Hace unos días una amiga me
enseñó un pequeño sobre que le había recomendado su oftalmóloga. Le habían
diagnosticado un desprendimiento posterior del vítreo y, además de reposo y
vigilancia, le había aconsejado tomar aquel complemento alimenticio. Se llamaba
VISUfly. Le di la vuelta al sobre y me encontré con una composición que parecía
más apropiada para una ensalada de frutas que para una consulta de
oftalmología: bromelina de piña, papaína de papaya y ficina de higo,
acompañadas de colágeno hidrolizado, lisina, glutatión y vitamina C. El propio
fabricante confirma esa composición y atribuye a las tres primeras sustancias
actividad proteolítica, es decir, capacidad para romper proteínas.
La pregunta era inevitable: ¿qué tienen que ver una piña, una papaya y un higo con un desprendimiento del vítreo? Para responder hay que meterse dentro del ojo.
El ojo suele compararse con una
cámara fotográfica y, aunque la comparación empieza a acusar los años, sigue
siendo bastante útil. La luz atraviesa primero la córnea, después pasa por la
pupila, cuya abertura regula el iris, y finalmente atraviesa el cristalino, una
lente flexible que contribuye a enfocar la imagen sobre la retina. Esta tapiza
el fondo del ojo y contiene los fotorreceptores capaces de transformar la luz
en impulsos eléctricos. A partir de ahí toma el relevo el nervio óptico y, en
último término, el cerebro, porque, hablando con propiedad, no vemos con los
ojos: vemos con el cerebro utilizando la información que le proporcionan.
Pero entre el cristalino y la
retina hay un espacio considerable. De hecho, constituye más de las tres
cuartas partes del volumen ocular. Y no está vacío. Lo ocupa una sustancia
transparente llamada humor vítreo.
El nombre procede del latín vitreus,
«de vidrio». Es una denominación magnífica porque el vítreo debe cumplir una
condición esencial: estar ahí sin que nos enteremos de que está. Es un gel
transparente compuesto aproximadamente en un 98% por agua, pero decir que es
básicamente agua sería como decir que una medusa es básicamente agua y dar por
terminada la explicación. Esa enorme cantidad de gel permanece organizada
gracias a una delicadísima red formada principalmente por fibrillas de colágeno
—sobre todo del tipo II— y ácido hialurónico. Esa arquitectura molecular
transforma el agua en un gel transparente que rellena el globo ocular.
El vítreo ayuda a mantener la
geometría del ojo, proporciona un medio transparente para el paso de la luz y
establece una estrecha relación mecánica con la retina. Cuando somos jóvenes
forma un gel bastante homogéneo y permanece adherido a la superficie retiniana.
El problema, como sucede con tantas estructuras magníficamente diseñadas por la
evolución sin pensar demasiado en la vejez, es que el vítreo envejece.
Con los años su arquitectura
comienza a cambiar. La red de colágeno se reorganiza, aparecen agregados de
fibrillas y se forman zonas progresivamente más líquidas. Los oftalmólogos
denominan “sinéresis vítrea” a parte de ese proceso de degeneración y
licuefacción. El fenómeno aumenta con la edad y puede aparecer antes en
personas miopes, después de una operación de cataratas, tras traumatismos o en
determinadas enfermedades inflamatorias del ojo.
Y entonces aparecen las moscas.
Las llamadas “miodesopsias”,
conocidas popularmente como moscas volantes, son uno de esos fenómenos
extraordinarios que demuestran que podemos contemplar cosas situadas dentro de
nuestro propio cuerpo. Las pequeñas condensaciones y agregados presentes en el
vítreo interfieren con la luz que atraviesa el ojo y proyectan sombras sobre la
retina. Lo que vemos como un punto, una hebra, una telaraña o un diminuto bicho
que se escapa cada vez que intentamos mirarlo directamente no está delante de
nosotros: está flotando dentro de nuestro ojo. Al moverlo, el vítreo se
desplaza y la opacidad también, de ahí ese comportamiento desesperante de las
moscas que nunca se dejan atrapar.
Pero el envejecimiento del vítreo
tiene otra consecuencia. A medida que se licúa y cambia su estructura, puede ir
separándose de la retina. Cuando la capa posterior del vítreo acaba
desprendiéndose de ella se produce lo que los oftalmólogos llaman “desprendimiento
posterior del vítreo”. Es extraordinariamente frecuente: su prevalencia aumenta
marcadamente con la edad y afecta a la mayoría de los ojos cuando alcanzamos la
octava década de la vida.
El nombre asusta más de lo que
generalmente merece. Un desprendimiento del vítreo no es lo mismo que un
desprendimiento de retina. El primero suele formar parte del envejecimiento
normal del ojo y su pronóstico es generalmente bueno. El problema está en que
el vítreo no se encuentra igualmente adherido a la retina en todas partes. Hay
lugares donde la unión es especialmente fuerte y, mientras se desprende, puede
tirar de ella.
