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jueves, 17 de octubre de 2019

Equinos con pijama de rayas


Las cebras son animales de piel oscura, cuyo pelaje rayado tiene su origen en células especializadas de la epidermis, los melanocitos, que transfieren melanina a algunos de sus pelos: los que contienen melanina son negros y los que no la reciben blancos. Pero ¿por qué las cebras tienen rayas? Ese ha sido hasta ahora uno de los muchos misterios intrigantes de la naturaleza.
La función de las rayas de las cebras ha sido fuente de interés científico durante más de 150 años y ha generado varias hipótesis que han ido descartándose a medida que no podían aportarse pruebas a su favor. Se han presentado cuatro hipótesis principales: a) son un medio para reforzar los lazos sociales, lo que no explica por qué las cebras y solo las cebras presentan un patrón de pelaje tan peculiar entre la variada fauna salvaje de las sabanas africanas, y tampoco por qué los patrones de asociación no son mayores en los equinos rayados que en los equinos sin rayas; b) las rayas son una defensa que funcionaría bien como camuflaje (cripsis) o bien confundiendo a los depredadores, una hipótesis que casa mal con hecho de que las cebras sean unas de las piezas más capturadas por hienas y leones; c) son un mecanismo de regulación térmica que favorece el enfriamiento corporal, una hipótesis que fue descartada gracias a un contundente experimento; y d) son una defensa contra los ectoparásitos, en particular frente a las picaduras de moscas y tábanos.
Existe un consenso cada vez mayor entre los biólogos de que la función principal de contrastar rayas blancas y negras en las tres especies de cebras es frustrar el ataque de tábanos, moscas de establo (Stomoxys calcitrans) y otros dípteros hematófagos. Cualquiera que se haya acercado a animales domésticos como asnos, caballos o vacas habrá observado la carga de dípteros de todo tipo que soportan estos animales. El coste económico para los ganaderos es muy importante. En Estados Unidos, donde se han llevado a cabo minuciosos estudios al respecto, las pérdidas económicas provocadas solo por las mordeduras de las moscas de establo, unos de lo dípteros más comunes en las explotaciones ganaderas de todo el mundo, superan los 2.000 millones de dólares anuales.
Aunque la hipótesis de la defensa frente a los ectoparásitos parece la más acertada, el mecanismo exacto por el cual las rayas evitan que las moscas hematófagas obtengan su ración de sangre no se conoce bien. Sobre este asunto también se han formulado algunas hipótesis, fundamentadas en que, como resultado de una mala interpretación óptica, las moscas pueden no detectar una cebra desde la distancia o de cerca. Esas hipótesis son difíciles de comprobar por tres razones. En primer lugar, porque, como hacen sus parientes los mosquitos, las moscas localizan a sus víctimas más por su olor corporal que por la vista; en segundo lugar, porque las cebras, por la cuenta que les trae, son unos animales muy esquivos que se prestan poco a experimentaciones de campo; esta última razón se complica todavía más si, como parece lógico, los experimentos deben basarse en la comparación con otros equinos no rayados.
Un campo de aterrizaje muy confuso
Para poder realizar un análisis comparado del comportamiento de equinos rayados y no rayados, un grupo internacional de investigadores se instaló en una granja en Gran Bretaña donde se crían caballos domésticos junto a cebras nacidas en cautiverio. Para descubrir cómo interactúan las moscas con los diferentes equinos, utilizando grabaciones de vídeo y tratamiento digital de imágenes, el equipo realizó observaciones de los animales estableciendo dos escenarios experimentales. En el primero de ellos se analizó el comportamiento de las moscas frente a los animales con su pelaje original; en el segundo escenario cubrieron a los caballos con tres tipos de gualdrapas.
Fig. 1. Ejemplos de trayectorias de los vuelos de tábanos alrededor de caballos domésticos (a-c) y de cebras (d-f). La línea roja indica la ruta de vuelo, los puntos rojos la posición a intervalos de una décima de segundo y las flechas rojas la dirección del vuelo. Las estrellas azules muestran puntos de contacto o de aterrizajes en el animal. Las flechas azules muestran la posición final de la aproximación y la posición inicial de las fases de despegue del vuelo. Estos marcadores están asociados con maniobras que muestran cambios tanto en la dirección como en la velocidad. Fuente.
El experimento inicial, cuyas conclusiones fueron publicadas este mismo año, incluyó tres cebras y nueve caballos con pelaje uniformemente blanco, negro, gris o pardo. Los investigadores observaron a los animales y los filmaron, registrando la cantidad de tábanos hematófagos que se cernían cerca de ellos. Comprobaron que las moscas se acercaban a las cebras y a los caballos a la misma velocidad, algo que no es sorprendente considerando que las moscas usan el olor para localizar a sus víctimas desde lejos. Pero una vez que las moscas se acercaban a las cebras, las rayas parecían interferir con su capacidad de afinar el aterrizaje sobre su prevista fuente de alimento (Figura 1).
Las moscas parecen comportarse como los pilotos de aviones, que primero se aproximan a tierra y luego, gracias a las señales aeroportuarias, comprueban si están en la pista adecuada para realizar un aterrizaje controlado. Las moscas se comportan como un piloto cauteloso: vuelan directamente hacia su presa y se acercan a ella, pero inmediatamente se desconciertan por la confusión que les genera un “campo de aterrizaje” listado. Ante la duda, levantan el vuelo.
Fig. 2. Número medio de impactos cada 30 minutos de tábanos: (a) tocando o (b) aterrizando en gualdrapas de diferentes telas, y (c) aterrizando en la cabeza desnuda de siete caballos. Como se puede observar, el número de impactos sobre las gualdrapas rayadas es muy pequeño, mientras que los impactos sobre cuellos y cabezas (desnudos en los tres casos) son idénticos. Modificada a partir de la figura original.
Para confirmar que el listado del pelaje era lo que estaba frustrando la precisión de las moscas, los investigadores cubrieron sucesivamente siete caballos con tres gualdrapas de tela: una blanca, una negra y una listada como las rayas de las cebras. Los resultados los tienen en la Figura 2. Los aterrizajes de las moscas fueron muchos menos en las gualdrapas rayadas en comparación con las blancas y negras. Pero el elegante atuendo listado no impidió que las moscas aterrizaran sin problemas sobre las cabezas descubiertas de los caballos. En otras palabras, para un caballo parece haber enormes beneficios de poseer un pelaje listado.
Y no solo para los equinos, porque otro grupo de investigadores japoneses acaba de demostrar que ponerse un pijama a rayas para evitar las picaduras de los dípteros también funciona en las vacas.
¿Por qué evolucionó el pelaje rayado?
Cualquier causa que reduzca el éxito reproductivo de una población en una proporción significativa ejerce una potencial presión evolutiva o presión selectiva. Si se produce suficiente presión, en una población pueden generalizarse los rasgos hereditarios que mitigan sus efectos, incluso los que podrían ser perjudiciales en otras circunstancias. Esa parece ser la causa del pelaje listado de las cebras africanas. En África, donde deambulan las cebras salvajes, abundan las moscas que pueden resultar letales para ellas. Los tabánidos transmiten enfermedades mortales para las cebras, como la tripanosomiasis, la anemia infecciosa equina, la peste equina africana y la gripe equina, y las cebras son particularmente susceptibles a la infección porque su piel relativamente delgada (mucho más que la de caballos burros y asnos) favorece que los ataques de las moscas la perforen con relativa facilidad.
El “pijama” a rayas es el rasgo hereditario que responde a la presión selectiva ejercida por los dípteros. Darwin y Wallace estarían encantados de haber conocido estos experimentos.

domingo, 6 de octubre de 2019

Malaria y mosquitos de altos vuelos

Cabeza de una hembra del mosquito Anopheles gambiae, una de las especies que transmiten el parásito de la malaria en África. Foto: London Natural History Museum.

