros por selvas e islas y reunido 125 660 ejemplares zoológicos. Había descubierto uno de los grandes principios organizadores de la biogeografía y, de manera independiente, el mecanismo de la selección natural. Y estuvo a punto de encontrar su némesis en un señor que pensaba que la Tierra era un plato.

Wallace terminó comprendiendo su error. Muchos años después recordó el asunto en su autobiografía y lo calificó como «el episodio más lamentable de mi vida». Había descubierto demasiado tarde algo que el matemático Augustus De Morgan había advertido al hablar de los paradoxers, esos personajes empeñados en demostrar la cuadratura del círculo, refutar a Newton o defender sistemas que ninguna evidencia parecía capaz de modificar. El problema no era que Hampden careciese de pruebas suficientes; era que no existía una prueba que estuviera dispuesto a aceptar si producía el resultado equivocado.

Ahí reside la extraordinaria modernidad de esta historia. Ciento cincuenta años después, los descendientes intelectuales de la astronomía zetética disponen de herramientas con las que Rowbotham no habría podido soñar. Pueden consultar imágenes obtenidas desde satélites, seguir vuelos intercontinentales, comunicarse al instante con personas situadas en las antípodas, observar eclipses retransmitidos desde varios continentes y utilizar sistemas de navegación cuyo funcionamiento depende de una descripción extraordinariamente precisa de la Tierra. Y, pese a todo, algunos continúan repitiendo la consigna zetética por excelencia: «Haz tu propia investigación».

La frase parece impecablemente científica. No confíes ciegamente en la autoridad; observa, comprueba, experimenta. El problema aparece cuando «hacer tu propia investigación» significa aceptar solo las observaciones compatibles con aquello que ya se creía. La ciencia funciona de otra manera. Un científico no se distingue porque observe personalmente todos los fenómenos sobre los que habla. Ningún astrónomo necesita viajar al Sol para aceptar que contiene hidrógeno, ningún geólogo ha visitado el manto terrestre y ningún biólogo ha contemplado directamente al antepasado común de seres humanos y chimpancés.

La ciencia es una empresa colectiva basada en observaciones reproducibles, instrumentos calibrados, hipótesis contrastables y resultados que otros investigadores pueden discutir y comprobar. Su característica esencial no es que siempre tenga razón, sino que dispone de procedimientos para descubrir cuándo está equivocada.

Ese era precisamente el elemento ausente en la astronomía zetética de Rowbotham y Hampden. Si una observación parecía demostrar que la Tierra era plana, constituía una prueba; si demostraba que era curva, había algún problema con la observación. El sistema estaba magníficamente protegido contra la realidad. No resulta difícil reconocer el mismo mecanismo en muchas controversias actuales.

Cuando una creencia forma parte de una teoría conspirativa suficientemente cerrada, cualquier prueba contraria puede incorporarse a la conspiración. Las fotografías están manipuladas, los científicos mienten, las universidades están compradas, los gobiernos ocultan la verdad y los medios colaboran en el engaño. El hecho de que todas esas instituciones coincidan constituye entonces, precisamente, una demostración de hasta dónde llega la conspiración. Es una fortaleza intelectual perfecta porque carece de puertas.

Wallace pensó que Hampden y él estaban discutiendo sobre geometría, pero no era así. Wallace había aceptado una regla elemental: si el experimento demostraba que la superficie era plana, perdería quinientas libras y tendría que reconocerlo. Hampden no había aceptado la regla equivalente. Por eso Wallace podía perder la apuesta y Hampden no. Darwin y Wallace habían llegado independientemente a la selección natural porque ambos intentaban explicar hechos que podían obligarlos a abandonar sus ideas anteriores. Esa disposición a equivocarse constituye una de las diferencias fundamentales entre investigar y limitarse a buscar confirmaciones.

Wallace necesitó atravesar medio mundo para descubrir cómo actúa la selección natural. Para aprender aquella otra lección le bastaron seis millas de un canal inglés, aunque le salió bastante más cara. De modo que, si alguna vez un terraplanista les propone apostar quinientas libras a que pueden demostrarle que nuestro planeta es aproximadamente esférico, recuerden a Alfred Russel Wallace. Pueden enseñarle fotografías, explicarle los eclipses, hablarle de Eratóstenes, de circunnavegaciones, de geodesia, de satélites y de péndulos. Incluso pueden llevarlo al Old Bedford River con un telescopio, varios postes y un excelente agrimensor.

Pero no apuesten. Wallace ya hizo el experimento por nosotros.

jueves, 10 de septiembre de 2026

EL IMPERIO DE LOS CONTENEDORES

 

Hace unos meses escribí un artículo en el que señalaba que, durante el primer cuarto del siglo XXI, China y Estados Unidos, las dos grandes potencias mundiales, habían dedicado una parte considerable de sus recursos a formas muy distintas de proyectar su poder. Estados Unidos perfeccionó una formidable maquinaria para intervenir en casi cualquier lugar del planeta. China se dedicó, entre otras cosas, a conseguir que buena parte de las mercancías que recorren ese planeta pasaran por sus fábricas, sus barcos o sus puertos.

Un recorte de prensa que ha llegado a mis manos ofrece una cifra formidable: «China controla 57 de los 100 puertos que mueven el mundo». Conviene empezar aguando un poco ese vino. China no «controla» necesariamente 57 de los cien mayores puertos del planeta. Bajo esa palabra se mezclan situaciones muy diferentes: puertos situados en territorio chino, propiedad de terminales, participaciones accionariales, concesiones y contratos de explotación. Tener el 20 % de una terminal en un puerto extranjero no equivale a controlar el puerto.

