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lunes, 15 de junio de 2026

EL FELINO QUE MULTIPLICA CONEJOS Y PERDICES

 

El lince ibérico tiene un problema de imagen. Durante décadas ha sido presentado como una especie exquisita, un aristócrata del monte mediterráneo que solo acepta conejo fresco, preferiblemente servido a la temperatura adecuada y acompañado de una buena mata de jara. El animal más amenazado de Europa, decían. El felino que dependía de un único plato del menú. El equivalente zoológico de ese amigo que solo come pasta blanca porque “todo lo demás tiene demasiados sabores”.

Y, sin embargo, resulta que el lince también es una especie de gestor forestal. Un administrador silencioso del orden natural. Un regulador. Un funcionario con patillas y orejas rematadas en pinceles negros.

Porque la última sorpresa que nos ha dado este animal es extraordinaria: allí donde vuelve el lince, aumentan los conejos y las perdices. Lo cual parece tan razonable como afirmar que la llegada de más inspectores de Hacienda hace crecer el dinero en los bolsillos.

El hallazgo procede de un estudio publicado en una sesuda revista, Biological Conservation por investigadores del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos, la Estación Biológica de Doñana y varias instituciones colaboradoras, quienes aprovecharon la reintroducción del lince en el valle del Matachel, en Badajoz, para observar qué ocurría cuando un gran depredador regresaba a un ecosistema del que había desaparecido.

La hipótesis parecía sencilla. El lince ibérico (Lynx pardinus) es un especialista extremo. Hasta el 95 % de su dieta puede estar compuesta por conejos. Si introduces linces en un territorio, cabría esperar menos conejos. Es una lógica impecable. Es también exactamente lo contrario de lo que sucedió.

El lince regresó y los conejos prosperaron.

Para entender esta aparente contradicción conviene recordar que la naturaleza no funciona como una suma de depredadores y presas, sino como una novela coral llena de personajes secundarios, alianzas inesperadas y ajustes de cuentas. Como ña Mafia, vamos.

Cuando desaparecieron los grandes depredadores europeos —lobos, osos, linces— ocurrió algo que los ecólogos llaman liberación de mesodepredadores. Es un nombre poco afortunado, porque suena a terapia emocional para zorros, pero describe un fenómeno muy real: sin nadie que los controle, los depredadores medianos prosperan. Son zorros, meloncillos, gatos asilvestrados y martas, todos ellos oportunistas que comen prácticamente cualquier cosa.

El zorro, por ejemplo, es el equivalente ecológico de una navaja suiza. Caza conejos, perdices, ratones, reptiles, insectos y, si hace falta, rebusca en la basura. Es adaptable, ingenioso y extraordinariamente eficiente. El meloncillo, una mangosta africana que parece diseñada por alguien que mezcló un hurón con una aspiradora, tampoco tiene demasiados escrúpulos gastronómicos.

Sin lince, estos consumidores generalistas se multiplican. Con lince, la situación cambia. Los investigadores comprobaron que apenas dos años después del establecimiento de una familia de linces, la abundancia de zorros y meloncillos había disminuido aproximadamente un 80%. En la zona de estudio desaparecieron cerca de diecinueve zorros y once meloncillos. Algunos murieron directamente a manos del lince; otros pusieron pies en polvorosa y abandonaron los territorios ocupados por el nuevo señor. Los mapas de fototrampeo mostraban un patrón inequívoco: donde el lince instalaba sus reales, los demás depredadores recogían discretamente sus cosas y se marchaban.

No cuesta imaginar la escena. Un zorro recorre cada noche el mismo sendero, convencido de que aquel monte es suyo. Ha criado allí durante años. Conoce cada madriguera y cada perdiz despistada. Entonces aparece un lince. No hace discursos. No coloca carteles. No organiza ruedas de prensa. Simplemente está. Y eso basta.

Porque el lince ocupa el escalón superior de la jerarquía. Es un depredador territorial y extraordinariamente eficiente. Su mera presencia altera la conducta de quienes viven por debajo de él. El resultado es lo que los ecólogos denominan una cascada trófica. Otro término que parece inventado por un fontanero, pero que describe uno de los mecanismos más fascinantes de la naturaleza: cuando modificas un nivel de la cadena alimentaria, las consecuencias se propagan hacia abajo como fichas de dominó.

El lince consume conejos. Pero elimina o desplaza a muchos más depredadores que consumen conejos. Y el balance final favorece a los propios conejos. Los cálculos del estudio sugieren que, tras la llegada del felino, el conjunto de la comunidad de carnívoros redujo en un 55,6% el número de conejos capturados. El lince sustituyó a una multitud de consumidores menos selectivos. Era como despedir a varios empleados poco eficientes para contratar a un único especialista brillante.

A) Densidades de comunidades carnívoras en el área de estudio de 1 021 hectáreas antes de la reintroducción del lince (2014), un año (2015) y dos años (2016) después (izquierda). B) Número estimado de conejos consumidos por el lince y por mesocarnívoros cada año (derecha) durante el periodo de estudio. Los colores usados para las especies carnívoras son los mismos en A (densidad) y B (consumo de conejos). Fuente.

El especialista, además, tenía preferencias peculiares. Los meloncillos capturan sobre todo gazapos pequeños, excavando madrigueras. Los zorros aprovechan cualquier oportunidad. El lince, en cambio, suele cazar conejos subadultos y adultos mediante acecho y emboscada. No todos los conejos corren el mismo riesgo. Y eso también importa.

Más sorprendente aún fue comprobar que las perdices rojas, que apenas forman parte de la dieta del lince, también salían beneficiadas. En las zonas ocupadas por el felino, las poblaciones de perdiz se mantuvieron o aumentaron mientras disminuían en áreas sin linces. La noticia tuvo algo de revolución cultural.

Durante generaciones, muchos cotos españoles han invertido enormes cantidades de tiempo y dinero en eliminar zorros con la esperanza de proteger la caza menor. Cada año se abaten centenares de miles de ellos. Y, sin embargo, el viejo aristócrata moteado del monte parecía lograr resultados similares simplemente haciendo aquello para lo que había evolucionado.

Quizá por eso el estudio tiene implicaciones que van mucho más allá de la biología del lince. Habla de nuestra tendencia a simplificar. Nos gustan las historias con buenos y malos. El conejo es la víctima. El lince es el verdugo. El zorro es el villano. El cazador es el gestor. Pero los ecosistemas rara vez obedecen a esos papeles.

Estimaciones de densidad de lince ibérico (depredador ápice), zorro rojo (rojo) y meloncillo (azul) (mesocarnívoros), y estimaciones de abundancia de presas antes de la reintroducción del lince (2014, sombra gris), un año (2015) y dos años (2016) después. Para los carnívoros, las barras de error representan los intervalos creíbles bayesianos. Para especies de presas, se muestran índices de abundancia medios (Error Estándar) para áreas con y sin lince (conteos transformados en logaritmos de individuos/km para perdices y latrines/km para conejos). Los latrines son los lugares donde los lagomorfos depositan sus heces.  Fuente.

