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viernes, 16 de octubre de 2026

VOX Y LA JUBILACIÓN EN MANOS DE LA BOLSA

 

En Nomadland, la película dirigida por Chloé Zhao que ganó el Óscar en 2021, Frances McDormand interpreta a Fern, una mujer de sesenta y tantos años que vive en una furgoneta y recorre Estados Unidos encadenando empleos temporales. Trabaja empaquetando mercancías en los almacenes de Amazon, limpia aseos en campamentos y acepta cualquier ocupación que le permita seguir adelante. No es una aventurera que haya decidido abandonar las comodidades de la vida moderna. Es una mujer que, después de trabajar durante décadas, no tiene dinero suficiente para disfrutar de una jubilación digna.

La película está inspirada en País nómada, un extraordinario libro de la periodista Jessica Bruder, que pasó varios años conviviendo con estadounidenses, muchos de ellos mayores, obligados a transformar sus vehículos en viviendas y buscarse la vida en un mercado laboral poco considerado con las canas. Entre sus protagonistas hay personas que perdieron sus casas durante la crisis inmobiliaria, trabajadores cuyos ahorros se evaporaron, enfermos arruinados por las facturas médicas y jubilados cuya pensión apenas alcanza para sobrevivir. Son los náufragos de una prosperidad que les prometió una vejez tranquila y terminó dejándolos aparcados en un descampado.

Bruder recuerda que las pensiones públicas estadounidenses nacieron para evitar situaciones semejantes. Durante la Gran Depresión de los años treinta, millones de trabajadores quedaron desempleados y los mayores encontraron prácticamente imposible regresar al mercado laboral. Franklin D. Roosevelt comprendió que había que hacer algo. En 1935 impulsó la Ley de Seguridad Social, que estableció un sistema contributivo de pensiones de vejez financiado mediante cotizaciones de trabajadores y empleadores. Había nacido uno de los pilares fundamentales del Estado social estadounidense.

Durante décadas, los economistas describieron la jubilación estadounidense mediante la metáfora de un taburete de tres patas: la Seguridad Social pública, las pensiones proporcionadas por las empresas y los ahorros personales. Si las tres funcionaban razonablemente bien, el jubilado podía sentarse sin miedo a terminar en el suelo. Pero los taburetes también se rompen.

Desde los años ochenta, numerosas empresas comenzaron a sustituir sus pensiones de prestación definida por planes de aportación definida, entre ellos los famosos 401(k), llamados así por el apartado de la legislación fiscal que los regula. La diferencia parece técnica, pero es trascendental. Antes, la empresa se comprometía a pagar una pensión determinada al trabajador jubilado. Con el nuevo sistema, trabajador y empresa ingresan cantidades en una cuenta individual que se invierten en los mercados financieros.

El cambio se presentó como una conquista de la libertad individual. Cada trabajador podría decidir cómo invertir su dinero y beneficiarse de la prosperidad bursátil. Las empresas, mientras tanto, se liberaban de buena parte de sus obligaciones de garantizar pensiones vitalicias. Lo que para unas suponía una reducción de responsabilidades, para otros se convirtió en una transferencia de riesgos.

Entonces llegó la hecatombe de 2008. La crisis de las hipotecas basura estadounidenses desencadenó un terremoto financiero que arrastró bancos, aseguradoras, fondos de inversión y bolsas de medio mundo. Los planes 401(k) no estaban necesariamente invertidos en aquellas hipotecas tóxicas, pero buena parte de su patrimonio dependía de unos mercados que se desplomaron.

Según el Employee Benefit Research Institute, el saldo medio de los planes 401(k) de los participantes analizados cayó un 34,8% durante 2008. Un trabajador que hubiera acumulado 300 000 dólares podía encontrarse, al terminar el año, con unos 195 600. Había perdido más de cien mil dólares sin haber hecho nada distinto de ahorrar para su jubilación.

Llevan diciendo que las pensiones están en peligro desde 1983 y nunca aciertan. Es simplemente un mensaje alarmista para privatizar el sistema de pensiones y hacerle el negocio a la banca.

El desastre fue especialmente cruel con quienes estaban a punto de retirarse. Un trabajador de cuarenta años todavía disponía de tiempo para esperar la recuperación de los mercados. Uno de sesenta y cinco, quizá no. Si además había perdido su empleo, podía verse obligado a vender sus inversiones depreciadas para pagar las facturas. Cuando la Bolsa se recuperó, muchos ya no tenían dinero invertido suficiente para beneficiarse de la subida.

No todos los titulares de los 401(k) quedaron arruinados. Muchos trabajadores que conservaron sus empleos y siguieron cotizando recuperaron sus pérdidas. Pero esa recuperación demuestra, precisamente, que el sistema favorece a quienes pueden permitirse esperar y castiga a quienes necesitan sus ahorros durante una crisis.

Y aquí es donde esta historia estadounidense comienza a tener interés para los españoles.

Hace unos días, José María Figaredo, diputado y portavoz económico de Vox, declaró que el sistema español de pensiones es «un zombi» y que está «quebrado». Su partido propone reformarlo mediante un modelo mixto que combine el reparto con la capitalización individual, semejante, según sus palabras, al de algunos países europeos. No ha propuesto expresamente copiar el 401(k) estadounidense, pero la experiencia norteamericana constituye una advertencia que merece examinarse.

La diferencia entre ambos sistemas es sencilla. En el de reparto, las cotizaciones de los trabajadores actuales financian las pensiones de los jubilados actuales. Existe un compromiso colectivo entre generaciones. En el de capitalización, el dinero se acumula en cuentas individuales y se invierte para financiar la futura jubilación de sus titulares. Ambos sistemas pueden combinarse, pero no distribuyen de la misma manera los riesgos.

Supongamos que un trabajador español cotiza durante cuarenta años y destina parte de sus aportaciones a un fondo de inversión. Si las bolsas suben, sus ahorros aumentan. Si se desploman cuando está a punto de jubilarse, disminuyen. La pregunta no es si las inversiones pueden resultar rentables a largo plazo, porque naturalmente pueden serlo. La pregunta es quién responde cuando dejan de serlo.

Hay otra cuestión que rara vez aparece en las propuestas formuladas con grandes palabras y escasos números. Si parte de las cotizaciones que hoy sirven para pagar las pensiones se desvía hacia cuentas individuales, ¿de dónde saldrá el dinero para seguir pagando a los jubilados actuales? Las pensiones no pueden suspenderse durante treinta años mientras los trabajadores jóvenes acumulan capital. Esa transición tiene un coste que alguien deberá financiar.

Tampoco conviene confundir los problemas reales de nuestro sistema con su supuesta quiebra. España envejece, la generación del baby boom se jubila y la relación entre cotizantes y pensionistas plantea dificultades que requieren reformas. Negarlo sería irresponsable. Pero afirmar que un sistema público de reparto está quebrado como si fuera una empresa insolvente simplifica una cuestión mucho más compleja. Su sostenibilidad depende de decisiones económicas, demográficas, laborales y fiscales.

