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sábado, 27 de junio de 2026

LA ÚLTIMA PLANTA QUE INTRIGÓ A DARWIN HA FLORECIDO EN CUATRO CAÑOS

 

En un alcorque de Cuatro Caños, bajo una de las parrotias recién plantadas, ha aparecido un visitante inesperado. La última vez lo había visto en el viaje enloquecido con el que, empujado por el viento, volaba por las praderas próximas a North Platte, Nebraska. Verlo ahora, tan cerca de mi casa, me ha traído el recuerdo que une a esta planta con Charles Darwin.

A principios de abril de 1882, Darwin escribió una de las últimas cartas de su vida. Tenía setenta y tres años, llevaba tiempo soportando una enfermedad cardíaca que lo obligaba a limitar su actividad y sabía que las fuerzas empezaban a abandonarlo. Después de haber revolucionado la biología con la teoría de la evolución por selección natural, cualquiera imaginaría que sus últimas inquietudes científicas estarían relacionadas con el origen del ser humano, las orquídeas, las plantas insectívoras o alguno de los muchos asuntos que habían ocupado sus investigaciones durante medio siglo.

Sin embargo, aquella carta iba dirigida a un joven botánico estadounidense, James Edward Todd, al que le pedía con una sencillez casi conmovedora que, si le era posible, le enviara unas semillas de Solanum rostratum. Acababa de leer el trabajo que Todd había publicado sobre aquella discreta solanácea de las praderas norteamericanas y deseaba cultivarla en Down House, su casa cercana a Londres, para observar personalmente sus flores. Las semillas nunca llegaron a tiempo. Nueve días después, el 19 de abril de 1882, Darwin fallecía sin haber podido satisfacer aquella última curiosidad científica: hasta el último momento Darwin siguió convencido de que la naturaleza siempre escondía algún secreto nuevo para quien estuviera dispuesto a mirar con suficiente atención.

La intuición de Darwin era acertada. S. rostratum constituye una de las demostraciones más brillantes de cómo la evolución puede ir resolviendo, uno tras otro, los problemas que plantea la existencia de una planta. Cada rasgo de su anatomía parece responder a una pregunta distinta. ¿Cómo evitar ser devorada? ¿Cómo atraer polinizadores sin malgastar recursos? ¿Cómo dispersar las semillas a grandes distancias? ¿Cómo colonizar nuevos territorios?

En conjunto, la especie parece un catálogo de soluciones evolutivas acumuladas durante millones de años de ensayo y error. No es extraño que hoy haya dejado de ser una curiosidad botánica para convertirse en uno de los organismos modelo con los que los biólogos estudian la evolución de las flores y las relaciones entre plantas e insectos.

El primer desafío consiste, naturalmente, en sobrevivir. Una planta no puede huir cuando aparece un herbívoro ni esconderse detrás de una roca. Debe permanecer inmóvil mientras vacas, ciervos, conejos o insectos deciden si merece la pena convertirla en la siguiente comida. S. rostratum afronta este problema con una contundencia que raya la exageración. Toda su superficie está armada. Los tallos aparecen cubiertos de largas espinas amarillentas; los pecíolos también; los nervios principales de las hojas exhiben aguijones igualmente afilados, e incluso el cáliz que envuelve al fruto termina transformándose en una auténtica jaula de púas. La sensación es que la planta desconfía profundamente del mundo y ha decidido fortificarse hasta donde le permite la anatomía.

Sin embargo, la evolución rara vez deposita toda su confianza en una única estrategia. Si algún animal decide soportar los pinchazos, encontrará una segunda línea defensiva mucho menos visible, pero probablemente más eficaz. Como muchas otras solanáceas, la especie sintetiza alcaloides esteroidales, entre ellos solanina, solasonina y solamargina, compuestos de sabor desagradable y potencialmente tóxicos que disuaden a numerosos herbívoros. Primero intenta convencer al atacante de que busque un alimento más cómodo; si eso no basta, procura que la experiencia resulte inolvidable.

Una vez resuelto el problema de no ser comida, aparece otro igual de importante: ¿cómo abandonar el lugar donde uno nació cuando está condenado a vivir enraizado? Muchas plantas confían esta tarea al viento mediante semillas provistas de vilanos; otras recurren al agua o seducen a los animales con frutos apetitosos. S. rostratum decidió no limitarse a una sola posibilidad. Al finalizar el verano, el tallo se seca y se vuelve quebradizo hasta desprenderse de la raíz. A partir de ese momento la planta entera se convierte en una esfera rodante impulsada por el viento. 

Es el fenómeno que los botánicos denominan estepicursor. Mientras rueda por praderas, cunetas o terrenos abiertos va liberando lentamente miles de semillas, distribuyéndolas a lo largo de un recorrido que puede alcanzar centenares de metros e incluso varios kilómetros si el viento sopla con suficiente intensidad. Es una solución tan sencilla que casi parece una broma de la evolución: si no puedes caminar, conviértete tú mismo en el vehículo. Pero, como ocurre tantas veces en biología, la planta tampoco deposita toda su confianza en este procedimiento. También produce pequeñas bayas que pueden ser consumidas por distintos animales, añadiendo una segunda vía de dispersión. Diversificar siempre ha sido una buena estrategia, tanto para un inversor como para una planta.

La reproducción constituye, sin embargo, el aspecto que convirtió a S. rostratum en objeto de la curiosidad de Darwin. A cierta distancia, sus flores amarillas no parecen especialmente diferentes de las de otras muchas solanáceas. Sólo cuando se observan de cerca comienza a advertirse que algo resulta extraño. Los cinco estambres no son iguales. Cuatro permanecen agrupados y son relativamente pequeños, mientras que el quinto es mucho más largo, aparece separado de los demás y ocupa una posición extravagante.

Un abejorro (Bombus terrestris) se acerca a una flor de Solanum rostratum listo para comenzar la polinización vibratoria. Foto.

Durante mucho tiempo aquella asimetría desconcertó a los botánicos. Hoy sabemos que representa uno de los ejemplos más refinados de heteranteria, un fenómeno en el que distintos estambres de una misma flor se especializan en funciones diferentes. Los cuatro estambres menores producen el polen que las abejas recolectarán como alimento para sus larvas. El quinto, en cambio, está diseñado para depositar polen sobre una región muy concreta del cuerpo del insecto, desde donde podrá ser transportado hasta otra flor. El polen de ambos tipos de anteras es viable; lo que cambia no es su fertilidad, sino el papel ecológico que desempeña. La planta, por decirlo de algún modo, paga a sus visitantes, pero procura que la mayor parte del capital reproductor no termine almacenado en las corbículas de una abeja.

