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miércoles, 29 de enero de 2020

Murciélagos, serpientes, civetas… ¿de dónde ha salido el nuevo coronavirus?


La aparición en China de un brote de neumonía provocado por un coronavirus (2019-nCoV) es un desafío para los virólogos, que han emprendido una carrera contrarreloj para obtener más datos sobre la secuencia genética, la epidemiología y la propagación del patógeno.
La pregunta más urgente es determinar cómo se propaga. El seguimiento en tiempo real de la velocidad a la que aparecen los nuevos casos, junto con cuándo comenzaron los síntomas para cada uno de ellos, son las señales que indican a los expertos la facilidad con la que el virus puede circular entre humanos y si el brote tiene el potencial de persistir.
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lunes, 27 de enero de 2020

Las uvas de la ira y el bosque del presidente Roosevelt


Distinguida con el Premio Pulitzer en 1940, una de las grandes novelas políticas de la literatura, Las uvas de la ira, de John Steinbeck, describe con precisión el drama de la emigración de los componentes de la familia Joad, unos desposeídos que, obligados por el polvo y la sequía, se ven obligados a abandonar sus tierras, junto con otros miles de personas de Oklahoma y Texas, rumbo a la «tierra prometida» de California.
Tres años antes de publicar la novela, Steinbeck había realizado para The San Francisco Sun una serie de magistrales crónicas sobre la América de la Gran Depresión, reunidas luego en Los vagabundos de la cosecha (Libros del Asteroide, 2007). La realidad que el autor conoció en aquel encargo periodístico fue la materia prima de Las uvas de la ira: hechos históricos, personajes de carne y hueso, miserias verdaderas provocadas por las tormentas de polvo y la Gran Depresión.
El último Foro de Davos ha aprobado un proyecto para plantar un billón de árboles. Una iniciativa a la que, en una adhesión que es todo un oxímoron, también se ha sumado Donald Trump. La preocupación por el estado de los bosques norteamericanos comenzó con James Madison, autor del primer discurso conservacionista de un presidente estadounidense. A Franklin Delano Roosevelt (FDR) le cabe el honor de haber emprendido la primera plantación masiva de árboles en suelo estadounidense.
Cuando Roosevelt asumió por primera vez la presidencia en 1933, la nación estaba inmersa en una crisis económica, pero también ecológica. A partir de 1930, una severa sequía azotó las altas planicies, la región de las Grandes Llanuras que los primeros exploradores del ejército, con el mayor Stephen Long a la cabeza, llamaron el "Gran Desierto Americano". Después de acabar con las tribus nómadas que los habían ocupado durante siglos, durante los primeros treinta años del siglo XX esos inhóspitos páramos habían sido poblados por varias oleadas de colonos. Sin ser conscientes de ello, habían llegado durante un período de precipitaciones superiores a la media, lo que les indujo a pensar que las tierras eran excelentes para la agricultura.
Una tormenta de polvo sobre Tyrone, Oklahoma, el 14 de abril de 1935. El Dust Bowl de la década de 1930 envió a más de un millón de residentes de la región a California. Foto New York Times.
Millones de hectáreas de praderas naturales fueron transformadas en granjas y la tierra, que había permanecido compactada por las raíces de las hierbas y por el pisoteo de las manadas de bisontes durante miles de años, quedó abierta en canal por la reja del arado. Cuando la sequía golpeó, la tierra se secó rápidamente y, desprovista de la trama fijadora de los pastos naturales, los vientos despojaron y arrastraron la reseca capa superior del suelo. Entonces, como unas cenizas sin llamas, se formaron "ventiscas negras", unas tormentas de polvo y lodo tan potentes que llegaron a más de tres mil kilómetros de distancia, hasta el océano Atlántico, dejando a su paso una lluvia del limo fértil de la pradera. Despojadas de suelo, las que una vez fueron granjas feraces se convirtieron en tierras sin valor, hundiendo a millones de colonos en la pobreza.
Una posible solución a esta catástrofe, que se conoció como el "Dust Bowl", se le ocurrió a FDR durante su campaña presidencial. Fue durante un día de calor abrasador cuando su comitiva se detuvo en las desoladas afueras de Butte, Montana. El candidato salió de su automóvil y observó una región desprovista de árboles por naturaleza y de cualquier otra vegetación como resultado de los humos nocivos emanados de una mina de cobre. Roosevelt, que había estudiado a fondo técnicas forestales para mejorar Springwood, su finca en Hyde Park, y que acababa de anunciar sus planes para crear el CCC, el Cuerpo Civil de Conservación, un programa federal de empleo masivo que estaría ligado las políticas del New Deal, tuvo una revelación: Quizás la respuesta al Dust Bowl estaba en los árboles.
Franklin Roosevelt posa con trabajadores del Civilian Conservation Corps en un campamento de Shenandoah Valley, Virginia. Foto Franklin D. Roosevelt Presidential Library and Museum.
La idea de usar árboles para mejorar las condiciones del Gran Desierto Americano no era nueva en absoluto. Se remontaba a los primeros asentamientos de mediados del siglo XIX, cuya última consecuencia fue un poderoso movimiento impulsado por visionarios como el editor Julius Sterling Morton, que sostenía la absurda creencia de que los árboles traerían las lluvias a las Grandes Llanuras. Roosevelt, sin embargo, no pensaba que la plantación de árboles podría cambiar el clima de la región. Lo que estaba considerando era la posibilidad de que una cantidad suficiente de árboles protegiera la capa superior del suelo creando un escudo contra los vientos brutales que azotaban el centro del país.
El futuro presidente estaba lejos de ser el primero en considerar el potencial de los árboles cortavientos en el Gran Desierto Americano. Muchos granjeros de las praderas habían plantado árboles con ese propósito. Lo que destacó de la epifanía de FDR en Montana no fue su originalidad, sino su escala. Roosevelt nunca vaciló en soñar a lo grande. El CCC, por ejemplo, se convertiría en la mayor fuerza laboral civil en la historia de Estados Unidos. Varios de sus programas, como el del valle del Tennessee y el del Valle Central, plantearon transformar decenas de millones de hectáreas a la vez. El proyecto de los rompevientos de las Grandes Llanuras también tendría dimensiones colosales. Roosevelt quería construir un bosque de varios kilómetros millas de anchura, desde la frontera canadiense hasta Texas, una barrera gigantesca que detendría el viento y mitigaría las peores consecuencias de la sequía. Sería la máxima expresión del poder de la reforestación.
Pero ese sueño no era algo que nadie pudiera emprender nada más entrar en el Despacho Oval. Había demasiadas cuestiones que resolver primero. A diferencia del caso de la CCC, sobre el cual tenía una visión clara a gracias a su experiencia como gobernador, los vientos de las altiplanicies sobrepasaban sus conocimientos. Puede que supiera mucho sobre plantar árboles en los suelos bien regados de Hyde Park, pero eso era una minucia cuando se trataba del clima árido del Gran Desierto Americano. Por eso, poco después de su toma de posesión, Roosevelt pidió un informe al Servicio Forestal (SF) creado en 1905 por su primo Teddy.
A finales de la primavera de 1934, el informe llegó Despacho Oval en un momento que no podía haber sido más apropiado. La sequía sobrepasaba todo lo visto hasta entonces. Las ventiscas negras arrasaban todo el país desde las Rocosas hasta Chesapeake. Llovió polvo en Nueva York, en Washington e incluso en barcos que navegaban por el Atlántico. Los que vivían en las Grandes Llanuras sufrían desdichas insoportables. Para enfrentarse a la terrible situación, el Congreso anunció en junio una astronómica partida extraordinaria de 525 millones de dólares destinada a los esfuerzos inmediatos de lucha contra la sequía.
Con la nación devastada por las tormentas de polvo, Roosevelt finalmente anunció la propuesta que había estado madurando durante casi dos años. El 11 de julio, mientras estaba de vacaciones a bordo del USS Houston, emitió una orden ejecutiva que ordenaba «la plantación de franjas de protección forestal en la Región de las Llanuras como medio para mejorar las condiciones de sequía». La proclamación autorizaba el gasto de una partida de 15 millones extraída de los fondos extraordinarios de ayuda para la sequía. Esa sería la primera partida de los 75 millones necesarios para construir la barrera contra el viento más grande del mundo. Rápidamente, el proyecto se bautizó como el Shelterbelt, el cinturón protector.
