Páginas vistas en total

martes, 17 de agosto de 2021

La frontera americana: de mar a mar brillante

El progreso Americano, obra alegórica de John Gast (1872, Biblioteca del Congreso de EE UU), que refleja la idea del Destino manifiesto y el avance por esas supuestas tierras salvajes del Oeste.


En julio de 1893, coincidiendo con la Exposición Mundial de Chicago y cuando la crisis de aquella primavera evolucionaba hacia la depresión, el historiador Frederick Jackson Turner presentó su hipótesis de la «frontera» en un ensayo de apenas treinta páginas titulado El significado de la frontera en la historia americana, que presentó ante el Congreso de Historiadores Estadounidenses. Turner supo ver la gravedad de la crisis y darle una explicación con dimensiones históricas. En resumen, para Turner lo que había moldeado la identidad política, social y económica de Estados Unidos había sido la abundancia de tierra libre en el oeste; con el cierre de la frontera que Turner deducía del censo de 1890, no sólo se agravó la crisis económica, sino que Estados Unidos dejó de ser un país excepcional.

Una frontera, dice el diccionario, es el territorio que marca los confines de un estado. Pero, ¿qué ocurre cuando los confines” del estado no están definidos? En ese caso, una "frontera" podría definirse como una región en el borde de un área asentada. La frontera estadounidense comenzó con los primeros días del asentamiento europeo en la costa atlántica y los ríos orientales. Desde el principio, la "frontera" se consideró el borde occidental de la colonización. Sin embargo, este no fue siempre el caso, ya que los patrones de expansión hacia el oeste de ingleses, franceses y holandeses fueron bastante diferentes. Los españoles no necesitaron expandirse hacia el oeste sencillamente porque su expansión, acompañada de la fundación de misiones y presidios que fueron constituyéndose en incipientes núcleos urbanos, tuvo lugar al oeste del   Misisipí.

En los comienzos de la colonización, los ingleses construyeron asentamientos compactos y no avanzaron demasiado hacia el oeste. Por su parte, los holandeses establecieron aldeas permanentes y puestos comerciales en el valle del río Hudson, pero tampoco avanzaron hacia el oeste. Miles de franceses emigraron a Canadá y los comerciantes de pieles franceses se expandieron ampliamente a través de los Grandes Lagos y de las cuencas del Misisipí y sus tributarios hasta las Montañas Rocosas; sin embargo, rara vez construyeron asentamientos.

Durante el siglo XVII, la frontera avanzó aguas arriba de los valles de los ríos atlánticos mientras que las regiones de la plataforma continental y los piedemontes del este de los Apalaches se convirtieron en las áreas pobladas. En la primera mitad del siglo XVIII, hubo otro avance. Los tramperos y los comerciantes siguieron a los indios delawares y shaunis hasta el río Ohio a finales del primer cuarto de siglo. El gobernador Spotswood, de Virginia, realizó una expedición en 1714 a través de las Blue Ridge. El final del primer cuarto de siglo vio el avance de los escoceses-irlandeses y los palatinos alemanes hasta el valle de Shenandoah en la parte occidental de Virginia, y de la región piamontesa de las Carolinas. En Nueva York, los alemanes empujaron la frontera hasta aguas arriba del río Mohawk hasta German Flats. En Pensilvania, la ciudad de Bedford marcaba la línea de asentamiento.

Las guerras francesas e indias de la década de 1760 concluyeron con una victoria absoluta para los británicos, que se apropiaron del territorio colonial francés al oeste de los Apalaches hasta el río Misisipí. Los colonos comenzaron a moverse a través de los Apalaches por Ohio Country y el valle del río New. La Corona intentó detener el avance mediante su proclamación de 1763, que prohibía los asentamientos más allá de las cabeceras de los ríos que desembocan en el Atlántico; sin embargo, la proclamación fue en vano. Desde el principio, el Este temía el resultado de un avance no regulado de la frontera y trató de controlarlo y guiarlo, pero nunca logró detener el flujo de esperanzados colonos que se dirigían hacia el oeste.

Washington Crossing the Delaware óleo de Emanuel Leutze (1851)

Después de la victoria de los colonos en la Revolución Americana y la firma del Tratado de París en 1783, Estados Unidos obtuvo el control de las tierras británicas al oeste de los Apalaches. Por aquel entonces, miles de colonos como Daniel Boone cruzaron los Alleghanies en Kentucky y Tennessee, y se establecieron a lo largo de la cuenca alta del río Ohio. Algunas áreas, como el Distrito Militar de Virginia y la Reserva Occidental de Connecticut, ambas en Ohio, fueron utilizadas por los estados para recompensar a los veteranos de la guerra. Cómo incluir formalmente estas nuevas áreas fronterizas en la joven Nación fue un tema importante en el Congreso Continental de la década de 1780 y fue parcialmente resuelto por la Ordenanza del Noroeste en 1787.

Cuando se realizó el primer censo en 1790, el área asentada estaba delimitada por una línea que corría cerca de la costa de Maine e incluía Nueva Inglaterra, excepto una parte de Vermont y New Hampshire; por Nueva York, a lo largo del río Hudson y aguas arriba del Mohawk hasta Schenectady; por el este y sur de Pennsylvania, Virginia, a través del valle de Shenandoah, y las Carolinas y el este de Georgia. Más allá de esta región de asentamientos continuos se encontraban las pequeñas áreas pobladas de Kentucky y Tennessee, y el río Ohio, con las montañas que los separaban del área atlántica. Su aislamiento fue el motivo de que la región empezara a llamarse "Oeste": el concepto de Frontera Occidental comenzó su andadura.

Durante el siguiente siglo, la expansión hacia el oeste aumentaría tras la compra de Luisiana en 1803 y la posterior expedición de Lewis y Clark. Hacia 1820, el área poblada ya incluía Ohio, el sur de Indiana e Illinois, el sureste de Misuri y aproximadamente la mitad de Luisiana. Con frecuencia, estas áreas pobladas rodeaban las tierras indias, cuya posesión reclamaban los colonos, lo que más tarde desembocaría en la Ley de Deportación de 1830. La región fronteriza de la época se extendía a lo largo de los Grandes Lagos, donde la Compañía Peletera Americana de John Jacob Astor operaba el comercio indígena, y más allá del río Misisipí, donde los comerciantes extendían sus trueques con los indios hasta las Montañas Rocosas.

