Vistas de página en total

jueves, 27 de agosto de 2026

LA MONTAÑA QUE SE CONVIRTIÓ EN RÍO: LA GRAN RIADA DE NEPAL

 


A las 8:37 de la mañana del miércoles, los sismógrafos registraron una sacudida en la frontera entre Nepal y el Tíbet. La primera explicación parecía lógica: un terremoto. El Servicio Geológico deEstados Unidos llegó a catalogar el fenómeno como un seísmo de magnitud 4,4. En una región donde la India lleva millones de años empujando contra Asia y levantando el Himalaya, que la tierra tiemble no constituye precisamente una extravagancia geológica.

Pero esta vez no había temblado la corteza terrestre. Había caído una montaña. Las imágenes obtenidas por satélite mostraron después que una enorme sección de un glaciar, de unos 600 metros deanchura y aproximadamente 0,2 kilómetros cuadrados de superficie, se habíadesprendido a unos 5 200 metros de altitud. La masa de hielo y roca cayó casi 1 200 metros hasta el fondo del valle. Para hacerse una idea, equivale a dejar caer una parte considerable de la montaña desde una altura casi cuatro veces mayor que la torre Eiffel.

El impacto fue tan violento que produjo una señal sísmica equivalente a la de un terremoto de magnitud 5,2. No era la tierra la que había puesto en movimiento la montaña: era la montaña en movimiento la que había hecho temblar la tierra. Los sensores registraron primero el descenso repentino de una masa gigantesca y, poco después, la señal correspondiente a una inundación. La secuencia permitió a los geólogos reconstruir el comienzo de la catástrofe casi como si dispusieran de la grabación sonora de un crimen.

Daniel Shugar, geomorfólogo de la Universidad de Calgary y uno de los primeros científicos que examinó lasimágenes, describió el lugar del impacto como un paisaje sobre el que hubiera estallado una bomba. La comparación no parece exagerada. Durante la caída, la energía potencial acumulada por millones de toneladas de hielo y roca se transformó en velocidad, calor, fracturación y presión. El hielo se pulverizó, las rocas se hicieron añicos y toda aquella masa incorporó agua, barro y sedimentos hasta convertirse en una corriente extraordinariamente móvil.

Todavía no se conoce con precisión toda la cadena de acontecimientos. Los científicos saben que se produjo un derrumbe glaciar de dimensiones excepcionales, pero la cantidad de agua que apareció en el valle obliga a considerar otros procesos. Es posible que la avalancha fundiera parte del hielo por fricción y por la enorme energía del impacto; también pudo incorporar agua almacenada bajo el glaciar o represar temporalmente el río Lhende Khola, un afluente del Bhote Koshi. Al romperse aquel tapón improvisado, el agua acumulada habría sido liberada de golpe. Probablemente no hubo una sola causa, sino una sucesión de ellas, cada una empeorando la anterior.

Eso es lo que convierte estas catástrofes en fenómenos especialmente difíciles de prever. Una avalancha puede transformarse en deslizamiento; el deslizamiento, en presa; la presa, en embalse, y el embalse, al romperse, en una ola de agua, lodo, bloques de hielo y rocas. Cuando la corriente llega a las poblaciones situadas aguas abajo ya no se parece a un río desbordado, sino a una pared en movimiento.

Además, no estaba lloviendo. Las riadas ordinarias suelen venir precedidas por cielos negros, lluvias torrenciales y un río que comienza a crecer. En este caso, las poblaciones del valle no recibieron ninguna de esas advertencias naturales. El desastre descendió desde las alturas bajo un cielo que no anunciaba nada extraordinario.

En apenas media hora, el nivel del sistema fluvial del Trishuli aumentó hasta nueve metros. La corriente atravesó Timure y Rasuwagadhi, arrasó viviendas, carreteras, instalaciones públicas, centrales hidroeléctricas y al menos diecinueve puentes. Los primeros balances hablaron de al menos 165 muertos y cientos de desaparecidos, unas cifras todavía provisionales que probablemente cambiarán a medida que avancen las labores de búsqueda. En los valles estrechos del Himalaya, donde las poblaciones, los caminos y las infraestructuras se concentran inevitablemente junto a los ríos, una crecida repentina apenas deja lugares hacia los que escapar.

El desastre ha llamado también la atención sobre otro peligro relacionado con los glaciares, aunque los investigadores no atribuyen esta riada concreta a la rotura de un lago glaciar. Cuando un glaciar retrocede, el agua de fusión puede acumularse en las depresiones dejadas por el hielo. En muchos casos queda retenida por una morrena, es decir, una mezcla de piedras, arena, barro y hielo transportada y abandonada por el propio glaciar.

Una morrena puede parecer una presa, pero no ha sido construida por ingenieros, no posee aliviaderos y nadie ha calculado cuánta presión puede soportar. Es, en esencia, un enorme montón de materiales sueltos que ha tenido la amabilidad de contener un lago hasta que deja de hacerlo. Si aumenta demasiado el nivel del agua, se funde el hielo oculto en su interior o cae sobre el lago una avalancha de rocas, nieve o hielo, la ola resultante puede desbordarla y abrir una brecha.

La liberación repentina recibe el nombre de glacial lake outburst flood, abreviado GLOF, algo así como «inundación por desbordamiento de un lago glaciar». El nombre es bastante menos aterrador que el fenómeno. Millones de metros cúbicos de agua pueden precipitarse por un valle, incorporar sedimentos y bloques y recorrer decenas o incluso cientos de kilómetros. La avalancha inicial dura quizá unos minutos, pero sus consecuencias se propagan mucho más allá de la montaña en la que comenzó.

Un inventario elaborado por el Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas —ICIMOD— y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ha identificado 47 lagosglaciares potencialmente peligrosos en las cuencas de los ríos Koshi, Gandaki y Karnali. Cuarenta y dos se concentran en la cuenca del Koshi, tres en la del Gandaki y dos en la del Karnali. La clasificación tiene en cuenta el tamaño y crecimiento del lago, la actividad del glaciar que lo alimenta, la estabilidad de la morrena y la posibilidad de que caigan sobre él avalanchas procedentes de las laderas.

El problema no es solo geológico. También es político. De los 47 lagos, únicamente 21 se encuentran dentro deNepal. Otros 25 están en la Región Autónoma del Tíbet, bajo administraciónchina, y uno en India. En otras palabras, más de la mitad de las amenazas que pueden descender hacia territorio nepalí nacen fuera de sus fronteras.

El agua, que tiene escaso respeto por la soberanía nacional, puede atravesar la frontera antes de que una alerta haya recorrido los correspondientes ministerios. Una rotura producida en una cabecera tibetana puede enviar una crecida hacia aldeas, carreteras, pasos fronterizos y centrales hidroeléctricas de Nepal, cuyo Gobierno no puede instalar por sí solo sensores, reducir el nivel de los lagos ni inspeccionar las morrenas situadas en territorio chino.

