Hay letras que parecen destinadas
a llevar una existencia laboriosa pero gris. La A tiene muchísimo trabajo, pero
poca personalidad. La E aparece por todas partes con la discreción de un
funcionario eficiente. La X, en cambio, apenas trabaja y, cuando lo hace, suele
ser para anunciar que algo raro está ocurriendo.
Una X puede ser una incógnita, un
rayo capaz de atravesar nuestro cuerpo, un cromosoma, un lugar marcado en un
mapa del tesoro, una película poco recomendable para niños o un expediente
relacionado con extraterrestres. Si alguien bautiza algo como Proyecto X,
Laboratorio X o Plan X, nadie espera encontrar detrás una asociación de vecinos
dedicada al cultivo de geranios.
¿Cómo ha conseguido una letra
relativamente rara convertirse en la representante universal de lo desconocido?
La culpa, al menos en parte, es de las matemáticas.
Hoy nos parece perfectamente
natural escribir una ecuación como x + 5 = 12. Hasta un niño comprende que x
representa algo que todavía no conocemos y que debemos averiguar. Pero durante
la mayor parte de la historia de la humanidad las matemáticas no funcionaron
así. Los antiguos egipcios resolvían problemas algebraicos sin utilizar letras
para las cantidades desconocidas. En el papiro Rhind, escrito hacia el siglo
XVI antes de nuestra era, aparece una palabra que podríamos traducir
aproximadamente como «montón» para designar aquello cuyo valor había que
descubrir.
Los babilonios tampoco
necesitaban equis. Utilizaban palabras que significaban longitud, anchura, área
o volumen, incluso cuando las cantidades buscadas no tenían nada que ver con la
geometría. Durante siglos el álgebra fue esencialmente retórica: los problemas
se escribían y resolvían mediante palabras. Una ecuación que hoy despachamos en
una línea podía ocupar entonces un párrafo bastante respetable.
Los matemáticos fueron
introduciendo abreviaturas y símbolos poco a poco. Diofanto de Alejandría, que
vivió probablemente en el siglo III, utilizó una notación abreviada para
representar la cantidad desconocida. Los matemáticos indios hicieron algo parecido
y los sabios del mundo islámico desarrollaron extraordinariamente el álgebra.
De hecho, nuestra propia palabra procede del árabe al-jabr, que aparece
en el título de una obra del gran matemático persa Al-Juarismi. De su nombre
procede también, después de un considerable viaje lingüístico, nuestra palabra
algoritmo.
En torno a la X circula una
historia especialmente bonita. Según ella, los matemáticos árabes llamaban shay,
«cosa», a la cantidad desconocida. Cuando sus obras comenzaron a traducirse,
ciertas dificultades para representar los sonidos árabes habrían acabado
conduciendo hasta la letra griega ji (χ), y finalmente hasta
nuestra x.
Es una explicación irresistible.
También tiene el inconveniente de que probablemente no sea cierta, o al menos
de que no existen pruebas históricas suficientes para contarla con la seguridad
con que suele repetirse. Las buenas historias tienen esa molesta tendencia a
sobrevivir mejor que las pruebas.
Para encontrar a un responsable
más fiable debemos esperar hasta René Descartes. En 1637 publicó su Discurso
del método, acompañado de varios ensayos, entre ellos La Géométrie.
Allí empleó las primeras letras del alfabeto —a, b, c— para las cantidades
conocidas y las últimas —x, y, z— para las variables desconocidas.
Descartes no inventó el álgebra
ni fue el primero en utilizar letras, pero su influencia fue enorme. La
costumbre se extendió y la x acabó instalada en millones de pizarras. Cuatro
siglos después continúa allí, esperando pacientemente que alguien averigüe
cuánto vale. Una vez convertida en símbolo de lo desconocido, la letra estaba
preparada para una segunda carrera.
