El lince ibérico tiene un
problema de imagen. Durante décadas ha sido presentado como una especie
exquisita, un aristócrata del monte mediterráneo que solo acepta conejo fresco,
preferiblemente servido a la temperatura adecuada y acompañado de una buena mata
de jara. El animal más amenazado de Europa, decían. El felino que dependía de
un único plato del menú. El equivalente zoológico de ese amigo que solo come
pasta blanca porque “todo lo demás tiene demasiados sabores”.
Y, sin embargo, resulta que el
lince también es una especie de gestor forestal. Un administrador silencioso
del orden natural. Un regulador. Un funcionario con patillas y orejas rematadas
en pinceles negros.
Porque la última sorpresa que nos
ha dado este animal es extraordinaria: allí donde vuelve el lince, aumentan los
conejos y las perdices. Lo cual parece tan razonable como afirmar que la
llegada de más inspectores de Hacienda hace crecer el dinero en los bolsillos.
El hallazgo procede de un
estudio publicado en una sesuda revista, Biological Conservation por
investigadores del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos, la
Estación Biológica de Doñana y varias instituciones colaboradoras, quienes
aprovecharon la reintroducción del lince en el valle del Matachel, en Badajoz,
para observar qué ocurría cuando un gran depredador regresaba a un ecosistema
del que había desaparecido.
La hipótesis parecía sencilla. El
lince ibérico (Lynx pardinus) es un especialista extremo. Hasta el 95 % de su
dieta puede estar compuesta por conejos. Si introduces linces en un territorio,
cabría esperar menos conejos. Es una lógica impecable. Es también exactamente
lo contrario de lo que sucedió.
El lince regresó y los conejos prosperaron.
Para entender esta aparente
contradicción conviene recordar que la naturaleza no funciona como una suma de
depredadores y presas, sino como una novela coral llena de personajes
secundarios, alianzas inesperadas y ajustes de cuentas. Como ña Mafia, vamos.
Cuando desaparecieron los grandes
depredadores europeos —lobos, osos, linces— ocurrió algo que los ecólogos
llaman liberación de mesodepredadores. Es un nombre poco afortunado, porque
suena a terapia emocional para zorros, pero describe un fenómeno muy real: sin
nadie que los controle, los depredadores medianos prosperan. Son zorros, meloncillos,
gatos asilvestrados y martas, todos ellos oportunistas que comen prácticamente
cualquier cosa.
El zorro, por ejemplo, es el
equivalente ecológico de una navaja suiza. Caza conejos, perdices, ratones,
reptiles, insectos y, si hace falta, rebusca en la basura. Es adaptable,
ingenioso y extraordinariamente eficiente. El meloncillo, una mangosta africana
que parece diseñada por alguien que mezcló un hurón con una aspiradora, tampoco
tiene demasiados escrúpulos gastronómicos.
Sin lince, estos consumidores
generalistas se multiplican. Con lince, la situación cambia. Los investigadores
comprobaron que apenas dos años después del establecimiento de una familia de
linces, la abundancia de zorros y meloncillos había disminuido aproximadamente
un 80%. En la zona de estudio desaparecieron cerca de diecinueve zorros y once
meloncillos. Algunos murieron directamente a manos del lince; otros pusieron
pies en polvorosa y abandonaron los territorios ocupados por el nuevo señor.
Los mapas de fototrampeo mostraban un patrón inequívoco: donde el lince
instalaba sus reales, los demás depredadores recogían discretamente sus cosas y
se marchaban.
No cuesta imaginar la escena. Un
zorro recorre cada noche el mismo sendero, convencido de que aquel monte es
suyo. Ha criado allí durante años. Conoce cada madriguera y cada perdiz
despistada. Entonces aparece un lince. No hace discursos. No coloca carteles.
No organiza ruedas de prensa. Simplemente está. Y eso basta.
Porque el lince ocupa el escalón
superior de la jerarquía. Es un depredador territorial y extraordinariamente
eficiente. Su mera presencia altera la conducta de quienes viven por debajo de
él. El resultado es lo que los ecólogos denominan una cascada trófica. Otro
término que parece inventado por un fontanero, pero que describe uno de los
mecanismos más fascinantes de la naturaleza: cuando modificas un nivel de la
cadena alimentaria, las consecuencias se propagan hacia abajo como fichas de
dominó.
