Vistas de página en total

miércoles, 3 de junio de 2026

LOS EUROPEOS Y LA BIODIVERSIDAD: UNA PREOCUPACIÓN CADA VEZ MÁS CONSCIENTE*

 

La biodiversidad tiene un problema de imagen. La palabra aparece en discursos políticos, informes científicos y documentos internacionales con una frecuencia creciente, pero sigue sonando abstracta. Para muchos ciudadanos, resulta más fácil imaginar el cambio climático que la biodiversidad. El primero se traduce en olas de calor, incendios o inundaciones. La segunda parece esconderse detrás de una definición académica. Sin embargo, el último Eurobarómetro especial sobre biodiversidad publicado el 3 de junio por la Comisión Europea muestra que esa distancia entre concepto y realidad se está reduciendo. Los europeos no solo han oído hablar cada vez más de biodiversidad, sino que la consideran una cuestión esencial para su salud, su economía y su calidad de vida.

La encuesta, realizada entre febrero y marzo de 2026 a casi 26 500 ciudadanos de los veintisiete Estados miembros, ofrece una fotografía muy interesante de cómo percibe la población europea la crisis de la naturaleza. Y la primera conclusión es clara: la biodiversidad ha dejado de ser un asunto reservado a especialistas. El 83% de los europeos afirma haber oído hablar del término, frente al 71% registrado en 2018. Más significativo todavía es que el 55% asegura conocer su significado, catorce puntos más que hace ocho años.

Los países nórdicos encabezan el nivel de conocimiento. Suecia, Dinamarca y los Países Bajos presentan porcentajes cercanos a la universalidad. En el extremo opuesto aparecen Rumanía, Chequia y Letonia, donde todavía una parte importante de la población declara no haber oído nunca la palabra. El patrón educativo es igualmente revelador: cuanto mayor es el nivel de formación, mayor es el conocimiento del concepto. Entre quienes prolongaron sus estudios más allá de los veinte años, siete de cada diez saben qué significa biodiversidad; entre quienes abandonaron la educación tempranamente, apenas algo más de una cuarta parte.

Pero el conocimiento del término es solo el comienzo. Lo verdaderamente interesante es comprobar cómo perciben los europeos las amenazas que afectan a la naturaleza. Aquí emerge una visión bastante amplia y sofisticada de los problemas ambientales. La contaminación del aire, del suelo y del agua aparece como la principal amenaza para la biodiversidad. El 94% de los encuestados considera que supone un riesgo importante para la naturaleza. Muy cerca figuran los desastres provocados por el ser humano, como vertidos de petróleo o accidentes industriales, señalados por el 92%.

También existe una conciencia muy extendida sobre el impacto de la transformación del territorio. Nueve de cada diez europeos consideran que la conversión de espacios naturales en áreas urbanas, agrícolas o industriales amenaza la biodiversidad. Una proporción similar señala la fragmentación causada por carreteras, infraestructuras energéticas o canales de transporte. Estas respuestas sugieren que los ciudadanos comprenden que la pérdida de biodiversidad no depende únicamente de la contaminación visible, sino también de cambios acumulativos en el uso del suelo y en la estructura de los ecosistemas.

El cambio climático ocupa asimismo una posición central. El 87% considera que representa una amenaza para la biodiversidad. Aunque este porcentaje sigue siendo extraordinariamente alto, el informe detecta una ligera disminución respecto a mediciones anteriores, asociada más a una moderación en la intensidad de la preocupación que a una pérdida de interés. Dicho de otro modo: los europeos siguen viendo el clima como un problema fundamental, aunque menos personas utilizan las categorías más alarmistas para describirlo.

Resulta igualmente llamativo que actividades tradicionalmente vinculadas al desarrollo económico aparezcan identificadas como factores de riesgo. El 85% considera que la agricultura intensiva, la silvicultura intensiva y la sobrepesca dañan la biodiversidad. Incluso las especies invasoras, un problema menos visible para la opinión pública, son percibidas como una amenaza por el 77% de los encuestados.

Si las amenazas generan consenso, las razones para actuar lo hacen todavía más. El Eurobarómetro revela uno de los niveles de acuerdo más elevados registrados en cualquier encuesta europea reciente. El 96 % afirma que existe una responsabilidad moral de cuidar la naturaleza. La biodiversidad aparece así no solo como una cuestión práctica, sino también ética. La protección de los ecosistemas se percibe como un deber colectivo.

Muy cerca de esa motivación moral aparecen razones mucho más tangibles. El 95 % considera que la salud y el bienestar dependen de la naturaleza. El mismo porcentaje vincula la biodiversidad con la capacidad de afrontar el cambio climático y con el desarrollo económico a largo plazo. Además, el 93% reconoce que la producción de alimentos, materiales y medicamentos depende directamente de la diversidad biológica.

Estos datos sugieren un cambio profundo en la percepción social. Durante mucho tiempo, la conservación de la naturaleza fue presentada como una actividad casi romántica destinada a proteger paisajes, animales emblemáticos o espacios salvajes. Hoy la mayoría de los europeos parece contemplarla como una cuestión mucho más pragmática: la biodiversidad es vista como una infraestructura esencial que sostiene la salud pública, la economía y la estabilidad climática.

La encuesta también pregunta qué esperan los ciudadanos de las instituciones europeas. La prioridad más citada es restaurar ecosistemas degradados y reparar los daños causados por las actividades humanas. Más de la mitad de los encuestados considera que esta debe ser la principal línea de actuación de la Unión Europea. La restauración ecológica aparece incluso por delante de la creación de nuevas áreas protegidas.

La segunda prioridad consiste en incorporar la biodiversidad a la planificación de infraestructuras y grandes inversiones. Es decir, los europeos no solo quieren proteger espacios concretos, sino que desean que la naturaleza forme parte de las decisiones económicas desde el principio. También reclaman una mejor aplicación de las normas ya existentes, una mayor información pública y más investigación científica sobre las causas y consecuencias de la pérdida de biodiversidad.

A nivel local, el mensaje es igualmente significativo. Los ciudadanos consideran fundamental que existan ayudas económicas suficientes para quienes deben aplicar las medidas de conservación. También reclaman reglas claras para las empresas, participación de las comunidades locales y un reparto equitativo de los costes y beneficios asociados a la protección ambiental. La conservación aparece así vinculada a la idea de justicia y de viabilidad práctica.

Uno de los capítulos más interesantes del informe se refiere a la red Natura 2000, el gran sistema europeo de espacios protegidos. Aunque la notoriedad de esta red ha aumentado desde 2018, todavía existe un importante déficit de conocimiento. Solo el 42% de los europeos ha oído hablar de Natura 2000, mientras que el 58% sigue sin conocerla.

Paradójicamente, cuando se pregunta por las funciones que deberían cumplir las áreas protegidas, el apoyo es abrumador. El 96% considera que son importantes para evitar la destrucción de espacios valiosos y el 95% para proteger especies amenazadas. Más del 90 % cree que contribuyen a garantizar agua limpia, aire limpio, producción alimentaria, calidad de vida y adaptación al cambio climático. Incluso la idea de que estas áreas favorecen el desarrollo socioeconómico local obtiene el respaldo del 87% de los encuestados.

