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lunes, 31 de agosto de 2026

PRIMERO EL PETRÓLEO; LAS URNAS YA SI ESO

 

Donald Trump anunció hace unos días que Estados Unidos había conseguido el control de 65 000 millones de barriles de petróleo venezolano. Lo dijo con ese sentido de la medida que le ha permitido construir edificios dorados, poner su apellido en letras de tres metros y tratar la política internacional como una negociación entre propietarios de casinos. Según Trump, se trata del mayor acuerdo petrolero de la historia. Puede que lo sea. También puede que no. De momento, ni siquiera conocemos el contrato.

Conviene empezar por una precisión: los 65 000 millones de barriles no existen todavía en forma de petróleo utilizable. Están bajo tierra. Son una estimación de las reservas contenidas en 17 campos venezolanos cuya explotación sería encomendada a una nueva sociedad mixta. Estados Unidos controlaría el 55% de esa empresa y tendría derecho a comprar parte del crudo a precio de coste. A cambio, inversores privados aportarían capital y tecnología para reparar una industria asentada sobre las mayores reservas probadas oficialmente reconocidas, buena parte de ellas formadas por crudo extrapesado, caro y difícil de explotar.

Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela por la curiosa vía de no haber sido elegida nunca para ese cargo, asegura que el petróleo seguirá perteneciendo a Venezuela. Trump dice que el acuerdo «duplica con creces las reservas estadounidenses». Las dos afirmaciones no pueden ser ciertas al mismo tiempo, salvo que se aplique la flexible contabilidad política según la cual una cosa pertenece a Venezuela cuando habla Delcy y a Estados Unidos cuando habla Donald.

La información disponible indica que Washington no ha comprado los 65 000 millones de barriles. Ha obtenido el control mayoritario de una empresa con derechos de explotación sobre los yacimientos. La parte venezolana recibiría inversiones, impuestos, cánones por la explotación y una participación en los beneficios. Rodríguez calcula que el Estado ingresará 209 000 millones de dólares. Trump, por su parte, afirma que todo se hará «sin coste para el contribuyente estadounidense». Los contribuyentes venezolanos no han sido mencionados, quizá porque nadie les ha preguntado.

Hay también cierta confusión sobre la duración. Caracas habla de un acuerdo de 25 años. Fuentes estadounidenses describen una concesión de cien. A una producción de 1,5 millones de barriles diarios harían falta unos 119 años para extraer los 65 000 millones. Es posible que los redactores del contrato dominen una aritmética desconocida en el resto del mundo. O que la cifra se haya elegido porque 65 000 millones impresiona bastante más que «ya veremos cuánto sale».

Trump ha anunciado además que utilizará petróleo venezolano para llenar la Reserva Estratégica de Estados Unidos. Lo ha llamado «un regalo de Venezuela al pueblo estadounidense». Regalar petróleo después de que el destinatario haya enviado tropas, capturado al presidente de tu país y advertido a su sucesora de que podría correr una suerte todavía peor constituye una modalidad de generosidad poco estudiada. Se parece a esas ocasiones en que alguien entrega la cartera a un hombre armado y este agradece el obsequio.

Para justificar la operación, Trump ha repetido que Venezuela robó el petróleo estadounidense. Es falso, aunque contiene los restos de dos historias reales mezcladas hasta hacerlas irreconocibles.

La primera ocurrió en 1976. Venezuela llevaba décadas aumentando su control sobre el negocio petrolero. La Ley de Hidrocarburos de 1943 había elevado los impuestos y establecido la futura reversión de las concesiones. El sistema conocido como fifty-fifty permitió después que aproximadamente la mitad de los beneficios quedara en el país. En 1971 se aceleró la reversión al Estado de los bienes vinculados a las concesiones.

Carlos Andrés Pérez promulgó la ley nacionalizadora en agosto de 1975 y Petróleos de Venezuela (PDVSA) asumió la industria el 1 de enero de 1976. No fue una confiscación nocturna ejecutada por una patrulla de revolucionarios. Fue una operación preparada, aprobada por ley y respaldada por casi todo el espectro político venezolano. El Gobierno estadounidense la conocía con antelación y sus propios documentos diplomáticos la consideraban inevitable.

Las empresas extranjeras recibieron compensaciones por algo más de 1 000 millones de dólares. Venezuela utilizó el valor contable neto de las instalaciones, no el valor fabuloso de todos los beneficios que las compañías esperaban obtener en el futuro. A las empresas les habría gustado cobrar más, como suele suceder a quienes cobran, pero aceptaron el arreglo. Creole, filial de Exxon, recibió cerca de la mitad. Varias compañías continuaron trabajando para PDVSA mediante contratos de asistencia técnica y comercial. Fue una nacionalización, no un robo.

La segunda historia corresponde a Hugo Chávez. En 2007 obligó a que los grandes proyectos de la Faja del Orinoco pasaran a ser empresas mixtas controladas al menos en un 60 % por PDVSA. Chevron, BP, Total, Statoil y Eni aceptaron las nuevas condiciones o negociaron compensaciones. Total, Statoil y Eni recibieron conjuntamente alrededor de 1 800 millones de dólares.

ExxonMobil y ConocoPhillips rechazaron las ofertas y recurrieron al arbitraje internacional. Exxon consiguió laudos por unos 1 600 millones. ConocoPhillips obtuvo en 2019 una indemnización de 8 700 millones, más intereses y gastos. Venezuela ha discutido y retrasado esos pagos, y todavía existen deudas pendientes. Pero los acreedores son las compañías afectadas, no el Gobierno estadounidense. Los tribunales les reconocieron dinero, no la propiedad sobre una quinta parte del petróleo venezolano.

Presentar el nuevo acuerdo como una reparación histórica equivale a que el dueño de un bar cobre una deuda apropiándose de la finca donde se cultiva la cebada cervecera. La operación actual no restituye unos barriles que pertenecieran antes a Estados Unidos. Concede derechos nuevos sobre recursos venezolanos a una sociedad dominada por Washington. Y los concede un gobierno que depende para sobrevivir del país beneficiario del contrato.

Todo esto sería menos perturbador si el desembarco estadounidense hubiera conducido a la democratización prometida. Cuando las fuerzas especiales capturaron a Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, la Administración Trump habló de libertad, transición y elecciones legítimas. Maduro había usurpado casi con certeza la victoria de Edmundo González en los comicios de 2024. Había razones más que sobradas para exigir el final de su régimen. Otra cosa es que existieran razones jurídicas para bombardear el país, capturar a su presidente y trasladarlo a una cárcel de Nueva York.

Marco Rubio presentó entonces un programa de tres fases. Primero, estabilización. Después, recuperación económica, con acceso de las compañías estadounidenses al mercado venezolano. Finalmente, transición democrática y elecciones libres. El orden tenía la claridad de una lista de prioridades: primero se estabilizaba el país, luego entraban las petroleras y, cuando todo estuviera convenientemente dispuesto, se permitiría votar a los venezolanos.

Han transcurrido ocho meses. No hay elecciones convocadas, calendario electoral ni fecha aproximada. Delcy Rodríguez, antigua vicepresidenta de Maduro y figura principal del mismo aparato chavista, sigue al frente del Gobierno. Conserva buena parte de las instituciones, las fuerzas armadas, los tribunales y los organismos electorales que sostuvieron al régimen anterior.

Trump declaró el 24 de julio que Venezuela «todavía no está preparada» para celebrar elecciones. Añadió que Delcy estaba haciendo «un trabajo fantástico» y destacó la cantidad de petróleo que Estados Unidos estaba obteniendo. Es difícil resumir con mayor economía el cambio de objetivos.

