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martes, 13 de octubre de 2026

PINSAPOS: TRES ABETOS Y UN MAR DE POR MEDIO

Los pinsapos andaluces tienen parientes cercanos en Marruecos y Argelia. Su historia comenzó millones de años antes de que el Mediterráneo adquiriera su forma actual.

Ramas terminales de Abies pinsapo con conos masculinos (1) y femeninos (2)

En 1837, el joven botánico suizo Pierre Edmond Boissier llegó a Andalucía dispuesto a explorar una flora que todavía guardaba sorpresas para los naturalistas europeos. Tenía veintisiete años y la clase de entusiasmo que lleva a algunas personas a subir montañas para examinar plantas que la mayoría de sus semejantes ni siquiera se detendría a mirar.

En la Serranía de Ronda encontró unos abetos muy diferentes de los que conocía de los Alpes. Sus hojas eran cortas, rígidas, punzantes y se disponían alrededor de las ramillas como las cerdas de un cepillo de limpiar botellas. Los habitantes de la región los llamaban pinsapos. Boissier conservó aquel nombre popular y, en 1838, describió científicamente la especie como Abies pinsapo.

El descubrimiento planteaba una paradoja geográfica. Los abetos son árboles propios de montañas húmedas y bosques relativamente fríos. Sin embargo, aquel crecía en el extremo meridional de Europa, cerca de una costa mediterránea cuyos veranos son famosos por todo menos por su humedad.

La paradoja aumentó cuando los botánicos exploraron las montañas norteafricanas. En Argelia encontraron otro abeto singular, Abies numidica. Más al oeste, en las montañas marroquíes del Rif, aparecieron poblaciones de un tercero, Abies marocana. Tres abetos extraordinariamente parecidos, confinados en regiones montañosas separadas por centenares de kilómetros y por el mar. ¿Cómo habían llegado hasta allí? ¿Procedían de un antepasado común?

Los supervivientes de las montañas

Los pinsapares naturales se concentran en tres núcleos andaluces: Sierra de las Nieves, Sierra del Pinar de Grazalema y Sierra Bermeja. En Grazalema, las montañas interceptan los vientos húmedos atlánticos y reciben precipitaciones extraordinariamente abundantes. En Sierra de las Nieves, la altitud y las orientaciones umbrías proporcionan refugios frescos. Sierra Bermeja añade otra singularidad: sus pinsapos crecen sobre peridotitas, rocas que originan suelos químicamente difíciles para muchas plantas.

El pinsapo no es un árbol especialmente adaptado a la sequía. Su distribución revela hasta qué punto necesita aprovechar las excepciones climáticas que ofrece la geografía mediterránea. Los botánicos llaman relictas a las especies cuyas poblaciones actuales representan restos de distribuciones antiguas más extensas. El pinsapo constituye un buen ejemplo, aunque eso no significa que haya permanecido inmutable durante millones de años.

Lo que ha sobrevivido es un linaje. Y ese linaje tiene parientes al otro lado del mar.

Una familia dividida

El abeto de Numidia, Abies numidica, vive en un territorio muy reducido de las montañas de Babor y Tababort, en Argelia. Más al oeste, en el Rif, crece Abies marocana, especialmente asociado a los bosques de Talassemtane.

Los tres comparten caracteres que revelan su parentesco: hojas rígidas y relativamente cortas, dispuestas alrededor de las ramillas, y determinadas peculiaridades anatómicas. Tradicionalmente se incluyen en la sección botánica Piceaster, distinta de la sección Abies, a la que pertenecen otros abetos mediterráneos.

Pero ¿son realmente tres especies diferentes? Algunos botánicos consideraron al abeto marroquí una subespecie del pinsapo andaluz. Incluso determinadas poblaciones del Rif recibieron otro nombre, Abies tazaotana, que algunos autores elevaron a la categoría de especie.

En 2020, un equipo encabezado por Francisco Balao publicó en Annals of Botany una investigación basada en miles de variantes del ADN. Los resultados confirmaron que A. numidica representa una rama separada tempranamente del antepasado común de los pinsapos ibéricos y marroquíes. Estos últimos constituyen dos linajes hermanos, suficientemente diferenciados para respaldar su reconocimiento como especies independientes. En cambio, A. tazaotana no formaba un linaje claramente separado de A. marocana.

La genética había aclarado el parentesco familiar. Pero también reveló algo sorprendente: aquella familia llevaba separada muchísimo más tiempo del que se había supuesto. Era un tiempo en el que el Mediterráneo era otro mar.

Hace treinta millones de años, durante el Oligoceno, Europa y África ocupaban posiciones distintas de las actuales. El antiguo océano de Tetis experimentaba profundas transformaciones. El desplazamiento de las placas tectónicas reorganizaba mares, islas y cordilleras.

Los análisis genéticos permiten estimar cuándo comenzaron a separarse los linajes mediante modelos que relacionan las diferencias acumuladas en el ADN con el tiempo transcurrido.

El estudio de Balao y sus colaboradores situó la separación entre las secciones Piceaster y Abies aproximadamente entre 23 y 34 millones de años atrás. La divergencia del linaje argelino se estimó entre 13 y 27 millones de años, mientras que la separación de los linajes ibérico y marroquí se situó entre 9 y 21 millones de años.

Son estimaciones con incertidumbres, pero contienen una enseñanza importante: los abetos ibéricos y marroquíes comenzaron a diferenciarse mucho antes de las glaciaciones cuaternarias y, según esas fechas, antes de que el estrecho de Gibraltar adquiriera su configuración actual. Por tanto, no basta con imaginar un gran bosque de pinsapos dividido en dos cuando se abrió el estrecho. La historia debió de ser más complicada como se desprende de sus cenizas.

Los árboles tienen la desagradable costumbre de morir sin dejar demasiados documentos. Afortunadamente, producen enormes cantidades de polen, cuyos granos pueden conservarse enterrados durante miles o millones de años.

El registro paleobotánico indica que los abetos ocuparon territorios del sur y el este de la península ibérica donde hoy han desaparecido. Sin embargo, encontrar polen fósil de Abies no equivale a demostrar la presencia de pinsapos, porque el polen de especies próximas puede resultar indistinguible.

Hay una forma más directa de averiguar dónde crecían estos árboles: buscar sus restos quemados. En 2022, R. Pardo-Martínez y sus colegas publicaron una investigación basada en la pedoantracología, palabra poco atractiva que designa una actividad fascinante: buscar fragmentos de carbón vegetal conservados en los suelos.

Cuando un incendio quema un bosque, parte de la madera se transforma en carbón. Algunos fragmentos permanecen enterrados durante miles de años. Su estructura anatómica permite identificar el género del árbol y el carbono 14 proporciona una estimación de su antigüedad.

Los investigadores realizaron 37 excavaciones en la Serranía de Ronda. Encontraron carbones identificados como Abies en tres localidades donde actualmente no crecen estos árboles: Palmitera, Fuenfría Alta y Jarastepar. Algunos restos tenían una antigüedad próxima a diez mil años. Los hallazgos demostraban que los abetos habían ocupado lugares de los que posteriormente desaparecieron.

No debemos imaginar necesariamente un bosque continuo cubriendo aquellas montañas. Pudo existir un mosaico de poblaciones conectadas durante determinados periodos y aisladas durante otros. Pero ahora disponíamos de algo más que hipótesis: teníamos fragmentos de árboles que habían ardido miles de años antes de que Boissier llegara a Andalucía.

El clima mediterráneo nos parece tan familiar que cuesta imaginar un tiempo en el que no existiera. Su peculiaridad más importante es que la estación más cálida coincide con la más seca. Para los árboles, esa combinación representa un problema formidable: precisamente cuando aumenta la demanda de agua de la atmósfera, las precipitaciones escasean.

