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lunes, 2 de marzo de 2026

ORMUZ Y BAB AL MANDEB: LAS PINZAS MARÍTIMAS DE IRÁN

 


Oriente Medio se explica muchas veces desde la tierra —Gaza, Damasco, Beirut—, pero se decide en el mar. Hay dos puntos en el mapa donde la geografía se convierte en política pura: los estrechos de Ormuz y de Bab al Mandeb. Dos gargantas de agua, dos cuellos de botella, dos lugares donde la economía mundial pasa en fila india. Entre ambos se dibuja una pinza. Y en el centro de esa pinza aparece Irán.

El estrecho de Ormuz, apenas 34 kilómetros en su punto más angosto, separa Irán de Omán. Es la salida obligada del golfo Pérsico. Por allí transitan cada día en torno a veinte millones de barriles de petróleo, aproximadamente una quinta parte del consumo mundial. Es decir, uno de cada cinco barriles que mueve la economía global pasa por ese corredor vigilado.

También circula por Ormuz cerca de un tercio del comercio marítimo mundial de gas natural licuado (GNL). Qatar —uno de los mayores exportadores del planeta— no tiene otra salida. Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak y Arabia Saudí dependen en gran medida de esa misma puerta.

En la ribera norte está Irán. Con 2 400 kilómetros de litoral en el golfo Pérsico y el mar de Omán, Teherán no necesita cerrar Ormuz para influir. Le basta con insinuarlo. Con ejercicios navales. Con la detención puntual de petroleros. Con el recordatorio constante de que la arteria es estrecha y vulnerable.


Durante la guerra Irán-Irak en los años ochenta, la llamada “guerra de los petroleros” convirtió el estrecho en campo de batalla flotante. Hoy el pulso es más sofisticado: sanciones, incautaciones, escoltas navales occidentales. Pero la lógica es la misma: Ormuz es una válvula. Y quien controla la válvula condiciona el precio del barril en Nueva York o Róterdam.

Bab al Mandeb es la puerta del mar Rojo. Al otro lado de la península arábiga, entre Yemen y Yibuti, se abre Bab al Mandeb, “la puerta de las lágrimas”. Apenas veintinueve kilómetros de ancho en su paso principal. Es la entrada sur del mar Rojo y, por tanto, la antesala del canal de Suez.

Por allí transitan entre seis y siete millones de barriles de petróleo diarios, además de productos refinados. Pero su importancia va más allá de la energía: en ese corredor se concentra cerca del 12% del comercio mundial y aproximadamente el 30% del tráfico global de contenedores. Es la autopista marítima que conecta las fábricas de Asia oriental con los mercados europeos. Cuando esa puerta se altera, el efecto es inmediato. Las rutas se desvían bordeando el cabo de Buena Esperanza, añadiendo miles de millas náuticas, semanas de navegación y sobrecostes millonarios en seguros y combustible.

En la orilla asiática está Yemen. Y en buena parte del norte y el oeste yemení gobiernan las milicias hutíes,alineadas estratégicamente con Irán. Desde allí han lanzado ataques contra buques mercantes en el mar Rojo en respuesta a la guerra de Gaza, demostrando que un actor no estatal puede tensionar una de las principales arterias del comercio global.

Los bombardeos contra posiciones hutíes han sido periódicos. No han eliminado su capacidad. Siguen ahí. Y cada vez que la región se incendia, reactivan el frente meridional.

Entre Ormuz y Bab al Mandeb se dibuja una continuidad geopolítica. Irán vigila el primero desde su propio territorio. El segundo lo influye indirectamente a través de sus aliados yemeníes. Es una pinza asimétrica, no una ocupación formal. Pero suficiente para introducir incertidumbre en los mercados energéticos. A esto se suma la presencia militar internacional. En Yibuti conviven bases de Estados Unidos, Francia y China. En el golfo Pérsico operan flotillas occidentales permanentes. La militarización de ambos estrechos es proporcional a su importancia.

La relevancia de estos pasos no se limita al crudo. Por Ormuz circulan también petroquímicos, productos refinados y una parte sustancial del GNL mundial. Por Bab al Mandeb transitan graneles, manufacturas, alimentos, automóviles y componentes industriales. Son eslabones de la gran cadena logística que une Shanghái con Hamburgo y Nueva York.

Cuando un misil cae cerca de esa ruta, no sólo se altera un conflicto regional. Se tensiona el precio del gas en Europa, se encarece el transporte marítimo y se reconfiguran calendarios de suministro en tres continentes.

Ormuz y Bab al Mandeb no son simples accidentes geográficos. Son instrumentos. Son la geografía convertida en política. Su estrechez los convierte en multiplicadores de poder. No hace falta cerrarlos de forma permanente; basta con demostrar que podrían cerrarse. En un mundo interdependiente, los cuellos de botella valen más que los desiertos que los rodean.

Y en esa cartografía de estrechos, Irán ha comprendido algo esencial: el control indirecto, la capacidad de amenaza creíble y la inserción de aliados locales bastan para situarse en el centro de la conversación estratégica global.

Mientras el petróleo y el gas sigan fluyendo por esas aguas —y mientras el 12% del comercio mundial dependa del paso por el mar Rojo—, Ormuz y Bab al Mandeb seguirán siendo algo más que líneas azules en el mapa. Serán la medida exacta de hasta qué punto la economía mundial cabe en apenas treinta kilómetros de agua.

EL TERCER NIVEL: CUANDO LAS MILICIAS HUTÍES SUSTITUYEN AL ESTADO

 

Fuente: Política exterior. Dominio público.

Oriente Medio no se entiende ya sólo con el eje clásico suní–chií. Esa fractura existe, estructura alianzas y da lenguaje simbólico a los conflictos. Pero sobre ella se ha superpuesto una segunda capa: la competencia entre potencias regionales —principalmente Irán y Arabia Saudí—. Y, finalmente, una tercera: la proliferación de actores armados no estatales que operan como prolongaciones estratégicas de esa rivalidad.