Pero hecha la precisión, el panorama resulta todavía más interesante. El Council on Foreign Relations (CFR) mantiene una base de datos actualizada a julio de 2026 que contabiliza 145 proyectos portuarios en el extranjero en los que entidades chinas han adquirido algún tipo de participación accionarial u operativa. De ellos, 132 permanecen activos. La red alcanza todos los continentes excepto, por ahora, la Antártida.

No estamos hablando, por tanto, de una colección de inversiones dispersas. Estamos ante una red. Y las redes son una de las formas más eficaces de poder. Un puerto tiene la desventaja literaria de que resulta bastante menos emocionante que un portaaviones, pero si hubiera que elegir qué artefacto ha transformado más profundamente la economía mundial durante el último medio siglo, probablemente el humilde contenedor tendría bastantes posibilidades de derrotar al portaaviones.

Dentro de esas cajas metálicas viaja una parte sustancial de todo lo que compramos. Teléfonos, juguetes, medicamentos, componentes electrónicos, ropa, muebles, maquinaria, piezas de automóvil. El contenedor convirtió el planeta en una inmensa cadena de montaje. Una pieza puede fabricarse en Vietnam, incorporarse a un aparato en China, embarcarse en Shanghái, pasar por Singapur, atravesar Suez y terminar en un almacén de Guadalajara sin que nadie haya vuelto a tocarla desde que cerraron sus puertas.

China se ha colocado en el centro de esa circulación. Los datos de Lloyd's List en 2025 son impresionantes. Los cien mayores puertos de contenedores movieron conjuntamente 792,2 millones de TEU —la unidad equivalente a un contenedor estándar de seis metros de longitud— y los puertos chinos gestionaron por sí solos más del 40% de ese tráfico. Asia en conjunto concentró casi el 68%. Shanghái continúa siendo el mayor puerto de contenedores del mundo.

Esto ayuda a entender por qué la expresión «China controla 57 puertos» puede ser discutible y, al mismo tiempo, quedarse corta para describir el fenómeno. Lo importante no es contar banderitas chinas sobre un mapa. Lo importante es observar el sistema marítimo que China ha construido alrededor de su condición de fábrica del mundo. Porque un puerto no vive aislado. Necesita barcos, astilleros, ferrocarriles, carreteras, almacenes, empresas logísticas y sistemas informáticos. Y ahí la fotografía se vuelve todavía más llamativa.

En 1975, Estados Unidos ocupaba el primer puesto mundial en construcción naval comercial y botaba más de setenta buques al año. Medio siglo después ocupa el puesto décimo noveno y construye menos de cinco. China construye más de 1 700. Son datos de la propia Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos, no de la propaganda de Pekín.

Otro informe estadounidense calculó que los astilleros chinos entregaron en 2024 alrededor del 53% del tonelaje naval comercial construido en todo el mundo. Y no fabrican solamente para navieras chinas: entre 2019 y 2024, más del 70% del tonelaje producido por sus astilleros fue entregado a propietarios extranjeros. En 2024 captaron además más del 80% de los nuevos pedidos mundiales de portacontenedores.

Ahí empieza a apreciarse la diferencia entre poseer cosas y poseer un sistema. Estados Unidos conserva once grupos de portaaviones capaces de proyectar una potencia militar que China todavía está muy lejos de igualar a escala mundial. Dispone de centenares de instalaciones militares fuera de sus fronteras, alianzas que atraviesan el planeta y una capacidad logística militar sin equivalente. Puede colocar una fuerza de combate al otro lado del mundo con una rapidez extraordinaria.

China ha construido otra cosa. Ha construido barcos que transportan mercancías, puertos donde descargarlos, terminales donde almacenarlas y empresas capaces de distribuirlas. Alrededor de esos puertos aparecen además polígonos industriales, almacenes y centros logísticos. El propio CFR ha identificado 194 proyectos chinos de parques industriales en el extranjero, muchos de ellos vinculados precisamente a puertos, aeropuertos y ferrocarriles.

La estrategia recuerda menos a la conquista territorial del siglo XIX que a montar una gigantesca ferretería junto a todas las carreteras importantes y esperar pacientemente a que alguien necesite tornillos. No es altruismo, naturalmente. China busca mercados para su enorme capacidad industrial, seguridad para sus rutas comerciales, acceso a materias primas e influencia política. Algunos puertos pueden tener además un eventual valor militar. El CFR advierte precisamente de ese posible uso dual, aunque distingue con cuidado entre una participación comercial y una instalación susceptible de prestar apoyo efectivo a la marina china.

Esa distinción es importante porque existe cierta tendencia occidental a contemplar cualquier inversión china como si detrás de cada grúa hubiera escondido un destructor de la Armada Popular. No hace falta llegar tan lejos. Un puerto puede proporcionar influencia sin necesidad de convertirse en base naval. Una concesión de treinta o cuarenta años crea relaciones con gobiernos, autoridades portuarias, bancos, empresas locales y cadenas de suministro. Genera empleo, dependencia e intereses compartidos. Es una forma de poder bastante menos espectacular que enviar marines, pero quizá por eso mismo resulta más fácil de conservar.

El caso del Pireo se convirtió en el ejemplo clásico. China no conquistó Grecia, naturalmente. El gigante de los hipermercados COSCO fue entrando en sus terminales mediante concesiones e inversiones hasta convertir aquel puerto mediterráneo en una pieza importante de sus conexiones comerciales con Europa. No hubo desembarco, ultimátum ni tratado desigual. Hubo contratos, grúas y contenedores. Es difícil imaginar algo menos imperial. Y, sin embargo, resulta difícil imaginar algo más útil para influir.

