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domingo, 24 de mayo de 2026

ROJO, AZUL Y GRIS, LOS COLORES QUE MARCAN EL MEMORIAL DAY

 

Precedido el viernes anterior por el National Poppy Day, el último lunes de mayo de cada año se celebra en Estados Unidos el Memorial Day, el Día de los Caídos, una fiesta federal de origen controvertido que lleva ya más de medio siglo celebrándose.

¿Por qué ese lunes? Se eligió un lunes para que los estadounidenses aprovecharan para tomarse un buen puente. Con la excepción del Labor Day, que siempre se situaba ese día de la semana, antes de 1971 las distintas conmemoraciones federales se celebraban en fechas específicas que cada año caían en diferentes días de la semana. Los puentes de tres días estaban, pues, sujetos al albur del calendario.

Todo cambió cuando, con el propósito de animar la economía del sector servicios, una ley federal que entró en vigor en 1971, la Uniform Monday Holiday Act, colocó todos los festivos nacionales en lunes para crear más fines de semana de tres días. Para comerciantes y hoteleros, que ya habían comprobado que los lunes en que se celebraba tradicionalmente el Labor Day aumentaban las ventas y se llenaban los hoteles, el traslado de los festivos al lunes fue la gallina de los huevos de oro.

Que se eligiera el último lunes de mayo fue una decisión fundamentada en que el 30 de mayo de 1868 fue la fecha elegida por el general John A. Logan, comandante nacional de la fraternidad del Gran Ejército de la República, para honrar a los caídos que sirvieron en el bando de la Unión durante la Guerra de Secesión. Logan eligió la fecha porque no era el aniversario de ninguna batalla en concreto. Por añadidura, el día serviría también para marcar el comienzo de la temporada estival.

Aunque al menos 25 ciudades afirman haber sido el lugar de origen de una festividad, originalmente llamada Decoration Day, la jornada que los estadounidenses dedicaban a decorar con flores las tumbas de los soldados que dieron su vida en la Guerra Civil, la mayoría de las referencias son simples mitos que han desvirtuado una historia reconocida durante décadas, pero que se perdió en un trampantojo de leyendas locales a finales del siglo XIX y principios del XX.

Durante 1866, el primer año de esta conmemoración en el Sur, surgió una circunstancia que hizo que la conciencia, la admiración y más tarde la imitación se extendieran rápidamente al Norte. En el cementerio local de Columbus, Misisipi, yacían un gran número de soldados confederados caídos en la batalla de Shiloh junto con algunos soldados de la Unión. Ese año, las mujeres de la Ladies Memorial Association de Columbus decoraron con flores las tumbas de los confederados y, para sorpresa de muchos, decidieron embellecer también las de los soldados unionistas, un gesto conciliador que acompañaron con el envío de cartas de pésame a las familias de sus rivales y vencedores.

La cobertura de los periódicos norteños fue muy favorable a esas primeras celebraciones en los antiguos territorios de la Confederación. Tampoco escasearon las críticas. Como resultado de unas y otras, en 1867 Francis Miles Finch, un juez, académico y poeta de Nueva York, publicó en The Atlantic Monthly el poema The Blue and the Gray, una alusión a los colores de los uniformes de unionistas y confederados, que se convirtió rápidamente en parte del canon literario estadounidense.

Casi de inmediato, el poema, todo un canto a la reconciliación nacional, circuló por todo Estados Unidos en libros, revistas y periódicos. A fines del siglo XIX, los escolares de todo el país debían memorizarlo. La amplia divulgación de los emotivos versos de Finch significó que, a finales de 1867, la festividad sureña se convirtiera en un fenómeno popular en un país recientemente reunificado.

El poema de Finch se adjuntó a la proclama del general Logan que se publicó en varios periódicos en mayo de 1868 estableciendo el Memorial Day. El deseo del presidente Abraham Lincoln de que no hubiera “malicia hacia nadie” y “caridad para todos” y su política de piedad y paz que había enunciado en las poco menos de trescientas palabras del discurso de Gettysburg, se vieron representadas en las celebraciones de los participantes de ambos bandos, quienes exhibían una rama de olivo, símbolo de la paz, durante las celebraciones del Memorial Day en los primeros tres años.

Medio siglo después, otro poema fue responsable de que las ramas de olivo fueran sustituidas por las amapolas rojas que constituyen hoy el símbolo floral del Memorial Day. En la primavera de 1915, las amapolas comenzaron a florecer en la tierra devastada durante la sangrienta Segunda Batalla de Ypres de 1915, en la que se enfrentaron los ejércitos de Francia, Reino Unido, Australia y Canadá contra el Imperio alemán.

Ver a las flores de color sangre brillando contra el ceniciento y fúnebre telón de fondo de la batalla animó a que John McCrae, cirujano del ejército canadiense, escribiera el poema In Flanders Field, en el que desde los primeros versos (In Flanders fields the poppies blow / between the crosses, row on row), daba voz a los soldados que habían muerto en la batalla y yacían enterrados bajo los terrenos cubiertos de amapolas.

Ese mismo año, en noviembre, dos días antes de que se firmara el armisticio, Moina Michael, una profesora de la Universidad de Georgia, leyó el poema en Ladies' Home Journal y escribió su propio poema, "We Shall Keep the Faith" con el que dio comienzo a una campaña encaminada a hacer de la amapola un tributo simbólico a todos los que murieron en la guerra.

Las rojas amapolas sobre un fondo azul y gris, siguen siendo cada último lunes de mayo el símbolo de recuerdo hacia los caídos estadounidenses en todas las guerras.

LA GUERRA DEL CERDO

 

English Camp, Isla de San Juan, Washington.

El día en que un cerdo puso en jaque a dos imperios en el paralelo 49.