Ha habido excarcelaciones, una ley de amnistía y conversaciones con algunos sectores de la oposición. Pero las organizaciones de derechos humanos denuncian que muchas liberaciones han sido parciales, sometidas a restricciones o sustituidas por arrestos domiciliarios. A comienzos de agosto quedaban más de 380 presos políticos. La misión internacional de la ONU advirtió ya en marzo que el aparato represivo continuaba funcionando y que altos cargos vinculados a violaciones de los derechos humanos seguían en puestos de poder. Desde la captura de Maduro se habían producido, además, decenas de detenciones por motivos políticos.

Washington no ha desmontado el chavismo. Ha llegado a un acuerdo con él. Maduro era hostil, imprevisible y poco rentable; Delcy Rodríguez es disciplinada, negociadora y abre los campos petrolíferos. La diferencia ideológica parece haber impresionado mucho menos a Trump que la diferencia comercial.

La democracia no ha desaparecido del discurso oficial. Sigue allí, conservada para una tercera fase que llegará cuando Venezuela esté preparada. Nadie explica quién decidirá que lo está ni por qué un pueblo capaz de votar en 2024 necesita ahora la autorización de Washington para volver a hacerlo.

El petróleo, mientras tanto, dispone ya de campos, porcentajes, previsiones de inversión y planes para llenar la Reserva Estratégica estadounidense. Las elecciones disponen de una palabra: algún día.

No resulta difícil averiguar cuál de las dos cosas motivó realmente la operación.

domingo, 30 de agosto de 2026

LA FONTANERÍA DEL CEREBRO Y LA CURA DEL ALZHEIMER

En 2019, el cirujano chino Qingping Xie abrió el cuello de una mujer que oía un ruido que nadie más podía escuchar. Padecía tinnitus, un zumbido producido sin que haya campana, mosquito ni vecino utilizando un taladro. Se sospechaba que alguna estructura comprimía los nervios relacionados con la audición. Xie se dispuso a aliviarla, una tarea delicada porque el cuello es uno de esos lugares donde la anatomía parece haber guardado todos sus cables, tuberías y conductos en el mismo cajón.

Durante la operación observó que algunas estructuras linfáticas profundas estaban aumentadas de tamaño o funcionaban de manera anómala. Xie era especialista en microcirugía reconstructiva y aplicó una técnica utilizada para tratar el linfedema: conectó pequeños vasos linfáticos y tejido ganglionar con venas cercanas, creando un atajo por el que la linfa pudiera drenar directamente en la circulación sanguínea. 

Según contaría después, la mujer mejoró del tinnitus, pero añadió algo inesperado: también se sentía mentalmente más despejada. No era un resultado obtenido en un ensayo clínico, sino la impresión de una paciente. Las versiones de la historia tampoco coinciden en todos los detalles —unas sitúan la operación en 2018 y otras en 2019—, pero la observación llevó a Xie a hacerse una pregunta sorprendente: ¿podía el drenaje linfático del cuello influir en el funcionamiento del cerebro?

Durante mucho tiempo se creyó que el sistema nervioso central carecía de vasos linfáticos. El tejido cerebral propiamente dicho, en efecto, no posee una red comparable a la de otros órganos. Eso planteaba un problema fundamental: el cerebro consume alrededor de una quinta parte de la energía del organismo y produce continuamente residuos metabólicos. Las células degradan parte de ellos, otros atraviesan la barrera hematoencefálica y algunos pasan al líquido cefalorraquídeo, pero faltaba una explicación completa de cómo eran evacuados.

En 2012, el equipo de la neurocientífica Maiken Nedergaard describió en ratones el llamado sistema glinfático. El líquido cefalorraquídeo penetra por los espacios que rodean las arterias, intercambia sustancias con el líquido intersticial y favorece la salida de solutos por vías asociadas a los vasos sanguíneos. En el proceso intervienen los astrocitos, células gliales cuyas prolongaciones envuelven los vasos y contienen canales de agua denominados acuaporinas 4.

El sistema glinfático no es una red de tuberías anatómicas, sino un modelo funcional de circulación de líquidos por los espacios perivasculares y extracelulares. Su funcionamiento exacto continúa siendo objeto de debate, pero en 2024 se demostró mediante contraste que los espacios perivasculares también actúan como vías de circulación del líquido cefalorraquídeo en el cerebro humano.

Quedaba por localizar el desagüe. En 2015, dos equipos independientes identificaron verdaderos vasos linfáticos en las meninges. El trabajo más conocido, dirigido por Jonathan Kipnis y publicado en Nature, describió una red situada principalmente en la duramadre, junto a los senos venosos. Aquellos vasos transportaban líquido, macromoléculas y células inmunitarias hacia los ganglios cervicales.

No es completamente exacto decir que se descubrió «el sistema linfático del cerebro». El tejido nervioso continúa careciendo de capilares linfáticos. Los vasos se encuentran en las membranas que lo envuelven y reciben parte del material movilizado desde su interior. El sistema glinfático actuaría como servicio de recogida; los vasos linfáticos meníngeos constituirían una de las conducciones de salida.

Cuando Xie observó las anomalías linfáticas de su paciente, estos descubrimientos acababan de transformar la neuroanatomía. Si los residuos procedentes del cerebro terminaban en los ganglios cervicales profundos y éstos funcionaban peor con la edad, quizá fuera posible construir una derivación que facilitara su salida. Para hacerlo necesitaba unir vasos de menos de un milímetro. Afortunadamente, la técnica ya existía.

Las primeras anastomosis entre vasos linfáticos y venas se ensayaron en la década de 1960 y comenzaron a utilizarse clínicamente para tratar el linfedema en los años setenta. El gran perfeccionamiento llegó en la década de 1990 gracias al cirujano japonés Isao Koshima, pionero de la supermicrocirugía, que permite disecar y unir vasos sanguíneos, vasos linfáticos y fascículos nerviosos de entre 0,3 y 0,8 milímetros. Koshima aplicó el procedimiento a las anastomosis linfático-venosas y lo convirtió en una intervención fiable para determinados casos de linfedema. Una revisión publicada en 2018 resume la historia y las aplicaciones de esta proeza técnica.

Xie no inventó la anastomosis ni la supermicrocirugía. Su innovación consistió en trasladarlas desde los brazos y las piernas hasta las profundidades del cuello y atribuirles una finalidad mucho más ambiciosa: facilitar la evacuación de residuos cerebrales. En septiembre de 2020 operó experimentalmente a un paciente de 84 años con deterioro cognitivo grave. Según el informe publicado dos años después, el hombre recuperó algunas funciones básicas.

El Alzheimer parecía un candidato perfecto para aquella fontanería experimental. En la enfermedad se acumulan beta-amiloide y formas anómalas de tau. Ambas proteínas pueden aparecer en el líquido intersticial y en el líquido cefalorraquídeo. Además, en animales, la alteración de las vías glinfáticas y linfáticas reduce la eliminación de beta-amiloide y agrava algunos rasgos de la enfermedad.

La denominada anastomosis linfático-venosa cervical profunda pretende actuar al final de ese recorrido. El cirujano identifica colectores linfáticos cervicales y los conecta con pequeñas venas. La diferencia de presión debería facilitar el paso de la linfa a la sangre y, en teoría, arrastrar beta-amiloide, tau y otros productos procedentes del cerebro, que después serían eliminados por los mecanismos periféricos.

La hipótesis resulta atractiva, pero contiene varios saltos todavía no demostrados. Que la anastomosis reciba linfa no prueba que ésta proceda del cerebro. Encontrar proteínas cerebrales en la sangre tampoco demuestra que hayan salido de placas u ovillos. Y ensanchar el desagüe final puede servir de poco si el principal atasco está en los espacios perivasculares, los astrocitos, las paredes arteriales o el interior de las neuronas.