Finalmente, el Eurobarómetro aborda uno de los conflictos clásicos de la política ambiental: la tensión entre desarrollo económico y conservación. La respuesta es contundente. Casi la mitad de los europeos considera que los proyectos económicos que destruyen espacios protegidos deberían prohibirse. Otro 40% solo los aceptaría cuando exista un interés público muy importante y siempre que el daño ambiental sea plenamente compensado. Apenas un 9 % cree que el desarrollo económico debe prevalecer sobre la conservación de la naturaleza.

En conjunto, el estudio dibuja una Europa que percibe la biodiversidad como una cuestión estratégica. No se trata únicamente de proteger especies raras o paisajes pintorescos. Para la inmensa mayoría de los ciudadanos, la biodiversidad está vinculada a la salud, la economía, la alimentación, el bienestar y la estabilidad climática. Quizá el dato más importante no sea ninguno de los porcentajes individuales, sino el consenso general que emerge de ellos. En una Unión Europea cada vez más diversa y políticamente fragmentada, pocas cuestiones reúnen niveles de acuerdo cercanos al noventa por ciento.

La biodiversidad sigue siendo un concepto complejo. Pero, a juzgar por este Eurobarómetro, cada vez menos europeos la perciben como una abstracción y cada vez más la entienden como aquello que realmente es: la red invisible que sostiene la vida cotidiana.

* Resumen basado en el informe Special Eurobarometer 571: Attitudes of Europeans towards biodiversity (2026).

martes, 2 de junio de 2026

LA AVISPA QUE NUNCA FUE AVISPA

 

La primera vez que alguien ve una Sesia apiformis suele cometer el mismo error. La observa durante unos segundos, aprecia las franjas amarillas y negras del abdomen, las alas transparentes, el vuelo nervioso y decidido, y llega inmediatamente a una conclusión aparentemente razonable: es una avispa. Pero no: lo curioso es que S. apiformis ha dedicado millones de años a provocar exactamente esa reacción.

No, no es una avispa. Ni siquiera pertenece al mismo orden de insectos. Las avispas son himenópteros, parientes de las abejas y las hormigas. S. apiformis, en cambio, es un lepidóptero. Es decir, una mariposa. Más concretamente, una polilla. Una polilla que ha construido toda su estrategia de supervivencia alrededor de una mentira extraordinariamente convincente.

La naturaleza suele presentarse como un escenario de competencia feroz donde sobreviven los más fuertes, los más rápidos o los mejor adaptados. Sin embargo, si uno examina la cuestión con cierto detenimiento, descubre que el engaño también ocupa un lugar destacado. Muchas especies han prosperado no porque sean especialmente peligrosas, sino porque han logrado convencer a otros animales de que lo son. S. apiformis constituye uno de los ejemplos más elegantes de esta estrategia.

Su aspecto recuerda tanto al de una avispa que incluso observadores experimentados pueden equivocarse a primera vista. Las alas son transparentes porque han perdido gran parte de las escamas que normalmente cubren las alas de las mariposas. El cuerpo presenta los colores característicos de muchos himenópteros defensivos. Incluso el comportamiento contribuye al engaño. A diferencia de la mayoría de las polillas, que prefieren la discreción de la noche, esta especie suele volar durante el día, cuando su disfraz puede apreciarse perfectamente.

La cuestión es por qué merece la pena realizar semejante esfuerzo evolutivo. La respuesta nos lleva a uno de los conceptos más fascinantes de la biología: el mimetismo batesiano. El nombre procede de Henry Walter Bates, un naturalista inglés que pasó más de una década explorando la cuenca amazónica durante el siglo XIX. Bates observó algo que en principio parecía desconcertante. Algunas especies de mariposas perfectamente inofensivas se parecían muchísimo a otras que resultaban desagradables o peligrosas para los depredadores. Tras años de observación llegó a una conclusión brillante. Si un pájaro aprende que un determinado patrón de colores está asociado a una mala experiencia, cualquier animal que copie ese patrón obtiene protección gratuita.

Es una idea tan sencilla que casi parece obvia una vez explicada. Supongamos que un joven pájaro intenta capturar una avispa y descubre, de forma dolorosamente memorable, que las avispas poseen aguijón. A partir de entonces tenderá a evitar cualquier insecto que presente un aspecto similar. En ese momento entra en escena S. apiformis. Aunque carece de aguijón, veneno y cualquier capacidad ofensiva comparable, se beneficia de la reputación ajena. El depredador no se detiene a realizar análisis taxonómicos. Ve franjas amarillas y negras, recuerda una experiencia desagradable y decide buscar el almuerzo en otra parte.

Resulta difícil no admirar una estrategia tan económica. Mientras las auténticas avispas invierten energía en producir veneno y desarrollar mecanismos de defensa, S. apiformis se limita a copiar el uniforme. Sin embargo, el aspecto adulto representa sólo una pequeña parte de su existencia. La mayor parte de su vida transcurre lejos de la vista, en un mundo oscuro y silencioso que pocas personas llegan a contemplar. Cuando una hembra emerge como adulta, dispone de muy poco tiempo. Tras aparearse, deposita alrededor de dos mil huevos cerca de la base de troncos de chopos o junto a raíces gruesas. Es una cifra impresionante. Los insectos suelen compensar una elevada mortalidad juvenil produciendo cantidades enormes de descendencia, y S. apiformis no constituye una excepción.

Sesia apiformis. A y B, una pareja de adultos apareándose. C, una larva en el interior de una galería excavada en un tronco. Fuente.

De esos huevos nacen pequeñas orugas que rápidamente buscan refugio bajo la corteza. A partir de ese momento desaparecen del mundo visible. Los chopos se convierten en su hogar. Y también en su alimento.

La larva comienza a excavar galerías en la madera, avanzando lentamente por tejidos que para la mayoría de los animales resultarían tan apetecibles como una estantería. Sin embargo, la evolución ha producido organismos capaces de aprovechar recursos verdaderamente insospechados. Durante meses, y finalmente durante años, la oruga se alimenta y crece en el interior del árbol.

Porque ahí reside otra de las peculiaridades de esta especie. Su ciclo vital no se completa en unas pocas estaciones. Necesita al menos dos años para desarrollarse completamente. En ocasiones incluso más. Mientras tanto, las galerías se multiplican. Para el árbol, esta actividad no resulta inocua. Los túneles perforan tejidos conductores encargados de transportar agua y nutrientes. Es algo parecido a lo que ocurriría si alguien se dedicara a perforar sistemáticamente las tuberías y el cableado de un edificio. El resultado no suele ser una destrucción inmediata, pero sí un debilitamiento progresivo.

Los chopos afectados pueden crecer peor, deformarse o perder estabilidad. Cuando las galerías alcanzan la base del tronco o las raíces principales, el problema adquiere una dimensión mecánica. Un árbol aparentemente sano puede convertirse en una estructura vulnerable frente a vientos intensos. En plantaciones forestales, esta circunstancia tiene una importancia económica considerable.

Resulta curioso observar cómo la misma especie puede despertar admiración y preocupación al mismo tiempo. Desde la perspectiva de un entomólogo, S. apiformis es una obra maestra de la evolución. Desde la perspectiva de un gestor forestal, puede convertirse en una molestia bastante seria.

A mitad de su desarrollo aproximadamente, la oruga construye una estructura que podría describirse como una pequeña habitación de serrín. Utilizando fragmentos de madera excavada y restos vegetales, fabrica un capullo oscuro en cuyo interior se transformará en crisálida. Allí permanece inmóvil mientras se desarrolla uno de los procesos más extraordinarios de la naturaleza.

