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lunes, 21 de septiembre de 2026

ALGAS, BOLAS AMARILLAS Y UNA PEQUEÑA INVESTIGACIÓN DETECTIVESCA

 

Hace unos días recibí un mensaje de mi amiga Constanza R., fotógrafa aficionada y buena observadora de cuanto encuentra en sus paseos. Me enviaba unas fotografías tomadas en una playa del Cantábrico. Sobre la arena había aparecido una gran alga parda arrancada por el mar. Hasta ahí, nada especialmente misterioso. Pero junto a su base había tres extrañas masas amarillentas, aproximadamente esféricas y cubiertas por centenares de pequeñas protuberancias. Parecían moras gigantes, mazorcas extraterrestres o esas pelotas de goma con pinchos que se venden para que los perros las destrocen.

La consulta era sencilla: «¿Qué es esto?». La respuesta resultó no serlo en absoluto.

Las dos fotos de Constanza R.

El primer sospechoso era el alga. Por su gran lámina coriácea, dividida en largas cintas, y sobre todo por el estipe —el equivalente funcional del tallo, aunque las algas no tienen verdaderos tallos—, liso y de color pardo amarillento, todo apuntaba hacia Laminaria ochroleuca, la laminaria amarilla. Es una de las grandes algas pardas que forman auténticos bosques submarinos en las costas atlánticas del suroeste europeo. Está bien representada en el Cantábrico, donde puede dominar fondos rocosos infralitorales.

Había que distinguirla de otra gran laminaria cantábrica, Laminaria hyperborea. Esta última suele presentar un estipe áspero, rígido y profusamente colonizado por otras algas y animales. El de L. ochroleuca es mucho más limpio y liso. La fotografía de Constanza mostraba precisamente ese aspecto. La identificación de la laminaria parecía razonablemente encarrilada. Pero la laminaria era solo el cadáver sobre el que había aparecido el verdadero enigma.

Las tres bolas amarillas parecían estar relacionadas con su zona basal. En las laminarias, la fijación al sustrato no corre a cargo de raíces. El alga se aferra a las rocas mediante un disco de fijación formado por hapterios, unas robustas ramificaciones que abrazan irregularidades de la roca. No absorben agua ni nutrientes como las raíces de una planta terrestre: son fundamentalmente un sistema de anclaje. Y ese entramado crea grietas, cámaras y escondrijos que convierten la base de una gran laminaria en una pequeña urbanización submarina.

De hecho, los discos de fijación de las laminarias albergan comunidades sorprendentemente diversas de crustáceos, moluscos, gusanos, briozoos, esponjas y tunicados. Lo que para nosotros es simplemente «la base del alga» constituye para muchos animales un hábitat tridimensional. En L. ochroleuca se han estudiado específicamente esas comunidades asociadas. Por tanto, las misteriosas bolas podían perfectamente no pertenecer al alga.

La primera hipótesis fue una esponja. No era descabellada: las hay amarillas, globosas y cubiertas de protuberancias. Pero al ampliar la fotografía apareció un detalle sospechoso. Las protuberancias eran demasiado regulares y muchas parecían presentar una pequeña depresión u orificio en el centro.

Siguiente sospechoso: un briozoo. Tampoco duró mucho. Los briozoos colonizadores de laminarias suelen formar costras, encajes o superficies tapizadas por diminutos zooides; aquello parecía demasiado carnoso y tridimensional.

Entonces apareció una posibilidad mucho más atractiva: una puesta de huevos. Las masas amarillas parecían racimos de cápsulas ovígeras. El mar está lleno de moluscos capaces de producir puestas que desafían cualquier imaginación: cintas, espirales, cordones, masas gelatinosas y cápsulas agrupadas de todas las formas posibles. Durante un rato, los huevos parecieron un buen culpable.

Hasta que Constanza envió una segunda fotografía. La nueva imagen permitía ver las bolas desde más cerca. Y aquello no parecía una colección de huevos contenidos en gelatina. Las protuberancias constituían la propia superficie del organismo y muchas mostraban pequeñas aberturas. Había que cambiar de reino detectivesco. No estábamos viendo embriones, sino probablemente animales adultos diminutos viviendo juntos.

La investigación condujo a las ascidias coloniales. Aquí la historia se vuelve mucho más interesante. Las ascidias son tunicados y los tunicados pertenecen a los cordados, el mismo gran grupo zoológico al que pertenecemos nosotros. Un adulto adherido a una roca puede parecer una bolsa gelatinosa con dos agujeros y tener menos aspecto de pariente nuestro que un calabacín. Pero su larva revela el secreto familiar: posee una notocorda, un cordón nervioso dorsal y una cola. Después encuentra un lugar donde fijarse, sufre una metamorfosis y adopta esa existencia sedentaria que tan poco favorece el parecido de familia.

Algunas ascidias viven solas. Otras forman colonias en las que numerosos individuos diminutos, llamados zooides, quedan incluidos en una sustancia común denominada túnica. Cada zooide conserva buena parte de su maquinaria vital, pero la colonia comparte determinadas estructuras. El agua entra por las pequeñas aberturas bucales, atraviesa la cesta branquial —que además de respirar filtra las partículas alimenticias— y termina saliendo hacia cavidades cloacales comunes. En muchas ascidias los zooides se organizan precisamente alrededor de esas cloacas compartidas. De repente, las pequeñas depresiones de las fotografías empezaban a tener sentido.

Había que poner apellido al sospechoso. La búsqueda por la fauna atlántica y cantábrica llevó a la familia Polyclinidae, un grupo de ascidias coloniales en el que los zooides quedan completamente embebidos en una túnica común y pueden organizarse formando sistemas alrededor de aberturas cloacales. Las claves taxonómicas describen colonias almohadilladas, redondeadas o lobuladas y dejan además una advertencia importante: para llegar con seguridad a género y especie suelen ser necesarios caracteres anatómicos internos. Entre los candidatos apareció uno particularmente convincente: Polyclinum aurantium.

La coincidencia externa es notable. Polyclinum forma colonias carnosas redondeadas o almohadilladas. Sus zooides se agrupan en sistemas y la superficie puede adquirir un aspecto abultado que recuerda bastante las masas fotografiadas. Pero aquí conviene detener al detective antes de que, entusiasmado por haber encontrado un sospechoso que se parece al retrato robot, lo mande directamente a prisión.

La taxonomía de las ascidias coloniales no se resuelve de forma fiable contemplando una fotografía de un ejemplar que además ha sido arrancado del fondo, arrojado a una playa y parcialmente deshidratado. Para identificar un Polyclinum con seguridad hay que examinar caracteres como el aparato branquial, el estómago, el abdomen y el postabdomen de los zooides.

Por eso la etiqueta prudente sería: Ascidiacea, probablemente Polyclinidae, compatible con Polyclinum aurantium. Y eso, lejos de estropear la historia, me parece que la mejora. La naturaleza no lleva etiquetas y una fotografía no siempre permite llegar limpiamente hasta la especie. Identificar organismos consiste precisamente en formular hipótesis, comparar caracteres, descartar alternativas y reconocer hasta dónde llegan las pruebas.

