Hay lugares que parecen destinados a producir misterios. La
isla de Pascua es uno de ellos. Uno imagina a Rapa Nui como una mota de tierra
perdida en el Pacífico, con sus moáis alineados frente al océano, vigilando un
horizonte vacío desde hace siglos. Es difícil pensar en un sitio más remoto. El
vecino más cercano está a más de dos mil kilómetros y, durante buena parte de
su historia, sus habitantes vivieron tan aislados del resto del mundo que los
europeos tardaron más de mil años en descubrir que existían.
No parece, a primera vista, el
lugar donde uno esperaría encontrar una posible clave para retrasar el
envejecimiento humano. Y, sin embargo, allí empezó todo. La historia suele
situarse en 1964, cuando una expedición médica canadiense llegó a la isla para
estudiar a sus habitantes. En aquella época existía una preocupación bastante
pintoresca: los científicos sospechaban que el suelo de Rapa Nui podía albergar
microorganismos productores de sustancias antibióticas capaces de proteger a la
población local frente al tétanos. Era una época optimista para la
microbiología. Desde el descubrimiento de la penicilina, los investigadores
habían desarrollado la costumbre de recoger tierra de lugares remotos con el
entusiasmo de quien compra billetes de lotería. Cada puñado de barro podía
contener una molécula milagrosa.
Uno de aquellos investigadores,
el médico y microbiólogo Suren Sehgal, llevó consigo muestras del suelo de la
isla. Y luego pasó algo extraordinariamente humano: nadie les prestó demasiada
atención. Las muestras quedaron almacenadas durante años. De vez en cuando
alguien las examinaba. Se aisló una bacteria del género Streptomyces,
pero sus propiedades antibióticas no parecían especialmente espectaculares. Más
tarde se descubrió que producía una sustancia con una notable actividad
antifúngica. Como homenaje a la isla de origen, la bautizaron como rapamicina.
El nombre suena a criatura
mitológica. En realidad, es simplemente una abreviatura elegante de Rapa Nui. Si
esta historia hubiera sido escrita por un guionista de Hollywood, la rapamicina
habría sido inmediatamente reconocida como el hallazgo del siglo. No ocurrió
así. Durante años fue poco más que una curiosidad bioquímica. Después, en la
década de 1970, aparecieron indicios de que también frenaba la proliferación
celular. Aquello despertó el interés de los oncólogos. Más tarde se descubrió
otra propiedad aún más sorprendente: era un potente inmunosupresor. Eso la
convirtió en una herramienta valiosísima para evitar el rechazo en trasplantes
de órganos.
Y habría podido terminar ahí su
carrera profesional. No está nada mal para una bacteria recogida en una isla
remota. Pero entonces apareció el envejecimiento. Los biólogos llevaban décadas
preguntándose por qué envejecemos. La respuesta corta es que nadie lo sabe del
todo. La respuesta larga ocupa bibliotecas enteras.
Sin embargo, a finales del siglo
XX comenzó a perfilarse una idea intrigante: tal vez el envejecimiento no fuera
simplemente un desgaste inevitable, sino una consecuencia secundaria de
mecanismos biológicos diseñados originalmente para favorecer el crecimiento y
la reproducción. Entre ellos destacaba una proteína con un nombre poco
atractivo: mTOR, siglas de mechanistic Target of Rapamycin.
Es difícil imaginar un nombre
menos comercial para el interruptor maestro del metabolismo. mTOR actúa como un
inspector de despensa. Comprueba constantemente si hay suficientes nutrientes,
aminoácidos y energía disponibles. Si la respuesta es afirmativa, da la orden
de crecer, fabricar proteínas y dividirse. Es un sistema extraordinariamente útil
cuando uno es un adolescente, un cachorro o una planta de tomate empeñada en
alcanzar la luz. El problema es que quizá no sepa cuándo retirarse.
Algunos investigadores empezaron
a sospechar que mantener permanentemente activado ese programa de abundancia
podría tener costes acumulativos: menos reciclaje celular, más proteínas
defectuosas, más inflamación y una pérdida progresiva de flexibilidad biológica.
Y entonces alguien recordó aquella vieja molécula de la isla de Pascua.
Resultó que la rapamicina inhibía
precisamente la actividad de mTOR. Los experimentos posteriores fueron lo
bastante sorprendentes como para provocar un pequeño terremoto científico. Las
levaduras tratadas con rapamicina vivían más tiempo. Los gusanos también. Las moscas
otro tanto. Finalmente llegaron los ratones.
En 2009, un estudio particularmente célebre mostró que ratones relativamente ancianos tratados con
rapamicina sobrevivían más que sus compañeros no tratados. Lo verdaderamente
llamativo era que el tratamiento no había comenzado en la juventud, sino cuando
los animales ya estaban entrando en la vejez. Era como descubrir que apuntarse
al gimnasio después de jubilarse todavía podía añadir años a la vida.
Los titulares periodísticos
hicieron el resto. La "píldora de la juventud" había nacido. Naturalmente,
las cosas son bastante más complicadas. Los ratones no son personas. Si lo
fueran, los laboratorios serían mucho más difíciles de gestionar y exigirían
cafeterías considerablemente mejores.
En humanos, la rapamicina sigue
siendo un medicamento serio, no un suplemento dietético. Se utiliza para
prevenir el rechazo de órganos trasplantados y sus efectos secundarios incluyen
aftas, alteraciones del colesterol, retraso en la cicatrización y un aumento
del riesgo de infecciones cuando se emplea a dosis inmunosupresoras.
Los defensores de la medicina de
la longevidad sostienen que dosis bajas e intermitentes podrían ofrecer
beneficios con riesgos aceptables. Los escépticos responden que convertir a
millones de personas sanas en participantes de un experimento de varias décadas
exige pruebas mucho más sólidas.
Ambas partes tienen razón. Porque
la verdad es que nadie sabe todavía si la rapamicina permitirá algún día
prolongar significativamente la vida humana o simplemente se convertirá en otra
promesa incumplida del catálogo biomédico. Lo único indiscutible es el
extraordinario viaje que ha realizado.
Una bacteria escondida en un
puñado de tierra recogida junto a unas estatuas gigantes del Pacífico terminó
ayudando a salvar trasplantes, inspirando nuevas terapias oncológicas y
obligando a los científicos a replantearse una de las preguntas más antiguas de
nuestra especie: ¿Cómo envejecemos?
Lo ocurrido con la rapamicina una
historia muy propia de la ciencia. Uno sale a buscar una cosa y encuentra otra
completamente distinta. Colón buscaba una ruta hacia Asia y terminó tropezando
con América. Alexander Fleming intentaba ordenar su laboratorio y descubrió la
penicilina. Y un grupo de investigadores que recogía tierra en la isla de
Pascua acabó encontrando una molécula que, quizá, algún día nos ayude a
comprender por qué nuestros relojes biológicos avanzan tan deprisa.
Los moáis continúan allí,
inmóviles y pacientes, observando el océano como han hecho durante siglos. Nosotros,
mientras tanto, seguimos buscando maneras de parecernos un poco más a ellos.


