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jueves, 23 de julio de 2026

EL PRINCIPITO DE LOS DINOSAURIOS

 

Cuando pensamos en Tyrannosaurus rex imaginamos un animal descomunal. Lo vemos avanzando entre bosques de coníferas con una cabeza del tamaño de un automóvil pequeño, mandíbulas capaces de triturar huesos y un peso cercano a las ocho toneladas. Es el dinosaurio por excelencia, el gran villano de documentales y películas, el depredador supremo del Cretácico. Cuesta imaginar que semejante gigante comenzara su vida siendo una criatura que apenas pesaba lo mismo que un gato doméstico.

Tamaños y pesos (en gramos) de dos tiranosaurios jóvenes (uno de ellos perinato), comparados con el tamaño de un gato doméstico. Adaptado de Longrich y col. 2026.

Sin embargo, esa es precisamente la historia que acaba de empezar a reconstruirse gracias a un estudio publicado este año por Nicholas Longrich y sus colaboradores. Durante más de un siglo los paleontólogos habían estudiado esqueletos de Tyrannosaurus adultos y juveniles, pero seguía existiendo una incógnita sorprendente: nadie sabía con certeza cómo era un ejemplar recién salido del huevo. El rey de los dinosaurios tenía una infancia prácticamente desconocida.

La razón no era la falta de interés, sino la naturaleza caprichosa del registro fósil. Los huesos de un animal adulto son grandes, resistentes y relativamente fáciles de conservar durante millones de años. Los de una cría recién nacida, en cambio, son diminutos y frágiles. Se rompen con facilidad, son transportados por el agua, destruidos por carroñeros o pasan inadvertidos durante las excavaciones. Durante décadas se pensó que esos fósiles, sencillamente, no existían.

La sorpresa llegó cuando varios investigadores decidieron hacer algo poco espectacular, pero extraordinariamente eficaz: revisar las colecciones de los museos. En miles de cajas se acumulaban pequeños fragmentos óseos encontrados durante décadas en yacimientos del oeste de Norteamérica. Muchos habían sido clasificados como restos imposibles de identificar. Observados con técnicas modernas y comparados con otros fósiles mejor conservados, algunos de ellos resultaron pertenecer a individuos extraordinariamente jóvenes de T. rex y de otros tiranosáuridos.

El hallazgo permitió calcular por primera vez el aspecto aproximado de un T. rex al nacer. El resultado es desconcertante. La cría mediría unos setenta centímetros de longitud y pesaría entre kilo y medio y dos kilogramos. Es decir, era poco mayor que una gallina grande y no mucho más pesada que un gato. Resulta difícil creer que un animal tan pequeño acabara convirtiéndose en el mayor depredador terrestre de su tiempo.

Ese reducido tamaño también permite deducir cómo eran los huevos. Los autores estiman que medirían alrededor de cuarenta centímetros y pesarían poco más de un kilogramo. Para un dinosaurio adulto de ocho o nueve toneladas parecen sorprendentemente modestos. Precisamente por eso las hembras podían poner numerosas unidades en cada nidada, quizá entre veinte y treinta. Como ocurre en muchos reptiles actuales, la estrategia consistía menos en invertir enormes recursos en cada descendiente que en producir suficientes crías para que algunas sobrevivieran. Y sobrevivir no debía de ser fácil.

La imagen popular del Tyrannosaurus suele presentar a un cazador invencible, pero durante sus primeros meses de vida era cualquier cosa menos eso. Compartía el paisaje con grandes dinosaurios carnívoros, cocodrilos, serpientes y mamíferos depredadores perfectamente capaces de convertirlo en una presa. La mayor parte de aquellas crías probablemente nunca alcanzó la edad adulta. El éxito de la especie dependía de que unas pocas lograran superar esa peligrosa infancia.

Todo indica, además, que los jóvenes llevaban una existencia muy distinta de la de los adultos. Mientras estos dominaban el ecosistema y podían abatir grandes hadrosaurios o ceratópsidos, las crías tendrían que conformarse con insectos, pequeños mamíferos, lagartos y dinosaurios de reducido tamaño. Sus patas largas y su constitución ligera sugieren un animal rápido y ágil, especializado en perseguir presas pequeñas más que en imponerse por la fuerza.

A medida que crecían, también cambiaba su forma de vivir. Los paleontólogos creen que un Tyrannosaurus pasaba por varias etapas ecológicas perfectamente diferenciadas. Primero era un pequeño cazador de diminutas presas; después, un depredador de tamaño medio capaz de capturar animales cada vez mayores; finalmente, un coloso que ocupaba la cúspide de la cadena alimentaria. Era como si el mismo individuo desempeñara varios oficios distintos a lo largo de su vida.

Esta idea ayuda a resolver un viejo enigma. Durante mucho tiempo llamó la atención que en los ecosistemas del final del Cretácico hubiera relativamente pocos grandes carnívoros de tamaño intermedio. Hoy parece probable que esos depredadores existieran, pero fueran simplemente Tyrannosaurus adolescentes. Las distintas edades de una misma especie ocupaban nichos ecológicos diferentes y reducían así la competencia entre ellas.

Después llegaba el crecimiento espectacular. Los estudios realizados sobre los huesos de los tiranosaurios indican que, durante su adolescencia, podían ganar varios centenares de kilogramos cada año. En apenas dos décadas aquella pequeña criatura de dos kilogramos se convertía en un gigante de ocho o nueve toneladas. Cambiaban las proporciones del cuerpo, el cráneo se hacía enorme, la musculatura del cuello aumentaba y los dientes adquirían la robustez necesaria para atravesar huesos. La naturaleza construía al gran depredador paso a paso.

Curiosamente, estos descubrimientos también modifican nuestra forma de imaginar la extinción de los dinosaurios. Cuando pensamos en el impacto del asteroide que cayó hace sesenta y seis millones de años solemos visualizar enormes animales sucumbiendo al cataclismo. Pero cualquier población estaba formada por huevos, recién nacidos, juveniles y adultos. El desastre no acabó únicamente con los gigantes; interrumpió todo el ciclo de la vida.

En los nidos quedaron huevos que nunca llegarían a eclosionar. Miles de pequeñas crías, ocultas entre la vegetación, dejaron de encontrar alimento cuando las cadenas tróficas comenzaron a derrumbarse. Los adultos podían sobrevivir algún tiempo gracias a sus reservas, pero una especie no perdura por la resistencia de sus individuos más viejos, sino por su capacidad para producir una nueva generación. Cuando esa generación dejó de salir adelante, el destino del T. rex quedó sellado.

Quizá la enseñanza más interesante de esta historia sea otra. Durante más de cien años los paleontólogos buscaron respuestas en los enormes esqueletos que llenan las salas de los museos. Sin embargo, algunas de las preguntas más importantes terminaron resolviéndose gracias a unos pocos huesos diminutos que habían permanecido olvidados en los cajones de las colecciones científicas. La ciencia no siempre avanza descubriendo objetos espectaculares; a veces progresa aprendiendo a mirar con otros ojos aquello que llevaba décadas delante de nosotros.