Lo verdaderamente ingenioso es que ni siquiera ese polen resulta fácil de obtener. Las anteras permanecen cerradas y sólo presentan un diminuto poro en su extremo. Para que el polen salga no basta con que un insecto se pose sobre la flor. Hace falta una técnica muy concreta que sólo dominan determinadas abejas y abejorros. Estos insectos se aferran a los estambres con las mandíbulas y las patas, desacoplan los músculos que normalmente utilizan para volar y convierten su tórax en un pequeño vibrador capaz de producir cientos de oscilaciones por segundo.

La flor entera comienza entonces a zumbar y el polen sale despedido por los poros como si alguien estuviera agitando un salero microscópico. Este fenómeno, conocido como polinización por vibración, constituye uno de los mecanismos de polinización más sofisticados del reino vegetal. Las especies incapaces de producir esas vibraciones abandonan la flor con las patas prácticamente vacías. La recompensa existe, pero sólo para quienes saben abrir la cerradura.

Posición de un abejorro forrajero (Bombus terrestris audax) en floresde Solanum rostratum en dos orientaciones: horizontal (A) y colgante (B). Fotos.

Como si esta colección de ingenios no fuera suficiente, S. rostratum desempeña además un papel ecológico de enorme importancia en los agroecosistemas. La planta actúa como hospedadora natural del escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata), uno de los insectos fitófagos más conocidos del mundo. Gracias a ella, las poblaciones del coleóptero pueden mantenerse vivas incluso cuando los campos de patatas han desaparecido temporalmente del paisaje. Desde el punto de vista agrícola, esto supone un inconveniente considerable, ya que facilita la persistencia de una plaga extremadamente voraz. Desde la perspectiva del insecto, en cambio, representa una estrategia de supervivencia admirable. La evolución no entiende de buenos ni malos; únicamente favorece a quienes consiguen dejar descendencia.

Quizá por eso S. rostratum ha logrado extenderse muy lejos de las praderas donde evolucionó. Originaria de Norteamérica, hoy forma parte de la flora de amplias regiones de Europa, Asia, África, Australia y Sudamérica. Ha colonizado terrenos alterados, márgenes de caminos, campos de cultivo, vías férreas y solares urbanos con una eficacia extraordinaria. Su éxito no depende de una única adaptación milagrosa, sino de la suma de muchas pequeñas ventajas que, combinadas, forman un conjunto extraordinariamente eficaz. Espinas, alcaloides, plantas rodadoras, frutos para los animales, flores especializadas, polinización por vibración y una notable capacidad para convivir con el ser humano constituyen las piezas de un mismo rompecabezas evolutivo.

Es posible que Darwin nunca llegara a imaginar todas las respuestas que hoy conocemos sobre aquella planta cuyas semillas esperaba con impaciencia. Sin embargo, comprendió algo esencial: la grandeza de la evolución rara vez se manifiesta únicamente en los organismos más espectaculares. Con frecuencia se esconde en especies humildes que pasan inadvertidas para casi todo el mundo.

Basta detenerse unos minutos al borde de un camino para descubrir que una planta cubierta de espinas puede encerrar una colección de soluciones biológicas más ingeniosas que muchas de las máquinas construidas por nuestra propia especie. Quizá esa sea la razón por la que, hasta el último momento de su vida, Darwin siguió buscando respuestas en las flores más corrientes. Había aprendido que la naturaleza nunca desperdicia una buena idea y que, cuando una de ellas funciona, acaba escribiéndola pacientemente en el lenguaje silencioso de la evolución.

jueves, 25 de junio de 2026

BIODIVERSIDAD: CÓMO FABRICAR UN BOSQUE… Y PERDER LA NATURALEZA

 

Hay una curiosa tendencia humana a creer que la naturaleza es como una habitación desordenada: basta con colocar las cosas en filas rectas para que todo funcione mejor. Si un valle tiene árboles, pensamos que más árboles solo pueden ser una buena noticia. Si una montaña parece desnuda, la llenamos de verde. Y si ese verde, además, crece deprisa, produce buena madera y luce estupendamente en las fotografías aéreas, tanto mejor. Resulta difícil imaginar una idea más razonable. También resulta difícil imaginar una idea que haya producido tantos errores.

El gran ecólogo Aldo Leopold escribió en 1949 una frase que todavía hoy debería aparecer grabada a la entrada de todos los ministerios de medio ambiente del planeta: «Mantener cada pieza es la primera regla de la inteligencia ecológica». Lo extraordinario es que escribió aquello mucho antes de que existieran las herramientas para demostrarlo. Leopold intuía que la naturaleza era más parecida a un reloj suizo que a un almacén de piezas intercambiables. Uno puede quitar un pequeño engranaje y el reloj quizá siga funcionando durante un tiempo. El problema llega mucho después.

Algo así ocurrió en los Alpes italianos. En los años treinta, el régimen de Benito Mussolini decidió emprender una de aquellas grandes obras que tanto gustaban a los gobiernos convencidos de que la naturaleza necesita disciplina. Muchas laderas alpinas sufrían erosión y desprendimientos, así que la solución parecía evidente: plantar árboles. Millones de árboles.

La especie elegida fue la pícea noruega (Picea abies), una conífera elegante, de crecimiento rápido y madera excelente. Era el candidato perfecto para quien contemple un bosque con la misma mirada con la que un contable contempla una hoja Excel. En pocas décadas, praderas alpinas y bosques autóctonos fueron sustituidos por extensas plantaciones de abetos alineados con la precisión de un desfile militar. Desde la distancia, el resultado parecía magnífico. Las montañas se habían vuelto verdes. ¿Qué podía salir mal?

La respuesta ha tardado casi un siglo en llegar. Lo ha hecho en un artículo publicado en la revista Ecology. Un equipo dirigido por el ecólogo Gianalberto Losapio decidió estudiar dos zonas próximas al lago de Como donde aquellas plantaciones todavía dominan el paisaje. Compararon tres mundos vecinos: los bosques artificiales de pícea, los bosques caducifolios originales y los antiguos pastizales alpinos. Durante meses identificaron plantas, insectos y las propiedades del suelo, convencidos de que, después de noventa años, el bosque habría alcanzado algún tipo de equilibrio.

Encontraron exactamente lo contrario. En las parcelas ocupadas por las píceas aparecían, por término medio, apenas siete especies de plantas. En los bosques naturales había casi diecinueve. En las praderas alpinas, treinta y siete. Es decir, la diversidad vegetal se había reducido a menos de la mitad respecto al bosque original y a una cuarta parte de la que existía en los pastizales subalpinos.

