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sábado, 29 de agosto de 2026

LA COMIDA QUE NO QUIEREN QUE DEJEMOS DE COMER

 

¿Alguna vez se ha sentido adicto a la comida? No a toda, claro. Nadie se levanta de madrugada incapaz de pensar en otra cosa que no sea un plato de acelgas hervidas. La tentación suele tener otra forma: una bolsa de patatas fritas, una tableta de chocolate, una pizza, unas galletas o ese helado que uno pensaba probar a cucharadas y acaba desapareciendo misteriosamente mientras ve la televisión.

Es lo que llamamos «comida basura», una expresión poco científica pero bastante elocuente. Designa alimentos que ofrecen muchas calorías, una recompensa sensorial inmediata y, con frecuencia, poca fibra, vitaminas, minerales o compuestos vegetales beneficiosos. Su principal virtud comercial es que saben bien. Tan bien que activan los mecanismos cerebrales que nos impulsan a repetir la experiencia: una cucharada más, y luego otra, hasta que el paquete vacío pone fin a la discusión.

El concepto de «adicción a la comida» no es nuevo. Apareció en la literatura científica en 1956, cuando el alergólogo estadounidense Theron G. Randolph publicó un artículo científico en el que aplicó el término a alimentos tan diversos como el maíz, el trigo, el café, la leche, los huevos y las patatas, a los que atribuía reacciones comparables a las observadas en otras dependencias. Su interpretación mezclaba alergia, adaptación fisiológica y conducta compulsiva y está muy alejada de la concepción actual, pero tuvo el mérito de plantear la cuestión.

Hoy las sospechas no recaen sobre los huevos o el trigo, sino sobre ciertos alimentos elaborados industrialmente, ricos en hidratos de carbono refinados, grasas añadidas, azúcar o sal y diseñados para resultar extremadamente apetecibles. Algunos investigadores prefieren llamarlos «altamente procesados»; otros, «hiperpalatables»; y otros los incluyen dentro de la categoría más amplia de los ultraprocesados. Los tres términos se solapan, pero no significan exactamente lo mismo.

«Comida basura» es una denominación coloquial basada en la mala calidad nutricional. «Ultraprocesado», en cambio, es una categoría técnica del sistema NOVA, creado por investigadores de la Universidad de São Paulo, que clasifica los alimentos según la naturaleza, intensidad y finalidad de su procesamiento. Su cuarta categoría reúne los ultraprocesados: formulaciones industriales elaboradas con ingredientes refinados o modificados y aditivos producidos principalmente con sustancias extraídas o derivadas de alimentos —aceites refinados, almidones, aislados proteicos o azúcares— y aditivos destinados a conservarla o modificar su color, sabor, aroma y textura.

Muchas comidas basura son ultraprocesadas: refrescos, chocolatinas, patatas de bolsa, cereales azucarados, bollería industrial y buena parte de los platos preparados. Pero ambas categorías no coinciden por completo. Un cereal integral enriquecido, una bebida vegetal, un yogur de sabores o determinadas fórmulas infantiles pueden ser ultraprocesados sin merecer necesariamente el nombre de basura. Por el contrario, unas patatas fritas en casa, unas galletas artesanas o una tarta casera pueden ser nutricionalmente deplorables sin pertenecer a la categoría industrial NOVA 4. Y, como ya expliqué al hablar de los helados y los ultraprocesados, tampoco todo procesamiento es perjudicial: el aceite de oliva, el queso, las legumbres en conserva y las verduras congeladas son productos procesados perfectamente compatibles con una alimentación saludable.

La palabra «adicción» exige todavía más cuidado. La adicción a la comida no figura como diagnóstico independiente en los principales manuales psiquiátricos. Sin embargo, algunas personas muestran ante ciertos alimentos una conducta parecida a la observada en los trastornos por consumo de sustancias: deseo intenso, pérdida de control, intentos fallidos de reducir el consumo y persistencia a pesar de conocer sus consecuencias.

La Escala de Adicción a la Comida de Yale, creada en 2009, trasladó a la alimentación varios criterios utilizados para diagnosticar las adicciones. A partir de numerosos estudios realizados con esta herramienta se ha estimado que aproximadamente el 14% de los adultos y el 12% de los niños presentan conductas alimentarias de tipo adictivo. Son cifras considerables, aunque deben interpretarse con prudencia: proceden de cuestionarios y no equivalen a un diagnóstico clínico universalmente aceptado. Un análisis publicado en 2023 en The BMJ sostienen que algunos ultraprocesados ricos en hidratos refinados y grasas añadidas pueden desencadenar patrones de consumo que cumplen varios criterios propios de una adicción.

La comida, además, sí actúa sobre el cerebro. Afirmar que no modifica su actividad ni provoca liberación de dopamina sería incorrecto. Comer es imprescindible para sobrevivir y la evolución se ha encargado de que resulte gratificante. Un estudio realizado mediante tomografía por emisión de positrones mostró que la ingestión de alimentos produce dos oleadas de actividad dopaminérgica: una asociada al sabor y otra, más tardía, a las señales que llegan desde el aparato digestivo. La intensidad de algunas de esas respuestas se relaciona con lo agradable que resulta la comida.

Eso no significa que un helado actúe igual que la cocaína. Las drogas introducen en el organismo sustancias capaces de alterar directamente la neurotransmisión y, por lo general, producen efectos más rápidos e intensos. La comida activa circuitos de recompensa creados precisamente para estimular la alimentación. La cuestión es si la tecnología industrial ha aprendido a explotar esos circuitos hasta provocar, en determinadas personas, una conducta compulsiva comparable en algunos aspectos a una dependencia.

La hipótesis resulta verosímil. La fruta ofrece azúcar, pero también agua, fibra y una estructura celular que ralentiza su ingestión y absorción. Los frutos secos contienen grasa, pero encerrada en tejidos que exigen masticación. En la naturaleza es poco frecuente encontrar grandes cantidades de grasa, azúcar, almidón refinado y sal reunidas en un alimento blando, concentrado, de absorción rápida y que casi no requiere esfuerzo para ser ingerido. La industria puede fabricarlo.

No existe un único «punto de placer» válido para todos los productos, pero sí una formulación sistemática de combinaciones capaces de potenciarse entre ellas. Tera Fazzino y sus colaboradores propusieron una definición cuantitativa de alimento hiperpalatable basada en tres combinaciones: grasa y sodio, grasa y azúcares simples, o hidratos de carbono y sodio. Al aplicarla a una gran base de datos estadounidense, comprobaron que el 62% de los alimentos examinados cumplía al menos uno de esos criterios.

La textura también importa. Los ultraprocesados suelen ser blandos, crujientes o solubles, con poca fibra y escasa resistencia a la masticación. Se comen deprisa y permiten ingerir muchas calorías antes de que las señales de saciedad tengan tiempo de imponer cordura. En el experimento controlado de Kevin Hall y sus colaboradores, veinte voluntarios recibieron durante dos semanas una dieta ultraprocesada y durante otras dos una dieta mínimamente procesada. Aunque las comidas ofrecidas estaban equiparadas en calorías, azúcar, grasa, fibra y macronutrientes, los participantes podían comer cuanto quisieran. Con la dieta ultraprocesada consumieron unas 500 kilocalorías diarias adicionales, comieron más deprisa y ganaron cerca de 0,9 kilos; durante la dieta no procesada perdieron una cantidad equivalente.