La capitalización individual, además, reproduce las desigualdades de la vida laboral. Quien cobra mucho puede ahorrar mucho; quien encadena empleos precarios, desempleo y salarios bajos apenas consigue acumular patrimonio. Quien interrumpe su carrera para cuidar familiares también parte con desventaja. Si la pensión pública pierde peso y el ahorro individual gana protagonismo, esas diferencias se trasladan a la vejez.

Naturalmente, esto no significa que todo fondo de pensiones sea perjudicial ni que cualquier sistema mixto conduzca al desastre. Algunos modelos europeos incorporan garantías y mecanismos colectivos de protección muy distintos de los estadounidenses. Por eso, antes de proclamar las virtudes de una reforma, habría que explicar qué porcentaje de las cotizaciones se capitalizaría, quién administraría los fondos, qué comisiones cobraría, quién asumiría las pérdidas y qué pensión mínima quedaría garantizada.

Porque una cosa es ofrecer a los trabajadores la posibilidad de complementar su jubilación mediante inversiones y otra muy distinta obligarlos a depender de ellas para conservar su nivel de vida.

En Nomadland, los protagonistas no discuten sobre capitalización, reparto o sostenibilidad actuarial. Tienen preocupaciones más inmediatas: encontrar un empleo, reparar la furgoneta, pagar una factura médica o descubrir dónde dormirán la noche siguiente. Muchos habían trabajado toda su vida. Algunos habían tenido casas, profesiones estables y ahorros. No todos llegaron a aquella situación por las mismas causas, pero compartían una experiencia: la seguridad económica que creían haber construido había resultado mucho más frágil de lo que imaginaban.

La película termina sin ofrecer grandes soluciones. Sus personajes continúan desplazándose por carreteras interminables, buscando trabajos temporales y lugares donde aparcar. Es difícil contemplarlos sin preguntarse qué clase de prosperidad permite que una persona trabaje durante cuarenta años y tenga que seguir haciéndolo a los setenta para sobrevivir.

Quizá antes de importar determinadas fórmulas de jubilación convendría recordar que las pensiones públicas nacieron precisamente para evitar que la vejez dependiera exclusivamente de la fortuna, de los mercados o de la generosidad ajena. 

Al fin y al cabo, una sociedad puede aceptar que sus ciudadanos arriesguen sus ahorros en la Bolsa. Lo que debería pensarse mucho más es si también quiere que se jueguen allí el derecho a envejecer.

EL ÁRBOL PULPO: UNA SELVA ESCONDIDA EN UNA MACETA

 

Grupos de flores de Schefflera actinophylla. Fuente

Hay plantas que pasan años en un salón sin revelar su verdadera personalidad. Las regamos, les quitamos el polvo y acabamos creyendo que su destino natural consiste en acompañar un sofá. La familiar cheflera, también conocida como “árbol pulpo”, es un buen ejemplo de esa domesticación de nuestra mirada. En una maceta ofrece hojas brillantes y una discreta apariencia tropical; en condiciones favorables se convierte en un árbol de considerable tamaño, levanta sobre la copa unos brazos rojizos y organiza alrededor de sus flores y frutos un concurrido intercambio con los animales. El nombre de árbol pulpo empieza entonces a parecer mucho más apropiado que el de planta de interior.

La especie conocida tradicionalmente como Schefflera actinophylla procede del norte de Australia y del sur de Nueva Guinea. Pertenece a las araliáceas, la familia de la hiedra y del ginseng, una parentela que reúne trepadoras, hierbas y árboles de aspecto muy diverso. Su ambiente originario son los bosques tropicales húmedos, donde la disponibilidad de agua permite mantener el follaje durante todo el año. El ejemplar que sobrevive junto a una ventana conserva, por tanto, la arquitectura de una planta nacida para otro escenario.

Lo primero que llama la atención son sus hojas. Conviene detenerse en ellas porque contienen una pequeña trampa visual: cada una de las piezas verdes que parecen hojas independientes es, en realidad, un folíolo. Varios folíolos alargados, coriáceos y de margen entero parten de un punto común, al final de un largo pecíolo, como los dedos de una mano abierta o las varillas de un paraguas. Los botánicos llaman palmaticompuesta a esta disposición. De ella procede otro nombre popular, árbol paraguas, y también el epíteto actinophylla, formado a partir de las voces griegas que aluden al rayo y a la hoja. La botánica y la imaginación cotidiana repararon aquí en la misma geometría.

El parentesco entre las piezas se comprueba buscando dónde nace la yema que puede producir una nueva rama. Está en la axila de la hoja completa, junto al tallo, y no en la base de cada folíolo. Esta observación, que parece un ejercicio de manual, cambia la manera de mirar la planta: lo que tomábamos por un ramillete resulta ser una sola hoja de considerable complejidad. En botánica, contar hojas exige a veces algo más que contar superficies verdes.

La transformación más espectacular llega con la floración. Sobre el follaje aparecen largos ejes rojizos que irradian desde los extremos de las ramas y llevan numerosas flores pequeñas agrupadas a lo largo de su recorrido. El parecido con los brazos de un pulpo explica el nombre del árbol, aunque la planta no se siente obligada a respetar los ocho apéndices del animal. La vistosidad pertenece al conjunto: cada flor es diminuta; reunidas y elevadas sobre la copa, forman una señal que se distingue a distancia.

Esa exhibición tiene destinatarios. Las flores ofrecen néctar y atraen a aves nectarívoras, además de insectos. En Australia las visitan aves comedoras de néctar; en los países donde se cultiva pueden incorporarse otros comensales. Un árbol llevado a otro continente conserva sus recursos y su calendario biológico, pero cambia parte del público. Para aprovechar una fuente de alimento no siempre hace falta compartir una larga historia evolutiva con quien la proporciona. Las relaciones ecológicas también se improvisan.

Después de las flores llegan los frutos carnosos, oscuros al madurar, que atraen a aves frugívoras. El intercambio tiene ahora otra consecuencia: al transportar las semillas, los animales permiten que la descendencia abandone las inmediaciones de la planta madre. Néctar y pulpa sostienen dos momentos diferentes del ciclo reproductivo. Una visita puede contribuir a la polinización; otra puede llevar una semilla hasta un lugar donde germinar. La inmovilidad del árbol se compensa con la movilidad de sus visitantes.

Algunas semillas acaban en lugares poco habituales para el nacimiento de un árbol: una horquilla, una grieta de la corteza o una acumulación de restos vegetales sobre otro tronco. La especie puede establecerse allí como epífita, es decir, utilizando otra planta como soporte. Sus raíces pueden descender hasta alcanzar el suelo y ampliar entonces su acceso al agua y a los nutrientes. Ese comienzo elevado permite ocupar un espacio distinto del suelo forestal, donde también se amontonan competidores.