El ferry sale de Anacortes, Washington, con la parsimonia de los barcos que conocen bien el paisaje y no necesitan impresionar a nadie. Atrás quedan los aserraderos, los pequeños puertos deportivos y las últimas gasolineras del continente. Delante empieza un laberinto de agua gris azulada, salpicado de islotes cubiertos de abetos y casas de madera que parecen construidas para sobrevivir a la lluvia más que para contemplar el mar. A medida que el barco avanza hacia el norte, el horizonte se va llenando de montañas. Al sur aparecen las Olímpicas, enormes, blancas, suspendidas sobre una bruma plateada. Elevadas tres kilómetros sobre el nivel del mar, sus cumbres nevadas parecen demasiado altas para un paisaje tan marítimo, como si alguien hubiera colocado Sierra Nevada al borde del Pacífico.

Las gaviotas siguen la estela del ferry y, durante algunos minutos, el viajero tiene la impresión de estar entrando lentamente en otro país. No exactamente Canadá, que queda apenas a unos kilómetros, sino un territorio intermedio hecho de niebla, cedros y silencio.

Y quizá lo más hermoso sea la llegada final a Friday Harbor: el ferry maniobra lentamente entre embarcaderos de madera, casas bajas y colinas cubiertas de abetos mientras las gaviotas siguen la estela del barco. Cuesta creer que aquel paisaje apacible estuviera una vez lleno de soldados británicos y estadounidenses vigilándose mutuamente por culpa de un cerdo glotón. Porque eso fue exactamente lo que ocurrió.

Las islas San Juan, dispersas entre el estado de Washington y la canadiense isla de Vancouver, parecen hoy un decorado perfecto para jubilados tranquilos, kayaks amarillos y tiendas que venden mermeladas artesanales. Pero durante buena parte del siglo XIX estuvieron en el centro de una disputa internacional entre Estados Unidos y el Imperio británico. Y no una disputa menor: durante años existió la posibilidad real de una guerra entre las dos grandes potencias anglosajonas del Atlántico Norte.

El problema comenzó, como casi todos los problemas fronterizos, con un mapa mal elaborado. En 1846, estadounidenses y británicos firmaron el Tratado de Oregón para resolver sus reclamaciones sobre el inmenso territorio del Pacífico noroeste. La frontera quedaría fijada en el paralelo 49, una línea geométrica trazada con optimismo diplomático sobre regiones que casi nadie había cartografiado adecuadamente. El tratado añadía que la frontera continuaría “por el canal que separa el continente de la isla de Vancouver”.


Tras el Tratado de Oregón, la frontera entre los territorios británicos y estadounidenses quedó sin definir claramente en el canal que separa Vancouver de las islas San Juan.

Aquello parecía muy claro en Londres y Washington. Sobre el terreno era otra cosa. Entre Vancouver y el continente existe un complicado archipiélago de islas, estrechos y canales donde las mareas cambian con violencia y la geografía se vuelve líquida. Había dos posibles canales principales y cada país eligió naturalmente el que más le convenía. El resultado fue que las islas San Juan quedaron en tierra de nadie.

La isla de Vancouver ya llevaba décadas bautizada con el nombre del capitán George Vancouver, explorador británico de finales del XVIII, uno de esos oficiales navales ingleses que medían costas desconocidas con una mezcla de disciplina científica y arrogancia imperial. El estrecho de Juan de Fuca, en cambio, conservaba un eco español mucho más antiguo. Juan de Fuca era un navegante griego al servicio de España que aseguró haber explorado aquellas aguas en el siglo XVI buscando el paso del Noroeste. Muchos dudaron de su relato durante siglos, pero el nombre terminó sobreviviendo a los escépticos.

Las islas San Juan también heredaron la toponimia española de las expediciones que recorrieron aquellas costas antes de que llegaran británicos y estadounidenses. Durante algún tiempo, el Pacífico noroeste fue un tablero donde españoles, rusos, ingleses y americanos iban dejando nombres sobre un paisaje inmenso que ninguno controlaba realmente.

Después llegaron los colonos. Los británicos, a través de la poderosa Compañía de la Bahía de Hudson, establecieron explotaciones ganaderas. Los estadounidenses comenzaron a instalarse convencidos de que el Destino Manifiesto —esa mezcla de fe religiosa y apetito territorial— les otorgaba derechos naturales sobre cualquier horizonte visible.

Durante años ambos bandos convivieron en una tensión relativamente pacífica. Había ovejas británicas, granjeros americanos y demasiada distancia respecto a cualquier capital seria. Hasta que apareció el cerdo. El 15 de junio de 1859, un colono estadounidense llamado Lyman Cutlar encontró un gran cerdo negro hozando en su huerto de patatas. El animal pertenecía a Charles Griffin, un empleado británico de la Compañía Hudson. Según parece, el cerdo tenía tendencia reincidente a invadir cultivos ajenos. Cutlar, harto de perder patatas, tomó el rifle y disparó.

El cerdo murió en acto de servicio. Y el mundo diplomático entró en combustión. Griffin exigió compensaciones. Las autoridades británicas amenazaron con detener al colono. Los estadounidenses pidieron protección militar. Washington respondió enviando tropas a la isla. Londres contestó mandando barcos de guerra.

De pronto, aquel paisaje de orcas y abetos quedó lleno de uniformes, cañones y oficiales tensos observándose desde ambos extremos de la isla. Los estadounidenses establecieron el llamado American Camp. Los británicos levantaron el English Camp, conservado hoy como parque histórico nacional. Lo extraordinario es que nadie disparó.

Durante semanas existió el riesgo real de guerra. Algunos oficiales estadounidenses querían expulsar a los británicos. Algunos mandos británicos estaban preparados para desembarcar marines. Pero tanto Londres como Washington comprendieron finalmente el ridículo cósmico de iniciar una guerra imperial por un cerdo muerto. La solución fue tan extravagante como civilizada: ocupación conjunta.

Durante trece años, soldados británicos y estadounidenses convivieron en San Juan mientras diplomáticos y cartógrafos discutían la frontera definitiva. Hubo cenas compartidas, competiciones deportivas y ceremonias amistosas entre hombres que oficialmente seguían preparados para matarse. La Guerra del Cerdo acabó convirtiéndose en una de las crisis militares más educadas de la historia.