Queda además una última ironía. Constanza fotografió una laminaria porque aquella gran alga varada llamaba la atención. Pero lo verdaderamente extraordinario estaba escondido en sus bajos. Una Laminaria ochroleuca no es solamente un organismo: mientras permanece anclada al fondo es también arquitectura. Su disco de fijación proporciona refugio; su estipe ofrece superficie para instalarse; su enorme lámina modifica la luz y el movimiento del agua. Alrededor de ella se organiza una comunidad.

Y entre los pasajeros de aquella laminaria había, con toda probabilidad, una colonia formada por centenares de pequeños animales filtradores. Animales que, pese a su apariencia de mora amarilla, pertenecen a nuestra propia rama del árbol evolutivo.

Constanza había enviado una fotografía preguntándose qué eran unas bolas. Resultaron ser unos parientes, lejanos, pero parientes.

domingo, 20 de septiembre de 2026

PICTOLINES Y GUINDILLAS: EL FRÍO Y EL FUEGO QUE SÓLO EXISTEN EN EL CEREBRO

 

Cuando era pequeño, apenas despuntados los 60, los partidos del Granada comenzaban antes de que los jugadores saltaran al campo. Empezaban en los alrededores del estadio, entre el rumor de la multitud, el olor de las pipas y los pregones de los vendedores ambulantes. Uno de ellos voceaba una mercancía diminuta y mentolada con una entonación que todavía puedo oír: «¡Al rico pictolín!». Mi padre compraba dos pesetas, que daban para seis caramelos, tres para cada uno. La operación tenía algo de aprovisionamiento militar. Había que aclararse la garganta porque nadie podía saber cuánto habría que animar al Granada ni en qué estado quedarían las cuerdas vocales después.

El pictolín parecía abrir la nariz, refrescar la boca y dejar en la garganta una corriente de aire de Sierra Nevada. Aquellos caramelos mentolados y revestidos de un papel verdiblanco, que El Monaguillo comenzó a fabricar en 1953, el mismo año en que yo nací, aparecen en recuerdos de antiguos quioscos andaluces como compañeros de fumadores, gargantas fatigadas y tardes de fútbol. El nombre casi ha desaparecido, pero permanece la sensación: un minúsculo invierno encerrado en azúcar.

Muchos años después, las guindillas me condujeron al extremo opuesto del mismo prodigio. Tampoco elevan apreciablemente la temperatura de la lengua, pero consiguen que la boca parezca arder. Un pictolín y una guindilla se dirían incompatibles: uno trae una ventisca y la otra un incendio. En realidad, ambos pulsan botones diferentes de un mismo tablero nervioso. El mentol activa el receptor del frío TRPM8; la capsaicina abre el receptor del calor doloroso TRPV1. Entre los dos fabrican un invierno y un infierno en una boca que continúa aproximadamente a 37 grados.

Ninguna de esas sensaciones es propiamente un sabor. La lengua reconoce cinco sabores básicos: dulce, salado, ácido, amargo y umami. El frescor de la menta, el ardor de la guindilla, el picor de la mostaza, el cosquilleo de la pimienta de Sichuán y la punzada de una bebida muy gaseosa pertenecen a otro dominio llamado quimioestesia. Son sustancias químicas estimulando los circuitos del tacto, la temperatura, la irritación y el dolor, cuyas señales viajan principalmente por el nervio trigémino. Por eso una guindilla pica también en el ojo o en la nariz, donde no tenemos papilas gustativas, pero sí abundantes terminaciones nerviosas y motivos excelentes para arrepentirnos de habernos tocado la cara.

TRPM8 y TRPV1 pertenecen a la familia de los canales TRP, unas proteínas alojadas en la membrana de ciertas neuronas. Podemos imaginarlas como puertas moleculares. Cuando un estímulo cambia su forma, se abren y permiten que entren iones de sodio y calcio. Esa corriente altera el voltaje de la neurona y pone en marcha impulsos eléctricos que llegan al cerebro. Allí no existe un termómetro diminuto: sólo patrones de actividad nerviosa que el encéfalo interpreta como frío, calor o amenaza.

TRPM8 responde normalmente al enfriamiento moderado. No posee un umbral absolutamente fijo, pero comienza a activarse aproximadamente cuando la temperatura desciende por debajo de 26 o 28 grados. El mentol se aloja en la proteína y favorece su apertura sin necesidad de que el tejido alcance ese frío. No baja por sí mismo la temperatura de la boca; consigue algo más económico: convencer al sistema que informa sobre ella. Cuando en 2002 dos grupos de investigadores identificaron el canal, demostraron que una misma puerta podía abrirse mediante un estímulo físico —la disminución de temperatura— o una llave química producida por una planta.

Eso explica también por qué el agua bebida después de un caramelo de menta parece proceder de un glaciar. El mentol continúa unido a los canales y los deja predispuestos a abrirse. Al enfriamiento real provocado por el agua se suma la acción química, y la descarga nerviosa resulta mayor que la causada por cualquiera de los dos estímulos por separado. La temperatura existe fuera de nosotros; la sensación térmica es la interpretación que el sistema nervioso construye a partir de ella.

La nariz proporciona otra demostración. El mentol no ensancha materialmente las vías respiratorias ni hace que pase mucho más aire, aunque produce una poderosa impresión de descongestión. Al activar TRPM8 en las terminaciones trigeminales de la mucosa, intensifica la sensación del aire que circula. El pictolín de mi infancia probablemente no despejaba la nariz tanto como afirmaba el cerebro, pero a la hora de gritar un gol la diferencia entre respirar mejor y sentir que se respira mejor podía carecer de importancia.

La capsaicina realiza la maniobra contraria. TRPV1 es un detector polivalente de situaciones potencialmente dañinas: se activa por temperaturas superiores a unos 42 o 43 grados, por la acidez y por ciertas sustancias irritantes. La capsaicina se une al canal y lo abre a la temperatura normal de la boca. Entran iones, la neurona descarga y el cerebro recibe el tipo de señal que habitualmente anuncia calor peligroso. La guindilla no cuece la lengua ni equivale a introducirla en una estufa; acciona una alarma que evolucionó para avisarnos de que los tejidos corren peligro.

El organismo se toma la falsa alarma muy en serio. Aumentan la salivación, el lagrimeo y las secreciones nasales; se dilatan los vasos sanguíneos de la cara y podemos sudar como si necesitáramos desprendernos de un calor verdadero. Nada de eso procede de las papilas gustativas. Es una respuesta defensiva coordinada contra un supuesto daño térmico o químico. La capsaicina ha encontrado la combinación de la caja fuerte y el cuerpo activa el protocolo de incendios.