La creciente navegación a vapor por las aguas occidentales, la apertura del canal Erie en 1825 y la extensión hacia el oeste del cultivo del algodón agregaron cinco estados fronterizos a la Unión. Mientras tanto, el Gobierno Federal continuaba expandiendo la nación. En 1845, se anexionó Texas y en 1846, el Tratado de Oregón puso fin a las reclamaciones británicas sobre el Territorio de Oregón. En 1848, después de la guerra entre México y los Estados Unidos, México cedió gran parte del oeste y el sudoeste a los Estados Unidos. La gigantesca “cesión” incluyó los territorios noroccidentales del virreinato de la Nueva España que rápidamente se convertirían en los estados de California, Nevada, Utah, partes de Arizona, Colorado, Nuevo México y Wyoming; en 1853 la Venta de La Mesilla (conocida como Gadsden Purchase en Estados Unidos) hizo que los Estados Unidos se hicieran con una región de 76.845 km² del actual sur de Arizona y el suroeste de Nuevo México al sur del Río Gila y al oeste del Río Bravo. Estos nuevos territorios atrajeron a cientos de miles de colonos.

A mediados de 1800, la línea de la frontera estaba marcada por el límite oriental del Territorio Indio, hoy Oklahoma, Nebraska y Kansas. Minnesota y Wisconsin todavía mostraban características fronterizas, pero la frontera real estaba en California, donde los descubrimientos de oro habían enviado una oleada repentina de mineros aventureros, en Oregón, y en los asentamientos de Utah.

De la misma forma que la frontera había saltado sobre los Alleghanies, en esos momentos se saltaba las Grandes Llanuras y las Montañas Rocosas; y del mismo modo que el avance de los hombres de la frontera más allá de los Alleghanies había planteado problemas importantes de transporte y modernización, en aquellos momentos los colonos más allá de las Montañas Rocosas reclamaban infraestructuras de comunicación con el Este.



Mientras tanto, la cuestión de si la frontera de Kansas se convertiría en "esclavista" o en "estado libre" fue una de las muchas chispas que alimentaron la Guerra de Secesión. A pesar del esfuerzo bélico, la nación continuó avanzando hacia el oeste. En general, antes de 1860 los demócratas del norte promovían la propiedad de la tierra y los demócratas del sur se resistían porque hacerlo favorecía el crecimiento de una población de agricultores libres que podrían oponerse a la esclavitud.

Cuando el partido Republicano llegó al poder en 1860 promovió una política de tierras libre, plasmada sobre todo con la Ley de Asentamientos Rurales (Homestead Act) promulgada por el presidente Abraham Lincoln el 20 de mayo de 1862. La ley concedía la titularidad de 65 hectáreas de tierra federal a quienes la cultivaran durante cinco años. Cualquiera que nunca hubiese tomado las armas contra el Gobierno de los Estados Unidos, incluyendo los esclavos liberados, podían presentar una solicitud de reivindicación de esa concesión de tierras federales. A la llegada de los colonos también contribuyó la política de concesiones ferroviarias de tierras que abrieron terrenos baratos para los colonos. El primer ferrocarril transcontinental se construyó entre 1863 y 1869: por primera vez, la red ferroviaria del Este se unió con la costa Oeste.

Durante esos años, el ejército estadounidense libró una serie de guerras indias en Minnesota, Dakota y en otros lugares occidentales a medida que la marea de colonos avanzaba por toda la nación inundando las tierras indias. En 1880, el área poblada había sido empujada hacia el norte de Michigan, Wisconsin y Minnesota, a lo largo de los ríos Dakota, y hacia la región de Black Hills, y continuaba ascendiendo por los ríos de Kansas y Nebraska.

El desarrollo de las minas en Colorado había creado asentamientos fronterizos aislados en esa región, y Montana e Idaho comenzaban a recibir colonos. En ese momento, la frontera real estaba en estos campamentos mineros y en los ranchos de las Grandes Llanuras. Sin embargo, en tan solo veinticinco años, la frontera del Lejano Oeste había sido colonizada. Durante esos años, tres millones de familias de origen europeo fundaron granjas en las Grandes Llanuras.

En 1890, bajo la Presidencia de Benjamin Harrison, Robert P. Porter, el superintendente del censo, informó que los asentamientos del Oeste estaban tan dispersos que ya no se podía decir que hubiera una línea fronteriza. Esa breve declaración oficial marcó el cierre de un gran movimiento histórico. A cuatro siglos del descubrimiento de América, después de cien años de vida constitucional, la frontera había desaparecido. Como canta el himno patriótico America the beautiful, la joven nación que había nacido apenas un siglo antes se extendía por fin desde el Atlántico al Pacífico, de «mar a mar brillante». © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

viernes, 13 de agosto de 2021

Breve historia del vino con cocaína que encandiló al Papa

 

Un folleto con el Papa apoyando el vino de coca Vin Mariani (Imagen: zen.yandex.ru )

Si pregunto por alguien que se haya hecho rico traficando con cocaína, es más que probable que los nombres Pablo Escobar o Chapo Guzmán vengan inmediatamente a la memoria. Cien años antes de que ambos comenzaran a operar como jóvenes camellos, un avispado francés, Angelo Mariani, patentó el vino con cocaína y ganó millones.

Hoy no podemos imaginarnos comprando cocaína en una farmacia y mucho menos en el supermercado o en una bodega. Los médicos nunca recetarían cocaína como reconstituyente para para los niños. Pero en el siglo XIX las cosas eran diferentes. La segunda mitad del siglo XIX fue la edad de oro de la cocaína. Como droga recreativa era legal, popular y circulaba por todas partes. Podías comprar bebidas con cocaína, cocaína en polvo o en inyectables e incluso cigarrillos con cocaína. La versión original de Coca-Cola también contenía cocaína.

La coca por antonomasia es la coca andina Erythroxylum coca, un arbusto que apenas supera los dos metros de altura, de tallos leñosos y hojas elipsoidales, medianas, muy fragantes y de color verde intenso. El uso de las hojas de coca entre los pueblos andinos se remonta, cuando menos, a unos seis mil años A.C. y hoy continúa siendo de uso común entre grupos indígenas de las zonas andinas, que mastican las hojas para suprimir el hambre, la fatiga y el mal de altura o soroche.