La sal contribuye al problema sin aportar una sola caloría. Combinada con grasas y almidones refinados hace mucho más atractivos aperitivos, pizzas y platos preparados. Como señalé en un artículo anterior sobre el exceso de sal, el sodio no solo favorece la hipertensión: también puede alterar el microbioma intestinal y participa en combinaciones hiperpalatables que estimulan el picoteo y facilitan la sobreingesta.

La comparación con la industria tabacalera no es solo una metáfora. Philip Morris y R. J. Reynolds adquirieron durante las últimas décadas del siglo XX grandes empresas alimentarias, entre ellas Kraft y Nabisco. Un estudio publicado en 2024 en una revista científica que lleva el significativo título de Adiction, examinó los productos comercializados entre 1988 y 2001 y descubrió que los pertenecientes a compañías controladas por la industria tabaquera tenían un 29% más de probabilidades de combinar grasa y sodio y un 80 % más de combinar hidratos de carbono y sodio en proporciones hiperpalatables que los productos de otras empresas. Los autores no demostraron que las tabaqueras inventaran la comida basura, pero sí que contribuyeron de manera selectiva a difundir productos formulados para estimular su consumo.

Conviene, no obstante, evitar la conclusión fácil de que todo ultraprocesado es adictivo o de que el procesamiento industrial, por sí solo, secuestra el cerebro. El estudio de Finlayson y colaboradores que hemos comentado muestra que, una vez consideradas la densidad energética, la fibra, las grasas, los hidratos de carbono y las percepciones del consumidor, la categoría de ultraprocesado solo añadía entre un cero y un siete por ciento a la explicación de cuánto gustaba un alimento o cuánto se creía que podía inducir a comer en exceso. Su diseño se basaba en fotografías y respuestas declaradas, no en consumo real, pero obliga a matizar el relato: quizá el problema no sea una misteriosa propiedad del «ultraprocesamiento», sino el modo en que algunos productos concentran calorías, aceleran la ingestión, retrasan la saciedad y combinan estímulos que rara vez aparecen juntos en la naturaleza.

Por eso, afirmar que los ultraprocesados son «tan adictivos como la heroína» sería científicamente excesivo. Pero también lo sería reducir su consumo a una cuestión de voluntad. Algunos productos han sido formulados, probados y comercializados para que resulte difícil dejar de comerlos. Y cuando el consumidor es un niño, rodeado de anuncios, personajes de dibujos animados y paquetes de colores, hablar de libertad de elección empieza a sonar tan convincente como cuando las tabaqueras defendían que fumar era simplemente una decisión personal.

REFUGIADOS E INVASORES: EL COLOR DE LA HOSPITALIDAD

 

En febrero de 2022, cuando los carros de combate rusos entraron en Ucrania, millones de personas comenzaron a huir hacia el oeste. España reaccionó como cabía esperar de un país razonablemente civilizado. Se abrieron centros de recepción, se habilitaron alojamientos, se escolarizó a los menores y se concedieron permisos de residencia y trabajo. Las comunidades autónomas, gobernadas por partidos de todos los colores, ofrecieron plazas sin que sus presidentes advirtieran de la desaparición de España, la sustitución de su población o el derrumbe de nuestra cultura.

Hasta febrero de 2026, más de 264 000 desplazados de Ucrania habían recibido protección temporal en nuestro país. Llegaron a ser muchos más que los extranjeros que entraron en Ceuta a finales de julio, pero nunca fueron presentados como una amenaza para la integridad territorial. Eran refugiados. Personas que escapaban de una guerra. Familias necesitadas de ayuda.

En Ceuta, en cambio, se impuso otro vocabulario. Los que llegaban ya no eran refugiados ni personas, sino una avalancha, una invasión o una masa. No huían ni buscaban una vida mejor: asaltaban España. No necesitaban protección: amenazaban nuestra soberanía. La diferencia no reside solamente en las circunstancias de ambas llegadas. También está en el origen, el color de la piel, la religión y la posición social de quienes protagonizaron cada movimiento.

Conviene comenzar reconociendo lo evidente. Lo ocurrido en Ceuta fue una emergencia extraordinaria. Las estimaciones iniciales oscilaron entre 50 000 y más de 70 000 entradas en unas horas. No todos eran marroquíes: también había numerosos migrantes subsaharianos. La mayoría regresó o fue devuelta rápidamente y Reuters calculaba pocos días después que permanecían entre 3 000 y 5 000. Pero concentrar decenas de miles de personas en una ciudad de 84 000 habitantes y apenas 18,5 kilómetros cuadrados desborda cualquier capacidad asistencial.

Hubo muertes, hacinamiento, alteraciones del orden, falta de alojamiento y una frontera sobrepasada. Era imprescindible movilizar policías, sanitarios, servicios sociales y medios militares. El Ejército no fue enviado necesariamente a combatir una invasión: proporcionó vigilancia, alojamientos, suministros y capacidad logística. Una emergencia real exige medios extraordinarios. Hasta aquí, poco hay que discutir.

El problema comienza cuando una crisis fronteriza se convierte en una narración bélica y las personas son transformadas en un ejército enemigo. Vox habló de «verdadera invasión», pidió el cierre de la frontera, la intervención militar y expulsiones colectivas. Algunos de sus dirigentes extendieron sus acusaciones a las organizaciones humanitarias, como si asistir a seres humanos heridos o hambrientos equivaliera a colaborar con el enemigo. El PP utilizó un lenguaje menos homogéneo, pero varios de sus dirigentes asumieron conceptos similares y propusieron devoluciones automáticas que la Fiscalía recordó que no son legalmente posibles, especialmente cuando afectan a menores.

La comparación europea ayuda a recuperar cierta perspectiva. Hasta la irrupción extraordinaria de Ceuta, España ni siquiera era el principal punto de entrada irregular en la Unión Europea. Según Frontex, durante los siete primeros meses de 2026 las rutas marítimas españolas habían registrado unas 13 300 detecciones, frente a más de 16 400 en el Mediterráneo central, dirigido principalmente hacia Italia, y más de 20 200 en el Mediterráneo oriental, cuyo destino principal era Grecia. Grecia e Italia acumulaban juntas casi tres veces más llegadas marítimas que España sin que nadie afirmara que la integridad territorial de ambos países hubiera desaparecido. Frontex advierte, eso sí, que su balance no incorporaba todavía el episodio de Ceuta.

El panorama general es claro: la llegada irregular de inmigrantes por mar forma parte de una realidad europea persistente. Italia y Grecia la soportan desde hace años en proporciones superiores a las españolas. Se habla de control fronterizo, acogida, devoluciones y solidaridad comunitaria, pero no siempre se presenta cada desembarco como una operación contra la soberanía nacional.

