En enero de 1870, un caballero inglés llamado John Hampden
publicó un desafío en la revista Scientific Opinion. Ofrecía apostar
quinientas libras a que nadie sería capaz de demostrar experimentalmente la
curvatura de una superficie de agua. Podía ser un río, un canal o un lago. Le
daba igual. Hampden estaba seguro de conservar su dinero porque pertenecía a
una pequeña pero entusiasta comunidad de británicos convencidos de que la
Tierra era plana.
Quinientas libras constituían una cantidad muy respetable.
Alfred Russel Wallace, que a la sazón andaba a dos velas, aceptó el reto. El 15
de enero escribió a Hampden ofreciéndose a depositar la misma cantidad y a
demostrar «visiblemente» y mediante medidas precisas la convexidad de un canal
o un lago. Fue una mala idea, aunque para comprender hasta qué punto conviene
detenerse un momento en el hombre que la tuvo, porque Alfred Russel Wallace no
era un científico cualquiera ni uno de esos caballeros victorianos aficionados
a medir cosas los domingos. Era uno de los grandes naturalistas del siglo XIX
y, aunque la gigantesca sombra de Charles Darwin haya terminado por ocultarlo
para el gran público, merece compartir con él la paternidad de una de las ideas
más importantes de la historia de la ciencia: la evolución por selección
natural.
Wallace había nacido en 1823 en Gales, en una familia de
recursos económicos menguantes. No pudo permitirse una educación universitaria
y comenzó a trabajar como agrimensor junto a su hermano William. Aprendió a
medir terrenos, manejar niveles, calcular distancias y determinar diferencias
de altura. Parece un detalle menor en la biografía de un naturalista, pero
treinta años después, cuando se encontró junto a un canal discutiendo con un
terraplanista, resultó bastante oportuno.
Su verdadera pasión era la historia natural. En 1848 partió
hacia la Amazonia con otro joven naturalista, Henry Walter Bates. Ambos
pretendían estudiar la fauna y, de paso, financiar la aventura vendiendo
ejemplares a coleccionistas europeos. Wallace permaneció cuatro años en la
cuenca amazónica. Cuando emprendió el regreso a Inglaterra llevaba consigo una
enorme colección de animales, plantas, dibujos y notas, pero el barco, el
Helen, se incendió en mitad del Atlántico. Wallace tuvo tiempo de salvar poco más
que unas cuantas pertenencias. Después de contemplar cómo cuatro años de
trabajo ardían y se hundían en el océano, pasó diez días en un bote salvavidas
antes de ser rescatado. Cualquier persona razonable habría interpretado aquello
como una invitación a buscar una profesión con menos barcos, mosquitos y
catástrofes. Wallace decidió volver a los trópicos.
En 1854 emprendió una expedición mucho más ambiciosa por el
archipiélago malayo, la inmensa región comprendida entre el sudeste asiático y
Australia. Permaneció allí ocho años, recorrió unos 22 500 kilómetros y realizó
decenas de viajes entre islas. Cuando hizo inventario de sus capturas contó
exactamente 125 660 ejemplares: 310 mamíferos, 100 reptiles, 8 050 aves, 7 500
conchas, 13 100 mariposas y polillas, 83 200 escarabajos y otros 13 400
insectos. Varios miles pertenecían a especies desconocidas entonces para la
ciencia. Pero la importancia de Wallace no reside en haber llenado muchos
cajones de museo.
Mientras viajaba comenzó a advertir algo extraño. Las islas
de Bali y Lombok están separadas por un estrecho de apenas unas decenas de
kilómetros, pero sus animales son sorprendentemente diferentes. Al oeste
predominaban especies relacionadas con la fauna asiática; hacia el este
aparecían formas propias del mundo australiano. Macacos, tigres y otros
representantes de la fauna asiática desaparecían mientras surgían cacatúas,
aves del paraíso y marsupiales. Wallace comprendió que aquella distribución
tenía una historia. La frontera que señaló —posteriormente modificada y
perfeccionada— sigue figurando en los libros de biogeografía como línea de
Wallace. Había descubierto que para comprender por qué una especie vive donde
vive no basta con estudiar el clima o la vegetación actuales. Hay que
reconstruir también la historia geológica, las antiguas conexiones entre
territorios y las barreras que durante millones de años han separado unas
faunas de otras.
Pero su gran momento llegó en 1858. Wallace se encontraba en
la isla de Ternate sufriendo uno de sus recurrentes ataques de fiebre cuando
comenzó a darle vueltas a una vieja cuestión: ¿cómo se originan las especies?
