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martes, 22 de febrero de 2011

Cuestión de confianza o por qué a Thomas Jefferson no le gustaban los bancos

Me inspira este artículo la noticia de que  Nueva Rumasa, el espectro de la vieja Rumasa, se desmorona tras atrapar a miles de inversores. Ocurrió lo mismo hace ahora justamente 28 años, una prueba palpable de que la avaricia mantiene la vigencia eterna del tocomocho, la estampita, las pirámides de Madoff y los imperios de papel de timadores como Ruiz Mateos. Solo un impulso demencial, un irracional espíritu movido bien por la afinidad ideológica, bien por la codicia o bien por la estulticia, puede llevar a algunos a confiar en un personaje como el empresario jerezano que ha declarado que «de no devolver el dinero a las personas que en un gesto de bondad y de confianza le han prestado, se pegaría un tiro en la cabeza, si es que la fe que profeso me lo permitiera». Acabáramos; así cualquiera.

Un reciente libro (2009) firmado por el premio Nobel George Akerlorf y por Robert Shiller, titulado Animal Spirits en recuerdo de Keynes, subraya que el problema fundamental hoy es la enorme desconfianza de la gente en el mundo de los negocios y especialmente en el de las finanzas, lo que no sólo está afectando negativamente a los bancos sino también a los planes de inversión de las empresas y a los planes de consumo e inversión privados. La confianza es muy difícil de medir, pero parece lógico que se haya perdido cuando hemos comprobado cómo colapsaban importantes instituciones financieras y cómo los gobiernos montaban descomunales operaciones de rescate.

Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos, no tenía una buena opinión del negocio bancario. En una carta dirigida a John Taylor, escribió: «Creo, sinceramente, que los establecimientos bancarios son más peligrosos que los ejércitos permanentes y que el principio de gastar dinero para ser pagado por la posteridad, bajo el nombre de la financiación, es sin embargo una estafa futura a gran escala." […] Yo lo contemplo [al negocio bancario] como un borrón en todas nuestras constituciones, que, si no se protegen, terminará en su destrucción, ya que ya están siendo golpeadas por los jugadores corruptos, y está arrasando en su progreso, la fortuna y la moral de nuestros ciudadanos.» Más escuetamente, Mark Twain -«Un banquero es un señor que nos presta su paraguas cuando hace sol y lo quiere de vuelta apenas empieza a llover»- y Bertolt Brecht -¿Qué de malo tiene robar un banco comparado con fundarlo?» expresaban su opinión sobre el mundo de la banca.

Con semejantes referencias, resulta difícil salir en la defensa de los bancos. Sin embargo, basta un análisis somero para darnos cuenta de que como ocurre con tantas otras actividades (los dentistas o las funerarias por citar dos casos) los bancos son tan temidos como indispensables y por ello han formado parte del tejido social de nuestras comunidades desde hace siglos. De hecho, los orígenes de la palabra «banco» se remontan hasta el latín bancus, que designaba las largas mesas que los cambistas de la antigua Roma ponían en los patios para hacer sus negocios.

Las empresas, a diferencia de las personas, no son todas iguales. Hay algunas de ellas que extrañaríamos si dejaran de existir, pero la vida seguiría su curso. Hay otras, en cambio, cuya caída arrastraría consigo a grandes secciones de la economía y la sociedad. Los bancos entran en esta segunda categoría. El sector financiero en general, y la banca en particular, no sólo guardan nuestros ahorros y nos prestan efectivo cuando lo necesitamos, sino que funcionan como el sistema arterial para el transporte de dinero de un lado a otro de la economía: su función clave, la de intermediarios financieros, es transferir dinero, en cantidades ingentes, de quienes quieren prestarlo a quienes quieren pedirlo prestado. 
Además de su papel como mecanismo de transmisión de la política monetaria, que es fundamental para mantener la estabilidad de los precios y para suavizar las fluctuaciones y los ciclos económicos, y de cumplir un servicio público mediante el cual se realizan miles de millones de pagos diarios (recibos de electricidad, agua, calefacción, nóminas), los bancos y otras entidades financieras son fundamentalmente unas instituciones que toman prestado a corto y que prestan a largo, incurriendo así en un riesgo de tipos de interés, de plazos y, por supuesto, de impago de lo prestado, que les hace ser extraordinariamente vulnerables a cambios en las condiciones económicas y muy sensibles a la desconfianza.

