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jueves, 4 de agosto de 2022

Lecturas de verano: breve historia del chicle americano




Los chicles nos han acompañado desde el Neolítico, pero como tantos otros productos denostados por algunos y aplaudido por otros, el ingenio y las campañas publicitarias agresivas surgidas en Estados Unidos hace más de 120 años extendieron su consumo masivo a todo el mundo. También, como en tantas otras ocasiones, las dos guerras mundiales significaron un impulso extraordinario para la industria de la goma de mascar americana.

Antes de Bazooka (“se estira y explota” ¿recuerdas?), de Dentyne y de Chiclets, antes de que el farmacéutico de Kentucky John Colgan inventara la primera fórmula magistral de una goma de mascar que poco tiene que ver con los chicles de hoy, y mucho antes de que las pizpiretas gemelas Doublemint engatusaran a los consumidores americanos desde las primeras pantallas de televisión, había chicle que, con un simple corte de machete, rezumaba de los árboles de la jungla como la cera de una vela derretida.



El año pasado un equipo de investigadores de la Universidad de Valencia ganó uno de los codiciados premios “Nobel Fake”, los Ig Nobel, que, con una alta dosis de cachondeo en positivo, premian las investigaciones más absurdas y, sin embargo, útiles publicadas cada año. El jurado reconoció su trabajo publicado en una revista científica muy seria, Scientific Reports, por "usar el análisis genético para identificar las diferentes especies de bacterias que se encuentran en los chicles pegados en las calles en varios países”.

Aunque en 1893 los estadounidenses pudieron comprar por primera vez Juicy Fruit, el primer chicle comercial de la historia, miles de años antes mayas y aztecas ya masticaban chicle, una pegajosa sustancia blanca que se obtiene de un árbol endémico de Mesoamérica y el Caribe, el chicozapote o árbol chiclero (Manikara zapota). cuando se le hiende la corteza.

Como tantas otras historias comerciales del siglo XX, la industria del chicle y la goma de mascar es un testimonio de codicia, crecimiento y colapso, en cuyas bambalinas hay un fondo épico, el de la difícil situación de los chicleros, que trabajan aislados sajando árboles en lo profundo de las selvas y se han convertido en iconos de la cultura pop local, retratados como luchadores intrépidos y bebedores, unos tipos a los que hay que respetar y temer.

Un chiclero encaramado a un árbol en Yucatán, México. Foto de Fernando Pardo.

El uso de la goma de mascar se conoce desde el Neolítico. Hace tres años se secuenciaron genomas humanos casi completos a partir de brea de abedul de 6.000 años de antigüedad, que los cazadores-recolectores de la Edad de Piedra masticaban como chicle probablemente con fines medicinales dadas las propiedades antisépticas de la corteza de los abedules.

Hace al menos 2.500 años, los griegos también usaban goma de mascar, la masticha, en este caso unas pequeñas bolas elaboradas con resina del aromático lentisco (Pistacia lentiscus), cuya resina gomosa fue también fue popular en la época romana. En la Edad Media la masticha se utilizaba como refrescante del aliento y para cosmética.

Pero los verdaderos precursores del chicle actual fueron aztecas y mayas. Los aztecas consiguieron acopiar una suma ingente de conocimientos sobre las especies vegetales de su imperio. La riqueza en plantas medicinales y la larga tradición de su uso entre los aztecas quedan de manifiesto en la monumental Historia general de las cosas de la Nueva España de Bernardino de Sahagún (1500-1590).

Obtenían una gomorresina vegetal a partir de la savia del árbol chiclero. La mascaban para calmar la sed, el hambre y para ocultar la halitosis. Refiriéndose veladamente a las prostitutas callejeras, Sahagún escribió que «todas las mujeres que no están casadas mastican chicle en público». La razón de tan extraña afirmación es que se consideraba un uso socialmente inaceptable en público, a pesar de que fuese una práctica encaminada a evitar el mal aliento. Este era más el objetivo del consumo de chicles entre mayas y aztecas: disimular el mal olor más que calmar la sed y el hambre.

Indirecta y sorprendentemente, el consumo del chicle azteca se extendió urbi et orbi gracias al general Antonio López de Santa Anna. Tipo curioso Santa Anna. Haciendo bueno lo que decía Óscar Wilde, que el patriotismo es la virtud de los depravados y el eterno refugio de los sinvergüenzas, el “Napoleón de México”, como le gustaba llamarse, era un perfecto trapisondista, cuyas trapisondas no eran cualquier cosa. El “verdugo de El Álamo” y protagonista de la siesta que costó un Estado, era un felón que encontraba políticamente rentable la traición y para quien cualquier compromiso, juramento o lealtad eran papel mojado.

Trapisonda tras trapisonda, traición tras traición, Santa Anna ascendió a la presidencia mexicana once veces, cinco de ellas como abanderado de los liberales y las otras seis como conservador. Debido a sus marrullerías fue enviado al exilio en múltiples ocasiones, la última en 1855, cuando el Plan de Ayutla, le obligó a renunciar por última vez a la presidencia y marcharse de nuevo al exilio. El triunfo del Plan de Ayutla marcó de una vez por todas su muerte política.

El resto de su vida se mantuvo en un exilio itinerante que, en 1866, dos años antes de morir senil, arruinado, estafado en decenas de miles de pesos, se vio obligado a alquilar una casa en Staten Island, que en ese momento ni siquiera estaba dentro de los límites de la ciudad de Nueva York. Allí siguió intentando lo que mejor sabía hacer: preparar golpes de Estado y conspirar para tratar de regresar al poder. Lo que necesitaba por encima de todo para lograr sus propósitos era, por supuesto, dinero.

Viviendo entre la modesta comunidad agrícola y pesquera de Staten Island, Santa Anna, que acostumbraba a mascar chicle para calmar los nervios, maquinó una operación descabellada: ganar dinero convenciendo a los inversores de que el látex vegetal de los chicleros era una alternativa barata al caucho que se usaba como llantas de los carruajes.

El intérprete de Santa Anna era amigo del inventor local Thomas Adams, un fotógrafo de la Guerra Civil que se había establecido allí para criar a siete hijos. Le convenció para que importara una tonelada de chicle y se pusiera manos a la obra para desarrollar una alternativa barata al costoso caucho que se usa en las llantas de los carruajes. Si funcionaba, se harían ricos.

Adams gastó más de 30.000 dólares en un esfuerzo inútil por transformar el látex en algo que pudiera ser un producto comercializable. Disgustado por la cantidad de dinero que había gastado sin resultados tangibles, Adams continuó buscando formas de hacer algo rentable. Un día, entró en una tienda de golosinas y vio a una niña que pedía chicle de cera de parafina. En esos momentos, el chicle no se parecía en nada a lo que es hoy. Fabricado con una base de parafina, era quebradizo después de masticarlo y contenía impurezas.

Adams se dio cuenta de que a los niños les encantaba la goma de mascar de parafina y que el chicle mexicano era podía ser el ingrediente perfecto para hacer algo así. Como señaló en su solicitud de patente de 1871, en comparación con los chicles de parafina su goma de mascar no contenía impurezas y podía “estirarse, moldearse o romperse y volver a juntarse instantáneamente”.



Adams y sus dos hijos mayores se pusieron manos a la obra para intentar transformar la antigua forma de chicle inodora e insípida de su vecino en algo comercialmente valioso. Empezaron por hervir un poco de chicle y lo enrollaron con una pequeña proporción de parafina en bolas sin sabor. Puestos a la venta por primera vez en 1859, se vendieron tan rápido que Adams y sus hijos se vinieron arriba.

La familia fundó Adams Sons and Company que, bajo una marca complicada que ningún publicista hubiera aprobado —Adams New York Gum-Snapping and Stretching—, comenzó a vender sus bolas por un centavo cada una. Luego, asociado con William J. White, agregó edulcorante y saborizantes al chicle que masticaba su vecino y creó una goma masticable comercial a la que denominó «chiclet». ¡Eureka! La empresa despegó.