En las hojas de coca hay cantidades muy pequeñas del principio psicoactivo, que reside en unos alcaloides que apenas representan entre el 0,5 y-el 1,5% del peso en seco de la hoja: el principal de esos alcaloides (entre un 30-50%) es la cocaína. Como el contenido en cocaína es muy bajo y su molécula está enmascarada y firmemente ligada en el complejo químico de las hojas, su liberación se consigue mediante el “acullicar”, el acto de introducir las hojas de coca en la boca y humedecerlas con saliva hasta formar un bolo del que se extraen lentamente las sustancias activas y estimulantes, lo que provoca más o menos rápidamente una sensación de anestesia en la lengua y en las mucosas bucales.

Una botella de vino Vin Mariani con cocaína (izquierda) y un anuncio de Vin Mariani (Imagen: hightimes.com )

La eficacia de la hoja de coca como estimulante fue reconocida por los españoles desde que llegaron a Sudamérica en el siglo XVI. Su consumo fue fomentado por los conquistadores para ampliar las horas de trabajo de la mano de obra nativa. Probablemente fueron los españoles los que introdujeron el uso de la hoja de coca en Europa a principios del siglo XVI, aunque no tuvo aplicación alguna hasta que el químico alemán Albert Niemann logró aislar la cocaína en 1859.

Cuando fue aislada, una legión interminable de farmacéuticos, curanderos, arrebatacapas, buscavidas y vendehumos se lanzó a proclamar sus beneficios. La cocaína parecía una nueva droga maravillosa. Nadie estaba al corriente de los peligrosos efectos secundarios de su consumo, pero podían ver sus más que estimulantes beneficios: los ponía como motos, aumentaba los niveles de energía y mejoraba mentalmente la percepción de las cosas.

En 1863 el químico francés Angelo Mariani (1838-1914) olió la oportunidad de forrarse a través de dos ocurrencias: elaborar un brebaje euforizante a base de vino con cocaína y lanzar una campaña de publicidad basada en lo que hoy llamaríamos influencers. Mantuvo en secreto el proceso y la fórmula exacta para conseguir su “vino de cocaína”, pero elaborar el potingue no parecía muy complicado: bastaba tomar hojas de coca y mezclarlas con vino tinto de Burdeos.

El mejunje tuvo un éxito inmediato. No era para menos. Cuando se consume cocaína aislada se metaboliza rápidamente por hidrólisis y pierde sus propiedades psicoestimulantes. Sin embargo, cuando se consumen de forma simultánea alcohol etílico y cocaína, el etanol inhibe la hidrólisis de la cocaína y en el hígado se forma un metabolito, la etilcocaína o cocaetileno, que pasa a la sangre y se distribuye por todo el organismo. El cocaetileno tiene una vida media más larga que la cocaína y posee potentes efectos psicoestimulantes y tóxicos.

El cocaetileno induce euforia y “coloca” más" que la propia cocaína. Gracias a que la ciencia avanza una barbaridad, hoy sabemos que tiene la capacidad de provocar euforia al alterar los mecanismos cerebrales de recompensa y elevar los niveles intracelulares de ß-endorfinas en las células del hipotálamo con una potencia muy superior a la obtenida por la administración exclusiva de cocaína. Pero hace ciento cincuenta años ni se sabía eso ni se sabía ni pío de sus efectos tóxicos.

Gracias a ello, los bebedores del vino de Mariani estaban encantados. Disfrutaban de tres drogas reforzantes a la vez: cocaína, alcohol y cocaetileno. Mariani no se paraba en barras: la dosis que recomendaba era de dos a tres vasos de vino al día antes o después de las comidas. Para los niños, la dosis recomendada era la mitad de la prescrita para los adultos. Para poner las cosas en su justo contexto, el vino de coca era una bomba psicoactiva: cada litro contenía 250 miligramos de cocaína. Un chute tremendo si tenemos en cuenta que una dosis típica (una "raya") contiene unos setenta y cinco miligramos. Así que cuando alguien se tomaba un vasito de vino de coca, tenía los mismos efectos de quien esnifa una raya cumplida de buena cocaína en polvo.

El problema, desconocido entonces, es que el cocaetileno tiene efectos nocivos sobre el corazón. Actúa sobre los miocitos, las células del músculo cardiaco, provocando su bloqueo en el miocardio, lo que disminuye la capacidad contráctil del corazón, enlentece la conducción cardiaca, favorece la aparición de arritmias y aumenta considerablemente el riesgo de muerte súbita. Se ha calculado que el riesgo de muerte súbita es veinte veces mayor con el cocaetileno que con la cocaína.

Pero entonces, cuando la ignorancia farmacológica campaba por sus respetos, todo era legal. Mariani vendía el vino con la etiqueta Vin Mariani. La pócima se convirtió rápidamente en un bálsamo de Fierabrás y en una mágica tutía de amplio espectro y uso universal que llenaba los bolsillos de don Angelo. Tenía un producto que la gente deseaba y al que literalmente se volvía adicta. Como no le bastaba, dio con la tecla para expandir aún más su imperio cocainómano: puso en marcha la primera campaña publicitaria de la historia a base de bombardeos mediáticos masivos utilizando como ganchos (léase influencers, en la estúpida jerga de hoy) a grandes personalidades de la época.

El emprendedor Mariani se puso manos a la obra con el propósito de recibir el respaldo de celebridades para su vino de coca. Envió cajas y cajas a miembros de la realeza, artistas y políticos solicitando su opinión. Como no podía ser menos, a las celebridades les encantaba y Mariani hizo mercadotecnia con sus testimonios positivos publicados en anuncios de prensa.

El papa León XIII (1810-1903) acabó enganchado al Vin Mariani. Siempre llevaba consigo un frasco por si acaso el rezo por sí solo no bastaba para levantarle el ánimo. Además de prestar su imagen para la etiqueta y varios carteles promocionales, el Papa nombró a Angelo Mariani "benefactor de la humanidad" y le concedió la medalla de oro del Vaticano en reconocimiento a la capacidad de su bebida para «apoyar el ascético retiro de Su Santidad». Mal no le senatba, desde luego. Aunque bastante “colocado” León XIII vivió hasta los 93 años, y su papado duró veinticinco años, uno de los pontificados más largos de la historia.