El agua sirve de poco porque la capsaicina es lipófila y se disuelve mal en ella. El líquido la redistribuye, pero no se la lleva con eficacia. La grasa de la leche, el yogur o el queso ayuda a solubilizarla, y la caseína contribuye a separarla de las superficies bucales. El azúcar puede amortiguar la sensación, pero no elimina la molécula. Un helado de menta ofrece una alianza diplomática: grasa y proteínas contra la capsaicina, temperatura baja y mentol estimulando TRPM8.

La exposición repetida complica aún más la historia. Una dosis de capsaicina excita primero las neuronas y luego puede volverlas temporalmente menos sensibles. La entrada mantenida de calcio favorece la desensibilización del canal y agota mensajeros nerviosos; por eso existen cremas y parches de capsaicina para determinados dolores neuropáticos. El mentol también puede producir adaptación y ambos compuestos modifican parcialmente la respuesta al otro. El pictolín y la guindilla no sólo ocupan extremos opuestos: sus circuitos conversan, se estorban y cambian durante un rato la manera en que percibimos el frío y el calor.

Las plantas, naturalmente, no inventaron estas sustancias para entretener nuestro sistema trigeminal. La capsaicina ayuda a disuadir a mamíferos que destruirían las semillas al masticarlas, mientras que muchas aves, dispersoras eficaces, son mucho menos sensibles a ella. El mentol y otros terpenos de las mentas intervienen en su defensa química frente a herbívoros y microorganismos. Una planta fabrica una advertencia; el animal humano la convierte en condimento, caramelo, linimento o competición gastronómica. Somos la especie que responde a un «no me comas» preguntando si queda más.

Quizá por eso seguimos disfrutando de las guindillas. Con experiencia, el cerebro aprende que el incendio no destruye tejidos y puede transformar la alarma en excitación controlada, como sucede en una montaña rusa. La cultura, la costumbre y la desensibilización hacen el resto. Con el mentol ocurre algo más sencillo: asociamos su señal fría con limpieza, respiración despejada y alivio, aunque la temperatura y el diámetro de las vías respiratorias hayan cambiado poco.

Cuando recuerdo aquellos seis pictolines repartidos antes del partido, comprendo que mi padre no adquiría únicamente caramelos. Compraba una pequeña manipulación del sistema nervioso y, con ella, la promesa de una garganta preparada para noventa minutos de esperanza granadina. La menta nos prestaba el frío que no había y las guindillas, años después, me enseñarían el fuego que tampoco existe. Entre ambos extremos trabaja el cerebro, ese narrador formidable capaz de encontrar un glaciar en un caramelo y un incendio dentro de un pimiento.

STEVIA REBAUDIANA: LA PLANTA QUE APRENDIMOS A CONVERTIR EN AZÚCAR SIN AZÚCAR

 

Hay plantas que han pasado siglos intentando llamar la atención mediante flores enormes, perfumes irresistibles o frutos carnosos. Stevia rebaudiana eligió un procedimiento bastante más eficaz: consiguió que sus hojas supieran extraordinariamente dulces. Tan dulces que una pequeña cantidad basta para modificar por completo una bebida amarga. Los guaraníes lo sabían mucho antes de que aparecieran químicos, multinacionales alimentarias y sobres de edulcorante.

En su área de distribución natural, que comprende Paraguay y regiones vecinas de Brasil, especialmente Mato Grosso do Sul y Minas Gerais, la llamaban —y la llaman— ka'a he'ẽ, expresión guaraní que suele traducirse como «hierba dulce». Utilizaban sus hojas para endulzar el mate y otras preparaciones y les atribuían además distintos usos medicinales.

Botánicamente pertenece a las asteráceas, la enorme familia de margaritas, girasoles y cardos. Y eso significa que lo que a simple vista llamamos «flor» necesita una pequeña explicación.

Stevia rebaudiana es una hierba perenne de porte más o menos arbustivo, generalmente de medio metro a alrededor de un metro de altura, con numerosos tallos y hojas opuestas, simples, lanceoladas u ovadas y de margen aserrado. En el extremo de los tallos aparecen conjuntos de pequeños capítulos. Cada uno contiene varias flores diminutas, tubulares y blancas. Tras la fecundación se forman pequeños frutos secos —cipselas— provistos de un vilano plumoso que facilita su dispersión.

El nombre científico encierra una historia bastante más interesante de lo que parece. El género Stevia fue establecido por el botánico español Antonio José Cavanilles a finales del siglo XVIII, quien empleó su nombre para honrar a su paisano, el médico y botánico valenciano Pedro Jaime Esteve —latinizado Stevius—, profesor de la Universidad de Valencia en el siglo XVI. El género comprende hoy más de 260 especies americanas. El epíteto específico rebaudiana homenajea también a un científico en este caso al químico paraguayo Ovidio Rebaudi, que estudió químicamente la planta hacia 1900.

La especies fue descrita por Moisés Santiago Bertoni, un naturalista suizo emigrado a Paraguay, quien supo de la existencia de aquella hierba extraordinariamente dulce en la década de 1880 gracias al conocimiento local de los guaraníes y de los habitantes de la región. Estamos, por tanto, ante uno de esos casos clásicos en los que la historia escrita dice que un científico «descubrió» una planta que la población indígena llevaba muchísimo tiempo utilizando. Lo que Bertoni hizo fue introducirla en la taxonomía y la literatura científica occidentales.

Pero, vayamos al grano: ¿por qué demonios es dulce una hoja?

La respuesta está principalmente en unos compuestos llamados glucósidos de esteviol, concentrados sobre todo en las hojas. Los más conocidos son esteviósido y rebaudiósido A, aunque existen muchos otros. Todos comparten un esqueleto denominado esteviol al que se unen diferentes moléculas de azúcar. La peculiar geometría molecular del conjunto activa intensamente nuestros receptores del sabor dulce.

El resultado es sorprendente: los glucósidos purificados pueden alcanzar una capacidad edulcorante del orden de cientos de veces la de la sacarosa, dependiendo del compuesto y de las condiciones de comparación. Como se utilizan cantidades diminutas, aportan una cantidad prácticamente despreciable de energía en el uso habitual. En 1931 los químicos franceses Bridel y Lavieille consiguieron aislar y caracterizar el esteviósido, dando comienzo a la historia química moderna del edulcorante.

Hay, no obstante, una distinción que suele perderse cuando hablamos de «estevia». La planta, la hoja seca y el edulcorante comercial no son exactamente lo mismo. Los productos utilizados por la industria alimentaria son preparados purificados y estandarizados de determinados glucósidos de esteviol. El sobre blanco que echamos al café no contiene necesariamente hojas de Stevia rebaudiana pulverizadas.

Y aquí aparece una peculiaridad metabólica interesante. Nosotros no digerimos los glucósidos de esteviol como digerimos la sacarosa. Las bacterias intestinales eliminan las unidades de glucosa y liberan esteviol, que posteriormente es absorbido, transformado principalmente en el hígado y eliminado. Por eso el dulzor no implica una carga de glucosa comparable a la producida por el azúcar.