Los bancos canalizan los recursos de aquellos que ahorran hacia aquellos que consumen o invierten, transfiriendo el riesgo de aquellos que no quieren correrlo a quienes están dispuestos a asumirlo. Obviamente, obtienen un beneficio al cobrar un interés más alto sobre el dinero que prestan que el que pagan sobre el dinero de los ahorradores que tienen en depósito. La diferencia entre los dos tipos de interés les permite obtener ganancias a cambio de este servicio; cuanto más arriesgada sea nuestra propuesta (esto es, cuanto peor es nuestra calificación crediticia), mayor será la diferencia: quienes necesitan una hipoteca por el 80% o más del valor de la vivienda que desean adquirir tienen que pagar un tipo de interés más alto que otros. Después de todo, tienen más probabilidades de incumplir sus pagos, lo que en última instancia puede representar una pérdida significativa para el banco.

Si todo el mundo tuviese acceso a la información, no haría falta tener ningún intermediario financiero. Los ahorradores prestarían directamente a los inversores o invertirían directamente en acciones, fondos y bonos. El problema fundamental es que, en cada faceta de la vida, unos saben mucho más que otros. Piense que usted quiere tomar un seguro. Por hábil que sea el asegurador, usted sabe más sobre su probabilidad de riesgo de accidente o sobre su probabilidad de enfermedad o de esperanza de vida que él. Quien desee venderle algo, lo que sea, sabe siempre más sobre el producto que quiere vender que usted. Quien demanda un empleo, sabe más sobre su capacidad de desempeñar eficazmente el trabajo que el empleador. El aparcero sabe más sobre las condiciones de la cosecha que su terrateniente. Quien acude en demanda de un préstamo sabe más sobre su propia solvencia o la del proyecto que presenta para pedir el préstamo que el prestamista.

Por eso, por la asimetría de la información, existen los intermediarios financieros entre ahorradores e inversores, porque se han especializado en recoger, analizar, calcular y explotar sus mayores conocimientos sobre la capacidad de pago de los prestatarios o sobre la situación de solvencia de las instituciones que emiten acciones o bonos. Esta actividad exige un grado de confianza muy elevado en la veracidad y exactitud de la información que reciben de los intermediarios. Este grado de confianza, si se quiebra, puede llegar a paralizar la actividad de los intermediarios financieros y de los mercados, algo que ha ocurrido, de nuevo y con fiereza, en esta crisis.

Si el sistema financiero y bancario, que es innatamente vulnerable, llega a colapsar por la pérdida de confianza de aquellos que lo utilizan, su impacto sobre el resto del sistema financiero y sobre el resto de la economía (comúnmente llamada «real», por distinguirla de la financiera) es enorme como ya demostró la Gran Depresión que sufrieron nuestros abuelos y ha demostrado de nuevo y ahora la Gran Recesión que nos ha tocado vivir. Después del derrumbe de un banco tras otro ha resultado evidente que gran parte de la expansión bancaria no estaba fundada en un crecimiento real. Sin embargo, la verdad lisa y llana es que sin bancos las personas no podrían obtener préstamos o invertir, acciones que son esenciales para llevar una vida productiva en la economía real.

En el corazón del golpe


 
Dieciocho horas y veintitrés minutos del 23 de febrero de 1981. Yo estaba allí, en el corazón del golpe de Estado.

El día de Año Nuevo me había incorporado para realizar mis prácticas de seis meses como sargento de Artillería de milicias universitarias a la Quinta Batería del Regimiento de Artillería de Campaña 11, acuartelado en Vicálvaro. Cuando me incorporé al regimiento, me entregaron la boina negra de tanquista que habría de llevar durante los siguientes seis meses. Aquella boina como de luto añejo, heredada de las Panzerdivisionen de la Wehrmacht alemana, se haría tristemente famosa unas semanas después, cuando apareció sobre las cabezas de algunos significados golpistas. Tricornios de charol y boinas de paño negro: el 23-F la España más oscura, la del Romance de la Guardia Civil, amenazaba con volver.

Es difícil encontrar un icono que represente la represión militar con mayor eficacia plástica que la silueta de un blindado. «Sacar los tanques a la calle» es la expresión genuina e inconfundible de la mano represora del ejército. Pese a su escasa operatividad en ambiente urbano, el blindado es siempre un incontestable elemento de disuasión como todo el mundo pudo ver en la noche del 23-F en Valencia, cuando los carros de combate tripulados por militares con boina negra se pasearon por las calles de la ciudad, sembrando el miedo entre sus habitantes. El fragor de cadenas y motores, las torretas erizadas de cañones y ametralladoras son de un efecto disuasorio más que notable. La División Acorazada Brunete, la más poderosa de España, contaba con más de doscientos de estas «bestias de guerra», la mayoría carros de combate AMX-30, a los que había que sumar las descomunales baterías autopropulsadas M107 y M109 de mi regimiento y los TOAS (Transporte Oruga Acorazado), comunes en todas las tropas divisionarias para el transporte de fusileros y tropas auxiliares.

