Hay una edad misteriosa en la
vida de todo ser humano en la que uno descubre que levantarse del sofá produce
exactamente el mismo sonido que abrir una vieja puerta de castillo. No ocurre
de golpe. Un día simplemente te incorporas para ir a por un vaso de agua y tu
columna vertebral emite una serie de crujidos que recuerdan vagamente al
deshielo de Groenlandia.
Dicen que, pasados los sesenta,
si al levantarte por la mañana no te duele algo es que estás muerto. Y sospecho
que hay bastante verdad en ello. En mi caso, el protagonista habitual de las
protestas anatómicas es la espalda lumbar, esa ingeniosa estructura evolutiva
que permite a los humanos caminar erguidos mientras simultáneamente les
recuerda que quizá no fue tan buena idea.
Mi educación sobre el asunto
llegó gracias a los astronautas. Esto puede parecer extraño, porque solemos
imaginar que los astronautas son individuos gloriosamente atléticos que flotan
por estaciones espaciales mientras comen tortillas deshidratadas y contemplan
amaneceres orbitales dieciséis veces al día. Pero resulta que muchos regresan a
la Tierra con dolor de espalda. Y no un dolor romántico y filosófico, sino un
dolor lumbar bastante serio.
La explicación tiene que ver con
uno de los conceptos científicos más malinterpretados del mundo moderno: la
microgravedad. La palabra da la impresión de que en la Estación Espacial
Internacional (EEI) apenas existe gravedad. Como si los astronautas hubieran
escapado parcialmente de Newton y flotaran felizmente en una especie de limbo
físico. Pero no. La gravedad allí sigue siendo aproximadamente el noventa por
ciento de la terrestre. Si uno dejara caer un martillo en la EEI, el martillo
seguiría cayendo exactamente igual que aquí abajo. El problema es que la
estación, los astronautas y el martillo están cayendo juntos.
La EEI viaja alrededor de la
Tierra a unos 28 000 kilómetros por hora. Está en caída libre permanente, pero
avanza lateralmente tan rápido que nunca llega a tocar el suelo. Newton imaginó
algo parecido con un cañón situado en una montaña: si disparas una bala
suficientemente deprisa, la Tierra se curva bajo ella al mismo ritmo que cae.
Resultado: orbita.
Así que los astronautas no están
libres de gravedad. Están, técnicamente, cayéndose de manera extremadamente
sofisticada. Y el cuerpo humano detesta eso, porque aquí abajo vivimos
aplastados constantemente por la gravedad. Nuestros músculos posturales
trabajan sin descanso simplemente para mantenernos erguidos. Los huesos
soportan tensión. El corazón bombea cuesta arriba. Incluso permanecer sentado
implica una cantidad sorprendente de actividad muscular invisible.
En órbita, sin embargo, el cuerpo
interpreta que todas esas estructuras ya no hacen falta. Y el organismo humano,
que es maravillosamente eficiente, pero a veces intelectualmente cuestionable,
decide empezar a desmontarlas. Los músculos se atrofian. Los huesos pierden
densidad. La columna vertebral se expande ligeramente porque los discos dejan
de comprimirse. Muchos astronautas crecen varios centímetros en el espacio, lo
que suena estupendo hasta que descubres que suele venir acompañado de un dolor
lumbar bastante desagradable.
Fue investigando esto en un estudio científico realizado
con astronautas cuando descubrí dos músculos de cuya existencia jamás había
oído hablar: los multífidos y el transverso abdominal. Los primeros son
pequeños músculos que recubren la columna vertebral y estabilizan las
vértebras. El segundo funciona como una especie de corsé natural. En otras
palabras, son exactamente los músculos que uno ignoraría por completo hasta que
dejan de funcionar correctamente.
El estudio realizado con
astronautas que habían pasado seis meses en la EEI mostró que el músculo
multífido se reducía un diez por ciento y el transverso abdominal un asombroso
treinta y cuatro por ciento. Eso significa que el espacio exterior puede
convertir lentamente el abdomen humano en algo estructuralmente comparable a
una bolsa de supermercado olvidada bajo el fregadero.
Naturalmente, la NASA no puede
permitirse tener astronautas incapaces de agacharse para recoger una llave
inglesa orbital. De modo que los científicos empezaron a investigar qué tipo de
ejercicio podía evitar este deterioro. Y aquí aparece una de las grandes
ironías del fitness moderno.
