Hay cifras económicas que
producen satisfacción inmediata. Que aumenten las exportaciones, que baje el
desempleo o que crezca la inversión suele considerarse una buena noticia. En
España hemos añadido otra a esa colección: el número de turistas. Cada pocos
meses conocemos un nuevo récord y lo celebramos con una exaltación deportiva.
En 2025 llegaron 96,8 millones de visitantes extranjeros, más que nunca, y
gastaron 134 712 millones de euros. España continúa disputándose con Francia el
privilegio de ser el país más visitado del mundo.
Parece difícil encontrar algo
perverso en semejante éxito. Tenemos playas, clima, ciudades monumentales,
gastronomía, patrimonio, paisajes y una infraestructura turística construida
durante más de medio siglo. Los extranjeros vienen voluntariamente, dejan aquí
su dinero y regresan a sus países. Pocas actividades económicas parecen más
inocentes.
Pero Marko
Jukic formuló en la revista estadounidense Palladium, una pregunta bastante
oportuna: ¿conocemos algún país que se haya hecho rico gracias al turismo? Su
respuesta, adelantada desde el propio título del artículo —No Country Ever
Got Rich From Tourism—, era tajante: ninguno. La afirmación parece
exagerada, pero tiene la virtud de obligarnos a distinguir entre dos cosas
diferentes: que el turismo produzca riqueza y que sea capaz de transformar un
país en una economía extraordinariamente rica.
Jukic señala una peculiaridad del
sur de Europa. Mientras que en Estados Unidos los informativos anuncian las
cifras de empleo, inversión o crecimiento del PIB, en los países mediterráneos
seguimos con expectación las llegadas de turistas. En 2019, antes de la
pandemia, los ingresos del turismo internacional equivalían al 53% de las
exportaciones de Montenegro, al 38% de las de Croacia, al 28% de las de Grecia,
al 23% de las de Portugal y al 19% de las españolas.
España constituye probablemente
el caso más interesante porque no es una pequeña isla tropical ni un
microestado mediterráneo. Es una economía desarrollada de casi cincuenta
millones de habitantes. Según el Instituto Nacional de Estadística, la
actividad turística generó en 2024 unos 200 700 millones de euros, equivalentes
al 12,6% del PIB, y proporcionó más de 2,7 millones de puestos de trabajo. No
estamos hablando de una actividad complementaria, sino de uno de los pilares de
la economía española.
La cuestión es si ese pilar puede
sostener indefinidamente nuestro crecimiento. Para explicarlo, Jukic propone un
experimento mental con Croacia, un país que reúne casi todo lo necesario para
convertirse en potencia turística: una costa espectacular, centenares de islas,
ciudades históricas y centenares de millones de europeos a pocas horas de
viaje.
Supongamos que quisiera alcanzar
gracias al turismo una renta por habitante semejante a la suiza, unos 100 000
dólares anuales. Con 3,86 millones de habitantes necesitaría generar alrededor
de 386 000 millones de dólares. Si cada turista gastara unos 200 dólares
diarios, harían falta aproximadamente 1.930 millones de pernoctaciones anuales.
En 2024 hubo unos 85 millones. Habría que multiplicarlas por más de veinte.
El cálculo es deliberadamente
absurdo, y por eso resulta útil. El turismo posee una limitación que otras
actividades económicas no tienen en la misma medida: ocupa espacio y necesita
personas. Una fábrica puede duplicar su producción mediante robots sin duplicar
su plantilla. Una empresa informática puede crear un programa y venderlo a cien
millones de clientes. Una farmacéutica puede desarrollar una molécula y
comercializarla en todo el planeta.
Un hotel de cien habitaciones, en
cambio, seguirá teniendo cien habitaciones. Podemos aumentar su ocupación y sus
precios, automatizar las reservas y conseguir que los huéspedes gasten más,
pero para alojar al doble de personas acabaremos necesitando más habitaciones,
suelo, agua, electricidad y trabajadores. Un camarero puede atender diez mesas,
quizá quince, pero no mil.
Además, aquello que vende el
turismo suele ser un recurso limitado. Benidorm puede construir más hoteles,
pero no fabricar más costa. Barcelona puede aumentar sus alojamientos
turísticos, pero no producir otra Sagrada Familia. Granada puede ampliar hoteles
y aparcamientos, pero la Alhambra seguirá teniendo el mismo tamaño.
Llega así un momento en que
aumentar el número de visitantes empieza a deteriorar aquello que los atrae. Es
una de las paradojas del turismo contemporáneo: su propio éxito puede
convertirse en su enemigo. Cuando una ciudad recibe pocos visitantes, cada turista
adicional aporta ingresos con costes relativamente pequeños. Cuando está
saturada, compite con los residentes por vivienda, transporte, agua, espacio
público y servicios.