El primer chicle con sabor a regaliz de Adams, llamado Black Jack, se comercializó en 1870 se hizo enormemente popular. Lanzado al estrellato, Adams siguió innovando. Las farmacias recibieron máquinas de chicles y las estaciones del metro de Nueva York instalaron las primeras máquinas expendedoras de Estados Unidos, que vendían el popular sabor Tutti Frutti de Adams.

Gracias a Adams, el chicle se convirtió en la base de la goma de mascar en todo el mundo, abriendo las puertas a la industria de 19 mil millones de dólares que conocemos hoy. A finales del XIX, Adams Sons and Company se había convertido en un conglomerado llamado American Gum Company que empleaba a más de 300 trabajadores en la planta de chicles más grande del mundo, cerca del puente de Brooklyn. La marca Adams era conocida por todos los continentes, así como muchos de sus productos (Halls y Trident, por ejemplo) incluidos sus famosos Chiclets, que se retiraron de la producción hace varios años. La empresa fue creciendo poco a poco hasta convertirse en Cadbury Adams.



El éxito de Adams animó a otros. En unos pocos años, el experto en dulces William Wrigley entró en acción agregando azúcar y sabor para crear Spearmint y Juicy Fruit. Wrigley también inició una campaña publicitaria masiva para presentar el chicle al público estadounidense: envió un paquete de chicles a todos los residentes que figuraban en la guía telefónica de los Estados Unidos", dice Mathews.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Wrigley convenció al Ejército de estadounidense para que incluyera la goma de mascar en las raciones de los soldados. Los soldados, a su vez, difundieron el hábito en todo el mundo. Al lograr que los soldados estadounidenses llevarán chicle en sus macutos, Wrigley no había inventado la pólvora.

La goma de mascar se hizo popular porque ayudaba a calmar la sed. Durante la Primera Guerra Mundial, el Departamento de Guerra citó a un oficial de artillería de campaña que afirmó que: «250 libras de chicle ahorrarían varios cientos de galones de agua cuando más se necesita […] que el chicle es barato y que hay momentos en que el agua es muy cara y casi imposible de conseguir». El Cuartel General estuvo a la altura de las circunstancias y, en enero de 1919, por ejemplo, se enviaron al extranjero 3,5 millones de paquetes de chicle. Y cuando las tropas aliadas recuperaron las ciudades francesas, descubrieron que los soldados alemanes en retirada solían envenenar los pozos. Esta situación potencialmente grave llevó a la Cruz Roja Americana a enviar 4,5 millones de paquetes de goma de mascar a Francia.

Sea como fuera, el éxito que siguió la Primera Guerra Mundial hizo que la empresa familiar William Wrigley Jr. Company fundada en 1891 en Chicago saliera a cotizar en la bolsa estadounidense en 1919. Actualmente, está presente en más de 150 países, con unas ventas totales de 2.700 millones de dólares basadas en sus marcas de chicle más conocidas: Orbit, Doublemint, Wrigley o Freedent.

Fabricación de chicles para los combatientes. En esas grandes cubas de la factoría Wrigley en Chicago se colocaban los chiclets de para recubrirlos con una envuelta tersa. 27 de septiembre de 1918. Foto cortesía de los Archivos Nacionales de Estados Unidos.

Con la colosal demanda de chicle en todo el mundo, la producción de los chicozapotes no daba para más. que hubo que encontrar un sustituto sintético. Mientras que Adams y Santa Anna buscaban reemplazar el caucho con chicle, al final fue al revés, cuando los polímeros sintéticos (un tipo de caucho) desarrollados por Louis D. Dreyfus, un químico de Staten Island en 1909 se convirtieron en la base elegida por los fabricantes de chicle. Hoy, salvo en Japón, donde siguen aferrados al chicle natural, la goma de mascar a base de resina de chicozapotes es una rareza para exquisitos.

A pesar de su popularidad, la goma de mascar no estuvo exenta de críticas. The New York Sun editorializaba en 1890: «El hábito ha llegado a tal punto que hace imposible que un neoyorquino vaya al teatro o a la iglesia, o suba a los tranvías o al tren, o camine por un bulevar sin encontrarse con hombres y mujeres cuyas mandíbulas trabajan con la actividad de la víctima masticadora de chicle. Y el espectáculo se mantiene frente a los frecuentes avisos de que masticar chicle, especialmente en público, es una costumbre esencialmente vulgar que no solo demuestra mala educación, sino que es síntoma de falta de autocontrol y resta dignidad a quienes practican el hábito».

En un artículo en contra de la Ley Seca, Nikola Tesla afirmó que masticar chicle en exceso era más peligroso que abusar del alcohol. Trotsky decía que el chicle era una maniobra del capitalismo para evitar que el trabajador pensara demasiado, y en las películas los malos mascaban chicle rumiando como vacas, mientras que los buenos fumaban cigarrillos. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

lunes, 25 de julio de 2022

La impactante vida de los pájaros carpinteros

Pico picapinos (Dendrocopos major)

El impacto contundente del pico y la brusca desaceleración asociada a las cabezas de los pájaros carpinteros cuando golpean los árboles ha intrigado a los científicos desde hace mucho tiempo intentando responder a una pregunta: ¿cómo se las apañan para protegerse de las lesiones cerebrales?

Los pájaros carpinteros llevan un estilo de vida impactante. Percuten violentamente sus picos contra los árboles unas doce mil veces al día para buscar comida (insectos, gusanos y larvas que capturan bajo la corteza o en el interior de los troncos), anidar o golpear una y otra vez a modo de telégrafo para comunicarse entre ellos. Eso es básicamente lo que necesitan hacer para sobrevivir, así que, si no están durmiendo, descansando o apareándose, probablemente estén picoteando furiosamente algún árbol.

Cuando golpean los árboles vivos o muertos, los pájaros carpinteros están sujetos a fuerzas que dejarían sin sentido a cualquier persona y le provocarían lesiones cerebrales irreversibles. Hasta ahora, los ornitólogos sostenían especulativamente que la forma y la composición de los cráneos de los pájaros carpinteros, incluyendo un voluminoso hueso frontal esponjoso, habían evolucionado para amortiguar el impacto e impedir una conmoción cerebral. Los blogs y los paneles informativos de los zoológicos presentan esta hipótesis como un hecho cierto y comprobado.

Sin embargo, en cuestiones de ciencia no basta con la especulación, sino la demostración empírica basada en el método científico. Una nueva investigación publicada el pasado 14 de julio en la revista Current Biology demuestra que los pájaros carpinteros ni tienen, ni necesitan, protección anatómica.

Hasta ahora se suponía que la microestructura del hueso esponjoso en diferentes partes del cráneo del pájaro carpintero servía como un amortiguador que minimiza la desaceleración dañina de su cerebro al impactar, un efecto amortiguador que ha servido como inspiración a la ingeniería de materiales amortiguadores y para el diseño de herramientas de uso habitual como los cascos de los ciclistas.

Sin embargo, esta hipótesis es paradójica porque si el pico absorbiera gran parte de su propio impacto, el ave tendría que golpear aún más fuerte. Piense en su propia experiencia: nadie usaría un martillo que tenga un amortiguador incorporado por la sencilla razón de que el resultado sería poco eficaz. Ahora piense como lo haría un físico: cualquier absorción o disipación de la energía cinética de la cabeza por el cráneo probablemente afectaría el rendimiento de martilleo del ave, que necesitaría ejercer más energía para alcanzar sus presas, lo que convierte en poco probable que haya evolucionado por selección natural, añadiría un biólogo.

