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sábado, 10 de octubre de 2026

LA LOCURA CONGELADA DE WILLIAM H. SEWARD

 

William Henry Seward tenía muchas virtudes, pero la discreción a la hora de comprar no estaba entre ellas. Como secretario de Estado de Lincoln —y luego de Andrew Johnson— era un diplomático eficaz, un negociador obsesivo y un hombre capaz de ver oportunidades donde otros veían únicamente una mancha en el mapa. Lo que nadie imaginaba es que un día, sin previo aviso, decidiría comprar Alaska como quien aprovecha una oferta de última hora en un bazar ruso. Fue, quizá, la adquisición más impulsiva de la historia estadounidense: un territorio del tamaño de medio continente adquirido por un precio que hoy no alcanzaría para comprar una franquicia mediocre de béisbol.

La historia arrancó en 1867, cuando Rusia, agotada tras la guerra de Crimea y desesperadamente necesitada de dinero, decidió que poseer Alaska era tan práctico como tener un frigorífico sin cable. Habían comprobado que mantener colonias a miles de kilómetros requería barcos, soldados, administración… y un entusiasmo que los zares ya no tenían. Además, temían —con razón— que, en caso de guerra con Gran Bretaña, los ingleses desembarcarían en Alaska en cuestión de días, reclamándola con la ligereza de quien toma prestado un sombrero.

Fue entonces cuando el embajador ruso en Washington, Eduard Stoeckl, decidió tantear al gobierno estadounidense. Stoeckl era un diplomático astuto, famoso por sus cejas colosales y su capacidad para no sonreír nunca sin un cálculo previo. Su idea era simple: convencer a los estadounidenses de que Alaska era una joya por descubrir. Que estuviera cubierta de hielo, habitada por osos del tamaño de caballos y tan lejos de Washington que ni el telégrafo tenía ganas de llegar, era un detalle menor.

Cuando Stoeckl se reunió con Seward, el secretario de Estado escuchó su propuesta con un entusiasmo creciente. Seward ya había mostrado una inclinación por expandir el territorio nacional cuando fuera posible, conveniente o simplemente divertido. Tenía la teoría de que Estados Unidos debía crecer “de mar a mar y un poco más”, como si estuviera jugando a un juego de mesa continental. Ver la posibilidad de comprar Alaska fue, para él, como ver en la estantería de rebajas un objeto misterioso que nadie más quiere pero que a uno le resulta irresistible.

Lo más sorprendente es la rapidez con la que Seward tomó la decisión. No convocó comisiones. No organizó debates. No pidió estudios de impacto económico. Ni siquiera consultó a su esposa, que probablemente habría preguntado si existía un lugar más frío que Alaska. Nada de eso. En una reunión nocturna, casi improvisada, acordó la compra del territorio por 7,2 millones de dólares, pagaderos en oro. El documento final se firmó a las cuatro de la mañana del 30 de marzo de 1867, una hora a la que, tradicionalmente, solo se toman decisiones que uno lamenta al día siguiente.

Para poner la cifra en perspectiva: Estados Unidos acababa de adquirir un territorio de más de un millón y medio de kilómetros cuadrados —más grande que España, Francia, Alemania y varios estados confundidos entre sí— por un precio que, ajustado a la inflación, no supera el coste anual de calentar un edificio del Capitolio con calefacción central mal regulada. Fue un negocio extraordinario… aunque nadie lo vio así al principio.

Cuando la noticia se hizo pública, la reacción en Washington osciló entre la burla y el estupor. Los periódicos hablaron de “Seward’s Folly” (la locura de Seward), un apodo que se pegó con entusiasmo contagioso. Se decía que el secretario de Estado había comprado “un gigantesco cubo de hielo” lleno de focas tristes y montañas de nieve inútiles. En una recepción, un senador preguntó con sarcasmo si el gobierno planeaba usar Alaska como nevera natural para almacenar pescado. Otro sugirió que, si sobraba dinero, podrían adquirir también el Polo Norte y convertirlo en centro de investigación de renos.

La prensa satírica se cebó con la historia. Un diario de Boston publicó un dibujo de Seward abrazando un iceberg con expresión romántica. Otro periódico ironizó diciendo que quizá los rusos habían añadido un manual de instrucciones para descongelar el territorio. En una tertulia de Nueva York alguien bromeó: “¿Y por qué no comprar Groenlandia también? Total, ya tenemos las manos congeladas.”

Seward, imperturbable, respondía a las críticas con la serenidad de un visionario acostumbrado a que los demás no entiendan nada. Aseguraba que Alaska era un diamante en bruto, un territorio con recursos inmensos y un futuro ilimitado. Afirmaba, con mirada profética, que algún día sería tan valiosa como California. Los demás lo escuchaban con escepticismo, pensando en su fuero interno que el secretario de Estado había perdido completamente el juicio, quizá debido a un exceso de lectura de mapas en habitaciones mal ventiladas.

Pero la resistencia más difícil no vino de la prensa, sino del Congreso. Convencer a los senadores de que debía ratificarse la compra fue un proceso arduo. Circulaban rumores extravagantes: que Alaska estaba habitada únicamente por pingüinos hostiles; que las auroras boreales podían provocar pérdidas de memoria; que, al no tener carreteras, sería imposible cobrar impuestos. Seward, con una paciencia digna de un santo, dedicó semanas a explicar que los pingüinos no viven en el hemisferio norte, que las auroras son inocuas y que siempre se puede cobrar impuestos a alguien, incluso aunque viva detrás de una montaña nevada.

Finalmente, el Senado aprobó la ratificación por un margen estrechísimo. Seward celebró la victoria con moderación, consciente de que el país entero esperaba ansioso ver cómo se justificaba semejante compra impulsiva. Pronto sería evidente que no había comprado hielo… sino riqueza.

Porque en los años siguientes, Alaska se reveló como un tesoro natural. Oro, petróleo, pesca, madera… era como si la naturaleza hubiese decidido guardar todos sus secretos en un rincón remoto esperando a que alguien suficientemente temerario lo comprara. De pronto, los críticos empezaron a aflojar. El hielo ya no parecía tan inútil. Los osos no eran tan problemáticos. Y la ubicación estratégica —entre Asia y Norteamérica— se convirtió en uno de los activos geopolíticos más valiosos del continente.

Seward vivió lo suficiente para ver cómo su “locura” era reevaluada. Cuando visitó Alaska por primera vez en 1869, fue recibido como un hombre que había comprado un abrigo viejo y descubierto que tenía un diamante en el bolsillo. Los habitantes locales lo saludaron con respeto; los comerciantes lo aplaudieron; los periodistas, que antes lo ridiculizaban, escribieron crónicas más amables, siempre con la prudencia necesaria para no admitir demasiado abiertamente que se habían equivocado.

La historia de la compra de Alaska se convirtió, con el tiempo, en una de las grandes ironías de la política estadounidense. Lo que al principio parecía una imprudencia de madrugada terminó siendo un golpe maestro. Seward no solo añadió un territorio inmenso al país, sino que demostró, quizá sin proponérselo, que a veces las decisiones más impulsivas —esas que uno toma sin un plan, sin un comité y sin consultar al sentido común— pueden resultar extraordinariamente acertadas.

Hoy, cuando uno observa un mapa y contempla ese brazo gigantesco de territorio que parece asomarse al Pacífico como un coloso gélido, es imposible no pensar en Seward. En su impulso, su audacia, su total indiferencia ante la opinión pública y su entusiasmo contagioso por un pedazo de mundo que casi todos desestimaron. Y, sobre todo, en esa reunión nocturna donde, mientras el país dormía, él firmó un cheque para comprar un glaciar entero.

