Oriente Medio se explica muchas
veces desde la tierra —Gaza, Damasco, Beirut—, pero se decide en el mar. Hay
dos puntos en el mapa donde la geografía se convierte en política pura: los estrechos de Ormuz y de Bab al Mandeb. Dos gargantas de agua, dos
cuellos de botella, dos lugares donde la economía mundial pasa en fila india. Entre
ambos se dibuja una pinza. Y en el centro de esa pinza aparece Irán.
El estrecho de Ormuz, apenas 34
kilómetros en su punto más angosto, separa Irán de Omán. Es la salida obligada
del golfo Pérsico. Por allí transitan cada día en torno a veinte millones de
barriles de petróleo, aproximadamente una quinta parte del consumo mundial. Es
decir, uno de cada cinco barriles que mueve la economía global pasa por ese
corredor vigilado.
También circula por Ormuz cerca
de un tercio del comercio marítimo mundial de gas natural licuado (GNL). Qatar
—uno de los mayores exportadores del planeta— no tiene otra salida. Emiratos
Árabes Unidos, Kuwait, Irak y Arabia Saudí dependen en gran medida de esa misma
puerta.
En la ribera norte está Irán. Con
2 400 kilómetros de litoral en el golfo Pérsico y el mar de Omán, Teherán no
necesita cerrar Ormuz para influir. Le basta con insinuarlo. Con ejercicios
navales. Con la detención puntual de petroleros. Con el recordatorio constante
de que la arteria es estrecha y vulnerable.
Durante la guerra Irán-Irak en los años ochenta, la llamada “guerra de los petroleros” convirtió el estrecho en campo de batalla flotante. Hoy el pulso es más sofisticado: sanciones, incautaciones, escoltas navales occidentales. Pero la lógica es la misma: Ormuz es una válvula. Y quien controla la válvula condiciona el precio del barril en Nueva York o Róterdam.
Bab al Mandeb es la puerta del
mar Rojo. Al otro lado de la península arábiga, entre Yemen y Yibuti, se abre
Bab al Mandeb, “la puerta de las lágrimas”. Apenas veintinueve kilómetros de
ancho en su paso principal. Es la entrada sur del mar Rojo y, por tanto, la
antesala del canal de Suez.
Por allí transitan entre seis y
siete millones de barriles de petróleo diarios, además de productos refinados.
Pero su importancia va más allá de la energía: en ese corredor se concentra
cerca del 12% del comercio mundial y aproximadamente el 30% del tráfico global
de contenedores. Es la autopista marítima que conecta las fábricas de Asia
oriental con los mercados europeos. Cuando esa puerta se altera, el efecto es
inmediato. Las rutas se desvían bordeando el cabo de Buena Esperanza, añadiendo
miles de millas náuticas, semanas de navegación y sobrecostes millonarios en
seguros y combustible.
En la orilla asiática está Yemen.
Y en buena parte del norte y el oeste yemení gobiernan las milicias hutíes,alineadas estratégicamente con Irán. Desde allí han lanzado ataques contra
buques mercantes en el mar Rojo en respuesta a la guerra de Gaza, demostrando
que un actor no estatal puede tensionar una de las principales arterias del
comercio global.
Los bombardeos contra posiciones
hutíes han sido periódicos. No han eliminado su capacidad. Siguen ahí. Y cada
vez que la región se incendia, reactivan el frente meridional.
Entre Ormuz y Bab al Mandeb se
dibuja una continuidad geopolítica. Irán vigila el primero desde su propio
territorio. El segundo lo influye indirectamente a través de sus aliados
yemeníes. Es una pinza asimétrica, no una ocupación formal. Pero suficiente
para introducir incertidumbre en los mercados energéticos. A esto se suma la
presencia militar internacional. En Yibuti conviven bases de Estados Unidos,
Francia y China. En el golfo Pérsico operan flotillas occidentales permanentes.
La militarización de ambos estrechos es proporcional a su importancia.
La relevancia de estos pasos no
se limita al crudo. Por Ormuz circulan también petroquímicos, productos
refinados y una parte sustancial del GNL mundial. Por Bab al Mandeb transitan
graneles, manufacturas, alimentos, automóviles y componentes industriales. Son
eslabones de la gran cadena logística que une Shanghái con Hamburgo y Nueva
York.
Cuando un misil cae cerca de esa
ruta, no sólo se altera un conflicto regional. Se tensiona el precio del gas en
Europa, se encarece el transporte marítimo y se reconfiguran calendarios de
suministro en tres continentes.
Ormuz y Bab al Mandeb no son
simples accidentes geográficos. Son instrumentos. Son la geografía convertida
en política. Su estrechez los convierte en multiplicadores de poder. No hace
falta cerrarlos de forma permanente; basta con demostrar que podrían cerrarse. En
un mundo interdependiente, los cuellos de botella valen más que los desiertos
que los rodean.
Y en esa cartografía de
estrechos, Irán ha comprendido algo esencial: el control indirecto, la
capacidad de amenaza creíble y la inserción de aliados locales bastan para
situarse en el centro de la conversación estratégica global.
Mientras el petróleo y el gas
sigan fluyendo por esas aguas —y mientras el 12% del comercio mundial dependa
del paso por el mar Rojo—, Ormuz y Bab al Mandeb seguirán siendo algo más que
líneas azules en el mapa. Serán la medida exacta de hasta qué punto la economía
mundial cabe en apenas treinta kilómetros de agua.


