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martes, 11 de agosto de 2026

¿POR QUÉ LAS CASAS DE NUEVA YORK TIENEN ESCALERAS?

 

El tramo de la calle 70 comprendido entre la Quinta Avenida y Park Avenue, en el corazón del Upper East Side, produce en el visitante una sensación peculiar. Nueva York continúa rugiendo a pocas manzanas de distancia, pero allí parece haber recibido instrucciones de comportarse. Los árboles están cuidadosamente alineados, las fachadas mantienen una conversación arquitectónica que dura desde hace más de un siglo y los porteros aparecen y desaparecen con esa discreción profesional propia de quienes han aprendido a no sorprenderse por nadie.

Por allí vive Woody Allen. El detalle tiene cierto interés porque Allan Stewart Konigsberg nació hace noventa años en un Brooklyn que representaba casi exactamente lo contrario. El Brooklyn de su infancia era un hervidero de inmigrantes, tiendas familiares, niños jugando al stickball, radios sonando a través de las ventanas y bloques de ladrillo con escaleras de incendios. Entre aquel Brooklyn y esta calle 70 hay unos pocos kilómetros y casi toda una historia social de Nueva York: del ruido obrero al silencio del dinero, del apartamento familiar a la townhouse, del muchacho judío de Midwood al cineasta que convirtió Manhattan en escenario de sus neurosis.

Cuando uno pasea por esas calles del Upper East Side —o por Greenwich Village, Chelsea, Harlem, Brooklyn Heights o Park Slope— acaba fijándose en una característica curiosa de muchas casas antiguas. La puerta principal no está al nivel de la acera. Para llegar hasta ella hay que subir una escalinata bastante pronunciada, generalmente flanqueada por balaustradas de piedra o barandillas de hierro. Es el famoso stoop, una palabra que los neoyorquinos heredaron del neerlandés stoep, escalón o porche.

No se trata de un capricho ornamental. Esos escalones son fósiles arquitectónicos de una ciudad desaparecida.

La imagen más característica corresponde a las llamadas brownstones, aunque conviene aclarar un pequeño equívoco. Una brownstone no es, en sentido estricto, un tipo de casa, sino una casa revestida con brownstone: una arenisca de color pardo rojizo, relativamente blanda y fácil de tallar. Durante el siglo XIX se convirtió en uno de los materiales predilectos de la burguesía urbana estadounidense. Buena parte de la que llegó a Nueva York procedía de las enormes canteras de Portland, Connecticut, desde donde los bloques podían transportarse por agua hasta la ciudad. Durante algunas décadas aquella piedra fue casi un uniforme de respetabilidad.

Las hileras de casas que hoy consideramos tan pintorescas fueron levantadas sobre todo durante la gran expansión urbana de mediados y finales del siglo XIX. Solían ocupar parcelas estrechas y profundas, lo que obligaba a aprovechar cada metro cuadrado. La solución consistía en construir varios pisos y disponer debajo de la planta principal un semisótano parcialmente enterrado. La cocina, las despensas, el carbón y buena parte de la actividad del servicio podían quedar abajo. La familia y sus invitados accedían por otra puerta situada encima.

Así nació uno de los elementos más reconocibles del paisaje neoyorquino: la escalinata que conducía directamente al parlor floor, la planta noble. La separación tenía ventajas prácticas. Proporcionaba al piso principal ventanas más altas respecto a la acera, mejor iluminación y mayor intimidad. El semisótano ayudaba a aislar las habitaciones principales de la humedad y permitía disponer de dependencias domésticas con ventanas y cierta ventilación. Había además una entrada independiente bajo el stoop, destinada al servicio y las mercancías. La familia entraba por arriba; el carbón y los alimentos lo hacían por abajo. La arquitectura explicaba la jerarquía social sin necesidad de colocar ningún cartel.

Existía otra razón que hoy resulta difícil apreciar cuando contemplamos esas mismas calles asfaltadas y ocupadas por automóviles silenciosos. El Nueva York del siglo XIX olía. Olía muchísimo. Los caballos constituían el sistema circulatorio de la ciudad. Transportaban personas, mercancías, alimentos y basura. Tiraban de carruajes, tranvías y carros de reparto. Allí donde hay decenas de miles de caballos ocurre algo que los cuadros románticos de la época suelen omitir: los caballos producen estiércol. Mucho estiércol. También orinan, levantan polvo y necesitan establos que generan todavía más residuos.

