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jueves, 8 de octubre de 2026

LO QUE CUENTAN LOS CABELLOS DE LOS MUERTOS

 

Dos cabezas trofeo del período Nazca Temprano. Fuente

Un cabello es una cosa bastante insignificante mientras está en nuestra cabeza. Se cae en la almohada, atasca el desagüe de la ducha y aparece misteriosamente en lugares donde juraríamos que jamás hemos estado. Pero si consigue sobrevivir durante mil quinientos o dos mil años en el desierto peruano puede convertirse en algo mucho más interesante: una especie de diario químico.

Eso es precisamente lo que ha aprovechado un equipo dirigido por la arqueóloga Dagmara M. Socha para averiguar qué consumían algunos habitantes del antiguo Perú antes de morir. Y entre los muertos había cuatro individuos que presentaban una peculiaridad difícil de pasar por alto: de ellos solo quedaba la cabeza.

Eran las llamadas cabezas-trofeo de la cultura Nazca, una de las manifestaciones más inquietantes de las sociedades que habitaron la costa meridional del Perú mucho antes de los incas. Los nazca son universalmente conocidos por esas gigantescas figuras trazadas sobre el desierto que solo adquieren pleno sentido cuando se contemplan desde cierta altura. Pero su mundo religioso incluía también sacrificios, decapitaciones rituales y una relación bastante intensa con plantas capaces de alterar la conciencia.

El equipo de investigación estudió cabellos de veintidós individuos procedentes de Cahuachi, Estaquería y el valle de Yauca, entre ellos cuatro cabezas-trofeo. En lugar de buscar únicamente objetos asociados a los cadáveres —una bolsa de coca, un recipiente o restos vegetales— hicieron algo mucho más revelador: buscaron dentro del propio organismo las huellas químicas de lo que aquellas personas habían consumido.

El cabello resulta magnífico para semejante pesquisa porque crece lentamente y va incorporando algunas sustancias presentes en el organismo. Es, salvando las distancias, algo parecido a un rollo de película que el cuerpo va impresionando milímetro a milímetro. La sangre cuenta lo ocurrido hace unas horas; el cabello puede conservar noticias de semanas o meses.

Los investigadores recurrieron a cromatografía líquida acoplada a espectrometría de masas, una técnica cuyo nombre invita a pasar rápidamente al párrafo siguiente pero cuyo funcionamiento básico es bastante sencillo: primero separa las moléculas presentes en una muestra y después las identifica por su masa. Así pudieron buscar cocaína y sus metabolitos, mescalina, triptaminas, harmina y harmalina. En otras palabras, estaban interrogando químicamente a unos muertos que llevaban muchos siglos sin posibilidad de declarar.

Y declararon, vaya si declararon. La coca apareció asociada a individuos de la costa meridional peruana desde el período Nazca temprano, aproximadamente entre 100 a. C. y 450 d. C. No constituye una sorpresa absoluta. El uso de coca en los Andes es antiquísimo y conocemos restos arqueológicos de varios milenios de antigüedad. Mucho más interesantes resultaron otras dos plantas.

Una fue Banisteriopsis caapi, la liana amazónica que constituye uno de los ingredientes fundamentales de lo que hoy llamamos ayahuasca. Los investigadores detectaron harmina y harmalina, dos de sus alcaloides característicos. La otra fue el cactus de San Pedro —Echinopsis pachanoi y especies próximas—, cuyo principio psicoactivo más conocido es la mescalina.

Y aquí aparece el detalle que convierte una investigación química interesante en una pequeña historia estremecedora. La mescalina apareció en el cabello de un niño cuya cabeza había sido convertida posteriormente en cabeza-trofeo. Es la primera evidencia química directa de que al menos algunas personas destinadas a ese tratamiento ritual habían recibido una sustancia psicoactiva antes de morir.

No sabemos exactamente para qué. Resulta tentador imaginar al niño narcotizado antes del sacrificio para disminuir su miedo o su resistencia. Es posible. También pudo tratarse de una preparación religiosa destinada a inducir visiones o facilitar el contacto con el mundo sobrenatural. Y tampoco puede excluirse un empleo medicinal. La química nos dice qué había entrado en el cuerpo; no puede decirnos qué pensaba quien se lo administró.

Además, el término cabeza-trofeo puede resultar engañoso. Sugiere inmediatamente enemigos muertos en combate, algo parecido a llevarse a casa una espantosa medalla de guerra. Durante mucho tiempo se discutió precisamente si las cabezas nazca procedían de enemigos capturados o de miembros de la propia comunidad sacrificados ritualmente. La evidencia arqueológica y bioantropológica ha complicado mucho esa imagen simple. La adquisición, preparación y conservación ritual de cabezas fue una práctica bien establecida entre los nazca, pero no todas tienen por qué responder al mismo mecanismo social. Revistas de la Universidad de Florida

Hay otro detalle fascinante. La coca podía cultivarse en determinadas regiones andinas y el cactus de San Pedro crece en los Andes occidentales. Pero Banisteriopsis caapi es una planta propia de ambientes tropicales amazónicos. No crece espontáneamente en el árido litoral nazca. Si llegó hasta allí, alguien tuvo que traerla.

Una molécula de harmina conservada en un cabello se convierte así en el rastro de una red comercial que atravesaba algunos de los paisajes más formidables de Sudamérica, comunicando la costa desértica con los Andes y, directa o indirectamente, con las tierras bajas amazónicas. Los investigadores consideran precisamente que la presencia de Banisteriopsis demuestra la importancia que esas plantas debieron de tener para justificar su transporte a larga distancia.

Y entonces la historia da un salto de aproximadamente un milenio.

En otro estudio publicado ese mismo año, Socha y sus colaboradores analizaron dos niños sacrificados por los incas en el volcán Ampato, cerca de Arequipa. Allí se practicaba la capacocha, una ceremonia estatal en la que niños y jóvenes seleccionados emprendían largas peregrinaciones hasta determinados lugares sagrados y podían acabar sacrificados en cumbres situadas a miles de metros de altitud.

Los análisis del cabello de una víctima y de las uñas de otra volvieron a encontrar cocaína y, sobre todo, harmina y harmalina, los alcaloides de Banisteriopsis caapi. No apareció mescalina ni DMT. En este caso los autores plantean una hipótesis especialmente sugestiva. Los cronistas españoles escribieron que durante la capacocha se administraba chicha a los niños para tranquilizarlos y para que llegaran felices ante los dioses. El estudio sugiere que Banisteriopsis caapi pudo desempeñar también una función semejante. Sus alcaloides inhiben la monoaminooxidasa y poseen efectos sobre el estado de ánimo. Quizá los incas conocieran empíricamente esas propiedades y utilizaran la planta para disminuir la ansiedad de unas víctimas que, cabe suponer, tenían razones bastante sólidas para estar ansiosas. Los propios autores presentan esta interpretación como hipótesis, no como demostración.

Lo extraordinario es la continuidad que empieza a dibujarse. En la costa nazca, siglos antes del Imperio inca, encontramos coca, mescalina y alcaloides de una liana amazónica. Más de mil años después, en las alturas de Ampato, volvemos a encontrar coca y la misma liana asociadas a un sacrificio. Eso no significa que existiera una única tradición ininterrumpida ni que todas esas sustancias desempeñaran idéntica función. Significa algo más interesante: que las sociedades andinas desarrollaron durante siglos un conocimiento extraordinariamente sofisticado de las plantas capaces de modificar el dolor, el cansancio, el ánimo y la percepción, y las incorporaron a la medicina, al intercambio y a la religión.

