La demostración más importante de
la historia de la medicina empezó con retraso. A las diez de la mañana del 16
de octubre de 1846, un grupo de los cirujanos más eminentes de Boston aguardaba
con creciente irritación en el quirófano del Hospital General de Massachusetts.
El paciente estaba preparado. Los estudiantes llenaban las gradas. El cirujano
principal, John Collins Warren, había llegado puntual. Pero faltaba la persona
más importante de todas: un dentista.
Nadie se habría sorprendido
demasiado si hubieran decidido empezar sin él. Los dentistas no gozaban
entonces del prestigio del que disfrutan hoy —es decir, no gozaban de prestigio
alguno—. Eran artesanos especializados en arrancar muelas, fabricar dentaduras
y, ocasionalmente, asustar a los niños. Que el futuro de la cirugía dependiera
de uno de ellos parecía tan inquietante como confiar la exploración espacial a
un feriante. Sin embargo, aquel dentista, llamado William Thomas Green Morton,
estaba a punto de cambiar el mundo.
El quirófano donde todo ocurrió
existe todavía. Se conoce como la Cúpula del Éter. Era un anfiteatro circular
situado bajo una bóveda diseñada para captar la luz natural y, según algunas
versiones, amortiguar los gritos de los pacientes. La cirugía del siglo XIX era
un espectáculo público en el sentido más literal del término. Los estudiantes
se sentaban en gradas como si asistieran a una representación teatral.
En cierto modo, era así. El protagonista
era el dolor. Durante la mayor parte de la historia humana, el dolor quirúrgico
había sido considerado una ley de la naturaleza tan inevitable como la lluvia o
la muerte. Los médicos podían aliviarlo un poco con alcohol, opio o golpes en
la cabeza administrados con entusiasmo terapéutico, pero nadie imaginaba
seriamente que pudiera eliminarse.
Operar consistía en infligir
sufrimiento con la mayor rapidez posible. La velocidad era la principal virtud
quirúrgica. Un cirujano experto podía amputar una pierna en menos de treinta
segundos. Robert Liston, uno de los más famosos de Europa, era tan veloz que
algunos contemporáneos afirmaban que podía completar una amputación en
veintiocho segundos. Lo hacía blandiendo el cuchillo como un espadachín
particularmente malhumorado.
No era exhibicionismo. Era
compasión. Cuanto menos tiempo permaneciera despierto el paciente, menores eran
las probabilidades de morir de shock, hemorragia o puro terror. Además, nadie
utilizaba guantes. Ni mascarillas. Ni ropa estéril. Los cirujanos vestían sus
mejores levitas negras, que acumulaban manchas de sangre seca como medallas
honoríficas. La asepsia tardaría todavía décadas en llegar.
Y entonces llegó Morton. O, más
exactamente, llegó tarde. Cuando por fin entró en la sala aquella mañana de
octubre, lo hizo cargando con un extraño aparato de cristal parecido a una
cafetera diseñada por un alquimista distraído. Dentro había una esponja
empapada en éter. El paciente era un joven impresor llamado Gilbert Abbott, que
padecía un tumor en el cuello.
Morton le indicó que respirara
profundamente. El hombre inhaló. Su cuerpo se agitó unos instantes. Y luego
quedó inmóvil. John Collins Warren tomó el bisturí y comenzó la intervención.
Los estudiantes contuvieron la respiración. Los cirujanos esperaron el
inevitable alarido. Se quedaron con las ganas. Abbott no gritó. No forcejeó. No
suplicó. La operación concluyó sin incidentes.
Entonces Warren se volvió hacia
la galería y pronunció una frase destinada a sobrevivirle:
—Caballeros, esto no es ninguna
farsa.
Era difícil exagerar la
importancia de aquel momento. La medicina acababa de dividirse en dos épocas
distintas: antes y después del dolor evitable. Naturalmente, como ocurre con
casi todos los grandes descubrimientos, la historia era bastante más complicada
y bastante más desastrosa.
Dos años antes, otro dentista
llamado Horace Wells había intentado algo parecido en el mismo hospital. Wells
había asistido a un espectáculo itinerante en el que un conferenciante
administraba óxido nitroso —el famoso gas de la risa— a voluntarios del público.
La gente reía. Bailaba. Se comportaba como si hubiera bebido cantidades
industriales de vino barato.
En un momento dado, uno de los
participantes se golpeó violentamente la pierna sin advertirlo siquiera. Wells
observó la escena y comprendió inmediatamente las implicaciones. Si alguien
podía lesionarse sin sentir dolor, quizá también podrían extraerle una muela. La
odontología, después de todo, era entonces una disciplina especializada en
producir experiencias inolvidables.
Wells comenzó a utilizar óxido
nitroso en su consulta con resultados prometedores. Animado por el éxito,
organizó una demostración pública en Boston. Todo salió mal. El paciente emitió
un gemido durante la extracción. Probablemente Wells había retirado el gas
demasiado pronto, pero el daño estaba hecho. Los espectadores comenzaron a
silbar y a gritar:
—¡Fraude!
Wells salió humillado del
anfiteatro. Nunca se recuperó.
El hombre que triunfó el 16 de
octubre de 1846, William Morton, tampoco era precisamente un héroe impecable.