La diferencia con los ucranianos es aún más reveladora. España activó para ellos la protección temporal europea, una vía excepcional que les concedía desde el primer momento residencia, permiso de trabajo, sanidad, ayudas y escolarización. Se ampliaron en más de 21 000 las plazas de acogida y las comunidades autónomas ofrecieron espacios para unas 15 000 personas. Según el Gobierno, el esfuerzo público superó los 1 500 millones de euros durante los primeros años.

Todo eso fue correcto. Lo significativo es que casi nadie preguntara obsesivamente cuánto costaba cada ucraniano, qué delitos podrían cometer o si resultaban culturalmente compatibles con nosotros. Tampoco se exigió que demostraran individualmente su condición de buenas personas antes de recibir ayuda. Se los consideró merecedores de protección y después se organizó el procedimiento jurídico para concedérsela.

Los africanos encuentran el proceso inverso. Como apenas existen vías legales para que un joven marroquí, senegalés o maliense pueda solicitar entrada, muchos llegan irregularmente. Esa irregularidad, creada en buena medida por la ausencia de alternativas, se utiliza después como prueba de su peligrosidad. Los ucranianos fueron regulares porque Europa decidió regularizarlos inmediatamente; los africanos son llamados «ilegales» porque Europa ha decidido no ofrecerles una puerta equivalente.

También influye el perfil demográfico. Entre los desplazados ucranianos predominaban mujeres, menores y personas mayores, pues muchos hombres en edad militar no podían abandonar el país. Entre quienes cruzaron a Ceuta había numerosos varones jóvenes. Un grupo de madres con niños despierta compasión; una multitud de hombres jóvenes provoca inquietud. La diferencia psicológica es comprensible, pero no autoriza a convertir una percepción en una condena colectiva. Ser joven, varón, pobre y musulmán no constituye delito ni demuestra una intención invasora.

El contraste aparece igualmente en el reparto territorial. Las comunidades autónomas aceptaron sin grandes conflictos a miles de ucranianos. Cuando se propone distribuir a unos pocos centenares de menores extranjeros llegados a Canarias o Ceuta, comienzan los recursos judiciales, las negativas, las cuentas sobre capacidades supuestamente agotadas y las advertencias sobre efectos llamada. Algunas administraciones que exhibieron orgullosamente su solidaridad con Ucrania consideran ahora insoportable recibir a unas decenas de adolescentes africanos.

Esa diferencia tiene un nombre: xenofobia selectiva. No consiste necesariamente en odiar a cualquier extranjero. De hecho, el xenófobo moderno suele poner como prueba de su tolerancia precisamente a los extranjeros que acepta. Se recibe con los brazos abiertos al europeo blanco, cristiano y culturalmente próximo mientras se presenta al africano o al musulmán como una amenaza demográfica. La hospitalidad queda condicionada por el parecido del recién llegado con quien abre la puerta.

No se trata de negar las diferencias jurídicas ni logísticas. Los ucranianos huían de una guerra reconocida; quienes entraron en Ceuta formaban un grupo heterogéneo de refugiados potenciales, migrantes económicos y personas movilizadas por rumores o redes. Los primeros llegaron gradualmente y se distribuyeron por todo el país; los segundos irrumpieron en unas horas en un territorio diminuto. Estas circunstancias explican por qué Ceuta sufrió una crisis inmediata. No explican que unos fueran recibidos como víctimas y otros descritos colectivamente como invasores.

Un Estado tiene derecho a controlar sus fronteras, identificar a quienes entran, examinar las solicitudes de asilo y devolver a quienes no tienen derecho a permanecer, siempre con garantías legales. Nada de eso es xenófobo. Sí lo es asociar inmigración y delincuencia sin pruebas, atribuir intenciones militares a civiles desarmados, negar protección a los menores por su nacionalidad o reclamar para los africanos un trato que nunca aceptaríamos si se aplicara a los ucranianos.

La pregunta más perturbadora no es por qué España acogió a quienes huían de Ucrania. Hizo bien. La pregunta es por qué aquella generosidad, que demostró nuestra enorme capacidad de acogida, parece evaporarse cuando quienes llaman a la puerta tienen la piel más oscura, rezan de otra manera y proceden del sur. La crisis de Ceuta puso a prueba nuestras fronteras durante unas horas. El lenguaje con el que hemos hablado de quienes las cruzaron está poniendo a prueba algo bastante más duradero: la idea que tenemos de nosotros mismos.

viernes, 28 de agosto de 2026

EL BARRO QUE NO VEMOS: CUÁNTA CAPACIDAD HAN PERDIDO LOS EMBALSES ESPAÑOLES

 

Un embalse puede parecer lleno y, sin embargo, no estarlo. Puede alcanzar la cota que figura en los mapas, cubrir las mismas orillas y ofrecer desde la carretera esa tranquilizadora extensión de agua azul que tanto gusta fotografiar a los políticos durante las sequías. Pero bajo la superficie puede esconder varios metros de arena, limo y arcilla. El agua llega y se marcha; el barro se queda.

Un estudio publicado en agosto de 2026 en Nature Communications ha puesto cifras a ese envejecimiento invisible. Abigail C. Eckland y sus colaboradores analizaron 57 117 embalses de Estados Unidos y calcularon que en 2025 contenían 63,8 kilómetros cúbicos de sedimentos. En términos de masa, unos 61 300 millones de toneladas. Todo ese material ocupa un espacio que antes estaba disponible para almacenar agua.

La pérdida conjunta representa el 7,7% de la capacidad original estadounidense, pero el promedio disimula una situación muy desigual. La pérdida mediana de cada embalse alcanza el 20% y 24 407 instalaciones —el 43% de las estudiadas— han perdido más de una cuarta parte de su capacidad. Los grandes embalses, que concentran buena parte del volumen nacional, se conservan relativamente mejor y rebajan el promedio. Miles de pequeñas presas antiguas se encuentran, en cambio, mucho más colmatadas. Para 2050, los autores proyectan que los sedimentos ocuparán 83 kilómetros cúbicos, equivalentes al 10% de la capacidad inicial.

El estudio se titula emplea un modelo denominado RATTES. La idea general es sencilla, aunque su desarrollo matemático no lo sea tanto. Los investigadores reunieron mediciones de sedimentación de 904 embalses y las utilizaron para averiguar qué variables explicaban mejor la velocidad con la que se llenaban de materiales. Entre ellas se encuentran la superficie de la cuenca que aporta sedimentos, el caudal, la capacidad del embalse, su edad y la eficiencia con la que la presa retiene las partículas transportadas por el río.

RATTES incorpora, además, algo que otros modelos suelen pasar por alto: las presas no funcionan aisladamente. Una presa situada aguas arriba retiene parte de los sedimentos que, de otro modo, terminarían en el siguiente embalse. La construcción o retirada de una presa modifica, por tanto, la cantidad de cuenca que continúa aportando materiales a las instalaciones situadas aguas abajo. El modelo reconstruye esa red y calcula cómo varían con el tiempo la capacidad y la eficiencia de retención. Tanto el código completo de RATTES como las estimaciones de sedimentación y pérdida de capacidad para Estados Unidos han sido publicados por sus autores.