Lo más llamativo es que, visto desde fuera, nadie habría sospechado nada. El bosque seguía siendo verde. Alto. Frondoso. Incluso hermoso. Era un poco como esos decorados del Oeste construidos en Hollywood: fachadas impecables que esconden edificios sin habitaciones detrás.

El problema es que plantar millones de ejemplares de una sola especie no equivale a reconstruir un bosque. Equivale a fabricar una plantación. La diferencia parece semántica, pero es enorme. Un bosque es una comunidad extraordinariamente complicada donde miles de especies llevan millones de años negociando quién vive junto a quién, quién florece primero, quién aprovecha la sombra, quién recicla las hojas caídas y quién alimenta a quién. Cuando todo eso se sustituye por una única especie repetida hasta el horizonte, la naturaleza pierde complejidad del mismo modo que una biblioteca perdería interés si todos sus libros fueran idénticos.

La propia biología de la pícea agravó el problema. Mientras hayas, arces o castaños dejan caer sus hojas durante el invierno y permiten que el sol alcance el suelo justo cuando muchas plantas alpinas necesitan florecer, la pícea conserva sus agujas todo el año. Bajo su copa apenas entra luz. No se trata de una competición justa entre especies. Es una prohibición permanente. Muchas plantas sencillamente dejan de existir porque nunca reciben la breve primavera luminosa para la que evolucionaron.

Tampoco el suelo escapó a la transformación. Durante décadas, las agujas acumuladas fueron acidificándolo lentamente. Los investigadores encontraron más carbono orgánico, lo que podría parecer una buena noticia, salvo porque ese carbono permanecía allí precisamente porque los microorganismos trabajaban cada vez menos. La materia orgánica se descomponía con lentitud, el reciclaje de nutrientes se ralentizaba y el bosque empezaba a comportarse como una ciudad donde los camiones de la basura hubieran dejado de pasar. Los residuos se acumulan, pero nadie diría que eso mejora el funcionamiento de la ciudad.

Los científicos analizaron además algo mucho más difícil de apreciar que el simple número de especies: las funciones ecológicas. No basta con contar habitantes; importa saber qué hace cada uno. En las plantaciones descubrieron que muchos de esos oficios habían desaparecido. Había menos especialistas, menos redundancia y menos capacidad para responder a enfermedades, sequías o plagas. El bosque seguía allí, sí, pero funcionaba peor.

Quizá el descubrimiento más sorprendente fue comprobar que, después de noventa años, la naturaleza ni siquiera había conseguido inventar un ecosistema nuevo. Nadie esperaba encontrar exactamente el bosque original, pero al menos cabía imaginar una comunidad diferente, adaptada a las nuevas condiciones. No ocurrió. No aparecieron especies propias de los bosques boreales ni surgió un equilibrio alternativo. Lo único que encontraron fue una versión empobrecida del antiguo bosque: las mismas especies de siempre, solo que muchas menos.

Los insectos del suelo parecían resistir algo mejor, probablemente porque pueden desplazarse con relativa facilidad entre hábitats cercanos. Sin embargo, incluso allí las alteraciones químicas del suelo sugerían que buena parte de la vida microscópica llevaba décadas cambiando silenciosamente. Todo esto podría parecer un episodio curioso de la historia forestal italiana si no fuera porque el mundo entero continúa haciendo exactamente lo mismo.

Hoy numerosos programas internacionales de reforestación miden su éxito por el número de árboles plantados. Es un indicador sencillo, barato y muy fotogénico. Los gobiernos anuncian millones de nuevos árboles, las empresas presumen de compensar emisiones y todos parecen satisfechos. El problema es que plantar árboles no siempre significa recuperar un bosque. Según diversos estudios, aproximadamente la mitad de las grandes superficies comprometidas para restauración forestal en el mundo consisten en monocultivos, muchas veces de especies ajenas al lugar.

Los Alpes italianos recuerdan que los errores ecológicos tienen una desagradable costumbre: tardan décadas en hacerse visibles. Durante noventa años aquellos bosques parecieron un éxito. Solo ahora sabemos que bajo aquella alfombra verde la biodiversidad se había ido evaporando lentamente, especie tras especie, generación tras generación.

Leopold tenía razón. La naturaleza no funciona porque haya muchos árboles. Funciona porque cada pieza, incluso la más pequeña y aparentemente insignificante, sigue ocupando el lugar que tardó millones de años en encontrar. Y descubrir que falta una pieza suele ocurrir cuando ya es demasiado tarde para volver a colocarla.

LAS TRES MANTAS DEL CEREBRO

 

Hay personas que salen de casa con casco para montar en bicicleta. Otras se ponen sombrero para protegerse del sol. Y luego está el cerebro, que decidió hace cientos de millones de años que ninguna de esas medidas era suficiente. El órgano más complicado que conocemos —unos 86 000 millones de neuronas, cientos de billones de conexiones y un consumo energético equivalente al de una bombilla de veinte vatios— vive encerrado dentro de una fortaleza de hueso y, por si acaso, envuelto en tres delicadas membranas. Es como guardar el violín Stradivarius más valioso del mundo dentro de una caja fuerte, meter la caja fuerte en una caja acolchada y, finalmente, envolverlo todo en plástico de burbujas.

La ilustración muestra ese sistema defensivo con un detalle arquitectónico. Vista en sección, la cabeza parece una sofisticada lasaña biológica en la que cada capa cumple una misión muy concreta. No sobra ninguna. Si quitáramos cualquiera de ellas, descubriríamos enseguida que la evolución no era tan derrochadora como a veces parece.

La primera línea de defensa es el cráneo, una obra maestra de ingeniería que solemos dar por sentada. Cuando uno toca su propia cabeza, tiene la sensación de estar palpando una sola pieza de hueso. En realidad, el cráneo es un rompecabezas formado por más de veinte huesos unidos mediante suturas, unas juntas dentadas tan precisas que recuerdan las ensambladuras de un carpintero japonés. En los recién nacidos esas uniones todavía permanecen abiertas; son las famosas fontanelas, esas zonas blandas que aterrorizan a los padres primerizos y permiten que la cabeza pueda deformarse ligeramente durante el parto. Con el tiempo las piezas se sueldan y forman una caja extraordinariamente resistente y, al mismo tiempo, sorprendentemente ligera gracias a su estructura esponjosa interna.

Sin embargo, incluso el mejor casco tiene sus límites. El cerebro no está pegado al hueso como un cuadro a una pared. Necesita cierto margen para respirar, recibir sangre y soportar pequeños movimientos sin golpearse constantemente contra el interior del cráneo. Ahí entra en escena la segunda protagonista de nuestra historia: la duramadre.

