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sábado, 2 de julio de 2022

Fitoplasmas: manipuladores de plantas e insectos

Trillium ovatum. Glacier National Park, Montana

A finales del pasado mes de mayo, mientras recorría Glacier National Park, Montana, los bosques subalpinos de alerces y piceas comenzaban a despuntar. En el sotobosque, semicubierto por la nieve y todavía adormecido por la latencia invernal, las flores blancas de Trillium ovatum anunciaban la llegada del verano boreal.

Lirios triples, el nombre común con el que son conocidos en Norteamérica estos parientes de nuestros lirios, es el reflejo del nombre científico del género, Trillium, que en 1753 Linneo tomó directamente del latín, trilix, triple, en alusión a unas flores que tienen sus piezas dispuestas en tríos.

La primera vez que me encontré con un trillium blanco (Trillium grandiflorum) fue en 2017, en los Apalaches de Virginia. En Norteamérica hay 43 especies de Trillium así que la variabilidad del género es notable y muy distintiva en lo que se refiere al color de sus flores, cuyos tres grandes pétalos pueden ser rojos, morados, rosados, blancos, amarillos, verdes o una combinación de estos.

Por mi conocimiento (siempre escaso) de la flora de Norteamérica, yo sabía (o creía saber, como comprobé en cuanto topé con ellos) que, como sucede con Trillium ovatum, las flores de T. grandiflorum eran de un blanco inmaculado. La realidad se impuso: la mayoría de las flores de T. grandiflorum que encontré en los bosques de los Apalaches tenían rayas o marcas verdes en los pétalos y muchas de ellas presentaban un número anormal de ellos que oscilaba entre cuatro y treinta, a menudo monstruosamente deformados.

Ejemplar de Trillium grandiflorum con rayas verdes en los pétalos.

Cuando observé los ejemplares con rayas verdes en las flores, pensé que había encontrado una nueva variedad. Tomé unas cuantas fotos, anoté algunos datos en mi libreta de campo y, al regresar a casa, guardé las fotos en la nube y las notas en un cajón.

Han permanecido cinco años en el desván del olvido, hasta que mi tropiezo con las poblaciones de pétalos perfectamente blancos de Montana, me recordó aquellas extrañas poblaciones apalachianas. La curiosidad me ha llevado a indagar en la bibliográfica científica. Ahora sé que las plantas con franjas verdes que observé en Virginia eran víctimas de una infección. Lo que he aprendido al respecto en la última semana lo cuento ahora.

En 1971 tres investigadores demostraron que todos los ejemplares de rayas verdes que examinaron al microscopio estaban infestados de unos organismos fitoplásmicos, que nunca aparecían en las plantas “normales” de flores blancas.

Aunque los microbiólogos los sitúan entre las bacterias, los fitoplasmas son considerados formas intermedias entre estas y los virus. Son de dimensiones similares a los virus y, en consecuencia, muchos de ellos atraviesan los filtros bacteriológicos. Se caracterizan por la falta de pared celular (lo que los separa de las bacterias), su forma filamentosa y un genoma muy pequeño. Son patógenos intracelulares obligados, lo que significa que en laboratorio no pueden ser cultivadas sin células hospedantes.

Trillium grandiflorum: Ejemplar infectado de fitoplasmas con pétalos totalmente verdes

Los fitoplasmas no son exclusivos de los lirios triples. De hecho, estas bacterias se pueden encontrar en todo el mundo e infectan muchos tipos diferentes de plantas, desde cocos hasta caña de azúcar. De hecho, la mayor parte de la investigación sobre fitoplasmas está motivada por sus impactos en la agricultura. A pesar del daño que puedan causar, su ciclo de vida es fascinante.

Los fitoplasmas son microorganismos que manipulan a plantas e insectos. Para poder sobrevivir requieren transmitirse de una planta a otra y para viajar necesitan un vector, que generalmente son unos insectos cicadélidos conocidos vulgarmente como chicharritas o saltahojas dentro de los cuales son capaces de replicarse.

Comenzando por la parte de su ciclo vital que trascurre en las plantas, los fitoplasmas solo pueden vivir a largo plazo dentro del floema (una parte del sistema circulatorio de los vegetales) de sus plantas hospedantes. Una vez dentro de la planta, los fitoplasmas comienzan a jugar con la expresión génica, lo que provoca una variedad de síntomas que difieren según las distintas plantas hospedantes.

En el caso de T. grandiflorum, la infección provoca un cambio en los pétalos. Al alterar la expresión génica, las células de los pétalos se vuelven cada vez más parecidas a hojas, lo que da como resultado las rayas verdes que me despistaron. Pero ahí no acaba la cosa. Las infecciones generalmente acaban en la esterilización completa de la flor e incluso en algunos estudios se dice que las plantas infectadas se debilitan hasta el punto de que llegan a morir.

Un cicadélido: el saltahojas de bandas rojas Graphocephala coccinea.

Como he dicho, el fitoplasma solo puede existir a largo plazo dentro del floema de su planta hospedante. No producen ningún tipo de estructuras reproductivas, ni son transferidos por aire o por contacto con tejidos. Eso crea un pequeño problema cuando se trata de encontrar nuevos hospedantes, especialmente si la infección acaba con la muerte de la planta. Aquí es donde entran en juego los vectores.

Hasta donde se sabe, los vectores son insectos que se alimentan usando su probóscide en forma de aguja para perforar el floema y succionar la savia elaborada, un alimento azucarado muy nutritivo. Este hábito alimenticio es lo que aprovechan los fitoplasmas para completar su ciclo de vida. Además, el fitoplasma no lo hace de forma pasiva. Así como son capaces de alterar la expresión génica en las células de los pétalos, también pueden alterar la expresión de genes implicados en las defensas de las plantas.

Las investigaciones realizadas con Arabidopsis, unas plantas muy utilizadas en investigaciones botánicas, ha demostrado que los fitoplasmas hacen que la planta infectada disminuya la producción de una hormona llamada jasmonato, esencial en la defensa de las plantas contra la herbivoría. Se ha descubierto que cuanto menos jasmonato producen las plantas, es mucho más probable que los insectos pongan sus huevos en ellas. Básicamente, los fitoplasmas reducen las defensas de las plantas hasta el punto de que existe una mayor probabilidad de que sean parasitadas por más cicadélidos chupadores de savia.