Y así, el animal más temido del Cretácico recupera una parte de su biografía que habíamos perdido. Antes de convertirse en el gigantesco depredador que domina nuestra imaginación, fue una cría vulnerable que apenas sobresalía entre los helechos. Nadie que la hubiera visto entonces habría sospechado que estaba contemplando al futuro rey de los dinosaurios. Como ocurre tantas veces en la naturaleza, el comienzo de las grandes historias suele ser extraordinariamente modesto.

LA FLOR QUE ELIGE PAREJA SIN MOVERSE

 

Al caer la tarde, cuando las abejas regresan a la colmena y las mariposas diurnas desaparecen entre la vegetación, algunas plantas comienzan una segunda jornada que pasa inadvertida para la mayoría de nosotros. Sus flores, discretas durante el día, se abren por completo y liberan un perfume intenso que parece surgir de la nada. No es un regalo para los paseantes nocturnos, sino un mensaje cuidadosamente dirigido a un reducido grupo de destinatarios: las polillas esfinge, capaces de localizar una flor siguiendo únicamente su rastro aromático.

Entre esas especies destaca Nicotiana alata, una planta originaria del sur de Brasil, Paraguay, Uruguay y el norte de Argentina que desde hace casi dos siglos adorna jardines de medio mundo. Sus flores blancas, largas y tubulares carecen del llamativo colorido de otras ornamentales, pero compensan esa aparente modestia con una fragancia extraordinaria que alcanza su máxima intensidad precisamente cuando anochece. Es una estrategia evolutiva impecable. Los insectos que la visitan vuelan de noche y el perfume constituye para ellos una especie de faro químico que señala el camino hacia el néctar.

Nicotiana alata pertenece a la familia de las solanáceas, el mismo linaje al que pertenecen plantas tan conocidas como el tomate, la patata, el pimiento, la berenjena y el tabaco. El nombre del género recuerda al diplomático francés Jean Nicot, quien introdujo el tabaco en la corte francesa durante el siglo XVI creyendo que poseía propiedades medicinales. La especie, sin embargo, alcanzó la fama por una razón completamente distinta. Durante buena parte del siglo XX se convirtió en uno de los organismos más importantes para comprender cómo las plantas eligen a sus parejas.

La expresión resulta extraña porque las plantas, evidentemente, no pueden salir a buscarlas. Permanecen inmóviles toda su vida y dependen del viento o de los animales para transportar el polen. Además, la mayoría de sus flores son hermafroditas: producen simultáneamente polen y óvulos. A primera vista parecería mucho más sencillo utilizar el propio polen para fecundar los propios óvulos y olvidarse de insectos, vecinos y complicadas maniobras reproductivas. Sin embargo, la naturaleza rara vez escoge el camino más corto.

La autofecundación tiene un inconveniente importante. Generación tras generación reduce la diversidad genética y favorece que se acumulen mutaciones perjudiciales. En cambio, cuando dos individuos distintos intercambian sus genes aparecen nuevas combinaciones que aumentan la capacidad de adaptación de la población frente a enfermedades, cambios climáticos o nuevas plagas. La reproducción sexual constituye, en realidad, una poderosa fábrica de diversidad biológica.

Pero ¿cómo impedir que una flor se fecunde a sí misma si produce su propio polen? Durante décadas esa pregunta intrigó a los botánicos. El polen de N. alata parecía perfectamente sano, pero una parte importante de los granos nunca conseguía fecundar los óvulos de la misma planta. En cambio, esos mismos granos sí lograban hacerlo cuando procedían de un individuo diferente. El problema no residía en el polen, sino en la identidad de quien lo producía.

La solución comenzó a vislumbrarse gracias a los trabajos del genetista estadounidense Edward Murray East, que a principios del siglo XX demostró que la aceptación o el rechazo del polen dependían de un sistema hereditario. Décadas más tarde, los investigadores Adrienne Clarke y Bruce McClure, trabajando precisamente con N. alata, lograron identificar el mecanismo responsable. La planta fabrica unas enzimas, conocidas como S-RNasas, que actúan como un sofisticado control de identidad.

Cuando un grano de polen aterriza sobre el estigma no fecunda inmediatamente el óvulo. Antes debe germinar y producir un fino tubo microscópico que atraviesa el estilo hasta llegar al ovario. Durante ese recorrido la planta analiza su identidad genética. Si el polen procede de un individuo compatible, el tubo continúa creciendo sin dificultades. Si pertenece a la misma planta o comparte determinados genes con ella, las S-RNasas destruyen el ARN necesario para mantener vivo ese tubo y el viaje termina mucho antes de alcanzar su destino.

No existe ningún juicio consciente ni ninguna decisión en el sentido humano de la palabra. Todo ocurre mediante reacciones químicas entre proteínas y ácidos nucleicos. Sin embargo, el resultado final es extraordinario: la planta distingue entre un pretendiente adecuado y otro demasiado próximo desde el punto de vista genético, favoreciendo así el intercambio de genes entre individuos diferentes.

Aquella capacidad cambió profundamente la manera de entender la reproducción vegetal. Las flores dejaron de verse como estructuras pasivas que simplemente esperaban la llegada del polen y comenzaron a considerarse participantes activas en un proceso de selección extraordinariamente refinado. Aunque inmóviles, también ellas ejercen una forma de elección.

El descubrimiento tuvo consecuencias que iban mucho más allá de la biología de una planta ornamental. Demostró que las plantas poseen mecanismos de reconocimiento molecular de una sofisticación insospechada. Sin cerebro, sin neuronas y sin órganos sensoriales comparables a los nuestros, son capaces de identificar la procedencia genética del polen y decidir si merece la pena invertir recursos en una descendencia con él. La naturaleza había resuelto un problema evolutivo extraordinariamente complejo recurriendo únicamente a la química.

Los trabajos con N. alata convirtieron al género Nicotiana en uno de los organismos de referencia para la investigación botánica. Los científicos comenzaron a utilizar distintas especies para estudiar la regulación de los genes, la interacción entre plantas y patógenos, el desarrollo de las flores y numerosos procesos fisiológicos. Más recientemente, una de sus parientes, N. benthamiana, se ha transformado en una auténtica herramienta de laboratorio. Gracias a ella pueden producirse con rapidez proteínas destinadas a la investigación biomédica e incluso componentes utilizados en el desarrollo de vacunas experimentales. Resulta paradójico que un género asociado durante siglos al tabaco y a sus efectos nocivos haya terminado contribuyendo también al progreso de la medicina.

La historia evolutiva del propio género añade otro motivo de interés. Los análisis genéticos han revelado que algunas especies de Nicotiana surgieron tras la hibridación entre especies distintas, seguida de una duplicación espontánea de todos sus cromosomas. Ese proceso, conocido como poliploidía, es mucho más frecuente en las plantas que en los animales y constituye uno de los grandes motores de la evolución vegetal. El tabaco cultivado, N. tabacum, nació precisamente de esa forma. Lo que comenzó siendo un híbrido estéril recuperó la fertilidad tras duplicar su genoma y terminó convirtiéndose en una especie nueva. La evolución, al menos en las plantas, no siempre avanza a paso lento; de vez en cuando también da grandes saltos.