Si el nombre parece salido de una novela de fantasía medieval, no es casualidad. Dura mater significa literalmente "madre dura", un término heredado de los anatomistas medievales que, curiosamente, tradujeron una expresión árabe. Y el nombre le hace justicia. Es una membrana gruesa, resistente y sorprendentemente fuerte. Si el cerebro fuera un ordenador portátil, la duramadre sería esa funda rígida que uno compra después de haber pagado una fortuna por el aparato.

Pero la duramadre no se limita a envolver. También construye. Sus pliegues forman auténticos tabiques interiores que mantienen el cerebro en su sitio cuando corremos, saltamos o hacemos algo tan cotidiano como agachar la cabeza para atarnos los zapatos. Además, alberga los grandes senos venosos, enormes canales por los que regresa hacia el corazón la sangre que ha alimentado al encéfalo. Es decir, además de guardaespaldas, hace de ingeniera civil.

Después llega probablemente la más elegante de las tres membranas: la aracnoides. Su nombre procede del griego aráchne, araña, porque bajo el microscopio presenta una red de finísimas trabéculas que recuerdan a una tela de araña. No es una comparación poética, pero sí extraordinariamente precisa.

Lo realmente fascinante de esta capa no es la membrana en sí, sino el espacio que deja por debajo. Ese hueco, llamado espacio subaracnoideo, está lleno de líquido cefalorraquídeo. Este líquido transparente constituye una de las ideas más brillantes que ha tenido la evolución. El cerebro pesa alrededor de kilo y medio cuando lo sostenemos en la mano, pero flotando dentro de ese líquido su peso efectivo se reduce a apenas unos cincuenta gramos. Es un extraordinario ejemplo de flotación biológica.

Resulta difícil exagerar la importancia de este detalle. Sin ese baño permanente, el propio peso del cerebro aplastaría lentamente las regiones inferiores contra la base del cráneo. En cierto sentido, todos llevamos nuestro cerebro suspendido en una pequeña piscina privada.

El líquido cefalorraquídeo tampoco permanece quieto. Se produce continuamente en unos diminutos plexos dentro de los ventrículos cerebrales, circula alrededor del cerebro y de la médula espinal, recoge productos de desecho, amortigua impactos y finalmente vuelve al torrente sanguíneo. Es un servicio de mantenimiento las veinticuatro horas del día. Mientras usted lee estas líneas, su organismo está fabricando aproximadamente medio litro de este líquido, aunque nunca llega a acumular tanto porque se renueva constantemente.

La última capa, pegada íntimamente al cerebro, recibe el delicado nombre de piamadre. Si la duramadre es una armadura y la aracnoides una hamaca suspendida sobre agua, la piamadre sería una sábana finísima perfectamente ajustada al colchón.

Esta membrana sigue con una fidelidad casi obsesiva todos los pliegues, surcos y circunvoluciones de la corteza cerebral. Allí donde el cerebro se hunde, ella se hunde; donde asciende, asciende con él. No deja un solo milímetro sin cubrir. Además, acompaña a las arterias y venas que penetran en el tejido nervioso, formando una especie de delicado embalaje para los vasos sanguíneos que alimentan las neuronas.

Lo curioso es que, durante siglos, los anatomistas conocían perfectamente la existencia de estas tres capas, pero apenas tenían idea de para qué servían exactamente. Era como descubrir el complejo sistema de tuberías de un rascacielos sin comprender todavía cómo funciona el agua corriente. Sólo en las últimas décadas hemos empezado a entender hasta qué punto participan en la inmunidad cerebral, en la circulación del líquido cefalorraquídeo e incluso en la eliminación nocturna de sustancias potencialmente tóxicas mediante el llamado sistema glinfático.

Y aquí aparece una de esas paradojas que tanto gustan a la biología. Solemos imaginar el cerebro como un órgano completamente aislado del resto del cuerpo, protegido por la famosa barrera hematoencefálica. Sin embargo, esas membranas son también lugares de intenso tráfico biológico. Células inmunitarias, vasos linfáticos descubiertos hace apenas unos años y complejos sistemas de drenaje trabajan continuamente en una actividad frenética que hasta hace muy poco permanecía oculta.

Todo ello para proteger un órgano extraordinariamente frágil. El cerebro tiene aproximadamente la consistencia de un flan muy blando. Si pudiéramos sostenerlo desnudo entre las manos, descubriríamos que se deforma con una facilidad inquietante. Resulta casi milagroso que una estructura tan delicada sea capaz de sobrevivir durante décadas soportando carreras, caídas, estornudos violentos, montañas rusas y, en algunos casos, partidos de rugby.

Quizá esa sea la enseñanza más interesante de esta aparentemente sencilla ilustración. Cuando pensamos en inteligencia solemos imaginar neuronas disparando impulsos eléctricos, recuerdos almacenados o ideas brillantes. Pero nada de eso existiría sin estas humildes capas protectoras que rara vez aparecen en los libros de divulgación.

La evolución comprendió algo mucho antes que nosotros: crear una máquina prodigiosa es solo la mitad del trabajo. La otra mitad consiste en envolverla con suficiente cuidado para que llegue intacta al día siguiente. Y pocas máquinas han sido embaladas con tanta elegancia como el cerebro humano.

CRITICAR A LOS JUECES RESULTA IMPRESCINDIBLE PARA UNA DEMOCRACIA

 

Cuentan que en una ocasión durante los años difíciles de la Transición el entonces presidente Adolfo Suárez dijo: «Se han quedado fuera del sistema». Cuando le preguntaron a quiénes se refería, respondió: «Los jueces y los periodistas se han quedado fuera del sistema, no admiten la crítica».

Con esta cita, José María Calero, abogado y fiscal en excedencia, cierra el argumento de su artículo Criticar a los jueces, que constituye una defensa del derecho de los ciudadanos a criticar las resoluciones judiciales y, al mismo tiempo, una reflexión sobre los límites del papel institucional de los jueces cuando hablan como colectivo.

La idea central del artículo es que afirmar que una resolución judicial es errónea, absurda o incluso un disparate forma parte del ejercicio legítimo de la libertad de expresión. Criticar una sentencia no supone atacar el Estado de derecho; al contrario, constituye uno de los mecanismos de control democrático sobre el poder.

Una parte importante del artículo se dedica a distinguir entre el poder judicial como función del Estado y los jueces considerados colectivamente. El autor sostiene que el poder público debe estar sometido a crítica constante y que el poder judicial no puede ser una excepción. Los jueces no constituyen un «poder» como colectivo.

Cada juez ejerce jurisdicción únicamente en los asuntos que le corresponden. Un juez individual puede adoptar decisiones jurisdiccionales de enorme trascendencia, pero «los jueces», como colectivo, no dictan sentencias ni ejercen poder jurisdiccional conjunto.