El lince consume conejos. Pero
elimina o desplaza a muchos más depredadores que consumen conejos. Y el balance
final favorece a los propios conejos. Los cálculos del estudio sugieren que,
tras la llegada del felino, el conjunto de la comunidad de carnívoros redujo en
un 55,6% el número de conejos capturados. El lince sustituyó a una multitud de
consumidores menos selectivos. Era como despedir a varios empleados poco
eficientes para contratar a un único especialista brillante.
A) Densidades de comunidades carnívoras en el área de estudio de 1 021 hectáreas antes de la reintroducción del lince (2014), un año (2015) y dos años (2016) después (izquierda). B) Número estimado de conejos consumidos por el lince y por mesocarnívoros cada año (derecha) durante el periodo de estudio. Los colores usados para las especies carnívoras son los mismos en A (densidad) y B (consumo de conejos). Fuente.
El especialista, además, tenía
preferencias peculiares. Los meloncillos capturan sobre todo gazapos pequeños,
excavando madrigueras. Los zorros aprovechan cualquier oportunidad. El lince,
en cambio, suele cazar conejos subadultos y adultos mediante acecho y
emboscada. No todos los conejos corren el mismo riesgo. Y eso también importa.
Más sorprendente aún fue
comprobar que las perdices rojas, que apenas forman parte de la dieta del
lince, también salían beneficiadas. En las zonas ocupadas por el felino, las
poblaciones de perdiz se mantuvieron o aumentaron mientras disminuían en áreas
sin linces. La noticia tuvo algo de revolución cultural.
Durante generaciones, muchos
cotos españoles han invertido enormes cantidades de tiempo y dinero en eliminar
zorros con la esperanza de proteger la caza menor. Cada año se abaten
centenares de miles de ellos. Y, sin embargo, el viejo aristócrata moteado del
monte parecía lograr resultados similares simplemente haciendo aquello para lo
que había evolucionado.
Quizá por eso el estudio tiene
implicaciones que van mucho más allá de la biología del lince. Habla de nuestra
tendencia a simplificar. Nos gustan las historias con buenos y malos. El conejo
es la víctima. El lince es el verdugo. El zorro es el villano. El cazador es el
gestor. Pero los ecosistemas rara vez obedecen a esos papeles.
Estimaciones
de densidad de lince ibérico (depredador ápice), zorro rojo (rojo) y meloncillo
(azul) (mesocarnívoros), y estimaciones de abundancia de presas antes de la
reintroducción del lince (2014, sombra gris), un año (2015) y dos años (2016)
después. Para los carnívoros, las barras de error representan los intervalos
creíbles bayesianos. Para especies de presas, se muestran índices de abundancia
medios (Error Estándar) para áreas con y sin lince (conteos transformados en
logaritmos de individuos/km para perdices y latrines/km para conejos). Los
latrines son los lugares donde los lagomorfos depositan sus heces. Fuente.
Los ecosistemas son sistemas complejos, llenos de relaciones indirectas. Un animal puede matar conejos y, al mismo tiempo, favorecer que haya más conejos. Un depredador puede convertirse en aliado involuntario de quienes temían su regreso. El lince ibérico estuvo a punto de desaparecer. A comienzos de este siglo quedaban poco más de cincuenta ejemplares reproductores en dos núcleos aislados del sur peninsular. Era el símbolo perfecto de todo lo que hacemos mal con la naturaleza.
Hoy, gracias a programas de
conservación y reintroducción, vuelve a caminar por territorios donde llevaba
décadas ausente. Y resulta que, además de salvar al propio lince, quizá estemos
restaurando algo más difícil de recuperar: el funcionamiento normal del
paisaje.
Hay una cierta humildad en esta
conclusión. Después de siglos intentando administrar el campo como si fuese una
maquinaria simple, descubrimos que la naturaleza llevaba millones de años
perfeccionando soluciones mucho más elegantes que las nuestras.
El lince no conoce el concepto de
biodiversidad. No ha leído artículos científicos ni participa en congresos
sobre sostenibilidad. Ignora qué es una cascada trófica y probablemente le
traería sin cuidado saberlo. Solo hace lo que hacen los linces. Marca
territorios. Acecha entre las jaras. Persigue conejos. Y, al hacerlo, pone
orden en un pequeño rincón del caos mediterráneo.
No está mal para un gato al que creíamos demasiado exquisito para sobrevivir.