Pese a ello, la intervención se difundió con enorme rapidez por China. Aparecieron vídeos de pacientes que parecían volver a conversar, reconocer a sus familiares o caminar sin ayuda. Algunos hospitales anunciaron tasas de éxito superiores al ochenta o noventa por ciento. Pero las mejorías observadas en pocos días eran difíciles de conciliar con una enfermedad que destruye neuronas y sinapsis durante años. Los síntomas de la demencia fluctúan y pueden verse afectados por el sueño, la hidratación, las infecciones, la medicación, la atención recibida y las expectativas de familiares y médicos.

En julio de 2025, la Comisión Nacional de Salud de China prohibió ofrecer la operación como tratamiento ordinario del Alzheimer. Sólo podría practicarse dentro de investigaciones autorizadas. La decisión no significaba que se hubiera demostrado su inutilidad, sino que se estaba aplicando antes de averiguar si funcionaba.

En febrero de 2026 se publicó el estudio más amplio hasta entonces: 139 pacientes con Alzheimer grave seguidos durante seis meses después de la operación. Los investigadores encontraron una mejoría cognitiva modesta, algunos cambios conductuales y variaciones en los biomarcadores de beta-amiloide y tau. No hubo muertes ni complicaciones quirúrgicas graves.

Los resultados justifican continuar investigando, pero no demuestran eficacia. Todos los participantes fueron operados y no existía un grupo de control. Sólo 95 completaron la evaluación de seis meses y los biomarcadores se midieron en grupos menores. Algunos cambios aparecieron apenas 48 horas después de la intervención, cuando la anestesia, la inflamación y el estrés quirúrgico podían alterar las mediciones.

Para averiguar si la operación elimina realmente proteínas del cerebro no basta con medirlas en la sangre o en el líquido cefalorraquídeo. La tomografía por emisión de positrones —PET, por sus siglas en inglés— permite observar su distribución dentro del encéfalo. Para ello se administran trazadores radiactivos que se unen selectivamente a las placas de beta-amiloide o a los agregados de tau; cada una de esas dos proteínas requiere un trazador diferente. Al comparar las imágenes obtenidas antes y después de la intervención puede estimarse si los depósitos han disminuido y en qué regiones. La PET tampoco demuestra por sí sola que mejore la función cerebral, pero proporcionaría una prueba mucho más directa de la supuesta «limpieza» que una variación pasajera de los biomarcadores sanguíneos.

En 2026 ya se habían registrado ensayos aleatorizados destinados a comparar la operación más donepezilo con el tratamiento farmacológico convencional. Deberán demostrar que las anastomosis permanecen abiertas, medir si aumenta realmente el drenaje cerebral, utilizar PET para comprobar la evolución de los depósitos de beta-amiloide y tau y seguir a los pacientes durante años.

Es posible que Xie viera en aquel cuello algo que los demás no habían sabido ver. También es posible que confundiera una coincidencia con una causa. La hipótesis no es absurda: el cerebro posee vías de drenaje que se deterioran con la edad y cuya alteración puede contribuir a la acumulación de proteínas. Lo que continúa sin demostrarse es que una derivación realizada en el cuello baste para limpiar el tejido cerebral y recuperar la función perdida.

La supermicrocirugía permite unir vasos de tres décimas de milímetro. Lo que todavía no ha conseguido unir de manera convincente es una mejor evacuación linfática del cuello con la recuperación de la memoria. Entre ambas cosas queda una distancia diminuta bajo el microscopio y enorme en la ciencia.

UN VIAJE A TRAVÉS DE LAS CAPAS CEREBRALES

 

El cerebro dirige nuestros movimientos, interpreta cuanto percibimos, conserva los recuerdos y hace posible el lenguaje, la atención y el pensamiento. Sin embargo, se trata de un órgano extremadamente blando y vulnerable. Su protección no depende de una única envoltura, sino de una sucesión de tejidos, huesos, membranas y líquidos que se extiende desde el cabello hasta la superficie cerebral.

El recorrido comienza con el cabello, que no constituye propiamente una capa anatómica. Los pelos nacen en folículos incluidos en la piel y proporcionan una protección modesta frente a la radiación solar, las pequeñas rozaduras y la pérdida de calor.

Debajo aparece la piel del cuero cabelludo, relativamente gruesa, muy vascularizada y provista de abundantes folículos pilosos, glándulas sebáceas y glándulas sudoríparas. Forma la primera barrera verdadera frente a los traumatismos leves, los agentes químicos y los microorganismos.

La sigue una capa de tejido conectivo denso subcutáneo, rica en grasa, vasos sanguíneos y nervios. La grasa amortigua los golpes y contribuye al aislamiento térmico. Los vasos permanecen firmemente sujetos por las fibras conjuntivas y por eso, cuando se cortan, no se retraen con facilidad: una herida del cuero cabelludo puede sangrar de forma sorprendentemente abundante.

Más profundamente se encuentra la galea aponeurótica, una resistente lámina fibrosa que une los músculos frontal y occipital. Junto con la piel y el tejido subcutáneo forma una cubierta relativamente móvil, pero firme, que distribuye las fuerzas ejercidas sobre la cabeza y permite desplazar el cuero cabelludo.

Bajo la galea se extiende el tejido conectivo areolar laxo. Sus fibras poco compactas permiten que las capas superficiales se deslicen sobre el cráneo. Esa movilidad resulta útil para absorber y repartir algunas fuerzas, pero tiene una contrapartida: la sangre o una infección pueden extenderse con facilidad por este plano. Sus venas emisarias comunican con vasos situados en el interior del cráneo, razón por la cual tradicionalmente se lo denomina «zona peligrosa» del cuero cabelludo.

La última capa del cuero cabelludo es el pericráneo, nombre que recibe el periostio que recubre externamente los huesos craneales. Es una membrana resistente, vascularizada y adherida al hueso, especialmente en las suturas. Participa en su nutrición, reparación y crecimiento. Estas cinco capas —piel, tejido conectivo denso, galea, tejido areolar laxo y pericráneo— forman el cuero cabelludo propiamente dicho, resumido en anatomía mediante el acrónimo inglés SCALP.

A continuación aparece el cráneo, la gran defensa mecánica del encéfalo. Los huesos de la bóveda craneal presentan una tabla externa compacta, una zona intermedia de hueso esponjoso llamada diploe y una tabla interna también compacta. Esta construcción combina resistencia y una relativa ligereza. El cráneo evita deformaciones del encéfalo y reparte la energía de muchos impactos, aunque su rigidez plantea un inconveniente: si se produce una hemorragia o un edema, el tejido cerebral no dispone de espacio para expandirse y aumenta la presión intracraneal.

Pegada a la cara interna del cráneo se encuentra la duramadre, la más externa, gruesa y resistente de las tres meninges. En el interior del cráneo posee una capa perióstica, adherida al hueso, y otra meníngea. Esta última forma tabiques, como la hoz del cerebro y la tienda del cerebelo, que sostienen el encéfalo y limitan sus desplazamientos. Entre ambas capas discurren los senos venosos durales, encargados de recoger la sangre cerebral.

El llamado espacio epidural craneal, situado entre el hueso y la duramadre, no es un espacio abierto en condiciones normales: ambas estructuras permanecen unidas. Por eso se considera un espacio potencial. Puede aparecer cuando un traumatismo rompe un vaso —a menudo una arteria meníngea— y la sangre separa la duramadre del cráneo, originando un hematoma epidural.

Entre la duramadre y la siguiente meninge se encuentra el espacio subdural, también potencial y omitido en la figura. Solo se abre cuando se acumula líquido o sangre, generalmente tras la rotura de las venas que atraviesan la zona para desembocar en los senos durales. Así se forma el hematoma subdural, especialmente frecuente después de traumatismos y en personas mayores.