Eso explica otro síntoma
característico: los destellos luminosos o fotopsias. En este caso no hay luz
alguna entrando en el ojo. La tracción del vítreo estimula mecánicamente la
retina y esta envía una señal que el cerebro interpreta como luz. Es algo parecido
a lo que sucede cuando nos frotamos con fuerza los ojos cerrados y vemos
lucecitas que evidentemente no existen en la habitación.
La mayoría de las veces el asunto
termina ahí. Pero si la tracción es suficientemente intensa puede provocar un
desgarro de la retina. A través de esa abertura puede introducirse líquido y
comenzar entonces algo completamente distinto y mucho más serio: un
desprendimiento de retina. Por eso la aparición repentina de muchas moscas
volantes, un aumento brusco de las existentes, nuevos destellos, pérdida de
visión o una especie de sombra o cortina que avanza por el campo visual exige
atención oftalmológica urgente. Tras un desprendimiento posterior del vítreo
agudo también son habituales las revisiones posteriores precisamente para
comprobar que durante el proceso no haya aparecido una rotura retiniana.
Volvamos ahora al sobre de mi
amiga y a nuestra macedonia oftalmológica.
La bromelina es una mezcla de
enzimas proteolíticas procedentes de la piña; la papaína es una proteasa
obtenida de la papaya, y la ficina procede del látex de la higuera. Una
proteasa es, simplificando, una herramienta molecular capaz de cortar proteínas
en fragmentos más pequeños. Y aquí comienza a vislumbrarse la lógica de
VISUfly: si algunas opacidades que flotan en el vítreo están formadas por
agregados de colágeno, ¿podrían ciertas enzimas proteolíticas contribuir a
degradarlos?
No es una ocurrencia del
fabricante del complemento. La hipótesis se ha investigado. En 2022 se publicó un ensayo
clínico con 224 pacientes que presentaban opacidades vítreas sintomáticas.
Durante tres meses recibieron diferentes dosis de una combinación de bromelina,
papaína y ficina, mientras otro grupo recibió vitamina C. Los autores
comunicaron una disminución de las opacidades relacionada con la dosis
administrada. Existía además un estudio anterior, publicado en 2020, que
había investigado la misma combinación de enzimas y obtenido resultados
favorables.
Por tanto, no estamos ante uno de
esos complementos alimenticios en cuya etiqueta se amontonan sustancias
saludables esperando que el consumidor establezca por su cuenta alguna relación
con la enfermedad. Existe una hipótesis fisiológica y existen estudios clínicos
que la respaldan. Pero entre eso y afirmar que sabemos que el tratamiento
funciona hay todavía una distancia considerable.
El problema puede resumirse en
una pregunta muy sencilla: ¿cómo llega la papaína que uno se traga hasta las
fibrillas de colágeno que flotan dentro del ojo?
Nuestro aparato digestivo está
precisamente especializado en descomponer proteínas. Para aceptar el mecanismo
propuesto habría que demostrar que cantidades biológicamente relevantes de esas
enzimas sobreviven al proceso digestivo, se absorben, alcanzan la circulación
manteniendo suficiente actividad y, finalmente, llegan al vítreo en
concentraciones capaces de actuar sobre sus agregados proteicos. Los
estudios publicados proporcionan resultados clínicos interesantes, pero no
han convertido toda esa cadena causal en un mecanismo definitivamente
establecido. Por eso conviene mantener la cautela: la Academia Americana de
Oftalmología sigue indicando que no existe un tratamiento médico recomendado
para el desprendimiento posterior del vítreo; el manejo habitual de un caso no
complicado consiste fundamentalmente en observación, vigilancia de los síntomas
y revisiones para descartar roturas retinianas.
Esto permite además aclarar una
posible confusión. VISUfly no pretende volver a pegar a la retina un vítreo que
se ha separado de ella. Tampoco disponemos de pruebas de que impida un
desprendimiento de retina. La lógica de las enzimas proteolíticas se dirige
fundamentalmente hacia las opacidades vítreas y las molestas moscas volantes
asociadas a la degeneración del gel. El glutatión y la vitamina C aportan, por
su parte, el componente antioxidante de la formulación. El propio producto se
comercializa legalmente como complemento alimenticio, no como medicamento.
Así que, después de dar un paseo
inesperadamente largo por la córnea, el cristalino, la retina, el colágeno, el
ácido hialurónico y tres fruterías tropicales, devolví el sobre a mi amiga. No
podía asegurarle que las enzimas de la piña, la papaya y el higo fueran a
comerse las moscas que flotaban dentro de su ojo. La evidencia disponible
todavía no permite afirmarlo con esa rotundidad. Pero al menos el pequeño sobre
plateado había dejado de parecer tan extravagante.
Y, sobre todo, había servido para descubrir algo bastante más interesante: que llevamos toda la vida mirando el mundo a través de un delicadísimo gel transparente que envejece con nosotros y del que normalmente solo nos acordamos cuando, un buen día, empezamos a ver sus sombras.