Las autoridades nepalíes y el PNUD hanseñalado cuatro lagos —Thulagi, Lower Barun, Lumding Tsho y Hongu 2— como objetivos prioritarios. Las posibles intervenciones incluyen excavar canales de desagüe, rebajar artificialmente el nivel del agua e instalar sistemas de vigilancia y alerta temprana. Nepal ya ha realizado trabajos semejantes en Tsho Rolpa e Imja Tsho. Pero para vigilar los lagos situados al otro lado de la frontera necesita algo que ninguna excavadora puede proporcionar: cooperación internacional, intercambio de datos y comunicaciones capaces de adelantarse a la riada.

La relación entre este derrumbe concreto y el cambio climático todavía no puede establecerse de manera concluyente. Los colapsos glaciares gigantes son fenómenos poco frecuentes y existen muy pocos casos bien documentados. Sin embargo, el contexto general resulta difícil de ignorar. El Himalaya se calienta aproximadamente el doble de rápido que el promedio mundial, sus glaciares retroceden y el permafrost de las montañas se degrada. Ese suelo permanentemente helado actúa como un cemento que mantiene unidas rocas, hielo y laderas muy empinadas. Cuando se descongela, la montaña pierde parte de su pegamento.

La riada de Nepal deja así una lección inquietante. En el Himalaya no hace falta que llueva, que se rompa un lago ni que se produzca un terremoto. Basta con que una masa de hielo y roca, almacenada durante décadas a cinco kilómetros de altitud, deje de estar donde estaba. La gravedad se encarga de todo lo demás.

MAÑANA, VIERNES 28, UN MAGNÍFICO ECLIPSE LUNAR

Durante la madrugada del jueves 27 al viernes 28 de agosto, poco antes del amanecer, podrá observarse desde España un eclipse parcial de Luna.

Tras el pasado eclipse solar, mañana 28 de agosto asistiremos a un eclipse parcial de Luna. Nuestro satélite se sumergirá en la sombra de la Tierra alcanzando casi un 93% de oscurecimiento (rozando la totalidad).

En la madrugada de mañana podrá observarse desde España un eclipse parcial de Luna excepcionalmente profundo. El fenómeno comenzará de forma apenas perceptible hacia las 3:23, cuando la Luna penetre en la penumbra terrestre. La fase verdaderamente visible se iniciará alrededor de las 5:12, al comenzar la sombra oscura —la umbra— a avanzar sobre el disco lunar. El máximo se producirá hacia las 6:13, cuando quedará eclipsada casi toda la Luna, salvo una estrecha franja iluminada. La parte cubierta por la sombra podrá adquirir tonalidades rojizas o cobrizas, debido a la luz solar filtrada y desviada por la atmósfera terrestre.

Un eclipse lunar ocurre cuando el Sol, la Tierra y la Luna quedan casi alineados, con nuestro planeta situado en medio. El Sol ilumina la Tierra por un lado y, como cualquier objeto colocado delante de una lámpara, esta proyecta una sombra por el lado contrario. Esa sombra se prolonga cientos de miles de kilómetros y tiene forma de cono. Cuando la Luna atraviesa ese cono, se produce el eclipse.

La sombra terrestre presenta dos regiones. La exterior, llamada penumbra, todavía recibe parte de la luz solar. Cuando la Luna entra en ella, su brillo disminuye tan ligeramente que el cambio puede pasar inadvertido. Más adentro se encuentra la umbra, una zona mucho más oscura desde la cual el disco solar queda completamente oculto por la Tierra. La entrada de la Luna en la umbra es el momento en que advertimos con claridad que uno de sus bordes comienza a oscurecerse.

Si la alineación fuera perfecta, toda la Luna penetraría en la umbra y tendríamos un eclipse total. Pero en esta ocasión pasará algo desviada respecto del centro de la sombra terrestre. Por eso el eclipse se clasifica como parcial, aunque será muy profundo: aproximadamente el 93 % del diámetro lunar quedará dentro de la umbra. En el momento máximo solo permanecerá iluminada una estrecha franja del disco, de modo que el aspecto será muy parecido al de un eclipse total.

Cabe preguntarse por qué no se produce un eclipse cada vez que hay luna llena. La explicación está en que la órbita lunar no coincide exactamente con el plano en el que la Tierra gira alrededor del Sol, sino que está inclinada unos cinco grados. La mayoría de los meses, la Luna llena pasa un poco por encima o por debajo de la sombra terrestre. Solo cuando atraviesa uno de los puntos en que ambos planos orbitales se cruzan pueden alinearse los tres astros y producirse el eclipse.

La parte eclipsada de la Luna tampoco desaparecerá por completo. Probablemente adquirirá una tonalidad rojiza o cobriza. La causa es la atmósfera terrestre, que filtra la luz solar y dispersa con mayor facilidad los colores azules, mientras deja pasar y desvía hacia la sombra los rojos y anaranjados. Es, en cierto modo, la suma de todos los amaneceres y atardeceres de la Tierra proyectada sobre la superficie lunar.

Lo mejor: este eclipse es 100% seguro de observar a simple vista, sin necesidad de filtros ni gafas especiales. Será visible desde toda España antes del amanecer. Pero recuerda, hay que levantarse temprano el viernes por la mañana, antes del amanecer. No es la noche del viernes al sábado.

 ¡Madruga y disfrútalo!

TROPIC, LA ISLA SUMERGIDA DEL TESORO

 

A unos cuatrocientos kilómetros al suroeste de Canarias, donde ya no hay playas, hoteles ni turistas británicos buscando desesperadamente una cerveza fría, se levanta una montaña gigantesca. Desde su base, situada a unos cuatro mil metros de profundidad, asciende más de tres kilómetros hasta que, cuando parece que está a punto de emerger, se detiene a unos mil metros bajo la superficie. Se llama Tropic y es uno de los montes submarinos más fascinantes del Atlántico. También podría ser uno de los más ricos.

Tropic es un antiguo volcán formado durante el Cretácico, hace aproximadamente 120 millones de años, cuando los dinosaurios todavía tenían por delante una larga y, salvo por el desenlace, prometedora existencia. Pertenece a la provincia de montes submarinos de Canarias, una alineación de más de cien edificios volcánicos que se extiende por el fondo del Atlántico. Los geólogos españoles los conocen colectivamente como «las Abuelas», porque son mucho más antiguos que las islas Canarias que hoy vemos sobre el océano.

Durante algún tiempo, Tropic debió de ser una isla. Las olas erosionaron su cima hasta convertirla en una superficie relativamente plana. Después, a medida que la corteza oceánica se enfriaba y se hundía, el volcán desapareció lentamente bajo las aguas. En términos geológicos, es un guyot: una isla volcánica decapitada por la erosión y posteriormente sumergida. Su plataforma superior ocupa alrededor de 120 kilómetros cuadrados, algo así como una pequeña isla de El Hierro escondida a un kilómetro bajo el mar.

