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sábado, 13 de julio de 2013

Seguimos igual


Cuando apenas despuntaba el siglo XIX, Alexander Wilson, un excelente poeta y un notable ornitólogo estadounidense, observó como una bandada de palomas silvestres norteamericanas (Ectopistes migratorius) oscurecía el cielo durante más de cuatro horas. Estimó que esa bandada se componía de más de dos mil millones de aves y tendría casi cuatrocientos kilómetros de longitud por uno y medio de ancho. 

Unos años después, otro ornitólogo estadounidense, el gran naturalista John James Audubon, comprobó la veracidad de los que había observado Wilson. Abrumado por lo que había visto, escribió: 
«Desmonté, me senté en una colina y empecé a marcar con el lápiz, haciendo un punto por cada bandada que pasaba. En poco tiempo comprobé que la tarea que había emprendido era inútil ya que las aves pasaban en gigantescas multitudes. Comprobé que había anotado 163 bandadas en veintiún minutos. Me fui de allí cuando el cielo estaba literalmente cubierto de palomas, la luz del medio día se oscureció como en un eclipse, las heces de las aves caían como copos de nieve y el zumbido constante de las alas me abrumaba. Antes del atardecer llegué a Louisville (…). Las palomas seguían pasando en números inimaginables y continuaron haciéndolo durante tres días seguidos».

En un continente aún por colonizar, los inmensos espacios abiertos y vírgenes con alimentos siempre disponibles y un vuelo rápido para ir en su búsqueda, eran el secreto de una especie cuyas poblaciones representaban el 40% de todas las aves de Norteamérica. Durante el invierno, las palomas se distribuían por toda la parte oriental de Norteamérica, dispersas por cualquier lugar al este de las Montañas Rocosas. 

Pero durante la temporada de anidación todas las palomas distribuidas por esa vastísima región de unos ocho millones de kilómetros cuadrados se desplazaban de forma coordinada a la zona de anidación, situada exclusivamente en los alrededores de los estados actuales de Nueva York, Pensilvania y Ohio. Allí era donde los estupefactos habitantes veían como cada otoño las palomas oscurecían el cielo y formaban colonias de cría de hasta 150 millones de individuos. Las estimaciones de la población total (cinco mil millones) superaban con creces a la de la humanidad en todo el mundo, lo que hacía de ellas el vertebrado más abundante de la superficie terrestre.






El 24 de marzo de 1900, un muchacho de 14 años, Press Clay Southworth, armado con una carabina de aire comprimido vagabundeaba cerca de su pueblo natal, Sargents, Ohio, cuando vio una paloma posada sobre las ramas de un roble centenario. Apuntó, disparó y la mató. Ese fue el último registro conocido de una paloma que las sociedades ornitológicas americanas consideraban ya extinguida. La paloma silvestre norteamericana había desaparecido para siempre. ¿Cómo pudo una especie que alguna vez fue tan abundante en Norteamérica extinguirse en tan sólo unas pocas décadas? La respuesta es el ser humano. Las razones principales de la extinción de esta especie, como la de tantas otras, fueron la cacería comercial sin control y la pérdida de hábitats y reservas alimenticias a medida que los bosques se talaban para dar paso a granjas y poblados. 

Las palomas silvestres tenía una carne muy sabrosa y a lo largo del siglo XIX se desarrolló toda una industria alrededor de la explotación de su carne; con sus plumas se hacían buenos almohadones y se utilizaban mucho como fertilizante. Las mataban con facilidad porque viajaban en bandadas gigantescas y anidaban en colonias largas y estrechas. Las abundantísimas bandadas atravesando las llanuras de Estados Unidos en su migración anual hacia el sur permitían a los cazadores disparar casi a ciegas asegurándose cobrar piezas. A principios de 1858, la cacería en masa de palomas silvestres se volvió un gran negocio. Se utilizaron escopetas, fuego, trampas, artillería e incluso dinamita. También se les asfixiaba quemando paja o azufre debajo de sus reposaderos. Con la llegada del ferrocarril y del telégrafo, se daba la voz de alarma cuando se avistaban grandes masas de palomas y llegaban cazadores de muchos kilómetros a la redonda. En 1878, un cazador profesional de palomas silvestres norteamericanas ganó 60.000 dólares matando a tres millones de aves en sus territorios de anidamiento cerca de Petoskey, Michigan.

