Durante
buena parte del año, la parra virgen se dedica a una tarea bastante discreta:
cubrir aquello que encuentra a su paso. Una tapia, una verja o el tronco de un
árbol pueden acabar bajo una cortina de hojas verdes sin que nadie se detenga a
examinar a la responsable. Pero llega el otoño y la discreción termina. El
verde se transforma en escarlata, carmesí y púrpura, y aquella pared que apenas
merecía una mirada se convierte durante unas semanas en uno de los mejores
espectáculos del jardín. La protagonista es Parthenocissus quinquefolia,
una trepadora cuya historia natural resulta tan interesante como su vestuario.
Aunque
la llamemos parra, sus frutos no sirven para vendimiar. Pertenece a las
vitáceas, la misma familia que la vid, pero ocupa una rama distinta de ese
parentesco. También se conoce como parra de Virginia, aunque su distribución
natural desborda ampliamente ese territorio: según
el catálogo botánico de Kew, se extiende desde el sureste de Canadá hasta
El Salvador y alcanza distintas islas del ámbito caribeño. Estamos ante una
liana americana que hemos incorporado a los jardines por su vigor, su capacidad
para cubrir superficies y su extraordinario color otoñal.
Su
identificación empieza por una pequeña corrección que permite mirar mejor
cualquier planta. Lo que a primera vista parecen cinco hojas reunidas son, en
realidad, los cinco folíolos de una sola hoja compuesta. Todos parten de un
punto común, como los dedos de una mano abierta: por eso se dice que la hoja es
palmaticompuesta. Cada folíolo posee su propio limbo, con el margen dentado y
el extremo generalmente puntiagudo. En los brotes jóvenes pueden aparecer hojas
con solo tres folíolos, pero el patrón habitual de cinco explica el epíteto quinquefolia.
Este
detalle ayuda a distinguirla de otra parra virgen muy cultivada, Parthenocissus
tricuspidata. En esta última, las hojas características son simples y
suelen presentar tres lóbulos: el limbo continúa de un lóbulo al siguiente. En P.
quinquefolia, por el contrario, los cinco folíolos están separados. Para
reconocerlas no hace falta esperar al otoño ni examinar sus flores con una
lupa; basta con comprobar si tenemos delante una lámina recortada o varias
láminas independientes reunidas en una misma hoja.
La
segunda lección aparece al observar cómo sube por una pared. Una planta
trepadora ahorra buena parte de la inversión necesaria para sostenerse: utiliza
una estructura ajena para elevar sus hojas hacia la luz. La parra virgen lleva
esa estrategia a la práctica mediante zarcillos ramificados cuyos extremos
desarrollan pequeños discos adhesivos. Gracias a ellos puede sujetarse a
superficies donde una planta que necesitase enroscarse alrededor de una rama
tendría serias dificultades. plantdatabase.uconn.edu
A
menudo se llama «ventosas» a esos discos, pero la palabra induce a imaginar un
mecanismo equivocado. No se sujetan creando un vacío, como una ventosa de baño.
Su procedimiento se parece más al de un pegamento biológico. El contacto con el
soporte desencadena cambios en las células superficiales del extremo del
zarcillo y la producción de sustancias adhesivas. Entre sus componentes se han
identificado pectinas y otros polisacáridos, es decir, moléculas formadas por
cadenas de azúcares. El conjunto establece una unión resistente con el sustrato
y acaba reforzándose mediante lignificación. Un modesto zarcillo resuelve así
un problema de materiales que cualquier fabricante de adhesivos reconocería
inmediatamente. PubMed
Mientras
las hojas se llevan las miradas, las flores pasan casi inadvertidas. Son
pequeñas, verdosas y aparecen agrupadas entre finales de primavera y comienzos
del verano. Miradas de cerca, sin embargo, muestran una organización precisa:
cinco pétalos que se curvan hacia atrás y cinco estambres con anteras
amarillas. Su escaso protagonismo ornamental no significa que carezcan de
función ecológica. Son visitadas por insectos y constituyen el comienzo de la
siguiente fase del ciclo: la formación de los frutos.
Estos
son pequeñas bayas que, al madurar, adquieren un color azul oscuro, casi negro,
frecuentemente cubierto por una tenue película cérea. Los pedicelos y los ejes
que las sostienen pueden enrojecer, de modo que la planta compone un contraste
llamativo incluso después de perder las hojas. Las aves consumen los frutos y
contribuyen a dispersar las semillas. Para la parra, conseguir que un animal
transporte su descendencia es otra forma de desplazarse sin abandonar el sitio.
Conviene,
eso sí, no confundir un alimento para aves con un alimento para personas. Las
bayas no son comestibles para nosotros. Los tejidos de la planta contienen
cristales de oxalato cálcico, algunos con forma de diminutas agujas, llamados
ráfides, que pueden lesionar e irritar los tejidos con los que entran en
contacto. El manejo de la planta también provoca irritación cutánea en algunas
personas sensibles. El parentesco con la vid permite explicar muchas semejanzas
botánicas, pero no convierte estos frutos en pequeñas uvas.
El
gran espectáculo llega cuando la hoja se aproxima al final de su vida. Durante
los meses de crecimiento domina la clorofila, imprescindible para captar la
energía luminosa que alimenta la fotosíntesis. Al avanzar la senescencia
otoñal, esa maquinaria se desmantela y el verde pierde intensidad. Entonces
cobran protagonismo otros pigmentos. Los carotenoides aportan amarillos y
anaranjados; las antocianinas producen los rojos y púrpuras que asociamos con
las parras vírgenes. El color que vemos depende de la combinación de esos
pigmentos y del estado de cada hoja.
No
se trata simplemente de que el frío pinte las hojas, ni de que todas cambien a
la vez siguiendo un calendario exacto. Esta especie desarrolla pronto su
coloración púrpura y roja y también pierde pronto el follaje. Por eso merece la
pena observarla durante varias semanas: una misma planta puede ofrecer hojas
todavía verdes junto a otras encendidas, antes de que los tallos queden
desnudos. El espectáculo es breve precisamente porque forma parte de una
despedida.
En
el jardín, su principal virtud exige también cierta vigilancia: crece con
enorme vigor. Puede sobrepasar los diez metros, extenderse por el suelo y
ocupar vegetación vecina. No es una planta parásita que extraiga alimento de
los árboles sobre los que trepa, pero una cobertura excesiva puede
perjudicarlos al sombrear sus hojas. Conviene proporcionarle espacio y
controlar los brotes que se dirigen hacia donde no deben. Sus discos se
adhieren con fuerza y pueden dejar restos; al arrancarlos de superficies pintadas
es posible desprender también parte de la pintura.
La
próxima vez que encontremos una fachada cubierta de parra virgen, podemos
detenernos en tres detalles: los cinco folíolos reunidos como una mano, los
pequeños discos con los que se pega al soporte y las bayas oscuras que esperan
a las aves. El otoño añadirá después su propia explicación en rojo. Bajo
aquella cortina vegetal hay una planta que ha aprendido a subir sin construir
un tronco monumental, a viajar confiando sus semillas a otros y a convertir la
retirada anual de sus hojas en el momento más visible de su existencia.