Conviene distinguir esa manera de vivir del parasitismo. Una planta epífita no extrae por ello la savia del árbol que la sostiene: mantiene su propia fotosíntesis y obtiene los recursos mediante sus raíces. Eso no convierte necesariamente la convivencia en inocua. Al crecer puede aumentar la competencia y la carga sobre el soporte. Las raíces envolventes del árbol pulpo recuerdan a las de ciertas higueras estranguladoras, aunque el parecido no debe hacernos confundir sus respectivas familias botánicas.

La combinación de cultivo ornamental, dispersión animal y capacidad de establecerse en distintos emplazamientos tiene una consecuencia menos decorativa. En Florida y Hawái el árbol pulpo ha invadido ambientes naturales y puede formar masas densas. También causa problemas en sectores de Queensland situados fuera de su distribución originaria. Esto último ofrece una lección especialmente útil: una especie puede ser autóctona en una parte de un país e introducida en otra. Las fronteras administrativas sirven de poco para definir la pertenencia a un ecosistema.

El árbol pulpo guarda, además, una última sorpresa en su etiqueta. El nombre que lo hizo popular, Schefflera actinophylla, es hoy un sinónimo de Heptapleurum actinophyllum, la denominación aceptada por el repertorio de Kew. El cambio se publicó en 2020 y responde a una revisión profunda de aquel gran género tropical. Bajo Schefflera (nombre que crearon en 1775 Johann Reinhold Forster y su hijo Georg, los naturalistas que participaron en el segundo viaje de James Cook, en honor de Johann Peter Ernst von Scheffler (1739–1810), médico y naturalista alemán) se habían reunido plantas que no constituían un único linaje evolutivo: el parecido externo había resultado más convincente que el parentesco real. Los estudios filogenéticos obligaron a reorganizar el conjunto y a recuperar Heptapleurum para uno de sus grandes grupos.

Las etiquetas de los viveros tardarán en ponerse de acuerdo con los herbarios, y probablemente seguiremos llamándola cheflera durante mucho tiempo. Entretanto, basta contemplar uno de estos árboles en flor para devolverle su historia natural. Detrás del follaje lustroso de una conocida planta doméstica hay un habitante de bosques tropicales, capaz de empezar la vida sobre otro árbol y de alimentar con néctar y frutos a visitantes que transportan polen o semillas. La maceta contiene sus raíces; nuestra costumbre de verla en ella contiene, con bastante más eficacia, la imaginación.

jueves, 15 de octubre de 2026

EL ALQUILER, UNA MÁQUINA DE AUMENTAR LA DESIGUALDAD

 

Cuando alguien paga mil euros de alquiler todos los meses ocurren simultáneamente dos obviedades. Quien los paga dispone de mil euros menos y quien los cobra dispone de mil euros más. Hasta aquí no parece haber material para un descubrimiento sociológico. Es simplemente lo que significa alquilar una vivienda.

La cosa se vuelve bastante más interesante cuando preguntamos quién está a cada lado de la transferencia.

Porque si arrendadores e inquilinos pertenecieran aproximadamente a los mismos estratos económicos, el dinero circularía horizontalmente entre hogares de características parecidas. Pero no sucede eso. En España, quienes cobran alquileres pertenecen mayoritariamente a los grupos de renta más alta, mientras quienes los pagan se concentran mucho más en los de renta baja. Por tanto, cada mensualidad no es solamente el precio de utilizar una vivienda: estadísticamente considerada, constituye también una transferencia de renta desde un grupo comparativamente pobre hacia otro considerablemente más rico.

Eso es precisamente lo que tres investigadores han estudiado en El mercado de alquiler: fuente de desigualdad social, que han tenido la precaución de enfocarlo utilizando tres fuentes distintas: datos fiscales de la Agencia Tributaria, la Encuesta de Condiciones de Vida del INE y la Encuesta Financiera de las Familias del Banco de España. Las metodologías y los años de referencia no son idénticos, pero las tres fuentes dibujan prácticamente el mismo paisaje.

Empecemos por los protagonistas. Según la fuente utilizada, la renta bruta anual mediana de los hogares que obtienen ingresos alquilando viviendas se sitúa entre 50 604 y 56 473 euros. La de los hogares inquilinos oscila entre 19 758 y 26 288 euros. Entre ambos aparecen quienes viven en una casa de su propiedad, con rentas medianas de entre 30 000 y 36 413 euros. No estamos hablando de una pequeña diferencia. Según la base estadística que se utilice, la renta mediana de los caseros es entre 2,15 y 2,58 veces la de los inquilinos.

Conviene detenerse en una palabra: mediana. No se trata de que cuatro propietarios multimillonarios con veinte edificios cada uno eleven artificialmente el promedio. La mediana es el valor que deja a la mitad de los hogares por encima y a la otra mitad por debajo. Estamos observando una diferencia situada en el corazón mismo de ambos grupos.

La distribución por niveles de renta resulta todavía más reveladora. Entre el 73 y el 79% de los hogares de caseros pertenece a la mitad de población con mayores ingresos. Entre los inquilinos solo está allí entre el 25 y el 35%. En el extremo contrario, entre el 36 y el 45% de los inquilinos aparece en el cuartil de renta más baja, mientras que únicamente entre el 8 y el 10% de los caseros ocupa ese escalón. Dicho sin porcentajes: los propietarios que alquilan viviendas ya son mucho más ricos que sus inquilinos antes de que el inquilino les pague el primer alquiler del mes.

Y aquí aparece la parte verdaderamente interesante del estudio. Podría objetarse que los caseros tienen mayores ingresos precisamente porque cobran alquileres. Quitémoselos entonces. Hagamos el experimento mental de que todos ellos continúan siendo propietarios de sus inmuebles, pero dejan de ingresar un solo euro por arrendarlos.

La desigualdad disminuye, naturalmente. Pero está muy lejos de desaparecer. Con los datos de Hacienda, la renta mediana del casero bajaría de 51 007 a 40 515 euros, mientras la del inquilino es de 19 758. Según la Encuesta de Condiciones de Vida, quedaría en 47 823 frente a 26 288 euros. Y según la Encuesta Financiera de las Familias, en 44 000 frente a 20 624. Es decir, aunque hiciéramos desaparecer mágicamente todos los ingresos procedentes del alquiler, los hogares de los caseros seguirían teniendo aproximadamente entre 1,8 y 2,1 veces la renta mediana de los inquilinos.

El alquiler, por tanto, no crea desde cero la desigualdad entre ambos grupos. Hace algo diferente: la amplifica. Y durante la última década esa bomba amplificadora ha aumentado de potencia.

Entre 2014 y 2024, los autores calculan que los precios de oferta del alquiler aumentaron alrededor de un 77%, mientras la renta disponible de los hogares lo hizo un 33%. El alquiler, por tanto, creció unas 2,3 veces más deprisa que los ingresos familiares. Esa diferencia es crucial.