Ahí es donde entran los hutíes. Conviene aclararlo de entrada: el Movimiento hutí no constituye una nueva corriente del islam. Los hutíes pertenecen al zaidismo, una rama del chiismo históricamente asentada en el norte de Yemen. El zaidismo es probablemente la variante chií más cercana al sunismo. Reconoce que el líder legítimo debe descender de Alí, pero no le atribuye infalibilidad ni una designación divina cerrada, como ocurre en el chiismo duodecimano —la rama mayoritaria del chiismo, que cree en una sucesión de doce imanes legítimos descendientes de Alí, el yerno del profeta Mahoma— dominante en Irán. En derecho islámico y práctica religiosa, sus diferencias con el sunismo son relativamente menores.

Durante casi mil años, imanes zaidíes gobernaron amplias zonas del norte de Yemen. No era una teocracia moderna, sino un sistema híbrido entre autoridad religiosa y estructura tribal. Esa tradición cayó en 1962, pero la identidad zaidí permaneció. Los hutíes emergen de ese sustrato. Su convergencia con Irán es más geopolítica que doctrinal.

Durante siglos, los imanes zaidíes gobernaron esa región sin que el país estuviera permanentemente en guerra sectaria. La dimensión confesional se intensificó cuando la política regional entró en combustión.

En 2014 los hutíes tomaron Saná. En 2015 comenzó la intervención militar liderada por Arabia Saudí. Desde entonces, Yemen se convirtió en escenario de una guerra prolongada, con bombardeos periódicos contra posiciones hutíes. Sin embargo, la experiencia acumulada es elocuente: los bombardeos han castigado infraestructuras y capacidades, pero no han eliminado el movimiento. Es poco probable que una nueva ronda de ataques los intimide: están acostumbrados.

Aunque geográficamente alejados del conflicto de Gaza, Irán provee a los hutíes de un arsenal avanzado –drones, helicópteros y cohetes– con el que la milicia amenaza la vital ruta marítima del Mar Rojo, por donde transita un 12% del comercio mundial camino del Canal de Suez. La peligrosidad de la ruta dispara los costes de transporte y repercute directamente sobre las economías occidentales.

En otras palabras, gracias a su alianza con los hutíes, Irán es capaz de asfixiar el comercio de los países aliados de Israel. Ello ha obligado a Estados Unidos a armar una coalición naval junto con veinte países (entre los cuales se encuentran Reino Unido, Australia, Baréin y Dinamarca) para poner coto a los ataques en el mar –en lo que ha pasado a denominarse Operación Guardián de la Prosperidad. Estados Unidos, sin embargo, lidia aquí con la tibieza de algunos países árabes, como Egipto o Arabia Saudí, los cuales, aunque perjudicados por los ataques hutíes al comercio, se resisten a tomar partido en una coalición que abiertamente busca proteger uno de los flancos contra Israel.

A través de este eje que conecta Teherán, el sur de Líbano, Gaza y Yemen, Irán ha logrado subrogar su enfrentamiento con Israel y llevarlo al mismo tiempo a una multitud de frentes. En definitiva, el eje de resistencia ha causado la globalización de la guerra de Gaza.

El resultado es una paradoja estratégica: los hutíes siguen operativos, siguen armados y siguen presentes. Lo decisivo es que los hutíes ya no son sólo un actor yemení. Con el paso de los años han desarrollado capacidad de misiles y drones de largo alcance. Han atacado infraestructuras energéticas saudíes y han demostrado alcance regional.

Y cuando estalla una crisis entre Israel y los actores del llamado “eje de resistencia”, los hutíes suelen activar su propio frente simbólico. Lanzan proyectiles hacia el sur, anuncian solidaridad con Gaza o con Hezbolá y se colocan en el tablero regional.

En términos estrictamente militares, su capacidad frente a Israel es limitada. En términos políticos, no lo es tanto. Cada lanzamiento cumple una función: mostrar alineamiento con Teherán, reforzar su narrativa interna y recordarle a la región que el conflicto no se circunscribe a una sola frontera.

El esquema se repite:

Escalada en Gaza o Líbano.

Declaraciones hutíes.

Lanzamiento de misiles o drones.

Respuesta defensiva o ataques puntuales.

Y vuelta al equilibrio inestable.

Los bombardeos esporádicos contra posiciones hutíes no han alterado esa lógica. El movimiento mantiene cohesión interna, control territorial significativo en el norte de Yemen y capacidad de movilización.

No son una superpotencia. Pero tampoco un actor marginal. Si se observa el mapa de norte a sur, aparece el eje que atraviesa el mapa en una continuidad estratégica: Hezbolá en el Líbano; milicias chiíes en Irak; el régimen sirio, aliado de Teherán, y, en el extremo meridional de la península arábiga, los hutíes.

No forman un bloque homogéneo ni obedecen a un mando único, pero comparten alineamiento estratégico con Irán y una narrativa común de resistencia frente a Israel y frente a las potencias suníes. Ese es el tercer nivel del conflicto: las milicias como arquitectura regional.

Reducir todo a una guerra religiosa simplifica en exceso. El sunismo y el chiismo explican identidades profundas, pero lo que hoy determina los ciclos de violencia es la interacción entre Estados débiles y actores armados autónomos.

Yemen, como Líbano o Irak, es un Estado cuya soberanía está fragmentada. Cuando la soberanía se fragmenta, otros llenan el vacío. En ese vacío prosperan organizaciones capaces de resistir campañas aéreas, adaptarse, dispersarse y reaparecer.

El caso hutí ilustra un fenómeno más amplio: la dificultad de traducir superioridad aérea en control político duradero. Los bombardeos pueden degradar capacidades, pero no siempre desmontan estructuras sociales, redes tribales y legitimidades locales. Por eso, tras cada oleada de ataques, los hutíes siguen ahí. Declarando, movilizando y, cuando lo consideran oportuno, lanzando misiles que reinsertan Yemen en la ecuación regional.

No son una tercera rama del islam. Son algo más contemporáneo: la expresión militarizada de una fractura geopolítica que desborda fronteras. Y mientras esa fractura siga abierta, el sur de la península arábiga seguirá conectado —aunque esté a miles de kilómetros— con cualquier chispa que salte en el Levante mediterráneo.

SUNÍES Y CHIÍES: LA FRACTURA QUE CAMBIÓ EL ISLAM (Y LA POLÍTICA DE ORIENTE MEDIO)

 

La división entre suníes y chiíes no empezó como una disputa teológica, sino como una discusión política sobre el poder. ¿Quién debía suceder al profeta Mahoma tras su muerte en el año 632? De esa pregunta —aparentemente leguleya— nació una de las fracturas más duraderas del mundo islámico. Hoy, más de catorce siglos después, sigue influyendo en la geopolítica regional y en conflictos que van de Irak al Líbano.

