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jueves, 7 de mayo de 2026

LOS QUÍMICOS ETERNOS

 

La historia de los compuestos perfluorados, los PFAS, recuerda a la del amianto o el DDT: durante décadas parecían materiales casi milagrosos porque resolvían muchos problemas industriales. Solo después se comprendió el coste ambiental de crear moléculas tan resistentes que la naturaleza no sabe cómo desmontar.

Hoy los compuestos perfluorados aparecen en análisis de sangre realizados en poblaciones de casi cualquier país industrializado. También se detectan en ríos, peces, aves marinas y aguas subterráneas. Se han encontrado restos de estas sustancias en el Ártico y en regiones donde nunca existió una fábrica química. El hallazgo sorprendió a muchos investigadores, aunque quizá no debería haberlo hecho. Los PFAS fueron diseñados precisamente para resistir el calor, la oxidación, los ácidos y el desgaste. Lo inesperado fue descubrir hasta qué punto también resisten el paso del tiempo.

Las siglas PFAS corresponden a Per- and Polyfluoroalkyl Substances, una amplia familia de compuestos sintéticos desarrollados a partir de una característica química muy concreta: el enlace entre carbono y flúor. Se trata de uno de los enlaces más estables de la química orgánica. Esa estabilidad impide que muchos microorganismos o procesos naturales puedan degradarlos con facilidad. Desde el punto de vista industrial era una propiedad magnífica. Desde el punto de vista ambiental empezó a parecer otra cosa.

El origen de esta historia se remonta a 1938. Un químico llamado Roy Plunkett trabajaba para DuPont  buscando nuevos refrigerantes cuando observó un comportamiento extraño en un cilindro de tetrafluoroetileno. El gas no salía, aunque el recipiente seguía pesando lo mismo. Al abrirlo descubrió una sustancia blanca y cerosa adherida al interior. Aquel material resultó ser politetrafluoroetileno, el compuesto que más tarde se comercializaría como Teflon.

El descubrimiento llamó inmediatamente la atención porque el nuevo polímero soportaba condiciones que destruían otros materiales. Resistía ácidos corrosivos, altas temperaturas y numerosas reacciones químicas. Durante la Segunda Guerra Mundial se utilizó en instalaciones relacionadas con el Proyecto Manhattan, donde hacía falta manipular sustancias extremadamente agresivas. Después de la guerra comenzaron las aplicaciones comerciales y la química fluorada se expandió con rapidez.

En pocos años aparecieron tejidos impermeables, envases resistentes a la grasa, alfombras antimanchas, espumas contra incendios y utensilios de cocina antiadherentes. Muchos productos domésticos incorporaban compuestos fluorados sin que el consumidor supiera siquiera que existían. La industria química veía aquellas sustancias como un avance técnico notable. Y en cierto sentido lo eran. El problema es que casi nadie se preguntó qué ocurría con ellas después de ser utilizadas.

Empresas como 3M desarrollaron algunos de los compuestos más conocidos, entre ellos el PFOS, empleado en espumas antiincendios y tratamientos textiles. DuPont utilizó ampliamente el PFOA en la fabricación del Teflón. Durante años ambos compuestos se produjeron en grandes cantidades. Parte acababa en residuos industriales, vertidos o emisiones atmosféricas. Otra parte terminaba dispersándose lentamente por el entorno.

Los primeros indicios serios aparecieron en estudios toxicológicos realizados con animales. Algunos investigadores observaron alteraciones hepáticas y acumulación de fluorados en tejidos biológicos. Más tarde comenzaron a detectarse concentraciones elevadas en trabajadores de fábricas químicas. Sin embargo, la alarma pública tardó en llegar.

Uno de los episodios decisivos ocurrió en Virginia Occidental, donde un abogado llamado Robert Bilott investigó las denuncias de un ganadero cuya explotación estaba situada cerca de una planta de DuPont. Varias reses enfermaban o morían en circunstancias extrañas. La investigación acabó revelando documentos internos y datos sobre contaminación por PFOA en aguas cercanas. También mostró que la sustancia llevaba tiempo presente en análisis de sangre realizados a empleados y habitantes de la zona.

Aquello provocó una oleada de estudios epidemiológicos. Los resultados no describían un tóxico agudo capaz de causar síntomas inmediatos, sino algo más difícil de interpretar: una exposición continua y acumulativa. Algunos PFAS permanecen años en el organismo antes de eliminarse parcialmente. Diversos trabajos científicos relacionaron determinadas exposiciones prolongadas con aumento del colesterol, alteraciones hormonales, hipertensión durante el embarazo, problemas hepáticos y ciertos tipos de cáncer, especialmente renal y testicular. También aparecieron investigaciones sobre posibles efectos en la respuesta inmunitaria y en la eficacia de algunas vacunas.

No todos los PFAS presentan el mismo comportamiento ni la misma toxicidad. Existen miles de variantes y muchas siguen estudiándose. Ese es precisamente uno de los problemas: la regulación avanza más despacio que el desarrollo de nuevos compuestos. Cuando algunos fluorados comenzaron a prohibirse o restringirse, muchas empresas los sustituyeron por otros similares sobre los que todavía existían pocos datos.

El agua potable se convirtió en uno de los principales focos de preocupación. Las espumas utilizadas durante décadas en aeropuertos y bases militares contaminaron acuíferos en distintos países. Y eliminar PFAS del agua resultó complicado. Las depuradoras convencionales apenas consiguen retenerlos. Para reducir su presencia se necesitan sistemas avanzados como carbón activado, resinas especiales u ósmosis inversa, tecnologías costosas y difíciles de aplicar a gran escala.

