El tramo de la calle 70
comprendido entre la Quinta Avenida y Park Avenue, en el corazón del Upper East
Side, produce en el visitante una sensación peculiar. Nueva York continúa
rugiendo a pocas manzanas de distancia, pero allí parece haber recibido instrucciones
de comportarse. Los árboles están cuidadosamente alineados, las fachadas
mantienen una conversación arquitectónica que dura desde hace más de un siglo y
los porteros aparecen y desaparecen con esa discreción profesional propia de
quienes han aprendido a no sorprenderse por nadie.
Por allí vive Woody Allen. El
detalle tiene cierto interés porque Allan Stewart Konigsberg nació hace noventa
años en un Brooklyn que representaba casi exactamente lo contrario. El Brooklyn
de su infancia era un hervidero de inmigrantes, tiendas familiares, niños
jugando al stickball, radios sonando a través de las ventanas y bloques de
ladrillo con escaleras de incendios. Entre aquel Brooklyn y esta calle 70 hay
unos pocos kilómetros y casi toda una historia social de Nueva York: del ruido
obrero al silencio del dinero, del apartamento familiar a la townhouse, del
muchacho judío de Midwood al cineasta que convirtió Manhattan en escenario de
sus neurosis.
Cuando uno pasea por esas calles
del Upper East Side —o por Greenwich Village, Chelsea, Harlem, Brooklyn Heights
o Park Slope— acaba fijándose en una característica curiosa de muchas casas
antiguas. La puerta principal no está al nivel de la acera. Para llegar hasta
ella hay que subir una escalinata bastante pronunciada, generalmente flanqueada
por balaustradas de piedra o barandillas de hierro. Es el famoso stoop,
una palabra que los neoyorquinos heredaron del neerlandés stoep, escalón
o porche.
No se trata de un capricho
ornamental. Esos escalones son fósiles arquitectónicos de una ciudad
desaparecida.
La imagen más característica
corresponde a las llamadas brownstones, aunque conviene aclarar un
pequeño equívoco. Una brownstone no es, en sentido estricto, un tipo de
casa, sino una casa revestida con brownstone: una arenisca de color
pardo rojizo, relativamente blanda y fácil de tallar. Durante el siglo XIX se
convirtió en uno de los materiales predilectos de la burguesía urbana
estadounidense. Buena parte de la que llegó a Nueva York procedía de las
enormes canteras de Portland, Connecticut, desde donde los bloques podían
transportarse por agua hasta la ciudad. Durante algunas décadas aquella piedra
fue casi un uniforme de respetabilidad.
Las hileras de casas que hoy
consideramos tan pintorescas fueron levantadas sobre todo durante la gran
expansión urbana de mediados y finales del siglo XIX. Solían ocupar parcelas
estrechas y profundas, lo que obligaba a aprovechar cada metro cuadrado. La solución
consistía en construir varios pisos y disponer debajo de la planta principal un
semisótano parcialmente enterrado. La cocina, las despensas, el carbón y buena
parte de la actividad del servicio podían quedar abajo. La familia y sus
invitados accedían por otra puerta situada encima.
Así nació uno de los elementos
más reconocibles del paisaje neoyorquino: la escalinata que conducía
directamente al parlor floor, la planta noble. La separación tenía
ventajas prácticas. Proporcionaba al piso principal ventanas más altas respecto
a la acera, mejor iluminación y mayor intimidad. El semisótano ayudaba a aislar
las habitaciones principales de la humedad y permitía disponer de dependencias
domésticas con ventanas y cierta ventilación. Había además una entrada
independiente bajo el stoop, destinada al servicio y las mercancías. La
familia entraba por arriba; el carbón y los alimentos lo hacían por abajo. La
arquitectura explicaba la jerarquía social sin necesidad de colocar ningún
cartel.
Existía otra razón que hoy
resulta difícil apreciar cuando contemplamos esas mismas calles asfaltadas y
ocupadas por automóviles silenciosos. El Nueva York del siglo XIX olía. Olía
muchísimo. Los caballos constituían el sistema circulatorio de la ciudad.
Transportaban personas, mercancías, alimentos y basura. Tiraban de carruajes,
tranvías y carros de reparto. Allí donde hay decenas de miles de caballos
ocurre algo que los cuadros románticos de la época suelen omitir: los caballos
producen estiércol. Mucho estiércol. También orinan, levantan polvo y necesitan
establos que generan todavía más residuos.