Entre los viernes 20 y 27 de febrero yo estaba de suboficial de semana en mi batería, lo que me obligaba a permanecer acuartelado durante esos días, mientras que el resto de oficiales y suboficiales, finalizado el horario laboral, se marchaban hasta el día siguiente. El domingo 22, fue un domingo como otro cualquiera en un regimiento que no está de maniobras: tranquilidad y tedio absolutos. Por la noche, al toque de retreta, hice la obligada lectura del orden del día para el día siguiente, el 23-F, uno más descontar de los que quedaban de mili. La tradición del día –un breve mensaje castrense que se incluye en todas las órdenes- decía aquel frío atardecer de febrero: «Cruzada nacional: El mal tiempo, la ventaja de la fortificación y la densidad de los efectivos rojos, no pudieron detener el empuje de las Divisiones Nacionales, que en febrero de 1938 rompían el frente de Aragón al norte del Ebro, en un avance combinado con otro que le precedía al sur de dicho río, iniciando así la gran ofensiva entre el Pirineo y el Valle del Ebro.» Firmaba la orden el coronel Pontijas de Diego, jefe del Regimiento.

El lunes 23 amaneció soleado en Madrid. Después de distribuir a la tropa para el trabajo del día me dirigí hacia el despacho del capitán a darle las novedades del fin de semana. Mientras cruzaba el primer patio del cuartel, la megafonía comenzó a emitir marchas e himnos militares, algo inusitado. Desde la agonía de Franco, me dice el capitán, nunca habían emitido música por la megafonía. Continúa la rutina hasta que, después de la comida, se recibe la instrucción de que nadie, bajo ningún concepto, abandone el acuartelamiento. Se me ordena que forme a la tropa, con equipo de campaña completo, incluyendo armamento. Formados todos, comienzan los rumores en los corrillos de mandos. El capitán dice que él no sabe más que nosotros; «supongo –dice- que son unas maniobras alfa», unos ejercicios nocturnos que la División acostumbraba a hacer hasta el año anterior. Sin embargo, desde que comenzaron los rumores de golpe hacía más de un año, el gobierno las había prohibido.

Continuamos más de dos horas formados, a la intemperie, en posición de descanso. A las cinco y media de la tarde regresa el capitán de una reunión de mandos: la división debía salir a las calles de Madrid «al servicio de España y en nombre del Rey». Demudado, manda distribuir la munición de guerra de la batería. Le pregunto el número de cartuchos que debo entregar por soldado y responde que no importa, que a discreción. Quien haya hecho el servicio militar sabrá, tan bien como yo, que si algo se hace en los cuarteles es contar y recontar hasta la paranoia la cartuchería que se entrega a la tropa. Ahí, en ese momento, me temí lo peor. Aparecen los soldados del polvorín con las cajas de munición, que se rompen a hachazos y cada quien coge lo que se le antoja. A los suboficiales, que normalmente llevamos una pistola automática de 9 milímetros, se nos ordena tomar también el subfusil de asalto reglamentario.

Sospecho lo que se nos viene encima. Estoy al borde de derrumbarme. Miro a los soldados que, como yo, son de reemplazo. Me interrogan con la mirada, algunos tiemblan, otros están al borde del llanto. Decía Borges que cualquier destino, por largo y complicado que sea, consiste en realidad en un solo instante, el instante en que un hombre sabe para siempre quién es. En esos momentos supe que yo no era mejor que ninguno de aquellos soldados, gente sencilla y humilde, algunos casi analfabetos, con los que debía compartir unos terribles sucesos aún por comenzar. Me paso entre las filas y les voy dando ánimos. 
 
Seis de la tarde. Se ordena a los conductores que vayan al patio de carros y pongan los vehículos en orden de marcha. Resuenan los broncos ruidos de los motores y el aire se llena del olor a gasóleo quemado. Una minoría de mandos exaltados da vivas a España y al ejército. Están entusiasmados. El teniente coronel jefe de la Plana Mayor del Regimiento va de un lado a otro impartiendo órdenes atropelladas: «¡Capitán, la Quinta Batería, a emplazarse al Retiro!». Intenta leer unos papeles, se le caen las gafas, las pisa, y un ayudante se las recupera con un cristal roto. No importa, se las coloca y sale bufando.

