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domingo, 29 de marzo de 2026

MI MUY QUERIDO AMIGO AZAÑA

 

Hay libros que llegan con el ruido de una actualidad impostada y otros que lo hacen como una puerta que se abre hacia atrás, hacia un tiempo donde las palabras todavía tenían peso específico y el papel era algo más que un soporte: era un campo de batalla íntimo. Mi muy querido amigo Azaña, cuidadosamente editado por Jesús Cañete Ochoa, pertenece a esta segunda categoría. No es solo un volumen de cartas; es un pequeño archivo sentimental de la inteligencia española, una conversación sostenida durante dos décadas que van de 1918 a 1939, es decir, desde el final de una guerra europea hasta el derrumbe de un país.

Uno abre el libro y tiene la sensación de que alguien ha dejado encendida una lámpara en una habitación antigua. Allí están las voces. No las impostadas de los discursos ni las pulidas de los artículos, sino las verdaderas, las que se deslizan con confianza entre amigos. Y en el centro de esa constelación aparece Manuel Azaña, todavía joven, todavía secretario del Ateneo, todavía sin saber que su destino sería encarnar una de las tragedias más complejas de la historia española.

Entre todas las cartas, hay una que ha llamado la atención con la fuerza de una profecía inquietante. Está fechada en Salamanca, en la víspera de Navidad de 1918, y la firma Miguel de Unamuno. En ella, con esa mezcla de clarividencia y arrebato que le caracterizaba, escribe que Cataluña acabará separándose de España y constituyéndose en un Estado independiente. No lo dice como quien lanza una hipótesis, sino como quien anuncia una evidencia inevitable. Lo curioso no es tanto la predicción —que hoy resuena con ecos contemporáneos— como el tono: una especie de fatalismo histórico, casi bíblico, apoyado en un recorrido por la decadencia española desde los tiempos de Felipe IV.

Azaña tenía entonces 38 años y seguramente leyó aquella carta con el interés que se reserva a los maestros, pero sin sospechar que ese “problema catalán” acabaría siendo uno de los nudos de su propia vida política. En esas líneas ya se adivina, como en un boceto apenas esbozado, la diferencia que más tarde los separaría: Unamuno, inclinado a elevar la cuestión a un plano casi metafísico o internacional; Azaña, empeñado en devolverla al terreno más ingrato y concreto de la política.

Veinte años después, cuando la República ya era una experiencia vivida y no una ilusión, el propio Azaña lamentaría la deriva del nacionalismo catalán con palabras que hoy suenan ásperas: hablaba de desafección, de abusos, de fracasos. No estaba solo en ese diagnóstico. En aquellas décadas, la cuestión territorial no era un asunto marginal ni un capricho ideológico, sino una preocupación compartida por intelectuales y políticos de muy distinto signo. Desde posiciones diversas, todos parecían intuir que España era una realidad difícil de sostener y aún más difícil de reformar.

El libro, sin embargo, no es un tratado sobre el problema catalán, aunque ese tema lo atraviese como un hilo persistente. Es, sobre todo, una galería de retratos en movimiento. Valle-Inclán, con su teatralidad de genio excéntrico; Victoria Kent, firme y lúcida; Juan Ramón Jiménez, siempre a medio camino entre la poesía y la economía doméstica; Antonio Machado, que en una carta de 1922 adjunta un poema y agradece con ironía las cincuenta pesetas que le pagan, como si el dinero fuera una anécdota y no una necesidad.

Hay algo profundamente humano en esos intercambios. Los grandes nombres se vuelven de repente cercanos, casi vulnerables. Hablan de conferencias que no pueden impartir, de colaboraciones periodísticas, de pequeñas miserias económicas, de proyectos que esperan ver la luz. Y en medio de todo eso, Azaña aparece como un eje discreto, un interlocutor constante, alguien que escucha y responde, que teje una red de complicidades intelectuales sin saber que algún día esa red se convertirá en una carga.

A medida que avanzan los años, las cartas cambian de tono. La literatura va cediendo terreno a la política, como si el país mismo obligara a sus escritores a abandonar la metáfora para entrar en la realidad. A partir de 1930, la correspondencia refleja el vértigo de la historia: la llegada de la República, las tensiones internas, las elecciones, las crisis, la guerra. Ya no se trata solo de ideas, sino de decisiones. Ya no se escribe desde la tranquilidad del gabinete, sino desde la urgencia de los acontecimientos.

Y luego llega el silencio del exilio, que no es un silencio completo, sino una forma distinta de hablar. Una de las cartas más conmovedoras es la que envía Santiago Casares Quiroga desde Francia en diciembre de 1939. La guerra civil ha terminado, pero otra guerra acaba de empezar en Europa. Casares describe su vida en Bretaña con una mezcla de melancolía y extraña serenidad: el mar abierto, las rocas, el viento, las gaviotas. Dice que ha recuperado el apetito, que ha engordado, que tiene un aspecto saludable, casi juvenil. Uno no sabe si leer esas líneas como un consuelo o como una forma elegante de ocultar el desarraigo.

Hay en esa carta una imagen que resume todo el libro: un hombre que ha sido varias veces ministro y presidente del Gobierno que vio estallar el golpe de Estado de 1936 que acabó con su carrera, conviviendo con las gaviotas en un rincón del mundo. La historia, que suele presentarse como una sucesión de hechos grandiosos, aparece aquí reducida a su dimensión más íntima: la de quienes la vivieron y la padecieron.

También está la decisión de no marcharse a México, donde tantos exiliados encontraron refugio, sino quedarse en Europa, a las puertas de otra catástrofe. Una decisión que, según cuenta el editor, tuvo que ver con la voluntad de su hija, María Casares, que acabaría convirtiéndose en una gran actriz del cine francés. Es un detalle menor, casi anecdótico, pero introduce una nota de futuro en medio de tanta ruina, como si la vida se empeñara en abrirse camino incluso en las circunstancias más adversas.

El mérito de esta edición no está solo en la selección de las cartas, muchas de ellas inéditas, sino en la capacidad de devolverlas a su contexto sin asfixiarlas con erudición. Cada documento ha sido analizado por especialistas (el propio Cañete edita la carta de Antonio Machado) que aportan claves sin interferir en la lectura, como si supieran que lo importante no es lo que se dice sobre las cartas, sino lo que las cartas dicen por sí mismas.