El turismo tiene además otra
característica económica menos visible. Crea muchos empleos, pero una parte
importante se concentra en actividades cuya productividad resulta difícil
aumentar: hostelería, restauración, comercio, limpieza, transporte local y servicios
personales. Esto importa porque, a largo plazo, la principal manera de aumentar
los salarios de una sociedad es elevar la productividad.
Los países más ricos no lo son
porque sus habitantes trabajen muchas más horas, sino porque cada hora de
trabajo genera más valor. Suiza no es rica porque los suizos trabajen diez
veces más que los croatas, sino porque buena parte de su economía se concentra
en actividades capaces de producir muchísimo valor con relativamente pocos
trabajadores: industria farmacéutica, ingeniería, maquinaria de precisión,
finanzas y tecnologías avanzadas.
Existen, desde luego, países
ricos y turísticos. Mónaco es riquísimo; también lo son pequeños territorios
como Bermudas, y Malta o Chipre han alcanzado niveles elevados de renta. Pero
cuando se examinan aparecen otros motores económicos: finanzas, ventajas
fiscales, juego, servicios internacionales o atracción de grandes patrimonios.
Ninguno demuestra que un país de tamaño considerable pueda alcanzar los niveles
de renta de Suiza, Noruega o Estados Unidos especializándose fundamentalmente
en servir comidas, alquilar habitaciones y organizar excursiones.
Aquí conviene separarse un poco
de Jukic. Que ningún país se haya hecho extraordinariamente rico gracias al
turismo no significa que este sea una mala estrategia económica. Para un país
pobre posee una ventaja formidable: permite exportar algo que no puede
trasladarse. Una playa no puede meterse en un contenedor y enviarse a Alemania,
pero podemos traer al alemán hasta la playa. Lo mismo sucede con una selva
tropical, un arrecife de coral o una ciudad medieval.
El turismo ha contribuido
decisivamente al desarrollo de países como Maldivas, Mauricio, Seychelles o
Costa Rica. Ha creado empleo, financiado infraestructuras y permitido
aprovechar recursos naturales y culturales que de otro modo producirían pocos
ingresos. Negarlo sería tan absurdo como negar su importancia en el desarrollo
español.
España tampoco era un país rico
cuando comenzaron a aterrizar masivamente suecos, alemanes y británicos en
nuestras costas durante los años sesenta. Aquellos turistas trajeron algo que
la economía franquista necesitaba desesperadamente: divisas con las que
financiar las importaciones necesarias para modernizar el país.
Pero mientras llegaban los
turistas ocurría algo más: España se industrializaba. Se construían fábricas de
automóviles, siderurgias, refinerías e industrias químicas. Crecían la banca y
las telecomunicaciones. Millones de trabajadores abandonaban una agricultura de
bajísima productividad para incorporarse a la industria y los servicios
urbanos. Después llegaron la integración europea, la modernización de las
infraestructuras y la internacionalización de grandes empresas españolas.
España no se hizo rica gracias al
turismo. Se hizo rica también con el turismo. La diferencia parece pequeña,
pero es fundamental. El peligro aparece cuando una economía que ya ha alcanzado
un nivel elevado de desarrollo comienza a especializarse cada vez más en
actividades donde resulta difícil aumentar la productividad. Y ahí la pregunta
de Jukic deja de ser una curiosidad intelectual para convertirse en una
pregunta muy española.
Mientras celebramos récord tras
récord de visitantes, la OCDE lleva años señalando un dato mucho menos
festejado: España continúa teniendo un problema de productividad. Nuestra
convergencia en renta por habitante con las economías más avanzadas sigue siendo
limitada.
Puede que llevemos demasiado
tiempo formulando la pregunta equivocada. La pregunta habitual es cuántos
turistas más puede recibir España. Cien millones parecen ya al alcance de la
mano. Después podrían ser ciento diez o ciento veinte. Siempre habrá otro récord
que superar. Pero una economía no es una competición para ver cuántas personas
consigue meter dentro de sus fronteras durante el verano.
La pregunta verdaderamente
importante es otra: ¿qué queremos venderle al mundo dentro de veinte años?
Podemos vender noches de hotel, paellas, playas y visitas a la Alhambra, y
debemos seguir haciéndolo porque somos extraordinariamente buenos en ello. Pero
también podemos vender medicamentos, ingeniería, inteligencia artificial,
biotecnología, maquinaria, energía, diseño, software y conocimiento.
La diferencia es que para
duplicar la producción de algunas de esas cosas no necesitamos construir otra
España.
Quizá el problema del turismo no
sea que pueda hacernos pobres. Sería absurdo sostenerlo cuando genera cientos
de miles de millones de euros y millones de empleos. El problema es mucho más
sutil: el turismo puede ser una magnífica manera de comenzar a hacerse rico. Lo
que todavía nadie ha demostrado es que sea una buena manera de terminar de
serlo.