Alguien me comentó una vez, con
la misma expresión conspirativa que suelen adoptar quienes conocen dónde se
encuentra exactamente el Santo Grial o saben qué restaurante sirve la mejor
tortilla de patatas de Madrid, que si colocaba unos plátanos maduros entre
otras frutas inmaduras lograría que estas madurasen mucho más deprisa.
La afirmación parecía una de esas
supersticiones domésticas destinadas a sobrevivir eternamente en la frontera
entre la sabiduría popular y la magia. Como poner una cebolla cortada en la
habitación para curar un resfriado o dejar una cuchara dentro de una botella de
cava para que no pierda el gas. Sin embargo, en esta ocasión el consejo resultó
ser completamente cierto.
Y, como suele ocurrir cuando uno
empieza a investigar algo aparentemente sencillo, descubrí que detrás de aquel
humilde plátano se escondía una de las historias más extraordinarias de la
biología: resulta que las plantas hablan.
No hablan mucho, es verdad. No
mantienen conversaciones filosóficas ni discuten sobre política internacional.
Tampoco parecen especialmente interesadas en intercambiar recetas de cocina.
Pero se envían mensajes constantemente mediante sustancias químicas que
funcionan como auténticas órdenes internas. El plátano, en particular, es una
especie de jefe autoritario, un mandón.
Cuando madura comienza a liberar
un gas llamado etileno. El nombre suena a producto de limpieza industrial, pero
en realidad es una hormona vegetal. Flota por el aire y llega hasta las frutas
vecinas, donde provoca una cascada de reacciones bioquímicas.
El mensaje podría resumirse así:
—Ya es hora. Madurad.
Y las demás frutas obedecen. Los
almidones empiezan a transformarse en azúcares. Los tejidos se ablandan.
Aparecen aromas nuevos. Los colores cambian. En pocos días un aguacate duro
como una piedra se convierte en algo untable y delicioso. Los plátanos no son
los campeones absolutos del etileno. Las manzanas maduras producen cantidades
muy importantes, y en almacenes de fruta se utilizan cámaras especiales donde
se controla la concentración de etileno para acelerar o retrasar la maduración
según convenga.
Lo verdaderamente asombroso es
que las plantas llevan utilizando este sistema desde hace millones de años. Durante
mucho tiempo nadie sospechó que el etileno fuese una hormona. A finales del
siglo XIX algunos botánicos observaron que las plantas crecían de forma extraña
cerca de las farolas de gas de las ciudades. Los tallos se deformaban y las
hojas caían prematuramente. Finalmente se descubrió que el culpable era una
pequeña cantidad de etileno presente en el gas de alumbrado.
Aquello condujo a una conclusión
sorprendente: las plantas estaban respondiendo a una molécula gaseosa que
actuaba como señal biológica. Era como descubrir que los árboles escuchaban
mensajes de radio. Sin embargo, el etileno es solo uno de los integrantes de
una plantilla extraordinariamente compleja.
Las plantas poseen toda una
colección de hormonas, cada una especializada en tareas concretas. Las auxinas,
por ejemplo, son las responsables de muchos fenómenos relacionados con el
crecimiento. Fueron descubiertas gracias a una serie de experimentos tan
elegantes como sencillos realizados por Charles Darwin y su hijo Francis. Los
Darwin observaron que las plántulas se inclinaban hacia la luz. Algo en la
punta de la planta detectaba la iluminación y enviaba una señal al resto del
organismo.
Aquella señal resultó ser una
hormona. Las auxinas permiten que una planta sepa hacia dónde crecer. También
participan en la formación de raíces, en el desarrollo de frutos y en numerosos
procesos de organización interna. Son algo así como los arquitectos del reino
vegetal.
También están las giberelinas. Las
giberelinas tienen una personalidad bastante distinta. Su especialidad consiste
en impulsar el crecimiento rápido. Si una planta pudiera tomar bebidas
energéticas, probablemente contendrían giberelinas. En determinadas
circunstancias pueden provocar que los tallos se alarguen de forma
espectacular. También participan en la germinación de las semillas.