Resulta que levantar pesas
espectaculares y desarrollar bíceps capaces de aplastar nueces no
necesariamente fortalece los músculos estabilizadores profundos de la columna.
Estos responden mejor a lo que los investigadores llaman “ejercicio continuo de
baja intensidad”. En otras palabras: movimientos pequeños, frecuentes y
constantes.
Esto explica por qué los
fisioterapeutas disfrutan proponiendo ejercicios con nombres que parecen
insultos surrealistas. El “perro
pájaro”, el “bicho
muerto”, la “plancha
lateral”… Todo ello suena más a una guardería entomológica que a medicina
deportiva. Pero aparentemente funciona. Y no solo para astronautas.
Lo interesante es que estudios
similares en la Tierra muestran efectos parecidos en personas sedentarias que padecen
lumbalgia. Porque el cuerpo humano moderno pasa una cantidad absurda de tiempo
sentado. Hemos construido una civilización extraordinariamente sofisticada cuyo
objetivo final parece ser evitar levantarse de la silla.
Conducimos sentados hacia
oficinas donde trabajamos sentados para regresar luego a casa y descansar
sentados viendo series sobre personas que probablemente también están sentadas.
La famosa frase “sentarse es el nuevo fumar” quizá sea exagerada, pero contiene
una verdad inquietante. El sedentarismo prolongado aumenta el riesgo
cardiovascular y metabólico incluso en personas que hacen ejercicio
regularmente. Es decir, una hora gloriosa en el gimnasio no compensa
necesariamente diez horas inmóvil delante del ordenador.
La razón es fascinante. Los
movimientos ligeros y continuos —levantarse, caminar un poco, subir escaleras,
cocinar, limpiar o perseguir al perro porque ha robado un calcetín— producen
efectos metabólicos importantes. Reducen los picos de glucosa, mejoran la
circulación y activan enzimas como la AMPK, una especie de supervisor
energético celular que detecta cuándo una célula necesita ponerse seria y
empezar a quemar combustible.
Todo esto forma parte de algo
conocido como NEAT, siglas de Non-Exercise Activity Thermogenesis, o termogénesis
de la actividad no relacionada con el ejercicio. Que es una forma
extraordinariamente sofisticada de decir que moverse un poco durante el día
importa muchísimo.
Un famoso estudio de la Clínica
Mayo sobrealimentó a voluntarios con mil calorías extra diarias. Algunos
engordaron bastante. Otros apenas. La diferencia no estaba en el gimnasio, sino
en el movimiento cotidiano inconsciente. Quienes permanecían más tiempo de pie,
caminaban más y se movían continuamente podían quemar hasta setecientas
calorías adicionales sin darse cuenta.
Es decir, las calorías que
quemamos accidentalmente podrían ser más importantes que las que quemamos
heroicamente en el gimnasio o corriendo desesperadamente por esas calles de
dios. Y ahora la cosa se ha vuelto todavía más inquietante. Investigaciones
recientes sugieren que estos movimientos continuos de baja intensidad pueden
influir incluso sobre el proteoma humano, el vasto conjunto de proteínas que
circulan por nuestro organismo. El envejecimiento se asocia con ciertos
patrones proteómicos inflamatorios, y algunos científicos ya utilizan “relojes
proteómicos” para estimar la edad biológica real de una persona.
En otras palabras: quizá algún
día una analítica pueda revelar no la edad que figura en tu DNI, sino la edad
auténtica de tus proteínas. Lo cual resulta ligeramente aterrador. Porque
sospecho que las de más de uno tienen el aspecto general de un sofá abandonado
en una estación de autobuses.
De modo que ahora he adoptado una estrategia bastante sencilla. Cada media hora me levanto, camino un poco y realizo algunas flexiones de rodilla. A veces incluso practico un par de “bichos muertos”, aunque sigo pensando que ningún ejercicio serio debería sonar como una amenaza de fumigación.
Y mientras tanto encuentro cierto consuelo en saber que, en algún lugar sobre nuestras cabezas, un astronauta está haciendo exactamente lo mismo para evitar que sus músculos multífidos se evaporen silenciosamente en mitad de una órbita alrededor de la Tierra.