Hay plantas que necesitan tierra
profunda, riego cuidadoso y un jardinero pendiente de ellas. Centranthus
ruber parece considerar todo eso una muestra innecesaria de comodidad. Le
basta una grieta en un muro, el borde de una carretera o un montón de piedras
donde cualquier jardinero sensato concluiría que no puede crecer nada. Allí
instala sus raíces, levanta sus tallos y, desde la primavera hasta bien entrado
el verano, se cubre de inflorescencias rosadas, rojas o, en algunas variedades,
blancas.
En España la conocemos como
valeriana roja, centranto rojo, milamores o hierba de San Jorge, aunque ninguno
de esos nombres resulta tan revelador como el científico. Centranthus
procede del griego kentron, «aguijón» o «espuela», y anthos, «flor»:
literalmente, flor con espolón. Basta mirar una flor de cerca para
comprenderlo. De la base de su pequeña corola tubular sale hacia atrás una
prolongación estrecha en la que se acumula el néctar. El epíteto ruber
es latino y significa sencillamente «rojo», por el color habitual de sus
flores. El nombre Centranthus ruber fue publicado por de Candolle en
1805, aunque Linneo había descrito antes la planta como Valeriana rubra.
Y eso nos conduce a una cuestión
interesante. Durante mucho tiempo se incluyó entre las valerianas y todavía la
llamamos valeriana roja, pero no pertenece al género Valeriana. Sí es
una pariente bastante próxima. La clasificación moderna incluye Centranthus
y Valeriana dentro de la familia Caprifoliáceas, aunque los libros
antiguos —y no tan antiguos— las situaban en una familia independiente, Valerianáceas.
Es uno de esos pequeños cambios que la filogenia molecular ha ido introduciendo
en nuestros manuales: las antiguas valerianáceas no han desaparecido, sino que
han quedado integradas dentro de una familia más amplia.
Centranthus ruber es una
planta perenne, aunque no particularmente longeva, que forma matas de tallos
erectos y algo carnosos capaces de alcanzar alrededor de un metro. Las hojas
son opuestas, enteras, de color verde azulado; las inferiores tienen pecíolo,
mientras que las superiores abrazan parcialmente el tallo. Pero lo
verdaderamente interesante aparece cuando nos acercamos a las flores.
Cada una mide apenas alrededor de
un centímetro. La corola forma un tubo que remata en cinco lóbulos desiguales y
posee un solo estambre fértil, una característica bastante llamativa. Hacia
atrás se prolonga el espolón que da nombre al género. Cientos de esas pequeñas
flores se agrupan en densos ramilletes terminales y consiguen que, contempladas
desde lejos, parezcan una única gran superficie coloreada.
El espolón no es un adorno. En su
fondo se encuentra el premio que la planta ofrece a sus visitantes: el néctar.
Para alcanzarlo hace falta disponer de una espiritrompa suficientemente larga,
de modo que las flores son frecuentadas sobre todo por mariposas y polillas,
aunque también reciben otros insectos capaces de aprovecharlas. La arquitectura
floral establece así una especie de control de acceso: cualquiera puede posarse
sobre la inflorescencia, pero no todos llegan al fondo de la despensa.
La planta es originaria de la
región mediterránea, desde el sur de Europa y el norte de África hasta zonas de
Asia occidental. En ese ambiente su comportamiento resulta perfectamente
comprensible. Está preparada para soportar insolación intensa, sequía estival y
suelos pobres y pedregosos. Sus hojas algo carnosas almacenan agua y sus raíces
encuentran refugio en fisuras donde otras especies tienen dificultades para
establecerse. Por eso es tan característica de paredes antiguas, canteras,
taludes ferroviarios y roquedos.
Su capacidad para vivir con casi
nada explica también su éxito como ornamental. Se cultiva desde hace siglos en
jardines europeos y se ha llevado después a numerosos países de clima templado.
Y allí ha demostrado una característica que los jardineros conocen bien: una
vez instalada, produce semillas con entusiasmo.
Después de la floración se forman
pequeños frutos secos, cada uno con una sola semilla, coronados por un penacho
plumoso procedente del cáliz. Cuando madura, ese penacho se despliega y
convierte el fruto en un diminuto paracaídas que el viento puede transportar
lejos de la planta madre. Es un mecanismo parecido, aunque botánicamente
distinto, al de los vilanos de los dientes de león.
La combinación resulta
formidable: tolerancia a la sequía, capacidad para crecer en suelos miserables,
floración abundante y semillas aerotransportadas. En su región natal convierte
a C. ruber en una eficaz colonizadora de lugares alterados. Fuera de
ella puede convertirla en un problema. Se ha naturalizado en Gran Bretaña,
Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y América del Norte, entre otras regiones,
y en algunos lugares, especialmente en zonas costeras de Estados Unidos, está
considerada especie invasora porque coloniza hábitats naturales y compite con
la vegetación autóctona.
Su condición de «valeriana» ha
favorecido además cierta confusión sobre sus propiedades medicinales. La
auténtica valeriana medicinal es principalmente Valeriana officinalis,
cuya raíz y rizoma contienen compuestos —entre ellos ácidos valerénicos—
relacionados con sus efectos sobre el sistema nervioso y que explican su empleo
tradicional como sedante. Centranthus ruber es otra cosa.
Eso no significa que carezca de
historia medicinal. Sus raíces y otras partes de la planta se han empleado
tradicionalmente como sedantes suaves, antiespasmódicos y remedios populares
contra el nerviosismo, probablemente por analogía con las valerianas verdaderas.
Se han identificado en el género iridoides y otros metabolitos secundarios,
pero la información farmacológica disponible es mucho menor que para Valeriana
officinalis. No parece prudente, por tanto, trasladar automáticamente a la hierba
de San Jorge las propiedades medicinales demostradas o propuestas para su
pariente.
Más curiosa todavía es su
historia alimentaria. Las hojas jóvenes se han consumido tradicionalmente como
verdura, crudas en ensalada o cocinadas, especialmente en algunas regiones
mediterráneas. Tienen un sabor algo amargo y no parece que vayan a destronar a
la lechuga, pero recuerdan que muchas de las plantas que hoy consideramos
exclusivamente ornamentales tuvieron antiguamente usos mucho más variados. Las
raíces también aparecen citadas como alimento en algunas fuentes etnobotánicas,
aunque su consumo nunca alcanzó gran importancia.
No se considera una planta de
elevada toxicidad. Como ocurre con tantas especies medicinales y comestibles
tradicionales, eso tampoco convierte cualquier preparación concentrada en
inocua ni justifica atribuirle las propiedades farmacológicas de Valeriana
officinalis. En este caso, la principal precaución probablemente no sea
química, sino ecológica: conviene impedir su dispersión en lugares donde pueda
escapar del jardín y colonizar ambientes naturales.
Puede que sea precisamente esa
facilidad para escapar lo que mejor define a C. ruber. Nosotros la
plantamos cuidadosamente en un macizo y ella parece preferir la pared de
enfrente. Le proporcionamos tierra fértil y riego y termina germinando en la
junta de dos piedras. Queremos decidir dónde debe vivir y la planta lleva
millones de años desarrollando sus propios criterios inmobiliarios.
Por eso, cuando encontremos una
valeriana roja creciendo en una grieta imposible, conviene acercarse. Allí
veremos las pequeñas flores con su espolón lleno de néctar, las mariposas que
introducen en él la espiritrompa y, poco después, los frutos preparando sus
paracaídas.
Todo lo necesario para conquistar
el siguiente muro.