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miércoles, 27 de mayo de 2026

LUMBALGIA: LA LENTA VENGANZA DE LA GRAVEDAD

 

Hay una edad misteriosa en la vida de todo ser humano en la que uno descubre que levantarse del sofá produce exactamente el mismo sonido que abrir una vieja puerta de castillo. No ocurre de golpe. Un día simplemente te incorporas para ir a por un vaso de agua y tu columna vertebral emite una serie de crujidos que recuerdan vagamente al deshielo de Groenlandia.

Dicen que, pasados los sesenta, si al levantarte por la mañana no te duele algo es que estás muerto. Y sospecho que hay bastante verdad en ello. En mi caso, el protagonista habitual de las protestas anatómicas es la espalda lumbar, esa ingeniosa estructura evolutiva que permite a los humanos caminar erguidos mientras simultáneamente les recuerda que quizá no fue tan buena idea.

Mi educación sobre el asunto llegó gracias a los astronautas. Esto puede parecer extraño, porque solemos imaginar que los astronautas son individuos gloriosamente atléticos que flotan por estaciones espaciales mientras comen tortillas deshidratadas y contemplan amaneceres orbitales dieciséis veces al día. Pero resulta que muchos regresan a la Tierra con dolor de espalda. Y no un dolor romántico y filosófico, sino un dolor lumbar bastante serio.

La explicación tiene que ver con uno de los conceptos científicos más malinterpretados del mundo moderno: la microgravedad. La palabra da la impresión de que en la Estación Espacial Internacional (EEI) apenas existe gravedad. Como si los astronautas hubieran escapado parcialmente de Newton y flotaran felizmente en una especie de limbo físico. Pero no. La gravedad allí sigue siendo aproximadamente el noventa por ciento de la terrestre. Si uno dejara caer un martillo en la EEI, el martillo seguiría cayendo exactamente igual que aquí abajo. El problema es que la estación, los astronautas y el martillo están cayendo juntos.

La EEI viaja alrededor de la Tierra a unos 28 000 kilómetros por hora. Está en caída libre permanente, pero avanza lateralmente tan rápido que nunca llega a tocar el suelo. Newton imaginó algo parecido con un cañón situado en una montaña: si disparas una bala suficientemente deprisa, la Tierra se curva bajo ella al mismo ritmo que cae. Resultado: orbita.

Así que los astronautas no están libres de gravedad. Están, técnicamente, cayéndose de manera extremadamente sofisticada. Y el cuerpo humano detesta eso, porque aquí abajo vivimos aplastados constantemente por la gravedad. Nuestros músculos posturales trabajan sin descanso simplemente para mantenernos erguidos. Los huesos soportan tensión. El corazón bombea cuesta arriba. Incluso permanecer sentado implica una cantidad sorprendente de actividad muscular invisible.

En órbita, sin embargo, el cuerpo interpreta que todas esas estructuras ya no hacen falta. Y el organismo humano, que es maravillosamente eficiente, pero a veces intelectualmente cuestionable, decide empezar a desmontarlas. Los músculos se atrofian. Los huesos pierden densidad. La columna vertebral se expande ligeramente porque los discos dejan de comprimirse. Muchos astronautas crecen varios centímetros en el espacio, lo que suena estupendo hasta que descubres que suele venir acompañado de un dolor lumbar bastante desagradable.

Fue investigando esto en un estudio científico realizado con astronautas cuando descubrí dos músculos de cuya existencia jamás había oído hablar: los multífidos y el transverso abdominal. Los primeros son pequeños músculos que recubren la columna vertebral y estabilizan las vértebras. El segundo funciona como una especie de corsé natural. En otras palabras, son exactamente los músculos que uno ignoraría por completo hasta que dejan de funcionar correctamente.

El estudio realizado con astronautas que habían pasado seis meses en la EEI mostró que el músculo multífido se reducía un diez por ciento y el transverso abdominal un asombroso treinta y cuatro por ciento. Eso significa que el espacio exterior puede convertir lentamente el abdomen humano en algo estructuralmente comparable a una bolsa de supermercado olvidada bajo el fregadero.

Naturalmente, la NASA no puede permitirse tener astronautas incapaces de agacharse para recoger una llave inglesa orbital. De modo que los científicos empezaron a investigar qué tipo de ejercicio podía evitar este deterioro. Y aquí aparece una de las grandes ironías del fitness moderno.

Resulta que levantar pesas espectaculares y desarrollar bíceps capaces de aplastar nueces no necesariamente fortalece los músculos estabilizadores profundos de la columna. Estos responden mejor a lo que los investigadores llaman “ejercicio continuo de baja intensidad”. En otras palabras: movimientos pequeños, frecuentes y constantes.

Esto explica por qué los fisioterapeutas disfrutan proponiendo ejercicios con nombres que parecen insultos surrealistas. El “perro pájaro”, el “bicho muerto”, la “plancha lateral”… Todo ello suena más a una guardería entomológica que a medicina deportiva. Pero aparentemente funciona. Y no solo para astronautas.

Lo interesante es que estudios similares en la Tierra muestran efectos parecidos en personas sedentarias que padecen lumbalgia. Porque el cuerpo humano moderno pasa una cantidad absurda de tiempo sentado. Hemos construido una civilización extraordinariamente sofisticada cuyo objetivo final parece ser evitar levantarse de la silla.

Conducimos sentados hacia oficinas donde trabajamos sentados para regresar luego a casa y descansar sentados viendo series sobre personas que probablemente también están sentadas. La famosa frase “sentarse es el nuevo fumar” quizá sea exagerada, pero contiene una verdad inquietante. El sedentarismo prolongado aumenta el riesgo cardiovascular y metabólico incluso en personas que hacen ejercicio regularmente. Es decir, una hora gloriosa en el gimnasio no compensa necesariamente diez horas inmóvil delante del ordenador.

La razón es fascinante. Los movimientos ligeros y continuos —levantarse, caminar un poco, subir escaleras, cocinar, limpiar o perseguir al perro porque ha robado un calcetín— producen efectos metabólicos importantes. Reducen los picos de glucosa, mejoran la circulación y activan enzimas como la AMPK, una especie de supervisor energético celular que detecta cuándo una célula necesita ponerse seria y empezar a quemar combustible.

Todo esto forma parte de algo conocido como NEAT, siglas de Non-Exercise Activity Thermogenesis, o termogénesis de la actividad no relacionada con el ejercicio. Que es una forma extraordinariamente sofisticada de decir que moverse un poco durante el día importa muchísimo.