Tras la muerte de Mahoma, la comunidad musulmana (la umma) necesitaba liderazgo. Un grupo defendió que el sucesor debía ser elegido por consenso entre los compañeros del Profeta. Eligieron a Abu Bakr, su suegro y estrecho colaborador. De esa tradición —la sunna, costumbre— proviene el término “suní”.

Otros sostuvieron que el liderazgo debía permanecer en la familia del Profeta, en concreto en Ali ibn Abi Talib, primo y yerno de Mahoma. Sus partidarios fueron llamados shiat Ali (“el partido de Alí”), de donde procede “chií”.

La elección de Abu Bakr inauguró el califato suní. Años más tarde, Alí sería también califa, pero su mandato estuvo marcado por guerras internas. El punto de no retorno llegó en 680, cuando el hijo de Alí, Huséin, fue asesinado en Karbala. Para los chiíes, Karbala es el martirio fundacional: la injusticia contra la familia del Profeta. Cada año, la conmemoración de Ashura recuerda ese trauma.

Aunque comparten el Corán y los cinco pilares del islam, entre unos y otros hay matices relevantes:

Autoridad religiosa

Suníes: la autoridad emana del consenso y de los estudiosos (ulemas). No existe una jerarquía centralizada.

Chiíes: creen en una línea de líderes espirituales legítimos, los imanes, descendientes de Alí. En el chiismo duodecimano (mayoritario en Irán), el duodécimo imán está oculto y regresará al final de los tiempos.

Ritual y memoria

Los chiíes conceden gran importancia al martirio de Huséin y a la dimensión emocional y conmemorativa de la fe (procesiones de Ashura).

Los suníes ponen más énfasis en la tradición jurídica y en la continuidad histórica del califato.

Distribución demográfica

Aproximadamente el 85-90% de los musulmanes son suníes. Los chiíes representan entre el 10-15%, concentrados en Irán, Irak, Azerbaiyán y Bahréin, con comunidades relevantes en Líbano y Yemen.

Durante siglos, la división no fue necesariamente violenta ni permanente. Hubo periodos de convivencia y cooperación. Sin embargo, en la modernidad la fractura adquirió dimensión estatal.

Las distintas corrientes en el islam marcan siglos de división y de diferentes percepciones y visiones de la religión musulmana

Irán es la gran potencia chií y ha proyectado su influencia regional apoyando a actores como Hezbolá en Líbano. Frente a ello, potencias suníes como Arabia Saudí han intentado contener esa expansión. Así, la rivalidad religiosa se superpone con intereses estratégicos, energéticos y de poder.

En Irak, tras la caída de Sadam Husein, el ascenso político de la mayoría chií alteró el equilibrio regional. En Siria, el régimen de Bashar al Asad —apoyado por Irán— pertenece a una rama minoritaria vinculada al chiismo (alauí). En Yemen, los hutíes (de rama chií zaidí) han recibido apoyo iraní frente a una coalición liderada por Arabia Saudí. Y en Líbano, la presencia de Hezbolá convierte cualquier escalada regional en un episodio doméstico.

La línea entre religión y política es difusa en Oriente Medio. La diferencia suní-chií no explica por sí sola los conflictos, pero sí los estructura. En muchos casos, las élites instrumentalizan la identidad religiosa para movilizar apoyos y legitimar alianzas.

Conviene subrayarlo: no se trata de dos religiones distintas. Suníes y chiíes comparten texto sagrado, profeta, peregrinación a La Meca y pilares fundamentales. La fractura nace de una disputa sucesoria y se convierte en tradición, memoria y, finalmente, en geopolítica.

En ciudades como Beirut o Bagdad, barrios suníes y chiíes conviven pared con pared. La división no es una línea recta en el mapa, sino una trama superpuesta de identidades. En muchos lugares, la convivencia cotidiana desmiente la narrativa de odio perpetuo. Pero cuando la región entra en combustión, la vieja fractura reaparece como lenguaje político inmediato. Es una memoria de 1.400 años activada por actores contemporáneos.

La diferencia entre suníes y chiíes empezó como una cuestión sobre liderazgo. Hoy es un eje de poder regional. Entenderla no es solo una cuestión religiosa; es comprender una de las claves del tablero de Oriente Medio.

LÍBANO: EL PAÍS QUE SIEMPRE CAE PRIMERO

 

Hay países que aparecen en los mapas como promesas. Y hay países que aparecen como advertencias. Líbano ha sido ambas cosas en menos de un siglo. Cuando estalla una crisis en Oriente Medio —Gaza, Siria, Irán— el cielo de Beirut empieza a vibrar. No falla. Siempre hay un momento en que alguien dice: “Y ahora, el Líbano”. Y el Líbano cae.

La explicación inmediata es conocida: la presencia de Hezbolá, milicia chií, partido político, actor regional armado por Irán y enfrentado a Israel. Pero reducir el bombardeo recurrente del Líbano a Hezbolá es quedarse en la superficie. El problema es más antiguo, más estructural y trágico. Es la historia de un Estado frágil construido sobre un equilibrio imposible.

El Líbano moderno nació bajo mandato francés tras la Primera Guerra Mundial. París imaginó un pequeño Estado mediterráneo con mayoría cristiana maronita, puertos abiertos y vocación financiera. En 1943, la independencia cristalizó en un pacto no escrito: el presidente sería un cristiano maronita, el primer ministro suní, el presidente del Parlamento chií. El reparto confesional se convirtió en arquitectura constitucional.

Funcionó… durante un tiempo. Beirut era banca, prensa, universidad, ocio. “La Suiza de Oriente Medio”, decían. Capital cosmopolita, neutralidad flexible, dinero árabe refugiado en sus bancos. Pero aquella prosperidad descansaba sobre una aritmética demográfica congelada y sobre la ficción de que las guerras de los vecinos no entrarían por la puerta.

Entraron. Y lo hicieron a través de una guerra que lo partió todo. En 1975 estalló la guerra civil. Quince años. Milicias cristianas, facciones palestinas, partidos musulmanes, intervención siria, invasiones israelíes. El país quedó triturado. Cuando en 1990 se firmaron los acuerdos de Taif, el Líbano seguía existiendo en el mapa, pero ya no era el mismo. El poder cristiano se redujo, Siria se convirtió en árbitro y el sistema confesional se consolidó en vez de reformarse.