Durante el Neógeno, los cambios climáticos contribuyeron al establecimiento progresivo del régimen mediterráneo. La intensificación de la sequía estival, especialmente durante el Plioceno y el Cuaternario, transformó profundamente la vegetación.

Los bosques necesitados de condiciones húmedas perdieron terreno frente a comunidades mejor adaptadas a la sequía. Los abetos retrocedieron hacia lugares donde la altitud, la orientación de las laderas y las precipitaciones compensaban parcialmente las condiciones regionales.

Las glaciaciones cuaternarias añadieron nuevas oscilaciones. Durante determinados periodos fríos, los abetos pudieron ocupar altitudes inferiores; durante los cálidos, quedaron restringidos a refugios montañosos. Una montaña puede funcionar entonces como una isla. No una isla rodeada de agua, sino de condiciones climáticas desfavorables.

Los pinsapares andaluces y los abetales del Rif y de Argelia representan esos refugios. Pero sus linajes son mucho más antiguos que las últimas oscilaciones climáticas. Las glaciaciones modificaron sus distribuciones; no necesariamente originaron las especies.

Los pinsapares actuales son el resultado de una historia en la que han intervenido procesos geológicos de millones de años, transformaciones climáticas y perturbaciones más recientes. Los incendios, la explotación forestal y el pastoreo han contribuido a reducir algunas poblaciones. Ahora se suma el calentamiento climático, que aumenta la demanda de agua de la atmósfera y puede agravar los efectos de las sequías.

Paradójicamente, la geografía que permitió sobrevivir al pinsapo puede limitar sus posibilidades de desplazamiento. Una montaña tiene una altura limitada y, cuando una especie ya ocupa las cotas superiores, no siempre dispone de nuevos lugares hacia los que expandirse.

Conservar los pinsapares exige comprender los procesos ecológicos que permiten su supervivencia y proteger la diversidad genética de unas poblaciones que representan una historia evolutiva excepcional. Cuando Boissier contempló aquellos abetos de la Serranía de Ronda, en 1837, sabía que había encontrado una planta notable. Pero difícilmente podía imaginar que sus antepasados habían comenzado a diferenciarse cuando la geografía mediterránea era profundamente distinta de la actual.

Boissier veía árboles. Nosotros podemos contemplar, además, una historia. Un pinsapo centenario puede parecernos extraordinariamente viejo. Pero, comparado con la antigüedad de su linaje, es apenas un recién llegado.

Y cuando caminamos bajo las copas de un pinsapar no estamos simplemente recorriendo un bosque singular de Andalucía. Estamos atravesando uno de los últimos escenarios de una historia evolutiva que comenzó hace decenas de millones de años.

lunes, 12 de octubre de 2026

LA ORQUÍDEA QUE VIVE POR CUENTA AJENA

 

Corallorhiza striata. Foto de Brandon Corder / iNaturalist  CC BY

En los bosques norteamericanos crece una orquídea que parece haber resuelto dos problemas fundamentales de la existencia —comer y reproducirse— con una misma filosofía: que trabajen los demás. Para alimentarse recurre a los hongos. Para transportar su polen, a unas avispas a las que promete una experiencia amorosa que nunca llega a producirse.

Se llama Corallorhiza striata, la coral rayada. Sus flores presentan unas franjas rojizas que justifican el segundo apellido; el primero alude a sus rizomas ramificados, cuyo aspecto recuerda al coral. Bajo tierra obtiene el sustento. Sobre ella organiza el engaño.

Un estudio de John V. Freudenstein y Craig F. Barrett, publicado en American Journal of Botany, aporta pruebas de que esta planta utiliza el engaño sexual para atraer a sus polinizadores. Es el primer caso documentado de una orquídea con esta estrategia en Norteamérica. Y tiene una peculiaridad adicional: depende completamente de los hongos para alimentarse. En una misma etapa de su vida obtiene de otros organismos tanto el carbono que necesita como el transporte de su polen, sin ofrecer una recompensa conocida.

Las semillas de las orquídeas son diminutas. Viajan ligeras, pero esa ligereza tiene un precio: carecen prácticamente de las reservas que permiten a otras plantas iniciar su desarrollo. En condiciones naturales necesitan asociarse con un hongo que les proporcione alimento.

Muchas orquídeas desarrollan después hojas verdes y obtienen carbono mediante la fotosíntesis. Otras combinan esa actividad con aportaciones de sus hongos asociados. Corallorhiza striata mantiene la dependencia durante toda su vida: es completamente micoheterótrofa, un término que significa que obtiene su alimento de los hongos.

Estos hongos, a su vez, son micorrizógenos, lo que quiere decir que están íntima e indisolublemente asociados a las raíces de árboles. El árbol les entrega compuestos de carbono fabricados mediante la fotosíntesis; el hongo contribuye al suministro de agua y nutrientes minerales. La orquídea se incorpora a esa asociación y obtiene carbono a través del hongo, sin que se conozca una compensación equivalente. Su sustento procede, por tanto, de la luz solar, pero de una luz que han captado hojas ajenas.

Además, no parece conformarse con cualquier proveedor. Un estudio anterior examinó el ADN de los hongos asociados a 107 plantas de 42 poblaciones norteamericanas y encontró una especialización extraordinaria: pertenecían a Tomentella, casi todos próximos a T. fuscocinerea. La orquídea tiene una distribución extensa, pero una lista de proveedores muy restringida. US

Para reproducirse necesita resolver otro problema. El polen debe llegar de una flor a otra, y la planta no puede desplazarse. Muchas flores contratan ese transporte pagando con néctar. Corallorhiza striata ofrece una oportunidad de aparearse.

Sus visitantes son machos de Pimpla pedalis, una avispa de la familia de los icneumónidos. Freudenstein y Barrett reunieron observaciones de campo y fotografías en las que pudieron determinar el sexo de 41 avispas visitantes. Todas eran machos. La unanimidad resultaba reveladora. También lo era su comportamiento. El video que he situado más abajo muestra a un macho posándose sobre una flor y situándose en el labelo, el pétalo especializado de las orquídeas. Después curva el abdomen hacia delante, en un movimiento compatible con un intento de apareamiento.

Durante el contacto, la flor puede adherir al cuerpo del insecto un paquete de polen. Si el macho visita otra flor y establece el contacto adecuado, puede completar el transporte. Algunas avispas capturadas y fotografiadas llevaban esos paquetes adheridos. El macho ha acudido buscando pareja y puede salir convertido en mensajero.

Los investigadores quisieron comprobar si las avispas necesitaban ver las flores. Introdujeron cinco inflorescencias en una bolsa y después las ocultaron bajo un cono de malla negra. Al abrir la bolsa, el olor podía difundirse mientras las flores permanecían escondidas. En unos dos minutos aparecieron alrededor de diez avispas, que volaban y se posaban sobre la zona del cono donde estaban las flores.

Otro ensayo reforzó la importancia del olor. Los científicos prepararon extractos florales y aplicaron pequeñas cantidades sobre trozos de fieltro. El extracto obtenido con metanol atrajo tres avispas. El metanol solo, utilizado como control, no atrajo ninguna. Tampoco encontraron néctar al examinar treinta flores. El conjunto de resultados respalda la interpretación de que los machos acuden por señales relacionadas con el apareamiento.

Queda, sin embargo, una pieza pendiente: identificar las sustancias responsables. El estudio demuestra atracción química, pero no establece todavía que la flor produzca exactamente las mismas feromonas que las hembras. El engaño sexual se deduce de la combinación de pruebas químicas, morfológicas y de comportamiento.