La investigación que acaba de publicarse se basa en la cuantificación in vivo de las desaceleraciones del impacto durante el picoteo en tres especies de pájaros carpinteros americanos: el pico picapinos (Dendrocopos major), el picamaderos negro (Dryocopus martius) y el picamaderos crestado (Dryocopus pileatus). Los investigadores utilizaron cámaras de alta velocidad para filmar a las tres especies martilleando un árbol. Siguieron el movimiento en diferentes puntos de las cabezas para ver cómo se movían unos con respecto a los otros. Además del vídeo que he insertado abajo, y del original con el resumen de la publicación, los lectores interesados pueden ver los experimentos filmados de las tres especies en este enlace.

 

Vídeo a cámara lenta del martilleo de un picamaderos negro.

Los resultados de los modelos biomecánicos demuestran que el esqueleto craneal de las tres especies se usa como un martillo rígido para mejorar el rendimiento del golpeteo y no como un sistema de absorción de impactos para proteger el cerebro. Si los cráneos de las aves absorbieran el impacto, el cerebro se desaceleraría más lentamente que el pico. Las filmaciones demuestran que el efecto de rebote sobre el pico y el cerebro son prácticamente sincrónicos, lo que sugiere que la cabeza actúa como un martillo rígido y no como un amortiguador. Los modelos biomecánicos también demuestran que las aves necesitarían golpear la madera el doble de rápido para conmocionarse.

Cráneo del picamaderos negro Dryocopus martius. La zona bien desarrollada de hueso esponjoso en la región frontal del cráneo que supuestamente absorbe los golpes está resaltada en verde en esta vista medial del lado derecho del cráneo (reconstrucción 3D de una tomografía computerizada). En la parte superior central de la figura se muestra una sección transversal de los huesos frontales. Las zonas de hueso esponjoso tanto en el lado del golpe (frontal) como en el lado occipital del contragolpe de la caja craneal probablemente desempeñan un papel importante en la "resistencia" a las fuerzas de impacto en lugar de "absorber" la energía del impacto mediante la deformación elástica. Barras de escala 20 mm.

Las simulaciones numéricas del efecto del tamaño y la forma de la cavidad craneal sobre la presión interna demuestran que los cerebros de los pájaros carpinteros permanecen sanos y salvos porque están por debajo del umbral de conmociones cerebrales conocido para los cerebros de los primates. No hay que olvidar que las aves son considerablemente más pequeñas que los humanos y que los animales más pequeños pueden soportar desaceleraciones más altas. Piense en una mosca que choca con una ventana y luego vuelve a volar. El cerebro de un pájaro carpintero es unas 700 veces más pequeño que el de un humano y debido a ese tamaño sus cerebros no soportan el tipo de daño que un ser humano sufriría por impactos similares.

Pájaros carpinteros aparte, esta investigación es una prueba más de que siempre vale la pena observar atentamente los fenómenos que pensábamos que ya entendíamos, porque a veces puede haber sorpresas.

Los resultados que acabamos de conocer contradicen el concepto predominante de la evolución adaptativa de la función craneal en uno de los comportamientos más espectaculares de la naturaleza: el incansable martilleo de unas aves maravillosas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

sábado, 16 de julio de 2022

La crisis del papel higiénico o por qué nos encantan las parábolas


Si se puede cuantificar por los miles de lectores que ha tenido en el último mes, la buena acogida de mi reciente artículo sobre la historia del papel higiénico me anima a seguir uno de los mandamientos de Clausewitz: explotar el éxito.

Como sucedió con el Krakatoa, nadie sabe qué aspecto tendrá la montaña del capitalismo mundial cuando terminen las erupciones que nos sacuden cada semana. Y es que, en el mundo de la economía, como en tantos otros de la actividad humana, la psicología prima muchas veces sobre la aritmética. Es lo que Keynes en su Teoría general denominó "animal spirits": el factor humano, lo irracional, la variable anímica en la toma de decisiones que afectan a nuestros bolsillos.

El miedo al desempleo, a la pérdida del poder adquisitivo, a la reducción del valor de las propiedades, sean viviendas, acciones o simples cuentas de ahorro, retroalimenta la ciclotimia propia del mercado que se refleja en comportamientos tan irracionales como la demanda excesiva de cualquier cosa.

En marzo de 2020, apenas anunciada la pandemia de COVID-19, varios países informaron sobre una compra tan masiva de papel higiénico que provocó la escasez y su desaparición casi instantánea de los estantes de los supermercados. Sin embargo, esta no fue la primera crisis de escasez de papel higiénico. La primera crisis del papel higiénico sucedió en 1973, pero, como es bien sabido, la historia siempre parece repetirse.

Aquel fue un año desastroso para la economía. La guerra árabe-israelí provocó una crisis del petróleo. Sin que se sepan las razones, en Japón surgieron rumores (fake news, diríamos ahora) de que el país estaba a punto de quedarse sin papel higiénico. Los consumidores japoneses respondieron acumulando frenéticamente rollos y más rollos. Cientos de amas de casa esperaban cada día en las puertas de las tiendas para acaparar tantos rollos como podían. La policía tuvo que intervenir más de una vez para evitar males mayores.

El 19 de diciembre de 1973, Johnny Carson, un popular presentador y comediante estadounidense cuyo programa The Tonight Show veían cada noche millones de telespectadores bromeó lanzando un rumor sin fundamento: «Se pueden reír si quieren, dijo, pero hay una gran escasez de papel higiénico». No lo había, pero no importaba.



La broma provocó en Estados Unidos a un pánico masivo. Millones de compradores invadieron los comercios y comenzaron a acumular papel higiénico. Como no podía ser menos, el exceso de demanda trajo consigo la escasez. El gigante del sector, Scott Paper Company, pidió que la gente asustada dejara de comprar su propio producto. No fue suficiente: durante cuatro meses, el papel higiénico —desaparecido de los anaqueles comerciales— fue un codiciadísimo objeto de deseo que se intercambiaba por otros bienes e incluso se vendía en el mercado negro.

Después de comprar todo el papel higiénico que pudieron, vino la compra de pañuelos kleenex en cajas grandes y pequeñas; luego servilletas de papel de todos los tamaños y, finalmente, incluso los rollos de papel que se usaban en la cocina se adquirían con un inesperado e indeseado destino: acabar colocados al lado del retrete.



En 2020 el cineasta Brian Gersten puso en las pantallas el corto The Great Toilet Paper Scare (El gran susto del papel higiénico) en el que detalla el frenesí que siguió a los comentarios de Carson. Gersten encontró noticias y reportajes de periódicos de todos los rincones de Estados Unidos que tenían relatos de primera mano del empapelado caos; con ellos creó un corto de animación que ahora puede parecer absurdo y un tanto hiperbólico, pero que refleja textos literales procedentes de entrevistas hechas a la gente que acudía en masa a acaparar sin ton ni son papel higiénico.

Algunos sociólogos consideran la escasez de papel higiénico del 73 como un caso de estudio en la mecánica de la fábrica noticias falsas. A principios de ese año, se produjo un crash bursátil: el mercado de valores se desplomó y perdió más del 45 por ciento de su valor, una de las peores caídas de la historia.

Para empeorar las cosas, el embargo petrolero de la OPEP hizo que los precios de la gasolina se dispararan drásticamente (desde los 3,5 dólares hasta los 11 dólares en sólo dos meses, de octubre a diciembre de 1973), lo que supuso un acontecimiento totalmente inesperado para las economías occidentales que, además, coincidió con un momento de caos en el sistema monetario internacional provocado por la decisión de Nixon de suspender la convertibilidad del dólar (la principal moneda de reserva mundial) en oro, lo que suponía de facto el fin de la estabilidad monetaria nacida de los acuerdos de Bretton Woods.

Todos los países desarrollados entraron en una prolongada etapa de estancamiento caracterizada por elevados niveles de inflación y de paro (la célebre “estanflación). En España la tasa de paro aumentó un 20% en 1974 y un 75% en 1975 en relación con 1973. En Estados Unidos la tasa de paro aumentó un 47% en 1974 y un 67% en 1975 con relación a 1973, mientras que el PIB en esos mismos años tuvo unas tasas anuales negativas de 0,5% y 0,2%, respectivamente.

