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lunes, 30 de abril de 2018

Descubierta “casualmente” una enzima que degrada el plástico



Un grupo de científicos de la Universidad de Portsmouth (UoP) de Reino Unido, y del Laboratorio Nacional de Energía Renovable (NREL) de Estados Unidos, han creado accidentalmente una enzima capaz de descomponer botellas de plástico hechas de tereftalato de polietileno o PET.
Casualidad, llaman los necios al destino. No creo en la serendipia, en la casualidad, en el hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta. En la historia de la ciencia se afirma que son frecuentes las serendipias. Un clásico: en 1922, Alexander Fleming estaba analizando un cultivo de bacterias cuando se le contaminó con un hongo. Ese episodio dio origen al descubrimiento de la penicilina. Otro clásico: Isaac Newton descansaba bajo un árbol cuando le cayó cierta manzana. Pero, ¿cuántos hombres habían visto antes caer manzanas sin reflexionar sobre ello? En la investigación científica, como en tantas otras cosas, impera la perseverancia y lo que dijo Newton, aquello de “cabalgar a hombros de gigantes”. Eso es lo que deben pensar los integrantes de un equipo de investigación que acaba de publicar sus resultados el pasado 16 de abril en la prestigiosa revista científica PLosOne.
Quienes tienen la amabilidad y la paciencia de seguir mis artículos, saben de mi preocupación por la contaminación que provocan los plásticos, especialmente en los mares (1, 2, 3, 4, 5). El plástico es barato y fácil de producir, pero no se degrada con facilidad. Entre 1950, cuando comenzaron a fabricarse, y 2015, los seres humanos hemos puesto en circulación unos 8.300 millones de toneladas métricas (tn) de plásticos, la mitad de las cuales se han producido desde 2004. Desde 2015 se han generado alrededor de 6.300 millones de tn de desechos plásticos, de las cuales solo un 9% han sido recicladas, un 12% incineradas y un 79% arrojadas a a los vertederos. Si no se modifica esa tendencia, en 2050 habrán llegado a los vertederos unos 13.200 millones de tn de residuos plásticos.
A día de hoy no existe un mecanismo lo suficientemente eficaz para deshacernos de él al ritmo que lo usamos, sobre todo cuando se estima que puede pasar un mínimo de 450 años para que los polímeros que componen el plástico empiecen a desintegrarse a nivel molecular.
En 2016, unos científicos japoneses descubrieron en una planta de reciclaje de residuos plásticos una bacteria, Idonella sakaiensis, poseedora de una enzima, la PETasa, capaz de descomponer la molécula del tereftalato de polietileno (PET), un tipo de plástico muy usado en la fabricación de envases. La curiosidad de los científicos se centró, entre otras cuestiones, en cómo la enzima pudo evolucionado desde la digestión de material vegetal hasta el plástico. Ahora, basándose en este descubrimiento, investigadores de la UP y del NREL han modificado la enzima producida por la bacteria y como resultado se ha obtenido una nueva molécula capaz de descomponer el plástico incluso mejor de lo que hacía la bacteria degradadora.

Imagen al microscopio electrónico de una enzima digiriendo PET. Foto
Los científicos descubrieron que la molécula que investigaban era muy similar a la cutinasa, una enzima presente en algunas bacterias que es capaz de degradar la cutina, un polímero céreo producido por los vegetales para impermeabilizar su epidermis. Cuando manipularon la enzima para investigarla, se dieron cuenta de la sorprendente capacidad de la molécula para descomponer el plástico.
El profesor John McGeehan en la UoP y el Dr. Gregg Beckham en el NREL determinaron la estructura cristalina de la PETasa -una enzima recientemente descubierta que digiere PET- y utilizaron esta información en 3D para comprender cómo funciona. Durante este estudio, cuyo objetivo era determinar la estructura de la enzima natural, diseñaron inadvertidamente una enzima “mutante” que es aún más eficiente para degradar el plástico. La enzima mutante tarda solo unos días en realizar esa función degradativa, un tiempo que podría ser incluso menor si se llega a producir a escala industrial.
El descubrimiento podría dar como resultado una solución al reciclaje de millones de tn de botellas de plástico hechas con PET y, aunque la mejora aportada por la enzima es todavía modesta, su descubrimiento sugiere que hay oportunidades para mejorar las enzimas aún más, lo que nos acercaría a una solución de reciclaje para la inmensa y desbordante montaña de plásticos desechados que nos acosa. © Manuel Peinado Lorca. @peinadolorca.

