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martes, 11 de agosto de 2026

¿POR QUÉ LAS CASAS DE NUEVA YORK TIENEN ESCALERAS?

 

El tramo de la calle 70 comprendido entre la Quinta Avenida y Park Avenue, en el corazón del Upper East Side, produce en el visitante una sensación peculiar. Nueva York continúa rugiendo a pocas manzanas de distancia, pero allí parece haber recibido instrucciones de comportarse. Los árboles están cuidadosamente alineados, las fachadas mantienen una conversación arquitectónica que dura desde hace más de un siglo y los porteros aparecen y desaparecen con esa discreción profesional propia de quienes han aprendido a no sorprenderse por nadie.

Por allí vive Woody Allen. El detalle tiene cierto interés porque Allan Stewart Konigsberg nació hace noventa años en un Brooklyn que representaba casi exactamente lo contrario. El Brooklyn de su infancia era un hervidero de inmigrantes, tiendas familiares, niños jugando al stickball, radios sonando a través de las ventanas y bloques de ladrillo con escaleras de incendios. Entre aquel Brooklyn y esta calle 70 hay unos pocos kilómetros y casi toda una historia social de Nueva York: del ruido obrero al silencio del dinero, del apartamento familiar a la townhouse, del muchacho judío de Midwood al cineasta que convirtió Manhattan en escenario de sus neurosis.

Cuando uno pasea por esas calles del Upper East Side —o por Greenwich Village, Chelsea, Harlem, Brooklyn Heights o Park Slope— acaba fijándose en una característica curiosa de muchas casas antiguas. La puerta principal no está al nivel de la acera. Para llegar hasta ella hay que subir una escalinata bastante pronunciada, generalmente flanqueada por balaustradas de piedra o barandillas de hierro. Es el famoso stoop, una palabra que los neoyorquinos heredaron del neerlandés stoep, escalón o porche.

No se trata de un capricho ornamental. Esos escalones son fósiles arquitectónicos de una ciudad desaparecida.

La imagen más característica corresponde a las llamadas brownstones, aunque conviene aclarar un pequeño equívoco. Una brownstone no es, en sentido estricto, un tipo de casa, sino una casa revestida con brownstone: una arenisca de color pardo rojizo, relativamente blanda y fácil de tallar. Durante el siglo XIX se convirtió en uno de los materiales predilectos de la burguesía urbana estadounidense. Buena parte de la que llegó a Nueva York procedía de las enormes canteras de Portland, Connecticut, desde donde los bloques podían transportarse por agua hasta la ciudad. Durante algunas décadas aquella piedra fue casi un uniforme de respetabilidad.

Las hileras de casas que hoy consideramos tan pintorescas fueron levantadas sobre todo durante la gran expansión urbana de mediados y finales del siglo XIX. Solían ocupar parcelas estrechas y profundas, lo que obligaba a aprovechar cada metro cuadrado. La solución consistía en construir varios pisos y disponer debajo de la planta principal un semisótano parcialmente enterrado. La cocina, las despensas, el carbón y buena parte de la actividad del servicio podían quedar abajo. La familia y sus invitados accedían por otra puerta situada encima.

Así nació uno de los elementos más reconocibles del paisaje neoyorquino: la escalinata que conducía directamente al parlor floor, la planta noble. La separación tenía ventajas prácticas. Proporcionaba al piso principal ventanas más altas respecto a la acera, mejor iluminación y mayor intimidad. El semisótano ayudaba a aislar las habitaciones principales de la humedad y permitía disponer de dependencias domésticas con ventanas y cierta ventilación. Había además una entrada independiente bajo el stoop, destinada al servicio y las mercancías. La familia entraba por arriba; el carbón y los alimentos lo hacían por abajo. La arquitectura explicaba la jerarquía social sin necesidad de colocar ningún cartel.

Existía otra razón que hoy resulta difícil apreciar cuando contemplamos esas mismas calles asfaltadas y ocupadas por automóviles silenciosos. El Nueva York del siglo XIX olía. Olía muchísimo. Los caballos constituían el sistema circulatorio de la ciudad. Transportaban personas, mercancías, alimentos y basura. Tiraban de carruajes, tranvías y carros de reparto. Allí donde hay decenas de miles de caballos ocurre algo que los cuadros románticos de la época suelen omitir: los caballos producen estiércol. Mucho estiércol. También orinan, levantan polvo y necesitan establos que generan todavía más residuos.

Añadamos lluvia. Una calle sin pavimentar o mal pavimentada, recorrida durante todo el día por caballos y ruedas de hierro, podía transformarse en una mezcla de barro, estiércol, orina, basura y agua estancada. Los carruajes salpicaban las fachadas; los cascos golpeaban el pavimento; las ruedas chirriaban; vendedores, cocheros y repartidores gritaban. Antes de los motores de combustión, Nueva York ya padecía tráfico y contaminación. Solo que la contaminación era biodegradable.

Las autoridades conocían el problema. En el último tercio del siglo XIX las ordenanzas sanitarias regulaban la acumulación y retirada del estiércol de los establos. La ciudad tardó décadas en organizar un servicio eficaz de limpieza viaria y todavía a mediados del XIX las condiciones sanitarias de muchas calles eran deplorables.

Ahora imaginemos que vivimos allí en 1870. No existe aire acondicionado. En verano necesitamos abrir las ventanas. Tampoco tenemos cristales dobles ni aislamiento acústico. Delante de nuestra casa pasan durante todo el día caballos y carruajes. Las ruedas atraviesan charcos de una composición que preferimos no analizar. En esas circunstancias, colocar el salón tres metros por encima de la calle empieza a parecer menos una extravagancia victoriana que una excelente idea.

La altura no eliminaba los olores ni el ruido, pero proporcionaba distancia. También protegía las habitaciones principales de salpicaduras, polvo y miradas. Las grandes ventanas del parlor floor podían abrirse sin convertir el salón en una prolongación inmediata de la acera. La escalinata funcionaba como una pequeña frontera vertical entre la intimidad doméstica y una ciudad extraordinariamente activa y no siempre demasiado limpia.

Conviene no atribuirlo todo al estiércol. Las casas elevadas existían antes de que el tráfico ecuestre neoyorquino alcanzara sus mayores dimensiones y el modelo respondía también a una tradición arquitectónica. El semisótano elevado permitía aprovechar mejor las parcelas, iluminar las dependencias inferiores, separar servicio y representación y proteger la vivienda de la humedad. El stoop era a la vez una solución constructiva, doméstica y social. La suciedad de la calle hizo que todas esas ventajas resultaran todavía más valiosas.

Hacia finales del siglo XIX empezó a ponerse de moda otro modelo, la llamada American Basement house, en la que la entrada principal descendía al nivel de la calle y el salón ocupaba por encima todo el ancho de la fachada. Algunas casas antiguas perdieron entonces sus stoops y recibieron nuevas entradas a ras de suelo. La modernidad empezaba a desmontar el mundo que los había hecho necesarios.

Los caballos fueron desapareciendo. Llegaron el automóvil, el alcantarillado moderno, la pavimentación generalizada, mejores sistemas de recogida de basura y nuevas formas de construir. Muchas cocinas abandonaron los sótanos, desapareció buena parte del servicio doméstico y numerosas escalinatas fueron demolidas. Otras sobrevivieron y terminaron protegidas porque, cuando una solución práctica deja de ser necesaria y consigue durar lo suficiente, adquiere una nueva categoría: patrimonio histórico.

Por eso resulta tan interesante pasear hoy por una calle de brownstones. Estamos contemplando algo más que fachadas bonitas. El semisótano recuerda dónde trabajaba el servicio; la puerta inferior señala por dónde entraban las provisiones; el gran salón elevado revela dónde se recibía a las visitas; las ventanas altas hablan de una época sin aire acondicionado y los escalones conservan la distancia que una familia respetable deseaba mantener entre su alfombra y el barro de Manhattan.

Volvamos entonces a la calle 70. El Manhattan que rodea hoy la casa de Woody Allen parece construido precisamente para que nada moleste. Los coches pasan amortiguados, las aceras están limpias y Central Park comienza unos metros más allá. Tras las fachadas restauradas hay climatización, aislamiento acústico y ventanas que pueden permanecer cerradas durante todo agosto.

Sin embargo, las escalinatas siguen allí. Ya no protegen a nadie de los cascos de los caballos ni de las ruedas que lanzan barro contra las fachadas. Tampoco necesitan separar al propietario del carbonero que entra por el semisótano. Han sobrevivido a aquello para lo que fueron construidas y ahora cumplen otra función: contar la historia.