En ese paisaje devastado emergió Hezbolá, creado en 1982 con apoyo iraní tras la invasión israelí. Se presentó como resistencia frente a Israel y como protector de la comunidad chií, históricamente marginada. Con el tiempo se convirtió en algo más: una milicia con capacidad militar superior al propio Ejército libanés y un partido con representación parlamentaria. Un Estado dentro del Estado.

El sur del Líbano se convirtió en una conflictiva frontera permanente. Cada vez que la tensión escala entre Israel e Irán, el sur del Líbano se convierte en tablero. Hezbolá lanza cohetes, Israel responde con bombardeos. La lógica es disuasiva y circular: castigar al Líbano para debilitar a Hezbolá; golpear a Israel para reforzar la “resistencia”. El problema es que el Estado libanés no controla plenamente su territorio ni monopoliza la fuerza. Y cuando un Estado no controla su frontera, la frontera lo controla a él.

En 2006, la guerra entre Israel y Hezbolá devastó infraestructuras, puentes, barrios enteros de Beirut sur. El mensaje fue claro: el precio de albergar a una milicia enemiga lo paga el país entero. Desde entonces, el equilibrio es precario. Basta un intercambio de fuego en Gaza o un ataque en Siria para que el sur libanés vuelva a arder.

Líbano es un país rehén de su pluralidad. No todo es geopolítica global. Líbano es también rehén de su propia fórmula interna. El sistema confesional reparte poder, pero bloquea reformas. Las élites de cada comunidad gestionan ministerios como feudos. La corrupción se normalizó. La deuda creció. En 2019, el sistema financiero colapsó. En 2020, la explosión del puerto de Beirut —una montaña de negligencia acumulada— terminó de hundir la confianza.

Un país que no puede pagar su electricidad, que no garantiza servicios básicos, que depende de remesas y de equilibrios externos, es un país vulnerable. Cuando suena el primer misil, no hay Estado fuerte que amortigüe el golpe.

Líbano fue imaginado como puente entre Oriente y Occidente, como espacio de convivencia. Y, en efecto, lo es. En ningún otro lugar de la región conviven tantas confesiones con tanta naturalidad cotidiana. Pero esa riqueza plural es también su fragilidad política. El consenso es lento; la decisión estratégica, casi imposible.

Hezbolá se justifica como escudo frente a Israel. Israel justifica sus bombardeos como respuesta a Hezbolá. Irán ve en el Líbano una pieza de su arco de influencia hasta el Mediterráneo. Las potencias árabes lo miran con desconfianza. Francia mantiene un vínculo sentimental. Estados Unidos observa el equilibrio con prismáticos. Y mientras tanto, el ciudadano libanés cambia dólares en el mercado negro y enciende generadores privados.

¿Por qué siempre el Líbano? Porque es frontera. Porque es frágil. Porque alberga a un actor armado que forma parte de un conflicto mayor. Porque su Estado no monopoliza la fuerza. Y porque su geografía —esa franja entre Siria e Israel, abierta al Mediterráneo— lo convierte en corredor estratégico. Cuando estalla Oriente Medio, el Líbano no es el origen, pero sí el eco. Un eco amplificado por su historia reciente y por su arquitectura institucional.

La metáfora de “la Suiza de Oriente Medio” era atractiva, pero engañosa. Suiza construyó su neutralidad con un Estado fuerte y una defensa cohesionada. Líbano intentó sostener la neutralidad con equilibrios comunitarios y protección externa. En un vecindario inflamable, eso era insuficiente.

Hoy el país sobrevive en modo interino. Sin presidente durante largos periodos, con gobiernos provisionales, con una moneda pulverizada. Y, sin embargo, sigue habiendo cafés llenos en Gemmayzeh —el Soho de Beirut—, universidades activas, prensa vibrante. El Líbano tiene una capacidad asombrosa para resistir el colapso sin desaparecer. Quizá esa sea su tragedia: no termina de hundirse, pero tampoco logra reconstruirse.

Cada vez que los misiles cruzan el cielo del sur, la pregunta vuelve: ¿por qué otra vez el Líbano? La respuesta corta es Hezbolá. La larga es un siglo de equilibrios precarios, intervenciones cruzadas y un Estado que nunca llegó a consolidarse del todo.

En Oriente Medio, las guerras raramente respetan fronteras. Pero hay fronteras que parecen hechas para absorberlas. Líbano es una de ellas.

ESTADOS UNIDOS LIBRA GUERRAS; CHINA CONSTRUYE PUERTOS

 

Algunos analistas se plantean una posible intervención militar de China en Irán. No lo hará, sencillamente porque eso iría con la estrategia geopolítica de los chinos, empeñados en conquistar comercialmente, no militarmente, el mundo.

Cada cierto tiempo reaparece la misma pregunta, formulada siempre con un punto de inquietud: ¿está China a punto de dominar el mundo? La cuestión suele ir acompañada de gráficos ascendentes, cifras mareantes y alguna metáfora histórica inevitable: Roma, el Imperio británico, Estados Unidos tras 1945.

La pregunta está mal planteada. China es hoy una potencia enorme, probablemente la mayor que ha existido en términos demográficos y productivos. Pero eso no significa que quiera —ni que pueda— ejercer una hegemonía global al estilo clásico. De hecho, observada con algo de calma, China aparece menos como un aspirante a gobernar el mundo que como un país gigantesco obsesionado con no desestabilizarse a sí mismo. ¿Por qué? Porque mientras Estados Unidos está obsesionado con dominar el mundo militarmente, China ha optado por dominarlo comercialmente.

Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos ha participado directa o indirectamente en numerosos conflictos. Entre los más significativos están: guerra en Afganistán (2001–2021), guerra de Irak (2003–2011), operaciones contra el Estado Islámico (ISIS) en Irak y Siria (2014–presente), intervención en Siria, operaciones contra grupos terroristas en Yemen, operaciones en Somalia y acciones militares en otros países del Sahel y África contra yihadistas (por ejemplo, en Libia, Mali, etc.) o para impedir la presunta fabricación de armas nucleares (ahora mismo en Irán).