Como había previsto, su anuncio desató una tormenta, aunque no fuera de polvo. Los editores de periódicos de todo el país se pusieron en contra del proyecto. Un escritor resumió el pensamiento opositor citando la estrofa final de Tree, el famoso poema de Kilmer: But only God can make a tree [Pero solo Dios puede crear un árbol]; que FDR intentara remediar al Todopoderoso «no solo era inútil, sino posiblemente blasfemo». La mayoría del Congreso se oponía. Según el historiador Wilmon Droze, «Para muchos políticos, la idea de gastar 75 millones en una región donde pocos vivían y votaban, y para un proyecto con final dudoso, era políticamente imprudente, muy injusta e incumplía las promesas de equilibrar el presupuesto».
Nada de esa oposición debería haber servido para algo. Pero entonces el plan de Roosevelt se topó con un obstáculo imprevisto. El Interventor General, el republicano John R. McCarl, que estaba poniendo todo su empeño en frenar algunos programas del New Deal, dictaminó que los quince millones solicitados por el presidente no constituían un «alivio inmediato de la sequía» según dictaba la legislación de junio.
Poco podía hacer Roosevelt para eludir al interventor. Puede que un presidente fuera el hombre más poderoso del país, pero de vez en cuando el funcionamiento interno de la burocracia federal resultaba ser aún más poderoso. Al final, se vio obligado a reducir su petición a un millón de dólares, que únicamente servirían para financiar los trabajos preliminares. Era una cantidad insignificante, sobre todo comparada con los 600 millones de dólares que poco después el Congreso concedería para el CCC, pero para Roosevelt era un comienzo.
El SF utilizó los fondos para comenzar a inspeccionar las tierras, organizar a los suministradores de plántulas y contactar con los agricultores cuyas tierras tendrían que arrendar para reforestar. Roosevelt también hizo su trabajo político detrás del telón para asegurar la viabilidad de un programa. Finalmente, los trabajos estaban listos para comenzar la siguiente temporada de plantaciones.
La siembra comenzó en Oklahoma en marzo de 1935. Las plantaciones continuaron durante toda la temporada de crecimiento de primavera de ese año, no sólo en Oklahoma, sino también en Texas, Kansas, Nebraska y las Dakotas. En total, el SF y los trabajadores federales contratados como apoyo lograron plantar doscientos kilómetros de franjas forestales, que cubrían más de 15.000 hectáreas.
Una vez que el programa se puso en marcha, muchos agricultores de las Grandes Llanuras lo abrazaron con entusiasmo, pero en Washington D.C. la historia era totalmente diferente. Los congresistas se mantenían escépticos acerca de los méritos del Shelterbelt, convencidos de que era un derroche y un truco político de Roosevelt para conseguir el voto de los agricultores.
Croquis de unas parcelas del Shelterbelt. Lake States Forest Experiment Station, St. Paul, Minnesota, 1934. Forest Service, USDA.
En 1936, el Congreso asignó 170.000 dólares específicamente destinados a liquidar el programa. Roosevelt contratacó y consiguió varios millones de dólares de la recientemente creada Administración de Proyectos de Obras (WPA), que fue otra iniciativa de reactivación socioeconómica cuyo presupuesto contenía cientos de millones de dólares en fondos no finalistas.
A medida que la batalla política sobre bosque protector arreciaba en Washington, el SF continuó plantando sus árboles en silencio. En 1938 se habían plantado más de 34 millones de árboles en casi 50.000 hectáreas. Los interminables horizontes de las altiplanicies cerca del meridiano noventa y nueve empezaban a verse interrumpidos por las lejanas siluetas de los bosques.
Pero en última instancia, la oposición política demostró ser demasiado poderosa para que el bosque protector sobreviviera. A principios de la década de 1940, Roosevelt, el creador y firme defensor del programa, estaba enfermo y preocupado por la probable entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Además, durante la década de 1930 se habían aprobado dos piezas clave de la legislación federal que proporcionaban enfoques alternativos al Shelterbelt. La primera, la Ley de Conservación del Suelo de 1935, creó una nueva agencia, el Servicio de Conservación del Suelo (SCS), que fue autorizado a pagar a los agricultores por mantener sus tierras sin cultivar con la esperanza de que las hierbas nativas regresaran para estabilizar el suelo. La segunda, la Ley Forestal Norris-Doxey Farm de 1937, permitió al Gobierno dedicar fondos para trabajar en cooperación con los agricultores que buscan mejorar sus parcelas forestales.
A finales de octubre de 1941, el secretario de Agricultura sugirió a Roosevelt que el proyecto Shelterbelt debería someterse al cada vez más afianzado SCS. Roosevelt, que había estado luchando para mantener vivo el programa contra la hostilidad del Congreso durante casi una década, finalmente cedió. En julio de 1942, después de ocho años y un coste total de 14 millones, el Shelterbelt echó oficialmente el cierre como programa independiente. El SCS, poblado por agrónomos más que por silvicultores, retiró rápidamente la prioridad el uso de franjas arbóreas como medida de conservación del suelo. Las plantaciones cayeron de 1.750 millas en 1942 a 65 millas en 1943.
Pronto, Roosevelt tuvo que lamentar la muerte de su proyecto.  En 1943, durante un discurso pronunciado en una cena en la Casa Blanca en honor del rey de Arabia Saudita, en el que comparaba el desierto árabe con el Gran Desierto Americano, el presidente dijo: «Hace años habíamos emprendido un proyecto conocido como Shelterbelt [...] Le diré al Congreso de los Estados Unidos que voy a resucitarlo de nuevo, si vivo lo suficiente. Es algo excelente». Pero los días de Roosevelt tocaban a su fin.
El 12 de abril de 1945, menos de un mes antes de que Estados Unidos obtuviera la victoria sobre los nazis, el presidente más duradero en la historia de la nación murió de una hemorragia cerebral. Al día siguiente, un editorial del New York Times resumió el estado de ánimo nacional: «Dentro de cien años, puestos de rodillas, los hombres agradecerán a Dios que Franklin D. Roosevelt estuviera en la Casa Blanca para liderar el pensamiento del pueblo estadounidense y dirigir las acciones de su Gobierno en esa oscura hora en la que una barbarie poderosa y despiadada amenazaba con invadir la civilización del mundo occidental y destruir la obra de siglos de progreso».
Aunque muchos de sus últimos días los empleó agobiado por asuntos de Estado y por las emergencias de la guerra, hasta los últimos momentos Roosevelt todavía pensaba en su amado y atacado Shelterbelt. Tres días antes de su muerte, revisó un nuevo memorándum sobre el programa y envió una carta a su autor pidiéndole «un poco más de material sobre lo que está suponiendo la plantación de árboles para que las familias puedan mejorar el rendimiento de sus cultivos».
Franjas del Shelterbelt continúan protegiendo granjas en las Grandes Llanuras. Foto de 2015.
Al final, la gran visión de Roosevelt para transformar las Grandes Llanuras en un bosque se quedó corta, pero el proyecto dejó su huella en la región. Una evaluación de 1954 del Shelterbelt concluyó que se habían plantado más de 220 millones de árboles en treinta mil granjas. En total, el SF había implantado más de 18.600 millas lineales de franjas de árboles y la mayoría de ellas, más del 70 por ciento, sobrevivió durante décadas. Durante las décadas de 1950 y 1960, muchas de las plantaciones originales del Shelterbelt se reforzaron o ampliaron a través de las acciones privadas de los agricultores que habían llegado a apreciar el valor como cortavientos de los árboles.
Y hoy, entre los campos y las granjas de las planicies altas por los que conduzco entre Nebraska y South Pass, algunos rodales de álamos, fresnos y olmos siguen dando testimonio de la existencia de un programa planeado inicialmente como «el mayor trabajo técnico que el SF haya realizado jamás», pero que se convirtió, a los ojos de muchos, en «el proyecto más ridiculizado del New Deal». © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