Tal vez el verdadero mensaje de esta historia es simple: a veces la historia avanza porque alguien, contra toda lógica, decide decir “sí” a una locura maravillosa. Seward lo hizo, y Estados Unidos terminó con Alaska. No está mal como compra impulsiva. Podría haber salido con peor resultado: imagina si los rusos le hubieran ofrecido Siberia también y Seward hubiera estado aún más animado aquella noche.

“SÍNTESIS ORGÁNICA ASIMÉTRICA”: ¿DE QUÉ VA EL PREMIO NOBEL DE QUÍMICA 2026?

 

Imagen de Niklas Elmehed/Nobel.

Como cada primera semana de octubre se ha anunciado el Premio Nobel de Química. El de este año, otorgado a los químicos Henri Kagan (francés) y Kenso Soai (japonés), ha reconocido sus sofisticadas investigaciones sobre "síntesis orgánica asimétrica", un tema que hubiera encantado a Luis Pasteur, como recordarán (a menos vagamente) quienes hayan leído el artículo que le dediqué al genial investigador francés. Como sospecho que para la mayoría de la gente, las tres palabras "síntesis orgánica asimétrica" probablemente provoquen un "¿de qué va la cosa?", será mejor que aclaremos algunas dudas. Procedo ahora refrescar las memorias, entre otras la mía.

En 1848, mucho antes de convertirse en el sabio de los libros de texto, Louis Pasteur estudiaba unas sales derivadas del ácido tartárico. El ácido tartárico era una sustancia conocida desde hacía siglos porque aparecía adherida a las paredes de las cubas de vino. El ácido tartárico puro había sido aislado de este sedimento en 1769 por el químico sueco Carl Wilhelm Scheele; en 1832 el francés Jean Baptiste Biot descubrió que el compuesto rota el plano de la luz polarizada.

¿Otra vez un «¿de qué va la cosa?» Bien, regresemos al siglo XVII, cuando el físico holandés Christiaan Huygens hizo una interesante observación. Una forma transparente de calcita (carbonato de calcio) era capaz de actuar como una especie de filtro de luz, permitiendo que solo los rayos de luz que vibraban en un plano la atravesaran. Se decía que la luz resultante estaba «polarizada en un plano».

En 1815, Biot descubrió que el plano de polarización giraba cuando la luz atravesaba una solución de ciertas sustancias como el alcanfor o el azúcar. Se diseñó un instrumento llamado polarímetro para medir el grado de rotación, una medición que luego podía usarse para identificar una sustancia. La adulteración del azúcar con sustancias más baratas, como la tiza, era común en aquella época, y el polarímetro pronto demostró su valía al identificar a los productores tramposos. Biot también había demostrado que el ácido tartárico era dextrorrotatorio, es decir, que rotaba el plano de la luz polarizada hacia la derecha. Se dijo que era ópticamente activo.

A principios del siglo XIX, la producción de ácido tartárico a partir de sedimentos de vino se había convertido en una industria importante, debido a que este ácido formado durante la fermentación del mosto aportaba un sabor ácido a alimentos y bebidas, y también era útil en la industria del curtido de cuero. En 1819, Paul Kestner, un fabricante francés, sobrecalentó una muestra de ácido tartárico y produjo una sustancia con la misma composición química que la original, ¡pero que no rotaba el plano de la luz polarizada! Dado que esta muestra también provenía de residuos de vino, se la denominó «ácido racémico», derivado del latín «racemus», que significa «racimo de uvas».

Pasteur estaba intrigado por los ácidos racémico y tartárico. ¿Cómo podían dos sustancias con la misma composición química comportarse de manera diferente al ser expuestas a un haz de luz polarizada? Intrigado, tomó un microscopio para examinar los cristales de ambos ácidos. Observó algo extraordinario. Mientras que todos los cristales de ácido tartárico eran idénticos, los de ácido racémico se presentaban en dos versiones que resultaron ser imágenes especulares una de la otra. Usando unas pizas y mucha paciencia, Pasteur separó cuidadosamente los cristales de ácido racémico en dos grupos y preparó una solución de cada uno. Al colocar las muestras en un polarímetro, descubrió que cada una rotaba el plano de la luz polarizada en la misma cantidad, ¡pero en direcciones opuestas! La versión dextrógira resultó ser idéntica al ácido tartárico.

(A) Cristales hemiédricos de tartratos dobles de sodio y amonio. (B) estructuras químicas de ácidos tartáricos enantioméricos. Pasteur describió la faceta (en rojo) que permite visualizar las imágenes especulares de los cristales. (C) El ibuprofeno, al igual que otros derivados de 2-arilpropionato (incluyendo ketoprofeno, flurbiprofeno, naproxeno, etc.), contiene un carbono quiral en la posición α (alfa-) del propionato.

Pasteur llegó entonces a una brillante conclusión. Dado que el efecto sobre la luz polarizada se observó en la solución, donde ya no había cristales, sugirió que no solo los cristales, sino también las moléculas que los componían debían ser imágenes especulares entre sí. Pasteur también sabía que existían sustancias, como el agua y el alcohol, que no afectaban al plano de la luz polarizada.

Como en aquel entonces se sabía poco sobre la estructura molecular, lo único que Pasteur pudo proponer fue que algunas moléculas debían ser simétricas y, por lo tanto, idénticas a sus imágenes especulares, impidiendo así la rotación de la luz polarizada. Otras, como el ácido tartárico, eran “quirales”; la palabra "quiral" procede del griego cheir, mano. Y es una palabra magnífica porque explica de inmediato el problema. Tus manos son casi idénticas. Tienen cinco dedos, nudillos, uñas y un pulgar colocado aproximadamente en el mismo sitio. Pero no son superponibles. No puede colocarse un guante derecho en la mano izquierda sin experimentar notables dificultades sociales (parecerás tonto) y anatómicas. Algo parecido ocurre con algunas moléculas.

Tras separar las formas dextrógira y levógira del ácido tartárico, Pasteur descubrió que el moho Penicillium glaucum las destruía a ritmos diferentes. Evidentemente, las versiones levógira y dextrógira, denominadas «enantiómeros» por los químicos, presentaban actividades biológicas distintas. Posteriormente, Pasteur analizó diversas sustancias químicas aisladas de sistemas vivos y concluyó que «la mayoría de los productos orgánicos naturales, los productos esenciales de la vida, son asimétricos y poseen tal asimetría que no se pueden superponer a sus imágenes».

¿Por qué debería importarnos todo esto? Porque el cuerpo vivo es un entorno altamente quiral. Los aminoácidos y carbohidratos que forman parte integral de nuestras proteínas y ácidos nucleicos son quirales, lo que significa que pueden existir en formas especulares no superponibles. Sin embargo, por regla general, la naturaleza produce solo una versión.

La síntesis en laboratorio de fármacos asimétricos produce ambas formas especulares. En general, solo una de ellas producirá el efecto deseado. Si comparamos las sustancias químicas del cuerpo con un guante, solo el fármaco con la "quiralidad" adecuada se ajustará. Por ejemplo, una versión de carvedilol, un betabloqueante utilizado para tratar enfermedades cardíacas, es cien veces más potente que su imagen especular. Solo una versión de naproxeno alivia el dolor artrítico, pero la otra puede dañar el hígado sin proporcionar analgesia.

¿Por qué, entonces, se administran a los pacientes fármacos cuya mitad de la dosis puede no tener efecto o incluso ser perjudicial? Porque la separación de las dos formas del fármaco suele ser técnicamente muy compleja. Pero ¿y si fuera posible desarrollar síntesis que permitieran la formación únicamente del enantiómero deseado?

En 2001, William Knowles, Ryoji Noyori y Barry Sharpless recibieron el Premio Nobel de Química por idear un proceso que lograba precisamente eso. La clave residía en el uso de un catalizador que era una combinación de un metal y el único enantiómero de un compuesto quiral. Cuando se utilizaba dicho catalizador en una reacción que normalmente produce moléculas tanto levógiras como dextrógiras, una de ellas se veía favorecida.