Mientras tanto, China no ha iniciado ni participado en guerras interestatales significativas en ese periodo. En lugar de gastar sus recursos en el sustento de su expansión militar (bases y ejércitos de ocupación), China ha empleado sus recursos en su propio y espectacular desarrollo interno y en la extensión de sus ramas exportadoras para dar salida a su extraordinaria capacidad productiva.

China no sólo construye puertos nuevos dentro de su territorio, sino que también expande puertos existentes y participa en proyectos portuarios en el extranjero. Aquí va un resumen basado en la mejor evidencia disponible. China tiene hoy más de 2 000 puertos menores y alrededor de 34 puertos mayores a lo largo de su costa y ríos importantes. Desde hace dos décadas, muchas de las grandes instalaciones portuarias chinas han sido ampliadas o modernizadas (incluyendo Shanghai, Ningbo-Zhoushan, Shenzhen, Qingdao, Tianjin, etc.) para transformarse en gigantes del comercio global.

En los últimos veinte años China ha intensificado de forma muy notable su presencia en infraestructuras portuarias globales, lo que incluye construcción, expansión, financiación y gestión de puertos en muchos países, a menudo dentro del marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Según datos recopilados hasta 2021, China financió o construyó 123 proyectos portuarios en el extranjero, que abarcan 78 puertos en 46 países, entre construcción nueva o expansión sustancial de infraestructura.

Por lo demás, China ha apostado claramente por la “economía verde”, que se refleja en una comparación clara de la producción —no sólo instalada o vendida— de tres tecnologías clave para la transición energética: paneles solares, aerogeneradores (turbinas eólicas) y vehículos eléctricos (VE) en China frente a Estados Unidos.

Paneles solares: alrededor del 80% de la producción global de paneles solares proviene de fábricas chinas. Además, domina etapas clave de la cadena: casi el 95% de la producción de materias primas como polisilicio y wafers está en China. Por volumen físico, algunos informes incluso estiman que sobre 90 % de paneles (células, módulos) a escala mundial se producen en instalaciones chinas.

Estados Unidos tiene producción propia limitada; por ejemplo, la gigafábrica de paneles de Tesla en Nueva York fabrica módulos solares, pero su escala es pequeña comparada con la producción china. No hay datos globales que indiquen que Estados Unidos produzca más de un solo dígito porcentual del total mundial.

Aerogeneradores: las empresas chinas cuentan con alrededor de 60% del mercado global de fabricación de turbinas eólicas y suministran aproximadamente el 60% de los aerogeneradores mundiales. China también lidera mundialmente en capacidad instalada de energía eólica + solar y en construcción de nuevos parques.

Estados Unidos también tiene industria eólica doméstica, pero suele concentrarse más en la instalación de capacidad que en fabricar las piezas principales (que muchas veces importan). Los datos disponibles sugieren que tiene presencia, pero muy por detrás en volumen.

Producción de vehículos eléctricos: Según el último informe de la Agencia Internacional de la Energía, en 2024 China produjo cerca de 12,4 millones de vehículos eléctricos, lo que representa más del 70% de la producción mundial ese año. Según la misma fuente, Estados Unidos produjo en 2024 produjo menos de un millón. Datos de 2025 refuerzan eso: en una medición reciente, China produjo unos 16,1 millones de vehículos eléctricos frente a un millón en Estados Unidos.

Como puede verse en el mapa, la capacidad industrial de China frente a Estados Unidos se refleja en las diferencias en el balance comercial entre ambas potencias o lo que es lo mismo el aumento experimentado por el comercio de China a lo largo del tiempo.

En el año 2000, el comercio estadounidense ascendía a 2 billones de dólares, más de cuatro veces los 474 000 millones de dólares de China. En aquel entonces, China era el principal socio comercial de tan solo unos pocos países, entre ellos Cuba, Irán, Libia, Myanmar, Mongolia, Corea del Norte, Omán, Sudán, Tanzania y Vietnam.

Entre 2000 y 2024, el comercio de Estados Unidos creció un 167% (una tasa de crecimiento anual compuesta del 4,2%), mientras que el comercio de China aumentó un 1.200%, superando al de Estados Unidos ya en 2012. En 2024, el comercio total alcanzó los 5,3 billones de dólares para Estados Unidos y los 6,2 billones de dólares para China.

China es ahora el socio comercial dominante de la mayor parte de Asia, Europa del Este, Oriente Medio, Oceanía, América del Sur y África. De cara al futuro, se espera que China siga profundizando sus relaciones con los mercados emergentes, importando combustibles, minerales y productos agrícolas y exportando productos manufacturados.

Por eso, y por otras dos razones, China no quiere gobernar el mundo: quiere influir, que es menos peligrosos y mucho más rentable. El liderazgo chino entiende perfectamente sus límites. Sabe que no puede sostener una hegemonía militar global. Por eso su estrategia es lenta, paciente y profundamente poco épica. No busca golpes decisivos, sino desgaste. No pretende sustituir un orden mundial por otro de la noche a la mañana, sino modificar las reglas lo justo para poder seguir funcionando. China no quiere ser el policía del mundo. Quiere que no haya demasiados incendios cerca de su casa.

Esto explica también su retórica sobre el “nuevo orden mundial”. No es un proyecto de dominación, sino una petición interesada de estabilidad. Un mundo multipolar, en la visión china, no es un mundo más justo; es un mundo menos peligroso para un país que necesita previsibilidad para sobrevivir.

China avanza porque no puede permitirse retroceder, pero tampoco puede correr. Su poder es enorme, sí, pero está constreñido por geografía, cultura y demografía. Quizá por eso genera tanta incomodidad. No encaja en los modelos clásicos. No invade, pero presiona. No coloniza, pero condiciona. No gobierna, pero influye. Es un poder sin épica, sin banderas clavadas en mapas lejanos, sin discursos de misión civilizadora. Un poder aburrido, casi administrativo. Y, sin embargo, profundamente eficaz.

La paradoja es que China parece más peligrosa cuanto menos intenta parecerlo. No porque quiera dominar el mundo, sino porque no necesita hacerlo para alterar su funcionamiento. Le basta con seguir existiendo, comerciando y creciendo lo suficiente como para que el sistema tenga que adaptarse a ella.

En ese sentido, el verdadero “nuevo orden mundial” no consiste en un imperio chino, sino en algo mucho más prosaico: un mundo que gira cada vez más en torno a un país que no quiere gobernarlo, pero que no puede dejar de estar en el centro.