La paradoja es evidente. Los PFAS se desarrollaron porque ofrecían soluciones eficaces a problemas técnicos reales. Muchos siguen teniendo aplicaciones industriales importantes, sobre todo en electrónica, medicina o aeronáutica. Pero la misma estabilidad química que los hacía útiles terminó convirtiéndose en su principal inconveniente ambiental.

La química del siglo XX produjo materiales extraordinarios y también residuos inesperadamente persistentes. Los PFAS forman parte de esa herencia. Son moléculas diseñadas para durar más de lo que entonces parecía imaginable. Ahora el desafío consiste en entender hasta qué punto esa durabilidad puede gestionarse sin dejar una contaminación que permanezca durante generaciones.

EL ESTRECHO DE ORMUZ Y LA GASOLINERA DE OHIO

 

Estados Unidos no funciona políticamente como Europa. Y probablemente ahí reside buena parte de la dificultad para entender el futuro de Donald Trump.

En la vieja Europa los partidos son estructuras pesadas. Tienen memoria, cuadros, doctrina, aparato territorial, familias ideológicas reconocibles y una relación casi sentimental con parte de su electorado. Son organizaciones concebidas para durar. El votante europeo suele heredar una cierta cultura política, incluso cuando decide rebelarse contra ella.

Estados Unidos, en cambio, funciona de otro modo. Los partidos son máquinas electorales intermitentes. Se activan para competir y se repliegan después. El Partido Demócrata y el Partido Republicano son, en realidad, grandes plataformas de agregación temporal de intereses muchas veces contradictorios. Menos liturgia y más marketing. Menos militancia y más movilización puntual.

Eso explica una paradoja que desde Europa cuesta comprender: el país vive una de las épocas de mayor polarización política de su historia reciente y, sin embargo, mantiene niveles de participación relativamente modestos. En las presidenciales de 2024, las elecciones que devolvieron a Donald Trump a la Casa Blanca, votaron más de 154 millones de personas, un récord histórico. Pero aun así la participación apenas rozó el 58% de la población en edad de votar. Por tanto, según los datos, y a pesar del récord de participación apuntado, la abstención, con casi 113 millones, es en realidad la primera fuerza política en Estados Unidos, muy por encima de los 77 y 75 millones de votos para Trump y K. Harris, respectivamente.

Ese dato es fundamental para entender el trumpismo. Porque Trump nunca construyó una mayoría ideológica compacta. Construyó una coalición emocional y coyuntural. Una alianza heterogénea unida más por el malestar que por un proyecto doctrinal coherente.

En Estados Unidos, además, los partidos apenas tienen afiliados en el sentido europeo del término. Existen votantes registrados, simpatizantes, donantes, activistas ocasionales. Pero no una militancia orgánica comparable a la española, francesa o italiana. Millones de estadounidenses cambian de preferencia electoral con enorme facilidad. Otros se registran como independientes. Muchos votan únicamente según la situación económica del momento. El precio de la gasolina puede pesar más que un debate ideológico.

Y ahí aparece el gran electorado decisivo norteamericano: los independientes, los despolitizados intermitentes y los votantes pendulares de los suburbios. Gente que puede votar a Obama y después a Trump. O a Biden y después volver al Partido Republicano. No son revolucionarios culturales. Son consumidores políticos pragmáticos. Trump entendió eso mejor que nadie.

Mientras buena parte de la prensa internacional observaba fascinada los mítines del movimiento MAGA, el trumpismo real se construía sobre una suma mucho más amplia y contradictoria. El núcleo duro nacional-populista nunca fue suficiente para ganar unas presidenciales. Trump necesitó añadir republicanos tradicionales preocupados por los impuestos, conservadores movilizados por la agenda cultural antiwoke y una derecha moderada que desconfía de él, pero que termina votándolo cuando percibe debilidad económica o caos internacional bajo administraciones demócratas.

Era una coalición improbable, pero eficaz. Funcionó porque Trump simplificó brutalmente el mensaje político norteamericano en tres ideas muy comprensibles: fronteras seguras, economía nacional protegida y menos guerras exteriores. “America First” no era únicamente un eslogan. Era una síntesis psicológica del cansancio estadounidense tras décadas de globalización, deslocalización industrial y aventuras militares interminables.

El problema es que las coaliciones heterogéneas son muy difíciles de mantener cuando aparece una crisis internacional seria. La intervención estadounidense en Irán ha abierto precisamente esa grieta. Dentro del universo MAGA han comenzado a escucharse críticas muy poco habituales contra Trump. Sectores aislacionistas le reprochan haber subordinado la prioridad nacional estadounidense a los intereses estratégicos de Israel. Figuras mediáticas de la nueva derecha populista norteamericana empiezan a preguntarse si Trump está abandonando la doctrina antiintervencionista que le permitió diferenciarse del viejo establishment republicano.

Mientras tanto, los votantes independientes observan otro fenómeno mucho más tangible: la economía empieza a deteriorarse. El estrecho de Ormuz no es una abstracción geopolítica para la clase media estadounidense. Es gasolina más cara, inflación importada, nerviosismo bursátil y sensación de incertidumbre. Y ahí Trump entra en terreno peligroso.

Porque el votante que lo devolvió a la Casa Blanca no esperaba una gran cruzada ideológica internacional. Esperaba estabilidad económica. Esperaba menos inflación. Esperaba orden. Esperaba una presidencia menos costosa que la de Joe Biden.

Las elecciones de medio mandato suelen funcionar en Estados Unidos como un mecanismo de corrección. El electorado castiga al presidente cuando percibe desgaste, arrogancia o fracaso. Ha ocurrido muchas veces. Y podría volver a ocurrir.

Quedan todavía meses para noviembre y en política estadounidense seis meses equivalen a una eternidad. Trump conserva una enorme capacidad de movilización, el Partido Demócrata sigue sin encontrar un liderazgo verdaderamente sólido y el nacionalismo económico continúa siendo una fuerza poderosa en amplias capas sociales del país.