Había leído a Thomas Malthus y recordó su argumento sobre la tendencia de las
poblaciones a crecer por encima de los recursos disponibles. De pronto
comprendió algo. Si nacen más individuos de los que pueden sobrevivir y existen
diferencias hereditarias entre ellos, aquellas variantes que proporcionen
alguna ventaja tendrán mayor probabilidad de dejar descendencia. Generación
tras generación, ese proceso puede transformar las poblaciones. Wallace acababa
de llegar, de manera independiente, a la selección natural.
Hizo entonces algo que cambiaría la historia de la biología:
escribió un ensayo y se lo envió a Charles Darwin. Darwin llevaba unos veinte
años trabajando privadamente sobre una idea extraordinariamente semejante y
recibió el manuscrito con comprensible preocupación. El asunto se resolvió con
notable desenvoltura gracias a Charles Lyell y Joseph Dalton Hooker. El 1 de
julio de 1858 se presentaron ante la Linnean Society de Londres textos de
Darwin y Wallace que establecían conjuntamente el principio de selección
natural. Wallace no estaba allí: seguía en el otro extremo del mundo.
Al año siguiente Darwin publicó El origen de la especies.
Su enorme acumulación de pruebas, la profundidad de su argumentación y el
gigantesco impacto del libro hicieron que su nombre acabara identificado con la
teoría. No hubo, sin embargo, una historia sencilla de Darwin apropiándose del
descubrimiento de un rival ausente. Wallace reconoció siempre la prioridad del
prolongado trabajo de Darwin y mantuvo hacia él una admiración extraordinaria.
Fueron amigos y aliados intelectuales, aunque discreparan después en asuntos
importantes. La historia ha sido menos generosa con Wallace que Darwin. Hoy
hablamos de darwinismo, no de wallaceísmo; Darwin está enterrado en la abadía
de Westminster y su barba constituye uno de los iconos universales de la
ciencia, mientras Wallace ha quedado convertido para muchos en «el otro hombre»
que también descubrió la selección natural. Es una simplificación injusta para
quien fue además uno de los fundadores de la biogeografía.
Y aquel hombre que había sobrevivido al Amazonas, al
incendio de un barco, a enfermedades tropicales y a ocho años recorriendo el
archipiélago malayo regresó a Inglaterra y terminó enfrentándose a algo para lo
que ninguna de aquellas experiencias lo había preparado: un terraplanista.
El padre intelectual del movimiento se llamaba Samuel Birley
Rowbotham y utilizaba el apropiado seudónimo de Parallax. En astronomía,
la paralaje (griego parallax), es el cambio aparente de posición de un objeto
cuando se observa desde dos puntos diferentes. Un ejemplo doméstico: extiende
un dedo frente a ti y míralo primero con un ojo y después con el otro; parecerá
desplazarse respecto al fondo. Ese desplazamiento aparente es la paralaje. En
astronomía resulta fundamental porque permite medir distancias.
A mediados del siglo XIX Parallax había comenzado a
difundir una doctrina que bautizó como astronomía zetética y que desarrollaría
en Zetetic Astronomy: Earth Not a Globe. Zetético procede del griego y
significa aproximadamente «investigador» o «indagador». La elección era
magnífica desde el punto de vista propagandístico. Rowbotham no decía
simplemente: «Creo que la Tierra es plana». Su argumento era más seductor: «No
acepto lo que me cuentan; lo compruebo por mí mismo».
Según los zetéticos, la astronomía convencional era una
filfa que se había alejado de la experiencia inmediata. Uno sale al campo y ve
un horizonte plano. Deja un vaso de agua sobre una mesa y su superficie es
horizontal. No siente que el suelo se desplace bajo sus pies. Mira al cielo y
observa al Sol moverse de este a oeste. ¿Por qué habría de aceptar entonces que
vive sobre una esfera que gira vertiginosamente mientras recorre el espacio? El
razonamiento tiene el atractivo de todas las explicaciones equivocadas que
comienzan con hechos ciertos. Si quiere ver abundantes ejemplos, entre en Forocoches.
Rowbotham afirmaba que la Tierra era un disco con el Polo
Norte en el centro. La Antártida constituía una barrera helada situada
alrededor de su periferia y el Sol y la Luna eran pequeños cuerpos que
circulaban a poca altura sobre nosotros. Para demostrarlo recurrió a un lugar
llamado Bedford Level, una región extraordinariamente llana de los Fens
ingleses atravesada por largos canales de drenaje. Allí realizó hacia 1838 el
experimento que se convertiría en una de las piedras fundacionales del
terraplanismo moderno. Observó mediante un telescopio una embarcación que se
alejaba por un tramo recto del Old Bedford River y aseguró que continuaba
viéndola cuando la curvatura terrestre debería haber ocultado parte de ella.