En 1878 sólo quedaban cincuenta millones de individuos y en 1890 apenas quedaban poblaciones. En 1896, la última gran colonia reproductiva, unas 250.000 aves, fue localizada cerca de Bowling Green, Ohio, no lejos de Mammoth Cave. Los cazadores fueron notificados por telégrafo y todas, excepto unas cinco mil aves que lograron escapar, fueron abatidas. A principios de la década de 1900 la cacería comercial cesó ya que sólo quedaban unos cuantos  miles de aves. La recuperación de la especie era imposible debido a que ponían un huevo por nido. Poco a poco, la paloma se extinguió. La última paloma silvestre conocida, una hembra llamada Martha en honor a Martha Washington, murió en el zoológico de Cincinnati en 1914. Su cuerpo disecado se encuentra en el Museo Smithsonian de Washington DC.

Parecen cosas del pasado que hoy no podrían ocurrir, pero no es así. El despiadado castigo a la naturaleza sigue siendo una constante del comportamiento humano. De acuerdo con el informe de Evaluación de los Ecosistemas del Milenio de 2012, «en los últimos cincuenta años los seres humanos han transformado los ecosistemas más rápidamente, más extensamente y más profundamente que en ningún otro período de la historia de la humanidad [...]. Esto ha resultado en una pérdida sustancial y, en gran medida, irreversible de la diversidad de la vida en la Tierra».

El ritmo de extinción de especies no tiene parangón. Cada extinción tiene su propia historia y sus propias causas. La extinción de especies no es una novedad, la novedad es la nueva “sexta extinción” a la que estamos asistiendo. En los últimos 500 millones de años ha habido cinco extinciones masivas que barrieron de la faz de la Tierra una parte sustancial de los seres vivos que la habitaban. La más grave ocurrió hace 245 millones de años cuando perecieron casi el 95% de los animales y plantas. La última gran extinción tuvo lugar hace 65 millones de años, cuando desaparecieron los dinosaurios y con ellos tres cuartas partes del resto de especies de seres vivos.


Pero hay una característica que diferencia el momento actual de las anteriores extinciones. Antes podíamos buscar las causas en factores climáticos o geológicos o en forma de meteorito. Sin embargo, la sexta extinción a la que asistimos tiene un único promotor: el hombre y sus actividades destructivas. De hecho, se estima que en los últimos cincuenta años hemos provocado la desaparición de unas 300.000 especies. 

Y si seguimos como hasta ahora, a finales del siglo XXI habremos terminado con la mitad de las especies que pueblan el planeta. Según la FAO, el 60% de los ecosistemas mundiales están degradados o se utilizan de manera insostenible; el 75% de las poblaciones de peces están sobreexplotadas o significativamente agotadas, y desde 1990 se ha perdido el 75% de la diversidad genética de los cultivos mundiales. Aproximadamente trece millones de hectáreas de selva tropical se talan cada año y el 20% del arrecife de coral mundial ha desaparecido ya, mientras que el 95% correrá peligro de desaparición o daño extremo en 2050 si no se consigue frenar el cambio climático. 

Muchos biólogos consideran que la acelerada y extinción planetaria que estamos causando es más grave que la disminución del ozono en la estratosfera y el calentamiento del globo ya que está ocurriendo con mayor rapidez y es irreversible. Reducir esta enorme pérdida de diversidad biológica de la Tierra, proteger los hábitats silvestres en todo el mundo, y restablecer las especies a cuya grave disminución hemos contribuido, son emergencias planetarias que debemos atender cuanto antes.