El sol deja de brillar y rachas de viento invernal procedentes de Guadarrama barren los patios; hacia las seis y veinte ya está oscureciendo. A las seis y veintitrés minutos el teniente coronel Tejero, un patán embrutecido, irrumpe en el Congreso de los Diputados al mando de una soldadesca olivácea. Es el principio del golpe. El cabo de cuartel, el único que permanecía en las dependencias de la batería, aparece en las escaleras y, transistor en mano, grita: «¡Los civiles entran el Congreso!» Todo estaba claro. Se nos ordena ir hasta los vehículos. Subimos. El patio de carros es un infierno de ruido, voces de mando, humo y gasóleo quemado: rugen los blindados situados ya en orden de maniobra, dispuestos a salir por la enorme puerta donde un capitán, provisto de las llaves, espera unas órdenes que nunca llegaron. Mientras los vehículos repletos de boinas negras esperan y las calles de España se vacían, se libraba la batalla de generales en que derivó el 23-F. El general jefe de la División, Juste, el jefe del Estado Mayor Central, Gabeiras, y el capitán general de Madrid, Quintana Lacacci, impiden la salida de la Brunete. Los tres lo tenían claro, como Quintana testimonió después: «El Rey me había mandado no secundar el golpe; de haberme ordenado que asaltara el Congreso de los Diputados, lo habría asaltado».

General José Juste, jefe de la División Acorazada Brunete
El golpe había fracasado. Después, tras el mensaje del Rey que parecía no llegar nunca, algo más de tranquilidad y, finalmente, cuando todo terminó, la sensación de que habíamos estado muy cerca del desastre. Pasé la noche con un retén patrullando alrededor del cuartel para rechazar a grupos de exaltados –camisas azules, escudos de Fuerza Nueva, banderitas en el reloj- que venían a ofrecer sus servicios para “defender” a España. El viernes 27 a las 15 horas salí del cuartel para regresar a Alcalá, donde me esperaban mi mujer y mi hijo de apenas año y medio de edad. Cuando el soldado de puertas dejó caer la barrera detrás de mi coche, rompí a llorar desesperadamente. Había dejado detrás los tanques y una maldita pesadilla que repetía los peores momentos de nuestra historia. Llegando a Alcalá intenté serenarme. Aparqué el coche. Escondí la boina negra, crucé Lope de Figueroa, y entré en mi casa.

¿Miedo? No, nunca tuve miedo físico porque estaba entre los fuertes, entre los que vencerían pero no convencerían. Vergüenza: mucha. Indignación: toda. Había estado a punto de formar parte de la peor reacción de España, de la soldadesca tocada de negro que había estado intentando hacer a mi generación lo que ya habían conseguido hacer a muchas generaciones de españoles: cercenar nuestras esperanzas de desarrollo personal y colectivo e impedirnos vivir una vida plena de libertad.

La tarde del 27 de febrero salí a manifestarme por las calles de Madrid. Entre el millón de manifestantes me encontré con el capitán que mandaba mi batería. Me di cuenta entonces de que después del 23 de febrero de 1981 nada iba a ser lo mismo para los españoles. Para mí, que había vivido el instante que decía Borges, mi instante, tampoco.



jueves, 17 de febrero de 2011

El fantasma del sha



Un fantasma sobrevuela estos días los países islámicos: el fantasma del sha Reza Pahlevi, el último de los sátrapas persas. La tiranía de Reza Pahlevi, un monarca manejado por los intereses de las petroleras occidentales cuyo lujoso estilo de vida llenaba en la década de los 70 las portadas de las revistas del corazón, acabó en 1979 y dio entrada a otra tiranía, esta vez la del integrismo religioso de los ayatolás, que es el auténtico y terrible espectro que subyace estos días entre los movimientos populares que agitan el mundo árabe. El sha creó un sistema que sólo era capaz de defenderse y totalmente incapaz de satisfacer las necesidades de su pueblo. Esta fue su mayor debilidad y la auténtica causa de su fracaso final. La base psicológica de semejante sistema no era otra que el desprecio que sentía el monarca por su propio pueblo y el convencimiento de que siempre se podía engañar a súbditos ignorantes prometiéndoles muchas cosas. Pero hay un proverbio iraní que dice «las promesas sólo tienen valor para quienes creen en ellas». Ben Ali en Túnez y Mubarak en Egipto han podido comprobarlo estos días.