Crónicas de América: Louisville, KY, el Derby del orbe



Como cada primer sábado de mayo, la edición número 144 de “los dos minutos más grandes del deporte”, según el coronel Matt Winn (principal impulsor de la carrera en los inicios del siglo XX), se celebrará el próximo fin de semana.
Una vez al año, el hipódromo Churchill Downs, en Louisville, despega y viaja en el tiempo hasta los tiempos que inspiraron Peggy Sue. La jet set de varios estados acude con sombreros de fieltro y chaquetas de raso fucsia para apostar en las carreras y dejarse millones de dólares alrededor del óvalo de tierra machacada por las herraduras. Es el Derby de Kentucky, la fiesta mayor de un estado en el que el negocio del caballo significa más de 55 mil empleos y tres mil millones de dólares.
Después de casi un siglo y medio de vida, el Derby sigue atrayendo y encantando a los asistentes. Por tradición, las mujeres usarán colores pastel y un sombrero con arreglos florales, los hombres vestirán trajes acordes a la elegancia de la situación: dress to impress, dicta el código. Nada que ver con lo que me topé dos días antes, cuando llegué a Louisville.

En lo profundo de Estados Unidos, la sociología se delata de un vistazo y puede estudiarse con una romana. La gente que ocupa los asientos del Derby es delgada y guapa, parece haber nacido entre plumas. Se pavonea con una elegancia un tanto hortera propia de gente como Howard Hughes, con chaquetas claras y sombreros en cuyas cintas negras colocan los recibos de las apuestas. Aquí y allá pasean las barbies, unas réplicas de Paris Hilton que compiten posando ante las cámaras bajo sus pamelas de galaxia.


El día anterior había aparcado en un Wall-Mart, un supermercado claustrofóbico del tamaño de un hangar. Dentro, además de armas y municiones, hay cien tipos de mortadelas y jamones dulces alineados en estantes. Los clientes van en sillas de ruedas motorizadas y se llevan bolsas de patatas fritas de un metro de alto, enormes tarrinas de helados fabricadas con grasas industriales, galones de falsos zumos de naranja y paquetes de carne picada family size, que pesan ocho libras. No pueden con su alma.
Salgo y me doy un paseo entre obesos que ruedan por las calles como modernos ironsides. Por el centro pulula una flota de carritos de golf conducidos por negros para hacer trayectos de cien metros cargando con víctimas de la comida basura, hombres y mujeres cargados de lorzas como flotadores, que levantan brazos que pesan cuarenta kilos, paran un carrito, se encajan dentro y resoplan. A cambio de un puñado de dólares, los conductores los llevarán hasta donde hayan aparcado sus furgonetas para minusválidos. Pienso en esa lucha de clases estrambótica, en la paradoja de un país de gordos y flacos, de negros y blancos, de yuppies de gimnasio de lujo alimentados con comida orgánica, y de consumidores de basura empaquetada.
En los accesos al hipódromo vociferan predicadores fanáticos que intentan salvar unas cuantas almas del infierno y critican megáfono en mano a las mujeres que acuden al Derby vestidas –gritan- como la puta de Babilonia. Nadie les escucha, porque todos han venido a divertirse y llevan en la mano grandes vasos de mint julep, el julepe de menta, un cóctel hecho con bourbon, menta y azúcar, que es la bebida tradicional de la carrera. Apoyados en cualquier parte, con una mano llenan la hoja de apuestas, con la otra sujetan un vaso con julepe. El aire huele a burgoo, un plato muy popular en el derby, un guisote de vacuno, pollo y cerdo con verduras, que los vendedores preparan en los aledaños del hipódromo.
Mientras dos viejos barcos de vapor estilo Mark Twain navegan por el río, al otro lado del Ohio el lumpen blanco de Indiana se mece en el porche de sus casas desvencijadas. Alrededor de Churchill Downs, cientos de familias humildes ceden pedazos de hierba de sus casas para montar aparcamientos improvisados o levantan barbacoas para vender platos de humeante burgoo, costillas con melaza o unas cuantas salchichas a los privilegiados que van a la zona de las apuestas. Al otro lado de las casas blancas y de los graneros rojos hay una nube de humo que sale borracha por las chimeneas de la destilería Jim Beam.
Charles Bukowski era un aficionado de las carreras de caballos y llegó a escribirle poemas al óvalo de Louisville en A day at the Oak Tree Meet. Si Bukowski perdía, bebía. Y, si ganaba, también. No era mal visto en una festividad en la que el bourbon es norma. «Si conoces ese hipódromo, sabes que puede hacer verdadero frío cuando estás perdiendo. El viento llega de las montañas y tus bolsillos están vacíos, tiemblas y piensas en la muerte y en los tiempos duros del alquiler y todo lo demás», escribió en Se busca una mujer.
En El Derby de Kentucky es decadente y depravado, crónica pionera del periodismo gonzo que Tom Wolfe rescató en El nuevo periodismo, Hunter S. Thompson retrató y criticó las actitudes de los asistentes a la primera carrera de la conocida Triple Corona (le siguen el Preakness Stakes, en Baltimore, y el Belmont Stakes, en Nueva York). Thompson nació en Louisville y aprovechó su crónica para exponer lo que él consideraba el “rostro sureño” de Estados Unidos. En su crónica novelada, Thompson también se quejaba del racismo que imperó en el Derby durante sus primeras ediciones. Se corrió por primera vez en 1875. En quince de las primeras veintiocho carreras se coronaron jockeys de raza negra. Racionaron las razas. Desde 1902, cuando Jimmy Winkfield montó a Alan-a-Dale y cruzó la meta en el primer lugar, sólo dos afroamericanos han vuelto a competir hasta la fecha. The last black King of the Kentucky Derby, de Crystal Hubbard, cuenta la historia de aquella épica.
Cuando los caballos aparecen en escena para cumplir con la vuelta de honor del Churchill Downs, los asistentes cantan My Old Kentucky Home, pieza compuesta por Stephen Foster (autor de Oh Susana), siempre interpretada por la banda de la Universidad de Louisville. Las gradas y las salas del hipódromo están repletas con alrededor de 150 mil personas de todo el mundo. De repente, toda la multitud se queda en silencio y se levanta llevándose la mano al pecho. Un hombre con voz de soprano canta el himno nacional americano. Las diferencias sociales desaparecen durante el tiempo que dura el canto. ¡Arranca el Derby!