Ciencia y cultura para ovejas

Parafraseo la cabecera de este artículo a partir del título de un libro desternillante y preclaro, El catolicismo explicado a las ovejas, del también profesor Juan Eslava Galán, que sabrá perdonarme el pequeño hurto literario. Para compensar modestamente a mi colega, les recomiendo que se gasten unos euros en la compra del libro, porque por el mismo precio el doctor Eslava Galán desvela, tras dos mil años de controversias matemáticas y lógicas, el misterio de la Santísima Trinidad.

Formo parte de un grupo de docentes que, como hijos que somos (algo descarriados, pero hijos) de la tradición católica, apostólica y romana, observamos con creciente desasosiego como los católicos, faltos como están de los instrumentos oportunos, desconocen la interpretación de los más profundos misterios de su religión y eso los lleva a practicar un catolicismo tibio que, de no ponerle remedio, acabará por apartarlos para siempre jamás de la recta doctrina de nuestra Santa Madre Iglesia, conduciéndolos, de propina, a las calderas de Pedro Botero, si es que el infierno sigue donde ha estado siempre que ya ni de eso se está seguro. 

Para salir de esa desdichada situación en la que toda ignorancia tiene su asiento, queremos traspasar los muros de las escuelas, los institutos y las universidades para llevar la cultura y la educación a ámbitos en los que hasta ahora hemos estado ausentes y en los que nuestra dejadez de funcionarios vagos por definición ha privado a muchos ciudadanos del derecho universal a la cultura. Estamos seguros que monseñor Rouco Varela y su peña, tan acostumbrados como están a alejarse del poder terrenal, a rehuir la pompa y la púrpura y a palpar el mundo real, se adherirán como un solo hombre a lo que nos traemos entre manos.

Como primer paso, queremos llegar a un acuerdo con las autoridades eclesiásticas (los pastores) para que nos cedan un diez por ciento del tiempo de las misas con el fin de que profesores especialistas en las distintas disciplinas puedan llegar más fácilmente a las ovejas (los creyentes) mediante breves disertaciones académicas en las que nunca faltarían los "powerpointes" y otras innovaciones didácticas. Estamos estudiando cuál sería el momento idóneo para insertar en las misas contenidos científicos y culturales y, aunque poco duchos en cuestiones litúrgicas, se nos ocurre que tal vez podríamos colocar nuestro producto científico y cultural inmediatamente después de la consagración o justo antes del Padre Nuestro. 

Está claro que algunos feligreses podrían, con razón, objetar que ellos no tienen por qué aumentar sus conocimientos ni su cultura, habida cuenta que acuden a misa con el único fin de orar y escuchar la palabra de Dios para que ello, además y como quien no quiere la cosa, les perdone otras faltas terrenales y los lleve directamente al cielo. Para solucionar el problema de quienes deseen permanecer en la inopia, y aunque pudiera parecer inconstitucional, a la entrada a la iglesia les haríamos rellenar un formulario para que manifestaran su preferencia por la religión o la cultura. Una vez identificados unos y otros, los que no estuvieran interesados en la campaña de extensión cultural abandonarían en el momento adecuado la nave principal de la iglesia para reunirse en las capillas laterales, la cripta o el salón parroquial. Con el fin de evitar agravios, esas ovejas recibirían durante ese rato charlas ad hoc. Por ejemplo, los feligreses que no quieran repasar la tabla periódica estudiarán los efectos perniciosos de los colorantes alimentarios; los que no quieran hacer gimnasia podrán ver un documental sobre la obesidad, y los que no quieran repasar los verbos irregulares ingleses podrían estudiar estadísticas sobre la importancia de hablar idiomas en el mundo moderno. 

Algunos negociadores enviados por la Conferencia Episcopal nos han adelantado que no habría problema en computar el tiempo de cualquiera de estas actividades como tiempo equiparable al dedicado a escuchar la palabra de Dios, a la oración, a la contemplación o a la penitencia y que en ningún caso podrá discriminarse el acceso a la salvación eterna a los fieles en razón de sus preferencias religiosas o educativas. 