Imaginemos un hogar que dispone de 2 000 euros mensuales y paga 600 de alquiler. Le quedan 1 400 para alimentos, electricidad, transporte, ropa, hijos, ocio y ahorro. Si sus ingresos aumentan un 10%, hasta 2 200 euros, pero el alquiler aumenta un 30%, hasta 780, después de pagar al propietario le quedan 1 420. Su sueldo ha aumentado 200 euros. Su capacidad para atender el resto de su vida, veinte, mientras que al otro lado de la puerta alguien está recibiendo esos 180 euros adicionales.

Esto ayuda a entender por qué el encarecimiento de la vivienda puede aumentar la desigualdad incluso cuando también aumentan los salarios. Lo importante no es únicamente cuánto gana un hogar, sino cuánto conserva después de pagar por un bien del que difícilmente puede prescindir.

Además, cada vez hay más personas en esa situación. Después de la crisis financiera de 2008 aumentó sustancialmente el peso del alquiler. Según los datos utilizados en el estudio, los hogares arrendatarios pasaron del 11,2% en 2011 al 19% en 2020. Paralelamente creció el número de hogares que perciben rentas inmobiliarias, hasta situarse alrededor del 9,5%.

Los autores llaman a unos «generación inquilina» y a otros «generación de caseros». La expresión puede sonar algo teatral, pero describe una transformación económica importante. Una parte creciente de la población necesita acudir al alquiler para resolver una necesidad básica; otra posee, además de su residencia o patrimonio inmobiliario, viviendas capaces de producir una renta periódica. Y el dinero circula predominantemente en una dirección.

Esto no significa, naturalmente, que todo casero sea rico ni que todo inquilino sea pobre. Las estadísticas describen poblaciones, no biografías. Existe el jubilado que complementa una pensión modesta alquilando un pequeño piso heredado y existe el ejecutivo con un sueldo magnífico que prefiere vivir de alquiler. Los propios datos muestran diversidad dentro de ambos grupos.

Pero las excepciones individuales no modifican la distribución general: los inquilinos se concentran en los niveles inferiores de renta y los caseros en los superiores. Ahí reside la cuestión social de fondo. Solemos hablar del precio del alquiler como un problema de vivienda. Y lo es. Pero estos datos muestran que también constituye un problema de distribución de la renta.

Cuando el alquiler aumenta mucho más rápidamente que los ingresos, no solo se encarece el techo bajo el que duerme una familia. Se intensifica una transferencia económica entre dos grupos que ya partían de posiciones muy diferentes.

Los autores denominan a ese fenómeno una «transferencia regresiva de rentas» y sostienen que las políticas que se limiten a moderar futuras subidas pueden frenar el ensanchamiento de la brecha, pero difícilmente reducirán la ya existente. De ahí que defiendan políticas destinadas a aproximar el coste del alquiler a la capacidad económica de los hogares.

Puede discutirse cuáles son las mejores políticas para conseguirlo —aumentar la oferta, construir vivienda pública, regular determinados alquileres, movilizar vivienda vacía, modificar la fiscalidad o combinar varias de esas herramientas—. Ese es otro debate. Pero antes de discutir las soluciones conviene comprender correctamente el problema.

Porque detrás del contrato entre un propietario y un inquilino hay algo más que dos personas intercambiando una vivienda por dinero. Cuando contemplamos millones de contratos simultáneamente aparece un gigantesco sistema de tuberías por el que todos los meses circulan miles de millones de euros. 

Y las tuberías no comunican dos depósitos situados a la misma altura. El dinero fluye, mayoritariamente, desde los hogares que tienen menos hacia los hogares que tienen más. Y cuanto más sube el alquiler respecto de los ingresos, mayor es el caudal bombeado. 

miércoles, 14 de octubre de 2026

QUIENES AVISAN NO SON TRAIDORES: TRABAJADORES SIN BAJAS, PENSIONISTAS SIN PENSIONES

 

El pasado 1 de septiembre ingresé en el colectivo de jubilados. El trámite no me convirtió en una persona distinta, pero me proporcionó una nueva ocupación: escuchar con atención a quienes tienen ideas sobre mi pensión. Hasta entonces, algunas declaraciones económicas podían parecerme abstracciones. Ahora sé que las abstracciones también se ingresan, o dejan de ingresarse, a final de mes.

Tenemos elecciones generales el próximo 29 de noviembre. Se hablará de España, de su futuro, de sus enemigos y de unas cuantas cosas solemnes. Conviene reservar algo de atención para cuestiones menos aparatosas: quién decide si un enfermo puede volver al trabajo, cómo se actualiza una pensión y qué ocurre con quienes llegan a la vejez sin haber podido ahorrar. El Estado del bienestar consiste, en buena medida, en esas pequeñas vulgaridades. boe.es

Alberto Núñez Feijóo propone dar a las mutuas más poder para gestionar las altas laborales. También ha planteado incentivos para las empresas que reduzcan las bajas. La presentación resulta atractiva: menos absentismo, más eficiencia, una economía que funciona mejor. La dificultad aparece cuando recordamos que detrás de una baja suele haber una persona enferma. Reducir las bajas mejorando las condiciones de trabajo sería una buena noticia. Reducirlas facilitando la reincorporación de quien todavía necesita recuperarse sería otra cosa.

Una baja médica no es una concesión sentimental. Es el reconocimiento de que alguien no está en condiciones de trabajar. Por eso importa quién puede terminarla, con qué criterios y bajo qué controles. Los intereses de una empresa y la salud de sus empleados pueden coincidir, pero no existe ninguna ley natural que los obligue a hacerlo. Cuando entran en conflicto, el trabajador necesita algo más sólido que una declaración de buenas intenciones.

Vox, por su parte, ha puesto sobre la mesa las pensiones. Su portavoz económico, José María Figaredo, ha descrito el sistema como «un zombi» y propone avanzar hacia un modelo mixto que combine reparto y capitalización individual. La expresión tiene la ventaja de parecer técnica. Traducida al lenguaje cotidiano, significa que una parte de la jubilación dependería del ahorro acumulado por cada persona y del rendimiento de ese dinero. EL PAÍS

Ahorrar es una excelente costumbre cuando queda algo que ahorrar. Para quien paga un alquiler elevado, sostiene una familia y llega justo al final del mes, la capitalización individual empieza con un inconveniente bastante concreto: falta el capital. Las rentas altas pueden reservar dinero para su vejez. Las bajas tienen que dedicarlo a conseguir que termine razonablemente bien la semana. Presentar ambas situaciones como una misma oportunidad financiera exige cierta distancia respecto a la vida corriente.

El sistema de reparto responde a otra lógica: las cotizaciones de quienes trabajan contribuyen a pagar las pensiones actuales. No elimina los problemas demográficos ni permite ignorar las cuentas. Obliga a discutir sobre empleo, salarios, ingresos públicos y distribución del esfuerzo. Sustituir parte de esa protección por ahorro individual tampoco hace desaparecer las dificultades. Cambia quién las soporta y cómo.