Carecían de cromatógrafos, espectrómetros de masas y fórmulas estructurales. Pero sabían que unas hojas permitían soportar mejor el hambre y el esfuerzo, que determinado cactus abría la puerta a un mundo de visiones y que una liana llegada desde selvas lejanas hacía algo peculiar en la mente humana.

Nosotros hemos necesitado dos mil años, un laboratorio y un cabello arrancado a un muerto para averiguar que ellos ya lo sabían.

miércoles, 7 de octubre de 2026

LA MARIPOSA QUE CUELGA SU ABRIGO EN LOS ÁRBOLES

 

Lymantria dispar. 1, restos de la nidada depositados en el suelo de un parque de Camarma de Esteruelas. 2, Larva u oruga. 3, hembras depositando los huevos sobre el tronco de un árbol.

Mi corresponsal fotográfica Constanza Riaño tiene la saludable costumbre de caminar mirando al suelo. Gracias a eso me envía de vez en cuando fotografías de cosas que la mayoría pisaríamos sin concederles el menor pensamiento. Hace unos días encontró en un paseo urbano de Camarma de Esteruelas, Madrid, algo que parecía un pequeño montón de lana rubia abandonado sobre la grava.

La fotografía era desconcertante. Una masa de fibras finísimas, de color pajizo, recorrida por pequeños huecos redondeados. Mi primera impresión fue equivocada: aquello recordaba a los restos fibrosos de las fanerógamas marinas que el oleaje deposita en las playas mediterráneas. Había un inconveniente bastante serio para esa explicación: Camarma de Esteruelas se encuentra a unos cuantos cientos kilómetros del mar.

La solución estaba mucho más cerca. Aquello tenía todas las trazas de ser restos de las puestas de Lymantria dispar, una mariposa nocturna conocida tradicionalmente en España como lagarta peluda, uno de los defoliadores más espectaculares de nuestros bosques.

La historia comienza con una pareja bastante desigual. El macho es una mariposa pardusca, ligera, con grandes antenas plumosas que funcionan como detectores químicos extraordinariamente sensibles. La hembra europea es bastante mayor, de color blanquecino y abdomen voluminoso. Tiene alas, pero prácticamente ha renunciado a utilizarlas. Mientras el macho revolotea buscando hembras, ella permanece cerca del lugar donde emergió de la crisálida y se dedica al asunto verdaderamente importante: reproducirse.

Para encontrarlas, los machos cuentan con uno de los sistemas de telecomunicaciones más antiguos del planeta. Las hembras liberan una feromona sexual, el “disparlure”, y las antenas plumosas de los machos detectan cantidades minúsculas de esa sustancia. La química consigue así lo que a nosotros nos exige teléfonos, satélites y aplicaciones de mensajería: informar a un individuo de que otro individuo interesante se encuentra en alguna parte.

Después del apareamiento, la hembra deposita varios centenares de huevos formando una masa compacta sobre troncos, ramas, piedras, paredes, postes, mobiliario urbano y casi cualquier superficie suficientemente tranquila. Y entonces hace algo que explica la fotografía de Constanza: se arranca pelos y escamas de su propio abdomen y con ellos cubre los huevos.

El resultado es una especie de parche de fieltro, beige o amarillento, que protege la puesta de la intemperie y contribuye a aislarla durante el invierno. Una hembra puede dejar varios centenares de huevos bajo aquella manta confeccionada con su propio cuerpo. Después muere. La siguiente generación queda esperando dentro.

Los huevos pasan así los meses fríos. Cuando llega la primavera y comienzan a brotar los árboles, nacen unas orugas diminutas. La sincronización es fundamental: para una oruga recién salida del huevo, una hoja joven de roble es algo parecido a encontrarse delante de un bufé recién inaugurado.

Las larvas jóvenes poseen largos pelos y pueden dispersarse ayudadas por el viento. Producen pequeños hilos de seda y quedan suspendidas de ellos hasta que una corriente de aire las transporta. Es una versión modesta del ballooning utilizado por algunas arañas. De ese modo, un animal incapaz de volar puede recorrer distancias apreciables antes de comenzar siquiera a comer.

Y comer es precisamente lo que hace después. Lymantria dispar es extraordinariamente polífaga. Sus orugas pueden alimentarse de centenares de especies de plantas leñosas, aunque muestran especial predilección por los robles y otras fagáceas. En la península ibérica, los encinares y alcornocales proporcionan algunos de sus escenarios favoritos. También pueden atacar otros árboles y arbustos cuando las poblaciones alcanzan densidades elevadas.

Una oruga madura resulta difícil de confundir. Es grande, peluda y presenta en el dorso una sucesión muy característica de tubérculos: cinco pares azules seguidos de seis pares rojizos. Esa combinación ha servido durante generaciones como una especie de documento de identidad del animal.

La mayor parte del tiempo la presencia de la especie pasa relativamente inadvertida. Hay orugas, pájaros que se las comen, parasitoides que las atacan, enfermedades que las diezman y árboles que pierden algunas hojas sin mayores consecuencias. Pero L. dispar posee una peculiaridad que la ha convertido en una de las plagas forestales mejor estudiadas del mundo: sus poblaciones experimentan explosiones periódicas.

Durante varios años puede parecer escasa. Luego, por una combinación de abundancia de alimento, supervivencia larvaria, clima y dinámica de sus enemigos naturales, la población aumenta espectacularmente. Entonces aparecen millones de orugas y el bosque empieza a quedarse sin hojas.

El espectáculo puede ser inquietante. Encinas y alcornoques que unas semanas antes estaban cubiertos de follaje aparecen desnudos en plena primavera. Las orugas cuelgan de hilos, recorren troncos, cruzan caminos y llegan a jardines y viviendas. Bajo los árboles se acumulan sus excrementos hasta producir una especie de lluvia menuda y continua que cualquiera que haya paseado bajo una infestación intensa recuerda perfectamente.

Sin embargo, defoliación no significa necesariamente muerte. Un árbol sano suele ser capaz de producir una nueva generación de hojas después del ataque. El problema aparece cuando las defoliaciones intensas se repiten, coinciden con sequía u otros factores de estrés o afectan a árboles previamente debilitados. Entonces el coste fisiológico puede ser considerable.

La especie tiene además una historia humana extraordinaria. Es originaria de Eurasia y el norte de África, pero en 1869 el naturalista francés Étienne Léopold Trouvelot, instalado en Massachusetts, criaba ejemplares europeos con la intención de estudiar posibles alternativas al gusano de seda. Algunos escaparon. Fue uno de esos pequeños accidentes domésticos cuyos efectos terminan figurando en los libros de historia natural.

Las mariposas encontraron Norteamérica muy de su gusto. Sin los mismos equilibrios ecológicos que limitaban sus poblaciones en Europa, comenzaron a extenderse y L. dispar terminó convirtiéndose en una de las plagas forestales más importantes del continente. Desde entonces se han gastado enormes cantidades de dinero intentando contenerla.

El caso resulta especialmente instructivo porque muestra que las palabras «plaga» y «especie» no son sinónimas. En Europa, L. dispar forma parte de los ecosistemas desde hace muchísimo tiempo y participa en una compleja red de depredadores, parasitoides y microorganismos. En Norteamérica es una especie introducida capaz de alterar ecosistemas que no evolucionaron con ella. El mismo insecto puede ser un componente natural del bosque en un continente y un invasor en otro.

También explica por qué los entomólogos prestan tanta atención a algo aparentemente tan insignificante como aquellas masas lanosas. Contar puestas permite estimar la población que aparecerá en la primavera siguiente. Cada parche beige adherido a un tronco contiene potencialmente centenares de futuras orugas. Un árbol cubierto de ellos puede ser el anuncio anticipado de una explosión demográfica.