Como los cicadélidos se alimentan de la savia de las plantas infectadas, inevitablemente absorben una gran cantidad de fitoplasma. El fitoplasma ingerido finalmente llega a las glándulas salivales del insecto. Luego, a medida que este se mueve de una planta a otra perforando el floema para alimentarse, transfiere parte del fitoplasma de su saliva a un nuevo huésped, completando así el ciclo de vida de los parásitos.

Ahora, volviendo a las rayas verdes de las flores de Trillium, me permito sospechar que, al alterar las células de los pétalos para que se parezcan más a las hojas, el fitoplasma bien pudiera estar "animando" a los insectos chupadores a concentrar su alimentación en los tejidos infectados. Pero esto es pura especulación de mi parte. La falta de datos representa un importante vacío científico que acabará por completarse a medida que se descubran más fitoplasmas que afecten a cultivos agrícolas importantes. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 26 de junio de 2022

No, la Tierra no dejará de girar



Escribo este artículo mientras a mi alrededor, en la ciudad en la que vivo, el asfalto arde bajo unas temperaturas inusitadas en la primera quincena de junio. Este tórrido verano anticipado no es anecdótico: es una consecuencia más del cambio climático que será peor, mucho peor, de lo que imaginamos.

Salvo en la última extinción masiva causada por el impacto de un asteroide que acabó con los dinosaurios, en las cinco extinciones anteriores intervino el cambio climático producido por la excesiva acumulación de gases de efecto invernadero. La más acusada, la del Pérmico-Triásico, tuvo lugar hace 250 millones de años y comenzó cuando el dióxido de carbono (CO2) aumentó la temperatura del planeta cinco grados centígrados, se aceleró cuando ese calentamiento desencadenó la emisión de metano, otro gas de efecto invernadero, y acabó con el 96% de las especies.

Actualmente, estamos emitiendo CO2 a la atmósfera a una velocidad al menos diez veces más rápida que entonces. Ese ritmo es cien veces superior al de cualquier otro momento de la historia humana previo al comienzo de la Revolución industrial, y en la atmósfera ya hay un tercio más de CO2 que en cualquier otro momento del último millón de años, cuando el nivel del mar era más de treinta metros más alto. De hecho, más de la mitad del CO2 expulsado a la atmósfera debido a la quema de combustibles fósiles se ha emitido en los últimos treinta años, lo que significa que alrededor del 85% por ciento del daño que hemos producido por esa quema se ha producido desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

En 1997, cuando se firmó el emblemático Protocolo de Kioto, dos grados centígrados de calentamiento global se consideraban el umbral para la catástrofe: ciudades inundadas, devastadoras sequías y olas de calor, un planeta sacudido a diario por lo que antes llamábamos «desastres naturales», pero que ahora estamos incorporando al lenguaje de lo habitual tan solo como «mal tiempo».

En 2016, semanas después de la firma agónica del Acuerdo de París, superamos el umbral de concentración de 400 partes por millón de CO2 en la atmósfera terrestre que había sido durante años la línea roja que los climatólogos habían trazado como el escenario más aterrador. Por supuesto, no hicimos ni caso: apenas cinco años después alcanzamos un promedio de 417, y continuamos lanzados por una senda que nos lleva hacia los más de cuatro grados centígrados de calentamiento para el año 2100, lo que significa que, si el planeta se llevó al borde de la catástrofe climática en el transcurso de una sola generación, la responsabilidad de evitarla recae también sobre una única generación: la nuestra.

Concentración de dióxido carbono de este mes de junio registrada en el observatorio de referencia Mauna Loa de Hawái
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La senda hacia la catástrofe ambiental parece por el momento casi inevitable. En la práctica, el Protocolo de Kioto no logró nada: a pesar de todo el activismo y la legislación en torno al clima y de los avances en energías verdes, en los veinte años transcurridos desde su aprobación hemos generado más emisiones que en los veinte años anteriores. En 2016, los acuerdos de París establecieron dos grados como objetivo global; apenas unos años después, abandonada toda esperanza que los países industrializados estén en vías de cumplir con los compromisos de París, un aumento de dos grados parece más bien la mejor situación posible.

El informe más reciente del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés) afirma que si actuamos sobre las emisiones pronto, poniendo en práctica de inmediato todos los compromisos que se asumieron en París, pero que aún están muy lejos de haberse implementado en ningún país, lo más probable es que alcancemos en torno a los 3,2 grados de calentamiento, unas tres veces más que todo el que ha experimentado el planeta desde los inicios de la industrialización.

Aunque lográsemos evitar que el planeta alcanzase los dos grados de calentamiento en 2100, tendríamos una atmósfera que contiene 500 partes por millón de CO2, o quizá más. La última vez que se dio esta circunstancia, hace 16 millones de años, la temperatura del planeta no era tan solo dos grados más elevada, sino entre cinco y ocho grados, lo que hacía que el nivel del mar fuese 40 metros más alto.

Los efectos del cambio climático no son cosa del futuro sino del presente. Algunos de los procesos catastróficos que provocará son irreversibles y por tanto permanentes. La única actitud razonable consiste en asumir para el futuro inmediato la creciente frecuencia y el agravamiento de episodios como los que ha vivido España estos días, con una población desbordada ante temperaturas diurnas y nocturnas que la han debilitado.

Cabría confiar en revertir el cambio climático, pero es imposible. Nos llevará a todos por delante. Las peores consecuencias de los dramas ecológicos que estamos desatando por el uso que hemos hecho de la tierra y por la quema de combustibles fósiles —lentamente durante un siglo más o menos, y muy rápidamente durante unas décadas— se desarrollarán a lo largo de milenios, aunque en un ejercicio de autoengaño hayamos elegido pensar en el cambio climático solo bajo la forma que adoptará a lo largo de este siglo.

Las montañas de Los Ángeles arden durante el gigantesco incendio Bobcat de septiembre de 2020.  

Según Naciones Unidas, de acuerdo con el ritmo que llevamos actualmente en 2100 alcanzaremos los 4,5 grados de calentamiento; superando en más del doble el catastrófico umbral de los 2 grados, fijado en París. Si no hacemos nada con las emisiones de CO2, si los próximos treinta años de actividad industrial prolongan la misma tendencia creciente de los treinta años anteriores, a finales de este siglo regiones enteras pasarán a ser inhabitables según todos los criterios que manejamos en la actualidad.

El sistema climático que dio origen a nuestra especie y a nuestra civilización es tan frágil que a lo largo de una sola generación la actividad humana lo ha llevado al límite de la inestabilidad total. Pero esta inestabilidad es también una medida del poder humano que la produjo y que ahora debe detener el daño en el mismo escaso tiempo. Si nuestra especie es la responsable del problema, debemos ser capaces de revertirlo.