La ciencia convencional ha sostenido hasta ahora que los vuelos de los mosquitos tienen un alcance limitado: vuelan cerca del suelo y normalmente viajan menos de cinco kilómetros durante su efímera vida. Una investigación cuyos resultados acaban de publicarse en Nature, ha demostrado que en el Sahel los mosquitos portadores de la malaria son transportados por los vientos a alturas de casi trescientos metros y pueden viajar cientos de kilómetros  en una sola noche.
La malaria o paludismo implica la infección cíclica de seres humanos y de hembras de mosquitos Anopheles. En los humanos, los parásitos (protozoos del género Plasmodium) crecen y se multiplican primero en las células hepáticas y luego en los glóbulos rojos. En la sangre, los parásitos crecen y se multiplican dentro de los glóbulos rojos y los destruyen, liberando parásitos hijos que continúan el ciclo invadiendo otros glóbulos rojos. Estos parásitos del estadio sanguíneo (los esporozoitos) son los que causan los síntomas de la malaria.
Cuando ciertas formas de parásitos sanguíneos (gametozoitos, masculinos y femeninos), que han penetrado en un mosquito Anopheles hembra mientras se alimenta de sangre humana, se aparean en el intestino del mosquito, se forma el cigoto y comienza un ciclo de crecimiento y multiplicación en el interior del insecto. Al cabo de 10-18 días, una forma del parásito llamada esporozoito migra a las glándulas salivales del mosquito. Cuando el Anopheles infectado se alimenta de la sangre en otro humano, la saliva anticoagulante se inyecta junto con los esporozoitos, que migran al hígado, comenzando así un nuevo ciclo. Por lo tanto, el mosquito infectado transporta la enfermedad de un ser humano a otro (actúa como "vector"), mientras que los seres humanos infectados transmiten el parásito al mosquito, A diferencia del hospedante humano, el mosquito vector no sufre daños por presencia de los parásitos.
Transmitida por cuatro especies de mosquitos (Anopheles gambiae, A. coluzzii, A. arabiensis y A. funestus), cada año se siguen produciendo en África más de medio millón de muertes por malaria, la mayoría en el Sahel, la región semidesértica situada al sur del desierto del Sahara. En las últimas dos décadas, los esfuerzos para controlar la plaga han reducido a la mitad el número de casos en todo el mundo, pero las tasas de la enfermedad siguen siendo elevadas en gran parte de África y su eliminación no se ha logrado ni siquiera en las zonas donde se ha conseguido su máximo control.
Como todos los mosquitos, los Anopheles atraviesan cuatro fases: huevo, larva, pupa y adulto. Las primeras tres etapas, que duran entre 5 y 14 días, transcurren en medio acuático. Es en la etapa adulta, y sólo en el caso de las hembras, cuando el mosquito actúa de vector de la malaria.
Larva acuática de un mosquito Anopheles. Foto.https://bugguide.net/node/view/327588
Dado que las larvas de los mosquitos necesitan del agua estancada para desarrollarse, cabía esperar que durante la larga estación árida del Sahel los mosquitos vectores de la malaria perecieran. Sin embargo, los mosquitos reaparecen en grandes cantidades días después de las primeras lluvias. A pesar de que el tema se ha investigado a fondo durante más de un siglo, la pregunta de cómo sobreviven durante una estación seca de 3-6 meses estaba por responder, aunque algunas investigaciones habían sugerido que algunas especies de mosquitos Anopheles utilizan la migración a larga distancia.
Lo que la ciencia ha sostenido durante mucho tiempo es que los vuelos de los mosquitos tienen un alcance limitado: vuelan cerca del suelo y normalmente viajan menos de cinco kilómetros durante su efímera vida (una media de dos semanas). Una investigación cuyos resultados acaban de publicarse en Nature, ha demostrado que en el Sahel los mosquitos portadores de la malaria son transportados por los vientos a alturas de casi trescientos metros y pueden viajar cientos de kilómetros  en una sola noche.
Los investigadores que suscriben el artículo han estado estudiando la ecología de mosquitos en cuatro aldeas del centro de Malí durante diez años. En 2014, publicaron un estudio de dinámica poblacional que ya ofrecía pruebas consistentes de que al menos una especie de mosquito portador de la malaria (Anopheles gambiae) era un viajero de larga distancia que abandonaba el Sahel durante la estación seca. Animados por ese descubrimiento, salieron a cazar mosquitos utilizando globos de helio que sostenían redes verticales pegajosas entre 40 metros y 290 metros de altitud durante 617 noches entre 2013 y 2015. Capturaron 461.000 insectos, incluyendo 2.748 mosquitos, 235 de los cuales eran Anopheles. Un 80% de estos últimos eran hembras, un 90% de las cuales había ingerido sangre humana antes de viajar, lo que significa que podrían haber estado expuestas a los parásitos de la malaria.
La captura de mosquitos aumentó con la altitud a la que se situaban las redes, lo que sugiere que los insectos pueden migrar a altitudes superiores. Los científicos no estaban seguros de dónde procedían los mosquitos ni hasta dónde podrían haber viajado. Para saberlo, utilizaron herramientas de modelado meteorológico para calcular las posibles trayectorias del desplazamiento teniendo en cuenta la dirección y la velocidad del viento. El resultado fue asombroso: un mosquito podría viajar hasta 295 kilómetros en un solo viaje nocturno de nueve horas.
El volumen de las migraciones es masivo. Los investigadores estiman que cada año más de cincuenta millones de mosquitos capaces de transportar malaria atraviesan una línea imaginaria de 100 kilómetros perpendicular al viento predominante en la región. Aunque los investigadores colgaron las redes de marzo a noviembre, capturaron mosquitos sólo entre los meses de la temporada de lluvias entre julio y noviembre, con capturas máximas entre agosto y octubre.
Estos datos ofrecen la respuesta a la pregunta de cómo pueden persistir las poblaciones de mosquitos en el árido Sahel. Los investigadores dicen que el patrón estacional de los vientos a gran altitud podría transportar a los insectos desde los sitios más húmedos al sur, donde los mosquitos pueden vivir durante todo el año, y devolverlos a esos sitios durante la estación seca del Sahel, cuando los vientos predominantes soplan en dirección contraria.
El hallazgo ayuda a explicar por qué las poblaciones de mosquitos pueden aumentar tan repentina y misteriosamente en el Sahel, y también sirven para apoyar los esfuerzos por eliminar el paludismo de países o regiones enteros. Los viajes a larga distancia de los mosquitos pueden aumentar el riesgo de reintroducción del paludismo después de que se haya eliminado de un lugar determinado. Los vuelos de los mosquitos también podrían ayudar a la propagación de mosquitos resistentes a los insecticidas y de parásitos farmacorresistentes.
Por lo tanto, la eliminación del paludismo puede depender de si las fuentes de mosquitos migrantes pueden ser identificadas y controladas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

martes, 17 de septiembre de 2019

La verdad sobre gatos y perros: ¿por qué comen hierba nuestras peludas mascotas?