Hasta aquí, Tropic sería uno más de los miles de volcanes sumergidos que salpican los océanos. Lo que lo convierte en una montaña extraordinaria es la costra negra que recubre buena parte de sus rocas. Es una lámina de ferromanganeso, una mezcla de óxidos de hierro y manganeso que precipita directamente del agua marina. No procede de una chimenea hidrotermal ni de un depósito de lava enriquecida en metales. Es, por decirlo de una manera sencilla, un barniz fabricado por el océano.

El océano contiene casi todos los elementos químicos imaginables, aunque muchos de ellos se encuentran en concentraciones tan pequeñas que intentar extraerlos del agua sería como buscar un terrón de azúcar disuelto en el Mediterráneo. Pero los óxidos de hierro y manganeso actúan como una esponja química. A medida que se depositan sobre las rocas capturan cobalto, níquel, molibdeno, vanadio, platino, tierras raras y, sobre todo, telurio.

Lo hacen, además, con una parsimonia capaz de desesperar a una montaña. Algunas costras crecen apenas unos milímetros por cada millón de años. Las que recubren la cima del Tropic tienen por término medio tres o cuatro centímetros de espesor, aunque en esta provincia submarina se han encontrado otras de veinte o incluso veinticinco centímetros. Una costra del grosor de una tostada puede contener la historia química de diez o veinte millones de años de océano.

El protagonista de esta historia es el telurio, un elemento que rara vez aparece en las conversaciones, salvo quizá entre químicos, fabricantes de paneles solares y personas que coleccionan palabras para concursar en Saber y ganar. Fue descubierto en el siglo XVIII y su nombre procede del latín tellus, tierra, lo que resulta irónico teniendo en cuenta que una de sus mayores concentraciones conocidas está en una montaña situada bajo un kilómetro de agua.

El telurio no es una tierra rara, aunque a menudo se lo incluya en el impreciso cajón de los «metales raros». Es un metaloide emparentado con el selenio y extraordinariamente escaso en la corteza terrestre: más raro que el oro. Se utiliza en aleaciones, semiconductores, materiales termoeléctricos y detectores de radiación, pero su aplicación más conocida se encuentra en las células solares de película fina fabricadas con telururo de cadmio. Por eso aparece en las listas de materias primas consideradas esenciales para la transición energética.

En tierra firme casi nunca se explota en minas propias. La mayor parte se obtiene como subproducto del refinado del cobre, de manera que su producción depende de cuánto cobre se extraiga y de cómo se procese. Tropic llamó la atención porque sus costras contienen telurio en proporciones extraordinarias. Este tipo de depósitos puede concentrarlo hasta 50 000 veces respecto de su abundancia media en la corteza terrestre, más que ningún otro elemento estudiado en las costras de ferromanganeso. Eso no significa que las rocas sean lingotes de telurio: las concentraciones se miden normalmente en decenas o centenares de partes por millón. Pero cuando se trata de un elemento que apenas existe, unas pocas partes por millón pueden constituir una fortuna.

En 2016, una expedición internacional a bordo del buque oceanográfico británico RRS James Cook exploró Tropic mediante el vehículo autónomo Autosub6000 y el robot submarino Isis. La campaña JC142, en la que participaron investigadores británicos y españoles, cartografió la montaña, filmó sus laderas y recogió muestras de las costras. A partir de aquellos datos se difundió una cifra deslumbrante: Tropic podría contener unas 2 670 toneladas de telurio, aproximadamente una doceava parte de los recursos mundiales conocidos en aquel momento.

La noticia recorrió los periódicos y convirtió la montaña en una especie de cofre del tesoro atlántico. Bastaba multiplicar toneladas por precio para imaginar una fabulosa mina española bajo el océano. Por desgracia, la geología económica no funciona con la misma sencillez que una calculadora.

Las 2 670 toneladas son una estimación del metal que podría estar contenido en las costras, no una reserva minera demostrada. Para hablar de reservas habría que conocer con precisión qué superficie está recubierta, cuál es el espesor de la capa en cada lugar, cuánto telurio contiene, qué proporción puede recuperarse y cuánto costaría hacerlo. Un estudio basado en las muestras de la expedición confirmó el considerable potencial mineral del Tropic, pero también mostró que las costras son heterogéneas y aparecen mezcladas con sedimentos y materiales orgánicos. Entre saber que un metal está allí y poder extraerlo con beneficio media un abismo; en este caso, un abismo literal.

La explotación plantearía un problema técnico formidable. Los nódulos polimetálicos de las llanuras abisales son objetos sueltos que, al menos en teoría, pueden recogerse como patatas esparcidas por un campo. Las costras del Tropic están soldadas a las rocas. Habría que enviar máquinas capaces de desplazarse por una montaña escarpada, arrancar una capa de pocos centímetros y separar el mineral valioso del basalto sin recoger toneladas de roca inútil. Todo ello a mil o varios miles de metros de profundidad, en oscuridad absoluta y bajo una presión que convertiría cualquier error mecánico en una avería muy cara.

Queda, además, el pequeño detalle de que la montaña está habitada. Tropic alberga corales de aguas frías, gorgonias, estrellas de mar, crustáceos y extensos campos de esponjas. Muchas de esas criaturas se fijan precisamente sobre las costras que interesan a los mineros. Durante la expedición se cartografió una importante comunidad de la esponja de vidrio Poliopogon amadou, asociada a las superficies rocosas cubiertas de ferromanganeso. Los investigadores han propuesto que Tropic sea reconocido como área marina ecológica o biológicamente significativa, como explican en Frontiers in Marine Science.

Si se arranca la costra, desaparece también el sustrato sobre el que viven esas comunidades. Y no cabe esperar que vuelva a crecer pronto. Una capa mineral que necesita millones de años para alcanzar unos centímetros de espesor es, a efectos humanos, un recurso no renovable. La paradoja resulta difícil de ignorar: para obtener metales destinados a fabricar tecnologías verdes podríamos destruir ecosistemas submarinos que apenas empezamos a conocer.

Tampoco está claro quién tendría derecho a hacerlo. Tropic se encuentra más allá de las doscientas millas náuticas de Canarias. En 2014 España solicitó ante la Comisión de Límites de laPlataforma Continental de Naciones Unidas la ampliación de su plataforma aloeste del archipiélago, alegando que la provincia de montes submarinos constituye una prolongación geológica de las islas. Si la solicitud prosperase, España obtendría derechos sobre los recursos del lecho y del subsuelo, pero no soberanía sobre las aguas que hay encima. Además, existen posibles solapamientos con las pretensiones relacionadas con Portugal, Marruecos y el Sáhara Occidental. La geología puede demostrar que una montaña continúa bajo el mar; decidir a quién pertenece es una tarea bastante más espinosa.

Por ahora, Tropic no es una mina ni una reserva española dispuesta para su explotación. Es una isla desaparecida, un volcán del tiempo de los dinosaurios cubierto por un barniz que el océano ha elaborado átomo a átomo durante millones de años. Contiene telurio, cobalto y otros metales muy valiosos, pero también guarda archivos de la historia del mar y comunidades biológicas cuyo valor no puede expresarse en toneladas.