Un famoso estudio de la Clínica Mayo sobrealimentó a voluntarios con mil calorías extra diarias. Algunos engordaron bastante. Otros apenas. La diferencia no estaba en el gimnasio, sino en el movimiento cotidiano inconsciente. Quienes permanecían más tiempo de pie, caminaban más y se movían continuamente podían quemar hasta setecientas calorías adicionales sin darse cuenta.

Es decir, las calorías que quemamos accidentalmente podrían ser más importantes que las que quemamos heroicamente en el gimnasio o corriendo desesperadamente por esas calles de dios. Y ahora la cosa se ha vuelto todavía más inquietante. Investigaciones recientes sugieren que estos movimientos continuos de baja intensidad pueden influir incluso sobre el proteoma humano, el vasto conjunto de proteínas que circulan por nuestro organismo. El envejecimiento se asocia con ciertos patrones proteómicos inflamatorios, y algunos científicos ya utilizan “relojes proteómicos” para estimar la edad biológica real de una persona.

En otras palabras: quizá algún día una analítica pueda revelar no la edad que figura en tu DNI, sino la edad auténtica de tus proteínas. Lo cual resulta ligeramente aterrador. Porque sospecho que las de más de uno tienen el aspecto general de un sofá abandonado en una estación de autobuses.

De modo que ahora he adoptado una estrategia bastante sencilla. Cada media hora me levanto, camino un poco y realizo algunas flexiones de rodilla. A veces incluso practico un par de “bichos muertos”, aunque sigo pensando que ningún ejercicio serio debería sonar como una amenaza de fumigación. 

Y mientras tanto encuentro cierto consuelo en saber que, en algún lugar sobre nuestras cabezas, un astronauta está haciendo exactamente lo mismo para evitar que sus músculos multífidos se evaporen silenciosamente en mitad de una órbita alrededor de la Tierra.

UBRE BLANCA, LA VACA DE FIDEL

 

Fidel Castro y la vaca Ubre Blanca, en una imagen que circuló en la prensa cubana a principios de los ochenta.

En Cuba hubo una vaca que tuvo más escoltas que muchos ministros y más cobertura periodística que algunos golpes de Estado. Se llamaba “Ubre Blanca” y durante unos años fue la vaca más famosa del planeta. En la isla se hablaba de ella con una mezcla de orgullo nacional y devoción campesina, como si no fuese un animal sino una aparición mariana con manchas negras. Fidel Castro la exhibía ante visitantes extranjeros con la misma satisfacción con la que otros enseñan una central nuclear o un cohete intercontinental. A falta de grandes milagros económicos, la revolución cubana encontró en una vaca un motivo de prestigio internacional.

Todo empezó con una obsesión. Fidel tenía una relación sentimental con la leche. La leche era para él algo más que un alimento: era una cuestión ideológica. En los discursos interminables que pronunciaba bajo el sol de La Habana podía pasar sin transición de la amenaza imperialista a las proteínas infantiles, de la zafra azucarera a la mantequilla. Soñaba con convertir Cuba en una potencia lechera tropical. El problema era que las vacas europeas rendían mal bajo el calor húmedo del Caribe y las cebúes tropicales eran resistentes, pero poco generosas con el ordeño. Así que decidió fabricar una vaca nueva, una criatura mestiza que uniera la productividad del norte y la resistencia del sur. Una especie de socialismo bovino.

De aquel experimento genético nació Ubre Blanca. La vaca era un cruce de Holstein y cebú. Vista desde lejos no parecía destinada a entrar en la historia. Tenía el aire distraído y filosófico de todas las vacas, esos animales que mastican lentamente como si rumiaran el sentido de la existencia. Pero dentro de aquel cuerpo tranquilo funcionaba una fábrica láctea descomunal. En 1982 produjo más de cien litros de leche en un solo día. El récord mundial. Una cifra tan absurda que parecía inventada por el departamento de propaganda del régimen. Fidel estaba exultante. Cuba podía no fabricar automóviles, ni ordenadores, ni televisores competitivos, pero poseía la vaca más productiva de la Tierra.

El periódico Granma empezó a informar sobre las hazañas de Ubre Blanca con el tono épico reservado a los cosmonautas soviéticos. Cada récord era presentado como una victoria del socialismo tropical frente al capitalismo decadente. La vaca ocupaba titulares, fotografías y estadísticas. Había algo profundamente cómico y al mismo tiempo profundamente humano en aquel entusiasmo. Mientras la economía cubana se sostenía gracias al petróleo y las subvenciones de Moscú, el líder de la revolución encontraba esperanza en una ubre gigantesca.

Fidel visitaba personalmente las instalaciones donde vivía el animal. No eran exactamente unas instalaciones ganaderas sino una suite presidencial para rumiantes. Aire acondicionado, veterinarios permanentes, alimentación medida al milímetro, vigilancia constante. La vaca vivía mejor que muchos cubanos. Algunos campesinos decían en voz baja que, si uno quería prosperar en la isla, lo mejor habría sido reencarnarse en Ubre Blanca.

Los visitantes extranjeros quedaban desconcertados. Esperaban conocer una revolución marxista y acababan escuchando una conferencia sobre inseminación artificial bovina. Fidel hablaba de leche con verdadera pasión científica. Tenía esa capacidad tan suya de convertir cualquier asunto en una cruzada histórica. Lo mismo podía disertar seis horas sobre geopolítica africana que sobre la dieta de una novilla. En ambos casos el resultado era hipnótico y agotador.

En realidad, Ubre Blanca era perfecta como metáfora de Cuba. Un fenómeno excepcional, admirado desde fuera, sostenido artificialmente y condenado a no reproducirse jamás. Porque ahí residía el problema: la vaca era irrepetible. Sus descendientes no heredaron el milagro. El sueño de llenar la isla de supervacas tropicales terminó evaporándose como tantas otras utopías revolucionarias. Cuba siguió teniendo problemas de abastecimiento y la leche continuó siendo un producto escaso para la mayoría de la población. Pero durante unos años la ilusión funcionó.

En la historia de los regímenes políticos siempre aparecen símbolos extravagantes. La Unión Soviética tuvo perros astronautas. Corea del Norte inventó campos de golf imposibles para su líder supremo. La Rumanía de Ceaușescu construyó avenidas gigantescas mientras faltaba pan. Cuba tuvo una vaca. Tal vez porque las revoluciones envejecen igual que las personas: empiezan hablando de cambiar el mundo y terminan aferrándose a pequeñas supersticiones domésticas.

