Hace unos meses, durante una
comida con unos amigos, alguien descorchó una botella de Rioja. Uno de los amigos, un reconocido tocapelotas, se puso de pie, enarboló una botella de buen Rioja y, sin apartar
la vista de la etiqueta, lanzó una de esas preguntas que parecen una ocurrencia
sin importancia, pero que tienen la extraña capacidad de estropear una
sobremesa. «Oye, ¿por qué las botellas de vino tienen 750 mililitros? ¿Por qué
no un litro?»
Hubo unos segundos de silencio.
Alguien aventuró que sería por tradición. Otro sugirió que quizá fuera una
antigua medida francesa. Un tercero, con la seguridad de quien jamás ha dejado
que la ignorancia estropee una buena explicación, aseguró que era porque esa
era exactamente la cantidad que podía soplar un artesano cuando fabricaba las
botellas de vidrio.
Todos asentimos con gesto
convencido. Sonaba perfectamente razonable. Y, sin embargo, probablemente no
sea cierto.
Lo maravilloso de las preguntas
aparentemente insignificantes es que suelen conducir a lugares inesperados. La
capacidad de una botella de vino parece un detalle tan irrelevante que casi
nadie se ha parado a pensar en ella. Aceptamos los 750 mililitros con la misma
naturalidad con la que aceptamos que una docena tenga doce unidades o que las
semanas tengan siete días. Pero si hoy alguien inventara el vino desde cero,
¿de verdad elegiría una botella de tres cuartos de litro? Lo lógico sería un
litro, medio litro o cualquier otra cantidad decimal.
Sin embargo, millones de botellas
salen cada año de las bodegas de medio mundo con exactamente la misma
capacidad. Lo curioso es que nadie sabe con absoluta certeza por qué.
La explicación más popular es
también la más pintoresca. Durante siglos las botellas se fabricaban una a una
soplando vidrio fundido. Según esta historia, un maestro vidriero podía
insuflar aproximadamente tres cuartos de litro de aire antes de quedarse sin
aliento, de modo que, sin proponérselo, acabó fijando el tamaño de las
botellas. Es una imagen irresistible: el comercio mundial del vino dependiendo
de la capacidad pulmonar de un hombre con las mejillas hinchadas frente a un
horno a más de mil grados.
Tiene un pequeño problema. Los
historiadores del vidrio no encuentran pruebas que la respalden. Las botellas
antiguas eran cualquier cosa menos uniformes. Algunas apenas alcanzaban medio
litro; otras superaban holgadamente el litro. Si la capacidad pulmonar hubiera
sido el factor determinante, cabría esperar una regularidad que simplemente
nunca existió.
La explicación que hoy convence a
la mayoría de los historiadores resulta bastante menos romántica, pero mucho
más reveladora. Hay que cruzar el canal de la Mancha.
Durante los siglos XVIII y XIX,
los vinos franceses —sobre todo los de Burdeos— se exportaban masivamente a
Gran Bretaña. Los británicos, como es bien sabido, nunca han sentido demasiado
entusiasmo por las unidades de medida sencillas. Mientras el resto del mundo
acabó abrazando el sistema métrico, ellos seguían hablando de pintas, onzas,
yardas y galones.
El galón imperial contenía 4,546
litros. Y entonces apareció una solución extraordinariamente práctica. Seis
botellas de 750 mililitros sumaban cuatro litros y medio, una cantidad muy
próxima a un galón imperial. La diferencia era suficientemente pequeña para el
comercio de la época, mientras que las cuentas se simplificaban enormemente.
Los impuestos, las facturas y el transporte dejaban de ser un quebradero de
cabeza.
A partir de ahí comenzó un efecto
dominó. Si una unidad comercial eran seis botellas, una caja de madera podía
contener doce, es decir, dos galones aproximadamente. Esa caja resultaba
manejable para dos personas y suficientemente resistente para viajar miles de
kilómetros sin que las botellas acabaran convertidas en un mosaico de cristales
y vino.
Las barricas tradicionales de
Burdeos, con unos 225 litros de capacidad, encajaban casi milagrosamente en el
sistema. De una barrica podían obtenerse exactamente 300 botellas de 750
mililitros, o lo que es lo mismo, veinticinco cajas completas de doce botellas.
Cuando un formato consigue que las barricas, las cajas, los barcos, los
almacenes y la contabilidad hablen el mismo idioma, deja de ser un simple
recipiente para convertirse en un estándar.
Y eso fue exactamente lo que
ocurrió. Lo más sorprendente es que durante mucho tiempo no existió ninguna
norma que obligara a utilizar ese tamaño. En distintos lugares de Europa
convivían botellas de capacidades diversas. Fue el comercio internacional el
que, poco a poco, fue eliminando esa diversidad. Finalmente, durante el siglo
XX, la legislación terminó oficializando una costumbre que llevaba generaciones
funcionando.
Es un fenómeno mucho más
frecuente de lo que imaginamos. Nos gusta pensar que las grandes normas nacen
porque un grupo de expertos se reúne alrededor de una mesa y decide cuál es la
mejor solución posible. La realidad suele ser bastante más prosaica. Miles de
personas toman durante décadas pequeñas decisiones prácticas porque son
cómodas, eficientes o simplemente porque nadie tiene una razón poderosa para
hacer otra cosa. Cuando todo el mundo acaba actuando igual, aparece una ley que
convierte esa costumbre en obligación.
Ha ocurrido con el tamaño del
papel, con el ancho de las vías del tren, con la disposición de las teclas del
ordenador... y también con las botellas de vino. Así que la próxima vez que
alguien descorche una botella de Rioja y empiece a llenar las copas, quizá
merezca la pena retrasar unos segundos el primer brindis.
Después de todo, esa botella no
contiene tres cuartos de litro porque un enólogo hiciera un cálculo
especialmente brillante ni porque un rey lo decretara hace siglos. Lo más
probable es que sea el resultado de una larga cadena de decisiones prácticas
tomadas por comerciantes, vidrieros, transportistas, bodegueros y funcionarios
que nunca imaginaron que, doscientos años después, alguien se preguntaría por
qué demonios una botella de vino no contiene un litro.