El poder judicial es un poder difuso y distribuido, no un órgano unitario como el Gobierno o el Parlamento. Por ello considera incorrecto que asociaciones judiciales o portavoces hablen como si representaran un supuesto poder colectivo comparable al Ejecutivo o al Legislativo.

El autor afirma que la crítica a las decisiones judiciales comienza dentro del propio sistema mediante los recursos ante tribunales superiores, pero no termina ahí. Sostiene que también existe una crítica pública externa, ejercida por ciudadanos, periodistas, abogados o académicos, que resulta imprescindible para una democracia.

Incluso cuando esa crítica resulte dura, áspera o utilice expresiones muy contundentes, forma parte de la libertad de expresión siempre que no constituya otros delitos (como injurias en determinadas circunstancias). La formación de una opinión pública libre requiere precisamente que puedan discutirse las resoluciones judiciales.

Decir que una resolución judicial es un disparate no infringe ninguna ley, es ejercer la libertad de expresión. El autor explica que cuando un ciudadano califica una sentencia de «disparate» no está incumpliendo la ley por el mero hecho de expresar ese juicio de valor. Para Calero, ese tipo de opiniones contribuyen al control democrático del ejercicio del poder.

El artículo también subraya que los jueces, como ciudadanos, no pierden su libertad de expresión. Pueden manifestar sus opiniones, incluso participar en tertulias o intervenir públicamente, aunque el ejercicio de esa libertad debe ser compatible con las obligaciones derivadas de su cargo.

No obstante, el autor distingue claramente entre un juez que opina como ciudadano y un juez que pretende hablar en nombre del conjunto de la judicatura. En este último caso considera que aparece un problema institucional. Por eso, una parte relevante del artículo cuestiona la actuación de determinadas asociaciones profesionales de jueces.

Las asociaciones nacieron para defender condiciones laborales y profesionales, pero algunas han terminado actuando como si representaran institucionalmente al poder judicial, lo que conduce a una especie de «poder judicial colectivo» que carece de legitimidad constitucional. Añade además que esas asociaciones han prestado poca atención a los problemas materiales de la carrera judicial mientras incrementaban su protagonismo en debates políticos.

Calero critica también una idea muy extendida según la cual cualquier crítica intensa a los jueces debilita automáticamente la confianza de los ciudadanos en la Justicia. Recuerda que durante décadas el Consejo General del Poder Judicial reaccionaba frente a críticas públicas invocando precisamente esa necesidad de preservar la confianza.

Frente a ello Calero sostiene que la confianza en las instituciones no se protege limitando el debate, sino que se fortalece permitiendo una crítica libre y abierta. Porque el auténtico riesgo para la credibilidad de la Justicia no es la existencia de críticas, sino impedir que puedan formularse.

Calero cierra su argumento subrayando que ninguna institución democrática debería situarse al margen de la crítica pública. La legitimidad del poder judicial no exige inmunidad frente al debate ciudadano, sino precisamente lo contrario: aceptar que sus decisiones puedan ser discutidas con libertad, incluso de forma muy severa, como ocurre con cualquier otro poder público.

TERREMOTOS DE VENEZUELA: POR QUÉ LA GUAIRA ESTABA EN EL PEOR LUGAR POSIBLE

Mapa geomorfológico costa afuera y de fallas activas en el margen norte de Venezuela. La línea azul punteada corresponde a cañones submarinos. La ruptura de grandes sismos está representada por la línea gruesa para los megaterremotos de 1812 y 1900; la línea punteada corresponde a la ruptura del sismo de 1967. Fuente: Colón-Useche et al. (2021).

Hay terremotos que sorprenden por su magnitud y otros que lo hacen por el lugar donde ocurren. Los recientes seísmos que sacudieron el litoral central de Venezuela pertenecen claramente a la segunda categoría. Aunque las magnitudes registradas —7,2 y 7,5 en un intervalo de apenas unos segundos— fueron muy elevadas, la explicación de la devastación sufrida por La Guaira no reside únicamente en esos números. La clave está bajo el mar, en una estructura geológica poco conocida por el gran público: la falla de San Sebastián.

Paradójicamente, una de las ciudades más castigadas se encuentra prácticamente sobre el límite entre dos placas tectónicas, aunque ese límite apenas sea visible porque discurre bajo las aguas del mar Caribe.

Un país situado entre dos placas

La mayor parte de los grandes terremotos que ocupan las portadas de los periódicos tienen lugar en zonas de subducción, donde una placa oceánica se hunde lentamente bajo otra continental. Chile, Perú, Japón o Indonesia son ejemplos clásicos de este tipo de tectónica.

Venezuela, sin embargo, presenta una situación muy distinta. La región septentrional del país marca el contacto entre la placa Sudamericana y la placa del Caribe. Ambas no convergen frontalmente, sino que se deslizan lateralmente una respecto de la otra. El movimiento relativo es de aproximadamente dos centímetros al año, una velocidad comparable al crecimiento de una uña.

Puede parecer insignificante, pero esa deformación se acumula durante décadas o siglos. Las rocas permanecen bloqueadas hasta que la tensión supera su resistencia mecánica. Entonces se produce la ruptura y la energía acumulada se libera en cuestión de segundos en forma de terremoto.

Geodinámica actual del margen norte de Venezuela a lo largo del límite de placas Caribe y Suramérica. La primera placa muestra un desplazamiento lateral derecho respecto a Suramérica. En el rectángulo rojo se encierra la falla de San Sebastián (FSS). El resto de las siglas corresponde a diferentes provincias tectónicas, a fallas activas cuando empiezan por “F” y a los golfos de Cariaco (GC) i de Paria (GP). Fuente: Colón-Useche et al. (2021).

La gran cicatriz del litoral venezolano

La principal responsable de ese movimiento es la falla de San Sebastián. Se trata de una enorme fractura de la corteza terrestre que se extiende de oeste a este paralela a la costa venezolana, como parte del sistema tectónico Boconó-San Sebastián-El Pilar. A diferencia de otras grandes fallas continentales, buena parte de su recorrido discurre bajo el mar Caribe, muy próxima al litoral.

Vista sobre un mapa, la falla corre prácticamente frente a ciudades como Choroní, Puerto Cabello, La Guaira, Maiquetía y Cabo Codera antes de continuar hacia el este. Eso significa que algunos de los núcleos urbanos más poblados del país se encuentran extremadamente cerca de una de las estructuras sísmicas más activas del norte de Sudamérica.

Una falla semejante a la de San Andrés

La falla de San Sebastián pertenece al tipo denominado falla de deslizamiento horizontal o strike-slip. En este tipo de fallas no existe un hundimiento significativo de una placa bajo otra. Ambas masas rocosas simplemente se desplazan lateralmente. El ejemplo más conocido es la falla de San Andrés, en California.