Hay, además, una cuestión que suele quedar escondida detrás de las grandes reformas: el poder adquisitivo. Si los precios suben y una pensión permanece quieta, el pensionista pierde ingresos reales aunque conserve exactamente los mismos euros. No necesita un informe para descubrirlo. Le basta con ir al supermercado. Vincular la actualización de las pensiones al IPC protege frente a esa pérdida; debilitar el mecanismo trasladaría el coste de la inflación a quienes cobran la prestación.

El antecedente del 0,25 % de la etapa de Rajoy merece recordarse. No porque pueda afirmarse que un futuro Gobierno vaya a recuperarlo necesariamente, sino porque muestra lo que ocurre cuando la actualización se separa del coste de la vida. Una subida puede existir en el papel y resultar insuficiente en la caja del supermercado. A eso se le puede llamar moderación del gasto. Quien la padece suele utilizar palabras menos administrativas.

La diferencia pesa especialmente en las pensiones más bajas. En 2026, la mínima de jubilación para una persona de 65 años o más, sin cónyuge, es de 936,20 euros mensuales en catorce pagas. Conviene precisar la modalidad: no existe una única pensión mínima. En esas rentas, cualquier pérdida de poder adquisitivo reduce un margen que ya era estrecho. seg-social.es

También conviene ser precisos con las promesas y las amenazas. Feijóo asegura ahora que garantizará el sistema público y revalorizará las pensiones. Vox plantea una reforma hacia un modelo mixto. No son declaraciones idénticas, y atribuirles un programa cerrado de recortes que todavía no han presentado facilitaría una réplica demasiado cómoda. Lo razonable es exigir que expliquen sus propuestas: qué conservarían, qué cambiarían, cómo lo financiarían y qué protección tendría quien no puede ahorrar.

Los avances de estos años en la actualización de las pensiones y en las prestaciones más bajas merecen defenderse con argumentos que resistan una comprobación. También merece discutirse la sostenibilidad del sistema sin aceptar que la única respuesta posible sea reducir derechos. Las cuentas importan. Precisamente por eso hay que examinarlas enteras, incluyendo los ingresos y el reparto de las cargas.

El 29 de noviembre votaremos, entre otras cosas, sobre todo esto. Quien cobra una pensión o espera cobrarla tiene motivos para leer con cuidado la letra pequeña. Quien trabaja tiene motivos para interesarse por quién decidirá cuándo está suficientemente sano para volver a su puesto. Los programas económicos adquieren una claridad considerable cuando se traducen en una nómina, una baja o una compra semanal.

He llegado a la jubilación con una convicción bastante modesta: después de décadas de trabajo, la tranquilidad no debería depender de acertar con un producto financiero. Tampoco debería premiarse a una empresa por reducir las bajas si lo consigue haciendo que sus trabajadores vuelvan antes de estar recuperados. Defender esas dos cosas no resuelve todos los problemas del país. Ayuda, al menos, a recordar para quién deberían resolverse.

martes, 13 de octubre de 2026

PINSAPOS: TRES ABETOS Y UN MAR DE POR MEDIO

Los pinsapos andaluces tienen parientes cercanos en Marruecos y Argelia. Su historia comenzó millones de años antes de que el Mediterráneo adquiriera su forma actual.

Ramas terminales de Abies pinsapo con conos masculinos (1) y femeninos (2)

En 1837, el joven botánico suizo Pierre Edmond Boissier llegó a Andalucía dispuesto a explorar una flora que todavía guardaba sorpresas para los naturalistas europeos. Tenía veintisiete años y la clase de entusiasmo que lleva a algunas personas a subir montañas para examinar plantas que la mayoría de sus semejantes ni siquiera se detendría a mirar.

En la Serranía de Ronda encontró unos abetos muy diferentes de los que conocía de los Alpes. Sus hojas eran cortas, rígidas, punzantes y se disponían alrededor de las ramillas como las cerdas de un cepillo de limpiar botellas. Los habitantes de la región los llamaban pinsapos. Boissier conservó aquel nombre popular y, en 1838, describió científicamente la especie como Abies pinsapo.

El descubrimiento planteaba una paradoja geográfica. Los abetos son árboles propios de montañas húmedas y bosques relativamente fríos. Sin embargo, aquel crecía en el extremo meridional de Europa, cerca de una costa mediterránea cuyos veranos son famosos por todo menos por su humedad.

La paradoja aumentó cuando los botánicos exploraron las montañas norteafricanas. En Argelia encontraron otro abeto singular, Abies numidica. Más al oeste, en las montañas marroquíes del Rif, aparecieron poblaciones de un tercero, Abies marocana. Tres abetos extraordinariamente parecidos, confinados en regiones montañosas separadas por centenares de kilómetros y por el mar. ¿Cómo habían llegado hasta allí? ¿Procedían de un antepasado común?

Los supervivientes de las montañas

Los pinsapares naturales se concentran en tres núcleos andaluces: Sierra de las Nieves, Sierra del Pinar de Grazalema y Sierra Bermeja. En Grazalema, las montañas interceptan los vientos húmedos atlánticos y reciben precipitaciones extraordinariamente abundantes. En Sierra de las Nieves, la altitud y las orientaciones umbrías proporcionan refugios frescos. Sierra Bermeja añade otra singularidad: sus pinsapos crecen sobre peridotitas, rocas que originan suelos químicamente difíciles para muchas plantas.

El pinsapo no es un árbol especialmente adaptado a la sequía. Su distribución revela hasta qué punto necesita aprovechar las excepciones climáticas que ofrece la geografía mediterránea. Los botánicos llaman relictas a las especies cuyas poblaciones actuales representan restos de distribuciones antiguas más extensas. El pinsapo constituye un buen ejemplo, aunque eso no significa que haya permanecido inmutable durante millones de años.

Lo que ha sobrevivido es un linaje. Y ese linaje tiene parientes al otro lado del mar.

Una familia dividida

El abeto de Numidia, Abies numidica, vive en un territorio muy reducido de las montañas de Babor y Tababort, en Argelia. Más al oeste, en el Rif, crece Abies marocana, especialmente asociado a los bosques de Talassemtane.

Los tres comparten caracteres que revelan su parentesco: hojas rígidas y relativamente cortas, dispuestas alrededor de las ramillas, y determinadas peculiaridades anatómicas. Tradicionalmente se incluyen en la sección botánica Piceaster, distinta de la sección Abies, a la que pertenecen otros abetos mediterráneos.

Pero ¿son realmente tres especies diferentes? Algunos botánicos consideraron al abeto marroquí una subespecie del pinsapo andaluz. Incluso determinadas poblaciones del Rif recibieron otro nombre, Abies tazaotana, que algunos autores elevaron a la categoría de especie.

En 2020, un equipo encabezado por Francisco Balao publicó en Annals of Botany una investigación basada en miles de variantes del ADN. Los resultados confirmaron que A. numidica representa una rama separada tempranamente del antepasado común de los pinsapos ibéricos y marroquíes. Estos últimos constituyen dos linajes hermanos, suficientemente diferenciados para respaldar su reconocimiento como especies independientes. En cambio, A. tazaotana no formaba un linaje claramente separado de A. marocana.