Los ecosistemas son sistemas complejos, llenos de relaciones indirectas. Un animal puede matar conejos y, al mismo tiempo, favorecer que haya más conejos. Un depredador puede convertirse en aliado involuntario de quienes temían su regreso. El lince ibérico estuvo a punto de desaparecer. A comienzos de este siglo quedaban poco más de cincuenta ejemplares reproductores en dos núcleos aislados del sur peninsular. Era el símbolo perfecto de todo lo que hacemos mal con la naturaleza.

Hoy, gracias a programas de conservación y reintroducción, vuelve a caminar por territorios donde llevaba décadas ausente. Y resulta que, además de salvar al propio lince, quizá estemos restaurando algo más difícil de recuperar: el funcionamiento normal del paisaje.

Hay una cierta humildad en esta conclusión. Después de siglos intentando administrar el campo como si fuese una maquinaria simple, descubrimos que la naturaleza llevaba millones de años perfeccionando soluciones mucho más elegantes que las nuestras.

El lince no conoce el concepto de biodiversidad. No ha leído artículos científicos ni participa en congresos sobre sostenibilidad. Ignora qué es una cascada trófica y probablemente le traería sin cuidado saberlo. Solo hace lo que hacen los linces. Marca territorios. Acecha entre las jaras. Persigue conejos. Y, al hacerlo, pone orden en un pequeño rincón del caos mediterráneo.

No está mal para un gato al que creíamos demasiado exquisito para sobrevivir.

EL LINCE QUE SE EXTINGUIÓ MÁS TARDE DE LO QUE SE PENSABA

 

Lince boreal (Lynx lynx). Wikipoedi Commons

Hay animales cuya desaparición tiene la cortesía de haber sucedido hace muchísimo tiempo. Los mamuts, por ejemplo, tuvieron la delicadeza de desaparecer miles de años antes de que los periodistas pudieran preguntar a nadie qué demonios había pasado. Los dinosaurios hicieron lo propio sesenta y seis millones de años antes de que existiera la menor posibilidad de organizar una comisión parlamentaria.

Pero otras especies resultan menos colaboradoras. El lince euroasiático, Lynx lynx, acaba de demostrarnos que las extinciones no siempre suceden cuando creemos que sucedieron. A veces llegan tarde. O, mejor dicho, nosotros nos enteramos tarde.

Durante décadas, los manuales afirmaron con razonable seguridad que el lince euroasiático había desaparecido de la península ibérica varios siglos atrás. El gran felino del norte europeo pertenecía, según la historia oficial, a un pasado nebuloso compuesto por fósiles antiguos, leyendas rurales y referencias ambiguas en documentos medievales. El protagonista felino de nuestros montes era otro: el lince ibérico, más pequeño, más especializado y, durante mucho tiempo, mucho más amenazado.

Esqueleto reconstruido del lince euroasiático. Foto Universidad A Coruña

En esas estábamos cuando apareció un cadáver. No un cadáver reciente, naturalmente. La paleontología rara vez ofrece emociones tan inmediatas. El protagonista de esta historia llevaba más de dos siglos esperando pacientemente en una cavidad kárstica de los Picos de Europa llamada Sima Topinoria, en Cantabria. Allí permaneció, protegido por la geología y por la absoluta indiferencia del tiempo, hasta que un grupo de investigadores decidió examinar sus restos con la curiosidad suficiente como para alterar la historia natural de España.

El estudio, dirigido por investigadores de la Universidad de A Coruña, reveló que aquel esqueleto casi completo pertenecía inequívocamente a un lince euroasiático. La datación mediante radiocarbono situó su muerte entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. En otras palabras, mientras Beethoven componía sus sinfonías, Goya pintaba sus grabados y Napoleón reorganizaba Europa a golpe de cañón, todavía existían linces euroasiáticos vagando por las montañas cantábricas.

No es frecuente que una especie extinta cambie la fecha de su propia desaparición. Lo verdaderamente fascinante es que las pistas siempre habían estado ahí. Los documentos históricos mencionaban una criatura llamada «lobo cerval». El nombre aparece aquí y allá en archivos, ordenanzas y relatos de cazadores. Durante mucho tiempo, estas referencias fueron tratadas con cautela. Los cronistas del pasado no destacaban precisamente por su rigor taxonómico. En una época en la que los cocodrilos podían convertirse en dragones y cualquier pez especialmente grande acababa transformado en monstruo marino, convenía mantener cierto escepticismo.

Sin embargo, aquellas descripciones persistían con una obstinación sospechosa. Ahora sabemos que probablemente decían la verdad. Existe una cierta satisfacción intelectual en descubrir que nuestros antepasados, ocasionalmente, sabían de qué estaban hablando.

El hallazgo también pone de manifiesto un aspecto incómodo de nuestra relación con las extinciones. Tendemos a imaginarlas como acontecimientos teatrales. Una especie existe. Luego desaparece. Telón. La realidad es mucho menos rotunda. Las especies suelen extinguirse del mismo modo que las librerías de barrio o los quioscos callejeros poco a poco, perdiendo territorio, refugiándose en rincones olvidados, sobreviviendo en condiciones cada vez más precarias hasta que un día alguien advierte que hace mucho tiempo que nadie las ve. No hay fanfarrias. No suena música triste. Simplemente dejan de estar.

Quizá unos pocos ejemplares persistieran durante décadas en los hayedos y robledales cantábricos, evitando a los humanos con la discreción característica de los grandes felinos. Tal vez los campesinos aún comentaran haber visto alguno cruzando un collado al amanecer. Es posible incluso que los últimos linces fueran considerados poco más que exageraciones rurales por funcionarios ilustrados convencidos de que el progreso había puesto orden en el mundo natural.

La ironía es magnífica. Un animal que había logrado sobrevivir a glaciaciones, cambios climáticos y milenios de transformaciones ecológicas terminó siendo borrado del paisaje precisamente cuando la humanidad comenzaba a catalogar científicamente la naturaleza con entusiasmo enciclopédico.

Pero la historia no termina ahí. El esqueleto de Sima Topinoria está extraordinariamente bien conservado. Incluye huesos delicados que raramente sobreviven al paso del tiempo. Los investigadores han señalado que podría proporcionar información genética valiosísima sobre aquella población relicta. ¿Era genéticamente distinta? ¿Había sufrido un empobrecimiento genético debido al aislamiento? ¿Hasta qué punto la presión humana contribuyó a su declive final?

Todavía no conocemos las respuestas. Lo que sí sabemos es que el cadáver ha dejado de ser simplemente un cadáver para convertirse en una cápsula del tiempo. Nos gusta pensar que sabemos dónde terminan las historias. Dibujamos líneas limpias en mapas y cronologías. Escribimos fechas definitivas. Declaramos especies extinguidas con admirable seguridad administrativa.