Eso tuvo una aplicación práctica, por ejemplo, en la síntesis de L-dopa, un fármaco para tratar la enfermedad de Parkinson. La síntesis habitual en aquel entonces producía un par de enantiómeros, L-dopa y D-dopa, pero solo la versión L era activa en el tratamiento del Parkinson. Desgraciadamente, ambas producían efectos secundarios.

La investigación de Knowles permitió producir L-dopa pura, lo que redujo los efectos secundarios. Benjamin List y David MacMillan dieron un paso más allá, por el que recibieron el Premio Nobel de Química en 2021. Desarrollaron catalizadores más fáciles de usar y producían el enantiómero deseado con mayor rendimiento.

A medida que las compañías farmacéuticas desarrollaban cada vez más fármacos que requerían formulaciones de un solo enantiómero, surgió una mayor necesidad de síntesis asimétricas para producir el enantiómero deseado con un alto rendimiento. Este es el campo en el que Kagan y Soai han realizado importantes avances.

De forma independiente, desarrollaron catalizadores que permiten una síntesis asimétrica de alto rendimiento; en el caso de Soai, ¡un rendimiento sin precedentes del 99,9%! Esto se debe a que la "reacción de Soai", como se la ha denominado, es "autocatalítica", lo que significa que la molécula del producto cataliza su propia producción. Por consiguiente, al principio solo se produce un pequeño exceso del enantiómero deseado, pero a medida que avanza la reacción, se forma cada vez más a medida que la molécula se replica. Esto tiene enormes implicaciones para la industria farmacéutica, ya que permite la formación de un enantiómero activo puro con un alto rendimiento.

El comité del Nobel también reconoció que el trabajo de Kagan y Soai podría tener una implicación más fundamental. Cuando en el laboratorio se realizan reacciones químicas que pueden dar lugar a dos enantiómeros, el resultado es una mezcla 50-50. ¿Por qué las reacciones que ocurren en la naturaleza, que en teoría también pueden producir enantiómeros, terminan produciendo solo uno?

Los aminoácidos en las proteínas o los componentes de azúcar de los ácidos nucleicos existen solo en versiones "unilaterales". Esto ha sido un misterio durante mucho tiempo. El trabajo de Kagan y Soai ha demostrado que, bajo las condiciones catalíticas adecuadas, un compuesto capaz de producir dos enantiómeros producirá solo uno. Los Premios Nobel de 2026 dieron en el clavo al proporcionar herramientas para la síntesis de nuevos compuestos enantioméricamente puros, en particular fármacos.

A Pasteur le habría encantado.

CUANDO JUAN CARLOS I PLANTEÓ ENTREGAR CEUTA Y MELILLA A MARRUECOS

 

El próximo martes 13 de octubre Felipe VI realizará una visita oficial a Ceuta. En Marruecos la seguirán muy atentamente y quizás aprovechen para recordar lo que planteó el hoy emérito al padre del actual monarca alauita.

En la primavera de 1979, España acababa de estrenar Constitución, Adolfo Suárez presidía su segundo Gobierno y Juan Carlos I llevaba poco más de tres años en el trono. Marruecos, mientras tanto, seguía mirando hacia el norte. Hassan II, padre del actual monarca, no había olvidado Ceuta y Melilla y nadie en Madrid podía descartar que intentara repetir con las dos ciudades españolas una operación semejante a la Marcha Verde que en 1975 había precipitado la salida de España del Sáhara Occidental.

En aquel escenario ocurrió algo que permaneció desconocido durante décadas. El 30 de abril de 1979, Juan Carlos recibió en la Zarzuela al senador Edmund Muskie, enviado personal del presidente Jimmy Carter, acompañado por el embajador estadounidense en Madrid, Terence Todman. La conversación duró más de hora y media. Ocho días después, la embajada remitió a Washington un telegrama confidencial titulado Meeting of Senator Muskie with King Juan Carlos.

El documento, conservado en los Archivos Nacionales estadounidenses, resulta extraordinario. Según el relato diplomático norteamericano, Juan Carlos dijo "con franqueza" que el gran problema entre España y Marruecos eran los dos enclaves españoles y ofreció una solución que convenía mantener en secreto hasta el momento oportuno: desprenderse de Melilla y buscar para Ceuta una fórmula de internacionalización. En el libro Un rey para la democracia el historiador Charles Powell ha documentado el episodio utilizando precisamente ese telegrama.

Encabezamiento (izquierda) y página donde se citan Ceuta y Melilla (derecha) de la transcripción del telegrama secreto citado en el texto. Archivos Nacionales de EEUU.

Según el telegrama, Juan Carlos consideraba que Melilla podía ser cedida a Marruecos en un plazo relativamente corto. Calculaba que allí vivían unos diez mil españoles. Preveía, naturalmente, una reacción muy adversa de los militares, pero pensaba que las protestas durarían aproximadamente dos meses y que él podría controlar la situación.

Ceuta era otra cosa. Allí, según las cifras manejadas por el rey, vivían unos sesenta mil españoles y resultaba complicado entregarlos sencillamente a Marruecos. Juan Carlos sugirió entonces una posible internacionalización de la ciudad mediante una situación «similar a la de Tánger».

La referencia no era a beneficio de inventario. Tánger había vivido desde 1925 hasta la independencia marroquí —con el paréntesis de la ocupación española durante la Segunda Guerra Mundial— bajo un peculiar régimen internacional establecido por el Estatuto de 1923. Formalmente se reconocía la soberanía del sultán de Marruecos, pero buena parte del gobierno efectivo correspondía a instituciones internacionales en las que participaban varias potencias. Existían una Asamblea Legislativa Internacional, un administrador, un Comité de Control integrado por representantes extranjeros y un Tribunal Mixto.

Por tanto, Juan Carlos no estaba pensando simplemente en conceder a Ceuta mayor autonomía. Si la comparación con Tánger expresaba realmente el modelo que tenía en mente, la propuesta era mucho más profunda: España dejaría de ejercer en solitario el control de la ciudad y, para vestir el muñeco, aceptaría algún tipo de administración internacional, aunque el telegrama no permite saber cómo imaginaba concretamente ese estatuto ni qué países participarían en él. Melilla podía acabar en manos de Marruecos; Ceuta también, pero quedaría sometida a una fórmula internacional que evitaría entregar directamente a decenas de miles de españoles a la soberanía marroquí, aunque el final sería precisamente ese. Eran soluciones diferentes, pero ninguna significaba conservar el statu quo.

Detrás de aquellos razonamientos había una preocupación: otra Marcha Verde. El precedente de 1975 estaba demasiado próximo. Hassan II había demostrado entonces hasta qué punto una movilización aparentemente civil podía convertirse en un formidable instrumento de presión territorial.

La historia se vuelve todavía más interesante porque apenas mes y medio después Juan Carlos viajó oficialmente a Marruecos. Los Reyes llegaron a Fez el 14 de junio de 1979. El momento era delicado. Marruecos combatía al Frente Polisario en el Sáhara Occidental y las relaciones con España estaban enrarecidas por el conflicto saharaui, la pesca y el apresamiento de pesqueros españoles. Hassan II recibió a Juan Carlos con todos los honores y ambos monarcas mantuvieron conversaciones privadas. El País, cuyo enviado especial seguía el viaje, informó de un encuentro en el que estuvieron «verdaderamente a solas».