La aracnoides es una membrana fina, translúcida y prácticamente desprovista de vasos. No penetra en los surcos cerebrales, sino que pasa por encima de ellos como una cubierta. Recibe su nombre de las delicadas trabéculas que parten de ella y le dan un aspecto semejante al de una telaraña. Sus granulaciones intervienen en el retorno del líquido cefalorraquídeo a la circulación venosa.

Bajo ella se abre el espacio subaracnoideo, que, a diferencia de los dos anteriores, es un espacio real. Contiene líquido cefalorraquídeo, trabéculas aracnoideas y los principales vasos que irrigan el cerebro. El líquido mantiene el encéfalo en una especie de flotación, reduce enormemente su peso efectivo y amortigua movimientos y golpes. También ayuda a mantener estable el medio químico y participa en la eliminación de productos de desecho. En algunos lugares, el espacio se ensancha formando cisternas.

La piamadre es la meninge más interna: una membrana muy fina y vascularizada que se adhiere íntimamente a la superficie cerebral. A diferencia de la aracnoides, acompaña todas las circunvoluciones y penetra en cada surco. Envuelve los vasos cuando estos abandonan el espacio subaracnoideo y se introducen en el tejido nervioso, contribuyendo a sostener y proteger la delicada superficie del encéfalo.

Finalmente llegamos a la corteza cerebral. Ya no es una cubierta protectora, sino el propio tejido nervioso que todo el sistema anterior protege. Se trata de una capa de sustancia gris de apenas unos milímetros de grosor, formada por cuerpos neuronales, dendritas, sinapsis, axones y células gliales. Debajo se encuentra la sustancia blanca, compuesta principalmente por fibras nerviosas mielinizadas que conectan distintas regiones.

La corteza se pliega formando circunvoluciones o giros, separados por surcos. Este plegamiento permite alojar una superficie cortical mucho mayor sin aumentar excesivamente el volumen del cráneo y, con ella, un número enorme de neuronas y conexiones. Sus distintas regiones intervienen en la percepción sensorial, el control del movimiento, el lenguaje, la memoria, la atención, la planificación, las emociones y el pensamiento consciente.

Desde el cabello hasta las neuronas, por tanto, no existe una simple sucesión de envoltorios. Cada estrato cumple una tarea distinta: la piel aísla, el tejido conectivo amortigua, la galea da consistencia, el plano areolar proporciona movilidad, el pericráneo nutre al hueso, el cráneo resiste los impactos, las meninges sostienen y compartimentan, y el líquido cefalorraquídeo mantiene el encéfalo suspendido. En el centro de todo se encuentra la corteza cerebral, una lámina extraordinariamente compleja protegida por una arquitectura construida, literalmente, capa sobre capa.

sábado, 29 de agosto de 2026

LA COMIDA QUE NO QUIEREN QUE DEJEMOS DE COMER

 

¿Alguna vez se ha sentido adicto a la comida? No a toda, claro. Nadie se levanta de madrugada incapaz de pensar en otra cosa que no sea un plato de acelgas hervidas. La tentación suele tener otra forma: una bolsa de patatas fritas, una tableta de chocolate, una pizza, unas galletas o ese helado que uno pensaba probar a cucharadas y acaba desapareciendo misteriosamente mientras ve la televisión.

Es lo que llamamos «comida basura», una expresión poco científica pero bastante elocuente. Designa alimentos que ofrecen muchas calorías, una recompensa sensorial inmediata y, con frecuencia, poca fibra, vitaminas, minerales o compuestos vegetales beneficiosos. Su principal virtud comercial es que saben bien. Tan bien que activan los mecanismos cerebrales que nos impulsan a repetir la experiencia: una cucharada más, y luego otra, hasta que el paquete vacío pone fin a la discusión.

El concepto de «adicción a la comida» no es nuevo. Apareció en la literatura científica en 1956, cuando el alergólogo estadounidense Theron G. Randolph publicó un artículo científico en el que aplicó el término a alimentos tan diversos como el maíz, el trigo, el café, la leche, los huevos y las patatas, a los que atribuía reacciones comparables a las observadas en otras dependencias. Su interpretación mezclaba alergia, adaptación fisiológica y conducta compulsiva y está muy alejada de la concepción actual, pero tuvo el mérito de plantear la cuestión.

Hoy las sospechas no recaen sobre los huevos o el trigo, sino sobre ciertos alimentos elaborados industrialmente, ricos en hidratos de carbono refinados, grasas añadidas, azúcar o sal y diseñados para resultar extremadamente apetecibles. Algunos investigadores prefieren llamarlos «altamente procesados»; otros, «hiperpalatables»; y otros los incluyen dentro de la categoría más amplia de los ultraprocesados. Los tres términos se solapan, pero no significan exactamente lo mismo.

«Comida basura» es una denominación coloquial basada en la mala calidad nutricional. «Ultraprocesado», en cambio, es una categoría técnica del sistema NOVA, creado por investigadores de la Universidad de São Paulo, que clasifica los alimentos según la naturaleza, intensidad y finalidad de su procesamiento. Su cuarta categoría reúne los ultraprocesados: formulaciones industriales elaboradas con ingredientes refinados o modificados y aditivos producidos principalmente con sustancias extraídas o derivadas de alimentos —aceites refinados, almidones, aislados proteicos o azúcares— y aditivos destinados a conservarla o modificar su color, sabor, aroma y textura.

Muchas comidas basura son ultraprocesadas: refrescos, chocolatinas, patatas de bolsa, cereales azucarados, bollería industrial y buena parte de los platos preparados. Pero ambas categorías no coinciden por completo. Un cereal integral enriquecido, una bebida vegetal, un yogur de sabores o determinadas fórmulas infantiles pueden ser ultraprocesados sin merecer necesariamente el nombre de basura. Por el contrario, unas patatas fritas en casa, unas galletas artesanas o una tarta casera pueden ser nutricionalmente deplorables sin pertenecer a la categoría industrial NOVA 4. Y, como ya expliqué al hablar de los helados y los ultraprocesados, tampoco todo procesamiento es perjudicial: el aceite de oliva, el queso, las legumbres en conserva y las verduras congeladas son productos procesados perfectamente compatibles con una alimentación saludable.

La palabra «adicción» exige todavía más cuidado. La adicción a la comida no figura como diagnóstico independiente en los principales manuales psiquiátricos. Sin embargo, algunas personas muestran ante ciertos alimentos una conducta parecida a la observada en los trastornos por consumo de sustancias: deseo intenso, pérdida de control, intentos fallidos de reducir el consumo y persistencia a pesar de conocer sus consecuencias.

La Escala de Adicción a la Comida de Yale, creada en 2009, trasladó a la alimentación varios criterios utilizados para diagnosticar las adicciones. A partir de numerosos estudios realizados con esta herramienta se ha estimado que aproximadamente el 14% de los adultos y el 12% de los niños presentan conductas alimentarias de tipo adictivo. Son cifras considerables, aunque deben interpretarse con prudencia: proceden de cuestionarios y no equivalen a un diagnóstico clínico universalmente aceptado. Un análisis publicado en 2023 en The BMJ sostienen que algunos ultraprocesados ricos en hidratos refinados y grasas añadidas pueden desencadenar patrones de consumo que cumplen varios criterios propios de una adicción.

La comida, además, sí actúa sobre el cerebro. Afirmar que no modifica su actividad ni provoca liberación de dopamina sería incorrecto. Comer es imprescindible para sobrevivir y la evolución se ha encargado de que resulte gratificante. Un estudio realizado mediante tomografía por emisión de positrones mostró que la ingestión de alimentos produce dos oleadas de actividad dopaminérgica: una asociada al sabor y otra, más tardía, a las señales que llegan desde el aparato digestivo. La intensidad de algunas de esas respuestas se relaciona con lo agradable que resulta la comida.