Finalmente, en 1872, ambas potencias aceptaron el arbitraje del káiser Guillermo I de Alemania. El emperador dio la razón a Estados Unidos y las islas San Juan quedaron definitivamente bajo soberanía norteamericana. Los británicos se retiraron sin disparar un tiro. La única víctima mortal de la guerra fue el cerdo.

Hoy, cuando desembarco en Friday Harbor y contemplo los jardines cartesianos presididos por la Union Jack que ondea sobre el English Camp, con las colinas verdes cayendo hacia el mar, cuesta asociar aquel lugar con tensiones imperiales. El puerto huele a madera húmeda y café recién hecho. Los ferris llegan despacio. Las orcas siguen atravesando el estrecho de Juan de Fuca bajo las cumbres nevadas de las Olímpicas. 

Y quizá sea precisamente eso lo que vuelve tan irresistible esta historia: la sospecha de que las fronteras más solemnes del mundo nacieron muchas veces de errores cartográficos, ambiciones ridículas y animales hambrientos.

sábado, 23 de mayo de 2026

EL HOMBRE QUE QUISO PROHIBIR EL PASADO... Y LOS ESPAGUETIS

 

Filippo Tommaso Marinetti, el futurismo y la extraña guerra contra los espaguetis

Hay hombres que nacen para administrar una ferretería y hombres que nacen para prenderle fuego al mundo. Filippo Tommaso Marinetti pertenecía claramente a la segunda categoría. Tenía el talento indispensable de todos los agitadores: convertir una exageración en una fe colectiva. También poseía una voz estentórea, una energía de vendedor ambulante y la convicción de que el siglo XX iba a ser una carrera de automóviles sin frenos hacia el porvenir. Mientras Europa aún bostezaba entre columnas griegas, violines románticos y olor a biblioteca húmeda, Marinetti ya escuchaba el rugido de los motores acercándose por el horizonte como una estampida de búfalos mecánicos.

Nació en 1876 en Alexandria, en una familia italiana acomodada instalada junto al Mediterráneo oriental, entre comerciantes, diplomáticos y vapores que iban y venían hacia Marsella. Aquel niño criado entre idiomas, puertos y periódicos franceses comprendió muy pronto que la modernidad no olía a incienso ni a pergamino: olía a gasolina. Cuando llegó a Europa traía ya en la cabeza una idea fija: Italia estaba enferma de pasado. El país entero se había convertido en un museo. Había demasiados mármoles, demasiados frescos, demasiados muertos ilustres vigilando cada plaza. Uno no podía sentarse a tomar café sin que un genio renacentista le estuviera mirando desde una estatua ecuestre.

Marinetti decidió declarar la guerra a los difuntos. En 1909 publicó en el periódico Le Figaro el Manifiesto Futurista, que es probablemente el único texto literario de la historia que empieza como una crónica de sucesos y termina como un golpe de Estado estético. Allí aparecía ya todo el catecismo futurista: amor a la velocidad, odio a los museos, desprecio por la nostalgia, culto a la máquina, entusiasmo por el peligro y una fascinación casi erótica por los automóviles. Marinetti proclamó que un coche de carreras era más bello que la Victoria de Samotracia. La frase produjo el mismo efecto que si alguien hubiera entrado en misa y hubiera escupido dentro del cáliz. Los críticos se indignaron, los estudiantes aplaudieron y los periodistas comprendieron enseguida que aquel italiano exuberante iba a proporcionarles titulares durante años.

El futurismo fue el primer movimiento artístico que entendió el siglo XX como un espectáculo publicitario. Antes de que existieran las agencias de marketing, Marinetti ya sabía que el escándalo era el combustible más barato de la fama. Organizaba veladas teatrales donde los poetas insultaban al público y el público respondía arrojando verduras. Aquellas noches terminaban a menudo en peleas, pero Marinetti salía encantado porque al día siguiente todos los periódicos hablaban del futurismo. Había descubierto que la modernidad no se imponía razonando sino haciendo ruido.

Los pintores futuristas intentaron representar el movimiento continuo de la vida moderna. Umberto Boccioni pintaba hombres descompuestos en ráfagas de velocidad y Giacomo Balla convertía un perro paseando en una centrifugadora de patas. Querían atrapar el vértigo de las ciudades eléctricas, los tranvías, las fábricas y las locomotoras. El siglo ya no avanzaba al paso solemne de las catedrales sino al ritmo de las hélices.

Había en todo aquello una mezcla irresistible de genio y charlatanería. El futurismo anunciaba un mundo nuevo donde desaparecerían la sintaxis, las costumbres burguesas y hasta la lógica elemental. Marinetti defendía las “palabras en libertad”, una escritura sin puntuación ni gramática, como si las frases fueran piezas metálicas disparadas desde una ametralladora tipográfica. A veces sus poemas parecían instrucciones para desmontar un motor averiado. Otras veces sonaban como un telegrama enviado desde un manicomio industrial.

Pero el futurismo llevaba dentro una semilla más peligrosa que todas sus extravagancias estéticas. Marinetti adoraba la violencia. No la violencia concreta del puñetazo de taberna, sino la violencia elevada a principio filosófico, como una tormenta purificadora destinada a barrer el viejo orden europeo. Definió la guerra como «la única higiene del mundo», frase que hoy produce un escalofrío retrospectivo. Aquellos hombres que idolatraban la velocidad y el acero terminaron enamorándose también de los cañones.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, muchos futuristas la recibieron como quien espera el estreno de una ópera grandiosa. Querían dinamitar la vieja Europa y reconstruirla entre humo y motores. Algunos marcharon al frente llenos de entusiasmo juvenil y volvieron mutilados; otros no volvieron. Boccioni murió absurdamente al caer de un caballo durante unas maniobras militares, ironía cruel para un pintor obsesionado con la mecánica moderna.