Nueva York posee monumentos que todo el mundo fotografía: el Empire State, el puente de Brooklyn, la Estatua de la Libertad. Tiene también otros mucho más modestos que se pisan sin prestarles atención. A veces basta subir ocho escalones de una vieja casa de piedra rojiza para descubrir bajo los pies una ciudad entera que ya no existe.

Una ciudad que hacía mucho más ruido y, sobre todo, olía bastante peor.

¿QUÉ QUIERE UNA ORCA CUANDO TE OFRECE UN PESCADO?

 

Imagine que está en una pequeña embarcación, en algún lugar frío del océano. El mar está tranquilo, las montañas se pierden entre nubes bajas y, de pronto, aparece junto al barco una orca. Esto ya sería suficiente para mejorar una mañana que hasta entonces solo había ofrecido agua, frío y quizá un café mediocre. El animal se aproxima y entonces descubre que lleva algo en la boca. Es un pez. La orca lo suelta junto a la embarcación y se queda allí. No se marcha ni se come el pez. Flota cerca y espera.

Uno puede imaginar la incomodidad del momento. Cuando alguien nos ofrece un canapé sabemos aproximadamente qué se espera de nosotros. Con una orca de cinco toneladas que acaba de depositar un salmón a nuestros pies, las normas de urbanidad son menos claras. ¿Hay que cogerlo? ¿Devolverlo? ¿Dar las gracias? La situación resulta aún más desconcertante si, al no aceptar el presente, la orca recoge el pez y vuelve a dejarlo delante de nosotros. Entonces surge una sospecha: quizá no seamos nosotros quienes estamos observando a la orca. Quizá sea ella la que está observándonos.

Durante años aparecieron relatos de encuentros parecidos en lugares muy alejados. Una orca se aproximaba a una embarcación y dejaba una presa; otra hacía algo semejante ante un buceador; alguna llegó a depositar comida junto a una persona situada en la orilla. Jared Towers, Ingrid Visser y Vanessa Prigollini decidieron reunir los casos que podían documentarse y examinarlos con criterios científicos. El resultado fue un estudio publicado en 2026 con un título espléndido: Testing the waters: Attempts by wild killer whales (Orcinus orca) to provision people (Homo sapiens). “Testing the Waters” significa «probar las aguas», pero también «tantear el terreno», averiguar qué ocurre antes de decidir qué hacer.

Los investigadores reunieron treinta y cuatro episodios registrados durante unas dos décadas, correspondientes a seis poblaciones de orcas distribuidas por cuatro océanos. Para admitir un caso no bastaba con que a una orca se le hubiera caído un pescado cerca de alguien. El animal debía aproximarse por iniciativa propia y colocar ante la persona una presa u otro objeto. Veintiún encuentros ocurrieron con personas que estaban en embarcaciones, once con personas dentro del agua y dos con personas situadas en tierra. Participaron machos y hembras, jóvenes y adultos, de modo que no podía atribuirse todo a alguna extravagancia juvenil.

El menú fue considerable. Las orcas presentaron organismos pertenecientes a dieciocho especies: peces, mamíferos, aves, invertebrados, un reptil e incluso un alga. Algunas eran presas enteras que podían comerse. No parecía, por tanto, que los animales se limitaran a tirar las sobras de la cena.

Lo más interesante sucedía después. Las orcas no dejaban el objeto y desaparecían, sino que solían permanecer cerca atendiendo a la reacción humana. Cuando la persona no aceptaba la presa, algunas la recuperaban y, en ciertos casos, volvían a presentarla. Esa secuencia —acercarse, soltar, esperar, observar y a veces repetir— convierte una curiosidad zoológica en un problema de comportamiento animal. Una cosa es que a una orca se le caiga un salmón. Otra muy distinta es que lo deje delante de usted y permanezca allí pendiente de lo que hace con él.

Conviene contener el entusiasmo porque nuestra especie posee una facilidad extraordinaria para atribuir intenciones humanas a los animales. Decimos que un perro siente culpa, que un gato nos trae un ratón como regalo o que un cuervo se venga de quien lo ha molestado. Algunas de esas interpretaciones pueden contener parte de verdad; otras reflejan nuestra irresistible costumbre de encontrar pequeños seres humanos escondidos dentro de los demás animales.

Por eso los autores hablan con prudencia de intentos de provisioning, “aprovisionamiento”, y no sostienen que las orcas hayan decidido alimentar a la humanidad. Sin embargo, la hipótesis no surge de la nada. Las orcas comparten alimento entre ellas, son cazadoras cooperativas y viven en sociedades complejas. Una presa no siempre pertenece en exclusiva al individuo que la captura: puede repartirse y formar parte de una relación social.

Además, hemos descubierto que no existe una única manera de ser orca. Diferentes poblaciones comen presas distintas y utilizan técnicas de caza diferentes. Algunas persiguen salmones; otras cazan mamíferos marinos. Hay orcas que provocan olas coordinadas para hacer caer focas de las placas de hielo y otras que se aproximan a las playas hasta quedar casi varadas para capturar lobos marinos. Los jóvenes observan, practican y aprenden de los adultos. Si aceptamos una definición biológica de cultura como información y comportamiento transmitidos socialmente, podemos hablar sin demasiado escándalo de culturas de orcas.

Incluso tienen modas. En 1987 algunas orcas residentes del Pacífico comenzaron a llevar salmones muertos sobre la cabeza. La ocurrencia se extendió a otros individuos y después desapareció. Décadas más tarde volvió a observarse. Resulta difícil encontrarle una ventaja adaptativa, a menos que los salmones posean alguna propiedad como sombreros que nosotros desconocemos. Como ocurre entre los humanos, no toda cultura necesita producir una catedral o mejorar la captura de focas.

Compartir una presa con nosotros resulta así menos extravagante. Una orca acostumbrada a repartir alimento podría extender ocasionalmente esa conducta hacia otro ser con el que interactúa. Aunque existe una explicación todavía más sugerente: puede que el pescado no sea un regalo, sino un experimento.

Las orcas son animales curiosos y nosotros constituimos una considerable rareza en su mundo. Aparecemos sobre embarcaciones, producimos sonidos, arrojamos objetos al agua y a veces nos sumergimos vestidos con equipos incomprensibles. Para un animal acostumbrado a reconocer individuos y prestar atención al comportamiento ajeno, los humanos debemos de ser difíciles de ignorar.

Desde esa perspectiva, dejar un pescado junto a una persona y esperar adquiere otro significado. No sería «he traído esto para que comas», sino algo parecido a «veamos qué haces con esto». El objeto serviría para provocar una reacción. Si el humano no responde, la orca lo recupera; si responde, obtiene información. La repetición observada en algunos encuentros resulta especialmente sugerente porque indica que la reacción del destinatario tenía importancia.

Esto conduce hacia un terreno delicado. Los psicólogos comparados llaman “teoría de la mente” a la capacidad de atribuir a otros individuos conocimientos, deseos o intenciones diferentes de los propios. Demostrarla en animales es extraordinariamente difícil. Sabemos que las orcas cooperan, coordinan movimientos, reconocen individuos, aprenden unas de otras y adaptan su conducta a la de sus compañeros. Todo ello exige una gran capacidad para anticipar el comportamiento ajeno, aunque no demuestre que posean una teoría de la mente semejante a la nuestra.

Tampoco podemos descartar el juego. Los cetáceos juegan con objetos, algas, animales y entre ellos. Una presa puede ser alimento, juguete y objeto social. Nuestra necesidad de clasificar cada conducta como caza, juego, regalo o investigación quizá diga más sobre nosotros que sobre las orcas. Podemos ofrecer una aceituna a un amigo para que pruebe un sabor desconocido y estar al mismo tiempo compartiendo comida, divirtiéndonos y observando su reacción. No hay razón para exigir que una orca tenga una sola motivación.

Los treinta y cuatro episodios deben interpretarse además con prudencia. Son pocos, ocurrieron durante muchos años y proceden de encuentros oportunistas, no de un experimento diseñado de antemano. Existe también un sesgo inevitable: las personas recuerdan, fotografían y cuentan el día en que una orca les ofrece un pez; nadie escribe un informe sobre las miles de ocasiones en que una orca pasa junto a una embarcación y no ofrece absolutamente nada. El estudio demuestra que la conducta existe, pero no sabemos con qué frecuencia ocurre ni qué proporción de orcas la practica.