El miedo y la incertidumbre flotaban en el ambiente. El clima era de lo más propicio para la difusión de información errónea. Steuart Henderson Britt, profesor de mercadotecnia de la Northwestern University, explicó a la perfección la generación de rumores sin fundamento: «A todo el mundo le gusta ser el primero en saber algo. Es el síndrome de 'did-you-hearthat' [¿Te has enterado de que?]. En los viejos tiempos, un rumor tardaba mucho tiempo en extenderse, tiempo suficiente para que la gente descubriera su certeza. Ahora todo lo que se necesita es una personalidad de televisión bromee al respecto e instantáneamente el rumor está en los 50 estados».

El profesor Britt decía que el rumor tenía todos los elementos necesarios, porque podría afectar a todos íntimamente: «Una persona dice que podría haber un problema. La siguiente dirá que probablemente haya un problema. La tercera asegurará que hay un problema».

No hace falta ir muy lejos para encontrar paralelismos entre 1973 y la actualidad. Apenas unos días después de que se identificara el primer caso de coronavirus en Estados Unidos, consumidores de todo el mundo comenzaron a almacenar compulsivamente papel higiénico a pesar de que la mayoría de las tiendas no tenían problemas de suministro.

Lo que uno deduce del corto de Gersten es que es realmente asombroso e impactante que en 2020 se repitiera el fenómeno de 1973. El pánico por el papel higiénico suena absolutamente ridículo, pero allí estaba la gente, otra vez, aterrorizada por no almacenar el suficiente. Cuando comparas lo que sucedió en 1973 con lo que sucedió en 2020 (o hace apenas unas semanas con el aceite de girasol), está claro que la forma en que consumimos los medios ha evolucionado con el tiempo, pero la forma en que reaccionamos a ciertos tipos de información se ha mantenido constante.

En un libro cuya cita me viene ahora de perillas (El cisne negro: El impacto de lo altamente improbable) Nassim Taleb explicaba mediante narraciones trufadas de anécdotas cómo los seres humanos creemos saber más de lo que realmente sabemos y de cómo nuestro cerebro está hecho para ver más orden del que realmente nos rodea.

Nuestro software neuronal está programado para crear historias simples sobre fenómenos muy complejos y variados, de modo que siempre terminamos falseando la realidad, porque más que a la crudeza de lo real a los seres humanos nos encanta la confirmación, lo explicable, lo estereotipado, lo teatral, lo romántico, lo litúrgico, la verborrea, los másteres MBA, el premio Nobel, marchar por la vereda conocida y, sobre todo, el poder de la ficción narrativa: que todo se nos explique en forma de fábula o cuento para que nuestro sistema crítico permanezca en el nirvana de lo habitual.

De ahí el éxito de esos superventas bíblicos que eran las parábolas. 

sábado, 2 de julio de 2022

Fitoplasmas: manipuladores de plantas e insectos

Trillium ovatum. Glacier National Park, Montana

A finales del pasado mes de mayo, mientras recorría Glacier National Park, Montana, los bosques subalpinos de alerces y piceas comenzaban a despuntar. En el sotobosque, semicubierto por la nieve y todavía adormecido por la latencia invernal, las flores blancas de Trillium ovatum anunciaban la llegada del verano boreal.

Lirios triples, el nombre común con el que son conocidos en Norteamérica estos parientes de nuestros lirios, es el reflejo del nombre científico del género, Trillium, que en 1753 Linneo tomó directamente del latín, trilix, triple, en alusión a unas flores que tienen sus piezas dispuestas en tríos.

La primera vez que me encontré con un trillium blanco (Trillium grandiflorum) fue en 2017, en los Apalaches de Virginia. En Norteamérica hay 43 especies de Trillium así que la variabilidad del género es notable y muy distintiva en lo que se refiere al color de sus flores, cuyos tres grandes pétalos pueden ser rojos, morados, rosados, blancos, amarillos, verdes o una combinación de estos.

Por mi conocimiento (siempre escaso) de la flora de Norteamérica, yo sabía (o creía saber, como comprobé en cuanto topé con ellos) que, como sucede con Trillium ovatum, las flores de T. grandiflorum eran de un blanco inmaculado. La realidad se impuso: la mayoría de las flores de T. grandiflorum que encontré en los bosques de los Apalaches tenían rayas o marcas verdes en los pétalos y muchas de ellas presentaban un número anormal de ellos que oscilaba entre cuatro y treinta, a menudo monstruosamente deformados.

Ejemplar de Trillium grandiflorum con rayas verdes en los pétalos.

Cuando observé los ejemplares con rayas verdes en las flores, pensé que había encontrado una nueva variedad. Tomé unas cuantas fotos, anoté algunos datos en mi libreta de campo y, al regresar a casa, guardé las fotos en la nube y las notas en un cajón.

Han permanecido cinco años en el desván del olvido, hasta que mi tropiezo con las poblaciones de pétalos perfectamente blancos de Montana, me recordó aquellas extrañas poblaciones apalachianas. La curiosidad me ha llevado a indagar en la bibliográfica científica. Ahora sé que las plantas con franjas verdes que observé en Virginia eran víctimas de una infección. Lo que he aprendido al respecto en la última semana lo cuento ahora.

En 1971 tres investigadores demostraron que todos los ejemplares de rayas verdes que examinaron al microscopio estaban infestados de unos organismos fitoplásmicos, que nunca aparecían en las plantas “normales” de flores blancas.

Aunque los microbiólogos los sitúan entre las bacterias, los fitoplasmas son considerados formas intermedias entre estas y los virus. Son de dimensiones similares a los virus y, en consecuencia, muchos de ellos atraviesan los filtros bacteriológicos. Se caracterizan por la falta de pared celular (lo que los separa de las bacterias), su forma filamentosa y un genoma muy pequeño. Son patógenos intracelulares obligados, lo que significa que en laboratorio no pueden ser cultivadas sin células hospedantes.

Trillium grandiflorum: Ejemplar infectado de fitoplasmas con pétalos totalmente verdes

Los fitoplasmas no son exclusivos de los lirios triples. De hecho, estas bacterias se pueden encontrar en todo el mundo e infectan muchos tipos diferentes de plantas, desde cocos hasta caña de azúcar. De hecho, la mayor parte de la investigación sobre fitoplasmas está motivada por sus impactos en la agricultura. A pesar del daño que puedan causar, su ciclo de vida es fascinante.

Los fitoplasmas son microorganismos que manipulan a plantas e insectos. Para poder sobrevivir requieren transmitirse de una planta a otra y para viajar necesitan un vector, que generalmente son unos insectos cicadélidos conocidos vulgarmente como chicharritas o saltahojas dentro de los cuales son capaces de replicarse.

Comenzando por la parte de su ciclo vital que trascurre en las plantas, los fitoplasmas solo pueden vivir a largo plazo dentro del floema (una parte del sistema circulatorio de los vegetales) de sus plantas hospedantes. Una vez dentro de la planta, los fitoplasmas comienzan a jugar con la expresión génica, lo que provoca una variedad de síntomas que difieren según las distintas plantas hospedantes.

En el caso de T. grandiflorum, la infección provoca un cambio en los pétalos. Al alterar la expresión génica, las células de los pétalos se vuelven cada vez más parecidas a hojas, lo que da como resultado las rayas verdes que me despistaron. Pero ahí no acaba la cosa. Las infecciones generalmente acaban en la esterilización completa de la flor e incluso en algunos estudios se dice que las plantas infectadas se debilitan hasta el punto de que llegan a morir.

Un cicadélido: el saltahojas de bandas rojas Graphocephala coccinea.

Como he dicho, el fitoplasma solo puede existir a largo plazo dentro del floema de su planta hospedante. No producen ningún tipo de estructuras reproductivas, ni son transferidos por aire o por contacto con tejidos. Eso crea un pequeño problema cuando se trata de encontrar nuevos hospedantes, especialmente si la infección acaba con la muerte de la planta. Aquí es donde entran en juego los vectores.