Había sido vendedor ambulante, empresario improvisado y, según diversas
fuentes, estafador ocasional. Había malversado fondos, engañado a socios
comerciales y falsificado sellos postales con un entusiasmo que sugería un entendimiento
muy flexible de la ética profesional. Perseguido por acreedores y autoridades,
regresó a Nueva Inglaterra dispuesto a reinventarse.
Eligió la odontología. Conoció a
Wells, aprendió el oficio y abrió consulta en Boston. Más tarde entró en
contacto con Charles Thomas Jackson, un químico y geólogo brillante, excéntrico
y completamente convencido de su propia genialidad. Fue Jackson quien sugirió
experimentar con éter sulfúrico.
El éter no era desconocido. Se
había utilizado para aliviar dolores menores y también como sustancia
recreativa. En algunas fiestas populares, conocidas como ether frolics,
la gente inhalaba vapores para experimentar una embriaguez breve y ridícula.
Lo extraordinario fue comprender
que podía emplearse para abolir el dolor quirúrgico. Morton probó primero
consigo mismo. Después con su perro. Y finalmente con Gilbert Abbott. Lo que
vino después resultó menos glorioso que la demostración.
Morton intentó patentar el
descubrimiento bajo el nombre comercial de «Letheon», ocultando que el
ingrediente activo era simplemente éter. Aspiraba a obtener una fortuna. Jackson
afirmó inmediatamente que toda la idea había sido suya. Wells insistió en que
el verdadero pionero había sido él. Por si eran pocos, desde Georgia surgió un
cuarto aspirante: Crawford Long, un médico rural que había utilizado éter ya en
1842, aunque sin publicar sus resultados hasta varios años más tarde.
Los cuatro hombres reclamaron la
paternidad exclusiva del descubrimiento. Y los cuatro acabaron pagando un
precio terrible. Wells, incapaz de superar la humillación pública, desarrolló
adicción al cloroformo. En 1848, tras sufrir un episodio de alteración mental,
fue arrestado en Nueva York. Poco después se suicidó. Tenía treinta y tres
años.
Morton gastó fortunas intentando
convencer al Congreso estadounidense de que le concediera una recompensa
económica. Organizó recepciones fastuosas, cultivó amistades políticas y
abandonó progresivamente su consulta dental y sus negocios. Murió arruinado en
1868. Tenía cuarenta y ocho años.
Jackson dedicó sus últimos años a
escribir cartas denunciando las injusticias cometidas contra su persona. Sufrió
un colapso neurológico y pasó los siete años finales de su vida internado en un
hospital psiquiátrico.
Crawford Long fue el único que
escapó relativamente indemne de la tragedia, quizá porque vivía demasiado lejos
del centro de la disputa para participar plenamente en ella.
Resulta curioso comprobar cuántas
veces la gloria científica se parece más a una batalla legal que a un desfile
triunfal. Sin embargo, más allá de las miserias humanas, el impacto del
descubrimiento fue inmenso. El año siguiente de la demostración de Morton, los
cirujanos del Hospital General de Massachusetts realizaron diecisiete
intervenciones bajo anestesia.
Hoy realizan más de cincuenta mil
anuales. En todo el mundo se practican más de doscientos millones de
operaciones cada año con ayuda de técnicas anestésicas cada vez más
sofisticadas. A la anestesia inhalatoria se sumaron la anestesia local, la
raquídea y la intravenosa. Llegaron los tubos endotraqueales, los respiradores
y los monitores capaces de vigilar constantemente el pulso, la presión arterial
y la concentración de oxígeno.
El éter, por su parte, acabó
desapareciendo en las décadas de 1960 y 1970, sustituido por compuestos menos
inflamables y más seguros. Pero el verdadero milagro permanece intacto.
Durante miles de años, el dolor
fue considerado un peaje obligatorio de la existencia. Las madres parían con
dolor. Los enfermos morían con dolor. Los soldados combatían con dolor. Y
quienes tenían la mala fortuna de necesitar cirugía afrontaban una experiencia
tan espantosa que muchos preferían renunciar a ella aunque eso significara la
muerte.
Luego, en una mañana otoñal de
Boston, un dentista con un pasado dudoso llegó tarde a una cita. Y el dolor
dejó de ser inevitable. No desapareció del mundo, desde luego. Sigue
acompañándonos con una fidelidad admirable. Pero dejó de ser una condición
indispensable del tratamiento médico.
Quizá esa sea la enseñanza más
inesperada de esta historia. Los grandes avances rara vez llegan envueltos en
solemnidad. A veces aparecen gracias a un dentista medio estafador, un químico
insoportable, un médico humillado y un cirujano vestido con una levita manchada
de sangre. Personas imperfectas persiguiendo ideas improbables. Y, de vez en
cuando, cambiando para siempre la experiencia humana.
Hay inventos que hacen la vida
más cómoda: la cremallera, el aire acondicionado o el mando a distancia. Pero
por encima de todos están los que alteran nuestra relación con el sufrimiento. La
anestesia pertenece a esta segunda categoría.
Es, sencillamente, una de las razones por las que la civilización moderna merece ese nombre.



