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miércoles, 2 de septiembre de 2026

MOUNT VERNON Y EL ESCUADRÓN ALADO DE BLAS DE LEZO

En Alexandria, Virginia, a unos treinta kilómetros al sur de Washington D. C., los bajíos del Potomac marcan la frontera entre Maryland y Virginia. Siguiendo el trazado de una antigua senda, la George Washington Parkway se ciñe a la orilla derecha hasta llegar a Mount Vernon, la mansión de George Washington, el primer presidente de los Estados Unidos, y de su esposa Martha.

Antes de convertirse en símbolo nacional, el lugar se llamaba Little Hunting Creek, por el arroyo que lo cruzaba. Su hermanastro, Lawrence Washington, heredó la propiedad y decidió cambiarle el nombre en honor de su antiguo comandante en la Marina Real británica, el vicealmirante Edward Vernon. Lo admiraba profundamente. Paradójicamente, Vernon pasaría a la historia no por sus victorias, sino por su espectacular derrota frente a un marino español cojo, tuerto y manco llamado Blas de Lezo.

Todo comenzó con una oreja. En 1738, un capitán inglés llamado Robert Jenkins compareció ante el Parlamento británico portando, dentro de un frasco, su propia oreja. Según relató, siete años antes su barco había sido interceptado en el Caribe por un guardacostas español que descubrió una carga de contrabando. El capitán, Juan León Fandiño, al ver su insolencia, le cortó una oreja (no consta la de qué lado) y lo despachó con un mensaje memorable: «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve».

La escena inflamó la imaginación británica. La prensa habló de barbarie española y el Parlamento, convenientemente azuzado por los intereses comerciales del momento, clamó venganza. El rey Jorge II declaró la guerra a España dando paso a un episodio que pasaría a la historia con un título macabro y algo cómico: la Guerra de la Oreja de Jenkins, o, en su versión más solemne, la Guerra del Asiento.

El mando de la flota recayó en el vicealmirante Edward «Old Grog» Vernon, un marino veterano de costumbres austeras —introdujo la mezcla de ron con agua que daría origen al grog— y fama de incorruptible. En Jamaica reunió una armada desmesurada: veintisiete navíos de línea, varias fragatas, bombardas, cañoneras y transportes. Era la mayor expedición enviada jamás al Caribe. El escritor escocés Tobias Smollett, que participó como cirujano, recordaría más tarde: «Nunca un contingente estuvo más completamente equipado, y nunca tuvo la nación más razón para la esperanza en un éxito extraordinario». El plan era sencillo y arrogante: tomar las plazas españolas de Portobelo y Cartagena de Indias, controlar el istmo y luego marchar sobre Perú. Portobelo cayó en dos horas. Vernon fue recibido en Londres como héroe nacional. La propaganda lo presentó como el azote del imperio español. Eufórico, el vicealmirante convenció al Gobierno de lanzar un ataque masivo contra Cartagena.

Cartagena era mucho más que una ciudad amurallada: era el principal puerto del virreinato de Nueva Granada, punto de salida de la Flota de Galeones de Tierra Firme, cargada de plata, oro, cacao, tabaco, maderas exóticas y quinina rumbo a Sevilla. Un intento británico anterior, en 1727, había terminado sin combate: la fiebre amarilla mató a más de cuatro mil hombres antes de que pudieran desembarcar. Pero la expedición de 1741 dejaba pequeña cualquier comparación.

Vernon reunió doscientos cuatro barcos, ciento treinta de transporte y setenta y cuatro de guerra, con veintinueve mil soldados a bordo, incluidos tres mil quinientos colonos norteamericanos reclutados en Virginia, descritos con cierta malicia como «todos los bandidos de las colonias». Uno de los oficiales era el joven Lawrence Washington, futuro hermano mayor y mentor de George. Frente a ellos, Cartagena apenas podía oponer seis navíos y tres mil hombres. Pero entre ellos estaba Blas de Lezo y Olavarrieta, marino guipuzcoano curtido en mil batallas. Había perdido una pierna, un ojo y el uso de un brazo; lo llamaban «Mediohombre». Sin saberlo, don Blas tenía un ejército aliado mucho más numeroso que el de Vernon: millones de mosquitos Aedes, transmisores de la fiebre amarilla.

A los pocos días de iniciarse el asedio, los mosquitos comenzaron su silencioso trabajo. Los británicos cayeron como espigas bajo el sol del Caribe. Primero fiebre alta, después hemorragias, orina negra, vómitos de sangre. En menos de tres semanas, tres mil quinientos soldados habían muerto sin disparo enemigo. Los cirujanos británicos, impotentes, lo registraron todo: «una muerte rápida, con un hedor dulzón, amarillento». Era la fiebre amarilla, el arma biológica de la naturaleza tropical. Vernon, confiado, había llegado a enviar una carta a Londres anunciando la inminente victoria. La noticia desató el júbilo: la Casa de la Moneda incluso acuñó una medalla conmemorativa que jamás se llegó a entregar. Cuando la flota británica logró bombardear la ciudad, los cadáveres ya se amontonaban en los navíos.

Los españoles resistieron desde el fortín de San Felipe de Barajas, una fortaleza casi inexpugnable. Vernon ordenó el asalto final el 20 de abril, pero los hombres estaban exhaustos y medio delirantes. El resultado fue una carnicería. Smollett escribió después: «Los cuerpos desnudos de nuestros compañeros flotaban arriba y abajo por el puerto, sirviendo de alimento a cuervos y tiburones». El campo de batalla era un cementerio. Los marineros se amotinaron, y cincuenta fueron fusilados por negarse a atacar. La epidemia y la descomposición habían hecho su trabajo. El escenario de la derrota más humillante de la marina británica estaba completo.

El 8 de mayo de 1741, Vernon ordenó replegar la flota. De sus veintinueve mil hombres, veintidós mil habían muerto, la mayoría aseteados por el escuadrón invisible del Caribe. Blas de Lezo, enfermo y exhausto, había salvado Cartagena con apenas tres mil defensores. Murió pocos meses después, probablemente de peste. Ni siquiera vivió para saborear su victoria. En cambio, Edward Vernon regresó a Inglaterra humillado. Su fracaso fue tan absoluto que la corte de Jorge II prohibió mencionar la palabra «Cartagena» en los informes oficiales. Sus medallas quedaron guardadas en los cajones del olvido. Y, sin embargo, su nombre sobrevivió, grabado no en el mármol de Westminster, sino en una colina del Potomac, en el nombre que un joven colono americano dio a su hacienda: Mount Vernon.