Después de la guerra, Italia quedó convertida en un país histérico, humillado y violento, terreno ideal para el ascenso de Benito Mussolini. Marinetti vio en el fascismo la posibilidad de realizar su sueño de una nación joven, agresiva y electrificada. Los primeros fascistas y los futuristas compartían el gusto por la acción directa, la teatralidad, los uniformes y la propaganda. Ambos comprendieron que la política moderna debía representarse como una ceremonia de masas. Las plazas italianas empezaron a llenarse de banderas, discursos y coreografías patrióticas mientras los viejos liberales observaban el espectáculo como notarios agotados incapaces de entender el nuevo lenguaje del siglo.

Sin embargo, la relación entre el futurismo y el fascismo nunca fue completamente armónica. Mussolini admiraba la energía de Marinetti, pero el régimen necesitaba también orden, tradición y símbolos imperiales. Los fascistas querían resucitar la Roma antigua; Marinetti quería sustituirla por aeropuertos. El Duce soñaba con césares; el poeta soñaba con motores de aviación. Aun así, permanecieron aliados durante años, unidos por una misma pasión por la modernidad musculosa y por la estética de la fuerza.

Y entonces ocurrió uno de los episodios más chuscos de toda la vanguardia europea: Marinetti propuso abolir la pasta. En 1930 publicó el Manifesto della cucina futurista, un documento delirante en el que declaraba que los espaguetis eran responsables de la melancolía, el sentimentalismo y la pereza de los italianos. Según él, la pasta volvía a los ciudadanos lentos, nostálgicos y poco aptos para las exigencias dinámicas del futuro. Un pueblo que aspiraba a dominar los cielos no podía seguir alimentándose con tallarines.

La propuesta produjo más indignación que cualquiera de sus ataques contra Rafael o Miguel Ángel. Italia podía tolerar el fascismo, las camisas negras y hasta las aventuras coloniales, pero nadie estaba dispuesto a renunciar al plato de macarrones. Los fabricantes de pasta protestaron, los periódicos se burlaron y las amas de casa consideraron que el futurismo había cruzado definitivamente la frontera de la locura.

Marinetti organizó banquetes futuristas donde se servían combinaciones extravagantes: albóndigas perfumadas con esencia de clavel, pollo acompañado de rodamientos metálicos para estimular el tacto y platos concebidos más para desconcertar que para alimentar. Aquellas cenas parecían diseñadas por un cocinero dadaísta encerrado en un taller de ingeniería aeronáutica.

Naturalmente, la pasta sobrevivió. El futurismo no.

Cuando la Segunda Guerra Mundial terminó de arrasar Europa, el sueño futurista quedó cubierto de ruinas auténticas, no metafóricas. La velocidad, el acero y la guerra industrial habían conducido a ciudades bombardeadas y cementerios interminables. Marinetti murió en 1944 mientras el régimen fascista se desplomaba alrededor suyo como un decorado incendiado.

Y sin embargo, algo de él sobrevivió en todas partes. Sobrevive en la publicidad agresiva, en el culto contemporáneo a la juventud, en la fascinación por la velocidad, en la política convertida en espectáculo, en las tipografías estridentes y en esa fe moderna según la cual todo lo nuevo debe ser automáticamente mejor que lo antiguo.

Marinetti quiso matar el pasado y terminó convertido él mismo en una pieza de museo. Seguramente es la venganza más elegante que la historia podía reservarle.

viernes, 22 de mayo de 2026

DEL MAINE A LAS AVIONETAS: PRIMERO EL RELATO, LUEGO LA GUERRA

 

La primera avioneta apareció sobre el estrecho poco después de las tres de la tarde, blanca, pequeña, con ese aspecto inofensivo de aparato alquilado para fumigar naranjales o llevar turistas a las Bahamas. Desde tierra apenas parecía más peligrosa que una gaviota. Pero en los radares cubanos llevaba años siendo otra cosa: una provocación periódica, un mosquito político que zumbaba sobre La Habana dejando caer octavillas, insultos y amenazas. Los hombres de “Hermanos al Rescate” decían que salvaban balseros. En Miami los llamaban héroes. En La Habana los llamaban piratas.

Aquella tarde de febrero de 1996, el cielo sobre el Caribe tenía el color metálico de las tormentas lejanas. Los pilotos hablaban por radio con la despreocupación teatral de quienes saben que alguien los escucha. Reían. Uno de ellos dijo algo sobre “dar otra vuelta”. Otro mencionó el Malecón.

En una sala del Ministerio de las Fuerzas Armadas cubanas, varios oficiales y el ministro Raúl Castro seguían el trayecto sobre una pantalla verde donde los puntos luminosos parecían insectos atrapados dentro de una botella. Nadie gritaba. Nadie necesitaba hacerlo. Cuba llevaba décadas viviendo dentro de un estado de alarma permanente, y la burocracia del miedo tiene una cualidad curiosa: funciona en voz baja.

Después despegaron los MiGs cubanos.

En Miami todavía era mediodía cuando las cadenas comenzaron a interrumpir la programación. Primero llegaron rumores confusos: una pérdida de contacto, una señal desaparecida, llamadas entrecortadas. Luego aparecieron las imágenes. Unas manchas de humo sobre el agua. Pedazos flotando en el estrecho. Una zapatilla. Un asiento arrancado. Un chaleco salvavidas balanceándose entre las olas como si alguien invisible siguiera respirando dentro.

Los presentadores empezaron a hablar más despacio. Ese tono grave y patriótico que en la televisión americana anuncia funerales o guerras. “Han derribado aviones civiles estadounidenses”. Todavía no había terminado de hundirse el segundo aparato cuando Washington ya había encontrado el vocabulario adecuado. “Asesinato”. “Terrorismo”. “Ataque deliberado”. Las palabras llegaron antes que las pruebas, como suele ocurrir cuando un imperio necesita ordenar emocionalmente los hechos.

En los bares de la Calle Ocho la gente golpeaba las mesas. Viejos exiliados lloraban frente a las cámaras. Congresistas cubanoamericanos exigían represalias inmediatas. Un senador habló de “un acto de guerra”. Otro dijo que el régimen cubano “había cruzado una línea roja”. Nadie parecía interesado en discutir dónde estaban exactamente las avionetas cuando fueron alcanzadas.