Aun así, estos encuentros tienen el mérito de invertir una perspectiva a la que estamos demasiado acostumbrados. Seguimos ballenas, fotografiamos aves, ponemos cámaras a los lobos y diseñamos pruebas para averiguar cuánto comprende un chimpancé. Somos, en nuestra imaginación, el naturalista situado fuera del escenario mientras las demás especies representan la obra.

Una orca que se aproxima con un pez introduce una pequeña grieta en esa cómoda distribución de papeles. Deja la presa, se aparta y espera. Nosotros miramos a la orca tratando de averiguar qué pretende. La orca nos mira esperando averiguar qué vamos a hacer. Durante unos segundos hay dos grandes mamíferos sociales, inteligentes y curiosos separados por la superficie del océano, y cada uno parece estar estudiando al otro.

Por eso, es posible que la pregunta más interesante de aquellos encuentros no sea por qué las orcas quisieron darnos de comer. Es posible que ni siquiera quisieran hacerlo. La pregunta verdaderamente perturbadora es otra: después de siglos dedicados a averiguar hasta qué punto los animales nos comprenden, puede que alguna orca haya decidido realizar el experimento contrario.

Y nosotros, sin saberlo, éramos el animal de laboratorio.

lunes, 10 de agosto de 2026

LA GALLINA HEREDÓ EL ESTÓMAGO DE LOS DINOSAURIOS

 

Hay comportamientos animales que resultan perfectamente razonables hasta que uno se detiene a pensar en ellos. Una gallina que escarba el suelo pertenece a esa categoría. Picotea aquí y allá, encuentra una semilla, captura algún insecto y, de vez en cuando, recoge cuidadosamente una piedrecilla y se la traga. Una piedra no contiene proteínas ni vitaminas y aporta una cantidad de calorías que puede redondearse cómodamente a cero. Sin embargo, la gallina sabe lo que hace.

La explicación comienza con una carencia anatómica evidente: las gallinas no tienen dientes. Tampoco los tienen ninguna de las aproximadamente once mil especies de aves actuales. Esto plantea un problema porque los dientes son instrumentos extraordinariamente útiles para reducir los alimentos antes de enviarlos al aparato digestivo. Una gallina, en cambio, se traga un grano de trigo prácticamente como lo encuentra.

Para compensarlo posee una maquinaria digestiva formidable. El alimento puede almacenarse temporalmente en el buche y pasa después al proventrículo, el estómago glandular, donde comienza el tratamiento químico mediante ácido y enzimas. Pero la verdadera trituración ocurre a continuación, en la molleja, una cámara provista de paredes musculares extraordinariamente potentes.

Las piedrecillas ingeridas voluntariamente, los gastrolitos, permanecen durante algún tiempo dentro de ella. Al contraerse la molleja, chocan unas contra otras y contra el alimento, rompiendo semillas y triturando fibras vegetales. Los músculos proporcionan la fuerza y las piedras hacen de muelas. En cierto sentido, una gallina lleva los dientes en el estómago.

El continuo roce desgasta los gastrolitos. Sus aristas desaparecen y se hacen cada vez más lisos y redondeados hasta que terminan avanzando por el aparato digestivo y deben ser sustituidos por otros. Los criadores proporcionan por eso grit a las aves que no pueden conseguir grava por sí mismas.

Hasta aquí, todo parece una curiosa solución de las aves al inconveniente de carecer de dientes. Pero la historia se vuelve mucho más interesante cuando formulamos una pregunta: ¿qué apareció antes, la pérdida de los dientes o el molino estomacal?

Porque las aves son dinosaurios. Más exactamente, constituyen el único linaje superviviente de los dinosaurios terópodos, el grupo al que pertenecieron animales como Velociraptor o Tyrannosaurus. Y cuando los paleontólogos comenzaron a excavar esqueletos de dinosaurios encontraron algo familiar: acumulaciones de piedras precisamente donde había estado el abdomen.

Durante décadas se interpretaron como indicio de herbivoría. Si las aves comedoras de plantas utilizan piedras para triturar vegetales, parecía lógico pensar que un dinosaurio con gastrolitos hacía lo mismo. Encontrarlos equivalía casi a descubrir los restos fosilizados de una ensalada.

Había un inconveniente. Los cocodrilos y algunas aves carnívoras también tragan piedras. Y se han encontrado gastrolitos en dinosaurios inequívocamente depredadores como Tarbosaurus, un enorme tiranosáurido asiático que difícilmente necesitaba un molino para preparar una ensalada de helechos.

La solución al enigma fue maravillosamente sencilla. Si una piedra pasa semanas dentro de una máquina que la golpea continuamente contra otras piedras, debería acabar mostrando las consecuencias. Quizá lo importante no fuera encontrar gastrolitos, sino observar su forma.

Un equipo internacional de investigadores estudió 104 individuos de 46 especies actuales de aves y cocodrilos y comparó la forma de sus gastrolitos con la musculatura del estómago. El resultado, publicado en Paleobiology en 2026, fue muy claro: cuanto más musculoso era el estómago, más redondeadas eran las piedras. Una molleja potente no solo tritura semillas; también pule las herramientas con las que trabaja.

Esto permite convertir una humilde piedra en una especie de registro de actividad digestiva. Un gastrolito redondeado no demuestra directamente que el animal fuera herbívoro; demuestra que estuvo dentro de un estómago que ejercía una intensa acción abrasiva.

Los investigadores aplicaron después el método a 29 especímenes fósiles de 16 especies de dinosaurios y encontraron algo inesperado. Herbívoros indiscutibles como Psittacosaurus y Haya, y saurópodos como Diplodocus, tenían gastrolitos predominantemente angulosos. Sus estómagos no eran grandes molinos. Los ornitisquios solucionaban el problema con aparatos masticadores eficaces. Los saurópodos, con escasa capacidad de masticación, probablemente confiaban en enormes aparatos digestivos donde los microorganismos fermentaban lentamente el material vegetal. Cuando uno pesa varias decenas de toneladas puede permitirse llevar consigo una planta de fermentación.

Los terópodos contaban otra historia. En Caudipteryx, Jeholornis, Archaeorhynchus o Limusaurus aparecieron gastrolitos redondeados. Allí sí había trabajado un estómago musculoso. Limusaurus resulta particularmente interesante. Los jóvenes poseían dientes, pero los adultos los perdían. Al desaparecer la maquinaria trituradora de la boca, aumentaba la importancia del procesamiento digestivo. La evolución había encontrado dos lugares donde instalar un molino: podía mantenerlo en la cabeza, mediante dientes y músculos mandibulares, o trasladarlo al abdomen.

Gastrolitos en un espécimen  de Caudipteryx zoui, hallado en Beipiao, Liaoning (China). Crédito: Tiouraren (Y.-C. Tsai) / Wikimedia Commons

La reconstrucción evolutiva sitúa un estómago musculoso al menos en la base de los Maniraptoriformes, un linaje de terópodos que acabaría incluyendo a las aves. La innovación existía ya hace unos 150 millones de años y pudo facilitar que varios grupos redujeran o perdieran sus dientes. Si el alimento podía triturarse después de ser tragado, la boca quedaba parcialmente liberada de esa tarea.

Las consecuencias quizá fueron más profundas. Reducir dientes, mandíbulas y musculatura masticadora podía disminuir el peso y las exigencias estructurales del cráneo. Los investigadores sugieren que esa reorganización pudo contribuir a facilitar la expansión relativa del cerebro y los órganos sensoriales durante la evolución aviana, aunque la hipótesis todavía no está demostrada. Las aves, desde luego, no perdieron los dientes simplemente porque hubieran inventado la molleja: la evolución rara vez ofrece explicaciones tan cómodas.

Lo fascinante es que las piedras hayan conservado la huella de aquel proceso. Un gastrolito que pasó meses chocando con sus compañeros dentro de una poderosa molleja acabó redondeándose. Enterrado junto al esqueleto, fosilizó algo más que una piedra: conservó indirectamente el funcionamiento del estómago de un dinosaurio.

Y eso nos devuelve a la gallina. La vemos picotear tranquilamente en un corral y tragarse de vez en cuando una piedrecilla. Nada parece especialmente grandioso. Sin embargo, dentro de su abdomen funciona una máquina cuya historia comenzó cuando los dinosaurios dominaban el planeta. La molleja se contrae, las piedras chocan, los granos se rompen y los gastrolitos pierden lentamente sus aristas. La gallina no tuvo que inventar una solución para vivir sin dientes. La heredó de los dinosaurios.