El destino tiene un sentido del humor peculiar. La mansión que lleva el nombre de un almirante derrotado por un vasco manco se convirtió en la residencia de George Washington, el padre fundador de la nación que un siglo más tarde heredaría la hegemonía que Inglaterra perdió en Cartagena. Quizá haya en ello una lección: la historia no siempre la escriben los vencedores, sino los supervivientes. En Cartagena, los héroes no llevaban uniformes ni banderas: eran invisibles, alados, zumbaban al atardecer sobre el fango. Y mientras Vernon agonizaba de orgullo, el pequeño escuadrón de Blas de Lezo y los mosquitos sellaba, sin saberlo, una de las mayores victorias de la biología sobre un imperio.

EL CEREZO, UN ÁRBOL QUE VIVE DEPRISA

 

Aspectos botánicos del cerezo, Prunus avium. Arriba a la derecha aparece un trozo de tronco conunas hendiduras (lenticelas) que permiten la oxigenación del árbol.

Hay árboles que se toman la primavera con calma. El haya, por ejemplo, espera hasta que el frío ha perdido casi toda autoridad antes de desplegar sus hojas. El cerezo silvestre o cerezo de monte, Prunus avium, prefiere otra estrategia: aparece temprano, florece con una ostentación casi imprudente y, en pocas semanas, ha producido unos frutos que harán las delicias de mirlos, estorninos, urracas y niños con camiseta blanca.

Es un árbol europeo en el sentido más profundo del término. Su área natural abarca gran parte de Europa, llega al oeste de Asia y alcanza algunas zonas del norte de África; en la Península se refugia sobre todo en montañas y ambientes frescos. No es un árbol de encinares secos ni de llanuras abrasadas: exige suelos profundos, fértiles, aireados y con cierta reserva de humedad. Le gustan los claros, las lindes y los bordes del bosque, lugares donde puede recibir mucha luz. Allí actúa como especie pionera: crece rápido, ocupa el espacio disponible y, con el tiempo, suele ceder terreno a árboles más pacientes y sombríos, como robles y hayas.

Prunus era el nombre que daban los romanos alos frutos de “hueso”. El nombre específico, avium, significa «de las aves». No es una concesión poética de Linneo, sino una descripción bastante exacta de su negocio evolutivo. El cerezo fabrica una pulpa dulce, vistosa y jugosa alrededor de una semilla encerrada en un hueso. Las aves se llevan el fruto, digieren la parte carnosa y expulsan o dejan caer el hueso a cierta distancia. El árbol paga el transporte con azúcar y pigmentos rojos; el ave cobra la comisión y, sin saberlo, siembra futuros cerezos.

La estrategia explica el color. A comienzos del verano, cuando el bosque europeo todavía ofrece relativamente pocos frutos carnosos maduros, las cerezas destacan como señales luminosas entre el follaje. En agosto y septiembre habrá moras, endrinas, majuelos, escaramujos y toda una despensa de tonos oscuros. Pero la cereza llega antes. Es pequeña, llamativa y no necesita anunciarse demasiado: basta mirar un cerezo cargado para comprender que la discreción no figuraba entre sus objetivos.

La rapidez tiene un precio. El cerezo puede alcanzar en estado silvestre más de veinte metros de altura, y los viejos ejemplares son capaces de sobrepasarlos con holgura. Los frutales de cultivo se mantienen mucho menores mediante poda e injertos sobre patrones que favorecen el enanismo, pero el cerezo tradicional crece con una energía que obliga a cosechar con escalera. Su corteza joven, lisa y de tono pardo rojizo, está atravesada por conspicuas líneas horizontales: las lenticelas. Son pequeñas zonas porosas de intercambio gaseoso que permiten respirar a los tejidos encerrados bajo la corteza. No son una extravagancia exclusiva del cerezo —las tienen muchos árboles—, pero en él forman una de las señas de identidad más fáciles de reconocer.

La primavera del cerezo es una carrera de fondo corrida como si fuera un esprint. Tras el reposo invernal, sus yemas se abren y producen ramilletes de flores blancas, por lo común de dos a seis. Cada flor ofrece néctar y polen a abejas y otros insectos; después, si la polinización ha tenido éxito, el ovario se convierte en drupa. En los cultivares tradicionales de Prunus avium, la autoincompatibilidad es frecuente: un árbol puede florecer magníficamente y, sin un polinizador compatible cerca, dar una cosecha decepcionante. Por eso los huertos de cerezos no son simples colecciones de individuos: son comunidades con calendarios de floración cuidadosamente combinados.

Conviene matizar que no es un árbol que florezca «tarde» en sentido absoluto. Al contrario: está entre los primeros árboles del bosque en hacerlo. Pero retrasa la apertura de las flores lo suficiente para no exponerse al invierno pleno, y la fecha cambia mucho con la altitud, la variedad y el clima local. Aun así, una helada tardía puede arruinar la cosecha en una sola noche. El cerezo no ha encontrado una solución perfecta al problema; ha encontrado una solución suficientemente buena para reproducirse casi todos los años.

En ese breve intervalo de primavera se activan las hormonas vegetales que regulan el crecimiento y la formación del fruto. Las auxinas, las giberelinas y las citoquininas intervienen, cada una a su manera, en la división celular, el alargamiento de los tejidos y el desarrollo de la semilla y la pulpa. Más adelante entran en escena otras dos: el etileno, relacionado con la maduración y el envejecimiento de los tejidos, y el ácido abscísico, que ayuda al árbol a responder a la falta de agua y prepara el reposo y la caída de las hojas. No son sustancias que actúen por separado, sino un pequeño gobierno químico cuyos miembros se pisan con frecuencia las competencias.

Por eso no conviene convertir el cambio de posición de las hojas en un misterioso «síndrome de abstinencia» exclusivo del cerezo ni explicarlo por una sola hormona. Cuando aprieta el calor o escasea el agua, las hojas pueden inclinarse y colgar, reciben menos radiación directa y pierden menos agua. Es un ajuste pasajero que puede dar al árbol un aire cansado, aunque no esté enfermo ni necesite necesariamente abono.

No conviene, sin embargo, convertir ese cambio en un misterioso «síndrome de abstinencia» exclusivo del cerezo ni atribuirlo únicamente al etileno. El etileno participa en procesos de maduración y senescencia, mientras que el ácido abscísico interviene de forma decisiva en las respuestas al déficit hídrico y, más adelante, en la preparación para la caída de las hojas. En el cerezo, como en casi toda la botánica, las hormonas no trabajan como ministros con cartera propia, sino como una conversación simultánea y bastante complicada.