Escultura de Ubre Blanca en el poblado de La Victoria, donde estuvo la vaquería en la que estuvo la vaca con la que se obsesionó a Fidel Castro.

La muerte de Ubre Blanca en 1985 fue tratada como un duelo nacional. Granma publicó una necrológica solemne. Hubo homenajes, esculturas y elegías. En Nueva Gerona levantaron una estatua de mármol en su honor. El cadáver fue conservado casi como una reliquia de Estado. Resulta difícil imaginar algo semejante en cualquier otra parte del mundo, pero Cuba siempre tuvo un talento especial para convertir lo absurdo en ceremonia oficial.

Quizá porque la isla vivía suspendida en una mezcla de épica y escasez, de romanticismo revolucionario y deterioro cotidiano. En ese contexto, una vaca prodigiosa podía convertirse fácilmente en símbolo nacional. Los cubanos aprendieron desde temprano que la realidad no se dividía entre verdad y mentira, sino entre lo soportable y lo necesario. Y Ubre Blanca era necesaria. Permitía creer durante unos minutos que el futuro todavía estaba intacto.

Con el tiempo, la historia fue adquiriendo un tono melancólico. La Unión Soviética desapareció. Cuba entró en el Período Especial. Se apagaron las luces, faltó gasolina y los autobuses fueron sustituidos por bicicletas chinas. Mientras tanto, la estatua de la vaca seguía allí, blanca bajo el sol tropical, como el monumento involuntario a una época en la que la fe política todavía podía depositarse en un establo.

Hoy Ubre Blanca pertenece más a la literatura que a la ganadería. Parece un personaje inventado por García Márquez después de una noche de ron con veterinarios soviéticos. Y sin embargo existió. Produjo aquellos litros imposibles. Tuvo guardianes, periodistas y admiradores. Fue el orgullo de una revolución.

Tal vez por eso la historia sigue fascinando. Porque revela algo profundamente humano: la necesidad de creer en milagros concretos cuando las grandes promesas empiezan a resquebrajarse. Una vaca puede ser muchas cosas —alimento, riqueza, paisaje— pero en Cuba llegó a ser también esperanza política.

Y quizá no haya imagen más exacta del siglo XX latinoamericano que esa: un comandante barbudo, bajo el calor del Caribe, contemplando extasiado una vaca gigantesca mientras alrededor se desmorona lentamente la realidad.

LLEGA ORFORGLIPRON: EL MEDICAMENTO QUE ENGAÑA AL HAMBRE

 

Hubo un tiempo en que los medicamentos tenían nombres tranquilizadores y civilizados. La aspirina sonaba a algo que uno podía tomar sin miedo. El bicarbonato parecía pertenecer a una cocina de pueblo. Incluso la penicilina tenía cierta dignidad monástica. Pero entonces llegaron los laboratorios modernos y decidieron que los nuevos fármacos debían sonar como planetas hostiles de Star Trek. Así aparecieron palabras como pembrolizumab, tirzepatida y, finalmente, orforglipron, que parece más bien el ruido que hace una impresora al tragarse un folio.

Y, sin embargo, detrás de este trabalenguas farmacéutico se esconde una de las historias más fascinantes de la medicina reciente.

Porque el orforglipron no es simplemente otra píldora para adelgazar. Es el resultado de décadas de investigación bioquímica, millones de euros, robots que prueban moléculas como camareros nerviosos sirviendo canapés y una inteligencia artificial que revisó ochenta y cinco millones de reacciones químicas para encontrar la manera de fabricar algo que pudiera venderse sin arruinar a medio planeta.

Todo empezó, como suelen empezar las revoluciones médicas, por accidente. Los médicos descubrieron hace algunos años que un medicamento diseñado para tratar la diabetes tenía un efecto secundario extraordinario: la gente adelgazaba. Y no adelgazaba un poco, como ocurre con esas dietas que prometen perder tres kilos a cambio de vivir exclusivamente de alcachofas hervidas y sufrimiento moral. Adelgazaba mucho.

El responsable era un compuesto llamado semaglutida, principio activo de Ozempic y Wegovy. La semaglutida pertenece a la familia de los llamados agonistas del GLP-1, una expresión que parece el nombre de una logia masónica o de un servicio secreto británico, pero que en realidad describe algo bastante ingenioso.

El GLP-1 es una hormona producida en el intestino. Su trabajo consiste en circular por la sangre buscando unos receptores específicos situados sobre todo en el páncreas y en el cerebro. Un receptor, simplificando mucho, funciona como una cerradura biológica. Solo ciertas moléculas tienen la forma adecuada para encajar en ella, como una llave.

Cuando el GLP-1 encuentra su cerradura, ocurren varias cosas útiles. El páncreas libera insulina, disminuye la producción de glucagón y el organismo controla mejor la glucosa en sangre. Todo estupendo para los diabéticos. Pero además sucede algo inesperado: el cerebro recibe señales de saciedad. El estómago se vacía más despacio. La persona siente menos hambre. Y de pronto millones de individuos descubren que pueden pasar delante de una pastelería sin experimentar un colapso espiritual.

Naturalmente, aquello desencadenó una fiebre farmacéutica comparable a una carrera del oro, solo que en lugar de buscadores con barba y mulas había bioquímicos con batas y accionistas temblando de emoción. El problema era que la semaglutida tenía un inconveniente importante: debía inyectarse.

La razón es bastante humillante para nuestra especie. El aparato digestivo humano destruye con entusiasmo los péptidos, que son cadenas de aminoácidos. La semaglutida es precisamente un péptido. Si uno la tragara alegremente con el desayuno, el estómago la reduciría a escombros moleculares antes de que llegara a la sangre. Por eso Ozempic y Wegovy necesitan agujas.

Los noruegos de la empresa Novo Nordisk consiguieron desarrollar una versión oral, pero el procedimiento tiene algo de ritual religioso medieval. La pastilla debe tomarse nada más despertarse, con muy poca agua, en ayunas y sin ingerir nada más durante media hora. Parece menos un tratamiento médico que un hechizo druídico cuidadosamente reglamentado.