Eso no significa que un helado actúe igual que la cocaína. Las drogas introducen en el organismo sustancias capaces de alterar directamente la neurotransmisión y, por lo general, producen efectos más rápidos e intensos. La comida activa circuitos de recompensa creados precisamente para estimular la alimentación. La cuestión es si la tecnología industrial ha aprendido a explotar esos circuitos hasta provocar, en determinadas personas, una conducta compulsiva comparable en algunos aspectos a una dependencia.

La hipótesis resulta verosímil. La fruta ofrece azúcar, pero también agua, fibra y una estructura celular que ralentiza su ingestión y absorción. Los frutos secos contienen grasa, pero encerrada en tejidos que exigen masticación. En la naturaleza es poco frecuente encontrar grandes cantidades de grasa, azúcar, almidón refinado y sal reunidas en un alimento blando, concentrado, de absorción rápida y que casi no requiere esfuerzo para ser ingerido. La industria puede fabricarlo.

No existe un único «punto de placer» válido para todos los productos, pero sí una formulación sistemática de combinaciones capaces de potenciarse entre ellas. Tera Fazzino y sus colaboradores propusieron una definición cuantitativa de alimento hiperpalatable basada en tres combinaciones: grasa y sodio, grasa y azúcares simples, o hidratos de carbono y sodio. Al aplicarla a una gran base de datos estadounidense, comprobaron que el 62% de los alimentos examinados cumplía al menos uno de esos criterios.

La textura también importa. Los ultraprocesados suelen ser blandos, crujientes o solubles, con poca fibra y escasa resistencia a la masticación. Se comen deprisa y permiten ingerir muchas calorías antes de que las señales de saciedad tengan tiempo de imponer cordura. En el experimento controlado de Kevin Hall y sus colaboradores, veinte voluntarios recibieron durante dos semanas una dieta ultraprocesada y durante otras dos una dieta mínimamente procesada. Aunque las comidas ofrecidas estaban equiparadas en calorías, azúcar, grasa, fibra y macronutrientes, los participantes podían comer cuanto quisieran. Con la dieta ultraprocesada consumieron unas 500 kilocalorías diarias adicionales, comieron más deprisa y ganaron cerca de 0,9 kilos; durante la dieta no procesada perdieron una cantidad equivalente.

La sal contribuye al problema sin aportar una sola caloría. Combinada con grasas y almidones refinados hace mucho más atractivos aperitivos, pizzas y platos preparados. Como señalé en un artículo anterior sobre el exceso de sal, el sodio no solo favorece la hipertensión: también puede alterar el microbioma intestinal y participa en combinaciones hiperpalatables que estimulan el picoteo y facilitan la sobreingesta.

La comparación con la industria tabacalera no es solo una metáfora. Philip Morris y R. J. Reynolds adquirieron durante las últimas décadas del siglo XX grandes empresas alimentarias, entre ellas Kraft y Nabisco. Un estudio publicado en 2024 en una revista científica que lleva el significativo título de Adiction, examinó los productos comercializados entre 1988 y 2001 y descubrió que los pertenecientes a compañías controladas por la industria tabaquera tenían un 29% más de probabilidades de combinar grasa y sodio y un 80 % más de combinar hidratos de carbono y sodio en proporciones hiperpalatables que los productos de otras empresas. Los autores no demostraron que las tabaqueras inventaran la comida basura, pero sí que contribuyeron de manera selectiva a difundir productos formulados para estimular su consumo.

Conviene, no obstante, evitar la conclusión fácil de que todo ultraprocesado es adictivo o de que el procesamiento industrial, por sí solo, secuestra el cerebro. El estudio de Finlayson y colaboradores que hemos comentado muestra que, una vez consideradas la densidad energética, la fibra, las grasas, los hidratos de carbono y las percepciones del consumidor, la categoría de ultraprocesado solo añadía entre un cero y un siete por ciento a la explicación de cuánto gustaba un alimento o cuánto se creía que podía inducir a comer en exceso. Su diseño se basaba en fotografías y respuestas declaradas, no en consumo real, pero obliga a matizar el relato: quizá el problema no sea una misteriosa propiedad del «ultraprocesamiento», sino el modo en que algunos productos concentran calorías, aceleran la ingestión, retrasan la saciedad y combinan estímulos que rara vez aparecen juntos en la naturaleza.

Por eso, afirmar que los ultraprocesados son «tan adictivos como la heroína» sería científicamente excesivo. Pero también lo sería reducir su consumo a una cuestión de voluntad. Algunos productos han sido formulados, probados y comercializados para que resulte difícil dejar de comerlos. Y cuando el consumidor es un niño, rodeado de anuncios, personajes de dibujos animados y paquetes de colores, hablar de libertad de elección empieza a sonar tan convincente como cuando las tabaqueras defendían que fumar era simplemente una decisión personal.

REFUGIADOS E INVASORES: EL COLOR DE LA HOSPITALIDAD

 

En febrero de 2022, cuando los carros de combate rusos entraron en Ucrania, millones de personas comenzaron a huir hacia el oeste. España reaccionó como cabía esperar de un país razonablemente civilizado. Se abrieron centros de recepción, se habilitaron alojamientos, se escolarizó a los menores y se concedieron permisos de residencia y trabajo. Las comunidades autónomas, gobernadas por partidos de todos los colores, ofrecieron plazas sin que sus presidentes advirtieran de la desaparición de España, la sustitución de su población o el derrumbe de nuestra cultura.

Hasta febrero de 2026, más de 264 000 desplazados de Ucrania habían recibido protección temporal en nuestro país. Llegaron a ser muchos más que los extranjeros que entraron en Ceuta a finales de julio, pero nunca fueron presentados como una amenaza para la integridad territorial. Eran refugiados. Personas que escapaban de una guerra. Familias necesitadas de ayuda.

En Ceuta, en cambio, se impuso otro vocabulario. Los que llegaban ya no eran refugiados ni personas, sino una avalancha, una invasión o una masa. No huían ni buscaban una vida mejor: asaltaban España. No necesitaban protección: amenazaban nuestra soberanía. La diferencia no reside solamente en las circunstancias de ambas llegadas. También está en el origen, el color de la piel, la religión y la posición social de quienes protagonizaron cada movimiento.

Conviene comenzar reconociendo lo evidente. Lo ocurrido en Ceuta fue una emergencia extraordinaria. Las estimaciones iniciales oscilaron entre 50 000 y más de 70 000 entradas en unas horas. No todos eran marroquíes: también había numerosos migrantes subsaharianos. La mayoría regresó o fue devuelta rápidamente y Reuters calculaba pocos días después que permanecían entre 3 000 y 5 000. Pero concentrar decenas de miles de personas en una ciudad de 84 000 habitantes y apenas 18,5 kilómetros cuadrados desborda cualquier capacidad asistencial.

Hubo muertes, hacinamiento, alteraciones del orden, falta de alojamiento y una frontera sobrepasada. Era imprescindible movilizar policías, sanitarios, servicios sociales y medios militares. El Ejército no fue enviado necesariamente a combatir una invasión: proporcionó vigilancia, alojamientos, suministros y capacidad logística. Una emergencia real exige medios extraordinarios. Hasta aquí, poco hay que discutir.

El problema comienza cuando una crisis fronteriza se convierte en una narración bélica y las personas son transformadas en un ejército enemigo. Vox habló de «verdadera invasión», pidió el cierre de la frontera, la intervención militar y expulsiones colectivas. Algunos de sus dirigentes extendieron sus acusaciones a las organizaciones humanitarias, como si asistir a seres humanos heridos o hambrientos equivaliera a colaborar con el enemigo. El PP utilizó un lenguaje menos homogéneo, pero varios de sus dirigentes asumieron conceptos similares y propusieron devoluciones automáticas que la Fiscalía recordó que no son legalmente posibles, especialmente cuando afectan a menores.

