| Hojas del plátano de paseo fuertemente atacadas por el oídio Erysiphe platani |
Hay personas que creen que un
botánico es una especie de oráculo vegetal. Si una hoja amarillea, un árbol
pierde la corteza o una flor aparece donde no debía, basta con preguntar al
botánico de guardia, que —se supone— conoce de memoria los cientos de miles de
especies de plantas conocidas y todas las enfermedades capaces de afectarlas.
Lamento desilusionar a quienes piensan así, pero la realidad es bastante más
prosaica. Los botánicos también tenemos que consultar libros, buscar artículos
científicos y, de vez en cuando, desempolvar conocimientos que parecían
olvidados desde la universidad.
Eso fue exactamente lo que me
ocurrió hace unos días mientras cruzaba la Plaza de Cervantes, el auténtico
salón de estar de Alcalá de Henares. Un vecino se acercó con gesto intrigado y
señaló la hilera de plátanos de paseo que da sombra a buena parte de la plaza.
—¿Qué les pasa a esos árboles?
Parecen enharinados.
Levanté la vista. Tenía razón.
Muchas hojas estaban cubiertas por una fina capa blanquecina, como si durante
la noche hubiera pasado por allí un repostero gigante armado con un tamiz de
azúcar glas. La pregunta parecía sencilla. La respuesta no tanto. Hacía casi
cincuenta años que había aprobado Fitopatología, la asignatura dedicada a las
enfermedades de las plantas, y descubrí que había llegado el momento de volver
a abrir aquellos viejos apuntes. Al fin y al cabo, aunque uno lleve medio siglo
fuera de las aulas, los árboles tienen la mala costumbre de seguir enfermando.
La respuesta estaba escrita sobre
las hojas. Los plátanos padecían un oídio, una de las enfermedades fúngicas más
comunes y, probablemente, una de las más fáciles de reconocer. Basta con
observar ese aspecto de árbol espolvoreado con harina para sospechar
inmediatamente de ella. Sin embargo, detrás de esa apariencia casi cómica se
esconde una historia evolutiva de millones de años y un grupo de organismos
extraordinariamente especializados.
El nombre oídio no designa una
enfermedad concreta, sino a todo un conjunto de hongos pertenecientes
principalmente al orden Erysiphales. Se conocen más de novecientas especies,
cada una especializada en uno o unos pocos huéspedes. Existe el oídio de la vid,
el de los rosales, el del pepino, el del trigo, el del manzano, el de las
encinas... y, naturalmente, el de los plátanos de paseo. Esta especialización
es tan extrema que el hongo que vive sobre una hoja de rosal sería incapaz de
sobrevivir sobre una hoja de plátano, del mismo modo que un koala moriría de
hambre en un bosque de sabrosas manzanas.
Los oídios llevan acompañando a
las plantas desde hace muchísimo tiempo. Probablemente aparecieron cuando las
plantas con flores ya dominaban los continentes y, desde entonces, ambos grupos
han mantenido una silenciosa carrera armamentística. Las plantas desarrollan
nuevas defensas químicas y estructurales; los hongos evolucionan para
burlarlas. Cada victoria de uno provoca la respuesta del otro. Es una guerra
que comenzó mucho antes de que existieran los dinosaurios modernos, los
mamíferos o la propia especie humana y que continúa hoy mismo, discretamente,
sobre las hojas de los árboles de nuestras ciudades.
A diferencia de muchos otros
hongos, los oídios son auténticos aristócratas. No invaden el interior de los
tejidos vegetales destruyéndolos por completo. Su cuerpo permanece casi siempre
sobre la superficie de la hoja formando ese característico velo blanquecino.
Desde allí introduce diminutos órganos de alimentación —los haustorios— en las
células epidérmicas para extraerles agua y nutrientes sin llegar a matar
inmediatamente al tejido. Es una forma de parasitismo sorprendentemente
refinada: al hongo le interesa mantener viva a la planta el mayor tiempo
posible, porque de ella depende su propia supervivencia.
Ese recubrimiento blanco que
vemos no es polvo ni ceniza. Es una maraña de filamentos microscópicos (el
micelio) sobre los que se forman millones de esporas. Cada ligera ráfaga de
viento desprende algunas de ellas, que emprenden un viaje invisible hasta
depositarse sobre otra hoja susceptible de ser colonizada. La aparente
inmovilidad de un árbol urbano esconde, en realidad, un incesante tráfico aéreo
de diminutas partículas biológicas.