El éxito comercial moderno comenzó lejos de Paraguay. Japón desarrolló intensamente el cultivo y utilización de la estevia durante la segunda mitad del siglo XX, en parte buscando alternativas a determinados edulcorantes artificiales. Después se extendió por Asia y finalmente irrumpió en los mercados occidentales. Hoy la especie se cultiva muy lejos de su patria sudamericana.

Sin embargo, su fama como «planta medicinal» exige más prudencia. Tradicionalmente se ha empleado para diversos trastornos y existe una abundante literatura experimental sobre posibles efectos de extractos de Stevia en el metabolismo de la glucosa, la presión arterial, la inflamación o la actividad antioxidante. Pero no debemos confundir esos estudios con demostrar que tomar hojas de estevia trate la diabetes, la hipertensión u otra enfermedad. Los usos alimentarios tradicionales como medicinales justifican su utilización etnobotánica, pero no certifican ninguna eficacia terapéutica.

Su verdadera revolución ha sido alimentaria. Los glucósidos de esteviol permiten obtener productos muy dulces reduciendo o eliminando azúcares añadidos. Tampoco hacen milagros: algunos presentan un regusto amargo o parecido al regaliz, razón por la cual la industria selecciona determinados glucósidos, los combina entre sí o los mezcla con otros edulcorantes.

En cultivo, Stevia rebaudiana prefiere temperaturas cálidas, buena iluminación, humedad suficiente y terrenos bien drenados. Es sensible a las heladas fuertes. Además, la duración del día influye en la floración: cuando la planta entra en fase reproductiva cambia el crecimiento vegetativo, cuestión importante para un cultivo cuyo producto comercial son precisamente las hojas. Puede multiplicarse por semillas, pero la germinación y la variabilidad de las plantas resultantes han favorecido la propagación vegetativa y la selección de cultivares ricos en determinados glucósidos.

Y aquí aparece una curiosa paradoja. Durante miles de años seleccionamos plantas para obtener azúcar: caña, remolacha y frutos cada vez más dulces. Con la estevia hemos hecho exactamente lo contrario. Hemos buscado una planta capaz de engañar con extraordinaria eficacia a los receptores que evolucionaron para detectar ese azúcar.

La planta no fabrica sus glucósidos pensando en nosotros. Son metabolitos secundarios y probablemente cumplen funciones ecológicas propias. Nosotros encontramos por casualidad la llave molecular que encaja en nuestro receptor del dulzor y convertimos una pequeña asterácea paraguaya en un cultivo mundial.

Los guaraníes habían llegado antes. La llamaron ka'a he'ẽ, hierba dulce. Después llegaron Bertoni, Rebaudi, los químicos, las fábricas y las etiquetas que anuncian «cero azúcares». Pero todo empezó con alguien que arrancó una hoja, la masticó y descubrió que una planta aparentemente vulgar había conseguido algo bastante extraordinario: ser dulce sin ser azúcar.

sábado, 19 de septiembre de 2026

CRACKDOL: EL JARDÍN QUE ME UNTO EN LA RODILLA

 

Hace unos días empecé a rociarme el muslo dolorido con una espuma llamada Crackdol. El nombre parece ideado por alguien convencido de que un producto no funciona si no suena también como un villano de Marvel. Lo cierto es que aliviaba. Bastaban unos segundos para sentir una ráfaga polar sobre la piel y, poco después, el músculo reducía sus protestas.

Ayer cometí esa extravagancia que los fabricantes probablemente no esperan de sus clientes: tomé el prospecto, me calé las gafas de cerca, tomé un lupa y leí los ingredientes. Buscaba diclofenaco o ibuprofeno. Encontré butano, propano, alcohol y un pequeño jardín: mentol, árnica, castaño de Indias, incienso indio, escutelaria china y aloe. Parecía el inventario de un jardín botánico al que alguien hubiera añadido un encendedor.

La etiqueta define el producto como «dispositivo médico», no como medicamento. Eso no significa que su contenido sea moco de pavo. En términos simplificados, su acción principal se presenta como física: la espuma enfría al evaporarse y algunas moléculas estimulan receptores de la piel. El cuerpo, naturalmente, no consulta la categoría administrativa. Si una molécula encaja en un receptor, la neurona responde con absoluta indiferencia hacia el departamento jurídico del fabricante.

Butano, isobutano y propano son propelentes: mantienen el recipiente a presión y expulsan la espuma. Al salir se expanden y evaporan, un proceso que absorbe calor de la piel. El alcohol etílico también se evapora con rapidez. Existe, por tanto, un enfriamiento físico real. Un estudio con gel de mentol publicado ni más ni menos que en Nature encontró incluso descenso de la temperatura intramuscular y atribuyó buena parte del efecto a la evaporación del alcohol. La lata empieza con una lección de termodinámica, aunque «sustracción de calor por cambio de fase» ocupe demasiado para imprimirlo en el envase.

El mentol se encarga del espectáculo. Este compuesto de las mentas activa TRPM8, un canal iónico presente en neuronas sensibles al frío. Cuando baja la temperatura, el canal se abre, entran iones y comienza una señal que el cerebro interpreta como frescor. El mentol es una llave química capaz de abrir la misma cerradura. Por eso un chicle de menta enfría una boca que sigue a 37 grados y el agua que bebemos después parece proceder de un glaciar.

No se trata exactamente de una ilusión. La temperatura es física, pero nuestra experiencia del frío es una construcción nerviosa. La capsaicina del chile realiza la jugada contraria al activar TRPV1, un sensor del calor nocivo: sentimos quemazón sin incendio. En esta espuma, además, el lactato de mentilo prolonga el frescor con más suavidad. Primero actúan gases y alcohol; después el mentol pulsa el timbre neuronal del frío y su derivado mantiene la sensación.

Ese estímulo puede modular el dolor. Las señales de frío, presión y daño no viajan por conducciones completamente aisladas, sino que interactúan. Por eso frotamos instintivamente un golpe y por eso una compresa fría puede aliviar. Los preparados de mentol cuentan con cierta evidencia como analgésicos tópicos. Pero aliviar no significa reparar: que el músculo deje de protestar durante un rato no demuestra que sus fibras cicatricen antes.

La menta tampoco fabrica mentol pensando en nuestras contracturas. Las plantas, incapaces de huir, sobreviven mediante una química extraordinaria. Sus metabolitos especializados ayudan a defenderse de herbívoros y microbios, atraer polinizadores o soportar estrés. Nosotros hemos aprendido a extraer esas moléculas y asignarles nuevos empleos. Una sustancia que tal vez persuada a un insecto de marcharse termina calmando a un primate que caminó más de la cuenta.

Arnica montana aporta derivados de la helenalina, unas lactonas sesquiterpénicas capaces de interferir en vías inflamatorias. Los preparados tópicos de árnica tienen una tradición venerable y resultados clínicos desiguales. Su actividad explica también sus riesgos: puede causar dermatitis, especialmente en personas sensibles a las asteráceas, y no debe ponerse sobre heridas. Conviene distinguir este extracto real de los preparados homeopáticos tan diluidos que pueden contener más filosofía que árnica.