Eso nos devuelve a Camarma. La masa fotografiada por Constanza parece estar formada por restos desprendidos y acumulados de cubiertas de puestas, más que por un único plastón intacto. El color, la textura fibrosa y las cavidades son compatibles con material procedente de masas de huevos ya eclosionadas, aunque una fotografía por sí sola no permite una identificación absolutamente concluyente. Encontrarlo en un paseo urbano tampoco resulta extraño: las hembras no son demasiado exigentes a la hora de elegir dónde depositar sus huevos y pueden hacerlo sobre árboles, piedras, tapias, postes y otras estructuras humanas.

Hay algo un tanto desproporcionado en todo esto. Una persona sale a pasear por Camarma, encuentra en el suelo algo parecido a un mechón de lana y hace una fotografía. Detrás de aquel pequeño desecho puede esconderse una historia que incluye feromonas capaces de guiar mariposas en la oscuridad, orugas que viajan suspendidas de hilos de seda, bosques enteros que pierden las hojas y un entomólogo del siglo XIX que dejó escapar accidentalmente unas cuantas mariposas en Massachusetts.

La naturaleza tiene la inquietante costumbre de no respetar nuestras escalas. A veces basta mirar hacia arriba para descubrirla. Otras veces, como sabe bien mi corresponsal fotográfica, hay que mirar al suelo.

EL ESQUELETO Y EL GRANO DE ARROZ

 

En la derecha de la imagen hay una fotografía con un grano de arroz y, a su lado, algo que parece el estribo de una silla de montar encargada por un jinete del tamaño de un microbio. Ambos descansan sobre la yema de un dedo. El arroz resulta descomunal. La otra pieza es un hueso humano y tiene un nombre perfectamente apropiado: estribo. Cuesta creer que ese minúsculo objeto intervenga en nuestra capacidad para escuchar a Mozart, una declaración de amor o al vecino que ha decidido instalar una estantería el domingo por la mañana.

El estribo mide alrededor de tres milímetros y pesa apenas unos miligramos. Es el hueso más pequeño de nuestro cuerpo, una distinción que comparte con su pareja del otro oído. Lo llevamos escondido en el oído medio, acompañado por el martillo y el yunque. La anatomía parece haber confiado nuestra audición a una ferretería diminuta, aunque ninguno de sus componentes golpea nada: los tres trabajan transmitiendo vibraciones con una precisión que desaconsejaría cualquier intervención del vecino de la estantería.

El sonido empieza como una perturbación del aire. Cuando alcanza el tímpano, lo hace vibrar; el martillo recoge ese movimiento, lo transmite al yunque y este al estribo. Su base encaja en una pequeña abertura, la ventana oval, desde la que pone en movimiento los líquidos del oído interno. Allí, en una estructura enrollada llamada cóclea, unas células sensoriales convierten el movimiento en señales eléctricas. El cerebro recibe esas señales y consigue reconocer una voz, un violín o la inequívoca noticia de que alguien está taladrando una pared.

El conjunto resuelve un problema físico considerable: llevar la energía del sonido desde el aire hasta un medio líquido. El tímpano y los huesecillos concentran la fuerza sobre una superficie mucho menor, como cuando apretamos con la punta de un objeto en vez de hacerlo con toda la palma. Si esa cadena falla, la audición puede disminuir mucho. No desaparece necesariamente: las vibraciones también pueden llegar al oído interno a través de los huesos del cráneo. Pero perdemos una extraordinaria ayuda mecánica.

Hemos empezado por el hueso más pequeño porque el esqueleto suele presentarse de una manera injustamente solemne. Aparece colgado en un aula, dibujado en un manual o conduciendo alguna alegoría de la muerte. Tiene una sonrisa fija y una reputación de cosa terminada. En realidad, el que llevamos dentro es una obra en marcha: recibe materiales, retira estructuras deterioradas y modifica su arquitectura mientras nosotros nos preocupamos de encontrar las llaves.

La cifra habitual es 206 huesos en un adulto, aunque no todos los adultos se ajustan exactamente al inventario. Hay pequeñas variaciones anatómicas y huesos accesorios que complican la contabilidad. Los recién nacidos poseen más piezas separadas, muchas de las cuales se fusionarán durante el crecimiento. Las cifras de unos 270 o incluso 300 dependen de qué estructuras se cuenten y de su grado de desarrollo. No perdemos huesos por el camino: cambiamos la manera de ensamblarlos.

Más de la mitad de los 206 huesos habituales están en las manos y los pies: 27 en cada mano y 26 en cada pie. Resulta una distribución bastante razonable para un animal que necesita sujetar una taza y caminar sin derramarla. El cráneo protege el cerebro; las costillas resguardan el corazón y los pulmones sin impedir que el tórax se expanda; la columna combina sostén, movilidad y protección de la médula espinal. Es difícil encontrar una pieza que cumpla una sola tarea.

En el extremo opuesto al estribo está el fémur, el hueso del muslo y el más largo del cuerpo. En muchos adultos ronda los cuarenta o cincuenta centímetros, aunque la talla impone sus condiciones. Soporta cargas importantes al caminar, correr o subir escaleras. Su resistencia invita a compararlo con el hormigón, pero esas competiciones requieren letra pequeña: importa si comprimimos, doblamos o retorcemos el material. Un hueso puede soportar fuerzas enormes en una dirección y romperse bajo una carga mucho menor aplicada de otra manera.

Estructura de un hueso largo: 1, epífisis; 2, diáfisis; 3, cartílago articular; 4, hueso esponjoso; 5, línea epifisaria; 6, periostio; 7, hueso compacto o cortical; 8, cavidad medular; 9, endostio; 10, médula ósea amarilla; 11, fibras perforantes o de Sharpey; 12, vasos sanguíneos nutricios; 13, osteona o sistema de Havers; 14, conducto central o de Havers; 15, conducto perforante o de Volkmann; 16, foramen o agujero nutricio.

El secreto está en los materiales y en su disposición. El tejido óseo combina una trama de colágeno, una proteína que aporta tenacidad y cierta flexibilidad, con minerales, principalmente fosfato cálcico, que proporcionan dureza. La asociación permite resistir esfuerzos sin comportarse como una barra de tiza. Construir un esqueleto únicamente con material duro habría sido una ocurrencia poco afortunada: bastaría una caída para convertirnos en una colección de fragmentos.

Tampoco somos macizos por dentro. Una capa exterior de hueso compacto rodea regiones donde el tejido forma una red de pequeñas láminas y puntales, las trabéculas. Su distribución ayuda a soportar las cargas sin añadir un peso innecesario. En los huesos largos, además, existe una cavidad medular. La palabra «esponjoso» puede sugerir algo blandengue, pero aquí designa una arquitectura porosa de material resistente. Un puente también contiene mucho aire y nadie considera que deba rellenarse para hacerlo más fiable.

Esa arquitectura se mantiene gracias a una cuadrilla celular. Los osteoclastos retiran tejido óseo; los osteoblastos fabrican tejido nuevo. Otros habitantes, los osteocitos, quedan alojados dentro de la matriz y ayudan a detectar las cargas y coordinar las reformas. Los nombres parecen preparados para un examen, pero el reparto de funciones se entiende enseguida: unos desmontan, otros construyen y otros informan de cómo se está usando el edificio.

A menudo se dice que renovamos aproximadamente una décima parte del esqueleto cada año. Es una orientación útil, siempre que no imaginemos un calendario que ordena cambiar todos los huesos al cumplir una década. La velocidad varía entre regiones, tipos de tejido y edades. Hay zonas muy activas y otras que conservan material durante mucho más tiempo. La remodelación repara pequeños daños y permite ajustar la estructura a las exigencias mecánicas. Caminamos sobre una construcción que se restaura sin cerrar al público.

