Cuando el Spirit of Tasmania
soltó amarras del puerto de Geelong aún no despuntaba la noche. El sol acababa de situarse sobre el horizonte y en la bahía de Port Phillip quedaba esa luz
azulada que apenas dura unos minutos y que parece resistirse a admitir que el
día ha terminado. Apoyado en la cubierta de popa veía cómo el muelle comenzaba
a alejarse lentamente. Las luces del puerto se reflejaban sobre el agua oscura
formando largas columnas temblorosas y, mucho más allá, hacia el noreste, el
perfil luminoso de Melbourne empezaba a dibujarse contra el cielo como una
constelación caída sobre la tierra.
Siempre me ha gustado observar
ese instante preciso en el que un barco deja de pertenecer al puerto y empieza
a pertenecer al mar. Al principio apenas ocurre nada. Los remolinos de la
hélice se ensanchan lentamente y la línea del muelle parece permanecer inmóvil.
Pero, de pronto, uno advierte que la distancia aumenta, que las farolas se
transforman en diminutos puntos amarillos y que el horizonte empieza a abrirse.
Las luces de Melbourne ya no acompañan al viajero. Poco a poco quedan atrás,
suspendidas sobre la costa, hasta confundirse con las estrellas.
En apenas unas horas el ferry
abandonará la protección relativa de la bahía y entrará en el estrecho de Bass,
uno de los tramos de mar con peor reputación de Australia. Allí confluyen las
aguas del océano Índico y las del Pacífico mientras los persistentes Roaring
Forties —los «Cuarenta Rugientes»— empujan enormes masas de agua alrededor del
planeta sin encontrar apenas continentes que frenen su carrera. El resultado
suele ser un oleaje corto, incómodo y desordenado, muy distinto del balanceo
largo y casi hipnótico del océano abierto.
En esta noche de noviembre el
barco comenzó a moverse con decisión poco después de abandonar Port Phillip
Heads. No era un temporal, ni mucho menos, pero sí el suficiente oleaje para
recordar a los pasajeros que el estrecho de Bass nunca regala una travesía
completamente tranquila. El casco crujía de vez en cuando mientras cortaba las
olas, los motores mantenían un zumbido grave y constante y las cubiertas
exteriores fueron quedando vacías conforme el viento ganaba fuerza y el aire
adquiría ese olor limpio y salobre de los mares australes.
Sin embargo, mientras observaba
la oscuridad desde la cubierta, me di cuenta de que todos estábamos mirando el
lugar equivocado. Creíamos navegar sobre un brazo de mar cuando, en realidad,
navegábamos sobre una llanura. Bajo el casco del ferry, oculto por apenas unas
decenas de metros de agua, no siempre había existido un estrecho. Hace solo
unos doce mil años, un instante desde el punto de vista geológico, entre
Tasmania y el continente australiano se extendía una inmensa planicie recorrida
por ríos, salpicada de lagunas y cubierta por praderas. Si hubiera podido
arrojar un ancla capaz de atravesar el agua y el tiempo, no habría tocado el
fondo del mar, sino el suelo de un paisaje desaparecido.
Aquella llanura tenía un nombre
que hoy casi nadie recuerda: la llanura de Bass. Por ella caminaron
generaciones de canguros, wombats, emús, demonios de Tasmania y tilacinos.
También la recorrieron los primeros australianos, que podían desplazarse desde el
actual estado de Victoria hasta Tasmania sin construir una embarcación ni
mojarse los pies. El estrecho que aquella noche hacía oscilar suavemente el
ferry no existía. En su lugar había una inmensa carretera natural que unía dos
territorios que entonces formaban una sola tierra.
¿Dónde fue a parar semejante
paisaje? La respuesta hay que buscarla en la última glaciación. Hace unos
veinte mil años una enorme cantidad de agua permanecía atrapada en gigantescos
casquetes de hielo que cubrían Canadá, el norte de Europa y Siberia. Al faltar
toda esa agua en los océanos, el nivel del mar era unos ciento veinte metros
más bajo que el actual. Puede parecer una diferencia pequeña, pero bastó para
cambiar el mapa del mundo. Gran Bretaña estaba unida al continente europeo,
Australia y Nueva Guinea formaban un único continente conocido como Sahul y
entre Victoria y Tasmania se extendía una vasta llanura donde hoy navegan los
ferris.
Luego el clima comenzó a
calentarse. Los glaciares retrocedieron lentamente y el agua volvió al océano.
No fue una inundación catastrófica, sino un proceso tan pausado que ningún ser
humano llegó a percibirlo durante su vida. Generación tras generación, el mar
fue ocupando las zonas bajas, los ríos se transformaron en estuarios y la costa
retrocedió unos metros cada siglo. Hasta que, finalmente, el océano terminó por
cubrir la llanura de Bass y Tasmania quedó convertida en una isla.