Pero, al menos de momento, la mayoría de nosotros parecemos más inclinados a rehuir esta responsabilidad que a afrontarla, o a admitir siquiera que la vemos, aunque está frente a nosotros, tan evidente como el elefante de la habitación. En lugar de afrontar el problema, encomendamos la tarea a las generaciones futuras, a sueños de tecnologías mágicas, a políticos remotos que mantienen una especie de batalla y consiguen retrasos pírricos.

No es así. El hecho de que el cambio climático sea universal significa que nos afecta a todos, y que todos debemos compartir la responsabilidad para evitar compartir el sufrimiento, al menos para que no todos lo compartamos en una medida tan agobiante. No sabemos la forma precisa que tendrá este sufrimiento, no podemos predecir con certeza cuántas hectáreas de bosque arderán cada año lanzando a la atmósfera siglos de carbono almacenado; o cuántos huracanes nos asolarán; dónde es probable que haya megasequías que producirán hambrunas masivas y guerras por el agua; o cuál va a ser la próxima gran pandemia producida por el calentamiento global.

Pero sabemos lo suficiente para ver, incluso ahora, que el nuevo mundo en el que nos adentramos será tan ajeno al nuestro que bien podría tratarse de otro planeta completamente distinto. Como escribió Haroun Tazieff en un precioso librito publicado en 1989 la Tierra no dejará de girar por más que las consecuencias de nuestros actos serán interpretadas por criaturas que ni siquiera podemos imaginar y que irrumpirán en el escenario mundial impulsados por el calentamiento. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca

sábado, 18 de junio de 2022

Pues no, el sol no nos calienta



Cuando calienta el sol aquí en la playa, dice la letra de la canción de los hermanos Rigual. Pues no. Abrumado por el calor que nos castiga estos días, un amigo me dice que él elige pasear a la caída de la tarde, cuando el sol ya no está en su cenit y comienza la “fresquita”. Pues no

¿Que el sol esté en el punto más alto quiere decir que es cuando hace más calor? Pues no. La temperatura más alta de un día veraniego se registra entre 3 y 4 horas después del mediodía solar. En España suele ser entre las 17:00 h y las 19:00 h. Pongo como ejemplo la gráfica de temperatura en el aeropuerto de Barajas cuando comencé a escribir este artículo (Figura 1).

Se puede observar que la temperatura aumenta desde las 7 de la mañana y no deja de subir hasta las 19:00 h. ¿Por qué sucede esto? Es cierto que el sol, una vez sobrepasado su cenit, no calienta tanto, pero la suma del calor acumulado durante el día en el suelo y el calor que aún provocan los rayos suficientemente perpendiculares hacen que el mercurio siga subiendo. 

Llega un momento alrededor de las 20 horas en que esto ya no se cumple y cuando, por fin, empieza a bajar la temperatura. No obstante, la temperatura a esa hora (38,7 º) es mayor a la que se alcanza a las 12 (36, 1º), cuando parece que el calor aprieta más.

Figura 1. Temperaturas en el aeropuerto de Madrid-Barajas el 18 de junio de 2022.


¿Por qué hace más frío cuando más nos acercamos al sol?

Cuando volamos en un avión a una altura de crucero de unos once kilómetros, la temperatura puede alcanzar los 50 ºC bajo cero. Por eso, cuando nos quejamos del frío que hace en la cabina de un avión, en realidad lo que sufrimos son los efectos de la calefacción. Pero, por qué hace siempre más frío allá arriba. Ya que estamos más cerca del sol, ¿no debería suceder lo contrario? 

Pues no. El descenso de temperatura con la altitud es debido a que el aire no se calienta directamente por los rayos solares, sino por la irradiación calorífica desde el suelo. Esta es la razón de que al nivel del suelo la temperatura sea mayor, o dicho de otro y más impropio modo, de que haga más calor.

Radiación solar

La radiación del sol es una mezcla de radiaciones de longitudes de onda que oscilan entre 200 y 4000 nanometros (nm), en la que se distinguen tres bandas: ultravioleta (menos de 360 nm), luz visible (360 a 760 nm) y radiación infrarroja o calorífica (más de 760 nm), con un máximo en la luz visible (Figura 2).

Figura 2. (A) La luz es una forma de radiación electromagnética, un tipo de energía que viaja en ondas. En conjunto, todos los tipos de radiación conforman el espectro electromagnético. (B) El espectro visible para el ojo humano es la radiación cuya longitud de onda (λ) está aproximadamente entre 400 y 700 nm. Se pueden ver los diferentes colores cuando la luz blanca atraviesa un prisma y la apreciamos como un arco iris. Dibujo de Luis Monje.

La radiación ultravioleta de onda corta lleva mucha energía e interfiere con los enlaces moleculares provocando cambios que pueden alterar moléculas tan importantes para la vida como el ADN, lo que provocaría daños irreparables si no fuera porque son absorbidas por la capa de ozono estratosférica, responsable de que la radiación ultravioleta inferior a 300 nm que llega a la superficie terrestre sea tan insignificante como para no matarnos.

Cuando la luz solar atraviesa un prisma, se dispersa en una serie de longitudes de onda exhibiendo colores diferentes: rojo de 760 a 626 nm, naranja de 626 a 595, amarillo de 595 a 574, verde de 574 a 490, azul de 490 a 435, y violeta de 435 a 360. Todos estos colores constituyen el espectro visible.

La radiación infrarroja lleva poca energía asociada. Su efecto es acelerar las reacciones o aumentar la agitación de las moléculas, es decir, en producir el calor y, con él, el aumento de temperatura. El CO2, el vapor de agua y las pequeñas gotitas de agua que forman las nubes absorben con mucha intensidad las radiaciones infrarrojas, las cuales –por otra parte- representan una proporción insignificante de las emitidas por el sol.

La radiación infrarroja lleva poca energía asociada. Su principal efecto es acelerar las reacciones o aumentar la agitación de las moléculas, es decir, lo que llamamos el calor que produce aumento de temperatura. El CO2, el vapor de agua y las pequeñas gotitas de agua que forman las nubes absorben con mucha intensidad las radiaciones infrarrojas, las cuales –por otra parte- representan una proporción insignificante de las emitidas por el sol.