Lo importante era la imagen. Cuatro hombres muertos sobre el mar. Un enemigo reconocible. Y una nación herida mirando televisión.

Treinta años después, Donald Trump descubrió que aquella escena seguía intacta, como una vieja herramienta guardada en un cajón. Bastaba sacudirle el polvo. Venezuela había servido de ensayo: primero se construye el retrato criminal del adversario; luego se habla de narcotráfico, terrorismo, protección de ciudadanos americanos, amenaza hemisférica; finalmente se presenta cualquier intervención como una obligación moral. El lenguaje cambia poco. Sólo cambian los nombres de los dictadores.

Raúl Castro —un anciano de noventa y tantos años escondido entre uniformes verde oliva y retratos descoloridos de la revolución— apareció de pronto transformado en una especie de Pablo Escobar tropical. La acusación judicial estadounidense sonaba menos a derecho internacional que a tráiler de Netflix: conspiración, asesinato, derribo de aeronaves civiles, sangre americana sobre aguas internacionales.

Washington no hablaba todavía de invasión. Los imperios modernos ya no utilizan esa palabra. Hablan de operaciones limitadas, restauración democrática, captura de criminales, coaliciones internacionales. Pero el mecanismo emocional era idéntico al de siempre: fabricar una indignación lo bastante intensa para que cualquier respuesta parezca razonable.

Y entonces, inevitablemente, Cuba empezó a parecerse otra vez a 1898. Porque hay historias que regresan como regresan los huracanes: con nombres distintos pero trayectorias familiares.

La noche del 15 de febrero de 1898 tampoco había luna sobre la bahía de La Habana. Un navío de guerra, el USS Maine descansaba frente al puerto español iluminado apenas por algunas lámparas amarillas y el resplandor aceitoso de los carbones. Los marineros jugaban a las cartas, fumaban, escribían cartas aburridas a casa. La guerra todavía no existía oficialmente, aunque llevaba meses creciendo en los periódicos de Nueva York como una fiebre tropical.

Naufragio del USS Maine, 1898. Fuente Wikipedia.

A las 21:40 llegó la explosión. Primero un estruendo sordo, interior, casi telúrico. Después una llamarada gigantesca que abrió el casco como una lata golpeada con un hacha. El acero salió despedido por el aire. Algunos cuerpos cayeron al agua ya muertos; otros ardían todavía mientras flotaban entre restos de madera y carbón.

La Habana entera escuchó el ruido. Los cristales temblaron en las casas coloniales. Los caballos se encabritaron. Durante unos segundos nadie entendió nada. Luego comenzaron los gritos desde el puerto.

El Maine, el orgullo naval americano, se estaba hundiendo. Murieron más de doscientos sesenta hombres. Y casi inmediatamente murió también la prudencia.

Porque en Estados Unidos la pregunta no fue qué había ocurrido, sino quién debía pagar por ello. William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer transformaron la tragedia en una maquinaria de furia patriótica. Los periódicos imprimieron dibujos imaginarios de minas submarinas españolas. Inventaron conspiraciones. Fabricaron certezas. Hearst entendió antes que nadie que una guerra moderna no empieza con disparos, sino con titulares suficientemente grandes.

“¡Recordad el Maine! ¡Al infierno con España!”

La frase apareció en carteles, canciones, tabernas, mítines políticos y vasos de whisky. Era un eslogan perfecto porque convertía la duda en emoción pura. No importaba que las investigaciones posteriores sugirieran una explosión interna causada probablemente por un incendio en las carboneras del barco.

La verdad técnica tenía menos fuerza narrativa que una traición española. Y además Estados Unidos necesitaba Cuba. Eso era lo esencial. Necesitaba el Caribe. Necesitaba una guerra breve. Necesitaba demostrar que el siglo XX le pertenecía antes incluso de que empezara.

España era vieja, pobre y estaba lejos del futuro. Estados Unidos era joven, industrial y estaba aprendiendo que los imperios modernos no siempre conquistan territorios: a veces conquistan relatos. Igual que ahora.

Porque más de un siglo después, las imágenes vuelven a repetirse con inquietante precisión: aviones derribados, ciudadanos estadounidenses muertos, televisión indignada, congresistas exigiendo justicia, presidentes hablando de libertad, periódicos buscando culpables antes que pruebas.

El decorado cambia, pero el guion sigue oliendo a pólvora mojada y tinta de imprenta.

jueves, 21 de mayo de 2026

CÓMO SEDUCIR MOSCAS FINGIENDO ESTAR MUERTO

 


Huernia x mccoyi

Vivir en los grandes desiertos del sur de África —el Namib y el Kalahari— no parece una actividad especialmente recomendable para una planta. Allí los inviernos pueden ser más fríos que en muchas regiones europeas, las heladas aparecen con sorprendente frecuencia y la lluvia tiene una costumbre desconcertante: desaparecer durante meses, a veces durante años. Sin embargo, precisamente en esos paisajes donde uno esperaría encontrar poco más que piedras y resignación prospera una de las colecciones botánicas más extravagantes del planeta.

Entre esas rarezas destacan unas plantas sudafricanas de la antigua familia de las asclepiadáceas, unas criaturas tan extrañas que parecen diseñadas por un comité de biólogos con sentido del humor. Son plantas suculentas, es decir, organismos que han decidido resolver el problema de la sequía convirtiéndose en depósitos vivientes de agua.

La idea es bastante simple: si no puedes confiar en que llueva, conviértete en un bidón. Los cactus americanos hicieron eso con gran éxito. Algunas euforbias africanas y canarias copiaron el diseño hasta el punto de parecer cactus disfrazados. Y entre las asclepiadáceas, géneros como Stapelia, Huernia u Orbea, llevaron el concepto un paso más allá: almacenaron agua, eliminaron casi por completo las hojas y transformaron sus tallos en unas estructuras gruesas y carnosas capaces de sobrevivir meses enteros bajo un sol capaz de freír lagartijas.