Añadamos lluvia. Una calle sin
pavimentar o mal pavimentada, recorrida durante todo el día por caballos y
ruedas de hierro, podía transformarse en una mezcla de barro, estiércol, orina,
basura y agua estancada. Los carruajes salpicaban las fachadas; los cascos
golpeaban el pavimento; las ruedas chirriaban; vendedores, cocheros y
repartidores gritaban. Antes de los motores de combustión, Nueva York ya
padecía tráfico y contaminación. Solo que la contaminación era biodegradable.
Las autoridades conocían el
problema. En el último tercio del siglo XIX las ordenanzas sanitarias regulaban
la acumulación y retirada del estiércol de los establos. La ciudad tardó
décadas en organizar un servicio eficaz de limpieza viaria y todavía a mediados
del XIX las condiciones sanitarias de muchas calles eran deplorables.
Ahora imaginemos que vivimos allí
en 1870. No existe aire acondicionado. En verano necesitamos abrir las
ventanas. Tampoco tenemos cristales dobles ni aislamiento acústico. Delante de
nuestra casa pasan durante todo el día caballos y carruajes. Las ruedas
atraviesan charcos de una composición que preferimos no analizar. En esas
circunstancias, colocar el salón tres metros por encima de la calle empieza a
parecer menos una extravagancia victoriana que una excelente idea.
La altura no eliminaba los olores
ni el ruido, pero proporcionaba distancia. También protegía las habitaciones
principales de salpicaduras, polvo y miradas. Las grandes ventanas del parlor
floor podían abrirse sin convertir el salón en una prolongación inmediata
de la acera. La escalinata funcionaba como una pequeña frontera vertical entre
la intimidad doméstica y una ciudad extraordinariamente activa y no siempre
demasiado limpia.
Conviene no atribuirlo todo al
estiércol. Las casas elevadas existían antes de que el tráfico ecuestre
neoyorquino alcanzara sus mayores dimensiones y el modelo respondía también a
una tradición arquitectónica. El semisótano elevado permitía aprovechar mejor
las parcelas, iluminar las dependencias inferiores, separar servicio y
representación y proteger la vivienda de la humedad. El stoop era a la
vez una solución constructiva, doméstica y social. La suciedad de la calle hizo
que todas esas ventajas resultaran todavía más valiosas.
Hacia finales del siglo XIX
empezó a ponerse de moda otro modelo, la llamada American Basement house,
en la que la entrada principal descendía al nivel de la calle y el salón
ocupaba por encima todo el ancho de la fachada. Algunas casas antiguas
perdieron entonces sus stoops y recibieron nuevas entradas a ras de
suelo. La modernidad empezaba a desmontar el mundo que los había hecho
necesarios.
Los caballos fueron
desapareciendo. Llegaron el automóvil, el alcantarillado moderno, la
pavimentación generalizada, mejores sistemas de recogida de basura y nuevas
formas de construir. Muchas cocinas abandonaron los sótanos, desapareció buena
parte del servicio doméstico y numerosas escalinatas fueron demolidas. Otras
sobrevivieron y terminaron protegidas porque, cuando una solución práctica deja
de ser necesaria y consigue durar lo suficiente, adquiere una nueva categoría:
patrimonio histórico.
Por eso resulta tan interesante
pasear hoy por una calle de brownstones. Estamos contemplando algo más
que fachadas bonitas. El semisótano recuerda dónde trabajaba el servicio; la
puerta inferior señala por dónde entraban las provisiones; el gran salón
elevado revela dónde se recibía a las visitas; las ventanas altas hablan de una
época sin aire acondicionado y los escalones conservan la distancia que una
familia respetable deseaba mantener entre su alfombra y el barro de Manhattan.
Volvamos entonces a la calle 70. El
Manhattan que rodea hoy la casa de Woody Allen parece construido precisamente
para que nada moleste. Los coches pasan amortiguados, las aceras están limpias
y Central Park comienza unos metros más allá. Tras las fachadas restauradas hay
climatización, aislamiento acústico y ventanas que pueden permanecer cerradas
durante todo agosto.
Sin embargo, las escalinatas
siguen allí. Ya no protegen a nadie de los cascos de los caballos ni de las
ruedas que lanzan barro contra las fachadas. Tampoco necesitan separar al
propietario del carbonero que entra por el semisótano. Han sobrevivido a
aquello para lo que fueron construidas y ahora cumplen otra función: contar la
historia.
Nueva York posee monumentos que
todo el mundo fotografía: el Empire State, el puente de Brooklyn, la Estatua de
la Libertad. Tiene también otros mucho más modestos que se pisan sin prestarles
atención. A veces basta subir ocho escalones de una vieja casa de piedra rojiza
para descubrir bajo los pies una ciudad entera que ya no existe.
Una ciudad que hacía mucho más ruido y, sobre todo, olía
bastante peor.