La comparación con Estados Unidos debe manejarse sin caricaturas. Washington no ha gastado todo su dinero en bombas ni Pekín todo el suyo en ferrocarriles. China está realizando un formidable esfuerzo militar y posee ya la mayor marina del mundo si contamos el número de buques. Estados Unidos sigue siendo una gigantesca potencia económica, tecnológica y comercial. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Pero las prioridades históricas dejan huellas. Mientras Washington pasó buena parte de las primeras décadas del siglo XXI discutiendo cómo salir de Afganistán después de haber discutido durante años cómo ganar en Afganistán, China ampliaba Shanghái, Ningbo-Zhoushan, Shenzhen, Qingdao y Tianjin, construía barcos y extendía sus empresas portuarias por Asia, África, Europa y América Latina. Mientras Estados Unidos acumulaba experiencia en contrainsurgencia, China acumulaba experiencia en logística.

Y entonces llegó un momento en que Washington miró hacia el mar y descubrió algo bastante sorprendente: ya casi no construía barcos mercantes. Esa es quizá la parte más interesante de la historia. Las grandes potencias no pierden posiciones solamente porque otras se las arrebaten. A veces las abandonan. Estados Unidos decidió durante décadas que construir buques comerciales, fabricar grúas portuarias o explotar terminales eran negocios de los que podía ocuparse otro. El mercado encontraría al productor más eficiente.

Lo encontró. Estaba en China. Por eso la pugna actual entre Washington y Pekín no se entiende del todo contando portaaviones, submarinos y misiles. Hay que contar también astilleros, terminales, grúas y contenedores. El poder mundial circula por lugares sorprendentemente prosaicos.

En aquel artículo anterior concluía que China «no invade, pero presiona; no coloniza, pero condiciona; no gobierna, pero influye». Los puertos permiten ver físicamente cómo funciona esa estrategia. No hace falta poseer un país para influir en él. Ni siquiera hace falta poseer su puerto. Puede bastar con operar una terminal, financiar una ampliación, construir los barcos que atracan en ella y ser el principal socio comercial de quienes esperan los contenedores al otro lado de la verja.

Estados Unidos construyó durante ochenta años una extraordinaria arquitectura para defender el orden mundial que nació después de 1945. China ha dedicado las últimas décadas a conseguir que una parte creciente de las mercancías de ese orden mundial pase por sus manos.

Quizá por eso el símbolo más apropiado de la rivalidad del siglo XXI no sea un portaaviones estadounidense enfrentado a un destructor chino en el Pacífico. Podría ser algo mucho menos fotogénico: una caja de acero de doce metros, apilada entre otras diez mil, esperando tranquilamente a que una grúa la coloque sobre un barco construido en China rumbo a una terminal en la que una empresa china tiene participación.

Los imperios antiguos levantaban fortalezas. El británico construyó bases navales. El estadounidense llenó el mundo de bases aéreas. China está llenándolo de terminales. Y los contenedores no llevan bandera.

lunes, 7 de septiembre de 2026

DE ABRAHAM A CEUTA: EL NUEVO TABLERO DEL ESTRECHO

 

En el artículo anterior hablábamos de catorce kilómetros y unos cuantos siglos de problemas. El Estrecho de Gibraltar no ha cambiado de tamaño, pero sí quienes juegan en sus orillas y el valor de las fichas. Durante mucho tiempo, el tablero parecía relativamente sencillo: España y el Reino Unido controlaban la orilla europea; Marruecos ocupaba la africana; Estados Unidos vigilaba el conjunto desde su alianza con España y la base de Rota. Ahora hay que añadir un jugador que hasta hace pocos años apenas aparecía en los mapas estratégicos del Estrecho: Israel.

Todo comenzó formalmente en 2020 con los Acuerdos de Abraham, promovidos durante el primer mandato de Donald Trump. Emiratos Árabes Unidos y Baréin normalizaron sus relaciones con Israel; posteriormente lo hicieron Sudán y Marruecos. Los acuerdos abrieron embajadas, rutas aéreas, intercambios comerciales y nuevas formas de cooperación regional.

El caso de Marruecos tenía una particularidad. Rabat no se limitó a reconocer a Israel. El 10 de diciembre de 2020, Trump anunció simultáneamente que Estados Unidos reconocía la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Dos decisiones formalmente independientes quedaron políticamente unidas: Marruecos daba un paso histórico hacia Israel y Washington otro igualmente histórico hacia Marruecos.

El Sáhara constituye desde hace medio siglo la gran obsesión de la política exterior marroquí. Para Rabat no es una disputa fronteriza más, sino un asunto de Estado. Conseguir que la primera potencia mundial reconociera su soberanía sobre el territorio significaba romper un dique diplomático que llevaba décadas resistiendo.

El acercamiento entre Marruecos e Israel tampoco quedó reducido a embajadas y vuelos comerciales. En noviembre de 2021 ambos países firmaron un memorando de defensa que institucionalizó la cooperación en inteligencia, formación militar y seguridad. Israel comenzó además a participar en ejercicios militares celebrados en Marruecos, incluida la gran maniobra African Lion, dirigida por Estados Unidos.

El triángulo empezaba a dibujarse: Estados Unidos, Israel y Marruecos. Desde la perspectiva estadounidense tiene lógica. Marruecos es un aliado antiguo y estable, situado frente a Europa, con fachada mediterránea y atlántica, próximo al Estrecho y enfrentado diplomáticamente con Argelia, tradicionalmente cercana a Rusia. Para Israel, disponer de un socio árabe en el extremo occidental del Mediterráneo amplía su profundidad estratégica. Y para Marruecos la operación resulta extraordinariamente rentable: dos potencias fundamentales respaldan su creciente papel regional.

No hace falta recurrir a ninguna teoría conspirativa. Los Estados hacen política exterior buscando ventajas. El resultado es que Marruecos pesa hoy bastante más que hace veinte años. Tánger Med se ha convertido en uno de los grandes complejos portuarios del Mediterráneo y África, mientras Rabat ha invertido en infraestructuras, industria, energía y defensa y desarrollado una política africana muy activa. El respaldo estadounidense de 2020 aceleró ese proceso.