El esqueleto también guarda reservas minerales. El calcio interviene en procesos tan esenciales como la contracción muscular y la transmisión nerviosa; su concentración en la sangre necesita un control estrecho. Los huesos almacenan una enorme provisión de este elemento y participan en su regulación. A nosotros nos parece que tenemos un muslo. El organismo ve, además, un depósito al que puede recurrir cuando hace falta.

Dentro funciona otro servicio extraordinario: la médula ósea fabrica células sanguíneas. En el adulto, buena parte de esa actividad se concentra en huesos como la pelvis, las vértebras y el esternón. De allí salen glóbulos rojos que transportarán oxígeno, células encargadas de la defensa y los precursores de las plaquetas que ayudan a detener las hemorragias. Esa armazón que asociamos con los cementerios alberga algunas de nuestras fábricas de vida más activas.

Vuelvo a mirar la fotografía. El grano de arroz podría acabar en una cazuela sin que nadie reparase en él; el estribo parece un objeto que se perdería para siempre entre las juntas de una mesa. Y, sin embargo, llevamos dos piezas semejantes trabajando dentro de la cabeza. Mientras contemplamos su pequeñez, quizá escuchamos una canción o alguien nos llama desde otra habitación. Entonces el pequeño estribo se mueve, el líquido responde y el cerebro reconoce una voz querida. Todo eso cabe al lado de un grano de arroz.

POR QUÉ EL GOLFO DE LEÓN FABRICA BORRASCAS EN CATALUÑA

 

Estos días ha llovido en Cataluña como sabe provocarlo el Mediterráneo cuando se enfada: no necesariamente durante mucho tiempo, sino con una intensidad capaz de convertir una calle en un arroyo y un arroyo en algo bastante más serio. Los registros dan una idea de lo ocurrido. El 6 de octubre se recogieron 83,6 litros por metro cuadrado en Aldover, 72,3 en Tarragona y casi 60 en Cambrils y Viladecans. El día 7, algunas estaciones acumulaban ya más de 300 litros desde que comenzó el mes.

Para entender por qué ocurren episodios así conviene levantar la vista del mapa de Cataluña y mirar un poco más al norte. Allí, entre las costas catalanas y francesas, los Pirineos, el Macizo Central y los Alpes delimitan un escenario meteorológico en cuyo centro se encuentra el golfo de León. No es un rincón cualquiera del Mediterráneo. Forma parte de una de las regiones de Europa donde con mayor facilidad nacen y se desarrollan borrascas. Los meteorólogos llaman ciclogénesis precisamente a eso: al nacimiento o desarrollo de una zona de bajas presiones.

La culpa, si puede hablarse de culpa en meteorología, la tiene una combinación extraordinaria de geografía y atmósfera. La historia suele comenzar muy arriba, a varios kilómetros sobre nuestras cabezas. Allí circulan grandes corrientes de aire de oeste a este. De vez en cuando una de ellas se ondula y forma una especie de lengua que desciende hacia el sur transportando aire frío. Los meteorólogos llaman vaguada a esa incursión: imaginemos un valle de aire frío abierto en las capas altas de la atmósfera.

Los vientos altos del Oeste que constituyen la circulación atmosférica tienden a formar ondas que, a modo de meandros, dirigen los vientos alternativamente hacia el Ecuador y hacia los polos Esas ondas permanecen aproximadamente estacionarias. Las corrientes de aire acelerado que impulsan a los vientos altos del Oeste son conocidas como corrientes de chorro o corrientes de convección. Si disminuye la velocidad de la corriente de chorro y se acentúan las ondas-meandro, el flujo del aire adquiere dirección meridiana, con profundas vaguadas que corresponden a entradas de aire frío hacia el sur, y crestas, cuñas o senos que son penetraciones de aire cálido hacia el norte. 

Cuando una de esas lenguas alcanza el Mediterráneo occidental, empieza a complicarse el tiempo. Debajo encuentra un mar relativamente cálido y una atmósfera mucho más templada. Ese contraste favorece el desarrollo de una depresión, una zona donde la presión atmosférica es menor que a su alrededor y hacia la que converge el aire. En términos corrientes, una borrasca.

Pero si todo dependiera de eso, el golfo de León no tendría nada de especial. Lo que lo convierte en un lugar privilegiado para fabricar borrascas son las montañas. Al oeste están los Pirineos; al norte, el Macizo Central; al noreste se levanta el formidable arco de los Alpes. Las masas de aire no atraviesan esas cordilleras como si tal cosa: se frenan, se desvían o se aceleran cuando encuentran un paso. La atmósfera es un fluido y, como el agua de un río, cambia de velocidad y dirección cuando tropieza con obstáculos.

El valle del Ródano actúa como un embudo que canaliza el aire hacia el Mediterráneo y contribuye a acelerarlo, en un fenómeno que recuerda al efecto Venturi: como ocurre con el agua cuando comprimimos con los dedos una manguera, cuando un fluido atraviesa un paso estrecho aumenta su velocidad. El aire frío del norte se encauza por el valle, se acelera y desemboca sobre el golfo de León. Es el mistral. Más hacia el oeste ocurre algo parecido entre el Macizo Central y los Pirineos: allí se canaliza la tramontana.

Mistral y tramontana no deben confundirse con los vientos húmedos responsables directos de los grandes aguaceros catalanes. Suelen ser fríos y secos. Su importancia reside en que forman parte de una maquinaria atmosférica mucho mayor.

Los Alpes desempeñan en ella un papel particularmente importante. Cuando una masa de aire encuentra semejante cordillera, parte del flujo tiene que rodearla y al otro lado puede producirse una caída de presión y formarse una borrasca. Es lo que se denomina ciclogénesis a sotavento: una manera un poco solemne de decir que una cordillera puede contribuir a que nazca una depresión al otro lado. Por eso el vecino golfo de Génova es todavía más famoso como fábrica de borrascas. León y Génova son, en realidad, dos piezas de una misma maquinaria atmosférica.

Y entonces entra en escena el mar.

A comienzos del otoño el Mediterráneo conserva buena parte del calor acumulado durante el verano. Este año resulta especialmente visible. El 2 de octubre, frente a L'Estartit, el agua superficial estaba a 21,9 °C, 1,5 grados por encima de la media de 1998-2022. A veinte metros de profundidad la anomalía alcanzaba los 2,3 grados.

Un mar caliente no fabrica por sí solo una tormenta, del mismo modo que un depósito lleno de gasolina no hace arrancar un automóvil. Pero proporciona combustible. Cuanto más caliente está el agua, mayor puede ser la evaporación y mayor la cantidad de vapor disponible en la atmósfera. Cuando una depresión establece vientos de levante o sureste hacia Cataluña, llega a la costa aire marítimo cargado de humedad. Esa es una de las claves de los grandes temporales mediterráneos: aire frío arriba y aire cálido y húmedo abajo.

El aire cálido, menos denso, tiende a ascender. Si contiene mucho vapor de agua y encuentra encima aire considerablemente más frío, puede elevarse con gran rapidez. Los meteorólogos llaman convección a ese movimiento vertical. El nombre parece complicado; el fenómeno no lo es. Es, aproximadamente, lo que vemos sobre una cazuela cuando el aire calentado asciende, aunque la atmósfera funciona a una escala gigantesca y de manera bastante más compleja.

Mientras asciende, el aire se enfría. El vapor se condensa y aparecen las nubes. Si el ascenso es suficientemente vigoroso, crecen kilómetros hacia arriba hasta convertirse en enormes cumulonimbos, las torres nubosas que producen tormentas, rayos y aguaceros.

