Si alguien se propusiera diseñar
una planta tratando de incumplir todas las normas elementales de la botánica,
probablemente acabaría inventando una Balanophora. Después de todo, las
plantas son verdes, tienen hojas, hacen la fotosíntesis y procuran mantener
cierta apariencia vegetal. Balanophora fungosa ha decidido prescindir de
casi todo eso. No es verde, carece de hojas dignas de tal nombre, no hace la
fotosíntesis y, para completar el desconcierto, tiene un aspecto que invita a
confundirla con un hongo. Solo le falta negar que sea una planta.
Pero lo es. Pertenece a
Balanophoraceae, una pequeña familia pantropical formada por unas cincuenta
especies de plantas no fotosintéticas, aproximadamente veinte de ellas
pertenecientes al género Balanophora. Viven en regiones tropicales de
Asia, África y Australia y han resuelto el problema fundamental de todo vegetal
—conseguir carbono y nutrientes— de una manera bastante expeditiva: se los
quitan a otros. Son holoparásitas de las raíces. En lugar de desplegar hojas al
sol y dedicarse honradamente a fabricar azúcares con dióxido de carbono y agua,
se conectan a las raíces de otras plantas y viven a su costa.
Su rareza no termina ahí. B.
fungosa produce unas infrutescencias carnosas cubiertas por una multitud de
frutos minúsculos. Cada fruto mide alrededor de tres décimas de milímetro,
contiene una sola semilla y aparece acompañado por una pequeña estructura
carnosa en forma de maza. Una infrutescencia puede albergar hasta un millón de
esos frutos. Si la estrategia reproductora de un roble consiste en fabricar
unas cuantas bellotas respetables, Balanophora ha elegido algo parecido
a fabricar confeti.
Naturalmente, fabricar un millón
de semillas sirve de poco si todas terminan cayendo a los pies de mamá. Durante
mucho tiempo se supuso que las semillas diminutas de muchas plantas
heterótrofas estaban destinadas a viajar con el viento. Es una explicación
razonable hasta que uno recuerda que muchas de estas plantas viven en el suelo
de bosques húmedos y sombríos, donde el viento no destaca precisamente por su
eficacia como empresa de mensajería. Poco a poco se ha descubierto que algunas Balanophora
disponen de sistemas de transporte bastante más imaginativos.
En B. tobiracola, por
ejemplo, intervienen cucarachas y grillos camello. Sus frutos permanecen
firmemente sujetos a la infrutescencia y hacen falta mandíbulas suficientemente
potentes para arrancarlos. B. subcupularis presenta otro sistema: su
capa externa de frutos se desprende fácilmente y hormigas y grillos camello
pueden encargarse del transporte. La arquitectura del fruto parece determinar,
al menos en parte, quién consigue llevárselo.
Cuando el botánico japonés Kenji
Suetsugu decidió averiguar qué ocurría con B. fungosa en la isla
de Ishigaki, al sur de Japón, tenía una sospecha perfectamente sensata. Sus
frutos se desprenden con facilidad, de manera que las hormigas parecían
candidatas ideales. Hasta entonces se había propuesto que la gravedad era el
principal mecanismo de dispersión. Suetsugu pensó que quizá las hormigas
estaban haciendo discretamente algo más interesante.
| Balanophora fungosa y sus consumidores de frutos. (A) Infrutescencias de B. fungosa, con algunos frutos y cuerpos claviformes parcialmente desprendidos de la infrutescencia y sobresaliendo de su superficie. (B) Infrutescencia madura con un individuo del cangrejo ermitaño terrestre Coenobita brevimanus consumiendo frutos y cuerpos claviformes. (C) Múltiples individuos de C. brevimanus agregándose y alimentándose de frutos y cuerpos claviformes. (D) Primer plano de un individuo de C. brevimanus consumiendo frutos y cuerpos claviformes. (E) Un individuo de C. brevimanus y múltiples individuos de Periplaneta australasiae reunidos y alimentándose de frutos y cuerpos claviformes. (F) Múltiples individuos de P. australasiae reunidos para alimentarse de frutos y cuerpos claviformes. (G) Primer plano de un adulto de P. australasiae consumiendo frutos y cuerpos claviformes. (H) Primer plano de una ninfa de P. australasiae consumiendo frutos y cuerpos claviformes. Escalas gráficas: 3 cm (A–D), 2 cm (E, F) y 1 cm (G, H). Créditos fotográficos: Kenji Suetsugu. |
Y las hormigas acudieron. Concretamente
apareció Anoplolepis gracilipes, una especie introducida. Visitaba las
infrutescencias maduras y se alimentaba del néctar extrafloral. El problema era
que no transportaba los frutos. Suetsugu realizó experimentos en los que
permitía acceder únicamente a las hormigas y otros en los que dejaba las
plantas abiertas a cualquier visitante. Cuando solo podían entrar las hormigas,
prácticamente no desaparecían frutos. Cuando el restaurante quedaba abierto al
público general, desaparecía una buena parte de ellos. Las hormigas estaban
allí, pero el ladrón era otro.
