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domingo, 4 de octubre de 2026

LOS MURCIÉLAGOS EMPEZARON A VOLAR EN EUROPA

 

Un murciélago que sale de su refugio al anochecer parece tener bastante claro adónde va. Nosotros, en cambio, llevamos décadas intentando averiguar de dónde viene. No de qué campanario o de qué cueva, sino de qué lugar del mundo surgieron los primeros mamíferos capaces de volar batiendo las alas. Se habían propuesto África, América del Norte y Asia. Ahora, una investigación publicada en Nature señala otro escenario: Europa, durante el Paleoceno tardío, antes de que comenzara el Eoceno, hace unos 56 millones de años.

Conviene precisar desde el principio el alcance del hallazgo. Los investigadores no han descubierto un esqueleto al que podamos señalar como el primer murciélago de la historia. Tampoco han identificado al mamífero terrestre concreto del que descendieron estos animales. Lo que ofrecen es una reconstrucción de su historia evolutiva que sitúa en Europa su origen geográfico más probable. La novedad reside en haber combinado dos archivos que suelen estudiarse por separado: los genomas de las especies actuales y los restos de sus parientes extinguidos.

Los murciélagos son un grupo extraordinario incluso dentro de una clase de animales que incluye ballenas, elefantes y ornitorrincos. Con más de 1.500 especies, representan más de una quinta parte de los mamíferos vivos. Los hay que comen insectos, frutas, néctar, peces, otros vertebrados y, en unos pocos casos, sangre. Algunos alcanzan longevidades sorprendentes para su tamaño. Pero su innovación más visible sigue siendo el vuelo propulsado: ningún otro mamífero ha desarrollado la capacidad de sostenerse en el aire mediante el batido de sus alas.

El problema es que los murciélagos entraron en el registro fósil como actores que aparecen en escena cuando la representación ya lleva un rato en marcha. Los fósiles más antiguos conocidos, de hace aproximadamente entre 56 y 52 millones de años, muestran animales que ya podían volar. Algunos conservan esqueletos excelentes, pero gran parte del registro consiste en dientes aislados y fragmentos de huesos. Faltan muchas páginas del relato, entre ellas las que permitirían seguir paso a paso la transformación de un mamífero no volador en uno alado.

Además, volar complica las pesquisas sobre el lugar de nacimiento. Un animal capaz de dispersarse ampliamente puede acabar muy lejos del territorio donde surgió su linaje. La distribución actual de sus descendientes no equivale a una partida de nacimiento. Y encontrar un fósil muy antiguo en un continente tampoco demuestra, por sí solo, que el grupo se originara allí: puede significar que allí quedaron las condiciones adecuadas para conservarlo y que alguien tuvo la fortuna de encontrarlo.

Para afrontar estas dificultades, el equipo internacional del consorcio Bat1K analizó genomas de 103 especies, representativas de las 21 familias actuales de murciélagos. Cuarenta y dos de esos genomas se presentan por primera vez en el trabajo. Son ensamblajes de gran calidad, organizados a escala cromosómica, que permiten comparar extensas regiones del ADN y reconstruir las relaciones de parentesco con mayor detalle que los estudios basados en un puñado de genes.

Sin embargo, disponer de más ADN no resuelve automáticamente todos los problemas. Los investigadores encontraron que distintas regiones del genoma cuentan historias parcialmente diferentes. La diversificación rápida de los linajes y los antiguos intercambios genéticos entre ellos pueden dejar señales contradictorias. El árbol genealógico se parece entonces a un documento sobre el que varias generaciones han escrito, corregido y añadido anotaciones.

Una aportación del estudio consiste precisamente en distinguir esas señales. Los genes que codifican proteínas están sometidos a presiones selectivas que pueden dificultar la reconstrucción del parentesco. Por eso, los autores examinaron también regiones que evolucionan de manera aproximadamente neutral. Y, para resolver ciertas discrepancias, prestaron especial atención a una región del cromosoma X donde la recombinación es muy baja: un lugar que, según su interpretación, conserva mejor la señal de las separaciones originales entre linajes.