Tampoco deben confundirse los cerezos frutales europeos con los cerezos japoneses ornamentales, llamados sakura. Bajo ese nombre se agrupan diversas especies, híbridos y cultivares, como Prunus serrulata y el célebre híbrido Prunus × yedoensis. Han sido seleccionados, sobre todo, por la espectacularidad y duración de la floración. Sus flores pueden ser dobles, con muchos pétalos, y sus frutos suelen ser escasos o poco interesantes para nosotros. El cerezo común europeo ha seguido una línea menos teatral y más práctica: flores sencillas, polinización eficaz, fruto comestible y dispersión por aves.

Finalmente, están las palabras. En el uso corriente español llamamos cerezas, en general, a los frutos dulces y firmes de P. avium, destinados sobre todo a consumirse frescos. Las guindas proceden habitualmente de P. cerasus: son más ácidas, de pulpa más blanda y se prestan mejor a confituras, tartas, almíbares y licores. No son simplemente cerezas que hayan salido mal. P. cerasus es una especie distinta, de origen híbrido antiguo, emparentada con P. avium y con el cerezo enano europeo, P. fruticosa. El cerezo dulce, por tanto, no es un frutal «puro» en el sentido de no haber sido tocado por los humanos —sus variedades son producto de una larga selección—, pero sí es una especie silvestre propia de nuestros bosques y el gran antepasado de buena parte de las cerezas que comemos.

Quizá por eso resulta tan fácil reconocerlo. En abril parece una nube blanca posada sobre un talud; en junio, un árbol dedicado a producir pequeñas joyas rojas; en pleno verano, un vegetal que deja caer las hojas como quien se afloja el cuello de la camisa tras una jornada larga. Toda su vida parece concentrada en unos meses. Y, pese a su aparente fragilidad, lleva miles de años repitiendo con éxito el mismo trato con las aves: yo pongo el fruto; vosotros lleváis la semilla.

ECHINOPSIS CUZCOENSIS, EL CACTUS DE CUSCO QUE PARECE HECHO PARA DEFENDER UNA FORTALEZA

 

Echinopsis cuzcoensisIchupampa y Chuvey, Perú. Foto de Fabio Olmos

En los alrededores de Cusco, a más de tres mil metros de altitud, el paisaje no se ajusta del todo a la postal tropical que muchos esperan de Perú. Hay laderas secas, cielos de una claridad casi excesiva, noches frías y una vegetación que ha aprendido a administrar el agua con la meticulosidad de un contable. Allí, como en otros lugares de los Andes peruanos, crece Echinopsis cuzcoensis, un cactus columnar de presencia formidable: no es una planta que se deje confundir con un adorno de ventana.

Puede alcanzar cinco o seis metros de altura y ramificarse en varios troncos que se abren ligeramente hacia los lados. De lejos parece un pequeño bosque de columnas verdes; de cerca revela su temperamento. Sus tallos, cilíndricos y provistos por lo común de siete u ocho costillas bajas y redondeadas, llevan areolas bastante próximas. De cada una salen numerosas espinas rígidas, muy robustas y ensanchadas en la base, capaces de medir hasta siete centímetros. No es difícil imaginar que un rebaño hambriento, o una persona con una mala idea, prefiera buscar alimento en otra parte.

La especie fue descrita en 1920 por los botánicos estadounidenses Nathaniel Lord Britton y Joseph Nelson Rose con el nombre de Trichocereus cuzcoensis, en el segundo volumen de su monumental obra The Cactaceae. Ese sigue siendo el nombre más usado entre coleccionistas y viveristas. Sin embargo, la clasificación aceptada por el real Jardín Botánico de Kew lo incluye en el género Echinopsis, como Echinopsis cuzcoensis; de ahí esta doble denominación que puede desconcertar al aficionado. Kew acepta actualmente Echinopsis cuzcoensis y registra Trichocereus cuzcoensis como sinónimo.

El nombre genérico procede del griego: echînos, erizo, y ópsis, aspecto. Es decir, algo así como «de aspecto de erizo», una definición bastante justa para muchos de sus parientes espinosos. El epíteto cuzcoensis alude, naturalmente, a Cusco, la región peruana de la que procede. Su área natural se concentra en los Andes del sur de Perú, entre unos 3.100 y 3.600 metros de altitud, en ambientes de matorral seco y paisajes casi desérticos.

Hay una interesante contradicción en esta planta. Su cuerpo es una maquinaria de supervivencia: tallos suculentos que almacenan agua, cutícula resistente, superficie relativamente reducida y espinas que sombrean y protegen. Pero cuando llega el momento de florecer abandona toda sobriedad. Produce flores blancas, grandes, en forma de embudo y de unos 12 a 14 centímetros de longitud. Son aromáticas y pueden permanecer abiertas tanto de noche como durante la mañana, una estrategia que amplía el turno de los posibles polinizadores. La planta que durante meses parece empeñada en no llamar la atención se permite entonces una floración espectacular.

A primera vista puede recordar al llamado cactus de San Pedro, Echinopsis pachanoi, otro cacto andino de tallos columnares y flores blancas. Conviene, sin embargo, no mezclarlos alegremente. Echinopsis cuzcoensis suele presentar unas espinas mucho más fuertes, largas y amenazadoras, mientras que el San Pedro típico es más liso y de espinas mucho menores. Además, en los cactus columnares de los Andes hay hibridaciones, variabilidad y una historia nomenclatural suficiente para que dos especialistas puedan pasar una tarde entera discutiendo delante de una maceta. Por esa razón, ni la forma del tallo ni un nombre comercial bastan para atribuir usos, composición química o propiedades a una planta concreta.

En internet aparece a menudo asociado, de manera bastante alegre, a los cactus usados tradicionalmente con fines rituales o medicinales en los Andes. Es prudente separar la documentación etnobotánica seria del entusiasmo comercial. No hay base para recomendar su consumo ni para tratarlo como una planta medicinal doméstica; la identificación de los cactus columnarios puede ser difícil y la ingestión de especies o híbridos mal identificados es una mala práctica. En el jardín, la precaución más inmediata es más prosaica: sus espinas producen heridas dolorosas y se infectan con facilidad si se manipulan sin guantes adecuados.

Como ornamental tiene, en cambio, méritos sobrados. En climas mediterráneos muy benignos puede cultivarse al exterior, siempre que reciba mucho sol y disponga de un drenaje impecable. En maceta conviene utilizar un sustrato mineral y muy aireado, regar con moderación durante el crecimiento y mantenerlo casi seco en invierno. Lo que tolera mal no es tanto el frío ocasional como la combinación de frío, humedad persistente y raíces encharcadas: la receta clásica para que un cactus que parecía indestructible se convierta en una papilla verde.