La escina procede de las semillas del castaño de Indias, Aesculus hippocastanum, un impostor que no es indio, no es un verdadero castaño y no produce frutos comestibles. La escina es una mezcla de saponinas triterpénicas. Los extractos estandarizados de semilla se han estudiado sobre todo en insuficiencia venosa crónica y pueden reducir hinchazón y pesadez. Incluirla en un preparado para golpes o sobrecargas posee lógica, aunque desconocemos la concentración de esta espuma, cuánto atraviesa la piel y qué parte del alivio puede atribuírsele.

Boswellia serrata el árbol indio del incienso que exuda una resina aromática cuando se hiere la corteza. Para la planta, la resina ayuda a sellar la lesión y combatir intrusos; para nosotros se convirtió primero en incienso y luego en ingrediente antiinflamatorio. Contiene ácidos boswélicos que modulan distintas vías bioquímicas. Hay estudios prometedores de preparados orales en artrosis, pero trasladarlos a una aplicación tópica exige prudencia: la piel es una excelente barrera y las dosis importan.

La raíz de Scutellaria baicalensis, usada en la tradición china, contiene baicalina, baicaleína y wogonina. Estos flavonoides muestran actividades antioxidantes y antiinflamatorias en experimentos celulares y animales. Eso demuestra que no son meros adornos vegetales; no prueba cuánto hacen dentro de esta espuma. La distancia entre modificar una enzima en una placa de laboratorio y aliviar un músculo humano puede ser considerable.

El aloe, Aloe vera, desempeña probablemente una función más modesta. El gel de sus hojas, rico en agua y polisacáridos, humecta y calma la superficie cutánea, algo sensato en una mezcla con alcohol y mentol. No hay motivo para imaginarlo descendiendo hasta el músculo para dirigir la reparación de las fibras. También son esenciales, aunque menos fotogénicos, la glicerina, el propilenglicol, los espesantes, solubilizantes y conservantes. Sin ellos, el pequeño jardín se separaría en capas, se contaminaría o se negaría a salir del bote.

El reparto botánico resulta todavía más curioso porque esas especies apenas tienen parentesco entre sí. Una labiada aromática como la menta, una compuesta de montaña, un árbol balcánico, otro de los bosques secos de la India, una hierba asiática y una suculenta africana no celebraron jamás una conferencia para combatir nuestras sobrecargas. Lo que las reúne no es una estrategia común, sino nuestra costumbre de registrar la química ajena y combinarla. La selección natural produjo moléculas para problemas vegetales; la industria las ha convocado a una reunión que sólo existe dentro del aerosol.

¿Funciona entonces? Mi muslo vota que sí, pero no constituye un ensayo clínico. El alivio inmediato tiene una explicación convincente: evaporación, enfriamiento, activación de TRPM8 y modulación sensorial. Los extractos vegetales añaden compuestos biológicamente activos, aunque su contribución particular resulta imposible de separar sin conocer dosis ni comparar la fórmula con otra idéntica que no los contenga. El producto puede ofrecer una tregua útil; no diagnostica una lesión ni autoriza a seguir cargando un tejido dañado porque momentáneamente duela menos.

La lista de ingredientes también desmonta la confortable identificación de «natural» con «inocuo». La cicuta, la nicotina y la ricina son naturales de manera impecable. El mentol, la helenalina y la escina interesan precisamente porque actúan sobre organismos vivos; esa misma actividad impone precauciones. La pregunta razonable nunca es si algo viene de una planta, sino qué molécula es, en qué dosis, cómo llega al tejido y qué pruebas respaldan su uso.

Al final, mi espray de Crackdol reúne física, neurobiología, botánica y tecnología. Los gases roban calor; una molécula de menta pulsa el interruptor neuronal del frío; otras plantas aportan sustancias nacidas de millones de años de defensa y estrés; los excipientes consiguen que todo salga convertido en espuma. Una menta, un árbol balcánico, una flor de montaña, un productor de incienso, una raíz china y un aloe terminan aliados sobre el muslo de un primate. La evolución no podía preverlo. Mi músculo, desde luego, tampoco.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

LAS MOSCAS QUE ENVEJECEN DENTRO DE NUESTROS OJOS

Hace unos días una amiga me enseñó un pequeño sobre que le había recomendado su oftalmóloga. Le habían diagnosticado un desprendimiento posterior del vítreo y, además de reposo y vigilancia, le había aconsejado tomar aquel complemento alimenticio. Se llamaba VISUfly. Le di la vuelta al sobre y me encontré con una composición que parecía más apropiada para una ensalada de frutas que para una consulta de oftalmología: bromelina de piña, papaína de papaya y ficina de higo, acompañadas de colágeno hidrolizado, lisina, glutatión y vitamina C. El propio fabricante confirma esa composición y atribuye a las tres primeras sustancias actividad proteolítica, es decir, capacidad para romper proteínas.

La pregunta era inevitable: ¿qué tienen que ver una piña, una papaya y un higo con un desprendimiento del vítreo? Para responder hay que meterse dentro del ojo.

El ojo suele compararse con una cámara fotográfica y, aunque la comparación empieza a acusar los años, sigue siendo bastante útil. La luz atraviesa primero la córnea, después pasa por la pupila, cuya abertura regula el iris, y finalmente atraviesa el cristalino, una lente flexible que contribuye a enfocar la imagen sobre la retina. Esta tapiza el fondo del ojo y contiene los fotorreceptores capaces de transformar la luz en impulsos eléctricos. A partir de ahí toma el relevo el nervio óptico y, en último término, el cerebro, porque, hablando con propiedad, no vemos con los ojos: vemos con el cerebro utilizando la información que le proporcionan.

Pero entre el cristalino y la retina hay un espacio considerable. De hecho, constituye más de las tres cuartas partes del volumen ocular. Y no está vacío. Lo ocupa una sustancia transparente llamada humor vítreo.

El nombre procede del latín vitreus, «de vidrio». Es una denominación magnífica porque el vítreo debe cumplir una condición esencial: estar ahí sin que nos enteremos de que está. Es un gel transparente compuesto aproximadamente en un 98% por agua, pero decir que es básicamente agua sería como decir que una medusa es básicamente agua y dar por terminada la explicación. Esa enorme cantidad de gel permanece organizada gracias a una delicadísima red formada principalmente por fibrillas de colágeno —sobre todo del tipo II— y ácido hialurónico. Esa arquitectura molecular transforma el agua en un gel transparente que rellena el globo ocular.

El vítreo ayuda a mantener la geometría del ojo, proporciona un medio transparente para el paso de la luz y establece una estrecha relación mecánica con la retina. Cuando somos jóvenes forma un gel bastante homogéneo y permanece adherido a la superficie retiniana. El problema, como sucede con tantas estructuras magníficamente diseñadas por la evolución sin pensar demasiado en la vejez, es que el vítreo envejece.