Las fotografías tomadas a intervalos resolvieron el misterio. Por las noches llegaban cucarachas australianas, Periplaneta australasiae, y, mucho más sorprendentemente, cangrejos ermitaños terrestres, Coenobita brevimanus. En las fotografías del artículo publicado por Suetsugu se los ve congregados alrededor de las infrutescencias como clientes alrededor de una bandeja de canapés. Las cucarachas acudían con mayor frecuencia, pero los cangrejos eran comensales mucho más serios: utilizaban las pinzas para arrancar los frutos y podían dejar prácticamente pelada una infrutescencia durante una sola noche.
Que un cangrejo ermitaño coma
fruta tampoco debería escandalizarnos demasiado. Los Coenobita son
omnívoros con una concepción muy amplia de lo que constituye una comida.
Consumen frutos y semillas, pero también plántulas, heces, carroña y animales
varados. El descubrimiento verdaderamente interesante fue comprobar qué ocurría
después de cenar.
Los cangrejos salían del banquete
llevando frutos pegados al cuerpo y a las pinzas. Los cinco ejemplares
examinados mientras comían transportaban una media de 86 frutos cada uno. Uno
fue localizado con frutos adheridos a más de cinco metros de la Balanophora
más próxima. Para una semilla microscópica que vive en el suelo de un bosque,
cinco metros pueden equivaler a cruzar un continente.
Pero el servicio de transporte
ofrecía además una segunda modalidad. Los investigadores examinaron las heces
de los cangrejos y encontraron semillas que habían atravesado intactas el
aparato digestivo. Los animales capturados en el campo expulsaron una media de
139 semillas intactas; los alimentados experimentalmente, unas 184. Las
cucarachas también evacuaban semillas supervivientes, aunque en cantidades
menores. Dicho de otro modo, Balanophora fungosa puede viajar en cangrejo tanto
en clase exterior, adherida al animal —epizoocoria—, como en clase interior,
atravesando su intestino —endozoocoria—.
Naturalmente, viajar por el
aparato digestivo de un cangrejo tiene inconvenientes. Aproximadamente el 45,5%
de las semillas tomadas directamente de las plantas resultaron viables. Entre
las transportadas externamente por los cangrejos la cifra fue estadísticamente
similar, alrededor del 40%. Después del tránsito intestinal, en cambio, la
viabilidad descendió al 21% en los cangrejos y al 23,5% en las cucarachas. No
es precisamente primera clase, pero aproximadamente una semilla de cada cinco
llega viva al destino.
Quedaba otra pregunta: ¿cómo
saben una cucaracha y un cangrejo que en medio del bosque ha aparecido un
restaurante? Probablemente por el olor.
Las infrutescencias maduras de B.
fungosa desprenden un perceptible aroma a fermentación. Tanto las
cucarachas como los cangrejos terrestres dependen mucho del olfato para
localizar alimento y ambos visitaban preferentemente las infrutescencias
maduras. Suetsugu propone, por tanto, que algún compuesto volátil podría actuar
como reclamo químico. Todavía no sabemos cuál. Será necesario analizar el
perfume de Balanophora y comprobar experimentalmente qué moléculas
atraen a sus particulares socios.
Hay además una ironía
especialmente bonita. Periplaneta australasiae ya había sido
identificada como polinizadora de esta misma planta. Ahora sabemos que también
puede dispersar sus semillas. La cucaracha interviene, por tanto, en dos
momentos esenciales de la reproducción de una planta que ni siquiera parece una
planta.
Y el cangrejo aporta una novedad
aún mayor. Según Suetsugu, esta es la primera demostración empírica de que un
cangrejo ermitaño terrestre puede dispersar semillas tanto externa como
internamente. No sabemos todavía si ocurre con otras poblaciones de Balanophora
fungosa ni si otras especies del género utilizan el mismo servicio de
transporte. Pero los cangrejos terrestres son abundantes en muchos bosques
costeros tropicales y comen casi cualquier cosa que encuentren, de modo que
quizá el fenómeno resulte menos excepcional de lo que ahora parece.
La historia resulta
particularmente instructiva porque comenzó con una hipótesis equivocada.
Suetsugu fue a buscar hormigas y encontró cangrejos y cucarachas. Es una de las
virtudes de observar la naturaleza en lugar de limitarse a imaginar cómo
debería funcionar.
Nos gustan las historias
naturales bien ordenadas: flores vistosas para las mariposas, frutos carnosos
para las aves, bellotas para las ardillas. Después aparece en el suelo de un
bosque japonés una cosa marrón que parece un hongo, pero es una planta, que
vive robando alimento a las raíces ajenas, produce un millón de frutos
microscópicos, huele a fermentación y contrata como servicio de mensajería a
una cucaracha y a un cangrejo ermitaño.
La naturaleza tiene cierta
tendencia a estropear los libros de texto justo cuando empezábamos a
entenderlos.