Aquí es donde entra el orforglipron. La idea era encontrar una molécula pequeña, resistente a la digestión y capaz de activar el mismo receptor GLP-1 sin necesidad de inyecciones ni ceremonias matinales. En teoría suena razonable. En la práctica era algo parecido a intentar fabricar una llave diminuta para una cerradura que nadie había visto nunca.

Primero hubo que descubrir la estructura exacta del receptor GLP-1. Resultó ser una proteína monstruosa formada por 463 aminoácidos, serpenteando a través de la membrana celular como un cable telefónico abandonado. Para visualizarla, los científicos utilizaron criomicroscopía electrónica, una técnica tan sofisticada que hace que aterrizar en la Luna parezca bricolaje doméstico.

La investigación reveló un pequeño “bolsillo” en el receptor: el lugar exacto donde encaja el GLP-1. Y entonces comenzó una búsqueda extraordinaria. Los científicos modificaron células humanas para que fabricaran el receptor. Después utilizaron robots para probar miles de compuestos químicos distintos sobre esas células. Imagine un ejército de repartidores microscópicos llevando moléculas de un lado a otro mientras unos ordenadores observan si ocurre algo interesante. La mayoría de las veces no ocurría nada. Algunas moléculas eran inútiles. Otras tóxicas. Otras simplemente absurdas. Pero unas pocas producían un pequeño efecto.

Esas candidatas fueron modificándose químicamente una y otra vez hasta obtener finalmente una molécula capaz de actuar como agonista no peptídico del GLP-1. Y entonces alguien decidió que aquel descubrimiento revolucionario debía llamarse “orforglipron”, quizá porque “Kevin” ya estaba cogido. Pero aún quedaba otro problema gigantesco.

Descubrir una molécula en el laboratorio no significa que pueda fabricarse en masa. Muchas sustancias maravillosas solo pueden producirse mediante procesos tan complejos y caros que uno sospecha que sería más barato enviar a un químico a recolectarlas personalmente en la cima del Himalaya.

Aquí apareció ChemAIRS, un sistema de inteligencia artificial diseñado para optimizar la retrosíntesis química. La retrosíntesis consiste en trabajar hacia atrás desde la molécula final para averiguar cómo construirla paso a paso. ChemAIRS analizó ochenta y cinco millones de reacciones químicas conocidas y calculó cuáles podían producir orforglipron de forma eficiente y rentable.

Es difícil exagerar lo extraordinario que resulta esto. Durante buena parte de la historia humana, fabricar medicamentos dependía de prueba y error, intuición y cantidades industriales de café. Ahora una inteligencia artificial puede revisar en horas más química de la que un investigador podría leer en varias vidas.

Finalmente llegaron los ensayos clínicos. Durante setenta y dos semanas, los participantes perdieron alrededor del doce por ciento de su peso corporal sin efectos secundarios graves relevantes. No es un milagro bíblico, pero sí una cifra considerable, sobre todo tratándose de una simple pastilla. Tras ese ensayo clínico, la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE. UU. (FDA) aprobó el orforglipron, que se comercializará como Foundayo, que promete ser un gran éxito comercial.

El orforglipron quizá no sea tan potente como algunos agonistas inyectables del GLP-1, pero posee dos ventajas enormes: es más cómodo y barato de fabricar. Y eso, en medicina, puede importar tanto como la eficacia pura. Porque un tratamiento magnífico sirve de poco si millones de personas no quieren pincharse o no pueden pagarlo.

De modo que este extraño nombre, que parece inventado por un comité de marcianos con resaca, representa algo bastante notable: un medicamento nacido de la biología molecular, la robótica, la inteligencia artificial y una enorme cantidad de paciencia humana.

Y probablemente también representa el futuro. Porque uno sospecha que dentro de unas décadas miraremos atrás y descubriremos que el verdadero milagro no fue Ozempic ni Wegovy, sino el momento en que aprendimos a convencer al cerebro de que ya estaba lleno… incluso delante de una bandeja de croquetas.

martes, 26 de mayo de 2026

UN PELIGROSO DIÁLOGO DE BESUGOS

 

En los últimos años hemos asistido a una extraña transformación cultural: hemos conseguido que personas capaces de rematar un balón de cabeza a ciento veinte kilómetros por hora o de entrevistar a un premio Nobel de Literatura sin pestañear terminen opinando con aplomo sobre bioquímica molecular. Es uno de los grandes misterios contemporáneos, comparable a las líneas de Nazca o a la persistencia de las sandalias con calcetines.

La última víctima de esta epidemia epistemológica ha sido la crema solar. Marcos Llorente, futbolista con opiniones terraplanistas cuya musculatura parece diseñada por ingenieros aeronáuticos alemanes, y Pablo Motos, que lleva años conduciendo un programa de televisión donde las hormigas de peluche poseen aparentemente más cautela científica que algunos invitados humanos, decidieron recientemente sembrar dudas sobre el uso de protectores solares. La tesis, en resumidas cuentas, sería algo así: el sol no es tan malo, las cremas solares quizá sí, y nuestros antepasados no necesitaban untarse factor 50 para perseguir mamuts.

Este argumento tiene un problema fundamental: la esperanza de vida de aquellos antepasados rara vez les permitía llegar a una edad suficiente para desarrollar un melanoma diagnosticable por un dermatólogo colegiado. Muchos morían antes por infecciones dentales, osos o golpes particularmente desafortunados con piedras.

La cuestión importante es que el Sol, aunque resulte agradable, poético y estupendo para las fotografías de Instagram, es también un pequeño reactor termonuclear situado a ciento cincuenta millones de kilómetros que lleva aproximadamente 4 600 millones de años disparando radiación en todas direcciones. Parte de esa radiación es inocua; otra parte no tanto.

La peligrosa para nosotros se llama radiación ultravioleta. Y aquí es donde la biología molecular entra en escena con la severidad de un inspector de Hacienda. El ADN, esa elegante doble hélice descrita por James Watson y Francis Crick, funciona razonablemente bien siempre que sus componentes permanezcan ordenados. El problema es que la radiación ultravioleta (UV), especialmente la UVB (la fracción más dañina de la UV), posee la desagradable costumbre de alterar químicamente ciertas bases del ADN, sobre todo las pirimidinas: timina y citosina.

En circunstancias normales, dos timinas (T) vecinas deberían permanecer discretamente separadas, como ingleses en un ascensor. Pero la radiación UV puede provocar que se unan formando dímeros de timina, una especie de soldadura molecular completamente inapropiada. Un químico lo expresaría así:

La célula, al encontrarse con es alteración molecular, comprende que algo va mal. Es como descubrir que dos páginas de una enciclopedia se han pegado con mermelada.