En términos muy simplificados, puede imaginarse como dos enormes bloques de roca que permanecen trabados durante años mientras intentan deslizarse en sentidos opuestos. Cuando el rozamiento deja de ser suficiente para mantenerlos inmóviles, ambos bloques se desplazan bruscamente unos metros y generan un terremoto. Ese mecanismo explica por qué los terremotos asociados a estas fallas suelen producir intensas sacudidas locales, aunque rara vez alcanzan las magnitudes extremas características de las zonas de subducción.

La Guaira: una ciudad sobre el límite entre placas

Uno de los aspectos más llamativos del reciente terremoto es la distribución de los daños. La Guaira concentró una parte muy importante de los edificios colapsados y de las víctimas. La explicación no requiere recurrir a ninguna circunstancia excepcional: la ciudad estaba prácticamente encima del segmento de falla que rompió.

La intensidad de un terremoto depende no solo de su magnitud, sino también de la distancia al plano de ruptura. Cuando el epicentro se encuentra muy próximo a una población y el foco es superficial, las aceleraciones del terreno pueden alcanzar valores extraordinariamente elevados. En esos casos los edificios reciben las ondas sísmicas con muy poca atenuación. Es exactamente la situación que parece haberse producido en este episodio.

Un terremoto extraordinariamente superficial

Los estudios preliminares indican que la ruptura tuvo lugar a una profundidad de apenas unos diez kilómetros. En términos geológicos, eso significa prácticamente la superficie. Los terremotos profundos liberan su energía tras recorrer decenas o centenares de kilómetros de roca, lo que amortigua parcialmente las vibraciones. En cambio, cuando el foco se sitúa a tan poca profundidad, la energía alcanza las ciudades próximas casi sin perder intensidad.

Esta circunstancia ayuda a comprender por qué una falla de deslizamiento horizontal pudo causar una destrucción tan considerable.

El fenómeno más inusual: un doblete sísmico

Sin embargo, existe otro elemento que convierte este episodio en especialmente interesante desde el punto de vista científico. Los dos terremotos principales ocurrieron separados por apenas treinta y nueve segundos. No se trató del patrón habitual de terremoto principal seguido de una réplica, sino de lo que los sismólogos denominan un doblete sísmico: dos rupturas de gran magnitud que se producen casi consecutivamente.

La diferencia puede parecer académica, pero sus consecuencias son importantes. El primer terremoto debilita las estructuras, genera grietas y modifica el equilibrio de numerosos edificios. Antes de que estos hayan terminado siquiera de oscilar, llega una segunda sacudida todavía más intensa que encuentra las construcciones ya parcialmente dañadas. Ese mecanismo multiplica el riesgo de colapso.

Los dobletes sísmicos son relativamente raros y constituyen uno de los aspectos que más interés científico han despertado tras este episodio.

¿Habría sido peor si hubiese existido subducción?

La pregunta surge de forma natural. Si la falla de San Sebastián hubiese sido una zona de subducción semejante a la costa chilena, probablemente el potencial destructivo habría sido aún mayor. Las zonas de subducción pueden producir terremotos de magnitud superior a 9, capaces de romper cientos de kilómetros de fondo oceánico y generar tsunamis devastadores.

En una falla de deslizamiento horizontal ese riesgo disminuye considerablemente porque apenas existe desplazamiento vertical del fondo marino. Eso no significa que estos terremotos sean benignos. Las aceleraciones del terreno pueden ser extremadamente violentas, especialmente cerca de la ruptura, pero sus efectos suelen concentrarse en un área más limitada y raramente originan grandes tsunamis.

En cierto sentido, la naturaleza de la falla evitó una catástrofe potencialmente todavía mayor. Una amenaza conocida desde hace siglos. La falla de San Sebastián no es una estructura recién descubierta. Forma parte del paisaje geológico venezolano desde hace millones de años y ha generado algunos de los terremotos más importantes de la historia del país.

Entre ellos destaca el gran terremoto de 1812, que devastó Caracas durante la guerra de Independencia y causó decenas de miles de víctimas. Diversos estudios modernos consideran que la ruptura de un segmento de la falla de San Sebastián desempeñó un papel fundamental en aquel desastre. También el terremoto de San Narciso, ocurrido en 1900, se atribuye actualmente a esta misma estructura.

Estos antecedentes muestran que la falla libera periódicamente la tensión acumulada entre las placas del Caribe y Sudamérica.

Una lección geológica

Los terremotos recuerdan que la superficie terrestre está lejos de ser estática. Mientras las ciudades crecen, las carreteras se multiplican y los puertos amplían sus instalaciones, las placas tectónicas continúan desplazándose con una lentitud imperceptible. Ese movimiento no puede detenerse. Lo único que puede modificarse es la vulnerabilidad de las construcciones.

La ingeniería sísmica moderna ha demostrado que edificios correctamente diseñados pueden resistir aceleraciones muy superiores a las que destruyen estructuras antiguas o deficientemente construidas. Por ello, la magnitud de un terremoto nunca determina por sí sola el número de víctimas.

En el caso de La Guaira confluyeron varios factores excepcionalmente desfavorables: una ciudad situada prácticamente sobre una gran falla activa, una ruptura muy superficial, un doblete sísmico poco frecuente y un parque edificatorio de resistencia desigual. La geología explica el origen del fenómeno; la ingeniería y la planificación urbana determinan, en gran medida, sus consecuencias.

Quizá esa sea la principal enseñanza que deja este terremoto. Las grandes fallas pueden permanecer silenciosas durante décadas e incluso siglos, dando la impresión de que el peligro ha desaparecido. En realidad, ocurre exactamente lo contrario: durante ese largo silencio la energía continúa acumulándose lentamente bajo nuestros pies. Cuando finalmente se libera, lo hace en unos pocos segundos capaces de cambiar para siempre el paisaje de una ciudad.

lunes, 22 de junio de 2026

EL EXTRAÑO CASO DE LOS MATORRALES QUE ECHABAN DE MENOS EL FUEGO (O DE CÓMO LA PIRODIVERSIDAD FAVORECE LA BIODIVERSIDAD)

 

Cuando un incendio forestal aparece en televisión, las imágenes suelen ser siempre las mismas. Llamas de decenas de metros de altura. Helicópteros descargando agua. Vecinos observando con angustia cómo el humo devora el horizonte. Y después, inevitablemente, la imagen final: un paisaje negro y silencioso que parece el decorado de una película postapocalíptica.