Gatos y perros hacen muchas cosas raras. Cuántas veces me habrán preguntado por qué comen hierba, a veces para vomitar unos minutos más tarde. Un falso mito dice que lo hacen para purgarse, pero no es así. ¿O acaso sus mascotas siempre vomitan después de comerla? ¿Y por qué no suelen mostrar síntomas de encontrarse mal antes? Simplemente, porque la purga no siempre es una explicación válida.

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domingo, 15 de septiembre de 2019

La producción estadounidense de petróleo por fracking se ha estancado


Como el propio sistema capitalista, la industria del fracking está ineludiblemente ligada al crecimiento continuo. Mientras que aparecen inquietantes noticias sobre una posible recesión económica mundial, los datos indican que la producción petrolífera estadounidense mediante fractura hidráulica se ha estancado.
Después de experimentar un crecimiento significativo en 2017 y 2018, la producción en los primeros cinco meses de 2019 se ha mantenido plana. Esta es una terrible noticia para la industria del fracking, que necesita el crecimiento de la producción para aumentar los flujos de efectivo destinados a pagar la enorme deuda que la atenaza.
Además de mostrarse incapaz de aumentar la producción en los primeros cinco meses del año, el sector sigue recibiendo una avalancha de noticias negativas a medida que se publican artículos y más artículos que revelan que el desastre económico comienza a perfilarse. Como muestra, unos cuantos botones del mes pasado:


Aunque es verdad que la producción petrolera de Estados Unidos mediante fracking ha aumentado en casi siete millones de barriles diarios en la última década, lo ha hecho a expensas de unos costes fantásticos que nunca han permitido obtener beneficios. Según los datos publicados en ShaleProfile.com (Figura 1), la producción de petróleo de lutitas en Estados Unidos se ha mantenido prácticamente plana desde diciembre de 2018: 
Figura 1. Producción total de petróleo de lutitas de Estados Unidos en mayo de 2019.
Los precios del gráfico representan el precio medio anual del petróleo de referencia en Estados Unidos, el West Texas Intermediate Crude (WTIC). A pesar de que el precio WTIC en 2019 es menor que en 2018, es superior al de 2017 cuando la producción aumentó en más de 1,3 millones de barriles diarios desde enero. Por lo tanto, después de dos años de crecimiento significativo de la producción de petróleo, 2019 ha resultado ser un verdadero fiasco.
Por otra parte, si nos fijamos en el aumento de la producción petrolífera mediante fracking de Estados Unidos de diciembre a mayo durante los últimos tres años, podemos ver claramente el intenso estancamiento que ha experimentado este año (Figura 2).
Figura 2. Cambios en la producción de petróleo de lutitas entre diciembre y mayo de los años 2017, 2018 y 2019. De acuerdo con los datos detallados que ofrece ShaleProfile.com el aumento de la producción de petróleo de lutitas en Estados Unidos desde 453.000 barriles diarios (bd) entre diciembre y mayo de 2017, y de 526.000 bd durante el mismo periodo en 2018, contrasta con la disminución de 30.000 bd entre diciembre y mayo de 2019. Fuente.
El estancamiento en la producción parece ser el resultado de que algunas grandes operadoras como ExxonMobil la han aumentado, mientras que la de otros operadores más pequeños se mantiene estancada o está en declive. Pero, no hay duda de que la producción de las lutitas en Estados Unidos en los primeros cinco meses de 2019 es una tendencia muy diferente a la que tuvo lugar en los últimos dos años durante el mismo período.
¿Qué significa esto? Si los precios del petróleo siguen alrededor de los 50 dólares o incluso caen hasta los 40 dólares a medida que aumentan las tendencias económicas recesivas, podríamos ver que las previsiones optimistas de producción de petróleo por fracking caerán aún más en 2019 y 2020, algo que ya se está experimentando incluso con los precios del petróleo en la franja alta de los cincuenta y tantos dólares.
Pero en Estados Unidos la opinión pública sigue in albis porque la prensa especializada sigue intoxicando al resto de los medios con la eterna canción de la independencia energética del país y de su liderazgo como mayor productor de petróleo mundial. Si nos fijamos en la gráfica de la producción total de petróleo estadounidense desde 1920, podemos ver las tendencias (Figura 3).
Figura 3. La producción de petróleo entre 1930 y 1970 siguió aproximadamente la misma tendencia a la baja que experimentó entre 1980 y 2010. El tan cacareado aumento de la producción de petrolífera de 7 millones de bd en la década 2009-2019 es inferior al de 7,5 millones de bd experimentado en cuatro décadas (1930-1970), de modo que es probable que el inevitable declive refleje la misma tendencia (flecha roja).
De esa gráfica se deduce que las previsiones tremendamente optimistas que pronostican que la producción de petróleo de lutitas en Estados Unidos alcanzará su punto máximo entre 2025-2030 y luego disminuirá lentamente en las próximas dos décadas son una quimera.
Por último, la industria del petróleo y el gas de Estados Unidos tiene una deuda de 137.000 millones de dólares que vence en 2022. Hasta ahora esto no parecía ser un problema dado el esquema piramidal tipo Ponzi que les servía para emitir nueva deuda destinada a pagar la deuda existente, pero ahora no parece que los inversores estén dispuestos a seguir insuflando capital como si tal cosa. Por lo tanto, es probable que ahora toque retornar a los inversores el capital invertido. Y si eso es así, ¿podrán las compañías de fracking pagar esa deuda de 137.000 millones de dólares? ¿O cuántas serán capaces de hacerlo?
Dos excelentes preguntas que irán teniendo respuesta en los próximos dos años. ©Manuel Peinado Lorca @mpeinadolorca.