El periodismo de reportaje es una fuente importante en la construcción de la conciencia. Más pegados al terreno que los historiadores, los periodistas que viven los acontecimientos en directo, o que los recrean usando las técnicas impuestas por el relato necesariamente breve de la prensa, nos acercan más vivamente a la realidad de los hechos. Por ello la producción de reportajes –a pesar de que sigan uno de los primeros mandatos del gremio informativo: «primero simplificar, luego exagerar»- es un medio fundamental para tejer la urdimbre sobre la que los historiadores hagan su trabajo.

Días pasados, Roger Cohen, corresponsal en Oriente Próximo de The New York Times, que está siguiendo los vertiginosos acontecimientos de Túnez y Egipto, unos sucesos que se repiten en Argelia mientras escribo estas líneas, escribía que la cuestión fundamental en Oriente Próximo es si estamos presenciando el Teherán de 1979 o el Berlín de 1989. En 1989, recuérdese, los movimientos de la gente echada a las calles trajeron la inesperada caída del muro de Berlín. ¿Qué ocurrió en Teherán en 1979? Recurro a las viejas lecturas.

Rescato de un estante remoto, casi desde donde habita el olvido, una obra que se sitúa en la frontera entre el periodismo y la literatura, El sha o la desmesura del poder (Anagrama), de Ryszard Kapuściński, publicado originalmente en 1982,  que es una excelente aproximación para entender lo acaecido en Irán entre el derrocamiento de Mossadegh en 1953 y la revolución de 1979. El libro es el producto final de unir una serie de reportajes, cada uno de ellos magistral en su forma de presentar los acontecimientos mediante una reflexión lúcida, colorida y penetrante sobre los mecanismos de la Historia y del Poder, que el periodista polaco realizó durante los acontecimientos que sucedieron al derrocamiento de Reza Pahlevi y dieron entrada al régimen islámico de los ayatolás.

Irán, 1980: los revolucionarios han tomado el poder. En un hotel desierto de Teherán, a partir de notas, cintas magnetofónicas, fotos y otros materiales que ha ido acumulando desde que está en Irán, Kapuściński intenta comprender la causa de la caída del Sha. ¿Cuál ha sido la evolución del país desde finales del siglo XIX hasta la revolución islámica? ¿Cuáles fueron los orígenes del movimiento chiita? ¿Cómo ha logrado Jomeini imponerse? ¿Qué puede éste ofrecer frente a la promesa del sha de «crear una segunda Norteamérica en una generación»? ¿Qué es lo que la gente espera de la revolución y qué es lo que realmente obtiene? ¿Cuál es la situación del país después de tanta y tanta violencia? Kapuściński recompone el rompecabezas y, escudriñando como una antomista en el interior de la revolución recién terminada, nos desvela las fuerzas que sostenían el poder del sátrapa y las fuerzas que lo minaban. En una luminosa síntesis nos ofrece un retrato del estado psicológico de un país revolucionario.



Todo había comenzado al inicio de la década de 1950, cuando el presidente Eisenhower tomó una decisión que cambió la política internacional para siempre. Irán estaba cargado de petróleo, pero, lo que era aún más importante, era una pieza crucial del tablero de la Guerra Fría. Sus vecinos más próximos eran la URSS, Turquía, Irak, Arabia Saudí, Afganistán y Paquistán. Además de eso, quien controlara Irán controlaría el Golfo Pérsico y desde allí podría atacar fácilmente a Israel, Líbano, Jordania y Siria con misiles, la tecnología bélica favorita de la época. En las elecciones democráticas de 1951, los iraníes eligieron primer ministro a Mohammed Mossadegh, un parlamentario destacado que puso a las petroleras británicas y norteamericanas entre la espada y la pared: o compartían los beneficios del crudo con el pueblo iraní, o tendrían que enfrentarse a la expropiación. Cumplió su promesa. Ante la avarienta negativa de las petroleras, acostumbradas a una rapiña despiadada de los recursos persas, nacionalizó los activos petrolíferos de Irán. Con ello provocó la ira de la inteligencia británica y norteamericana.