Tras la última carrera abandono Churchill Downs con los bolsillos vacíos y el estómago ahíto de julepe. Doy un paseo hasta el cementerio cercano y me doy cuenta de la similitud entre casas y tumbas. En América, hay casas bajas con fachadas blancas alineadas en avenidas anchas para los vivos; para los muertos, tumbas blancas sembradas en campos de hierba, en greens como de campos de golf. Pienso en España y en nuestros bloques de pisos y en nuestros columbarios de nichos apiñados. Pienso que morimos como vivimos y que hay cierta identidad nacional en todas las cosas, incluso más allá de la muerte. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 29 de abril de 2018

Población, cambio climático y huella ambiental



Resumen
En 1679 Anthony van Leeuwenhoek fue el primero en especular acerca del número de seres humanos que podría albergar la Tierra. Desde entonces y, sobre todo, desde que Thomas Malthus publicó en 1798 su célebre ensayo, el debate demográfico –particularmente exacerbado en la segunda mitad del siglo pasado, cuando la tasa de crecimiento poblacional duplicaba a la actual- se estableció en dos frentes, el de los boomsters, que sostienen que no hay límites para la explotación de los recursos terrestres, y el de los doomters, para los que los recursos del planeta tienen unos límites que estamos a punto de desbordar. La detección en la década de 1990 de los primeros síntomas del calentamiento global ha marginado a unos y otros. Hoy, el debate no se centra en los límites de los recursos, sino en los excesos de emisiones de gases de efecto invernadero con los que nuestro sistema económico consumista está alterando el equilibrio global de la Tierra. La superpoblación sigue siendo el problema, pero la unidad de medida de hoy es nuestra huella ambiental evaluada en términos de producción de gases de efecto invernadero, los responsables de la aceleración del cambio climático global.
Podéis cargar el artículo completo en este enlace.

La frontera salvaje


El pasado 26 de abril se presentó el libro La frontera salvaje, de Washington Irving, que he traducido para la editorial Errata Naturae.
Publicado en 1834, e inédito hasta la fecha en castellano, este libro vendió 80.000 ejemplares en su primera edición y se convirtió de inmediato en un clásico de la literatura norteamericana.
Tras casi dos décadas viviendo fuera de Estados Unidos, en 1832 Irving decidió regresar a casa, convertido ya en una auténtica celebridad literaria. Pero su carácter no era precisamente sedentario: de inmediato volvió a embarcarse en un gran viaje, esta vez por los territorios más remotos de su país. En pleno recrudecimiento de las guerras indias, se incorporó a una expedición de los rangers más allá de la frontera jamás pisada por el hombre blanco, en los territorios de caza de los temidos guerreros pawnis. A medio camino entre la novela de aventuras, la crónica de viaje y el dietario del naturalista, Irving relata con un tempo narrativo ágil y vivo las peripecias y riesgos de su periplo, al tiempo que da cuenta de la belleza primigenia y aún intacta de los grandes paisajes norteamericanos. Muy pocos escritores habían descrito aquellas sublimes inmensidades salvajes, pobladas todavía por auténticas miríadas de osos, lobos, coyotes, bisontes o pumas, y por los pocos hombres que habitaban la frontera: pioneros y colonos, cazadores y cazarrecompensas, tramperos y rangers, que Irving retrata con maestría excepcional. Pero esa frontera no sería tal sin los nativos norteamericanos, sus verdaderos moradores, a los que el hombre blanco afrenta con su política de conquista. Irving, sin embargo, denuncia la actitud injusta, despótica y prepotente de los suyos, los recién llegados, y defiende el modelo de «vida salvaje» de los nativos, en perfecta armonía con una naturaleza igualmente indómita y en clara oposición al empuje imperialista que llegaba del gobierno. Igualmente, el viaje se convierte para el escritor en una progresiva toma de conciencia del modo en que los hombres devastan a su paso la naturaleza: finalmente Irving no puede sino hundirse en la tristeza al dar caza y desposeer de la vida a su primer y único bisonte.
En este enlace podéis leer las primeras páginas del libro.