Con los años su arquitectura comienza a cambiar. La red de colágeno se reorganiza, aparecen agregados de fibrillas y se forman zonas progresivamente más líquidas. Los oftalmólogos denominan “sinéresis vítrea” a parte de ese proceso de degeneración y licuefacción. El fenómeno aumenta con la edad y puede aparecer antes en personas miopes, después de una operación de cataratas, tras traumatismos o en determinadas enfermedades inflamatorias del ojo.

Y entonces aparecen las moscas.

Las llamadas “miodesopsias”, conocidas popularmente como moscas volantes, son uno de esos fenómenos extraordinarios que demuestran que podemos contemplar cosas situadas dentro de nuestro propio cuerpo. Las pequeñas condensaciones y agregados presentes en el vítreo interfieren con la luz que atraviesa el ojo y proyectan sombras sobre la retina. Lo que vemos como un punto, una hebra, una telaraña o un diminuto bicho que se escapa cada vez que intentamos mirarlo directamente no está delante de nosotros: está flotando dentro de nuestro ojo. Al moverlo, el vítreo se desplaza y la opacidad también, de ahí ese comportamiento desesperante de las moscas que nunca se dejan atrapar.

Pero el envejecimiento del vítreo tiene otra consecuencia. A medida que se licúa y cambia su estructura, puede ir separándose de la retina. Cuando la capa posterior del vítreo acaba desprendiéndose de ella se produce lo que los oftalmólogos llaman “desprendimiento posterior del vítreo”. Es extraordinariamente frecuente: su prevalencia aumenta marcadamente con la edad y afecta a la mayoría de los ojos cuando alcanzamos la octava década de la vida.

El nombre asusta más de lo que generalmente merece. Un desprendimiento del vítreo no es lo mismo que un desprendimiento de retina. El primero suele formar parte del envejecimiento normal del ojo y su pronóstico es generalmente bueno. El problema está en que el vítreo no se encuentra igualmente adherido a la retina en todas partes. Hay lugares donde la unión es especialmente fuerte y, mientras se desprende, puede tirar de ella.

Eso explica otro síntoma característico: los destellos luminosos o fotopsias. En este caso no hay luz alguna entrando en el ojo. La tracción del vítreo estimula mecánicamente la retina y esta envía una señal que el cerebro interpreta como luz. Es algo parecido a lo que sucede cuando nos frotamos con fuerza los ojos cerrados y vemos lucecitas que evidentemente no existen en la habitación.

La mayoría de las veces el asunto termina ahí. Pero si la tracción es suficientemente intensa puede provocar un desgarro de la retina. A través de esa abertura puede introducirse líquido y comenzar entonces algo completamente distinto y mucho más serio: un desprendimiento de retina. Por eso la aparición repentina de muchas moscas volantes, un aumento brusco de las existentes, nuevos destellos, pérdida de visión o una especie de sombra o cortina que avanza por el campo visual exige atención oftalmológica urgente. Tras un desprendimiento posterior del vítreo agudo también son habituales las revisiones posteriores precisamente para comprobar que durante el proceso no haya aparecido una rotura retiniana.

Volvamos ahora al sobre de mi amiga y a nuestra macedonia oftalmológica.

La bromelina es una mezcla de enzimas proteolíticas procedentes de la piña; la papaína es una proteasa obtenida de la papaya, y la ficina procede del látex de la higuera. Una proteasa es, simplificando, una herramienta molecular capaz de cortar proteínas en fragmentos más pequeños. Y aquí comienza a vislumbrarse la lógica de VISUfly: si algunas opacidades que flotan en el vítreo están formadas por agregados de colágeno, ¿podrían ciertas enzimas proteolíticas contribuir a degradarlos?

No es una ocurrencia del fabricante del complemento. La hipótesis se ha investigado. En 2022 se publicó un ensayo clínico con 224 pacientes que presentaban opacidades vítreas sintomáticas. Durante tres meses recibieron diferentes dosis de una combinación de bromelina, papaína y ficina, mientras otro grupo recibió vitamina C. Los autores comunicaron una disminución de las opacidades relacionada con la dosis administrada. Existía además un estudio anterior, publicado en 2020, que había investigado la misma combinación de enzimas y obtenido resultados favorables.

Por tanto, no estamos ante uno de esos complementos alimenticios en cuya etiqueta se amontonan sustancias saludables esperando que el consumidor establezca por su cuenta alguna relación con la enfermedad. Existe una hipótesis fisiológica y existen estudios clínicos que la respaldan. Pero entre eso y afirmar que sabemos que el tratamiento funciona hay todavía una distancia considerable.

El problema puede resumirse en una pregunta muy sencilla: ¿cómo llega la papaína que uno se traga hasta las fibrillas de colágeno que flotan dentro del ojo?

Nuestro aparato digestivo está precisamente especializado en descomponer proteínas. Para aceptar el mecanismo propuesto habría que demostrar que cantidades biológicamente relevantes de esas enzimas sobreviven al proceso digestivo, se absorben, alcanzan la circulación manteniendo suficiente actividad y, finalmente, llegan al vítreo en concentraciones capaces de actuar sobre sus agregados proteicos. Los estudios publicados proporcionan resultados clínicos interesantes, pero no han convertido toda esa cadena causal en un mecanismo definitivamente establecido. Por eso conviene mantener la cautela: la Academia Americana de Oftalmología sigue indicando que no existe un tratamiento médico recomendado para el desprendimiento posterior del vítreo; el manejo habitual de un caso no complicado consiste fundamentalmente en observación, vigilancia de los síntomas y revisiones para descartar roturas retinianas.

Esto permite además aclarar una posible confusión. VISUfly no pretende volver a pegar a la retina un vítreo que se ha separado de ella. Tampoco disponemos de pruebas de que impida un desprendimiento de retina. La lógica de las enzimas proteolíticas se dirige fundamentalmente hacia las opacidades vítreas y las molestas moscas volantes asociadas a la degeneración del gel. El glutatión y la vitamina C aportan, por su parte, el componente antioxidante de la formulación. El propio producto se comercializa legalmente como complemento alimenticio, no como medicamento.

Así que, después de dar un paseo inesperadamente largo por la córnea, el cristalino, la retina, el colágeno, el ácido hialurónico y tres fruterías tropicales, devolví el sobre a mi amiga. No podía asegurarle que las enzimas de la piña, la papaya y el higo fueran a comerse las moscas que flotaban dentro de su ojo. La evidencia disponible todavía no permite afirmarlo con esa rotundidad. Pero al menos el pequeño sobre plateado había dejado de parecer tan extravagante.