Hasta donde se sabe, los vectores son insectos que se alimentan usando su probóscide en forma de aguja para perforar el floema y succionar la savia elaborada, un alimento azucarado muy nutritivo. Este hábito alimenticio es lo que aprovechan los fitoplasmas para completar su ciclo de vida. Además, el fitoplasma no lo hace de forma pasiva. Así como son capaces de alterar la expresión génica en las células de los pétalos, también pueden alterar la expresión de genes implicados en las defensas de las plantas.

Las investigaciones realizadas con Arabidopsis, unas plantas muy utilizadas en investigaciones botánicas, ha demostrado que los fitoplasmas hacen que la planta infectada disminuya la producción de una hormona llamada jasmonato, esencial en la defensa de las plantas contra la herbivoría. Se ha descubierto que cuanto menos jasmonato producen las plantas, es mucho más probable que los insectos pongan sus huevos en ellas. Básicamente, los fitoplasmas reducen las defensas de las plantas hasta el punto de que existe una mayor probabilidad de que sean parasitadas por más cicadélidos chupadores de savia.

Como los cicadélidos se alimentan de la savia de las plantas infectadas, inevitablemente absorben una gran cantidad de fitoplasma. El fitoplasma ingerido finalmente llega a las glándulas salivales del insecto. Luego, a medida que este se mueve de una planta a otra perforando el floema para alimentarse, transfiere parte del fitoplasma de su saliva a un nuevo huésped, completando así el ciclo de vida de los parásitos.

Ahora, volviendo a las rayas verdes de las flores de Trillium, me permito sospechar que, al alterar las células de los pétalos para que se parezcan más a las hojas, el fitoplasma bien pudiera estar "animando" a los insectos chupadores a concentrar su alimentación en los tejidos infectados. Pero esto es pura especulación de mi parte. La falta de datos representa un importante vacío científico que acabará por completarse a medida que se descubran más fitoplasmas que afecten a cultivos agrícolas importantes. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 26 de junio de 2022

No, la Tierra no dejará de girar



Escribo este artículo mientras a mi alrededor, en la ciudad en la que vivo, el asfalto arde bajo unas temperaturas inusitadas en la primera quincena de junio. Este tórrido verano anticipado no es anecdótico: es una consecuencia más del cambio climático que será peor, mucho peor, de lo que imaginamos.

Salvo en la última extinción masiva causada por el impacto de un asteroide que acabó con los dinosaurios, en las cinco extinciones anteriores intervino el cambio climático producido por la excesiva acumulación de gases de efecto invernadero. La más acusada, la del Pérmico-Triásico, tuvo lugar hace 250 millones de años y comenzó cuando el dióxido de carbono (CO2) aumentó la temperatura del planeta cinco grados centígrados, se aceleró cuando ese calentamiento desencadenó la emisión de metano, otro gas de efecto invernadero, y acabó con el 96% de las especies.

Actualmente, estamos emitiendo CO2 a la atmósfera a una velocidad al menos diez veces más rápida que entonces. Ese ritmo es cien veces superior al de cualquier otro momento de la historia humana previo al comienzo de la Revolución industrial, y en la atmósfera ya hay un tercio más de CO2 que en cualquier otro momento del último millón de años, cuando el nivel del mar era más de treinta metros más alto. De hecho, más de la mitad del CO2 expulsado a la atmósfera debido a la quema de combustibles fósiles se ha emitido en los últimos treinta años, lo que significa que alrededor del 85% por ciento del daño que hemos producido por esa quema se ha producido desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

En 1997, cuando se firmó el emblemático Protocolo de Kioto, dos grados centígrados de calentamiento global se consideraban el umbral para la catástrofe: ciudades inundadas, devastadoras sequías y olas de calor, un planeta sacudido a diario por lo que antes llamábamos «desastres naturales», pero que ahora estamos incorporando al lenguaje de lo habitual tan solo como «mal tiempo».

En 2016, semanas después de la firma agónica del Acuerdo de París, superamos el umbral de concentración de 400 partes por millón de CO2 en la atmósfera terrestre que había sido durante años la línea roja que los climatólogos habían trazado como el escenario más aterrador. Por supuesto, no hicimos ni caso: apenas cinco años después alcanzamos un promedio de 417, y continuamos lanzados por una senda que nos lleva hacia los más de cuatro grados centígrados de calentamiento para el año 2100, lo que significa que, si el planeta se llevó al borde de la catástrofe climática en el transcurso de una sola generación, la responsabilidad de evitarla recae también sobre una única generación: la nuestra.

Concentración de dióxido carbono de este mes de junio registrada en el observatorio de referencia Mauna Loa de Hawái
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La senda hacia la catástrofe ambiental parece por el momento casi inevitable. En la práctica, el Protocolo de Kioto no logró nada: a pesar de todo el activismo y la legislación en torno al clima y de los avances en energías verdes, en los veinte años transcurridos desde su aprobación hemos generado más emisiones que en los veinte años anteriores. En 2016, los acuerdos de París establecieron dos grados como objetivo global; apenas unos años después, abandonada toda esperanza que los países industrializados estén en vías de cumplir con los compromisos de París, un aumento de dos grados parece más bien la mejor situación posible.

El informe más reciente del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés) afirma que si actuamos sobre las emisiones pronto, poniendo en práctica de inmediato todos los compromisos que se asumieron en París, pero que aún están muy lejos de haberse implementado en ningún país, lo más probable es que alcancemos en torno a los 3,2 grados de calentamiento, unas tres veces más que todo el que ha experimentado el planeta desde los inicios de la industrialización.

Aunque lográsemos evitar que el planeta alcanzase los dos grados de calentamiento en 2100, tendríamos una atmósfera que contiene 500 partes por millón de CO2, o quizá más. La última vez que se dio esta circunstancia, hace 16 millones de años, la temperatura del planeta no era tan solo dos grados más elevada, sino entre cinco y ocho grados, lo que hacía que el nivel del mar fuese 40 metros más alto.

Los efectos del cambio climático no son cosa del futuro sino del presente. Algunos de los procesos catastróficos que provocará son irreversibles y por tanto permanentes. La única actitud razonable consiste en asumir para el futuro inmediato la creciente frecuencia y el agravamiento de episodios como los que ha vivido España estos días, con una población desbordada ante temperaturas diurnas y nocturnas que la han debilitado.

Cabría confiar en revertir el cambio climático, pero es imposible. Nos llevará a todos por delante. Las peores consecuencias de los dramas ecológicos que estamos desatando por el uso que hemos hecho de la tierra y por la quema de combustibles fósiles —lentamente durante un siglo más o menos, y muy rápidamente durante unas décadas— se desarrollarán a lo largo de milenios, aunque en un ejercicio de autoengaño hayamos elegido pensar en el cambio climático solo bajo la forma que adoptará a lo largo de este siglo.

Las montañas de Los Ángeles arden durante el gigantesco incendio Bobcat de septiembre de 2020.  

Según Naciones Unidas, de acuerdo con el ritmo que llevamos actualmente en 2100 alcanzaremos los 4,5 grados de calentamiento; superando en más del doble el catastrófico umbral de los 2 grados, fijado en París. Si no hacemos nada con las emisiones de CO2, si los próximos treinta años de actividad industrial prolongan la misma tendencia creciente de los treinta años anteriores, a finales de este siglo regiones enteras pasarán a ser inhabitables según todos los criterios que manejamos en la actualidad.

El sistema climático que dio origen a nuestra especie y a nuestra civilización es tan frágil que a lo largo de una sola generación la actividad humana lo ha llevado al límite de la inestabilidad total. Pero esta inestabilidad es también una medida del poder humano que la produjo y que ahora debe detener el daño en el mismo escaso tiempo. Si nuestra especie es la responsable del problema, debemos ser capaces de revertirlo.