Afortunadamente poseemos sistemas de reparación extraordinariamente sofisticados. Las nucleasas, unas enzimas especializadas, recorren el ADN inspeccionando daños, cortan la zona defectuosa y la reemplazan usando la hebra intacta como plantilla. Es una operación de mantenimiento molecular tan asombrosa que uno casi siente deseos de enviar una carta de agradecimiento a sus nucleasas.

El problema es que el sistema no es perfecto. A veces el daño escapa a la reparación. A veces la célula copia el ADN antes de arreglarlo. Y a veces una mutación aparentemente insignificante afecta justo a un gen encargado de controlar la división celular. Entonces comienza una lotería biológica extraordinariamente desagradable que puede tardar décadas en manifestarse.

Eso es lo inquietante del melanoma: no aparece normalmente porque alguien olvidó ponerse crema una tarde concreta en Benidorm. Surge tras años de daño acumulativo, mutaciones sucesivas y errores celulares progresivos. El cáncer es, en esencia, estadística molecular. Y aquí conviene aclarar algo importante. Los defensores del “sol natural” suelen decir una cosa técnicamente cierta pero profundamente engañosa: necesitamos sol.

Claro que lo necesitamos. También necesitamos sodio, pero nadie recomienda beber agua de mar. La radiación solar permite sintetizar vitamina D, regula ritmos circadianos y tiene efectos psicológicos beneficiosos. El problema aparece cuando se transforma una necesidad biológica razonable en una especie de culto místico al astro rey.

El cuerpo humano posee mecanismos protectores naturales, sí. La melanina es uno de ellos. Broncearse es, literalmente, una reacción defensiva frente al daño. La piel no se oscurece porque esté celebrando el verano; se oscurece porque percibe agresión molecular. Es como si alguien alabara el color rojizo de una quemadura diciendo: “Mira qué maravillosamente adaptado está el tejido inflamado”.

Las cremas solares actúan como una solución bastante ingeniosa. Sus moléculas absorben o dispersan la radiación ultravioleta antes de que alcance el ADN. Algunas convierten la energía UV en calor inocuo; otras la reflejan parcialmente mediante partículas minerales como óxido de zinc o dióxido de titanio.

No son mágicas. No bloquean el 100% de la radiación. No convierten a nadie en un vampiro inmune al cáncer. Pero reducen significativamente el daño acumulativo. Y eso, epidemiológicamente, importa muchísimo.

Lo fascinante es que hemos llegado a un momento histórico en el que millones de personas desconfían más de un fotoprotector aprobado por agencias regulatorias que de una estrella de plasma capaz de vaporizar instantáneamente toda la vida terrestre si decidiera aumentar ligeramente su emisión energética.

Hay algo casi romántico en esta preferencia moderna por lo “natural”. La cicuta era natural. El arsénico también. Un tiburón es extraordinariamente natural y, sin embargo, uno preferiría no abrazarlo. El problema de internet es que ha democratizado el acceso a la información y simultáneamente ha democratizado la producción de disparates. Hoy cualquiera puede leer dos artículos sobre estrés oxidativo y sentirse preparado para corregir a generaciones enteras de dermatólogos.

Y sin embargo la ciencia del daño solar no es precisamente nueva. Sabemos desde hace décadas que la radiación UV produce mutaciones específicas en el ADN. De hecho, los genetistas reconocen la “firma” del daño ultravioleta igual que un criminólogo reconoce una huella dactilar.

La piel conserva memoria. Cada quemadura infantil queda archivada silenciosamente en millones de células. Décadas después, una de ellas puede decidir independizarse de las normas colectivas y convertirse en un tumor.

Nada de esto significa que debamos vivir escondidos en sótanos aplicándonos crema solar cada veinte minutos mientras contemplamos el exterior con terror victoriano. El Sol sigue siendo maravilloso. Un paseo bajo la luz de la mañana continúa siendo una de las mejores experiencias humanas disponibles sin receta médica. Pero convertir la protección solar en una conspiración moderna parece una idea particularmente absurda en un planeta cuya principal fuente energética funciona mediante reacciones nucleares incontroladas. 

Y quizá convenga recordar algo elemental: cuando dermatólogos, oncólogos, bioquímicos y genetistas llevan décadas coincidiendo en una recomendación, probablemente sea prudente escucharlos antes que a un futbolista iletrado (e iluminado) o a un presentador acompañado de hormigas parlantes.

domingo, 24 de mayo de 2026

ROJO, AZUL Y GRIS, LOS COLORES QUE MARCAN EL MEMORIAL DAY

 

Precedido el viernes anterior por el National Poppy Day, el último lunes de mayo de cada año se celebra en Estados Unidos el Memorial Day, el Día de los Caídos, una fiesta federal de origen controvertido que lleva ya más de medio siglo celebrándose.

¿Por qué ese lunes? Se eligió un lunes para que los estadounidenses aprovecharan para tomarse un buen puente. Con la excepción del Labor Day, que siempre se situaba ese día de la semana, antes de 1971 las distintas conmemoraciones federales se celebraban en fechas específicas que cada año caían en diferentes días de la semana. Los puentes de tres días estaban, pues, sujetos al albur del calendario.

Todo cambió cuando, con el propósito de animar la economía del sector servicios, una ley federal que entró en vigor en 1971, la Uniform Monday Holiday Act, colocó todos los festivos nacionales en lunes para crear más fines de semana de tres días. Para comerciantes y hoteleros, que ya habían comprobado que los lunes en que se celebraba tradicionalmente el Labor Day aumentaban las ventas y se llenaban los hoteles, el traslado de los festivos al lunes fue la gallina de los huevos de oro.

Que se eligiera el último lunes de mayo fue una decisión fundamentada en que el 30 de mayo de 1868 fue la fecha elegida por el general John A. Logan, comandante nacional de la fraternidad del Gran Ejército de la República, para honrar a los caídos que sirvieron en el bando de la Unión durante la Guerra de Secesión. Logan eligió la fecha porque no era el aniversario de ninguna batalla en concreto. Por añadidura, el día serviría también para marcar el comienzo de la temporada estival.