Depender de unos hongos muy concretos para comer y de un polinizador especializado para reproducirse parece una apuesta delicada. Si falla cualquiera de las dos relaciones, la planta puede tener problemas. Por eso se había propuesto que combinar ambas formas de explotación sería evolutivamente inestable. Esta orquídea demuestra que la combinación puede existir. Su amplia distribución norteamericana indica, además, que no se trata simplemente de una extravagancia confinada a un rincón.

Los autores reúnen otros ejemplos de plantas dependientes de hongos que también engañan a sus polinizadores. No todas recurren a promesas sexuales: algunas imitan recursos alimenticios o posibles lugares de puesta. La expresión «doble parasitismo» tiene aquí un sentido amplio. La orquídea obtiene alimento del hongo y aprovecha el comportamiento de la avispa. Pero el estudio no cuantifica cuánto perjudica a sus socios. Los investigadores plantean que unos costes relativamente pequeños podrían contribuir a que estas relaciones persistan.

No hay voluntad de estafar ni decisiones conscientes. Hay rasgos heredables que, a lo largo de generaciones, han permitido obtener alimento y transportar polen. Vista desde nuestra inclinación a ponerle moral humana a la naturaleza, Corallorhiza striata parece una consumada aprovechada. Vista desde la evolución, es una solución viable a dos problemas difíciles.

El árbol fabrica, el hongo suministra y la avispa transporta. La orquídea florece. 

sábado, 10 de octubre de 2026

LA LOCURA CONGELADA DE WILLIAM H. SEWARD

 

William Henry Seward tenía muchas virtudes, pero la discreción a la hora de comprar no estaba entre ellas. Como secretario de Estado de Lincoln —y luego de Andrew Johnson— era un diplomático eficaz, un negociador obsesivo y un hombre capaz de ver oportunidades donde otros veían únicamente una mancha en el mapa. Lo que nadie imaginaba es que un día, sin previo aviso, decidiría comprar Alaska como quien aprovecha una oferta de última hora en un bazar ruso. Fue, quizá, la adquisición más impulsiva de la historia estadounidense: un territorio del tamaño de medio continente adquirido por un precio que hoy no alcanzaría para comprar una franquicia mediocre de béisbol.

La historia arrancó en 1867, cuando Rusia, agotada tras la guerra de Crimea y desesperadamente necesitada de dinero, decidió que poseer Alaska era tan práctico como tener un frigorífico sin cable. Habían comprobado que mantener colonias a miles de kilómetros requería barcos, soldados, administración… y un entusiasmo que los zares ya no tenían. Además, temían —con razón— que, en caso de guerra con Gran Bretaña, los ingleses desembarcarían en Alaska en cuestión de días, reclamándola con la ligereza de quien toma prestado un sombrero.

Fue entonces cuando el embajador ruso en Washington, Eduard Stoeckl, decidió tantear al gobierno estadounidense. Stoeckl era un diplomático astuto, famoso por sus cejas colosales y su capacidad para no sonreír nunca sin un cálculo previo. Su idea era simple: convencer a los estadounidenses de que Alaska era una joya por descubrir. Que estuviera cubierta de hielo, habitada por osos del tamaño de caballos y tan lejos de Washington que ni el telégrafo tenía ganas de llegar, era un detalle menor.

Cuando Stoeckl se reunió con Seward, el secretario de Estado escuchó su propuesta con un entusiasmo creciente. Seward ya había mostrado una inclinación por expandir el territorio nacional cuando fuera posible, conveniente o simplemente divertido. Tenía la teoría de que Estados Unidos debía crecer “de mar a mar y un poco más”, como si estuviera jugando a un juego de mesa continental. Ver la posibilidad de comprar Alaska fue, para él, como ver en la estantería de rebajas un objeto misterioso que nadie más quiere pero que a uno le resulta irresistible.

Lo más sorprendente es la rapidez con la que Seward tomó la decisión. No convocó comisiones. No organizó debates. No pidió estudios de impacto económico. Ni siquiera consultó a su esposa, que probablemente habría preguntado si existía un lugar más frío que Alaska. Nada de eso. En una reunión nocturna, casi improvisada, acordó la compra del territorio por 7,2 millones de dólares, pagaderos en oro. El documento final se firmó a las cuatro de la mañana del 30 de marzo de 1867, una hora a la que, tradicionalmente, solo se toman decisiones que uno lamenta al día siguiente.

Para poner la cifra en perspectiva: Estados Unidos acababa de adquirir un territorio de más de un millón y medio de kilómetros cuadrados —más grande que España, Francia, Alemania y varios estados confundidos entre sí— por un precio que, ajustado a la inflación, no supera el coste anual de calentar un edificio del Capitolio con calefacción central mal regulada. Fue un negocio extraordinario… aunque nadie lo vio así al principio.

Cuando la noticia se hizo pública, la reacción en Washington osciló entre la burla y el estupor. Los periódicos hablaron de “Seward’s Folly” (la locura de Seward), un apodo que se pegó con entusiasmo contagioso. Se decía que el secretario de Estado había comprado “un gigantesco cubo de hielo” lleno de focas tristes y montañas de nieve inútiles. En una recepción, un senador preguntó con sarcasmo si el gobierno planeaba usar Alaska como nevera natural para almacenar pescado. Otro sugirió que, si sobraba dinero, podrían adquirir también el Polo Norte y convertirlo en centro de investigación de renos.

La prensa satírica se cebó con la historia. Un diario de Boston publicó un dibujo de Seward abrazando un iceberg con expresión romántica. Otro periódico ironizó diciendo que quizá los rusos habían añadido un manual de instrucciones para descongelar el territorio. En una tertulia de Nueva York alguien bromeó: “¿Y por qué no comprar Groenlandia también? Total, ya tenemos las manos congeladas.”

Seward, imperturbable, respondía a las críticas con la serenidad de un visionario acostumbrado a que los demás no entiendan nada. Aseguraba que Alaska era un diamante en bruto, un territorio con recursos inmensos y un futuro ilimitado. Afirmaba, con mirada profética, que algún día sería tan valiosa como California. Los demás lo escuchaban con escepticismo, pensando en su fuero interno que el secretario de Estado había perdido completamente el juicio, quizá debido a un exceso de lectura de mapas en habitaciones mal ventiladas.

Pero la resistencia más difícil no vino de la prensa, sino del Congreso. Convencer a los senadores de que debía ratificarse la compra fue un proceso arduo. Circulaban rumores extravagantes: que Alaska estaba habitada únicamente por pingüinos hostiles; que las auroras boreales podían provocar pérdidas de memoria; que, al no tener carreteras, sería imposible cobrar impuestos. Seward, con una paciencia digna de un santo, dedicó semanas a explicar que los pingüinos no viven en el hemisferio norte, que las auroras son inocuas y que siempre se puede cobrar impuestos a alguien, incluso aunque viva detrás de una montaña nevada.

Finalmente, el Senado aprobó la ratificación por un margen estrechísimo. Seward celebró la victoria con moderación, consciente de que el país entero esperaba ansioso ver cómo se justificaba semejante compra impulsiva. Pronto sería evidente que no había comprado hielo… sino riqueza.

Porque en los años siguientes, Alaska se reveló como un tesoro natural. Oro, petróleo, pesca, madera… era como si la naturaleza hubiese decidido guardar todos sus secretos en un rincón remoto esperando a que alguien suficientemente temerario lo comprara. De pronto, los críticos empezaron a aflojar. El hielo ya no parecía tan inútil. Los osos no eran tan problemáticos. Y la ubicación estratégica —entre Asia y Norteamérica— se convirtió en uno de los activos geopolíticos más valiosos del continente.

