En Argentina, Olivos no es una
aceituna. Es una residencia presidencial a veinte kilómetros de la Casa Rosada,
con árboles viejos, jardines de tamaño suficiente para que un presidente se
sienta emperador y una tradición de discreción que se remonta a tiempos en que
los presidentes todavía creían que vivir en una quinta no consistía en
atrincherarse en ella.
La Quinta de Olivos ha conocido
de todo: peronistas, militares, radicales, matrimonios presidenciales de
complicada geometría y empleados que, por oficio y costumbre, aprendieron a no
preguntar demasiado. En los últimos días ha conocido otra cosa: el desalojo
administrativo. El Gobierno de Javier Milei disolvió su administración general,
echó a parte del personal civil y entregó a la Casa Militar no sólo la
seguridad, que ya tenía, sino el mando sobre el funcionamiento cotidiano de la
residencia.
La explicación oficial es
llamativa incluso para un país acostumbrado a las explicaciones oficiales. Se
trata, se dijo, de mejorar la seguridad del presidente y de su entorno, y de
prepararse para la visita de León XIV. El Papa, hasta donde se sabe, no tiene
previsto alojarse en Olivos ni hacer allí escala entre dos milagros. La Casa
Militar, además, ya se ocupaba de proteger al presidente, a sus familiares y a
sus residencias. Lo novedoso es que ahora también tendrá que ver con jardines,
cocina, mantenimiento, puertas y pasillos. Es decir, con todo aquello que
permite que una casa funcione y que, en una presidencia paranoica, permite
también que algo se filtre.
No se sabe con exactitud cuántos
trabajadores fueron despedidos: los sindicatos hablan de diez, otros medios de
una docena. La diferencia carece de importancia. Cuando se echa a diez
empleados de una residencia presidencial porque hay temor a las filtraciones,
ya no se está ante una medida de ahorro. Tampoco ante un problema de
organigrama. Se está ante un presidente que sospecha de quienes le sirven el
café, cortan el césped o conocen la hora a la que se encienden las luces.
Cuando Milei habla de «filtraciones», probablemente se refiere, dicen medios argentinos, a la noticia de que en la Quinta de Olivos se compraron 28 toneladas de carne por 900 millones de pesos —unos 280 000 euros—. La compra es por un contrato anual y los 28 000 kilos de carne serán entregados progresivamente, pero el asunto desató una ola de críticas en las redes sociales, con mucha gente afirmando, sin pruebas ni argumentos sólidos, que esa carne era para los perros de Milei.
Que esa compra se conociera en detalle molestó a Milei, que recientemente pasó mes y medio sin pisar la Casa Rosada. Son insistentes las informaciones acerca de largas veladas hasta la madrugada en las que el presidente escucha ópera, juega con sus perros o avanza en la escritura de un libro. Se le ha visto más de una vez con el rostro hinchado y ojos enrojecidos, señales de que duerme poco o nada, aseguran sus críticos.
Milei llegó a la política a
través de un programa de radio. Se
llamaba Demoliendo Mitos. Milei lo condujo entre 2017 y 2022,
inicialmente en la radio en línea Conexión Abierta. Allí fue afianzando su
personaje público de economista libertario antes de saltar con fuerza a la
televisión. Hacía un comentario económico y luego cantaba un rock and roll. Era
un señor que llenaba tiempo en la radio gratis y te ocupaba diez minutos, diez
minutos salvajes, porque decía la primera burrada que le pasaba por la cabeza.
Un personaje pintoresco.
El fenómeno posterior dice mucho
de cuál era la situación de Argentina, que era insostenible. Que un país culto
como Argentina apostara por Milei fue básicamente un ansia de ruptura: vamos a
acabar con todo. Ahora Javier Milei lleva casi tres años convirtiendo la
política argentina en una mezcla de laboratorio económico, festival de rock y
ajuste de cuentas personal.
La inflación ha bajado de manera
apreciable, y ése es un mérito político que nadie serio debería negar. Pero la
baja de la inflación no convierte por sí sola a un país en habitable. Mientras
los precios dejan de correr como liebres, una parte de la industria y de la
construcción se hunde como una piedra; cierran empresas, se pierde empleo
formal y el consumo se contrae. El argentino común puede alegrarse de que el
tomate no suba cada martes y lamentar, al mismo tiempo, que su fábrica haya
cerrado el viernes anterior. Las dos cosas no se contradicen: se suman.