La genética había aclarado el parentesco familiar. Pero también reveló algo sorprendente: aquella familia llevaba separada muchísimo más tiempo del que se había supuesto. Era un tiempo en el que el Mediterráneo era otro mar.

Hace treinta millones de años, durante el Oligoceno, Europa y África ocupaban posiciones distintas de las actuales. El antiguo océano de Tetis experimentaba profundas transformaciones. El desplazamiento de las placas tectónicas reorganizaba mares, islas y cordilleras.

Los análisis genéticos permiten estimar cuándo comenzaron a separarse los linajes mediante modelos que relacionan las diferencias acumuladas en el ADN con el tiempo transcurrido.

El estudio de Balao y sus colaboradores situó la separación entre las secciones Piceaster y Abies aproximadamente entre 23 y 34 millones de años atrás. La divergencia del linaje argelino se estimó entre 13 y 27 millones de años, mientras que la separación de los linajes ibérico y marroquí se situó entre 9 y 21 millones de años.

Son estimaciones con incertidumbres, pero contienen una enseñanza importante: los abetos ibéricos y marroquíes comenzaron a diferenciarse mucho antes de las glaciaciones cuaternarias y, según esas fechas, antes de que el estrecho de Gibraltar adquiriera su configuración actual. Por tanto, no basta con imaginar un gran bosque de pinsapos dividido en dos cuando se abrió el estrecho. La historia debió de ser más complicada como se desprende de sus cenizas.

Los árboles tienen la desagradable costumbre de morir sin dejar demasiados documentos. Afortunadamente, producen enormes cantidades de polen, cuyos granos pueden conservarse enterrados durante miles o millones de años.

El registro paleobotánico indica que los abetos ocuparon territorios del sur y el este de la península ibérica donde hoy han desaparecido. Sin embargo, encontrar polen fósil de Abies no equivale a demostrar la presencia de pinsapos, porque el polen de especies próximas puede resultar indistinguible.

Hay una forma más directa de averiguar dónde crecían estos árboles: buscar sus restos quemados. En 2022, R. Pardo-Martínez y sus colegas publicaron una investigación basada en la pedoantracología, palabra poco atractiva que designa una actividad fascinante: buscar fragmentos de carbón vegetal conservados en los suelos.

Cuando un incendio quema un bosque, parte de la madera se transforma en carbón. Algunos fragmentos permanecen enterrados durante miles de años. Su estructura anatómica permite identificar el género del árbol y el carbono 14 proporciona una estimación de su antigüedad.

Los investigadores realizaron 37 excavaciones en la Serranía de Ronda. Encontraron carbones identificados como Abies en tres localidades donde actualmente no crecen estos árboles: Palmitera, Fuenfría Alta y Jarastepar. Algunos restos tenían una antigüedad próxima a diez mil años. Los hallazgos demostraban que los abetos habían ocupado lugares de los que posteriormente desaparecieron.

No debemos imaginar necesariamente un bosque continuo cubriendo aquellas montañas. Pudo existir un mosaico de poblaciones conectadas durante determinados periodos y aisladas durante otros. Pero ahora disponíamos de algo más que hipótesis: teníamos fragmentos de árboles que habían ardido miles de años antes de que Boissier llegara a Andalucía.

El clima mediterráneo nos parece tan familiar que cuesta imaginar un tiempo en el que no existiera. Su peculiaridad más importante es que la estación más cálida coincide con la más seca. Para los árboles, esa combinación representa un problema formidable: precisamente cuando aumenta la demanda de agua de la atmósfera, las precipitaciones escasean.

Durante el Neógeno, los cambios climáticos contribuyeron al establecimiento progresivo del régimen mediterráneo. La intensificación de la sequía estival, especialmente durante el Plioceno y el Cuaternario, transformó profundamente la vegetación.

Los bosques necesitados de condiciones húmedas perdieron terreno frente a comunidades mejor adaptadas a la sequía. Los abetos retrocedieron hacia lugares donde la altitud, la orientación de las laderas y las precipitaciones compensaban parcialmente las condiciones regionales.

Las glaciaciones cuaternarias añadieron nuevas oscilaciones. Durante determinados periodos fríos, los abetos pudieron ocupar altitudes inferiores; durante los cálidos, quedaron restringidos a refugios montañosos. Una montaña puede funcionar entonces como una isla. No una isla rodeada de agua, sino de condiciones climáticas desfavorables.

Los pinsapares andaluces y los abetales del Rif y de Argelia representan esos refugios. Pero sus linajes son mucho más antiguos que las últimas oscilaciones climáticas. Las glaciaciones modificaron sus distribuciones; no necesariamente originaron las especies.

Los pinsapares actuales son el resultado de una historia en la que han intervenido procesos geológicos de millones de años, transformaciones climáticas y perturbaciones más recientes. Los incendios, la explotación forestal y el pastoreo han contribuido a reducir algunas poblaciones. Ahora se suma el calentamiento climático, que aumenta la demanda de agua de la atmósfera y puede agravar los efectos de las sequías.

Paradójicamente, la geografía que permitió sobrevivir al pinsapo puede limitar sus posibilidades de desplazamiento. Una montaña tiene una altura limitada y, cuando una especie ya ocupa las cotas superiores, no siempre dispone de nuevos lugares hacia los que expandirse.

Conservar los pinsapares exige comprender los procesos ecológicos que permiten su supervivencia y proteger la diversidad genética de unas poblaciones que representan una historia evolutiva excepcional. Cuando Boissier contempló aquellos abetos de la Serranía de Ronda, en 1837, sabía que había encontrado una planta notable. Pero difícilmente podía imaginar que sus antepasados habían comenzado a diferenciarse cuando la geografía mediterránea era profundamente distinta de la actual.

Boissier veía árboles. Nosotros podemos contemplar, además, una historia. Un pinsapo centenario puede parecernos extraordinariamente viejo. Pero, comparado con la antigüedad de su linaje, es apenas un recién llegado.

Y cuando caminamos bajo las copas de un pinsapar no estamos simplemente recorriendo un bosque singular de Andalucía. Estamos atravesando uno de los últimos escenarios de una historia evolutiva que comenzó hace decenas de millones de años.

lunes, 12 de octubre de 2026

LA ORQUÍDEA QUE VIVE POR CUENTA AJENA

 

Corallorhiza striata. Foto de Brandon Corder / iNaturalist  CC BY

En los bosques norteamericanos crece una orquídea que parece haber resuelto dos problemas fundamentales de la existencia —comer y reproducirse— con una misma filosofía: que trabajen los demás. Para alimentarse recurre a los hongos. Para transportar su polen, a unas avispas a las que promete una experiencia amorosa que nunca llega a producirse.