Seward vivió lo suficiente para ver cómo su “locura” era reevaluada. Cuando visitó Alaska por primera vez en 1869, fue recibido como un hombre que había comprado un abrigo viejo y descubierto que tenía un diamante en el bolsillo. Los habitantes locales lo saludaron con respeto; los comerciantes lo aplaudieron; los periodistas, que antes lo ridiculizaban, escribieron crónicas más amables, siempre con la prudencia necesaria para no admitir demasiado abiertamente que se habían equivocado.

La historia de la compra de Alaska se convirtió, con el tiempo, en una de las grandes ironías de la política estadounidense. Lo que al principio parecía una imprudencia de madrugada terminó siendo un golpe maestro. Seward no solo añadió un territorio inmenso al país, sino que demostró, quizá sin proponérselo, que a veces las decisiones más impulsivas —esas que uno toma sin un plan, sin un comité y sin consultar al sentido común— pueden resultar extraordinariamente acertadas.

Hoy, cuando uno observa un mapa y contempla ese brazo gigantesco de territorio que parece asomarse al Pacífico como un coloso gélido, es imposible no pensar en Seward. En su impulso, su audacia, su total indiferencia ante la opinión pública y su entusiasmo contagioso por un pedazo de mundo que casi todos desestimaron. Y, sobre todo, en esa reunión nocturna donde, mientras el país dormía, él firmó un cheque para comprar un glaciar entero.

Tal vez el verdadero mensaje de esta historia es simple: a veces la historia avanza porque alguien, contra toda lógica, decide decir “sí” a una locura maravillosa. Seward lo hizo, y Estados Unidos terminó con Alaska. No está mal como compra impulsiva. Podría haber salido con peor resultado: imagina si los rusos le hubieran ofrecido Siberia también y Seward hubiera estado aún más animado aquella noche.

“SÍNTESIS ORGÁNICA ASIMÉTRICA”: ¿DE QUÉ VA EL PREMIO NOBEL DE QUÍMICA 2026?

 

Imagen de Niklas Elmehed/Nobel.

Como cada primera semana de octubre se ha anunciado el Premio Nobel de Química. El de este año, otorgado a los químicos Henri Kagan (francés) y Kenso Soai (japonés), ha reconocido sus sofisticadas investigaciones sobre "síntesis orgánica asimétrica", un tema que hubiera encantado a Luis Pasteur, como recordarán (a menos vagamente) quienes hayan leído el artículo que le dediqué al genial investigador francés. Como sospecho que para la mayoría de la gente, las tres palabras "síntesis orgánica asimétrica" probablemente provoquen un "¿de qué va la cosa?", será mejor que aclaremos algunas dudas. Procedo ahora refrescar las memorias, entre otras la mía.

En 1848, mucho antes de convertirse en el sabio de los libros de texto, Louis Pasteur estudiaba unas sales derivadas del ácido tartárico. El ácido tartárico era una sustancia conocida desde hacía siglos porque aparecía adherida a las paredes de las cubas de vino. El ácido tartárico puro había sido aislado de este sedimento en 1769 por el químico sueco Carl Wilhelm Scheele; en 1832 el francés Jean Baptiste Biot descubrió que el compuesto rota el plano de la luz polarizada.

¿Otra vez un «¿de qué va la cosa?» Bien, regresemos al siglo XVII, cuando el físico holandés Christiaan Huygens hizo una interesante observación. Una forma transparente de calcita (carbonato de calcio) era capaz de actuar como una especie de filtro de luz, permitiendo que solo los rayos de luz que vibraban en un plano la atravesaran. Se decía que la luz resultante estaba «polarizada en un plano».

En 1815, Biot descubrió que el plano de polarización giraba cuando la luz atravesaba una solución de ciertas sustancias como el alcanfor o el azúcar. Se diseñó un instrumento llamado polarímetro para medir el grado de rotación, una medición que luego podía usarse para identificar una sustancia. La adulteración del azúcar con sustancias más baratas, como la tiza, era común en aquella época, y el polarímetro pronto demostró su valía al identificar a los productores tramposos. Biot también había demostrado que el ácido tartárico era dextrorrotatorio, es decir, que rotaba el plano de la luz polarizada hacia la derecha. Se dijo que era ópticamente activo.

A principios del siglo XIX, la producción de ácido tartárico a partir de sedimentos de vino se había convertido en una industria importante, debido a que este ácido formado durante la fermentación del mosto aportaba un sabor ácido a alimentos y bebidas, y también era útil en la industria del curtido de cuero. En 1819, Paul Kestner, un fabricante francés, sobrecalentó una muestra de ácido tartárico y produjo una sustancia con la misma composición química que la original, ¡pero que no rotaba el plano de la luz polarizada! Dado que esta muestra también provenía de residuos de vino, se la denominó «ácido racémico», derivado del latín «racemus», que significa «racimo de uvas».

Pasteur estaba intrigado por los ácidos racémico y tartárico. ¿Cómo podían dos sustancias con la misma composición química comportarse de manera diferente al ser expuestas a un haz de luz polarizada? Intrigado, tomó un microscopio para examinar los cristales de ambos ácidos. Observó algo extraordinario. Mientras que todos los cristales de ácido tartárico eran idénticos, los de ácido racémico se presentaban en dos versiones que resultaron ser imágenes especulares una de la otra. Usando unas pizas y mucha paciencia, Pasteur separó cuidadosamente los cristales de ácido racémico en dos grupos y preparó una solución de cada uno. Al colocar las muestras en un polarímetro, descubrió que cada una rotaba el plano de la luz polarizada en la misma cantidad, ¡pero en direcciones opuestas! La versión dextrógira resultó ser idéntica al ácido tartárico.

(A) Cristales hemiédricos de tartratos dobles de sodio y amonio. (B) estructuras químicas de ácidos tartáricos enantioméricos. Pasteur describió la faceta (en rojo) que permite visualizar las imágenes especulares de los cristales. (C) El ibuprofeno, al igual que otros derivados de 2-arilpropionato (incluyendo ketoprofeno, flurbiprofeno, naproxeno, etc.), contiene un carbono quiral en la posición α (alfa-) del propionato.

Pasteur llegó entonces a una brillante conclusión. Dado que el efecto sobre la luz polarizada se observó en la solución, donde ya no había cristales, sugirió que no solo los cristales, sino también las moléculas que los componían debían ser imágenes especulares entre sí. Pasteur también sabía que existían sustancias, como el agua y el alcohol, que no afectaban al plano de la luz polarizada.

Como en aquel entonces se sabía poco sobre la estructura molecular, lo único que Pasteur pudo proponer fue que algunas moléculas debían ser simétricas y, por lo tanto, idénticas a sus imágenes especulares, impidiendo así la rotación de la luz polarizada. Otras, como el ácido tartárico, eran “quirales”; la palabra "quiral" procede del griego cheir, mano. Y es una palabra magnífica porque explica de inmediato el problema. Tus manos son casi idénticas. Tienen cinco dedos, nudillos, uñas y un pulgar colocado aproximadamente en el mismo sitio. Pero no son superponibles. No puede colocarse un guante derecho en la mano izquierda sin experimentar notables dificultades sociales (parecerás tonto) y anatómicas. Algo parecido ocurre con algunas moléculas.

Tras separar las formas dextrógira y levógira del ácido tartárico, Pasteur descubrió que el moho Penicillium glaucum las destruía a ritmos diferentes. Evidentemente, las versiones levógira y dextrógira, denominadas «enantiómeros» por los químicos, presentaban actividades biológicas distintas. Posteriormente, Pasteur analizó diversas sustancias químicas aisladas de sistemas vivos y concluyó que «la mayoría de los productos orgánicos naturales, los productos esenciales de la vida, son asimétricos y poseen tal asimetría que no se pueden superponer a sus imágenes».