Aunque al menos 25 ciudades afirman haber sido el lugar de origen de una festividad, originalmente llamada Decoration Day, la jornada que los estadounidenses dedicaban a decorar con flores las tumbas de los soldados que dieron su vida en la Guerra Civil, la mayoría de las referencias son simples mitos que han desvirtuado una historia reconocida durante décadas, pero que se perdió en un trampantojo de leyendas locales a finales del siglo XIX y principios del XX.

Durante 1866, el primer año de esta conmemoración en el Sur, surgió una circunstancia que hizo que la conciencia, la admiración y más tarde la imitación se extendieran rápidamente al Norte. En el cementerio local de Columbus, Misisipi, yacían un gran número de soldados confederados caídos en la batalla de Shiloh junto con algunos soldados de la Unión. Ese año, las mujeres de la Ladies Memorial Association de Columbus decoraron con flores las tumbas de los confederados y, para sorpresa de muchos, decidieron embellecer también las de los soldados unionistas, un gesto conciliador que acompañaron con el envío de cartas de pésame a las familias de sus rivales y vencedores.

La cobertura de los periódicos norteños fue muy favorable a esas primeras celebraciones en los antiguos territorios de la Confederación. Tampoco escasearon las críticas. Como resultado de unas y otras, en 1867 Francis Miles Finch, un juez, académico y poeta de Nueva York, publicó en The Atlantic Monthly el poema The Blue and the Gray, una alusión a los colores de los uniformes de unionistas y confederados, que se convirtió rápidamente en parte del canon literario estadounidense.

Casi de inmediato, el poema, todo un canto a la reconciliación nacional, circuló por todo Estados Unidos en libros, revistas y periódicos. A fines del siglo XIX, los escolares de todo el país debían memorizarlo. La amplia divulgación de los emotivos versos de Finch significó que, a finales de 1867, la festividad sureña se convirtiera en un fenómeno popular en un país recientemente reunificado.

El poema de Finch se adjuntó a la proclama del general Logan que se publicó en varios periódicos en mayo de 1868 estableciendo el Memorial Day. El deseo del presidente Abraham Lincoln de que no hubiera “malicia hacia nadie” y “caridad para todos” y su política de piedad y paz que había enunciado en las poco menos de trescientas palabras del discurso de Gettysburg, se vieron representadas en las celebraciones de los participantes de ambos bandos, quienes exhibían una rama de olivo, símbolo de la paz, durante las celebraciones del Memorial Day en los primeros tres años.

Medio siglo después, otro poema fue responsable de que las ramas de olivo fueran sustituidas por las amapolas rojas que constituyen hoy el símbolo floral del Memorial Day. En la primavera de 1915, las amapolas comenzaron a florecer en la tierra devastada durante la sangrienta Segunda Batalla de Ypres de 1915, en la que se enfrentaron los ejércitos de Francia, Reino Unido, Australia y Canadá contra el Imperio alemán.

Ver a las flores de color sangre brillando contra el ceniciento y fúnebre telón de fondo de la batalla animó a que John McCrae, cirujano del ejército canadiense, escribiera el poema In Flanders Field, en el que desde los primeros versos (In Flanders fields the poppies blow / between the crosses, row on row), daba voz a los soldados que habían muerto en la batalla y yacían enterrados bajo los terrenos cubiertos de amapolas.

Ese mismo año, en noviembre, dos días antes de que se firmara el armisticio, Moina Michael, una profesora de la Universidad de Georgia, leyó el poema en Ladies' Home Journal y escribió su propio poema, "We Shall Keep the Faith" con el que dio comienzo a una campaña encaminada a hacer de la amapola un tributo simbólico a todos los que murieron en la guerra.

Las rojas amapolas sobre un fondo azul y gris, siguen siendo cada último lunes de mayo el símbolo de recuerdo hacia los caídos estadounidenses en todas las guerras.

LA GUERRA DEL CERDO

 

English Camp, Isla de San Juan, Washington.

El día en que un cerdo puso en jaque a dos imperios en el paralelo 49.

El ferry sale de Anacortes, Washington, con la parsimonia de los barcos que conocen bien el paisaje y no necesitan impresionar a nadie. Atrás quedan los aserraderos, los pequeños puertos deportivos y las últimas gasolineras del continente. Delante empieza un laberinto de agua gris azulada, salpicado de islotes cubiertos de abetos y casas de madera que parecen construidas para sobrevivir a la lluvia más que para contemplar el mar. A medida que el barco avanza hacia el norte, el horizonte se va llenando de montañas. Al sur aparecen las Olímpicas, enormes, blancas, suspendidas sobre una bruma plateada. Elevadas tres kilómetros sobre el nivel del mar, sus cumbres nevadas parecen demasiado altas para un paisaje tan marítimo, como si alguien hubiera colocado Sierra Nevada al borde del Pacífico.

Las gaviotas siguen la estela del ferry y, durante algunos minutos, el viajero tiene la impresión de estar entrando lentamente en otro país. No exactamente Canadá, que queda apenas a unos kilómetros, sino un territorio intermedio hecho de niebla, cedros y silencio.

Y quizá lo más hermoso sea la llegada final a Friday Harbor: el ferry maniobra lentamente entre embarcaderos de madera, casas bajas y colinas cubiertas de abetos mientras las gaviotas siguen la estela del barco. Cuesta creer que aquel paisaje apacible estuviera una vez lleno de soldados británicos y estadounidenses vigilándose mutuamente por culpa de un cerdo glotón. Porque eso fue exactamente lo que ocurrió.

Las islas San Juan, dispersas entre el estado de Washington y la canadiense isla de Vancouver, parecen hoy un decorado perfecto para jubilados tranquilos, kayaks amarillos y tiendas que venden mermeladas artesanales. Pero durante buena parte del siglo XIX estuvieron en el centro de una disputa internacional entre Estados Unidos y el Imperio británico. Y no una disputa menor: durante años existió la posibilidad real de una guerra entre las dos grandes potencias anglosajonas del Atlántico Norte.

El problema comenzó, como casi todos los problemas fronterizos, con un mapa mal elaborado. En 1846, estadounidenses y británicos firmaron el Tratado de Oregón para resolver sus reclamaciones sobre el inmenso territorio del Pacífico noroeste. La frontera quedaría fijada en el paralelo 49, una línea geométrica trazada con optimismo diplomático sobre regiones que casi nadie había cartografiado adecuadamente. El tratado añadía que la frontera continuaría “por el canal que separa el continente de la isla de Vancouver”.


Tras el Tratado de Oregón, la frontera entre los territorios británicos y estadounidenses quedó sin definir claramente en el canal que separa Vancouver de las islas San Juan.