Añadamos lluvia. Una calle sin pavimentar o mal pavimentada, recorrida durante todo el día por caballos y ruedas de hierro, podía transformarse en una mezcla de barro, estiércol, orina, basura y agua estancada. Los carruajes salpicaban las fachadas; los cascos golpeaban el pavimento; las ruedas chirriaban; vendedores, cocheros y repartidores gritaban. Antes de los motores de combustión, Nueva York ya padecía tráfico y contaminación. Solo que la contaminación era biodegradable.

Las autoridades conocían el problema. En el último tercio del siglo XIX las ordenanzas sanitarias regulaban la acumulación y retirada del estiércol de los establos. La ciudad tardó décadas en organizar un servicio eficaz de limpieza viaria y todavía a mediados del XIX las condiciones sanitarias de muchas calles eran deplorables.

Ahora imaginemos que vivimos allí en 1870. No existe aire acondicionado. En verano necesitamos abrir las ventanas. Tampoco tenemos cristales dobles ni aislamiento acústico. Delante de nuestra casa pasan durante todo el día caballos y carruajes. Las ruedas atraviesan charcos de una composición que preferimos no analizar. En esas circunstancias, colocar el salón tres metros por encima de la calle empieza a parecer menos una extravagancia victoriana que una excelente idea.

La altura no eliminaba los olores ni el ruido, pero proporcionaba distancia. También protegía las habitaciones principales de salpicaduras, polvo y miradas. Las grandes ventanas del parlor floor podían abrirse sin convertir el salón en una prolongación inmediata de la acera. La escalinata funcionaba como una pequeña frontera vertical entre la intimidad doméstica y una ciudad extraordinariamente activa y no siempre demasiado limpia.

Conviene no atribuirlo todo al estiércol. Las casas elevadas existían antes de que el tráfico ecuestre neoyorquino alcanzara sus mayores dimensiones y el modelo respondía también a una tradición arquitectónica. El semisótano elevado permitía aprovechar mejor las parcelas, iluminar las dependencias inferiores, separar servicio y representación y proteger la vivienda de la humedad. El stoop era a la vez una solución constructiva, doméstica y social. La suciedad de la calle hizo que todas esas ventajas resultaran todavía más valiosas.

Hacia finales del siglo XIX empezó a ponerse de moda otro modelo, la llamada American Basement house, en la que la entrada principal descendía al nivel de la calle y el salón ocupaba por encima todo el ancho de la fachada. Algunas casas antiguas perdieron entonces sus stoops y recibieron nuevas entradas a ras de suelo. La modernidad empezaba a desmontar el mundo que los había hecho necesarios.

Los caballos fueron desapareciendo. Llegaron el automóvil, el alcantarillado moderno, la pavimentación generalizada, mejores sistemas de recogida de basura y nuevas formas de construir. Muchas cocinas abandonaron los sótanos, desapareció buena parte del servicio doméstico y numerosas escalinatas fueron demolidas. Otras sobrevivieron y terminaron protegidas porque, cuando una solución práctica deja de ser necesaria y consigue durar lo suficiente, adquiere una nueva categoría: patrimonio histórico.

Por eso resulta tan interesante pasear hoy por una calle de brownstones. Estamos contemplando algo más que fachadas bonitas. El semisótano recuerda dónde trabajaba el servicio; la puerta inferior señala por dónde entraban las provisiones; el gran salón elevado revela dónde se recibía a las visitas; las ventanas altas hablan de una época sin aire acondicionado y los escalones conservan la distancia que una familia respetable deseaba mantener entre su alfombra y el barro de Manhattan.

Volvamos entonces a la calle 70. El Manhattan que rodea hoy la casa de Woody Allen parece construido precisamente para que nada moleste. Los coches pasan amortiguados, las aceras están limpias y Central Park comienza unos metros más allá. Tras las fachadas restauradas hay climatización, aislamiento acústico y ventanas que pueden permanecer cerradas durante todo agosto.

Sin embargo, las escalinatas siguen allí. Ya no protegen a nadie de los cascos de los caballos ni de las ruedas que lanzan barro contra las fachadas. Tampoco necesitan separar al propietario del carbonero que entra por el semisótano. Han sobrevivido a aquello para lo que fueron construidas y ahora cumplen otra función: contar la historia.

Nueva York posee monumentos que todo el mundo fotografía: el Empire State, el puente de Brooklyn, la Estatua de la Libertad. Tiene también otros mucho más modestos que se pisan sin prestarles atención. A veces basta subir ocho escalones de una vieja casa de piedra rojiza para descubrir bajo los pies una ciudad entera que ya no existe.

Una ciudad que hacía mucho más ruido y, sobre todo, olía bastante peor.