Milei no es el primer presidente
argentino que vive rodeado de rumores. La diferencia es que él los alimenta con
entusiasmo. Acusa a periodistas, enemigos, “operadores”, políticos,
economistas, universitarios, sindicalistas y personas en general de pertenecer
a una conspiración cuya única debilidad es no tener contornos claros. No parece
haber un cuarto de Olivos en el que no pueda esconderse un espía, ni una
crítica que no proceda de una operación.
En ese ambiente apareció Olga
Wornat, periodista de largos años y muchas biografías presidenciales, con una
descripción de gran potencia narrativa y peligrosas consecuencias: Milei,
según ella, no gobernaría; permanecería encerrado, gritaría y hablaría con los
retratos de sus perros muertos; de vez en cuando, añadió, llegaría una
ambulancia. Wornat no es una señora que haya entrado por equivocación en la
política argentina. Ha escrito sobre Carlos Menem y Cristina Kirchner y conoce
el ecosistema presidencial mejor que muchos ministros.
Pero una afirmación no se
convierte en prueba porque resulte pintoresca, ni porque encaje con la imagen
que el mundo tiene de Milei. Nadie puede diagnosticar a distancia a un
presidente, y mucho menos convertir el diagnóstico en una pieza de opinión. Las
declaraciones de Wornat deben leerse como lo que son: el testimonio grave de
una periodista, no un parte médico ni una certificación clínica. En un país
normal, esa distinción sería innecesaria. En Argentina, y especialmente bajo
Milei, conviene escribirla con letras grandes.
Lo que sí está a la vista es un
estilo de poder. Milei tiene una relación excepcional con sus mastines
ingleses. Ha hablado de ellos como hijos, ha clonado a Conan —su perro
muerto— y ha dicho que consulta con sus animales asuntos de gobierno. Parte de
la prensa internacional ha tratado el asunto como una extravagancia simpática,
algo parecido a un político que toca la guitarra o colecciona trenes
eléctricos. No lo es del todo. Los perros son una parte central de su
imaginario: lealtad sin discusión, afecto sin contradicción, compañía sin
prensa, sin oposición y sin Congreso.
Un perro nunca vota en contra.
Tampoco pide explicaciones sobre el presupuesto, ni pregunta si conviene echar
a los jardineros para impedir que cuenten qué ocurre tras los muros. Los perros
no filtran conversaciones. No se rebelan. No negocian con Karina Milei, no
discuten con Patricia Bullrich y no tienen la desagradable costumbre de
recordar lo que dijo el presidente la semana anterior.
Los animales, naturalmente, no
tienen culpa de nada. La cuestión no es si Milei quiere mucho a sus perros: ése
es un asunto suyo y de los perros. La cuestión es qué revela que la residencia
presidencial se reorganice alrededor de un hermetismo cada vez mayor, mientras
las versiones sobre la vida privada del mandatario adquieren más importancia
que las decisiones públicas. Cuando el poder se encierra, los rumores entran
por las ventanas. Y si se clausuran las ventanas, entran por las rendijas.
Patricia Bullrich ofrece
el complemento político de esta historia. Llegó al mileísmo desde una
derecha que ya parecía haber probado todas las estaciones del metro ideológico
argentino. En el Senado actúa como portavoz del oficialismo, pero también como
una figura que mantiene agenda propia, conflictos propios y una independencia
cuidadosamente medida. Su relación con Karina Milei, la hermana omnipotente, es
mala. La de Karina con casi todos parece mejorable. El Gobierno funciona como
una familia que hubiera decidido administrar un país antes de aprender a comer
junta sin discutir.
Milei necesita ser reelegido en
2027. Para lograrlo no le bastará con exhibir un índice de inflación razonable
ni con cantar en un escenario. Tendrá que persuadir a argentinos que ven cerrar
talleres, caer obras, perder empleos y reducirse el tamaño de sus compras.
Tendrá que explicar por qué el sacrificio de hoy debe ser el bienestar de
mañana, una promesa que en Argentina posee una larga historia y un historial de
cumplimiento más bien modesto.
Y tendrá que hacerlo desde fuera
de Olivos. Un presidente puede encerrarse con sus perros, con sus cuadros, con
sus ministros fieles o con los militares encargados de que nadie entre ni salga
sin permiso. Pero el país no cabe en una quinta. Argentina es mucho más
ruidosa, más pobre, más imprevisible y, sobre todo, mucho menos obediente que
un mastín inglés.