En 1895, el físico alemán Wilhelm
Conrad Röntgen estaba experimentando con tubos de rayos catódicos cuando
observó una radiación capaz de atravesar materiales opacos y producir imágenes
de los huesos de una mano. No sabía qué era. Como buen físico y, probablemente,
como hombre que no deseaba perder la tarde buscando nombres, la llamó radiación
X. El nombre provisional resultó definitivo.
Röntgen recibió en 1901 el primer
Premio Nobel de Física y los rayos X revolucionaron la medicina. Pero hicieron
algo más por nuestra protagonista: reforzaron definitivamente la asociación
entre la equis y aquello cuya naturaleza ignoramos. Una X ya no era solamente
una cantidad desconocida. También podía ser una cosa desconocida.
Desde entonces la letra ha
prosperado en ese territorio. Los genetistas hablan del cromosoma X, aunque en
este caso su nombre no nació, como suele creerse, porque tuviera forma de
equis. El cromosoma fue denominado X por Hermann Henking a finales del siglo
XIX porque se comportaba como un elemento peculiar cuya función todavía no
estaba clara. De nuevo aparecía nuestra letra favorita cada vez que alguien
encontraba algo que no sabía muy bien qué demonios era.
También marcamos con una X
aquello cuya localización queremos señalar. «X marca el lugar» se convirtió en
una expresión inseparable de mapas, piratas y tesoros enterrados, aunque
probablemente los piratas históricos pasaran bastante menos tiempo dibujando
mapas con cruces de lo que Hollywood nos ha hecho creer. La imagen es tan
poderosa que basta dibujar una X sobre un mapa para que inmediatamente parezca
que debajo debe haber algo.
La letra adquirió además cierta
reputación de peligrosa. Durante décadas, una clasificación X indicaba que una
película contenía material destinado exclusivamente a adultos. El uso terminó
asociando la letra con lo sexualmente explícito, hasta el punto de que XXX se
convirtió en una especie de superlativo internacional de lo prohibido. Resulta
difícil imaginar que tres aes consecutivas hubieran tenido el mismo éxito.
Después llegaron la cultura
popular y la publicidad. Malcolm Little se convirtió en Malcolm X para
representar mediante aquella letra el apellido africano que la esclavitud había
borrado de su historia familiar. La Generación X recibió un nombre deliberadamente
indefinido para una generación que parecía difícil de caracterizar. The
X-Files convirtió la letra en sinónimo de expedientes secretos,
conspiraciones gubernamentales y extraterrestres con una preocupante afición
por visitar Estados Unidos.
Incluso la Navidad tiene su X. La
abreviatura inglesa Xmas no nació de ninguna conspiración moderna para
expulsar a Cristo de Christmas, como se afirma de vez en cuando. La X procede
de la letra griega χ, inicial de Christós, Cristo, y su utilización como
abreviatura tiene siglos de antigüedad.
Pocas letras han conseguido
semejante currículum. Quizá parte de su éxito se deba incluso a su aspecto. La
X es geométricamente rotunda. Son dos líneas que se cruzan, una señal que puede
significar «aquí», «no pasar», «incorrecto», «eliminar» o «buscar esto». Se
reconoce desde lejos y se dibuja con dos movimientos. Hasta quien no sabe
escribir puede hacer una cruz.
Pero seguramente pesa todavía más
la herencia de cuatro siglos de matemáticas. Generaciones enteras aprendieron
desde niños que x era aquello que desconocíamos y debíamos encontrar. Esa
asociación terminó escapando de las ecuaciones y contaminó nuestra imaginación.
Por eso tenemos rayos X, expedientes X, proyectos X, planetas X y sustancias X.
Cuando ignoramos qué es algo, dónde está, de dónde procede o incluso cómo
llamarlo, siempre podemos recurrir a ella.
La pobre A trabaja muchísimo más.
Pero nunca le encomiendan secretos. La X, en cambio, lleva cuatrocientos años
viviendo de lo que no sabemos.