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| La interpretación moderna de la teoría de la Tierra plana se le atribuye a Samuel Rowbotham (1816-1884). Rowbotham utilizó su comprensión del experimento del Nivel de Bedford para desarrollar la idea de que la Tierra es un disco plano, centrado en el Polo Norte y bordeado por un alto muro de hielo. El Sol y la Luna orbitan la Tierra a una distancia aproximada de 4 800 kilómetros. |
Había un problema, y no era pequeño. Las observaciones
realizadas a muy poca altura sobre una superficie de agua son especialmente
sensibles a la refracción atmosférica. Las diferencias de temperatura entre las
capas de aire curvan los rayos luminosos y pueden alterar considerablemente la
posición aparente de los objetos distantes. Rowbotham había elegido un
magnífico lugar para contemplar espejismos y uno bastante malo para zanjar la
forma del planeta. A sus seguidores aquello les pareció un detalle sin importancia.
Entre ellos estaba John Hampden.
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| La refracción atmosférica puede hacer que sea visible un objeto situado debajo del horizonte. |
Cuando Hampden lanzó su desafío en 1870, Wallace pensó que
podía resolver la cuestión mediante un experimento cuidadosamente diseñado.
Incluso consultó a Charles Lyell, uno de los padres de la geología moderna y
viejo amigo de Darwin. Lyell consideró que merecía la pena: una demostración
clara quizá consiguiera acabar con aquellas sandeces. Fue un hermoso ejemplo de
cómo dos personas extraordinariamente inteligentes pueden compartir
simultáneamente una idea bastante ingenua: ambos suponían que Hampden quería
saber si estaba equivocado.
Wallace regresó al Old Bedford River, pero no repitió sin
más el experimento de Rowbotham. Su antigua formación como agrimensor le
permitía diseñar algo mejor. Utilizó un tramo recto de seis millas (9,1 km) y
situó las señales a una altura suficiente sobre el agua para reducir los
efectos de la refracción. El principio era sencillo. Si se colocaban varios
puntos de referencia a la misma altura sobre una superficie perfectamente
plana, aparecerían alineados al observarlos con un telescopio nivelado. Si la
superficie fuese convexa, el punto intermedio aparecería elevado respecto a la
línea visual que unía los extremos. El experimento definitivo utilizó el
parapeto de un puente, un disco de referencia y una señal intermedia,
cuidadosamente dispuestos para comparar sus alturas aparentes.
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| Diagrama
de la prueba desarrollada por Wallace para demostrar la curvatura de la Tierra. |
La Tierra tuvo la mala uva de ser redonda. La señal
intermedia apareció en la posición correspondiente a una superficie convexa y
John Henry Walsh, editor de The Field y árbitro principal de la apuesta,
declaró vencedor a Wallace. Hampden tenía entonces dos posibilidades. Podía
aceptar que el experimento acordado había contradicho sus ideas, estrechar la
mano de Wallace y reconsiderar la forma de la Tierra, o podía decidir que
Wallace había hecho trampas. Eligió lo segundo, y a partir de ese momento la
historia abandona la astronomía para internarse en un territorio bastante más
interesante: la psicología humana.
Hampden sostuvo que Wallace era un impostor y que el
experimento demostraba precisamente lo contrario de lo que afirmaba. Su propio
representante, William Carpenter, otro redomado terraplanista, interpretó las
observaciones a favor de una Tierra plana. Wallace protestó, se publicaron
cartas y folletos y las acusaciones fueron subiendo de tono. Hampden inició una
campaña de hostigamiento que se prolongaría durante años, en la que Wallace fue
presentado como tramposo, estafador y embaucador. Las cartas amenazantes
alcanzaron incluso a su familia y aquello que había comenzado como una
demostración geométrica terminó trasladándose a los tribunales.

La historia de las quinientas libras es, además, bastante
más complicada de lo que suele contarse. Los dos contendientes habían
depositado esa cantidad, de manera que el ganador debía recibir mil. Después
del fallo favorable, Wallace recibió el dinero, pero Hampden recurrió a la
justicia y consiguió recuperar su depósito porque la apuesta no resultaba
jurídicamente exigible. Wallace tuvo que devolver las quinientas libras del
terraplanista. Aquello habría sido suficientemente irritante si todo hubiera
terminado allí, pero las campañas difamatorias de Hampden originaron nuevos
procedimientos judiciales, denuncias, condenas y gastos. Wallace obtuvo
resoluciones favorables, aunque eso no significó recuperar todo lo que los
pleitos le costaron. El enfrentamiento que había comenzado con la perspectiva
de ganar quinientas libras terminó consumiendo dinero, tiempo y años de
disgustos.