Quizá el verdadero tesoro de Tropic consista precisamente en eso: en obligarnos a decidir qué entendemos por riqueza antes de enviar las excavadoras al fondo del océano.

SOLANUM LAXUM: EL “JAZMÍN” QUE RESULTÓ SER PARIENTE DE LA PATATA

 

Nuestra pequeña colección veraniega de falsos jazmines empieza a parecer una conspiración. Ya hemos visto un jazmín azul que era un Plumbago y una dama de noche que resultó pertenecer a las solanáceas. Ahora llega otra planta que se vende, se cultiva y todavía aparece en muchos libros como Solanum jasminoides. Sus flores blancas o azuladas y su porte trepador explican perfectamente el nombre. El problema es doble: ni es un jazmín ni, para complicar las cosas, Solanum jasminoides es hoy su nombre científico aceptado.

Actualmente se denomina Solanum laxum. S. jasminoides, nombre publicado en 1841 y todavía muy utilizado en jardinería, se considera sinónimo. La razón es una de las reglas fundamentales —y a veces desesperantes— de la nomenclatura: Sprengel había publicado Solanum laxum en 1824 y el nombre más antiguo tiene prioridad.

Así que el «jazmín de Chile», «falso jazmín» o «jazmín solano» es en realidad un pariente de tomates, patatas, berenjenas, pimientos, tabaco y belladona. Pertenece a Solanaceae, una familia extraordinaria en la que conviven algunos de nuestros alimentos fundamentales con algunas de las plantas venenosas más célebres del mundo.

El nombre Solanum es antiquísimo. Los romanos utilizaban ya solanum para ciertas plantas de este grupo, y Plinio empleó el término para la hierba mora. Su etimología última no está completamente resuelta. El epíteto laxum procede del latín laxus, «laxo», «suelto» o «poco compacto», y alude apropiadamente al porte abierto y flexible de la planta. El antiguo jasminoides resulta mucho más divertido: combina Jasminum con el sufijo griego -oides, «semejante a». Es decir, «parecido a un jazmín». Paxton, el botánico que lo describió (un poco tarde, todo hay que decirlo) no afirmó que fuese uno; se limitó a reconocer que lo parecía.

Y hay que concederle que, visto desde cierta distancia, lo parece bastante. S. laxum es una liana sudamericana, originaria del centro y sur de Brasil, Paraguay, Uruguay y el nordeste de Argentina. Desde allí pasó a los jardines de regiones templadas y subtropicales de buena parte del mundo y en algunos lugares ha escapado del cultivo y se ha naturalizado.

Sus tallos son largos, finos y flexibles y pueden alcanzar varios metros. Pero aquí aparece una característica especialmente interesante: no posee zarcillos. Para trepar utiliza los pecíolos de sus propias hojas, que pueden curvarse alrededor de ramillas y soportes y actuar casi como órganos prensiles. El mecanismo llamó la atención nada menos que a Charles Darwin, que estudió S. jasminoides en sus trabajos sobre los movimientos de las plantas trepadoras y experimentó con el tiempo que necesitaban sus pecíolos para abrazar un soporte.

Las hojas son alternas y bastante variables. Muchas son enteras, ovadas o algo acorazonadas, pero otras —especialmente en determinados brotes— pueden presentar lóbulos basales o estar profundamente divididas. Esa variabilidad es característica de bastantes Solanum y puede desconcertar a quien espere que todas las hojas de una especie deban ajustarse obedientemente al mismo molde.

Pero, una vez más, cultivamos esta planta por sus flores, que aparecen agrupadas en inflorescencias terminales o laterales bastante amplias. La corola está formada por cinco pétalos soldados en la base y extendidos formando una estrella. Según el cultivar y el momento de la floración pueden ser blancas, blanco azuladas, lilas o de un azul violáceo muy pálido.

Y en medio de esa estrella aparece la firma de los Solanum: cinco anteras amarillas muy próximas entre sí. Los cinco estambres poseen filamentos muy cortos y anteras alargadas que se agrupan alrededor del estilo formando un cono. El contraste entre las anteras amarillas y la corola blanca o azulada es precisamente uno de los caracteres que permiten advertir que aquello que trepa por la pared no es ningún Jasminum. Las descripciones botánicas confirman cinco estambres iguales, con anteras de unos 3–4,5 mm, mientras que el estilo sobresale ligeramente y termina en un pequeño estigma mazudo.

La semejanza con los jazmines es, por tanto, bastante superficial. Los verdaderos Jasminum pertenecen a Oleaceae y presentan una arquitectura floral diferente. S. laxum posee la flor estrellada y las anteras agrupadas características de muchas solanáceas. Basta comparar una flor de este falso jazmín con la de una patata para descubrir un parecido familiar que hasta entonces probablemente había pasado inadvertido.

Tras la fecundación puede producir bayas globosas, de aproximadamente un centímetro, que al madurar adquieren tonalidades azuladas, violáceas o negruzcas y contienen numerosas semillas. La fructificación, sin embargo, puede ser escasa en los ejemplares cultivados. Y la palabra «baya» nos lleva a la cuestión inevitable cuando hablamos de un Solanum: ¿es tóxico?

Conviene considerarlo una planta ornamental no comestible. El género Solanum es conocido por producir glicoalcaloides esteroideos, sustancias defensivas cuya concentración y composición varían enormemente entre especies, órganos y estados de maduración. Solanina y chaconina son los ejemplos famosos de la patata, pero no debemos trasladar automáticamente a S. laxum la composición química de otras especies. La información toxicológica específica disponible para esta ornamental es bastante más limitada.

La precaución práctica es sencilla: no ingerir sus frutos ni otras partes de la planta, y evitar especialmente que los niños puedan confundir las bayas con frutos comestibles. Esto no convierte al falso jazmín en una especie terrorífica que haya que expulsar de los jardines. Simplemente significa que es una ornamental para mirar, no una planta para experimentar en la cocina.

A diferencia de otras especies que hemos tratado este mes de agosto que ya da sus últimas bocanadas, tampoco posee una tradición medicinal especialmente relevante que justifique correr riesgos. Su gran utilidad para nosotros ha sido y sigue siendo ornamental.

En eso resulta magnífica. En climas suaves puede conservar buena parte del follaje durante el invierno y florecer durante un período extraordinariamente largo. Necesita mucha luz, aunque tolera cierta semisombra, agradece los suelos bien drenados y debe disponer de un soporte sobre el que extenderse. La Royal Horticultural Society recomienda cultivarla a pleno sol, preferentemente en una situación protegida y contra una pared soleada; puede alcanzar varios metros y admite bien la poda después de la floración.

Tolera algo de frío, pero las heladas fuertes pueden destruir los brotes aéreos. En lugares protegidos, sin embargo, una planta establecida puede rebrotar vigorosamente desde la base. En los jardines mediterráneos encuentra condiciones especialmente favorables y puede utilizarse para cubrir muros, pérgolas y celosías.