Hay todavía un último actor: Cataluña no es una mesa de billar. Muy cerca del mar se levantan las cordilleras Litoral y Prelitoral y, más al norte, los Pirineos. El aire húmedo que llega desde el Mediterráneo encuentra esas montañas y se ve obligado a subir. El relieve exprime, por así decirlo, una atmósfera que ya viene cargada de agua.

A veces una tormenta descarga y se desplaza, pero detrás nace otra alimentada por el mismo flujo continuo de aire húmedo. Después otra. Y otra. Son tormentas que se regeneran. Para quien se encuentra debajo, es como si la tormenta permaneciera inmóvil. Así pueden acumularse cantidades enormes de agua en pocas horas y sobre una franja relativamente pequeña.

Conviene no caer en dos simplificaciones habituales. La primera consiste en atribuirlo todo a una «DANA». Una DANA —una depresión aislada en niveles altos— es solo una de las configuraciones capaces de proporcionar aire frío e inestabilidad; puede haber grandes temporales mediterráneos sin una DANA propiamente dicha. La segunda consiste en decir que las tormentas se producen porque el Mediterráneo está muy caliente. Tampoco es exactamente así.

Para cocinar un gran temporal tienen que coincidir varios ingredientes: una perturbación que ponga en marcha el mecanismo, una circulación de vientos adecuada, abundante humedad, un mar capaz de suministrarla y un relieve que fuerce el ascenso del aire. Y, para producir las mayores inundaciones, ayuda que las tormentas se regeneren una y otra vez sobre el mismo territorio.

Eso explica una aparente paradoja. Mistral y tramontana pueden barrer el golfo de León con aire frío y seco mientras, no demasiado lejos, otra parte de la circulación de la borrasca impulsa hacia Cataluña aire templado y saturado de humedad. Una depresión es una enorme rueda atmosférica y los vientos cambian según dónde nos encontremos respecto a su centro.

El Mediterráneo noroccidental reúne todos esos ingredientes en muy poco espacio: un mar encerrado entre continentes, grandes cordilleras casi al borde del agua, corredores que canalizan el viento, aire frío que puede descender desde Europa y, al final del verano, una enorme masa de agua que todavía conserva el calor acumulado durante meses.

Las lluvias de estos días son una buena ocasión para recordarlo. Miramos el cielo sobre Barcelona, Tarragona o Girona y parece que todo sucede allí arriba. Pero una tormenta mediterránea tiene una geografía mucho más extensa. Para comprenderla hay que seguir el aire hasta Francia, remontar el valle del Ródano, mirar los Pirineos y los Alpes y volver finalmente los ojos hacia esa superficie azul que durante todo el verano ha estado almacenando calor.

En los mapas escolares, el golfo de León parece simplemente una concavidad de la costa francesa. En los mapas del tiempo es otra cosa. Es uno de esos lugares donde la geografía mete la mano en la atmósfera y la obliga a cambiar de rumbo. Y algunas tardes de otoño, cuando todas las piezas encajan, lo que allí empieza como un movimiento invisible del aire termina cayendo sobre nuestras cabezas convertido en agua.

martes, 6 de octubre de 2026

LA MARGARITA AMARILLA TÓXICA QUE ESTÁ CONQUISTANDO ALCALÁ

Capítulo de Pascalia glauca. Foto de Adolfo Peña.

Hace unos cuarenta años empecé a fijarme en una planta que crecía en algunos descampados, alcorques y bordes de las calles de Alcalá de Henares. No era especialmente espectacular. Una hierba de medio metro, más o menos, con hojas verdes un tanto glaucas, lanceoladas y unos capítulos amarillos que, vistos sin demasiada atención, podían pasar por los de tantas otras compuestas.

Pero después de mucho trabajo de investigación (entonces internet estaba en pañales) encontré que aquella planta no pertenecía a nuestra flora. Era una sudamericana llamada Pascalia glauca, aunque entonces casi todos los botánicos la conocían por otro nombre: Wedelia glauca.

Desde entonces no he dejado de encontrarla. Y cada vez con más y más frecuencia. Lo que hace tres décadas era una curiosidad botánica se ha ido extendiendo por solares, cunetas, márgenes de caminos y terrenos alterados. Allí donde se instala no suele aparecer como una plantita solitaria. Forma rodales, luego manchas y finalmente poblaciones densas en las que Pascalia parece sentirse cada vez más cómoda mientras otras hierbas van perdiendo sitio.

La historia tiene cierta ironía porque esta invasora sudamericana mantiene una vieja relación con Madrid. La especie fue descrita en 1797 por Casimiro Gómez Ortega, director del Real Jardín Botánico, a partir de plantas cultivadas en Madrid procedentes de semillas americanas relacionadas con las grandes expediciones científicas españolas de finales del siglo XVIII. El género Pascalia fue creado por el propio Gómez Ortega en 1797, al describir Pascalia glauca. Ortega explicó la dedicatoria en el protólogo: el género honra a D. Didaco [Diego] Pascal (1768–1812), doctor en Filosofía y Medicina y profesor del Real Jardín Botánico de Parma. 

Glauca procede del latín glaucus, -a, -um, a su vez del griego glaukós, que designa un color verde azulado, verde grisáceo o cubierto por una tonalidad cérea azulada. En botánica, glaucus se aplica habitualmente a órganos de aspecto verde grisáceo o azulado, con frecuencia debido a una cubierta cérea.

Otro director del Real Jardín Botánico madrileño, Antonio José Cavanilles, escribió en 1802 que Pascalia glauca se propagaba tanto por sus raíces en el Real Jardín Botánico de Madrid «que infesta los cuadros». Es decir, su comportamiento invasor ya había sido advertido en Madrid hace más de dos siglos.

Más de siglo y medio después, en 1976, el botánico José Luis Carretero encontró Wedelia glauca creciendo alrededor de los edificios del propio Jardín Botánico madrileño. Ya no estaba dentro de las colecciones. Se había escapado.

Desde entonces ha aparecido en distintos lugares de la Comunidad de Madrid y de otras zonas de España. No sabemos si las poblaciones actuales proceden directamente de aquellas plantas cultivadas hace dos siglos, y sería aventurado afirmarlo sin pruebas genéticas. Pero la coincidencia permite una bonita imagen: una planta llegada a Madrid como objeto de estudio botánico terminó encontrando la puerta de salida.

¿Por qué tiene tanto éxito? La primera respuesta está bajo tierra. Pascalia glauca es una planta perenne provista de rizomas. Mientras contemplamos sus tallos, hojas y margaritas amarillas, bajo nuestros pies se extiende una red de tallos subterráneos capaces de producir nuevos brotes. Arrancar la parte aérea sirve de poco si permanecen fragmentos del rizoma. La planta reaparece. Y esa capacidad de multiplicación vegetativa le permite ocupar rápidamente el espacio y formar colonias compactas.

Poblaciones de Pascalia glauca en la orilla del Henares (izda.) y en un alcorque de la calle Libreros. Fotos de Adolfo Peña.

Es una estrategia clásica entre muchas invasoras. Una semilla tiene que encontrar un lugar adecuado, germinar, sobrevivir a sus primeras semanas y competir con las plantas que la rodean. Un rizoma ya establecido juega con ventaja: dispone de reservas, puede emitir varios brotes y avanzar lateralmente sin tener que empezar de cero.

Pero parece que P. glauca guarda otra carta. En 2004, investigadores argentinos publicaron un experimento cuyo título era suficientemente explícito: «Potencial alelopático de Wedelia glauca: efecto sobre especies hortícolas». Habían observado algo que cualquiera que examine una población densa de la planta acaba preguntándose: ¿por qué crecen tan pocas hierbas entre los rodales de Pascalia?