Británicos y estadounidenses compartían una sensación de vulnerabilidad por la amenaza de perder las reservas de petróleo a manos de la URSS. Después de que Mossadegh nacionalizara el petróleo, Allen Dulles, director de la CIA, pidió que se tomaran medidas drásticas. Sin embargo, debido a la proximidad de Irán con los soviéticos, el presidente Eisenhower prohibió que se produjera una invasión por miedo a que se desatara una guerra nuclear. En cambio, un agente de la CIA llamado Kermit Roosevelt, nieto del presidente Theodore Roosevelt, fue enviado con varios millones de dólares. Los movimientos de Kermit pueden ustedes imaginarlos si vuelven a ver a George Clooney, en la película Syriana, basada en sendos libros escritos por el ex agente de la CIA Robert Baer. Roosevelt contrató matones para que amenazaran, asesinaran y provocaran alborotos. Ayudados por la policía, cuyos agentes sin uniforme proganizaban violentas manifestaciones para crear la impresión de que Mossadegh era tan impopular como inepto, consiguieron el país quedase al borde del estallido, dividido entre el pueblo, partidario de Mossadegh, y las oligarquías, apoyadas por el soberano y el ejército.

En agosto de 1953 el sha firmó sendos decretos, uno destituyendo a Mossadegh y otro nombrando al coronel Zahedi primer ministro. Mossadegh no se arredró y detuvo al militar que le había llevado el decreto. Las calles se llenaronn de multitudes que protestaban por la decisión del sha. Zahedi se ocultó. Como ahora ha hecho Mubarack, el sha, junto con su esposa Soraya, huyó en avión, primero a Bagdad y luego, a Roma. Durante ese proceso, Dulles se desplazó a Roma para coordinar la acción conjunta que había de destituir a Mossadegh. En Teherán, los partidarios de este y de su partido el Tudev, controlaban las calles y celebraban la partida del sátrapa derrocado. El ejército salió de sus cuarteles y empezó a acordonar a los manifestantes. En la madrugada del 19 de agosto, se dio orden a los agentes iraníes de lanzar a la calle a todos los efectivos que fueran capaces de conseguir. Por la tarde Zahedi salió de su escondrijo. Mossadegh fue derrocado, metido en prisión durante un tiempo, y finalmente pasó el resto de su vida bajo arresto domiciliario. Su prestigio internacional impidió que fuera asesinado. Los dirigentes del Tudev y decenas de sus militantes fueron toturados y ahorcados.

Reforzado por la CIA, y apoyado por Occidente, Reza Pahlevi regresó del exilio en el que apenas había estado unas semanas, para ser definitivamente coronado en una ceremonia que fue la apoteosis del papel couché como Shahan-Sha («Rey de reyes»). Empezó entonces formarse una línea directa que va desde Kermit, pasando por el sha y la revolución islámica, hasta Al Qaeda.

No hay duda de que la Revolución Islámica de 1979 tuvo sus raíces en el golpe de 1953. Oriente Próximo sería muy diferente si Occidente hubiera apoyado a Mossadegh en lugar de derrocarlo. Si se hubiera animado al primer ministro, democráticamente elegido, a que utilizara el dinero del petróleo para sacar a los iraníes de la extrema pobreza, el sistema sería ahora mucho mejor que el instaurado por el sha. Los conflictos entre suníes y chiíes y árabes e israelíes podrían haber sido resueltos hace tiempo si se hubiera respetado la democracia y permitido a la región que utilizara sus considerables recursos para aliviar la pobreza y el sufrimiento.
En 1978 comenzaron a llegar noticias de bombardeos y disturbios en Irán. El ayatolá Jomeini y los mulás habían comenzado su ofensiva. Durante los meses siguientes, el sha huyó, le diagnosticaron cáncer, se refugió en Panamá y Egipto y murió. Los mulás clamaban contra el imperialismo estadounidense, llamando a Kermit Roosevelt «agente de Satanás» y acusando a Washington de «crímenes contra el pueblo iraní y la humanidad». Sus seguidores irrumpieron en la embajada de Estados Unidos en Teherán, tomaron como rehenes a 52 estadounidenses y los retuvieron durante 444 días. La mayoría de empresas estadounidenses fueron expulsadas de Irán durante 30 años.

El mundo occidental, con la administración Obama en cabeza, observó las elecciones iraníes de junio de 2009 como una esperanza para el cambio de régimen. Irán se desgarró de nuevo. El fantasma del sha y de Kermit Roosevelt seguían estando presentes. Los líderes de Irán que defendían como legítima la elección del candidato conservador favorito de los mulás, Mahmoud Ahmadineyad, sobre el más pro occidental Mir Hossein Mousavi, citaban el golpe de la CIA, contra Mossadegh como razón para no aceptar las presiones de Estados Unidos o cooperar con Washington.