Detrás de este trabajo hay también una pequeña historia de archivos y rescates: documentos que pasaron de manos privadas a instituciones públicas, que durmieron durante años en carpetas olvidadas y que ahora reaparecen para recordarnos que la memoria no es un lujo, sino una necesidad.

Al cerrar el libro, uno tiene la impresión de haber asistido a una conversación interrumpida. No porque falten palabras, sino porque sabemos cómo termina la historia. Azaña morirá en el exilio, lejos de ese país que intentó comprender y gobernar. Muchos de sus corresponsales correrán una suerte similar o peor. Y sin embargo, en esas cartas no hay solo tragedia. Hay también inteligencia, ironía, afecto, discrepancia. Hay vida.

Quizá por eso este libro importa. Porque nos recuerda que la historia no es una abstracción, sino una suma de voces concretas, de cartas escritas a mano, de pensamientos que buscan a otro pensamiento. Y porque, en medio del ruido contemporáneo, leer esas palabras es como escuchar, por un momento, el latido de un tiempo en el que escribir una carta era una forma de estar y de vivir en el mundo.

EL FALSO BAMBÚ DE JAPÓN Y SU LARGO VIAJE HASTA ALCALÁ DE HENARES

 

En la reciente remodelación de la Plaza de los Cuatro Caños y de la avenida de Guadalajara, se ha plantado con notable profusión el llamado bambú sagrado, Nandina domestica. Es una planta discreta, de esas que no buscan protagonismo inmediato: hojas finas, casi filigranas, tallos esbeltos, florecillas blancas tachonadas de gualda, bayas rojas en invierno. Y, sin embargo, como ocurre con algunas especies bien escogidas, basta seguir el hilo de su nombre para que el paisaje urbano se abra a una historia inesperada, que no tiene tanto que ver con la jardinería como con una pequeña isla artificial en Japón y con uno de los llamados apóstoles de Linneo.

Aquella isla era Dejima, un enclave minúsculo en la bahía de Nagasaki donde, durante el periodo de aislamiento japonés, se concentraba toda la presencia europea. Era poco más que un recinto del tamaño de un campo de fútbol, unido a tierra firme por un estrecho paso vigilado, en el que los funcionarios del shogunato controlaban cada movimiento de los extranjeros. Los europeos —casi exclusivamente empleados de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales— no podían internarse libremente en el país, ni relacionarse sin supervisión con la población local. Japón había decidido cerrar sus fronteras, pero no del todo: Dejima era una rendija, una concesión mínima al comercio y al conocimiento exterior, cuidadosamente contenida.


En ese espacio restringido recaló, en 1775, el botánico sueco Carl Peter Thunberg, uno de los discípulos más notables de Carl Linnaeus, esos “apóstoles” que el maestro enviaba por el mundo para recolectar, describir y nombrar plantas siguiendo el nuevo sistema de nomenclatura binomial. Thunberg llegó a Japón como médico de la compañía neerlandesa, porque no había otra forma de entrar en el país: había que hacerse pasar por holandés. Su vida en Dejima estuvo sujeta a las mismas restricciones que la de cualquier europeo, pero supo aprovechar los márgenes del sistema con una mezcla de tenacidad y oportunismo científico.

La ocasión decisiva llegó cuando logró acompañar a la delegación comercial en uno de sus viajes oficiales hasta la corte del caudillo local, el shogun. No podía apartarse de las rutas establecidas ni explorar libremente el territorio, pero incluso así, recorriendo caminos y márgenes de cultivo, encontró materia suficiente para su trabajo botánico. Fue en esos trayectos donde observó repetidamente un arbusto de aspecto ligero, con pequeñas flores y hojas delicadamente divididas, que los guías japoneses conocían por un nombre derivado del chino: “Nandin”, la “planta del sur”. A su regreso a Europa, Thunberg incorporó esa planta a su obra botánica y formalizó su descripción en latín, adoptando ese mismo nombre para el género: Nandina.

El género Nandina resulta singular por una razón poco frecuente: es monoespecífico. Toda su identidad se concentra en una única especie, Nandina domestica, lo que lo convierte en un linaje aislado dentro de la familia Berberidaceae. El epíteto domestica no alude tanto a una domesticación en sentido agrícola como a su presencia habitual en jardines y entornos habitados en Asia oriental. La etimología completa encierra así un doble origen: por un lado, la adopción de un nombre popular japonés; por otro, la latinización propia de la botánica linneana, que convierte esa voz vernácula en categoría científica.

Nandina domestica: Flores (izquierda y bayas (derecha)

Desde el punto de vista morfológico, Nandina domestica es un arbusto perennifolio o semicaducifolio que puede alcanzar hasta tres metros de altura, aunque en jardinería suele mantenerse más bajo. Presenta un porte erecto, poco ramificado, con tallos lisos que recuerdan superficialmente a los del bambú, una semejanza puramente aparente que explica su nombre común pero no implica parentesco alguno. Sus hojas son uno de sus rasgos más distintivos: grandes, alternas y compuestas, dos o tres veces pinnadas, con foliolos elípticos o lanceolados de margen entero. Este grado de división confiere al follaje una textura ligera, casi aérea, que cambia además de color con la edad y la estación: tonos rojizos en los brotes jóvenes o en el envejecimiento, verdes en la madurez.

La floración se organiza en panículas terminales abiertas, compuestas por numerosas flores pequeñas, hermafroditas, de color blanco o ligeramente rosado. Cada flor presenta varios sépalos dispuestos en espiral y seis pétalos que, tras abrirse, se repliegan hacia atrás, acompañados por seis estambres y un único ovario. Contempladas de una en una no son flores llamativas, pero en conjunto aportan una ligereza acorde con el resto de la planta. Tras la floración se desarrollan los frutos, unas bayas globosas de color rojo brillante, de pocos milímetros de diámetro, que pueden persistir durante meses en la planta y que constituyen uno de sus principales atractivos ornamentales.

Estas bayas, sin embargo, introducen un matiz menos evidente: contienen compuestos como el cianuro de hidrógeno y diversos alcaloides, lo que las hace potencialmente tóxicas para algunos animales livianos, aunque en general no representan un riesgo significativo para los humanos en condiciones normales, salvo que alguien sea tan insensato como para zamparse un kilo. Como en tantas otras plantas ornamentales, la belleza convive con una química defensiva que forma parte de su estrategia evolutiva. Al mismo tiempo, las aves consumen estos frutos sin verse afectadas y actúan como dispersoras de las semillas, asegurando la propagación de la especie.