¿Por qué debería importarnos todo esto? Porque el cuerpo vivo es un entorno altamente quiral. Los aminoácidos y carbohidratos que forman parte integral de nuestras proteínas y ácidos nucleicos son quirales, lo que significa que pueden existir en formas especulares no superponibles. Sin embargo, por regla general, la naturaleza produce solo una versión.

La síntesis en laboratorio de fármacos asimétricos produce ambas formas especulares. En general, solo una de ellas producirá el efecto deseado. Si comparamos las sustancias químicas del cuerpo con un guante, solo el fármaco con la "quiralidad" adecuada se ajustará. Por ejemplo, una versión de carvedilol, un betabloqueante utilizado para tratar enfermedades cardíacas, es cien veces más potente que su imagen especular. Solo una versión de naproxeno alivia el dolor artrítico, pero la otra puede dañar el hígado sin proporcionar analgesia.

¿Por qué, entonces, se administran a los pacientes fármacos cuya mitad de la dosis puede no tener efecto o incluso ser perjudicial? Porque la separación de las dos formas del fármaco suele ser técnicamente muy compleja. Pero ¿y si fuera posible desarrollar síntesis que permitieran la formación únicamente del enantiómero deseado?

En 2001, William Knowles, Ryoji Noyori y Barry Sharpless recibieron el Premio Nobel de Química por idear un proceso que lograba precisamente eso. La clave residía en el uso de un catalizador que era una combinación de un metal y el único enantiómero de un compuesto quiral. Cuando se utilizaba dicho catalizador en una reacción que normalmente produce moléculas tanto levógiras como dextrógiras, una de ellas se veía favorecida.

Eso tuvo una aplicación práctica, por ejemplo, en la síntesis de L-dopa, un fármaco para tratar la enfermedad de Parkinson. La síntesis habitual en aquel entonces producía un par de enantiómeros, L-dopa y D-dopa, pero solo la versión L era activa en el tratamiento del Parkinson. Desgraciadamente, ambas producían efectos secundarios.

La investigación de Knowles permitió producir L-dopa pura, lo que redujo los efectos secundarios. Benjamin List y David MacMillan dieron un paso más allá, por el que recibieron el Premio Nobel de Química en 2021. Desarrollaron catalizadores más fáciles de usar y producían el enantiómero deseado con mayor rendimiento.

A medida que las compañías farmacéuticas desarrollaban cada vez más fármacos que requerían formulaciones de un solo enantiómero, surgió una mayor necesidad de síntesis asimétricas para producir el enantiómero deseado con un alto rendimiento. Este es el campo en el que Kagan y Soai han realizado importantes avances.

De forma independiente, desarrollaron catalizadores que permiten una síntesis asimétrica de alto rendimiento; en el caso de Soai, ¡un rendimiento sin precedentes del 99,9%! Esto se debe a que la "reacción de Soai", como se la ha denominado, es "autocatalítica", lo que significa que la molécula del producto cataliza su propia producción. Por consiguiente, al principio solo se produce un pequeño exceso del enantiómero deseado, pero a medida que avanza la reacción, se forma cada vez más a medida que la molécula se replica. Esto tiene enormes implicaciones para la industria farmacéutica, ya que permite la formación de un enantiómero activo puro con un alto rendimiento.

El comité del Nobel también reconoció que el trabajo de Kagan y Soai podría tener una implicación más fundamental. Cuando en el laboratorio se realizan reacciones químicas que pueden dar lugar a dos enantiómeros, el resultado es una mezcla 50-50. ¿Por qué las reacciones que ocurren en la naturaleza, que en teoría también pueden producir enantiómeros, terminan produciendo solo uno?

Los aminoácidos en las proteínas o los componentes de azúcar de los ácidos nucleicos existen solo en versiones "unilaterales". Esto ha sido un misterio durante mucho tiempo. El trabajo de Kagan y Soai ha demostrado que, bajo las condiciones catalíticas adecuadas, un compuesto capaz de producir dos enantiómeros producirá solo uno. Los Premios Nobel de 2026 dieron en el clavo al proporcionar herramientas para la síntesis de nuevos compuestos enantioméricamente puros, en particular fármacos.

A Pasteur le habría encantado.

CUANDO JUAN CARLOS I PLANTEÓ ENTREGAR CEUTA Y MELILLA A MARRUECOS

 

El próximo martes 13 de octubre Felipe VI realizará una visita oficial a Ceuta. En Marruecos la seguirán muy atentamente y quizás aprovechen para recordar lo que planteó el hoy emérito al padre del actual monarca alauita.

En la primavera de 1979, España acababa de estrenar Constitución, Adolfo Suárez presidía su segundo Gobierno y Juan Carlos I llevaba poco más de tres años en el trono. Marruecos, mientras tanto, seguía mirando hacia el norte. Hassan II, padre del actual monarca, no había olvidado Ceuta y Melilla y nadie en Madrid podía descartar que intentara repetir con las dos ciudades españolas una operación semejante a la Marcha Verde que en 1975 había precipitado la salida de España del Sáhara Occidental.

En aquel escenario ocurrió algo que permaneció desconocido durante décadas. El 30 de abril de 1979, Juan Carlos recibió en la Zarzuela al senador Edmund Muskie, enviado personal del presidente Jimmy Carter, acompañado por el embajador estadounidense en Madrid, Terence Todman. La conversación duró más de hora y media. Ocho días después, la embajada remitió a Washington un telegrama confidencial titulado Meeting of Senator Muskie with King Juan Carlos.

El documento, conservado en los Archivos Nacionales estadounidenses, resulta extraordinario. Según el relato diplomático norteamericano, Juan Carlos dijo "con franqueza" que el gran problema entre España y Marruecos eran los dos enclaves españoles y ofreció una solución que convenía mantener en secreto hasta el momento oportuno: desprenderse de Melilla y buscar para Ceuta una fórmula de internacionalización. En el libro Un rey para la democracia el historiador Charles Powell ha documentado el episodio utilizando precisamente ese telegrama.

Encabezamiento (izquierda) y página donde se citan Ceuta y Melilla (derecha) de la transcripción del telegrama secreto citado en el texto. Archivos Nacionales de EEUU.

Según el telegrama, Juan Carlos consideraba que Melilla podía ser cedida a Marruecos en un plazo relativamente corto. Calculaba que allí vivían unos diez mil españoles. Preveía, naturalmente, una reacción muy adversa de los militares, pero pensaba que las protestas durarían aproximadamente dos meses y que él podría controlar la situación.

Ceuta era otra cosa. Allí, según las cifras manejadas por el rey, vivían unos sesenta mil españoles y resultaba complicado entregarlos sencillamente a Marruecos. Juan Carlos sugirió entonces una posible internacionalización de la ciudad mediante una situación «similar a la de Tánger».

La referencia no era a beneficio de inventario. Tánger había vivido desde 1925 hasta la independencia marroquí —con el paréntesis de la ocupación española durante la Segunda Guerra Mundial— bajo un peculiar régimen internacional establecido por el Estatuto de 1923. Formalmente se reconocía la soberanía del sultán de Marruecos, pero buena parte del gobierno efectivo correspondía a instituciones internacionales en las que participaban varias potencias. Existían una Asamblea Legislativa Internacional, un administrador, un Comité de Control integrado por representantes extranjeros y un Tribunal Mixto.

Por tanto, Juan Carlos no estaba pensando simplemente en conceder a Ceuta mayor autonomía. Si la comparación con Tánger expresaba realmente el modelo que tenía en mente, la propuesta era mucho más profunda: España dejaría de ejercer en solitario el control de la ciudad y, para vestir el muñeco, aceptaría algún tipo de administración internacional, aunque el telegrama no permite saber cómo imaginaba concretamente ese estatuto ni qué países participarían en él. Melilla podía acabar en manos de Marruecos; Ceuta también, pero quedaría sometida a una fórmula internacional que evitaría entregar directamente a decenas de miles de españoles a la soberanía marroquí, aunque el final sería precisamente ese. Eran soluciones diferentes, pero ninguna significaba conservar el statu quo.