Se multiplica bien por semilla y también mediante esquejes de tallo, que han de dejarse cicatrizar antes de plantarlos. Pero quizá merece la pena resistir la tentación de convertirlo en otro objeto de compra rápida. En su paisaje original, Echinopsis cuzcoensis no es una extravagancia de colección: es una de las arquitecturas vegetales con que los Andes secos resuelven el problema de vivir con poca agua, mucho sol y noches que pueden ser heladoras.

La UICN lo ha evaluado como especie de «preocupación menor», aunque esa etiqueta no convierte en inocua la extracción de ejemplares silvestres. Como sucede con tantos cactus, lo sensato es elegir plantas propagadas en vivero. 

martes, 1 de septiembre de 2026

LA CAJA QUE TENÍA 4 294 MILLONES DE COMBINACIONES Y NO NECESITABA ELECTRICIDAD

 

Hay imágenes que llegan a las redes sociales con todos los ingredientes necesarios para provocar un pequeño ataque de asombro. Una caja de aspecto oriental, cubierta de arabescos, una cerradura con varios cilindros y, sobre ella, un titular formidable: «Año 1200. 4 294 millones de combinaciones. Y no tenía electricidad». Debajo se añade que un ladrón que ensayara una combinación por segundo tardaría más de 126 años en probarlas todas, que la caja fue construida en el Imperio selyúcida y que hoy se conserva en el Museo Benaki de Atenas.

Es difícil resistirse. Una caja fuerte medieval con más de cuatro mil millones de combinaciones parece uno de esos objetos que inevitablemente terminan acompañados por la pregunta: «¿Cómo pudieron construir esto hace ochocientos años?». La respuesta es bastante sencilla: porque nuestros antepasados no eran idiotas. Pero hay otra cuestión más interesante. ¿Es verdadera la historia?

Lo mejor es empezar por las malas noticias. La caja de la fotografía no es la caja original. La pieza auténtica que inspira la imagen se conserva en The David Collection de Copenhague, no en el Museo Benaki de Atenas. Y ni siquiera se conserva la caja completa. Como se puede comprobar con la fotografía, el museo danés la describe prudentemente como «fragmento de una caja con cerradura de combinación». Está fabricada en latón fundido y martilleado, con incrustaciones de plata y cobre, mide 4,4 centímetros de alto por 23,5 de ancho y 18,5 de fondo y lleva el número de inventario 1/1984. La espectacular caja de la imagen viral, por tanto, es una recreación moderna.

La auténtica caja de Muhammad ibn Hamid al-Asturlabi al-Isfahani. Ejemplar de The David Collection, Copenhague

Hasta aquí podría parecer que nos encontramos ante otro de los innumerables bulos históricos que circulan por internet. Pero ocurre algo bastante divertido: cuando quitamos los adornos falsos, la historia verdadera resulta aún mejor.

La pieza está fechada con extraordinaria precisión. Una inscripción indica el año 597 de la Hégira, correspondiente al año 1200-1201 de nuestra era, y señala también a su constructor: Muhammad ibn Hamid al-Asturlabi al-Isfahani. El apellido profesional “al-Asturlabi” proporciona una pista magnífica: Muhammad era fabricante de astrolabios; al-Isfahani indica su vinculación con la ciudad iraní de Isfahán. Estamos, pues, ante un artesano especializado en algunos de los instrumentos de precisión más sofisticados de su época.

Y ahora viene la parte sorprendente: los 4 294 millones de combinaciones son ciertos. La cerradura tiene cuatro pares de discos giratorios, es decir, ocho discos, cada uno de los cuales admite dieciséis posiciones. No hace falta ninguna electrónica para obtener una cifra gigantesca. Basta la aritmética:

16⁸ = 4 294 967 296

Cuatro mil doscientos noventa y cuatro millones novecientas sesenta y siete mil doscientas noventa y seis configuraciones posibles. Es exactamente la cifra que proporciona el propio museo. Cuando los ocho elementos quedaban colocados en la posición adecuada, se liberaba una placa metálica interior conectada al tirador exterior y al mecanismo de cierre.

La electricidad, naturalmente, no pinta nada aquí. Un candado de combinación moderno tampoco necesita electricidad. Lo extraordinario no consiste en que un hombre del año 1200 consiguiera fabricar un aparato «digital» sin disponer de enchufe, sino en que comprendiera perfectamente cómo multiplicar posibilidades mediante una sucesión de elementos mecánicos independientes.

La imagen viral tropieza, sin embargo, con las matemáticas cuando asegura que probar todas las combinaciones a razón de una por segundo requeriría «más de 126 años». Requeriría algo más: 4 294 967 296 segundos equivalen aproximadamente a 136 años.

Y eso suponiendo un ladrón admirablemente disciplinado, capaz de trabajar veinticuatro horas al día durante siglo y pico, sin dormir, comer, ir al baño, equivocarse ni repetir una combinación. En promedio tampoco tendría que probarlas todas: si la combinación correcta estuviera situada al azar, cabría esperar encontrarla aproximadamente a mitad del recorrido. Eso deja la jornada laboral del ladrón en unos 68 años, que continúa siendo una perspectiva profesional poco atractiva.

Pero tampoco debemos caer en la tentación contraria y convertir aquella cerradura en el equivalente medieval de un sistema criptográfico moderno. Las 4 294 967 296 configuraciones constituyen el espacio matemático de combinaciones posibles; no demuestran que un ladrón necesitara realmente recorrerlas una por una. Las cerraduras mecánicas pueden atacarse aprovechando holguras, escuchando o sintiendo el movimiento de las piezas, observando el mecanismo, desmontándolo o, llegado el caso, aplicando el ancestral procedimiento consistente en romper la caja. Una contraseña informática y una cerradura de latón no ofrecen necesariamente la misma seguridad porque ambas tengan unos cuantos miles de millones de configuraciones.

Lo verdaderamente interesante aparece cuando situamos el objeto en su época. Apenas unos años después, en 1206 de la fecha grabada en la caja de Muhammad ibn Hamid, el ingeniero Badīʿ al-Zamān al-Jazarī terminó su célebre Libro del conocimiento de ingeniosos dispositivos mecánicos, uno de los grandes tratados tecnológicos de la Edad Media. Trabajaba para la corte artúquida en Diyarbakir, en la actual Turquía, y su libro describía relojes, autómatas, mecanismos hidráulicos, máquinas para elevar agua y toda clase de ingenios.

Entre ellos aparece algo que nos resulta muy familiar: una cerradura de combinación para un cofre. El sistema descrito por al-Jazarí empleaba letras árabes. La cerradura disponía de cuatro grupos y utilizaba doce letras para establecer la combinación. Mediante discos y muescas, solamente una determinada alineación permitía liberar el mecanismo. Todavía más interesante es que al-Jazarí no afirmó haber inventado el principio. Al referirse a cerraduras anteriores deja claro que otros artesanos ya habían utilizado sistemas semejantes.