Todo ello obliga a revisar una vieja idea que todavía permanece muy arraigada. Durante siglos se consideró que las plantas eran organismos simples, poco más que seres vivos anclados al suelo, incapaces de responder con flexibilidad a lo que ocurría a su alrededor. Hoy sabemos que esa imagen es profundamente injusta. Las plantas perciben la luz y la gravedad, detectan la humedad del suelo, intercambian señales químicas con hongos y bacterias, reconocen el ataque de insectos herbívoros y ajustan continuamente su crecimiento a las condiciones del ambiente. La reproducción constituye otro magnífico ejemplo de esa complejidad oculta.

En realidad, N. alata viene a recordarnos que la inmovilidad no implica pasividad. Incapaz de desplazarse para buscar pareja, ha desarrollado un sistema mucho más elegante. Primero atrae a los polinizadores mediante un perfume que solo libera cuando ellos están activos. Después, una vez que el polen llega al estigma, examina cuidadosamente su identidad genética y permite avanzar únicamente a los candidatos compatibles. Es una estrategia silenciosa y completamente invisible para quien contempla la flor desde fuera, pero extraordinariamente eficaz desde el punto de vista evolutivo.

La próxima vez que encuentre una mata de N. alata en un jardín, quizá merezca la pena acercarse al anochecer. El aroma seguirá siendo el mismo que cautivó a los jardineros europeos hace casi doscientos años, pero será difícil percibirlo de la misma manera. Mientras una polilla esfinge sigue esa estela perfumada hacia el néctar, en el interior de la flor se está desarrollando una conversación química de una precisión extraordinaria. Allí, donde todo parece quieto, una planta está haciendo algo que solemos considerar exclusivamente humano: elegir con quién merece la pena tener descendencia.

No está nada mal para una flor que, vista a plena luz del día, apenas parece otra planta más del jardín.

miércoles, 22 de julio de 2026

CUANDO LAS PALMERAS CRECÍAN JUNTO AL CÍRCULO POLAR ÁRTICO

 

Si alguien afirmara que hace millones de años crecían palmeras a pocos kilómetros del Círculo Polar Ártico canadiense, probablemente pensaríamos que se trata de una exageración. Cuando pensamos en el norte de Canadá vienen a la cabeza tundras interminables, lagos helados, bosques de coníferas, osos polares y muchos meses de nieve. Lo último que esperaríamos encontrar sería una playa bordeada de palmeras.

Sin embargo, la realidad resulta todavía más sorprendente que la imaginación. Hace unos 48 millones de años, durante el Eoceno, una parte del actual Ártico canadiense disfrutaba de un clima tan benigno que permitía prosperar a plantas propias de las regiones tropicales y subtropicales. Lo extraordinario es que los científicos no han llegado a esta conclusión gracias al hallazgo de hojas fosilizadas o troncos petrificados, sino siguiendo el rastro de unas diminutas partículas de sílice llamadas fitolitos.

El estudio, publicado en Annals of Botany, demuestra hasta qué punto la ciencia es capaz de reconstruir mundos desaparecidos a partir de indicios casi invisibles.

Antes de hablar de esas microscópicas "piedras vegetales" conviene detenerse un momento en las protagonistas de la historia: las palmeras. Con más de 2.500 especies, las Arecaceae constituyen uno de los grupos vegetales más representativos de las regiones cálidas del planeta. Europa apenas conserva dos especies autóctonas: el palmito (Chamaerops humilis) y la rarísima palmera cretense (Phoenix theophrasti). Más al norte ya no aparecen de forma natural.

La razón es sencilla. Las palmeras permanecen fisiológicamente activas durante todo el año y sus tejidos contienen abundante agua. No desarrollan una verdadera dormancia invernal y soportan muy mal las heladas prolongadas. Algunas especies toleran descensos ocasionales por debajo de cero grados, pero ninguna puede sobrevivir allí donde el suelo permanece congelado durante meses. Precisamente por ello constituyen uno de los mejores indicadores climáticos del registro fósil: si aparecen palmeras, los inviernos tuvieron que ser mucho más suaves que los actuales.

La prueba de su presencia no fueron hojas ni troncos, sino fitolitos. Muchas plantas absorben sílice disuelta del suelo y la depositan en determinadas células, formando diminutas estructuras minerales que conservan la forma del tejido vegetal. Cuando la planta muere, toda la materia orgánica desaparece, pero esos pequeños moldes de sílice permanecen prácticamente inalterables durante millones de años.

A, micrografía electrónica de barrido de un fitolito de palma datado en 48 millones de años durante el Eoceno. B, Fitolito moderno extraído del follaje de la palmera actual Trachycarpus fortunei. Las barras de escala representan 3 micras para A y 2 para B. Adaptado de Siver et al. 2026 Figura 3 (CC BY).

Cada grupo vegetal fabrica fitolitos con formas diferentes y las palmeras producen algunos de los más característicos. En sus hojas aparecen organizados en hileras llamadas estegmas, cuya disposición resulta tan característica que funciona como una auténtica huella dactilar. Gracias a esa resistencia extraordinaria, un bosque entero puede desaparecer sin dejar un solo tronco fósil y, sin embargo, conservar millones de fitolitos enterrados en los sedimentos. Eso fue precisamente lo que ocurrió en el norte de Canadá.

Los investigadores perforaron el relleno sedimentario de un antiguo gran cráter formado hace millones de años por una violenta explosión volcánica cuando un magma ascendente encontró aguas subterráneas. Tras la erupción, el cráter fue ocupado por un lago que, durante cientos de miles de años, acumuló limos, arcillas y restos orgánicos capa tras capa, conservando un extraordinario archivo del pasado.

Perforando el antiguo lago extrajeron un testigo continuo de 163 metros de longitud. Las dataciones radiométricas demostraron que parte de aquellos sedimentos se habían depositado hace unos 48 millones de años. Tras eliminar químicamente la materia orgánica y los minerales que no interesaban, los investigadores examinaron los microfósiles mediante microscopía óptica y electrónica.

(A) Resumen del registro estratigráfico del testigo de 163 metros de profundidad obtenido mediante la perforación. (B) Distribución de fitolitos de palma, Mallomonas bangladeshica, especies de Actinella y esponjas potamolépidas (identificadas como 'espículas de esponja P.') a lo largo de la fase lacustre del testigo extraído. Cada símbolo representa la presencia de restos fósiles a una profundidad específica en el testigo, verificada mediante microscopía electrónica de barrido. Se indica tanto la profundidad a lo largo del testigo (eje izquierdo) como la profundidad VE (eje derecho) con respecto a la superficie. Adaptado de Siver et al. 2026 Figura 3 (CC BY).

La recompensa llegó pronto. Entre miles de partículas minerales aparecieron abundantes fitolitos con la morfología característica de las palmeras. Más espectacular aún fue encontrar hileras completas de estegmas que habían permanecido unidas desde que las hojas comenzaron a descomponerse en la orilla del lago hacía cuarenta y ocho millones de años. Era una prueba prácticamente irrefutable: allí habían crecido palmeras.

Pero la investigación no terminó ahí. Los científicos analizaron también el resto de los microfósiles presentes en las mismas capas sedimentarias y el antiguo paisaje comenzó a reconstruirse con una precisión extraordinaria.