miércoles, 25 de abril de 2018

En casa de Washington Irving y un cameo por Nueva York



Paterson, la película de Jim Jarmusch, es la poética de la vida ordinaria, una oda al arte como forma de relación con la cotidianidad. Cuando se viaja en autobús por Nueva York, uno se siente como un cameo, un personaje sin nombre que puede no tener importancia para la trama pero que es imprescindible para la misma, como los viajeros que transporta Alan Driver en su autobús urbano.

En la agitada Manhattan los únicos que parecen no tener jamás prisa son los conductores y los usuarios del bus. Los autobuses tienen parada cada dos o tres manzanas, pero prácticamente paran en todos los semáforos. Viajar en autobús es divertido porque todo el mundo está relajado. Parece que solo lo utilizaran jubilados, ociosos y turistas, que pueden recorrer la ciudad desde una plataforma privilegiada y por un precio módico, la décima parte de lo que se paga en los autobuses turísticos.

Cuando hay un minusválido en una parada, el conductor para, se baja, acciona una rampa, ayuda a subir la silla de ruedas, ordena que despejen una zona, estiba la silla de ruedas y, por fin, vuelve a su asiento para seguir conduciendo. A veces, el destino del usuario de la silla de ruedas está una o dos paradas más allá; no importa, ante la mirada sonriente y tranquila de todos los usuarios, el conductor volverá a realizar la misma operación. Pienso que los viajeros que le acompañan a uno en cualquiera de estos viajes, a ras de pavimento bajo la enorme verticalidad de la ciudad, guardan dentro de sí los argumentos de muchas historias.


A veces se presentan situaciones curiosas. Puede que cuando vayas a introducir el bonobús o las monedas en la máquina encuentres un letrero que diga: «out of order» (no funciona). Sube sin problema, porque es probable que el sonriente conductor te diga: «disfrute del viaje, hoy es gratis». Los que vayan entrando lo leerán tranquilamente y sonreirán pensando que se están ahorrando un par de pavos por cruzar la ciudad con tiempo suficiente para admirar el paisaje urbano.

Para llegar hasta Sleepy Hollow desde Columbia University el autobús sube por Broadway hacia el norte, por la carretera 9, que corre paralela al río que marca la fisionomía de Nueva York, el Hudson. “Muhheakantuck”, llamaban los iroqueses a lo que hoy conocemos como el Hudson, un río que se «emborracha con aceite» en el corazón de Manhattan, como escribió Federico en Poeta en Nueva York. Un río que rodea la ciudad dándole la vuelta, como el reverso de cualquier metáfora.

Pero es también un río rural a unos pocos kilómetros al norte de la gran ciudad, en las boscosas montañas Catskill, en cuyas faldas se asienta Tarrytown, un pueblecito recogido y coqueto de aires victorianos, en el que Washington Irving reconstruyó una vieja granja, Sunnyside, y en el que muchos años antes había situado algunos de sus cuentos, entre ellos Rip Van Winkle y Leyendas de Sleepy Hollow. Este es precisamente el nombre del pequeño cementerio de aire gótico donde reposan Irving y otros notables personajes americanos, entre otros Andrew Carnegie, Samuel Gompers, Walter Chrysler, William Rockefeller, Elizabeth Arden y Brooke Astor.


