William
Henry Seward tenía muchas virtudes, pero la discreción a la hora de comprar no
estaba entre ellas. Como secretario de Estado de Lincoln —y luego de Andrew
Johnson— era un diplomático eficaz, un negociador obsesivo y un hombre capaz de
ver oportunidades donde otros veían únicamente una mancha en el mapa. Lo que
nadie imaginaba es que un día, sin previo aviso, decidiría comprar Alaska como
quien aprovecha una oferta de última hora en un bazar ruso. Fue, quizá, la
adquisición más impulsiva de la historia estadounidense: un territorio del
tamaño de medio continente adquirido por un precio que hoy no alcanzaría para
comprar una franquicia mediocre de béisbol.
La
historia arrancó en 1867, cuando Rusia, agotada tras la guerra de Crimea y
desesperadamente necesitada de dinero, decidió que poseer Alaska era tan
práctico como tener un frigorífico sin cable. Habían comprobado que mantener
colonias a miles de kilómetros requería barcos, soldados, administración… y un
entusiasmo que los zares ya no tenían. Además, temían —con razón— que, en caso
de guerra con Gran Bretaña, los ingleses desembarcarían en Alaska en cuestión
de días, reclamándola con la ligereza de quien toma prestado un sombrero.
Fue
entonces cuando el embajador ruso en Washington, Eduard Stoeckl, decidió
tantear al gobierno estadounidense. Stoeckl era un diplomático astuto, famoso
por sus cejas colosales y su capacidad para no sonreír nunca sin un cálculo
previo. Su idea era simple: convencer a los estadounidenses de que Alaska era
una joya por descubrir. Que estuviera cubierta de hielo, habitada por osos del
tamaño de caballos y tan lejos de Washington que ni el telégrafo tenía ganas de
llegar, era un detalle menor.
Cuando
Stoeckl se reunió con Seward, el secretario de Estado escuchó su propuesta con
un entusiasmo creciente. Seward ya había mostrado una inclinación por expandir
el territorio nacional cuando fuera posible, conveniente o simplemente
divertido. Tenía la teoría de que Estados Unidos debía crecer “de mar a mar y
un poco más”, como si estuviera jugando a un juego de mesa continental. Ver la
posibilidad de comprar Alaska fue, para él, como ver en la estantería de
rebajas un objeto misterioso que nadie más quiere pero que a uno le resulta
irresistible.
Lo
más sorprendente es la rapidez con la que Seward tomó la decisión. No convocó
comisiones. No organizó debates. No pidió estudios de impacto económico. Ni
siquiera consultó a su esposa, que probablemente habría preguntado si existía
un lugar más frío que Alaska. Nada de eso. En una reunión nocturna, casi
improvisada, acordó la compra del territorio por 7,2 millones de dólares,
pagaderos en oro. El documento final se firmó a las cuatro de la mañana del 30
de marzo de 1867, una hora a la que, tradicionalmente, solo se toman decisiones
que uno lamenta al día siguiente.
Para
poner la cifra en perspectiva: Estados Unidos acababa de adquirir un territorio
de más de un millón y medio de kilómetros cuadrados —más grande que España,
Francia, Alemania y varios estados confundidos entre sí— por un precio que,
ajustado a la inflación, no supera el coste anual de calentar un edificio del
Capitolio con calefacción central mal regulada. Fue un negocio extraordinario…
aunque nadie lo vio así al principio.
Cuando
la noticia se hizo pública, la reacción en Washington osciló entre la burla y
el estupor. Los periódicos hablaron de “Seward’s Folly” (la locura de Seward),
un apodo que se pegó con entusiasmo contagioso. Se decía que el secretario de
Estado había comprado “un gigantesco cubo de hielo” lleno de focas tristes y
montañas de nieve inútiles. En una recepción, un senador preguntó con sarcasmo
si el gobierno planeaba usar Alaska como nevera natural para almacenar pescado.
Otro sugirió que, si sobraba dinero, podrían adquirir también el Polo Norte y
convertirlo en centro de investigación de renos.