Detrás de aquellos razonamientos había una preocupación: otra Marcha Verde. El precedente de 1975 estaba demasiado próximo. Hassan II había demostrado entonces hasta qué punto una movilización aparentemente civil podía convertirse en un formidable instrumento de presión territorial.

La historia se vuelve todavía más interesante porque apenas mes y medio después Juan Carlos viajó oficialmente a Marruecos. Los Reyes llegaron a Fez el 14 de junio de 1979. El momento era delicado. Marruecos combatía al Frente Polisario en el Sáhara Occidental y las relaciones con España estaban enrarecidas por el conflicto saharaui, la pesca y el apresamiento de pesqueros españoles. Hassan II recibió a Juan Carlos con todos los honores y ambos monarcas mantuvieron conversaciones privadas. El País, cuyo enviado especial seguía el viaje, informó de un encuentro en el que estuvieron «verdaderamente a solas».

¿Qué se dijeron? No lo sabemos. El entonces ministro de Asuntos Exteriores Marcelino Oreja declaró después que Ceuta y Melilla no habían aparecido en las conversaciones; añadió humorísticamente que tampoco habían hablado «de Guadalajara». El asunto central había sido el Sáhara. Sin embargo, un cable confidencial enviado posteriormente por la Embajada estadounidense en Madrid contiene una precisión significativa: el funcionario español que informó a los norteamericanos sobre el viaje reconoció que no conocía lo que hubiera podido ocurrir durante las conversaciones privadas entre ambos monarcas.

No existe, por tanto, documentación que permita afirmar que Juan Carlos ofreciera Ceuta o Melilla a Hassan II durante aquella visita. Mucho menos que le aconsejara llenar Ceuta de residentes marroquíes, una afirmación que circula por internet y para la que no hemos encontrado respaldo documental. Lo que sí sabemos es que seis semanas antes Juan Carlos había expuesto a los estadounidenses su disposición a considerar la cesión de Melilla y la internacionalización de Ceuta.

La posición de Adolfo Suárez ofrece un contraste formidable. El 25 de junio de 1980, Suárez se reunió en Madrid con Jimmy Carter. El acta estadounidense de aquella conversación está publicada por la Oficina del Historiador del Departamento de Estado. Cuando apareció el problema de Ceuta y Melilla, el presidente del Gobierno habló en términos radicalmente distintos de los empleados por Juan Carlos ante Muskie.

Suárez dijo que el Gobierno tenía la impresión de que Marruecos estaba dispuesto a ejercer presión sobre Ceuta y Melilla para obligar a España a ceder en determinadas negociaciones. Si Marruecos hacía algo semejante, aseguró a Carter, España respondería violentamente.

No era una frase retórica. Suárez explicó que España sabía que los dos territorios eran difíciles de defender y que, precisamente por ello, tendría que pasar a la ofensiva. Añadió que existían planes preparados para hacerlo, aunque esperaba no tener que utilizarlos nunca. Carter comprendió inmediatamente las consecuencias: aquello significaría una guerra. Suárez respondió con una sola palabra: «Exactly». Exactamente.

La conversación debió de impresionar a Carter. El presidente preguntó al embajador Todman qué podía hacer Estados Unidos. Todman sugirió advertir a Hassan II, y Carter consideró conveniente hacerle saber que Washington contemplaría cualquier ataque contra Ceuta y Melilla como un asunto muy grave. Suárez añadió un argumento histórico: Ceuta y Melilla llevaban perteneciendo a España más de quinientos años y eran españolas desde antes de la existencia del propio Marruecos como Estado.

Resulta difícil imaginar dos planteamientos más diferentes. Juan Carlos, hablando confidencialmente con los estadounidenses en abril de 1979, consideraba posible desprenderse de Melilla, calculaba cuánto duraría la protesta militar y buscaba para Ceuta una solución similar, pero emboscada en una internacionalización “fake”. Suárez, hablando confidencialmente con el presidente de Estados Unidos catorce meses después, afirmaba que una acción marroquí contra las ciudades provocaría una respuesta militar española que podía desembocar en una guerra.

Conviene no convertir esa diferencia en un enfrentamiento entre el Rey y el presidente del Gobierno que los documentos disponibles no demuestran. Las conversaciones tuvieron lugar en momentos distintos y tampoco sabemos si Juan Carlos expresaba una política discutida previamente con Suárez o una reflexión personal sobre la manera de resolver un problema que consideraba peligroso. Pero la diferencia existe y quedó escrita en los archivos diplomáticos estadounidenses.

También ayuda a entender la peculiar relación entre Juan Carlos y Hassan II. Ambos se llamaban hermanos, pero pertenecían a monarquías de naturaleza radicalmente diferente. Hassan gobernaba. Juan Carlos reinaba dentro de una monarquía parlamentaria. Powell recuerda que al soberano marroquí le costaba comprender que su colega español aceptara las limitaciones constitucionales de sus poderes y tendía a considerar a los ministros españoles poco menos que enviados del Rey.

De ahí podía surgir una peligrosa ambigüedad. Para Hassan II, una conversación con Juan Carlos podía tener un significado político que quizá no tenía dentro del sistema constitucional español.

Casi medio siglo después, los telegramas diplomáticos permiten contemplar aquella relación desde una perspectiva diferente. La versión pública ofrecía cordialidad, cooperación y prudencia. Por debajo circulaban temores a nuevas marchas verdes, cálculos sobre la reacción del Ejército, planes militares españoles y conversaciones sobre territorios cuya soberanía públicamente parecía indiscutible.

Quizá lo más revelador no sea que Juan Carlos contemplara en 1979 que algún día España pudiera desprenderse de Melilla o internacionalizar Ceuta. Los gobernantes examinan en privado escenarios que jamás convertirán en políticas. Lo llamativo es que, mientras el Rey buscaba confidencialmente una salida negociada a un problema que consideraba potencialmente explosivo, el presidente del Gobierno estaba dispuesto a hacer saber que determinadas líneas no podían cruzarse.

Entre una conversación y otra transcurrieron catorce meses. Y entre ambas posiciones, todo el Estrecho de Gibraltar, en cuyo lado español se levanta el Peñón, una plaza estratégica que otro Borbón, Felipe V, entregó graciosamente a Inglaterra en 1714. Nada nuevo bajo el sol.

jueves, 8 de octubre de 2026

LO QUE CUENTAN LOS CABELLOS DE LOS MUERTOS

 

Dos cabezas trofeo del período Nazca Temprano. Fuente

Un cabello es una cosa bastante insignificante mientras está en nuestra cabeza. Se cae en la almohada, atasca el desagüe de la ducha y aparece misteriosamente en lugares donde juraríamos que jamás hemos estado. Pero si consigue sobrevivir durante mil quinientos o dos mil años en el desierto peruano puede convertirse en algo mucho más interesante: una especie de diario químico.

Eso es precisamente lo que ha aprovechado un equipo dirigido por la arqueóloga Dagmara M. Socha para averiguar qué consumían algunos habitantes del antiguo Perú antes de morir. Y entre los muertos había cuatro individuos que presentaban una peculiaridad difícil de pasar por alto: de ellos solo quedaba la cabeza.

Eran las llamadas cabezas-trofeo de la cultura Nazca, una de las manifestaciones más inquietantes de las sociedades que habitaron la costa meridional del Perú mucho antes de los incas. Los nazca son universalmente conocidos por esas gigantescas figuras trazadas sobre el desierto que solo adquieren pleno sentido cuando se contemplan desde cierta altura. Pero su mundo religioso incluía también sacrificios, decapitaciones rituales y una relación bastante intensa con plantas capaces de alterar la conciencia.