Los extraños árboles hierbas australianos: ni árboles, ni hierbas


El suroeste de Australia alberga una flora maravillosa y única. La combinación de tipos de suelo muy diferentes y pobres en nutrientes, los incendios forestales naturales y una larga historia evolutiva en aislamiento han dado lugar a radiaciones adaptativas sorprendentes cuyo resultado son innumerables especies de plantas que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo.
Los más de 2.600.000 km2 del estado de Western Australia ocupan un tercio de todo el país. En el estado hay censadas más de 12.500 plantas con flores, de las cuales un 60 % son endémicas. Entre las más icónicas se cuentan los árboles hierba; aunque son muy muy parecidos en porte, difieren notablemente en sus flores, lo que los sitúa en dos géneros diferentes, Xanthorrhoea y Kingsia.
Los árboles hierbas parecen un imaginativo diseño de Banyan, el constructor de árboles, un personaje de Cristopher Howard, que los fabricaba para los ricos que buscan alivio al desolado paisaje. Un inconfundible penacho de hojas hirsutas crece en el extremo de un tronco ennegrecido y carbonizado. El nombre común no es muy apropiado: ni son herbáceas ni son árboles. En realidad, si se atiende a sus flores, los árboles hierbas están lejanamente emparentados con los lirios. Más acertado es el nombre científico que les otorgó el botánico inglés sir James Edward Smith, quien describió el género en 1798. Empecemos por las más comunes, los árboles hierba del género Xanthorrhoea.
Si el tronco se agrieta, de las fisuras fluye una resina producida en la base de las hojas, un flujo amarillento [xanthos, amarillo, y rhoea, fluido) que no pasó desapercibido al avezado Smith, autor del primer libro sobre la flora de Australia (A Specimen of the Botany of New Holland), pese a que él nunca hubiera pisado el continente-isla. Ocurre, sin embargo, que Smith, quien además de botánico era millonario, compró la colección de plantas herborizadas, animales disecados y minerales del gran naturalista sueco Carl Linneo, puesto en subasta después de la muerte del hijo único de este, Linneo el Joven. De golpe y porrazo, por 1.000 libras, Smith se hizo con una de las colecciones naturales más importantes del mundo.
Paisaje dominado por Xanthorrhoea preissii, en la costa al norte de Perth, Western Australia. Foto Luis Monje.
Las veintiocho especies de Xanthorrea son endémicas de Australia. Comenzaron a diversificarse hace unos treinta millones de años, poco después de las extinciones masivas del Eoceno / Oligoceno, por lo que han tenido tiempo más que suficiente para adaptarse a las condiciones extremas de Australia. Dese una vuelta por las sabanas, por los matorrales semiáridos o por los bosques secos esclerófilos, sobre todo en las regiones suroriental y suroccidental, y con toda seguridad verá más de un árbol hierba.
Xanthorrhoea está perfectamente adaptada al medio ambiente australiano. Las adaptaciones comienzan cuando un ejemplar comienza su vida como una semilla. Después de la germinación, las plántulas de Xanthorrhoea desarrollan raíces que tiran del ápice de crecimiento de la planta (donde se encuentran los delicados tejidos meristemáticos que la harán crecer según madure), hasta unos 10-12 cm por debajo de la superficie del suelo, protegiendo así a la joven planta de cualquier daño. Las raíces se unen rápidamente con hongos micorrizógenos que ayudarán al crecimiento suministrando agua y minerales.
Una vez que el ápice de la planta joven emerge a ras de suelo, ya está protegida contra cualquier daño por una empalizada formada por las apretadas y húmedas bases de los primeros penachos de hojas. A veces, si el brote joven sufre algún daño, el ápice puede ramificarse para formar más tarde unos tallos ahorquillados. Las hojas de Xanthorrhoea son duras, pero carecen de espinas para disuadir a los herbívoros. En cambio, producen químicos tóxicos con efectos anestésicos que los herbívoros nativos rehúyen como Drácula a los ajos.
Todas las xanthorreas son perennes y se sabe que algunas especies viven más de 600 años. La mayoría crece lentamente (unos pocos centímetros al año) si las lluvias escasean, pero su tasa de crecimiento aumenta en cuanto se producen precipitaciones. Hay especies de porte arbóreo que producen tallos a modo de "troncos" de hasta seis metros de altura, mientras que otras especies crecen a nivel de suelo a partir de tallos subterráneos.
X. preissii. A) tallo quemado en cuyo centro se pueden ver los fascículos de raíces. B) detalle ampliado en el que se pueden observar las hojas quemadas y el centro radicular intacto. C) Paisaje de la foto anterior. A y C, fotos de Luis Monje. B, foto de John Patykowski.
Los troncos no son verdaderos troncos originados por crecimiento secundario de leño, sino que están formados por agrupaciones densas de las bases de hojas viejas. Dentro de este pseudotronco hueco crecen innumerables raíces delgadas que absorben rápidamente no solo el agua que golpea el tronco, sino también cualquier nutriente procedente de los excrementos de las aves y los mamíferos que prosperan al abrigo de las hojas.
Los árboles hierbas no pierden sus hojas marchitas. Las bases foliares están firmemente apretadas alrededor del tallo y adheridas a él por una resina resistente al agua. A medida que las hojas viejas se acumulan, forman un “faldón” grueso y espeso alrededor del tronco. Este faldón, que es un excelente hábitat para mamíferos y aves, tiene el inconveniente de ser muy inflamable. A pesar de ello, cuando se produce un incendio, las bases de las hojas apretadas protegen el tallo del calor y permiten que las plantas sobrevivan al paso del fuego. Pasado el incendio, se recupera rápidamente gracias a las reservas de almidón almacenadas en el tallo.
M. Peinado junto a un ejemplar de X. preissii. Foto Luis Monje.
Pueden pasar más de 20 años antes de que un árbol hierba produzca sus primeras flores, pero cuando florecen, el resultado es espectacular. En el extremo de un escapo (una vara desnuda de hojas) crece una inflorescencia en forma de espiga de hasta cuatro metros de largo en las que se agrupan cientos de flores blanco-cremosas ricas en néctar que atraen a todo tipo de insectos y aves. La floración no depende del fuego, pero el etileno que producen los incendios estimula el proceso. La capacidad de los árboles hierba para brotar después del fuego y producir flores rápidamente los convierte en suministro vital para la fauna que vive en lugares recién quemados.
Las xanthorreas suministran alimento en forma de néctar, polen y semillas para aves, insectos y mamíferos. Las larvas de escarabajos que viven dentro de las inflorescencias son un manjar para las cacatúas nativas. Muchos invertebrados, entre otros las amenazadas abejas carpinteras verdes (Xylocopa aeratus) construyen nidos dentro de los huecos dejados por las flores marchitadas. Los pequeños marsupiales nativos son más abundantes allí donde crecen los árboles hierba, porque el denso faldón de hojas densas les proporciona refugio y sitios protegidos en los que construir sus madrigueras.
Para los aborígenes que vivían en las enormes sabanas australianas, los árboles hierba fueron (y siguen siendo) un recurso de gran importancia. La resina secretada por las bases de las hojas se usó como adhesivo para unir los cabezales de las herramientas a los mangos y como sellador para recipientes de agua.
Los escapos de las inflorescencias más recias, una vez secos, se usaban para fabricar flechas y lanzas, y para prender fuego por fricción manual sobre yesca seca. Las flores eran remojadas en agua para disolver el néctar, elaborando así una una bebida dulce que podría ser fermentada para crear un licor ligeramente alcohólico.
Cuando son jóvenes, las hojas de Xanthorrhoea australis emergen de un tallo subterráneo que rodeado de raíces dulces y suculentas comestibles. Los aborígenes también comían las bases blandas de las hojas y las semillas se molían para obtener harina. Si necesitaban proteínas, los nativos recolectaban las larvas de insectos que habitan en la base de los tallos. Recogían también la miel de las colmenas construidas por las abejas carpinteras en las inflorescencias.
Los colonos europeos se dieron cuenta rápidamente de la utilidad de la resina, usándola en la producción de medicamentos, pegamento y barniz, y quemándola como incienso en las iglesias. Incluso se usó como recubrimiento impermeabilizante en superficies metálicas y postes telefónicos, y se usó en la producción de vino, jabón, perfume y discos para gramófonos. La resina se puede recoger fácilmente alrededor del tronco de las plantas, pero los primeros colonos utilizaron métodos más destructivos, eliminando plantas enteras a escala industrial. La resina se exportaba a todo el mundo; durante 1928-29, la resina exportada se valoró en más de 25.000 libras esterlinas, unos dos millones al cambio actual.