Pero la situación ha cambiado. Si la crisis con Irán se prolonga, si el petróleo sigue tensionando los precios y si la sensación de desorden internacional termina contaminando la vida cotidiana de la clase media norteamericana, la heterogénea coalición trumpista puede empezar a deshilacharse. Primero en los suburbios. Después entre los independientes. Finalmente, dentro del propio Partido Republicano.

Y entonces el estrecho de Ormuz podría terminar teniendo consecuencias políticas inesperadas a miles de kilómetros de distancia. Porque quizá el futuro del trumpismo no se esté decidiendo en Washington. Quizá se esté decidiendo en las gasolineras de Ohio.

miércoles, 6 de mayo de 2026

UNA BREVE HISTORIA NATURAL DE TRES ÁLAMOS (O CHOPOS, COMO USTED QUIERA) EUROPEOS

 

Los nombres “álamo” y “chopo” designan en español a los árboles del género Populus, pero proceden de tradiciones lingüísticas distintas. Álamo viene del árabe hispánico álamo, derivado del árabe clásico “alam”, que significa “señal” o “hito”. El nombre encaja bien con estos árboles altos y visibles, que a menudo marcaban caminos o riberas. Con el tiempo, “álamo” se consolidó como el término más general y neutro, frecuente en registros cultos y descripciones formales.

Chopo, en cambio, tiene un origen más incierto, aunque se suele relacionar con el latín populus, nombre científico del género. A través de la evolución del latín vulgar, habría dado lugar a formas romances que acabaron en “chopo”, de uso más popular y rural. En la práctica, ambos términos se emplean casi indistintamente, aunque a veces “chopo” se asocia a árboles altos y plantados en hileras, mientras “álamo” tiene un sentido más amplio. Esta duplicidad refleja tanto la complejidad botánica del grupo —con numerosas especies e híbridos— como la tendencia del lenguaje común a nombrar por apariencia más que por precisión científica.

Si uno se detiene a mirar un álamo (o un chopo, que tanto monta, como acabo de explicar), cosa que casi nadie hace —porque los álamos tienen la rara habilidad de ser visibles sin llamar la atención—, descubrirá que está ante uno de los árboles más inquietos de Europa. No inquietos en el sentido filosófico (aunque podrían competir con cualquiera), sino literalmente: tiemblan, susurran, se agitan, reflejan la luz como si estuvieran probándose trajes distintos a cada rato.

En el género Populus se reúnen árboles caducifolios dioicos (de sexos separados, como nosotros), de crecimiento rápido, con hojas simples alternas de pecíolo largo (a menudo aplanado), flores unisexuales dispuestas en amentos colgantes y frutos en cápsulas que liberan semillas provistas de pelos algodonosos para su dispersión por el viento.

Es, además, un buen ejemplo de grupo botánico donde el número “oficial” nunca es del todo fijo. En términos generales, se reconocen entre veinticinco y treinta y cinco especies en el mundo. Es, en esencia, una colección de árboles diseñados por la naturaleza para crecer deprisa, vivir relativamente poco y dejar tras de sí una descendencia abundante, ligera y con vocación de viaje. Son los oportunistas del mundo vegetal: allí donde hay agua, luz y un descuido humano, aparece un álamo.

Pero no todos los álamos son iguales, aunque conspiren para parecerlo desde la distancia. Los tres protagonistas de esta pequeña historia —Populus alba, P. tremula y P. nigra— forman una especie de triángulo botánico en el que cada vértice tiene su carácter, sus manías y su manera de delatarse al observador atento.

El álamo blanco (Populus alba) es, por decirlo suavemente, un poco teatral. Sus hojas tienen dos caras bien diferenciadas: por arriba son de un verde respetable, pero por abajo son de un blanco plateado que brilla como si alguien hubiera olvidado terminar de pintarlas. Esto provoca un efecto notable: cuando sopla el viento, el árbol parece encenderse y apagarse, como si estuviera enviando señales luminosas a alguna civilización vecina.

Si uno se acerca —cosa que recomiendo, porque los álamos recompensan la curiosidad— notará además hojas con lóbulos irregulares, casi como pequeñas manos mal dibujadas, un envés densamente blanquecino (la clave del “alba”) y un tronco claro, a menudo con manchas oscuras y una textura algo irregular. Tiene, además, una personalidad expansiva: produce retoños con entusiasmo, coloniza terrenos con cierta falta de modestia y, si se le deja, acaba formando pequeñas repúblicas independientes de sí mismo.

El caso de P. tremula es distinto. Si el álamo blanco es teatral, el álamo temblón es directamente un neurótico elegante. Sus hojas están diseñadas con un detalle evolutivo fascinante: el pecíolo (el rabillo que une la hoja a la rama) es plano. Esto permite que la hoja vibre con la más mínima brisa. No hace falta viento; basta una insinuación atmosférica para que el árbol entero entre en una especie de temblor colectivo. De ahí su nombre: tremula, es decir, “la que tiembla”.

Aspectos botánicos de tres álamos hispanos. 1 a 3: Populus alba (hojas, tronco y producción de semillas con pelos algodonosos. 4 y 6: P. tremuloides (hojas y tronco). 5 y 7: P. nigra (tronco y hojas)
Para reconocerlo hay que observar sus hojas casi redondeadas, con bordes finamente dentados, el pecíolo aplanado (esto es crucial, aunque uno rara vez va por el campo examinando pecíolos, lo cual es una lástima) y una corteza lisa y grisácea, especialmente en ejemplares jóvenes. El resultado es un árbol que parece estar siempre al borde de una revelación. En los bosques de temblones, el sonido no es un susurro sino un murmullo constante, como si alguien estuviera pasando páginas muy deprisa.