Y luego aparece un lince en una cueva para decirnos que quizá no deberíamos precipitarnos tanto. Tal vez la lección más importante de Sima Topinoria no trate realmente sobre linces. Tal vez trate sobre humildad. La naturaleza posee una extraordinaria capacidad para esconder sus secretos justo debajo de nuestras narices. O, en este caso, bajo nuestros pies.

Mientras discutimos sobre el futuro de la biodiversidad, resulta que todavía estamos corrigiendo el pasado. Descubrimos que un gran depredador habitó nuestros bosques cuando nuestros tatarabuelos aún no habían nacido. Que las leyendas rurales escondían hechos verificables. Que la desaparición de una especie puede ser más reciente, más triste y mucho más humana de lo que imaginábamos.

Y uno no puede evitar preguntarse qué otros fantasmas zoológicos permanecen aún ocultos en archivos parroquiales, cuevas olvidadas o relatos transmitidos junto al fuego. Quizá alguno esté esperando pacientemente a que alguien le pregunte.

Al fin y al cabo, si un lince muerto hace doscientos años ha conseguido modificar los libros de historia, conviene recordar que la naturaleza nunca ha sentido un respeto excesivo por nuestras afirmaciones por certeras que parezcan. Probablemente sea mejor así.

SÍRFIDOS: LOS IMPOSTORES DEL JARDÍN

 

El sírfido Volucella zonaria

Hay un momento, casi siempre a finales de primavera, en que una persona perfectamente razonable deja de serlo durante unos segundos. Está inclinada sobre una lavanda o una margarita, disfrutando de esa extraña satisfacción que produce observar a los insectos trabajar con diligencia, cuando aparece una pequeña criatura amarilla y negra zumbando alrededor de las flores. La reacción es inmediata. Uno da un paso atrás. Tal vez dos. Los más teatrales emiten incluso un pequeño sonido de alarma.

—¡Cuidado, una avispa!

Y, sin embargo, muchas veces no lo es.

Lo extraordinario es que el insecto en cuestión agradecería profundamente el error. Las moscas de las flores, o sírfidos, pertenecen a la familia Syrphidae, dentro del orden de los dípteros. Son, por tanto, parientes de las moscas domésticas. Sin embargo, han pasado millones de años perfeccionando un disfraz tan convincente que han conseguido que buena parte del planeta las tome por avispas o abejas.

EVolutivamente hablando, eso constituye un golpe maestro. En un artículo reciente sobre la polilla Sesia apiformis, describí cómo una mariposa puede sobrevivir gracias a la reputación ajena. El mismo principio se aplica a los sírfidos: no son peligrosos, pero han descubierto que aparentar peligro puede ser casi tan eficaz como poseerlo.

El engaño tiene su nombre: mimetismo batesiano. Henry Walter Bates, un naturalista inglés del siglo XIX, observó en el Amazonas que ciertas especies inofensivas parecían copias exactas de otras desagradables o peligrosas para los depredadores. Su explicación fue brillante en su sencillez.

Si un pájaro intenta comerse una avispa, recibe una lección dolorosa. Las avispas poseen aguijón, veneno y una actitud que podría describirse como "mal carácter institucionalizado". El ave aprende rápidamente a evitar cualquier cosa que presente determinadas franjas amarillas y negras. Ese disfraz lo utilizan los sírfidos.

No tienen aguijón. No producen veneno. Ni siquiera pueden morder con eficacia. Pero lleva puesto el uniforme adecuado. El depredador no acostumbra a detenerse para realizar un examen taxonómico exhaustivo. Ve el patrón cromático familiar, recuerda experiencias desagradables y decide buscar algo menos conflictivo para desayunar. Es difícil imaginar una estrategia más rentable.

Los sírfidos, esas moscas disfrazadas constituyen una familia enorme, con más de seis mil especies descritas en el mundo. Algunas imitan avispas esbeltas; otras parecen abejas peludas; unas pocas recuerdan incluso a abejorros. Sin embargo, por mucho que el disfraz impresione, la anatomía termina delatándolos.

Ahí empieza la diversión para el naturalista aficionado. ¿Cómo distinguir un sírfido de una avispa? La diferencia más importante es también la más sencilla. Los sírfidos son dípteros. Las avispas son himenópteros. Puede parecer una observación destinada exclusivamente a expertos que organizan sus vacaciones según congresos de entomología, pero tiene consecuencias muy prácticas.

Los dípteros poseen un solo par de alas funcionales. Los himenópteros poseen dos pares. Las alas posteriores de las moscas han evolucionado hasta convertirse en unas diminutas estructuras llamadas halterios, unos pequeños bastones rematados por una maza que actúan como sofisticados órganos de equilibrio. Funcionan como giroscopios biológicos y permiten realizar maniobras aéreas extraordinarias.

Repito: una avispa tiene cuatro alas. Una mosca sírfida, dos. El problema es que el insecto raramente permanece quieto para facilitar la inspección. Por fortuna, existen otras pistas.

El sírfido Syrphus ribesi posado sobre una rosa

Como buenas moscas que son, los sírfidos poseen enormes ojos compuestos que ocupan gran parte de la cabeza. En muchos machos los ojos prácticamente se tocan en la parte superior, dando la impresión de que el animal lleva unas gafas de aviador desproporcionadas. En cambio, as avispas tienen ojos más pequeños y claramente separados.

Las antenas de los sírfidos son cortas, mientras que las de las avispas suelen ser largas, articuladas y muy visibles. Las avispas exhiben la famosa "cintura de avispa": un estrechamiento muy marcado entre tórax y abdomen. Los sírfidos presentan un cuerpo más continuo y robusto.

Y quizá la característica más llamativa sea el vuelo. Mientras que las avispas vuelan con decisión como cazas lanzados de un sitios a otro, los sírfidos se ciernen, es decir, pueden quedarse suspendidos en el aire como helicópteros. Permanecen inmóviles frente a una flor, retroceden, avanzan lateralmente y vuelven a quedarse quietos con precisión admirable. De ahí procede uno de sus nombres ingleses: hoverflies, las moscas flotantes.

La historia mejora todavía más cuando uno descubre cómo viven las larvas de los sírfidos, muchas de las cuales son auténticos depredadores profesionales. Una larva de Episyrphus balteatus, uno de los sírfidos más comunes de Europa, puede consumir centenares de pulgones durante su desarrollo.

Los jardineros deberían erigirles monumentos, porque mientras los adultos visitan flores y se alimentan de néctar y polen, sus descendientes patrullan tallos y hojas devorando algunas de las plagas agrícolas más molestas.

Otras especies han adoptado ocupaciones diferentes. Algunas larvas viven en materia orgánica en descomposición. Otras habitan charcas contaminadas. Las célebres larvas de Eristalis poseen una prolongación respiratoria extensible que les ha valido el apodo de "gusanos cola de rata". Mientras permanecen sumergidas en aguas pobres en oxígeno, utilizan ese tubo como si fuera un esnórquel.