Las inflorescencias esféricas de Kingia australis brotan después del fuego, probablemente como consecuencia de la liberación de gas etileno. Endémica del suroeste de Australia Occidental, esta planta de crecimiento lento y hojas plateadas tiene un tronco grueso, a menudo ennegrecido, que alcanza los 4-8 m de altura. 

Todo lo dicho hasta ahora puede aplicarse a otro árbol hierba, Kingsia australis, que durante mucho tiempo fue considerada una especie más del género Xanthorrhoea. Externamente se parecen mucho, pero difieren completamente una vez que florecen. Como la floración de las primeras es rara (se conocen algunos ejemplares de más de doscientos años que no han producido flores), las diferencias entre ambos géneros de árboles hierbas pasaron desapercibidos a los primeros naturalistas europeos.
Una vez que florecen, desaparecen las dudas y no solo por las flores. Los racimos mazudos de flores de K. australis, muy diferentes de las esbeltas espigas de las xanthorreas, se producen sobre tallos largos y curvos. Desde que se observaron las primeras flores, las kingsias se situaron en la familia Dasypogonaceae, cuyos cuatro géneros son endémicos de Australia. Por su parte, las xanthorreas permanecen taxonómicamente donde siempre han estado, en la familia xantoroeáceas, a la que, para pasmo de muchos, también pertenecen gamones (Asphodelus), espárragos (Asparagus) y aloes (Aloe).
¡Cosas de la taxonomía! © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.
Panorama de King George Sound, un grabado de Robert Dale publicado como A Descriptive Account of the Panoramic View of King George’s Sound, and the Adjacent Country (1834).  Foto.