Pero el Papa solo era el primum interpares. Entre los bebedores e influencers famosos del vino de coca se alinearon Victoria, la reina de Inglaterra, el inventor Thomas Edison, los presidentes estadounidenses Ulysses S. Grant y William McKinley, el zar de Rusia Nicolás II, José Martí y los escritores Alexander Dumas, Henrik Ibsen, Emile Zola, Paul Verlaine y Jules Verne, todos los cuales agradecían, como no podía ser menos, sus propiedades analgésicas, estimulantes y antidepresivas. La campaña de marketing publicitada por semejante elenco impulsó las ventas y Mariani ganó millones con su vino y con otros muchos surgidos de su mollera: pasta dentífrica, elixires, colutorios, tisanas, aguachirles, pastillas e infusiones todos ellos bien surtidos de coca como ingrediente principal.

La botella original de Vin Mariani (Imagen: opiumring.com )

A Mariani le siguió un pelotón de copiones. Siguiendo su rueda, hacia principios de siglo XX se comercializaban al menos 69 bebidas con cocaína, entre ellas la Coca-Cola. Durante la Guerra de Secesión, un boticario de Georgia, J.S. Pemberton (1831–1888) sufrió heridas graves y se convirtió en morfinómano. Pemberton experimentó con varias recetas para deshacerse de su adicción. Inspirado por el Vin Mariani, creó su propia versión del vino de coca en 1885.

Pemberton distribuía su brebaje por las ferias populares como un curalotodo para tratar los dolores de cabeza, la histeria, la melancolía y cualquier otra cosa que le pase por la cabeza. Su fórmula no dejaba lugar a dudas: hojas de coca, nueces africanas de cola (una fuente natural de cafeína) y una pequeña cantidad de cocaína, todo ello en forma de jarabe carbónico azucarado. Cada vaso de Coca-Cola contenía nueve miligramos de cocaína. Su denominación tampoco dejaba dudas sobre la fuente de inspiración: en 1885 la registró con el nombre de «French Wine of Coca Ideal Tonic» y recomendó su uso a intelectuales y artistas, de la misma forma que había hecho Mariani con su vino.

Pemberton vendió la patente a A. Grigs Candler, fundador de Coca Cola Company, que se vio obligado a suprimir la dosis de alcohol con la llegada de la Ley Seca al Estado de Georgia. En 1909, tuvo que sustituir cocaína por cafeína debido a la corriente crítica contra el euforizante.

Poco a poco, se fueron haciendo evidentes los desastrosos efectos secundarios adictivos y tóxicos de la cocaína. Los testimonios de adictos y las familias perjudicadas empezaron a calar en la opinión pública. Los médicos dejaron de recetarla a sus pacientes. Los padres se dieron cuenta de que los medicamentos con cocaína eran perjudiciales para sus hijos. Los países introdujeron leyes que ilegalizaron la cocaína y las hojas de coca.

Una botella de jarabe de Coca-Cola de 1880 (Imagen: Twitter / @ WeLikeToLearn )

Sin cocaína, el vino de coca de Mariani era poco más que un tinto de verano. Los movimientos de prohibición del alcohol limitaron aún más las ventas. Además, como a perro flaco todo son pulgas, los estadounidenses acusaron a Mariani de falsificar el vino para el mercado estadounidense diluyendo alcohol puro con agua. Era verdad, pero hubo que esperar hasta 2011 para que las investigaciones confirmaran que el Vin Mariani producido en los Estados Unidos estaba falsificado.

El Vin Mariani se prohibió en 1914, poco antes de la muerte de su inventor, cuando se iban conociendo con más detalle los graves efectos adictivos y perjudiciales de la cocaína. Sigmund Freud, un propagandista entusiasta, dejó de tomarla en 1896, al cumplir los cuarenta, al experimentar taquicardias y ver mermada su capacidad intelectual. Hasta pocos años antes se había dedicado a recetarla a diestro y siniestro para «convertir los días malos en buenos, y los buenos en mejores». ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 8 de agosto de 2021

La pensión del general Sherman




En 1861 estalló en Estados Unidos la Guerra de Secesión que enfrentó a los estados del Sur, confederados y esclavistas, y a los del norte, unionistas y abolicionistas. Tres años después, tras incendiar Atlanta, el general unionista William Tecumseh Sherman inició la campaña que pondría final a la contienda. Desde mediados de 1864 hasta diciembre del mismo año, Sherman dirigió una vasta fuerza de casi 70,000 soldados en su denominada «marcha hacia el mar».

El 10 de diciembre de 1864, el ejército de Sherman alcanzó la costa de Georgia, después de haber arrasado un frente de cien kilómetros de ancho que había cumplido sobradamente su objetivo: partir en dos las líneas confederadas, cortar sus suministros por ferrocarril y alcanzar el mar apoderándose del principal puerto de abastecimiento de la Confederación: Savannah. Acuartelado allí, Sherman aceptó la rendición de todos los ejércitos confederados de las Carolinas, Georgia y Florida en abril de 1865, lo que significó prácticamente el final de la gran guerra civil norteamericana.

La marcha de Sherman y la quema de Atlanta fueron objeto de una de las novelas más leídas en Estados Unidos, Gone with the wind, de Margaret Mitchell, que después se llevaría al cine en la película más taquillera de todos los tiempos, Lo que el viento se llevó. La lectura de las memorias de Sherman (Memoirs of General W.T. Sherman, Appleton & Co., 1889), de su biografía más conocida, (Hirshson: The White Tecumseh: A Biography of General William T. Sherman, John Wiley & Sons, 1997), y de la espléndida novela La gran marcha, de E. L. Doctorow (Roca Editorial; 2005), me han llevado hasta Savannah, una de las ciudades más hermosas, más tranquilas y de aire más europeo del sur de Estados Unidos.




Cuando redactaba algunas notas para escribir este artículo, cómodamente sentado en Forsyth Park, espero a que abra sus puertas la casa donde se instaló Sherman, una mansión que Clint Eastwood utilizó en 1997 para el rodaje de su película más aburrida (para mí), Medianoche en el jardín del bien y del mal

Eran días de campaña electoral y había un gran tema de debate en la sociedad americana: las pensiones, que los republicanos quieren limitar y el Tea Party dinamitar. Había seguido la prensa y algunos debates televisivos y con lo que  qué en limpio redacté este artículo que puede aplicarse en el fondo a lo que está ocurriendo en todo el mundo: cómo pagar en el futuro las pensiones. Todo comienza con la guerra de Secesión.