Siempre me ha parecido sorprendente que aceptemos la metamorfosis con tanta naturalidad. Una oruga entra en una cámara cerrada y, semanas después, emerge convertida en algo completamente distinto. Si el fenómeno no ocurriera todos los días, probablemente ocuparía un lugar destacado entre los mayores misterios biológicos del planeta.

Algo más de un mes después de la formación de la crisálida llega el momento culminante. El nuevo adulto rompe el capullo y avanza por la galería excavada durante años. Poco antes de emerger, la crisálida suele desplazarse hacia la salida, de modo que cuando la mariposa aparece al exterior deja tras de sí una exuvia vacía asomando por el orificio. Quien conozca el detalle puede recorrer una chopera y descubrir fácilmente los indicios de su presencia.

Entonces ocurre la transformación final. La falsa avispa abandona el árbol. Extiende las alas. Las deja endurecerse al sol. Y comienza una vida adulta que apenas durará unas semanas. Las hembras suelen permanecer cerca del tronco emitiendo feromonas que los machos detectan mediante antenas extraordinariamente sensibles. Después del apareamiento, la hembra deposita sus huevos y el ciclo vuelve a comenzar.

Todo ello para producir una criatura que vive tan poco tiempo que apenas llega a disfrutar de su elaborado disfraz. Y quizá ahí resida la mayor lección de la historia. Cuando pensamos en la evolución solemos imaginar colmillos, garras, velocidad o fuerza. Sin embargo, la naturaleza también premia otras habilidades. A veces la mejor estrategia no consiste en ser peligroso. Basta con parecerlo.

S. apiformis no posee aguijón. No produce veneno. No representa amenaza alguna para quienes la observan revolotear entre los chopos durante una mañana de verano. Sin embargo, millones de años de selección natural han convertido a esta modesta polilla en una de las impostoras más convincentes del mundo animal.

Es una mariposa que logró sobrevivir gracias a una reputación que nunca le perteneció. Quizá no exista definición más elegante del engaño evolutivo.

DOGOR, EL CACHORRO QUE DORMÍA BAJO EL HIELO

 

Hay algo profundamente desconcertante en las fotografías de Dogor. Uno espera que un animal muerto hace dieciocho mil años tenga aspecto de fósil. Espera huesos, fragmentos, quizá un cráneo deformado por el tiempo. Lo que no espera es encontrarse con un cachorro que parece haberse quedado dormido hace apenas una hora.

Sin embargo, eso es exactamente lo que muestran las imágenes. Allí está, tendido sobre una mesa de laboratorio, con las patas recogidas bajo el cuerpo y el hocico apoyado en una superficie blanca. El pelaje sigue cubriendo su cabeza. Los dientes conservan su forma perfecta. La nariz parece húmeda incluso cuando sabemos que no puede estarlo. Hay algo tan familiar en su aspecto que el cerebro tarda unos segundos en aceptar la verdad: este pequeño animal murió cuando gran parte del hemisferio norte aún estaba dominada por glaciares.

Dogor se halló en Yakutia, una inmensa región del noreste de Siberia donde la naturaleza posee una peculiar relación con el tiempo. Allí se encuentra uno de los mayores depósitos de permafrost del planeta, una capa de suelo permanentemente congelado que en algunos lugares lleva decenas de miles de años sin descongelarse por completo. Si la mayor parte de la Tierra funciona como una máquina extraordinariamente eficiente para reciclar organismos muertos, Siberia constituye una excepción. El frío detiene los procesos biológicos, ralentiza la actividad bacteriana y convierte el subsuelo en una especie de archivo natural donde algunos cadáveres permanecen almacenados durante milenios.

Los paleontólogos han recuperado de ese gigantesco congelador mamuts lanudos, rinocerontes peludos, potros prehistóricos e incluso cachorros de león de las cavernas. Pero Dogor posee algo que muchos de esos hallazgos no tienen. Resulta inmediatamente cercano. Un mamut pertenece a un mundo remoto y exótico. Un cachorro, en cambio, pertenece al nuestro.

Quizá por eso la historia atrajo tanta atención desde el principio. Los investigadores determinaron que tenía aproximadamente dos meses de edad cuando murió. Era poco más que un bebé. Había vivido apenas unas semanas cuando algún accidente, enfermedad o circunstancia desconocida puso fin a su vida. Después llegó el frío. Luego la tierra. Más tarde el hielo. Y finalmente una espera de dieciocho mil años.

Durante ese tiempo ocurrieron casi todas las cosas que solemos llamar Historia con mayúsculas. Se derritieron los grandes glaciares. Surgió la agricultura. Nacieron ciudades, imperios y religiones. Se inventó la escritura. Se construyeron pirámides, murallas y catedrales. Aparecieron reyes, filósofos, conquistadores y científicos. Civilizaciones enteras se elevaron y desaparecieron. Mientras tanto, Dogor permanecía inmóvil bajo el suelo congelado de Siberia, ajeno a todo ello.

Lo más fascinante vino después de su descubrimiento. A primera vista parecía un cachorro de perro o de lobo, pero distinguir entre ambos no es tan sencillo como podría parecer. Los perros proceden de los lobos y, especialmente durante los primeros meses de vida, las diferencias pueden ser muy sutiles. Además, Dogor vivió en una época particularmente interesante.

Hace dieciocho mil años el proceso de domesticación del perro todavía era un asunto abierto. Los científicos siguen debatiendo cuándo ocurrió exactamente, dónde comenzó y cuántas veces pudo repetirse en distintos lugares. Lo que sí parece claro es que algunas poblaciones de lobos ya estaban iniciando un camino evolutivo que acabaría conduciendo a una de las alianzas más exitosas de toda la historia biológica.

Ningún otro animal ha compartido nuestro destino de manera tan íntima. Los perros acompañaron a grupos humanos cuando aún eran cazadores-recolectores. Estuvieron presentes mucho antes de que existieran las primeras ciudades. Nos ayudaron a cazar, vigilar campamentos, transportar cargas y explorar territorios desconocidos. Durante miles de años formaron parte de nuestra vida cotidiana hasta convertirse, probablemente, en la única especie capaz de interpretar espontáneamente muchas de nuestras expresiones y gestos.

Por eso la identidad de Dogor resultaba tan importante. Si se trataba de un perro muy antiguo, podía aportar información extraordinaria sobre los orígenes de esa relación. Si era un lobo, también podía ayudar a comprender el contexto evolutivo del que surgieron los primeros perros.

Los investigadores recurrieron al ADN esperando una respuesta clara. Lo que obtuvieron inicialmente fue algo mucho más interesante: incertidumbre. Y es que los primeros análisis genéticos no permitieron clasificarlo de manera concluyente. Dogor parecía situarse en una zona difusa donde las categorías modernas empezaban a perder nitidez. Durante un tiempo nadie pudo afirmar con seguridad si estaban observando un perro extremadamente primitivo o un lobo perteneciente a una población desaparecida.

Aquella duda inspiró incluso su nombre. Los científicos decidieron llamarlo Dogor, una palabra que en lengua yakuta significa «amigo». La elección era perfecta. No decía perro. No decía lobo. Decía amigo. Lo que, de algún modo, resumía el verdadero significado del hallazgo.