Aquello parecía muy claro en Londres y Washington. Sobre el terreno era otra cosa. Entre Vancouver y el continente existe un complicado archipiélago de islas, estrechos y canales donde las mareas cambian con violencia y la geografía se vuelve líquida. Había dos posibles canales principales y cada país eligió naturalmente el que más le convenía. El resultado fue que las islas San Juan quedaron en tierra de nadie.

La isla de Vancouver ya llevaba décadas bautizada con el nombre del capitán George Vancouver, explorador británico de finales del XVIII, uno de esos oficiales navales ingleses que medían costas desconocidas con una mezcla de disciplina científica y arrogancia imperial. El estrecho de Juan de Fuca, en cambio, conservaba un eco español mucho más antiguo. Juan de Fuca era un navegante griego al servicio de España que aseguró haber explorado aquellas aguas en el siglo XVI buscando el paso del Noroeste. Muchos dudaron de su relato durante siglos, pero el nombre terminó sobreviviendo a los escépticos.

Las islas San Juan también heredaron la toponimia española de las expediciones que recorrieron aquellas costas antes de que llegaran británicos y estadounidenses. Durante algún tiempo, el Pacífico noroeste fue un tablero donde españoles, rusos, ingleses y americanos iban dejando nombres sobre un paisaje inmenso que ninguno controlaba realmente.

Después llegaron los colonos. Los británicos, a través de la poderosa Compañía de la Bahía de Hudson, establecieron explotaciones ganaderas. Los estadounidenses comenzaron a instalarse convencidos de que el Destino Manifiesto —esa mezcla de fe religiosa y apetito territorial— les otorgaba derechos naturales sobre cualquier horizonte visible.

Durante años ambos bandos convivieron en una tensión relativamente pacífica. Había ovejas británicas, granjeros americanos y demasiada distancia respecto a cualquier capital seria. Hasta que apareció el cerdo. El 15 de junio de 1859, un colono estadounidense llamado Lyman Cutlar encontró un gran cerdo negro hozando en su huerto de patatas. El animal pertenecía a Charles Griffin, un empleado británico de la Compañía Hudson. Según parece, el cerdo tenía tendencia reincidente a invadir cultivos ajenos. Cutlar, harto de perder patatas, tomó el rifle y disparó.

El cerdo murió en acto de servicio. Y el mundo diplomático entró en combustión. Griffin exigió compensaciones. Las autoridades británicas amenazaron con detener al colono. Los estadounidenses pidieron protección militar. Washington respondió enviando tropas a la isla. Londres contestó mandando barcos de guerra.

De pronto, aquel paisaje de orcas y abetos quedó lleno de uniformes, cañones y oficiales tensos observándose desde ambos extremos de la isla. Los estadounidenses establecieron el llamado American Camp. Los británicos levantaron el English Camp, conservado hoy como parque histórico nacional. Lo extraordinario es que nadie disparó.

Durante semanas existió el riesgo real de guerra. Algunos oficiales estadounidenses querían expulsar a los británicos. Algunos mandos británicos estaban preparados para desembarcar marines. Pero tanto Londres como Washington comprendieron finalmente el ridículo cósmico de iniciar una guerra imperial por un cerdo muerto. La solución fue tan extravagante como civilizada: ocupación conjunta.

Durante trece años, soldados británicos y estadounidenses convivieron en San Juan mientras diplomáticos y cartógrafos discutían la frontera definitiva. Hubo cenas compartidas, competiciones deportivas y ceremonias amistosas entre hombres que oficialmente seguían preparados para matarse. La Guerra del Cerdo acabó convirtiéndose en una de las crisis militares más educadas de la historia.

Finalmente, en 1872, ambas potencias aceptaron el arbitraje del káiser Guillermo I de Alemania. El emperador dio la razón a Estados Unidos y las islas San Juan quedaron definitivamente bajo soberanía norteamericana. Los británicos se retiraron sin disparar un tiro. La única víctima mortal de la guerra fue el cerdo.

Hoy, cuando desembarco en Friday Harbor y contemplo los jardines cartesianos presididos por la Union Jack que ondea sobre el English Camp, con las colinas verdes cayendo hacia el mar, cuesta asociar aquel lugar con tensiones imperiales. El puerto huele a madera húmeda y café recién hecho. Los ferris llegan despacio. Las orcas siguen atravesando el estrecho de Juan de Fuca bajo las cumbres nevadas de las Olímpicas. 

Y quizá sea precisamente eso lo que vuelve tan irresistible esta historia: la sospecha de que las fronteras más solemnes del mundo nacieron muchas veces de errores cartográficos, ambiciones ridículas y animales hambrientos.

sábado, 23 de mayo de 2026

EL HOMBRE QUE QUISO PROHIBIR EL PASADO... Y LOS ESPAGUETIS

 

Filippo Tommaso Marinetti, el futurismo y la extraña guerra contra los espaguetis

Hay hombres que nacen para administrar una ferretería y hombres que nacen para prenderle fuego al mundo. Filippo Tommaso Marinetti pertenecía claramente a la segunda categoría. Tenía el talento indispensable de todos los agitadores: convertir una exageración en una fe colectiva. También poseía una voz estentórea, una energía de vendedor ambulante y la convicción de que el siglo XX iba a ser una carrera de automóviles sin frenos hacia el porvenir. Mientras Europa aún bostezaba entre columnas griegas, violines románticos y olor a biblioteca húmeda, Marinetti ya escuchaba el rugido de los motores acercándose por el horizonte como una estampida de búfalos mecánicos.

Nació en 1876 en Alexandria, en una familia italiana acomodada instalada junto al Mediterráneo oriental, entre comerciantes, diplomáticos y vapores que iban y venían hacia Marsella. Aquel niño criado entre idiomas, puertos y periódicos franceses comprendió muy pronto que la modernidad no olía a incienso ni a pergamino: olía a gasolina. Cuando llegó a Europa traía ya en la cabeza una idea fija: Italia estaba enferma de pasado. El país entero se había convertido en un museo. Había demasiados mármoles, demasiados frescos, demasiados muertos ilustres vigilando cada plaza. Uno no podía sentarse a tomar café sin que un genio renacentista le estuviera mirando desde una estatua ecuestre.