El álamo negro es, en cambio, un pragmático de ribera. P. nigra viene a ser el más serio del grupo, el que no pierde el tiempo en efectos especiales. Crece típicamente en riberas, donde el suelo es húmedo y fértil, y puede alcanzar tamaños considerables. Su silueta es alta, a veces algo desgarbada, pero siempre imponente.

Para distinguirlo conviene fijarse en sus hojas triangulares o romboidales, brillantes y de un verde uniforme, en su corteza oscura, profundamente agrietada en ejemplares adultos, y en su porte elevado, con ramas que suelen ascender en ángulos algo imprevisibles. No tiene el envés blanco del alba ni el temblor del tremula. Es, por así decirlo, un álamo que no necesita trucos.

La buena noticia es que no hace falta ni perder la dignidad ni convertirse en botánico profesional para diferenciarlos. Basta con recordar tres ideas simples:

—¿Brilla en blanco cuando se mueve?: P. alba.

—¿Tiembla incluso cuando el viento parece faltar?: P.  tremula.

—¿Es alto, oscuro y sin extravagancias?: P. nigra.

Pero si alguna vez le parece que hay “demasiados tipos de álamos”, probablemente tenga razón… aunque no porque haya muchas especies puras, sino porque los híbridos y variedades son innumerables. En cierto modo, Populus no es solo un género de especies, sino también un laboratorio natural de mezclas.

Los álamos tienen fama de árboles comunes, lo cual es injusto. Son, en realidad, especialistas en hacer visible el viento, en traducir el aire en movimiento. Cada uno lo hace a su manera: el blanco con destellos, el temblón con vibraciones, el negro con una presencia sólida que define el paisaje.

Quizá por eso han acompañado a viajeros, campesinos y poetas durante siglos. No porque fueran extraordinarios —que lo son— sino porque hacen algo muy raro en la naturaleza: convierten lo invisible en espectáculo.

Y eso, si uno lo piensa bien, no está nada mal para un árbol que casi nadie mira.

LLEGA LA PRIMAVERA Y FLORECEN LOS CANELOS

 

Hay árboles que parecen haber sido diseñados por un comité: prudentes, discretos, incapaces de ofender a nadie. En cambio, los canelos (Melia azedarach), dan la impresión de haber sido concebidos por alguien con una imaginación un poco desordenada y una vaga inclinación por las contradicciones. Es un árbol que florece con delicadeza, fructifica con entusiasmo y, en un giro argumental que nadie ve venir, resulta ser discretamente venenoso. Todo ello sin perder nunca el aplomo.

Si uno se lo encuentra por primera vez —pongamos en una calle de cualquier ciudad española o en una plaza romana— es probable que no le preste demasiada atención. Tiene una silueta razonablemente civilizada: tamaño medio, copa más o menos redondeada, sombra ligera. No intimida. No compite con los plátanos de sombra ni con los tilos de pretensiones perfumadas. Está ahí, cumpliendo.

Pero basta con acercarse un poco para notar que hay algo distinto. Las hojas, por ejemplo, no son simples ni rotundas, sino compuestas y generosamente divididas, como si alguien hubiera empezado a dibujarlas y luego, incapaz de parar, hubiera añadido subdivisiones hasta que el conjunto adquirió un aire plumoso. Técnicamente son hojas bipinnadas o tripinnadas, lo que significa —traducido a lenguaje humano— que cada hoja está formada por múltiples foliolos, y cada uno de estos, a su vez, puede subdividirse. El resultado es un follaje ligero, algo deshilachado, que deja pasar la luz con una cortesía muy mediterránea.

Luego llega la primavera y el árbol, que hasta ese momento parecía un ciudadano más, decide destacar. Produce racimos de flores de un lila pálido, con cinco pétalos estrechos que se abren como pequeñas estrellas desganadas. En el centro aparece un tubo estaminal de un púrpura más intenso, casi teatral, como si la flor llevara un chaleco oscuro bajo una chaqueta clara. El conjunto tiene un perfume suave, nada invasivo, que uno detecta más por intuición que por evidencia. Es un aroma que no pretende conquistar, sino sugerir.

Hasta aquí, todo bastante respetable. Un árbol elegante, incluso agradable. Y entonces aparecen los frutos.

No lo hacen con discreción. Surgen en racimos, al principio verdes, luego amarillos, casi dorados, y perfectamente esféricos, como si alguien hubiera decidido decorar el árbol con pequeñas canicas. Son drupas, en el sentido botánico del término, lo que significa que tienen una pulpa exterior y una semilla dura, un “hueso”, en el interior. Persisten durante meses, a menudo bien entrado el invierno, cuando el árbol ha perdido las hojas y queda cubierto de estas bolitas que tintinean con el viento seco.

Es en ese momento cuando el observador curioso —una especie rara pero valiosa— empieza a hacerse preguntas. ¿Son comestibles? ¿Por qué siguen ahí cuando todo lo demás ha caído? ¿Y quién, exactamente, decidió que un árbol urbano necesitaba este tipo de decoración?

La respuesta a la primera pregunta es: mejor no comprobarlo. Los frutos contienen compuestos tóxicos, especialmente concentrados en la pulpa, que pueden causar desde molestias digestivas hasta síntomas neurológicos si uno se empeña en zampar lo suficiente. No es un veneno dramático, de esos que hacen caer fulminado al primer bocado, pero sí lo bastante eficaz como para disuadir a mamíferos poco prudentes. Curiosamente, las aves parecen tolerarlo bastante mejor, lo que explica que el árbol se disperse con notable eficacia. Siempre hay alguien dispuesto a hacer el trabajo sucio de la reproducción.