Junto a los fitolitos aparecieron restos de una esponja de agua dulce cuyos parientes actuales viven exclusivamente en regiones tropicales y subtropicales, varias especies de algas propias de aguas cálidas y cinco especies de diatomeas del género Actinella, hoy prácticamente restringidas a ambientes tropicales. Ninguno de estos organismos demostraba por sí solo la existencia de un clima cálido. Todos juntos, sin embargo, contaban exactamente la misma historia.

No se trataba de unas pocas palmeras sobreviviendo en un rincón especialmente favorable. Todo el ecosistema era subtropical. Los inviernos debían mantenerse por encima del punto de congelación y el lago estaba rodeado por una vegetación exuberante, aunque durante varios meses al año el Sol desapareciera igualmente bajo el horizonte, como sigue ocurriendo hoy.

Lo más fascinante es que toda esta reconstrucción no se ha basado en grandes troncos petrificados ni en espectaculares esqueletos fósiles, sino en miles de microscópicas partículas de sílice invisibles a simple vista. La paleontología moderna ya no consiste únicamente en desenterrar dinosaurios. A veces una mota de polvo observada al microscopio basta para devolver a la vida un mundo entero.

La próxima vez que vea un documental sobre el Ártico canadiense, con sus osos polares caminando sobre el hielo y sus interminables paisajes de tundra, recuerde que ese mismo territorio fue un día un lugar donde crecían palmeras, prosperaban algas tropicales y los lagos albergaban organismos propios de climas mucho más cálidos.

No, probablemente todavía no sea el mejor destino para reservar unas vacaciones de playa. Pero resulta fascinante pensar que, bajo el permafrost canadiense, sigue enterrado el recuerdo mineral de un antiguo paraíso subtropical. A veces basta un puñado de microscópicas piedras vegetales para demostrar que el mundo fue, literalmente, otro.

martes, 21 de julio de 2026

POR QUÉ EL MIEDO PESA MÁS QUE EL AGUA

 

Comenzó el verano y, con él, la noticia que nadie querría volver a leer. La Real Federación Española de Salvamento y Socorrismo, a través de su Informe Nacional de Ahogamientos, registró 92 fallecimientos por ahogamiento no intencional durante el mes de junio de 2026. Es el peor mes de junio desde que comenzó la serie histórica en 2015 y supera con claridad el anterior máximo, los 73 fallecidos registrados en junio de 2025. El acumulado del año ascendía ya a 217 víctimas.

Cada una de esas cifras representa una tragedia familiar, pero también nos recuerda una realidad inquietante: el agua es un medio para el que los seres humanos no fuimos diseñados. Y, sin embargo, existe una aparente paradoja. Dos personas pueden caer al agua al mismo tiempo. Una permanece en la superficie durante minutos e incluso horas. La otra desaparece bajo el agua en cuestión de segundos. ¿Qué diferencia realmente a una de otra? ¿Por qué quien sabe nadar parece no hundirse mientras quien no sabe hacerlo se va al fondo?

La respuesta, sorprendentemente, tiene menos que ver con los músculos que con la física... y con la psicología.

Desde pequeños imaginamos que mantenerse a flote consiste en mover brazos y piernas sin descanso. Es una imagen que el cine ha repetido hasta la saciedad: el náufrago braceando frenéticamente mientras lucha contra el agua. En realidad, ocurre exactamente lo contrario. Cuanto más desesperadamente intenta una persona "pelearse" con el agua, más probabilidades tiene de agotarse.

El verdadero protagonista de esta historia es un viejo conocido de cualquier estudiante de ciencias: Arquímedes. Hace más de dos mil años, el sabio griego comprendió que un cuerpo sumergido recibe un empuje hacia arriba igual al peso del líquido que desplaza. Ese principio explica por qué un inmenso portaaviones de cien mil toneladas puede mantenerse a flote mientras una pequeña piedra se hunde sin remedio. No importa el peso absoluto, sino la relación entre peso y volumen, es decir, la densidad.

Y aquí aparece una agradable sorpresa. El cuerpo humano tiene una densidad extraordinariamente próxima a la del agua. No somos corchos, pero tampoco piedras. Dependiendo de nuestra constitución física y de la cantidad de aire que alberguen los pulmones, nuestra densidad puede situarse ligeramente por encima o ligeramente por debajo de la del agua dulce. En agua de mar, que es más densa debido a las sales disueltas, la flotación resulta todavía más fácil. Por eso casi cualquiera descubre durante sus vacaciones que mantenerse boca arriba en el Mediterráneo exige mucho menos esfuerzo que hacerlo en una piscina.

Los pulmones desempeñan un papel decisivo en este pequeño milagro cotidiano. Son, en cierto modo, dos flotadores biológicos. Cuando están bien llenos de aire aumentan el volumen corporal sin incrementar apenas el peso, reduciendo así la densidad media del organismo. Basta inspirar profundamente para notar que el cuerpo asciende unos centímetros. Al espirar por completo ocurre justo lo contrario: descendemos.

No es casualidad que los instructores de salvamento insistan tanto en controlar la respiración. Respirar despacio y profundamente no solo mejora el aporte de oxígeno. También incrementa la flotabilidad. Pero entonces surge otra pregunta. Si nuestro cuerpo posee esa capacidad natural para flotar, ¿por qué tantas personas se hunden?

Porque el principal enemigo rara vez es el agua. Es el pánico. Cuando alguien cae inesperadamente al agua, el organismo activa el llamado sistema de lucha o huida. El corazón se acelera, aumenta la liberación de adrenalina y la respiración se vuelve rápida, superficial y desordenada. Esa reacción resulta extraordinariamente útil cuando debemos escapar de un incendio o de un animal peligroso. En el agua, sin embargo, puede convertirse en una trampa mortal.

La persona asustada intenta sacar desesperadamente la cabeza, adopta una posición casi vertical y comienza a mover brazos y piernas con una intensidad enorme. Consume energía a gran velocidad, pierde coordinación y acaba agotándose. Paradójicamente, cuanto más lucha contra el agua, menos ayuda recibe de la propia agua.

Los socorristas conocen muy bien este fenómeno. Muchas víctimas no gritan ni piden ayuda. Están demasiado ocupadas intentando mantener la boca fuera del agua durante unos pocos segundos más. Desde la orilla pueden parecer tranquilas, cuando en realidad se encuentran en la fase crítica del ahogamiento.

Quien sabe nadar no posee ningún superpoder. Simplemente ha aprendido una habilidad fundamental: confiar en que el agua sostiene gran parte de su peso. Por eso una de las primeras técnicas que enseñan los monitores no consiste en recorrer largos de piscina, sino en flotar. Tumbarse boca arriba, abrir ligeramente brazos y piernas, dejar caer la cabeza hacia atrás, arquear un poco la espalda y respirar con calma. A muchos principiantes les sorprende descubrir que el agua hace casi todo el trabajo.

Naturalmente, no todas las personas flotan con la misma facilidad. La composición corporal influye mucho más de lo que solemos imaginar. La grasa tiene una densidad inferior a la del agua y favorece la flotación. El músculo, en cambio, es más denso. De ahí que una persona muy musculosa pueda necesitar una técnica más depurada para mantenerse inmóvil en la superficie que otra con un mayor porcentaje de tejido adiposo. No significa que unos naden mejor que otros, sino simplemente que el punto de equilibrio cambia ligeramente de una persona a otra.