La evolución, como suele ocurrir, nunca desaprovecha una oportunidad para sorprender. Los sírfidos son los grandes olvidados de la polinización. Cuando pensamos en polinizadores, pensamos inmediatamente en abejas. Las campañas educativas, los envases de miel y los dibujos infantiles han consolidado esa asociación.

Sin embargo, los sírfidos constituyen uno de los grupos de polinizadores más importantes del planeta. Después de las abejas, probablemente sean los visitantes florales más eficaces en numerosos ecosistemas. Transportan polen. Visitan infinidad de especies vegetales y lo hacen sin exigir prácticamente reconocimiento alguno.

Su tragedia consiste en que la mayoría de la gente ni siquiera sabe que existen. O peor aún: cree que son avispas. Los sírfidos ni son especialmente fuertes, ni son venenosos, ni

disponen de aguijones ni de enjambres o colonias organizadas capaces de declarar la guerra a quien perturbe un nido. Su gran innovación evolutiva consiste en haber comprendido que la percepción importa tanto como la realidad.

Mientras las auténticas avispas invierten recursos en fabricar armas químicas y sofisticados aparatos defensivos, ellos se limitan a copiar el uniforme. La próxima vez que veas uno suspendido sobre una flor, resiste la tentación de apartarte inmediatamente. Observa las antenas cortas. Busca los ojos gigantescos. Fíjate en ese vuelo imposible, inmóvil y vibrante. Y cuenta las alas, si el insecto tiene la cortesía de colaborar desplegándolas.

Quizá descubras que no estsá ante una avispa amenazante, sino ante una de las criaturas más ingeniosas que ha producido la selección natural: una simple mosca que decidió que, en un mundo lleno de depredadores, la mejor defensa consistía en hacerse pasar por alguien mucho más temible.

La naturaleza no siempre premia a los más peligrosos. A veces recompensa a quienes dominan el arte del disfraz.

LO QUE EL PIS DE LAS SERPIENTES PODRÍA ENSEÑARNOS SOBRE LOS CÁLCULOS RENALES

 

Hay frases que uno nunca espera pronunciar en voz alta. "¿Podrías pasarme la sal?" es perfectamente razonable. "Creo que mañana va a llover", también. Pero pocas personas imaginan que algún día leerán con interés una frase como ésta: «Un grupo de químicos estadounidenses está estudiando el pis de las serpientes para prevenir los cálculos renales».

Y, sin embargo, en esas estamos. La ciencia tiene esa maravillosa capacidad para tomar una idea que parece el resultado de una apuesta perdida en el mostrador de un bar y convertirla en un artículo publicado en una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo. La historia que les voy a contar comienza con una pregunta aparentemente absurda.

¿Por qué las serpientes no sufren gota?

O, para ser más precisos: ¿cómo consiguen manejar cantidades enormes de ácido úrico sin convertir su interior en una colección de pequeñas dagas microscópicas? Los seres humanos llevamos siglos peleándonos con el ácido úrico. Cuando todo funciona correctamente, este compuesto es simplemente uno más de los residuos derivados del metabolismo. Lo fabricamos, lo eliminamos y seguimos con nuestra vida.

Pero el ácido úrico tiene mal carácter. Si sus concentraciones aumentan demasiado, tiende a cristalizar. Y no lo hace adoptando formas redondeadas. Forma agujas diminutas, puntiagudas y extraordinariamente punzantes.

Si estas agujas se depositan en las articulaciones aparece la gota, una enfermedad que ha acompañado a emperadores, papas, escritores y aficionados a la buena mesa desde tiempos inmemoriales. El dedo gordo del pie se convierte entonces en el escenario de un sufrimiento tan intenso que algunos pacientes aseguran que incluso el roce de una sábana resulta insoportable.

Cuando esos cristales aparecen en el aparato urinario, el resultado puede ser un cálculo renal. Y cualquiera que haya tenido uno sabe que existen pocas maneras más eficaces de comprender la fragilidad de la condición humana.

Las serpientes, sin embargo, parecen haberse saltado el problema. A diferencia de nosotros, que eliminamos el nitrógeno sobrante disuelto en abundante orina líquida, muchos reptiles han adoptado una estrategia completamente distinta. Viven a menudo en ambientes donde el agua es un lujo, de modo que no pueden permitirse desperdiciarla alegremente. Lo que hacen es transformar sus residuos nitrogenados en una pasta blanquecina semisólida compuesta fundamentalmente por ácido úrico.

Los uratos de la pitón bola (Python regius) son microesferas de nanocristales de ácido úrico monohidratado. (a) La pitón bola excreta uratos que se secan formando una pastilla dura. (b–e) Las imágenes del microscopio electrónico de barrido (SEM) de los uratos muestran que consisten en esferas de 1–10 micras, algunas de las cuales están cubiertas de fibras filiformes. (c) La criofractura revela que algunas esferas son sólidas, mientras que otras tienen una microestructura interna más abierta. (d, e) Las imágenes SEM de alta resolución muestran una textura superficial granular con partículas en forma de rombo de 40 ± 10 micras de ancho y 180 ± 60 micras de largo. Barras de escala (b, c) = 10 micras y (d, e) = 1 micras.

En otras palabras, las serpientes hacen algo que a cualquier nefrólogo le produciría escalofríos. Concentran enormes cantidades de ácido úrico, pero a pesar de ello viven tan ricamente. Intrigados por esta aparente temeridad fisiológica, un grupo de investigadores liderados por Jennifer Swift, de la Universidad de Georgetown, decidió averiguar qué demonios estaba ocurriendo allí.

El estudio implicó una actividad profesional que seguramente no aparece en los folletos informativos de las facultades de química: analizar excrementos y uratos de serpientes.

Conviene aclarar que los reptiles no producen exactamente orina como la nuestra. Lo que expulsan es una mezcla de heces y residuos nitrogenados a través de la cloaca, y esos residuos tienen aspecto de pequeñas masas blancas, parecidas a una pasta de dientes especialmente poco apetecible. Son lo que se llaman uratos.

Los investigadores recogieron muestras procedentes de veintiuna especies diferentes de reptiles. Había pitones, boas, víboras y otras serpientes con nombres que desaconsejan cualquier exceso de confianza. Después hicieron lo que hacen los científicos cuando sospechan que la naturaleza es más inteligente que ellos: observaron muy de cerca.

Utilizaron microscopía electrónica, difracción de rayos X y diversas técnicas cristalográficas. Descubrieron algo extraordinario. Hasta entonces se pensaba que aquellos depósitos blancos eran poco más que una acumulación amorfa de ácido úrico. Error: en realidad, estaban organizados con una sofisticación exquisita.

Los residuos aparecían empaquetados en pequeñas microesferas texturizadas, de apenas unos pocos micrómetros de diámetro. A su vez, estas esferas estaban construidas a partir de nanocristales de ácido úrico monohidratado.