Y quizá esa sea la forma más estable —y más inquietante— de poder que existe.

sábado, 28 de febrero de 2026

CUANDO EL PLÁTANO DE PASEO "ESTORNUDA" EN PRIMAVERA

 

Quienes se aventuren a pasear por cualquier ciudad esquivando con elegancia olímpica las cacas de perro —deporte urbano no reconocido por el COI, pero merecedor de medalla— quizá, entre salto y salto, levanten la vista lo justo para fijarse en el suelo al pie de los plátanos de paseo. Allí descubrirán un paisaje de pequeñas tragedias botánicas: ramitas tronchadas, astillas dispersas y, en ocasiones, auténticos ramones que parecen haber perdido una pelea con un gigante invisible. No es vandalismo vegetal; es la vida moderna.

El plátano de paseo (Platanus × hispanica) es el Chuck Norris del arbolado urbano: aguanta la contaminación, sobrevive a podas que rozan la cirugía medieval y tolera con estoicismo esa manía municipal de embutirle las raíces bajo toneladas de cemento, como si el árbol fuera un enchufe que conviene sellar bien. En algunas ciudades lo practican con entusiasmo; en Alcalá, al menos hasta donde alcanzan mis suelas zigzagueantes, no he detectado semejante sadismo paisajístico. Lo cual es de agradecer: bastante tiene el pobre titán con sostener el cielo, filtrar el aire y servir de diana involuntaria para las palomas.

De la descripción de los plátanos de paseo de Alcalá me ocupé en otro artículo, así que alertado por algún convecino, hoy voy a ocuparme de algunas enfermedades que los afectan. Empezaré por decir que el plátano de paseo es resistente, sí, pero no invulnerable. De vez en cuando “tose”. Y esa tos puede tener varios diagnósticos. Los tres sospechosos habituales son:

La antracnosis, causada por el hongo Apiognomonia veneta;

El oídio, provocado por especies del género Erysiphe;

La enfermedad de Massaria, asociada a Splanchnonema platani.

Parecen nombres de personajes secundarios de una novela rusa, pero conviene aprender a distinguirlos. No todo follaje triste anuncia el Apocalipsis vegetal.

Antracnosis: la falsa helada primaveral

La antracnosis es la más melodramática… en primavera. Aparece al inicio de la brotación, tras periodos fríos y húmedos como los que hemos tenido recientemente. Las hojas jóvenes se necrosan, se arrugan o se quedan a medio abrir. Se observan manchas marrones irregulares que siguen las nervaduras. Puede haber muerte de puntas de brotes.

El árbol puede perder muchas hojas en mayo… y luego rebrotar como si nada hubiera pasado. El truco está en el calendario: si el árbol parece “quemado” justo después de una primavera lluviosa y fría, probablemente sea antracnosis. A menudo se confunde con daño por helada, pero la clave diferencial es que la antracnosis afecta sobre todo tejido joven y coincide con la brotación primaveral temprana.

Los árboles de Alcalá están sufriendo esta enfermedad causada por el hongo Apiognomonia veneta. Estos son los síntomas y las causas:

Actúa durante la brotación primaveral.

Afecta brotes jóvenes y ramillas del año.

Puede provocar necrosis en la base de brotes tiernos.

Las pequeñas ramitas se secan y se desprenden.

Es más intensa tras períodos fríos y lluviosos seguidos de temperaturas cálidas bien primaverales, bien debidas a las falsas primaveras provocadas por el cambio climático. En esta época el hongo infecta tejidos jóvenes muy sensibles, y el árbol “sacrifica” esas partes dañadas. Lo que vemos en el suelo son las bajas de esa batalla microscópica.

La abundancia de ramas secas de este año es consecuencia de la primavera lluviosa del año pasado cuando el hongo tuvo condiciones de desarrollarse a sus anchas. Las rachas de viento de las últimas semanas han provocado su caída masiva.

Centro: ramas de Platanus x hispanica sobre el carril bici del Campus Universitario. Derecha: típicas malformaciones (ramas con forma de muñones) que junto con los chancros (izquierda) son características de la antracnosis del plátano de paseo.

Oídio: el plátano enharinado

El oídio es menos dramático, pero más fácil de detectar. Aparece como un polvillo blanco o grisáceo en la superficie de la hoja, que puede darse en primavera o verano. Las hojas se deforman ligeramente, pero rara vez se necrosan por completo. No suele causar defoliaciones masivas. Es la enfermedad más estética del trío: parece que alguien hubiera espolvoreado azúcar glas sobre el árbol. La clave para diferenciarlo es sencilla: si ve polvo blanco superficial, es oídio. La antracnosis no produce ese recubrimiento harinoso.

Ataque de oidios (Erysiphe platani) en hojas de plátano de paseo. Las manchas farinosas son típicas de estas infecciones que, a la vez, deforman las hojas.

Massaria: el problema que viene de arriba

La enfermedad de Massaria se llama así por el nombre del hongo que originalmente se consideró su agente causal: el género Massaria. Es decir, aunque suene a nombre mitológico femenino, no es un nombre poético ni geográfico, sino taxonómico. La taxonomía fúngica es un terreno movedizo. Con los estudios moleculares modernos se reclasificó la especie responsable como: Splanchnonema platani. Como es más que comprensible, no es lo mismo pronunciar “Esplanchnonemosis” que Massaria, así que como el nombre vulgar Massaria ya estaba consolidado en la literatura técnica y en la arboricultura urbana, y así se quedó.

Síntomas de ataques de Massaria sobre plátanos de paseo. 1: rama principal fragmentada en el punto señalado por la flecha. 2a y b: secciones longitudinales de dos ramas con ataque de Massaria (flechas negras). 3a y b: secciones transversales de las mismas ramas. Las flechas negras señalan las zonas infectadas oor el hongo. 4: el descortezamiento permite ver las típicas extensiones negras del micelio del hongo señaladas por la flecha.

La enfermedad de Massaria es más insidiosa. No empieza en las hojas, sino en las ramas gruesas, y tiene cierta predilección por la parte superior de las mismas. Produce lesiones alargadas y oscuras en la parte superior de las ramas. La corteza se agrieta y puede desprenderse. Las ramas afectadas pueden quebrarse sin previo aviso. No depende tanto de primaveras frías como la antracnosis. Es la más preocupante en entornos urbanos porque puede comprometer la estabilidad de ramas grandes. La clave para diferenciarla es que si el problema principal está en ramas estructurales (no en hojas jóvenes), hay que sospechar de Massaria, como todo indica que está pasando con los plátanos complutenses.