Aquel brazo de mar que ahora
hacía balancear el Spirit of Tasmania no era, por tanto, un accidente
geográfico cualquiera. Era la cicatriz visible de un cambio climático natural
que transformó para siempre la historia de Australia. Y sus consecuencias iban
mucho más allá de modificar un mapa. Cambiaron el destino de animales... y
también el de las personas.
El aislamiento no afectó por
igual a todas las especies. Algunas desaparecieron de Tasmania antes incluso de
que el mar terminara de cerrar el paso; otras encontraron en la isla un refugio
frente a cambios que, miles de años después, las borrarían del continente. El
ejemplo más conocido es el del demonio de Tasmania, que en otro tiempo vivió en
buena parte de Australia y hoy solo sobrevive en la isla que terminó dándole
nombre. Algo parecido ocurrió con el tilacino o lobo marsupial. Durante
milenios campó por la Australia continental, pero cuando las condiciones
cambiaron al norte encontró en Tasmania un último refugio protegido por aquella
barrera de agua. Allí sobrevivió hasta bien entrado el siglo XX, cuando la
persecución humana acabó extinguiendo a una de las criaturas más
extraordinarias que ha conocido la evolución.
No solo quedaron aislados los
animales. También los seres humanos. Los antepasados de los aborígenes tasmanos
habían llegado caminando cuando la llanura de Bass todavía existía. Después, el
océano fue cerrando lentamente aquel corredor terrestre hasta convertirlo en un
estrecho infranqueable. No hubo un día concreto en que Tasmania se separara de
Australia. La ruptura ocurrió tan despacio que ninguna generación llegó a
contemplarla completa. Los nietos cazaban donde habían cazado sus abuelos, pero
el mar ocupaba ya una parte del camino. Siglos después, los senderos habían
desaparecido bajo las aguas y los territorios del norte se habían convertido en
un recuerdo transmitido de padres a hijos.
Mientras pensaba en todo ello, el
Spirit of Tasmania seguía avanzando hacia el sur. El ferry subía lentamente
sobre una ola y descendía después con un golpe sordo que recorría todo el
casco. En los pasillos los pasajeros caminaban con esa ligera inclinación
lateral que uno adopta sin darse cuenta cuando el suelo decide no permanecer
quieto. El estrecho de Bass tiene fama de incómodo precisamente porque es poco
profundo. En el océano abierto las olas pueden desarrollar largas ondulaciones;
aquí el fondo las comprime, las desordena y las vuelve mucho más bruscas. Si a
ello se suman los vientos procedentes de las latitudes australes, se entiende
por qué este tramo de mar inspira tanto respeto a los navegantes.
Sin embargo, aquella agitación
hacía todavía más intensa una sensación difícil de explicar. Cada balanceo
parecía recordar que bajo nosotros permanecían enterrados antiguos cauces
fluviales, humedales y senderos recorridos durante miles de generaciones. Nosotros
necesitábamos un moderno ferry de casi doscientos metros de eslora para salvar
una distancia que, durante la última glaciación, cualquier cazador podía
recorrer simplemente caminando.
En algún momento de la madrugada
el movimiento del barco empezó a suavizarse. Cuando salí de nuevo a cubierta el
cielo comenzaba a aclararse por el este. Primero apareció una tenue franja
gris; después, un resplandor rosado fue separando el mar del horizonte hasta
que una línea de costa oscura empezó a dibujarse delante de la proa. Tasmania
emergía lentamente entre la bruma como si acabara de desprenderse del
continente durante la noche.
Las luces de Devonport fueron
haciéndose más nítidas mientras el ferry reducía velocidad y entraba en aguas
protegidas. Después de varias horas de mar abierto, el río Mersey parecía un
remanso. Los pasajeros regresaban a sus vehículos con el inevitable aspecto de
quien ha dormido poco y se prepara para empezar una nueva aventura. Yo, en
cambio, seguía pensando en la travesía.
Cuando el Spirit of Tasmania atracó poco después del amanecer, comprendí que el verdadero viaje no había sido entre Geelong y Devonport. Había consistido en atravesar doce mil años de historia de la Tierra. Los mapas nos acostumbran a pensar que los continentes, las islas y los mares han ocupado siempre el mismo lugar. La geología cuenta una historia muy distinta. Hace apenas un suspiro, en términos geológicos, habría podido recorrer a pie el trayecto que acababa de hacer en ferry.
Desde entonces, cada vez que observo un mapa recuerdo que no es una representación definitiva del planeta, sino una simple fotografía tomada en un instante de su larguísima historia. Bajo las aguas del estrecho de Bass sigue existiendo una carretera invisible. Ya no la recorren canguros, tilacinos ni cazadores aborígenes. Sobre ella navega, cada noche, un ferry lleno de viajeros que, sin sospecharlo, cruzan uno de los paisajes desaparecidos más fascinantes de la Tierra.