De la energía que llega a la línea de Kármán, el límite superior de la atmósfera, solo una parte alcanza la superficie terrestre porque la mayor parte es absorbida por la atmósfera y otra parte por la vegetación. En unas condiciones óptimas, con un día perfectamente claro y con los rayos solares cayendo casi perpendiculares, solo las tres cuartas partes de la energía que llega del exterior alcanzan como mucho la superficie terrestre.

La energía que llega a nivel del mar suele ser un 49% de radiación infrarroja, 43% de luz visible, un 7% de radiación ultravioleta y el 1% restante en otros rangos. En un día nublado se absorbe un porcentaje mucho más alto de energía, especialmente en la zona del infrarrojo, lo que explica que los días nublados resulten más fresquitos.

La temperatura media en la tierra se mantiene prácticamente constante en unos 15 ºC, pero la que se calcula que tendría si no existiera la atmósfera sería de unos -18 ºC. Esta diferencia de 33 ºC tan beneficiosa para la vida se debe al efecto invernadero, fundamentalmente basado en las diferencias de longitud de onda entre la radiación que recibe la Tierra y la que emite.

La causa de que la temperatura se mantenga constante es debida a que, de acuerdo con las leyes de la Termodinámica, la tierra devuelve al espacio la misma cantidad de energía que recibe. Si la energía devuelta fuera algo menor que la recibida, la tierra se iría calentando paulatinamente y si devolviera más se iría enfriando. Lo importante para lo que nos ocupa es que, aunque la cantidad de energía retornada es igual a la recibida, el tipo de energía que retorna es distinto.

La radiación terrestre es la que nos calienta

La energía solar directa no es un efectivo calentador de la atmósfera, sino que esta es calentada por contrarradiación desde la tierra. Las radiaciones que llegan del sol vienen de un cuerpo que está a casi 6000 ºC, pero las radiaciones que la superficie terrestre devuelve a la atmósfera corresponden a las de un cuerpo negro que esté a 15 ºC, cuyas longitudes de onda son mayores que las recibidas y, como consecuencia, mientras que la energía recibida es una mezcla de radiación ultravioleta, visible e infrarroja, la energía que devuelve la superficie terrestre es fundamentalmente en forma de calor (infrarroja) y algo, muy poco, de luz visible (albedo).

Figura 3. Balance térmico de la radiación solar (energía luminosa en amarillo; energía calorífica en rojinegro). De cada 100 calorías llegadas del sol y que alcanzan la atmósfera terrestre, sólo 15 de ellas son absorbidas por el aire en forma de energía luminosa, mientras que el suelo recoge 43. Por tanto, el calor del suelo proviene en un 91% de lo recibido. Por su parte, el calor suministrado por el suelo en forma radiación oscura supone un 72% y solamente un 28% procede de los rayos luminosos solares. Una parte del calor oscuro emitido por el suelo atraviesa la atmósfera y, a pesar de las nubes, del vapor de agua y de los gases se pierde en la exosfera (8%). La temperatura de las capas bajas depende primordialmente de la temperatura del suelo y de sus características: con cobertura vegetal o no, superficies líquidas y superficies congeladas. Dibujo de Luis Monje.

De los 324 vatios/m2 que llegan de media a la superficie terrestre (aproximadamente una cuarta parte de la constante solar), 236 son reemitidos al espacio en forma de radiación infrarroja, 86 son reflejados por las nubes y 20 lo son por el suelo en forma de radiaciones de onda corta (Figura 3).

A medida que amanece y avanza la mañana, la superficie terrestre comienza a absorber más calor del que pierde por radiación, así que la temperatura aumenta rápida y progresivamente. Al cabo de varias horas, la superficie alcanza una temperatura relativamente alta y la cantidad de radiación absorbida es aproximadamente igual a la perdida debida a la nueva radiación.

Este equilibrio se mantiene hasta que comienza a disminuir la insolación durante la tarde. Después que se haya puesto el sol, la superficie caliente de la tierra continúa liberando el calor acumulado hacia la atmósfera por radiación y, ya que no recibe más energía solar, la temperatura disminuye constantemente durante la noche.

La pérdida nocturna de calor se ve acelerada por el efecto de enfriamiento de la evaporación del suelo, de manera que las temperaturas bajan característicamente más que las del aire, lo que provoca que la temperatura mínima de la superficie se alcance justo antes del amanecer.

Una cubierta de nubes absorbe radiación de onda larga y la reemite hacia la superficie en la noche, pero tal fenómeno no ocurre en las noches con cielos despejados porque la radiación escapa al espacio haciendo disminuir más la temperatura nocturna. Las noches con cielos despejados son más heladas que las noches con cielo nublado; por el contrario, durante los días nublados, las temperaturas máximas son menores que con cielo despejados, ya que las nubes impiden el paso de la radiación solar directa. Por ejemplo, los desiertos son muy cálidos en el día y muy fríos en la noche por causa de la ausencia de este efecto amortiguador de las nubes.

La atmósfera es, pues, transparente a la radiación de onda corta del sol, pero absorbe la radiación terrestre de onda larga, de donde se deduce fácilmente que la atmósfera no es calentada por la radiación solar, sino que se calienta desde el suelo hacia arriba.

Mi amigo debería salir a pasear bien temprano. El problema, confiesa, es que no le gusta madrugar. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.



miércoles, 18 de mayo de 2022

Breve (y un poco escatológica) historia del papel higiénico



Antes de inundar al mundo con refrescos de soda o con pantalones vaqueros, Estados Unidos convenció al mundo de limpiarse lo que se imaginan con un nuevo producto: el primer papel higiénico disponible comercialmente llegó a los comercios estadounidenses en 1857. 

Uno de los fenómenos más curiosos que tuvieron lugar en 2020 con el inicio de la pandemia fue la afición casi compulsiva que mostraron millones de consumidores de todo el mundo por acaparar papel higiénico. Históricamente puede considerarse como uno de los ejemplos más recientes de histeria colectiva, el equivalente posmoderno de los episodios de danzamanía de la Europa medieval o de la tulipomanía de 1637, la primera burbuja financiera provocada por la compra de bulbos de tulipán.

Desde el principio de los tiempos, la gente ha encontrado formas ingeniosas de limpiarse después hacer sus necesidades o, como decían los clásicos, de obrar del cuerpo. La solución más común era agarrar lo que se tenía más a mano: cocos, conchas, nieve, musgo, paja, hojas, hierbajos, mazorcas de maíz, lana de oveja y más tarde, gracias a Johannes Gutenberg, periódicos, revistas y páginas de libros.