La alelopatía es una de las formas más sutiles de competencia vegetal. Las plantas no pueden morder, perseguir ni expulsar físicamente a sus competidoras, pero son excelentes químicas. Fabrican miles de sustancias que liberan al ambiente mediante las raíces, el lavado de las hojas por la lluvia o la descomposición de sus restos. Algunas de esas moléculas pueden dificultar la germinación o el crecimiento de otras especies. Es, salvando las distancias, una guerra química vegetal.

Los investigadores prepararon extractos acuosos de hojas y rizomas de Pascalia y los aplicaron a semillas de tomate, pepino y rabanito. El resultado fue contundente. Los extractos redujeron la germinación y, sobre todo, el crecimiento de las raíces. Los procedentes de las hojas fueron particularmente activos. Con las concentraciones más altas, el crecimiento de las raíces del pepino disminuyó alrededor de un 93 %, mientras que en algunos tratamientos la germinación del tomate y del rabanito llegó a inhibirse por completo.

Años después, otro experimento realizado con cacahuete llegó a resultados semejantes. Extractos preparados con diferentes partes de Pascalia glauca redujeron la germinación, el crecimiento de raíces y tallos y la biomasa de las plántulas. Hay, por tanto, pocas dudas de que la planta contiene sustancias hidrosolubles capaces de perjudicar el desarrollo de otras especies.

Conviene, sin embargo, no correr más de lo que permiten los experimentos. Una cosa es demostrar alelopatía en una placa de Petri y otra probar que esa sea la causa de la dominancia de una planta en la naturaleza. Un extracto concentrado puede contener cantidades de determinadas sustancias mucho mayores que las que encontraría una semilla en el suelo. Para demostrar que Pascalia envenena realmente el terreno que la rodea habría que identificar los compuestos responsables, medir cuánto libera la planta en condiciones naturales y comprobar que alcanzan concentraciones suficientes para afectar a sus vecinas.

Por ahora podemos decir algo más prudente y también más interesante: P. glauca posee un claro potencial alelopático, que podría sumarse a su vigorosa reproducción mediante rizomas para explicar su extraordinaria capacidad competitiva.

Pero esta discreta margarita amarilla esconde todavía otra sorpresa. Y bastante más peligrosa: es una planta muy tóxica. En Argentina y Uruguay, donde se la conoce habitualmente como sunchillo, es bien conocida por los veterinarios porque provoca intoxicaciones graves en bovinos, ovejas, cabras y otros animales. El peligro persiste incluso cuando la planta se seca y queda mezclada con el heno.

Entre sus principios tóxicos se encuentran glucósidos diterpénicos relacionados con el atractilósido, sustancias capaces de interferir con uno de los mecanismos más fundamentales de la vida celular: el funcionamiento de las mitocondrias.

Las mitocondrias producen la mayor parte del ATP que utilizan nuestras células como moneda energética. Para hacerlo necesitan intercambiar continuamente ADP y ATP a través de su membrana interna mediante una proteína transportadora. Algunos de los compuestos presentes en Pascalia bloquean ese intercambio. Es como cerrar simultáneamente la entrada de materias primas y la salida del producto terminado de una central eléctrica. La maquinaria sigue allí, pero la energía deja de llegar adonde hace falta.

El hígado resulta especialmente afectado. En los animales intoxicados pueden aparecer inapetencia, abatimiento, incoordinación, temblores y convulsiones, seguidos en los casos graves por una insuficiencia hepática fulminante y la muerte.

Durante mucho tiempo casi todo lo que sabíamos de estas intoxicaciones procedía de la medicina veterinaria. Pero en 2025 se publicó el primer caso documentado de intoxicación humana por P. glauca. Un niño de seis años que había ingerido la planta sufrió vómitos, convulsiones, alteración de la conciencia, un enorme aumento de las transaminasas y trastornos de la coagulación. Desarrolló una insuficiencia hepática aguda. Afortunadamente sobrevivió después del tratamiento hospitalario.

Todo eso convierte a la planta que llevo cuarenta años viendo avanzar por Alcalá en algo bastante más interesante que una simple mala hierba exótica. Tiene casi todo el repertorio de una invasora eficaz: llegó desde otro continente, prospera en ambientes alterados, se extiende mediante rizomas, forma poblaciones densas y dispone de un arsenal químico que puede perjudicar a otras plantas y resulta peligrosísimo para algunos animales.

Queda por saber hasta dónde llegará. Cuando encontré aquellos primeros ejemplares en Alcalá hace cuatro décadas no podía imaginar que seguiría observando su expansión tantos años después. Hoy, cuando encuentro una nueva mancha amarilla en una cuneta o junto a una acera, ya no veo solamente una planta americana que ha encontrado acomodo en Castilla. Veo el resultado de una conquista silenciosa que ocurre a la velocidad propia de las plantas: unos cuantos centímetros de rizoma, unas semillas, una generación detrás de otra.

Las invasiones biológicas no siempre llegan haciendo ruido. Algunas avanzan bajo nuestros pies y, una mañana de primavera, levantan sobre el terreno conquistado una pequeña bandera amarilla.

lunes, 5 de octubre de 2026

POR QUÉ LOS CICLISTAS AUSTRALIANOS LLEVAN BRIDAS EN EL CASCO

 

Un español que trabaja como repartidor ciclista en Australia ha descubierto una de esas peculiaridades del país que no aparecen en los folletos turísticos. Se llama Tomás y, en un vídeo difundido por HuffPost, enseña los cascos de algunos ciclistas australianos. De ellos sobresalen largas bridas de plástico, tiesas como las púas de un puercoespín. A primera vista parece una extravagancia local o quizá el resultado de que alguien haya confundido una tienda de bicicletas con una ferretería. Pero las bridas tienen una finalidad muy concreta: protegerse de los pájaros.

No de todos, naturalmente. El principal responsable es uno de los animales más familiares de Australia, la urraca australiana (Gymnorhina tibicen), un ave grande, blanca y negra que comparte parques, jardines, campos de golf y calles con los seres humanos. Durante la mayor parte del año la convivencia es pacífica. Pero llega la primavera austral, las urracas empiezan a criar y algunos machos deciden que cualquier peatón, corredor, perro, cartero o ciclista que pase cerca de su nido constituye una amenaza que debe ser expulsada inmediatamente.

Entonces comienza lo que los australianos llaman swooping season, la temporada de los ataques en picado. La escena tiene algo de película de Hitchcock. Uno pedalea tranquilamente por un parque cuando oye detrás de la cabeza un batir de alas. Antes de tener tiempo de volverse, un pájaro pasa rozando el casco, entrechoca el pico, grita y remonta el vuelo. El ciclista acelera. Mala idea. El ave vuelve a la carga. Puede limitarse a pasar a pocos centímetros de la cabeza, pero también puede golpear el casco o alcanzar una oreja con el pico. De ahí los cascos convertidos en erizos, los ojos falsos pintados en la nuca y los paraguas que aparecen cada primavera en las recomendaciones de las autoridades australianas.

La comparación con Los pájaros resulta inevitable, aunque biológicamente no podría ser más engañosa. En agosto de 1961, miles de pardelas grises aparecieron desorientadas en la bahía californiana de Monterey. Volaban torpemente, chocaban con edificios, regurgitaban anchoas y terminaban muriendo por las calles. Aquel episodio, recogido por la prensa local, probablemente contribuyó a inspirar a Alfred Hitchcock, que conocía bien la zona, cuando preparaba su película de 1963.

Décadas después se encontró una explicación bastante menos sobrenatural que la de Hitchcock. Las aves habían comido peces contaminados por ácido domoico, una potente neurotoxina producida por determinadas diatomeas del género Pseudo-nitzschia. El ácido domoico actúa sobre los receptores neuronales del glutamato y puede provocar graves alteraciones neurológicas. Las urracas australianas, en cambio, no están intoxicadas. Tampoco se han vuelto locas. Saben perfectamente lo que hacen.