En resumen, las serpientes no eliminan ácido úrico de cualquier manera. Lo empaquetan y esa es una diferencia sutil, pero enormemente importante. Imagine que debe guardar miles de cuchillos en una caja. Puede arrojarlos todos juntos al azar y confiar en la suerte. O puede introducir cada uno en su funda correspondiente. Las serpientes, por así decirlo, utilizan fundas.

El ácido úrico queda confinado en estructuras estables y redondeadas que parecen impedir la formación de cristales largos y afilados capaces de lesionar tejidos. Y aquí es donde la historia deja de ser una curiosidad zoológica para convertirse en una posible lección médica. Porque, si consiguiéramos comprender exactamente cómo los reptiles estabilizan estos agregados, quizá podríamos imitar el proceso.

Tal vez no sea necesario impedir completamente la formación de ácido úrico. Quizá baste con convencerlo para que adopte una personalidad más civilizada. Que, en lugar de agujas agresivas, formen esferas inofensivas.

No sería la primera vez que la naturaleza nos ofrece soluciones inesperadas. Las sanguijuelas proporcionaron anticoagulantes. Los mohos nos dieron antibióticos. Los tejos escondían fármacos contra el cáncer. Las ranas han inspirado nuevos antimicrobianos. Y ahora resulta que una pitón podría enseñarnos algo sobre cómo evitar que un cálculo renal convierta una tarde cualquiera en una experiencia terrorífica.

Existe cierta arrogancia en nuestra relación con el resto de los seres vivos. Tendemos a pensar que la evolución es una especie de proceso improvisado, una chapuza acumulativa llena de errores. Y, en muchos sentidos, lo es. Pero también lleva más de tres mil millones de años realizando experimentos sin descanso.

Las serpientes llevan decenas de millones de años resolviendo el problema de almacenar ácido úrico sin autodestruirse. Nosotros apenas empezamos a prestar atención. Tal vez la próxima gran idea para prevenir la gota o determinados cálculos renales no surja de una pantalla repleta de modelos matemáticos ni de una sofisticada inteligencia artificial. Quizás empiece con un investigador sosteniendo una muestra blanquecina procedente de la cloaca de una serpiente y preguntándose por qué demonios aquello funciona tan bien.

La ciencia avanza muchas veces así. No siempre mediante grandes teorías y discursos solemnes. A veces progresa gracias a personas lo bastante curiosas como para estudiar aquello que el resto de nosotros preferiríamos no mirar demasiado de cerca. Resulta reconfortante pensar que uno de los secretos de la medicina del futuro podría encontrarse precisamente ahí: escondido en el lugar menos imaginable: en el pis de una serpiente.

domingo, 14 de junio de 2026

LA PÍLDORA DE LA ISLA DE PASCUA

 

Hay lugares que parecen destinados a producir misterios. La isla de Pascua es uno de ellos. Uno imagina a Rapa Nui como una mota de tierra perdida en el Pacífico, con sus moáis alineados frente al océano, vigilando un horizonte vacío desde hace siglos. Es difícil pensar en un sitio más remoto. El vecino más cercano está a más de dos mil kilómetros y, durante buena parte de su historia, sus habitantes vivieron tan aislados del resto del mundo que los europeos tardaron más de mil años en descubrir que existían.

No parece, a primera vista, el lugar donde uno esperaría encontrar una posible clave para retrasar el envejecimiento humano. Y, sin embargo, allí empezó todo. La historia suele situarse en 1964, cuando una expedición médica canadiense llegó a la isla para estudiar a sus habitantes. En aquella época existía una preocupación bastante pintoresca: los científicos sospechaban que el suelo de Rapa Nui podía albergar microorganismos productores de sustancias antibióticas capaces de proteger a la población local frente al tétanos. Era una época optimista para la microbiología. Desde el descubrimiento de la penicilina, los investigadores habían desarrollado la costumbre de recoger tierra de lugares remotos con el entusiasmo de quien compra billetes de lotería. Cada puñado de barro podía contener una molécula milagrosa.

Uno de aquellos investigadores, el médico y microbiólogo Suren Sehgal, llevó consigo muestras del suelo de la isla. Y luego pasó algo extraordinariamente humano: nadie les prestó demasiada atención. Las muestras quedaron almacenadas durante años. De vez en cuando alguien las examinaba. Se aisló una bacteria del género Streptomyces, pero sus propiedades antibióticas no parecían especialmente espectaculares. Más tarde se descubrió que producía una sustancia con una notable actividad antifúngica. Como homenaje a la isla de origen, la bautizaron como rapamicina.

El nombre suena a criatura mitológica. En realidad, es simplemente una abreviatura elegante de Rapa Nui. Si esta historia hubiera sido escrita por un guionista de Hollywood, la rapamicina habría sido inmediatamente reconocida como el hallazgo del siglo. No ocurrió así. Durante años fue poco más que una curiosidad bioquímica. Después, en la década de 1970, aparecieron indicios de que también frenaba la proliferación celular. Aquello despertó el interés de los oncólogos. Más tarde se descubrió otra propiedad aún más sorprendente: era un potente inmunosupresor. Eso la convirtió en una herramienta valiosísima para evitar el rechazo en trasplantes de órganos.

Y habría podido terminar ahí su carrera profesional. No está nada mal para una bacteria recogida en una isla remota. Pero entonces apareció el envejecimiento. Los biólogos llevaban décadas preguntándose por qué envejecemos. La respuesta corta es que nadie lo sabe del todo. La respuesta larga ocupa bibliotecas enteras.

Sin embargo, a finales del siglo XX comenzó a perfilarse una idea intrigante: tal vez el envejecimiento no fuera simplemente un desgaste inevitable, sino una consecuencia secundaria de mecanismos biológicos diseñados originalmente para favorecer el crecimiento y la reproducción. Entre ellos destacaba una proteína con un nombre poco atractivo: mTOR, siglas de mechanistic Target of Rapamycin.

Es difícil imaginar un nombre menos comercial para el interruptor maestro del metabolismo. mTOR actúa como un inspector de despensa. Comprueba constantemente si hay suficientes nutrientes, aminoácidos y energía disponibles. Si la respuesta es afirmativa, da la orden de crecer, fabricar proteínas y dividirse. Es un sistema extraordinariamente útil cuando uno es un adolescente, un cachorro o una planta de tomate empeñada en alcanzar la luz. El problema es que quizá no sepa cuándo retirarse.

Algunos investigadores empezaron a sospechar que mantener permanentemente activado ese programa de abundancia podría tener costes acumulativos: menos reciclaje celular, más proteínas defectuosas, más inflamación y una pérdida progresiva de flexibilidad biológica. Y entonces alguien recordó aquella vieja molécula de la isla de Pascua.

Resultó que la rapamicina inhibía precisamente la actividad de mTOR. Los experimentos posteriores fueron lo bastante sorprendentes como para provocar un pequeño terremoto científico. Las levaduras tratadas con rapamicina vivían más tiempo. Los gusanos también. Las moscas otro tanto. Finalmente llegaron los ratones.