También importa la distribución del peso. Nuestra cabeza contiene huesos relativamente pesados, mientras que el tórax alberga los pulmones llenos de aire. Encontrar el equilibrio consiste, precisamente, en aprovechar ese reparto natural. Quien intenta mantenerse completamente erguido obliga a sus piernas a soportar casi todo el peso del cuerpo. Quien adopta una posición horizontal distribuye mucho mejor las fuerzas y necesita realizar un esfuerzo mínimo.

Curiosamente, muchas personas creen que flotar es una habilidad innata. En realidad, es una destreza que se aprende. Igual que aprendemos a montar en bicicleta, el cerebro acaba interiorizando una serie de pequeños ajustes de postura y respiración que dejan de requerir atención consciente. A partir de ese momento parece que el cuerpo flota "solo". Pero detrás de esa aparente naturalidad hay muchas horas de práctica.

Todo ello explica otra paradoja. Saber nadar reduce enormemente el riesgo de ahogamiento, pero no lo elimina. Cada año fallecen también buenos nadadores. El cansancio extremo, las corrientes, el agua fría, un golpe contra una roca, un problema cardiaco o una imprudencia pueden superar incluso a una persona experimentada. Por eso las campañas de prevención insisten tanto en evitar bañarse en solitario, respetar las banderas de las playas y desconfiar del exceso de confianza.

Quizá la enseñanza más interesante sea también la más sencilla. Nuestro instinto nos dice que, si caemos al agua, debemos luchar desesperadamente contra ella. La física nos dice exactamente lo contrario. El agua ya está intentando sostenernos. Lo inteligente no es combatirla, sino colaborar con ella.

Arquímedes lo habría entendido al instante. El verdadero secreto para mantenerse a flote no consiste en vencer al agua, sino en dejar que el principio que descubrió hace veintidós siglos haga tranquilamente su trabajo. La próxima vez que contemples un lago, una piscina o el mar, recuerda que bajo esa superficie aparentemente tranquila actúan las mismas leyes físicas que mantienen a flote un trasatlántico. Tu cuerpo ya posee buena parte de las condiciones necesarias para aprovecharlas.

Lo que marca la diferencia entre el principiante y el nadador no es una fuerza extraordinaria, sino la serenidad suficiente para permitir que la física haga su trabajo antes de que el miedo tome el control.

EL LOTO QUE DESAFÍA AL TIEMPO

Loto sagrado, Nelumbo nuccifera. Foto de Mercedes Vadillo

Hay plantas que parecen empeñadas en recordarnos que la naturaleza no tiene la menor obligación de ajustarse a nuestras categorías. El loto sagrado es una de ellas. Durante siglos fue confundido con los nenúfares, luego se le concedió una familia propia y, para rematar la historia, los botánicos descubrieron que estaba mucho más emparentado con los plátanos de sombra y las espectaculares proteas sudafricanas que con las plantas acuáticas entre las que vive. Nada mal para una flor que, además, se ha convertido en símbolo de pureza, inmortalidad y serenidad en buena parte de Asia.

La familia Nelumbonaceae es una de las más pequeñas del reino vegetal. Hoy se admite que comprende un único género, Nelumbo, integrado por tan solo dos especies vivientes. Una es el loto sagrado (Nelumbo nucifera), originario de Asia y el norte de Australia. La otra es el loto americano (Nelumbo lutea), distribuido por buena parte de Norteamérica y el Caribe. Ambas son extraordinariamente parecidas y pueden hibridarse, circunstancia que ha llevado a algunos autores a preguntarse si realmente no representan dos poblaciones geográficas de un mismo linaje ancestral.

El nombre de la familia procede de Nelumbo, adaptación del vocablo cingalés nelum, con el que esta planta recibe su nombre en Sri Lanka. El epíteto nucifera significa "que lleva nueces", una alusión al curioso receptáculo donde maduran sus frutos, mientras que lutea significa "amarilla", por el color de las flores del loto americano.

Durante mucho tiempo nadie dudó de que los lotos pertenecían al mismo grupo que los nenúfares. Después de todo, ambos viven en aguas tranquilas, poseen grandes hojas circulares y producen flores espectaculares. Sin embargo, el parecido resultó ser una magnífica ilusión creada por la evolución. Los análisis moleculares demostraron que los lotos pertenecen al orden Proteales, junto a los plátanos de sombra (Platanus), las Proteaceae —la familia de las Protea, Banksia, Grevillea y Macadamia, el árbol de las nueces de macadamia— y las discretas Sabiaceae, una pequeña familia de árboles y lianas tropicales. Es decir, sus parientes vivos más próximos son, en su inmensa mayoría, árboles y arbustos terrestres.

Los verdaderos nenúfares, en cambio, pertenecen a una familia completamente distinta: las Nymphaeaceae, integradas en el orden Nymphaeales, uno de los linajes más antiguos de las plantas con flor. Las diferencias son numerosas. Las hojas del loto emergen por encima del agua sostenidas por largos pecíolos, mientras que las de los nenúfares suelen flotar sobre la superficie. Las flores del loto también se elevan varios centímetros sobre el agua, mientras que las de los nenúfares permanecen flotantes o apenas sobresalen. Sus frutos son igualmente distintos: el loto produce semillas alojadas en cavidades individuales excavadas en un receptáculo leñoso que recuerda al cabezal de una regadera, mientras que el fruto de los nenúfares madura sumergido. El parecido entre ambos grupos constituye uno de los mejores ejemplos de evolución convergente: dos linajes muy alejados que llegaron independientemente a soluciones casi idénticas para adaptarse a la vida acuática.

Y aquí comienza una de las historias más extraordinarias de la botánica.

En 1994 varios investigadores consiguieron germinar semillas de Nelumbo nucifera recuperadas de antiguos depósitos lacustres del noreste de China. Las dataciones mediante carbono-14 indicaban que algunas tenían alrededor de 1 300 años de antigüedad. Eran, en aquel momento, las semillas viables más antiguas jamás germinadas. Su extraordinaria longevidad parece deberse a una combinación de factores: una cubierta casi impermeable, una elevada concentración de compuestos antioxidantes y un metabolismo que permanece prácticamente suspendido durante siglos.

Es difícil no sentir cierta envidia. Mientras nosotros apenas conseguimos recordar dónde dejamos las llaves hace dos días, una semilla de loto puede esperar más de un milenio antes de decidir que ha llegado el momento adecuado para brotar.

El loto sagrado posee otra característica casi tan sorprendente como la anterior. Sus flores producen calor. Durante la floración son capaces de mantener una temperatura cercana a los 30 o 35 °C incluso cuando el aire es mucho más frío. Este fenómeno, conocido como termogénesis floral, favorece la evaporación de los compuestos aromáticos que atraen a los insectos polinizadores y proporciona a estos visitantes un refugio cálido durante la noche. En cierto modo, la planta enciende una pequeña calefacción biológica para facilitar su reproducción.