Nandina domestica: Flores (izquierda y bayas (derecha)

La historia de Nandina domestica es, en definitiva, la de un cruce improbable entre aislamiento y circulación. Por un lado, un país cerrado al exterior, donde los extranjeros apenas podían salir de una isla vigilada; por otro, un botánico que, aprovechando los resquicios del sistema, logró observar, recolectar y nombrar una parte de su flora. Que hoy esta planta crezca con naturalidad en una plaza de Alcalá de Henares es el resultado de esa cadena de acontecimientos: de Dejima, de Thunberg, de la red global de corresponsales de Linneo y de la posterior difusión de especies ornamentales por Europa.

Quizá por eso el bambú sagrado tiene algo de paradoja. Su aspecto ligero, casi doméstico, contrasta con la complejidad de la historia que lleva consigo. No es un bambú, no es especialmente sagrado y, sin embargo, encierra en su nombre y en su presencia la memoria de un mundo en el que conocer una planta implicaba atravesar océanos, negociar permisos y observar con atención los márgenes de los caminos. Hoy basta con plantar un ejemplar en una avenida.

Pero el gesto, aunque parezca sencillo, sigue conectando lugares lejanos: una isla japonesa, un botánico sueco y una plaza castellana donde, sin saberlo, crecen los resultados de aquella expedición.

sábado, 28 de marzo de 2026

UNA ISLA, UN PUENTE Y EL MUNDO: JAPÓN ANTES Y DESPUÉS DE SHŌGUN

 

Vista de Dejima en la bahía de Nagasaki. Biombo por Kawahara Keiga c. 1836

Durante un tiempo, Japón decidió cerrar la puerta. No de golpe ni por capricho, sino tras un periodo de tanteo, de curiosidad y de creciente desconfianza hacia un mundo exterior que llegaba en forma de comerciantes, misioneros y armas de fuego. Ese proceso, que a menudo se resume de manera simplificada como “el aislamiento japonés”, es, en realidad, una historia más matizada, llena de transiciones, tensiones políticas y decisiones estratégicas. Y es precisamente en ese momento de incertidumbre donde se sitúa la acción de la serie Shōgun, una ficción que, con mayor o menor licencia narrativa, recrea el instante en que Japón aún no había decidido del todo si abrirse al mundo o contenerlo.

Para entender ese dilema conviene empezar por una palabra: shōgun. El término designa al “generalísimo”, el jefe militar que, durante largos periodos de la historia japonesa, ejerció el poder efectivo por encima del emperador. El sistema político resultante, el shogunato, no era una monarquía en sentido europeo ni una simple dictadura militar, sino una estructura compleja en la que el emperador conservaba una autoridad simbólica mientras el shōgun gobernaba de facto, apoyado en una red de señores feudales —los daimios— y en una estricta jerarquía social. El más decisivo de estos gobernantes fue Tokugawa Ieyasu, cuya victoria en la batalla de Sekigahara marcó el inicio de un largo periodo de estabilidad política bajo el shogunato Tokugawa.

Pero antes de ese cierre ordenado hubo un tiempo de apertura. A mediados del siglo XVI, Japón entró en contacto con europeos —primero portugueses, luego españoles, más tarde neerlandeses e ingleses— que llegaron atraídos por el comercio y las oportunidades estratégicas en Asia. Trajeron consigo armas de fuego, que los japoneses adoptaron con rapidez, y también el cristianismo, difundido por misioneros como Francisco Javier. Durante varias décadas, la presencia europea fue tolerada e incluso aprovechada por algunos daimios, que veían en esos contactos una vía para reforzar su poder.

Sin embargo, esa relación comenzó a inquietar a las autoridades japonesas. El cristianismo no era solo una religión, sino también una posible vía de influencia política extranjera. Las potencias ibéricas no eran meros socios comerciales: eran imperios que habían colonizado vastos territorios en América y Asia. Japón observaba lo ocurrido en Filipinas y entendía que la evangelización podía ser el preludio de la dominación. A medida que el poder se concentraba en manos de líderes como Tokugawa Ieyasu y sus sucesores, la percepción del riesgo aumentó.

Es en ese punto donde la ficción de Shōgun se vuelve especialmente interesante. El personaje de John Blackthorne, inspirado en el navegante inglés William Adams, encarna ese momento de contacto todavía abierto, en el que un europeo podía integrarse —aunque fuera de forma excepcional— en las estructuras de poder japonesas. La serie muestra un país en tensión, donde las distintas facciones evalúan qué hacer con esos recién llegados: si aprovechar su conocimiento o expulsarlos antes de que sea demasiado tarde.

La decisión final fue progresiva, pero contundente. A lo largo del siglo XVII, el shogunato Tokugawa implantó una serie de medidas que culminaron en el sistema conocido como sakoku, literalmente “país cerrado”. Se prohibió a los japoneses salir al extranjero, se restringió la entrada de extranjeros y se expulsó a los misioneros cristianos. El comercio no desapareció, pero quedó severamente controlado. Japón no se aisló completamente del mundo, pero redujo sus contactos a un mínimo cuidadosamente regulado.

Ese mínimo se materializó en un lugar concreto: Dejima, una pequeña isla artificial en la bahía de Nagasaki que se convirtió en el único punto de contacto oficial entre Japón y Europa. Allí se confinó a los comerciantes extranjeros, principalmente neerlandeses, bajo la supervisión de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Dejima no era un puerto abierto ni una colonia, sino un espacio controlado hasta el extremo: un puente la conectaba con tierra firme, y ese puente era, en la práctica, una frontera vigilada.

Los europeos que vivían en Dejima no podían moverse libremente por Japón. Sus actividades estaban reguladas, sus contactos limitados, sus movimientos registrados. Era una presencia tolerada, pero contenida, como si el país hubiera decidido mantener una conversación con el exterior sin permitirle entrar en casa. Y, sin embargo, esa pequeña rendija bastó para que circularan ideas, conocimientos y objetos. A través de los neerlandeses se desarrolló el rangaku, o “estudios holandeses”, que permitió a los japoneses acceder a saberes occidentales en campos como la medicina, la astronomía o la cartografía.