Porque Dogor parecía encontrarse exactamente en la frontera donde comenzó una de las historias más extraordinarias jamás protagonizadas por dos especies distintas. En algún lugar de Eurasia, hace miles de años, ciertos lobos empezaron a acercarse a los campamentos humanos. Tal vez acudían atraídos por restos de comida. Quizá descubrieron que la proximidad de las personas ofrecía ventajas inesperadas. Tal vez fueron los propios humanos quienes comprendieron que aquellos animales podían convertirse en aliados útiles.

Nadie sabe exactamente cómo sucedió. La prehistoria raras veces conserva actas de sus acontecimientos más importantes. Lo que sí sabemos es el resultado. Aquellos primeros acercamientos acabaron transformando a ambas especies. Los lobos que iniciaron ese camino dieron origen a los perros. Los humanos obtuvieron compañeros, guardianes y colaboradores que terminarían acompañándolos por todo el planeta.

Con el tiempo, nuevas técnicas de secuenciación genética resolvieron finalmente el misterio. Dogor era un lobo. Pero la respuesta no disminuyó el interés del descubrimiento. Más bien lo reforzó. Ahora sabíamos que aquel cachorro pertenecía a una población que vivió muy cerca del momento en que algunos de sus parientes estaban empezando a recorrer la senda hacia la domesticación. No era el primer perro. Era algo casi igual de valioso: un testigo de aquel mundo.

Sin embargo, sospecho que la razón por la que Dogor sigue fascinándonos tiene poco que ver con la genética. La ciencia explica por qué es importante. Las fotografías explican por qué es inolvidable. Cuando observamos su rostro no vemos una especie ni una secuencia de ADN. Vemos un individuo. Un cachorro concreto que tuvo una madre concreta y una vida breve en un paisaje dominado por el hielo. Vemos a un animal que probablemente jugó, exploró y durmió exactamente igual que lo haría cualquier cachorro actual.

La mayoría de los fósiles nos hablan de extinciones, cambios climáticos y evolución. Dogor nos habla de algo mucho más sencillo y mucho más cercano: la infancia. Y quizá por eso resulta tan conmovedor.

Dieciocho mil años deberían ser una distancia imposible de salvar. Sin embargo, basta una mirada a ese pequeño rostro congelado para que desaparezcan los milenios. De pronto comprendemos que, mucho antes de las ciudades, de la escritura y de la historia registrada, ya existían cachorros capaces de despertar exactamente la misma ternura que despiertan hoy.

Un pequeño lobo murió en Siberia cuando el mundo todavía pertenecía a los mamuts. El hielo conservó su cuerpo durante miles de generaciones. Y ahora, gracias a una improbable combinación de azar, geología y paciencia, podemos contemplar una de las miradas más antiguas que sobreviven de aquel mundo desaparecido.

No es la mirada de un perro. Todavía no. Pero es la mirada de un animal que se encontraba extraordinariamente cerca del comienzo de una amistad que cambiaría para siempre la historia de dos especies.

sábado, 30 de mayo de 2026

EL PLÁTANO ES UN MANDÓN

 

Alguien me comentó una vez, con la misma expresión conspirativa que suelen adoptar quienes conocen dónde se encuentra exactamente el Santo Grial o saben qué restaurante sirve la mejor tortilla de patatas de Madrid, que si colocaba unos plátanos maduros entre otras frutas inmaduras lograría que estas madurasen mucho más deprisa.

La afirmación parecía una de esas supersticiones domésticas destinadas a sobrevivir eternamente en la frontera entre la sabiduría popular y la magia. Era como poner una cebolla cortada en la habitación para curar un resfriado o dejar una cuchara dentro de una botella de cava para que no pierda el gas. Sin embargo, en esta ocasión el consejo resultó ser completamente cierto.

Y, como suele ocurrir cuando uno empieza a investigar algo aparentemente sencillo, descubrí que detrás de aquel humilde plátano se escondía una de las historias más extraordinarias de la biología: resulta que las plantas hablan.

No hablan mucho, es verdad. No mantienen conversaciones filosóficas ni discuten sobre política internacional. Tampoco parecen especialmente interesadas en intercambiar recetas de cocina. Pero se envían mensajes constantemente mediante sustancias químicas que funcionan como auténticas órdenes internas. El plátano, en particular, es una especie de jefe autoritario, un mandón.

Cuando madura comienza a liberar un gas llamado etileno. El nombre suena a producto de limpieza industrial, pero en realidad es una hormona vegetal. Flota por el aire y llega hasta las frutas vecinas, donde provoca una cascada de reacciones bioquímicas.

El mensaje podría resumirse así:

—Ya es hora. Madurad.

Y las demás frutas obedecen. Los almidones empiezan a transformarse en azúcares. Los tejidos se ablandan. Aparecen aromas nuevos. Los colores cambian. En pocos días un aguacate duro como una piedra se convierte en algo untable y delicioso. Los plátanos no son los campeones absolutos del etileno. Las manzanas maduras producen cantidades muy importantes, y en almacenes de fruta se utilizan cámaras especiales donde se controla la concentración de etileno para acelerar o retrasar la maduración según convenga.

Lo verdaderamente asombroso es que las plantas llevan utilizando este sistema desde hace millones de años. Durante mucho tiempo nadie sospechó que el etileno fuese una hormona. A finales del siglo XIX algunos botánicos observaron que las plantas crecían de forma extraña cerca de las farolas de gas de las ciudades. Los tallos se deformaban y las hojas caían prematuramente. Finalmente se descubrió que el culpable era una pequeña cantidad de etileno presente en el gas de alumbrado.

Aquello condujo a una conclusión sorprendente: las plantas estaban respondiendo a una molécula gaseosa que actuaba como señal biológica. Era como descubrir que los árboles escuchaban mensajes de radio. Sin embargo, el etileno es solo uno de los integrantes de una plantilla extraordinariamente compleja.

Las plantas poseen toda una colección de hormonas, cada una especializada en tareas concretas. Las auxinas, por ejemplo, son las responsables de muchos fenómenos relacionados con el crecimiento. Fueron descubiertas gracias a una serie de experimentos tan elegantes como sencillos realizados por Charles Darwin y su hijo Francis. Los Darwin observaron que las plántulas se inclinaban hacia la luz. Algo en la punta de la planta detectaba la iluminación y enviaba una señal al resto del organismo.

Aquella señal resultó ser una hormona. Las auxinas permiten que una planta sepa hacia dónde crecer. También participan en la formación de raíces, en el desarrollo de frutos y en numerosos procesos de organización interna. Son algo así como los arquitectos del reino vegetal.

También están las giberelinas, con una personalidad bastante distinta. Su especialidad consiste en impulsar el crecimiento rápido. Si una planta pudiera tomar bebidas energéticas, probablemente contendrían giberelinas. En determinadas circunstancias pueden provocar que los tallos se alarguen de forma espectacular. También participan en la germinación de las semillas.

Gracias a ellas, una semilla enterrada bajo tierra recibe la orden de despertar y germinar; es un acontecimiento notable si se piensa en ello. Una estructura aparentemente inerte que ha permanecido inmóvil durante meses o años recibe una señal química y, de pronto, decide convertirse en una planta, y todo eso sin cerebro, sin sistema nervioso y sin una sola neurona.

Otra hormona fascinante es la citoquinina. Su función principal consiste en estimular la división celular. Allí donde una planta necesita producir nuevas células suelen aparecer las citoquininas, que también retrasan el envejecimiento de las hojas. En cierto sentido funcionan como el equivalente vegetal de una crema antienvejecimiento, aunque considerablemente más eficaz que cualquiera de las que aparecen anunciadas en revistas.