martes, 10 de septiembre de 2019

Mount Vernon y el desconocido escuadrón alado de Blas de Lezo


Una imponente flota británica se lanzó en 1741 a la conquista de una de las principales plazas del Imperio español en América, pero la empresa terminó en una humillante retirada y en uno de los mayores desastres de la historia de la Royal Navy.
En Alejandría, Virginia, a unos treinta kilómetros al sur de Washington DC, los bajíos del Potomac sirven de frontera entre Maryland y Virginia. Siguiendo el trazado de una antigua senda, la George Washington Parkway se ciñe a la orilla derecha hasta llegar a Mount Vernon, la mansión que fue el hogar de George Washington, el primer presidente de los Estados Unidos, y de su esposa Martha.
Hasta que su hermanastro mayor Lawrence la heredó, Mount Vernon era conocida como Little Hunting Creek por el cercano arroyo del mismo nombre. Lawrence cambió el nombre en honor del vicealmirante inglés Edward Vernon, que fue su comandante en la Marina Real británica, a quien admiraba mucho, pese a que Vernon ha pasado a la historia por la estrepitosa derrota en el sitio de Cartagena de Indias de 1741, durante la Guerra del Asiento o Guerra de Jenkins, como dieron en llamarla los historiadores británicos.
Llevando consigo su propia oreja metida en un tarro de cristal, un capitán de navío llamado Robert Jenkins compareció en 1738 ante el Parlamento británico para relatar algo que le había ocurrido en 1731. Mientras navegaba por el Caribe su barco fue abordado por un guardacostas español; cuando comprobaron que su carga era mayor que la declarada, le requisaron las mercancías acusándolo de contrabando. El asunto no acabó ahí; ante la insolencia de Jenkins, el capitán del guardacostas le cortó una oreja y lo mandó de regreso a casa con un mensaje: «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve».
La opinión pública británica, convenientemente manipulada por los poderosos que querían mantener sus pingües negocios de ultramar, estalló de indignación. Unos meses después, el rey Jorge II declaró la guerra a la Monarquía hispana. Comenzó la Guerra del Asiento, una más de las que precedieron al primer conflicto mundial: la Guerra de los Siete Años.
Edward "Old Grog" Vernon. Foto cortesía del National Maritime Museum, Greenwich, Londres.
La declaración de guerra de Jorge II fue una mera formalidad. Cuando se declaró, ya había partido de Londres una flota de guerra al mando del vicealmirante Edward "Old Grog" Vernon. En Jamaica recibió refuerzos de las colonias británicas en Norteamérica, con las que armó una fuerza imponente de 27 navíos de línea, además de fragatas, cañoneras, bombardas y transportes. «Nunca un contingente estuvo más completamente equipado, y nunca tuvo la nación más razón para la esperanza en un éxito extraordinario», recordaba el poeta y escritor escocés Tobias Smollett, que participó como cirujano en la expedición.
El objetivo de Vernon era conquistar las principales plazas españolas. «Si se toman Portobelo y Cartagena, los españoles lo habrán perdido todo», aseguraba. Portobelo cayó casi sin presentar resistencia tras apenas dos horas de bombardeo, lo que le valió a Vernon una recepción triunfal en Londres. Convertido en el hombre del momento, convenció a las autoridades para capitanear un gran ataque contra Cartagena de Indias. El plan consistía en tomar el bastión español en una operación relámpago y marchar luego hacia Perú.
Cartagena era el principal centro comercial español, el puerto de salida de la Flota de Galeones de Tierra Firme, que, lastrados con lingotes de plata y con sus bodegas repletas de productos del Virreinato de Nueva Granada, incluyendo metales preciosos y gemas, tabaco, azúcar, cacao, maderas exóticas, café y quinina, zarpaban hacia Sevilla. Un intento anterior de capturar la plaza en 1727 fue abortado sin disparar un tiro después de que 4.000 de los 4.750 hombres del vicealmirante Francis Hosier, un asombroso 84% del grupo expedicionario británico, murieran de fiebre amarilla mientras navegaban por una costa plagada de mosquitos.
La expedición de 1741 dejaba en mantillas a la de Hosier. Un total de 29.000 soldados estaban preparados para invadir Cartagena, incluidos 3.500 infantes reclutados entre los colonos estadounidenses que fueron descritos (p. 238) como «todos los bandoleros que albergaban las colonias». Vernon iba al frente de una escuadra impresionante: 204 navíos, 130 de ellos de carga y 74 de guerra, que en total iban equipados con unos 2.000 cañones. A bordo iban 16.000 marineros y artilleros, y el resto infantes de marina destinados a desembarcar e invadir la plaza. Embarcado en el buque insignia de Vernon, el HMS Princess Caroline, iba uno de los capitanes del Regimiento de Infantería de Virginia: Lawrence Washington.
La desproporción de fuerzas era flagrante: Cartagena disponía únicamente de seis navíos y de unos 3.000 hombres, incluidos 500 civiles y otros 500 indios chocoés. La mayoría de los defensores españoles eran unos soldados experimentados que habían estado acuartelados en Cartagena durante cinco años y estaban inmunizados frente a las enfermedades tropicales transmitidas por mosquitos.
Almirante Blas de Lezo y Olavarrieta. Foto cortesía del Museo Naval de Madrid.
Su jefe era un militar de primera, Blas de Lezo y Olavarrieta, un veterano marino guipuzcoano. Tuerto, cojo y manco a causa de diferentes heridas de guerra, acumulaba una larga experiencia en la Armada española antes de ser destinado en 1739 a Cartagena de Indias. Pero, sin ser consciente de ello, además de con sus menguadas tropas, Lezo iba a contar con un aliado inesperado: el escuadrón Aedes (odioso en griego), los mosquitos que transmiten, entre otras enfermedades, la fiebre amarilla, el dengue, la fiebre del Zika, la filariasis linfática y la dirofilariasis canina. Todo un regalo.
Tres semanas después de su llegada a Cartagena, Vernon logró su objetivo de entrar en la bahía e iniciar el asedio de la ciudad. Tan segura le parecía la victoria, que envió una misiva a Jorge II en la que afirmaba que para cuando recibiera la carta ya habría tomado la plaza, lo que desató el delirio en Londres. La Casa de la Moneda acuñó una medalla especial que nunca se puso en circulación.
Medalla inglesa que conmemora la "toma" de Cartagena de Indias por el vicealmirante Edward Vernon durante la Guerra de la Oreja de Jenkins. La medalla representa al vicealmirante español Blas de Lezo (Don Blass) con sus dos piernas, de rodillas, dando su espada al vicealmirante Vernon. Después de la aplastante derrota sufrida por la flota inglesa en la batalla de Cartagena, las medallas fueron retiradas, pero algunas se salvaron. La medalla dice "El orgullo de España humillado por Ad. Vernon". Museo Naval de Madrid.
Los británicos tomaron el fortín de Santa Cruz y desde allí empezaron a cañonear la ciudad dando fuego de cobertura al desembarco de 9.000 infantes. A los pocos días del desembarco, los mosquitos habían matado a casi 3.500 soldados. Todos caían con los mismos síntomas. Al principio sufrían un ataque de fiebre hemoglubinúrica que los mataba en cinco días por insuficiencia renal; si el paciente sobrevivía le esperaba una agonía mayor, lo que luego se conocería como vómito negro, la última y más terrible manifestación de la fiebre amarilla.
Cuando terminó el asedio, los cirujanos navales británicos redactaron su informe: los mosquitos habían matado a 22.000 de los 29.000 hombres de Vernon, un asombroso 76%. Muchos de los que escaparon a la fiebre amarilla cayeron presos de otras enfermedades mortales. Lawrence Washington contrajo la tuberculosis que le produjo la muerte diez años después.
Al cabo de un mes, antes de retirarse a Jamaica, Vernon, engañado por un ardid de los españoles, decidió realizar un ataque a la desesperada. Ordenó cercar San Felipe, el baluarte en el que se habían refugiado los españoles, y en la madrugada del 20 de abril lanzó el asalto general. Fue una masacre.
Abatidos por la fiebre amarilla, el vómito negro de la estación de las lluvias, el fuego español y las flechas indias, los muertos se acumulaban. Desde los navíos, la vista del campo de batalla era desoladora. Como escribió Smollett: «[Las tropas] contemplaban los cuerpos desnudos de sus compañeros flotando arriba y abajo en el puerto, sirviendo de presas a cuervos y tiburones carroñeros que los despedazaban sin parar, y contribuían con su hedor a la gran mortandad». Cuando Vernon ordenó un nuevo ataque estalló un motín que se saldó con cincuenta fusilados.
Finalmente, el vicealmirante dio su brazo a torcer y el 8 de mayo los navíos británicos empezaron a abandonar la bahía de Cartagena. Fue uno de los reveses más serios de la historia de la marina británica. Pese a su larga hoja de servicios en la Royal Navy, el fracaso de aquella “armada invencible” británica acabó con la carrera de Vernon.
El gran Edward "Old Grog" Vernon pasó al desván de la historia, pero su nombre ha quedado para siempre ligado a una hermosa mansión virginiana. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