Marinetti decidió declarar la guerra a los difuntos. En 1909 publicó en el periódico Le Figaro el Manifiesto Futurista, que es probablemente el único texto literario de la historia que empieza como una crónica de sucesos y termina como un golpe de Estado estético. Allí aparecía ya todo el catecismo futurista: amor a la velocidad, odio a los museos, desprecio por la nostalgia, culto a la máquina, entusiasmo por el peligro y una fascinación casi erótica por los automóviles. Marinetti proclamó que un coche de carreras era más bello que la Victoria de Samotracia. La frase produjo el mismo efecto que si alguien hubiera entrado en misa y hubiera escupido dentro del cáliz. Los críticos se indignaron, los estudiantes aplaudieron y los periodistas comprendieron enseguida que aquel italiano exuberante iba a proporcionarles titulares durante años.

El futurismo fue el primer movimiento artístico que entendió el siglo XX como un espectáculo publicitario. Antes de que existieran las agencias de marketing, Marinetti ya sabía que el escándalo era el combustible más barato de la fama. Organizaba veladas teatrales donde los poetas insultaban al público y el público respondía arrojando verduras. Aquellas noches terminaban a menudo en peleas, pero Marinetti salía encantado porque al día siguiente todos los periódicos hablaban del futurismo. Había descubierto que la modernidad no se imponía razonando sino haciendo ruido.

Los pintores futuristas intentaron representar el movimiento continuo de la vida moderna. Umberto Boccioni pintaba hombres descompuestos en ráfagas de velocidad y Giacomo Balla convertía un perro paseando en una centrifugadora de patas. Querían atrapar el vértigo de las ciudades eléctricas, los tranvías, las fábricas y las locomotoras. El siglo ya no avanzaba al paso solemne de las catedrales sino al ritmo de las hélices.

Había en todo aquello una mezcla irresistible de genio y charlatanería. El futurismo anunciaba un mundo nuevo donde desaparecerían la sintaxis, las costumbres burguesas y hasta la lógica elemental. Marinetti defendía las “palabras en libertad”, una escritura sin puntuación ni gramática, como si las frases fueran piezas metálicas disparadas desde una ametralladora tipográfica. A veces sus poemas parecían instrucciones para desmontar un motor averiado. Otras veces sonaban como un telegrama enviado desde un manicomio industrial.

Pero el futurismo llevaba dentro una semilla más peligrosa que todas sus extravagancias estéticas. Marinetti adoraba la violencia. No la violencia concreta del puñetazo de taberna, sino la violencia elevada a principio filosófico, como una tormenta purificadora destinada a barrer el viejo orden europeo. Definió la guerra como «la única higiene del mundo», frase que hoy produce un escalofrío retrospectivo. Aquellos hombres que idolatraban la velocidad y el acero terminaron enamorándose también de los cañones.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, muchos futuristas la recibieron como quien espera el estreno de una ópera grandiosa. Querían dinamitar la vieja Europa y reconstruirla entre humo y motores. Algunos marcharon al frente llenos de entusiasmo juvenil y volvieron mutilados; otros no volvieron. Boccioni murió absurdamente al caer de un caballo durante unas maniobras militares, ironía cruel para un pintor obsesionado con la mecánica moderna.

Después de la guerra, Italia quedó convertida en un país histérico, humillado y violento, terreno ideal para el ascenso de Benito Mussolini. Marinetti vio en el fascismo la posibilidad de realizar su sueño de una nación joven, agresiva y electrificada. Los primeros fascistas y los futuristas compartían el gusto por la acción directa, la teatralidad, los uniformes y la propaganda. Ambos comprendieron que la política moderna debía representarse como una ceremonia de masas. Las plazas italianas empezaron a llenarse de banderas, discursos y coreografías patrióticas mientras los viejos liberales observaban el espectáculo como notarios agotados incapaces de entender el nuevo lenguaje del siglo.

Sin embargo, la relación entre el futurismo y el fascismo nunca fue completamente armónica. Mussolini admiraba la energía de Marinetti, pero el régimen necesitaba también orden, tradición y símbolos imperiales. Los fascistas querían resucitar la Roma antigua; Marinetti quería sustituirla por aeropuertos. El Duce soñaba con césares; el poeta soñaba con motores de aviación. Aun así, permanecieron aliados durante años, unidos por una misma pasión por la modernidad musculosa y por la estética de la fuerza.

Y entonces ocurrió uno de los episodios más chuscos de toda la vanguardia europea: Marinetti propuso abolir la pasta. En 1930 publicó el Manifesto della cucina futurista, un documento delirante en el que declaraba que los espaguetis eran responsables de la melancolía, el sentimentalismo y la pereza de los italianos. Según él, la pasta volvía a los ciudadanos lentos, nostálgicos y poco aptos para las exigencias dinámicas del futuro. Un pueblo que aspiraba a dominar los cielos no podía seguir alimentándose con tallarines.

La propuesta produjo más indignación que cualquiera de sus ataques contra Rafael o Miguel Ángel. Italia podía tolerar el fascismo, las camisas negras y hasta las aventuras coloniales, pero nadie estaba dispuesto a renunciar al plato de macarrones. Los fabricantes de pasta protestaron, los periódicos se burlaron y las amas de casa consideraron que el futurismo había cruzado definitivamente la frontera de la locura.

Marinetti organizó banquetes futuristas donde se servían combinaciones extravagantes: albóndigas perfumadas con esencia de clavel, pollo acompañado de rodamientos metálicos para estimular el tacto y platos concebidos más para desconcertar que para alimentar. Aquellas cenas parecían diseñadas por un cocinero dadaísta encerrado en un taller de ingeniería aeronáutica.

Naturalmente, la pasta sobrevivió. El futurismo no.

Cuando la Segunda Guerra Mundial terminó de arrasar Europa, el sueño futurista quedó cubierto de ruinas auténticas, no metafóricas. La velocidad, el acero y la guerra industrial habían conducido a ciudades bombardeadas y cementerios interminables. Marinetti murió en 1944 mientras el régimen fascista se desplomaba alrededor suyo como un decorado incendiado.

Y sin embargo, algo de él sobrevivió en todas partes. Sobrevive en la publicidad agresiva, en el culto contemporáneo a la juventud, en la fascinación por la velocidad, en la política convertida en espectáculo, en las tipografías estridentes y en esa fe moderna según la cual todo lo nuevo debe ser automáticamente mejor que lo antiguo.

Marinetti quiso matar el pasado y terminó convertido él mismo en una pieza de museo. Seguramente es la venganza más elegante que la historia podía reservarle.