El equipo de investigación estudió cabellos de veintidós individuos procedentes de Cahuachi, Estaquería y el valle de Yauca, entre ellos cuatro cabezas-trofeo. En lugar de buscar únicamente objetos asociados a los cadáveres —una bolsa de coca, un recipiente o restos vegetales— hicieron algo mucho más revelador: buscaron dentro del propio organismo las huellas químicas de lo que aquellas personas habían consumido.

El cabello resulta magnífico para semejante pesquisa porque crece lentamente y va incorporando algunas sustancias presentes en el organismo. Es, salvando las distancias, algo parecido a un rollo de película que el cuerpo va impresionando milímetro a milímetro. La sangre cuenta lo ocurrido hace unas horas; el cabello puede conservar noticias de semanas o meses.

Los investigadores recurrieron a cromatografía líquida acoplada a espectrometría de masas, una técnica cuyo nombre invita a pasar rápidamente al párrafo siguiente pero cuyo funcionamiento básico es bastante sencillo: primero separa las moléculas presentes en una muestra y después las identifica por su masa. Así pudieron buscar cocaína y sus metabolitos, mescalina, triptaminas, harmina y harmalina. En otras palabras, estaban interrogando químicamente a unos muertos que llevaban muchos siglos sin posibilidad de declarar.

Y declararon, vaya si declararon. La coca apareció asociada a individuos de la costa meridional peruana desde el período Nazca temprano, aproximadamente entre 100 a. C. y 450 d. C. No constituye una sorpresa absoluta. El uso de coca en los Andes es antiquísimo y conocemos restos arqueológicos de varios milenios de antigüedad. Mucho más interesantes resultaron otras dos plantas.

Una fue Banisteriopsis caapi, la liana amazónica que constituye uno de los ingredientes fundamentales de lo que hoy llamamos ayahuasca. Los investigadores detectaron harmina y harmalina, dos de sus alcaloides característicos. La otra fue el cactus de San Pedro —Echinopsis pachanoi y especies próximas—, cuyo principio psicoactivo más conocido es la mescalina.

Y aquí aparece el detalle que convierte una investigación química interesante en una pequeña historia estremecedora. La mescalina apareció en el cabello de un niño cuya cabeza había sido convertida posteriormente en cabeza-trofeo. Es la primera evidencia química directa de que al menos algunas personas destinadas a ese tratamiento ritual habían recibido una sustancia psicoactiva antes de morir.

No sabemos exactamente para qué. Resulta tentador imaginar al niño narcotizado antes del sacrificio para disminuir su miedo o su resistencia. Es posible. También pudo tratarse de una preparación religiosa destinada a inducir visiones o facilitar el contacto con el mundo sobrenatural. Y tampoco puede excluirse un empleo medicinal. La química nos dice qué había entrado en el cuerpo; no puede decirnos qué pensaba quien se lo administró.

Además, el término cabeza-trofeo puede resultar engañoso. Sugiere inmediatamente enemigos muertos en combate, algo parecido a llevarse a casa una espantosa medalla de guerra. Durante mucho tiempo se discutió precisamente si las cabezas nazca procedían de enemigos capturados o de miembros de la propia comunidad sacrificados ritualmente. La evidencia arqueológica y bioantropológica ha complicado mucho esa imagen simple. La adquisición, preparación y conservación ritual de cabezas fue una práctica bien establecida entre los nazca, pero no todas tienen por qué responder al mismo mecanismo social. Revistas de la Universidad de Florida

Hay otro detalle fascinante. La coca podía cultivarse en determinadas regiones andinas y el cactus de San Pedro crece en los Andes occidentales. Pero Banisteriopsis caapi es una planta propia de ambientes tropicales amazónicos. No crece espontáneamente en el árido litoral nazca. Si llegó hasta allí, alguien tuvo que traerla.

Una molécula de harmina conservada en un cabello se convierte así en el rastro de una red comercial que atravesaba algunos de los paisajes más formidables de Sudamérica, comunicando la costa desértica con los Andes y, directa o indirectamente, con las tierras bajas amazónicas. Los investigadores consideran precisamente que la presencia de Banisteriopsis demuestra la importancia que esas plantas debieron de tener para justificar su transporte a larga distancia.

Y entonces la historia da un salto de aproximadamente un milenio.

En otro estudio publicado ese mismo año, Socha y sus colaboradores analizaron dos niños sacrificados por los incas en el volcán Ampato, cerca de Arequipa. Allí se practicaba la capacocha, una ceremonia estatal en la que niños y jóvenes seleccionados emprendían largas peregrinaciones hasta determinados lugares sagrados y podían acabar sacrificados en cumbres situadas a miles de metros de altitud.

Los análisis del cabello de una víctima y de las uñas de otra volvieron a encontrar cocaína y, sobre todo, harmina y harmalina, los alcaloides de Banisteriopsis caapi. No apareció mescalina ni DMT. En este caso los autores plantean una hipótesis especialmente sugestiva. Los cronistas españoles escribieron que durante la capacocha se administraba chicha a los niños para tranquilizarlos y para que llegaran felices ante los dioses. El estudio sugiere que Banisteriopsis caapi pudo desempeñar también una función semejante. Sus alcaloides inhiben la monoaminooxidasa y poseen efectos sobre el estado de ánimo. Quizá los incas conocieran empíricamente esas propiedades y utilizaran la planta para disminuir la ansiedad de unas víctimas que, cabe suponer, tenían razones bastante sólidas para estar ansiosas. Los propios autores presentan esta interpretación como hipótesis, no como demostración.

Lo extraordinario es la continuidad que empieza a dibujarse. En la costa nazca, siglos antes del Imperio inca, encontramos coca, mescalina y alcaloides de una liana amazónica. Más de mil años después, en las alturas de Ampato, volvemos a encontrar coca y la misma liana asociadas a un sacrificio. Eso no significa que existiera una única tradición ininterrumpida ni que todas esas sustancias desempeñaran idéntica función. Significa algo más interesante: que las sociedades andinas desarrollaron durante siglos un conocimiento extraordinariamente sofisticado de las plantas capaces de modificar el dolor, el cansancio, el ánimo y la percepción, y las incorporaron a la medicina, al intercambio y a la religión.

Carecían de cromatógrafos, espectrómetros de masas y fórmulas estructurales. Pero sabían que unas hojas permitían soportar mejor el hambre y el esfuerzo, que determinado cactus abría la puerta a un mundo de visiones y que una liana llegada desde selvas lejanas hacía algo peculiar en la mente humana.

Nosotros hemos necesitado dos mil años, un laboratorio y un cabello arrancado a un muerto para averiguar que ellos ya lo sabían.

miércoles, 7 de octubre de 2026

LA MARIPOSA QUE CUELGA SU ABRIGO EN LOS ÁRBOLES

 

Lymantria dispar. 1, restos de la nidada depositados en el suelo de un parque de Camarma de Esteruelas. 2, Larva u oruga. 3, hembras depositando los huevos sobre el tronco de un árbol.

Mi corresponsal fotográfica Constanza Riaño tiene la saludable costumbre de caminar mirando al suelo. Gracias a eso me envía de vez en cuando fotografías de cosas que la mayoría pisaríamos sin concederles el menor pensamiento. Hace unos días encontró en un paseo urbano de Camarma de Esteruelas, Madrid, algo que parecía un pequeño montón de lana rubia abandonado sobre la grava.