Eso cambia completamente nuestra manera de mirar la pieza de Isfahán. Muhammad ibn Hamid no era necesariamente un genio solitario que una mañana de 1 200 inventó de la nada la cerradura de combinación. Al-Jazarí trabajaba a cientos de kilómetros y conocía mecanismos semejantes prácticamente en las mismas fechas. La proximidad cronológica hace poco probable que uno copiara al otro. Todo apunta a que ambos participaban de una tradición tecnológica mucho más amplia. La propia David Collection señala que el principio constituía entonces un conocimiento compartido y que sus antecedentes pueden remontarse a las culturas mediterráneas de la Antigüedad.

Y ahí está quizá la parte más interesante de toda la historia. Tenemos cierta tendencia a imaginar la tecnología como una escalera que empieza con hombres medievales bastante torpes, continúa con Leonardo da Vinci, acelera con la Revolución Industrial y desemboca felizmente en nosotros, que hemos inventado el teléfono móvil y podemos sentirnos satisfechos. La historia real es mucho menos ordenada. Las técnicas nacen, viajan, se perfeccionan, desaparecen, reaparecen y atraviesan culturas y civilizaciones.

El mundo islámico medieval desempeñó un papel fundamental en esa circulación del conocimiento. Matemáticos, astrónomos, médicos, artesanos e ingenieros heredaron conocimientos griegos, persas, indios y romanos, los desarrollaron y produjeron otros nuevos. El tratado de al-Jazarí es una muestra extraordinaria de esa cultura mecánica: no se limita a imaginar máquinas, sino que explica cómo construirlas y hacerlas funcionar. Su obra, terminada en el año 1206 de nuestra era, constituye uno de los testimonios fundamentales de la ingeniería medieval.

La pequeña cerradura de Muhammad ibn Hamid pertenece a ese mismo mundo. Por eso resulta innecesario convertirla en un misterio. No necesitaba electricidad, desde luego, como tampoco la necesita el cerrojo de nuestra puerta. No era una caja imposible de abrir. No está en Atenas. Ni siquiera conservamos la magnífica caja que aparece en la ilustración.

Lo que conservamos es bastante mejor: un fragmento de latón construido en Isfahán hace más de ocho siglos por un fabricante de astrolabios, provisto de ocho discos capaces de generar exactamente 4 294 967 296 combinaciones.

La imagen viral intenta maravillarnos exagerando la historia. Cometió un error innecesario. Bastaba con contar la verdad.

¿POR QUÉ SE OSCURECEN LAS MANZANAS?

 

Una manzana recién cortada tiene algo de prodigio doméstico: durante unos minutos conserva la blancura limpia de su pulpa y, sin que nadie haya hecho nada más que dejarla sobre un plato, empieza a adquirir el aspecto de una patata que hubiera pasado una mala noche. No se ha estropeado de golpe ni se ha vuelto venenosa. Ha comenzado una reacción química.

Mientras la manzana está entera, sus células mantienen una ordenada separación de tareas. En unos compartimentos se almacenan compuestos fenólicos —sustancias vegetales muy abundantes, relacionadas con el sabor, el color y la defensa de la planta—; en otros se encuentra una enzima llamada polifenol oxidasa. Y fuera de la fruta, naturalmente, está el oxígeno del aire. Los tres actores viven bastante tranquilos mientras la piel de la manzana y las paredes de sus células permanecen intactas.

El cuchillo lo cambia todo. Al cortar, morder, rallar o golpear una manzana, se rompen muchas células microscópicas. La polifenol oxidasa y los compuestos fenólicos, antes separados, pueden encontrarse. El aire entra en los tejidos expuestos y aporta oxígeno. Entonces la enzima acelera la oxidación de los compuestos fenólicos y los transforma en quinonas, unas moléculas muy reactivas. Estas se unen entre sí y con otros componentes del tejido hasta formar pigmentos pardos, emparentados químicamente con las melaninas. La pulpa se vuelve morena ante nuestros ojos.

La figura resume muy bien esa pequeña catástrofe celular. Lo que parece una fruta inmóvil contiene, en realidad, compartimentos, membranas, moléculas y enzimas que trabajan a una escala demasiado pequeña para que podamos verlas. El corte no inventa la reacción: simplemente pone en contacto a quienes hasta entonces se mantenían educadamente separados.

La polifenol oxidasa no es una rareza exclusiva de las manzanas. Está presente en muchas frutas y verduras, y participa en mecanismos de defensa de las plantas. Una herida puede ser la puerta de entrada de microorganismos o herbívoros; los productos de esta oxidación pueden resultar poco agradables o dificultar el ataque. Desde el punto de vista de la planta, que su tejido herido se oscurezca tiene cierta lógica. Desde el nuestro, es una molestia estética: nadie compra con entusiasmo una bandeja de gajos de manzana del color de una suela vieja.

No todas las manzanas se comportan igual. Hay variedades que se oscurecen con rapidez y otras que mantienen la pulpa clara durante bastante más tiempo. Depende de la cantidad y clase de compuestos fenólicos que contienen, de la actividad de sus enzimas y de la acidez de la pulpa. También influye el estado de madurez, el almacenamiento previo y, por supuesto, la temperatura. La relación no siempre es sencilla: una manzana con muchos compuestos fenólicos no tiene por qué ser necesariamente la que antes se ponga parda; importa también qué enzimas posee y cómo reaccionan entre sí. Un estudio comparativo de variedades de manzano explica bien esa combinación de factores.

Conviene despejar una sospecha frecuente. Que la manzana se oscurezca no significa, por sí solo, que esté podrida. Es un cambio químico provocado por la exposición al aire, no una señal automática de descomposición microbiana. Otra cosa es que, si se deja durante mucho tiempo a temperatura ambiente, pueda perder frescura, textura y aroma, o acabar contaminándose. Pero una rodaja que se ha puesto algo morena sigue siendo perfectamente comestible.

La cocina ha encontrado desde hace siglos maneras de retrasar el proceso. La más conocida consiste en rociar la superficie con zumo de limón. Su eficacia tiene dos explicaciones. Por un lado, el ácido cítrico baja el pH y dificulta la actividad de la polifenol oxidasa; por otro, la vitamina C o ácido ascórbico actúa como antioxidante y puede devolver temporalmente las quinonas a formas menos coloreadas. No es magia: cuando el ácido ascórbico se consume, el pardeamiento puede reanudarse.