¿Podría hacerse algo semejante en España? Una reproducción completa de RATTES exigiría disponer de una red nacional homogénea de batimetrías, aportaciones, características de las cuencas y conexiones entre todas las presas. No tenemos todavía esa información con el grado de detalle estadounidense. Sí contamos, sin embargo, con datos suficientes para elaborar una primera estimación modelizada inspirada en su planteamiento: utilizar observaciones españolas para calibrar tasas por cuencas, distribuirlas después entre las presas según su antigüedad y comparar el resultado con el obtenido en Estados Unidos.

Para ello he utilizado el Inventario de Presas Españolas de la Sociedad Española de Presas y Embalses, que recoge 1 226 presas con su nombre, vertiente hidrográfica, capacidad y año de terminación. Como comprobación adicional he consultado el Inventario de Presas y Embalses del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, que reúne información técnica, geográfica y administrativa sobre estas infraestructuras.

La suma bruta de las capacidades del inventario técnico supera los 60 000 hectómetros cúbicos, porque un inventario de presas no coincide exactamente con un inventario de vasos: puede haber diques auxiliares, capacidades repetidas e infraestructuras que no forman parte del sistema utilizado para calcular las reservas nacionales. Por eso he conciliado esos datos con los 56 039 hectómetros cúbicos de capacidad máxima que emplea actualmente el Ministerio. Esta cifra procede de la revisión efectuada al comienzo del año hidrológico 2023-2024, cuando se incorporaron dos nuevos embalses y se actualizaron las capacidades de otros quince después de realizar trabajos batimétricos, según explica el informe de seguimiento de la sequía y la escasez del MITECO.

La fuente fundamental para calibrar comparativamente el modelo ha sido el trabajo de Rafael Cobo, investigador del Centro de Estudios Hidrográficos del CEDEX, publicado en 2008 en Ingeniería del Agua con el título «Los sedimentos de los embalses españoles». Cobo reunió información de 121 embalses españoles, aunque finalmente utilizó 109 porque en algunos casos las antiguas mediciones de capacidad eran demasiado imprecisas. Los embalses estudiados sumaban 17 000 hectómetros cúbicos y sus cuencas ocupaban aproximadamente el 45% del territorio nacional.

A partir de las batimetrías y de la diferencia entre la capacidad original y la observada, Cobo calculó tasas de aterramiento para las principales cuencas. Estimó que en 2003 los embalses españoles habían perdido 4 335 hectómetros cúbicos, un 8,4% de la capacidad considerada. Si las tasas se mantenían, en 2025 la pérdida alcanzaría 6 384 hectómetros cúbicos, el 12,4%, y en 2050 llegaría a 8 843, el 17,1%.

Mi modelización parte de esas tasas por cuenca, pero no se limita a multiplicar toda España por un único porcentaje. Cada presa recibe una tasa anual correspondiente a su vertiente y la pérdida se calcula teniendo en cuenta su edad. Las capacidades se ajustan después para que su suma coincida con los 56 039 hectómetros cúbicos oficiales. En el norte, Galicia y los archipiélagos, donde la muestra de Cobo no permitía obtener una tasa suficientemente representativa, hemos utilizado provisionalmente como referencia el 7,7% calculado por el estudio estadounidense basado en RATTES.

El resultado central indica que los embalses españoles podrían contener en 2026 unos 6 738 hectómetros cúbicos de sedimentos. Representan aproximadamente el 12% de su capacidad nominal. Dicho de otra manera, aunque oficialmente podamos almacenar 56 039 hectómetros cúbicos, la capacidad efectiva se situaría alrededor de 49 300. Son casi 6,8 kilómetros cúbicos de barro, arena y grava ocupando el lugar en el que creemos que cabe agua.

Como toda estimación modelizada, el resultado debe expresarse con una horquilla. En un escenario bajo, la pérdida sería de unos 4 717 hectómetros cúbicos, el 8,4% de la capacidad. En el escenario alto alcanzaría 8 760 hectómetros cúbicos, el 15,6%. Esta horquilla no constituye un intervalo de confianza estadístico, sino dos escenarios obtenidos reduciendo o aumentando en un 30% las tasas centrales. La estimación no pretende sustituir las batimetrías: indica el orden de magnitud más verosímil con la información disponible y permite señalar dónde convendría medir primero.

Las diferencias entre cuencas son considerables. El Guadiana aparece con unos 1 567 hectómetros cúbicos de sedimentos y una pérdida cercana al 19,5%. El Ebro habría acumulado alrededor de 1 542 hectómetros cúbicos y perdido el 17,3%. En el conjunto del Guadalquivir y la vertiente atlántica andaluzael modelo ha estimado unos 1376 hectómetros cúbicos, equivalentes al 12,8%. El Duero se situaría en torno a 673; el Tajo, en 601; el Júcar, en 272; y el Segura, en 136.

El modelo identifica además unas 99 presas cuya pérdida podría superar el 25% de la capacidad original. No significa que haya medido directamente esa reducción en todas ellas. Significa que, por su edad y por la tasa calculada para su cuenca, constituyen candidatas prioritarias para realizar levantamientos batimétricos. Confundir una predicción con una medición sería tan incorrecto como ignorar la predicción hasta que las tomas de agua empiecen a atascarse.

La coincidencia con el precedente del CEDEX resulta tranquilizadora y preocupante al mismo tiempo. Cobo proyectó una pérdida del 12,4% para 2025. El modelo que he empleado, que redistribuye las tasas entre más de mil presas y reconcilia las capacidades con el inventario actual, obtiene un 12%. Dos aproximaciones distintas conducen prácticamente al mismo lugar. Para 2050, mi proyección alcanza 9 631 hectómetros cúbicos, el 17,2%, casi exactamente el porcentaje previsto por Cobo.

Hay que recordar, por último, que los sedimentos no desaparecen: están en el lugar equivocado. Antes de levantarse las presas, una parte viajaba río abajo, renovaba las riberas, alimentaba humedales y terminaba en estuarios y deltas. Su retención reduce la capacidad de los embalses y priva de materiales a las costas. La Confederación Hidrográfica del Ebro reconoce la alteración del transporte de sedimentos como uno de los grandes problemas del sistema fluvial, y el delta constituye el ejemplo español más evidente de una llanura que se hunde y retrocede mientras millones de toneladas permanecen atrapadas aguas arriba.

Durante las sequías discutimos con extraordinaria precisión si los embalses se encuentran al 37,2 o al 38,1%. La primera pregunta debería ser otra: ¿el porcentaje de qué capacidad? Porque es posible que llevemos décadas calculando con minuciosidad cuánta agua hay en unos recipientes cuyo tamaño real desconocemos. Bajo el agua, mientras tanto, el barro continúa haciendo su trabajo con una paciencia admirable.

jueves, 27 de agosto de 2026

LA MONTAÑA QUE SE CONVIRTIÓ EN RÍO: LA GRAN RIADA DE NEPAL

 


A las 8:37 de la mañana del miércoles, los sismógrafos registraron una sacudida en la frontera entre Nepal y el Tíbet. La primera explicación parecía lógica: un terremoto. El Servicio Geológico de Estados Unidos llegó a catalogar el fenómeno como un seísmo de magnitud 4,4. En una región donde la India lleva millones de años empujando contra Asia y levantando el Himalaya, que la tierra tiemble no constituye precisamente una extravagancia geológica.