Las hojas, en realidad, son un lujo peligroso en un desierto. Pierden agua con una alegría suicida. Por eso estas plantas prescindieron de ellas y delegaron la fotosíntesis en los tallos. Son tallos rechonchos, angulosos, a veces cubiertos de pequeños dientes, rellenos de un tejido esponjoso que funciona como una reserva hidráulica.

Además, las suculentas están admirablemente impermeabilizadas. Su epidermis posee una gruesa capa cérea —la cutícula— que les da ese aspecto grisáceo o verde azulado tan elegante. Vistas de cerca parecen muebles recién barnizados. El problema es que esa “pintura impermeable” también dificulta el intercambio de gases. Las plantas necesitan absorber dióxido de carbono y expulsar oxígeno, y para hacerlo utilizan unos diminutos poros llamados estomas.

Abrir los estomas durante el día, en pleno desierto, equivaldría a salir a correr con abrigo de lana en agosto. Así que estas plantas desarrollaron una estrategia ingeniosa: abren sus estomas solo de noche, cuando el aire es más fresco y húmedo y la pérdida de agua resulta mucho menor. Mientras la mayoría de las plantas duermen, las suculentas hacen vida nocturna.

Pero sobrevivir no basta. Una planta puede ser un prodigio de ingeniería hidráulica y aun así fracasar miserablemente si no logra reproducirse. Y aquí es donde las asclepiadáceas dejan de ser simplemente admirables para convertirse en algo francamente delirante.

Flores de cuatro asclepiadáceas malolientes de la colección del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. A: Stapelia hirsuta. B: Huernia schneideriana. C: Orbea variegata. D: Piaranthus geminatus. Fotos de Beatriz Díaz.

Cada primavera austral, tras las primeras lluvias, amplias zonas de Sudáfrica explotan en una orgía floral de dimensiones bíblicas. El paisaje árido se cubre de millones de flores de todos los colores imaginables. Para un insecto polinizador aquello debe de parecer una mezcla entre Las Vegas y un bufé libre. El problema es que, cuando todas las plantas florecen al mismo tiempo, destacar se vuelve difícil.

Así que las asclepiadáceas tomaron una decisión radical: renunciaron a competir por la belleza y optaron por el mal olor. Sus flores no intentan atraer mariposas delicadas ni abejas refinadas. Ellas apuntan directamente a las moscas carroñeras, esos insectos de gustos culinarios bastante cuestionables. Para seducirlas producen flores que parecen trozos de carne en descomposición. Algunas presentan colores púrpuras y amarillentos, superficies verrugosas y una textura sospechosamente carnosa. Pero el detalle definitivo es el olor: un hedor intenso a cadáver putrefacto.

La flor no solo parece un animal muerto. Huele exactamente como uno. Las moscas llegan encantadas, convencidas de haber encontrado el lugar ideal para depositar sus huevos. Se pasean sobre la flor explorando aquella prometedora montaña de podredumbre… y mientras tanto hacen exactamente lo que la planta espera de ellas: transportar polen.

Naturalmente, las moscas salen perdiendo. Cuando las larvas nacen descubren que aquello no es un cadáver sino una flor tramposa sin una sola molécula comestible. Pero la evolución, que suele ser despiadada, considera eso un problema secundario.

Las flores de estas plantas son obras maestras de complejidad mecánica. En la mayoría de las flores el polen es un polvo suelto que se desprende fácilmente. Las asclepiadáceas, en cambio, empaquetan el polen en pequeñas bolsas llamadas polinias, un sistema tan sofisticado que solo comparten con las orquídeas. El procedimiento recuerda a una trampa medieval.

Mientras las moscas caminan sobre la flor, una pata —o incluso la trompa— puede deslizarse accidentalmente por una estrecha ranura. Entonces el insecto intenta liberarse tirando hacia arriba y, sin saberlo, extrae el polinario, un complejo aparato formado por dos polinias unidas a una especie de pinza central. A partir de ese momento la mosca vuela de flor en flor cargando pequeños paquetes de polen colgando de las patas como si fueran adornos navideños grotescos.

Conocida como flor estrella, Orbea variegata, una especie perteneciente a la familia Asclepiadáceas, originaria del cinturón costero árido de la región de El Cabo Occidental, Sudáfrica, crece durante la temporada de lluvias invernales (junio-septiembre). Es una planta suculenta perenne carente de hojas y con tallos dentados similares a los de algunos cactus que apenas se despegan un palmo del suelo, y flores muy variables, en forma de estrella, blanquecinas o amarillas densamente moteadas de granate, que pueden alcanzar hasta ocho cm de diámetro. Las flores pueden mostrar marcas regulares (con bandas) o irregulares. Tienen cinco lóbulos puntiagudos o romos que rodean un anillo central pentagonal (corona). Las flores emiten olor a carroña para atraer a posibles insectos polinizadores. 

Una de las especies más llamativas es Orbea variegata, conocida como “flor estrella”. Crece en la árida costa sudafricana y produce flores de hasta ocho centímetros, amarillentas y cubiertas de manchas granates, con un aspecto tan sospechoso que uno siente el impulso de comprobar si algo murió cerca. Los tallos apenas se elevan unos centímetros del suelo, pero las flores resultan imposibles de ignorar. Especialmente para las moscas.

La historia no termina ahí. El polinario que transporta el insecto cambia de posición mientras se seca, girando lentamente hasta colocarse en el ángulo perfecto para encajar en otra flor. El mecanismo funciona literalmente como una llave entrando en una cerradura. Cuando finalmente la polinia encuentra la ranura adecuada, queda atrapada dentro de la cámara estigmática y comienza la fecundación.

Todo este proceso —el olor a cadáver, las moscas engañadas, las trampas mecánicas y las piezas giratorias— ocurre silenciosamente a ras de suelo en algunos de los ambientes más hostiles de la Tierra. Y quizá eso sea lo más extraordinario de todo. Porque cuando uno piensa en la evolución suele imaginar algo solemne y elegante. Pero basta observar una humilde Stapelia apestando bajo el sol africano para comprender que la naturaleza también posee un sentido del humor bastante retorcido.

miércoles, 20 de mayo de 2026

NOSTALGIA EQUÍVOCA DE LOS BISONTES

 


Hay quienes llevan años intentando reintroducir bisontes europeos en la península ibérica. El problema es que quizás nunca la habitaron.