La segunda pregunta —por qué persisten— tiene una respuesta ecológica bastante elegante: los frutos sirven como reserva visual y alimenticia en épocas en que escasea lo demás. Y la tercera, la de quién tuvo la idea, nos lleva a un territorio más humano.

En Roma, por ejemplo, a Melia azedarach se le conoce como el “árbol de los rosarios”. No es una metáfora poética, sino una observación práctica. Las semillas que se encuentran dentro de esos frutos —una vez retirada la pulpa, lo cual requiere cierta paciencia y una prudente distancia con la boca— son duras, lisas y sorprendentemente uniformes. Con un pequeño orificio, se convierten en cuentas. Durante siglos, en contextos donde los materiales nobles no abundaban, estas semillas se ensartaban para fabricar rosarios y collares devocionales.

Hay algo profundamente satisfactorio en esta imagen: un árbol urbano, ligeramente tóxico, proporcionando las cuentas para objetos de recogimiento espiritual. Es como si la naturaleza hubiera decidido colaborar con la vida religiosa, pero con una ligera sonrisa irónica.

Por supuesto, el árbol no tenía intención de convertirse en proveedor de abalorios sacros. Su estrategia era otra: producir muchas semillas, protegerlas con una pulpa poco apetecible y confiar en que alguien —ave, humano o accidente— se encargara del transporte. Y en esto ha tenido un éxito notable.

Originario de Asia, probablemente de regiones que hoy abarcan India, China y el sudeste asiático, Melia azedarach ha viajado con los humanos durante siglos. En muchas zonas de España —sobre todo en Andalucía y parte del centro peninsular— Melia azedarach recibe el nombre de “canelo” o “cinamomo”. Lo curioso es que no tiene nada que ver con la canela verdadera.

La auténtica canela procede de árboles del género Cinnamomum, el nombre en latín de la canela, que durante siglos se aplicó a varias plantas aromáticas orientales sin demasiada precisión botánica. Era una época en la que cualquier árbol venido de Asia con un aire exótico podía acabar compartiendo nombre con una especia.

Un poco de etimología nunca viene mal. El género Melia procede del griego antiguo μελία (melía), palabra que en la Antigüedad se utilizaba para designar al fresno (Fraxinus). La razón no es que este canelo sea un fresno —no lo es en absoluto— sino que los botánicos clásicos vieron cierta semejanza en las hojas compuestas y en el porte del árbol. En taxonomía antigua era frecuente reutilizar nombres clásicos para plantas “parecidas” aunque no estuvieran emparentadas. Curiosamente, el término griego melía también aparece en la mitología: las Melíades eran ninfas asociadas a los fresnos.

El epíteto específico azedarach tiene un viaje lingüístico mucho más largo. Procede, a través del latín botánico medieval, del persa āzād-dirakht o expresiones similares, que significan aproximadamente “árbol noble”. El término pasó al árabe y de ahí al vocabulario botánico mediterráneo medieval, sufriendo deformaciones fonéticas hasta convertirse en azedarach.

El apodo de “canelo” parece venir de una mezcla de factores típicamente populares: el aroma algo especiado de flores y tejidos vegetales, cierta asociación antigua con plantas “orientales” y la tendencia humana universal a reutilizar nombres conocidos para árboles exóticos recién llegados.

Es un fenómeno muy frecuente. Cuando una especie nueva aparece en un país, la gente rara vez consulta un manual taxonómico; simplemente busca algo familiar a lo que se parezca vagamente. Así, España terminó llena de: falsos plátanos, falsas acacias, falsos pimientos y este falso canelo. El resultado es que hoy uno puede pasear por una ciudad española, oír a alguien decir “qué bonitos están los canelos”, mirar hacia arriba y encontrarse con un árbol de frutos tóxicos amarillos que da cuentas para rosarios y pertenece a la familia de la caoba. Y, honestamente, eso hace que el árbol resulte todavía más simpático.

Apreciado por su crecimiento rápido y su capacidad para soportar veranos duros sin demasiadas queja, el canelo se ha plantado en jardines, avenidas y plazas. En muchos lugares, incluida buena parte de la cuenca mediterránea, ha decidido que el estatus de invitado era insuficiente y ha empezado a comportarse como residente permanente, colonizando espacios abiertos con una confianza admirable.

No llega a ser una invasión en el sentido épico del término, pero sí un ejemplo clásico de especie que, una vez introducida, encuentra pocas razones para marcharse. Tiene semillas abundantes, dispersores eficaces y una tolerancia ambiental envidiable. Si los árboles pudieran rellenar formularios de residencia, este marcaría todas las casillas correctas.

Y sin embargo, a pesar de todo esto —su origen lejano, su ligera toxicidad, su tendencia a expandirse— sigue siendo un árbol querido en muchas ciudades. Quizá porque no impone. No tiene la solemnidad de un cedro ni la arrogancia de un eucalipto. Es más bien un compañero discreto, con un toque de excentricidad.

Si uno pasa bajo su copa en primavera, verá las flores lilas filtrando la luz. Si vuelve en invierno, encontrará las ramas desnudas adornadas con esos frutos dorados que parecen resistirse al calendario. Y si, por casualidad, se cruza con alguien que sostiene un rosario hecho con sus semillas, podrá experimentar ese raro placer de reconocer la conexión entre un árbol urbano y un objeto íntimo.