Pero esta vez no había temblado la corteza terrestre. Había caído una montaña. Las imágenes obtenidas por satélite mostraron después que una enorme sección de un glaciar, de unos 600 metros de anchura y aproximadamente 0,2 kilómetros cuadrados de superficie, se había desprendido a unos 5 200 metros de altitud. La masa de hielo y roca cayó casi 1 200 metros hasta el fondo del valle. Para hacerse una idea, equivale a dejar caer una parte considerable de la montaña desde una altura casi cuatro veces mayor que la torre Eiffel.

El impacto fue tan violento que produjo una señal sísmica equivalente a la de un terremoto de magnitud 5,2. No era la tierra la que había puesto en movimiento la montaña: era la montaña en movimiento la que había hecho temblar la tierra. Los sensores registraron primero el descenso repentino de una masa gigantesca y, poco después, la señal correspondiente a una inundación. La secuencia permitió a los geólogos reconstruir el comienzo de la catástrofe casi como si dispusieran de la grabación sonora de un crimen.

Daniel Shugar, geomorfólogo de la Universidad de Calgary y uno de los primeros científicos que examinó la simágenes, describió el lugar del impacto como un paisaje sobre el que hubiera estallado una bomba. La comparación no parece exagerada. Durante la caída, la energía potencial acumulada por millones de toneladas de hielo y roca se transformó en velocidad, calor, fracturación y presión. El hielo se pulverizó, las rocas se hicieron añicos y toda aquella masa incorporó agua, barro y sedimentos hasta convertirse en una corriente extraordinariamente móvil.

Todavía no se conoce con precisión toda la cadena de acontecimientos. Los científicos saben que se produjo un derrumbe glaciar de dimensiones excepcionales, pero la cantidad de agua que apareció en el valle obliga a considerar otros procesos. Es posible que la avalancha fundiera parte del hielo por fricción y por la enorme energía del impacto; también pudo incorporar agua almacenada bajo el glaciar o represar temporalmente el río Lhende Khola, un afluente del Bhote Koshi. Al romperse aquel tapón improvisado, el agua acumulada habría sido liberada de golpe. Probablemente no hubo una sola causa, sino una sucesión de ellas, cada una empeorando la anterior.

Eso es lo que convierte estas catástrofes en fenómenos especialmente difíciles de prever. Una avalancha puede transformarse en deslizamiento; el deslizamiento, en presa; la presa, en embalse, y el embalse, al romperse, en una ola de agua, lodo, bloques de hielo y rocas. Cuando la corriente llega a las poblaciones situadas aguas abajo ya no se parece a un río desbordado, sino a una pared en movimiento.

Además, no estaba lloviendo. Las riadas ordinarias suelen venir precedidas por cielos negros, lluvias torrenciales y un río que comienza a crecer. En este caso, las poblaciones del valle no recibieron ninguna de esas advertencias naturales. El desastre descendió desde las alturas bajo un cielo que no anunciaba nada extraordinario.

En apenas media hora, el nivel del sistema fluvial del Trishuli aumentó hasta nueve metros. La corriente atravesó Timure y Rasuwagadhi, arrasó viviendas, carreteras, instalaciones públicas, centrales hidroeléctricas y al menos diecinueve puentes. Los primeros balances hablaron de al menos 165 muertos y cientos de desaparecidos, unas cifras todavía provisionales que probablemente cambiarán a medida que avancen las labores de búsqueda. En los valles estrechos del Himalaya, donde las poblaciones, los caminos y las infraestructuras se concentran inevitablemente junto a los ríos, una crecida repentina apenas deja lugares hacia los que escapar.

El desastre ha llamado también la atención sobre otro peligro relacionado con los glaciares, aunque los investigadores no atribuyen esta riada concreta a la rotura de un lago glaciar. Cuando un glaciar retrocede, el agua de fusión puede acumularse en las depresiones dejadas por el hielo. En muchos casos queda retenida por una morrena, es decir, una mezcla de piedras, arena, barro y hielo transportada y abandonada por el propio glaciar.

Una morrena puede parecer una presa, pero no ha sido construida por ingenieros, no posee aliviaderos y nadie ha calculado cuánta presión puede soportar. Es, en esencia, un enorme montón de materiales sueltos que ha tenido la amabilidad de contener un lago hasta que deja de hacerlo. Si aumenta demasiado el nivel del agua, se funde el hielo oculto en su interior o cae sobre el lago una avalancha de rocas, nieve o hielo, la ola resultante puede desbordarla y abrir una brecha.

La liberación repentina recibe el nombre de glacial lake outburst flood, abreviado GLOF, algo así como «inundación por desbordamiento de un lago glaciar». El nombre es bastante menos aterrador que el fenómeno. Millones de metros cúbicos de agua pueden precipitarse por un valle, incorporar sedimentos y bloques y recorrer decenas o incluso cientos de kilómetros. La avalancha inicial dura quizá unos minutos, pero sus consecuencias se propagan mucho más allá de la montaña en la que comenzó.

Un inventario elaborado por el Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas —ICIMOD— y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ha identificado 47 lagos glaciares potencialmente peligrosos en las cuencas de los ríos Koshi, Gandaki y Karnali. Cuarenta y dos se concentran en la cuenca del Koshi, tres en la del Gandaki y dos en la del Karnali. La clasificación tiene en cuenta el tamaño y crecimiento del lago, la actividad del glaciar que lo alimenta, la estabilidad de la morrena y la posibilidad de que caigan sobre él avalanchas procedentes de las laderas.

El problema no es solo geológico. También es político. De los 47 lagos, únicamente 21 se encuentran dentro deNepal. Otros 25 están en la Región Autónoma del Tíbet, bajo administración china, y uno en India. En otras palabras, más de la mitad de las amenazas que pueden descender hacia territorio nepalí nacen fuera de sus fronteras.

El agua, que tiene escaso respeto por la soberanía nacional, puede atravesar la frontera antes de que una alerta haya recorrido los correspondientes ministerios. Una rotura producida en una cabecera tibetana puede enviar una crecida hacia aldeas, carreteras, pasos fronterizos y centrales hidroeléctricas de Nepal, cuyo Gobierno no puede instalar por sí solo sensores, reducir el nivel de los lagos ni inspeccionar las morrenas situadas en territorio chino.

Las autoridades nepalíes y el PNUD han señalado cuatro lagos —Thulagi, Lower Barun, Lumding Tsho y Hongu 2— como objetivos prioritarios. Las posibles intervenciones incluyen excavar canales de desagüe, rebajar artificialmente el nivel del agua e instalar sistemas de vigilancia y alerta temprana. Nepal ya ha realizado trabajos semejantes en Tsho Rolpa e Imja Tsho. Pero para vigilar los lagos situados al otro lado de la frontera necesita algo que ninguna excavadora puede proporcionar: cooperación internacional, intercambio de datos y comunicaciones capaces de adelantarse a la riada.