Existe además una hermosa ironía histórica. La planta llegó a los jardines británicos desde Sudamérica durante el siglo XIX y allí se difundió bajo el nombre de S. jasminoides. El material cultivado parece haber procedido del sur de Brasil; un ejemplar recolectado en Rio Grande do Sul en 1832 está relacionado con aquellas primeras introducciones. El nombre equivocado —o, mejor dicho, posteriormente relegado a sinónimo— tuvo tanto éxito que casi dos siglos después seguimos encontrándolo en viveros.

No hay que enfadarse demasiado con quienes siguen llamándolo jazmín. La jardinería clasifica las plantas de una manera bastante distinta de la botánica. Una planta trepa por una pared, produce durante meses ramilletes de flores claras y delicadas y, desde lejos, recuerda a un jazmín. Para el jardinero que la contempla desde la terraza, el asunto está resuelto.

El botánico se acerca un poco más, ve las cinco anteras amarillas reunidas en el centro de una corola estrellada y descubre inmediatamente a una solanácea. El jardinero ve un jazmín. El botánico ve una prima trepadora de la patata. Y, como tantas otras veces, los dos tienen buenos motivos.

EL CAFÉ EXTRAFUERTE QUE QUIZÁ NO LO SEA TANTO

 

Un amigo, preocupado por su salud, me pregunta si el café «extrafuerte» contiene más cafeína. La pregunta parece sencilla, pero pertenece a esa clase de cuestiones domésticas que, en cuanto uno levanta una esquina, dejan al descubierto un pequeño sótano lleno de química, botánica, técnicas comerciales y palabras empleadas con una libertad que ya quisiera para sí la poesía. ¿Qué significa exactamente que un café sea fuerte? ¿Que sabe más? ¿Que huele más? ¿Que contiene más cafeína? ¿Que nos mantendrá despiertos durante una reunión particularmente soporífera? La respuesta breve es que «extrafuerte» suele referirse a la intensidad del sabor, no necesariamente a la cantidad de cafeína. La respuesta larga requiere servirse una taza.

Antes de entrar en ella, conviene tranquilizar a mi amigo. Para la mayoría de los adultos sanos, beber café con moderación no es perjudicial. Más aún: numerosos estudios observacionales encuentran que su consumo habitual se asocia con un riesgo menor de padecer algunas enfermedades y de morir prematuramente. Una amplia revisión publicada en 2017 en The BMJ, que reunió los resultados de más de doscientas investigaciones, concluyó que el café era más a menudo asociado con beneficios que con daños y que las mayores reducciones del riesgo se observaban alrededor de tres o cuatro tazas diarias. Los consumidores presentaban una incidencia menor de enfermedades cardiovasculares, diabetes de tipo 2, algunas dolencias hepáticas y determinados cánceres. Esto no demuestra que el café sea el causante de la protección —los estudios observacionales descubren asociaciones, no milagros—, pero sí permite desterrar la antigua imagen de la cafetera como una especie de ruleta rusa doméstica.

Otro estudio publicado en 2022 en Annals of Internal Medicine siguió durante unos siete años a más de 170 000 participantes del Reino Unido. Quienes bebían entre una taza y media y tres tazas y media al día de café sin azúcar, o ligeramente endulzado, mostraron un riesgo de mortalidad menor que quienes no lo consumían. De nuevo, conviene no confundir asociación con causalidad. Nadie debería empezar a beber café como quien comienza un tratamiento, pero tampoco parece razonable contemplar con remordimiento cada taza matutina.

La moderación, por supuesto, no significa lo mismo para todos. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria considera que una ingesta de hasta 400 miligramos diarios de cafeína no plantea problemas de seguridad para la mayoría de los adultos sanos; durante el embarazo aconseja no superar los 200 miligramos. Hay personas muy sensibles a la cafeína, pacientes con ciertas arritmias o trastornos de ansiedad, y otras a quienes una taza tomada después de comer les garantiza una larga noche de contemplación del techo. El café puede producir insomnio, nerviosismo, palpitaciones o molestias digestivas, y la prudencia individual vale más que cualquier promedio estadístico.

Tranquilizado el paciente, volvamos al paquete «extrafuerte». El primer problema es que la intensidad y la cafeína son dos cosas distintas. La intensidad es una impresión sensorial: reúne el aroma, el cuerpo, el amargor, la concentración y la persistencia del sabor. No existe una escala universal que permita afirmar que un café de intensidad diez sea exactamente dos veces más intenso que otro de intensidad cinco. Cada fabricante construye su propia clasificación. Esas cifras que aparecen en los envases y en las cápsulas son útiles para comparar productos de una misma marca, pero no constituyen una unidad científica como el metro, el gramo o el miligramo de cafeína.

La palabra «extrafuerte» suele anunciar un café de tueste oscuro, con abundante cuerpo, amargor pronunciado y aromas tostados. Durante el tueste, el grano verde experimenta una transformación formidable. Pierde agua, aumenta de volumen, cambia de color y produce centenares de sustancias aromáticas mediante reacciones como las de Maillard y la caramelización. En los tuestes claros sobreviven mejor la acidez, los aromas florales y afrutados y algunas peculiaridades del lugar de origen. Conforme el tueste se prolonga, aparecen sabores a chocolate negro, frutos secos, humo o madera quemada. Si se lleva demasiado lejos, todos los cafés terminan sabiendo aproximadamente a lo mismo: a café que ha tenido una discusión seria con el fuego.

Como el sabor se vuelve más amargo y tostado, tendemos a interpretar que el producto es también más estimulante. Sin embargo, la cafeína resiste bastante bien las temperaturas de tostado y las diferencias entre un tueste claro y otro oscuro suelen ser pequeñas. El asunto se complica porque el grano oscuro ha perdido más agua y materia, pesa menos y ocupa más volumen. Si medimos el café con una cuchara, un tueste claro puede contener algo más de cafeína porque sus granos son más densos; si lo pesamos, las diferencias pueden reducirse o cambiar. En cualquier caso, el grado de tueste influye mucho menos que la especie botánica y la cantidad de café utilizada.

Aquí aparecen los dos grandes protagonistas de la cafetera mundial: Coffea arabica, el arábica, y Coffea canephora, conocida comercialmente como robusta. El arábica suele cultivarse a mayor altitud, es más delicado y ofrece aromas más complejos, suaves, dulces o afrutados. El robusta tolera mejor el calor, ciertas enfermedades y condiciones menos amables; produce un café con más cuerpo, mayor amargor y notas terrosas, además de una crema abundante y persistente en el espresso. También contiene bastante más cafeína. Mientras los granos de arábica suelen rondar el 1–1,5 % de cafeína en materia seca, los de robusta se sitúan aproximadamente entre el 2 y el 2,7 %. En términos generales, robusta puede contener cerca del doble.

Esa diferencia no es casual. Para la planta, la cafeína no es un servicio destinado a estudiantes, conductores o escritores con una entrega atrasada, sino una defensa química contra herbívoros y otros organismos. El robusta, adaptado a ambientes cálidos y a altitudes menores, ha invertido generosamente en ese armamento. Su mayor contenido explica que una mezcla con abundante robusta pueda resultar al mismo tiempo más amarga y estimulante. En ese caso, el café parecerá fuerte y además contendrá más cafeína, pero ambas características tienen una causa común —la composición de la mezcla— y no una relación obligatoria entre sí.