Hay algo profundamente cómico en la situación, siempre que
uno no sea Wallace. Un hombre había viajado por algunas de las regiones más
peligrosas del planeta, sufrido fiebres tropicales, contemplado cómo cuatro
años de colecciones amazónicas desaparecían entre las llamas, pasado diez días
a la deriva en el Atlántico, recorrido miles de kilómetros por selvas e islas y
reunido 125 660 ejemplares zoológicos. Había descubierto uno de los grandes
principios organizadores de la biogeografía y, de manera independiente, el
mecanismo de la selección natural. Y estuvo a punto de encontrar su némesis en
un señor que pensaba que la Tierra era un plato.
Wallace terminó comprendiendo su error. Muchos años después
recordó el asunto en su autobiografía y lo calificó como «el episodio más
lamentable de mi vida». Había descubierto demasiado tarde algo que el
matemático Augustus De Morgan había advertido al hablar de los paradoxers, esos
personajes empeñados en demostrar la cuadratura del círculo, refutar a Newton o
defender sistemas que ninguna evidencia parecía capaz de modificar. El problema
no era que Hampden careciese de pruebas suficientes; era que no existía una
prueba que estuviera dispuesto a aceptar si producía el resultado equivocado.
Ahí reside la extraordinaria modernidad de esta historia.
Ciento cincuenta años después, los descendientes intelectuales de la astronomía
zetética disponen de herramientas con las que Rowbotham no habría podido soñar.
Pueden consultar imágenes obtenidas desde satélites, seguir vuelos
intercontinentales, comunicarse al instante con personas situadas en las
antípodas, observar eclipses retransmitidos desde varios continentes y utilizar
sistemas de navegación cuyo funcionamiento depende de una descripción
extraordinariamente precisa de la Tierra. Y, pese a todo, algunos continúan
repitiendo la consigna zetética por excelencia: «Haz tu propia investigación».
La frase parece impecablemente científica. No confíes
ciegamente en la autoridad; observa, comprueba, experimenta. El problema
aparece cuando «hacer tu propia investigación» significa aceptar solo las
observaciones compatibles con aquello que ya se creía. La ciencia funciona de
otra manera. Un científico no se distingue porque observe personalmente todos
los fenómenos sobre los que habla. Ningún astrónomo necesita viajar al Sol para
aceptar que contiene hidrógeno, ningún geólogo ha visitado el manto terrestre y
ningún biólogo ha contemplado directamente al antepasado común de seres humanos
y chimpancés.
La ciencia es una empresa colectiva basada en observaciones
reproducibles, instrumentos calibrados, hipótesis contrastables y resultados
que otros investigadores pueden discutir y comprobar. Su característica
esencial no es que siempre tenga razón, sino que dispone de procedimientos para
descubrir cuándo está equivocada.
Ese era precisamente el elemento ausente en la astronomía
zetética de Rowbotham y Hampden. Si una observación parecía demostrar que la
Tierra era plana, constituía una prueba; si demostraba que era curva, había
algún problema con la observación. El sistema estaba magníficamente protegido
contra la realidad. No resulta difícil reconocer el mismo mecanismo en muchas
controversias actuales.
Cuando una creencia forma parte de una teoría conspirativa
suficientemente cerrada, cualquier prueba contraria puede incorporarse a la
conspiración. Las fotografías están manipuladas, los científicos mienten, las
universidades están compradas, los gobiernos ocultan la verdad y los medios
colaboran en el engaño. El hecho de que todas esas instituciones coincidan
constituye entonces, precisamente, una demostración de hasta dónde llega la
conspiración. Es una fortaleza intelectual perfecta porque carece de puertas.
Wallace pensó que Hampden y él estaban discutiendo sobre
geometría, pero no era así. Wallace había aceptado una regla elemental: si el
experimento demostraba que la superficie era plana, perdería quinientas libras
y tendría que reconocerlo. Hampden no había aceptado la regla equivalente. Por
eso Wallace podía perder la apuesta y Hampden no. Darwin y Wallace habían
llegado independientemente a la selección natural porque ambos intentaban
explicar hechos que podían obligarlos a abandonar sus ideas anteriores. Esa
disposición a equivocarse constituye una de las diferencias fundamentales entre
investigar y limitarse a buscar confirmaciones.
Wallace necesitó atravesar medio mundo para descubrir cómo
actúa la selección natural. Para aprender aquella otra lección le bastaron seis
millas de un canal inglés, aunque le salió bastante más cara. De modo que, si
alguna vez un terraplanista les propone apostar quinientas libras a que pueden
demostrarle que nuestro planeta es aproximadamente esférico, recuerden a Alfred
Russel Wallace. Pueden enseñarle fotografías, explicarle los eclipses, hablarle
de Eratóstenes, de circunnavegaciones, de geodesia, de satélites y de péndulos.
Incluso pueden llevarlo al Old Bedford River con un telescopio, varios postes y
un excelente agrimensor.
Pero no apuesten. Wallace ya hizo el experimento por
nosotros.