jueves, 23 de enero de 2020

Incendios australianos: los árboles de los dinosaurios se salvan del fuego

Piña femenina de Wollemia nobilis. Foto

Los bomberos australianos han salvado de los incendios forestales que han devastado Nueva Gales del Sur al único paraje natural conocido de pinos Wollemi, los llamados "árboles de los dinosaurios" que según los registros fósiles existieron hace 200 millones de años.
El pino Wollemi (Wollemia nobilis), que pertenece a una familia de conífera, las Araucariáceas, que existe desde hace 200 millones de años, es un verdadero fósil viviente y una de las especies de árboles más antiguas y raras del mundo. Se conocía de los registros fósiles y se suponía extinto hasta que fue descubierto en 1994 por un agente forestal que patrullaba por el Parque Nacional Wollemi, relativamente cercano a Sidney, la ciudad más grande de Australia.
El pino Wollemi es una conífera majestuosa que puede alcanzar hasta cuarenta metros de altura sostenido por un tronco con un diámetro de más de un metro. Tiene un raro follaje pendular con hojas jóvenes de extremos de color verde manzana claro en primavera y principios de verano, que contrastan con el color verde oscuro de las hojas más viejas.
El follaje de W. nobilis recuerda al de algunas palmeras. Foto.
Fósiles parecidos al pino Wollemi y posiblemente relacionados con él se encuentran dispersos en Australia, Nueva Zelanda y la Antártida, pero Wollemia nobilis es el único miembro vivo del género. Sus parientes vivos más cercanos son el pino de la isla Norfolk (Araucaria heterophylla), el australiano pino Bunya (Araucaria bidwillii), el pino aro australiano (Araucaria cunninghamii), el pino mono de la Tierra de Fuego (Araucaria araucana) y el neozelandés pino Kauri (Agathis australis).
El pino lleva el nombre del Parque Nacional Wollemi, un bosque de las Blue Mountains a solo 200 kilómetros al oeste de Sydney, declaradas Patrimonio de la Humanidad, donde fueron descubiertos por primera vez. Wollemi es una palabra aborigen que significa "mira a tu alrededor, mantén los ojos abiertos y ten cuidado". El nombre científico Wollemia nobilis alude a las majestuosas cualidades del pino (nobilis), al tiempo que honra a David Noble, el agente forestal que descubrió los primeros árboles en 1994.
Conos masculinos. Foto
Noble descubrió un pequeño bosque de arbolillos jóvenes y árboles maduros en el Parque Nacional. Desde entonces, se han descubierto otros dos pequeños bosques. En esas tres localidades hay solamente unos cientos de árboles. Es muy difícil contarlos ya que la mayoría de los árboles tienen múltiples tallos y pueden estar conectados por un sistema de raíces. Pruebas genéticas han revelado que todos los individuos son genéticamente idénticos, sugiriendo que la especie ha pasado por un cuello de botella genético durante el cual la población llegó a ser tan reducida (posiblemente uno o dos individuos) que toda la variabilidad genética se perdió.
Los bosquetes de pinos Wollemi crecen sobre areniscas en los ambientes umbríos de un profundo desfiladero de bosque reliquial rodeado de montañas escarpadas y bosques vírgenes. La situación exacta de los pinos es un secreto muy bien guardado debido a la naturaleza frágil de un hábitat virgen y salvaje, que actualmente se ha visto amenazado por el ataque de un hongo patógeno, Phytophthora cinnamomi, al que los técnicos suponen introducido por recientes visistas humanas. 
Como puede verse en este vídeo, los recientes incendios forestales han dejado al descubierto el bosque en galería que ocupan los pinos wollemi, que han quedado rodeados de bosques calcinados por el fuego. El bosque de wollemis se ha salvado gracias a una actuación especial elaborada por los bomberos forestales australianos. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

El fin de un horror. La liberación de Auschwitz: 27 de enero de 1945


Hace 75 años, el 27 de enero de 1945, el ejército soviético abrió las puertas del campo de concentración de Auschwitz en la Polonia ocupada por los alemanes y liberó a unos 7.000 prisioneros escuálidos, enfermos, desnutridos y demacrados.
Holocausto es el término acuñado para designar un fenómeno singular de la historia: el programa de exterminio de los judíos europeos ejecutado por las autoridades alemanas durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Su resultado final, conocido tras el triunfo aliado de 1945, fue atroz: una cosecha de sangre de casi seis millones de personas asesinadas en la Europa dominada por el régimen de Hitler.
En Auschwitz, el nombre alemán de la ciudad polaca de Oswiecim, estuvo el campo de concentración nazi más grande durante la Segunda Guerra Mundial. Consistía en un campo de concentración, un campo de trabajo y grandes cámaras de gas y crematorios. Más de 1,3 millones de personas fueron enviadas allí en el transcurso de la guerra. Más de un millón cien mil fueron asesinados. Nueve de cada diez eran judíos.
De acuerdo con la enfermiza cosmovisión antisemita nazi, el enemigo natural de la raza aria (supuestamente la más excelsa de la especie humana) siempre había sido la raza judía, que vivía como un parásito infrahumano sobre el suelo de la patria germana y corrompía la sangre de sus hijos mediante el mestizaje de sangre. Una supuesta supremacía racial que la judería combatía mediante estratagemas como eran el capitalismo financiero que destruía la economía nacional, el comunismo que subvertía las relaciones sociales y el pacifismo derrotista que minaba la fortaleza de las naciones.
Dividido en tres campos principales: Auschwitz I, Auschwitz-Birkenau y Auschwitz III, el campo polaco fue el más grande de los campos de exterminio, cuyos prisioneros se internaban en barracones abandonados del ejército polaco. Algunos fueron sometidos a experimentos médicos inhumanos realizados por médicos de las SS. Auschwitz II, también conocido como Auschwitz-Birkenau, albergaba el mayor número de prisioneros y grandes cámaras de gas y crematorios. Auschwitz III era un campo de trabajo que acogía prisioneros que trabajaban en una fábrica de caucho sintético.
Los nazis experimentaron el gas Zyklon B con prisioneros en Auschwitz I. Los experimentos tuvieron el “éxito” exterminador esperado y el programa de asesinatos con gas se expandió enormemente en Auschwitz-Birkenau. Cuando llegaban los nuevos prisioneros, eran seleccionados inmediatamente. Los más fuertes se apartaban para ser utilizados en trabajos forzados, mientras que otros eran enviados directamente a las cámaras de gas. El proceso separaba a las familias, cuyos miembros normalmente nunca se volvían a ver.
Una de esas familias era la familia Guttmann. Irene Guttmann y su hermano gemelo René vivían en Praga con sus padres cuando los soldados alemanes arrestaron a su padre. Fue enviado a Auschwitz, donde fue asesinado en diciembre de 1941. Los gemelos y su madre fueron deportados al ghetto de Theresienstadt y luego a Auschwitz, donde murió la madre. Los gemelos de cinco años fueron separados y sometidos a los horribles experimentos médicos del Dr. Josef Mengele. Su historia es solo una de las muchas que ocurrieron durante el Holocausto.
El que luego sería el gran historiador del Holocausto, Israel Gutman (nada que ver con la familia Guttmann), se pasó dos años completos en tres campos de concentración: Majdanek, Auschwitz y Mauthausen. El trayecto entre los dos últimos lo hizo en una de las llamadas “marchas de la muerte”. «Nos dijeron que no nos fusilarían, que nos llevaban a un campo de trabajo y no de exterminio, pero por el camino disparaban a todo el que se paraba, cansado, a quien se sentaba al borde del camino a colocarse un zapato. Los que sobrevivimos lo hicimos porque nos ayudamos unos a otros a andar y a resistir», relata Gutman en los vídeos que conserva el Yad Vashem, el centro de estudios y museo de referencia sobre el Holocausto, del que fue miembro fundador. Vídeos en los que también se le ve testificando en 1961 contra Adolf Eichmann, responsable de la Solución Final en Polonia, juzgado en Israel.
El 18 de enero de 1945, cuando se acercaba el ejército soviético, los nazis abandonaron Auschwitz. Las SS intentaron ocultar pruebas de los crímenes cometidos en el campo quemando documentos y haciendo explosionar varios crematorios. Los prisioneros "sanos", que sumaban unos 58.000, fueron enviados hacia el oeste en una marcha de la muerte. Muy pocos sobrevivieron. Los prisioneros restantes, unos 7.000, estaban demasiado enfermos y débiles para marchar y los dejaron abandonados en el campo para que murieran.
A Rene Guttman lo subieron en un camión destinado a la marcha de la muerte, pero el Dr. Mengele derogó la orden, alegando que solo él podía matar a los gemelos objeto de sus experimentos. Gracias a esa orden, tanto Rene como Irene permanecieron en el campamento.
En la mañana terriblemente fría del 27 de enero, los prisioneros se acurrucaron en sus barracas. «Escuchamos una granada explosionando cerca de la entrada -recordaba un exprisionero- Observamos y vimos a algunos soldados de reconocimiento soviéticos acercándose, con armas en las manos. Los soldados se acercaron y dijeron: "Por fin sois libres"».
Los gemelos Guttmann recordaban el día de la liberación. «Recuerdo haber salido de Auschwitz. Recuerdo haber intentado mirar hacia atrás y a mi alrededor para ver si podía encontrar a Irene porque me marchaba del lugar. La vi, pero tuvimos que marchar. Había disparos a nuestro alrededor [...] luego fuimos rodeados de rusos vestidos con uniformes blancos, esa fue la liberación», contaba Rene. Irene, que estaba demasiado débil para caminar, fue llevada por una campesina polaca a su casa.
Un año después, una organización caritativa se encargó de que Irene, junto con otros huérfanos de guerra, viajara a Estados Unidos donde fue adoptada. Se preguntaba si alguna vez volvería a ver a su hermano gemelo. Con la ayuda de su familia adoptiva, logró localizar a Rene, que vivía en Praga. La familia lo adoptó también y los gemelos se reunieron en 1950.
Cuando la evidencia de las atrocidades cometidas en Auschwitz y otros campos de concentración salió a la luz, el mundo quedó conmocionado. Décadas después, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó en 2005 una resolución designando el 27 de enero, el día que liberaron Auschwitz, como el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto.
Recordar aquel horrible crimen no es sólo un deber de conciencia cívica, sino también un ejercicio de prudente prevención por las razones expuestas por el escritor italiano Primo Levi, superviviente de Auschwitz: «Si el mundo llegara a convencerse de que Auschwitz nunca ha existido, sería mucho más fácil edificar un segundo Auschwitz. Y no hay garantías de que esta vez sólo devorase judíos». © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