Cuando Irving regresó en 1832 de su estancia de 17 años en Europa, donde adquirió fama mundial como escritor y donde escribió Los cuentos de la Alhambra, se internó en lo que hoy es Oklahoma, entonces Territorio Indio. De ese viaje, que convirtió a Irving en el único escritor en haber recorrido los cazaderos indios de las praderas que por entonces constituían los confines de la civilización anglosajona, surgió en 1835 la primera de sus obras sobre el Far West: A Tour on the Prairies, primer volumen de una trilogía del,  que se completaría con Astoria (1836) y The Adventures of Captain Bonneville, U.S.A, in the Rocky Mountains and the Far West, basado en las aventuras del militar y explorador Benjamin de Bonneville, que se publicó en 1837.
Con los derechos de autor de A Tour on the Prairies, del que se vendieron en su primer año 80.000 ejemplares, en junio de 1835 Irving compró al escribiente Benson Ferris una pequeña casa de campo de estilo holandés del siglo XVII y unas cinco hectáreas de tierra circundante, antigua propiedad de los van Tassel –la familia de la hermosa Katrina que él inmortalizó en La leyenda de Sleepy Hollow-, situada a menos de cuatro kilómetros al sur de Tarrytown, en el valle del río Hudson. Dadas sus pequeñas dimensiones, pues solo contaba con dos habitaciones, decidió agrandarla y en colaboración con el paisajista y arquitecto escocés George Harvey la transformó en una bonita mansión de estilo romántico.
Irving la bautizó en principio con el nombre de Wolfert's Roost (Reposo de Wolfert) -un personaje de la Historia de Nueva York contada por Dietrich Knickerbocker, el libro con el que ganó fama y dinero en Estados Unidos-, aunque finalmente la llamó Sunnyside (ladera soleada). Su intención era convertirla en un refugio placentero donde vivir y continuar con sus trabajos literarios. La embelleció, la decoró, y la dotó con todos los adelantos técnicos de la época. Diseñó los senderos y dio forma a un jardín donde aún florecen las winsterias y las hiedras trepadoras que le regaló Sir Walter Scott. También hizo construir una pequeña laguna a la que, en recuerdo de Europa, llamó el «Pequeño Mediterráneo». Algunos años más tarde, en 1847, la amplió con una torre de estilo español a la que sus amigos bautizaron como «La Pagoda».
En la década de 1840 las cosas ya no eran como antes. La escritura de Irving había perdido frescura y ya no era el único escritor norteamericano de éxito. Había surgido una fuerte competencia entre los escritores profesionales que conformaron la época dorada de las letras estadounidenses antes de la Guerra de Secesión: James Fenimore Cooper (sus novelas populares se vendían por millares en América y Europa), Mark Twain, Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Ralph Waldo Emerson, Henry Wadsworth Longfellow, Herman Melville, Walt Whitman y Henry David Thoreau. Los gastos de compra y ampliación de Sunnyside, unidos a unas malas inversiones en tierras y ferrocarriles, habían dejado su cuenta exhausta.
En febrero de 1842, el presidente John Tyler, a instancias del secretario de Estado Daniel Webster, amigo del escritor, lo sacó de sus apuros económicos nombrándolo embajador en España. Abandonó por un tiempo su querida casa y representó a su país ante la corte de Isabel II hasta el verano de 1846, cuando renunció voluntariamente al cargo.

El resto de su vida lo pasó refugiado en Sunnyside entregado a la redacción de libros históricos, entre ellos la biografía de George Washington, un auténtico superventas de la época. Hizo un gran esfuerzo intelectual para escribir esa monumental biografía. «He de tejer este último lienzo, y luego, morir», decía. Debilitado por continuos ataques de tos, murió finalmente de un ataque al corazón rodeado de su familia el 28 de noviembre de 1859, a las 22:30. Justo antes de retirarse para dormir la noche de su fallecimiento, comentó: «Tendré que disponer mis almohadas para otra noche agotadora. ¡Ojalá esto llegue pronto a su fin!».
Tras un multitudinario sepelio, fue enterrado el 1 de diciembre de 1859 junto a su madre en el cementerio de la antigua iglesia holandesa de Sleepy Hollow, muy cerca de donde pasa el camino donde su personaje lchabod Crane huyó del jinete sin cabeza. Desde allí se puede ver el valle del río Hudson a su paso por Tarrytown. A su muerte, Sunnyside permaneció en manos de la familia y la siguió habitando su hermano Ebenezer y sus tres hijas solteras, que fueron las amas de llaves de lrving. Los Irving están enterrados en una pequeña parcela cercada de Sleepy Hollow.
En 1945, la casa fue comprada por John D. Rockefeller Jr., que se propuso conservarla en su estado original. La restauró y decoró con todos los muebles y pertenencias del escritor. En 1947 se abrió al público como Casa Histórica Nacional y Museo de Washington Irving. En el despacho, el tiempo parece haberse detenido: allí están el diván, la biblioteca y el escritorio de roble que le regaló su editor George P. Putnam, sobre el que descansan dos puñales morunos recuerdo de su estancia en su querida Granada.
Mientras cae la tarde, vuelvo a mi cameo y regreso plácidamente a Nueva York. No ha habido suerte. La máquina expendedora funciona. La sonrisa del conductor, también. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 22 de abril de 2018

Un cíborg medieval.... ¿Militar o carnicero?