Guardar la manzana cortada en el frigorífico ayuda por una razón más prosaica: el frío ralentiza las reacciones enzimáticas. Sumergir brevemente los trozos en agua fría limita, mientras están sumergidos, el contacto directo con el oxígeno; y conservarlos después en un recipiente bien cerrado reduce la cantidad de aire disponible. Una fina capa de miel o de jarabe puede ejercer además de barrera parcial, aunque añade sabor y azúcar, de modo que no siempre es la solución más deseable.

La industria alimentaria emplea el mismo principio a mayor escala. Las manzanas cortadas que aparecen tan blancas y optimistas en los envases no han sido educadas para resistir la adversidad: suelen tratarse con sustancias antioxidantes o acidulantes y envasarse en atmósferas con poco oxígeno. La investigación busca fórmulas eficaces que mantengan la calidad sin recurrir a aditivos que el consumidor no quiera encontrar en la etiqueta. Una revisión reciente sobre el pardeamiento de productos de manzana repasa estas estrategias.

La próxima vez que una manzana cortada empiece a perder su blancura, merece la pena mirarla con algo menos de reproche. No está fracasando como merienda. Está ofreciendo una demostración didáctica de química: células rotas, oxígeno, enzimas, moléculas fenólicas y pigmentos que se ensamblan en cuestión de minutos. Pocas lecciones de ciencia de los alimentos caben tan cómodamente en una tabla de cocina.

EL UNIVERSO QUE NOS ATRAVIESA

 

Hay mañanas en que uno se levanta con la sensación de que el mundo conspira contra él. Puede ser el despertador, que ha sonado con puntualidad de funcionario prusiano; puede ser el café, que sabe a posguerra; puede ser una rodilla que se obstina en recordar al propietario que no tiene ya veinte años. Es razonable, en tales circunstancias, concluir que el universo nos está haciendo algo.

La verdad es más impresionante: el universo nos está atravesando.

Mientras usted lee estas líneas, unos cien billones de neutrinos procedentes del Sol pasan cada segundo por su cuerpo. No rozan la piel ni piden permiso. Entran por la frente, por la nuca o por un codo; cruzan huesos, pulmones, recuerdos de infancia y una eventual preocupación por el colesterol; salen por el lado opuesto y continúan su viaje. Algunos atraviesan luego el suelo, el centro de la Tierra y el océano Pacífico sin experimentar el menor contratiempo. Cuesta mucho abrir una puerta con una bolsa de la compra, pero hay partículas nacidas en el centro del Sol capaces de cruzar el planeta entero sin detenerse.

Los neutrinos son los visitantes más discretos de la naturaleza. No poseen carga eléctrica y su masa es diminuta, aunque no nula. Interaccionan con la materia mediante la fuerza nuclear débil, que tiene un nombre de una sinceridad poco frecuente en física. Por eso un neutrino puede cruzar una lámina de plomo, una montaña o la Tierra entera con una serenidad envidiable. No son imposibles de detener, desde luego. Lo que ocurre es que haría falta una barrera de plomo de unos cuantos años luz de espesor para tener garantías razonables de que alguno se dignara a chocar con algo.

El Sol fabrica la inmensa mayoría de los neutrinos que nos atraviesan. En su interior, cuatro núcleos de hidrógeno acaban fusionándose para formar uno de helio. En el proceso se libera la energía que mantiene encendida la estrella y permite que aquí abajo crezcan encinas, tomates y civilizaciones. Los fotones creados en el núcleo solar tardan decenas o centenares de miles de años en abrirse paso hasta la superficie, rebotando sin cesar entre átomos. Luego recorren los 150 millones de kilómetros que nos separan del Sol en poco más de ocho minutos. Los neutrinos, en cambio, salen casi directamente del núcleo y tardan esos mismos ocho minutos en llegar a nosotros. Son telegramas enviados desde el corazón del Sol.

La humanidad tardó bastante en enterarse de que recibía semejante correspondencia. Wolfgang Pauli propuso la existencia del neutrino en 1930 para resolver un problema de contabilidad energética en la desintegración beta. Era una solución tan arriesgada que, en una célebre carta de aquel año, escribió haber dado con un «remedio desesperado» para salvar la ley de conservación de la energía. Pauli llamó inicialmente a su partícula «neutrón». Cuando James Chadwick descubrió en 1932 el neutrón verdadero, Enrico Fermi bautizó la partícula de Pauli como neutrino, «pequeño neutro» en italiano.

En los años sesenta, Raymond Davis Jr. instaló, en una mina de Dakota del Sur, un tanque para buscar neutrinos solares. Contenía 615 toneladas de tetracloroetileno, el líquido empleado en la limpieza en seco. Era una idea difícil de vender a un vecino prudente: se trataba de esperar a que un neutrino solar chocara con un átomo de cloro y lo convirtiera en argón. Davis encontraba poquísimos. Tan pocos que durante décadas pareció que el Sol enviaba menos neutrinos de los previstos o, alternativa menos tranquilizadora, que los físicos no entendían ni el Sol ni los neutrinos.

La solución resultó ser más elegante: los neutrinos cambian de identidad durante el viaje. Existen tres “sabores” —electrónico, muónico y tau— y pueden oscilar de uno a otro. El observatorio SNO, en Canadá, demostró en 2002 que el Sol producía el flujo esperado de neutrinos de boro-8, pero que sólo una parte llegaba a la Tierra como neutrinos electrónicos. Los demás se habían transformado en neutrinos muónicos o tauónicos. Los neutrinos no faltaban: sencillamente se habían disfrazado.

Que cien billones atraviesen un cuerpo cada segundo no significa que el organismo reciba cien billones de golpes. Casi todos pasan de largo. Sus interacciones son tan improbables y tan poco energéticas que carecen de consecuencias sanitarias apreciables. No hay razón para ponerse un casco de plomo para desayunar ni para culpar a una mala mañana de una conspiración del astro rey.

Los neutrinos no son los únicos embajadores del exterior. También nos llega una lluvia de rayos cósmicos. El nombre engaña, porque no son rayos como los de una linterna, sino sobre todo protones y núcleos atómicos que viajan por el espacio a velocidades próximas a la de la luz. Algunos proceden del Sol; muchos llegan desde explosiones estelares, campos magnéticos gigantescos y regiones próximas a agujeros negros supermasivos.

Al alcanzar la atmósfera, esas partículas no llegan normalmente al suelo. Chocan con núcleos de nitrógeno u oxígeno a gran altura y desencadenan una cascada de piones, kaones, electrones, fotones, neutrinos y otras partículas. La atmósfera funciona como un gigantesco laboratorio de física de partículas, aunque con una política de seguridad bastante laxa y sin un solo cartel que indique la salida de emergencia.