Es difícil contemplar una escena así y no concluir que el fuego es uno de los grandes enemigos de la naturaleza. Sin embargo, la naturaleza mediterránea lleva millones de años sin compartir del todo esa opinión.

El verano de 2025 fue especialmente duro en la península ibérica. Más de 650 000 hectáreas resultaron afectadas por incendios forestales. Muchos de ellos fueron tan extensos e intensos que recibieron el calificativo de megaincendios, una palabra que suena más propia de una película de catástrofes que de un informe científico. Las olas de calor asociadas al cambio climático (al menos en lo que refiere a su frecuencia) favorecieron una temporada particularmente agresiva y reforzaron una idea muy extendida: que el fuego destruye inevitablemente la biodiversidad.

Pero la ecología rara vez es tan sencilla. Gran parte de los ecosistemas mediterráneos pertenecen a una categoría sorprendente: son ecosistemas pirófilos. La palabra significa literalmente “amigos del fuego”. No solo toleran los incendios, en cierto modo los necesitan.

Durante millones de años los incendios recurrentes moldearon el paisaje. Muchas plantas desarrollaron mecanismos extraordinarios para sobrevivir a ellos. Algunas almacenan semillas capaces de resistir temperaturas extremas. Otras rebrotan desde raíces o cepas aparentemente muertas. Hay especies cuyos ciclos vitales dependen directamente de los espacios abiertos creados por las llamas. Incluso numerosos animales encuentran oportunidades en los paisajes recién quemados.

Por supuesto, esto no significa que cualquier incendio sea beneficioso. La frecuencia, la intensidad, la extensión y la época del año importan mucho. Un pequeño incendio cada varias décadas no tiene los mismos efectos que un megaincendio de miles de hectáreas impulsado por temperaturas extremas y vientos violentos.

Ahora hay que plantear una pregunta que rara vez ocupa titulares: ¿qué es exactamente lo que se está quemando? Cuando los medios hablan de incendios suelen mencionar las causas de ignición —una negligencia, un rayo o una acción intencionada— y las condiciones meteorológicas. Pero pocas veces se presta atención al combustible.

Y en un incendio, el combustible lo es todo. No todas las formaciones vegetales arden igual. Algunas generan fuegos relativamente moderados y otras se comportan como si estuvieran diseñadas para alimentar un lanzallamas gigante.

Un reciente estudio dirigido por Fernando Ojeda, catedrático de Botánica de la Universidad de Cádiz, ha puesto el foco en una transformación paisajística que comenzó hace décadas y cuyos efectos siguen presentes hoy: la sustitución masiva de brezales y matorrales mediterráneos por plantaciones de pino resinero (Pinus pinaster).

La historia comienza con una idea aparentemente razonable. A mediados del siglo XX, amplias extensiones de matorral del oeste peninsular eran consideradas terrenos degradados. Carecían de árboles, producían poca madera y crecían sobre suelos pobres. Para muchos gestores forestales de la época, aquellos paisajes parecían terrenos baldíos que necesitaban ser mejorados.

Y así comenzó una gigantesca campaña de forestación. Miles de hectáreas de brezales fueron cubiertas con pinos y eucaliptos. Entre las coníferas, el gran protagonista fue el pino resinero. La elección parecía impecable. Era una especie autóctona, crecía deprisa y prometía beneficios económicos gracias a la producción de madera y resina.

Lo que pocos previeron fue que aquellas plantaciones terminarían convirtiéndose en uno de los combustibles más eficaces para alimentar los incendios del futuro. La paradoja es fascinante. El pino resinero es una especie nativa. Sin embargo, décadas de selección artificial orientada a maximizar su crecimiento y productividad han producido árboles extraordinariamente eficientes para colonizar el territorio. Tan eficientes que, en algunos lugares, se comportan casi como una especie invasora.

Brezales mixtos de Calluna vulgaris en Campoo, Cantabria.

Mientras tanto, los antiguos brezales —conocidos en Andalucía occidental como herrizas— seguían siendo incomprendidos. A primera vista no impresionan demasiado. Son extensiones de brezos, jaras y aulagas que cubren sierras y crestas desde Galicia hasta el Estrecho de Gibraltar. Carecen del prestigio estético de un bosque maduro. No inspiran calendarios de naturaleza ni campañas turísticas.

Pero albergan una biodiversidad extraordinaria y poseen una cualidad aún más notable: una enorme resiliencia frente al fuego. Cuando una herriza arde, la mayoría de sus especies están preparadas para recuperarse. Sus semillas sobreviven. Sus raíces rebrotan. Sus poblaciones vuelven a ocupar el terreno. En una o dos décadas, el ecosistema puede recuperar buena parte de su estructura original.

Los pinares artificiales funcionan de otra manera. Acumulan grandes cantidades de biomasa combustible en troncos, ramas y copas. Cuando arden, la intensidad del fuego puede alcanzar niveles tan altos que el suelo se calienta hasta destruir semillas, raíces y microorganismos. El incendio deja de ser una perturbación ecológica natural y se convierte en un episodio capaz de comprometer la recuperación del ecosistema.

Y la historia no termina ahí. Después del fuego, el pino resinero suele reaparecer con sorprendente rapidez. Miles de plántulas colonizan el terreno quemado e incluso invaden áreas vecinas de brezal o bosque. Es una especie que parece haber aprendido a aprovechar las catástrofes que ella misma contribuye a intensificar.

Todo esto conduce a una conclusión incómoda. Quizá hemos pasado demasiado tiempo pensando que cualquier paisaje sin árboles es un paisaje degradado. La cultura occidental siente una evidente debilidad por los bosques. Los árboles nos parecen nobles. Los matorrales, en cambio, suelen recibir calificativos poco amables: monte bajo, maleza o incluso monte sucio.

La ecología moderna está demostrando que esa visión resulta engañosa. Muchos matorrales mediterráneos son auténticos refugios de biodiversidad. No son etapas provisionales que esperan convertirse en bosque. Son ecosistemas completos, funcionales y adaptados a convivir con el fuego desde mucho antes de que aparecieran los primeros ingenieros forestales.

Los ecólogos utilizan un concepto particularmente hermoso para describir esta realidad: pirodiversidad. Un paisaje donde algunas zonas ardieron hace dos años, otras hace diez y otras llevan décadas sin incendiarse contiene una gran variedad de hábitats. Cada uno favorece especies distintas. En otras palabras, la diversidad de incendios genera diversidad biológica.

La pirodiversidad produce biodiversidad. Quizá esa sea la lección más sorprendente de todas. Los incendios que amenazan pueblos y personas deben combatirse siempre. Nadie discute eso. Pero cuando observamos la naturaleza, conviene recordar que el fuego no es necesariamente un intruso. En muchos rincones del Mediterráneo forma parte del paisaje desde hace millones de años. 