Pero, al menos de momento, la mayoría de nosotros parecemos más inclinados a rehuir esta responsabilidad que a afrontarla, o a admitir siquiera que la vemos, aunque está frente a nosotros, tan evidente como el elefante de la habitación. En lugar de afrontar el problema, encomendamos la tarea a las generaciones futuras, a sueños de tecnologías mágicas, a políticos remotos que mantienen una especie de batalla y consiguen retrasos pírricos.

No es así. El hecho de que el cambio climático sea universal significa que nos afecta a todos, y que todos debemos compartir la responsabilidad para evitar compartir el sufrimiento, al menos para que no todos lo compartamos en una medida tan agobiante. No sabemos la forma precisa que tendrá este sufrimiento, no podemos predecir con certeza cuántas hectáreas de bosque arderán cada año lanzando a la atmósfera siglos de carbono almacenado; o cuántos huracanes nos asolarán; dónde es probable que haya megasequías que producirán hambrunas masivas y guerras por el agua; o cuál va a ser la próxima gran pandemia producida por el calentamiento global.

Pero sabemos lo suficiente para ver, incluso ahora, que el nuevo mundo en el que nos adentramos será tan ajeno al nuestro que bien podría tratarse de otro planeta completamente distinto. Como escribió Haroun Tazieff en un precioso librito publicado en 1989 la Tierra no dejará de girar por más que las consecuencias de nuestros actos serán interpretadas por criaturas que ni siquiera podemos imaginar y que irrumpirán en el escenario mundial impulsados por el calentamiento. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca

sábado, 18 de junio de 2022

Pues no, el sol no nos calienta



Cuando calienta el sol aquí en la playa, dice la letra de la canción de los hermanos Rigual. Pues no. Abrumado por el calor que nos castiga estos días, un amigo me dice que él elige pasear a la caída de la tarde, cuando el sol ya no está en su cenit y comienza la “fresquita”. Pues no

¿Que el sol esté en el punto más alto quiere decir que es cuando hace más calor? Pues no. La temperatura más alta de un día veraniego se registra entre 3 y 4 horas después del mediodía solar. En España suele ser entre las 17:00 h y las 19:00 h. Pongo como ejemplo la gráfica de temperatura en el aeropuerto de Barajas cuando comencé a escribir este artículo (Figura 1).

Se puede observar que la temperatura aumenta desde las 7 de la mañana y no deja de subir hasta las 19:00 h. ¿Por qué sucede esto? Es cierto que el sol, una vez sobrepasado su cenit, no calienta tanto, pero la suma del calor acumulado durante el día en el suelo y el calor que aún provocan los rayos suficientemente perpendiculares hacen que el mercurio siga subiendo. 

Llega un momento alrededor de las 20 horas en que esto ya no se cumple y cuando, por fin, empieza a bajar la temperatura. No obstante, la temperatura a esa hora (38,7 º) es mayor a la que se alcanza a las 12 (36, 1º), cuando parece que el calor aprieta más.

Figura 1. Temperaturas en el aeropuerto de Madrid-Barajas el 18 de junio de 2022.


¿Por qué hace más frío cuando más nos acercamos al sol?

Cuando volamos en un avión a una altura de crucero de unos once kilómetros, la temperatura puede alcanzar los 50 ºC bajo cero. Por eso, cuando nos quejamos del frío que hace en la cabina de un avión, en realidad lo que sufrimos son los efectos de la calefacción. Pero, por qué hace siempre más frío allá arriba. Ya que estamos más cerca del sol, ¿no debería suceder lo contrario? 

Pues no. El descenso de temperatura con la altitud es debido a que el aire no se calienta directamente por los rayos solares, sino por la irradiación calorífica desde el suelo. Esta es la razón de que al nivel del suelo la temperatura sea mayor, o dicho de otro y más impropio modo, de que haga más calor.

Radiación solar

La radiación del sol es una mezcla de radiaciones de longitudes de onda que oscilan entre 200 y 4000 nanometros (nm), en la que se distinguen tres bandas: ultravioleta (menos de 360 nm), luz visible (360 a 760 nm) y radiación infrarroja o calorífica (más de 760 nm), con un máximo en la luz visible (Figura 2).

Figura 2. (A) La luz es una forma de radiación electromagnética, un tipo de energía que viaja en ondas. En conjunto, todos los tipos de radiación conforman el espectro electromagnético. (B) El espectro visible para el ojo humano es la radiación cuya longitud de onda (λ) está aproximadamente entre 400 y 700 nm. Se pueden ver los diferentes colores cuando la luz blanca atraviesa un prisma y la apreciamos como un arco iris. Dibujo de Luis Monje.

La radiación ultravioleta de onda corta lleva mucha energía e interfiere con los enlaces moleculares provocando cambios que pueden alterar moléculas tan importantes para la vida como el ADN, lo que provocaría daños irreparables si no fuera porque son absorbidas por la capa de ozono estratosférica, responsable de que la radiación ultravioleta inferior a 300 nm que llega a la superficie terrestre sea tan insignificante como para no matarnos.

Cuando la luz solar atraviesa un prisma, se dispersa en una serie de longitudes de onda exhibiendo colores diferentes: rojo de 760 a 626 nm, naranja de 626 a 595, amarillo de 595 a 574, verde de 574 a 490, azul de 490 a 435, y violeta de 435 a 360. Todos estos colores constituyen el espectro visible.

La radiación infrarroja lleva poca energía asociada. Su efecto es acelerar las reacciones o aumentar la agitación de las moléculas, es decir, en producir el calor y, con él, el aumento de temperatura. El CO2, el vapor de agua y las pequeñas gotitas de agua que forman las nubes absorben con mucha intensidad las radiaciones infrarrojas, las cuales –por otra parte- representan una proporción insignificante de las emitidas por el sol.

La radiación infrarroja lleva poca energía asociada. Su principal efecto es acelerar las reacciones o aumentar la agitación de las moléculas, es decir, lo que llamamos el calor que produce aumento de temperatura. El CO2, el vapor de agua y las pequeñas gotitas de agua que forman las nubes absorben con mucha intensidad las radiaciones infrarrojas, las cuales –por otra parte- representan una proporción insignificante de las emitidas por el sol.

De la energía que llega a la línea de Kármán, el límite superior de la atmósfera, solo una parte alcanza la superficie terrestre porque la mayor parte es absorbida por la atmósfera y otra parte por la vegetación. En unas condiciones óptimas, con un día perfectamente claro y con los rayos solares cayendo casi perpendiculares, solo las tres cuartas partes de la energía que llega del exterior alcanzan como mucho la superficie terrestre.

La energía que llega a nivel del mar suele ser un 49% de radiación infrarroja, 43% de luz visible, un 7% de radiación ultravioleta y el 1% restante en otros rangos. En un día nublado se absorbe un porcentaje mucho más alto de energía, especialmente en la zona del infrarrojo, lo que explica que los días nublados resulten más fresquitos.

La temperatura media en la tierra se mantiene prácticamente constante en unos 15 ºC, pero la que se calcula que tendría si no existiera la atmósfera sería de unos -18 ºC. Esta diferencia de 33 ºC tan beneficiosa para la vida se debe al efecto invernadero, fundamentalmente basado en las diferencias de longitud de onda entre la radiación que recibe la Tierra y la que emite.

La causa de que la temperatura se mantenga constante es debida a que, de acuerdo con las leyes de la Termodinámica, la tierra devuelve al espacio la misma cantidad de energía que recibe. Si la energía devuelta fuera algo menor que la recibida, la tierra se iría calentando paulatinamente y si devolviera más se iría enfriando. Lo importante para lo que nos ocupa es que, aunque la cantidad de energía retornada es igual a la recibida, el tipo de energía que retorna es distinto.