Es verdad que en los supermercados ocupan un lugar muy visible los paquetes rotulados «100  arábica», porque la palabra se ha convertido en una señal de calidad. Sin embargo, no podemos concluir que la mayoría de todo el café vendido en España sea arábica. Muchos cafés molidos corrientes, solubles, preparados para hostelería y mezclas destinadas al espresso incorporan robusta sin destacarlo en el frontal. España, de hecho, importa una proporción considerable de robusta. Cuando un paquete proclama «mezcla seleccionada» o guarda un prudente silencio sobre la especie, puede contener ambas. Si es cien por cien arábica, el fabricante suele anunciarlo con el entusiasmo de quien no piensa desperdiciar una ventaja comercial.

Tampoco basta con conocer la especie para calcular lo que llegará a nuestra taza. Importan la dosis, la molienda, la temperatura, el tiempo de extracción y el volumen de la bebida. Un espresso contiene más cafeína por mililitro que un café filtrado, pero, como se sirve en una cantidad pequeña, puede aportar menos cafeína total que una gran taza de filtro. Un espresso de unos treinta mililitros puede rondar los 60–80 miligramos, aunque la variabilidad es enorme; una taza grande de café filtrado puede superar fácilmente los cien. «Una taza» es una unidad muy poco científica: puede ser una delicada tacita italiana o un recipiente norteamericano en el que cabría bañar a un animal pequeño.

Así pues, mi amigo puede seguir tomando su café sin temer que la palabra «extrafuerte» esconda necesariamente una sobredosis. El término promete sobre todo una experiencia sensorial más intensa, generalmente obtenida mediante un tueste oscuro, una mezcla con mayor cuerpo o ambas cosas. Para averiguar si contiene más cafeína hay que buscar información más útil: si es arábica o robusta, cuánto café se utiliza y cómo se prepara.

La paradoja final es estupenda. Un arábica de tueste oscuro puede saber poderoso y contener menos cafeína que un robusta de aspecto menos amenazador. Y una enorme taza de café suave puede mantenernos despiertos mucho más tiempo que un espresso negro y contundente. En materia de café, como en tantas otras facetas de la vida, quien levanta más la voz no siempre es quien tiene más fuerza.

 

Si quieres leer más sobre el café, consulta estos posts en este mismo blog:

https://www.sobreestoyaquello.com/2023/10/que-nos-pasa-cuando-tomamos-cafe.html

https://www.sobreestoyaquello.com/2024/11/el-cafe-instantaneo-y-los-peligros-de.html

https://www.sobreestoyaquello.com/2024/07/lecturas-de-verano-un-descafeinado-por.html

 

miércoles, 26 de agosto de 2026

DOS POLIZONES EN LAS HOJAS DE ROBINIA PSEUDOACACIA

 

Mi amigo de siempre, ese que creyéndomeno solo botánico sino también entomólogo, fitopatólogo y probablemente responsable de todo cuanto sucede en una hoja, me envía unas fotografías tomadas en algún lugar del Pirineo que no precisa más. En ellas aparecen los foliolos de una robinia (Robinia pseudoacacia) cubiertos de manchas blanquecinas. Algunas parecen manos de seis o siete dedos; otras son ovaladas, plateadas y discretamente abombadas. A primera vista podría pensarse en un hongo, una quemadura solar o la consecuencia de alguna fumigación desafortunada. Pero dentro de esas manchas ha vivido una oruga.

En realidad, no se trata de una sola especie, sino de dos pequeñas mariposas norteamericanas que han seguido hasta Europa al árbol del que dependen (Figura 1). Una es Parectopa robiniella; la otra, Macrosaccus robiniella, conocida hasta hace poco como Phyllonorycter robiniella (la etimología de estos nombres la dejo al final del post). Las dos pertenecen a la familia Gracillariidae, compuesta por polillas tan pequeñas que rara vez merecen la atención de quien no haya decidido previamente examinar una hoja con lupa. Sus larvas son minadoras: en lugar de devorar la hoja desde fuera, penetran entre sus dos epidermis y se comen el parénquima, es decir, el tejido verde situado entre la piel superior y la inferior. La hoja se convierte así en una vivienda con paredes comestibles, una solución arquitectónica que no encontraría financiación bancaria, pero que a las orugas les ha funcionado admirablemente.

Las minas blancas, planas y ramificadas que aparecen en la Figura 2 A corresponden a Parectopa robiniella. Su dibujo es tan característico que la especie recibe en inglés el nombre de locust digitate leafminer, el minador digitado de la falsa acacia. La hembra deposita el huevo en el envés, junto a una nervadura. La larva recién nacida atraviesa el tejido y termina excavando en el haz una mancha de la que parten prolongaciones estrechas, semejantes a dedos. Cuando varias minas confluyen, el foliolo parece haber sido decorado por alguien que disponía únicamente de pintura blanca y atravesaba una etapa cubista.

El aspecto de las huellas que deja Macrosaccus robiniella es diferente. Sus minas, visibles en las figuras 2 B y C, suelen desarrollarse en el envés y son ovaladas o alargadas, blanquecinas y situadas a un lado del nervio central. También pueden verse desde arriba porque la larva elimina buena parte del tejido verde y deja la mina convertida en una ventana traslúcida. En los últimos estadios produce seda, contrae la epidermis inferior y forma una pequeña cavidad abombada o tentiforme. Dentro de ella pupa y completa la transformación en una mariposa diminuta de apenas unos milímetros.

La Figura 3 permite comprender el efecto acumulativo del ataque. Una sola mina apenas compromete a un árbol; centenares de ellas blanquean buena parte de la copa, reducen la superficie fotosintética y pueden provocar amarilleamiento y caída prematura de los foliolos. El resultado parece alarmante, aunque las robinias adultas suelen soportarlo bastante bien. Son árboles vigorosos, capaces de rebrotar después de podas, incendios y otras experiencias que dejarían a una especie más sensible redactando testamento.

La historia tiene una simetría casi novelesca. Robinia pseudoacacia es originaria del este de Norteamérica. Fue introducida en Europa por un botánico llamado Robin a comienzos del siglo XVII y durante mucho tiempo se cultivó como ornamental, árbol forestal, estabilizador de taludes y productor de una madera dura y resistente. También es apreciada por los apicultores: la llamada miel de acacia europea procede, en realidad, de sus flores. La acacia verdadera pertenece a otro grupo de leguminosas, pero la botánica popular acostumbra a tratar los nombres como quien reparte cartas después de la cena.