Se llama Corallorhiza striata, la coral rayada. Sus flores presentan unas franjas rojizas que justifican el segundo apellido; el primero alude a sus rizomas ramificados, cuyo aspecto recuerda al coral. Bajo tierra obtiene el sustento. Sobre ella organiza el engaño.

Un estudio de John V. Freudenstein y Craig F. Barrett, publicado en American Journal of Botany, aporta pruebas de que esta planta utiliza el engaño sexual para atraer a sus polinizadores. Es el primer caso documentado de una orquídea con esta estrategia en Norteamérica. Y tiene una peculiaridad adicional: depende completamente de los hongos para alimentarse. En una misma etapa de su vida obtiene de otros organismos tanto el carbono que necesita como el transporte de su polen, sin ofrecer una recompensa conocida.

Las semillas de las orquídeas son diminutas. Viajan ligeras, pero esa ligereza tiene un precio: carecen prácticamente de las reservas que permiten a otras plantas iniciar su desarrollo. En condiciones naturales necesitan asociarse con un hongo que les proporcione alimento.

Muchas orquídeas desarrollan después hojas verdes y obtienen carbono mediante la fotosíntesis. Otras combinan esa actividad con aportaciones de sus hongos asociados. Corallorhiza striata mantiene la dependencia durante toda su vida: es completamente micoheterótrofa, un término que significa que obtiene su alimento de los hongos.

Estos hongos, a su vez, son micorrizógenos, lo que quiere decir que están íntima e indisolublemente asociados a las raíces de árboles. El árbol les entrega compuestos de carbono fabricados mediante la fotosíntesis; el hongo contribuye al suministro de agua y nutrientes minerales. La orquídea se incorpora a esa asociación y obtiene carbono a través del hongo, sin que se conozca una compensación equivalente. Su sustento procede, por tanto, de la luz solar, pero de una luz que han captado hojas ajenas.

Además, no parece conformarse con cualquier proveedor. Un estudio anterior examinó el ADN de los hongos asociados a 107 plantas de 42 poblaciones norteamericanas y encontró una especialización extraordinaria: pertenecían a Tomentella, casi todos próximos a T. fuscocinerea. La orquídea tiene una distribución extensa, pero una lista de proveedores (hongos y polinizadores) muy restringida. 

Para reproducirse necesita resolver otro problema. El polen debe llegar de una flor a otra, y la planta no puede desplazarse. Muchas flores contratan ese transporte pagando con néctar. Corallorhiza striata ofrece una oportunidad de aparearse.

Sus visitantes son machos de Pimpla pedalis, una avispa de la familia de los icneumónidos. Freudenstein y Barrett reunieron observaciones de campo y fotografías en las que pudieron determinar el sexo de 41 avispas visitantes. Todas eran machos. La unanimidad resultaba reveladora. También lo era su comportamiento. El video que he situado más abajo muestra a un macho posándose sobre una flor y situándose en el labelo, el pétalo especializado de las orquídeas. Después curva el abdomen hacia delante, en un movimiento compatible con un intento de apareamiento.

Durante el contacto, la flor puede adherir al cuerpo del insecto un paquete de polen. Si el macho visita otra flor y establece el contacto adecuado, puede completar el transporte. Algunas avispas capturadas y fotografiadas llevaban esos paquetes adheridos. El macho ha acudido buscando pareja y puede salir convertido en mensajero.

Los investigadores quisieron comprobar si las avispas necesitaban ver las flores. Introdujeron cinco inflorescencias en una bolsa y después las ocultaron bajo un cono de malla negra. Al abrir la bolsa, el olor podía difundirse mientras las flores permanecían escondidas. En unos dos minutos aparecieron alrededor de diez avispas, que volaban y se posaban sobre la zona del cono donde estaban las flores.

Otro ensayo reforzó la importancia del olor. Los científicos prepararon extractos florales y aplicaron pequeñas cantidades sobre trozos de fieltro. El extracto obtenido con metanol atrajo tres avispas. El metanol solo, utilizado como control, no atrajo ninguna. Tampoco encontraron néctar al examinar treinta flores. El conjunto de resultados respalda la interpretación de que los machos acuden por señales relacionadas con el apareamiento.

Queda, sin embargo, una pieza pendiente: identificar las sustancias responsables. El estudio demuestra atracción química, pero no establece todavía que la flor produzca exactamente las mismas feromonas que las hembras. El engaño sexual se deduce de la combinación de pruebas químicas, morfológicas y de comportamiento.

Depender de unos hongos muy concretos para comer y de un polinizador especializado para reproducirse parece una apuesta delicada. Si falla cualquiera de las dos relaciones, la planta puede tener problemas. Por eso se había propuesto que combinar ambas formas de explotación sería evolutivamente inestable. Esta orquídea demuestra que la combinación puede existir. Su amplia distribución norteamericana indica, además, que no se trata simplemente de una extravagancia confinada a un rincón.

Los autores reúnen otros ejemplos de plantas dependientes de hongos que también engañan a sus polinizadores. No todas recurren a promesas sexuales: algunas imitan recursos alimenticios o posibles lugares de puesta. La expresión «doble parasitismo» tiene aquí un sentido amplio. La orquídea obtiene alimento del hongo y aprovecha el comportamiento de la avispa. Pero el estudio no cuantifica cuánto perjudica a sus socios. Los investigadores plantean que unos costes relativamente pequeños podrían contribuir a que estas relaciones persistan.

No hay voluntad de estafar ni decisiones conscientes. Hay rasgos heredables que, a lo largo de generaciones, han permitido obtener alimento y transportar polen. Vista desde nuestra inclinación a ponerle moral humana a la naturaleza, Corallorhiza striata parece una consumada aprovechada. Vista desde la evolución, es una solución viable a dos problemas difíciles.

El árbol fabrica, el hongo suministra y la avispa transporta. La orquídea florece. 

sábado, 10 de octubre de 2026

LA LOCURA CONGELADA DE WILLIAM H. SEWARD

 

William Henry Seward tenía muchas virtudes, pero la discreción a la hora de comprar no estaba entre ellas. Como secretario de Estado de Lincoln —y luego de Andrew Johnson— era un diplomático eficaz, un negociador obsesivo y un hombre capaz de ver oportunidades donde otros veían únicamente una mancha en el mapa. Lo que nadie imaginaba es que un día, sin previo aviso, decidiría comprar Alaska como quien aprovecha una oferta de última hora en un bazar ruso. Fue, quizá, la adquisición más impulsiva de la historia estadounidense: un territorio del tamaño de medio continente adquirido por un precio que hoy no alcanzaría para comprar una franquicia mediocre de béisbol.

La historia arrancó en 1867, cuando Rusia, agotada tras la guerra de Crimea y desesperadamente necesitada de dinero, decidió que poseer Alaska era tan práctico como tener un frigorífico sin cable. Habían comprobado que mantener colonias a miles de kilómetros requería barcos, soldados, administración… y un entusiasmo que los zares ya no tenían. Además, temían —con razón— que, en caso de guerra con Gran Bretaña, los ingleses desembarcarían en Alaska en cuestión de días, reclamándola con la ligereza de quien toma prestado un sombrero.