No menos famoso es el denominado efecto loto. Las hojas presentan una superficie cubierta por diminutas protuberancias microscópicas recubiertas de ceras hidrófobas. El agua apenas puede extenderse sobre ellas y forma gotas casi esféricas que, al deslizarse, arrastran partículas de polvo, microorganismos y esporas de hongos. El resultado es una superficie prácticamente autolimpiable. Este fenómeno inspiró el desarrollo de pinturas, tejidos, cerámicas y cristales capaces de mantenerse limpios durante mucho más tiempo, uno de los ejemplos más conocidos de biomímesis.

Pero ninguna de estas singularidades explica por qué recibe el nombre de loto sagrado.

La respuesta hay que buscarla en la cultura antes que en la botánica. En el hinduismo, el budismo y el jainismo, el loto simboliza la pureza espiritual porque hunde sus raíces en el barro mientras sus flores se elevan limpias e inmaculadas sobre la superficie del agua. La imagen posee una fuerza simbólica extraordinaria: la belleza puede surgir de la adversidad sin quedar contaminada por ella. No es extraño que Buda aparezca con frecuencia representado sentado sobre una flor de loto abierta y que numerosas divinidades hindúes sostengan esta planta o nazcan de ella.

Resulta una hermosa paradoja. El barro, que para nosotros suele representar suciedad, constituye precisamente el punto de partida indispensable desde el que el loto alcanza toda su perfección.

Esta estrecha relación con la vida cotidiana de Asia explica también la enorme cantidad de usos tradicionales que ha acumulado durante milenios. Prácticamente toda la planta resulta aprovechable. Los gruesos rizomas constituyen una hortaliza muy apreciada en China, Japón, Corea e India; las semillas se consumen frescas, tostadas o convertidas en harina para elaborar dulces; los pecíolos y hojas jóvenes también forman parte de la alimentación, mientras que las hojas adultas se utilizan para envolver alimentos durante su cocción, aportándoles un aroma característico.

La medicina tradicional asiática ha atribuido igualmente propiedades a casi todas sus partes. Rizomas, semillas, hojas y estambres se han empleado para tratar hemorragias, diarreas, inflamaciones, trastornos del sueño o problemas cardiovasculares. La investigación moderna ha identificado en ellos numerosos alcaloides, flavonoides y otros compuestos bioactivos que justifican parte de este interés, aunque muchas de las aplicaciones tradicionales continúan pendientes de una confirmación científica rigurosa.

Quizá sea esa combinación de utilidad, belleza y simbolismo la que ha permitido al loto conservar durante miles de años un lugar privilegiado en la imaginación humana. No abundan las plantas capaces de alimentar poblaciones enteras, inspirar religiones, enseñar a los ingenieros cómo fabricar superficies autolimpiables y, de paso, conservar semillas vivas durante más de un milenio.

Al fin y al cabo, pocas flores pueden presumir de desafiar con la misma elegancia al barro, al paso del tiempo y hasta a las propias clasificaciones de los botánicos.

lunes, 20 de julio de 2026

PORFIRIO DÍAZ, CIENTO CINCUENTA AÑOS DESPUÉS

 El hombre que impuso orden en México... y olvidó marcharse.

Durante más de un siglo, los escolares mexicanos aprendieron que Porfirio Díaz fue poco menos que el villano oficial de la historia nacional. No deja de ser curioso. Los villanos rara vez construyen ferrocarriles, equilibran las cuentas públicas, atraen inversiones extranjeras y mantienen en paz un país durante tres décadas. Tampoco los héroes suelen amañar elecciones, encarcelar opositores y convencerse de que la patria no puede sobrevivir sin ellos. Díaz hizo ambas cosas. Por eso, ciento cincuenta años después de su llegada al poder, sigue siendo uno de los personajes más discutidos de la historia de Latinoamérica.

El 28 de noviembre de 1876, tras el triunfo del Plan de Tuxtepec, el general Porfirio Díaz entró victorioso en Ciudad de México. Comenzaba un régimen que, con un breve paréntesis entre 1880 y 1884, se prolongaría hasta 1911 y acabaría dando nombre a toda una época: el Porfiriato.

Para comprender por qué los mexicanos aceptaron durante tanto tiempo que un solo hombre gobernara el país conviene olvidarse por un momento de la Revolución y observar el México que encontró Díaz. La independencia de 1821 no había traído la estabilidad prometida. Durante más de medio siglo el país vivió una sucesión casi ininterrumpida de pronunciamientos militares, guerras civiles, bancarrotas, invasiones extranjeras y gobiernos efímeros. La política giraba alrededor de caudillos más que de instituciones, y la autoridad del Estado apenas alcanzaba muchas regiones del territorio.

A esa inestabilidad se añadió un intenso enfrentamiento entre liberales y conservadores. Hasta que Benito Juárez impulsó las Leyes de Reforma y separó definitivamente la Iglesia del Estado, durante décadas la Iglesia católica había conservado un enorme poder económico y político. La Reforma resultó imprescindible para construir un Estado moderno, pero también desencadenó una guerra civil que dejó al país exhausto. Poco después llegó la intervención francesa y el efímero Imperio de Maximiliano. Cuando los republicanos recuperaron el poder, México era una nación soberana, sí, pero también empobrecida, dividida y profundamente cansada.

En ese escenario apareció Porfirio Díaz. Nacido en Oaxaca en 1830, combatió junto a Juárez durante la Guerra de Reforma y alcanzó fama como uno de los héroes de la resistencia contra los franceses. Su prestigio no procedía de la retórica ni de los salones políticos, sino del campo de batalla. Había contribuido a salvar la República y millones de mexicanos le veían como un militar capaz de garantizar algo que el país llevaba décadas buscando sin éxito: estabilidad.

La ironía histórica quiso que aquel héroe liberal se levantara inicialmente contra la reelección de Juárez y, pocos años después, contra la de Sebastián Lerdo de Tejada. El primero de esos intentos fracasó. El segundo lo condujo a la presidencia. En noviembre de 1876 comenzó un régimen que había nacido en nombre de la no reelección y que terminaría convirtiéndose en la reelección más prolongada de la historia moderna de México.

Sin embargo, la mayoría de los mexicanos no recibió a Díaz como a un dictador, sino como al hombre que podía poner fin al desorden. Hoy solemos juzgar aquel momento desde la comodidad de los sistemas constitucionales actuales, pero para muchos ciudadanos del siglo XIX el principal problema no era la falta de democracia. Era la ausencia de seguridad. Los caminos estaban infestados de bandoleros, los caciques dominaban extensas regiones y la administración apenas funcionaba. Antes que libertad política, buena parte del país reclamaba paz.

Díaz entendió perfectamente aquella demanda. Su lema, «Poca política y mucha administración», resumía una manera de gobernar que perseguía reducir los conflictos y favorecer el desarrollo económico. Mientras otros países latinoamericanos continuaban atrapados en guerras civiles, México empezó a ofrecer una imagen de estabilidad que atrajo capitales nacionales y extranjeros.

Los resultados fueron espectaculares. Cuando Díaz llegó al poder apenas existían unos centenares de kilómetros de ferrocarril. Treinta años después, la red ferroviaria superaba los diecinueve mil kilómetros y conectaba las principales ciudades con los puertos y la frontera estadounidense. Se ampliaron las líneas telegráficas, crecieron la minería y la industria, mejoraron las finanzas públicas y el país comenzó a integrarse en la economía internacional como nunca lo había hecho.