No está mal para un organismo que, en apariencia, solo venía a darnos sombra.

lunes, 4 de mayo de 2026

EL GUARDAESPALDAS INVISIBLE DE LAS PATATAS FRITAS

 

Abrir una bolsa de patatas fritas es uno de esos pequeños dramas universales: uno rasga el plástico con entusiasmo infantil, mira dentro… y descubre que la mitad del volumen parece estar ocupada por una nada bastante ofensiva. Es, en cierto modo, como comprar un piso en Madrid descrito como “acogedor” y descubrir que “acogedor” significa que puedes cocinar sin levantarte de la cama. Durante años hemos sospechado que alguien, en algún despacho lejano, se ríe de nosotros mientras infla bolsas con aire y las vende como si fueran cofres del tesoro. Pero no. O, al menos, no exactamente.

Para empezar, no es aire. Es nitrógeno, que suena más a villano de novela de ciencia ficción que a compañero de aperitivo. El aire corriente está lleno de oxígeno, y el oxígeno es, para una patata frita, algo así como el equivalente gastronómico de dejar un Ferrari en manos de un adolescente: tarde o temprano, algo va a salir mal. El oxígeno oxida las grasas de la patata y, en cuestión de días, transforma ese crujido glorioso en algo que recuerda vagamente a cartón húmedo con aspiraciones. El nitrógeno, en cambio, es un gas inerte, educado, que no se mete con nadie ni reacciona con nada. Se limita a ocupar espacio, como un guardaespaldas silencioso que mantiene alejados a los elementos indeseables.

Y no solo protege el sabor. También hace de colchón. Porque, si uno lo piensa bien, una patata frita es una criatura extraordinariamente frágil. Ha pasado por un baño de aceite hirviendo y ha sobrevivido, pero basta un viaje en camión por una carretera secundaria para reducirla a polvo. Imagine el periplo de una bolsa: fábrica, caja, almacén, camión, otro almacén, estantería, carrito de la compra, maletero… sin una capa de gas que amortigüe los golpes, lo que usted abriría en casa no sería una bolsa de patatas, sino una especie de harina sospechosamente salada.

De ahí ese aspecto inflado, casi orgulloso, que tienen las bolsas en el supermercado. No es un truco para engañarle —o no principalmente—, sino una cámara de seguridad comestible. El espacio vacío permite que las bolsas se apilen, se empujen y se zarandeen sin que las patatas sufran un destino prematuro y pulverizado.

Luego está la bolsa en sí, que merece más respeto del que solemos concederle. No es un simple trozo de plástico, sino una especie de lasaña tecnológica hecha de capas finísimas, cada una con su misión en la vida. Una bloquea la humedad, porque nada deprime más a una patata frita que ponerse blanda; otra impide el paso de la luz, que tiene la molesta costumbre de degradar las grasas; y, en el interior, suele haber una capa de aluminio que actúa como una fortaleza medieval contra el mundo exterior. Es, en resumen, un prodigio de ingeniería dedicado a que usted pueda comer algo crujiente mientras ve la televisión.

Por supuesto, todo esto no impide que el consumidor medio —es decir, usted, yo y probablemente la mitad del planeta— siga sintiendo que le han timado un poco. Aquí entra en juego un detalle importante: lo que se paga es el peso, no el volumen. La ley obliga a indicar claramente cuántos gramos de patatas hay dentro, y ese número suele ser sorprendentemente honesto. Dos bolsas pueden parecer radicalmente distintas en tamaño, pero contener exactamente la misma cantidad. Es una lección útil para la vida en general: las apariencias engañan, pero los números, con frecuencia, no.

La cosa se vuelve aún más interesante cuando uno sube a un avión o a una montaña con una bolsa de patatas. De repente, el paquete parece decidido a convertirse en un globo aerostático y abandonar el asiento contiguo. No es que el nitrógeno haya decidido expandir su carrera profesional, sino que la presión exterior disminuye con la altitud, mientras que la del interior se mantiene. Resultado: la bolsa se hincha como si estuviera ensayando para una fiesta infantil. Los ingenieros, que son gente previsora, diseñan los envases para que sobrevivan a estas crisis de identidad sin estallar, lo cual añade otra capa de admiración a algo que normalmente abrimos con los dientes.

Todo este despliegue tecnológico tiene, eso sí, un pequeño inconveniente: el planeta. Al estar hechas de múltiples capas de materiales distintos, estas bolsas son endemoniadamente difíciles de reciclar. Es como intentar separar los ingredientes de un pastel ya horneado: en teoría posible, en la práctica poco alentador. Por eso, uno de los grandes retos actuales es diseñar envases que protejan igual de bien pero que no obliguen a las generaciones futuras a maldecirnos suavemente.

Así que la próxima vez que abra una bolsa de patatas y sienta ese leve pinchazo de decepción, puede consolarse pensando que ese “aire” no es un engaño, sino una conspiración benévola de químicos, ingenieros y diseñadores de materiales que han dedicado años de su vida a que usted disfrute de un crujido perfecto. Detrás de cada patata hay más ciencia de la que uno esperaría encontrar en algo que, admitámoslo, suele desaparecer en menos de diez minutos.

EL CHIISMO O CÓMO CONVERTIR LA DERROTA EN RELATO

 

Irán lleva semanas bajo la tensión y las carencias de una guerra que se eterniza y, sin embargo, no se derrumba. Al contrario: resiste. No es la primera vez que un análisis militar falla por exceso de literalidad. Tampoco será la última. Pero en este caso el error resulta especialmente revelador: se ha confundido la destrucción de capacidades con la quiebra de un sistema.

Ni Donald Trump ni Benjamin Netanyahu parecían contemplar un escenario de larga duración. La hipótesis era más simple —y más cómoda—: descabezar el régimen, precipitar su implosión, asistir al efecto dominó. El viejo guion. Solo que esta vez el decorado no ha obedecido.

Irán no solo ha seguido combatiendo; ha demostrado algo más inquietante para sus adversarios: capacidad de absorción del daño. La Guardia Revolucionaria Iraní, lejos de paralizarse tras los golpes a su cúpula, ha continuado operando con una lógica reticular, dispersa, casi anfibia. No depende de un centro único. Y eso, en la guerra contemporánea, es una ventaja estructural.