El ácido abscísico es otra hormona de nombre un tanto retorcido. Como cabría esperar de un nombre tan sibilino, posee un carácter más sombrío. Mientras otras hormonas promueven crecimiento, expansión y desarrollo, el ácido abscísico suele intervenir cuando pintan bastos. Si llega una sequía o si la planta detecta estrés, aumenta su concentración. Si es necesario cerrar los estomas para evitar pérdidas de agua, allí aparece él. Podría describirse como el responsable de gestión de crisis. Mientras las demás hormonas organizan fiestas de crecimiento, el ácido abscísico se dedica a revisar protocolos de emergencia.

Y aún queda una más especialmente interesante: el jasmonato. El nombre parece corresponder a un personaje secundario de una novela victoriana, pero en realidad es una hormona relacionada con la defensa. Cuando un insecto comienza a devorar una hoja, la planta puede producir jasmonatos. Estos activan mecanismos defensivos e incluso inducen la fabricación de sustancias desagradables para el atacante.

Lo más extraordinario es que algunas plantas envían señales químicas al aire para advertir a sus vecinas, es decir, una planta atacada puede emitir compuestos volátiles que provocan que otras plantas cercanas preparen sus defensas. El concepto de un bosque intercambiando avisos de peligro sigue pareciendo ligeramente inquietante.

Uno imagina un grupo de robles comunicándose discretamente:

—Atención. Hay orugas en el sector norte.

—Recibido.

—Incrementad taninos.

Todo ello sin producir un solo sonido audible.

Cuanto más aprende uno sobre las plantas, más difícil resulta seguir considerándolas simples decorados verdes. Carecen de cerebro, pero perciben luz, gravedad, humedad, temperatura y contacto físico. Detectan heridas. Reconocen estaciones. Evalúan riesgos. Intercambian señales químicas. Coordinan respuestas complejas que implican miles de genes.

Y lo hacen con una lentitud tan extrema que durante siglos los humanos simplemente no nos dimos cuenta. Si un león tarda diez segundos en reaccionar, apreciamos inmediatamente su comportamiento. Si un roble tarda tres semanas, pensamos que no está haciendo nada. Pero está ocupadísimo.

El plátano de nuestra historia inicial es una magnífica demostración de ello. Mientras permanece en el frutero parece limitarse a existir con una coloración ligeramente amarillenta. Sin embargo, está emitiendo moléculas de etileno de manera continua. Está enviando mensajes químicos al entorno. Está influyendo en el comportamiento de otras frutas. Está participando en una conversación biológica invisible.

Y todo ello mientras nosotros creemos que está sentado tranquilamente esperando convertirse en batido. Quizá esa sea una de las lecciones más agradables de la botánica. La naturaleza rara vez es tan simple como parece. Un plátano no es únicamente un plátano. Es una fábrica química autónoma capaz de coordinar procesos biológicos complejos mediante señales moleculares que llevan funcionando desde mucho antes de que aparecieran los mamíferos, los dinosaurios o prácticamente cualquier cosa que consideremos familiar.

La próxima vez que vea un plátano maduro junto a unas peras verdes recordaré aquella conversación. Y admitiré que el consejo era correcto. Aunque sospecho que la explicación real resulta bastante más interesante que la superstición. Como suele ocurrir en ciencia, la verdad no solo era cierta.

Era muchísimo más extraña.

TRIPLE CERO Y PROBIÓTICA: LA LARGA MARCHA DE LA CERVEZA HACIA LA VIRTUD

 

Hay una antigua regla no escrita según la cual la cerveza sabe mejor cuanto menos se parezca a un producto farmacéutico. Nadie entra en un bar y pide una lager con aroma a laboratorio. Nadie brinda por el amor, la amistad o la victoria de su equipo favorito levantando un frasco de cultivo bacteriano. Durante miles de años, la cerveza ha ocupado un lugar muy concreto en la historia humana: ha sido una bebida para celebrar, conversar, olvidar, recordar o simplemente acompañar una tapa de aceitunas.

Por eso resulta un poco desconcertante descubrir que una de las innovaciones más recientes del mundo cervecero consiste en añadir microorganismos vivos a una cerveza para mejorar la microbiota intestinal.

Es el tipo de noticia que habría dejado perplejo a un monje medieval. Imaginemos a uno de aquellos pacientes benedictinos que pasaban los inviernos elaborando cerveza en monasterios alemanes. Tras una vida dedicada a perfeccionar maltas y lúpulos, aparece un viajero del futuro y le explica que dentro de unos siglos la gente comprará cerveza porque contiene bacterias beneficiosas. Probablemente habría pensado que se trataba de una broma. Y, sin embargo, aquí estamos.

La cerveza ha tenido una carrera extraordinaria. Empezó siendo una especie de sopa fermentada en Mesopotamia. Más tarde se convirtió en el combustible líquido de Europa. En algunos lugares era más seguro beber cerveza que agua. Durante siglos acompañó exploradores, soldados, marineros y campesinos. Sobrevivió a guerras, epidemias y prohibiciones. Lo que nadie esperaba es que terminara colaborando con la microbiología.

La historia comienza con una tendencia que ya lleva años avanzando: la desaparición gradual del alcohol. Durante generaciones, las cervezas sin alcohol fueron consideradas una especie de castigo social. Tenían fama de parecerse a la cerveza del mismo modo que el chope al Cinco Jotas.

Pero la tecnología mejoró. Los fabricantes aprendieron a eliminar el alcohol conservando gran parte del aroma y del sabor. Después eliminaron buena parte de los azúcares. Luego redujeron las calorías. Finalmente apareció la llamada cerveza triple cero: sin alcohol, sin azúcar y con muy pocas calorías. Una bebida tan virtuosa que parece diseñada por un comité de nutricionistas.

El proceso de elaboración de la Ambar Triple Zero Tostada, la primera marca de estas características que ha aparecido en el mercado y se ha vuelto mi preferida, tiene algo de truco de prestidigitador científico. Todo comienza con el mosto, que es el líquido dulce obtenido al mezclar agua caliente con malta de cebada (el grano de cebada germinado y triturado) durante la elaboración de la cerveza. Ese mosto contiene los azúcares que servirán de alimento a las levaduras. En esta cerveza la fermentación se lleva hasta el final, de modo que prácticamente todos esos azúcares se transforman en alcohol.

Después ocurre la parte más ingeniosa: el alcohol recién producido se elimina mediante un sistema de destilación a alto vacío y baja temperatura. Al trabajar en condiciones de vacío, el alcohol puede evaporarse a temperaturas mucho más bajas de lo habitual, evitando que el calor destruya los aromas y matices de la cerveza. El resultado es una base sin alcohol y sin azúcares residuales, que conserva buena parte del sabor, el cuerpo y el aroma originales. Y, lo que es más importante para esta historia, crea el entorno adecuado para incorporar probióticos viables sin que estos encuentren azúcares que los despierten antes de tiempo.

Hasta aquí todo parecía seguir una lógica comprensible. Menos alcohol, menos calorías, más consumidores. Pero entonces alguien debió de mirar aquella cerveza impecablemente saludable y pensar:

—Todavía no es suficientemente saludable.