De esta lluvia secundaria, los muones son los que más claramente nos afectan, en el sentido literal de que pasan por nosotros. Son parientes pesados del electrón: tienen la misma carga eléctrica negativa, pero una masa 207 veces mayor. Viven, cuando están quietos, apenas 2,2 microsegundos: demasiado poco para caer desde las capas altas de la atmósfera. Pero viajan casi a la velocidad de la luz y, gracias a la relatividad de Einstein, su reloj interno transcurre más despacio visto desde la Tierra. Esa pequeña trampa relativista les permite llegar hasta el nivel del mar.

La cifra habitual es aproximadamente un muón por centímetro cuadrado y minuto sobre una superficie horizontal. Una mano extendida recibe, por tanto, del orden de uno o dos cada segundo; un cuerpo humano, según tamaño, postura, altitud y latitud, es atravesado por decenas o centenares en ese tiempo. No los notamos, aunque son partículas cargadas y sí interaccionan con la materia. En una cámara de niebla dejan un fino rastro blanco, como una estela de avión que sólo durase una fracción de segundo.

En tierra firme, la radiación cósmica constituye una parte menor de la radiación natural de fondo. Un milisievert —mSv— es una milésima de sievert, la unidad que expresa la dosis de radiación ionizante recibida y permite estimar su efecto biológico. Según la estimación clásica de Naciones Unidas, la radiación cósmica aporta en promedio 0,39 mSv anuales, dentro de una exposición natural total de 2,4 mSv. Una reevaluación reciente de UNSCEAR sitúa el promedio total cerca de 3 mSv, sobre todo por una revisión al alza de la contribución del radón que respiramos en interiores.

La dosis cósmica aumenta con la altitud y la latitud. Hay menos atmósfera protectora en una montaña y el campo magnético terrestre desvía peor las partículas cargadas cerca de los polos. En los viajes en avión, a diez o doce kilómetros de altura, los neutrones y otras partículas secundarias cobran más importancia. Para un pasajero ocasional no supone un problema sanitario relevante; para las tripulaciones, que acumulan cientos de horas de vuelo, es una exposición profesional que se estima y vigila.

Todo esto sería una curiosidad cósmica de sobremesa si las partículas no sirvieran para algo. Pero sirven. Los muones atraviesan mucha roca. Si se coloca un detector bajo una montaña, una pirámide o un volcán, se registran más muones allí donde hay huecos o materiales menos densos. Es una radiografía natural que no requiere rayos X: la hace gratis el universo, con la parsimonia propia de los procedimientos gratuitos.

En 2017, el proyecto ScanPyramids empleó detectores de muones para descubrir una gran cavidad sobre la Gran Galería de la pirámide de Keops. El llamado Big Void mide al menos treinta metros de longitud y tiene una sección comparable a la de aquella galería. No sabemos para qué sirvió. Pero una partícula creada en una colisión atmosférica pudo revelar, sin taladrar la piedra, un secreto que llevaba milenios encerrado en uno de los edificios más examinados del mundo.

Los neutrinos de alta energía hacen algo todavía más atrevido: permiten observar regiones del cosmos opacas para la luz. Por eso grandes detectores de hielo antártico y agua profunda buscan preferentemente partículas que parecen llegar desde abajo, después de haber atravesado la Tierra. El planeta elimina así buena parte del fondo de muones producido en la atmósfera. IceCube, enterrado en el hielo de la Antártida, ocupa aproximadamente un kilómetro cúbico y reúne más de cinco mil módulos ópticos. No ve neutrinos directamente: espera a que uno choque, de cuando en cuando, con un núcleo del hielo y produzca un breve destello azul de radiación Cherenkov.

No vivimos separados del universo, protegidos por una frontera nítida entre lo de aquí y lo de allá fuera. Somos un episodio local de una historia física que comenzó hace 13.800 millones de años. Los átomos de nuestro cuerpo se forjaron en estrellas antiguas; la energía que calienta nuestra piel procede del Sol; y, mientras tanto, una lluvia de partículas nos conecta con su núcleo, con explosiones estelares y con fenómenos que ocurren en galaxias lejanas.

Los neutrinos seguirán pasando mientras uno lee el periódico, discute con el banco o busca las gafas que lleva puestas. Quizá resulte reconfortante saber que el universo no es un decorado situado sobre nuestras cabezas. Está aquí. Nos atraviesa a cada segundo. Y continúa su camino. 

lunes, 31 de agosto de 2026

PRIMERO EL PETRÓLEO; LAS URNAS YA SI ESO

 

Donald Trump anunció hace unos días que Estados Unidos había conseguido el control de 65 000 millones de barriles de petróleo venezolano. Lo dijo con ese sentido de la medida que le ha permitido construir edificios dorados, poner su apellido en letras de tres metros y tratar la política internacional como una negociación entre propietarios de casinos. Según Trump, se trata del mayor acuerdo petrolero de la historia. Puede que lo sea. También puede que no. De momento, ni siquiera conocemos el contrato.

Conviene empezar por una precisión: los 65 000 millones de barriles no existen todavía en forma de petróleo utilizable. Están bajo tierra. Son una estimación de las reservas contenidas en 17 campos venezolanos cuya explotación sería encomendada a una nueva sociedad mixta. Estados Unidos controlaría el 55% de esa empresa y tendría derecho a comprar parte del crudo a precio de coste. A cambio, inversores privados aportarían capital y tecnología para reparar una industria asentada sobre las mayores reservas probadas oficialmente reconocidas, buena parte de ellas formadas por crudo extrapesado, caro y difícil de explotar.

Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela por la curiosa vía de no haber sido elegida nunca para ese cargo, asegura que el petróleo seguirá perteneciendo a Venezuela. Trump dice que el acuerdo «duplica con creces las reservas estadounidenses». Las dos afirmaciones no pueden ser ciertas al mismo tiempo, salvo que se aplique la flexible contabilidad política según la cual una cosa pertenece a Venezuela cuando habla Delcy y a Estados Unidos cuando habla Donald.

La información disponible indica que Washington no ha comprado los 65 000 millones de barriles. Ha obtenido el control mayoritario de una empresa con derechos de explotación sobre los yacimientos. La parte venezolana recibiría inversiones, impuestos, cánones por la explotación y una participación en los beneficios. Rodríguez calcula que el Estado ingresará 209 000 millones de dólares. Trump, por su parte, afirma que todo se hará «sin coste para el contribuyente estadounidense». Los contribuyentes venezolanos no han sido mencionados, quizá porque nadie les ha preguntado.

Hay también cierta confusión sobre la duración. Caracas habla de un acuerdo de 25 años. Fuentes estadounidenses describen una concesión de cien. A una producción de 1,5 millones de barriles diarios harían falta unos 119 años para extraer los 65 000 millones. Es posible que los redactores del contrato dominen una aritmética desconocida en el resto del mundo. O que la cifra se haya elegido porque 65 000 millones impresiona bastante más que «ya veremos cuánto sale».

