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miércoles, 23 de septiembre de 2026

MILEI Y LOS PERROS DE OLIVOS

 

En Argentina, Olivos no es una aceituna. Es una residencia presidencial a veinte kilómetros de la Casa Rosada, con árboles viejos, jardines de tamaño suficiente para que un presidente se sienta emperador y una tradición de discreción que se remonta a tiempos en que los presidentes todavía creían que vivir en una quinta no consistía en atrincherarse en ella.

La Quinta de Olivos ha conocido de todo: peronistas, militares, radicales, matrimonios presidenciales de complicada geometría y empleados que, por oficio y costumbre, aprendieron a no preguntar demasiado. En los últimos días ha conocido otra cosa: el desalojo administrativo. El Gobierno de Javier Milei disolvió su administración general, echó a parte del personal civil y entregó a la Casa Militar no sólo la seguridad, que ya tenía, sino el mando sobre el funcionamiento cotidiano de la residencia.

La explicación oficial es llamativa incluso para un país acostumbrado a las explicaciones oficiales. Se trata, se dijo, de mejorar la seguridad del presidente y de su entorno, y de prepararse para la visita de León XIV. El Papa, hasta donde se sabe, no tiene previsto alojarse en Olivos ni hacer allí escala entre dos milagros. La Casa Militar, además, ya se ocupaba de proteger al presidente, a sus familiares y a sus residencias. Lo novedoso es que ahora también tendrá que ver con jardines, cocina, mantenimiento, puertas y pasillos. Es decir, con todo aquello que permite que una casa funcione y que, en una presidencia paranoica, permite también que algo se filtre.

No se sabe con exactitud cuántos trabajadores fueron despedidos: los sindicatos hablan de diez, otros medios de una docena. La diferencia carece de importancia. Cuando se echa a diez empleados de una residencia presidencial porque hay temor a las filtraciones, ya no se está ante una medida de ahorro. Tampoco ante un problema de organigrama. Se está ante un presidente que sospecha de quienes le sirven el café, cortan el césped o conocen la hora a la que se encienden las luces.

Cuando Milei habla de «filtraciones», probablemente se refiere, dicen medios argentinos, a la noticia de que en la Quinta de Olivos se compraron 28 toneladas de carne por 900 millones de pesos —unos 280 000 euros—. La compra es por un contrato anual y los 28 000 kilos de carne serán entregados progresivamente, pero el asunto desató una ola de críticas en las redes sociales, con mucha gente afirmando, sin pruebas ni argumentos sólidos, que esa carne era para los perros de Milei.

Que esa compra se conociera en detalle molestó a Milei, que recientemente pasó mes y medio sin pisar la Casa Rosada. Son insistentes las informaciones  acerca de largas veladas hasta la madrugada en las que el presidente escucha ópera, juega con sus perros o avanza en la escritura de un libro. Se le ha visto más de una vez con el rostro hinchado y ojos enrojecidos, señales de que duerme poco o nada, aseguran sus críticos.

Milei llegó a la política a través de un programa de radio. Se llamaba Demoliendo Mitos. Milei lo condujo entre 2017 y 2022, inicialmente en la radio en línea Conexión Abierta. Allí fue afianzando su personaje público de economista libertario antes de saltar con fuerza a la televisión. Hacía un comentario económico y luego cantaba un rock and roll. Era un señor que llenaba tiempo en la radio gratis y te ocupaba diez minutos, diez minutos salvajes, porque decía la primera burrada que le pasaba por la cabeza. Un personaje pintoresco.

El fenómeno posterior dice mucho de cuál era la situación de Argentina, que era insostenible. Que un país culto como Argentina apostara por Milei fue básicamente un ansia de ruptura: vamos a acabar con todo. Ahora Javier Milei lleva casi tres años convirtiendo la política argentina en una mezcla de laboratorio económico, festival de rock y ajuste de cuentas personal.

La inflación ha bajado de manera apreciable, y ése es un mérito político que nadie serio debería negar. Pero la baja de la inflación no convierte por sí sola a un país en habitable. Mientras los precios dejan de correr como liebres, una parte de la industria y de la construcción se hunde como una piedra; cierran empresas, se pierde empleo formal y el consumo se contrae. El argentino común puede alegrarse de que el tomate no suba cada martes y lamentar, al mismo tiempo, que su fábrica haya cerrado el viernes anterior. Las dos cosas no se contradicen: se suman.