Durante décadas, la enfermedad de Massaria fue poco más que una nota a pie de página en manuales de patología forestal. Y, sin embargo, a partir de los años 2000 empezó a mencionarse con creciente frecuencia en informes técnicos de arbolado urbano en Alemania, Suiza, Francia, Italia o España. ¿Qué pasó?

Uno de los factores más señalados por los especialistas es el aumento de temperaturas y la mayor frecuencia de veranos secos y calurosos en Europa central y meridional desde finales del siglo XX. Massaria prospera especialmente en condiciones cálidas. Este hongo encuentra un terreno favorable en árboles debilitados. El cambio climático no “crea” la enfermedad, pero reduce la capacidad de defensa del árbol y favorece el desarrollo del patógeno.

Los plátanos urbanos viven en condiciones que ningún árbol elegiría voluntariamente: suelos compactados; espacio radicular limitado; contaminación; islas de calor urbanas y podas intensivas. Ese estrés crónico hace que las ramas superiores —especialmente las horizontales gruesas— sean más vulnerables a infecciones oportunistas. Massaria tiene una peculiaridad preocupante: coloniza preferentemente la parte superior de ramas gruesas, donde la humedad puede acumularse tras las lluvias. Desde allí provoca necrosis del tejido cortical y puede comprometer la resistencia mecánica.

¿El enfermo está grave?

El plátano de paseo es, en esencia, un superviviente urbano con una tolerancia admirable al maltrato humano y micológico. Por eso, la buena noticia es que, en la mayoría de los casos, los plátanos sobreviven sin grandes dramas. La antracnosis rara vez mata árboles adultos; simplemente los hace pasar una primavera deprimente. El oídio suele ser un problema cosmético. Massaria sí puede requerir intervención por riesgo estructural de desprendimiento de ramas grandes, aunque por lo general solo provoca desprendimiento de ramitas y brotes.

Consejos prácticos de prevención y control

No existen soluciones mágicas, pero sí sentido común arborícola.

1. Mejorar ventilación; evitar copas excesivamente densas ayuda a reducir humedad persistente. Una poda técnica bien planificada favorece la aireación (nunca mutilaciones indiscriminadas).

2. Retirar hojas infectadas. Con antracnosis, recoger hojas caídas reduce el inóculo para la siguiente primavera.

3. Poda sanitaria. Con Massaria eliminar las ramas afectadas es crucial. Debe hacerlo personal cualificado, especialmente en arbolado urbano.

4. Fungicidas (con prudencia). Para la antracnosis los tratamientos solo son realmente eficaces los preventivos y muy tempranos. Para el oídio pueden utilizarse si el problema es severo. Con Massaria, el tratamiento químico no suele ser la solución principal; prima la gestión estructural. En arbolado urbano adulto, el tratamiento químico suele ser poco práctico y a menudo innecesario.

5. Mantener el árbol vigoroso: riego adecuado en sequías prolongadas; evitar compactación del suelo; reducir estrés mecánico y podas excesivas. Un árbol vigoroso tolera mejor cualquier hongo oportunista.

El drama vegetal de la ciudad

Curiosamente, muchas de estas enfermedades prosperan en condiciones que nosotros mismos favorecemos: podas agresivas, estrés hídrico, suelos compactados, primaveras alteradas por el cambio climático.

El plátano de paseo no eligió vivir alineado en bulevares; simplemente se adaptó. Y cuando enferma, no siempre es señal de decadencia irreversible. A menudo es solo la manifestación de un equilibrio alterado.

La próxima vez que vea hojas marrones en mayo o polvo blanco en junio, no imagine el fin de la avenida. Observe el calendario, mire dónde están los síntomas y recuerde: los árboles, como las ciudades, tienen achaques estacionales. Y casi siempre, si se les deja respirar, vuelven a vestirse de verde.

EL CÁNCER COLORRECTAL Y EL EXTRAÑO CASO DEL MICROBIO QUE LLEVABA UN VIRUS EN EL BOLSILLO

 

Durante años se pensó que el intestino era un órgano discreto. Algo así como un funcionario gris que trabaja en silencio y solo llama la atención cuando se declara en huelga. Luego descubrimos que no era un funcionario, sino una metrópolis. Una ciudad densamente poblada, ruidosa, dinámica, con más habitantes que Europa y Asia juntas, todos viviendo en la penumbra tibia del colon. Una ciudad a la que llamamos microbiota intestinal. Y entonces entendimos que el silencio era una ilusión.

La microbiota intestinal es el conjunto de billones de microorganismos que habitan en el tubo digestivo. En condiciones normales ayudan a digerir alimentos, producen vitaminas (como K y algunas del grupo B), regulan el sistema inmunitario y protegen frente a patógenos. Cuando esta ciudad está equilibrada hablamos de eubiosis. Cuando se altera, hablamos de disbiosis.

Microfotografía de Bacteriodes fragilisFrotis de una colonia en agar Schaedler. Morfología: Bacilos pleomórficos gramnegativos anaerobios de tinción pálida con extremos redondeados. Frecuentemente se observan hinchazones y vacuolas. Fuente: microbiologyin.com. Dominio público.

En esa ciudad vive una bacteria llamada Bacteroides fragilis. Un nombre que suena a legión romana derrotada, pero que en realidad designa a uno de los vecinos más habituales de nuestro ecosistema intestinal. Está en la mayoría de las personas sanas. Digamos que es tan común como el pan. El problema empezó cuando los científicos comenzaron a estudiar el microbiota de pacientes con cáncer colorrectal. En esas cartografías microscópicas aparecía una y otra vez el mismo nombre: Bacteroides fragilis. Allí estaba, presente con una insistencia sospechosa.

La reacción inicial fue predecible: “Ah, ya tenemos el culpable”. Solo había un inconveniente: la misma bacteria estaba también en personas sin cáncer. Durante un tiempo la paradoja quedó suspendida en el aire. ¿Era realmente peligrosa esta bacteria o simplemente estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado? ¿Podía una especie ser inocente y culpable a la vez?