Y ahí volvemos al Estrecho. En el artículo anterior señalábamos que controlar Gibraltar en el siglo XXI no consiste en colocar un cañón sobre una roca. El poder se ejerce mediante puertos, bases, radares, inteligencia, comercio, acuerdos militares y control de fronteras. Marruecos dispone además de un instrumento especialmente eficaz frente a Europa: la capacidad de regular la presión migratoria.

Ya lo vimos en mayo de 2021, cuando miles de personas cruzaron hacia Ceuta durante la crisis provocada por la hospitalización en España de Brahim Ghali, dirigente del Frente Polisario. Bastó una relajación del control marroquí para provocar una crisis política en España y la Unión Europea. Lo ocurrido los días 30 y 31 de julio de 2026 pertenece a otra escala.

Más de 70 000 personas atravesaron la frontera de Ceuta. La Audiencia Nacional investiga ahora los hechos ante la posibilidad de que constituyeran una acción coordinada con finalidad desestabilizadora. Los informes policiales describen una extraordinaria pasividad de las fuerzas marroquíes e incluyen testimonios según los cuales algunos agentes habrían facilitado el movimiento hacia la frontera.

Eso no demuestra que el Gobierno marroquí organizara la operación. Pedro Sánchez ha insistido en que el Gobierno no dispone de pruebas suficientes para afirmarlo. Marruecos lo niega y atribuye lo sucedido a las redes sociales, las mafias y una interpretación errónea de las posibilidades de entrar en territorio español. Conviene mantener esa cautela para no convertir una hipótesis en un hecho.

Pero después ocurrió algo difícil de ignorar. La crisis migratoria empezó a transformarse en territorial. Responsables marroquíes volvieron a plantear públicamente la soberanía sobre Ceuta y Melilla. El ministro de Justicia, Abdellatif Ouahbi, llegó a calificarlas como un «derecho histórico y geográfico» de Marruecos y propuso abrir un diálogo con España sobre su futuro. El Gobierno español rechazó cualquier negociación sobre su soberanía.

Es entonces cuando los Acuerdos de Abraham adquieren interés para interpretar lo ocurrido. Sería aventurado afirmar que Estados Unidos o Israel están detrás de la crisis de Ceuta. No existe ninguna prueba pública que permita sostenerlo. La pregunta interesante es otra: ¿han cambiado los Acuerdos de Abraham el cálculo estratégico de Marruecos frente a España?

Hay buenas razones para pensar que sí. Antes de 2020, Estados Unidos mantenía una posición neutral sobre la soberanía del Sáhara. Después desapareció esa barrera. Washington pasó a respaldar la reivindicación territorial más importante de Rabat y Marruecos profundizó simultáneamente su cooperación militar con Israel.

El mensaje que pudo extraer la monarquía marroquí resulta sencillo: su alineamiento estratégico tiene recompensa. Eso no significa que Washington vaya a apoyar una reivindicación sobre Ceuta y Melilla. Son asuntos jurídicamente diferentes. España considera ambas ciudades parte integral de su territorio y de la Unión Europea y sostiene que su soberanía no está abierta a negociación.

Pero en política internacional no solamente importa quién tiene razón. Importa también cuánto cuesta enfrentarse a cada uno. Y el precio de enfrentarse a Marruecos ha aumentado. Para Estados Unidos es un aliado estratégico en el norte de África. Para Israel, un socio militar y de inteligencia. Para la Unión Europea resulta imprescindible en el control migratorio. Para España es vecino, competidor, socio comercial y colaborador necesario en inmigración, terrorismo y narcotráfico. Esa acumulación de funciones proporciona a Rabat una capacidad negociadora que no poseía hace unas décadas.

La crisis permite además contemplar lo ocurrido a través de un concepto estudiado por la politóloga estadounidense Kelly M. Greenhill: la migración coercitiva. En su libro Weapons of Mass Migration (2010), Greenhill analizó numerosos episodios en los que gobiernos y otros actores políticos utilizaron —o amenazaron con utilizar— movimientos de población para presionar a otros Estados. Las personas que emigran no tienen por qué formar parte consciente de ninguna operación: el instrumento de presión consiste precisamente en facilitar, provocar o amenazar con facilitar su desplazamiento hacia otro país.

Ceuta ofrece condiciones especialmente favorables para una estrategia de ese tipo. Es pequeña, está rodeada por Marruecos y separada de la Península por el mar. Además, existe una enorme asimetría: Marruecos puede intensificar o relajar el control de quienes se dirigen hacia la frontera, mientras que España debe afrontar las consecuencias una vez cruzada. Una entrada de decenas de miles de personas puede desbordar en horas una ciudad de poco más de 80.000 habitantes. No hace falta mover un tanque para ejercer una formidable presión sobre el vecino. Por eso deberíamos evitar dos errores opuestos.

El primero consiste en afirmar, sin pruebas, que existe un plan conjunto de Marruecos, Israel y Estados Unidos para apoderarse de Ceuta. Eso pertenece al terreno de la especulación. El segundo sería analizar lo sucedido como si los Acuerdos de Abraham nunca hubieran existido.

Estados Unidos reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara. Marruecos reconoció a Israel. Israel y Marruecos establecieron una cooperación militar sin precedentes. Rabat ha ganado peso estratégico y diplomático. Y, después de la mayor crisis fronteriza sufrida por Ceuta, han reaparecido públicamente las reivindicaciones marroquíes sobre la ciudad. Ninguno de esos hechos demuestra una conspiración.