Hace algunos años los arqueólogos descubrieron varillas higiénicas de 2000 años de antigüedad en las letrinas de Xuanquanzhi, una antigua base militar china de la dinastía Han que controlaba la Ruta de la Seda. Los instrumentos, cortados con bambú y otras maderas, parecían espátulas cuyos extremos estaban envueltos en tela y contenían restos de heces.

Réplica de un xilospongio romano. Dominio público.


Los antiguos griegos usaban arcilla y piedra. Los romanos usaban esponjas colocadas en el extremo de unos enseres domésticos o comunales llamados tersorios o xiloespongios que podían usarse una sola vez o limpiadas en un balde de vinagre o agua salada para reutilizarlas, aunque no está claro si eran utilizadas más como las modernas escobillas de inodoro que como instrumento higiénico íntimo.

El ejemplo más famoso de esos enseres higiénicos romanos antiguo proviene del siglo I d. C., cuando en sus Epístolas Séneca contó la historia del gladiador germano que, después de años de maltrato, entró en las letrinas, el único lugar al que le estaba permitido acudir sin la presencia de un guardia y se suicidó metiéndose por la garganta el palo del tersorio comunal.

El papel se inventó en China en el siglo II a. C. y el primer uso documentado de papel higiénico se remonta al siglo VI en la China medieval. En ese momento era un producto exclusivo destinado a las clases altas. Hoy en día, cada año los chinos usan casi siete mil millones de kilómetros de rollos de papel higiénico, más que cualquier otro país.

¿De dónde surgió la idea de un producto comercial diseñado únicamente para limpiarse el trasero? La historia comenzó hace unos 150 años en Estados Unidos. En menos de un siglo, el ingenio publicitario del Tío Sam convirtió algo desechable en algo indispensable.

Cómo comenzó el papel higiénico

Los primeros productos diseñados específicamente como precursores del papel higiénico fueron láminas de cáñamo de manila con infusión de aloe que se dispensaban en cajitas metálicas o de cartón inventadas en 1857 por Joseph Gayetty, un empresario neoyorquino que anunciaba que sus gasas prevenían las hemorroides. Pero el éxito del Gayetty's Medicated Paper fue limitado. Los estadounidenses pronto se acostumbraron a limpiarse con el catálogo de Sears Roebuck y no veían la necesidad de gastar dólares en algo que llegaba gratis por correo.

Réplicas de los paquetes del Gayetty`s Medicated Paper utilizados en la Guerra de Secesión. Foto cortesía de Sutler.

Gayetty no logró comercializar con éxito su papel higiénico. El invento era interesante, pero los consumidores tenían que comprar el producto en paquetes de 500 hojas, lo que costaba medio dólar, el equivalente a unos quince dólares actuales.

El papel higiénico dio su siguiente paso al frente (o, mejor dicho, hacia atrás) el 25 de julio de 1871, cuando la Oficina de Patentes concedió a Seth Wheeler una patente basada en la idea de poner papel higiénico en rollos perforados. En 1890, los hermanos Clarence y E. Irvin Scott (sí, los de la marca del famoso perrito) popularizaron el concepto: pusieron papel higiénico en un rollo y comenzaron a empaquetar individualmente los rollos para venderlos en droguerías y farmacias. Se embarcaron en un viaje por los retretes que los haría famosos y archimillonarios.

La patente de papel perforado de Seth Wheeler fue un desarrollo necesario para el éxito final del papel higiénico comercial. Imagen original de la Oficina de Patentes de Estados Unidos.

 

La marca de los Scott un gran éxito porque levantaron un negocio que se sostenía vendiendo papel higiénico a hoteles, droguerías y farmacias. Pero conseguir que el público comprara masivamente el producto fue una dura batalla, motivada en gran parte porque, como ocurrió con la invención de la compresa, los pacatos estadounidenses se avergonzaban de sus funciones corporales.

«Nadie se atrevía a pedirlo por su nombre. Era tan tabú que ni siquiera podías hablar sobre el producto», escribe Dave Praeger en La cultura de la caca: cómo se moldeó América gracias a su producto nacional más bruto. De hecho, durante sus primeros años como fabricantes, los hermanos no comercializaron su papel higiénico como Scott Tissue porque no querían ensuciar el apellido familiar con un producto tan “lascivo”.

Vendían el papel higiénico a comerciantes privados que luego lo distribuían empaquetado bajo dos mil marcas diferentes. Los Scott continuaron con esta práctica hasta 1903 cuando, bajo la dirección de Arthur Hoyt Scott, hijo de Irvin Scott, la Scott Paper Company comenzó a producir papel higiénico bajo la marca Scott Tissue. Con el paso del tiempo, los papeles higiénicos se convirtieron lentamente en un elemento básico de los hogares de Estados Unidos desde donde comenzó a extenderse internacionalmente. En 1925 la Scott Paper Company era líder mundial de ventas de papel higiénico.

Aunque el éxito del Scott Tissue lo convirtió en un nombre familiar, publicitarlo fue al principio un gran desafío para la empresa. De hecho, la aceptación pública generalizada del producto no se produjo oficialmente hasta que la sanidad y una nueva tecnología doméstica hicieron de su uso una necesidad.

 

Rollo vintage de Scott TissueFoto cortesía de Corporación Kimberly-Clark.

Arthur Scott se dio cuenta de que la empresa necesitaba publicidad de alto nivel, pero como las tiendas se negaban a mostrarla y la gente se negaba a hablar de ella, crearla no era un asunto fácil. Su oportunidad surgió cuando un producto que ya era muy popular se presentó como un artículo que promovía la higiene y la salud, lo que lo hizo más aceptable a los ojos del público.

A finales del siglo XIX, cada vez se construían más casas con retretes con descarga de agua conectados a sistemas de fontanería domésticos. Como la gente necesitaba un producto que pudiera eliminarse con el mínimo daño a las tuberías, las mazorcas de maíz, los retazos de tela, las conchas o las piedras, ya no servían. En poco tiempo, los anuncios de papel higiénico presumían de que el producto era recomendado tanto por médicos como por fontaneros.

 

Un anuncio de Scott Tissue de 1945 enfatiza la salud de los niños. Joy Northrup / Flickr.com

Hasta bien entrado el siglo XX, el papel higiénico todavía se comercializaba como un artículo sanitario. Pero en 1928, la Hoberg Paper Company intentó un camino diferente. La empresa introdujo una marca llamada Charmin e imprimió el producto con un logotipo que representaba a una mujer hermosa. La genialidad de la campaña fue que, al mostrar suavidad y feminidad, evitaban mencionar el propósito real del papel higiénico. Charmin tuvo un enorme éxito y la táctica ayudó a la marca a sobrevivir a la Gran Depresión. Décadas más tarde, las señoritas fueron reemplazadas por bebés, perritos y oseznos, unos vehículos publicitarios que todavía tienen plena vigencia: la suavidad al poder.