Trump ha anunciado además que utilizará petróleo venezolano para llenar la Reserva Estratégica de Estados Unidos. Lo ha llamado «un regalo de Venezuela al pueblo estadounidense». Regalar petróleo después de que el destinatario haya enviado tropas, capturado al presidente de tu país y advertido a su sucesora de que podría correr una suerte todavía peor constituye una modalidad de generosidad poco estudiada. Se parece a esas ocasiones en que alguien entrega la cartera a un hombre armado y este agradece el obsequio.

Para justificar la operación, Trump ha repetido que Venezuela robó el petróleo estadounidense. Es falso, aunque contiene los restos de dos historias reales mezcladas hasta hacerlas irreconocibles.

La primera ocurrió en 1976. Venezuela llevaba décadas aumentando su control sobre el negocio petrolero. La Ley de Hidrocarburos de 1943 había elevado los impuestos y establecido la futura reversión de las concesiones. El sistema conocido como fifty-fifty permitió después que aproximadamente la mitad de los beneficios quedara en el país. En 1971 se aceleró la reversión al Estado de los bienes vinculados a las concesiones.

Carlos Andrés Pérez promulgó la ley nacionalizadora en agosto de 1975 y Petróleos de Venezuela (PDVSA) asumió la industria el 1 de enero de 1976. No fue una confiscación nocturna ejecutada por una patrulla de revolucionarios. Fue una operación preparada, aprobada por ley y respaldada por casi todo el espectro político venezolano. El Gobierno estadounidense la conocía con antelación y sus propios documentos diplomáticos la consideraban inevitable.

Las empresas extranjeras recibieron compensaciones por algo más de 1 000 millones de dólares. Venezuela utilizó el valor contable neto de las instalaciones, no el valor fabuloso de todos los beneficios que las compañías esperaban obtener en el futuro. A las empresas les habría gustado cobrar más, como suele suceder a quienes cobran, pero aceptaron el arreglo. Creole, filial de Exxon, recibió cerca de la mitad. Varias compañías continuaron trabajando para PDVSA mediante contratos de asistencia técnica y comercial. Fue una nacionalización, no un robo.

La segunda historia corresponde a Hugo Chávez. En 2007 obligó a que los grandes proyectos de la Faja del Orinoco pasaran a ser empresas mixtas controladas al menos en un 60 % por PDVSA. Chevron, BP, Total, Statoil y Eni aceptaron las nuevas condiciones o negociaron compensaciones. Total, Statoil y Eni recibieron conjuntamente alrededor de 1 800 millones de dólares.

ExxonMobil y ConocoPhillips rechazaron las ofertas y recurrieron al arbitraje internacional. Exxon consiguió laudos por unos 1 600 millones. ConocoPhillips obtuvo en 2019 una indemnización de 8 700 millones, más intereses y gastos. Venezuela ha discutido y retrasado esos pagos, y todavía existen deudas pendientes. Pero los acreedores son las compañías afectadas, no el Gobierno estadounidense. Los tribunales les reconocieron dinero, no la propiedad sobre una quinta parte del petróleo venezolano.

Presentar el nuevo acuerdo como una reparación histórica equivale a que el dueño de un bar cobre una deuda apropiándose de la finca donde se cultiva la cebada cervecera. La operación actual no restituye unos barriles que pertenecieran antes a Estados Unidos. Concede derechos nuevos sobre recursos venezolanos a una sociedad dominada por Washington. Y los concede un gobierno que depende para sobrevivir del país beneficiario del contrato.

Todo esto sería menos perturbador si el desembarco estadounidense hubiera conducido a la democratización prometida. Cuando las fuerzas especiales capturaron a Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, la Administración Trump habló de libertad, transición y elecciones legítimas. Maduro había usurpado casi con certeza la victoria de Edmundo González en los comicios de 2024. Había razones más que sobradas para exigir el final de su régimen. Otra cosa es que existieran razones jurídicas para bombardear el país, capturar a su presidente y trasladarlo a una cárcel de Nueva York.

Marco Rubio presentó entonces un programa de tres fases. Primero, estabilización. Después, recuperación económica, con acceso de las compañías estadounidenses al mercado venezolano. Finalmente, transición democrática y elecciones libres. El orden tenía la claridad de una lista de prioridades: primero se estabilizaba el país, luego entraban las petroleras y, cuando todo estuviera convenientemente dispuesto, se permitiría votar a los venezolanos.

Han transcurrido ocho meses. No hay elecciones convocadas, calendario electoral ni fecha aproximada. Delcy Rodríguez, antigua vicepresidenta de Maduro y figura principal del mismo aparato chavista, sigue al frente del Gobierno. Conserva buena parte de las instituciones, las fuerzas armadas, los tribunales y los organismos electorales que sostuvieron al régimen anterior.

Trump declaró el 24 de julio que Venezuela «todavía no está preparada» para celebrar elecciones. Añadió que Delcy estaba haciendo «un trabajo fantástico» y destacó la cantidad de petróleo que Estados Unidos estaba obteniendo. Es difícil resumir con mayor economía el cambio de objetivos.

Ha habido excarcelaciones, una ley de amnistía y conversaciones con algunos sectores de la oposición. Pero las organizaciones de derechos humanos denuncian que muchas liberaciones han sido parciales, sometidas a restricciones o sustituidas por arrestos domiciliarios. A comienzos de agosto quedaban más de 380 presos políticos. La misión internacional de la ONU advirtió ya en marzo que el aparato represivo continuaba funcionando y que altos cargos vinculados a violaciones de los derechos humanos seguían en puestos de poder. Desde la captura de Maduro se habían producido, además, decenas de detenciones por motivos políticos.

Washington no ha desmontado el chavismo. Ha llegado a un acuerdo con él. Maduro era hostil, imprevisible y poco rentable; Delcy Rodríguez es disciplinada, negociadora y abre los campos petrolíferos. La diferencia ideológica parece haber impresionado mucho menos a Trump que la diferencia comercial.

La democracia no ha desaparecido del discurso oficial. Sigue allí, conservada para una tercera fase que llegará cuando Venezuela esté preparada. Nadie explica quién decidirá que lo está ni por qué un pueblo capaz de votar en 2024 necesita ahora la autorización de Washington para volver a hacerlo.

El petróleo, mientras tanto, dispone ya de campos, porcentajes, previsiones de inversión y planes para llenar la Reserva Estratégica estadounidense. Las elecciones disponen de una palabra: algún día.

No resulta difícil averiguar cuál de las dos cosas motivó realmente la operación.