Pero todos pertenecen al mismo tablero. El Estrecho sigue teniendo catorce kilómetros en su punto más estrecho. Lo que ha cambiado desde 2020 es quién se sienta alrededor de la mesa y cuánto vale cada una de sus fichas. Quizá la pregunta que España debería hacerse después de lo ocurrido en Ceuta no sea solamente quién abrió la frontera durante aquellas horas, sino otra bastante más preocupante: qué pretende conseguir Marruecos con el poder que ha acumulado y hasta dónde está dispuesto a utilizarlo.

GIBRALTAR: CATORCE KILÓMETROS QUE GOBIERNAN EL MEDITERRÁNEO

 

Hay lugares cuya importancia política resulta difícil de comprender mirando un mapa. El Estrecho de Gibraltar es uno de ellos. Sobre el papel parece poca cosa: una franja de agua de unos sesenta kilómetros de longitud que, en su punto más estrecho, apenas separa catorce kilómetros las costas europea y africana. En un día despejado, desde Tarifa se ven perfectamente las montañas de Marruecos. Parece casi posible cruzar de un continente a otro de un salto.

Pero esos catorce kilómetros constituyen una de las piezas más valiosas del tablero geopolítico mundial. La razón es sencilla. El Mediterráneo es prácticamente un mar cerrado y Gibraltar constituye su gran puerta occidental. Todo buque que quiera viajar desde sus puertos hacia América, África occidental o el norte de Europa debe atravesar el Estrecho. Y, a la inversa, buena parte del tráfico procedente del Atlántico que se dirige hacia Italia, Grecia, Turquía, el mar Negro, Oriente Próximo o el canal de Suez debe pasar por allí.

La Estrategia Nacional de Seguridad Marítima española calcula que por el Estrecho transitan más de 100.000 buques al año y advierte expresamente de que cualquier incidente grave en este corredor podría tener consecuencias para la economía mundial.

Los estrategas llaman chokepoints —literalmente, puntos de estrangulamiento— a estos lugares donde las grandes rutas marítimas se ven obligadas a atravesar pasos estrechos. Gibraltar pertenece a la misma familia geopolítica que Suez, Bab el-Mandeb, Ormuz o Malaca. La geografía concentra allí el tráfico y, al concentrarlo, concentra también el poder.vGibraltar tampoco funciona aisladamente. Forma parte de una gigantesca carretera marítima que comienza en el Atlántico, atraviesa el Estrecho, recorre el Mediterráneo y sale por Suez hacia el mar Rojo y el océano Índico. Una alteración importante en cualquiera de sus extremos repercute sobre el conjunto.

De ahí que Gibraltar haya sido disputado durante siglos. No es casualidad que el Reino Unido conserve allí una de sus posiciones militares más antiguas. Tampoco que España disponga en las proximidades de importantes instalaciones militares ni que Estados Unidos mantenga una presencia fundamental en Rota, a poco más de cien kilómetros del Estrecho.

Controlar el Estrecho no significa necesariamente poseer sus dos orillas. En el siglo XXI consiste sobre todo en vigilar quién pasa, garantizar que los barcos propios puedan hacerlo e impedir que un adversario interrumpa el tránsito. La OTAN conoce perfectamente el problema. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 puso en marcha la operación Active Endeavour y llegó a escoltar buques mercantes a través del Estrecho ante el riesgo de atentados. La Alianza consideraba vulnerable este paso por su estrechez y la densidad del tráfico.

Pero los barcos de guerra son solamente una parte del asunto. A ambos lados del Estrecho se desarrolla también una formidable competición económica. En la orilla europea se encuentra el puerto de Algeciras, uno de los grandes centros logísticos del Mediterráneo. En la africana ha crecido espectacularmente Tánger Med, convertido por Marruecos en una enorme plataforma industrial y portuaria conectada con las rutas internacionales. Ambos puertos compiten por contenedores, transbordos, mercancías y servicios marítimos, pero también constituyen los extremos de un puente comercial entre Europa y África.

Y debajo de los barcos ocurre algo que normalmente olvidamos. Por el fondo del Estrecho y sus inmediaciones pasan cables submarinos de telecomunicaciones que conectan Europa con África y otras redes internacionales. Gibraltar, por tanto, no es únicamente una autopista de mercancías, hidrocarburos y buques militares: también forma parte de la infraestructura física de la economía digital.

Pero existe otra carretera que atraviesa Gibraltar en dirección perpendicular. Mientras los grandes barcos circulan de este a oeste, personas y mercancías circulan de norte a sur. Europa y África alcanzan aquí su máxima proximidad. El Estrecho es simultáneamente frontera y puente.

Esa circunstancia explica otro componente de su importancia geopolítica: las migraciones. España constituye en este punto la frontera meridional de la Unión Europea. Marruecos, situado inmediatamente enfrente, posee por ello algo extraordinariamente valioso en las relaciones internacionales: capacidad para influir sobre la presión migratoria que alcanza territorio europeo. Cuando las fuerzas de seguridad marroquíes intensifican la vigilancia, el paso se dificulta; cuando la relajan, aumenta.

La migración puede convertirse así en instrumento de política exterior. No porque las personas que emigran formen parte necesariamente de ninguna operación organizada, sino porque un Estado situado en la ruta puede utilizar su capacidad de controlar las fronteras como elemento negociador frente al Estado receptor. En medio de ese delicado equilibrio aparecen dos pequeñas piezas españolas en territorio africano: Ceuta y Melilla.

Ceuta tiene una importancia particular porque se encuentra precisamente en la entrada mediterránea del Estrecho, frente a Gibraltar. Su superficie es diminuta y su población modesta, pero su posición geográfica resulta excepcional. Forma parte del dispositivo territorial que convierte a España simultáneamente en país europeo, mediterráneo, atlántico y norteafricano.

Aquí surge una paradoja histórica fascinante. Al norte del Estrecho está España, pero en su extremo oriental permanece Gibraltar bajo soberanía británica. Al sur se encuentra Marruecos, pero en la costa africana está Ceuta bajo soberanía española. En apenas unos kilómetros se cruzan así territorios pertenecientes a tres Estados, dos continentes, la Unión Europea y la OTAN.