Hay animales que despiertan una emoción inmediata. El bisonte es uno de ellos. Basta ver una fotografía de uno de esos enormes bóvidos avanzando entre la niebla para que algo ancestral se active en nuestra imaginación: Altamira, las cavernas, la Europa salvaje, un continente todavía cubierto de bosques y hielo. El problema comienza cuando la nostalgia sustituye a la biología. 

España lleva años jugueteando con la idea de “reintroducir” el bisonte europeo (Bison bonasus) en distintos puntos de la península. La palabra reintroducir es importante, porque sugiere el regreso de una especie propia, expulsada injustamente y ahora recuperada gracias a la conciencia ecológica moderna. Suena noble. El inconveniente es que cada vez hay más científicos convencidos de que el bisonte europeo jamás formó parte de la fauna ibérica.

Los animales pintados en Altamira probablemente no eran bisontes europeos modernos, sino bisontes esteparios, una especie distinta (Bison priscus), extinguida hace miles de años junto con el ecosistema en el que vivía: la llamada “estepa del mamut”. Aquella Europa fría y seca del Paleolítico desapareció mucho antes de que existieran ni España ni los ecologistas ni las redes sociales. Pretender restaurarla soltando bisontes en fincas mediterráneas tiene algo de parque temático prehistórico.

El problema de muchos proyectos modernos de renaturalización es que confunden la conservación con la escenografía. Se intenta reconstruir una imagen romántica de la naturaleza más que un ecosistema funcional y científicamente coherente. Y el bisonte, con su tamaño descomunal y su poderosa carga simbólica, resulta perfecto para eso. Es el equivalente ecológico de poner una locomotora de vapor en la plaza del pueblo: atrae visitantes, queda bien en las fotografías y produce una agradable sensación de regreso al pasado. Pero la naturaleza no funciona por sensaciones.

Un grupo de cuarenta investigadores de veinticinco universidades europeas publicó recientemente un trabajo en el que desaconsejan claramente la introducción del bisonte europeo en España. En 2020, el MITECO encargó un informe que negó por unanimidad que este animal pudiera definirse como "especie extinta en España".

Los argumentos son difíciles de ignorar. El animal está adaptado a climas más fríos y húmedos, necesita asistencia humana constante en ambientes mediterráneos y no cumple mejor que las especies autóctonas las funciones ecológicas que se le atribuyen, como reducir matorral o prevenir incendios.

De hecho, esa es una de las partes más curiosas del asunto. España ya posee excelentes herbívoros adaptados a su territorio: ciervos, corzos, caballos semisalvajes, cabras montesas y una larguísima tradición ganadera extensiva. Pensar que un animal procedente de Europa oriental va a resolver mágicamente problemas ecológicos mediterráneos parece más una campaña publicitaria que un plan de conservación.

Además, hay algo intelectualmente inquietante en todo esto. La introducción de especies exóticas suele considerarse un error gravísimo en conservación. Hemos pasado décadas intentando controlar daños provocados por animales y plantas trasladados fuera de su área natural. Sin embargo, cuando la especie es grande, carismática y fotogénica, algunas reglas parecen flexibilizarse misteriosamente.

Ahora bien, oponerse a la reintroducción del bisonte en libertad no significa estar en contra del animal. Ni mucho menos. El bisonte puede tener perfectamente un lugar en España como ganado. Y eso no debería escandalizar a nadie. Al contrario: probablemente sea el enfoque más honesto y sensato.

Estados Unidos ofrece un ejemplo muy interesante. Allí el bisonte americano estuvo al borde de la extinción en el siglo XIX, pero hoy existen cientos de miles de ejemplares gracias, sobre todo, a ranchos privados y explotaciones ganaderas. Su carne se comercializa como un producto premium: más magra que la vacuna, rica en proteínas y asociada a una imagen de sostenibilidad y tradición. El bisonte dejó de ser únicamente un símbolo romántico del Oeste para convertirse también en un negocio rentable.

Y no hay contradicción en ello. La historia demuestra que muchas especies sobreviven mejor cuando poseen un valor económico claro. El ganado vacuno no necesita campañas emocionales para evitar su desaparición porque forma parte de una cadena productiva estable. El bisonte americano, paradójicamente, encontró parte de su salvación convirtiéndose también en recurso ganadero.

Quizá eso mismo podría ocurrir aquí. Criar bisontes en grandes fincas cerradas, como explotación cárnica o ganadería extensiva especializada, es una idea perfectamente defendible. Incluso interesante desde el punto de vista económico y gastronómico. España tiene experiencia en explotaciones extensivas de alta calidad y existe un mercado creciente para carnes diferenciadas. El animal podría integrarse como un bovino singular, del mismo modo que se crían wagyu japoneses o búfalos italianos. 

Lo que resulta difícil de justificar es vender esa actividad como una restauración ecológica de la naturaleza ibérica. Porque entonces ya no estamos hablando de ganadería, sino de mitología. Y las mitologías son peligrosas cuando empiezan a sustituir a la ciencia.

JOHN JACOB ASTOR, EL HOMBRE QUE COMPRÓ MANHATTAN ANTES QUE NADIE

 


Durante buena parte del siglo XIX, el hombre más rico de Estados Unidos no fue un banquero de Wall Street ni un magnate del ferrocarril. Fue un inmigrante alemán que comenzó vendiendo instrumentos musicales y terminó construyendo un imperio de pieles, barcos y solares neoyorquinos. Su nombre era John Jacob Astor, y durante décadas simbolizó mejor que nadie esa mezcla de ambición, intuición y oportunismo que acompañó el nacimiento económico de Estados Unidos.