 

Anuncio original del papel higiénico Charmin. Colección de la Hoberg Paper Company.

En la década de 1970 ni Estados Unidos ni el resto del mundo desarrollado podían concebir la vida sin papel higiénico. El comienzo de la manía por acumular rollos arrancó en diciembre de 1973, cuando, durante su habitual monólogo de inicio, Johnny Carson, el popularísimo presentador de Tonight Show, el programa televisivo más visto en Estados Unidos, bromeó sobre la escasez de papel higiénico. Pero los televidentes no se lo tomaron a broma.

Como había ocurrido años antes con la emisión radiofónica de La Guerra de los Mundos con la que Orson Welles logró aterrorizar al país la víspera de Halloween de 1938, después de escuchar a Carson los televidentes americanos corrieron a los supermercados para comprar la mayor cantidad de rollos que pudieron.



En España, el papel higiénico entró en los años 50 del siglo pasado a lomos de un elefante. Este era el nombre por el que se conocía popularmente la única marca que había entonces de papel de baño. El papel, en realidad, ni siquiera se llamaba Elefante. El nombre se impuso entre los consumidores porque en el envoltorio, que era de celofán de color amarillo, aparecía dibujado en rojo el paquidermo.

No había ninguna marca, solamente aparecía la leyenda un “producto patentado” y el número de usos: 400. ¿Quién habría testado esa cifra? ¿Cuál sería la capacidad de carga de sus intestinos y cuál el tamaño de su trasero? Nunca lo sabremos. Una vez rasgado el envoltorio, aparecía un papel de color tostado y de un tacto basto, aunque una de las dos caras era satinada y algo más suave, una cualidad que, para quienes lo recordamos, tampoco era para tirar cohetes porque la cara basta más que limpiar raspaba, y si se usaba la cara satinada se producía un resbalón que podía extender el achocolatado producto hasta la espalda. Sí, la experiencia de limpiarse con el papel higiénico El Elefante es de las que no se olvidan y es uno de esos enseres que agradecemos enormemente que hayan evolucionado. ¿Acaso alguien lo echa de menos?

Habida cuenta de la afición de los españoles por el suave papel blanco multicapa, parece que no se le echa en falta. Hoy, el español medio consume 81 rollos de papel multicapa al año, 6.800 rollos a lo largo de su vida, los cuales, puestos en fila, se extenderían unos 622 km, o lo que es lo mismo, 346.000 al año si se considera el consumo total del país.

Según WorldAtlas, un solo pino de tamaño medio puede producir alrededor de 1.500 rollos de papel higiénico, por lo que si usamos esa estimación concluiremos que se necesitan más de dos millones y medio de pinos para producir la cantidad de rollos necesarios para satisfacer nuestros niveles de consumo anual, y anal, dicho sea de paso.

La pregunta es, si el papel higiénico escaseara, ¿podríamos vivir sin él? La verdad es que vivimos sin él durante mucho tiempo, al menos hasta bien entrados los 70 porque hasta entonces los urbanitas españoles preferían lo que hoy siguen prefiriendo los cubanos: octavillas hechas con papel de periódico, que a su porosidad absorbente añadían la ventaja del poder antiséptico de la tinta impresa.

Incluso ahora, mucha gente no necesita el papel higiénico, que para algo inventaron los franceses el bidé, que no en vano consumen la mitad de rollos per cápita que los españoles (a pesar de que los bidés son un artefacto sanitario estándar en todos los baños celtibéricos.

En Japón, el Washlet, un inodoro que viene equipado con un bidé y un soplador de aire es cada vez más popular y ya lo produce Roca, el fabricante español. Nada nuevo: en todo el mundo el agua sigue siendo uno de los métodos más comunes de autolimpieza. Muchos lugares en la India, Oriente Medio y Asia, por ejemplo, aún dependen de un balde y un grifo.

¿Nos desprenderemos alguna vez los españoles del amado papel higiénico para adoptar más medidas para ahorrar dinero? ¿O seguiremos tirando nuestros euros? En cualquier caso, no hay ninguna razón por la que deba almacenar papel higiénico; no se preocupe, no está al borde de la extinción, así que un apocalipsis de papel higiénico es muy poco probable. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

sábado, 14 de mayo de 2022

El curioso caso de las viboreras monstruosas de las orillas del Henares

Inflorescencia de la cresta de gallo Celosia argentea


Las anomalías en la forma de los organismos han provocado un amplio abanico de respuestas humanas, desde la fascinación cercana a la adoración al aborrecimiento por considerarlas formas monstruosas que escapan al esquema designado por un inexistente creador. La teratología, una disciplina científica auxiliar de las ciencias naturales, estudia a las criaturas anormales, es decir, se ocupa de aquellos individuos de cualquier especie que se originan de forma natural sin responder al patrón común.

Teratología proviene de dos palabras del griego antiguo: theratos, que significa monstruo, y λογία que significa estudio o tratado. Es, pues, la ciencia que estudia las malformaciones congénitas o mutaciones, ya sean inviables (abortos) o viables. Para seguir avanzando en el tema, se denominan teratógenos aquellos agentes que pueden inducir o incrementar la incidencia de las malformaciones congénitas cuando actúan durante su desarrollo embrionario.

Algunas veces, la ingestión de determinadas plantas tóxicas provoca malformaciones teratológicas como la del cordero cíclope de la fotografía, cuya madre resultó intoxicada por la ingestión de Verbascum californicum, en un misterioso caso de envenenamiento que, después de causar centenares de corderos monstruosos en Idaho, tardó años en resolverse.

Las plantas pueden ver alterado su crecimiento por diversos parásitos hasta adquirir formas extravagantes o monstruosas. Varios amigos me han enviado muchas veces una curiosa forma monstruosa de la viborera Echium plantagineum, una planta muy común en ambientes humanizados como barbechos, baldíos, eriales, bordes de caminos, márgenes de huertos y otros lugares donde abundan los nitratos. De las cambiantes flores de las viboreras me ocupé hace algún tiempo en este mismo blog.