Por eso cualquier alteración de las relaciones entre España y Marruecos adquiere inmediatamente una dimensión superior a la de una disputa bilateral. Marruecos lleva décadas desarrollando una política exterior cuyo gran objetivo territorial es consolidar su soberanía sobre el Sáhara Occidental. España, antigua potencia administradora, mantiene inevitablemente una relación especialmente delicada con ese conflicto. A ello se añaden Ceuta y Melilla, cuya soberanía española Marruecos ha cuestionado históricamente.

Durante mucho tiempo existió, sin embargo, una limitación fundamental. Marruecos era importante para Occidente, pero España pertenecía a la OTAN y a la Unión Europea, albergaba la base de Rota y ocupaba una posición privilegiada para garantizar el acceso occidental al Mediterráneo. Ese equilibrio está cambiando.

Marruecos ha realizado durante las últimas décadas una considerable inversión en infraestructuras, defensa y relaciones internacionales. Tánger Med es probablemente el símbolo más visible. Frente a la bahía de Algeciras ha aparecido una infraestructura portuaria que demuestra que la orilla africana ya no desempeña un papel secundario. Marruecos pretende convertirse en la gran plataforma que conecte Europa, África y el Atlántico.

El resultado es que las dos orillas del Estrecho tienen hoy un enorme valor para las potencias occidentales. Y esto conduce a una regla elemental de la geopolítica: cuando aumenta el valor estratégico de un país, aumenta también su capacidad de negociación.

Estados Unidos necesita estabilidad en el Estrecho. La OTAN necesita mantener abiertas las comunicaciones entre el Atlántico y el Mediterráneo. Europa necesita controlar su frontera meridional. España necesita cooperación marroquí en inmigración, terrorismo, narcotráfico y comercio. Marruecos necesita acceso al mercado europeo, inversiones y respaldo internacional.

Todos necesitan a todos, pero no necesariamente en la misma medida. Durante siglos, quien dominaba Gibraltar podía condicionar la entrada al Mediterráneo. Hoy el concepto de dominio es más complejo. Ya no depende solamente de una fortaleza situada sobre una roca. Depende de bases militares, puertos, radares, submarinos, satélites, cables, servicios de inteligencia, acuerdos diplomáticos, cooperación policial y capacidad para controlar los movimientos humanos a través de las fronteras.

Por eso conviene mirar de nuevo el mapa. En la orilla norte aparecen España, Gibraltar y Rota. En la orilla sur, Marruecos, Tánger Med y Ceuta. Hacia el este comienza el Mediterráneo; hacia el oeste, el Atlántico. A través de esos catorce kilómetros circulan barcos, mercancías, energía, información, personas y fuerzas militares. Y sobre ese tablero apareció en 2020 una pieza nueva.

Marruecos normalizó sus relaciones con Israel dentro de los llamados Acuerdos de Abraham, promovidos por Estados Unidos. A cambio, Washington hizo algo que hasta entonces ningún Gobierno estadounidense había hecho: reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Aquello no modificó la anchura del Estrecho ni desplazó un centímetro sus costas. Pero sí modificó algo mucho más importante: el equilibrio político entre quienes ocupan sus orillas.

Y para entender lo que está ocurriendo ahora en Ceuta quizá convenga empezar precisamente por ahí.

domingo, 6 de septiembre de 2026

LA UTILIDAD DE UN ESTAMBRE QUE NO SIRVE PARA HACER POLEN

 

Mentzelia integra en Mid Loop, St. George, desierto de Utah. Foto

A primera vista, un estambre estéril parece una de esas extravagancias de la naturaleza que invitan a sospechar un despilfarro. El estambre es, al fin y al cabo, la parte masculina de la flor: un filamento coronado por una antera que fabrica y libera polen. Si deja de producirlo, ¿qué sentido tiene conservarlo? La respuesta, como suele ocurrir en las flores, está en los ojos de una abeja.

Una investigación reciente sobre Mentzelia integra, una llamativa especie de la familia de las loasáceas que crece en los terrenos áridos del suroeste de Estados Unidos, ha mostrado que algunos de sus estambres han abandonado su oficio reproductor para convertirse en reclamos publicitarios. No producen polen fértil, pero ayudan a que la flor resulte más visible y atractiva para sus visitantes. Y gracias a ello terminan produciéndose más semillas.

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La planta es conocida en inglés como blazingstar, algo así como estrella resplandeciente, por sus flores amarillas, abiertas y vistosas. Pero su espectáculo tiene una duración limitada. Las flores se abren al anochecer y viven poco; en los paisajes secos, ventosos y poco generosos donde habita la especie, disponen de una ventana brevísima para atraer insectos, recibir polen y enviarlo a otra flor. En esas circunstancias, no basta con ser una flor. Hay que hacerse notar.

Aquí entran en escena los estaminodios. La palabra es bastante fea, pero describe con precisión una estructura fascinante: un estaminodio es un estambre que ha perdido la capacidad de producir polen viable. Muchos conservan cierto aire de familia con los estambres fértiles; otros, como los de Mentzelia integra, se han aplanado y coloreado hasta parecer pétalos. Por eso se llaman estaminodios petaloideos: no son pétalos propiamente dichos, aunque lo parezcan, ni estambres funcionales, aunque procedan de ellos.

Las flores de muchas familias vegetales poseen estaminodios. En ocasiones segregan néctar; en otras proporcionan apoyo físico al insecto, lo orientan hacia las partes reproductoras o contribuyen a formar una especie de plataforma de aterrizaje. También pueden engañar visualmente al polinizador, haciendo creer que encontrará más polen o néctar del que realmente hay. Lo que no estaba tan claro era si esos falsos pétalos podían traducirse en una ventaja reproductiva cuantificable: más visitas, sí, pero ¿más semillas?