Gracias a ellas una semilla
enterrada bajo tierra recibe la orden de despertar y germinar. Es un
acontecimiento notable si se piensa en ello. Una estructura aparentemente
inerte que ha permanecido inmóvil durante meses o años recibe una señal química
y, de pronto, decide convertirse en una planta. Todo eso sin cerebro, sin
sistema nervioso y sin una sola neurona.
Otra hormona fascinante es la
citoquinina. Su función principal consiste en estimular la división celular.
Allí donde una planta necesita producir nuevas células suelen aparecer las
citoquininas, que también retrasan el envejecimiento de las hojas. En cierto
sentido funcionan como el equivalente vegetal de una crema antienvejecimiento,
aunque considerablemente más eficaz que cualquiera de las que aparecen
anunciadas en revistas.
Otra hormona de nombre un tanto
retorcido es el ácido abscísico. Como cabría esperar de un nombre tan sibilino,
el ácido abscísico posee un carácter más sombrío. Mientras otras hormonas
promueven crecimiento, expansión y desarrollo, el ácido abscísico suele
intervenir cuando pintan bastos. Si llega una sequía o si la planta detecta
estrés, aumenta su concentración. Si es necesario cerrar los estomas para
evitar pérdidas de agua, allí aparece él. Podría describirse como el
responsable de gestión de crisis. Mientras las demás hormonas organizan fiestas
de crecimiento, el ácido abscísico se dedica a revisar protocolos de
emergencia.
Y aún queda una más especialmente
interesante: el jasmonato. El nombre parece corresponder a un personaje
secundario de una novela victoriana, pero en realidad es una hormona
relacionada con la defensa. Cuando un insecto comienza a devorar una hoja, la
planta puede producir jasmonatos. Estos activan mecanismos defensivos e incluso
inducen la fabricación de sustancias desagradables para el atacante.
Lo más extraordinario es que
algunas plantas envían señales químicas al aire para advertir a sus vecinas.Es
decir, una planta atacada puede emitir compuestos volátiles que provocan que
otras plantas cercanas preparen sus defensas. El concepto de un bosque
intercambiando avisos de peligro sigue pareciendo ligeramente inquietante.
Uno imagina un grupo de robles
comunicándose discretamente:
—Atención. Hay orugas en el
sector norte.
—Recibido.
—Incrementad taninos.
Todo ello sin producir un solo
sonido audible.
Cuanto más aprende uno sobre las
plantas, más difícil resulta seguir considerándolas simples decorados verdes. Carecen
de cerebro, pero perciben luz, gravedad, humedad, temperatura y contacto
físico. Detectan heridas. Reconocen estaciones. Evalúan riesgos. Intercambian
señales químicas. Coordinan respuestas complejas que implican miles de genes.
Y lo hacen con una lentitud tan
extrema que durante siglos los humanos simplemente no nos dimos cuenta. Si un
león tarda diez segundos en reaccionar, apreciamos inmediatamente su
comportamiento. Si un roble tarda tres semanas, pensamos que no está haciendo
nada. Pero está ocupadísimo.
El plátano de nuestra historia
inicial es una magnífica demostración de ello. Mientras permanece en el frutero
parece limitarse a existir con una coloración ligeramente amarillenta. Sin
embargo, está emitiendo moléculas de etileno de manera continua. Está enviando
mensajes químicos al entorno. Está influyendo en el comportamiento de otras
frutas. Está participando en una conversación biológica invisible.
Y todo ello mientras nosotros
creemos que está sentado tranquilamente esperando convertirse en batido. Quizá
esa sea una de las lecciones más agradables de la botánica. La naturaleza rara
vez es tan simple como parece. Un plátano no es únicamente un plátano. Es una
fábrica química autónoma capaz de coordinar procesos biológicos complejos
mediante señales moleculares que llevan funcionando desde mucho antes de que
aparecieran los mamíferos, los dinosaurios o prácticamente cualquier cosa que
consideremos familiar.
La próxima vez que vea un plátano
maduro junto a unas peras verdes recordaré aquella conversación. Y admitiré que
el consejo era correcto. Aunque sospecho que la explicación real resulta
bastante más interesante que la superstición. Como suele ocurrir en ciencia, la
verdad no solo era cierta.
Era muchísimo más extraña.