La comparación europea ayuda a recuperar cierta perspectiva. Hasta la irrupción extraordinaria de Ceuta, España ni siquiera era el principal punto de entrada irregular en la Unión Europea. Según Frontex, durante los siete primeros meses de 2026 las rutas marítimas españolas habían registrado unas 13 300 detecciones, frente a más de 16 400 en el Mediterráneo central, dirigido principalmente hacia Italia, y más de 20 200 en el Mediterráneo oriental, cuyo destino principal era Grecia. Grecia e Italia acumulaban juntas casi tres veces más llegadas marítimas que España sin que nadie afirmara que la integridad territorial de ambos países hubiera desaparecido. Frontex advierte, eso sí, que su balance no incorporaba todavía el episodio de Ceuta.

El panorama general es claro: la llegada irregular de inmigrantes por mar forma parte de una realidad europea persistente. Italia y Grecia la soportan desde hace años en proporciones superiores a las españolas. Se habla de control fronterizo, acogida, devoluciones y solidaridad comunitaria, pero no siempre se presenta cada desembarco como una operación contra la soberanía nacional.

La diferencia con los ucranianos es aún más reveladora. España activó para ellos la protección temporal europea, una vía excepcional que les concedía desde el primer momento residencia, permiso de trabajo, sanidad, ayudas y escolarización. Se ampliaron en más de 21 000 las plazas de acogida y las comunidades autónomas ofrecieron espacios para unas 15 000 personas. Según el Gobierno, el esfuerzo público superó los 1 500 millones de euros durante los primeros años.

Todo eso fue correcto. Lo significativo es que casi nadie preguntara obsesivamente cuánto costaba cada ucraniano, qué delitos podrían cometer o si resultaban culturalmente compatibles con nosotros. Tampoco se exigió que demostraran individualmente su condición de buenas personas antes de recibir ayuda. Se los consideró merecedores de protección y después se organizó el procedimiento jurídico para concedérsela.

Los africanos encuentran el proceso inverso. Como apenas existen vías legales para que un joven marroquí, senegalés o maliense pueda solicitar entrada, muchos llegan irregularmente. Esa irregularidad, creada en buena medida por la ausencia de alternativas, se utiliza después como prueba de su peligrosidad. Los ucranianos fueron regulares porque Europa decidió regularizarlos inmediatamente; los africanos son llamados «ilegales» porque Europa ha decidido no ofrecerles una puerta equivalente.

También influye el perfil demográfico. Entre los desplazados ucranianos predominaban mujeres, menores y personas mayores, pues muchos hombres en edad militar no podían abandonar el país. Entre quienes cruzaron a Ceuta había numerosos varones jóvenes. Un grupo de madres con niños despierta compasión; una multitud de hombres jóvenes provoca inquietud. La diferencia psicológica es comprensible, pero no autoriza a convertir una percepción en una condena colectiva. Ser joven, varón, pobre y musulmán no constituye delito ni demuestra una intención invasora.

El contraste aparece igualmente en el reparto territorial. Las comunidades autónomas aceptaron sin grandes conflictos a miles de ucranianos. Cuando se propone distribuir a unos pocos centenares de menores extranjeros llegados a Canarias o Ceuta, comienzan los recursos judiciales, las negativas, las cuentas sobre capacidades supuestamente agotadas y las advertencias sobre efectos llamada. Algunas administraciones que exhibieron orgullosamente su solidaridad con Ucrania consideran ahora insoportable recibir a unas decenas de adolescentes africanos.

Esa diferencia tiene un nombre: xenofobia selectiva. No consiste necesariamente en odiar a cualquier extranjero. De hecho, el xenófobo moderno suele poner como prueba de su tolerancia precisamente a los extranjeros que acepta. Se recibe con los brazos abiertos al europeo blanco, cristiano y culturalmente próximo mientras se presenta al africano o al musulmán como una amenaza demográfica. La hospitalidad queda condicionada por el parecido del recién llegado con quien abre la puerta.

No se trata de negar las diferencias jurídicas ni logísticas. Los ucranianos huían de una guerra reconocida; quienes entraron en Ceuta formaban un grupo heterogéneo de refugiados potenciales, migrantes económicos y personas movilizadas por rumores o redes. Los primeros llegaron gradualmente y se distribuyeron por todo el país; los segundos irrumpieron en unas horas en un territorio diminuto. Estas circunstancias explican por qué Ceuta sufrió una crisis inmediata. No explican que unos fueran recibidos como víctimas y otros descritos colectivamente como invasores.

Un Estado tiene derecho a controlar sus fronteras, identificar a quienes entran, examinar las solicitudes de asilo y devolver a quienes no tienen derecho a permanecer, siempre con garantías legales. Nada de eso es xenófobo. Sí lo es asociar inmigración y delincuencia sin pruebas, atribuir intenciones militares a civiles desarmados, negar protección a los menores por su nacionalidad o reclamar para los africanos un trato que nunca aceptaríamos si se aplicara a los ucranianos.

La pregunta más perturbadora no es por qué España acogió a quienes huían de Ucrania. Hizo bien. La pregunta es por qué aquella generosidad, que demostró nuestra enorme capacidad de acogida, parece evaporarse cuando quienes llaman a la puerta tienen la piel más oscura, rezan de otra manera y proceden del sur. La crisis de Ceuta puso a prueba nuestras fronteras durante unas horas. El lenguaje con el que hemos hablado de quienes las cruzaron está poniendo a prueba algo bastante más duradero: la idea que tenemos de nosotros mismos.

viernes, 28 de agosto de 2026

EL BARRO QUE NO VEMOS: CUÁNTA CAPACIDAD HAN PERDIDO LOS EMBALSES ESPAÑOLES

 

Un embalse puede parecer lleno y, sin embargo, no estarlo. Puede alcanzar la cota que figura en los mapas, cubrir las mismas orillas y ofrecer desde la carretera esa tranquilizadora extensión de agua azul que tanto gusta fotografiar a los políticos durante las sequías. Pero bajo la superficie puede esconder varios metros de arena, limo y arcilla. El agua llega y se marcha; el barro se queda.

Un estudio publicado en agosto de 2026 en Nature Communications ha puesto cifras a ese envejecimiento invisible. Abigail C. Eckland y sus colaboradores analizaron 57 117 embalses de Estados Unidos y calcularon que en 2025 contenían 63,8 kilómetros cúbicos de sedimentos. En términos de masa, unos 61 300 millones de toneladas. Todo ese material ocupa un espacio que antes estaba disponible para almacenar agua.

La pérdida conjunta representa el 7,7% de la capacidad original estadounidense, pero el promedio disimula una situación muy desigual. La pérdida mediana de cada embalse alcanza el 20% y 24 407 instalaciones —el 43% de las estudiadas— han perdido más de una cuarta parte de su capacidad. Los grandes embalses, que concentran buena parte del volumen nacional, se conservan relativamente mejor y rebajan el promedio. Miles de pequeñas presas antiguas se encuentran, en cambio, mucho más colmatadas. Para 2050, los autores proyectan que los sedimentos ocuparán 83 kilómetros cúbicos, equivalentes al 10% de la capacidad inicial.

El estudio se titula emplea un modelo denominado RATTES. La idea general es sencilla, aunque su desarrollo matemático no lo sea tanto. Los investigadores reunieron mediciones de sedimentación de 904 embalses y las utilizaron para averiguar qué variables explicaban mejor la velocidad con la que se llenaban de materiales. Entre ellas se encuentran la superficie de la cuenca que aporta sedimentos, el caudal, la capacidad del embalse, su edad y la eficiencia con la que la presa retiene las partículas transportadas por el río.