Pero reducir la resiliencia iraní a su arquitectura militar sería quedarse en la superficie. Hay algo más profundo —y menos visible— que explica por qué el régimen no solo aguanta, sino que convierte el desgaste en argumento. Ese algo es el chiismo, una religión que recuerda derrotas.

El chiismo nace de una derrota. Y no de una cualquiera, sino de una derrota ejemplar. La muerte de Huséin ibn Alí en Batalla de Karbala no es solo un episodio histórico: es una matriz narrativa. Un pequeño grupo contra un ejército. Una causa justa frente a un poder ilegítimo. Una muerte inevitable que, sin embargo, se transforma en victoria moral. La desproporción no debilita el relato; lo fortalece. Ahí reside la clave.

Cuanto más desigual es la contienda, más poderoso resulta el símbolo. Cuanto más inevitable la derrota, más fértil el recuerdo. El chiismo no solo acepta esa lógica: la convierte en doctrina. Y al hacerlo, invierte la ecuación clásica de la guerra. Perder puede ser ganar. Siempre que se sepa contar.

Ese mecanismo —que algunos analistas llaman “síndrome de Karbala”— funciona como una especie de algoritmo ideológico. Ante la derrota material, se activa la victoria narrativa. Ante la inferioridad militar, se construye superioridad moral. No es una anomalía: es una estrategia.

El régimen iraní lo ha entendido bien. Y lo aplica con disciplina. Cuando el liderazgo cae, no desaparece: se transfigura. El líder muerto deja de ser un gestor del poder para convertirse en mártir. Y el mártir, en el universo chií, no es un final. Es un principio. De ahí que la propaganda oficial establezca paralelismos explícitos entre figuras contemporáneas y el episodio fundacional de Karbala. No es una analogía casual. Es una operación de continuidad histórica.

La guerra deja de ser un conflicto puntual para insertarse en una narrativa larga: la de la resistencia frente a la opresión. A esa base religiosa se le añade, desde 1979, una capa política: el jomeinismo. La revolución iraní no se limitó a institucionalizar el chiismo; lo reinterpretó como doctrina antiimperialista.

La ecuación es eficaz: martirio + opresión + hegemonía occidental = relato movilizador. Y, lo que es más relevante, exportable. El régimen iraní no habla solo para su población. Habla para un público más amplio: desde el mundo musulmán hasta sectores occidentales sensibles al discurso antihegemónico. Su guerra no se libra únicamente en el terreno militar, sino en el espacio —mucho más volátil— de la opinión pública global.

Ahí despliega una notable capacidad de adaptación. Vídeos virales, códigos culturales occidentales, referencias pop. Incluso narrativas conspirativas que buscan fracturar audiencias específicas. No es improvisación. Es estrategia: la guerra como batalla de relatos

En este contexto, el campo de batalla se desplaza. No desaparece lo militar, pero pierde centralidad. Lo decisivo pasa a ser quién define el significado del conflicto. Irán no necesita ganar en términos convencionales para no perder. Le basta con instalar la idea de resistencia. Con aparecer como víctima antes que como agresor. Con transformar cada golpe recibido en una prueba más de su relato fundacional.

Y, en esa lógica, los excesos de sus adversarios se convierten en combustible. Cada acción percibida como desproporcionada refuerza el marco narrativo iraní. Cada gesto de fuerza sin legitimación política alimenta la tesis antiimperialista. Es una paradoja clásica: cuanto más contundente es la respuesta, mayor puede ser su rendimiento propagandístico… para el contrario.

Ahí aparece una figura discordante: Donald Trump. Su estilo político —directo, desinhibido, siempre ajeno a los matices diplomáticos— encaja sorprendentemente bien en el guion que el régimen iraní necesita. No porque exista complicidad, sino porque se produce una convergencia involuntaria. La lógica de la fuerza bruta, cuando sustituye al marco normativo, ofrece a Teherán la oportunidad de presentarse como contrapoder moral.

Es el tipo de simetría irónica que la geopolítica produce con frecuencia. Al final, la resiliencia iraní no se explica solo por su capacidad de combate. Se explica por su capacidad de significar. El chiismo proporciona el lenguaje. El jomeinismo, la traducción política. Y la guerra contemporánea —cada vez más híbrida, más narrativa, más difusa— ofrece el escenario ideal.

Irán no está ganando la guerra en el sentido clásico. Pero tampoco la está perdiendo del todo. Porque ha entendido algo esencial: en determinados conflictos, sobrevivir no es suficiente. Hay que dotar de sentido a la supervivencia. Y en eso, al menos por ahora, lleva ventaja.

EL LOBO DE LOS ARCHIVOS: SERAFÍN MARÍA DE SOTTO Y EL ARTE DE DESCIFRAR EL PODER

 

Hay personajes que parecen condenados a una doble existencia: la que dejaron en los archivos y la que se insinúa entre líneas, como una sombra que nadie se tomó la molestia de seguir. Serafín María de Sotto, conde de Clonard, pertenece a esa estirpe. Si uno se atiene a la versión oficial, fue un militar aplicado y un historiador meticuloso hasta el extremo, autor de una obra tan exhaustiva sobre la organización del ejército español que hoy todavía provoca respeto y un leve temblor en la muñeca de quien se enfrenta a sus tomos. Pero basta inclinar ligeramente el foco, como haría Jacinto Antón cuando detecta una veta narrativa en el mineral de la historia, para que el personaje empiece a cambiar de forma.