Cuando aquella guerra comenzaba a destrozar el país y no existía el servicio militar obligatorio, alguien tuvo una idea ingeniosa: fomentar el reclutamiento ofreciendo pensiones generosas a los soldados y a sus viudas. El plan surtió efecto: cientos de miles de hombres se apresuraron a sumarse a la contienda en uno y otro bando. ¿Cuándo piensa que se hizo el último pago de una pensión de la guerra de Secesión? ¿La década de 1930 o 1940, cuando los veteranos más jóvenes, cumplidos ya holgadamente los setenta años, debían de estar acercándose al final de sus días? Pues no: el sistema de pensiones no realizó su último pago hasta el año 2004, ciento cuarenta años después de terminada la contienda. En la década de 1920, una avispada joven de veintiún años vio el negocio claro y decidió casarse con un veterano que tenía ochenta y uno, lo que dejó al Estado con una factura extraordinariamente duradera hasta que la mujer murió a la edad de noventa y siete años.


Imagine ahora que el mismo problema se manifiesta en una magnitud mucho mayor en todo el mundo desarrollado donde, en mayor o menor grado, impera el estado de bienestar. En un marco sociológico favorable, los gobiernos prometieron mantener de forma generosa a sus ciudadanos de edad avanzada, para descubrir décadas después que esos ciudadanos no se mueren cuando estaba previsto o se valen de triquiñuelas perfectamente legales para prolongar las prestaciones, absorbiendo una porción demasiado grande de los recursos disponibles. Basta con ese ejemplo para comprender la crisis de las pensiones y de la seguridad social.

Aunque desde tiempos de los romanos ya existían beneficios económicos a cambio del servicio militar, la existencia del estado del bienestar y de sistemas de seguridad social en todo el mundo es un fenómeno relativamente reciente. Después de la Primera Guerra Mundial y de la Gran Depresión, cuando la pobreza afectó a millones de familias, países como el Reino Unido y Estados Unidos impulsaron sistemas públicos de protección social destinados a redistribuir la riqueza entre los más necesitados. Tras el ensayo de Bismarck en Alemania, el catalizador de la creación de los estados del bienestar fue el Primer informe Beveridge, elaborado por el economista británico de origen indio William Beveridge en 1942, quien proporcionó las bases teóricas de reflexión para la instauración del Welfare State (Estado del Bienestar) por parte del gobierno laborista posterior a la Segunda Guerra Mundial, con el propósito de «combatir la pobreza, la enfermedad, la ignorancia, la miseria y la ociosidad». 

La teoría que sustenta las pensiones y la seguridad social es sencilla: los ciudadanos deben contribuir a un fondo general cuando tienen trabajo y están sanos y, a cambio, ese fondo les ayudará a mantener su bienestar cuando estén enfermos, sean incapaces de trabajar o quieran jubilarse. El estado del bienestar ha traído consigo algunos problemas importantes, tanto socioeconómicos como fiscales. Dejo para otro momento el principal de los problemas socioeconómicos, la disminución de la productividad a la que puede conducir la aplicación perversa de los subsidios de desempleo, y me centro en el más acuciante problema de su financiación a medio plazo.

Los sistemas de seguridad social son sistemas de reparto en los que los contribuyentes financian hoy las pensiones de quienes están actualmente jubilados, no sus propias pensiones futuras. Este sistema funcionó de forma excelente en los años de la posguerra: el aumento de población provocado por el «baby boom» de finales de los años cuarenta y la década de 1950 hizo que hubiera abundantes trabajadores jóvenes pagando impuestos y contribuyendo a la hucha común entre 1960 y 1990. Desde entonces la tasa de fertilidad ha disminuido significativamente, por lo que varios países son conscientes de que les aguarda una inmensa factura que, de no adoptar medidas enérgicas, provocará la bancarrota del sistema.

Según los economistas especializados en analizar cómo las decisiones de una generación pueden afectar a la siguiente, los costes del estado del bienestar a medio plazo indican que el país que me acoge estas semanas se dirige hacia la bancarrota absoluta. Predicciones similares se han hecho para el caso de Japón, donde más del 21% de la población ya supera los sesenta y cinco años de edad y se calcula que su proporción igualará la de la población activa para el año 2044. No dispongo aquí de los datos españoles, pero imagino que la base sociológica será más o menos la misma.

La dolorosa verdad es que las alternativas son dos: o los pensionistas aceptan pagas menos generosas o se obliga a los ciudadanos a pagar más impuestos. Se trata de un dilema que dominará la política y la economía durante algunas décadas.


Breve historia de la sidra americana (1)



Como la pizza, Madonna, la NBA y los moteles de carretera, la cerveza es un icono de la moderna cultura estadounidense. Que el prototipo de macho para la clase obrera blanca se conozca como "Joe Six-pack", en alusión a los paquetes de seis latas en las que se comercializa la cerveza, es un ejemplo del predominio del derivado de la malta como bebida de las clases trabajadoras de Estados Unidos. Pero eso no fue siempre así.

Hace 150 años, en la década de 1840, la “hard cider”, la sidra fermentada, ocupaba el lugar que ahora ocupa la cerveza como la bebida alcohólica preferida por la clase trabajadora. Pida hoy un vaso de sidra en un bar estadounidense al este de las Rocosas y es probable que el barman se quede perplejo. De alguna manera, a mediados del siglo XIX e incluso antes, la sidra casi desapareció en los Estados Unidos. Esta es la historia.

En el campus de la Universidad de Cornell, en Geneva, Nueva York, el Departamento de Agricultura mantiene la Unidad de Recursos Fitogenéticos (PGRU), la mayor reserva de variedades de manzanas del país con millones de ellas congeladas en el banco de germoplasma y miles cultivadas en unas magníficas arboledas temáticas. Cada primavera la arboleda se abre para que el público disfrute del espectáculo de los manzanos en flor.

Desde que eran colonias británicas, a los estadounidenses les encantan las manzanas. A principios del siglo XX, el Departamento de Agricultura identificó más de diecisiete mil variedades de manzanas en su Nomenclatura de la Manzana, que recogía las citadas entre 1804 y 1904. Muchas de ellas todavía existen conservadas como reliquias en huertos de investigación como el de Geneve. Pero para la mayoría de los estadounidenses de hoy, las manzanas significan poco más de una docena de variedades producidas comercialmente, como la Granny Smith o Red Delicious, frutas bonitas, pero tan faltas de sabor que hubieran horrorizado a horticultores como Washington y Jefferson, que eran dos consumados horticultores.