Milei no es el primer presidente argentino que vive rodeado de rumores. La diferencia es que él los alimenta con entusiasmo. Acusa a periodistas, enemigos, “operadores”, políticos, economistas, universitarios, sindicalistas y personas en general de pertenecer a una conspiración cuya única debilidad es no tener contornos claros. No parece haber un cuarto de Olivos en el que no pueda esconderse un espía, ni una crítica que no proceda de una operación.

En ese ambiente apareció Olga Wornat, periodista de largos años y muchas biografías presidenciales, con una descripción de gran potencia narrativa y peligrosas consecuencias: Milei, según ella, no gobernaría; permanecería encerrado, gritaría y hablaría con los retratos de sus perros muertos; de vez en cuando, añadió, llegaría una ambulancia. Wornat no es una señora que haya entrado por equivocación en la política argentina. Ha escrito sobre Carlos Menem y Cristina Kirchner y conoce el ecosistema presidencial mejor que muchos ministros.

Pero una afirmación no se convierte en prueba porque resulte pintoresca, ni porque encaje con la imagen que el mundo tiene de Milei. Nadie puede diagnosticar a distancia a un presidente, y mucho menos convertir el diagnóstico en una pieza de opinión. Las declaraciones de Wornat deben leerse como lo que son: el testimonio grave de una periodista, no un parte médico ni una certificación clínica. En un país normal, esa distinción sería innecesaria. En Argentina, y especialmente bajo Milei, conviene escribirla con letras grandes.

Lo que sí está a la vista es un estilo de poder. Milei tiene una relación excepcional con sus mastines ingleses. Ha hablado de ellos como hijos, ha clonado a Conan —su perro muerto— y ha dicho que consulta con sus animales asuntos de gobierno. Parte de la prensa internacional ha tratado el asunto como una extravagancia simpática, algo parecido a un político que toca la guitarra o colecciona trenes eléctricos. No lo es del todo. Los perros son una parte central de su imaginario: lealtad sin discusión, afecto sin contradicción, compañía sin prensa, sin oposición y sin Congreso.

Un perro nunca vota en contra. Tampoco pide explicaciones sobre el presupuesto, ni pregunta si conviene echar a los jardineros para impedir que cuenten qué ocurre tras los muros. Los perros no filtran conversaciones. No se rebelan. No negocian con Karina Milei, no discuten con Patricia Bullrich y no tienen la desagradable costumbre de recordar lo que dijo el presidente la semana anterior.

Los animales, naturalmente, no tienen culpa de nada. La cuestión no es si Milei quiere mucho a sus perros: ése es un asunto suyo y de los perros. La cuestión es qué revela que la residencia presidencial se reorganice alrededor de un hermetismo cada vez mayor, mientras las versiones sobre la vida privada del mandatario adquieren más importancia que las decisiones públicas. Cuando el poder se encierra, los rumores entran por las ventanas. Y si se clausuran las ventanas, entran por las rendijas.

Patricia Bullrich ofrece el complemento político de esta historia. Llegó al mileísmo desde una derecha que ya parecía haber probado todas las estaciones del metro ideológico argentino. En el Senado actúa como portavoz del oficialismo, pero también como una figura que mantiene agenda propia, conflictos propios y una independencia cuidadosamente medida. Su relación con Karina Milei, la hermana omnipotente, es mala. La de Karina con casi todos parece mejorable. El Gobierno funciona como una familia que hubiera decidido administrar un país antes de aprender a comer junta sin discutir.

Milei necesita ser reelegido en 2027. Para lograrlo no le bastará con exhibir un índice de inflación razonable ni con cantar en un escenario. Tendrá que persuadir a argentinos que ven cerrar talleres, caer obras, perder empleos y reducirse el tamaño de sus compras. Tendrá que explicar por qué el sacrificio de hoy debe ser el bienestar de mañana, una promesa que en Argentina posee una larga historia y un historial de cumplimiento más bien modesto.

Y tendrá que hacerlo desde fuera de Olivos. Un presidente puede encerrarse con sus perros, con sus cuadros, con sus ministros fieles o con los militares encargados de que nadie entre ni salga sin permiso. Pero el país no cabe en una quinta. Argentina es mucho más ruidosa, más pobre, más imprevisible y, sobre todo, mucho menos obediente que un mastín inglés.