En Europa la robinia encontró un continente casi falto de sus enemigos naturales y aprovechó la ocasión. Crece deprisa, fija nitrógeno atmosférico gracias a las bacterias asociadas a sus raíces y se reproduce vigorosamente mediante semillas, retoños radicales y brotes de cepa. En terrenos alterados, cunetas, taludes ferroviarios y riberas puede formar masas densas que desplazan a la vegetación autóctona. La fijación de nitrógeno, una virtud en suelos agrícolas pobres, se convierte en un inconveniente en hábitats naturales adaptados a la escasez de nutrientes, porque modifica el suelo y favorece a las plantas nitrófilas. Es especialmente problemática en varios países centroeuropeos, pero también invade bosques y cursos fluviales españoles, tanto en la región atlántica como en la mediterránea.

Sus dos minadores tardaron casi cuatro siglos en reunirse con ella. P. robiniella fue detectada en Europa, cerca de Milán, hacia 1970. M. robiniella apareció en los alrededores de Basilea en 1983 y desde allí se extendió con rapidez. Ambas alcanzaron la península ibérica alrededor de 2001. Por tanto, no estamos ante plagas recién llegadas, aunque para muchos observadores sean nuevas y su distribución continúe ampliándose. Su tamaño minúsculo y su vida oculta explican que puedan pasar años desapercibidas: vemos el árbol, vemos las hojas y rara vez se nos ocurre que entre las dos superficies de un foliolo está comiendo alguien.

Dependiendo del clima, pueden completar varias generaciones al año. En Europa central son frecuentes tres, mientras que en regiones más cálidas pueden producirse cuatro e incluso cinco. Las minas se acumulan a medida que avanza el verano, de modo que el ataque parece mucho más intenso al final de la estación. El invierno suele pasarlo Macrosaccus como adulto refugiado entre la corteza, la hojarasca u otros escondrijos; en primavera, las hembras vuelven a buscar las nuevas hojas de robinia y el ciclo comienza otra vez.

No sabemos con certeza cómo atravesaron el Atlántico. Es tentador atribuir cualquier invasión moderna al turismo y hablar del «síndrome Ryanair», imaginando mariposas ocultas en maletas, abrigos y bolsas de aseo. Sin embargo, para estos insectos resulta mucho más probable el transporte accidental de plantas vivas, ramas, contenedores o vehículos. Una larva encerrada dentro de una hoja viaja con alojamiento y manutención incluidos. Una vez establecida en Europa, la especie puede avanzar por sus propios medios, ser transportada por el viento o aprovechar el tráfico rodado y ferroviario. Los corredores de robinias plantados junto a carreteras y vías férreas constituyen, además, una sucesión casi ininterrumpida de estaciones de servicio.

La llegada de estos herbívoros podría parecer una buena noticia: si la robinia es invasora, tal vez sus enemigos americanos contribuyan a controlarla. Algo ayudan, pero sería excesivo presentarlos como un ejército libertador. Incluso los ataques intensos rara vez matan árboles adultos, y mucho menos eliminan sus extensos sistemas radicales. Pueden reducir su crecimiento, adelantar la caída de las hojas y debilitar ejemplares jóvenes, pero no constituyen por sí solos un método eficaz de control biológico. La robinia ha sobrevivido a dificultades bastante mayores que dos polillas microscópicas.

Tampoco las mariposas viven completamente libres de enemigos. Numerosas avispillas europeas han aprendido a localizar las larvas escondidas dentro de las minas. Con su ovipositor atraviesan la epidermis y depositan un huevo sobre ellas o en su interior. La larva de la avispa se alimenta entonces del minador y termina matándolo. Estos insectos son parasitoides, palabra que no significa «parásitos de parásitos». Un parasitoide se diferencia de un parásito ordinario en que inevitablemente acaba con su hospedador. Si parasitara a otro parasitoide sería un hiperparasitoide, porque hasta en el interior de una hoja la naturaleza encuentra la manera de complicar el organigrama.

Algunos de los pequeños orificios observados en el envés pueden corresponder a la salida de esas avispillas. Los adultos de Macrosaccus, por su parte, suelen emerger dejando el exuvio de la crisálida parcialmente asomado a través de la epidermis, como si el insecto hubiera abandonado la vivienda sin molestarse en cerrar la puerta. En distintos estudios europeos, los parasitoides autóctonos han llegado a eliminar una proporción considerable de larvas y pupas. No siempre es necesario importar desde América al enemigo natural original: a veces basta con esperar a que los depredadores locales descubran el nuevo plato del menú.

Las fotografías documentan, por tanto, algo más interesante que una simple plaga. En la Figura 1 aparece P. robiniella, reconocible por sus minas digitadas en el haz. En las figuras 2 y 3 vemos el ataque de M. robiniella, cuyas minas ovaladas se forman principalmente en el envés y pueden llegar a blanquear gran parte de la copa. Son dos insectos norteamericanos, viviendo sobre un árbol norteamericano, pero reunidos ahora en un bosque europeo. La robinia llegó primero, se instaló cómodamente y comenzó a comportarse como si el continente le perteneciera. Sus inquilinos tardaron varios siglos en encontrarla, pero finalmente han llamado a la puerta. O, para ser exactos, han entrado directamente por la hoja.

Etimología

Parectopa: del griego pará, «próximo o semejante» y éktopos, «diferente o fuera de lugar»; probablemente alude a su peculiar nerviación alar, caracterizada por la ausencia de vena costal.

Macrosaccus: del griego makrós, «largo» y sákkos, «saco». Alude al saccus extraordinariamente largo y estrecho del aparato genital masculino.

Phyllonorycter: del griego phýllon, «hoja» y oryktḗr, «excavador». Significa «excavador de hojas» y alude a las larvas que perforan el interior de las hojas y viven formando minas. Puede traducirse sencillamente como «minador de hojas».

Robiniella: obviamente está relacionado con el género Robinia.


PLUMBAGO AURICULATA: EL «JAZMÍN» QUE SE VOLVIÓ AZUL

 

Hay nombres populares que son pequeños atentados contra la sistemática botánica, pero resultan demasiado útiles y están demasiado arraigados para intentar eliminarlos. Al jazmín azul le ocurre exactamente eso. Tiene flores azules, de acuerdo, pero de jazmín no tiene prácticamente nada. No pertenece al género Jasminum, ni siquiera a las Oleaceae, la familia de los verdaderos jazmines, los olivos y los fresnos. Nuestro protagonista pertenece a las Plumbaginaceae y es pariente cercano del Ceratostigma plumbaginoides que acabamos de conocer.

Y antes de seguir conviene aclarar otro pequeño embrollo. Durante muchísimo tiempo se ha cultivado y citado como Plumbago capensis, nombre que todavía aparece en viveros, libros de jardinería y catálogos. El nombre actualmente aceptado es Plumbago auriculata. P. capensis queda como sinónimo. No hemos cambiado de planta: simplemente ha cambiado la etiqueta.

El nombre genérico Plumbago procede del latín plumbum, «plomo». Plinio utilizó ya plumbago para una planta a la que se atribuía la capacidad de curar una enfermedad ocular denominada plumbum, aunque existen otras interpretaciones que relacionan el nombre con el color plomizo de algunas especies o incluso con la supuesta capacidad de combatir el envenenamiento por plomo. Como ocurre tantas veces con nombres heredados de la Antigüedad, conocemos mejor la palabra que las razones exactas por las que empezó a utilizarse.