Quizá por eso convenga mirar con algo más de respeto a la próxima gallina que encontremos comiéndose una piedra. Si permanece suficiente tiempo en su molleja, saldrá más redonda de lo que entró. A veces la evolución deja esqueletos gigantescos. Otras veces escribe su historia puliendo una piedra.

domingo, 9 de agosto de 2026

¿PUEDE UN PAÍS HACERSE RICO CON EL TURISMO?

 

Hay cifras económicas que producen satisfacción inmediata. Que aumenten las exportaciones, que baje el desempleo o que crezca la inversión suele considerarse una buena noticia. En España hemos añadido otra a esa colección: el número de turistas. Cada pocos meses conocemos un nuevo récord y lo celebramos con una exaltación deportiva. En 2025 llegaron 96,8 millones de visitantes extranjeros, más que nunca, y gastaron 134 712 millones de euros. España continúa disputándose con Francia el privilegio de ser el país más visitado del mundo.

Parece difícil encontrar algo perverso en semejante éxito. Tenemos playas, clima, ciudades monumentales, gastronomía, patrimonio, paisajes y una infraestructura turística construida durante más de medio siglo. Los extranjeros vienen voluntariamente, dejan aquí su dinero y regresan a sus países. Pocas actividades económicas parecen más inocentes.

Pero Marko Jukic formuló en la revista estadounidense Palladium, una pregunta bastante oportuna: ¿conocemos algún país que se haya hecho rico gracias al turismo? Su respuesta, adelantada desde el propio título del artículo —No Country Ever Got Rich From Tourism—, era tajante: ninguno. La afirmación parece exagerada, pero tiene la virtud de obligarnos a distinguir entre dos cosas diferentes: que el turismo produzca riqueza y que sea capaz de transformar un país en una economía extraordinariamente rica.

Jukic señala una peculiaridad del sur de Europa. Mientras que en Estados Unidos los informativos anuncian las cifras de empleo, inversión o crecimiento del PIB, en los países mediterráneos seguimos con expectación las llegadas de turistas. En 2019, antes de la pandemia, los ingresos del turismo internacional equivalían al 53% de las exportaciones de Montenegro, al 38% de las de Croacia, al 28% de las de Grecia, al 23% de las de Portugal y al 19% de las españolas.

España constituye probablemente el caso más interesante porque no es una pequeña isla tropical ni un microestado mediterráneo. Es una economía desarrollada de casi cincuenta millones de habitantes. Según el Instituto Nacional de Estadística, la actividad turística generó en 2024 unos 200 700 millones de euros, equivalentes al 12,6% del PIB, y proporcionó más de 2,7 millones de puestos de trabajo. No estamos hablando de una actividad complementaria, sino de uno de los pilares de la economía española.

La cuestión es si ese pilar puede sostener indefinidamente nuestro crecimiento. Para explicarlo, Jukic propone un experimento mental con Croacia, un país que reúne casi todo lo necesario para convertirse en potencia turística: una costa espectacular, centenares de islas, ciudades históricas y centenares de millones de europeos a pocas horas de viaje.

Supongamos que quisiera alcanzar gracias al turismo una renta por habitante semejante a la suiza, unos 100 000 dólares anuales. Con 3,86 millones de habitantes necesitaría generar alrededor de 386 000 millones de dólares. Si cada turista gastara unos 200 dólares diarios, harían falta aproximadamente 1.930 millones de pernoctaciones anuales. En 2024 hubo unos 85 millones. Habría que multiplicarlas por más de veinte.

El cálculo es deliberadamente absurdo, y por eso resulta útil. El turismo posee una limitación que otras actividades económicas no tienen en la misma medida: ocupa espacio y necesita personas. Una fábrica puede duplicar su producción mediante robots sin duplicar su plantilla. Una empresa informática puede crear un programa y venderlo a cien millones de clientes. Una farmacéutica puede desarrollar una molécula y comercializarla en todo el planeta.

Un hotel de cien habitaciones, en cambio, seguirá teniendo cien habitaciones. Podemos aumentar su ocupación y sus precios, automatizar las reservas y conseguir que los huéspedes gasten más, pero para alojar al doble de personas acabaremos necesitando más habitaciones, suelo, agua, electricidad y trabajadores. Un camarero puede atender diez mesas, quizá quince, pero no mil.

Además, aquello que vende el turismo suele ser un recurso limitado. Benidorm puede construir más hoteles, pero no fabricar más costa. Barcelona puede aumentar sus alojamientos turísticos, pero no producir otra Sagrada Familia. Granada puede ampliar hoteles y aparcamientos, pero la Alhambra seguirá teniendo el mismo tamaño.

Llega así un momento en que aumentar el número de visitantes empieza a deteriorar aquello que los atrae. Es una de las paradojas del turismo contemporáneo: su propio éxito puede convertirse en su enemigo. Cuando una ciudad recibe pocos visitantes, cada turista adicional aporta ingresos con costes relativamente pequeños. Cuando está saturada, compite con los residentes por vivienda, transporte, agua, espacio público y servicios.

El turismo tiene además otra característica económica menos visible. Crea muchos empleos, pero una parte importante se concentra en actividades cuya productividad resulta difícil aumentar: hostelería, restauración, comercio, limpieza, transporte local y servicios personales. Esto importa porque, a largo plazo, la principal manera de aumentar los salarios de una sociedad es elevar la productividad.

Los países más ricos no lo son porque sus habitantes trabajen muchas más horas, sino porque cada hora de trabajo genera más valor. Suiza no es rica porque los suizos trabajen diez veces más que los croatas, sino porque buena parte de su economía se concentra en actividades capaces de producir muchísimo valor con relativamente pocos trabajadores: industria farmacéutica, ingeniería, maquinaria de precisión, finanzas y tecnologías avanzadas.

Existen, desde luego, países ricos y turísticos. Mónaco es riquísimo; también lo son pequeños territorios como Bermudas, y Malta o Chipre han alcanzado niveles elevados de renta. Pero cuando se examinan aparecen otros motores económicos: finanzas, ventajas fiscales, juego, servicios internacionales o atracción de grandes patrimonios. Ninguno demuestra que un país de tamaño considerable pueda alcanzar los niveles de renta de Suiza, Noruega o Estados Unidos especializándose fundamentalmente en servir comidas, alquilar habitaciones y organizar excursiones.

Aquí conviene separarse un poco de Jukic. Que ningún país se haya hecho extraordinariamente rico gracias al turismo no significa que este sea una mala estrategia económica. Para un país pobre posee una ventaja formidable: permite exportar algo que no puede trasladarse. Una playa no puede meterse en un contenedor y enviarse a Alemania, pero podemos traer al alemán hasta la playa. Lo mismo sucede con una selva tropical, un arrecife de coral o una ciudad medieval.

El turismo ha contribuido decisivamente al desarrollo de países como Maldivas, Mauricio, Seychelles o Costa Rica. Ha creado empleo, financiado infraestructuras y permitido aprovechar recursos naturales y culturales que de otro modo producirían pocos ingresos. Negarlo sería tan absurdo como negar su importancia en el desarrollo español.

España tampoco era un país rico cuando comenzaron a aterrizar masivamente suecos, alemanes y británicos en nuestras costas durante los años sesenta. Aquellos turistas trajeron algo que la economía franquista necesitaba desesperadamente: divisas con las que financiar las importaciones necesarias para modernizar el país.

Pero mientras llegaban los turistas ocurría algo más: España se industrializaba. Se construían fábricas de automóviles, siderurgias, refinerías e industrias químicas. Crecían la banca y las telecomunicaciones. Millones de trabajadores abandonaban una agricultura de bajísima productividad para incorporarse a la industria y los servicios urbanos. Después llegaron la integración europea, la modernización de las infraestructuras y la internacionalización de grandes empresas españolas.

España no se hizo rica gracias al turismo. Se hizo rica también con el turismo. La diferencia parece pequeña, pero es fundamental. El peligro aparece cuando una economía que ya ha alcanzado un nivel elevado de desarrollo comienza a especializarse cada vez más en actividades donde resulta difícil aumentar la productividad. Y ahí la pregunta de Jukic deja de ser una curiosidad intelectual para convertirse en una pregunta muy española.

Mientras celebramos récord tras récord de visitantes, la OCDE lleva años señalando un dato mucho menos festejado: España continúa teniendo un problema de productividad. Nuestra convergencia en renta por habitante con las economías más avanzadas sigue siendo limitada.