Hubo un tiempo en que me cautivaron los ensayos y las novelas de ciencia ficción. En ese tiempo me enteré de lo que era un cíborg, es decir, un ser compuesto de elementos orgánicos y dispositivos electrónicos creado con la intención de mejorar las capacidades de la parte orgánica mediante el uso de tecnología cibernética.
El concepto del híbrido hombre-máquina ha sido ampliamente utilizado como recurso literario desde hace casi doscientos años. En la parodia The Man That Was Used Up (1839), Edgar Allan Poe describió al brigadier John A. B. C. Smith (trasunto del vicepresidente Richard M. Johnson) como un héroe de guerra con un cuerpo compuesto de múltiples prótesis. Aunque no se identifique al personaje, Poe despliega su ingenio para producir un relato sumamente divertido en el que el tal Smith es reconstruido a partir de una masa informe y pasa a convertirse en el individuo más atractivo que el narrador nunca hubiese contemplado.
En la novela El hombre que puede vivir en el agua (1910), el escritor francés Jean de la Hire presentó a Nyctalope, para algunos el primer superhéroe y también el primer cíborg literario. Por su parte, en The Comet Doom (1928), el estadounidense Edmon Hamilton describió a unos exploradores espaciales cuyos cuerpos combinan partes orgánicas y mecánicas. Hamilton también es conocido por el peculiar cerebro viviente y parlante, siempre flotando en un receptáculo transparente, que acompaña al superhéroe Capitán Futuro (1939). Hamilton utilizó el término cíborg de forma explícita en el cuento After a Judgmente Day (1962) para referirse a los «las copias mecánicas de humanos» llamadas "Charlies", explicando que «cíborgs es como se les había llamado, desde el primero [el primer Charlie] a inicios de la década de 1960 […] organismos cibernéticos».
Que Hamilton usara el término con fines literarios no es casual, porque el concepto había saltado a la luz pública –y con no poco revuelo mediático- dos años antes, en 1960, cuando Manfred E. Clynes (director científico del Laboratorio de simulación dinámica del Rockland State Hospital, en Nueva York) y Nathan S. Kline (un psiquiatra considerado una eminencia en el campo de la psicofarmacia), lo acuñaron para referirse a un ser humano tecnológicamente mejorado que podría sobrevivir en entornos extraterrestres. Llegaron a esa idea después de pensar sobre la necesidad de una relación más íntima entre los humanos y las máquinas en un momento en que empezaba a trazarse la nueva frontera representada por la exploración espacial. El término apareció por primera vez en forma impresa cuando The New York Times informó sobre una ponencia presentada por Clynes y Kline en un congreso sobre vuelos especiales. La definición decía: «Un cíborg es esencialmente un sistema hombre-máquina en el cual los mecanismos de control de la porción humana son modificados externamente por medicamentos o dispositivos de regulación para que pueda vivir en un entorno diferente al normal».
Foto y dibujo de esqueleto lombardo. Obsérvese la orientación del brazo derecho, la posición de la hebilla en forma de D y la posición del cuchillo. A diferencia de la mayoría de los enterramientos, el brazo derecho del individuo estaba doblado sobre la pelvis ajustado tanto a la hebilla como a la cuchilla. Fuente.
Aunque me apresuro a decir que ni el capitán Garfio ni los piratas con pata de palo pueden considerarse ciborgs, habida cuenta de que los artefactos que portan entran en el protésico campo de la ortopedia y no de la cibernética, no cabe duda de que el reciente hallazgo en el norte de Italia de un esqueleto de un hombre medieval manco bien pudiera tomarse por un antecedente de la íntima conjunción de un ser humano con un artefacto que va más allá de una simple prótesis.
Los antropólogos que han publicado el hallazgo en el Journal of Antropological Sciences se han quedado estupefactos. La osamenta muestra que la mano le había sido amputada en vida, pero lo que resulta verdaderamente enigmático es que en la tumba había también una hoja corta, parecida a un cuchillo, que pudo haberle servido como prótesis precibernética. La tumba data del siglo VIII y la edad de hombre, cuando pasó a mejor vida, era de entre 40 y 50 años. Hasta el momento se supone que se trataba de un guerrero, como lo eran por entonces todo los lombardos, pueblo al que pertenecía.
En un primer análisis del esqueleto, los especialistas confirmaron que la carencia de la mano no se debía a una malformación, sino que fue el resultado de una amputación obligada tras haber sufrido un traumatismo severo. Ciertas callosidades encontradas en el hueso del muñón son típicas de todo aquel que ha usado una prótesis durante mucho tiempo. Además, en los huesos del hombro se hallaron erosiones también características de las personas que se ven obligadas a mantener una postura poco natural debido a una extremidad apuntada.
Detalles del desgaste superficial del incisivo RI2 (A y B); el tipo y la orientación del desgaste es una clara indicación del uso extra masticatorio del diente, que muestra una corona significativamente reducida en comparación con el segundo incisivo izquierdo. (C) Radiografía del segundo diente incisivo superior derecho; obsérvese la lesión periapical localizada en el extremo proximal de la raíz. El hueso de color más claro alrededor de los bordes de las raíces del diente RI2 es el resultado de un daño post mortem. Fuente.