¿Qué se dijeron? No lo sabemos. El entonces ministro de Asuntos Exteriores Marcelino Oreja declaró después que Ceuta y Melilla no habían aparecido en las conversaciones; añadió humorísticamente que tampoco habían hablado «de Guadalajara». El asunto central había sido el Sáhara. Sin embargo, un cable confidencial enviado posteriormente por la Embajada estadounidense en Madrid contiene una precisión significativa: el funcionario español que informó a los norteamericanos sobre el viaje reconoció que no conocía lo que hubiera podido ocurrir durante las conversaciones privadas entre ambos monarcas.

No existe, por tanto, documentación que permita afirmar que Juan Carlos ofreciera Ceuta o Melilla a Hassan II durante aquella visita. Mucho menos que le aconsejara llenar Ceuta de residentes marroquíes, una afirmación que circula por internet y para la que no hemos encontrado respaldo documental. Lo que sí sabemos es que seis semanas antes Juan Carlos había expuesto a los estadounidenses su disposición a considerar la cesión de Melilla y la internacionalización de Ceuta.

La posición de Adolfo Suárez ofrece un contraste formidable. El 25 de junio de 1980, Suárez se reunió en Madrid con Jimmy Carter. El acta estadounidense de aquella conversación está publicada por la Oficina del Historiador del Departamento de Estado. Cuando apareció el problema de Ceuta y Melilla, el presidente del Gobierno habló en términos radicalmente distintos de los empleados por Juan Carlos ante Muskie.

Suárez dijo que el Gobierno tenía la impresión de que Marruecos estaba dispuesto a ejercer presión sobre Ceuta y Melilla para obligar a España a ceder en determinadas negociaciones. Si Marruecos hacía algo semejante, aseguró a Carter, España respondería violentamente.

No era una frase retórica. Suárez explicó que España sabía que los dos territorios eran difíciles de defender y que, precisamente por ello, tendría que pasar a la ofensiva. Añadió que existían planes preparados para hacerlo, aunque esperaba no tener que utilizarlos nunca. Carter comprendió inmediatamente las consecuencias: aquello significaría una guerra. Suárez respondió con una sola palabra: «Exactly». Exactamente.

La conversación debió de impresionar a Carter. El presidente preguntó al embajador Todman qué podía hacer Estados Unidos. Todman sugirió advertir a Hassan II, y Carter consideró conveniente hacerle saber que Washington contemplaría cualquier ataque contra Ceuta y Melilla como un asunto muy grave. Suárez añadió un argumento histórico: Ceuta y Melilla llevaban perteneciendo a España más de quinientos años y eran españolas desde antes de la existencia del propio Marruecos como Estado.

Resulta difícil imaginar dos planteamientos más diferentes. Juan Carlos, hablando confidencialmente con los estadounidenses en abril de 1979, consideraba posible desprenderse de Melilla, calculaba cuánto duraría la protesta militar y buscaba para Ceuta una solución similar, pero emboscada en una internacionalización “fake”. Suárez, hablando confidencialmente con el presidente de Estados Unidos catorce meses después, afirmaba que una acción marroquí contra las ciudades provocaría una respuesta militar española que podía desembocar en una guerra.

Conviene no convertir esa diferencia en un enfrentamiento entre el Rey y el presidente del Gobierno que los documentos disponibles no demuestran. Las conversaciones tuvieron lugar en momentos distintos y tampoco sabemos si Juan Carlos expresaba una política discutida previamente con Suárez o una reflexión personal sobre la manera de resolver un problema que consideraba peligroso. Pero la diferencia existe y quedó escrita en los archivos diplomáticos estadounidenses.

También ayuda a entender la peculiar relación entre Juan Carlos y Hassan II. Ambos se llamaban hermanos, pero pertenecían a monarquías de naturaleza radicalmente diferente. Hassan gobernaba. Juan Carlos reinaba dentro de una monarquía parlamentaria. Powell recuerda que al soberano marroquí le costaba comprender que su colega español aceptara las limitaciones constitucionales de sus poderes y tendía a considerar a los ministros españoles poco menos que enviados del Rey.

De ahí podía surgir una peligrosa ambigüedad. Para Hassan II, una conversación con Juan Carlos podía tener un significado político que quizá no tenía dentro del sistema constitucional español.

Casi medio siglo después, los telegramas diplomáticos permiten contemplar aquella relación desde una perspectiva diferente. La versión pública ofrecía cordialidad, cooperación y prudencia. Por debajo circulaban temores a nuevas marchas verdes, cálculos sobre la reacción del Ejército, planes militares españoles y conversaciones sobre territorios cuya soberanía públicamente parecía indiscutible.

Quizá lo más revelador no sea que Juan Carlos contemplara en 1979 que algún día España pudiera desprenderse de Melilla o internacionalizar Ceuta. Los gobernantes examinan en privado escenarios que jamás convertirán en políticas. Lo llamativo es que, mientras el Rey buscaba confidencialmente una salida negociada a un problema que consideraba potencialmente explosivo, el presidente del Gobierno estaba dispuesto a hacer saber que determinadas líneas no podían cruzarse.

Entre una conversación y otra transcurrieron catorce meses. Y entre ambas posiciones, todo el Estrecho de Gibraltar, en cuyo lado español se levanta el Peñón, una plaza estratégica que otro Borbón, Felipe V, entregó graciosamente a Inglaterra en 1714. Nada nuevo bajo el sol.

jueves, 8 de octubre de 2026

LO QUE CUENTAN LOS CABELLOS DE LOS MUERTOS

 

Dos cabezas trofeo del período Nazca Temprano. Fuente

Un cabello es una cosa bastante insignificante mientras está en nuestra cabeza. Se cae en la almohada, atasca el desagüe de la ducha y aparece misteriosamente en lugares donde juraríamos que jamás hemos estado. Pero si consigue sobrevivir durante mil quinientos o dos mil años en el desierto peruano puede convertirse en algo mucho más interesante: una especie de diario químico.

Eso es precisamente lo que ha aprovechado un equipo dirigido por la arqueóloga Dagmara M. Socha para averiguar qué consumían algunos habitantes del antiguo Perú antes de morir. Y entre los muertos había cuatro individuos que presentaban una peculiaridad difícil de pasar por alto: de ellos solo quedaba la cabeza.

Eran las llamadas cabezas-trofeo de la cultura Nazca, una de las manifestaciones más inquietantes de las sociedades que habitaron la costa meridional del Perú mucho antes de los incas. Los nazca son universalmente conocidos por esas gigantescas figuras trazadas sobre el desierto que solo adquieren pleno sentido cuando se contemplan desde cierta altura. Pero su mundo religioso incluía también sacrificios, decapitaciones rituales y una relación bastante intensa con plantas capaces de alterar la conciencia.

El equipo de investigación estudió cabellos de veintidós individuos procedentes de Cahuachi, Estaquería y el valle de Yauca, entre ellos cuatro cabezas-trofeo. En lugar de buscar únicamente objetos asociados a los cadáveres —una bolsa de coca, un recipiente o restos vegetales— hicieron algo mucho más revelador: buscaron dentro del propio organismo las huellas químicas de lo que aquellas personas habían consumido.

El cabello resulta magnífico para semejante pesquisa porque crece lentamente y va incorporando algunas sustancias presentes en el organismo. Es, salvando las distancias, algo parecido a un rollo de película que el cuerpo va impresionando milímetro a milímetro. La sangre cuenta lo ocurrido hace unas horas; el cabello puede conservar noticias de semanas o meses.

Los investigadores recurrieron a cromatografía líquida acoplada a espectrometría de masas, una técnica cuyo nombre invita a pasar rápidamente al párrafo siguiente pero cuyo funcionamiento básico es bastante sencillo: primero separa las moléculas presentes en una muestra y después las identifica por su masa. Así pudieron buscar cocaína y sus metabolitos, mescalina, triptaminas, harmina y harmalina. En otras palabras, estaban interrogando químicamente a unos muertos que llevaban muchos siglos sin posibilidad de declarar.