RATTES incorpora, además, algo que otros modelos suelen pasar por alto: las presas no funcionan aisladamente. Una presa situada aguas arriba retiene parte de los sedimentos que, de otro modo, terminarían en el siguiente embalse. La construcción o retirada de una presa modifica, por tanto, la cantidad de cuenca que continúa aportando materiales a las instalaciones situadas aguas abajo. El modelo reconstruye esa red y calcula cómo varían con el tiempo la capacidad y la eficiencia de retención. Tanto el código completo de RATTES como las estimaciones de sedimentación y pérdida de capacidad para Estados Unidos han sido publicados por sus autores.

¿Podría hacerse algo semejante en España? Una reproducción completa de RATTES exigiría disponer de una red nacional homogénea de batimetrías, aportaciones, características de las cuencas y conexiones entre todas las presas. No tenemos todavía esa información con el grado de detalle estadounidense. Sí contamos, sin embargo, con datos suficientes para elaborar una primera estimación modelizada inspirada en su planteamiento: utilizar observaciones españolas para calibrar tasas por cuencas, distribuirlas después entre las presas según su antigüedad y comparar el resultado con el obtenido en Estados Unidos.

Para ello he utilizado el Inventario de Presas Españolas de la Sociedad Española de Presas y Embalses, que recoge 1 226 presas con su nombre, vertiente hidrográfica, capacidad y año de terminación. Como comprobación adicional he consultado el Inventario de Presas y Embalses del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, que reúne información técnica, geográfica y administrativa sobre estas infraestructuras.

La suma bruta de las capacidades del inventario técnico supera los 60 000 hectómetros cúbicos, porque un inventario de presas no coincide exactamente con un inventario de vasos: puede haber diques auxiliares, capacidades repetidas e infraestructuras que no forman parte del sistema utilizado para calcular las reservas nacionales. Por eso he conciliado esos datos con los 56 039 hectómetros cúbicos de capacidad máxima que emplea actualmente el Ministerio. Esta cifra procede de la revisión efectuada al comienzo del año hidrológico 2023-2024, cuando se incorporaron dos nuevos embalses y se actualizaron las capacidades de otros quince después de realizar trabajos batimétricos, según explica el informe de seguimiento de la sequía y la escasez del MITECO.

La fuente fundamental para calibrar comparativamente el modelo ha sido el trabajo de Rafael Cobo, investigador del Centro de Estudios Hidrográficos del CEDEX, publicado en 2008 en Ingeniería del Agua con el título «Los sedimentos de los embalses españoles». Cobo reunió información de 121 embalses españoles, aunque finalmente utilizó 109 porque en algunos casos las antiguas mediciones de capacidad eran demasiado imprecisas. Los embalses estudiados sumaban 17 000 hectómetros cúbicos y sus cuencas ocupaban aproximadamente el 45% del territorio nacional.

A partir de las batimetrías y de la diferencia entre la capacidad original y la observada, Cobo calculó tasas de aterramiento para las principales cuencas. Estimó que en 2003 los embalses españoles habían perdido 4 335 hectómetros cúbicos, un 8,4% de la capacidad considerada. Si las tasas se mantenían, en 2025 la pérdida alcanzaría 6 384 hectómetros cúbicos, el 12,4%, y en 2050 llegaría a 8 843, el 17,1%.

Mi modelización parte de esas tasas por cuenca, pero no se limita a multiplicar toda España por un único porcentaje. Cada presa recibe una tasa anual correspondiente a su vertiente y la pérdida se calcula teniendo en cuenta su edad. Las capacidades se ajustan después para que su suma coincida con los 56 039 hectómetros cúbicos oficiales. En el norte, Galicia y los archipiélagos, donde la muestra de Cobo no permitía obtener una tasa suficientemente representativa, hemos utilizado provisionalmente como referencia el 7,7% calculado por el estudio estadounidense basado en RATTES.

El resultado central indica que los embalses españoles podrían contener en 2026 unos 6 738 hectómetros cúbicos de sedimentos. Representan aproximadamente el 12% de su capacidad nominal. Dicho de otra manera, aunque oficialmente podamos almacenar 56 039 hectómetros cúbicos, la capacidad efectiva se situaría alrededor de 49 300. Son casi 6,8 kilómetros cúbicos de barro, arena y grava ocupando el lugar en el que creemos que cabe agua.

Como toda estimación modelizada, el resultado debe expresarse con una horquilla. En un escenario bajo, la pérdida sería de unos 4 717 hectómetros cúbicos, el 8,4% de la capacidad. En el escenario alto alcanzaría 8 760 hectómetros cúbicos, el 15,6%. Esta horquilla no constituye un intervalo de confianza estadístico, sino dos escenarios obtenidos reduciendo o aumentando en un 30% las tasas centrales. La estimación no pretende sustituir las batimetrías: indica el orden de magnitud más verosímil con la información disponible y permite señalar dónde convendría medir primero.

Las diferencias entre cuencas son considerables. El Guadiana aparece con unos 1 567 hectómetros cúbicos de sedimentos y una pérdida cercana al 19,5%. El Ebro habría acumulado alrededor de 1 542 hectómetros cúbicos y perdido el 17,3%. En el conjunto del Guadalquivir y la vertiente atlántica andaluzael modelo ha estimado unos 1376 hectómetros cúbicos, equivalentes al 12,8%. El Duero se situaría en torno a 673; el Tajo, en 601; el Júcar, en 272; y el Segura, en 136.

El modelo identifica además unas 99 presas cuya pérdida podría superar el 25% de la capacidad original. No significa que haya medido directamente esa reducción en todas ellas. Significa que, por su edad y por la tasa calculada para su cuenca, constituyen candidatas prioritarias para realizar levantamientos batimétricos. Confundir una predicción con una medición sería tan incorrecto como ignorar la predicción hasta que las tomas de agua empiecen a atascarse.

La coincidencia con el precedente del CEDEX resulta tranquilizadora y preocupante al mismo tiempo. Cobo proyectó una pérdida del 12,4% para 2025. El modelo que he empleado, que redistribuye las tasas entre más de mil presas y reconcilia las capacidades con el inventario actual, obtiene un 12%. Dos aproximaciones distintas conducen prácticamente al mismo lugar. Para 2050, mi proyección alcanza 9 631 hectómetros cúbicos, el 17,2%, casi exactamente el porcentaje previsto por Cobo.

Hay que recordar, por último, que los sedimentos no desaparecen: están en el lugar equivocado. Antes de levantarse las presas, una parte viajaba río abajo, renovaba las riberas, alimentaba humedales y terminaba en estuarios y deltas. Su retención reduce la capacidad de los embalses y priva de materiales a las costas. La Confederación Hidrográfica del Ebro reconoce la alteración del transporte de sedimentos como uno de los grandes problemas del sistema fluvial, y el delta constituye el ejemplo español más evidente de una llanura que se hunde y retrocede mientras millones de toneladas permanecen atrapadas aguas arriba.

Durante las sequías discutimos con extraordinaria precisión si los embalses se encuentran al 37,2 o al 38,1%. La primera pregunta debería ser otra: ¿el porcentaje de qué capacidad? Porque es posible que llevemos décadas calculando con minuciosidad cuánta agua hay en unos recipientes cuyo tamaño real desconocemos. Bajo el agua, mientras tanto, el barro continúa haciendo su trabajo con una paciencia admirable.

jueves, 27 de agosto de 2026

LA MONTAÑA QUE SE CONVIRTIÓ EN RÍO: LA GRAN RIADA DE NEPAL

 


A las 8:37 de la mañana del miércoles, los sismógrafos registraron una sacudida en la frontera entre Nepal y el Tíbet. La primera explicación parecía lógica: un terremoto. El Servicio Geológico de Estados Unidos llegó a catalogar el fenómeno como un seísmo de magnitud 4,4. En una región donde la India lleva millones de años empujando contra Asia y levantando el Himalaya, que la tierra tiemble no constituye precisamente una extravagancia geológica.