Los huertos de Jefferson en Monticello contenían alrededor de 265 manzanos, principalmente de las variedades Taliaferro y Hewes Crab, pequeñas y feas, pero extraordinariamente sabrosas. Durante todo el otoño, los huertos de Washington en Mount Vernon producían unos asombrosos quinientos litros de sidra y mobby (brandy de manzana o melocotón) cada día. 

En 1782, el revolucionario y escritor Michel Guillaume Jean de Crèvecoeur, naturalizado en Nueva York como John Hector St. John, publicó en Londres un volumen con ensayos titulado Letters from an American Farmer (Cartas de un granjero Americano). Rápidamente el libro se convirtió en el primer éxito literario de un autor norteamericano en Europa y convirtió a Crèvecœur en una celebridad. Crèvecoeur contaba que en su propia granja había preparado «un nuevo huerto de manzanas de cinco acres [unas diez hectáreas] que consta de trescientos cincuenta y ocho árboles».



Plantar un huerto de manzanas no era algo que todos los agricultores eligieran hacer; muchas veces era algo que estaban obligados a hacer, a menudo incluso antes de construir sus casas. La posesión de un huerto indicaba que la tierra estaba siendo colonizada y utilizada productivamente. Cuando Washington ofreció porciones de su propia tierra para arrendamiento, ordenó:

«En tres años se plantará un huerto de 100 manzanos […] y 100 melocotoneros, que mientras se mantenga dicho arrendamiento se mantendrán siempre bien podados, cercados y resguardados de caballos, ganado y de otras criaturas que puedan lastimarlos».

Lo que deseaba Washington como garantía del buen manejo de sus tierras lo aplicó el Gobierno cuando hubo que colonizar nuevos territorios. El 13 de julio de 1787 Estados Unidos incorporó el Territorio del Noroeste, una enorme extensión de tierra al norte y al oeste del río Ohio, cuyos más de 670.00 kilómetros cuadrados incluyen los modernos estados de Ohio, Indiana, Illinois, Michigan y Wisconsin, así como la porción noreste de Minnesota. La mayor parte de ellos eran tierras federales y la política del Gobierno impulsó su transferencia a manos privadas lo más rápido posible. 

Algunas tierras fueron entregadas a los veteranos de guerra y otros lotes de miles de hectáreas fueron comprados por inversores privados, pero durante la mayor parte de la primera década las amenazas de los nativos impidieron o limitaron el asentamiento masivo. La situación cambió en 1795, cuando se firmó un tratado de paz a raíz de la victoria del general "Mad" Anthony Wayne sobre las tribus aliadas de la Confederación Occidental en la batalla de Fallen Timbers.

La Ohio Company, una de las grandes promotoras de tierras que operaban en el Territorio del Noroeste, exigía a los colonos a los que otorgaba parcelas de cincuenta hectáreas que plantaran no menos de cincuenta manzanos y veinte melocotoneros en tres años. Las plantaciones de árboles servían como garantía para garantizar títulos de propiedad. Los manzanos (junto con los melocotoneros) fueron los únicos árboles que los colonos y los agricultores plantaban en su propiedad. La primera cosecha de manzanas significaba que se había logrado un asentamiento, tanto cultural como legalmente.

Las manzanas, quintaesencia de la fruta estadounidense, se originaron principalmente en las colinas boscosas de las montañas Tien Shan, a lo largo de la frontera entre el noroeste de China, Kazajstán y Kirguistán. La manzana silvestre y las que se usan hoy para hacer sidras o Calvados, una fruta tan amarga y tánica que el primer instinto al morderla es escupirla y buscar algo dulce para aliviar la lengua: un vaso de agua, una cerveza un helado, cualquier cosa. Imagínese mordiendo una nuez verde, un caqui verde o un puñado de virutas. Así son las manzanas originales.

Entonces, ¿cómo descubrió alguien que de ellas pudieran obtenerse sabrosas manzanas de postre, sidras refrescantes o licores tan cálidos y suaves como el Calvados? La respuesta está en la extraña genética del manzano. El ADN de las manzanas es más complejo que el nuestro; el genoma de la variedad Golden Delicious tiene cincuenta y siete mil genes, más del doble que los que poseemos los humanos. Nuestra diversidad genética garantiza que todos nuestros hijos sean únicos y no una copia exacta de sus padres, aunque puedan presentar cierto aire. Las manzanas muestran "extrema heterocigosis", lo que significa que producen descendientes que no se parecen en nada a sus padres.

Siembra una semilla de manzana, espera unas décadas y obtendrás un árbol cuyo fruto lucirá y sabrá completamente diferente a su progenitor. De hecho, la fruta de una plántula será, genéticamente hablando, diferente a cualquier otra manzana que se haya cultivado en cualquier momento y en cualquier lugar del mundo.

Ahora tenga en cuenta que las manzanas llevan sobre la Tierra entre cincuenta y sesenta y cinco millones de años, diversificándose justo en el momento en que los dinosaurios se extinguieron y los mamíferos primates hicieron comenzaron a expandirse. Durante millones de años, los árboles se reprodujeron sin ninguna interferencia humana, combinando y recombinando esos genomas intrincadamente complejos al azar, de la misma manera que un jugador tira los dados. Cuando los primates, y más tarde, los primeros humanos, se encontraban con un nuevo manzano y mordían su fruto, nunca sabían lo que iba a pasar: dulzura o amargor. Afortunadamente, nuestros antepasados descubrieron que incluso de las peores manzanas pueden obtenerse excelentes bebidas.

Como los cultivos más antiguos procedían de semillas, lo que obtenía el cultivador era una mezcla de manzanas nuevas y nunca antes vistas; unas eran sabrosas, otras detestables para el paladar. La única forma de reproducir un cultivar de manzana sabrosa era injertarlo en otro árbol, una técnica que se había utilizado de forma intermitente desde antes de la era cristiana. Los agricultores de manzanas comenzaron a hacer clones a través del injerto y esas variedades populares finalmente adquirieron nombres. A finales de la década de 1500, había al menos sesenta y cinco manzanas con denominación en Normandía.

Por tanto, cuando los primeros colonos llegaron a Norteamérica, la fruta ya tenía una larga y rica historia en todo el mundo conocido. Una manzana del Árbol de la Ciencia había tentado a Eva, decía el Antiguo Testamento. Una manzana dorada había provocado una lucha entre los dioses griegos que llevó a la Guerra de Troya. Una manzana caída había ayudado a Isaac Newton a reconocer la fuerza de la gravedad.