Puede que llevemos demasiado tiempo formulando la pregunta equivocada. La pregunta habitual es cuántos turistas más puede recibir España. Cien millones parecen ya al alcance de la mano. Después podrían ser ciento diez o ciento veinte. Siempre habrá otro récord que superar. Pero una economía no es una competición para ver cuántas personas consigue meter dentro de sus fronteras durante el verano.

La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿qué queremos venderle al mundo dentro de veinte años? Podemos vender noches de hotel, paellas, playas y visitas a la Alhambra, y debemos seguir haciéndolo porque somos extraordinariamente buenos en ello. Pero también podemos vender medicamentos, ingeniería, inteligencia artificial, biotecnología, maquinaria, energía, diseño, software y conocimiento.

La diferencia es que para duplicar la producción de algunas de esas cosas no necesitamos construir otra España.

Quizá el problema del turismo no sea que pueda hacernos pobres. Sería absurdo sostenerlo cuando genera cientos de miles de millones de euros y millones de empleos. El problema es mucho más sutil: el turismo puede ser una magnífica manera de comenzar a hacerse rico. Lo que todavía nadie ha demostrado es que sea una buena manera de terminar de serlo.

SHERE HITE: LA MUJER QUE PREGUNTÓ SOBRE SEXO A LAS MUJERES

 

Shere Hite en 1997

Durante buena parte de la historia de la sexología ocurrió algo bastante extraordinario: los hombres explicaban cómo funcionaba la sexualidad de las mujeres. Médicos, psiquiatras y psicoanalistas —casi todos varones— elaboraron teorías minuciosas sobre lo que ellas debían sentir y, sobre todo, de qué manera debían alcanzar el orgasmo. Si la experiencia real de una mujer no coincidía con la teoría, rara vez se concluía que la teoría estaba equivocada. Lo más probable era que el problema estuviera en la mujer.

En 1976 apareció un libro que tuvo la descortesía de alterar este cómodo procedimiento. Su autora, Shere Hite, hizo algo de una gran simplicidad: preguntó a las mujeres qué les ocurría realmente. El resultado fue The Hite Report: A Nationwide Study of Female Sexuality, conocido como El Informe Hite. Durante cinco años, Hite reunió y analizó cuestionarios en los que miles de mujeres hablaban con una franqueza poco habitual de masturbación, penetración, orgasmos, deseos, frustraciones y relaciones de pareja. Para el libro utilizó las respuestas de unas tres mil mujeres de entre 14 y 78 años.

Y apareció una realidad que no encajaba demasiado bien con los manuales. La mayoría no alcanzaba regularmente el orgasmo mediante la penetración vaginal, mientras que muchas podían conseguirlo sin demasiadas dificultades mediante la masturbación o la estimulación directa del clítoris. La conclusión parecía elemental: quizá las mujeres no fueran particularmente difíciles para alcanzar el orgasmo; quizá se esperaba que lo consiguieran mediante un procedimiento que, para muchas, no era el más eficaz.

Hoy parece casi trivial. En 1976 era dinamita. Hite atacaba una tradición formidable. Freud había contribuido a popularizar la distinción entre un orgasmo clitoriano considerado inmaduro y otro vaginal que correspondería a la sexualidad femenina adulta. Kinsey y, posteriormente, Masters y Johnson habían aportado datos que cuestionaban aquel modelo, pero sobrevivía una poderosa idea cultural: el acto sexual verdadero era el coito y el orgasmo satisfactorio debía producirse durante la penetración.

La anatomía femenina debía adaptarse al guion sexual y no al revés. Si una mujer podía alcanzar fácilmente el orgasmo masturbándose pero no durante el coito, durante décadas se buscaron explicaciones psicológicas: podía estar inhibida, bloqueada, angustiada o aquejada de algún conflicto inconsciente. Hite dio la vuelta al razonamiento. Tal vez aquellas mujeres no estuvieran averiadas. Tal vez lo estuviera el modelo.

El Informe Hite era además insólito porque estaba lleno de las propias palabras de las mujeres. Unas describían orgasmos; otras explicaban cómo se masturbaban; algunas confesaban fingir durante el coito; muchas relataban la presión que sentían para satisfacer sexualmente a sus parejas. La intimidad femenina, habitualmente traducida al lenguaje clínico por especialistas varones, aparecía expresada en primera persona.

El éxito fue gigantesco. El libro se convirtió en un fenómeno editorial internacional, fue traducido a numerosos idiomas y las estimaciones más repetidas sitúan sus ventas acumuladas en decenas de millones de ejemplares. También fue prohibido en diversos países. Pocos libros dedicados a averiguar cómo experimentaban realmente el sexo las mujeres podían aspirar a una carrera editorial más accidentada.

Pero el verdadero escándalo estaba en las consecuencias. Si el placer femenino no dependía necesariamente de la penetración, el pene dejaba de ocupar el centro obligatorio de la sexualidad. Y si una mujer podía proporcionarse un orgasmo con mayor facilidad que muchos de sus amantes, empezaban a resultar incómodas algunas certezas acerca de quién hacía qué por quién en la cama.

Hite fue acusada de odiar a los hombres. Sus adversarios hablaban del Hate Report, el «informe del odio», y aseguraban que pretendía demostrar que las mujeres podían prescindir de ellos. También utilizaron contra ella su pasado como modelo: había posado desnuda mientras estudiaba en Nueva York, dato cuya pertinencia científica para evaluar una investigación sociológica nunca estuvo demasiado clara.

Había, sin embargo, una crítica mucho más razonable. La muestra de Hite era enorme, pero no había sido obtenida mediante un muestreo aleatorio que permitiera considerarla representativa de todas las estadounidenses. Quienes decidieron responder podían diferenciarse de quienes no lo hicieron y, por tanto, sus porcentajes debían interpretarse con prudencia.

Pero aquí aparece una de las ironías de la historia. Las limitaciones estadísticas eran reales; las preguntas que planteaba también. Investigaciones posteriores con metodologías más rigurosas han confirmado el núcleo de su observación: para una gran proporción de mujeres la penetración vaginal aislada no constituye el camino más fiable hacia el orgasmo y la estimulación del clítoris desempeña un papel esencial.

Hite había puesto el dedo exactamente donde debía. Y había hecho algo más. Preguntaba quién decidía cuándo se practicaba sexo, qué esperaba el hombre, qué deseaba la mujer, por qué algunas fingían y hasta qué punto la dependencia económica y las convenciones sociales condicionaban lo que sucedía en un dormitorio.

Conviene recordar el mundo en que apareció el libro. En 1976 la violación dentro del matrimonio todavía no era reconocida como delito en buena parte de Estados Unidos y concepciones semejantes del llamado «débito conyugal» sobrevivían en numerosos países, entre ellos España. El sexo del que hablaba Hite no era solamente una cuestión de terminaciones nerviosas. También era una cuestión de poder.

Eso ayuda a comprender la violencia de la reacción contra ella. Durante los años ochenta, Estados Unidos vivió una fuerte contraofensiva conservadora frente a los cambios culturales de las décadas anteriores. Hite se convirtió en un blanco perfecto: feminista, sexualmente explícita y poco inclinada a suavizar sus conclusiones. Terminó marchándose de Estados Unidos, en 1995 renunció a la ciudadanía estadounidense y posteriormente adquirió la alemana. Murió en Londres en 2020, a los 77 años.

Hay algo particularmente extraño en su historia editorial. Un libro que llegó a decenas de millones de lectores resulta hoy sorprendentemente difícil de encontrar. En España lleva décadas fuera de los circuitos editoriales habituales. Uno de los grandes superventas del siglo XX fue desvaneciéndose discretamente de las estanterías.

Quizá merezca la pena recordarlo ahora, cuando se cumple medio siglo de su publicación. No porque todo lo que escribió Hite deba aceptarse sin discusión. La investigación sobre sexualidad ha avanzado enormemente y hoy disponemos de mejores métodos para distinguir entre una extraordinaria colección de testimonios y una muestra representativa de una población.

Pero algunas de sus preguntas siguen vigentes. Persiste una considerable brecha entre hombres y mujeres en la frecuencia con que alcanzan el orgasmo durante las relaciones heterosexuales y existen aspectos de la fisiología sexual femenina todavía comparativamente poco estudiados.