Visto desde hoy, el aislamiento japonés no fue tanto un cierre absoluto como una forma sofisticada de control. Japón seleccionó qué quería del exterior y en qué condiciones. Rechazó la influencia religiosa y política, pero mantuvo el intercambio comercial y científico en una escala que podía gestionar. Fue, en cierto modo, una estrategia de soberanía frente a un mundo en expansión.

La serie Shōgun captura el instante previo a esa decisión, cuando todo estaba aún en juego. En sus intrigas políticas, en sus diálogos tensos, en la mirada recelosa hacia los extranjeros, se percibe el proceso por el cual Japón pasó de la curiosidad al cálculo y del cálculo al cierre. Lo que en la ficción aparece como conflicto dramático fue, en la historia, una transformación profunda del país y de su relación con el mundo.

Quizá por eso la imagen de Dejima resulta tan poderosa. Una isla artificial, construida para contener el contacto, resume mejor que cualquier tratado la lógica del sakoku. No es una muralla que separa por completo, sino un filtro que deja pasar lo necesario y detiene lo demás. Y es también el escenario donde algunos europeos —como el botánico sueco que describió Nandina domestica— lograron, de manera excepcional, asomarse a un país que había decidido observar el mundo desde la distancia.

Entre la apertura inicial y el aislamiento posterior hay, en definitiva, una historia de decisiones políticas tomadas en un momento crítico. Shōgun la dramatiza; la historia la confirma. Y en medio de ambas queda esa imagen persistente: un puente estrecho que conecta una isla con tierra firme, vigilado en ambos extremos, por el que solo pasa lo que Japón, en cada momento, decide dejar pasar.

UN AUSTRALIANO OCULTO EN LA CALLE GIL DE ANDRADE

Oculto en un jardín vecinal entre los números 1 y 3 de la calle Gil de Andrade crece uno de los árboles singulares de Alcalá de Henares. Este árbol australiano merecería un atento cuidado por las autoridades municipales.

Hay árboles que se dejan entender de un vistazo y otros que parecen jugar a despistar. Brachychiton populneus pertenece claramente al segundo grupo. A cierta distancia, su silueta no llama especialmente la atención: copa amplia, tronco recto, un aire funcional, casi anodino. Pero basta acercarse un poco, mirar con algo de paciencia, para descubrir que en ese mismo árbol conviven hojas distintas, como si dos especies hubieran decidido compartir cuerpo. Unas son simples, enteras, de contorno ovalado o lanceolado; otras, en cambio, se abren en lóbulos, a veces tres, a veces cinco, con una geometría que recuerda vagamente a una mano extendida. No es una anomalía ni una rareza puntual, sino una estrategia: dimorfismo foliar, o, en términos más precisos, heterofilia.

Este juego de formas es solo la puerta de entrada a una historia natural más amplia, la del género Brachychiton, un grupo de árboles casi exclusivamente australianos que pertenecen hoy a la familia Malvaceae, aunque durante mucho tiempo ocuparon una familia propia, Sterculiaceae, que compartían con el cacao. Como suele ocurrir con estos cambios taxonómicos, no se trata de una simple reorganización de nombres, sino de una manera distinta de entender los parentescos. Brachychiton se mueve en una zona intermedia, tanto en su clasificación como en su biología: ni plenamente tropical ni estrictamente xerófilo, ni completamente convencional en su forma ni del todo extravagante. Es un género que parece adaptado a la incertidumbre.

El nombre Brachychiton procede del griego: brachys, que significa “corto”, y chiton, “túnica” o “vestidura”. La referencia no está en el porte del árbol ni en sus hojas, sino en algo mucho más discreto: la cubierta de las semillas, envueltas en una especie de arilo o vello que actúa como protección. Es una etimología típica de la botánica clásica, donde lo esencial no siempre coincide con lo visible. En el caso de la especie que nos ocupa, populneus, el epíteto latino significa literalmente “semejante a un álamo”, en alusión a esas hojas simples que, en determinadas fases, recuerdan a las del género Populus. La ironía es que esa semejanza es solo parcial y, sobre todo, inconstante: el propio árbol se encarga de desmentirla produciendo, en otras ramas o en otros momentos, hojas completamente distintas.

El género Brachychiton comprende unas treinta especies, la mayoría endémicas de Australia, con alguna extensión hacia Nueva Guinea. Es un producto claro de la historia evolutiva de ese continente, marcado por un prolongado aislamiento y por condiciones ambientales exigentes: suelos antiguos y pobres en nutrientes, lluvias irregulares, estaciones secas prolongadas y una recurrencia notable de incendios. En ese escenario, los árboles no pueden permitirse estrategias basadas en la abundancia constante; deben, más bien, ser capaces de resistir, almacenar, esperar.

El árbol botella australiano Brachychiton rupestris. Foto

Algunas especies del género lo hacen de manera espectacular. Brachychiton rupestris, por ejemplo, desarrolla troncos abombados que funcionan como auténticos depósitos de agua, lo que le ha valido el nombre común de “árbol botella”. Es una forma de suculencia leñosa, una solución convergente con la de ciertas plantas africanas o americanas, que permite atravesar periodos de sequía almacenando reservas durante las épocas favorables. Otras especies, como Brachychiton acerifolius, optan por una estrategia distinta: una floración explosiva, de un rojo intenso, que transforma el árbol en una llamarada visible desde lejos, atrayendo a aves polinizadoras en momentos clave del año. Entre estos extremos se sitúa Brachychiton populneus, menos espectacular en apariencia, pero extraordinariamente versátil.

Su área de distribución abarca amplias zonas del este y el interior de Australia, donde crece tanto en bosques abiertos como en sabanas arboladas e incluso en paisajes más secos. Esta amplitud ecológica ya sugiere una notable capacidad de adaptación, y es ahí donde el dimorfismo foliar adquiere sentido. Las hojas simples, enteras, suelen aparecer en ramas adultas o en condiciones más estables y secas. Son más coriáceas, con menor superficie relativa, y probablemente más eficientes a la hora de reducir la pérdida de agua por transpiración. Las hojas lobuladas, en cambio, son más frecuentes en brotes juveniles o en periodos de crecimiento activo, cuando el agua no es un recurso tan limitante. Su mayor superficie y su forma recortada pueden facilitar la captación de luz y la disipación del calor, optimizando la fotosíntesis en condiciones favorables.