miércoles, 22 de enero de 2020

Biodiversidad loca: la prodigiosa vida sexual del escribano de Smith


El mundo de las aves está lleno de comportamientos extraños e interesantes. Los escribanos de Smith son caso aparte en eso de practicar el amor libre: cada una de las escribanas se aparea y copula con dos o tres machos para dejar una sola puesta; por su parte, los machos no se quedan atrás y se acoplan con todas las hembras que se les ponen a tiro.


domingo, 19 de enero de 2020

Ginkgos: los árboles que guardan el secreto de la eterna juventud


Para los ginkgos, unos misteriosos árboles chinos, y probablemente para otras muchas plantas de las que apenas sabemos nada, se diría que su condición innata es la inmortalidad. Estos árboles, cuyas flores masculinas se muestran en la foto que encabeza este artículo, han desarrollado un ejército de armas moleculares para mantenerse en forma durante la vejez. A diferencia de muchos otros organismos, no parecen programados celularmente para morir.
En el patio del templo budista Gu Guanyin en China hay un árbol ginkgo (Ginkgo biloba) que, cada otoño durante 1.400 años, ha estado desprendiendo sus hojas en silencio. Cuando el árbol brotó de una semilla, Abderramán II era el califa omeya de Al-Andalus y aún faltaban casi siete siglos para que Colón llegase a América. Desde allí, en las montañas Zhongnan, el árbol ha sobrevivido al ascenso y la caída del Imperio Español y al azote de la Peste Negra. Vio como la electricidad, el teléfono, el automóvil o Internet revolucionaron la historia humana y contempló impávido a las mayores potencias del mundo enfrentarse al infierno bélico de las dos guerras mundiales. Ese árbol longevo probablemente seguirá existiendo durante décadas, siglos o incluso milenios.
Los ginkgos poseen unas originales hojas con aspecto de abanico, únicas entre las plantas con semillas.
El envejecimiento es una propiedad universal de los organismos multicelulares. Aunque algunas especies de árboles pueden vivir durante siglos o milenios, los mecanismos moleculares y metabólicos subyacentes a su longevidad no están claros. Botánicos, genetistas y fisiólogos vegetales están comenzando a descubrir algunos de los secretos de la asombrosa longevidad del ginkgo, un misterio que los humanos que envejecemos a toda velocidad encontramos difícil de comprender y, mucho menos, de replicar para difundir entre nosotros la fuente de la eterna juventud. Según un estudio publicado esta semana en Proceedings of the National Academy of Sciences, la revista de la Academia de Ciencias de Estados Unidos, la salud de los ginkgos apenas disminuye a medida que envejecen. Por el contrario, los árboles continúan bombeando unos compuestos bioquímicos que los protegen de la senescencia.
Mientras que la mayoría de los organismos de edad avanzada sucumben fácilmente a cualquier enfermedad, el sistema inmunológico de un ginkgo milenario se parece mucho al de un joven árbol veinteañero. Y aunque el crecimiento de otros organismos va desvaneciéndose a medida que pasa el tiempo, los viejos ginkgos continúan como si nada hubiera cambiado. Su capacidad de resistencia y su vigor juvenil se pueden observar a simple vista: los ginkgos milenarios producen tantas semillas y tantas hojas como los ejemplares juveniles.
Para llegar a estas conclusiones, los investigadores que han publicado los resultados de sus investigaciones en ese artículo compararon el ADN de ginkgos jóvenes y viejos, centrándose en las células de las hojas y en el cambium vascular, un tipo de tejido meristemático formado por células embrionarias que brota entre la madera interna de un árbol (el leño) y la corteza externa. El cambium vascular es el origen del xilema secundario (los vasos que transportan el agua desde las raíces hacia arriba y que crecen hacia adentro; se reconocen como anillos de crecimiento) y del floema secundario (los vasos que transportan la savia elaborada en dirección a las raíces y que crecen hacia afuera), y se localiza entre estos tejidos en el tallo y la raíz.
Para descubrir lo que estaba sucediendo a nivel genético, los investigadores compararon la expresión génica en las hojas y el cambium. El equipo analizó el ARN de los árboles, la producción de hormonas y el miRNA (las biomoléculas que pueden activar y desactivar genes específicos) en árboles cuyas edades oscilaban entre los tres hasta los 667 años. Al examinar los árboles más viejos, los investigadores descubrieron que los genes responsables del engrosamiento del cambium eran menos activos, por lo que la división celular parecía disminuir para producir anillos de tejido más delgados, pero también que el crecimiento no se había frenado después de cientos de años; de hecho, las tasas de crecimiento a veces se aceleraron. Además, el tamaño de la hoja, la capacidad fotosintética y la calidad de las semillas de los árboles, todos indicadores de un estado saludable, no diferían con la edad.