Fue entonces cuando el embajador ruso en Washington, Eduard Stoeckl, decidió tantear al gobierno estadounidense. Stoeckl era un diplomático astuto, famoso por sus cejas colosales y su capacidad para no sonreír nunca sin un cálculo previo. Su idea era simple: convencer a los estadounidenses de que Alaska era una joya por descubrir. Que estuviera cubierta de hielo, habitada por osos del tamaño de caballos y tan lejos de Washington que ni el telégrafo tenía ganas de llegar, era un detalle menor.

Cuando Stoeckl se reunió con Seward, el secretario de Estado escuchó su propuesta con un entusiasmo creciente. Seward ya había mostrado una inclinación por expandir el territorio nacional cuando fuera posible, conveniente o simplemente divertido. Tenía la teoría de que Estados Unidos debía crecer “de mar a mar y un poco más”, como si estuviera jugando a un juego de mesa continental. Ver la posibilidad de comprar Alaska fue, para él, como ver en la estantería de rebajas un objeto misterioso que nadie más quiere pero que a uno le resulta irresistible.

Lo más sorprendente es la rapidez con la que Seward tomó la decisión. No convocó comisiones. No organizó debates. No pidió estudios de impacto económico. Ni siquiera consultó a su esposa, que probablemente habría preguntado si existía un lugar más frío que Alaska. Nada de eso. En una reunión nocturna, casi improvisada, acordó la compra del territorio por 7,2 millones de dólares, pagaderos en oro. El documento final se firmó a las cuatro de la mañana del 30 de marzo de 1867, una hora a la que, tradicionalmente, solo se toman decisiones que uno lamenta al día siguiente.

Para poner la cifra en perspectiva: Estados Unidos acababa de adquirir un territorio de más de un millón y medio de kilómetros cuadrados —más grande que España, Francia, Alemania y varios estados confundidos entre sí— por un precio que, ajustado a la inflación, no supera el coste anual de calentar un edificio del Capitolio con calefacción central mal regulada. Fue un negocio extraordinario… aunque nadie lo vio así al principio.

Cuando la noticia se hizo pública, la reacción en Washington osciló entre la burla y el estupor. Los periódicos hablaron de “Seward’s Folly” (la locura de Seward), un apodo que se pegó con entusiasmo contagioso. Se decía que el secretario de Estado había comprado “un gigantesco cubo de hielo” lleno de focas tristes y montañas de nieve inútiles. En una recepción, un senador preguntó con sarcasmo si el gobierno planeaba usar Alaska como nevera natural para almacenar pescado. Otro sugirió que, si sobraba dinero, podrían adquirir también el Polo Norte y convertirlo en centro de investigación de renos.

La prensa satírica se cebó con la historia. Un diario de Boston publicó un dibujo de Seward abrazando un iceberg con expresión romántica. Otro periódico ironizó diciendo que quizá los rusos habían añadido un manual de instrucciones para descongelar el territorio. En una tertulia de Nueva York alguien bromeó: “¿Y por qué no comprar Groenlandia también? Total, ya tenemos las manos congeladas.”

Seward, imperturbable, respondía a las críticas con la serenidad de un visionario acostumbrado a que los demás no entiendan nada. Aseguraba que Alaska era un diamante en bruto, un territorio con recursos inmensos y un futuro ilimitado. Afirmaba, con mirada profética, que algún día sería tan valiosa como California. Los demás lo escuchaban con escepticismo, pensando en su fuero interno que el secretario de Estado había perdido completamente el juicio, quizá debido a un exceso de lectura de mapas en habitaciones mal ventiladas.

Pero la resistencia más difícil no vino de la prensa, sino del Congreso. Convencer a los senadores de que debía ratificarse la compra fue un proceso arduo. Circulaban rumores extravagantes: que Alaska estaba habitada únicamente por pingüinos hostiles; que las auroras boreales podían provocar pérdidas de memoria; que, al no tener carreteras, sería imposible cobrar impuestos. Seward, con una paciencia digna de un santo, dedicó semanas a explicar que los pingüinos no viven en el hemisferio norte, que las auroras son inocuas y que siempre se puede cobrar impuestos a alguien, incluso aunque viva detrás de una montaña nevada.

Finalmente, el Senado aprobó la ratificación por un margen estrechísimo. Seward celebró la victoria con moderación, consciente de que el país entero esperaba ansioso ver cómo se justificaba semejante compra impulsiva. Pronto sería evidente que no había comprado hielo… sino riqueza.

Porque en los años siguientes, Alaska se reveló como un tesoro natural. Oro, petróleo, pesca, madera… era como si la naturaleza hubiese decidido guardar todos sus secretos en un rincón remoto esperando a que alguien suficientemente temerario lo comprara. De pronto, los críticos empezaron a aflojar. El hielo ya no parecía tan inútil. Los osos no eran tan problemáticos. Y la ubicación estratégica —entre Asia y Norteamérica— se convirtió en uno de los activos geopolíticos más valiosos del continente.

Seward vivió lo suficiente para ver cómo su “locura” era reevaluada. Cuando visitó Alaska por primera vez en 1869, fue recibido como un hombre que había comprado un abrigo viejo y descubierto que tenía un diamante en el bolsillo. Los habitantes locales lo saludaron con respeto; los comerciantes lo aplaudieron; los periodistas, que antes lo ridiculizaban, escribieron crónicas más amables, siempre con la prudencia necesaria para no admitir demasiado abiertamente que se habían equivocado.

La historia de la compra de Alaska se convirtió, con el tiempo, en una de las grandes ironías de la política estadounidense. Lo que al principio parecía una imprudencia de madrugada terminó siendo un golpe maestro. Seward no solo añadió un territorio inmenso al país, sino que demostró, quizá sin proponérselo, que a veces las decisiones más impulsivas —esas que uno toma sin un plan, sin un comité y sin consultar al sentido común— pueden resultar extraordinariamente acertadas.

Hoy, cuando uno observa un mapa y contempla ese brazo gigantesco de territorio que parece asomarse al Pacífico como un coloso gélido, es imposible no pensar en Seward. En su impulso, su audacia, su total indiferencia ante la opinión pública y su entusiasmo contagioso por un pedazo de mundo que casi todos desestimaron. Y, sobre todo, en esa reunión nocturna donde, mientras el país dormía, él firmó un cheque para comprar un glaciar entero.

Tal vez el verdadero mensaje de esta historia es simple: a veces la historia avanza porque alguien, contra toda lógica, decide decir “sí” a una locura maravillosa. Seward lo hizo, y Estados Unidos terminó con Alaska. No está mal como compra impulsiva. Podría haber salido con peor resultado: imagina si los rusos le hubieran ofrecido Siberia también y Seward hubiera estado aún más animado aquella noche.