Este tipo de heterofilia no es exclusivo de Brachychiton populneus, pero en él resulta especialmente evidente y funcional. No se trata solo de una transición entre hojas juveniles y adultas, sino de una respuesta plástica a las condiciones del entorno. El árbol no está “programado” para producir un único tipo de hoja, sino que dispone de un repertorio y lo utiliza según convenga. Es, en cierto modo, una estrategia de flexibilidad: en un clima impredecible, donde las lluvias pueden variar de un año a otro, la capacidad de ajustar la morfología foliar puede marcar la diferencia entre crecer y sobrevivir a duras penas.

Aspectos botánicos de B. populneus. 1: flores. 2: hojas trifoliadas basales. 3: hojas superiores rombiformes; en algunas de ellas se aprecia un vestigio de trifoliación. 4: grupo de frutos. 5: detalle del fruto, un folículo abierto que muestra las semillas en su interior. 5: grupo de semillas con su característica pilosidad basal.

La historia natural de Brachychiton populneus no se agota, sin embargo, en sus adaptaciones fisiológicas. Como ocurre con muchas plantas australianas, su relación con los seres humanos —en este caso, con los pueblos aborígenes— es antigua y significativa. El kurrajong, como se lo conoce comúnmente, ha sido utilizado tradicionalmente por sus semillas, que pueden consumirse tras un procesado adecuado para eliminar sustancias potencialmente tóxicas, y por su corteza fibrosa, útil para fabricar cuerdas y otros utensilios. Incluso sus raíces jóvenes, ricas en agua, han sido empleadas como recurso en situaciones de escasez. Este conjunto de usos subraya una idea recurrente en la historia natural: que las adaptaciones de una especie no solo la insertan en un ecosistema, sino también en una red cultural.

Desde el punto de vista botánico, el género Brachychiton presenta flores relativamente simples, a menudo sin pétalos diferenciados, con un cáliz que asume funciones atractivas. Este rasgo, heredado de la antigua Sterculiaceae, puede interpretarse como una solución menos especializada que la de otros grupos de angiospermas, aunque no por ello menos eficaz. En el caso de Brachychiton populneus, las flores son discretas, de tonos verdosos o crema, sin la espectacularidad de otras especies del género. Es una estrategia coherente con su ecología: no necesita grandes despliegues para atraer polinizadores en entornos donde la competencia floral puede ser menor.

En las últimas décadas, Brachychiton populneus ha salido de Australia y se ha incorporado, con cierta timidez, a la jardinería de regiones mediterráneas y subtropicales. Su resistencia a la sequía, su tolerancia a suelos pobres y su capacidad para soportar condiciones urbanas lo convierten en un candidato interesante para el arbolado de calles y parques. Sin embargo, su aspecto relativamente discreto juega en su contra frente a especies más vistosas. Quizá sea un árbol que exige una mirada más atenta, menos inmediata, para ser apreciado.

Y es ahí donde vuelve a cobrar sentido su dimorfismo foliar. En un mundo donde tendemos a clasificar y simplificar, Brachychiton populneus introduce una pequeña dosis de ambigüedad. Nos obliga a mirar dos veces, a aceptar que una misma entidad puede adoptar formas distintas sin dejar de ser la misma. No es una extravagancia gratuita, sino el reflejo de una estrategia evolutiva afinada durante millones de años en un continente exigente. 

Al final, ese árbol que parece anodino desde lejos resulta ser cualquier cosa menos simple. Bajo su copa conviven soluciones distintas a un mismo problema, decisiones morfológicas que responden a cambios en el clima, en la edad del individuo, en la disponibilidad de recursos. Es, en cierto modo, un recordatorio de que la naturaleza rara vez apuesta por una única respuesta. Y de que, a veces, la mejor manera de sobrevivir no es elegir una forma, sino conservar la capacidad de cambiarlas. 

viernes, 27 de marzo de 2026

ONCE IRANÍES EN LA PLAZA DE CUATRO CAÑOS

 

Hay algo discretamente revolucionario en los árboles nuevos. No hacen ruido ni inauguran nada, pero cambian el paisaje con una paciencia que ningún urbanista puede igualar. En la recién remodelada plaza de los Cuatro Caños han plantado once ejemplares de Parrotia persica. Once iraníes, podría decirse, instalados en el corazón de una ciudad castellana poco acostumbrada a este tipo de presencias. 

No es una elección habitual: el arbolado urbano español se repite con cierta monotonía —plátanos, tilos, acacias— y solo de vez en cuando se cuela alguna rareza bien escogida. Esta lo es, y mucho. Porque la parrotia no es solo un árbol ornamental de otoño brillante, sino un superviviente de una historia mucho más longeva y ancestral que cualquier plaza.

El nombre del género, Parrotia, tiene una etimología que encierra ya una pequeña historia científica: fue dedicado al naturalista alemán Friedrich Parrot, viajero y explorador del Cáucaso en el siglo XIX, una figura que encarna bien esa tradición de botánicos que no solo clasificaban plantas, sino que recorrían territorios exóticos y peligrosos en una insaciable búsqueda de plantas en las que perpetuar su propio nombre asociado a ellas. La especie persica, por su parte, remite a Persia, es decir, al territorio de la actual Irán, donde el árbol encuentra su hogar natural. Ese origen no es un simple dato geográfico: es la clave de todo lo demás.

El género Parrotia, encuadrado en la familia Hamamelidaceae, es extraordinariamente pequeño y, en cierto modo, solitario. Solo cuenta con dos especies vivas: la ya mencionada P. persica, en el suroeste de Asia, y Parrotia subaequalis, en el este de China. Entre ambas se abre una distancia de miles de kilómetros que hoy parece inexplicable, pero que en realidad es el vestigio de un mundo desaparecido.

Durante el Terciario, amplias zonas del hemisferio norte estaban cubiertas por bosques templados húmedos que se extendían de manera casi continua desde Europa hasta Asia oriental. En ese escenario, los antepasados de Parrotia no estaban aislados, sino integrados en un vasto corredor forestal. El enfriamiento global y las glaciaciones fragmentaron ese tapiz vegetal, reduciéndolo a refugios dispersos. Lo que vemos hoy —Irán por un lado, China por otro— es el resultado de esa ruptura, un ejemplo clásico de disyunción paleogeográfica que fascinó ya en el siglo XIX a naturalistas como Darwin o Wallace.