La época reproductora de la urraca australiana se extiende aproximadamente de agosto a noviembre, aunque existen variaciones geográficas. Es precisamente entonces cuando aparecen los ataques. La explicación que mejor encaja con las investigaciones realizadas no es una supuesta agresividad general ni un exceso hormonal, sino algo mucho más sencillo: la defensa de la descendencia. El comportamiento se concentra cuando hay pollos en el nido o volantones especialmente vulnerables.

Y hay otro detalle que rehabilita considerablemente la reputación de la especie: la inmensa mayoría de las urracas no ataca a nadie. Las autoridades de Australia Meridional calculan que alrededor del 90% de los machos no realizan ataques en picado y que las hembras normalmente tampoco lo hacen. Es fundamentalmente cosa de una minoría de padres particularmente celosos.

La división del trabajo familiar ayuda a entenderlo. La hembra construye el nido e incuba los huevos; normalmente pone entre tres y cinco y la incubación dura unas tres semanas. Mientras ella permanece ocupada con la nidada, el macho se encarga en buena medida de la seguridad. Y algunos se toman el oficio muy en serio.

Para una urraca que tiene polluelos, un ciclista debe de ser especialmente inquietante. Es un animal enorme que aparece a considerable velocidad y atraviesa su territorio en pocos segundos. El Australian Museum señala que los ciclistas son objetivos particularmente propicios y que algunas urracas comienzan sus ataques cuando el intruso se encuentra todavía a decenas de metros del nido.

Pero la cosa se vuelve aún más interesante. Las urracas australianas son aves extraordinariamente inteligentes. Pueden distinguir personas y recordar rostros humanos. Eso explicaría por qué un individuo puede atacar repetidamente a determinadas personas y dejar tranquilas a otras que recorren exactamente el mismo camino. Para la urraca no somos simplemente «humanos»: algunos podemos ser vecinos conocidos y otros, sospechosos habituales.

La estrategia defensiva también está bastante refinada. La urraca suele atacar por detrás, precisamente desde donde resulta más difícil verla llegar. Puede pasar rozando la cabeza, golpearla o alcanzar una oreja. El folleto oficial del Departamento de Medio Ambiente de Australia Meridional que explica cómo convivir con estas aves recomienda algo que parece redactado por los Monty Python: colocar unos ojos artificiales en la parte posterior del sombrero. La lógica es impecable. Si el pájaro prefiere atacar cuando creemos que no lo vemos, hagámosle creer que tenemos ojos en la nuca.

Y llegamos a las famosas bridas. Las recomendaciones australianas han incluido colocar largas bridas de plástico en los cascos de ciclistas y usuarios de monopatín. El viejo folleto de Australia Meridional llegaba al delicioso grado de precisión de recomendar bridas de unos 300 milímetros en la parte delantera del casco y otras de unos 150 sobre las orejas. De ese modo el ciclista adquiere el aspecto de un equidna montado en bicicleta, comparación que las propias autoridades de Nueva Gales del Sur han utilizado con bastante sentido del humor.

Que las bridas sean realmente eficaces es otra cuestión. Algunas recomendaciones oficiales todavía las mencionan, pero los especialistas no están completamente de acuerdo sobre su utilidad. Hay medidas mucho menos pintorescas y probablemente más sensatas: evitar temporalmente el lugar donde sabemos que existe un nido, proteger los ojos con gafas, llevar sombrero o casco, caminar en grupo y utilizar un paraguas como protección. Y, si el atacado va en bicicleta, bajarse y atravesar andando la zona conflictiva.

Sobre todo, no conviene responder a la agresión con agresión. Correr, agitar los brazos, hostigar al pájaro o intentar golpearlo puede conseguir exactamente lo contrario de lo que pretendemos. Desde el punto de vista de la urraca, nuestra reacción confirma que tenía razón: aquel enorme primate que se aproximaba a sus polluelos era, efectivamente, peligroso.

Además, la temporada conflictiva dura poco. Los ataques se concentran durante unas semanas de la reproducción y desaparecen cuando los jóvenes dejan de ser vulnerables. La primavera siguiente, sin embargo, el problema puede reaparecer en el mismo sitio porque las urracas mantienen territorios durante años y reutilizan las zonas de nidificación.

La urraca no es, por cierto, la única protagonista de estas pequeñas guerras primaverales. La alondra urraca (Grallina cyanoleuca) también puede defender agresivamente su nido y tiene la curiosa costumbre de atacar su propia imagen reflejada en ventanas y retrovisores. Más espectacular todavía es la avefría enmascarada (Vanellus miles), que nidifica directamente en el suelo —a veces en campos deportivos, aeródromos o incluso tejados planos— y dispone de afilados espolones en las alas. Cuando cree amenazado el nido grita, extiende las alas mostrando los espolones y puede lanzarse contra personas y animales. También conoce el viejo truco de fingir un ala rota para atraer al supuesto depredador y alejarlo de sus huevos o polluelos.

Todo ello resulta pintoresco porque ocurre en las ciudades. Hemos aceptado que una osa defienda a sus oseznos o que un jabalí pueda reaccionar si nos acercamos demasiado a sus crías. Nos resulta más difícil aceptar que un pájaro instalado en el árbol situado junto al carril bici considere que ese pedazo de parque le pertenece y establezca durante seis semanas una pequeña zona de exclusión aérea.

Quizá por eso los australianos han acabado incorporándolo al calendario. Agosto: empiezan los nidos. Septiembre: cuidado con las urracas. Octubre: no olvide el casco. Primavera, flores, polluelos y algún padre malhumorado patrullando desde un eucalipto. BirdLife Australia resume el fenómeno cada año cuando comienza la temporada: las urracas no están declarando la guerra a la humanidad; están intentando mantener con vida a sus crías.

Los pájaros que sembraron el desconcierto en Monterey en 1961 estaban intoxicados. Los que persiguen a los ciclistas australianos están perfectamente cuerdos. Unos habían ingerido una neurotoxina; los otros tienen polluelos. Para quien pedalea y siente de pronto un picotazo junto a la oreja, la distinción puede parecer académica. Para un biólogo es enorme. 

Hitchcock necesitó una floración de algas tóxicas para convertir a sus pájaros en criaturas de pesadilla. A la urraca australiana le basta con ser un padre demasiado protector. Y al ciclista australiano, por lo visto, con un casco y un buen puñado de bridas.

domingo, 4 de octubre de 2026

LOS MURCIÉLAGOS EMPEZARON A VOLAR EN EUROPA

 

Un murciélago que sale de su refugio al anochecer parece tener bastante claro adónde va. Nosotros, en cambio, llevamos décadas intentando averiguar de dónde viene. No de qué campanario o de qué cueva, sino de qué lugar del mundo surgieron los primeros mamíferos capaces de volar batiendo las alas. Se habían propuesto África, América del Norte y Asia. Ahora, una investigación publicada en Nature señala otro escenario: Europa, durante el Paleoceno tardío, antes de que comenzara el Eoceno, hace unos 56 millones de años.

Conviene precisar desde el principio el alcance del hallazgo. Los investigadores no han descubierto un esqueleto al que podamos señalar como el primer murciélago de la historia. Tampoco han identificado al mamífero terrestre concreto del que descendieron estos animales. Lo que ofrecen es una reconstrucción de su historia evolutiva que sitúa en Europa su origen geográfico más probable. La novedad reside en haber combinado dos archivos que suelen estudiarse por separado: los genomas de las especies actuales y los restos de sus parientes extinguidos.