Tampoco han puesto la más mínima objeción a la aparente contradicción derivada de que el contenido de las misas esté basado en la fe del carbonero, el dogma y creencias tan disparatadas que dejan en mantillas la historia de Superman, en contraste con la naturaleza científica y académica de los contenidos que habitualmente impartimos en las aulas. Pero las ganancias para las ovejas interesadas no serían pocas porque la asistencia a las clases les permitiría responder a muchas cuestiones que atormentan hoy el alma del creyente.

¿De dónde saldría el dinero para pagar al profesorado que trabaje los domingos? Sin duda alguna de los donativos que los fieles depositan en los cepillos, del porcentaje de impuestos destinados al sostenimiento de la Iglesia Católica o, en general, de los presupuestos de la Iglesia. Claro, que también podríamos acudir a la publicidad. La religión católica, con sus templos y sus procesiones, es uno de nuestros grandes atractivos turísticos que permitiría obtener jugosos ingresos a costa de los turistas, tan crédulos y de tan buen conformar. Como según la Conferencia Episcopal con la pasta que obtienen del Estado no tiene ni para empezar, podrían ayudarse con publicidad. Un compañero de profesión, Rafael Reig, ha dado algunas interesantes ideas al respecto: «Vodafone debería patrocinar los confesionarios, eso salta a la vista: 800-GOD, tu línea directa con el Altísimo. O la Gran Vigilia de la Inmaculada-Woman Secret, que proporcionaría un atractivo imprevisto a una de las actividades nocturnas más peregrinas y aburridas que puedan concebirse; seguro que entusiasmaba a las feministas norteamericanas. Las custodias, es decir, las piezas de metal en las que se expone la hostia consagrada a la adoración de los fieles, ¿no ganarían mucho bajo la advocación de Samsonite? ¿Y qué decir de las propias hostias? Deberían distribuirse hostias consagradas y envasadas al vacío, en pequeños tetrabriks o en packs familiares. ¿Cuánto dinero podríamos recaudar dejando la promoción eucarística en manos de Kellogs? El problema de la fecha de caducidad (puesto que, según pretenden, Dios es eterno), se resolvería con un sencillo “consumir preferentemente antes de”. Seamos imaginativos: ¿no podría Zara actualizar la rancia imagen del manto de la Virgen del Pilar? ¿Qué no haría Benetton con el Cristo de Medinaceli? ¿Cuánto nos daría la editorial de Las sombras de Grey por poder patrocinar las procesiones de Semana Santa, con sus penitentes azotándose?»

Solucionado el engorroso problema de las nóminas, para garantizar la calidad de las enseñanzas impartidas nuestra asociación gestionaría directamente el dinero aportado por la Iglesia y con él contrataría a profesores de sólida formación pedagógica y científica que se encargarían de impartir las clases durante las misas. Naturalmente, dado el carácter eminentemente laico de las clases, no dudaríamos en despedir fulminantemente a aquellos profesores que no mantuvieran una coherencia laica entre su vida profesional y personal haciendo cosas como casarse por la iglesia, llevar medallitas y escapularios, acudir a misa semanalmente o participar en cualquier tipo de actos religiosos. 

Finalmente, llevaremos nuestras negociaciones hasta el mismísimo Vaticano, con cuyas humildes y desprendidas autoridades firmaríamos un concordato que garantizara la continuidad de nuestra noble tarea docente en las iglesias durante los años venideros. 

Entre tanto cuaja la idea, amable lector, puedes hacer llegar nuestra propuesta educativa a docentes, padres, alumnos, políticos, sindicalistas, medios de comunicación e incluso a las autoridades eclesiásticas, incluido nuestro muy amado pastor complutense, el obseso monseñor Reig Pla. Tal vez así contribuyamos a que se entienda mejor lo que está ocurriendo en relación con la enseñanza de la religión en los centros sostenidos con dinero público.