sábado, 31 de agosto de 2019

Unas plantas con "estómago" de rumiante

Utricularia australisFoto.
Las vejigas (género Utricularia) son uno de los grupos más cosmopolitas de plantas carnívoras. Entre las más de doscientas especies del género las hay terrestres, pero la mayoría de ellas son acuáticas. De las cinco especies que viven en España, U. subulata es la única terrestre, aunque viva en medios temporalmente inundados, y el resto son totalmente acuáticas. Desde hace un par de siglos, se sabía que todas son carnívoras y capturan pequeños organismos por medio de trampas con vejigas de succión.
En general, las especies terrestres poseen trampas diminutas (entre 0,2 y 1,2 mm), y se alimentan de pequeñísimas presas como protozoos y rotíferos que flotan en suelos encharcados. Sin embargo, en las especies acuáticas como U. vulgaris, las trampas miden más de cinco mm de diámetro y se pueden alimentar de presas más grandes, como nemátodos, larvas de mosquito y renacuajos. A pesar de su pequeño tamaño, las trampas son extremadamente eficaces.
A pesar de su cosmopolitismo y de su popularidad entre los aficionados a las plantas carnívoras, los hábitos carnívoros de las vejigas han sido objeto de algún debate. Cuando se han estudiado a fondo se ha visto que las tasas de captura de presas son sorprendentemente bajas para la mayoría de las especies. Dicho de otra forma, se sospechaba que con lo que ingerían no era suficiente para mantenerse vivas.
La cuestión llevó a algunos investigadores a postular que las vejigas pueden beneficiarse de otras formas pasivas de incorporación de nutrientes. Para comprender mejor cómo utilizan sus trampas, un equipo de investigadores decidió observar más de cerca el microbioma que vive en el fluido interno de las trampas de tres especies acuáticas flotantes: U. vulgaris, U. australis U. reflexa (las dos primeras viven en España).
Antes de entrar en materia es conveniente decir un par de cosas sobre Utricularia. El nombre del género procede del latín utriculus, diminutivo de odre en alusión a los característicos utrículos, las trampas con aspecto de vejiga. 
El mecanismo de captura de estas plantas es puramente mecánico; no requiere ninguna reacción de la planta (irritabilidad) por la presencia de la presa, a diferencia de los mecanismos de disparo de las trampas de otras conocidas carnívoras como DionaeaAldrovanda, y muchas Drosera. Desde el fondo de la trampa surgen varias cerdas largas y rígidas que se extienden hacia el exterior; aunque a veces se les denomine pelos sensitivos o antenas, no tienen nada que ver con los de Dionaea Aldrovanda. De hecho, son simples palancas. 
Utricularia macrorhiza. Foto
La captura se logra por el constante bombeo de agua a través de las paredes de la vejiga mediante transporte activo. Cada trampa tiene una trampilla muy pequeña que suele estar bien cerrada. Para tender las trampas, la planta bombea hacia el exterior una parte del agua, para que la presión en el interior sea menor que la exterior. Si un diminuto animal nada demasiado cerca de la trampa, rozará las cerdas que se encuentran pegadas a la trampilla. La trampilla se abre y la trampa engulle agua de repente, arrastrando al animal hacia adentro. Todo el proceso dura sólo de 10 a 15 milésimas de segundo. Una vez que la vejiga está llena de agua la puerta se cierra nuevamente (Mira este vídeo). 
La presa es digerida por secreciones digestivas, proceso que suele durar unas horas, aunque algunos protozoos parecen ser muy resistentes y se ha comprobado que pueden vivir varios días dentro de la trampa. Mientras dura la digestión, las paredes de la trampa siguen bombeando agua, y la vejiga puede estar lista para la siguiente captura en tan solo 15 o 30 minutos.
Cuando se pusieron a escudriñar en el microbioma del interior de los utrículos, los investigadores descubrieron una asombrosa variedad de microorganismos perfectamente acomodados dentro de ellas. Las trampas albergan comunidades microbianas extremadamente diversas, mucho más ricas que la diversidad microbiana de otras trampas de plantas carnívoras. De hecho, la riqueza de estas comunidades microbianas era más parecida a la que vive en las raices de las plantas terrestres o en el intestino de un rumiante. En lo que se refiere a las especies de microrganismos que encontraron, las comunidades microbianas de las vejigas se parecían más a las de las grandes trampas de las especies de Sarracenia y a los intestinos de las iguanas herbívoras.
Las similitudes con intestinos de herbívoros son más que notables. Los tipos de microorganismos que encontraron no eran desconocidos para la ciencia, pero su función resultó sorprendente. Un gran porcentaje de las bacterias que viven dentro del fluido lo componen especies productoras de enzimas que digieren tejidos vegetales complejos. El equipo encontró también grupos de microbios especializados en la fermentación anaerobia, que son en buena medida responsables de la descomposición de la materia vegetal en el rumen del ganado.
Utricularia argentea. Foto.
La conclusión es que los microbios que viven dentro de las trampas cumplen una función muy importante para la planta: descomponen las células de las plantas y las algas que penetran en las trampas cada vez que se abren y se cierran. Al hacerlo, se liberan nutrientes que las vejigas pueden absorber e incorporar a sus rutas metabólicas. Lo repito: las bacterias que viven en las trampas digieren algas y otros materiales vegetales que las especies de Utriculariapueden absorber.
Es bien sabido que este tipo de digestión bacteriana es responsable de emitir mucho metano en el proceso. Curiosamente, los investigadores no pudieron detectar niveles mensurables de metano saliendo de las trampas. De la eliminación del metano se encarga una comunidad de microbios que se alimentan de este gas y que también viven dentro de las trampas y metabolizan todo el metano que se produce antes de que pueda escapar de las trampas.
No quisiera dar la impresión de que estas plantas carnívoras hayan adoptado un estilo de vida vegano. El equipo también encontró dentro de las trampas miles de otros microorganismos, muchos de ellos carnívoros. Entre ellos destacaba una rica comunidad de protistas, en su mayoría eran euglénidos y ciliados. Este tipo de protistas son importantes depredadores microbianos y la cantidad de ellos encontradas dentro de las trampas sugiere que son un componente bastante significativo de estos microbiomas de las trampas.
A medida que persiguen y consumen bacterias y otros protistas, estos depredadores microscópicos liberan nutrientes que las utricularias pueden absorber y utilizar. El número de estos protistas depredadores era mucho mayor en las trampas más viejas, que han tenido mucho más tiempo para acumular un microbioma más complejo. Se estima que las comunidades de protistas pueden reciclar todo el contenido de las trampas más de 4 o 5 veces en un período de 24 horas. 
Los protistas tampoco fueron los únicos depredadores encontrados dentro de las trampas. También hay una cantidad considerable de depredadores bacterianos. Estos no solo reciclan los nutrientes de manera semejante a la comunidad de protistas, porque es probable que también ejerzan fuertes controles sobre la biodiversidad dentro de este ecosistema en miniatura. En otras palabras, se consideran depredadores clave de estos microcosmos. Dentro de las trampas había también grandes cantidades de ADN fúngico. Los investigadores piensan que ningún hongo vive realmente dentro de las trampas. Más bien, piensan que son esporas liberadas en el entorno.
En conjunto, descubrir comunidades microbianas tan complejas dentro de estas plantas carnívoras muestra la enorme complejidad ecológica de tales sistemas. Las utricularias dependen de una mezcla de organismos simbióticos para proporcionarles los nutrientes que necesitan. 
En esencia, casi se puede pensar en las utricularias como plantas provistas de pequeños y complejos estómagos de rumiante, que utilizan su comunidad microbiana para obtener la mayor cantidad de nutrientes posible de su entorno. Las utricularias consiguen nutrientes y los microbios un sitio para vivir. Parece, además, que las utricularias crean un hábitat favorable para estos microrganismos. El análisis del líquido de la trampa demostró que las plantas regulan activamente su pH para mantener a su comunidad digestiva. Al hacerlo, pueden compensar la relativa rareza de la captura de presas que tanto había escamado a los botánicos. Es una muestra más del raro mutualismo digestivo que practican algunas carnívoras.
Téngase en cuenta que esta investigación se realizó solo en tres especies de Utricularia procedentes de hábitats semejantes. Imagine lo que podrá encontrarse en las trampas de las más de doscientas especies conocidas del género. © Manuel Peinado Lorca @mpeinadolorca.