Y declararon, vaya si declararon. La coca apareció asociada a individuos de la costa meridional peruana desde el período Nazca temprano, aproximadamente entre 100 a. C. y 450 d. C. No constituye una sorpresa absoluta. El uso de coca en los Andes es antiquísimo y conocemos restos arqueológicos de varios milenios de antigüedad. Mucho más interesantes resultaron otras dos plantas.

Una fue Banisteriopsis caapi, la liana amazónica que constituye uno de los ingredientes fundamentales de lo que hoy llamamos ayahuasca. Los investigadores detectaron harmina y harmalina, dos de sus alcaloides característicos. La otra fue el cactus de San Pedro —Echinopsis pachanoi y especies próximas—, cuyo principio psicoactivo más conocido es la mescalina.

Y aquí aparece el detalle que convierte una investigación química interesante en una pequeña historia estremecedora. La mescalina apareció en el cabello de un niño cuya cabeza había sido convertida posteriormente en cabeza-trofeo. Es la primera evidencia química directa de que al menos algunas personas destinadas a ese tratamiento ritual habían recibido una sustancia psicoactiva antes de morir.

No sabemos exactamente para qué. Resulta tentador imaginar al niño narcotizado antes del sacrificio para disminuir su miedo o su resistencia. Es posible. También pudo tratarse de una preparación religiosa destinada a inducir visiones o facilitar el contacto con el mundo sobrenatural. Y tampoco puede excluirse un empleo medicinal. La química nos dice qué había entrado en el cuerpo; no puede decirnos qué pensaba quien se lo administró.

Además, el término cabeza-trofeo puede resultar engañoso. Sugiere inmediatamente enemigos muertos en combate, algo parecido a llevarse a casa una espantosa medalla de guerra. Durante mucho tiempo se discutió precisamente si las cabezas nazca procedían de enemigos capturados o de miembros de la propia comunidad sacrificados ritualmente. La evidencia arqueológica y bioantropológica ha complicado mucho esa imagen simple. La adquisición, preparación y conservación ritual de cabezas fue una práctica bien establecida entre los nazca, pero no todas tienen por qué responder al mismo mecanismo social. Revistas de la Universidad de Florida

Hay otro detalle fascinante. La coca podía cultivarse en determinadas regiones andinas y el cactus de San Pedro crece en los Andes occidentales. Pero Banisteriopsis caapi es una planta propia de ambientes tropicales amazónicos. No crece espontáneamente en el árido litoral nazca. Si llegó hasta allí, alguien tuvo que traerla.

Una molécula de harmina conservada en un cabello se convierte así en el rastro de una red comercial que atravesaba algunos de los paisajes más formidables de Sudamérica, comunicando la costa desértica con los Andes y, directa o indirectamente, con las tierras bajas amazónicas. Los investigadores consideran precisamente que la presencia de Banisteriopsis demuestra la importancia que esas plantas debieron de tener para justificar su transporte a larga distancia.

Y entonces la historia da un salto de aproximadamente un milenio.

En otro estudio publicado ese mismo año, Socha y sus colaboradores analizaron dos niños sacrificados por los incas en el volcán Ampato, cerca de Arequipa. Allí se practicaba la capacocha, una ceremonia estatal en la que niños y jóvenes seleccionados emprendían largas peregrinaciones hasta determinados lugares sagrados y podían acabar sacrificados en cumbres situadas a miles de metros de altitud.

Los análisis del cabello de una víctima y de las uñas de otra volvieron a encontrar cocaína y, sobre todo, harmina y harmalina, los alcaloides de Banisteriopsis caapi. No apareció mescalina ni DMT. En este caso los autores plantean una hipótesis especialmente sugestiva. Los cronistas españoles escribieron que durante la capacocha se administraba chicha a los niños para tranquilizarlos y para que llegaran felices ante los dioses. El estudio sugiere que Banisteriopsis caapi pudo desempeñar también una función semejante. Sus alcaloides inhiben la monoaminooxidasa y poseen efectos sobre el estado de ánimo. Quizá los incas conocieran empíricamente esas propiedades y utilizaran la planta para disminuir la ansiedad de unas víctimas que, cabe suponer, tenían razones bastante sólidas para estar ansiosas. Los propios autores presentan esta interpretación como hipótesis, no como demostración.

Lo extraordinario es la continuidad que empieza a dibujarse. En la costa nazca, siglos antes del Imperio inca, encontramos coca, mescalina y alcaloides de una liana amazónica. Más de mil años después, en las alturas de Ampato, volvemos a encontrar coca y la misma liana asociadas a un sacrificio. Eso no significa que existiera una única tradición ininterrumpida ni que todas esas sustancias desempeñaran idéntica función. Significa algo más interesante: que las sociedades andinas desarrollaron durante siglos un conocimiento extraordinariamente sofisticado de las plantas capaces de modificar el dolor, el cansancio, el ánimo y la percepción, y las incorporaron a la medicina, al intercambio y a la religión.

Carecían de cromatógrafos, espectrómetros de masas y fórmulas estructurales. Pero sabían que unas hojas permitían soportar mejor el hambre y el esfuerzo, que determinado cactus abría la puerta a un mundo de visiones y que una liana llegada desde selvas lejanas hacía algo peculiar en la mente humana.

Nosotros hemos necesitado dos mil años, un laboratorio y un cabello arrancado a un muerto para averiguar que ellos ya lo sabían.

miércoles, 7 de octubre de 2026

LA MARIPOSA QUE CUELGA SU ABRIGO EN LOS ÁRBOLES

 

Lymantria dispar. 1, restos de la nidada depositados en el suelo de un parque de Camarma de Esteruelas. 2, Larva u oruga. 3, hembras depositando los huevos sobre el tronco de un árbol.

Mi corresponsal fotográfica Constanza Riaño tiene la saludable costumbre de caminar mirando al suelo. Gracias a eso me envía de vez en cuando fotografías de cosas que la mayoría pisaríamos sin concederles el menor pensamiento. Hace unos días encontró en un paseo urbano de Camarma de Esteruelas, Madrid, algo que parecía un pequeño montón de lana rubia abandonado sobre la grava.

La fotografía era desconcertante. Una masa de fibras finísimas, de color pajizo, recorrida por pequeños huecos redondeados. Mi primera impresión fue equivocada: aquello recordaba a los restos fibrosos de las fanerógamas marinas que el oleaje deposita en las playas mediterráneas. Había un inconveniente bastante serio para esa explicación: Camarma de Esteruelas se encuentra a unos cuantos cientos kilómetros del mar.

La solución estaba mucho más cerca. Aquello tenía todas las trazas de ser restos de las puestas de Lymantria dispar, una mariposa nocturna conocida tradicionalmente en España como lagarta peluda, uno de los defoliadores más espectaculares de nuestros bosques.

La historia comienza con una pareja bastante desigual. El macho es una mariposa pardusca, ligera, con grandes antenas plumosas que funcionan como detectores químicos extraordinariamente sensibles. La hembra europea es bastante mayor, de color blanquecino y abdomen voluminoso. Tiene alas, pero prácticamente ha renunciado a utilizarlas. Mientras el macho revolotea buscando hembras, ella permanece cerca del lugar donde emergió de la crisálida y se dedica al asunto verdaderamente importante: reproducirse.

Para encontrarlas, los machos cuentan con uno de los sistemas de telecomunicaciones más antiguos del planeta. Las hembras liberan una feromona sexual, el “disparlure”, y las antenas plumosas de los machos detectan cantidades minúsculas de esa sustancia. La química consigue así lo que a nosotros nos exige teléfonos, satélites y aplicaciones de mensajería: informar a un individuo de que otro individuo interesante se encuentra en alguna parte.