La radiación terrestre es la que nos calienta

La energía solar directa no es un efectivo calentador de la atmósfera, sino que esta es calentada por contrarradiación desde la tierra. Las radiaciones que llegan del sol vienen de un cuerpo que está a casi 6000 ºC, pero las radiaciones que la superficie terrestre devuelve a la atmósfera corresponden a las de un cuerpo negro que esté a 15 ºC, cuyas longitudes de onda son mayores que las recibidas y, como consecuencia, mientras que la energía recibida es una mezcla de radiación ultravioleta, visible e infrarroja, la energía que devuelve la superficie terrestre es fundamentalmente en forma de calor (infrarroja) y algo, muy poco, de luz visible (albedo).

Figura 3. Balance térmico de la radiación solar (energía luminosa en amarillo; energía calorífica en rojinegro). De cada 100 calorías llegadas del sol y que alcanzan la atmósfera terrestre, sólo 15 de ellas son absorbidas por el aire en forma de energía luminosa, mientras que el suelo recoge 43. Por tanto, el calor del suelo proviene en un 91% de lo recibido. Por su parte, el calor suministrado por el suelo en forma radiación oscura supone un 72% y solamente un 28% procede de los rayos luminosos solares. Una parte del calor oscuro emitido por el suelo atraviesa la atmósfera y, a pesar de las nubes, del vapor de agua y de los gases se pierde en la exosfera (8%). La temperatura de las capas bajas depende primordialmente de la temperatura del suelo y de sus características: con cobertura vegetal o no, superficies líquidas y superficies congeladas. Dibujo de Luis Monje.

De los 324 vatios/m2 que llegan de media a la superficie terrestre (aproximadamente una cuarta parte de la constante solar), 236 son reemitidos al espacio en forma de radiación infrarroja, 86 son reflejados por las nubes y 20 lo son por el suelo en forma de radiaciones de onda corta (Figura 3).

A medida que amanece y avanza la mañana, la superficie terrestre comienza a absorber más calor del que pierde por radiación, así que la temperatura aumenta rápida y progresivamente. Al cabo de varias horas, la superficie alcanza una temperatura relativamente alta y la cantidad de radiación absorbida es aproximadamente igual a la perdida debida a la nueva radiación.

Este equilibrio se mantiene hasta que comienza a disminuir la insolación durante la tarde. Después que se haya puesto el sol, la superficie caliente de la tierra continúa liberando el calor acumulado hacia la atmósfera por radiación y, ya que no recibe más energía solar, la temperatura disminuye constantemente durante la noche.

La pérdida nocturna de calor se ve acelerada por el efecto de enfriamiento de la evaporación del suelo, de manera que las temperaturas bajan característicamente más que las del aire, lo que provoca que la temperatura mínima de la superficie se alcance justo antes del amanecer.

Una cubierta de nubes absorbe radiación de onda larga y la reemite hacia la superficie en la noche, pero tal fenómeno no ocurre en las noches con cielos despejados porque la radiación escapa al espacio haciendo disminuir más la temperatura nocturna. Las noches con cielos despejados son más heladas que las noches con cielo nublado; por el contrario, durante los días nublados, las temperaturas máximas son menores que con cielo despejados, ya que las nubes impiden el paso de la radiación solar directa. Por ejemplo, los desiertos son muy cálidos en el día y muy fríos en la noche por causa de la ausencia de este efecto amortiguador de las nubes.

La atmósfera es, pues, transparente a la radiación de onda corta del sol, pero absorbe la radiación terrestre de onda larga, de donde se deduce fácilmente que la atmósfera no es calentada por la radiación solar, sino que se calienta desde el suelo hacia arriba.

Mi amigo debería salir a pasear bien temprano. El problema, confiesa, es que no le gusta madrugar. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.



miércoles, 18 de mayo de 2022

Breve (y un poco escatológica) historia del papel higiénico



Antes de inundar al mundo con refrescos de soda o con pantalones vaqueros, Estados Unidos convenció al mundo de limpiarse lo que se imaginan con un nuevo producto: el primer papel higiénico disponible comercialmente llegó a los comercios estadounidenses en 1857. 

Uno de los fenómenos más curiosos que tuvieron lugar en 2020 con el inicio de la pandemia fue la afición casi compulsiva que mostraron millones de consumidores de todo el mundo por acaparar papel higiénico. Históricamente puede considerarse como uno de los ejemplos más recientes de histeria colectiva, el equivalente posmoderno de los episodios de danzamanía de la Europa medieval o de la tulipomanía de 1637, la primera burbuja financiera provocada por la compra de bulbos de tulipán.

Desde el principio de los tiempos, la gente ha encontrado formas ingeniosas de limpiarse después hacer sus necesidades o, como decían los clásicos, de obrar del cuerpo. La solución más común era agarrar lo que se tenía más a mano: cocos, conchas, nieve, musgo, paja, hojas, hierbajos, mazorcas de maíz, lana de oveja y más tarde, gracias a Johannes Gutenberg, periódicos, revistas y páginas de libros.

Hace algunos años los arqueólogos descubrieron varillas higiénicas de 2000 años de antigüedad en las letrinas de Xuanquanzhi, una antigua base militar china de la dinastía Han que controlaba la Ruta de la Seda. Los instrumentos, cortados con bambú y otras maderas, parecían espátulas cuyos extremos estaban envueltos en tela y contenían restos de heces.

Réplica de un xilospongio romano. Dominio público.


Los antiguos griegos usaban arcilla y piedra. Los romanos usaban esponjas colocadas en el extremo de unos enseres domésticos o comunales llamados tersorios o xiloespongios que podían usarse una sola vez o limpiadas en un balde de vinagre o agua salada para reutilizarlas, aunque no está claro si eran utilizadas más como las modernas escobillas de inodoro que como instrumento higiénico íntimo.

El ejemplo más famoso de esos enseres higiénicos romanos antiguo proviene del siglo I d. C., cuando en sus Epístolas Séneca contó la historia del gladiador germano que, después de años de maltrato, entró en las letrinas, el único lugar al que le estaba permitido acudir sin la presencia de un guardia y se suicidó metiéndose por la garganta el palo del tersorio comunal.

El papel se inventó en China en el siglo II a. C. y el primer uso documentado de papel higiénico se remonta al siglo VI en la China medieval. En ese momento era un producto exclusivo destinado a las clases altas. Hoy en día, cada año los chinos usan casi siete mil millones de kilómetros de rollos de papel higiénico, más que cualquier otro país.

¿De dónde surgió la idea de un producto comercial diseñado únicamente para limpiarse el trasero? La historia comenzó hace unos 150 años en Estados Unidos. En menos de un siglo, el ingenio publicitario del Tío Sam convirtió algo desechable en algo indispensable.

Cómo comenzó el papel higiénico

Los primeros productos diseñados específicamente como precursores del papel higiénico fueron láminas de cáñamo de manila con infusión de aloe que se dispensaban en cajitas metálicas o de cartón inventadas en 1857 por Joseph Gayetty, un empresario neoyorquino que anunciaba que sus gasas prevenían las hemorroides. Pero el éxito del Gayetty's Medicated Paper fue limitado. Los estadounidenses pronto se acostumbraron a limpiarse con el catálogo de Sears Roebuck y no veían la necesidad de gastar dólares en algo que llegaba gratis por correo.

Réplicas de los paquetes del Gayetty`s Medicated Paper utilizados en la Guerra de Secesión. Foto cortesía de Sutler.

Gayetty no logró comercializar con éxito su papel higiénico. El invento era interesante, pero los consumidores tenían que comprar el producto en paquetes de 500 hojas, lo que costaba medio dólar, el equivalente a unos quince dólares actuales.

El papel higiénico dio su siguiente paso al frente (o, mejor dicho, hacia atrás) el 25 de julio de 1871, cuando la Oficina de Patentes concedió a Seth Wheeler una patente basada en la idea de poner papel higiénico en rollos perforados. En 1890, los hermanos Clarence y E. Irvin Scott (sí, los de la marca del famoso perrito) popularizaron el concepto: pusieron papel higiénico en un rollo y comenzaron a empaquetar individualmente los rollos para venderlos en droguerías y farmacias. Se embarcaron en un viaje por los retretes que los haría famosos y archimillonarios.