El Imperio aqueménida hacia el 500 a. de C. Se muestra la división en satrapías en tiempos de Darío I. La satrapía de Hircania estaba situada inmediatamente al sur del Caspio.

Si Parrotia ha sobrevivido en Irán no es por casualidad, sino gracias a un enclave muy particular: una región en la franja meridional del mar Caspio, en los dominios de la antigua satrapía de Hircania. Allí, en las provincias de Gilan, Mazandarán y Golestán, el paisaje contradice todos los estereotipos asociados al país. Frente al interior árido y continental, Hircania es una banda verde, húmeda, casi exuberante, donde las precipitaciones son abundantes y el clima tiene rasgos casi subtropicales.

Los actuales bosques hircánicos con parrotias funcionan como auténticos refugios terciarios, es decir, como lugares donde las condiciones ambientales han cambiado menos que en las regiones circundantes, permitiendo la persistencia de linajes antiguos. En ese contexto, P. persica forma parte de comunidades forestales complejas junto a hayas, robles y otros caducifolios, integrada en un ecosistema que es, en sí mismo, un archivo viviente del pasado.

Desde el punto de vista botánico, la parrotia conserva rasgos que refuerzan esa impresión de antigüedad. Como otros miembros de las Hamamelidaceae, presenta flores sin pétalos, discretas, en las que destacan únicamente los estambres rojizos que aparecen a finales del invierno, antes de la foliación. Este tipo de estructura floral, relativamente simple, se interpreta a menudo como un carácter primitivo dentro de las plantas con flores leñosas. 

No hay aquí grandes estrategias de seducción visual, sino un equilibrio entre polinización por viento y por insectos que recuerda a estadios evolutivos tempranos. A ello se suma una madera extraordinariamente densa —de ahí el nombre de “árbol del hierro” con el que se acostumbra a denominarlos— que sugiere una estrategia de crecimiento lenta y resistente, más orientada a la permanencia que a la conquista rápida del espacio.

Aspectos botánicos de Parrotia persica. 1: porte general de un árbol maduro. 2: hojas durante la primavera (el aspecto otoñal en la fotografía del encabezamiento). 3: flores masculinas. 4: flores femeninas maduras en estado de formación de los frutos.
Y, sin embargo, nada en la parrotia resulta arcaico cuando llega el otoño. Es entonces cuando el árbol despliega uno de los espectáculos cromáticos más notables del mundo templado: amarillos, naranjas, rojos intensos y púrpuras pueden coexistir en una misma copa, como si cada hoja siguiera su propio calendario. A esa riqueza se añade la corteza, que se exfolia en placas irregulares dejando ver tonos diversos, lo que confiere al tronco un aspecto cambiante incluso en invierno. Son estas cualidades las que explican su creciente uso en jardinería, aunque sigue siendo, por ahora, un árbol poco frecuente en el viario urbano español.

Quizá por eso los once ejemplares plantados en los Cuatro Caños tienen algo de promesa. No solo embellecerán la plaza con el paso de los años, sino que introducirán en el paisaje cotidiano una historia que se remonta a millones de años, a bosques que unían continentes y a climas que ya no existen. Son, en cierto modo, fragmentos de Hircania trasladados a Alcalá, pequeñas cápsulas de tiempo enraizadas en el presente. Y aunque quienes pasen cerca de ellos no conozcan su nombre ni su origen, esos árboles seguirán haciendo lo que han hecho siempre: resistir, crecer lentamente y, llegado el otoño, recordar con sus hojas encendidas que el pasado nunca desaparece del todo.

sábado, 21 de marzo de 2026

UN ÁRBOL SOSPECHOSO POR LAS CALLES DE ALCALÁ

 

Ejemplares de Pyrus calleryana "Chanticleer" recién plantados en los nuevos alcorques de la remodelada plaza de las Siete Esquinas

Hay decisiones urbanísticas que uno acepta con resignación —la desaparición de una panadería decente, por ejemplo— y otras que, sin previo aviso, le obligan a replantearse su relación con el aire que respira. En el centro de Alcalá, el Ayuntamiento ha optado por lo segundo. En un loable intento de embellecer la ciudad, ha plantado unos árboles encantadores, de esos que en los catálogos de jardinería aparecen fotografiados con luz dorada y familias felices paseando debajo. Se trata de un peral ornamental conocido en ambientes científicos como Pyrus calleryana, un nombre que suena a compositor barroco pero que, en la práctica, tiene bastante más que ver con el desconcierto ciudadano que con la música.

El árbol, hay que reconocerlo, es una preciosidad. En primavera estalla en una nube de flores blancas que parecen recién lavadas y planchadas por un ángel particularmente meticuloso. Es pequeño, ordenado, resistente y, en teoría, perfecto para la vida urbana. Llegó a Europa en el siglo XIX, cortesía de Joseph-Marie Callery, un jesuita francés con nombre de personaje secundario en novela decimonónica, que fue el primero que en el siglo XIX envió ejemplares a Europa desde Asia, y desde entonces ha hecho carrera como árbol decorativo ejemplar. Incluso tuvo un pasado respetable como patrón para injertar perales comestibles. Todo en su currículum es impecable… salvo un pequeño detalle que, por alguna razón, no suele incluirse en los folletos publicitarios de los viveros.

Huele.

Y no de esa manera vaga y poética con la que solemos hablar de los jardines en primavera. No es el tipo de olor que uno describiría como “floral” o “embriagador” sin exponerse a una intervención familiar. Es, más bien, un olor que divide a la población en dos grandes grupos: los que creen que huele a semen y los que están convencidos de que huele a pescado podrido. Hay también un tercer grupo, reducido pero feliz, formado por quienes —como yo— perdieron parte del olfato tras la COVID y ahora observan el debate con la misma serenidad con la que se contempla una discusión sobre vinos caros: con respeto, pero desde una cómoda ignorancia.

La cuestión no es baladí. Pasear por el casco histórico se ha convertido en una especie de experimento sociológico. Los vecinos se acercan, bajan la voz como si fueran a revelar un secreto de Estado y preguntan: “¿Usted también lo nota?”. A partir de ahí, la conversación deriva inevitablemente hacia descripciones que uno no esperaba escuchar a plena luz del día y, desde luego, no junto a un árbol que parece salido de un anuncio de colonia.