La
prensa satírica se cebó con la historia. Un diario de Boston publicó un dibujo
de Seward abrazando un iceberg con expresión romántica. Otro periódico ironizó
diciendo que quizá los rusos habían añadido un manual de instrucciones para
descongelar el territorio. En una tertulia de Nueva York alguien bromeó: “¿Y
por qué no comprar Groenlandia también? Total, ya tenemos las manos
congeladas.”
Seward,
imperturbable, respondía a las críticas con la serenidad de un visionario
acostumbrado a que los demás no entiendan nada. Aseguraba que Alaska era un
diamante en bruto, un territorio con recursos inmensos y un futuro ilimitado.
Afirmaba, con mirada profética, que algún día sería tan valiosa como
California. Los demás lo escuchaban con escepticismo, pensando en su fuero
interno que el secretario de Estado había perdido completamente el juicio,
quizá debido a un exceso de lectura de mapas en habitaciones mal ventiladas.
Pero
la resistencia más difícil no vino de la prensa, sino del Congreso. Convencer a
los senadores de que debía ratificarse la compra fue un proceso arduo.
Circulaban rumores extravagantes: que Alaska estaba habitada únicamente por
pingüinos hostiles; que las auroras boreales podían provocar pérdidas de
memoria; que, al no tener carreteras, sería imposible cobrar impuestos. Seward,
con una paciencia digna de un santo, dedicó semanas a explicar que los
pingüinos no viven en el hemisferio norte, que las auroras son inocuas y que
siempre se puede cobrar impuestos a alguien, incluso aunque viva detrás de una
montaña nevada.
Finalmente,
el Senado aprobó la ratificación por un margen estrechísimo. Seward celebró la
victoria con moderación, consciente de que el país entero esperaba ansioso ver
cómo se justificaba semejante compra impulsiva. Pronto sería evidente que no
había comprado hielo… sino riqueza.
Porque
en los años siguientes, Alaska se reveló como un tesoro natural. Oro, petróleo,
pesca, madera… era como si la naturaleza hubiese decidido guardar todos sus
secretos en un rincón remoto esperando a que alguien suficientemente temerario
lo comprara. De pronto, los críticos empezaron a aflojar. El hielo ya no
parecía tan inútil. Los osos no eran tan problemáticos. Y la ubicación
estratégica —entre Asia y Norteamérica— se convirtió en uno de los activos
geopolíticos más valiosos del continente.
Seward
vivió lo suficiente para ver cómo su “locura” era reevaluada. Cuando visitó
Alaska por primera vez en 1869, fue recibido como un hombre que había comprado
un abrigo viejo y descubierto que tenía un diamante en el bolsillo. Los
habitantes locales lo saludaron con respeto; los comerciantes lo aplaudieron;
los periodistas, que antes lo ridiculizaban, escribieron crónicas más amables,
siempre con la prudencia necesaria para no admitir demasiado abiertamente que
se habían equivocado.
La
historia de la compra de Alaska se convirtió, con el tiempo, en una de las
grandes ironías de la política estadounidense. Lo que al principio parecía una
imprudencia de madrugada terminó siendo un golpe maestro. Seward no solo añadió
un territorio inmenso al país, sino que demostró, quizá sin proponérselo, que a
veces las decisiones más impulsivas —esas que uno toma sin un plan, sin un
comité y sin consultar al sentido común— pueden resultar extraordinariamente
acertadas.
Hoy,
cuando uno observa un mapa y contempla ese brazo gigantesco de territorio que
parece asomarse al Pacífico como un coloso gélido, es imposible no pensar en
Seward. En su impulso, su audacia, su total indiferencia ante la opinión
pública y su entusiasmo contagioso por un pedazo de mundo que casi todos
desestimaron. Y, sobre todo, en esa reunión nocturna donde, mientras el país
dormía, él firmó un cheque para comprar un glaciar entero.
Tal
vez el verdadero mensaje de esta historia es simple: a veces la historia avanza
porque alguien, contra toda lógica, decide decir “sí” a una locura maravillosa.
Seward lo hizo, y Estados Unidos terminó con Alaska. No está mal como compra
impulsiva. Podría haber salido con peor resultado: imagina si los rusos le
hubieran ofrecido Siberia también y Seward hubiera estado aún más animado
aquella noche.