Las viboreras normales tienen tallos erguidos nacientes en número variable de una roseta de hoja floral. Sea cual sea el número de tallos, en las plantas no teratológicas cada tallo se yergue aislado de sus hermanos vecinos. En las formas teratológicas todos los tallos nacen juntos formando una masa aplastada común a modo de abanico en el que todas las varillas se hubiesen fusionado en una masa suculenta.

Echium plantagineum en la orillas del Henares. A: ejemplar teratológico. B: ejemplar normal. Fotos de Jacinto Gamo y de Vicente Ortuño, respectivamente.

Tal tipo de deformación teratológica de los tallos se conoce como “fasciación” (del latín fascia, “faja”). Se conocen desde antiguo, al menos desde 1755, cuando el gran naturalista Linneo las describió con mucha fantasía en cuanto a su origen por compresión como:

«fasciata, la que arroja muchos tallos, que juntándose en uno solo, forman como una faja; por ejemplo, en la Beta alato caule y en el Amaranthus cristatus, lo que también se consigue introduciéndolos con arte en algún lugar estrecho, del que van saliendo comprimidos y aplanados».

Los ejemplos mencionados por Linneo son la acelga y la llamada cresta de gallo, actualmente Celosia argentea, la planta fotografiada en la cabecera de este artículo, en la que su forma de cresta de gallo es tan frecuente que ha inspirado otra denominación de estas deformidades: crestaciones.

¿Qué provoca las fasciaciones?

Dejando de lado la imaginativa explicación que ofrecía Linneo, las fasciaciones suelen ir acompañadas de otras deformaciones como la reducción y la multiplicación de hojas y foliolos deformes. Aparecen en multitud de especies herbáceas o leñosas y no suelen afectar ni a la totalidad de la planta ni al conjunto de una población. Normalmente afectan a plantas aisladas, pero a veces pueden encontrarse varios ejemplares cercanos con deformidades similares. En algunas plantas ornamentales estas alteraciones pueden llegar a ser un rasgo apreciado como ornamentales, como ocurre con los cactus y las euforbias suculentas o con la mencionada cresta de gallo.

Saguaros (Carnegeia gigantea). El ejemplar de la derecha presenta una notable crestación. Saguaro National Park, Arizona.

Cuando hace algunas décadas yo era estudiante de biología, el principal sospechoso de causar las fasciaciones era la actinobacteria Rhodococcus fascians, al menos por la alusión implícita en su nombre específico. En este caso, como en las buenas novelas policíacas y, habida cuenta de que los fitopatólogos han demostrado que R. fascians solamente causa unas agallas foliosas en ciertas plantas, el culpable no era el principal sospechoso.

Para descubrir al responsable hubo que esperar hasta 2017, cuando pudo confirmarse que las verdaderas fasciaciones son provocadas por otros microorganismos, los fitoplasmas, de los que hay varios grupos que afectan a diversas plantas hospedantes. Los fitoplasmas son un grupo raro de bacterias sin pared celular (Mollicutes) que viven en los tejidos conductores de los vegetales o en el interior de sus insectos vectores, y causan diversas enfermedades en las plantas.

Los fitoplasmas son transmitidos por insectos chupadores del orden Hemiptera, entre otros por los de la familia Cercopoidea que se multiplican en el interior del insecto y persisten en él hasta su muerte. En el caso de las viboreras que nos ocupan, es muy probable que el vector sea una especie de Cercopis, un insecto del grupo de las cigarrillas espumeantes que, con el aparato bucal picador chupador, inocula el microorganismo en algunos pies de planta.

Cercopis vulnerata

Posados en las viboreras de las orillas del Henares, mi colega, el entomólogo Vicente Ortuño, ha visto posados ejemplares de Cercopis como el que aparece en la fotografía. Blanco y en vasija, leche fija. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 17 de abril de 2022

El lenguaje oculto de los hongos



Los resultados de una investigación sobre ciertas respuestas de los hongos a su entorno manifestadas mediante picos en el potencial eléctrico de sus células apuntan a que entre ellos pudiera existir algún tipo de biocomunicación.

Casi todos los organismos se comunican entre sí de una forma u otra a través de lenguajes muy conocidos como cortejos nupciales, danzas de apareamiento, chillidos y bramidos de los animales, hasta las señales químicas invisibles emitidas por las hojas y raíces de las plantas. Pero ¿y los hongos? ¿Son los hongos tan inanimados como parecen, o hay algún lenguaje oculto bajo superficie? El punto clave del debate puede centrarse alrededor de dos cuestiones: ¿Pueden comunicarse entre sí los hongos? Si la respuesta es afirmativa, ¿poseen los hongos lo que llamamos lenguaje?

Los hongos son un mundo aparte (un reino diferente, usando la terminología adecuada). Nada tienen que ver con las plantas y, por el contrario, presentan algunos atributos que los acercan a los animales. Lo que caracteriza básicamente a las plantas son dos cualidades: sus paredes celulares están endurecidas por un polímero, la celulosa, y son autótrofas, es decir, son capaces de elaborar sus propios alimentos gracias a la fotosíntesis.

Los animales, por su parte, son heterótrofos, es decir, dependen de otros organismos para alimentarse y sus células carecen de una pared endurecida como la de las plantas. Eso no impide que algunos animales, como los insectos o los crustáceos, posean exoesqueletos cuyas paredes celulares están endurecidas. En muchos de esos esqueletos, el compuesto químico que los endurece es un polímero, la quitina.

Los hongos son heterótrofos que, como los animales, se alimentan mediante digestión, entendiendo por tal la emisión de fluidos corporales (en el caso de los animales piense en los jugos gástricos) capaces de descomponer la materia orgánica compleja en unidades sencillas a las que llamamos nutrientes. Hongos y animales, pues, digieren. El cuerpo de los hongos pluricelulares, el micelio, está formado por células alargadas llamadas hifas, cuyas paredes están revestidas por quitina. Heterotrofia y quitina, dos características “animales”.

Si los hongos se parecen más a los animales que a las plantas, ¿por qué los estudian los botánicos? La respuesta es sencilla: por tradición. La clasificación de los organismos arranca en la antigüedad siguiendo un concepto aristotélico. Aristóteles distinguía entre entes animados e inanimados. Los inanimados eran, básicamente, piedras y rocas. Los animados, todos los demás. Entre estos, los había móviles, que para Aristóteles eran los animales, e inmóviles (aparentemente, diríamos hoy), en los que incluía a plantas y hongos. De los animales se encargaría la Zoología, de los inmóviles la Botánica. Y así hasta ahora.