Para averiguarlo, el equipo dirigido por Tial C. Ling realizó un experimento bastante sencillo en apariencia y muy elegante en su planteamiento. Eligieron pares de flores de una misma planta y trataron una como testigo, sin alterarla. A la otra le retiraron cuidadosamente los estaminodios con pinzas. Así podían comparar dos flores sometidas al mismo clima, el mismo suelo y la misma vecindad vegetal: la diferencia esencial era que una conservaba sus falsos pétalos y la otra no.

El resultado fue inequívoco. Las flores mutiladas recibieron muchas menos visitas. Tres grupos de abejas —Anthophora, Megachile y Perdita— mostraron la misma preferencia por las flores intactas. Las dos primeras realizaron en las flores sin estaminodios aproximadamente un tercio de las visitas registradas en las flores completas. Las pequeñas abejas del género Perdita redujeron sus visitas a la mitad.

En el mundo de la polinización, donde las oportunidades se miden a veces en minutos y en aterrizajes, esa diferencia no es un detalle estético. Las flores intactas produjeron muchas más semillas: se desarrollaron cerca de cuatro quintas partes de sus óvulos, frente a poco más de la mitad en las flores a las que se habían retirado los estaminodios. La especie, además, no podía compensar el déficit mediante la autopolinización. Las flores embolsadas para impedir la entrada de insectos no dieron semillas. Sin abejas no hay descendencia; y sin los falsos pétalos, las abejas acuden con mucha menor frecuencia.

La cuestión siguiente era saber si los estaminodios ayudaban a las abejas una vez posadas sobre la flor o si actuaban antes, en el momento decisivo de la aproximación. Los investigadores pudieron medir con precisión la duración de las visitas de Perdita, el grupo más pequeño. No hallaron diferencias significativas: cuando una abeja ya había aterrizado, permanecía prácticamente el mismo tiempo en una flor intacta que en una flor recortada. Todo indica, por tanto, que esos estambres transformados no facilitan el manejo de la flor ni hacen más eficiente la recogida de recompensa. Su función parece ser, sobre todo, óptica: desde cierta distancia convierten a la flor en una señal más eficaz.

La evolución no trabaja con planos ni con propósitos, sino con remiendos que funcionan. Un estambre deja de aportar polen, se parece cada vez más a un pétalo y acaba desempeñando una función distinta: atraer a quien transportará el polen producido por los estambres que siguen trabajando. La planta sacrifica una parte potencial de su maquinaria masculina, pero obtiene a cambio algo probablemente más valioso: más visitantes en el escaso tiempo de que dispone.

Conviene no exagerar la limpieza del experimento. Cortar una estructura floral puede provocar efectos secundarios difíciles de ver. La herida quizá altere compuestos volátiles, sustancias defensivas o señales que también perciben los insectos. Los propios autores reconocen esa limitación. Pero la coincidencia entre menos visitas y menor producción de semillas ofrece una explicación muy consistente: los estaminodios petaloideos contribuyen de manera real al éxito reproductivo de la planta.

En Mentzelia integra, por tanto, un estambre que ya no fabrica polen no es un residuo inútil de la evolución. Es un anuncio luminoso. En la penumbra de un desierto venteado, cuando la noche se aproxima y las abejas tienen prisa, esos falsos pétalos ayudan a la flor a hacer lo único que de verdad importa: dejar descendencia.

sábado, 5 de septiembre de 2026

COMO SUFRIMOS LA “CLIENTELIZACIÓN” DEL TRABAJO

 

No recuerdo exactamente cuándo empecé a trabajar para el supermercado, mi banco, las compañías aéreas y las empresas de telefonía. Lo extraño es que ninguna de ellas me ha enviado todavía una nómina.

En el supermercado peso la fruta, pego la etiqueta, paso los productos por el lector, introduzco las bolsas, busco el código de los tomates, pago y recojo el recibo. De vez en cuando aparece un empleado porque la máquina ha decidido que las berenjenas constituyen una amenaza para la seguridad del establecimiento. Pulsa una tecla, desaparece y yo continúo trabajando.

En el aeropuerto la cosa resulta todavía más admirable. Compro el billete en Internet, introduzco mis datos, selecciono el vuelo, rechazo servicios adicionales, elijo asiento, hago el check-in, descargo la tarjeta de embarque y, cada vez con mayor frecuencia, imprimo la etiqueta del equipaje y deposito la maleta en una cinta. La compañía pone el avión. Yo me ocupo de buena parte de la administración.

Podríamos llamar a este fenómeno clientelización del trabajo: la transferencia progresiva al cliente de tareas que anteriormente realizaban empleados remunerados. No es exactamente automatización. Cuando una máquina hace el trabajo de una persona estamos ante automatización. Cuando una máquina consigue que yo haga el trabajo que antes hacía esa persona, ocurre algo diferente.

Los sociólogos llevan tiempo estudiándolo. En 1981, Ivan Illich publicó Shadow Work, «trabajo en la sombra». Utilizaba el concepto en un sentido amplio: actividades no remuneradas exigidas por las sociedades industriales y necesarias para que funcione la economía formal. Junto al trabajo que aparece en las estadísticas existe otro que nadie paga y sin el cual el primero difícilmente podría funcionar.

Más de treinta años después, Craig Lambert actualizó la idea en Shadow Work: The Unpaid, Unseen Jobs That Fill Your Day (2015). Su catálogo nos resulta familiar: ponemos gasolina, escaneamos y embolsamos nuestra compra, hacemos operaciones bancarias, reservamos viajes o montamos nuestros muebles. Pequeñas tareas que aisladamente parecen insignificantes pero cuya suma ocupa una parte creciente de nuestro tiempo.