En 2009, un estudio particularmente célebre mostró que ratones relativamente ancianos tratados con rapamicina sobrevivían más que sus compañeros no tratados. Lo verdaderamente llamativo era que el tratamiento no había comenzado en la juventud, sino cuando los animales ya estaban entrando en la vejez. Era como descubrir que apuntarse al gimnasio después de jubilarse todavía podía añadir años a la vida.

Los titulares periodísticos hicieron el resto. La "píldora de la juventud" había nacido. Naturalmente, las cosas son bastante más complicadas. Los ratones no son personas. Si lo fueran, los laboratorios serían mucho más difíciles de gestionar y exigirían cafeterías considerablemente mejores.

En humanos, la rapamicina sigue siendo un medicamento serio, no un suplemento dietético. Se utiliza para prevenir el rechazo de órganos trasplantados y sus efectos secundarios incluyen aftas, alteraciones del colesterol, retraso en la cicatrización y un aumento del riesgo de infecciones cuando se emplea a dosis inmunosupresoras.

Los defensores de la medicina de la longevidad sostienen que dosis bajas e intermitentes podrían ofrecer beneficios con riesgos aceptables. Los escépticos responden que convertir a millones de personas sanas en participantes de un experimento de varias décadas exige pruebas mucho más sólidas.

Ambas partes tienen razón. Porque la verdad es que nadie sabe todavía si la rapamicina permitirá algún día prolongar significativamente la vida humana o simplemente se convertirá en otra promesa incumplida del catálogo biomédico. Lo único indiscutible es el extraordinario viaje que ha realizado.

Una bacteria escondida en un puñado de tierra recogida junto a unas estatuas gigantes del Pacífico terminó ayudando a salvar trasplantes, inspirando nuevas terapias oncológicas y obligando a los científicos a replantearse una de las preguntas más antiguas de nuestra especie: ¿Cómo envejecemos?

Lo ocurrido con la rapamicina una historia muy propia de la ciencia. Uno sale a buscar una cosa y encuentra otra completamente distinta. Colón buscaba una ruta hacia Asia y terminó tropezando con América. Alexander Fleming intentaba ordenar su laboratorio y descubrió la penicilina. Y un grupo de investigadores que recogía tierra en la isla de Pascua acabó encontrando una molécula que, quizá, algún día nos ayude a comprender por qué nuestros relojes biológicos avanzan tan deprisa.

Los moáis continúan allí, inmóviles y pacientes, observando el océano como han hecho durante siglos. Nosotros, mientras tanto, seguimos buscando maneras de parecernos un poco más a ellos.

DE PLÁSTICO O DE CARTÓN, ESA ES LA CUESTIÓN

 

La sorprendente historia del vaso de café: desde la savia de un árbol americano hasta los microplásticos, pasando por un material hecho casi enteramente de aire.

Lo mejor, por supuesto, es utilizar una taza reutilizable. Una taza de cerámica o un termo metálico ganan por goleada cuando se usan cientos de veces. Pero ese no es el debate que nos ocupa. La cuestión interesante surge cuando la elección se limita a dos viejos conocidos del café para llevar: el vaso blanco de plástico espumado y el vaso de cartón.

La intuición nos empuja a absolver al cartón y condenar al plástico. Sin embargo, la realidad resulta bastante menos rotunda. Los vasos de poliestireno expandido (EPS) son extraordinariamente ligeros —más del noventa por ciento de su volumen es aire—, requieren poca materia prima y su fabricación consume menos energía y agua de lo que muchos imaginan. Los vasos de cartón proceden de recursos renovables y suelen tener más posibilidades de entrar en circuitos de reciclaje, aunque el revestimiento plástico que impide que el café se filtre complica notablemente ese reciclaje.

Así que la diferencia medioambiental depende de qué decidamos medir. Si hablamos de huella de carbono y consumo de recursos durante la fabricación, el EPS sale sorprendentemente bien parado. Si hablamos de persistencia en el medio ambiente, dispersión de residuos y generación de microplásticos, el cartón suele presentar menos inconvenientes. Como ocurre a menudo en cuestiones ecológicas, la respuesta menos satisfactoria es también la más honesta: no existe un ganador indiscutible.

Vasos de poliestireno expandido

La historia del poliestireno comienza en 1839, cuando un farmacéutico berlinés llamado Eduard Simon destiló una sustancia aceitosa a partir de la resina del liquidámbar (Liquidambar styraciflua), un árbol originario de Norteamérica cuya principal aportación a la civilización moderna, según sospecho, nadie habría imaginado que acabaría siendo un vaso para café. Días después observó que aquel aceite transparente que había dejado olvidado encima de una mesa de laboratorio se había transformado en una masa gelatinosa. Simon concluyó que el oxígeno del aire debía de haber intervenido en la reacción. Era una explicación razonable, salvo por un pequeño detalle: era incorrecta.

En 1845, August Wilhelm von Hofmann demostró que la transformación ocurría incluso en ausencia de aire. Décadas más tarde, cuando John Dalton, Amedeo Avogadro y Stanislao Cannizzaro habían contribuido a consolidar la idea moderna de molécula, el químico francés Marcellin Berthelot propuso que las pequeñas moléculas presentes en el aceite original se habían unido para formar una sustancia completamente nueva. Aún no utilizó la palabra "polímero", pero había comprendido el principio esencial: muchas moléculas pequeñas podían enlazarse para formar una grande.

Hubo que esperar hasta la década de 1920 para que Hermann Staudinger terminara de explicar el misterio. Propuso que sustancias tan diversas como el almidón, la celulosa, las proteínas o aquella extraña gelatina de Simon estaban formadas por largas cadenas de unidades repetitivas unidas químicamente. Las llamó macromoléculas o polímeros: collares compuestos por innumerables cuentas idénticas, los monómeros.

En 1931 se identificó definitivamente al protagonista de esta historia: el estireno. Los químicos de la empresa alemana IG Farben aprendieron a unir sus moléculas para fabricar poliestireno. El estireno se obtenía a partir de benceno y etileno derivados del procesamiento del carbón y, más tarde, del petróleo. Aproximadamente una década después, investigadores de la compañía Dow descubrieron cómo expandir ese plástico hasta convertirlo en espuma mediante la introducción de un agente espumante. Había nacido el material que muchos conocerían como Styrofoam: rígido, ligero y extraordinariamente eficaz como aislante térmico.

El detalle verdaderamente extraordinario es que el EPS está hecho, en esencia, de casi nada. Más del noventa por ciento de su volumen es aire atrapado en millones de diminutas celdillas. Y eso explica uno de los experimentos de sobremesa más desconcertantes que existen: introducir un vaso de espuma blanca en acetona.