La fotografía era desconcertante. Una masa de fibras finísimas, de color pajizo, recorrida por pequeños huecos redondeados. Mi primera impresión fue equivocada: aquello recordaba a los restos fibrosos de las fanerógamas marinas que el oleaje deposita en las playas mediterráneas. Había un inconveniente bastante serio para esa explicación: Camarma de Esteruelas se encuentra a unos cuantos cientos kilómetros del mar.

La solución estaba mucho más cerca. Aquello tenía todas las trazas de ser restos de las puestas de Lymantria dispar, una mariposa nocturna conocida tradicionalmente en España como lagarta peluda, uno de los defoliadores más espectaculares de nuestros bosques.

La historia comienza con una pareja bastante desigual. El macho es una mariposa pardusca, ligera, con grandes antenas plumosas que funcionan como detectores químicos extraordinariamente sensibles. La hembra europea es bastante mayor, de color blanquecino y abdomen voluminoso. Tiene alas, pero prácticamente ha renunciado a utilizarlas. Mientras el macho revolotea buscando hembras, ella permanece cerca del lugar donde emergió de la crisálida y se dedica al asunto verdaderamente importante: reproducirse.

Para encontrarlas, los machos cuentan con uno de los sistemas de telecomunicaciones más antiguos del planeta. Las hembras liberan una feromona sexual, el “disparlure”, y las antenas plumosas de los machos detectan cantidades minúsculas de esa sustancia. La química consigue así lo que a nosotros nos exige teléfonos, satélites y aplicaciones de mensajería: informar a un individuo de que otro individuo interesante se encuentra en alguna parte.

Después del apareamiento, la hembra deposita varios centenares de huevos formando una masa compacta sobre troncos, ramas, piedras, paredes, postes, mobiliario urbano y casi cualquier superficie suficientemente tranquila. Y entonces hace algo que explica la fotografía de Constanza: se arranca pelos y escamas de su propio abdomen y con ellos cubre los huevos.

El resultado es una especie de parche de fieltro, beige o amarillento, que protege la puesta de la intemperie y contribuye a aislarla durante el invierno. Una hembra puede dejar varios centenares de huevos bajo aquella manta confeccionada con su propio cuerpo. Después muere. La siguiente generación queda esperando dentro.

Los huevos pasan así los meses fríos. Cuando llega la primavera y comienzan a brotar los árboles, nacen unas orugas diminutas. La sincronización es fundamental: para una oruga recién salida del huevo, una hoja joven de roble es algo parecido a encontrarse delante de un bufé recién inaugurado.

Las larvas jóvenes poseen largos pelos y pueden dispersarse ayudadas por el viento. Producen pequeños hilos de seda y quedan suspendidas de ellos hasta que una corriente de aire las transporta. Es una versión modesta del ballooning utilizado por algunas arañas. De ese modo, un animal incapaz de volar puede recorrer distancias apreciables antes de comenzar siquiera a comer.

Y comer es precisamente lo que hace después. Lymantria dispar es extraordinariamente polífaga. Sus orugas pueden alimentarse de centenares de especies de plantas leñosas, aunque muestran especial predilección por los robles y otras fagáceas. En la península ibérica, los encinares y alcornocales proporcionan algunos de sus escenarios favoritos. También pueden atacar otros árboles y arbustos cuando las poblaciones alcanzan densidades elevadas.

Una oruga madura resulta difícil de confundir. Es grande, peluda y presenta en el dorso una sucesión muy característica de tubérculos: cinco pares azules seguidos de seis pares rojizos. Esa combinación ha servido durante generaciones como una especie de documento de identidad del animal.

La mayor parte del tiempo la presencia de la especie pasa relativamente inadvertida. Hay orugas, pájaros que se las comen, parasitoides que las atacan, enfermedades que las diezman y árboles que pierden algunas hojas sin mayores consecuencias. Pero L. dispar posee una peculiaridad que la ha convertido en una de las plagas forestales mejor estudiadas del mundo: sus poblaciones experimentan explosiones periódicas.

Durante varios años puede parecer escasa. Luego, por una combinación de abundancia de alimento, supervivencia larvaria, clima y dinámica de sus enemigos naturales, la población aumenta espectacularmente. Entonces aparecen millones de orugas y el bosque empieza a quedarse sin hojas.

El espectáculo puede ser inquietante. Encinas y alcornoques que unas semanas antes estaban cubiertos de follaje aparecen desnudos en plena primavera. Las orugas cuelgan de hilos, recorren troncos, cruzan caminos y llegan a jardines y viviendas. Bajo los árboles se acumulan sus excrementos hasta producir una especie de lluvia menuda y continua que cualquiera que haya paseado bajo una infestación intensa recuerda perfectamente.

Sin embargo, defoliación no significa necesariamente muerte. Un árbol sano suele ser capaz de producir una nueva generación de hojas después del ataque. El problema aparece cuando las defoliaciones intensas se repiten, coinciden con sequía u otros factores de estrés o afectan a árboles previamente debilitados. Entonces el coste fisiológico puede ser considerable.

La especie tiene además una historia humana extraordinaria. Es originaria de Eurasia y el norte de África, pero en 1869 el naturalista francés Étienne Léopold Trouvelot, instalado en Massachusetts, criaba ejemplares europeos con la intención de estudiar posibles alternativas al gusano de seda. Algunos escaparon. Fue uno de esos pequeños accidentes domésticos cuyos efectos terminan figurando en los libros de historia natural.

Las mariposas encontraron Norteamérica muy de su gusto. Sin los mismos equilibrios ecológicos que limitaban sus poblaciones en Europa, comenzaron a extenderse y L. dispar terminó convirtiéndose en una de las plagas forestales más importantes del continente. Desde entonces se han gastado enormes cantidades de dinero intentando contenerla.

El caso resulta especialmente instructivo porque muestra que las palabras «plaga» y «especie» no son sinónimas. En Europa, L. dispar forma parte de los ecosistemas desde hace muchísimo tiempo y participa en una compleja red de depredadores, parasitoides y microorganismos. En Norteamérica es una especie introducida capaz de alterar ecosistemas que no evolucionaron con ella. El mismo insecto puede ser un componente natural del bosque en un continente y un invasor en otro.

También explica por qué los entomólogos prestan tanta atención a algo aparentemente tan insignificante como aquellas masas lanosas. Contar puestas permite estimar la población que aparecerá en la primavera siguiente. Cada parche beige adherido a un tronco contiene potencialmente centenares de futuras orugas. Un árbol cubierto de ellos puede ser el anuncio anticipado de una explosión demográfica.

Eso nos devuelve a Camarma. La masa fotografiada por Constanza parece estar formada por restos desprendidos y acumulados de cubiertas de puestas, más que por un único plastón intacto. El color, la textura fibrosa y las cavidades son compatibles con material procedente de masas de huevos ya eclosionadas, aunque una fotografía por sí sola no permite una identificación absolutamente concluyente. Encontrarlo en un paseo urbano tampoco resulta extraño: las hembras no son demasiado exigentes a la hora de elegir dónde depositar sus huevos y pueden hacerlo sobre árboles, piedras, tapias, postes y otras estructuras humanas.

Hay algo un tanto desproporcionado en todo esto. Una persona sale a pasear por Camarma, encuentra en el suelo algo parecido a un mechón de lana y hace una fotografía. Detrás de aquel pequeño desecho puede esconderse una historia que incluye feromonas capaces de guiar mariposas en la oscuridad, orugas que viajan suspendidas de hilos de seda, bosques enteros que pierden las hojas y un entomólogo del siglo XIX que dejó escapar accidentalmente unas cuantas mariposas en Massachusetts.

La naturaleza tiene la inquietante costumbre de no respetar nuestras escalas. A veces basta mirar hacia arriba para descubrirla. Otras veces, como sabe bien mi corresponsal fotográfica, hay que mirar al suelo.