viernes, 30 de agosto de 2019

Aldrovanda vesiculosa: Una curiosa planta carnívora y acuática

Aldrovanda vesiculosa L. Foto
Hay muy pocas plantas carnívoras que acechan presas debajo de la superficie del agua. De hecho solo existen dos géneros de estas especialistas. Las más frecuentes son varias especies del género Utricularia conocidas como vejigas de agua, pero no son las únicas  La más extraña de todas ellas es la noria Aldrovanda vesiculosa, la única de su género. A primera vista parece poca cosa, pero si se observa más de cerca nos daremos cuenta de que está perfectamente equipada para capturar presas desprevenidas.

Verticilos separados de la planta madre. Foto.
La noria no tiene raíces. Vive libre como una pequeña planta flotante, con tallos (generalmente de menos de 20 cm de longitud y 1-2 de diámetro) cubiertos de hojas filiformes (de 2-3 mm) dispuestas de 6 a 8 en verticilos a lo largo del tallo central, cada una de ellas provista de una pequeña trampa sostenida por un pecíolo que contiene una bolsa de aire que ayuda a la flotación. En condiciones ideales de crecimiento, se pueden desarrollar 1-2 nuevos verticilos por día. Una sola planta puede portar hasta veinte verticilos dispuestos a lo largo del tallo con entrenudos de 0,5-0,7 cm. Las hojas consisten en pecíolos aplanados de hasta 9 mm de longitud que contienen aire para ayudar a la flotación y terminan en una trampa. 
El mecanismo de captura es un poco diferente al de sus vecinas las vejigas de agua. En lugar de vejigas, la noria produce trampas que se parecen mucho a las de la Venus atrapamoscas (Dionaea muscipula) y funcionan de manera similar . Consisten en dos valvas capaces de plegarse cuando el mecanismo se pone en funcionamiento. Vea cómo caza la Venus atrapamoscas en este vídeo.
Las trampas, que están torcidas para que las aberturas apunten hacia afuera, están forradas en el interior por una fina capa de cerdas que funcionan como gatillos para impulsar el cierre por plegamiento en respuesta al contacto con invertebrados acuáticos o incluso peces pequeños (Véase este vídeo). Cada trampa está rodeada por entre cuatro y seis cerdas que evitan que se active por el contacto al azar de partículas en suspensión. El cierre de la trampa tarda entre diez y veinte milisegundos, lo que la convierte en uno de los ejemplos más rápidos de movimiento orgánico. Cuando la trampa se cierra comienza el proceso de digestión.
La similitud con la Venus atrapamoscas es más que superficial. El análisis de ADN revela que, de hecho, son primos cercanos. Junto con las droseras, estas plantas forman la familia Droseraceae. Debido a su limitado registro fósil, la historia evolutiva de este linaje es muy oscura. Hoy en día, la noria es el único miembro existente del género Aldrovanda, pero las semillas fosilizadas y el polen revelan que este grupo fue un poco más diverso durante el Eoceno, cuando existían al menos diecinueve especies ya extintas. 
Morfología vegetativa de A. vesiculosa. (a) Vista lateral de un tallo flotante con numerosas trampas. (b) Vista frontal de una espiral con trampas abiertas y cerradas. (c) Trampa simple, abierta. (d) Dibujo esquemático de una trampa abierta con algunas características morfológicas resaltadas. Barras de escala (a–c): 1 cm. (e) Vista apical, ángulo de apertura y velocidad angular (ω). (f) Vista lateral (misma trampa que e), indicando indican los puntos de medición de deformación del nervio central Y1–Y5. Barras de escala, (e, f): 1 mm. Fuente.
A fines del verano, se forman pequeñas flores solitarias (8 mm) con cinco sépalos y cinco pétalos teñidos de color rosado que van sostenidas por encima del nivel del agua por pequeños pedúnculos que surgen de los ejes de las espirales. Tienen cinco sépalos conniventes en la base, ovados a elípticos (3-4 x 1,5 mm). Cinco pétalos, estrechos, obovados (4-5 x 2.5 mm), conniventes. Cinco estambres con filamentos hipóginos, subulados, (3-4 mm); anteras anchas, dehiscentes lateralmente. Ovario sincárpico pentacarpelar y unilocular con cinco placentas parietales y numerosos primordios seminales; cinco estilos, filiformes, libres con estigmas terminales ramificados. Cápsulas globosas, de cinco valvas, membranosas. Semillas en su mayoría 6-8, casi ovoides con testa negra brillante, 1.5 x 1 mm.
Flor pentámera de A. vesiculosa. Foto.
La flor solo se abre durante unas pocas horas, después de lo cual se hunde para producir cápsulas con semillas.. Las semillas son criptocotilares: los cotiledones permanecen ocultos dentro de la cubierta de la semilla y sirven como almacenamiento de energía para las plántulas. La floración es rara en las regiones templadas y con poco éxito en términos de desarrollo de frutos y semillas. 
Fundamentalmente, esta planta se reproduce de manera vegetativa. En condiciones favorables, las plantas adultas producen una rama cada 3–4 cm, lo que al final trae como resultado que se formen nuevos individuos a medida que las puntas continúan creciendo y los extremos viejos necrosan y se separan. 
Como resistencia frente a los rigores del invierno, forma turiones como estrategia de supervivencia a las heladas. Al comienzo del invierno, la punta de crecimiento comienza a producir hojas no carnívoras muy reducidas en un tallo muy recortado. Esto produce un brote apretado de hojas protectoras que, al ser más pesadas y haberse liberado de los gases de flotación, se separan de la planta madre y se hunden en el fondo del agua, donde las temperaturas son estables y más cálidas. Así puede soportar temperaturas de hasta −15 °C. En primavera, cuando las temperaturas del agua superan los 12–15 °C, los turiones reducen su densidad y flotan hacia la parte superior del agua, donde germinan y reanudan el crecimiento. Los órganos tipo turión también pueden formarse en respuesta a la sequía de verano. 
A. vesiculosa prefiere aguas limpias, poco profundas, tibias y estancadas con luz brillante, distróficas con bajos niveles de nutrientes y un pH ligeramente ácido (alrededor de 6). Se puede encontrar flotando entre juncos, juncos e incluso en arrozales. Hace algún tiempo, se podía encontrar con relativa frecuencia en humedales de África, Europa, Asia e incluso Australia. Hoy está en riesgo de extinción gracias a la degradación y destrucción de los humedales. De las 379 poblaciones históricas conocidas, solo sobreviven cincuenta y muchas de ellas en mal estado de conservación. Las aguas contaminadas procedentes de actividades agrícolas e industriales están acabando con ella. Además, como la reproducción sexual es rara y poco efectiva, y la reproducción vegetativa reduce la variabilidad genética, las cosas se complican para su supervivencia. 
Curiosamente, las poblaciones de esta planta han aparecido en algunos lugares en donde no es autóctona. Preocupados por la difícil situación de esta especie en sus hábitats nativos, los aficionados a las plantas carnívoras comenzaron a introducirlas en humedales norteamericanos, donde se ha establecido perfectamente. Por extraño que parezca, estas introducciones han funcionado mucho mejor que cualquiera de los intentos de reintroducción realizados en su área de distribución nativa en Europa. 
Por supuesto, esto siempre es motivo de preocupación. En peligro o no, la introducción de una especie en un nuevo hábitat siempre es peligrosa. Todavía hay esperanza para esta especie. Su popularidad entre los viveristas especializados ha llevado al aumento del número de cultivos. Por lo menos, haber aprendido cómo cultivarla es una esperanza para su supervivencia hasta que se puedan desarrollar medidas de efectivas.
El nombre botánico se lo puso el botánico Gaetano Lorenzo Monti, quien describió especímenes italianos en 1747 y los llamó Aldrovandia vesiculosa en honor del naturalista italiano Ulisse Aldrovandi. Cuando Linneo publicó su Species Plantarum en 1753, la "i" se eliminó del nombre (un aparente error ortográfico) para formar el binomen actual. La disposición de las hojas en espiral a lo largo del tallo es el origen de su nombre común. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

La plaga que destruyó 4.000 millones de castaños americanos (1)