A primera vista, un vaso de cartón parece precisamente eso: cartón. Pero, como suele ocurrir con los objetos cotidianos, esconde una complejidad inesperada. Está formado por varias capas. La interior consiste en cartón recubierto con una fina película impermeable de polietileno (PE) o, en algunas versiones más recientes, de PLA, un bioplástico de origen vegetal. En el centro puede existir una capa aislante que ayuda a proteger los dedos del calor. Finalmente, la superficie externa suele estar hecha de papel kraft, responsable de su aspecto "natural" y ecológico.

Ante nuestros ojos, el vaso parece desintegrarse. Se encoge, colapsa y desaparece con la rapidez de un truco de magia barato. Pero no está desapareciendo. La acetona disuelve la estructura de poliestireno y libera el inmenso volumen de aire que mantenía separadas aquellas microscópicas cavidades. El verdadero protagonista del vaso —ese aire invisible que constituía la mayor parte de su tamaño— escapa silenciosamente y vuelve a mezclarse con la atmósfera. Lo que queda es una pequeña masa pegajosa de polímero apelmazado. El voluminoso recipiente que sosteníamos unos segundos antes resulta ser, en gran medida, una ilusión óptica hecha de aire.

Por supuesto, ningún artículo sobre plásticos estaría completo sin mencionar sus inconvenientes. El estireno ha suscitado preocupación por su posible carácter carcinógeno debido a algunos casos observados entre trabajadores expuestos industrialmente a grandes cantidades. Sin embargo, conviene poner las cifras en perspectiva. Durante una jornada laboral de ocho horas, un trabajador puede inhalar alrededor de 100 000 microgramos de estireno. Una taza de café servida en un vaso de poliestireno libera aproximadamente 2,5 microgramos, de los cuales ni siquiera se absorben por completo. Además, el estireno está presente de forma natural en numerosos alimentos. El café contiene estireno natural. La cerveza contiene más. Y la canela contiene miles de veces más. Si uno desea evitar el estireno a toda costa, quizá debería empezar por desconfiar de los rollitos de canela antes que de los vasos de café.

El verdadero problema no está tanto en usar el material como en deshacerse de él. El poliestireno expandido no es biodegradable. Las bacterias no muestran el menor interés gastronómico por él. Si acaba abandonado en el entorno, se fragmenta lentamente en partículas cada vez más pequeñas que contribuyen al creciente problema global de los microplásticos. Si termina en un vertedero moderno adecuadamente gestionado, puede permanecer allí durante siglos sin filtrar sustancias peligrosas y ocupando relativamente poco espacio gracias a su facilidad para compactarse. Pero ninguna de esas soluciones resulta especialmente elegante.

Lo ideal sería reciclar todos los plásticos, incluido el poliestireno. El problema es que apenas lo hacemos. Y quizá esa sea la enseñanza más incómoda de esta historia. El vaso blanco de espuma no es el villano caricaturesco que imaginamos ni el cartón es el héroe incontestable que nos gustaría celebrar. Como tantas invenciones humanas, el EPS es una mezcla desconcertante de ingenio y consecuencias imprevistas: un prodigio químico nacido de la resina de un árbol americano que terminó convirtiéndose en símbolo de nuestros dilemas ambientales. Y todo ello para que podamos beber café sin quemarnos los dedos.

sábado, 13 de junio de 2026

CÓMO UN SACAMUELAS CAMBIÓ LA HISTORIA DEL DOLOR

 

Fotografía coloreada a partir de la original tomada en 1847 en el aula de anatomía llamada desde entonces la Cúpula del Éter. El cirujano John Collins Warren sostiene las piernas del paciente. William T. G. Morton se encuentra junto a la cabeza del paciente, administrándole éter. Archivos y Colecciones Especiales del Hospital General de Massachusetts, Southworth y Hawes.

La demostración más importante de la historia de la medicina empezó con retraso. A las diez de la mañana del 16 de octubre de 1846, un grupo de los cirujanos más eminentes de Boston aguardaba con creciente irritación en el quirófano del Hospital General de Massachusetts. El paciente estaba preparado. Los estudiantes llenaban las gradas. El cirujano principal, John Collins Warren, había llegado puntual. Pero faltaba la persona más importante de todas: un dentista.

Nadie se habría sorprendido demasiado si hubieran decidido empezar sin él. Los dentistas no gozaban entonces del prestigio del que disfrutan hoy —es decir, no gozaban de prestigio alguno—. Eran artesanos especializados en arrancar muelas, fabricar dentaduras y, ocasionalmente, asustar a los niños. Que el futuro de la cirugía dependiera de uno de ellos parecía tan inquietante como confiar la exploración espacial a un feriante. Sin embargo, aquel dentista, llamado William Thomas Green Morton, estaba a punto de cambiar el mundo.

El quirófano donde todo ocurrió existe todavía. Se conoce como la Cúpula del Éter. Era un anfiteatro circular situado bajo una bóveda diseñada para captar la luz natural y, según algunas versiones, amortiguar los gritos de los pacientes. La cirugía del siglo XIX era un espectáculo público en el sentido más literal del término. Los estudiantes se sentaban en gradas como si asistieran a una representación teatral.

En cierto modo, era así. El protagonista era el dolor. Durante la mayor parte de la historia humana, el dolor quirúrgico había sido considerado una ley de la naturaleza tan inevitable como la lluvia o la muerte. Los médicos podían aliviarlo un poco con alcohol, opio o golpes en la cabeza administrados con entusiasmo terapéutico, pero nadie imaginaba seriamente que pudiera eliminarse.

Operar consistía en infligir sufrimiento con la mayor rapidez posible. La velocidad era la principal virtud quirúrgica. Un cirujano experto podía amputar una pierna en menos de treinta segundos. Robert Liston, uno de los más famosos de Europa, era tan veloz que algunos contemporáneos afirmaban que podía completar una amputación en veintiocho segundos. Lo hacía blandiendo el cuchillo como un espadachín particularmente malhumorado.

No era exhibicionismo. Era compasión. Cuanto menos tiempo permaneciera despierto el paciente, menores eran las probabilidades de morir de shock, hemorragia o puro terror. Además, nadie utilizaba guantes. Ni mascarillas. Ni ropa estéril. Los cirujanos vestían sus mejores levitas negras, que acumulaban manchas de sangre seca como medallas honoríficas. La asepsia tardaría todavía décadas en llegar.

Y entonces llegó Morton. O, más exactamente, llegó tarde. Cuando por fin entró en la sala aquella mañana de octubre, lo hizo cargando con un extraño aparato de cristal parecido a una cafetera diseñada por un alquimista distraído. Dentro había una esponja empapada en éter. El paciente era un joven impresor llamado Gilbert Abbott, que padecía un tumor en el cuello.

Morton le indicó que respirara profundamente. El hombre inhaló. Su cuerpo se agitó unos instantes. Y luego quedó inmóvil. John Collins Warren tomó el bisturí y comenzó la intervención. Los estudiantes contuvieron la respiración. Los cirujanos esperaron el inevitable alarido. Se quedaron con las ganas. Abbott no gritó. No forcejeó. No suplicó. La operación concluyó sin incidentes.