Los murciélagos son un grupo extraordinario incluso dentro de una clase de animales que incluye ballenas, elefantes y ornitorrincos. Con más de 1.500 especies, representan más de una quinta parte de los mamíferos vivos. Los hay que comen insectos, frutas, néctar, peces, otros vertebrados y, en unos pocos casos, sangre. Algunos alcanzan longevidades sorprendentes para su tamaño. Pero su innovación más visible sigue siendo el vuelo propulsado: ningún otro mamífero ha desarrollado la capacidad de sostenerse en el aire mediante el batido de sus alas.

El problema es que los murciélagos entraron en el registro fósil como actores que aparecen en escena cuando la representación ya lleva un rato en marcha. Los fósiles más antiguos conocidos, de hace aproximadamente entre 56 y 52 millones de años, muestran animales que ya podían volar. Algunos conservan esqueletos excelentes, pero gran parte del registro consiste en dientes aislados y fragmentos de huesos. Faltan muchas páginas del relato, entre ellas las que permitirían seguir paso a paso la transformación de un mamífero no volador en uno alado.

Además, volar complica las pesquisas sobre el lugar de nacimiento. Un animal capaz de dispersarse ampliamente puede acabar muy lejos del territorio donde surgió su linaje. La distribución actual de sus descendientes no equivale a una partida de nacimiento. Y encontrar un fósil muy antiguo en un continente tampoco demuestra, por sí solo, que el grupo se originara allí: puede significar que allí quedaron las condiciones adecuadas para conservarlo y que alguien tuvo la fortuna de encontrarlo.

Para afrontar estas dificultades, el equipo internacional del consorcio Bat1K analizó genomas de 103 especies, representativas de las 21 familias actuales de murciélagos. Cuarenta y dos de esos genomas se presentan por primera vez en el trabajo. Son ensamblajes de gran calidad, organizados a escala cromosómica, que permiten comparar extensas regiones del ADN y reconstruir las relaciones de parentesco con mayor detalle que los estudios basados en un puñado de genes.

Sin embargo, disponer de más ADN no resuelve automáticamente todos los problemas. Los investigadores encontraron que distintas regiones del genoma cuentan historias parcialmente diferentes. La diversificación rápida de los linajes y los antiguos intercambios genéticos entre ellos pueden dejar señales contradictorias. El árbol genealógico se parece entonces a un documento sobre el que varias generaciones han escrito, corregido y añadido anotaciones.

Una aportación del estudio consiste precisamente en distinguir esas señales. Los genes que codifican proteínas están sometidos a presiones selectivas que pueden dificultar la reconstrucción del parentesco. Por eso, los autores examinaron también regiones que evolucionan de manera aproximadamente neutral. Y, para resolver ciertas discrepancias, prestaron especial atención a una región del cromosoma X donde la recombinación es muy baja: un lugar que, según su interpretación, conserva mejor la señal de las separaciones originales entre linajes.

Los valores dentro de cada segmento indican el número de ensamblajes genómicos por familia; los valores junto a los nombres de las familias muestran la cobertura de especies (%) en relación con todas las especies descritas en esa familia. Los colores exteriores indican las superfamilias; Myzopodidae se muestra dentro de Vespertilionoidea. Los iconos indican el nicho de alimentación y las capacidades de ecolocalización en cada familia. Comenzando desde arriba y moviéndose en el sentido de las agujas del reloj, las ilustraciones corresponden a las siguientes familias y especies: Pteropodidae ( Pteropus capistratus ), Rhinopomatidae (Rhinopoma hardwickii), Megadermatidae (Lavia frons), Craseonycteridae (Craseonycteris thonglongyai), Rhinonycteridae (Triaenops persicus), Hipposideridae (Hiposideros diadema), Rhinolophidae (Rhinolophus megaphyllus), Nycteridae (Nycteris hispida), Emballonuridae (Saccopteryx leptura), Myzopodidae (Myzopoda aurita), Natalidae (Natalus stramineus), Cistugidae (Cistugo lesueuri), Molossidae (Eumops perotis), Miniopteridae (Miniopterus schreibersii), Vespertilionidae (Lasiurus cinereus), Mystacinidae (Mistacina tuberculata), Thyropteridae (Thyroptera tricolor), Furipteridae (Furipterus horrens), Noctilionidae (Noctilio leporinus), Mormoopidae (Mormoops megalophylla) y Phyllostomidae (Tonatia saurophila). Todas las ilustraciones fueron dibujadas a mano por Fiona Reid. El logotipo de Bat1K fue diseñado por Peter Lang bajo una licencia Creative Commons Universal Public Domain CC0 1.0 . Las imágenes no están dibujadas a escala. Imagen modificada a partir de Morales et al. (Nature, 658).

La segunda mitad de la investigación devolvió los huesos a la historia. El equipo incorporó 699 caracteres morfológicos de 65 especies, entre ellas 44 especies fósiles. Combinó esa información anatómica con los datos genómicos mediante modelos que permiten estimar parentescos y fechas considerando tanto la aparición de nuevos linajes como su extinción. Después reconstruyó sus movimientos geográficos teniendo en cuenta la posición cambiante de los continentes y las posibilidades de dispersión.

El resultado sitúa al antepasado inicial de los murciélagos en Europa, con una probabilidad posterior del 99,2 % dentro del modelo utilizado. Es un apoyo estadístico muy elevado, aunque no debe confundirse con una certeza independiente de los datos y de los supuestos del análisis. Los propios autores reconocen las limitaciones del registro fósil. Aun así, la reconstrucción favorece con claridad el escenario europeo frente a los orígenes propuestos anteriormente.

Desde Europa, sus descendientes habrían pasado probablemente a África. Ese eje europeo y africano se convirtió después en un centro de expansión desde el que distintos linajes alcanzaron América, Asia y Australia. La diversificación de los grandes grupos coincidió aproximadamente con el máximo térmico del Paleoceno-Eoceno, hace unos 56 millones de años, un episodio de calentamiento global y transformación ambiental. No era, desde luego, la Europa de los inviernos actuales: para comprender aquellos movimientos hay que imaginar otro clima y otra disposición de las tierras emergidas.

El estudio también modifica algunas rutas propuestas para la conquista de América. Para uno de los grandes grupos, los noctilionoideos, los autores infieren una expansión desde Europa hacia América del Norte hace unos 54 millones de años, compatible con una ruta por las tierras del Atlántico norte. Más tarde, entre unos 51 y 44 millones de años atrás, sus descendientes habrían llegado a América del Sur. En este caso, el modelo ofrece muy poco apoyo a una travesía directa desde África por islas atlánticas.

Hay otra pieza especialmente sugerente: Vielasia, un murciélago fósil con indicios anatómicos de ecolocación laríngea, aparece situado entre los linajes más antiguos. Su posición respalda que la capacidad de emitir sonidos y orientarse mediante sus ecos surgió antes de la diversificación del conjunto que engloba a todos los murciélagos actuales. No demuestra que vuelo y ecolocación aparecieran al mismo tiempo, pero refuerza la idea de una relación temprana entre ambas innovaciones.

Así pues, la investigación no cierra toda la historia. Todavía falta saber con precisión cómo se construyó el primer murciélago y qué aspecto tenían sus antepasados inmediatos. Pero sí ofrece una respuesta mucho más sólida a la pregunta de dónde comenzó aquella aventura. Antes de ocupar cuevas tropicales, desiertos, selvas y ciudades de casi todo el planeta, los mamíferos alados habrían iniciado su expansión en una Europa remota. Mientras seguimos buscando las páginas que faltan, sus descendientes continúan cruzando el crepúsculo, perfectamente orientados en una oscuridad que a nosotros aún nos cuesta descifrar.