Lo fascinante es que todo esto tiene una explicación perfectamente razonable, lo cual demuestra, una vez más, que la naturaleza es mucho menos delicada de lo que solemos imaginar. El peral de Callery no huele así por capricho ni por una maldad botánica innata. Lo hace porque necesita atraer polinizadores, y no todos los insectos son tan refinados como las abejas. Algunos, como ciertas moscas y escarabajos, sienten una profunda afinidad por los aromas que nosotros asociamos con la descomposición, el vómito o, en efecto, el semen. Para ellos, ese perfume es una invitación irresistible, algo así como un cartel luminoso que dice “buffet libre”.

El secreto está en las aminas volátiles, unas moléculas que, explicadas de forma sencilla, son parientes cercanas del amoníaco. Estas sustancias aparecen en contextos que rara vez inspiran poesía: materia en descomposición, fluidos corporales y, en general, cualquier cosa que uno preferiría no analizar demasiado. El árbol las produce con la misma naturalidad con la que nosotros producimos sudor, y el resultado es ese aroma inconfundible que ha dado lugar a todo tipo de apodos, algunos de ellos francamente difíciles de repetir en público sin un mínimo de rubor.

Pero la historia no termina ahí, porque el olfato humano es un instrumento extraordinariamente caprichoso. No olemos sustancias puras, sino cócteles complejos de compuestos que nuestro cerebro interpreta con una mezcla de biología y experiencia personal. Es decir, no solo olemos: recordamos, asociamos, juzgamos. Para algunos, ese aroma evocará algo concreto y desagradable; para otros, algo distinto, pero igualmente poco apetecible. Y luego están los que, por alguna razón cultural o incluso sentimental, pueden encontrarle un matiz casi tolerable, del mismo modo que hay quien disfruta del olor de ciertos quesos que, objetivamente, parecen haber pasado por una experiencia traumática.

La culpa, en gran medida, la tienen las rutas que sigue la información olfativa en nuestro cerebro. A diferencia de otros sentidos, el olfato tiene una línea directa con regiones implicadas en la memoria y las emociones, como el hipocampo y la amígdala. Por eso un simple olor puede transportarnos a la infancia o provocarnos un rechazo instantáneo. Es un sistema primitivo, eficaz y, en ocasiones, cruelmente sincero. Si algo huele a peligro —o a comida en mal estado— nuestro cerebro no se detiene a debatirlo: simplemente activa la alarma.

Y aquí es donde la historia del peral ornamental se cruza con una pregunta incómoda: ¿deberíamos seguir plantándolo? Desde un punto de vista estrictamente botánico, el árbol tiene más sombras que luces. No solo es una especie invasora en muchos lugares, capaz de escapar del cultivo y colonizar cunetas y campos con entusiasmo poco civilizado, sino que además aporta este inesperado componente olfativo que, siendo honestos, no mejora precisamente la experiencia urbana.

La planificación del arbolado en una ciudad es un asunto mucho más complejo de lo que parece. No se trata solo de elegir algo bonito y resistente, sino de encontrar un equilibrio entre funcionalidad, ecología y convivencia humana. Los árboles deben dar sombra, amortiguar el viento, contribuir a la biodiversidad y, a ser posible, no provocar debates incómodos entre desconocidos en plena calle. También hay que tener en cuenta el espacio disponible, las infraestructuras subterráneas y ese concepto fascinante llamado microclima, que puede convertir una esquina soleada en una trampa de sombra perpetua.

Luego están los detalles más sutiles, esos que no siempre aparecen en los informes técnicos pero que acaban teniendo una importancia decisiva. Las alergias, por ejemplo, han ganado protagonismo en los últimos años, y con razón. También se consideran factores como la presencia de espinas o la caída de frutos, que pueden convertir un paseo tranquilo en una experiencia ligeramente peligrosa. Y, aunque parezca increíble, el olor no siempre figura entre los criterios principales, pese a que algunas ciudades han demostrado que puede ser un elemento decisivo. Valencia y muchas localidades andaluzas, por ejemplo, han apostado por naranjos que perfuman las calles de una forma mucho más conciliadora.

Por supuesto, el peral de Callery no es el peor de los casos. Existe toda una categoría de árboles urbanos que parecen diseñados para poner a prueba nuestra paciencia. El ailanto, sin ir más lejos, no solo desprende un olor discutible, sino que además puede causar irritaciones cutáneas y tiene la inquietante capacidad de dificultar el crecimiento de otras plantas a su alrededor, como si fuera un vecino particularmente hostil.

En comparación, nuestro peral protagonista es casi entrañable. Un poco incómodo, sí, pero con buenas intenciones. Como ese invitado que llega a una cena con entusiasmo desbordante y un perfume imposible, y al que nadie se atreve a decir nada porque, en el fondo, cae bien.

Quizá esa sea la lección final de esta historia: que la naturaleza, incluso cuando se cuela en la ciudad con las mejores credenciales, no siempre encaja en nuestras expectativas de orden y armonía. A veces trae consigo recordatorios bastante explícitos de su lado más pragmático, ese en el que la supervivencia importa más que la estética y donde el perfume ideal no es el que agrada a los humanos, sino el que atrae a una mosca con criterio discutible.

Mientras tanto, en Alcalá, la primavera ha llegado con toda su belleza… y con un ligero matiz que invitará a algunos a caminar un poco más deprisa.

LA ISLA QUE SE APAGA: CUBA EN LA ERA DE LA PRESIÓN TOTAL

 

Cuba vuelve a asomarse a ese precipicio que en la isla no necesita traducción: el de las crisis que lo abarcan todo. No son solo la economía o la política. Es algo más denso, más atmosférico. Una sensación que se cuela en las casas cuando se apaga la luz, en los hospitales cuando falta combustible, en los aeropuertos cuando los vuelos dejan de llegar. Esta vez, el golpe no ha venido de dentro, ni siquiera directamente de Washington. Ha llegado desde Caracas, pero ha terminado golpeando en La Habana.

La captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero ha desencadenado una reacción en cadena que ha dejado a Cuba expuesta como pocas veces desde el final de la Guerra Fría. Durante años, la alianza entre ambos países fue mucho más que una afinidad ideológica: era un sistema de supervivencia. Venezuela enviaba petróleo; Cuba ofrecía médicos, inteligencia y apoyo político. Un intercambio desigual pero funcional. Ahora, ese engranaje se ha roto de forma abrupta.