Manzanas Green Rhode Island Sweeting

La manzana cultivada, a diferencia de las manzanas nativas (crabapples) que algunos nativos americanos habían consumido tradicionalmente, llegó a Norteamérica en saquitos de semillas que los primeros colonos llevaban consigo. Se piensa que el hombre que las introdujo en Nueva Inglaterra fue un excéntrico clérigo de Plymouth llamado William Blackston, que llegó en 1623. La tradición cuenta que domesticó un toro y lo montaba por el campo distribuyendo manzanas y flores. Peter Stuyvesant, el último gobernador de Nueva Holanda (actual ciudad de Nueva York), probablemente importó el primer injerto de manzana: a mediados del siglo XVII, su huerto en el distrito de Bowery contenía la manzana Summer Bonchretien, una variedad holandesa.

Las manzanas pronto prosperaron en las colonias gracias a su facilidad de propagación. Mientras que muchas especies de plantas europeas sufrieron en el Nuevo Mundo, los manzanos europeos se adaptaron con éxito a sus nuevos territorios y también se hibridaron con éxito con manzanas nativas. Los agricultores sembraban semillas en tierras recién taladas con la esperanza de obtener unos pocos ejemplares sabrosos, que luego podrían injertar. La primera variedad americana nombrada fue, posiblemente, la Yellow Sweeting de Blaxton (conocida hoy en día como Green Rhode Island Sweeting), que el clérigo cultivaba ya en 1635. Otro candidato para esa corona es la Roxbury Russet, llamada así por la ciudad de Massachusetts donde se sitúa su origen y por el color rojizo de su piel.

A mediados del siglo XVIII, el cultivo de la manzana había progresado hasta el punto en que Inglaterra importaba variedades del Nuevo Mundo. La variedad de mesa más popular en las colonias era la preferida de Franklin, la Newtown Pippin, de cuya ausencia en Francia de quejaba Jefferson en una carta dirigida a James Madison desde París: «Aquí no tienen una manzana comparable con nuestra Newtown Pippin».



Sin embargo, las ricas variedades sabrosas de mesa como la Newtown Pippin, jugaron un pequeño papel en la historia estadounidense de la fruta. La mayoría de los árboles plantados procedían de semillas, no de injertos, y la gran mayoría, más del 99 por ciento, producía frutas poco apetecibles para el paladar. Miles de barriles nunca llegaban a la mesa del comedor. Muchos se convirtieron en alimento para los cerdos que criaban la mayoría de los agricultores estadounidenses. Otros se secaban hasta que se añadían a las salsas, se convertían en vinagre, o se guardaban como conservas. Pero el uso más popular fue en la fermentación. Lo que permitió que la manzana dominara el paisaje y afectara a la economía no fue su uso como postre o como forraje, fue su papel en la primera gran bebida estadounidense: la sidra. 

Continuará

Breve historia de la sidra americana (2)



Este artículo es continuación de este otro.

Los colonos apreciaban las bebidas alcohólicas. Beber bebidas alcohólicas procedentes de la fermentación, que no licores destilados, era más seguro que beber agua potable, que podía tener un sabor desagradable y estar contaminada hasta transmitir el cólera, la fiebre tifoidea, la disentería, la Escherichia coli y muchos otros parásitos y enfermedades, muchas de los cuales no se entendían bien en esa época pero se originaban claramente en el agua; además, la ingesta moderada de alcohol paliaba una dura vida dedicada a luchar contra los bosques y domar la tierra.

Una bebida ligeramente alcohólica como la sidra impedía hasta cierto punto el crecimiento bacteriano, podía almacenarse por períodos cortos y era segura y agradable al paladar, incluso en el desayuno. Todos lo bebían, incluidos los niños. La sidra siempre ha sido baja en alcohol porque las manzanas son bajas en azúcar. Incluso las manzanas más dulces contienen mucho menos azúcar que las uvas, por ejemplo. En una cuba de sidra, la levadura consume el azúcar que hay, convirtiéndola en alcohol y dióxido de carbono, pero una vez que el azúcar se acaba, la levadura muere por falta de alimento, dejando una sidra fermentada que contiene solo entre un cuatro y un seis por ciento de alcohol.

La Nueva Inglaterra del siglo XVII ya tenía bien implantada la cultura de la sidra y como las manzanas se aclimataban rápidamente la bebida se volvió algo natural. Tuvieron mucho menos éxito, cuando no fueron un sonoro fracaso, otras muchas otras alternativas que se inventaron en los primeros años de la colonización, incluidas las cervezas elaboradas con piceas, calabazas y caquis, y las llamadas cervezas salutíferas, producidas a partir de casi cualquier cosa disponible. Otro rival, el ron, fue importado de las islas productoras de azúcar como parte de los muchos intercambios comerciales en los que participaron los barcos de Nueva Inglaterra, pero nada compitió con la sidra en cuanto a disponibilidad. Era una de las pocas cosas de la cultura estadounidense que compartían todas las colonias.

La sidra alcanzó su punto máximo de popularidad durante el siglo que enmarcó la Revolución Americana. En la década de 1670 los huertos de manzanos de algunas comunidades de Nueva Inglaterra producían cada año hasta 500 hogsheads (barriles de 250 litros) al año. En 1721, varias aldeas de Nueva Inglaterra producían 3.000 barriles al año cada una. En 1767, una familia media de Nueva Inglaterra consumía siete barriles por año, aproximadamente ciento cincuenta litros por persona.

En una de cada diez granjas de Nueva Inglaterra funcionaba una fábrica de sidra. El 4 de julio de 1788, cuando diecisiete mil habitantes de Filadelfia se reunieron para celebrar el nacimiento de la Constitución, no bebieron más que cerveza y sidra, lo que provocó que un periódico dijera: «Aprende, lector, a valorar estos inestimables licores federales [es decir, sidra y cerveza] y a considerarlos como los compañeros de esas virtudes que pueden hacer que nuestro país sea libre y respetable».



John Hull Brown cuenta que desde principios del siglo XVIII hasta bien entrado el XIX, incluso los niños bebían sidra fermentada para desayunar y cenar. John Adams, el segundo presidente de la nación, comenzaba cada mañana tomando una jarra de sidra, lo que quizás explique su no reelección. En sus ensayos, Crèvecoeur, que viajó a través de la nueva nación y escribió una serie de ensayos y cartas muy leídos, dijo una vez: «La sidra se encuentra en cada casa».