La relación entre este derrumbe concreto y el cambio climático todavía no puede establecerse de manera concluyente. Los colapsos glaciares gigantes son fenómenos poco frecuentes y existen muy pocos casos bien documentados. Sin embargo, el contexto general resulta difícil de ignorar. El Himalaya se calienta aproximadamente el doble de rápido que el promedio mundial, sus glaciares retroceden y el permafrost de las montañas se degrada. Ese suelo permanentemente helado actúa como un cemento que mantiene unidas rocas, hielo y laderas muy empinadas. Cuando se descongela, la montaña pierde parte de su pegamento.

La riada de Nepal deja así una lección inquietante. En el Himalaya no hace falta que llueva, que se rompa un lago ni que se produzca un terremoto. Basta con que una masa de hielo y roca, almacenada durante décadas a cinco kilómetros de altitud, deje de estar donde estaba. La gravedad se encarga de todo lo demás.

MAÑANA, VIERNES 28, UN MAGNÍFICO ECLIPSE LUNAR

Durante la madrugada del jueves 27 al viernes 28 de agosto, poco antes del amanecer, podrá observarse desde España un eclipse parcial de Luna.

Tras el pasado eclipse solar, mañana 28 de agosto asistiremos a un eclipse parcial de Luna. Nuestro satélite se sumergirá en la sombra de la Tierra alcanzando casi un 93% de oscurecimiento (rozando la totalidad).

En la madrugada de mañana podrá observarse desde España un eclipse parcial de Luna excepcionalmente profundo. El fenómeno comenzará de forma apenas perceptible hacia las 3:23, cuando la Luna penetre en la penumbra terrestre. La fase verdaderamente visible se iniciará alrededor de las 5:12, al comenzar la sombra oscura —la umbra— a avanzar sobre el disco lunar. El máximo se producirá hacia las 6:13, cuando quedará eclipsada casi toda la Luna, salvo una estrecha franja iluminada. La parte cubierta por la sombra podrá adquirir tonalidades rojizas o cobrizas, debido a la luz solar filtrada y desviada por la atmósfera terrestre.

Un eclipse lunar ocurre cuando el Sol, la Tierra y la Luna quedan casi alineados, con nuestro planeta situado en medio. El Sol ilumina la Tierra por un lado y, como cualquier objeto colocado delante de una lámpara, esta proyecta una sombra por el lado contrario. Esa sombra se prolonga cientos de miles de kilómetros y tiene forma de cono. Cuando la Luna atraviesa ese cono, se produce el eclipse.

La sombra terrestre presenta dos regiones. La exterior, llamada penumbra, todavía recibe parte de la luz solar. Cuando la Luna entra en ella, su brillo disminuye tan ligeramente que el cambio puede pasar inadvertido. Más adentro se encuentra la umbra, una zona mucho más oscura desde la cual el disco solar queda completamente oculto por la Tierra. La entrada de la Luna en la umbra es el momento en que advertimos con claridad que uno de sus bordes comienza a oscurecerse.

Si la alineación fuera perfecta, toda la Luna penetraría en la umbra y tendríamos un eclipse total. Pero en esta ocasión pasará algo desviada respecto del centro de la sombra terrestre. Por eso el eclipse se clasifica como parcial, aunque será muy profundo: aproximadamente el 93 % del diámetro lunar quedará dentro de la umbra. En el momento máximo solo permanecerá iluminada una estrecha franja del disco, de modo que el aspecto será muy parecido al de un eclipse total.

Cabe preguntarse por qué no se produce un eclipse cada vez que hay luna llena. La explicación está en que la órbita lunar no coincide exactamente con el plano en el que la Tierra gira alrededor del Sol, sino que está inclinada unos cinco grados. La mayoría de los meses, la Luna llena pasa un poco por encima o por debajo de la sombra terrestre. Solo cuando atraviesa uno de los puntos en que ambos planos orbitales se cruzan pueden alinearse los tres astros y producirse el eclipse.

La parte eclipsada de la Luna tampoco desaparecerá por completo. Probablemente adquirirá una tonalidad rojiza o cobriza. La causa es la atmósfera terrestre, que filtra la luz solar y dispersa con mayor facilidad los colores azules, mientras deja pasar y desvía hacia la sombra los rojos y anaranjados. Es, en cierto modo, la suma de todos los amaneceres y atardeceres de la Tierra proyectada sobre la superficie lunar.

Lo mejor: este eclipse es 100% seguro de observar a simple vista, sin necesidad de filtros ni gafas especiales. Será visible desde toda España antes del amanecer. Pero recuerda, hay que levantarse temprano el viernes por la mañana, antes del amanecer. No es la noche del viernes al sábado.

 ¡Madruga y disfrútalo!

TROPIC, LA ISLA SUMERGIDA DEL TESORO

 

A unos cuatrocientos kilómetros al suroeste de Canarias, donde ya no hay playas, hoteles ni turistas británicos buscando desesperadamente una cerveza fría, se levanta una montaña gigantesca. Desde su base, situada a unos cuatro mil metros de profundidad, asciende más de tres kilómetros hasta que, cuando parece que está a punto de emerger, se detiene a unos mil metros bajo la superficie. Se llama Tropic y es uno de los montes submarinos más fascinantes del Atlántico. También podría ser uno de los más ricos.

Tropic es un antiguo volcán formado durante el Cretácico, hace aproximadamente 120 millones de años, cuando los dinosaurios todavía tenían por delante una larga y, salvo por el desenlace, prometedora existencia. Pertenece a la provincia de montes submarinos de Canarias, una alineación de más de cien edificios volcánicos que se extiende por el fondo del Atlántico. Los geólogos españoles los conocen colectivamente como «las Abuelas», porque son mucho más antiguos que las islas Canarias que hoy vemos sobre el océano.

Durante algún tiempo, Tropic debió de ser una isla. Las olas erosionaron su cima hasta convertirla en una superficie relativamente plana. Después, a medida que la corteza oceánica se enfriaba y se hundía, el volcán desapareció lentamente bajo las aguas. En términos geológicos, es un guyot: una isla volcánica decapitada por la erosión y posteriormente sumergida. Su plataforma superior ocupa alrededor de 120 kilómetros cuadrados, algo así como una pequeña isla de El Hierro escondida a un kilómetro bajo el mar.

Hasta aquí, Tropic sería uno más de los miles de volcanes sumergidos que salpican los océanos. Lo que lo convierte en una montaña extraordinaria es la costra negra que recubre buena parte de sus rocas. Es una lámina de ferromanganeso, una mezcla de óxidos de hierro y manganeso que precipita directamente del agua marina. No procede de una chimenea hidrotermal ni de un depósito de lava enriquecida en metales. Es, por decirlo de una manera sencilla, un barniz fabricado por el océano.

El océano contiene casi todos los elementos químicos imaginables, aunque muchos de ellos se encuentran en concentraciones tan pequeñas que intentar extraerlos del agua sería como buscar un terrón de azúcar disuelto en el Mediterráneo. Pero los óxidos de hierro y manganeso actúan como una esponja química. A medida que se depositan sobre las rocas capturan cobalto, níquel, molibdeno, vanadio, platino, tierras raras y, sobre todo, telurio.