Y termino con Kapuściński: «Cuando se habla de la caída de la dictadura (…), no se puede tener la ilusión de que junto a ella se acabe todo el sistema, desapareciendo como un mal sueño. En realidad sólo termina su existencia física. Pero sus efectos psíquicos y sociales pueden quedarse en formas de comportamientos cultivados en el subconsciente. La dictadura, al destruir la inteligencia y la cultura, ha dejado tras sí un campo vacío y muerto en el que el árbol del pensamiento tardará mucho tiempo en florecer.»

domingo, 6 de febrero de 2011

El problema español



Pablo Iglesias es, entre otras cosas, para mí, el reactivo de la villanía de la educación burguesa española, que yo he vivido, y la que, sin duda, por milagro, no me contagié. Uno de los elementos permanentes de esta pedagogía era, a fines del siglo pasado y comienzos del actual, el presentar la figura de Iglesias como un fiero Anticristo, compendio de todas las perversidades. Nunca se ensañó sobre hombre alguno la calumnias como sobre él. Todo eso se ha olvidado ya; pero conviene recordarlo para vergüenza de los calumniadores y para confortar a los que hoy son sus víctimas. Suscribo punto por punto estas hermosas palabras que escribió un burgués liberal, el doctor Gregorio Marañón, hace ahora 80 años en una tribuna del periódico segoviano Acueducto (Un juicio sobre Pablo Iglesias. 9-4-1930).

Cuando el 2 de febrero de 1879 Pablo Iglesias y el médico Jaime Vera convocan a un puñado de de intelectuales y obreros a una reunión clandestina en la taberna madrileña Casa Labra para fundar el PSOE y la UGT, no quieren crear un partido de masas. El primer programa del nuevo partido político fue aprobado en una asamblea de 40 personas, el 20 de julio de ese mismo año. En las elecciones de 1891, las primeras celebradas por sufragio universal masculino, cuatro candidatos socialistas a concejales del Ayuntamiento de Bilbao y otro al de La Arboleda, Facundo Perezagua, resultan ser los primeros representantes electos socialistas de la historia de España. Ni Perezagua ni otros tres de los representantes bilbaínos pudieron tomar posesión de su puesto por no ser propietarios. En 1895 Perezagua volvería a ser elegido concejal, ahora en Bilbao. Esta vez sí pudo tomar posesión: abrió una taberna y se inscribió como comerciante en el registro.

En octubre de 1903 un grupo de obreros (Antonio Fernández Quer, Antonio Cao del Río, Jerónimo Fernández, Mariano Alarcos, Arcadio Monge, y Andrés y Serapio Saborit) fundaron la Agrupación Socialista de Alcalá de Henares. En las elecciones municipales de noviembre de aquel año Fernández Quer obtuvo acta de concejal. Es el primer concejal socialista madrileño, dos años antes de que Pablo Iglesias, Rafael García Ormaechea y Francisco Largo Caballero resultaran elegidos ediles capitalinos.

En las generales de 1910, Pablo Iglesias, que compartía candidatura con Benito Pérez Galdós, se convirtió en el primer diputado socialista a Cortes. Obtuvo más de cuarenta mil votos. Sobre ellos escribió Ortega y Gasset en El Imparcial (13-5-1910): «Los cuarenta mil votos que han elevado a Pablo Iglesias hasta la representación nacional significan cuarenta mil actos de virtud. Merced a ellos, las urnas ciudadanas se han purificado: dentro de sus paredes de vidrio han solido albergar los crímenes más graves que puede cometer el hombre moderno, hasta el punto de desacreditar esta espiritual materia arenosa que un tiempo fue usada como emblema de la pureza. Hoy vuelve a su honor el vidrio: los votos de Pablo Iglesias han henchido las urnas de virtudes teologales».


Tras resultar reelegido en solitario durante tres elecciones consecutivas, en las generales de 1918 Iglesias estuvo acompañado por primera vez en las Cortes por otros socialistas: Julián Besteiro, Francisco Largo Caballero, Daniel Anguiano, Indalecio Prieto y Andrés Saborit, miembros encarcelados del comité de la huelga general de 1917. Saborit es el primer socialista alcalaíno en ser elegido diputado.