La respuesta, como suele ocurrir en biología, no estaba en el nombre, sino en los detalles. Los investigadores decidieron hacer algo más fino que contar bacterias. En lugar de limitarse a registrar su presencia, analizaron sus genomas. Es decir, no se conformaron con saber quién estaba en la fiesta; quisieron saber qué llevaba en los bolsillos.

Y allí apareció el giro argumental. Resulta que algunas cepas de Bacteroides fragilis —las que se encontraban con mayor frecuencia en pacientes con cáncer colorrectal— portaban en su interior unos pasajeros invisibles: virus integrados en su ADN. No virus humanos, sino bacteriófagos. Virus de bacterias. Entidades microscópicas que se infiltran en el genoma bacteriano y se quedan allí, como un huésped silencioso que puede influir en la conducta de su anfitrión.

A estos virus integrados se les llama profagos. La escena, vista en miniatura, es extraordinaria: dentro de nosotros hay bacterias; dentro de esas bacterias hay virus; y dentro de ese entramado microscópico pueden estar gestándose procesos que, a escala macroscópica, influyen en la aparición de un tumor. De pronto, la paradoja comenzó a deshacerse.

No todas las Bacteroides fragilis eran iguales. Algunas llevaban virus específicos incrustados en su genoma, y esas versiones eran significativamente más frecuentes en personas con cáncer colorrectal. El matiz lo cambiaba todo.

Durante años hemos hablado de la microbiota como si fuera un inventario de especies: más de este, menos de aquel. Pero un estudio publicado a principios de febrero sugiere que la cuestión no es solo “qué especie”, sino “qué versión de la especie”. Dos bacterias con el mismo nombre pueden comportarse como gemelos con personalidades opuestas, dependiendo de los genes que alberguen y de los virus que las acompañen. Y los virus no son meros pasajeros pasivos.

Microdiagrama de un bacteriófago inoculando su ADN en una bacteria

Los bacteriófagos pueden modificar la biología de la bacteria que infectan. Pueden alterar su metabolismo, su capacidad de adherirse a tejidos, su producción de moléculas inflamatorias. Pueden convertir un vecino silencioso y educado en otro más problemático. En términos menos dramáticos: pueden cambiar la forma en que esa bacteria interactúa con el tejido intestinal y con el sistema inmunitario.

Los investigadores observaron que estos profagos eran aproximadamente el doble de frecuentes en muestras fecales de pacientes con cáncer colorrectal que en individuos sanos. No era una diferencia trivial. Tampoco era una prueba definitiva de culpabilidad, pero sí una pista sólida. Como en toda buena historia científica, surgieron las inevitables preguntas: ¿causa o consecuencia? ¿Esos virus contribuyen al desarrollo del cáncer? ¿El entorno tumoral favorece que esas cepas prosperen?

La ciencia, prudente como un fedatario, no se precipitó. El estudio establece una asociación robusta, replicada en grandes cohortes, pero no dicta una sentencia final. Aun así, la implicación conceptual es profunda: la disbiosis —un desequilibrio de la microbiota— asociada al cáncer colorrectal puede depender de variaciones genéticas dentro de una misma especie bacteriana, no simplemente de su abundancia. El enemigo —si es que existe— no es la bacteria en abstracto. Es la bacteria concreta, con su equipaje viral.

Y aquí es donde la historia adquiere una dimensión práctica. El cribado del cáncer colorrectal se basa hoy en herramientas relativamente conocidas: pruebas de sangre oculta en heces, colonoscopias, biomarcadores moleculares. En paralelo, se explora el microbioma fecal como complemento diagnóstico. Pero muchos enfoques se limitan a medir qué especies están presentes y en qué proporción.

Este hallazgo sugiere que eso puede ser insuficiente. No basta con detectar Bacteroides fragilis. Hay que saber si porta determinados profagos víricos. En otras palabras, el diagnóstico podría volverse más preciso si en lugar de preguntar “¿está esta bacteria?”, preguntamos “¿qué versión de esta bacteria está?”.

El análisis metagenómico de muestras fecales permite ya identificar fragmentos de ADN viral y bacteriano. Si la asociación se confirma y se perfecciona, estos profagos podrían convertirse en biomarcadores de riesgo. No reemplazarían a las herramientas actuales, pero podrían afinar la estratificación: ayudar a distinguir quién necesita una vigilancia más estrecha.

Imaginen un escenario futuro en el que un análisis no invasivo detecte no solo cambios generales en la microbiota, sino la presencia de cepas bacterianas con perfiles genéticos específicos asociados a mayor riesgo. No sería una bola de cristal, pero sí una brújula más sensible.

Hay algo casi literario en esta historia. Durante siglos hemos buscado causas claras y lineales: un patógeno, una enfermedad. Pero el intestino nos recuerda que la biología es coral, compleja, interdependiente. Un tumor no surge en el vacío, sino en un entorno ecológico donde células humanas, bacterias y virus interactúan en capas superpuestas.

Es un drama microscópico en varios actos. En el primero, una bacteria común convive pacíficamente con su huésped. En el segundo, un virus se integra en su genoma. En el tercero, esa combinación altera ligeramente el equilibrio local. Y en algún punto del guion, el tejido intestinal puede verse empujado hacia la inflamación crónica o la transformación celular. Nada es inmediato. Nada es simple. Pero tampoco es azar puro.

Quizá lo más revelador de esta investigación no sea la implicación concreta de un profago, sino el recordatorio metodológico: cuando algo parece paradójico, suele ser porque estamos mirando con una resolución insuficiente. Decir que “Bacteroides fragilis está asociada al cáncer” parece una afirmación demasiado amplia. Era como decir que “los mamíferos vuelan” porque algunos murciélagos lo hacen. La clave estaba en la subcategoría.

Y así, el antiguo sospechoso adquiere matices. No es el villano universal ni el inocente incomprendido. Es una especie diversa, con múltiples variantes, algunas quizá más propensas a participar en contextos patológicos cuando alojan determinados elementos virales. En el vasto y ligeramente escandaloso universo intestinal, donde millones de microorganismos negocian cada segundo su supervivencia, descubrimos que incluso las bacterias pueden tener secretos en los bolsillos.

Y nosotros, orgullosos propietarios de ese universo al que llamamos microbioma, apenas estamos empezando a elaborar el censo.