Castanea dentata. Hojas, acentos masculinos y calibios. Foto.
Antes de fuera aniquilado por el ataque de un hongo, el castaño americano era uno de los árboles dominantes en los bosques caducifolios orientales de Norteamérica. Entre tres mil y cuatro mil millones de castaños fueron destruidos en la primera mitad del siglo XX, en la que fue una de las peores plagas forestales conocidas. 
Un castaño americano maduro era una maravilla del bosque, un árbol que se distinguía de cualquier otro en todas las estaciones. En invierno, cuando estaban sin hojas, destacaban por su tamaño y por su inconfundible silueta marcada por un tronco columnar que se elevaba hacia el cielo hasta alcanzar muchas veces los treinta metros de altura, una talla que superaba la de casi todos los demás gigantes del bosque. En primavera brotaban sus características hojas, largas, agudas y nervudas, festoneadas con dientes puntiagudos en sus márgenes. El botánico estadounidense Humphry Marshal lo tuvo claro cuando le puso nombre a la especie: Castanea dentata.
C. dentata. Hojas. Foto.
En verano, a mediados de julio, mucho después de que lo hubieran hecho la mayoría de los árboles americanos, el castaño florecía en una brillante exhibición que daba un estallido de color amarillo verdoso al bosque caducifolio. Luego venía la mejor estación para la gente, el otoño, cuando las flores habían formado los frutos. Cada otoño, las ramas se inclinaban por el peso de cientos de esferas espinosas verdes, los calibios, dentro de los cuales, acariciadas por una especie de terciopelo dorado, dormitaban unas de las joyas del bosque, las castañas, cuyo sabor dulce era delicioso. Thoreau, al describir las castañas, escribió: «Son gruesas y tiernas. Me encanta cogerlas, aunque solo sea por la sensación de generosidad de la naturaleza que me ofrecen».
El castaño dominaba gran parte de los bosques orientales de Estados Unidos. Su área de distribución, que superaba los ochenta millones de hectáreas (más de una vez y media el tamaño de España), se extendía por todo el este de Estados Unidos, de norte a sur desde Maine hasta Alabama, y de este a oeste desde la costa atlántica hasta el Misisipi. Según algunas estimaciones, constituía el 20% de todos los árboles al este del Mississippi. Una leyenda (que probablemente les suene) decía que una ardilla podía saltar por el dosel de castaños desde Georgia hasta Nueva Inglaterra sin tocar el suelo.
La mejor región para las castañas era el sur de los Apalaches, donde los castaños alcanzaban tamaños gigantescos, a veces de cuarenta metros de alto y cuatro de diámetro. En una fotografía de 1910, publicada por Sidney V. Streator en American Lumberman, se aprecian las dimensiones de estos árboles colosales, que algunos comparaban con los sequoias del Oeste. En algunas zonas de los Apalaches, los castaños crecían en rodales casi puros hasta donde alcanzaba la vista. La producción de castañas de esas zonas era prodigiosa: a finales de otoño, el manto de castañas caídas en el suelo podía tener casi medio metro de grosor. 
Ejemplares de Castanea dentata en los Apalaches de Carolina del Sur.  Compárese su tamaño con el de los leñadores al pie. Foto de Sidney V. Streator. 
Siguiendo el ejemplo de los indígenas, los primeros colonos europeos encontraron un paraíso natural en los castañares. La producción de castañas era tan copiosa que se recogían con palas. En otoño suponían una importante fuente de ingreso para las familias que subsistían en esas depauperadas y remotas zonas de montaña, que, además, cebaban con castañas a sus cerdos. Por si no era suficiente, la cosecha no fallaba ningún año, sin vecerías, como ocurría con las bellotas de los robles. La prodigalidad del castaño era también un recurso básico para la fauna; proporcionaba alimento a osos, ciervos, wapitís y a todo tipo de pequeños mamíferos y aves. Para la paloma migratoria (Ectopistes migratorius), que formaba bandadas de millones de individuos hasta que las escopetas acabaron con ellas, las castañas eran su dieta en otoño e invierno.
Pero los colonos también encontraron un valor especial en la madera del árbol. Aunque más débil y más blanda que la del roble, la madera de castaño era sin embargo ligera, resistente a la podredumbre, abundante y fácil de cortar, lo que la convertía en ideal para muchas tareas de construcción. El uso más extendido de la madera fue para el vallado, una característica omnipresente en todo el paisaje colonial, necesaria tanto para acotar la propiedad como para mantener a los animales silvestres fuera de la granja y lejos de los cultivos. Además, era utilizado en la fabricación de casas, cobertizos, postes, traviesas, muebles e instrumentos musicales.
La gran demanda de castaños solo aumentó su predominio en los bosques orientales, porque a diferencia de otros caducifolios, los castaños, como los pinos canarios, brotaban desde cepa. Tan pronto como se talaba un árbol maduro, surgían nuevos brotes del tocón que crecían rápida y con vigorosamente. Los agricultores explotaron esa característica, convirtiendo los castañares en parcelas madereras que se podían cosechar periódicamente varias veces repetidamente, una técnica conocida como “coppicing” (rebrotamiento).