Casa del Pueblo de La Arboleda, fundada en 1888
El éxito electoral fue el resultado del trabajo tenaz realizado por el partido y el sindicato en las Casas del Pueblo, herederas de los decimonónicos Centros de Sociedades Obreras, que se constituyeron no solo en lugares de reunión de militantes, sino en cooperativas, escuelas laicas y de formación para jóvenes obreros, mutualidades de solidaridad -antecedentes de la seguridad social y de los subsidios de desempleo, unos y otros atendidos con las cuotas de los afiliados- Economatos, clínicas y hasta farmacias para atender a los necesitados completaban las atenciones que las Casas del Pueblo prestaban a sus afiliados. En la década de los veinte, más de dos millones de españoles, el 1% de la población, están afiliados a las Casas del Pueblo repartidas por toda España. La consigna que repetía machaconamente Pablo Iglesias: «Austeridad, fe y constancia», había hecho de la UGT el sindicato más potente de Europa y del PSOE lo que Iglesias no quería: un partido de masas.

Sábado, cuatro de febrero de 1911. Reina un Borbón, Alfonso XIII, un aficionado al juego, a las mujeres y a la pornografía que vive rodeado de un lujo impropio en un país en el que ocho de cada diez españoles son analfabetos: los periódicos denuncian que hay pueblos donde nadie, absolutamente nadie, desde el alcalde al enterrador, sabe leer ni escribir. Nieva en Alcalá. Un grupo de alcalaínos se dirige hacia una casa de la calle Escritorios. Acuden a la inauguración de la Casa del Pueblo y, de paso, a escuchar una conferencia que pronunciará un joven de quien se empieza a hablar mucho y bien: Manuel Azaña. La conferencia se titulaba El problema español y significó un punto de inflexión en su biografía: aquellas palabras encerraban el embrión del discurso político que le llevaría hasta la Presidencia de la II República encabezando su partido, Izquierda Republicana. Estaba también el afán regeneracionista que le llevó hasta su triste destino final en el exilio de Montauban.

Apenas diez días después de impartida la conferencia, la Agrupación Socialista hizo una modesta tirada impresa que desapareció de la circulación hasta que José María San Luciano la reencontró inesperadamente en 1975. El hallazgo sirvió para que el propio San Luciano y Vicente Alberto Serrano editaran y publicaran en 1980 su edición facsímil dentro del, en mi modesta opinión, libro más importante publicado en Alcalá desde la Biblia Políglota: Azaña, (Edascal), posteriormente reeditado, con menor alarde fotográfico pero con igual mimo, por la Fundación Colegio del Rey. Las plumas de Francisco Ayala, Jorge Guillén, José Bergamín, Juan Marichal, Gabriel Jackson, Hugh Thomas, José Carlos Mainer o Santos Juliá, entre otros, dan una sobrada idea de la importancia de un libro, primorosamente maquetado por Vicente Alberto, que debiera ser de obligada lectura para todo aquel que quiera conocer la historia complutense.

Viernes, cuatro de febrero de 2011. Reina otro Borbón, Juan Carlos I, de cuyas aficiones tanto se cuenta y tan poco se escribe. Acudimos al inicio de los actos que conmemoran el centenario de la fundación de la Casa del Pueblo. Los actos no pueden comenzar mejor: la Agrupación Socialista de Alcalá ha publicado otra edición facsímil de El problema español. Mientras se preparan los conferenciantes, vuelvo a ojear el librito y me doy cuenta de que no ha perdido actualidad: llamadas a la cultura y a la educación como impulsoras de la justicia social; defensa del laicismo; reivindicación de lo público y del papel regulador del Estado frente al abuso de los poderes fácticos, económicos y financieros. En sus últimas palabras Azaña dice estar impulsado por la indignación, y en su nombre apela a la rebelión de las conciencias ciudadanas.


Indignez vous! (Indignaos) es el título del actual fenómeno literario en Francia, un panfleto político de 32 páginas (37 el de Azaña), que ya ha sido comprado por un millón de franceses, se encuentra en las listas de los libros más buscados y se va a traducir a una veintena de lenguas. Editado de forma casi artesanal por Indigène (artesanal es también la edición que la imprenta La Cuna de Cervantes hizo en 1911 del opúsculo de Azaña) y se vende a tres euros, el mismo precio que acabo de pagar por el librito de Azaña. Como hizo don Manuel, Stéphane Hessel, autor del Indignez vous!, exhorta a las nuevas generaciones a decir ¡basta!, a indignarse y a resistir porque el mundo va mal gobernado por unos poderes financieros que lo acaparan todo y los jóvenes se juegan la libertad y otros valores importantes. Justo lo que decía Azaña hace cien años.

¿Casualidades? Casualidad llaman los necios al destino.