Después del apareamiento, la hembra deposita varios centenares de huevos formando una masa compacta sobre troncos, ramas, piedras, paredes, postes, mobiliario urbano y casi cualquier superficie suficientemente tranquila. Y entonces hace algo que explica la fotografía de Constanza: se arranca pelos y escamas de su propio abdomen y con ellos cubre los huevos.

El resultado es una especie de parche de fieltro, beige o amarillento, que protege la puesta de la intemperie y contribuye a aislarla durante el invierno. Una hembra puede dejar varios centenares de huevos bajo aquella manta confeccionada con su propio cuerpo. Después muere. La siguiente generación queda esperando dentro.

Los huevos pasan así los meses fríos. Cuando llega la primavera y comienzan a brotar los árboles, nacen unas orugas diminutas. La sincronización es fundamental: para una oruga recién salida del huevo, una hoja joven de roble es algo parecido a encontrarse delante de un bufé recién inaugurado.

Las larvas jóvenes poseen largos pelos y pueden dispersarse ayudadas por el viento. Producen pequeños hilos de seda y quedan suspendidas de ellos hasta que una corriente de aire las transporta. Es una versión modesta del ballooning utilizado por algunas arañas. De ese modo, un animal incapaz de volar puede recorrer distancias apreciables antes de comenzar siquiera a comer.

Y comer es precisamente lo que hace después. Lymantria dispar es extraordinariamente polífaga. Sus orugas pueden alimentarse de centenares de especies de plantas leñosas, aunque muestran especial predilección por los robles y otras fagáceas. En la península ibérica, los encinares y alcornocales proporcionan algunos de sus escenarios favoritos. También pueden atacar otros árboles y arbustos cuando las poblaciones alcanzan densidades elevadas.

Una oruga madura resulta difícil de confundir. Es grande, peluda y presenta en el dorso una sucesión muy característica de tubérculos: cinco pares azules seguidos de seis pares rojizos. Esa combinación ha servido durante generaciones como una especie de documento de identidad del animal.

La mayor parte del tiempo la presencia de la especie pasa relativamente inadvertida. Hay orugas, pájaros que se las comen, parasitoides que las atacan, enfermedades que las diezman y árboles que pierden algunas hojas sin mayores consecuencias. Pero L. dispar posee una peculiaridad que la ha convertido en una de las plagas forestales mejor estudiadas del mundo: sus poblaciones experimentan explosiones periódicas.

Durante varios años puede parecer escasa. Luego, por una combinación de abundancia de alimento, supervivencia larvaria, clima y dinámica de sus enemigos naturales, la población aumenta espectacularmente. Entonces aparecen millones de orugas y el bosque empieza a quedarse sin hojas.

El espectáculo puede ser inquietante. Encinas y alcornoques que unas semanas antes estaban cubiertos de follaje aparecen desnudos en plena primavera. Las orugas cuelgan de hilos, recorren troncos, cruzan caminos y llegan a jardines y viviendas. Bajo los árboles se acumulan sus excrementos hasta producir una especie de lluvia menuda y continua que cualquiera que haya paseado bajo una infestación intensa recuerda perfectamente.

Sin embargo, defoliación no significa necesariamente muerte. Un árbol sano suele ser capaz de producir una nueva generación de hojas después del ataque. El problema aparece cuando las defoliaciones intensas se repiten, coinciden con sequía u otros factores de estrés o afectan a árboles previamente debilitados. Entonces el coste fisiológico puede ser considerable.

La especie tiene además una historia humana extraordinaria. Es originaria de Eurasia y el norte de África, pero en 1869 el naturalista francés Étienne Léopold Trouvelot, instalado en Massachusetts, criaba ejemplares europeos con la intención de estudiar posibles alternativas al gusano de seda. Algunos escaparon. Fue uno de esos pequeños accidentes domésticos cuyos efectos terminan figurando en los libros de historia natural.

Las mariposas encontraron Norteamérica muy de su gusto. Sin los mismos equilibrios ecológicos que limitaban sus poblaciones en Europa, comenzaron a extenderse y L. dispar terminó convirtiéndose en una de las plagas forestales más importantes del continente. Desde entonces se han gastado enormes cantidades de dinero intentando contenerla.

El caso resulta especialmente instructivo porque muestra que las palabras «plaga» y «especie» no son sinónimas. En Europa, L. dispar forma parte de los ecosistemas desde hace muchísimo tiempo y participa en una compleja red de depredadores, parasitoides y microorganismos. En Norteamérica es una especie introducida capaz de alterar ecosistemas que no evolucionaron con ella. El mismo insecto puede ser un componente natural del bosque en un continente y un invasor en otro.

También explica por qué los entomólogos prestan tanta atención a algo aparentemente tan insignificante como aquellas masas lanosas. Contar puestas permite estimar la población que aparecerá en la primavera siguiente. Cada parche beige adherido a un tronco contiene potencialmente centenares de futuras orugas. Un árbol cubierto de ellos puede ser el anuncio anticipado de una explosión demográfica.

Eso nos devuelve a Camarma. La masa fotografiada por Constanza parece estar formada por restos desprendidos y acumulados de cubiertas de puestas, más que por un único plastón intacto. El color, la textura fibrosa y las cavidades son compatibles con material procedente de masas de huevos ya eclosionadas, aunque una fotografía por sí sola no permite una identificación absolutamente concluyente. Encontrarlo en un paseo urbano tampoco resulta extraño: las hembras no son demasiado exigentes a la hora de elegir dónde depositar sus huevos y pueden hacerlo sobre árboles, piedras, tapias, postes y otras estructuras humanas.

Hay algo un tanto desproporcionado en todo esto. Una persona sale a pasear por Camarma, encuentra en el suelo algo parecido a un mechón de lana y hace una fotografía. Detrás de aquel pequeño desecho puede esconderse una historia que incluye feromonas capaces de guiar mariposas en la oscuridad, orugas que viajan suspendidas de hilos de seda, bosques enteros que pierden las hojas y un entomólogo del siglo XIX que dejó escapar accidentalmente unas cuantas mariposas en Massachusetts.

La naturaleza tiene la inquietante costumbre de no respetar nuestras escalas. A veces basta mirar hacia arriba para descubrirla. Otras veces, como sabe bien mi corresponsal fotográfica, hay que mirar al suelo.

EL ESQUELETO Y EL GRANO DE ARROZ

 

En la derecha de la imagen hay una fotografía con un grano de arroz y, a su lado, algo que parece el estribo de una silla de montar encargada por un jinete del tamaño de un microbio. Ambos descansan sobre la yema de un dedo. El arroz resulta descomunal. La otra pieza es un hueso humano y tiene un nombre perfectamente apropiado: estribo. Cuesta creer que ese minúsculo objeto intervenga en nuestra capacidad para escuchar a Mozart, una declaración de amor o al vecino que ha decidido instalar una estantería el domingo por la mañana.

El estribo mide alrededor de tres milímetros y pesa apenas unos miligramos. Es el hueso más pequeño de nuestro cuerpo, una distinción que comparte con su pareja del otro oído. Lo llevamos escondido en el oído medio, acompañado por el martillo y el yunque. La anatomía parece haber confiado nuestra audición a una ferretería diminuta, aunque ninguno de sus componentes golpea nada: los tres trabajan transmitiendo vibraciones con una precisión que desaconsejaría cualquier intervención del vecino de la estantería.

El sonido empieza como una perturbación del aire. Cuando alcanza el tímpano, lo hace vibrar; el martillo recoge ese movimiento, lo transmite al yunque y este al estribo. Su base encaja en una pequeña abertura, la ventana oval, desde la que pone en movimiento los líquidos del oído interno. Allí, en una estructura enrollada llamada cóclea, unas células sensoriales convierten el movimiento en señales eléctricas. El cerebro recibe esas señales y consigue reconocer una voz, un violín o la inequívoca noticia de que alguien está taladrando una pared.