Existe incluso una denominación más técnica. Charles Koeber, David Wright y Elizabeth Dingler publicaron en 2012 un estudio sobre el consumptive labor, algo así como «trabajo de consumo». Su punto de partida era sencillo: los consumidores ya no se limitan a consumir. Las empresas los incorporan al proceso productivo para realizar determinadas tareas.

El truco consiste en llamarlo autoservicio. La palabra es magnífica porque convierte una reducción del servicio en una ampliación de nuestra libertad. Nadie diría que un restaurante ha mejorado su atención porque el camarero nos entregue una bandeja y nos indique dónde está la cocina. Basta, sin embargo, colocar una pantalla táctil para que realizar nosotros mismos una tarea pase a denominarse innovación.

Naturalmente, el autoservicio puede ofrecer ventajas reales. Sacar dinero de un cajero a medianoche es mucho más cómodo que esperar a que abra el banco. Comprar un billete desde casa evita desplazamientos y colas. Una caja automática resulta práctica para quien lleva dos artículos. Sería absurdo añorar cualquier sistema anterior simplemente porque utilizaba más empleados.

La cuestión es otra: quién realiza ahora el trabajo y quién se queda con el ahorro. Las llamadas self-service technologies sustituyen muchas interacciones tradicionales entre cliente y empleado haciendo que el consumidor participe en la producción del servicio. Aron Darmody y Detlev Zwick han estudiado esta «coproducción» y advierten de que sus costes y beneficios no tienen por qué distribuirse equilibradamente. La reducción del coste laboral constituye, naturalmente, uno de los incentivos empresariales.

El supermercado constituye un laboratorio perfecto. Antes uno llegaba a la caja y otra persona pasaba los productos, cobraba y entregaba el cambio. Con la caja automática no ha desaparecido todo el trabajo del cajero: se ha repartido. Una parte la hace la máquina, otra nosotros y un empleado supervisa varias cajas simultáneamente. El cliente se convierte así en cajero auxiliar y el cajero profesional en supervisor de máquinas y clientes.

La aviación comercial ha llevado el procedimiento casi a la perfección. Los pasajeros reservamos por Internet, hacemos el check-in, obtenemos la tarjeta de embarque y, en algunos aeropuertos, etiquetamos y depositamos el equipaje. La literatura especializada considera el check-in en línea un caso explícito de «coproducción»: el viajero participa en la elaboración del servicio que acaba de comprar.

El siguiente paso ya está aquí: facturación automática de equipajes, máquinas de pedidos en restaurantes, aplicaciones bancarias que sustituyen a la oficina, plataformas sanitarias donde el paciente introduce datos que antes recogía un administrativo y páginas de atención al cliente diseñadas para conseguir que el propio afectado diagnostique su problema.

Todo ello produce una curiosa inversión del significado de la palabra servicio. Durante siglos, pagar por un servicio significó pagar para que alguien hiciera algo por nosotros. Ahora podemos pagar por un servicio y recibir, a cambio, instrucciones para hacerlo nosotros mismos.

Existe además un aspecto social. No todos los clientes poseen la misma edad, conocimientos, capacidad visual, destreza manual o familiaridad con las pantallas. Cuando la opción automática convive con una atención humana suficiente, tenemos una posibilidad adicional. Cuando la empresa reduce deliberadamente esa atención hasta conseguir que el autoservicio sea prácticamente obligatorio, la supuesta libertad de elección empieza a parecerse bastante a una imposición.

Y queda la cuestión más delicada: el empleo. Conviene no simplificar. Una caja automática no equivale necesariamente a un cajero despedido. La tecnología crea otros empleos, modifica funciones y puede aumentar la productividad hasta generar nuevas actividades. Los estudios sobre las cajas de autoservicio advierten precisamente de que sus efectos sobre el empleo deben comprobarse y no deducirse automáticamente de la presencia de máquinas.

Pero tampoco deberíamos aceptar la ficción contraria. Si un empleado puede supervisar diez cajas en las que diez clientes realizan parte del trabajo que antes correspondía a varios cajeros, se ha producido una transferencia real de trabajo. Que provoque despidos, menos contrataciones, reasignación de empleados o simplemente un aumento de productividad dependerá de cada sector. Lo indiscutible es que parte del esfuerzo necesario para completar la transacción ha pasado del empleado remunerado al consumidor que paga.

Ahí reside la esencia de la clientelización del trabajo. Durante dos siglos nos explicaron que las máquinas servían para ahorrarnos trabajo. La lavadora nos evitó lavar a mano; el automóvil permitió recorrer grandes distancias sin caminar; el ascensor nos libró de subir escaleras. Buena parte de la revolución tecnológica consistió en sustituir esfuerzo humano por energía y máquinas.

La clientelización introduce una variante formidable: la máquina ahorra trabajo a la empresa haciendo trabajar al cliente. Lo aceptamos porque cada tarea parece minúscula. Cinco minutos para hacer el check-in, tres para escanear la compra, diez para cumplimentar un formulario, cuatro para obtener una factura y veinte para conversar con un robot que finalmente recomienda consultar la página web en la que ya estábamos.

Lambert habla de esos «trabajos invisibles y no remunerados que llenan nuestro día». No los percibimos como trabajo porque ninguno ocupa una jornada completa. Pero, sumados, representan una gigantesca transferencia de tiempo desde millones de consumidores hacia las organizaciones con las que se relacionan.

Quizá dentro de unos años entremos en un restaurante, pidamos mediante una aplicación, vayamos a buscar la comida a la cocina, llevemos los platos a nuestra mesa, cobremos nuestra propia cuenta y, antes de marcharnos, recibamos un mensaje solicitándonos que valoremos la experiencia. Naturalmente pondremos cinco estrellas.

No vaya a ser que también tengamos que atender nosotros la reclamación.