El antiguo epíteto capensis es mucho más transparente: significa «del Cabo» y alude a su procedencia sudafricana. El actualmente aceptado, auriculata, deriva del latín auricula, «orejita», y hace referencia a las pequeñas expansiones semejantes a aurículas que aparecen en la base de las hojas. Es uno de esos caracteres que pasan completamente inadvertidos hasta que alguien nos explica el nombre y entonces parece imposible dejar de verlos.

La planta es originaria del África austral, principalmente de Sudáfrica, donde crece formando arbustos en matorrales y bordes de bosque. En condiciones favorables puede alcanzar dos o incluso tres metros, y sus ramas largas y flexibles tienden a apoyarse sobre la vegetación vecina. No es una trepadora verdadera: carece de zarcillos, raíces adherentes o tallos volubles. Si aparece cubriendo una pared es porque alguien la ha sujetado o porque sus ramas han encontrado dónde apoyarse.

Sus hojas son simples, alternas, de un verde bastante claro y forma entre oblonga y espatulada. Pero nadie planta un plumbago para contemplar sus hojas. Lo hacemos por las flores. Son flores de una arquitectura muy característica. Poseen un cáliz tubular formado por cinco sépalos, cubierto exteriormente por numerosos pelos glandulares pegajosos, que secretan un mucílago pringoso capaz de atrapar y matar insectos; no está claro cuál es el propósito de esos pelos; si es el de protección frente a la polinización por avispas, hormigas y otros insectos que toman el néctar pero no polinizan, o que la planta sea posiblemente subcarnívora.

La corola forma un tubo largo y estrecho que termina bruscamente en cinco lóbulos extendidos, produciendo una flor casi plana cuando se observa de frente. Dentro del tubo se encuentran cinco estambres y, en el centro, el estilo rematado por un estigma dividido en cinco lóbulos.

El color merece que nos detengamos un momento. El azul verdadero es relativamente infrecuente entre las flores. No existe un «pigmento azul» universal: la tonalidad depende de antocianinas cuya apariencia cambia según su estructura química, el pH de las células, la presencia de iones metálicos y otros pigmentos asociados. En P. auriculata, el resultado es ese azul celeste o azul lavanda que ha convertido a la especie en una de las ornamentales más reconocibles de los jardines de clima cálido. Existen también cultivares de azul más intenso y otros de flores casi blancas.

La flor guarda además un pequeño mecanismo digno de inspección con una lupa. Los pelos glandulares del cáliz producen una secreción viscosa que hace que los cálices maduros se adhieran fácilmente a la ropa y al pelo de los animales. No son simples pelos decorativos. Una vez terminada la floración, pueden contribuir a que las estructuras que contienen el fruto sean transportadas accidentalmente. Quien haya podado un plumbago y haya terminado cubierto de pequeños restos vegetales pegajosos ya conoce el sistema sin necesidad de haber estudiado botánica.

Las flores aparecen reunidas en vistosas inflorescencias terminales y son visitadas por mariposas y numerosos insectos. En climas benignos la floración puede prolongarse durante muchos meses, desde primavera hasta bien entrado el otoño. En regiones prácticamente libres de heladas puede producir flores durante una parte todavía mayor del año.

Aquí aparece una interesante conexión con Ceratostigma plumbaginoides. Ambas plantas pertenecen a Plumbaginaceae y comparten varios rasgos florales, pero su aspecto y su estrategia de crecimiento son muy diferentes. Ninguno de los dos es un jazmín. La confusión popular se entiende mejor si pensamos como jardineros y no como botánicos. Los auténticos jazmines suelen ser arbustos de ramas flexibles, producen abundantes flores vistosas y se cultivan cubriendo paredes, vallas y pérgolas. 

Plumbago hace aproximadamente lo mismo. Para el lenguaje cotidiano, eso ha sido suficiente para incorporarlo al enorme cajón de los «jazmines». Pero basta observar una flor para terminar con la confusión. Los Jasminum poseen flores de arquitectura diferente y pertenecen a Oleaceae; Plumbago presenta su característico cáliz glanduloso y pertenece a Plumbaginaceae. El parentesco entre ambos es remoto.

El género tiene también una vertiente química menos amable. Varias especies de Plumbago producen naftoquinonas, entre las que destaca la plumbagina, un compuesto de intensa actividad biológica, que ha sido objeto de numerosos estudios por sus efectos antimicrobianos, antiinflamatorios y citotóxicos experimentales.

Eso explica que distintas especies de Plumbago hayan tenido una larga historia en las medicinas tradicionales de África y Asia. Raíces y hojas se han empleado para tratar afecciones cutáneas, inflamaciones y diversas enfermedades, y en algunas tradiciones las raíces se utilizaron como sustancias vesicantes: aplicadas sobre la piel provocan irritación y ampollas.

La palabra importante aquí es precisamente irritación. La plumbagina no es una sustancia inocua. Puede resultar irritante para piel y mucosas y presenta actividad citotóxica a determinadas concentraciones. P. auriculata no debe utilizarse como remedio doméstico ni ingerirse. Que un compuesto muestre propiedades interesantes en cultivos celulares o experimentos de laboratorio no significa que masticar la planta sea una versión económica de un medicamento. La farmacología, afortunadamente, exige algo más.

Como ornamental, en cambio, es una planta extraordinariamente agradecida. Necesita mucha luz para florecer abundantemente, tolera bastante bien el calor y, una vez establecida, soporta períodos moderados de sequía. Agradece riegos durante el verano y responde muy bien a la poda. De hecho, en jardines pequeños la poda deja de ser una posibilidad para convertirse en una negociación periódica sobre quién es exactamente el propietario del terreno.

Su principal limitación es el frío. Las heladas fuertes dañan las ramas y pueden matar la parte aérea, aunque ejemplares bien establecidos llegan a rebrotar desde la base después de episodios moderados. Por eso es particularmente frecuente en jardines mediterráneos, subtropicales y costeros. Puede cultivarse como arbusto libre, seto informal, planta apoyada contra un muro o incluso en grandes macetas.

En condiciones favorables escapa ocasionalmente de los jardines y llega a naturalizarse. Su vigor, su capacidad de rebrote y su reproducción explican que haya aparecido espontáneamente en diferentes regiones cálidas fuera de su área africana original. Es una razón más para controlar su expansión allí donde el clima le permite vivir sin nuestra ayuda.

Quizá lo más curioso de P. auriculata sea que la característica por la que todo el mundo la conoce es precisamente la que menos sirve para identificarla científicamente. Decimos «jazmín azul» y acertamos únicamente en la segunda palabra. Pero no importa demasiado. En pleno verano, cuando un muro entero desaparece bajo cientos de pequeñas flores azul celeste, resulta difícil ponerse purista.

Podemos llamarlo jazmín azul si queremos. Eso sí: cuando terminemos de admirarlo, conviene recordar que el jazmín está en el nombre y el plumbago en la planta.