Dejemos ahora esa digresión y pasemos al asunto de la comunicación. Como los seres humanos somos animales, consideramos que la comunicación es, o puede ser, un atributo propio de todos los animales y, por lo mismo, no nos llevamos las manos a la cabeza cuando oímos hablar de las relaciones comunicativas de delfines, ballenas, muchas aves o de nuestros primos los simios.

Todos ellos son vertebrados dotados de sistema nervioso, pero hay un cuerpo emergente de estudios sobre el lenguaje de criaturas sin sistema nervioso e invertebrados. La biocomunicación en ciliados incluye señalización intracelular, quimiotaxis como expresión de comunicación, señales para el tráfico de vesículas, comunicación hormonal y feromonas.

El campo del lenguaje de los insectos tuvo su pionero más reconocido en Karl von Frisch que obtuvo el Premio Nobel de Medicina de 1973 por la investigación y el descubrimiento del lenguaje de las abejas. En 1971 se expuso por primera vez la cuestión del lenguaje de las hormigas y de cómo las especies hospedadas por estas pueden comunicar su lenguaje. A principios de la década de 1980, se propuso el análisis del lenguaje de las hormigas utilizando enfoques de teoría de la información. El enfoque tuvo éxito en gran medida en el análisis de las capacidades cognitivas de esos insectos sociales.

Las plantas no tienen cerebro, las plantas no tienen ni una sola neurona, de manera que, aplicando criterios neurobiológicos, no pueden considerarse “inteligentes, pero también sabemos que perciben lo que sucede a su alrededor, se defienden contra sus depredadores, engañan a sus presas e incluso se comunican entre ellas.

Los procesos de comunicación de las plantas se consideran principalmente interacciones mediadas por señales químicas y no simplemente un intercambio de información. Las evidencias de diferentes tipos de "palabras" químicas en las plantas se presentaron en sendas investigaciones de la pasada década (1, 2). Además, una concepción modificada del lenguaje de las plantas se ha considerado por algunos como un camino (un tanto esotérico) hacia «la desobjetivación de las plantas y el reconocimiento de su valor y dignidad inherentes».

El hongo Schizophyllum commune fue el que ofreció más respuestas "léxicas" en los ensayos

 

Una investigación recién publicada sugiere que los hongos tienen un complicado "lenguaje" eléctrico propio mediante el cual podrían usar "palabras" y formar "oraciones" para comunicarse con los vecinos. Recuérdese a este respecto que casi toda la comunicación dentro y entre animales multicelulares implica a células altamente especializadas (o neuronas). Estos transmiten mensajes de una parte de un organismo a otra a través de una red conectada llamada sistema nervioso.

El "lenguaje" del sistema nervioso comprende patrones distintivos de picos de potencial eléctrico (también conocidos como impulsos), que ayudan a las criaturas a detectar y responder rápidamente a lo que está sucediendo en su entorno. Al medir la frecuencia y la intensidad de los impulsos, es posible desentrañar y comprender los idiomas utilizados para comunicarse dentro y entre los organismos en todos los reinos orgánicos.

Los hongos no tienen ni cerebro ni una sola neurona, pero a pesar de carecer de esos atributos, parecen transmitir información utilizando impulsos eléctricos a través de sus hifas, los filamentos que forman una red delgada llamada micelio que une colonias de hongos bajo el suelo. Estas redes son notablemente similares a los sistemas nerviosos de los animales.

Los hongos micorrízicos (hongos parecidos a hilos casi invisibles que forman asociaciones íntimas con las raíces de las plantas) tienen extensas redes en el suelo que conectan las plantas vecinas. A través de estas asociaciones, las plantas generalmente obtienen acceso a los nutrientes y la humedad suministrados por los hongos desde los poros más pequeños del suelo. Esto amplía enormemente el área de la que las plantas pueden obtener sustento y aumenta su tolerancia a la sequía. A cambio, la planta transfiere azúcares y ácidos grasos a los hongos, lo que significa que ambos se benefician de la relación.

Los experimentos con plantas conectadas únicamente por hongos micorrízicos han demostrado que cuando una planta dentro de la red es atacada por pulgones, las respuestas de defensa de las plantas vecinas también se activan. Parece que las señales de advertencia se transmiten a través de la red fúngica.

El micelio de los hongos micorrícicos permite relaciones simbióticas con las plantas


Otras investigaciones han demostrado que las plantas micorrizadas pueden transmitir algo más que información a través de los micelios. En algunos estudios, parece que las plantas, incluidos los árboles, pueden transferir compuestos a base de carbono, como azúcares, a sus vecinos. Estas transferencias de carbono de una planta a otra a través del micelio fúngico podrían ser particularmente útiles para apoyar las plántulas a medida que germinan.

En la investigación que acaba de publicarse el científico informático Andrew Adamatzky de la Western England University en Bristol, Inglaterra, sugiere que los hongos tienen un "lenguaje" eléctrico propio, mucho más complicado de lo que nadie pensaba anteriormente. Usando pequeños electrodos, Adamatzky registró los impulsos eléctricos rítmicos transmitidos a través del micelio de cuatro especies diferentes de hongos.

Adamatzky encontró que los impulsos variaban en amplitud, frecuencia y duración. Al hacer comparaciones matemáticas entre los patrones de estos impulsos con los más asociados típicamente con el lenguaje humano, concluye forman la base de un lenguaje que comprende hasta 50 palabras organizadas en oraciones.

Esa interpretación plantea la posibilidad de que los hongos tengan su propio lenguaje eléctrico para compartir entre ellos o incluso con socios más distantes información específica sobre recursos y fuentes potenciales de peligro.

Aunque interpretar los picos eléctricos en el micelio como un lenguaje resulte atractivo, existen formas alternativas de interpretar los nuevos hallazgos, porque el ritmo de los pulsos eléctricos se parece bastante a la forma en que los nutrientes fluyen a lo largo de las hifas y, por lo tanto, dichos pulsos pueden reflejar procesos dentro de las células fúngicas que no están directamente relacionados con la comunicación.

Lo que parece obvio es que se necesita más investigación antes de que podamos decir con certeza qué significan los impulsos eléctricos detectados en el estudio de Adamatzky. Lo que podemos concluir por el momento es que los picos eléctricos son, potencialmente, un nuevo mecanismo para transmitir información a través del micelio que puede tener implicaciones importantes para nuestra comprensión del papel y la importancia de los hongos en los ecosistemas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.