El conjunto resuelve un problema físico considerable: llevar la energía del sonido desde el aire hasta un medio líquido. El tímpano y los huesecillos concentran la fuerza sobre una superficie mucho menor, como cuando apretamos con la punta de un objeto en vez de hacerlo con toda la palma. Si esa cadena falla, la audición puede disminuir mucho. No desaparece necesariamente: las vibraciones también pueden llegar al oído interno a través de los huesos del cráneo. Pero perdemos una extraordinaria ayuda mecánica.

Hemos empezado por el hueso más pequeño porque el esqueleto suele presentarse de una manera injustamente solemne. Aparece colgado en un aula, dibujado en un manual o conduciendo alguna alegoría de la muerte. Tiene una sonrisa fija y una reputación de cosa terminada. En realidad, el que llevamos dentro es una obra en marcha: recibe materiales, retira estructuras deterioradas y modifica su arquitectura mientras nosotros nos preocupamos de encontrar las llaves.

La cifra habitual es 206 huesos en un adulto, aunque no todos los adultos se ajustan exactamente al inventario. Hay pequeñas variaciones anatómicas y huesos accesorios que complican la contabilidad. Los recién nacidos poseen más piezas separadas, muchas de las cuales se fusionarán durante el crecimiento. Las cifras de unos 270 o incluso 300 dependen de qué estructuras se cuenten y de su grado de desarrollo. No perdemos huesos por el camino: cambiamos la manera de ensamblarlos.

Más de la mitad de los 206 huesos habituales están en las manos y los pies: 27 en cada mano y 26 en cada pie. Resulta una distribución bastante razonable para un animal que necesita sujetar una taza y caminar sin derramarla. El cráneo protege el cerebro; las costillas resguardan el corazón y los pulmones sin impedir que el tórax se expanda; la columna combina sostén, movilidad y protección de la médula espinal. Es difícil encontrar una pieza que cumpla una sola tarea.

En el extremo opuesto al estribo está el fémur, el hueso del muslo y el más largo del cuerpo. En muchos adultos ronda los cuarenta o cincuenta centímetros, aunque la talla impone sus condiciones. Soporta cargas importantes al caminar, correr o subir escaleras. Su resistencia invita a compararlo con el hormigón, pero esas competiciones requieren letra pequeña: importa si comprimimos, doblamos o retorcemos el material. Un hueso puede soportar fuerzas enormes en una dirección y romperse bajo una carga mucho menor aplicada de otra manera.

Estructura de un hueso largo: 1, epífisis; 2, diáfisis; 3, cartílago articular; 4, hueso esponjoso; 5, línea epifisaria; 6, periostio; 7, hueso compacto o cortical; 8, cavidad medular; 9, endostio; 10, médula ósea amarilla; 11, fibras perforantes o de Sharpey; 12, vasos sanguíneos nutricios; 13, osteona o sistema de Havers; 14, conducto central o de Havers; 15, conducto perforante o de Volkmann; 16, foramen o agujero nutricio.

El secreto está en los materiales y en su disposición. El tejido óseo combina una trama de colágeno, una proteína que aporta tenacidad y cierta flexibilidad, con minerales, principalmente fosfato cálcico, que proporcionan dureza. La asociación permite resistir esfuerzos sin comportarse como una barra de tiza. Construir un esqueleto únicamente con material duro habría sido una ocurrencia poco afortunada: bastaría una caída para convertirnos en una colección de fragmentos.

Tampoco somos macizos por dentro. Una capa exterior de hueso compacto rodea regiones donde el tejido forma una red de pequeñas láminas y puntales, las trabéculas. Su distribución ayuda a soportar las cargas sin añadir un peso innecesario. En los huesos largos, además, existe una cavidad medular. La palabra «esponjoso» puede sugerir algo blandengue, pero aquí designa una arquitectura porosa de material resistente. Un puente también contiene mucho aire y nadie considera que deba rellenarse para hacerlo más fiable.

Esa arquitectura se mantiene gracias a una cuadrilla celular. Los osteoclastos retiran tejido óseo; los osteoblastos fabrican tejido nuevo. Otros habitantes, los osteocitos, quedan alojados dentro de la matriz y ayudan a detectar las cargas y coordinar las reformas. Los nombres parecen preparados para un examen, pero el reparto de funciones se entiende enseguida: unos desmontan, otros construyen y otros informan de cómo se está usando el edificio.

A menudo se dice que renovamos aproximadamente una décima parte del esqueleto cada año. Es una orientación útil, siempre que no imaginemos un calendario que ordena cambiar todos los huesos al cumplir una década. La velocidad varía entre regiones, tipos de tejido y edades. Hay zonas muy activas y otras que conservan material durante mucho más tiempo. La remodelación repara pequeños daños y permite ajustar la estructura a las exigencias mecánicas. Caminamos sobre una construcción que se restaura sin cerrar al público.

El esqueleto también guarda reservas minerales. El calcio interviene en procesos tan esenciales como la contracción muscular y la transmisión nerviosa; su concentración en la sangre necesita un control estrecho. Los huesos almacenan una enorme provisión de este elemento y participan en su regulación. A nosotros nos parece que tenemos un muslo. El organismo ve, además, un depósito al que puede recurrir cuando hace falta.

Dentro funciona otro servicio extraordinario: la médula ósea fabrica células sanguíneas. En el adulto, buena parte de esa actividad se concentra en huesos como la pelvis, las vértebras y el esternón. De allí salen glóbulos rojos que transportarán oxígeno, células encargadas de la defensa y los precursores de las plaquetas que ayudan a detener las hemorragias. Esa armazón que asociamos con los cementerios alberga algunas de nuestras fábricas de vida más activas.

Vuelvo a mirar la fotografía. El grano de arroz podría acabar en una cazuela sin que nadie reparase en él; el estribo parece un objeto que se perdería para siempre entre las juntas de una mesa. Y, sin embargo, llevamos dos piezas semejantes trabajando dentro de la cabeza. Mientras contemplamos su pequeñez, quizá escuchamos una canción o alguien nos llama desde otra habitación. Entonces el pequeño estribo se mueve, el líquido responde y el cerebro reconoce una voz querida. Todo eso cabe al lado de un grano de arroz.

POR QUÉ EL GOLFO DE LEÓN FABRICA BORRASCAS EN CATALUÑA

 

Estos días ha llovido en Cataluña como sabe provocarlo el Mediterráneo cuando se enfada: no necesariamente durante mucho tiempo, sino con una intensidad capaz de convertir una calle en un arroyo y un arroyo en algo bastante más serio. Los registros dan una idea de lo ocurrido. El 6 de octubre se recogieron 83,6 litros por metro cuadrado en Aldover, 72,3 en Tarragona y casi 60 en Cambrils y Viladecans. El día 7, algunas estaciones acumulaban ya más de 300 litros desde que comenzó el mes.

Para entender por qué ocurren episodios así conviene levantar la vista del mapa de Cataluña y mirar un poco más al norte. Allí, entre las costas catalanas y francesas, los Pirineos, el Macizo Central y los Alpes delimitan un escenario meteorológico en cuyo centro se encuentra el golfo de León. No es un rincón cualquiera del Mediterráneo. Forma parte de una de las regiones de Europa donde con mayor facilidad nacen y se desarrollan borrascas. Los meteorólogos llaman ciclogénesis precisamente a eso: al nacimiento o desarrollo de una zona de bajas presiones.

La culpa, si puede hablarse de culpa en meteorología, la tiene una combinación extraordinaria de geografía y atmósfera. La historia suele comenzar muy arriba, a varios kilómetros sobre nuestras cabezas. Allí circulan grandes corrientes de aire de oeste a este. De vez en cuando una de ellas se ondula y forma una especie de lengua que desciende hacia el sur transportando aire frío. Los meteorólogos llaman vaguada a esa incursión: imaginemos un valle de aire frío abierto en las capas altas de la atmósfera.