Cuando narraba la vida americana principios del XVIII, Horace Greeley recordaba que un barril de sidra le duraba a su familia apenas una semana; todos llenaban sus jarras una y otra vez hasta que apenas se podían sostener, y familias enteras morían borrachas de sidra en la soledad de sus casas rurales o se convertían en grupos de vagabundos indigentes. La bebida incluso se convirtió en una moneda de intercambio, tanto como lo eran las tablas de pino blanco en New Hampshire y Maine.

No era un fenómeno peculiar de Nueva Inglaterra. La sidra aparece constantemente en la literatura y en las cartas de Virginia en los siglos XVII y XVIII. El diario de William Byrd proporciona muchos datos de que la sidra era una bebida básica en su plantación. En 1682, Nicholas Spencer, secretario de la Casa de Burgueses de Virginia, especulaba sobre la causa de las revueltas de los últimos dos años: «Todas las plantaciones están inundadas de sidra, que son bebidas frescas por nuestros licenciosos habitantes, así que no fermenta en las barricas sino en sus cerebros». Así que los virginianos huertos de manzanas de Mount Vernon y Monticello eran realmente granjas de sidra.

A finales del siglo XIX, la sidra comenzó a declinar como la bebida más popular de la nación. Se unieron varios factores independientes que acabaron por eliminar la sidra de la memoria colectiva de América. Un factor importante fue la Revolución Industrial, que hizo que los granjeros se mudaran a la ciudad para trabajar. Se abandonaron muchos huertos lo que redujo mucho la producción. La sidra sin filtrar y sin pasteurizar no viajaba bien desde las granjas a los nuevos centros de población. El consumo de sidra se redujo drásticamente a mediados del siglo XIX cuando las nuevas poblaciones de inmigrantes de Alemania, Irlanda, Noruega y Suecia trajeron una fuerte cultura de la cerveza que, favorecida por la cebada barata del Medio Oeste, comenzó a socavar el dominio de la sidra hasta reemplazarla en el mercado popular.

Suponiendo hay un solo nicho para las bebidas con bajo contenido de alcohol como la sidra y la cerveza, cuando ambas compitieron entre sí la sidra nunca tuvo la menor oportunidad. Incluso si el Movimiento por la Templanza que comento más abajo no hubiera restringido seriamente el consumo de sidra en la población WASP (blanca, anglosajona y protestante), la economía comparada de la producción de sidra y cerveza, la relativa facilidad y el bajo coste de elaboración de la cerveza en comparación con el tiempo y el gasto del cultivo de manzanas, habría favorecido el crecimiento del consumo de la cerveza sobre la sidra.



Marvin Harris, antropólogo especialista en alimentación, ha desarrollado lo que él llama "teoría del forrajeo óptimo", que dice, en esencia, que a los seres humanos les gustarán aquellos alimentos que sean más fáciles y más baratos de obtener. Así las cosas, los estadounidenses no comen insectos, no porque tengan mal sabor, sino porque la cantidad de energía exigida para recolectarlos es alta y el rendimiento en proteínas relativamente bajo. Nuestra percepción de que "saben mal" es una justificación de conveniencia para no usarlos como alimento. Presumiblemente, si los insectos hubieran sido lentos y gordos como lechones, nuestros antepasados habrían desarrollado gusto por ellos. Podemos afirmar entonces que la cerveza se convirtió en la bebida favorita de la clase trabajadora de los Estados Unidos, no por un defecto en el sabor de la sidra, sino por economía de producción.

Otro factor perjudicial, pero no decisivo, para la sidra fue el aumento de la influencia del “Movimiento por la Templanza”. En el momento en que se promulgó la prohibición de 1919, la producción estadounidense de sidra había disminuido a tan solo 49 millones de litros, en comparación con los 210 millones de 1899. Durante las siguientes décadas, la antigua tradición estadounidense de fabricación de sidra se mantuvo viva en manos de unos pocos agricultores locales y de aficionados entusiastas que han mantenido el fervor por una bebida que tanto ayudó a la expansión continental.

Sin embargo, otro factor curioso parece sumarse al misterio de la desaparición de la sidra a principios del siglo pasado. La industria cervecera, conocedora de que la sidra continuaba rivalizando con el consumo de cerveza en Inglaterra y Canadá, compró lo poco que quedaba de la industria sidrera. Y por si esto no fuera suficiente, por razones inexplicables, en las reglamentaciones federales de alcohol de la década de 1900, la sidra estaba expresamente prohibida para la venta si contenía algún conservante. Lo que hizo que esto sea más que sospechoso es que el vino y la cerveza no quedaron sujetos a las mismas restricciones: podían continuar vendiéndose traspasando las fronteras estatales a pesar de que contienen sulfitos y otros conservantes. Sólo la sidra quedó sujeta a las restricciones El resultado, por supuesto, fue impedir la recuperación de cualquier industria sidrera. Esto explica por qué hoy la sidra se puede vender en granjas o en pequeñas sidrerías locales, regionales o estatales, algunas de las cuales están intentando convertirse en nacionales.

Es difícil evitar la conclusión de que el lobby cervecero hizo todo lo que pudo para asegurarse de que la sidra nunca más se convirtiera en la bebida favorita con bajo contenido de alcohol de los Estados Unidos. Por último, pero quizás no menos importante, además del ataque a la sidra de la industria cervecera en el cambio de siglo, los refrescos, especialmente la Coca-Cola, parecen haber sido comercializados exactamente para ocupar el nicho que una vez llenaba la sidra.

El ligero grado de estimulante prometido por la cocaína y la efervescencia con la que se produjo por primera vez la Coca-Cola imitan a la sidra. En 1896, un editorial en el New York Times incluso hizo una comparación explícita pidiendo a los trabajadores estadounidenses que abandonaran los debilitantes refrescos alcohólicos como la sidra y probaran la nueva cola en su lugar.

Cuando uno viaja hacia el oeste desde Wyoming, las montañas Rocosas parecen marcar una frontera entre la cerveza a sotavento y sidra a barlovento. Nada más penetrar en Idaho y más aún en Washington y en Oregón, las cartas de bares y restaurantes están colmadas de una oferta de excelentes sidras locales y regionales. Aprovéchelas y, ¡ah!, no hay que escanciarlas a la asturiana.