Y, sobre todo, había servido para descubrir algo bastante más interesante: que llevamos toda la vida mirando el mundo a través de un delicadísimo gel transparente que envejece con nosotros y del que normalmente solo nos acordamos cuando, un buen día, empezamos a ver sus sombras.

domingo, 13 de septiembre de 2026

UN INQUILINO EN MI PIMIENTO

 

Hay descubrimientos domésticos que obligan a replantearse la confianza depositada en la cadena alimentaria. Uno abre un pimiento verde con la tranquilidad de quien espera encontrar, como mucho, unas semillas y una vaga sensación de que debería comer más verdura, y se topa con una oruga de casi tres centímetros. No una de esas minúsculas criaturas que uno puede atribuir a una imperfección óptica, sino un animal hecho y derecho, provisto de rayas, manchas, mandíbula y una evidente convicción de que aquel pimiento había sido cultivado expresamente para él.

El huésped había dejado pruebas abundantes de su estancia. Las motas negras que salpicaban el interior del fruto eran sus excrementos, conocidos por los entomólogos con el término inglés frass, que parece una marca de detergente y, sin embargo, significa exactamente lo que uno teme que signifique. El animal no se había limitado a probar el pimiento: había instalado en él una oficina, un comedor y un retrete.

Todo indica que se trata de una rosquilla verde, Spodoptera exigua, una de esas orugas que reciben nombres aparentemente inocentes hasta que uno descubre que son capaces de convertir una huerta bien atendida en un paisaje semejante a la retirada de Napoleón de Rusia. La identificación a partir de una fotografía nunca debe darse por definitiva —hay otras orugas noctuidas de aspecto muy parecido, entre ellas Helicoverpa armigera, aficionada también a perforar pimientos—, pero el aspecto general encaja bien: cuerpo verdoso o parduzco, bandas longitudinales claras y oscuras, pequeños puntos negros y una apreciable flexibilidad cromática.

Las orugas de Spodoptera exigua tienen un aspecto cambiante porque, como muchos adolescentes y algunos políticos, no acaban de decidir quiénes son y cambian de chaqueta a la menor ocasión. Al principio pueden ser verdes, amarillentas o pardas; al crecer, exhiben líneas blancas, cremas u ocres y manchas oscuras. La combinación les permite pasar razonablemente inadvertidas entre hojas, tallos y frutos, aunque es difícil que logren esa discreción cuando han escogido como residencia un pimiento abierto sobre la encimera de una cocina.

No es un gusano, naturalmente, aunque «gusano» es una palabra de enorme utilidad para el ciudadano que no desea iniciar una conversación taxonómica antes del café. Es una larva de mariposa nocturna, o polilla, perteneciente a la familia de los noctuidos. Su futuro adulto será un insecto más bien sobrio, pardo o grisáceo, con una envergadura de dos o tres centímetros. No habrá, por tanto, una mariposa tropical de alas azul eléctrico saliendo de la tierra para agradecer nuestra hospitalidad. Habrá una polilla de noche, de esas que se presentan sin invitación en torno a una bombilla y parecen convencidas de que han hallado el centro espiritual del universo.

La vida de la rosquilla verde tiene, en realidad, una lógica impecable. La polilla adulta deposita sus huevos sobre una planta adecuada. De ellos nacen pequeñas orugas que comienzan a comer con la determinación de alguien que ha recibido una beca completa para un bufé libre. Crecen deprisa, mudan varias veces de piel y, cuando han alcanzado un tamaño respetable, abandonan la planta y se entierran en el suelo. Allí forman una pupa, esa cápsula inmóvil en la que un animal decide desmantelarse y reconstruirse por completo: patas, alas, antenas, ojos compuestos y todo lo demás. Es una operación de ingeniería biológica tan extravagante que, si no ocurriera todos los días en millones de jardines y huertas, habría que fundar una religión en torno a ella.

El problema es que, antes de ponerse a filosofar sobre la metamorfosis, la larva debe comer. Y come de un modo poco selectivo. Spodoptera exigua es polífaga: tiene apetito para la remolacha, la acelga, la espinaca, la lechuga, el apio, las coles, el tomate, el pimiento, la berenjena, la patata, las judías, los guisantes, el maíz, el algodón, la alfalfa, ciertas ornamentales y una considerable colección de malas hierbas. Esta amplitud de miras explica su éxito evolutivo y, de paso, el desaliento de los agricultores. Una plaga especializada puede combatirse retirándole su planta favorita; una que aprecia medio catálogo de semillas parece haber estudiado economía.

En los pimientos, las larvas jóvenes suelen atacar hojas y brotes, pero las más crecidas pueden alcanzar flores y frutos. Una perforación basta para abrir una vía de entrada a hongos y bacterias. El daño, por tanto, no consiste solo en la porción que la oruga ha devorado. El fruto queda comprometido: se pudre antes, pierde valor comercial y puede convertirse en un discreto alojamiento compartido para toda una comunidad de microorganismos que nadie invitó a cenar.

La rosquilla verde no necesita, sin embargo, una leyenda de monstruo invasor. Es una especie hoy ampliamente distribuida, conocida desde hace mucho en el Mediterráneo y en nuestros cultivos. Se la considera probablemente originaria de Asia, pero ha viajado, prosperado y encontrado plantas de su gusto en buena parte del mundo. Ha hecho lo que hacen con extraordinaria eficacia los insectos pequeños: aprovechar las rutas humanas, los cultivos extensivos y la asombrosa costumbre de cultivar durante kilómetros y kilómetros exactamente la misma planta.

¿Qué hacer con el pimiento? La respuesta, por una vez, no exige un protocolo ministerial. Ese fruto conviene desecharlo: no tanto por la presencia de la oruga —que, pese a su aspecto, no tiene nada personal contra nosotros— como por el deterioro y la contaminación microbiana que puede acompañar al daño. Los demás pimientos bastan con lavarlos y revisarlos con normalidad. No es preciso fumigar la cocina, llamar a sanidad vegetal ni redactar un testamento.

Conviene, eso sí, quedarse un momento con la escena. En el interior de un pimiento comprado para hacer la comida viajaba una historia completa: un huevo depositado sobre una planta, una larva que comió hasta convertirse en una pequeña salchicha rayada, una futura pupa enterrada en tierra y una polilla aún por venir. La naturaleza no desaprovecha una ocasión para recordarnos que el mundo está lleno de vidas paralelas, con planes propios y un notable desprecio por nuestra lista de la compra.

DE ARGELÈS A CEUTA: EL OMINOSO CÍRCULO DEL SILENCIO

 

Campo de concentración de Argelès-sur-Mer, en la costa de Francia, en marzo de 1939. Foto de Robert Capa.

La fotografía parece pertenecer a una época remota, casi a otro país. Una mujer joven, de pie sobre la arena, mira a la cámara con una mezcla de cansancio y dignidad. A su alrededor hay mantas, ropas tendidas, tablas mal ensambladas, cuerpos inclinados sobre un equipaje que ya no contiene una vida sino sus restos. No hay casas ni calles; sólo playa, viento y una provisionalidad que se parece demasiado a la intemperie.