Los vientos altos del Oeste que constituyen la circulación atmosférica tienden a formar ondas que, a modo de meandros, dirigen los vientos alternativamente hacia el Ecuador y hacia los polos Esas ondas permanecen aproximadamente estacionarias. Las corrientes de aire acelerado que impulsan a los vientos altos del Oeste son conocidas como corrientes de chorro o corrientes de convección. Si disminuye la velocidad de la corriente de chorro y se acentúan las ondas-meandro, el flujo del aire adquiere dirección meridiana, con profundas vaguadas que corresponden a entradas de aire frío hacia el sur, y crestas, cuñas o senos que son penetraciones de aire cálido hacia el norte. 

Cuando una de esas lenguas alcanza el Mediterráneo occidental, empieza a complicarse el tiempo. Debajo encuentra un mar relativamente cálido y una atmósfera mucho más templada. Ese contraste favorece el desarrollo de una depresión, una zona donde la presión atmosférica es menor que a su alrededor y hacia la que converge el aire. En términos corrientes, una borrasca.

Pero si todo dependiera de eso, el golfo de León no tendría nada de especial. Lo que lo convierte en un lugar privilegiado para fabricar borrascas son las montañas. Al oeste están los Pirineos; al norte, el Macizo Central; al noreste se levanta el formidable arco de los Alpes. Las masas de aire no atraviesan esas cordilleras como si tal cosa: se frenan, se desvían o se aceleran cuando encuentran un paso. La atmósfera es un fluido y, como el agua de un río, cambia de velocidad y dirección cuando tropieza con obstáculos.

El valle del Ródano actúa como un embudo que canaliza el aire hacia el Mediterráneo y contribuye a acelerarlo, en un fenómeno que recuerda al efecto Venturi: como ocurre con el agua cuando comprimimos con los dedos una manguera, cuando un fluido atraviesa un paso estrecho aumenta su velocidad. El aire frío del norte se encauza por el valle, se acelera y desemboca sobre el golfo de León. Es el mistral. Más hacia el oeste ocurre algo parecido entre el Macizo Central y los Pirineos: allí se canaliza la tramontana.

Mistral y tramontana no deben confundirse con los vientos húmedos responsables directos de los grandes aguaceros catalanes. Suelen ser fríos y secos. Su importancia reside en que forman parte de una maquinaria atmosférica mucho mayor.

Los Alpes desempeñan en ella un papel particularmente importante. Cuando una masa de aire encuentra semejante cordillera, parte del flujo tiene que rodearla y al otro lado puede producirse una caída de presión y formarse una borrasca. Es lo que se denomina ciclogénesis a sotavento: una manera un poco solemne de decir que una cordillera puede contribuir a que nazca una depresión al otro lado. Por eso el vecino golfo de Génova es todavía más famoso como fábrica de borrascas. León y Génova son, en realidad, dos piezas de una misma maquinaria atmosférica.

Y entonces entra en escena el mar.

A comienzos del otoño el Mediterráneo conserva buena parte del calor acumulado durante el verano. Este año resulta especialmente visible. El 2 de octubre, frente a L'Estartit, el agua superficial estaba a 21,9 °C, 1,5 grados por encima de la media de 1998-2022. A veinte metros de profundidad la anomalía alcanzaba los 2,3 grados.

Un mar caliente no fabrica por sí solo una tormenta, del mismo modo que un depósito lleno de gasolina no hace arrancar un automóvil. Pero proporciona combustible. Cuanto más caliente está el agua, mayor puede ser la evaporación y mayor la cantidad de vapor disponible en la atmósfera. Cuando una depresión establece vientos de levante o sureste hacia Cataluña, llega a la costa aire marítimo cargado de humedad. Esa es una de las claves de los grandes temporales mediterráneos: aire frío arriba y aire cálido y húmedo abajo.

El aire cálido, menos denso, tiende a ascender. Si contiene mucho vapor de agua y encuentra encima aire considerablemente más frío, puede elevarse con gran rapidez. Los meteorólogos llaman convección a ese movimiento vertical. El nombre parece complicado; el fenómeno no lo es. Es, aproximadamente, lo que vemos sobre una cazuela cuando el aire calentado asciende, aunque la atmósfera funciona a una escala gigantesca y de manera bastante más compleja.

Mientras asciende, el aire se enfría. El vapor se condensa y aparecen las nubes. Si el ascenso es suficientemente vigoroso, crecen kilómetros hacia arriba hasta convertirse en enormes cumulonimbos, las torres nubosas que producen tormentas, rayos y aguaceros.

Hay todavía un último actor: Cataluña no es una mesa de billar. Muy cerca del mar se levantan las cordilleras Litoral y Prelitoral y, más al norte, los Pirineos. El aire húmedo que llega desde el Mediterráneo encuentra esas montañas y se ve obligado a subir. El relieve exprime, por así decirlo, una atmósfera que ya viene cargada de agua.

A veces una tormenta descarga y se desplaza, pero detrás nace otra alimentada por el mismo flujo continuo de aire húmedo. Después otra. Y otra. Son tormentas que se regeneran. Para quien se encuentra debajo, es como si la tormenta permaneciera inmóvil. Así pueden acumularse cantidades enormes de agua en pocas horas y sobre una franja relativamente pequeña.

Conviene no caer en dos simplificaciones habituales. La primera consiste en atribuirlo todo a una «DANA». Una DANA —una depresión aislada en niveles altos— es solo una de las configuraciones capaces de proporcionar aire frío e inestabilidad; puede haber grandes temporales mediterráneos sin una DANA propiamente dicha. La segunda consiste en decir que las tormentas se producen porque el Mediterráneo está muy caliente. Tampoco es exactamente así.

Para cocinar un gran temporal tienen que coincidir varios ingredientes: una perturbación que ponga en marcha el mecanismo, una circulación de vientos adecuada, abundante humedad, un mar capaz de suministrarla y un relieve que fuerce el ascenso del aire. Y, para producir las mayores inundaciones, ayuda que las tormentas se regeneren una y otra vez sobre el mismo territorio.

Eso explica una aparente paradoja. Mistral y tramontana pueden barrer el golfo de León con aire frío y seco mientras, no demasiado lejos, otra parte de la circulación de la borrasca impulsa hacia Cataluña aire templado y saturado de humedad. Una depresión es una enorme rueda atmosférica y los vientos cambian según dónde nos encontremos respecto a su centro.

El Mediterráneo noroccidental reúne todos esos ingredientes en muy poco espacio: un mar encerrado entre continentes, grandes cordilleras casi al borde del agua, corredores que canalizan el viento, aire frío que puede descender desde Europa y, al final del verano, una enorme masa de agua que todavía conserva el calor acumulado durante meses.

Las lluvias de estos días son una buena ocasión para recordarlo. Miramos el cielo sobre Barcelona, Tarragona o Girona y parece que todo sucede allí arriba. Pero una tormenta mediterránea tiene una geografía mucho más extensa. Para comprenderla hay que seguir el aire hasta Francia, remontar el valle del Ródano, mirar los Pirineos y los Alpes y volver finalmente los ojos hacia esa superficie azul que durante todo el verano ha estado almacenando calor.

En los mapas escolares, el golfo de León parece simplemente una concavidad de la costa francesa. En los mapas del tiempo es otra cosa. Es uno de esos lugares donde la geografía mete la mano en la atmósfera y la obliga a cambiar de rumbo. Y algunas tardes de otoño, cuando todas las piezas encajan, lo que allí empieza como un movimiento invisible del aire termina cayendo sobre nuestras cabezas convertido en agua.