Además, y especulando un poco, los daños que el cíborg medieval tenía en su dentadura permiten suponer que utilizaba sus dientes no sólo para masticar, sino para sujetar con fuerza algunas cosas. Eso, a su vez, y sigo especulando de la mano de los antropólogos, lleva a pensar que podría tratarse del correaje que sujetaba una prótesis a su brazo. A todo lo anterior se suman los restos de piel hallados en la cuchilla-prótesis que se encontró en su tumba.
Lo que resulta misterioso es el uso que pudo darle al cuchillo que se encontró encima del esqueleto. Los antropólogos más belicosos piensan que pudo servirle como arma secundaria en las batallas, en caso de que fuese un guerrero, aunque otros, más cautos, admiten que quizá el lombardo fuera solo un simple carnicero.
En todo caso, lo más curioso de todo este caso es que el hombre sobreviviera a una amputación en una época en que, como nos recuerdan en este artículo, no había antibióticos y pululaban las infecciones. Que llegara a viejo en tales condiciones es un gran misterio. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

martes, 17 de abril de 2018

Cambio climático: la imparable deriva del río que cruza el mar

La corriente del Golfo, responsable de asegurar a Europa un clima templado, puede alterar su comportamiento debido a la influencia de aguas dulces del deshielo polar. Si el sistema oceánico global sigue debilitándose, podría alterar los patrones climáticos de varias regiones del planeta.

La irrealidad de la ficción no es lo fantástico o lo inverosímil, sino lo que siempre puede volverse real. Se abre una gran brecha en la Antártida, en Tokio graniza y caen del cielo bloques de hielo, varias tormentas y grandes huracanes destrozan numerosas ciudades de Estados Unidos, el clima se vuelve cada vez más hostil hasta provocar una edad de hielo. Todos estos fenómenos ocurren en la película de El día de mañana, de Roland Emmerich (2004).

Los efectos están retratados de forma exagerada, pero el filme describe muy bien el problema que causa ese desastre climático: la paralización de la corriente del Atlántico Sur (AMOC por sus siglas en inglés) que forma parte de la circulación termohalina global: un transporte de aguas cálidas y frías que recorre el mundo para equilibrar la diferencia de temperatura entre el Ecuador y los polos.

La AMOC es uno de los principales impulsores de la circulación oceánica mundial. En líneas generales, esta corriente oceánica fluye en dirección Este, alimentada por la corriente del Brasil, transportando una cantidad sustancial de calor desde los trópicos y el hemisferio meridional hacia el Atlántico Norte, hasta alcanzar el este de Groenlandia, donde el calor se transfiere a la atmósfera. Al enfriarse, se hunde, ya que el agua es más salada y, por tanto, más densa que el agua relativamente más fresca que la rodea. La masa de agua densa se hunde hasta el fondo del Atlántico Norte y es empujada hacia el sur a lo largo de la sima Atlántica.

Mapa topográfico de los mares nórdicos y cuencas subpolares con circulación esquemática de las corrientes superficiales (curvas sólidas) y corrientes profundas (curvas discontinuas) que forman parte de la circulación meridional del Atlántico. Los colores de las curvas indican temperaturas aproximadas. Fuente
La parte de esa cinta transportadora que recorre el Atlántico Norte se llama corriente del Golfo, un sistema de calefacción natural del que siempre ha disfrutado Europa. Hay quien ha llamado a la corriente del Golfo “la autopista del mar”: una masa de agua visiblemente diferente, más caliente y más rápida que el océano que la circunda, con una trayectoria y una circulación propias, capaz de alterar el clima de las costas que toca, de desviar los barcos y de calentar la cerveza de sus bodegas.

Este inmenso fenómeno oceánico dio pie a un libro de Stan Ulanski –La corriente del Golfo: la increíble historia del río que cruza el mar (Turner, 2102)-, que se puede leer como una historia oceanográfica, pero también como una crónica de viaje para aficionados a la pesca, una historia alternativa de los viajes transoceánicos (con especial atención a los de Colón y sus seguidores), y hasta un nuevo relato de piratas y aventureros de la mar.

La corriente del Golfo influye en el clima de la costa oriental de América del Norte desde Florida hasta Terranova antes de dirigirse hacia la costa oeste de Europa. Fuente.
Las aguas calientes que salen desde el Golfo de México recorren las superficies oceánicas hacia el norte calentando las costas de Nueva York y de toda Nueva Inglaterra antes de dirigirse hacia los países nórdicos después de atravesar el Atlántico. En ese ascenso latitudinal, el agua está Este proceso mediante el cual el agua se transporta al Atlántico del Norte es un gran distribuidor del agua oceánica a escala mundial, un mecanismo de transferencia que constituye una de las maneras más eficientes para el transporte de calor desde los trópicos a las latitudes septentrionales. Este sistema de regulación termohalina lleva siglos funcionando gracias a un delicado equilibrio entre temperatura y salinidad, que ahora está siendo alterado.