También podemos contemplar críticamente la revolución sexual que Hite ayudó a impulsar. Liberar a las mujeres de la obligación de alcanzar el orgasmo mediante la penetración fue un avance; convertir después el orgasmo en una nueva obligación quizá lo fuera menos. Una sexualidad concebida como una carrera hacia una descarga final puede reproducir precisamente el modelo del que aquella generación intentaba escapar.

Tal vez la siguiente revolución consista en dejar de establecer de antemano cómo debe ser el placer. Por eso resulta tentador imaginar un nuevo Informe Hite cincuenta años después: una gran investigación, metodológicamente más sólida, que preguntara por el deseo, el placer, la pornografía, los juguetes sexuales, las nuevas formas de pareja, la menopausia, el consentimiento y muchas otras experiencias que apenas aparecían en los mapas sexuales de 1976.

Pero debería conservar la pregunta fundamental: ¿qué sienten realmente las mujeres cuando nadie les dice lo que deberían sentir?

Porque la gran aportación de El Informe Hite no fue descubrir que muchas mujeres no alcanzaban el orgasmo mediante la penetración. Su verdadera revolución fue mucho más sencilla. Durante siglos, la ciencia había preguntado qué les ocurría a las mujeres cuando no respondían como las teorías decían que debían responder.

Hite cambió la pregunta. Les preguntó a ellas. Y se puso a escuchar.

sábado, 8 de agosto de 2026

VUELTA Y VUELTA: POR QUÉ ALGUNOS SE EMPEÑAN EN TOSTARSE AL SOL

 

Durante mis paseos mañaneros por la playa he acabado identificando una peculiar variante de la especie humana que aparece con los primeros calores, alcanza densidades extraordinarias durante julio y agosto y desaparece casi por completo cuando llega el otoño. No conozco su nombre científico, así que provisionalmente los llamo «los vuelta y vuelta».

Son fáciles de reconocer. Llegan provistos de una toalla, una hamaca o algún otro artefacto que les permita permanecer tumbados durante horas. Escogen cuidadosamente un lugar despejado, lejos de cualquier sombra inoportuna, se despojan de casi toda la ropa, se untan con cremas y aceites y se tienden al sol. Allí permanecen inmóviles hasta que, obedeciendo quizá a algún misterioso reloj interior, se dan la vuelta y exponen la otra cara.

El procedimiento recuerda inevitablemente a un filete sobre una parrilla. Un rato por un lado, otro rato por el otro y, si el día acompaña, regreso a casa con un tostado uniforme.

Lo sorprendente es que lo hagamos después de décadas escuchando advertencias sobre los peligros de la exposición excesiva al sol. Todos los veranos los dermatólogos repiten lo mismo: evite las horas centrales del día, busque la sombra, utilice ropa adecuada, póngase sombrero, use protector solar, evite las quemaduras. Pese a ello, basta caminar por cualquier playa mediterránea a mediodía para comprobar el éxito limitado de la campaña.

Uno se pregunta si los vuelta y vuelta están desinformados o si han decidido que las advertencias médicas son una de esas cosas que les suceden a los demás. Pero también interviene una poderosa circunstancia cultural: hemos conseguido convertir una reacción defensiva del organismo en un atributo de belleza. Decimos que alguien «tiene buen color» o está «moreno y saludable», sin reparar en que ese saludable color tostado es la consecuencia visible de que sus células han detectado una agresión.

Porque eso es exactamente un bronceado.

La piel tiene que enfrentarse continuamente a un enemigo que llega desde 150 millones de kilómetros de distancia: la radiación solar. La mayor parte de la radiación ultravioleta que alcanza la superficie terrestre corresponde a los rayos UVA; una fracción menor son UVB. Ambos pueden dañar nuestras células. Los UVB son especialmente eficaces produciendo lesiones directas en el ADN; los UVA penetran más profundamente y provocan buena parte de sus efectos mediante moléculas reactivas capaces de dañar proteínas, membranas y material genético.

La piel, naturalmente, no permanece cruzada de brazos. En la epidermis viven unas células llamadas melanocitos que distribuyen entre las células vecinas pequeños paquetes cargados de melanina, el pigmento responsable de buena parte del color de nuestra piel, cabello y ojos. La melanina absorbe radiación ultravioleta y ayuda a disipar su energía antes de que alcance estructuras celulares más delicadas. Los pequeños paquetes que la contienen llegan incluso a disponerse alrededor de los núcleos celulares formando una especie de diminuto parasol molecular que protege el ADN.

Cuando la radiación ultravioleta daña la epidermis, una de las respuestas defensivas consiste en estimular a los melanocitos para que aumenten la producción de melanina. Durante los días siguientes la piel se oscurece. Nosotros contemplamos satisfechos el resultado en el espejo. Nuestras células probablemente describirían la situación de otra manera: están intentando que dejemos de hacerles daño.

El bronceado proporciona cierta protección frente a exposiciones posteriores, pero es sorprendentemente pequeña. Y aquí aparece otro personaje indispensable de nuestras playas: el protector solar. Algunas personas se aplican un factor 30 o 50 y parecen interpretar el número como una autorización administrativa para pasar la tarde entera bajo el sol. Es algo parecido a ponerse el cinturón de seguridad y concluir que gracias a ello podemos conducir a doscientos kilómetros por hora. Los protectores reducen la radiación que llega a la piel, pero no convierten el sol en inocuo ni fueron concebidos para ayudarnos a permanecer más tiempo sobre la parrilla.

La paradoja es formidable. Durante millones de años, la evolución perfeccionó mecanismos destinados a defender nuestra piel de la radiación ultravioleta. Nosotros hemos descubierto que uno de ellos produce un color atractivo y hemos decidido provocar deliberadamente la agresión para obtener la respuesta defensiva.

Tomar el sol para ponerse moreno se parece un poco a golpear repetidamente una puerta para admirar después lo bien que funciona la alarma antirrobo.

El problema es que las alarmas biológicas tampoco son perfectas. Gran parte del daño causado por la radiación se repara y muchas células demasiado dañadas son eliminadas. Pero ocasionalmente alguna lesión escapa a los mecanismos de reparación y queda convertida en una mutación permanente. Y entre las células que pueden acumular esas alteraciones están precisamente los melanocitos. De ellos puede surgir uno de los tumores más temidos de la piel: el melanoma.

El melanoma no es el cáncer cutáneo más frecuente. Los carcinomas basocelulares y epidermoides son muchísimo más comunes, pero suelen crecer localmente y rara vez producen metástasis, especialmente los primeros. El melanoma es menos frecuente, pero posee una capacidad mucho mayor para invadir tejidos y diseminarse por el organismo si no se detecta a tiempo.

La relación entre sol y melanoma es además más interesante que una simple suma de horas. El carcinoma epidermoide está estrechamente relacionado con la exposición acumulada durante muchos años y por eso aparece con frecuencia en cara, orejas, cuello o manos. En el melanoma tiene especial importancia otro patrón: las exposiciones intensas e intermitentes, sobre todo cuando terminan en quemaduras. El ejemplo clásico es quien pasa el año trabajando bajo techo y, al llegar las vacaciones, se instala durante horas bajo un sol para el que su piel apenas está preparada. Las quemaduras sufridas durante la infancia y la adolescencia resultan especialmente preocupantes.

Eso ayuda a explicar por qué los melanomas no aparecen necesariamente donde recibimos más sol todos los días. En los hombres son frecuentes en el tronco, especialmente en la espalda; en las mujeres, una localización habitual son las piernas. También influyen otros factores: la piel clara, la facilidad para quemarse, poseer numerosos lunares o ciertos antecedentes familiares y genéticos.

Las estadísticas, naturalmente, no predicen destinos individuales. Alguien puede haberse quemado repetidamente durante décadas y no desarrollar jamás un melanoma, mientras otra persona mucho más prudente puede padecerlo. De ahí procede una de nuestras trampas favoritas: todos conocemos a alguien que tomó el sol toda su vida y llegó tan campante a los noventa años. También conocemos fumadores longevos. Nunca ha sido un argumento demasiado bueno para empezar a fumar.

Quizá, sin embargo, estamos siendo injustos con los vuelta y vuelta. Durante la mayor parte de nuestra historia, el color de la piel fue ante todo una adaptación a diferentes intensidades de radiación ultravioleta. Pero mucho después la cultura decidió otorgarle un significado social.