Pero esta vez no había temblado la corteza terrestre. Había caído una montaña. Las imágenes obtenidas por satélite mostraron después que una enorme sección de un glaciar, de unos 600 metros de anchura y aproximadamente 0,2 kilómetros cuadrados de superficie, se había desprendido a unos 5 200 metros de altitud. La masa de hielo y roca cayó casi 1 200 metros hasta el fondo del valle. Para hacerse una idea, equivale a dejar caer una parte considerable de la montaña desde una altura casi cuatro veces mayor que la torre Eiffel.

El impacto fue tan violento que produjo una señal sísmica equivalente a la de un terremoto de magnitud 5,2. No era la tierra la que había puesto en movimiento la montaña: era la montaña en movimiento la que había hecho temblar la tierra. Los sensores registraron primero el descenso repentino de una masa gigantesca y, poco después, la señal correspondiente a una inundación. La secuencia permitió a los geólogos reconstruir el comienzo de la catástrofe casi como si dispusieran de la grabación sonora de un crimen.

Daniel Shugar, geomorfólogo de la Universidad de Calgary y uno de los primeros científicos que examinó la simágenes, describió el lugar del impacto como un paisaje sobre el que hubiera estallado una bomba. La comparación no parece exagerada. Durante la caída, la energía potencial acumulada por millones de toneladas de hielo y roca se transformó en velocidad, calor, fracturación y presión. El hielo se pulverizó, las rocas se hicieron añicos y toda aquella masa incorporó agua, barro y sedimentos hasta convertirse en una corriente extraordinariamente móvil.

Todavía no se conoce con precisión toda la cadena de acontecimientos. Los científicos saben que se produjo un derrumbe glaciar de dimensiones excepcionales, pero la cantidad de agua que apareció en el valle obliga a considerar otros procesos. Es posible que la avalancha fundiera parte del hielo por fricción y por la enorme energía del impacto; también pudo incorporar agua almacenada bajo el glaciar o represar temporalmente el río Lhende Khola, un afluente del Bhote Koshi. Al romperse aquel tapón improvisado, el agua acumulada habría sido liberada de golpe. Probablemente no hubo una sola causa, sino una sucesión de ellas, cada una empeorando la anterior.

Eso es lo que convierte estas catástrofes en fenómenos especialmente difíciles de prever. Una avalancha puede transformarse en deslizamiento; el deslizamiento, en presa; la presa, en embalse, y el embalse, al romperse, en una ola de agua, lodo, bloques de hielo y rocas. Cuando la corriente llega a las poblaciones situadas aguas abajo ya no se parece a un río desbordado, sino a una pared en movimiento.

Además, no estaba lloviendo. Las riadas ordinarias suelen venir precedidas por cielos negros, lluvias torrenciales y un río que comienza a crecer. En este caso, las poblaciones del valle no recibieron ninguna de esas advertencias naturales. El desastre descendió desde las alturas bajo un cielo que no anunciaba nada extraordinario.

En apenas media hora, el nivel del sistema fluvial del Trishuli aumentó hasta nueve metros. La corriente atravesó Timure y Rasuwagadhi, arrasó viviendas, carreteras, instalaciones públicas, centrales hidroeléctricas y al menos diecinueve puentes. Los primeros balances hablaron de al menos 165 muertos y cientos de desaparecidos, unas cifras todavía provisionales que probablemente cambiarán a medida que avancen las labores de búsqueda. En los valles estrechos del Himalaya, donde las poblaciones, los caminos y las infraestructuras se concentran inevitablemente junto a los ríos, una crecida repentina apenas deja lugares hacia los que escapar.

El desastre ha llamado también la atención sobre otro peligro relacionado con los glaciares, aunque los investigadores no atribuyen esta riada concreta a la rotura de un lago glaciar. Cuando un glaciar retrocede, el agua de fusión puede acumularse en las depresiones dejadas por el hielo. En muchos casos queda retenida por una morrena, es decir, una mezcla de piedras, arena, barro y hielo transportada y abandonada por el propio glaciar.

Una morrena puede parecer una presa, pero no ha sido construida por ingenieros, no posee aliviaderos y nadie ha calculado cuánta presión puede soportar. Es, en esencia, un enorme montón de materiales sueltos que ha tenido la amabilidad de contener un lago hasta que deja de hacerlo. Si aumenta demasiado el nivel del agua, se funde el hielo oculto en su interior o cae sobre el lago una avalancha de rocas, nieve o hielo, la ola resultante puede desbordarla y abrir una brecha.

La liberación repentina recibe el nombre de glacial lake outburst flood, abreviado GLOF, algo así como «inundación por desbordamiento de un lago glaciar». El nombre es bastante menos aterrador que el fenómeno. Millones de metros cúbicos de agua pueden precipitarse por un valle, incorporar sedimentos y bloques y recorrer decenas o incluso cientos de kilómetros. La avalancha inicial dura quizá unos minutos, pero sus consecuencias se propagan mucho más allá de la montaña en la que comenzó.

Un inventario elaborado por el Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas —ICIMOD— y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ha identificado 47 lagos glaciares potencialmente peligrosos en las cuencas de los ríos Koshi, Gandaki y Karnali. Cuarenta y dos se concentran en la cuenca del Koshi, tres en la del Gandaki y dos en la del Karnali. La clasificación tiene en cuenta el tamaño y crecimiento del lago, la actividad del glaciar que lo alimenta, la estabilidad de la morrena y la posibilidad de que caigan sobre él avalanchas procedentes de las laderas.

El problema no es solo geológico. También es político. De los 47 lagos, únicamente 21 se encuentran dentro deNepal. Otros 25 están en la Región Autónoma del Tíbet, bajo administración china, y uno en India. En otras palabras, más de la mitad de las amenazas que pueden descender hacia territorio nepalí nacen fuera de sus fronteras.

El agua, que tiene escaso respeto por la soberanía nacional, puede atravesar la frontera antes de que una alerta haya recorrido los correspondientes ministerios. Una rotura producida en una cabecera tibetana puede enviar una crecida hacia aldeas, carreteras, pasos fronterizos y centrales hidroeléctricas de Nepal, cuyo Gobierno no puede instalar por sí solo sensores, reducir el nivel de los lagos ni inspeccionar las morrenas situadas en territorio chino.

Las autoridades nepalíes y el PNUD han señalado cuatro lagos —Thulagi, Lower Barun, Lumding Tsho y Hongu 2— como objetivos prioritarios. Las posibles intervenciones incluyen excavar canales de desagüe, rebajar artificialmente el nivel del agua e instalar sistemas de vigilancia y alerta temprana. Nepal ya ha realizado trabajos semejantes en Tsho Rolpa e Imja Tsho. Pero para vigilar los lagos situados al otro lado de la frontera necesita algo que ninguna excavadora puede proporcionar: cooperación internacional, intercambio de datos y comunicaciones capaces de adelantarse a la riada.

La relación entre este derrumbe concreto y el cambio climático todavía no puede establecerse de manera concluyente. Los colapsos glaciares gigantes son fenómenos poco frecuentes y existen muy pocos casos bien documentados. Sin embargo, el contexto general resulta difícil de ignorar. El Himalaya se calienta aproximadamente el doble de rápido que el promedio mundial, sus glaciares retroceden y el permafrost de las montañas se degrada. Ese suelo permanentemente helado actúa como un cemento que mantiene unidas rocas, hielo y laderas muy empinadas. Cuando se descongela, la montaña pierde parte de su pegamento.

La riada de Nepal deja así una lección inquietante. En el Himalaya no hace falta que llueva, que se rompa un lago ni que se produzca un terremoto. Basta con que una masa de hielo y roca, almacenada durante décadas a cinco kilómetros de altitud, deje de estar donde estaba. La gravedad se encarga de todo lo demás.