Y ahí entraron los probióticos. Los probióticos son bacterias o microorganismos que pueden contribuir al equilibrio de la microbiota intestinal, ese inmenso ecosistema de seres diminutos que vive en nuestro aparato digestivo y que, según los científicos, influye en una cantidad sorprendente de procesos biológicos.

Durante buena parte del siglo XX la humanidad dedicó enormes esfuerzos a eliminar bacterias de todas partes. Desinfectamos superficies. Esterilizamos instrumentos. Inventamos jabones antibacterianos. Convertimos la palabra «bacteria» en sinónimo de amenaza. Ahora hemos empezado a comprarlas voluntariamente.

Las encontramos en yogures, kéfires, suplementos nutricionales y bebidas funcionales. El siguiente paso lógico parecía ser incorporarlas a una cerveza. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido.

La dificultad técnica era considerable. La cerveza no suele ser un entorno especialmente amable para los microorganismos vivos. El alcohol puede resultar problemático. También determinados procesos de elaboración. Además, las bacterias deben sobrevivir al almacenamiento y posteriormente al paso por el estómago, que no es precisamente un spa de bienestar microbiano.

La solución fue utilizar una cepa bacteriana capaz de formar esporas. Las esporas son una de las invenciones más impresionantes de la evolución. Son algo así como cápsulas de supervivencia biológica. Cuando las condiciones se vuelven difíciles, ciertas bacterias se encapsulan y esperan pacientemente tiempos mejores.

Es una estrategia admirable. Algunas personas intentan afrontar las dificultades mudándose de ciudad o cambiando de trabajo. Estas bacterias simplemente se convierten en esporas. Gracias a ello pueden sobrevivir dentro de una cerveza y despertar más tarde cuando alcanzan el intestino.

Naturalmente, para que todo funcione es importante que la cerveza no contenga azúcar residual. Si hubiera azúcares disponibles, las bacterias podrían activarse antes de tiempo. De modo que la ausencia de azúcar ya no es solo una cuestión de calorías. También forma parte de la logística interna de los microorganismos.

Llegados a este punto, uno empieza a sospechar que la cerveza moderna está realizando más cálculos que un satélite meteorológico. Lo curioso es que toda esta sofisticación tecnológica se aplica a un producto cuya misión original era sentarse tranquilamente sobre una mesa mientras dos amigos discutían de fútbol.

Hay algo entrañablemente absurdo en ello. Durante milenios la humanidad ha intentado mejorar la cerveza haciéndola más sabrosa. Hoy intenta mejorarla haciéndola más saludable. Y quién sabe qué vendrá después. Tal vez aparezcan cervezas enriquecidas con omega-3. Cervezas con fibra. Cervezas con antioxidantes. Cervezas que monitoricen la presión arterial. Cervezas capaces de sincronizarse con el teléfono móvil y recordarnos las citas médicas. No parece imposible. La frontera entre alimento, suplemento nutricional y producto tecnológico se vuelve cada año un poco más borrosa.

Mientras tanto, la nueva cerveza probiótica ocupa una posición fascinante en medio de ese territorio difuso. Conserva el aspecto de una cerveza. Huele a cerveza. Se sirve como cerveza. Pero también contiene microorganismos seleccionados cuidadosamente por especialistas en microbiología. Ha sido diseñada para cuidar algo tan complejo como la microbiota intestinal. Y puede que sea la primera vez en la historia que alguien abre una lata de cerveza pensando simultáneamente en el lúpulo y en las esporas bacterianas.

Lo cual constituye una frase que ningún sumerio, ningún monje medieval y probablemente ningún tabernero del siglo XIX habría entendido. Y quizá ahí reside su encanto. Porque la cerveza siempre ha sido un espejo de la sociedad que la produce. Hubo una época en que reflejaba la agricultura. Más tarde reflejó la industrialización. Hoy refleja nuestra obsesión contemporánea por la salud, la nutrición y el bienestar digestivo.

La pregunta es si, después de tantos siglos de evolución, sigue siendo simplemente cerveza. O si hemos llegado al momento en que debemos formular una cuestión completamente nueva: ¿es una cerveza o una bebida funcional

viernes, 29 de mayo de 2026

CRÓNICA DE UN INMENSO BOSQUE A LA DERIVA

 

Aunque un análisis de más de 300 000 especies vegetales —el 90% de todas las plantas terrestres conocidas— revela que la mayor parte de la diversidad vegetal del planeta no surgió por migraciones entre continentes, algunas viajaron… y mucho. La dipterocarpáceas se cuentan entre las más viajeras.

Hay árboles que parecen diseñados por un arquitecto con delirios de grandeza. Las dipterocarpáceas son así. Uno las imagina primero como árboles corrientes —tronco, ramas, hojas, el repertorio habitual— hasta que descubre que algunas alcanzan casi cien metros de altura, lo que equivale, aproximadamente, a colocar un bosque encima de otro bosque y luego añadir un edificio de treinta pisos por puro capricho botánico. En las selvas del sudeste asiático, estas criaturas vegetales dominan el paisaje con la misma autoridad con la que las catedrales medievales dominaban las ciudades europeas. Debajo de ellas viven orangutanes, insectos, aves y millones de organismos que dependen de su sombra y de sus frutos. Y, sin embargo, durante mucho tiempo nadie entendió del todo de dónde habían salido.

Lo extraordinario no era solo su tamaño. Era su pasaporte. Porque las dipterocarpáceas —nombre derivado del griego di (“dos”), pteron (“ala”) y karpós (“fruto”), en referencia a sus frutos alados— son, en teoría, africanas. O, más exactamente, descendientes de plantas que crecían en Gondwana, aquel inmenso supercontinente meridional que reunía África, India, Sudamérica, Australia y la Antártida cuando los dinosaurios todavía eran dueños del planeta. Lo desconcertante era explicar cómo un grupo de árboles incapaces de sobrevivir al agua salada terminó convirtiéndose en el amo absoluto de las selvas asiáticas.

Las semillas de las dipterocarpáceas no son precisamente aventureras. No poseen la vocación oceánica de los cocos ni el espíritu temerario de algunas plantas capaces de atravesar continentes flotando durante semanas. Las suyas necesitan germinar deprisa y el agua marina las mata con notable eficacia. Así que cruzar océanos parecía tan improbable como enviar un soufflé por correo internacional. Y, sin embargo, lo habían hecho.

Resolver el misterio exigió algo que la ciencia hace extraordinariamente bien cuando dispone de tiempo suficiente: reunir fragmentos absurdamente dispersos y convertirlos en una historia coherente. En este caso, los fragmentos incluían granos de polen fosilizados, placas tectónicas errantes, análisis genéticos y decenas de millones de años de paciencia geológica.

Caracteres generales de algunas dipterocarpáceas. A Rama fructífera a la mitad de su tamaño natural; 1 Botón floral, tamaño natural; 2 Flor, ídem; 3 Pétalos, separados, ídem; 4 Pistilo con estambres, algo reducido de tamaño; 5 Lo mismo sin estambres, ídem; 6 Lo mismo con ovario en sección longitudinal, ídem; 7 Estambres, ídem; 8 Ovario en sección transversal, tamaño natural; 9 Nuez en sección longitudinal, ídem; 10 Fruto, con la parte anterior del cáliz retirada, ídem; 11 Nuez germinando, ídem; 12 y 13 Cáscaras de nuez, ídem. Las figuras 1 a 8 corresponden a Dipterocarpus trinervis, las restantes figuras a D. retusus. Fuente

La disciplina encargada de semejante rompecabezas se llama biogeografía, que suena como una asignatura optativa diseñada para vaciar aulas universitarias, pero que en realidad es una de las ramas más detectivescas de la ciencia. Los biogeógrafos intentan averiguar por qué ciertos seres vivos están donde están y cómo llegaron allí. Para ello combinan fósiles, genética, anatomía y geología con la esperanza de que, tarde o temprano, todas las piezas encajen sin provocar un colapso intelectual colectivo.