Durante siglos, en Europa una piel pálida indicaba que su propietario podía permitirse permanecer bajo techo mientras campesinos, pescadores y albañiles se tostaban trabajando al aire libre. Las clases acomodadas evitaban cuidadosamente el bronceado. En el siglo XX todo cambió. El trabajo se trasladó a fábricas y oficinas, llegaron las vacaciones pagadas, se popularizaron los viajes y las playas se convirtieron en destinos de ocio. Tener la piel morena empezó a significar que uno disponía de tiempo y dinero suficientes para tumbarse al sol sin hacer absolutamente nada. La antigua marca del trabajador se convirtió en distintivo del veraneante.

El cine, las revistas, el turismo y la asociación entre aire libre, deporte, vacaciones y salud hicieron el resto. En pocas décadas, la palidez perdió prestigio y el color tostado pasó a venderse como prueba visible de vitalidad.

Y así llegamos de nuevo a la playa. Cuando regreso a la caída de la tarde para leer un rato mientras espero la puesta de sol, los vuelta y vuelta continúan ocupados en su peculiar ceremonia. Algunos leen, otros duermen y muchos permanecen simplemente inmóviles. Cada cierto tiempo se incorporan, se untan nuevamente de crema y cambian de postura para que ninguna región del cuerpo quede injustamente privada de radiación.

Quizá no sean ignorantes ni descerebrados. Probablemente sean víctimas de una contradicción que nosotros mismos hemos construido. La biología les proporciona un mecanismo destinado a proteger la piel de una agresión y la cultura les dice que la señal visible de esa defensa resulta atractiva.

Entonces uno de ellos se da la vuelta sobre la toalla y ofrece al sol la parte que todavía conserva demasiado blanca. Vuelta y vuelta.

Como en la parrilla.


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VUELTA Y VUELTA: POR QUÉ ALGUNOS SE EMPEÑAN EN TOSTARSE AL SOL (VERSIÓN LARGA)

 

Durante mis paseos mañaneros por la playa he acabado identificando una peculiar variante de la especie humana que aparece con los primeros calores, alcanza densidades extraordinarias durante julio y agosto y desaparece casi por completo cuando llega el otoño. No conozco su nombre científico, así que provisionalmente los llamo «los vuelta y vuelta».

Son fáciles de reconocer. Llegan a la playa provistos de una toalla, una hamaca o algún otro artefacto que les permita permanecer tumbados durante horas. Escogen cuidadosamente un lugar despejado, lejos de cualquier sombra inoportuna, se despojan de casi toda la ropa, se untan con cremas y aceites y se tienden al sol. Allí permanecen inmóviles durante un tiempo considerable hasta que, obedeciendo quizá a algún misterioso reloj interior, se dan la vuelta y exponen la otra cara.

El procedimiento recuerda inevitablemente a un filete sobre una parrilla. Un rato por un lado, otro rato por el otro y, si el día acompaña, regreso a casa con un tostado uniforme.

Lo extraordinario no es que semejante comportamiento exista. Los seres humanos hacemos cosas mucho más extravagantes. Lo sorprendente es que lo hagamos después de décadas escuchando advertencias sobre los peligros de la exposición excesiva al sol. Todos los veranos los dermatólogos repiten lo mismo. Evite las horas centrales del día. Busque la sombra. Utilice ropa adecuada. Póngase sombrero. Use protector solar. Evite las quemaduras. Vigile los lunares. Y, sobre todo, no se tumbe durante horas bajo una radiación solar intensa con el propósito deliberado de cambiar el color de su piel.

Pese a ello, basta caminar por cualquier playa mediterránea a mediodía para comprobar el éxito limitado de la campaña.

Uno se pregunta si los vuelta y vuelta están desinformados o si, sencillamente, han decidido que las advertencias médicas son una de esas cosas que les suceden a los demás. Probablemente haya un poco de ambas cosas, pero también interviene una poderosa circunstancia cultural: durante el último siglo hemos conseguido convertir una reacción defensiva del organismo en un atributo de belleza. Decimos que alguien «tiene buen color», que está «moreno y saludable» o que «se le nota que ha estado de vacaciones», sin reparar en que ese saludable color tostado es la consecuencia visible de que sus células han detectado una agresión.

Porque eso es exactamente un bronceado, una agresión. La piel humana es un órgano formidable. Constituye nuestra frontera con el exterior, regula la pérdida de agua, participa en el control de la temperatura, alberga receptores sensoriales y mantiene alejados a multitud de microorganismos que estarían encantados de conocernos más íntimamente. Pero tiene además que enfrentarse a un enemigo que llega desde 150 millones de kilómetros de distancia: la radiación solar.

La mayor parte de la radiación ultravioleta que alcanza la superficie terrestre corresponde a los llamados rayos UVA; una fracción menor son UVB. Los UVC, mucho más energéticos, son absorbidos prácticamente por completo por la atmósfera. UVA y UVB penetran de manera diferente en la piel y producen daños mediante mecanismos distintos, aunque ambos pueden contribuir a la carcinogénesis. Los UVB son especialmente eficaces produciendo lesiones directas en el ADN; los UVA penetran más profundamente y generan buena parte de sus efectos mediante moléculas reactivas capaces de dañar proteínas, membranas y material genético.

La piel, naturalmente, no permanece cruzada de brazos. En la parte profunda de la epidermis viven unas células llamadas melanocitos. No son particularmente abundantes —aproximadamente uno por cada varias decenas de queratinocitos (las células más abundantes de la epidermis; producen queratina, una proteína que aporta resistencia y contribuye a formar la barrera protectora de la piel)—, pero poseen prolongaciones con las que distribuyen entre las células vecinas unos pequeños paquetes llamados melanosomas. Dentro de ellos se encuentra la melanina, el pigmento responsable de buena parte de la coloración de nuestra piel, cabello y ojos.

La melanina tiene una propiedad particularmente útil: absorbe radiación ultravioleta y ayuda a disipar su energía antes de que alcance estructuras celulares más delicadas. Los melanosomas transferidos a los queratinocitos llegan incluso a disponerse alrededor y por encima de sus núcleos, formando una especie de diminuto parasol molecular que contribuye a proteger el ADN.

Cuando la radiación ultravioleta daña las células de la epidermis, se ponen en marcha varias respuestas defensivas. Una de ellas acaba estimulando a los melanocitos para que aumenten la producción y distribución de melanina. Durante los días siguientes la piel se oscurece. Nosotros contemplamos satisfechos el resultado en el espejo y pensamos que estamos adquiriendo un magnífico aspecto veraniego. Nuestras células, si pudieran opinar, probablemente describirían la situación de otra manera.

Están intentando que dejemos de hacerles daño. Hay incluso una ironía adicional. El bronceado proporciona cierta protección frente a exposiciones posteriores, pero es sorprendentemente pequeña. Una piel bronceada naturalmente ofrece una defensa equivalente, aproximadamente, a un protector solar de factor muy bajo. Nada que justifique permanecer tumbado durante horas bajo el sol de agosto creyendo que, una vez alcanzado el color adecuado, hemos adquirido una armadura.

Aquí aparece otro personaje indispensable de nuestras playas: el protector solar. Su invención ha sido uno de los grandes avances de la fotoprotección, pero los seres humanos poseemos una notable capacidad para convertir una medida de seguridad en un permiso para asumir más riesgos. Algunas personas se aplican un protector de factor 30 o 50 y parecen interpretar el número como una autorización administrativa para pasar la tarde entera bajo el sol. Es algo parecido a ponerse el cinturón de seguridad y concluir que, gracias a ello, ya podemos conducir a doscientos kilómetros por hora.

Los protectores reducen la cantidad de radiación ultravioleta que llega a la piel cuando se aplican correctamente, en cantidad suficiente y se renuevan cuando corresponde. Pero no convierten el sol en inocuo ni fueron concebidos para prolongar indefinidamente la exposición. Su función es protegernos cuando estamos al aire libre, no ayudarnos a permanecer más tiempo sobre la parrilla.

Todo esto conduce a una paradoja bastante curiosa. Durante millones de años, la evolución perfeccionó mecanismos destinados a defender nuestra piel de la radiación ultravioleta. Nosotros hemos descubierto que uno de esos mecanismos produce un color que nos resulta atractivo y hemos decidido provocar deliberadamente la agresión para obtener la respuesta defensiva.

Tomar el sol para ponerse moreno se parece un poco a golpear repetidamente una puerta para admirar después lo bien que funciona la alarma antirrobo. El problema es que las alarmas biológicas tampoco son perfectas. La mayor parte del daño producido por la radiación se repara. Algunas células demasiado dañadas se suicidan mediante apoptosis y otras son eliminadas. Pero de vez en cuando una lesión escapa a los mecanismos de reparación y queda convertida en una mutación permanente. Habitualmente no ocurre nada. Tenemos millones de células y una extraordinaria maquinaria para mantenerlas bajo control. Sin embargo, basta que determinadas mutaciones aparezcan en determinadas células para que las reglas cambien.