Lo hacen, además, con una parsimonia capaz de desesperar a una montaña. Algunas costras crecen apenas unos milímetros por cada millón de años. Las que recubren la cima del Tropic tienen por término medio tres o cuatro centímetros de espesor, aunque en esta provincia submarina se han encontrado otras de veinte o incluso veinticinco centímetros. Una costra del grosor de una tostada puede contener la historia química de diez o veinte millones de años de océano.

El protagonista de esta historia es el telurio, un elemento que rara vez aparece en las conversaciones, salvo quizá entre químicos, fabricantes de paneles solares y personas que coleccionan palabras para concursar en Saber y ganar. Fue descubierto en el siglo XVIII y su nombre procede del latín tellus, tierra, lo que resulta irónico teniendo en cuenta que una de sus mayores concentraciones conocidas está en una montaña situada bajo un kilómetro de agua.

El telurio no es una tierra rara, aunque a menudo se lo incluya en el impreciso cajón de los «metales raros». Es un metaloide emparentado con el selenio y extraordinariamente escaso en la corteza terrestre: más raro que el oro. Se utiliza en aleaciones, semiconductores, materiales termoeléctricos y detectores de radiación, pero su aplicación más conocida se encuentra en las células solares de película fina fabricadas con telururo de cadmio. Por eso aparece en las listas de materias primas consideradas esenciales para la transición energética.

En tierra firme casi nunca se explota en minas propias. La mayor parte se obtiene como subproducto del refinado del cobre, de manera que su producción depende de cuánto cobre se extraiga y de cómo se procese. Tropic llamó la atención porque sus costras contienen telurio en proporciones extraordinarias. Este tipo de depósitos puede concentrarlo hasta 50 000 veces respecto de su abundancia media en la corteza terrestre, más que ningún otro elemento estudiado en las costras de ferromanganeso. Eso no significa que las rocas sean lingotes de telurio: las concentraciones se miden normalmente en decenas o centenares de partes por millón. Pero cuando se trata de un elemento que apenas existe, unas pocas partes por millón pueden constituir una fortuna.

En 2016, una expedición internacional a bordo del buque oceanográfico británico RRS James Cook exploró Tropic mediante el vehículo autónomo Autosub6000 y el robot submarino Isis. La campaña JC142, en la que participaron investigadores británicos y españoles, cartografió la montaña, filmó sus laderas y recogió muestras de las costras. A partir de aquellos datos se difundió una cifra deslumbrante: Tropic podría contener unas 2 670 toneladas de telurio, aproximadamente una doceava parte de los recursos mundiales conocidos en aquel momento.

La noticia recorrió los periódicos y convirtió la montaña en una especie de cofre del tesoro atlántico. Bastaba multiplicar toneladas por precio para imaginar una fabulosa mina española bajo el océano. Por desgracia, la geología económica no funciona con la misma sencillez que una calculadora.

Las 2 670 toneladas son una estimación del metal que podría estar contenido en las costras, no una reserva minera demostrada. Para hablar de reservas habría que conocer con precisión qué superficie está recubierta, cuál es el espesor de la capa en cada lugar, cuánto telurio contiene, qué proporción puede recuperarse y cuánto costaría hacerlo. Un estudio basado en las muestras de la expedición confirmó el considerable potencial mineral del Tropic, pero también mostró que las costras son heterogéneas y aparecen mezcladas con sedimentos y materiales orgánicos. Entre saber que un metal está allí y poder extraerlo con beneficio media un abismo; en este caso, un abismo literal.

La explotación plantearía un problema técnico formidable. Los nódulos polimetálicos de las llanuras abisales son objetos sueltos que, al menos en teoría, pueden recogerse como patatas esparcidas por un campo. Las costras del Tropic están soldadas a las rocas. Habría que enviar máquinas capaces de desplazarse por una montaña escarpada, arrancar una capa de pocos centímetros y separar el mineral valioso del basalto sin recoger toneladas de roca inútil. Todo ello a mil o varios miles de metros de profundidad, en oscuridad absoluta y bajo una presión que convertiría cualquier error mecánico en una avería muy cara.

Queda, además, el pequeño detalle de que la montaña está habitada. Tropic alberga corales de aguas frías, gorgonias, estrellas de mar, crustáceos y extensos campos de esponjas. Muchas de esas criaturas se fijan precisamente sobre las costras que interesan a los mineros. Durante la expedición se cartografió una importante comunidad de la esponja de vidrio Poliopogon amadou, asociada a las superficies rocosas cubiertas de ferromanganeso. Los investigadores han propuesto que Tropic sea reconocido como área marina ecológica o biológicamente significativa, como explican en Frontiers in Marine Science.

Si se arranca la costra, desaparece también el sustrato sobre el que viven esas comunidades. Y no cabe esperar que vuelva a crecer pronto. Una capa mineral que necesita millones de años para alcanzar unos centímetros de espesor es, a efectos humanos, un recurso no renovable. La paradoja resulta difícil de ignorar: para obtener metales destinados a fabricar tecnologías verdes podríamos destruir ecosistemas submarinos que apenas empezamos a conocer.

Tampoco está claro quién tendría derecho a hacerlo. Tropic se encuentra más allá de las doscientas millas náuticas de Canarias. En 2014 España solicitó ante la Comisión de Límites de laPlataforma Continental de Naciones Unidas la ampliación de su plataforma aloeste del archipiélago, alegando que la provincia de montes submarinos constituye una prolongación geológica de las islas. Si la solicitud prosperase, España obtendría derechos sobre los recursos del lecho y del subsuelo, pero no soberanía sobre las aguas que hay encima. Además, existen posibles solapamientos con las pretensiones relacionadas con Portugal, Marruecos y el Sáhara Occidental. La geología puede demostrar que una montaña continúa bajo el mar; decidir a quién pertenece es una tarea bastante más espinosa.

Por ahora, Tropic no es una mina ni una reserva española dispuesta para su explotación. Es una isla desaparecida, un volcán del tiempo de los dinosaurios cubierto por un barniz que el océano ha elaborado átomo a átomo durante millones de años. Contiene telurio, cobalto y otros metales muy valiosos, pero también guarda archivos de la historia del mar y comunidades biológicas cuyo valor no puede expresarse en toneladas.

Quizá el verdadero tesoro de Tropic consista precisamente en eso: en obligarnos a decidir qué entendemos por riqueza antes de enviar las excavadoras al fondo del océano.

SOLANUM LAXUM: EL “JAZMÍN” QUE RESULTÓ SER PARIENTE DE LA PATATA

 

Nuestra pequeña colección veraniega de falsos jazmines empieza a parecer una conspiración. Ya hemos visto un jazmín azul que era un Plumbago y una dama de noche que resultó pertenecer a las solanáceas. Ahora llega otra planta que se vende, se cultiva y todavía aparece en muchos libros como Solanum jasminoides. Sus flores blancas o azuladas y su porte trepador explican perfectamente el nombre. El problema es doble: ni es un jazmín ni, para complicar las cosas, Solanum jasminoides es hoy su nombre científico aceptado.