Los valores dentro de cada segmento indican el número de ensamblajes genómicos por familia; los valores junto a los nombres de las familias muestran la cobertura de especies (%) en relación con todas las especies descritas en esa familia. Los colores exteriores indican las superfamilias; Myzopodidae se muestra dentro de Vespertilionoidea. Los iconos indican el nicho de alimentación y las capacidades de ecolocalización en cada familia. Comenzando desde arriba y moviéndose en el sentido de las agujas del reloj, las ilustraciones corresponden a las siguientes familias y especies: Pteropodidae ( Pteropus capistratus ), Rhinopomatidae (Rhinopoma hardwickii), Megadermatidae (Lavia frons), Craseonycteridae (Craseonycteris thonglongyai), Rhinonycteridae (Triaenops persicus), Hipposideridae (Hiposideros diadema), Rhinolophidae (Rhinolophus megaphyllus), Nycteridae (Nycteris hispida), Emballonuridae (Saccopteryx leptura), Myzopodidae (Myzopoda aurita), Natalidae (Natalus stramineus), Cistugidae (Cistugo lesueuri), Molossidae (Eumops perotis), Miniopteridae (Miniopterus schreibersii), Vespertilionidae (Lasiurus cinereus), Mystacinidae (Mistacina tuberculata), Thyropteridae (Thyroptera tricolor), Furipteridae (Furipterus horrens), Noctilionidae (Noctilio leporinus), Mormoopidae (Mormoops megalophylla) y Phyllostomidae (Tonatia saurophila). Todas las ilustraciones fueron dibujadas a mano por Fiona Reid. El logotipo de Bat1K fue diseñado por Peter Lang bajo una licencia Creative Commons Universal Public Domain CC0 1.0 . Las imágenes no están dibujadas a escala. Imagen modificada a partir de Morales et al. (Nature, 658).

La segunda mitad de la investigación devolvió los huesos a la historia. El equipo incorporó 699 caracteres morfológicos de 65 especies, entre ellas 44 especies fósiles. Combinó esa información anatómica con los datos genómicos mediante modelos que permiten estimar parentescos y fechas considerando tanto la aparición de nuevos linajes como su extinción. Después reconstruyó sus movimientos geográficos teniendo en cuenta la posición cambiante de los continentes y las posibilidades de dispersión.

El resultado sitúa al antepasado inicial de los murciélagos en Europa, con una probabilidad posterior del 99,2 % dentro del modelo utilizado. Es un apoyo estadístico muy elevado, aunque no debe confundirse con una certeza independiente de los datos y de los supuestos del análisis. Los propios autores reconocen las limitaciones del registro fósil. Aun así, la reconstrucción favorece con claridad el escenario europeo frente a los orígenes propuestos anteriormente.

Desde Europa, sus descendientes habrían pasado probablemente a África. Ese eje europeo y africano se convirtió después en un centro de expansión desde el que distintos linajes alcanzaron América, Asia y Australia. La diversificación de los grandes grupos coincidió aproximadamente con el máximo térmico del Paleoceno-Eoceno, hace unos 56 millones de años, un episodio de calentamiento global y transformación ambiental. No era, desde luego, la Europa de los inviernos actuales: para comprender aquellos movimientos hay que imaginar otro clima y otra disposición de las tierras emergidas.

El estudio también modifica algunas rutas propuestas para la conquista de América. Para uno de los grandes grupos, los noctilionoideos, los autores infieren una expansión desde Europa hacia América del Norte hace unos 54 millones de años, compatible con una ruta por las tierras del Atlántico norte. Más tarde, entre unos 51 y 44 millones de años atrás, sus descendientes habrían llegado a América del Sur. En este caso, el modelo ofrece muy poco apoyo a una travesía directa desde África por islas atlánticas.

Hay otra pieza especialmente sugerente: Vielasia, un murciélago fósil con indicios anatómicos de ecolocación laríngea, aparece situado entre los linajes más antiguos. Su posición respalda que la capacidad de emitir sonidos y orientarse mediante sus ecos surgió antes de la diversificación del conjunto que engloba a todos los murciélagos actuales. No demuestra que vuelo y ecolocación aparecieran al mismo tiempo, pero refuerza la idea de una relación temprana entre ambas innovaciones.

Así pues, la investigación no cierra toda la historia. Todavía falta saber con precisión cómo se construyó el primer murciélago y qué aspecto tenían sus antepasados inmediatos. Pero sí ofrece una respuesta mucho más sólida a la pregunta de dónde comenzó aquella aventura. Antes de ocupar cuevas tropicales, desiertos, selvas y ciudades de casi todo el planeta, los mamíferos alados habrían iniciado su expansión en una Europa remota. Mientras seguimos buscando las páginas que faltan, sus descendientes continúan cruzando el crepúsculo, perfectamente orientados en una oscuridad que a nosotros aún nos cuesta descifrar.