Los matorrales y brezales no son “monte sucio” ni etapas de vegetación degradadas, sino valiosos reservorios de biodiversidad que no deben forestarse artificialmente, y donde el fuego actúa como un elemento natural indispensable para su estructura y funcionalidad.

A veces, el verdadero problema no es el fuego. Es haber olvidado qué clase de paisaje existía antes de plantar millones de árboles donde nunca debieron estar.

¿POR QUÉ EN LA ACTUAL OLA DE CALOR LAS TEMPERATURAS MÁS ALTAS SE ALCANZARÁN EN EL NORTE DE ESPAÑA?

 

La ola de calor que ha arrancado este domingo continúa este lunes con una situación de estabilidad y entrada de aire cálido del sur que mantendrá las temperaturas extremas en gran parte de la Península y Baleares, llegando a alcanzarse temperaturas de hasta 42ºC en zonas interiores del País Vasco, Cantabria y el valle del Ebro, y estarán activos avisos por calor en catorce comunidades, según la previsión de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet).

La razón principal es que esta ola de calor tiene una configuración atmosférica poco habitual, que favorece especialmente al norte peninsular y al valle del Ebro, en lugar de concentrar los máximos extremos únicamente en Andalucía o Extremadura. Para crear esa extraña situación hay que considerar varios factores.

En primer lugar, la entrada de aire sahariano muy cálido. Una masa de aire procedente del norte de África está cubriendo toda la Península. Eso eleva las temperaturas en todas las regiones, pero por sí solo no explica por qué el norte se recalienta más.

En segundo lugar, la dorsal africana está situada de forma que el máximo calentamiento se desplaza al noreste. La dorsal (una zona de altas presiones en altura) favorece cielos despejados, subsidencia del aire y fuerte insolación. En este episodio, el ascenso térmico más acusado se está produciendo en el cuadrante nordeste y la cornisa cantábrica oriental.

En tercer lugar, el efecto foehn en la vertiente cantábrica. Cuando el viento llega desde el sur y atraviesa la Cordillera Cantábrica, desciende hacia la costa norte más seco y caliente. Este fenómeno puede disparar las temperaturas en zonas del País Vasco, Cantabria o el norte de Navarra hasta valores impropios de la región, incluso superiores a los de muchas áreas del sur peninsular.

En el norte de España el proceso ocurre en varias fases al chocar los vientos con barreras como la Cordillera Cantábrica o los Pirineos. El viento del norte o noroeste sopla desde el mar Cantábrico, cargado de humedad, y se ve obligado a subir por la ladera de la montaña (barlovento). Al subir, el aire se enfría y el vapor de agua se condensa, provocando lluvias constantes.

Una vez que el aire supera la cima y desciende por la ladera opuesta (sotavento), ha perdido toda su humedad. Al descender, este aire seco se comprime y se calienta rápidamente, elevando la temperatura de forma drástica en muy pocas horas. Las zonas más altas y orientadas al mar actúan como muro. Mientras la vertiente norte registra lluvias y fresco, las laderas orientadas al sur o valles interiores experimentan un clima mucho más cálido y soleado.

Este viento (localmente conocido en zonas próximas como viento sur) puede disparar los termómetros y es uno de los factores principales detrás de fenómenos como las noches tropicales o veranos inusualmente calurosos en el Cantábrico.

En la Península Ibérica, las cordilleras más propensas a provocar este efecto son las orientadas oeste-este, perpendiculares a los vientos del norte y noreste del Cantábrico. Éstas cordilleras retienen el aire húmedo, y sus caras de barlovento son húmedas, como las caras norte de la cordillera Cantábrica, Pirineos, cabecera del Ebro y el sistema Central; a sotavento, el aire es seco, responsable del ya mencionado desierto de Los Monegros, parapetado tras los Pirineos, las secas llanuras de Castilla y León, tras la Cordillera Cantábrica, y la región de Madrid situada tras el sistema central. 

Existen otras cordilleras que frenan el aire húmedo del océano Atlántico por el oeste, como la sierra de Gredos, cuyo clima varía enormemente dependiendo de la vertiente: el lado solano es cálido y el lado umbrío es más húmedo. Los montes de Toledo sirven a su vez de parapeto a las llanuras de La Mancha, otorgando la aridez característica a esta región.

En cuarto lugar, el valle del Ebro actúa como una "olla térmica". Una olla térmica es una región geográfica donde el aire caliente tiende a acumularse y permanecer atrapado, igual que el calor se concentra dentro de una olla cubierta. El fenómeno suele producirse en depresiones, valles amplios o cuencas rodeadas por montañas. Durante los episodios anticiclónicos, el aire cálido llega a estas zonas, pero los relieves circundantes dificultan su dispersión. Además, el suelo se calienta intensamente bajo cielos despejados y transmite ese calor al aire, reforzando el efecto.

En verano, la situación puede agravarse durante varios días consecutivos. Las noches apenas refrescan, el calor acumulado durante el día no logra disiparse y las temperaturas aumentan progresivamente. Por eso muchas de las máximas más altas de España no se registran necesariamente en las zonas más meridionales, sino en determinadas cuencas interiores.

La gran olla térmica española es el valle del Ebro, donde Zaragoza alcanza con frecuencia temperaturas superiores a 40 °C. También actúan como ollas térmicas la depresión del Guadalquivir (especialmente Córdoba, Sevilla y Jaén), la cuenca del Guadiana en Extremadura, la Hoya de Lleida, la cuenca de Granada y algunos valles interiores de Castilla y León.

Durante las olas de calor, estas regiones combinan tres factores muy eficaces para fabricar temperaturas extremas: abundante insolación, escasa ventilación y una topografía que dificulta la renovación del aire. El resultado es una acumulación progresiva de calor que convierte estas cuencas en auténticos hornos naturales.

Por su parte, el sur ya parte de temperaturas muy altas. En Andalucía occidental y Extremadura seguirá haciendo muchísimo calor, pero en algunos momentos la diferencia respecto a lo normal será menor que en el norte. Meteorológicamente, lo llamativo es que zonas como el País Vasco, Cantabria o Galicia interior puedan acercarse a 40 °C, algo mucho más excepcional para su clima habitual.

En resumen: no es que el sur se haya enfriado, sino que esta vez la combinación de aire sahariano, dorsal africana y vientos del sur favorece especialmente al norte y al valle del Ebro, donde se esperan algunas de las anomalías térmicas más extraordinarias del episodio. De hecho, el interior del País Vasco está bajo los avisos más severos y algunas zonas cantábricas podrían acercarse o superar los 40 °C.