Sin el crudo venezolano subvencionado, la economía cubana ha quedado suspendida en el aire. No hay sustituto inmediato, ni red de seguridad. Lo que durante décadas fue un flujo constante de energía se ha evaporado en cuestión de días. Y en una isla donde todo —desde el transporte hasta la producción de alimentos y la atención hospitalaria— depende del combustible, la ausencia se convierte rápidamente en parálisis.

En ese vacío ha entrado Estados Unidos con una rapidez que sugiere planificación más que improvisación. La Administración de Donald Trump ha decidido aprovechar el momento. Desde principios de enero, Washington ha desplegado una estrategia de presión que combina sanciones energéticas, amenazas comerciales y aislamiento financiero. El objetivo es claro: cerrar cualquier vía alternativa de suministro.

El mensaje ha sido directo. Cualquier país que intente abastecer de combustible a Cuba se expone a aranceles o represalias económicas. El efecto ha sido inmediato y, en algunos sectores, devastador. Varias aerolíneas internacionales han suspendido sus rutas hacia la isla tras recibir advertencias de que no podrían repostar en aeropuertos cubanos. Entre ellas, compañías de mercados clave como Canadá o Rusia, pilares del turismo que todavía sostenía parte de la entrada de divisas.

La consecuencia no es solo la reducción de vuelos. Es el estrangulamiento progresivo de uno de los últimos sectores funcionales de la economía cubana. Menos turistas significa menos ingresos, menos divisas, menos capacidad de importar alimentos o medicinas. Es una cadena que se retroalimenta y que, en cuestión de semanas, puede acelerar el deterioro general.

En medio de esa presión creciente, Trump ha ido un paso más allá en el terreno retórico. Esta semana, en una declaración que ha resonado tanto en Washington como en La Habana, afirmó: «Creo que tendré… el honor de tomar Cuba. Ya sea liberarla, tomarla —podré hacer lo que quiera con ella—. Es una nación muy debilitada en este momento». No es solo una frase provocadora. Es una señal política.

Porque, más allá del lenguaje hiperbólico, lo que subyace es una hipótesis estratégica: que Cuba, en su estado actual de vulnerabilidad, podría ser empujada hacia un punto de ruptura. No mediante una intervención militar —al menos no en los términos clásicos—, sino a través de una asfixia económica sostenida que desestabilice el sistema desde dentro.

En esa arquitectura de presión, el papel de Marco Rubio resulta central. Hijo de inmigrantes cubanos y figura clave en la política hacia América Latina, Rubio lleva años defendiendo una línea dura contra el régimen de La Habana. Su diagnóstico es claro y repetido: el problema de Cuba no es externo, sino interno. Es, en sus palabras, «el instinto del régimen por el control total.

Dentro de la Administración Trump, esa visión justifica una estrategia que descarta concesiones y apuesta por el desgaste. Según Rubio, las autoridades cubanas «preferirían estar a cargo de un país moribundo antes que permitirle prosperar». La frase, más allá de su carga ideológica, resume el enfoque de Washington: no hay espacio para una salida negociada si no implica cambios estructurales en el sistema político cubano.

Mientras tanto, la realidad en la isla se mide en indicadores mucho más inmediatos. Esta semana, Cuba ha sufrido un apagón nacional de treinta horas consecutivas, el sexto en apenas dieciocho meses. No se trata de cortes puntuales, sino de fallos sistémicos que afectan a todo el país. Hospitales funcionando con generadores, transporte público prácticamente detenido, universidades trasladando sus clases a formatos improvisados en línea.

Por su parte, el peso cubano sigue cayendo en el mercado informal, reflejo de una economía que se desliza hacia la dolarización de facto sin tener acceso real a dólares. La inflación erosiona los salarios, y la escasez de productos básicos —desde alimentos hasta medicamentos— se ha convertido en un elemento estructural de la vida cotidiana.

En los círculos diplomáticos en La Habana, el lenguaje también ha cambiado. Ya no se habla solo de dificultades, sino de escenarios de contingencia. Embajadas que revisan planes de evacuación, organismos internacionales que calculan reservas de emergencia, informes que advierten de un posible colapso logístico en cuestión de semanas si no se restablece el suministro de combustible.

El Gobierno cubano, encabezado por Miguel Díaz-Canel, mantiene públicamente una posición de resistencia. Ha rechazado cualquier idea de rendición y ha reiterado su disposición a dialogar con Estados Unidos, aunque «sin presiones ni condiciones previas». Es una fórmula conocida, utilizada en otras crisis, pero que ahora suena más frágil que nunca.

Porque el contexto internacional ha cambiado de forma significativa. En los años noventa, tras el colapso de la Unión Soviética, Cuba logró sobrevivir a lo que denominó “Periodo Especial” gracias, en parte, a una combinación de reformas internas y nuevos apoyos externos. Hoy, ese margen no existe. Ni Rusia ni China han mostrado intención de intervenir de manera decisiva en el plano energético. Su respaldo es, por ahora, más retórico que material.

En América Latina, la respuesta ha sido igualmente limitada. Los gobiernos de izquierda, tradicionalmente cercanos a La Habana, han optado por una cautela que roza la pasividad. La única excepción parcial ha sido México, donde la presidenta Claudia Sheinbaum ha ofrecido ayuda humanitaria, aunque cuidadosamente calibrada para evitar una confrontación directa con Washington. En términos prácticos, no es suficiente para sostener el sistema energético cubano.

En este escenario, la sensación que se extiende entre diplomáticos y analistas es que Estados Unidos está probando una hipótesis arriesgada: que la presión económica, llevada al extremo, puede desencadenar un cambio interno en Cuba. No necesariamente inmediato, ni necesariamente ordenado, pero sí suficiente para alterar el equilibrio político de la isla.

Es una apuesta que entraña riesgos. La historia reciente muestra que las crisis profundas no siempre conducen a transiciones democráticas. A veces generan mayor control, mayor represión o simplemente un deterioro prolongado sin desenlace claro.

Por ahora, Cuba avanza hacia ese terreno incierto. Sus dirigentes apelan a la resistencia, su población se prepara para una escasez que ya no parece temporal y su futuro inmediato depende, en gran medida, de decisiones tomadas fuera de sus fronteras. En Washington, en Caracas, en capitales donde la isla es más un tablero geopolítico que un país de once millones de personas.

Y, mientras tanto, en La Habana, la luz sigue apagándose.