Los fósiles son especialmente útiles porque tienen la costumbre admirable de no discutir. En 2022, unos investigadores encontraron en Sudán del Sur granos de polen pertenecientes a dipterocarpáceas que databan del final del Cretácico, hace entre 72 y 66 millones de años. Era una noticia importante, porque aquellos eran los fósiles más antiguos conocidos de la familia y aparecían en África, no en Asia. Esto suponía un problema interesante.

Hoy existen unas quinientas especies de dipterocarpáceas en el sudeste asiático. En África apenas sobreviven una veintena y en Sudamérica una sola especie solitaria, como un cuñado olvidado en una reunión familiar gigantesca. Durante décadas, muchos botánicos pensaron que aquello implicaba necesariamente un origen asiático. Parecía lógico: donde hay más especies suele estar el origen del grupo. Pero la lógica evolutiva tiene la molesta costumbre de resultar equivocada justo cuando uno empieza a sentirse cómodo con ella.

Los datos genéticos comenzaron a sugerir otra cosa. Poco a poco, y gracias a nuevos fósiles y mejores técnicas moleculares, fue imponiéndose una idea más extravagante pero también más convincente: las dipterocarpáceas habían nacido en Gondwana y viajado hacia Asia montadas sobre la India como pasajeros vegetales de un continente a la deriva.

Y aquí es donde la historia adquiere un tono encantadoramente absurdo. Hace más de cien millones de años, India no estaba donde está hoy. Era una enorme isla continental desprendida de África y Madagascar que navegaba lentamente hacia el norte a través de un océano desaparecido llamado Neotetis. Durante millones de años avanzó como una gigantesca balsa tectónica cargada de plantas y animales. Finalmente, hace unos cincuenta millones de años, chocó con Asia. El impacto levantó el Himalaya, alteró el clima global y creó una autopista biológica entre dos mundos antes separados.

Las dipterocarpáceas hicieron el viaje completo. No cruzaron mares flotando heroicamente ni aprovecharon corrientes oceánicas milagrosas. Simplemente permanecieron donde estaban mientras el continente entero se desplazaba miles de kilómetros. Es una estrategia migratoria muy eficiente si uno dispone de cuarenta millones de años y ninguna prisa particular.

Lo fascinante es que, una vez alcanzado el sudeste asiático, las dipterocarpáceas prosperaron de manera espectacular. Algo en aquellas selvas húmedas les sentó extraordinariamente bien. Crecen rápido, producen enormes cantidades de frutos de forma sincronizada y establecen alianzas subterráneas con hongos micorrícicos que ayudan a sus raíces a absorber nutrientes. Son, en términos ecológicos, competidores despiadadamente eficaces.

Muchas selvas asiáticas actuales existen literalmente gracias a ellas. Organizan la estructura del bosque, regulan la luz que llega al suelo y alimentan a innumerables especies. Los orangutanes encuentran refugio entre sus ramas. Miles de insectos dependen de sus ciclos de fructificación. Incluso la química del suelo cambia bajo su influencia.

Migración de las dipterocarpáceas a lo largo del tiempo y de la colisión indo-asiática, incluyendo Myanmar. Modificado a partir de Nicolas Gentis (2026).

Pero no todos los viajeros gondwánicos tuvieron tanta suerte. Los fósiles encontrados en Myanmar revelan que otros árboles procedentes del antiguo hemisferio sur también alcanzaron Asia. Había parientes de los eucaliptos australianos y árboles relacionados con el género Cola, el mismo que acabaría dando nombre a cierta bebida azucarada responsable de innumerables crisis de cafeína modernas. Sin embargo, muchos de estos linajes desaparecieron de la región hace millones de años, probablemente víctimas de los cambios climáticos del Mioceno.

La historia evolutiva está llena de estas tragedias silenciosas. Algunos grupos encuentran un lugar perfecto y florecen. Otros llegan demasiado pronto, demasiado tarde o simplemente no consiguen adaptarse. La naturaleza no reparte premios por el esfuerzo.

Mientras tanto, los animales seguían trayectorias completamente distintas. Curiosamente, durante buena parte de la historia reciente de la Tierra, los grandes mamíferos tendieron a expandirse desde Eurasia hacia otros continentes. Rinocerontes, jirafas, cebras, felinos y numerosos primates llegaron a África desde el norte. Solo los elefantes parecen haber sido verdaderamente africanos desde el principio. Europa también sufrió sus propias convulsiones biológicas. Hace unos 34 millones de años ocurrió un episodio conocido como la Gran Ruptura, durante el cual desaparecieron numerosos mamíferos europeos y fueron reemplazados por inmigrantes asiáticos como hámsteres, castores y rinocerontes. Resulta reconfortante saber que las crisis migratorias existen desde hace decenas de millones de años.

Todo esto podría parecer una curiosidad paleobotánica destinada a impresionar en cenas académicas especialmente largas, pero tiene consecuencias muy reales. Comprender cómo las especies respondieron a antiguos cambios climáticos ayuda a prever cómo reaccionarán ahora. Y eso importa mucho, porque las dipterocarpáceas atraviesan tiempos difíciles.

Más del 65% de sus especies están amenazadas por la deforestación, la tala intensiva y la expansión de plantaciones de palma aceitera. Lo cual significa que árboles capaces de sobrevivir al viaje de Gondwana, a la deriva continental y a decenas de millones de años de transformaciones planetarias podrían sucumbir finalmente ante excavadoras y motosierras.

Sería una ironía geológica bastante amarga. Porque, al fin y al cabo, estos gigantes asiáticos son también fósiles vivientes de una Tierra desaparecida. Cada dipterocarpácea contiene en su historia el recuerdo de océanos extinguidos, continentes errantes y selvas ancestrales anteriores incluso al Himalaya. Son monumentos biológicos a una época en la que el planeta entero aún estaba aprendiendo dónde colocar sus continentes.

miércoles, 27 de mayo de 2026

LUMBALGIA: LA LENTA VENGANZA DE LA GRAVEDAD

 

Hay una edad misteriosa en la vida de todo ser humano en la que uno descubre que levantarse del sofá produce exactamente el mismo sonido que abrir una vieja puerta de castillo. No ocurre de golpe. Un día simplemente te incorporas para ir a por un vaso de agua y tu columna vertebral emite una serie de crujidos que recuerdan vagamente al deshielo de Groenlandia.

Dicen que, pasados los sesenta, si al levantarte por la mañana no te duele algo es que estás muerto. Y sospecho que hay bastante verdad en ello. En mi caso, el protagonista habitual de las protestas anatómicas es la espalda lumbar, esa ingeniosa estructura evolutiva que permite a los humanos caminar erguidos mientras simultáneamente les recuerda que quizá no fue tan buena idea.