La patente de papel perforado de Seth Wheeler fue un desarrollo necesario para el éxito final del papel higiénico comercial. Imagen original de la Oficina de Patentes de Estados Unidos.

 

La marca de los Scott un gran éxito porque levantaron un negocio que se sostenía vendiendo papel higiénico a hoteles, droguerías y farmacias. Pero conseguir que el público comprara masivamente el producto fue una dura batalla, motivada en gran parte porque, como ocurrió con la invención de la compresa, los pacatos estadounidenses se avergonzaban de sus funciones corporales.

«Nadie se atrevía a pedirlo por su nombre. Era tan tabú que ni siquiera podías hablar sobre el producto», escribe Dave Praeger en La cultura de la caca: cómo se moldeó América gracias a su producto nacional más bruto. De hecho, durante sus primeros años como fabricantes, los hermanos no comercializaron su papel higiénico como Scott Tissue porque no querían ensuciar el apellido familiar con un producto tan “lascivo”.

Vendían el papel higiénico a comerciantes privados que luego lo distribuían empaquetado bajo dos mil marcas diferentes. Los Scott continuaron con esta práctica hasta 1903 cuando, bajo la dirección de Arthur Hoyt Scott, hijo de Irvin Scott, la Scott Paper Company comenzó a producir papel higiénico bajo la marca Scott Tissue. Con el paso del tiempo, los papeles higiénicos se convirtieron lentamente en un elemento básico de los hogares de Estados Unidos desde donde comenzó a extenderse internacionalmente. En 1925 la Scott Paper Company era líder mundial de ventas de papel higiénico.

Aunque el éxito del Scott Tissue lo convirtió en un nombre familiar, publicitarlo fue al principio un gran desafío para la empresa. De hecho, la aceptación pública generalizada del producto no se produjo oficialmente hasta que la sanidad y una nueva tecnología doméstica hicieron de su uso una necesidad.

 

Rollo vintage de Scott TissueFoto cortesía de Corporación Kimberly-Clark.

Arthur Scott se dio cuenta de que la empresa necesitaba publicidad de alto nivel, pero como las tiendas se negaban a mostrarla y la gente se negaba a hablar de ella, crearla no era un asunto fácil. Su oportunidad surgió cuando un producto que ya era muy popular se presentó como un artículo que promovía la higiene y la salud, lo que lo hizo más aceptable a los ojos del público.

A finales del siglo XIX, cada vez se construían más casas con retretes con descarga de agua conectados a sistemas de fontanería domésticos. Como la gente necesitaba un producto que pudiera eliminarse con el mínimo daño a las tuberías, las mazorcas de maíz, los retazos de tela, las conchas o las piedras, ya no servían. En poco tiempo, los anuncios de papel higiénico presumían de que el producto era recomendado tanto por médicos como por fontaneros.

 

Un anuncio de Scott Tissue de 1945 enfatiza la salud de los niños. Joy Northrup / Flickr.com

Hasta bien entrado el siglo XX, el papel higiénico todavía se comercializaba como un artículo sanitario. Pero en 1928, la Hoberg Paper Company intentó un camino diferente. La empresa introdujo una marca llamada Charmin e imprimió el producto con un logotipo que representaba a una mujer hermosa. La genialidad de la campaña fue que, al mostrar suavidad y feminidad, evitaban mencionar el propósito real del papel higiénico. Charmin tuvo un enorme éxito y la táctica ayudó a la marca a sobrevivir a la Gran Depresión. Décadas más tarde, las señoritas fueron reemplazadas por bebés, perritos y oseznos, unos vehículos publicitarios que todavía tienen plena vigencia: la suavidad al poder.

 

Anuncio original del papel higiénico Charmin. Colección de la Hoberg Paper Company.

En la década de 1970 ni Estados Unidos ni el resto del mundo desarrollado podían concebir la vida sin papel higiénico. El comienzo de la manía por acumular rollos arrancó en diciembre de 1973, cuando, durante su habitual monólogo de inicio, Johnny Carson, el popularísimo presentador de Tonight Show, el programa televisivo más visto en Estados Unidos, bromeó sobre la escasez de papel higiénico. Pero los televidentes no se lo tomaron a broma.

Como había ocurrido años antes con la emisión radiofónica de La Guerra de los Mundos con la que Orson Welles logró aterrorizar al país la víspera de Halloween de 1938, después de escuchar a Carson los televidentes americanos corrieron a los supermercados para comprar la mayor cantidad de rollos que pudieron.



En España, el papel higiénico entró en los años 50 del siglo pasado a lomos de un elefante. Este era el nombre por el que se conocía popularmente la única marca que había entonces de papel de baño. El papel, en realidad, ni siquiera se llamaba Elefante. El nombre se impuso entre los consumidores porque en el envoltorio, que era de celofán de color amarillo, aparecía dibujado en rojo el paquidermo.

No había ninguna marca, solamente aparecía la leyenda un “producto patentado” y el número de usos: 400. ¿Quién habría testado esa cifra? ¿Cuál sería la capacidad de carga de sus intestinos y cuál el tamaño de su trasero? Nunca lo sabremos. Una vez rasgado el envoltorio, aparecía un papel de color tostado y de un tacto basto, aunque una de las dos caras era satinada y algo más suave, una cualidad que, para quienes lo recordamos, tampoco era para tirar cohetes porque la cara basta más que limpiar raspaba, y si se usaba la cara satinada se producía un resbalón que podía extender el achocolatado producto hasta la espalda. Sí, la experiencia de limpiarse con el papel higiénico El Elefante es de las que no se olvidan y es uno de esos enseres que agradecemos enormemente que hayan evolucionado. ¿Acaso alguien lo echa de menos?

Habida cuenta de la afición de los españoles por el suave papel blanco multicapa, parece que no se le echa en falta. Hoy, el español medio consume 81 rollos de papel multicapa al año, 6.800 rollos a lo largo de su vida, los cuales, puestos en fila, se extenderían unos 622 km, o lo que es lo mismo, 346.000 al año si se considera el consumo total del país.

Según WorldAtlas, un solo pino de tamaño medio puede producir alrededor de 1.500 rollos de papel higiénico, por lo que si usamos esa estimación concluiremos que se necesitan más de dos millones y medio de pinos para producir la cantidad de rollos necesarios para satisfacer nuestros niveles de consumo anual, y anal, dicho sea de paso.

La pregunta es, si el papel higiénico escaseara, ¿podríamos vivir sin él? La verdad es que vivimos sin él durante mucho tiempo, al menos hasta bien entrados los 70 porque hasta entonces los urbanitas españoles preferían lo que hoy siguen prefiriendo los cubanos: octavillas hechas con papel de periódico, que a su porosidad absorbente añadían la ventaja del poder antiséptico de la tinta impresa.

Incluso ahora, mucha gente no necesita el papel higiénico, que para algo inventaron los franceses el bidé, que no en vano consumen la mitad de rollos per cápita que los españoles (a pesar de que los bidés son un artefacto sanitario estándar en todos los baños celtibéricos.

En Japón, el Washlet, un inodoro que viene equipado con un bidé y un soplador de aire es cada vez más popular y ya lo produce Roca, el fabricante español. Nada nuevo: en todo el mundo el agua sigue siendo uno de los métodos más comunes de autolimpieza. Muchos lugares en la India, Oriente Medio y Asia, por ejemplo, aún dependen de un balde y un grifo.

¿Nos desprenderemos alguna vez los españoles del amado papel higiénico para adoptar más medidas para ahorrar dinero? ¿O seguiremos tirando nuestros euros? En cualquier caso, no hay ninguna razón por la que deba almacenar papel higiénico; no se preocupe, no está al borde de la extinción, así que un apocalipsis de papel higiénico es muy poco probable. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.