Actualmente se denomina Solanum laxum. S. jasminoides, nombre publicado en 1841 y todavía muy utilizado en jardinería, se considera sinónimo. La razón es una de las reglas fundamentales —y a veces desesperantes— de la nomenclatura: Sprengel había publicado Solanum laxum en 1824 y el nombre más antiguo tiene prioridad.

Así que el «jazmín de Chile», «falso jazmín» o «jazmín solano» es en realidad un pariente de tomates, patatas, berenjenas, pimientos, tabaco y belladona. Pertenece a Solanaceae, una familia extraordinaria en la que conviven algunos de nuestros alimentos fundamentales con algunas de las plantas venenosas más célebres del mundo.

El nombre Solanum es antiquísimo. Los romanos utilizaban ya solanum para ciertas plantas de este grupo, y Plinio empleó el término para la hierba mora. Su etimología última no está completamente resuelta. El epíteto laxum procede del latín laxus, «laxo», «suelto» o «poco compacto», y alude apropiadamente al porte abierto y flexible de la planta. El antiguo jasminoides resulta mucho más divertido: combina Jasminum con el sufijo griego -oides, «semejante a». Es decir, «parecido a un jazmín». Paxton, el botánico que lo describió (un poco tarde, todo hay que decirlo) no afirmó que fuese uno; se limitó a reconocer que lo parecía.

Y hay que concederle que, visto desde cierta distancia, lo parece bastante. S. laxum es una liana sudamericana, originaria del centro y sur de Brasil, Paraguay, Uruguay y el nordeste de Argentina. Desde allí pasó a los jardines de regiones templadas y subtropicales de buena parte del mundo y en algunos lugares ha escapado del cultivo y se ha naturalizado.

Sus tallos son largos, finos y flexibles y pueden alcanzar varios metros. Pero aquí aparece una característica especialmente interesante: no posee zarcillos. Para trepar utiliza los pecíolos de sus propias hojas, que pueden curvarse alrededor de ramillas y soportes y actuar casi como órganos prensiles. El mecanismo llamó la atención nada menos que a Charles Darwin, que estudió S. jasminoides en sus trabajos sobre los movimientos de las plantas trepadoras y experimentó con el tiempo que necesitaban sus pecíolos para abrazar un soporte.

Las hojas son alternas y bastante variables. Muchas son enteras, ovadas o algo acorazonadas, pero otras —especialmente en determinados brotes— pueden presentar lóbulos basales o estar profundamente divididas. Esa variabilidad es característica de bastantes Solanum y puede desconcertar a quien espere que todas las hojas de una especie deban ajustarse obedientemente al mismo molde.

Pero, una vez más, cultivamos esta planta por sus flores, que aparecen agrupadas en inflorescencias terminales o laterales bastante amplias. La corola está formada por cinco pétalos soldados en la base y extendidos formando una estrella. Según el cultivar y el momento de la floración pueden ser blancas, blanco azuladas, lilas o de un azul violáceo muy pálido.

Y en medio de esa estrella aparece la firma de los Solanum: cinco anteras amarillas muy próximas entre sí. Los cinco estambres poseen filamentos muy cortos y anteras alargadas que se agrupan alrededor del estilo formando un cono. El contraste entre las anteras amarillas y la corola blanca o azulada es precisamente uno de los caracteres que permiten advertir que aquello que trepa por la pared no es ningún Jasminum. Las descripciones botánicas confirman cinco estambres iguales, con anteras de unos 3–4,5 mm, mientras que el estilo sobresale ligeramente y termina en un pequeño estigma mazudo.

La semejanza con los jazmines es, por tanto, bastante superficial. Los verdaderos Jasminum pertenecen a Oleaceae y presentan una arquitectura floral diferente. S. laxum posee la flor estrellada y las anteras agrupadas características de muchas solanáceas. Basta comparar una flor de este falso jazmín con la de una patata para descubrir un parecido familiar que hasta entonces probablemente había pasado inadvertido.

Tras la fecundación puede producir bayas globosas, de aproximadamente un centímetro, que al madurar adquieren tonalidades azuladas, violáceas o negruzcas y contienen numerosas semillas. La fructificación, sin embargo, puede ser escasa en los ejemplares cultivados. Y la palabra «baya» nos lleva a la cuestión inevitable cuando hablamos de un Solanum: ¿es tóxico?

Conviene considerarlo una planta ornamental no comestible. El género Solanum es conocido por producir glicoalcaloides esteroideos, sustancias defensivas cuya concentración y composición varían enormemente entre especies, órganos y estados de maduración. Solanina y chaconina son los ejemplos famosos de la patata, pero no debemos trasladar automáticamente a S. laxum la composición química de otras especies. La información toxicológica específica disponible para esta ornamental es bastante más limitada.

La precaución práctica es sencilla: no ingerir sus frutos ni otras partes de la planta, y evitar especialmente que los niños puedan confundir las bayas con frutos comestibles. Esto no convierte al falso jazmín en una especie terrorífica que haya que expulsar de los jardines. Simplemente significa que es una ornamental para mirar, no una planta para experimentar en la cocina.

A diferencia de otras especies que hemos tratado este mes de agosto que ya da sus últimas bocanadas, tampoco posee una tradición medicinal especialmente relevante que justifique correr riesgos. Su gran utilidad para nosotros ha sido y sigue siendo ornamental.

En eso resulta magnífica. En climas suaves puede conservar buena parte del follaje durante el invierno y florecer durante un período extraordinariamente largo. Necesita mucha luz, aunque tolera cierta semisombra, agradece los suelos bien drenados y debe disponer de un soporte sobre el que extenderse. La Royal Horticultural Society recomienda cultivarla a pleno sol, preferentemente en una situación protegida y contra una pared soleada; puede alcanzar varios metros y admite bien la poda después de la floración.

Tolera algo de frío, pero las heladas fuertes pueden destruir los brotes aéreos. En lugares protegidos, sin embargo, una planta establecida puede rebrotar vigorosamente desde la base. En los jardines mediterráneos encuentra condiciones especialmente favorables y puede utilizarse para cubrir muros, pérgolas y celosías.

Existe además una hermosa ironía histórica. La planta llegó a los jardines británicos desde Sudamérica durante el siglo XIX y allí se difundió bajo el nombre de S. jasminoides. El material cultivado parece haber procedido del sur de Brasil; un ejemplar recolectado en Rio Grande do Sul en 1832 está relacionado con aquellas primeras introducciones. El nombre equivocado —o, mejor dicho, posteriormente relegado a sinónimo— tuvo tanto éxito que casi dos siglos después seguimos encontrándolo en viveros.

No hay que enfadarse demasiado con quienes siguen llamándolo jazmín. La jardinería clasifica las plantas de una manera bastante distinta de la botánica. Una planta trepa por una pared, produce durante meses ramilletes de flores claras y delicadas y, desde lejos, recuerda a un jazmín. Para el jardinero que la contempla desde la terraza, el asunto está resuelto.

El botánico se acerca un poco más, ve las cinco anteras amarillas reunidas en el centro de una corola estrellada y descubre inmediatamente a una solanácea. El jardinero ve un jazmín. El botánico ve una prima trepadora de la patata. Y, como tantas otras veces, los dos tienen buenos motivos.