Y entre las células que viven discretamente en nuestra epidermis están precisamente aquellas encargadas de fabricar el pigmento que tanto nos gusta lucir durante el verano: los melanocitos. De ellos puede surgir uno de los tumores más temidos de la piel: el melanoma.

El melanoma no es el cáncer de piel más frecuente. Ese dudoso honor corresponde a los carcinomas basocelulares y epidermoides, tumores muchísimo más comunes que, aunque pueden causar problemas importantes, suelen crecer localmente y rara vez producen metástasis, sobre todo en el caso del basocelular. El melanoma es bastante menos frecuente, pero posee una característica que explica su mala reputación: tiene una capacidad considerable para invadir otros tejidos y diseminarse por el organismo si no se detecta a tiempo.

Su punto de partida son los melanocitos, las mismas células laboriosamente ocupadas fabricando melanina para protegernos del sol. Como cualquier célula, un melanocito contiene genes que regulan cuándo debe dividirse, cuándo debe detenerse y, llegado el caso, cuándo debe morir. Si se acumulan determinadas alteraciones en esos sistemas de control, la célula puede empezar a proliferar por su cuenta. Ha dejado de comportarse como una ciudadana respetable del organismo y comienza una carrera que puede desembocar en un melanoma.

La radiación ultravioleta desempeña un papel fundamental en ese proceso, aunque la relación entre sol y melanoma resulta bastante más interesante que la sencilla ecuación según la cual cuantas más horas de sol acumulemos, mayor será inevitablemente el riesgo. En realidad, los distintos cánceres cutáneos parecen conservar una especie de memoria diferente de nuestra relación con el sol.

El carcinoma epidermoide está estrechamente asociado con la exposición acumulada durante muchos años. Por eso aparece con frecuencia en las zonas que reciben radiación de manera habitual: cara, cuero cabelludo de las personas calvas, orejas, cuello o dorso de las manos. Es, por decirlo así, el cáncer de la factura solar que se ha ido acumulando lentamente.

En el melanoma tiene especial importancia otro patrón: las exposiciones intensas e intermitentes, sobre todo cuando terminan en quemadura. El ejemplo clásico es el de quien pasa gran parte del año trabajando bajo techo y, cuando llegan las vacaciones, se instala de repente durante horas bajo un sol para el que su piel apenas ha tenido oportunidad de adaptarse. El riesgo es particularmente importante cuando esas quemaduras ocurren durante la infancia y la adolescencia.

Eso explica una circunstancia que a primera vista puede resultar desconcertante. Los melanomas no aparecen necesariamente en las partes del cuerpo que reciben más sol todos los días. En los hombres son frecuentes en el tronco, especialmente en la espalda; en las mujeres, una localización habitual son las piernas. También pueden aparecer en lugares poco o nada expuestos al sol y existen melanomas oculares, mucosos o situados bajo las uñas. El sol es el principal factor ambiental modificable, pero no es la única pieza de la historia.

También importa enormemente la persona que recibe la radiación. Quienes tienen la piel clara, se queman con facilidad, poseen numerosos lunares —sobre todo algunos de aspecto atípico— o cuentan con antecedentes familiares de melanoma presentan un riesgo mayor. Hay, además, una predisposición genética que explica por qué dos personas pueden recibir cantidades parecidas de radiación y no pagar necesariamente el mismo precio biológico.

El melanoma plantea, por tanto, una de esas situaciones en las que las estadísticas son inequívocas, pero no permiten predecir el destino individual. Una persona puede haber cometido todas las imprudencias imaginables, haberse quemado repetidamente durante décadas y no desarrollar jamás un melanoma. Otra puede comportarse con mucha mayor prudencia y padecerlo. De ahí procede probablemente una de nuestras trampas psicológicas favoritas: todos conocemos a alguien que tomó el sol durante toda su vida y llegó tan campante a los noventa años. También conocemos fumadores longevos. Nunca ha sido un argumento particularmente bueno para empezar a fumar.

La buena noticia es que el melanoma tiene un pronóstico excelente cuando se descubre pronto y permanece limitado a las capas superficiales de la piel. El problema comienza cuando profundiza, alcanza vasos linfáticos o sanguíneos y algunas de sus células emprenden viaje hacia ganglios u otros órganos. Por eso los dermatólogos insisten tanto en observar las lesiones pigmentadas y prestar atención a cambios de tamaño, forma, color o aspecto. No porque cualquier lunar sea una bomba de relojería —la inmensa mayoría no lo es—, sino porque en este cáncer el tiempo y la profundidad importan extraordinariamente.

Todo ello hace aún más peculiar nuestra afición a tostarnos voluntariamente. Sabemos que la radiación ultravioleta daña el ADN, sabemos que las quemaduras solares aumentan el riesgo y sabemos que una parte importante de esa exposición puede evitarse. Sin embargo, cada verano millones de personas se tumban deliberadamente al sol para conseguir precisamente la señal visible de que su piel ha reaccionado frente a esa radiación.

Pero quizá estamos siendo injustos con los vuelta y vuelta. Para comprender por qué alguien puede conocer el peligro y seguir considerando deseable una piel tostada hay que abandonar por un momento la dermatología y entrar en dos terrenos bastante más extraños: la evolución humana y la moda. Porque hubo un tiempo, no demasiado lejano, en que nadie con aspiraciones sociales quería estar moreno.

Durante la mayor parte de nuestra historia, el color de la piel no tuvo nada que ver con la moda. Fue, ante todo, una adaptación. Cuando nuestros antepasados perdieron buena parte del pelo corporal, una piel intensamente pigmentada proporcionó protección frente a la fuerte radiación ultravioleta de las regiones tropicales. Más tarde, cuando algunas poblaciones humanas emigraron hacia latitudes donde esa radiación era mucho menor, la selección natural favoreció pieles más claras, que facilitaban la producción de vitamina D bajo cielos menos generosos. El resultado fue el extraordinario gradiente de pigmentación que hoy presenta nuestra especie.

Nada de aquello tenía como objetivo estar favorecido en bañador. Durante siglos, de hecho, ocurrió exactamente lo contrario. En Europa, una piel pálida indicaba que su propietario podía permitirse permanecer bajo techo mientras campesinos, pescadores, albañiles y marineros se tostaban trabajando al aire libre. Las damas se protegían con sombrillas y sombreros; las clases acomodadas evitaban cuidadosamente un bronceado que habría resultado socialmente sospechoso.

Pero en el siglo XX las cosas cambiaron. El trabajo fue trasladándose a fábricas y oficinas, llegaron las vacaciones pagadas, se popularizaron los viajes y las playas dejaron de ser lugares donde trabajaban pescadores para convertirse en destinos de ocio. Tener la piel morena empezó a significar que uno disponía de tiempo y dinero suficientes para tumbarse al sol sin hacer absolutamente nada. La antigua marca del trabajador se convirtió en distintivo del veraneante.

La moda hizo el resto. Coco Chanel suele aparecer en esta historia como responsable de popularizar el bronceado entre las clases acomodadas durante los años veinte, aunque atribuir a una sola persona semejante transformación simplifica demasiado las cosas. El cine, las revistas, el turismo y la creciente asociación entre aire libre, deporte, vacaciones y salud hicieron mucho más. En pocas décadas, la palidez perdió prestigio y el color tostado pasó a venderse como prueba visible de vitalidad.

Y así llegamos de nuevo a la playa. Cuando regreso a la caída de la tarde para leer un rato mientras espero la puesta de sol, los vuelta y vuelta continúan ocupados en su peculiar ceremonia. Algunos leen, otros duermen y muchos permanecen simplemente inmóviles. Cada cierto tiempo se incorporan, se untan nuevamente de crema y cambian de postura para que ninguna región del cuerpo quede injustamente privada de radiación.

Quizá no sean ignorantes ni descerebrados. Probablemente sean víctimas de una contradicción que nosotros mismos hemos construido. La biología les proporciona un mecanismo destinado a proteger la piel de una agresión y la cultura les dice que la señal visible de esa defensa resulta atractiva.

Entonces uno de ellos se da la vuelta sobre la toalla y ofrece al sol la parte que todavía conserva demasiado blanca. Vuelta y vuelta.

Como en la parrilla.