Detrás de esa modernización se encontraba un grupo de colaboradores conocidos como los Científicos, un nombre que puede inducir a error. No eran hombres de laboratorio, sino políticos y economistas influidos por el positivismo, convencidos de que el progreso material acabaría resolviendo los problemas nacionales. Durante algunos años pareció que tenían razón. México crecía, las inversiones llegaban y el Estado empezaba, por fin, a funcionar con cierta eficacia.

Pero el progreso, como ocurre con frecuencia en la historia, llevaba escondida su propia contradicción. La prosperidad, sin embargo, no había alcanzado a todos por igual. Mientras las ciudades crecían y el comercio florecía, la riqueza se concentraba en pocas manos. Grandes haciendas absorbían tierras comunales, millones de campesinos seguían atrapados por las deudas con sus patronos y numerosos pueblos indígenas perdían las propiedades que habían conservado durante generaciones. En Yucatán continuaba la larga Guerra de Castas y, en el norte, miles de yaquis fueron deportados para trabajar en condiciones miserables en plantaciones de henequén y caña de azúcar. El país avanzaba, pero no todos viajaban en el mismo tren.

A esa desigualdad se sumaba otra limitación aún más peligrosa: la política permanecía inmóvil. Díaz nunca necesitó instaurar un régimen de terror comparable al de otras dictaduras posteriores. Le bastó con controlar las elecciones, mantener sometida a la prensa más crítica y recordar periódicamente que la paz tenía un precio. Gobernadores, jueces y parlamentarios comprendían perfectamente que su permanencia en el cargo dependía de la confianza del presidente.

La gran paradoja del Porfiriato es que cuanto más eficaz se mostraba el Estado, más innecesario parecía el propio Porfirio Díaz. Las instituciones comenzaban a funcionar, la administración era más sólida y la economía crecía, pero el régimen seguía descansando sobre una única persona. El héroe liberal que había combatido la reelección de Benito Juárez terminó convencido de que solo él podía garantizar la estabilidad de México.

Aquella convicción acabó convirtiéndose en su mayor error. Los regímenes personalistas suelen creer que confunden su propia supervivencia con la del Estado. Mientras todo funciona, la diferencia parece irrelevante. El problema aparece cuando el gobernante envejece y nadie sabe cómo sustituirlo sin poner en riesgo todo el edificio político.

Eso fue exactamente lo que ocurrió. En 1908, durante una entrevista concedida al periodista estadounidense James Creelman, Díaz dejó entrever que México estaba preparado para celebrar elecciones libres y que él no tendría inconveniente en retirarse. Probablemente pensó que controlaría la transición igual que había controlado el país durante treinta años. Calculó mal.

Un rico hacendado coahuilense llamado Francisco I. Madero tomó aquellas palabras al pie de la letra. Fundó el Partido Antirreeleccionista y convirtió una consigna aparentemente sencilla en un poderoso programa político: «Sufragio efectivo, no reelección». La ironía era evidente. El lema que derribó al Porfiriato era, en esencia, el mismo con el que el propio Díaz había justificado su rebelión contra Juárez casi cuarenta años antes.

Cuando el anciano presidente decidió volver a presentarse, la maquinaria empezó a resquebrajarse. No fue únicamente una rebelión de los pobres contra los ricos, ni una simple explosión de hambre. Fue también la protesta de una sociedad que había cambiado más deprisa que su sistema político. El México de 1910 era mucho más moderno que el de 1876, pero seguía gobernado con las mismas reglas.

La Revolución convirtió a Porfirio Díaz en el villano perfecto. Durante décadas apenas se habló de los ferrocarriles, del saneamiento de las finanzas públicas o de la consolidación del Estado. Del mismo modo, algunos de sus admiradores actuales parecen olvidar la represión política, la desigualdad social o la ausencia de libertades. Ni unos ni otros hacen justicia a la historia.

Ciento cincuenta años después de su llegada al poder, quizá sea posible contemplar al personaje con mayor serenidad. Porfirio Díaz no fue el monstruo que describieron los manuales revolucionarios, pero tampoco el gobernante providencial que algunos reivindican hoy. Fue un extraordinario constructor de Estado que nunca aprendió a construir instituciones capaces de sobrevivirle. Pacificó un país agotado por medio siglo de guerras, impulsó su modernización y lo incorporó a la economía mundial, pero acabó creyendo que la estabilidad dependía exclusivamente de su permanencia en el poder.

Ese fue, probablemente, su mayor fracaso. Los países pueden necesitar, en determinados momentos, dirigentes fuertes capaces de imponer orden donde reina el caos. Lo que nunca deberían necesitar es hombres imprescindibles. Cuando una nación llega a esa conclusión, el problema ya no es el gobernante. Es el propio sistema. 

Y quizá sea esa, más que cualquier otra, la lección que sigue dejando Porfirio Díaz siglo y medio después: construir un Estado es una hazaña; conseguir que funcione sin depender de un solo hombre es una obra mucho más difícil.

domingo, 19 de julio de 2026

EL ENIGMA DEL ORGASMOTRÓN

 

Si hubiera que confeccionar una lista de los científicos más extravagantes del siglo XX, Wilhelm Reich ocuparía sin duda uno de los primeros puestos. Competiría con quienes aseguraban haber descubierto la Atlántida o inventado máquinas de movimiento perpetuo. La diferencia era que Reich había comenzado siendo un investigador brillante.

Nacido en 1897, estudió Medicina en Viena y fue uno de los discípulos más prometedores de Sigmund Freud. Sin embargo, pronto comenzó a desarrollar ideas cada vez más heterodoxas sobre la sexualidad. Convencido de que muchas neurosis eran consecuencia de una vida sexual insatisfactoria, publicó en 1927 La función del orgasmo, obra que marcó el inicio de su ruptura con el psicoanálisis ortodoxo.

Exiliado primero de los círculos psicoanalíticos y después de Europa por el ascenso del nazismo, Reich se instaló en Estados Unidos, donde sus teorías tomaron un rumbo todavía más sorprendente. Afirmó haber descubierto una misteriosa "energía orgónica" presente en todos los seres vivos y diseñó un aparato destinado a acumularla: una sencilla cabina formada por capas alternas de madera y metal en cuyo interior los pacientes permanecían sentados durante un tiempo determinado. Según Reich, aquel dispositivo podía aliviar trastornos psicológicos, aumentar la potencia sexual e incluso combatir el cáncer.

Las autoridades sanitarias estadounidenses no compartieron semejante entusiasmo. Acusado de fraude y desacato por seguir comercializando sus acumuladores de orgón, Reich fue condenado a prisión, donde murió en 1957.

Su extravagante invento habría caído probablemente en el olvido de no ser porque Woody Allen lo inmortalizó en Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo (pero nunca se atrevió a preguntar). Allí aparecía una gigantesca máquina capaz de provocar orgasmos instantáneos, bautizada con un nombre mucho más memorable que el original: el orgasmotrón. La historia resulta divertida, pero detrás de ella se escondía una pregunta extraordinariamente seria:

¿Para qué sirve realmente el orgasmo?

