Abrir una bolsa de patatas fritas
es uno de esos pequeños dramas universales: uno rasga el plástico con
entusiasmo infantil, mira dentro… y descubre que la mitad del volumen parece
estar ocupada por una nada bastante ofensiva. Es, en cierto modo, como comprar
un piso en Madrid descrito como “acogedor” y descubrir que “acogedor” significa
que puedes cocinar sin levantarte de la cama. Durante años hemos sospechado que
alguien, en algún despacho lejano, se ríe de nosotros mientras infla bolsas con
aire y las vende como si fueran cofres del tesoro. Pero no. O, al menos, no
exactamente.
Para empezar, no es aire. Es
nitrógeno, que suena más a villano de novela de ciencia ficción que a compañero
de aperitivo. El aire corriente está lleno de oxígeno, y el oxígeno es, para
una patata frita, algo así como el equivalente gastronómico de dejar un Ferrari
en manos de un adolescente: tarde o temprano, algo va a salir mal. El oxígeno
oxida las grasas de la patata y, en cuestión de días, transforma ese crujido
glorioso en algo que recuerda vagamente a cartón húmedo con aspiraciones. El
nitrógeno, en cambio, es un gas inerte, educado, que no se mete con nadie ni
reacciona con nada. Se limita a ocupar espacio, como un guardaespaldas
silencioso que mantiene alejados a los elementos indeseables.
Y no solo protege el sabor.
También hace de colchón. Porque, si uno lo piensa bien, una patata frita es una
criatura extraordinariamente frágil. Ha pasado por un baño de aceite hirviendo
y ha sobrevivido, pero basta un viaje en camión por una carretera secundaria
para reducirla a polvo. Imagine el periplo de una bolsa: fábrica, caja,
almacén, camión, otro almacén, estantería, carrito de la compra, maletero… sin
una capa de gas que amortigüe los golpes, lo que usted abriría en casa no sería
una bolsa de patatas, sino una especie de harina sospechosamente salada.
De ahí ese aspecto inflado, casi
orgulloso, que tienen las bolsas en el supermercado. No es un truco para
engañarle —o no principalmente—, sino una cámara de seguridad comestible. El
espacio vacío permite que las bolsas se apilen, se empujen y se zarandeen sin
que las patatas sufran un destino prematuro y pulverizado.
Luego está la bolsa en sí, que
merece más respeto del que solemos concederle. No es un simple trozo de
plástico, sino una especie de lasaña tecnológica hecha de capas finísimas, cada
una con su misión en la vida. Una bloquea la humedad, porque nada deprime más a
una patata frita que ponerse blanda; otra impide el paso de la luz, que tiene
la molesta costumbre de degradar las grasas; y, en el interior, suele haber una
capa de aluminio que actúa como una fortaleza medieval contra el mundo
exterior. Es, en resumen, un prodigio de ingeniería dedicado a que usted pueda
comer algo crujiente mientras ve la televisión.
Por supuesto, todo esto no impide
que el consumidor medio —es decir, usted, yo y probablemente la mitad del
planeta— siga sintiendo que le han timado un poco. Aquí entra en juego un
detalle importante: lo que se paga es el peso, no el volumen. La ley obliga a
indicar claramente cuántos gramos de patatas hay dentro, y ese número suele ser
sorprendentemente honesto. Dos bolsas pueden parecer radicalmente distintas en
tamaño, pero contener exactamente la misma cantidad. Es una lección útil para
la vida en general: las apariencias engañan, pero los números, con frecuencia,
no.
La cosa se vuelve aún más
interesante cuando uno sube a un avión o a una montaña con una bolsa de
patatas. De repente, el paquete parece decidido a convertirse en un globo
aerostático y abandonar el asiento contiguo. No es que el nitrógeno haya
decidido expandir su carrera profesional, sino que la presión exterior
disminuye con la altitud, mientras que la del interior se mantiene. Resultado:
la bolsa se hincha como si estuviera ensayando para una fiesta infantil. Los
ingenieros, que son gente previsora, diseñan los envases para que sobrevivan a
estas crisis de identidad sin estallar, lo cual añade otra capa de admiración a
algo que normalmente abrimos con los dientes.
Todo este despliegue tecnológico
tiene, eso sí, un pequeño inconveniente: el planeta. Al estar hechas de
múltiples capas de materiales distintos, estas bolsas son endemoniadamente
difíciles de reciclar. Es como intentar separar los ingredientes de un pastel
ya horneado: en teoría posible, en la práctica poco alentador. Por eso, uno de
los grandes retos actuales es diseñar envases que protejan igual de bien pero
que no obliguen a las generaciones futuras a maldecirnos suavemente.
Así que la próxima vez que abra una bolsa de patatas y sienta ese leve pinchazo de decepción, puede consolarse pensando que ese “aire” no es un engaño, sino una conspiración benévola de químicos, ingenieros y diseñadores de materiales que han dedicado años de su vida a que usted disfrute de un crujido perfecto. Detrás de cada patata hay más ciencia de la que uno esperaría encontrar en algo que, admitámoslo, suele desaparecer en menos de diez minutos.