Entonces Warren se volvió hacia la galería y pronunció una frase destinada a sobrevivirle:

—Caballeros, esto no es ninguna farsa.

Era difícil exagerar la importancia de aquel momento. La medicina acababa de dividirse en dos épocas distintas: antes y después del dolor evitable. Naturalmente, como ocurre con casi todos los grandes descubrimientos, la historia era bastante más complicada y bastante más desastrosa.

Dos años antes, otro dentista llamado Horace Wells había intentado algo parecido en el mismo hospital. Wells había asistido a un espectáculo itinerante en el que un conferenciante administraba óxido nitroso —el famoso gas de la risa— a voluntarios del público. La gente reía. Bailaba. Se comportaba como si hubiera bebido cantidades industriales de vino barato.

En un momento dado, uno de los participantes se golpeó violentamente la pierna sin advertirlo siquiera. Wells observó la escena y comprendió inmediatamente las implicaciones. Si alguien podía lesionarse sin sentir dolor, quizá también podrían extraerle una muela. La odontología, después de todo, era entonces una disciplina especializada en producir experiencias inolvidables.

Wells comenzó a utilizar óxido nitroso en su consulta con resultados prometedores. Animado por el éxito, organizó una demostración pública en Boston. Todo salió mal. El paciente emitió un gemido durante la extracción. Probablemente Wells había retirado el gas demasiado pronto, pero el daño estaba hecho. Los espectadores comenzaron a silbar y a gritar:

—¡Fraude!

Wells salió humillado del anfiteatro. Nunca se recuperó.

El hombre que triunfó el 16 de octubre de 1846, William Morton, tampoco era precisamente un héroe impecable. Había sido vendedor ambulante, empresario improvisado y, según diversas fuentes, estafador ocasional. Había malversado fondos, engañado a socios comerciales y falsificado sellos postales con un entusiasmo que sugería un entendimiento muy flexible de la ética profesional. Perseguido por acreedores y autoridades, regresó a Nueva Inglaterra dispuesto a reinventarse.

Eligió la odontología. Conoció a Wells, aprendió el oficio y abrió consulta en Boston. Más tarde entró en contacto con Charles Thomas Jackson, un químico y geólogo brillante, excéntrico y completamente convencido de su propia genialidad. Fue Jackson quien sugirió experimentar con éter sulfúrico.

El éter no era desconocido. Se había utilizado para aliviar dolores menores y también como sustancia recreativa. En algunas fiestas populares, conocidas como ether frolics, la gente inhalaba vapores para experimentar una embriaguez breve y ridícula.

Lo extraordinario fue comprender que podía emplearse para abolir el dolor quirúrgico. Morton probó primero consigo mismo. Después con su perro. Y finalmente con Gilbert Abbott. Lo que vino después resultó menos glorioso que la demostración.

El Dr. John Collins Warren (izquierda) fue el cirujano que realizó la demostración de Morton.. El químico Charles Jackson (derecha) fue uno de los hombres que afirmaron ser el padre de la anestesia. Fotos del Centro para la Historia de la Medicina, Biblioteca Francis A. Countway, Universidad de Harvard.

Morton intentó patentar el descubrimiento bajo el nombre comercial de «Letheon», ocultando que el ingrediente activo era simplemente éter. Aspiraba a obtener una fortuna. Jackson afirmó inmediatamente que toda la idea había sido suya. Wells insistió en que el verdadero pionero había sido él. Por si eran pocos, desde Georgia surgió un cuarto aspirante: Crawford Long, un médico rural que había utilizado éter ya en 1842, aunque sin publicar sus resultados hasta varios años más tarde.

Los cuatro hombres reclamaron la paternidad exclusiva del descubrimiento. Y los cuatro acabaron pagando un precio terrible. Wells, incapaz de superar la humillación pública, desarrolló adicción al cloroformo. En 1848, tras sufrir un episodio de alteración mental, fue arrestado en Nueva York. Poco después se suicidó. Tenía treinta y tres años.

Morton gastó fortunas intentando convencer al Congreso estadounidense de que le concediera una recompensa económica. Organizó recepciones fastuosas, cultivó amistades políticas y abandonó progresivamente su consulta dental y sus negocios. Murió arruinado en 1868. Tenía cuarenta y ocho años.

Jackson dedicó sus últimos años a escribir cartas denunciando las injusticias cometidas contra su persona. Sufrió un colapso neurológico y pasó los siete años finales de su vida internado en un hospital psiquiátrico.

Crawford Long fue el único que escapó relativamente indemne de la tragedia, quizá porque vivía demasiado lejos del centro de la disputa para participar plenamente en ella.

Resulta curioso comprobar cuántas veces la gloria científica se parece más a una batalla legal que a un desfile triunfal. Sin embargo, más allá de las miserias humanas, el impacto del descubrimiento fue inmenso. El año siguiente de la demostración de Morton, los cirujanos del Hospital General de Massachusetts realizaron diecisiete intervenciones bajo anestesia.

Hoy realizan más de cincuenta mil anuales. En todo el mundo se practican más de doscientos millones de operaciones cada año con ayuda de técnicas anestésicas cada vez más sofisticadas. A la anestesia inhalatoria se sumaron la anestesia local, la raquídea y la intravenosa. Llegaron los tubos endotraqueales, los respiradores y los monitores capaces de vigilar constantemente el pulso, la presión arterial y la concentración de oxígeno.

El éter, por su parte, acabó desapareciendo en las décadas de 1960 y 1970, sustituido por compuestos menos inflamables y más seguros. Pero el verdadero milagro permanece intacto.

Durante miles de años, el dolor fue considerado un peaje obligatorio de la existencia. Las madres parían con dolor. Los enfermos morían con dolor. Los soldados combatían con dolor. Y quienes tenían la mala fortuna de necesitar cirugía afrontaban una experiencia tan espantosa que muchos preferían renunciar a ella aunque eso significara la muerte.

Luego, en una mañana otoñal de Boston, un dentista con un pasado dudoso llegó tarde a una cita. Y el dolor dejó de ser inevitable. No desapareció del mundo, desde luego. Sigue acompañándonos con una fidelidad admirable. Pero dejó de ser una condición indispensable del tratamiento médico.

Quizá esa sea la enseñanza más inesperada de esta historia. Los grandes avances rara vez llegan envueltos en solemnidad. A veces aparecen gracias a un dentista medio estafador, un químico insoportable, un médico humillado y un cirujano vestido con una levita manchada de sangre. Personas imperfectas persiguiendo ideas improbables. Y, de vez en cuando, cambiando para siempre la experiencia humana.

Hay inventos que hacen la vida más cómoda: la cremallera, el aire acondicionado o el mando a distancia. Pero por encima de todos están los que alteran nuestra relación con el sufrimiento. La anestesia pertenece a esta segunda categoría.

Es, sencillamente, una de las razones por las que la civilización moderna merece ese nombre.