En el hombre la respuesta parece evidente. El orgasmo culmina una compleja secuencia de respuestas nerviosas, hormonales y musculares que termina con la eyaculación. Sin ese mecanismo, los espermatozoides no alcanzarían el aparato reproductor femenino y la reproducción sexual sería imposible. Desde el punto de vista evolutivo, su utilidad parece incuestionable.

Con el orgasmo femenino ocurre algo muy distinto. Las mujeres ovulan de forma espontánea durante su ciclo menstrual, independientemente de que mantengan relaciones sexuales. Pueden quedarse embarazadas sin experimentar orgasmo alguno y tener hijos perfectamente sanos. Entonces, ¿por qué la selección natural ha conservado durante millones de años un mecanismo fisiológico tan complejo como el que desencadena un orgasmo femenino?

Durante siglos nadie se planteó seriamente esta cuestión porque predominaba una idea equivocada. Desde la Antigüedad hasta bien entrado el siglo XIX se creyó que el orgasmo femenino era imprescindible para la concepción. El historiador de la medicina Thomas Laqueur recuerda que médicos tan influyentes como Galeno sostenían que tanto hombres como mujeres aportaban durante el clímax una especie de "semilla" necesaria para formar un nuevo ser.

La fisiología moderna demostró que aquello era falso. Los estudios de William Masters y Virginia Johnson confirmaron que el orgasmo femenino no es indispensable para la fecundación. Además, revelaron un dato anatómico decisivo: el principal órgano responsable del orgasmo femenino no es la vagina, sino el clítoris, una estructura extraordinariamente rica en terminaciones nerviosas cuya función conocida es proporcionar placer.

La cuestión, lejos de resolverse, se volvió todavía más intrigante. Uno de los primeros en ofrecer una explicación convincente fue el paleontólogo Stephen Jay Gould. Según él, no todo cuanto existe en un organismo tiene necesariamente una función adaptativa. Algunas características aparecen simplemente porque forman parte del mismo programa de desarrollo embrionario.

El ejemplo clásico son los pezones masculinos. Los hombres no los necesitan para alimentar a sus hijos, pero los poseen porque durante las primeras semanas del desarrollo los embriones masculinos y femeninos siguen exactamente el mismo plan de construcción. Con el orgasmo femenino podría ocurrir algo parecido. El clítoris y el pene proceden del mismo tejido embrionario y conservan una organización nerviosa muy similar. Si el pene produce orgasmos, el clítoris también. El orgasmo femenino sería así un subproducto del desarrollo, igual que los pezones masculinos.

La hipótesis era sofisticada y convincente, pero dejaba algunas dudas. El orgasmo femenino implica una respuesta fisiológica extraordinariamente compleja: aumenta la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la respiración; intervienen numerosas hormonas y neurotransmisores y se producen intensas contracciones de la musculatura pélvica. Resultaba difícil aceptar que un mecanismo tan elaborado hubiera permanecido durante millones de años sin desempeñar ninguna función.

Durante las décadas siguientes aparecieron diversas explicaciones. Una de las más conocidas fue la propuesta por Robin Baker y Mark Bellis, quienes sugirieron que las contracciones del orgasmo favorecerían la retención del semen dentro del aparato reproductor femenino. La hipótesis alcanzó cierta popularidad en los años noventa, aunque las pruebas experimentales nunca llegaron a ser concluyentes y hoy se considera una posibilidad entre varias.

El verdadero cambio de perspectiva llegó en 2016. Ese año, los biólogos evolutivos Mihaela Pavličev y Günter P. Wagner publicaron en la revista Journal of Experimental Zoology un artículo que proponía una explicación completamente distinta. Su objetivo no era averiguar para qué sirve hoy el orgasmo femenino, sino cuál fue su origen evolutivo. La clave consistía en mirar más allá de la especie humana.

Las mujeres ovulan espontáneamente, pero muchas hembras de mamíferos —como las conejas, las gatas, las huronas, las llamas o los camellos— solo liberan el óvulo después de la cópula. Son especies de ovulación inducida. En ellas, el apareamiento desencadena una cascada hormonal que culmina con la ovulación.

Pavličev y Wagner observaron que esa respuesta neuroendocrina presenta sorprendentes semejanzas con los cambios fisiológicos que acompañan al orgasmo femenino humano. A partir de esa comparación propusieron una hipótesis tan sencilla como sugerente: el orgasmo femenino sería el vestigio evolutivo de aquel antiguo reflejo que en nuestros antepasados desencadenaba la ovulación. Cuando los primates evolucionaron hacia una ovulación espontánea, el mecanismo perdió su función original, pero no desapareció. Permaneció incorporado a la respuesta sexual femenina.

La idea resultaba especialmente atractiva porque explicaba el origen del orgasmo, algo distinto de las posibles funciones que pudiera desempeñar en la actualidad, como reforzar el vínculo de pareja o aumentar el placer asociado a la actividad sexual. Naturalmente, una hipótesis tan ambiciosa necesitaba ser puesta a prueba.

Tres años después, los mismos investigadores publicaron en Proceedings of the National Academy of Sciences un ingenioso experimento utilizando conejas, una especie de ovulación inducida. Administraron a algunos animales fluoxetina, el principio activo del conocido antidepresivo Prozac, uno de cuyos efectos secundarios en las personas consiste precisamente en dificultar el orgasmo.

Si el orgasmo femenino y el antiguo reflejo ovulatorio compartían mecanismos neuroendocrinos, interferir con ellos debería afectar también a la ovulación de las conejas. Y eso fue exactamente lo que observaron. Los animales tratados con fluoxetina presentaron una reducción significativa de la ovulación inducida por la cópula. El experimento no demostraba definitivamente la hipótesis, pero proporcionaba el primer apoyo experimental importante a la idea de que ambos fenómenos podrían compartir un origen evolutivo común.

Como ocurre con frecuencia en ciencia, el debate continúa abierto. Otros investigadores han señalado que todavía existen aspectos por aclarar y que ninguna explicación resuelve por completo un fenómeno tan complejo. Pero precisamente ahí reside el interés de esta historia: en mostrar cómo avanza la ciencia. Las hipótesis no se aceptan porque resulten ingeniosas, sino porque sobreviven a los intentos de refutarlas.

Quizá nunca lleguemos a conocer toda la historia del orgasmo femenino. La evolución no deja manuales de instrucciones y los biólogos deben reconstruir el pasado a partir de comparaciones anatómicas, estudios fisiológicos y experimentos cuidadosamente diseñados. Lo verdaderamente fascinante es que una pregunta que comenzó entre las extravagancias de Wilhelm Reich y terminó inspirando una de las escenas más divertidas de Woody Allen haya acabado convirtiéndose en un problema central de la biología evolutiva.

Reich estaba completamente equivocado acerca de la energía orgónica y de sus supuestos acumuladores. Pero acertó, sin proponérselo, al llamar la atención sobre un fenómeno cuya complejidad seguimos intentando comprender.

Tal vez esa sea la mejor lección de esta historia. Incluso una idea disparatada puede contener una buena pregunta. Y, en ciencia, las buenas preguntas suelen ser mucho más valiosas que las respuestas precipitadas.

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Este artículo es una actualización de otro titulado "Orgasmotrón", que publiqué el 30 de abril de 2011.