Mi educación sobre el asunto llegó gracias a los astronautas. Esto puede parecer extraño, porque solemos imaginar que los astronautas son individuos gloriosamente atléticos que flotan por estaciones espaciales mientras comen tortillas deshidratadas y contemplan amaneceres orbitales dieciséis veces al día. Pero resulta que muchos regresan a la Tierra con dolor de espalda. Y no un dolor romántico y filosófico, sino un dolor lumbar bastante serio.

La explicación tiene que ver con uno de los conceptos científicos más malinterpretados del mundo moderno: la microgravedad. La palabra da la impresión de que en la Estación Espacial Internacional (EEI) apenas existe gravedad. Como si los astronautas hubieran escapado parcialmente de Newton y flotaran felizmente en una especie de limbo físico. Pero no. La gravedad allí sigue siendo aproximadamente el noventa por ciento de la terrestre. Si uno dejara caer un martillo en la EEI, el martillo seguiría cayendo exactamente igual que aquí abajo. El problema es que la estación, los astronautas y el martillo están cayendo juntos.

La EEI viaja alrededor de la Tierra a unos 28 000 kilómetros por hora. Está en caída libre permanente, pero avanza lateralmente tan rápido que nunca llega a tocar el suelo. Newton imaginó algo parecido con un cañón situado en una montaña: si disparas una bala suficientemente deprisa, la Tierra se curva bajo ella al mismo ritmo que cae. Resultado: orbita.

Así que los astronautas no están libres de gravedad. Están, técnicamente, cayéndose de manera extremadamente sofisticada. Y el cuerpo humano detesta eso, porque aquí abajo vivimos aplastados constantemente por la gravedad. Nuestros músculos posturales trabajan sin descanso simplemente para mantenernos erguidos. Los huesos soportan tensión. El corazón bombea cuesta arriba. Incluso permanecer sentado implica una cantidad sorprendente de actividad muscular invisible.

En órbita, sin embargo, el cuerpo interpreta que todas esas estructuras ya no hacen falta. Y el organismo humano, que es maravillosamente eficiente, pero a veces intelectualmente cuestionable, decide empezar a desmontarlas. Los músculos se atrofian. Los huesos pierden densidad. La columna vertebral se expande ligeramente porque los discos dejan de comprimirse. Muchos astronautas crecen varios centímetros en el espacio, lo que suena estupendo hasta que descubres que suele venir acompañado de un dolor lumbar bastante desagradable.

Fue investigando esto en un estudio científico realizado con astronautas cuando descubrí dos músculos de cuya existencia jamás había oído hablar: los multífidos y el transverso abdominal. Los primeros son pequeños músculos que recubren la columna vertebral y estabilizan las vértebras. El segundo funciona como una especie de corsé natural. En otras palabras, son exactamente los músculos que uno ignoraría por completo hasta que dejan de funcionar correctamente.

El estudio realizado con astronautas que habían pasado seis meses en la EEI mostró que el músculo multífido se reducía un diez por ciento y el transverso abdominal un asombroso treinta y cuatro por ciento. Eso significa que el espacio exterior puede convertir lentamente el abdomen humano en algo estructuralmente comparable a una bolsa de supermercado olvidada bajo el fregadero.

Naturalmente, la NASA no puede permitirse tener astronautas incapaces de agacharse para recoger una llave inglesa orbital. De modo que los científicos empezaron a investigar qué tipo de ejercicio podía evitar este deterioro. Y aquí aparece una de las grandes ironías del fitness moderno.

Resulta que levantar pesas espectaculares y desarrollar bíceps capaces de aplastar nueces no necesariamente fortalece los músculos estabilizadores profundos de la columna. Estos responden mejor a lo que los investigadores llaman “ejercicio continuo de baja intensidad”. En otras palabras: movimientos pequeños, frecuentes y constantes.

Esto explica por qué los fisioterapeutas disfrutan proponiendo ejercicios con nombres que parecen insultos surrealistas. El “perro pájaro”, el “bicho muerto”, la “plancha lateral”… Todo ello suena más a una guardería entomológica que a medicina deportiva. Pero aparentemente funciona. Y no solo para astronautas.

Lo interesante es que estudios similares en la Tierra muestran efectos parecidos en personas sedentarias que padecen lumbalgia. Porque el cuerpo humano moderno pasa una cantidad absurda de tiempo sentado. Hemos construido una civilización extraordinariamente sofisticada cuyo objetivo final parece ser evitar levantarse de la silla.

Conducimos sentados hacia oficinas donde trabajamos sentados para regresar luego a casa y descansar sentados viendo series sobre personas que probablemente también están sentadas. La famosa frase “sentarse es el nuevo fumar” quizá sea exagerada, pero contiene una verdad inquietante. El sedentarismo prolongado aumenta el riesgo cardiovascular y metabólico incluso en personas que hacen ejercicio regularmente. Es decir, una hora gloriosa en el gimnasio no compensa necesariamente diez horas inmóvil delante del ordenador.

La razón es fascinante. Los movimientos ligeros y continuos —levantarse, caminar un poco, subir escaleras, cocinar, limpiar o perseguir al perro porque ha robado un calcetín— producen efectos metabólicos importantes. Reducen los picos de glucosa, mejoran la circulación y activan enzimas como la AMPK, una especie de supervisor energético celular que detecta cuándo una célula necesita ponerse seria y empezar a quemar combustible.

Todo esto forma parte de algo conocido como NEAT, siglas de Non-Exercise Activity Thermogenesis, o termogénesis de la actividad no relacionada con el ejercicio. Que es una forma extraordinariamente sofisticada de decir que moverse un poco durante el día importa muchísimo.

Un famoso estudio de la Clínica Mayo sobrealimentó a voluntarios con mil calorías extra diarias. Algunos engordaron bastante. Otros apenas. La diferencia no estaba en el gimnasio, sino en el movimiento cotidiano inconsciente. Quienes permanecían más tiempo de pie, caminaban más y se movían continuamente podían quemar hasta setecientas calorías adicionales sin darse cuenta.

Es decir, las calorías que quemamos accidentalmente podrían ser más importantes que las que quemamos heroicamente en el gimnasio o corriendo desesperadamente por esas calles de dios. Y ahora la cosa se ha vuelto todavía más inquietante. Investigaciones recientes sugieren que estos movimientos continuos de baja intensidad pueden influir incluso sobre el proteoma humano, el vasto conjunto de proteínas que circulan por nuestro organismo. El envejecimiento se asocia con ciertos patrones proteómicos inflamatorios, y algunos científicos ya utilizan “relojes proteómicos” para estimar la edad biológica real de una persona.

En otras palabras: quizá algún día una analítica pueda revelar no la edad que figura en tu DNI, sino la edad auténtica de tus proteínas. Lo cual resulta ligeramente aterrador. Porque sospecho que las de más de uno tienen el aspecto general de un sofá abandonado en una estación de autobuses.

De modo que ahora he adoptado una estrategia bastante sencilla. Cada media hora me levanto, camino un poco y realizo algunas flexiones de rodilla. A veces incluso practico un par de “bichos muertos”, aunque sigo pensando que ningún ejercicio serio debería sonar como una amenaza de fumigación. 

Y mientras tanto encuentro cierto consuelo en saber que, en algún lugar sobre nuestras cabezas, un astronauta está haciendo exactamente lo mismo para evitar que sus músculos multífidos se evaporen silenciosamente en mitad de una órbita alrededor de la Tierra.