Flores masculinas y femeninas de Ginkgo biloba. Fuente
Como se esperaba, la expresión de genes asociados con la senescencia, la etapa final y fatal de la vida, aumentó previsiblemente en las hojas moribundas. Pero cuando los investigadores examinaron la expresión de esos mismos genes en el cambium, no encontraron diferencias entre árboles jóvenes y viejos. Eso sugiere que, aunque órganos como las hojas perezcan cada año, es poco probable que los árboles mueran de vejez.
Además, los genes que codifican la producción de antioxidantes y antipatógenos eran muy activos en árboles viejos y jóvenes, los que les ayuda a evitar infecciones y sugiere que los árboles no pierden su capacidad de defenderse contra los factores estresantes externos. Y aunque las hojas amarilleen, se marchiten y mueran cada año, las células en el cambium no se deterioran de la misma manera, en parte porque en ellas no se expresan los genes que provocan la senescencia, la etapa final de la vida.
El fotógrafo científico Luis Monje, en Great Basin National Park, Nevada, posando junto a unos de los árboles más viejos del mundo, Pinus longaeva. 
Si toda esa maquinaria molecular continúa funcionando indefinidamente, los ginkgos teóricamente podrían ser inmortales. Pero la inmortalidad no significa ser invencibles: los árboles siguen muriendo debido a diferentes plagas, sequías, fuegos naturales provocados por los rayos o por actividades humanas y otros episodios dañinos.
Menos mal que es así. Si algunos seres vivos nunca murieran, el mundo sería un lugar terriblemente lleno de gente extraordinariamente vieja como esta medusa que desafía la muerte, que no dejaría recursos para otros organismos. Entre los árboles, el ginkgo no está solo: las secoyas de California (Sequoidadendron giganteum) también pueden vivir durante miles de años, los tejos ingleses no se consideran "viejos" hasta que alcanzan los 900 años de edad, e incluso un pino norteamericano, Pinus longaeva, ha alcanzado los 4.800 años. © Manuel Peinado Lorca, @mpeinadolorca.

sábado, 18 de enero de 2020

Cómo los mosquitos cambiaron la historia de la humanidad


Cuando el primer homínido apareció sobre la faz de la Tierra, los mosquitos ya estaban allí. Mataron a nuestros antepasados y cambiaron nuestra historia. Aún siguen haciéndolo.
Entre 1980 y 2010, la malaria acabó con la vida de entre 1.200.000 y 2.780.000 personas cada año, un aumento de casi el 25% en tres décadas. Según el último informe disponible de la OMS correspondiente a 2017, la malaria mató a 435.000 personas (entre 219 millones de casos), de las cuales dos tercios eran menores de cinco años. Eso significa que es muy posible que la malaria haya matado a más personas que cualquier otra enfermedad a lo largo de la historia. Se estima que las hembras de los mosquitos Anopheles, las únicas que pican para alimentarse de sangre caliente, han enviado al otro mundo unos 52.000 millones de personas del total de 108.000 millones que han existido a lo largo de la historia de la Tierra.
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Australia arde mientras sus dirigentes se aferran al carbón



Las noticias y las imágenes que nos acercan a los incendios en Australia son aterradoras. Con los fuegos en su apogeo, todavía es pronto para evaluar las causas y las consecuencias de los incendios australianos, pero los autores de un estudio publicado en Science, que investigaron 34 años de la historia de los incendios forestales en el oeste de Estados Unidos (cuyo clima mediterráneo-templado es muy semejante al del suroeste y sureste de Australia donde los incendios son mayores), llegaron a la conclusión de que, debido al cambio climático, las condiciones secas duran más y, a su vez, causan temporadas de incendios más prolongadas. Los incendios y el cambio climático son circunstancias completamente inseparables y negarlo es simplemente una prueba de ignorancia.

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El sueño independentista de Escocia terminó en Panamá


Espoleada por los excelentes resultados de los nacionalistas escoceses en las últimas elecciones generales del Reino Unido, la ministra principal de Escocia, Nicole Sturgeon, ha anunciado que el país reclamará un nuevo referéndum de independencia en 2020. El primer ministro Boris Johnson ya ha dicho que puede olvidarse del tema.
El Reino de Escocia fue un Estado independiente hasta 1707, cuando los escoceses, después de sufrir un enorme desastre en los territorios españoles de Darién (hoy Panamá) se vieron obligados a firmar el Acta de Unión con Inglaterra con la que se creó el extinto Reino de Gran Bretaña. Esta es, en resumen, la historia de una catástrofe política, comercial y financiera.

martes, 14 de enero de 2020

Los terribles árboles urticantes australianos

Flores femeninas de Dendrocnide moroides. Foto
No hace falta tocarlos: los “gympie-gympies”, unos árboles urticantes de Australia y unas de las plantas más venenosas del mundo, pueden causar meses de dolor insoportable a quienes tienen la desgracia de acercarse a ellos. 

Australia es un país duro y extraordinariamente ponzoñoso. Cuando aparezcas por allí, habrá decenas de criaturas venenosas dispuestas a liquidarte sin más trámites que morderte en un tobillo. Si estás atento a los animales, no faltarán plantas que te envíen al valle de Josafat. Y no hay que comérselas, no, basta con rozarlas o, sencillamente, con respirar cerca de ellas.
Si alguna vez has tocado alguna ortiga, habrás comprobado que no resulta agradable. Las ortigas pertenecen al género Urtica, que da nombre a toda una familia, las urticáceas, en la que se incluyen unos árboles australianos del género Dendrocnide cuya temible picadura convierte en caricias amorosas los roces con nuestras vulgares ortigas. 