La escena corresponde a uno de los campos levantados en las playas del Rosellón francés en 1939. Allí fueron encerrados decenas de miles de españoles que habían cruzado los Pirineos durante La Retirada, tras la caída de Cataluña y la derrota de la República. Habían dejado atrás una guerra, los bombardeos, las cárceles y el miedo a la represalia. Al llegar a Francia no encontraron exactamente asilo, sino arena cercada.

En Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien y Le Barcarès se improvisaron campos inmensos junto al Mediterráneo. La palabra improvisados suele emplearse como si constituyera una disculpa. No lo es. Puede explicar el desorden inicial, pero no justifica que miles de seres humanos fueran amontonados a la intemperie, sin agua suficiente, sin letrinas adecuadas, sin barracones y sin medios para resguardarse de la tramontana. En febrero, aquella playa luminosa que hoy sirve para las vacaciones era una planicie helada, barrida por un viento que se colaba por cualquier manta.

Los refugiados españoles construyeron muchas de las precarias instalaciones en las que luego malvivieron. Cavaron hoyos en la arena, levantaron chozas con tablas y telas, hicieron de la escasez una rutina. Las epidemias, la disentería y el hambre acabaron de convertir el exilio en una prolongación de la derrota. No eran invasores. Eran familias deshechas, soldados vencidos, jornaleros, maestros, médicos, niños y ancianos que habían escapado de un régimen que acababa de demostrar, con una eficacia brutal, cuánto podía costar la victoria.

Conviene recordar algo perturbador: aquellos campos no fueron inicialmente una obra de Vichy. Se abrieron en los últimos meses de la Tercera República francesa, cuando Francia aún no había sido derrotada por Alemania ni gobernada por el mariscal Pétain. La responsabilidad histórica no puede descargarse sobre los colaboracionistas que llegaron después. Fue una democracia, asustada, desbordada y atravesada por un fuerte anticomunismo, la que aceptó que aquellos españoles fueran recluidos tras alambradas.

Vichy heredó más tarde parte de esa red de internamiento y la empleó para otros fines todavía más siniestros. Por aquellos lugares, y por otros como Rivesaltes o Gurs, pasarían también judíos, gitanos, antifascistas y extranjeros considerados indeseables. El desprecio administrativo por quienes no tenían patria ni papeles acabó siendo un material muy útil para la persecución. La historia nunca empieza de golpe en el horror absoluto. Antes hay pequeñas renuncias: una manta que no llega, una puerta que se cierra, un insulto que se tolera, una tienda incendiada de la que se dice que quizá no es asunto de nadie.

Por eso resulta tan doloroso contemplar lo que sucede ahora en Ceuta. En las últimas semanas, personas migrantes que permanecen en asentamientos improvisados han sufrido agresiones y amenazas. Hace pocos días, un grupo encapuchado atacó el asentamiento de las Naves del Tarajal; según las informaciones publicadas, arrojó piedras y disparó una pistola de balines, con el resultado de un niño herido de gravedad. En la madrugada del 11 de septiembre ardieron al menos cuarenta tiendas y chabolas en el mismo entorno. Unas doscientas personas, incluidas familias con niños, perdieron el precario refugio que tenían.

La investigación deberá determinar el origen concreto del incendio y establecer responsabilidades. No hay derecho a anticipar una sentencia cuando la policía todavía investiga los hechos. Pero tampoco lo hay para fingir que un incendio de decenas de tiendas, tras ataques anteriores contra quienes las habitaban, es una anécdota urbana sin contexto. El contexto existe y está formado por miedo, abandono, lenguaje deshumanizador y una peligrosa disposición a aceptar que algunas personas vivan fuera de la obligación elemental de ser tratadas como personas.

En Ceuta se ha oído demasiadas veces la palabra «invasión». Es una palabra útil para quien quiere simplificar el mundo hasta hacerlo irreconocible. Una invasión la protagonizan ejércitos con uniformes, objetivos militares y cadenas de mando. Una multitud de personas exhaustas, que duerme en parques, naves abandonadas o campamentos de fortuna, no es un ejército. Puede plantear un problema gravísimo de gestión fronteriza, de seguridad, de recursos públicos y de capacidad de acogida. Todo eso es discutible y debe discutirse. Pero ninguna de esas dificultades autoriza a convertir a un niño en blanco de una pistola de balines ni a considerar aceptable que una familia pierda su refugio entre llamas.

La inmigración irregular no es una cuestión sencilla, y sería pueril afirmarlo. Ceuta soporta una presión fronteriza excepcional. Es una ciudad pequeña, con recursos limitados y una frontera sometida a tensiones que no controla. España debe exigir a Marruecos cooperación efectiva, y Europa no puede mirar hacia otro lado cada vez que una ciudad fronteriza queda abandonada ante una crisis que es europea. También se debe perseguir a las redes que trafican con seres humanos y resolver con rapidez, garantías y sentido común la situación administrativa de quienes llegan.

Nada de eso contradice la obligación de proteger la vida y la integridad de quienes ya están aquí. Al contrario: es su condición previa. El Estado tiene derecho a controlar sus fronteras; lo que no tiene, ni él ni sus ciudadanos, es derecho a degradar a quienes las han cruzado. Una frontera no deja de ser frontera porque haya compasión. Lo que deja de ser, cuando desaparece la compasión, es una frontera civilizada.

Los españoles sabemos algo de esto, aunque a veces lo hayamos relegado a los álbumes familiares y a las asignaturas de historia. Hace menos de un siglo fuimos nosotros quienes llegamos a Francia con las maletas rotas, los hijos de la mano y el porvenir reducido a una línea de alambre sobre la playa. Francia no estuvo entonces a la altura de quienes huían. No todos los franceses fueron hostiles, desde luego: hubo organizaciones solidarias, sindicalistas, cuáqueros, vecinos, médicos y familias que ayudaron. Pero el Estado francés creó campos y buena parte de la sociedad aceptó que aquellos vencidos quedaran apartados de la vista.

Ésa es quizá la lección más inquietante de Argelès. No hace falta que una sociedad sea monstruosa para cometer una infamia. Basta con que se acostumbre a mirar hacia otro lado. Basta con que los refugiados sean descritos como una molestia, una amenaza abstracta o una cifra incómoda. Basta con que nadie se pregunte dónde dormirán esta noche quienes han perdido una tienda, una manta y unos papeles que acaso eran lo único que conservaban.

La mujer de la fotografía no nos pide que resolvamos de un plumazo los dilemas de Ceuta, de España o de Europa. Nos obliga a algo más modesto y difícil: a reconocerla. Era una española en Argelès, pero podría ser hoy una refugiada en el Tarajal. Entre ambas sólo media una playa, una alambrada y la frágil memoria de lo que fuimos.

Quien incendia un campamento de refugiados no defiende a Ceuta. La empequeñece. Quien agrede a quienes no tienen techo ni protección no protege una frontera: renuncia a la parte más elemental de la civilización. Y quien guarda silencio ante esa violencia debería volver a mirar la fotografía. La arena conserva pocas huellas, pero la historia recuerda muy bien quién estaba al otro lado de la alambrada.