Desde hace algún tiempo los oceanólogos conocen una zona anómala del Atlántico Norte que es inmune al calentamiento del resto de los océanos de la Tierra. Esta zona fría parece estar asociada con una desaceleración en la AMOC, provocando unos cambios en la circulación global que podrían tener un profundo impacto en el sistema climático global. El pasado mes de agosto di cuenta de un estudio publicado en el último número de julio de 2017 de la revista científica Nature, que resumía la investigación realizada por un equipo de científicos de las universidades de Yale (USA) y de Southampton (UK). El equipo había encontrado pruebas de que la pérdida de hielo en el Ártico está afectando negativamente al AMOC.

Medida de las variaciones de temperatura de 1900 a 2012. La mancha blanca corresponde a la zona que no se enfría. Fuente NOAA.
Según el estudio, están aumentando las pruebas de que la zona “inmune” del Atlántico Norte podría deberse a una desaceleración de la AMOC y, por lo tanto, una desaceleración en la capacidad del planeta para transferir calor de los trópicos a las latitudes del norte. La zona fría podría deberse a la fusión de hielo en el Ártico y Groenlandia, lo que provocaría una capa fría de agua dulce sobre el Atlántico Norte que impide el hundimiento de aguas tropicales saladas. Eso reduciría la circulación mundial y dificultaría el transporte de aguas tropicales cálidas hacia el norte.

La fusión del hielo marino del Ártico ha aumentado rápidamente en las últimas décadas. Los registros de imágenes por satélite indican que los registros del hielo marino del Ártico son hoy un 30% menores que en 1979. El deshielo de los glaciares del Ártico arroja agua dulce al océano y ese aporte adicional altera la dinámica de la corriente del Golfo. Su densidad se reduce y el agua ya no desciende hacia el fondo con tanta facilidad. Esa tendencia al aumento de la fusión del hielo marino durante los meses de verano no parece estar disminuyendo. Por lo tanto –escribí entonces-, todo indica que veremos un debilitamiento progresivo del sistema global de circulación oceánica.

Según dos estudios publicados el miércoles 11 de abril también en Nature, el fenómeno retratado en El día de mañana está sucediendo. Las dos investigaciones difieren sobre la causa del problema y desde cuándo lleva ocurriendo, pero ambas coinciden en el diagnóstico: la corriente del Atlántico norte está ralentizándose. El transporte de agua se ha reducido entre un 15 y un 20% en los últimos 150 años. Dicho de otra forma, su caudal ha perdido unos tres millones de metros cúbicos por segundo, el equivalente a quince Amazonas. Una de los estudios asegura que no ha estado tan débil en mil años.

Si la corriente del Golfo se detuviese el planeta no se congelaría, como propone la película. Sin embargo, los efectos en el clima serían notables y negativos en el hemisferio boreal. En Estados Unidos podría subir el nivel del mar en la costa Este drásticamente. En solo un año, entre el 2009 y el 2010, se registró una elevación de diez centímetros asociada a una ligera desaceleración de la corriente. Mientras, en Europa las temperaturas descenderían, provocando inviernos mucho más fríos. Los investigadores predicen que el proceso continuará intensificándose debido al calentamiento global.

La Corriente de Humboldt es una corriente fría y de baja salinidad del Océano Pacífico que fluye hacia el norte a lo largo de la costa occidental de Sudamérica desde el extremo sur de Chile hasta el norte de Perú. Hacia el este, la corriente del Golfo, junto con su extensión hacia el norte de Europa, la deriva del Atlántico Norte, es una corriente oceánica poderosa, cálida y rápida que se origina en el extremo de Florida. Fuente
De acuerdo con la Institución Oceanográfica de Woods Hole, que participó en esos estudios, si el sistema sigue debilitándose podría alterar los patrones climáticos de Estados Unidos y Europa: más enfriamiento en el Atlántico Norte, mayores tormentas invernales en el continente europeo, posible desplazamiento hacia el sur de las lluvias tropicales, y un aumento más rápido en el nivel del mar en la costa este estadounidense. Las corrientes también transportan nutrientes, oxígeno, larvas de coral o peces de un área a otra, contribuyendo a la capacidad de los océanos para absorber y almacenar dióxido de carbono. En este sentido, la pesca comercial podría verse afectada, así como algunas especies de peces, aves y ballenas debido a la carencia de aguas ricas en oxígeno, conduciendo con ello un círculo vicioso al dejar más dióxido de carbono en la atmósfera, lo que contribuiría significativamente al calentamiento global.

Aunque geólogos y oceanólogos saben que en el pasado existieron episodios similares a lo que parece estar sucediendo ahora, todavía tienen serias dudas de lo que se avecina. Menos seguros, claro, que los guionistas de Hollywood. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.