Crecen en los bosques lluviosos de Queensland y del norte de Nueva Gales del Sur, en el oeste de Australia. La especie más conocida (y dicen que la que provoca dolores más intensos) es Dendrocnide moroides, el árbol de los suicidas, cuya picadura puede llegar a ser lo suficientemente potente como para matar animales -perros y caballos- y humanos que hayan sufrido un contacto grave con un arbolillo al que los mineros que trabajaban en los filones de oro cerca de la ciudad de Gympie en la década de 1860 bautizaron como "gympie-gympie".
Hojas de D. moroides. Foto.
Hay alrededor de 37 especies dentro del género Dendrocnide, entre las que se cuentan árboles (por ejemplo, D excelsa, D photinophylla, D meyeniana) y arbustos de buena talla (por ejemplo, D moroides, D cordifolia) de hoja perenne. Las hojas, que recuerdan peligrosamente a las de las moreras, son cordadas, alternas y, como los tallos jóvenes, cubiertas de pelos silicificados. Las hojas inmaduras están densamente cubiertas de pelos (tricomas) punzantes, que se vuelven menos numerosos en la superficie de las hojas viejas. Los frutos son drupas grandes, carnosas y generalmente comestibles, pero algunas especies (por ejemplo, D excelsa) también poseen tricomas punzantes en los frutos para protegerse de los frugívoros.
Frutos de D. moroides. Foto.
Sea cual sea la especie, una vez que te pica un gympie-gympie nunca lo olvidas, como bien sabe la entomóloga Marina Hurley que pasó tres años en la meseta de Atherton, Queensland, estudiando poblaciones de Dendrocnide photinophylla (Puedes verla trabajar en este fragmento de documental). Cuando sufrió su primera picadura, Marina, que entonces era una estudiante de posgrado de la Universidad James Cook que investigaba a los herbívoros que se alimentan de esos árboles, tuvo la sensación de ser «picada por treinta avispas a la vez, aunque no resultó tan doloroso como ser picada por D. moroides, que una vez describí como el peor tipo de dolor que se pueda imaginar, como quemarte con ácido caliente y electrocutarse al mismo tiempo. El punzón venenoso puede permanecer en la piel hasta seis meses, con picaduras recurrentes si la piel se presiona con fuerza o se lava con agua fría o caliente. Pero no solo sentí dolor en el lugar donde te pican, porque si es una picadura realmente grave en unos veinte minutos los ganglios linfáticos debajo de los brazos se hinchan y palpitan dolorosamente». Un placer.
Marina no es la única en haber experimentado una reacción alérgica a una de las seis especies de árboles urticantes que se encuentran en Australia. Dendrocnide excelsa, cuyas poblaciones aparecen en claros de bosques y a lo largo de las sendas sobre suelos alterados, ha sido durante mucho tiempo una pesadilla para quienes han tropezado o, simplemente se han acercado al terrible arbolito. En todas partes, pero sobre todo en el Queensland rural, abundan las historias de caballos agónicos saltando por los acantilados después de morder sus vistosas drupas, trabajadores forestales emborrachándose hasta perder el conocimiento para calmar el insoportable dolor, guardabosques hospitalizados, científicos cegados por el dolor y militares que se pegan un tiro después de usar una hoja del árbol con los “fines higiénicos” que podéis imaginaros.
Tricomas de Dendrocnide al microscopios electrócnico SEM. Foto de Marina Hurley
La picadura es causada por tricomas, unos pelos punzantes que contienen toxinas y cubren densamente las hojas, tallos y frutos. La cubierta gruesa de los pelos hace que las hojas parezcan estar cubiertas con un fieltro suave que da la impresión de que te están invitando a acariciarlas. Pero no lo hagas.
Como la de las ortigas de nuestras latitudes que describió mi amigo el biólogo y fotógrafo científico Luis Monje, la estructura y función de los tricomas punzantes de Dendrocnide es similar a la de otras cinco familias de plantas urticantes. Están compuestos por una base formada por un grupo de células secretoras y una larga célula especializada con forma de aguja. En la fotomacrografía adjunta, se observa claramente la transparencia de la aguja y las células secretoras de su base, cuya turgencia sea posiblemente la responsable de la presión del líquido contenido en la aguja. La enorme célula especializada con forma de aguja está hueca y sus finas paredes, que están silicificadas, son tan extremadamente duras y trasparentes como una aguja de cristal hueco.
El líquido irritante que se aprecia por transparencia al aproximarse a la aguja es una neurotoxina compuesta principalmente por ácido fórmico, el mismo ácido que secretan al morder las hormigas (formicas, en latín) y es el responsable del escozor que sentimos al rozar una ortiga. Otros componentes del líquido son la acetilcolina y la histamina. La primera sustancia es un vasodilatador que aumenta el tamaño y la permeabilidad de los capilares, mientras que la histamina está implicada en las reacciones alérgicas que producen la irritación de las mucosas y la hinchazón de los tejidos. Ambas sustancias son por tanto las responsables de la rápida penetración del veneno y de las pequeñas ampollas e hinchazones que surgen segundos después de la picadura de una ortiga.
Aunque la irritación producida por nuestras ortigas comunes remite muy pronto, algunas especies tropicales como los gimpye-gimpyes tienen tal cantidad de ácido fórmico que pueden resultar muy peligrosas. La mezcla de toxinas es estable y resistente al calor y conserva sus propiedades productoras de dolor durante décadas. Por eso, los ejemplares recolectados hace más de cien años y conservados en herbarios, siguen provocando irritaciones.
Los tricomas urticantes son toda una maravilla natural. La punta es un pequeño bulbo que se rompe al contacto antes de que penetre en la piel . Examinando la punta de la aguja a mayor aumento no se observan poros, pero se nota un pequeño engrosamiento en el ápice, que se revela al microscopio óptico con cien aumentos como una delicada microampolla (véase la siguiente foto).
Detalle de la microampolla apical del pelo urticante. 
Lo curioso del diseño es que, por la forma y disposición de la microampolla, colocada esta a 45º del eje de la aguja y con sus paredes muy finas a esa altura, se rompe en cuanto penetra o roza la epidermis, convirtiendo a la célula terminal en una perfecta aguja hipodérmica con un orificio en bisel similar al de las agujas comerciales. El estado turgente de las células secretoras de la base hace que el veneno se encuentre bajo presión y se inyecte en la herida en cuanto se rompe la microampolla.
Pero en el caso de los gympie-gympies ni siquiera hace falta rozar las hojas o los tallos para sufrir las consecuencias. Basta aproximarse a ellos para que el aire que se respira provoque episodios intensos, duros y continuos de estornudos, hemorragias nasales y daños respiratorios importantes si se permanece cerca de ellos sin protección durante más de veinte minutos.
Sistema de inyección de los pelos urticantes de la ortiga y su similitud con una aguja hipodérmica. 
El investigador W.V. MacFarlane describió detalladamente su reacción al trabajar, sin llegar a tocarlos, con pelos y hojas de D. moroides: «Las membranas mucosas se ven afectadas por el polvo de las hojas [...] Inicialmente produjo estornudos, pero en tres horas apareció un dolor nasofaríngeo difuso, y después de veintiséis horas una sensación de dolor agudo de garganta [...] se produjeron sensaciones de dolor en los senos paranasales […] y una secreción acuosa por la nariz que persiste durante dos días. Las membranas mucosas nasales comienzan a desprenderse junto con sangre, pus y mucosidad espesa [...] y de descarga de tejido desprendido durante diez días».
Aunque estas plantas resulten terroríficas, hay quien se las come sin mayores problemas como demuestran los enormes agujeros que presentan las hojas y los tallos más tiernos. Cuando Marina Hurley empezó su investigación doctoral con dos especies, D. moroides y D. cordifolia, la pregunta que quería responder era ¿quién demonios podría engullir unas hojas que resultaban tan dolorosas solo con tocarlas?
Hembra de Thylogale stigmatica. Foto
Después de tres años de investigaciones y de sufrir las agresiones de los árboles, Hurley resolvió el misterio. Descubrió quiénes se los comían: docenas de escarabajos crisomélidos de la especie Prasyptera mastersi devoran las hojas de noche, mientras que muchos otros insectos masticadores de hojas y chupadores de savia actúan a jornada completa.
Pero lo más sorprendente de todo fue descubrir que ambas especies de árboles eran devorados vorazmente por unos canguros, los pademelones de patas rojas (Thylogale stigmatica), que se zampaban las hojas urticantes a la luz de la luna sin ningún problema.
Como dijo Rafael Molina Sánchez “Lagartijo”: «¡Hay gente pa’tó!». © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.