Porque la España en la que vivió Sotto no era un país para eruditos tranquilos. Era una maquinaria desajustada de pronunciamientos, conspiraciones, gobiernos que se sucedían con la rapidez de una descarga de fusilería y generales que parecían más atentos al eco de sus botas en los pasillos del poder que a las órdenes del día. En ese escenario, alguien que dedicaba su vida a ordenar el pasado militar no podía ser completamente inocente. O, dicho de otro modo, no podía evitar ver demasiado.

Se le llamó “el lobo solitario”, y aunque el apodo parece describir a un tipo huraño, poco dado a la vida social y refractario a las camarillas —que lo era—, también invita a imaginar algo más. Un lobo no es solo un animal que camina solo; es un animal que observa, que calcula distancias, que no necesita del grupo para orientarse. Sotto, en esa lectura, no sería tanto un misántropo como un observador radical. Mientras otros oficiales discutían en cafés y casinos sobre lealtades cambiantes, él prefería los archivos, ese territorio silencioso donde las palabras quedan fijadas y, si se las interroga bien, acaban por delatar a quienes las escribieron.

Es fácil imaginarlo en una sala mal iluminada, rodeado de legajos, con el uniforme quizá algo ajado y la mirada fija en un documento que no parece tener nada de especial. Una lista de oficiales, un reglamento olvidado, una nota marginal. Pero Sotto no leía como los demás. Donde otros veían datos, él veía relaciones. Donde otros encontraban lagunas, él intuía conexiones. Era, en el fondo, un lector del poder. Y eso, en el siglo XIX español, equivalía casi a una actividad de riesgo.

No dirigió ningún servicio secreto —no existían como tales— ni dejó memorias con revelaciones explosivas, pero hay algo en su manera de trabajar que recuerda más a un analista de inteligencia que a un historiador convencional. Su gran obra, Historia orgánica de las armas de infantería y caballería españolas, no es solo un catálogo monumental; es un intento de reconstruir la lógica interna de una institución que, en su tiempo, era la clave del sistema político. El ejército no era un instrumento del poder: era el poder, o al menos su árbitro. Entender cómo se organizaba, cómo ascendían sus oficiales, cómo se creaban y desaparecían unidades, equivalía a asomarse al mecanismo mismo del Estado.

En ese sentido, Sotto parece haber desarrollado una especie de método personal, una forma de diseccionar la realidad a través de sus restos documentales. Se cuenta que, enfrentado a la falta de información completa sobre determinadas unidades, no se resignaba al vacío. Empezaba a rastrear indicios, a cruzar referencias, a reconstruir estructuras como quien recompone un esqueleto a partir de unos pocos huesos. El resultado no era solo una reconstrucción histórica; era una demostración de que el pasado —y por extensión el presente— podía leerse como un sistema.

Y aquí es donde aparece su intuición más inquietante, la del llamado “gobierno relámpago”. No es una expresión que él acuñara como quien bautiza una doctrina, sino más bien la consecuencia de una observación persistente. Sotto veía cómo los gobiernos surgían y caían con una rapidez desconcertante, sostenidos por equilibrios precarios y a menudo dependientes del respaldo militar. Pero, a diferencia de sus contemporáneos, no lo interpretó como una sucesión de accidentes o traiciones, sino como el síntoma de algo más profundo. Los gobiernos no duraban porque no podían durar. Eran estructuras sin base sólida, construidas sobre alianzas efímeras y sometidas a la presión constante de un ejército que intervenía en la política como quien ajusta una pieza defectuosa.

En una clave casi detectivesca, podría decirse que Sotto resolvió el caso antes de que nadie formulara la pregunta. Detectó el patrón en medio del ruido. Comprendió que la inestabilidad no era un fallo del sistema, sino su forma natural de funcionamiento. Y esa comprensión, que hoy nos parece casi evidente, tenía entonces algo de revelación incómoda.

Su aislamiento, en este contexto, adquiere un matiz distinto. No era solo un hombre poco sociable; era alguien que no encajaba porque veía las cosas de otra manera. En un mundo de lealtades cambiantes y discursos enfáticos, su obsesión por el dato, la estructura y la coherencia lo convertía en una figura extraña, casi sospechosa. No conspiraba, pero entendía demasiado bien cómo funcionaban las conspiraciones. No participaba en las intrigas, pero podía reconstruirlas a partir de sus huellas.

Quizá por eso su figura se presta tan bien a la reinterpretación. No hace falta convertirlo en un espía de novela para dotarlo de una dimensión casi novelesca. Basta con imaginar el silencio de los archivos, el roce de los papeles, la concentración de un hombre que, mientras el país se agita en la superficie, se dedica a descifrar sus mecanismos profundos. En esa imagen hay algo más perturbador que en cualquier escena de capa y espada: la idea de que el poder, al final, puede leerse como un texto, y de que alguien, en algún lugar, está leyendo con demasiada atención.

En la valleinclanesca corte de los milagros de Isabel II, contando con el apoyo del arzobispo de Toledo y la mediación de Sor Patrocinio y de su confesor real, el padre Fulgencio, Sotto fue designado presidente de un Gobierno conocido como el “Gabinete Relámpago”, ya que solamente duró veintisiete horas. No pudo ni siquiera elegir a sus nuevos ministros y el resultado fue un gabinete ultraconservador, recibido con cerrada oposición por los progresistas y por la opinión pública española.

Serafín María de Sotto murió en 1862, dejando tras de sí una obra monumental y una estela discreta. No protagonizó grandes episodios épicos ni encabezó conspiraciones memorables. Pero quizá su verdadera historia sea otra: la de un hombre que, en medio del ruido de la historia, decidió escuchar sus engranajes. Y al hacerlo, se convirtió, casi sin quererlo, en algo parecido a ese lobo que avanza solo, no porque haya sido expulsado de la manada, sino porque ha aprendido a no necesitarla.