Durante el siglo XIX, las tecnologías de la Revolución Industrial trajeron otros usos para para el castaño americano. La expansión de la red de ferrocarriles exigió millones de traviesas y la abundancia y durabilidad del castaño hicieron de él una de las maderas más utilizadas en todo el Este. En la década de 1840, la llegada del telégrafo creó una nueva demanda de postes: los rectos fustes de los castaños también cumplieron ese papel, especialmente al este del río Misisipi: la cantidad de castaños utilizadas para postes y traviesas aumentó con la introducción del teléfono, la electricidad y los tranvías. Pero, además, su madera contenía altas concentraciones de tanino, un ingrediente esencial en la producción de cuero (era también el compuesto que los hacía tan resistentes a la podredumbre).
Una valla típica de madera de castaño utilizada en el siglo XIX. Conner Prairie Museum, Fishers, Indiana.
P. L. Buttrick, un ingeniero forestal y profesor de principios del siglo XX que escribió sobre el uso industrial de los árboles, concluyó que el castaño tenía «una mayor variedad de usos que casi cualquier otra madera dura estadounidense»[1]. Eso era precisamente lo que le preocupaba a Thoreau, quien, poco antes de su muerte en 1862 advirtió en The dispersion of seeds que la explotación del castaño no era sostenible: «la madera de castaño ha desaparecido rápidamente en los últimos quince años, utilizada intensamente para traviesas, cercados, tableros y otros fines, de modo que actualmente es comparativamente escasa y cara; y existe el peligro, si no tenemos un cuidado especial, de que este árbol se extinga» [2] .
El impacto del castaño en el sistema industrial estadounidense era solo una parte de la historia. El árbol también resultaba indispensable en la vida doméstica. La madera de castaño, además de ser duradera, lucía muy cuando se le daba un acabado natural y aguantaba bien la pintura. Los decoradores la eligieron para las casas de clase media y alta: adornos, revestimientos, paneles, techos, casi cualquier cosa que no fuera el suelo, porque el castaño era demasiado blando para soportar el desgaste excesivo. Pocas maderas jugaron un papel tan importante en la fabricación de muebles estadounidenses, especialmente desde principios del siglo XIX, después de que los bosques hubieran sido despojados de especies muy apreciadas como el nogal negro y el roble blanco. Los muebles más asequibles se construían enteramente de castaño, mientras que los más caros lo usaban como soporte sobre el cual se pegaban chapas de maderas más elegantes: nogal negro, cerezo negro, roble blanco, arce rizado, olmo burl, caoba y palo de rosa.
Hojas, frutos y calibios de Castanea dentata. Foto.
En el sur de los Apalaches, los castaños asumieron una función más. El corazón del territorio del castaño era una de las partes económicamente más subdesarrolladas del país durante todo el siglo XIX. Muchos habitantes continuaban viviendo en cabañas de troncos de castaño mucho después de que en el resto del país se construyeran casas más modernas y confortables. Aunque la región albergaba una próspera industria maderera, no ya la riqueza, ni siquiera una mediana prosperidad, alcanzaba a los montañeses de los Apalaches. La mayoría eran pobres, aislados del mundo exterior y dependientes de sus árboles. La cosecha anual de castañas proporcionaba no solo una fuente abundante de alimentos para las familias y sus animales, sino también ingresos: cada otoño, los residentes de los Apalaches cosechaban miles de castañas y las llevaban al comerciante local, que les abría un apunte contable y luego se las vendía a los mayoristas. Para los apalachienses, las castañas eran como el maná para los israelitas.
El uso aparentemente infinito del castaño lo convirtió en la especie arbórea más importante de Estados Unidos a principios del siglo XX. La industria maderera cortaba más de quinientos millones de pies cúbicos de madera de castaño al año, más cantidad que la de cualquier otro árbol de madera dura. Los estadounidenses viajaban en trenes forrados con paneles de castaño que circulaban sobre traviesas de castaño para llegar a sus trabajos detrás de escritorios de castaño en los que recibían mensajes telegráficos o telefónicos transmitidos gracias a los postes de castaño. Cenaban con purés y aves rellenas de castañas sobre mesas de castaño y vestían ropas de cuero curtidas con castaños. Buttrick escribió: «Finalmente, cuando el árbol ya no puede servirnos de ninguna otra manera, sirve de madera básica sobre la cual se enchapan el roble y otras maderas para elaborar nuestros ataúdes». 

Desde la cuna hasta la tumba, el castaño estaba en todas las fases de la vida. Si algo le sucedía a esa especie incomparable, Estados Unidos quedaría afectado para siempre. Eso fue justamente lo que pasó. © Manuel Peinado Lorca @mpeinadolorca.

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[1] P. L. Buttrick. Commercial Uses of the Chestnut. American Forestry 21 (1915).
[2] Cita tomada del ensayo «The dispersion of seeds» editado y publicado en 1993 por Bradley P. Dean con el título Faith in a seed. The dispersion of seeds and other late Natural History writings, Island Press, pág. 126.