Hay otro aspecto de estos hongos
que suele sorprender incluso a quienes llevan años cultivando plantas. Tendemos
a asociar los hongos con ambientes lluviosos, bosques húmedos o troncos
empapados. Sin embargo, los oídios rompen ese estereotipo. Sus esporas germinan
mejor cuando el aire mantiene una humedad elevada pero la superficie de las
hojas permanece seca. De hecho, una lluvia intensa puede eliminar parte del
micelio y dificultar la dispersión de las esporas. Dicho de otro modo: estos
hongos agradecen el ambiente húmedo, pero prefieren no mojarse. No deja de ser
una paradoja deliciosa para un organismo al que solemos imaginar prosperando
únicamente entre charcos y humedad.
| A: hoja de plátano de paseo atacada por Erysiphe platani. B: los cuerpos esféricos oscuros son los casmotecios de los que en primavera surgen unas ramificaciones (D-F) en cuyos extremos se producen los conidios (C) formadores de esporas blanquecinas que en primavera y verano recubren las hojas. Los conidios son la caballería ligera del oídio: rápidos, numerosos y eficaces para conquistar nuevas hojas durante la temporada. Los casmotecios son sus refugios invernales, auténticos búnkeres donde el hongo espera pacientemente el regreso de la primavera. Barras de escala: B = 100 μm, C-F = 50 μm. Fuente. |
El responsable habitual del oídio
de los plátanos de paseo es Erysiphe platani, un especialista que ha
hecho de las hojas de Platanus x hispanica su hogar casi
exclusivo. Durante la primavera y el comienzo del verano, cuando las
temperaturas son suaves y las noches aportan suficiente humedad ambiental, el
hongo encuentra las condiciones ideales para multiplicarse. Las hojas jóvenes
son especialmente sensibles, porque sus tejidos todavía son tiernos y ofrecen
menos resistencia a la infección.
Por fortuna, el espectáculo
resulta mucho más alarmante que peligroso. En árboles adultos y bien
establecidos, como los que adornan la Plaza de Cervantes, el oídio rara vez
compromete la supervivencia del ejemplar. Las hojas pueden deformarse
ligeramente, curvarse o perder parte de su capacidad fotosintética, pero es muy
raro que el árbol llegue a defoliarse o a sufrir daños permanentes. La
enfermedad tiene sobre todo un impacto estético. El árbol parece enfermo mucho
antes de estarlo realmente.
No ocurre lo mismo con plantas
jóvenes cultivadas en viveros o con determinadas especies ornamentales
especialmente sensibles. En ellas, una infección intensa puede reducir el
crecimiento, debilitar los brotes e incluso favorecer la entrada de otros patógenos.
Como ocurre tantas veces en biología, la gravedad de una enfermedad depende
tanto del agresor como del estado de la víctima.
Entonces, ¿por qué este año
parecen verse más plátanos enharinados que otros veranos? La respuesta
probablemente esté en la meteorología. Los oídios son extraordinariamente
sensibles a pequeñas variaciones de temperatura y humedad. Una primavera con
noches relativamente húmedas, mañanas templadas y ausencia de lluvias
persistentes puede desencadenar auténticas explosiones epidémicas. Al año
siguiente, con un régimen meteorológico ligeramente distinto, el mismo árbol
puede presentar apenas unas pocas manchas. La naturaleza tiene una capacidad
asombrosa para recordarnos que no todo responde a reglas simples.
A menudo, cuando los ciudadanos
observan una enfermedad en los árboles urbanos, la primera reacción consiste en
pedir un tratamiento químico inmediato. Es comprensible. Hemos aprendido a
asociar cualquier enfermedad con la necesidad de combatirla cuanto antes. Sin
embargo, los árboles de una ciudad no son un cultivo agrícola cuya producción
dependa del aspecto impecable de sus hojas. Son organismos longevos que
conviven desde hace siglos con infinidad de insectos, hongos y bacterias. La
inmensa mayoría de esas relaciones forman parte del funcionamiento normal de un
ecosistema.
Eso no significa que debamos
ignorar el problema. Cuando el oídio aparece de forma reiterada conviene
vigilar el estado general del árbol y evitar prácticas que favorezcan la
enfermedad. Los abonados excesivos con nitrógeno producen brotes muy tiernos, especialmente
apetecibles para el hongo. Las podas drásticas, además de otros inconvenientes,
estimulan precisamente ese tipo de crecimiento. Mantener copas equilibradas y
bien aireadas reduce la persistencia de ambientes favorables para el desarrollo
del micelio. El tratamiento químico rara vez resulta necesario ni
proporcionado. Generalmente basta con dejar que el árbol siga haciendo lo que
lleva millones de años haciendo: convivir con sus parásitos.
Cuando lo encontré por segunda
vez y terminé de explicarle todo esto a mi vecino, volvió a mirar los plátanos
con otros ojos. Ya no veía unos árboles enfermos sin remedio, sino el escenario
de una antigua batalla biológica librada silenciosamente sobre cada hoja. Me
dio las gracias y siguió su camino. Yo también continué el mío, pensando que
quizá esa sea una de las mayores satisfacciones de la divulgación científica:
descubrir que, después de una conversación, un paseo cotidiano ya nunca vuelve
a ser exactamente el mismo.
Desde entonces, cada vez que
atravieso la Plaza de Cervantes y veo alguno de aquellos plátanos con aspecto
de haber recibido una lluvia de harina, no pienso en una enfermedad, sino en
una historia de coevolución que comenzó hace millones de años. Y me hace
sonreír imaginar que, mientras los vecinos contemplan unos árboles
aparentemente "enfermos", sobre cada una de esas hojas continúa
desarrollándose una de las relaciones más antiguas, complejas y fascinantes de
toda la historia de la vida.