Astor nació en 1763 en la pequeña localidad alemana de Walldorf, en el Palatinado, una región pobre y fragmentada del Sacro Imperio. Su familia no pertenecía a la aristocracia ni al gran comercio. Su padre era carnicero y vendedor ambulante. Como tantos europeos del siglo XVIII, los Astor miraban hacia América como quien mira hacia una tierra prometida donde todavía era posible reinventarse.

Los primeros miembros de la familia llegaron al continente antes que él. Uno de sus hermanos emigró primero a Londres y otro se instaló en Nueva York. John Jacob siguió el mismo camino. Pasó unos años en Inglaterra trabajando en la fabricación y venta de instrumentos musicales, flautas y pianos sobre todo, y aprendiendo inglés con una disciplina casi obsesiva. Finalmente, en 1784, apenas terminada la Guerra de Independencia estadounidense, embarcó hacia Nueva York.

El país que encontró era todavía poco más que una franja atlántica de ciudades pequeñas y caminos embarrados. Manhattan no era la capital financiera del mundo, sino una isla irregular donde convivían comerciantes, marineros, tabernas y huertos. Astor llegó prácticamente sin dinero y comenzó trabajando en aquello que conocía: la venta de instrumentos musicales junto a su hermano. Pero entendió muy pronto que el verdadero negocio no estaba en las partituras, sino en las pieles.

La moda europea había convertido el sombrero de castor en un símbolo de elegancia masculina, y Norteamérica estaba llena de castores. Astor empezó comprando pieles a cazadores y comerciantes locales para revenderlas en Europa. Era un negocio duro, dependiente de rutas larguísimas, tribus indígenas, guerras y estaciones climáticas, pero extraordinariamente rentable. Además, Astor poseía dos virtudes decisivas: una enorme capacidad logística y una absoluta falta de sentimentalismo comercial.

Mientras otros comerciantes se limitaban a pequeñas operaciones regionales, él imaginó una red continental. Aprovechó el vacío dejado por las compañías británicas tras la independencia y empezó a extender sus contactos por el interior del continente. En pocos años ya comerciaba en los Grandes Lagos, el valle del Misuri y las rutas canadienses. Tras la compra de Luisiana en 1803 comprendió algo fundamental: Estados Unidos acabaría expandiéndose hacia el Pacífico, y quien controlara las rutas comerciales del Oeste controlaría el futuro.

De esa intuición nació la Pacific Fur Company y el proyecto de Astoria, el primer gran puesto comercial estadounidense en la costa del Pacífico. Astor soñaba con construir una cadena comercial transcontinental que conectara Nueva York con China mediante pieles, barcos y puertos oceánicos. El plan era extraordinariamente moderno para su época: una mezcla de geopolítica, comercio global y expansión territorial.

La expedición resultó un desastre épico. Los hombres enviados por Astor —Wilson Price Hunt, Robert Stuart y otros exploradores y tramperos— atravesaron un continente apenas cartografiado entre hambre, naufragios, motines y errores estratégicos. Washington Irving convertiría aquella aventura en el libro Astoria (1836), una de las primeras grandes epopeyas literarias del Oeste americano. Aunque la empresa perdió el control del fuerte durante la Guerra de 1812, Astor ya había aprendido algo más importante que el comercio de pieles: el verdadero dinero no estaba en los castores, sino en la tierra.

A partir de entonces comenzó la segunda transformación de su fortuna. Mientras la mayoría seguía viendo Manhattan como una ciudad limitada al extremo sur de la isla, Astor empezó a comprar terrenos agrícolas mucho más al norte. Adquiría solares, granjas y parcelas enteras que en aquel momento parecían alejadas del centro urbano. Lo hacía con una paciencia infinita: compraba, esperaba y volvía a comprar.

Su intuición fue prodigiosa. Nueva York creció exactamente en la dirección que él había previsto. Los caminos rurales se convirtieron en avenidas; las granjas en barrios residenciales; los descampados en algunas de las calles más caras del planeta. Astor comprendió antes que nadie que el verdadero negocio de una ciudad en expansión no consiste en construir edificios, sino en poseer el suelo sobre el que otros acabarán construyéndolos.

Cuando murió en 1848, era probablemente el hombre más rico de Estados Unidos. Su fortuna equivaldría hoy a varios miles de millones de dólares. Pero más importante aún: había fundado una dinastía.

Durante el resto del siglo XIX, los Astor se convirtieron en una de las grandes familias aristocráticas de Nueva York. Sus mansiones marcaron la edad dorada de la ciudad, la Gilden Age, y su apellido acabó unido a hoteles, bibliotecas y obras filantrópicas. El célebre Waldorf Astoria de Nueva York nació precisamente de dos ramas rivales de la familia.

La saga también conoció tragedias. El descendiente más famoso de Astor fue probablemente John Jacob Astor IV, bisnieto del fundador, inventor, empresario y una de las personas más ricas del mundo a comienzos del siglo XX. Murió en el hundimiento del RMS Titanic en 1912. Su muerte contribuyó a convertir el apellido Astor en parte de la mitología de la alta sociedad estadounidense.

Con el paso del tiempo, la fortuna familiar se fragmentó entre múltiples herederos. Los Astor actuales ya no poseen un imperio comparable al del siglo XIX, aunque algunas ramas conservan importantes patrimonios e inversiones inmobiliarias. Parte de la riqueza histórica terminó dispersándose en fundaciones, herencias, impuestos y divisiones familiares. Hoy el apellido sobrevive sobre todo vinculado a negocios financieros, propiedades, actividades culturales y filantropía, más como símbolo histórico de la vieja aristocracia neoyorquina que como dinastía dominante.

Sin embargo, la verdadera herencia de John Jacob Astor no es únicamente económica. Fue uno de los primeros hombres que entendió el Oeste americano no como una aventura romántica, sino como un sistema logístico y comercial. Antes que muchos políticos y militares, comprendió que Estados Unidos acabaría extendiéndose de océano a océano. Y mientras otros seguían soñando con nutrias, bisontes y castores, él ya estaba comprando Manhattan.