Durante
buena parte del siglo XIX, los científicos creyeron haber averiguado qué
necesitaba comer un ser humano. La lista era tranquilizadora por su brevedad:
proteínas, grasas, hidratos de carbono, minerales y agua. Parecía que los
fundamentos de la nutrición podían darse por resueltos. Había un pequeño
inconveniente: una persona podía disponer de todo aquello y morirse de todas
formas.
Los
marineros que pasaban meses alimentándose de carne salada y galletas perdían
los dientes y acababan muriendo de escorbuto. En Asia, personas que comían
suficiente arroz desarrollaban beriberi, una enfermedad que debilitaba los
músculos, alteraba el corazón y podía ser mortal. En las ciudades industriales
europeas muchos niños crecían con las piernas deformadas por el raquitismo. En
el sur de Estados Unidos, la pelagra provocaba las famosas cuatro D:
dermatitis, diarrea, demencia y death, muerte.
El
problema era desconcertante porque aquellas personas no siempre pasaban hambre.
Comían e incluso podían ingerir suficientes calorías. Lo que nadie sabía era
que se puede morir por falta de una cantidad minúscula de algo cuya existencia
se desconoce. La historia de las vitaminas es por eso una historia científica
contada al revés. Primero conocimos las enfermedades; después descubrimos qué
alimentos las evitaban y, mucho más tarde, las moléculas responsables.
Uno
de los primeros en seguir la pista fue Kanehiro Takaki, médico de la Marina
Imperial japonesa. Entre 1878 y 1883 estudió el beriberi, que hacía estragos
entre los marineros. En un barco cuya tripulación se alimentaba principalmente
de arroz blanco pulido, 169 de los 276 hombres enfermaron y veinticinco
murieron. En otro buque, donde se servían más carne, leche y verduras, solo
hubo catorce casos y ninguna muerte. Takaki comprendió que el problema estaba
relacionado con la alimentación. Eso era lo importante. También decidió que se
debía a la falta de proteínas. Eso era menos importante porque estaba
equivocado.
La
siguiente pista apareció en las Indias Orientales Neerlandesas, donde el médico
Christiaan Eijkman investigaba la misma enfermedad. Observó que los pollos de
su laboratorio alimentados con arroz blanco pulido desarrollaban una parálisis
parecida a la del beriberi. Cuando volvían a comer arroz sin pulir, se
recuperaban.
El
descubrimiento contó además con la colaboración involuntaria de un cocinero.
Los pollos habían recibido durante un tiempo sobras del arroz blanco destinado
a los pacientes de un hospital militar. Un nuevo cocinero consideró
improcedente gastar comida militar en pollos civiles y dejó de suministrársela.
Los animales cambiaron de dieta y mejoraron. A veces el progreso científico
necesita un microscopio. Otras veces basta un funcionario escrupuloso.
Eijkman
todavía no sabía qué estaba ocurriendo. La clave era que al pulir el arroz se
eliminaban las capas externas del grano y, con ellas, una sustancia
imprescindible. Su colaborador Gerrit Grijns comprendió que el problema no
consistía en algo añadido al arroz blanco, sino en algo que había desaparecido.
Mientras
tanto, Frederick Gowland Hopkins hacía experimentos con ratas. Las alimentaba
con mezclas cuidadosamente preparadas de proteínas, grasas, carbohidratos y
minerales. En teoría tenían todo lo necesario. En la práctica dejaban de
crecer. Bastaba añadir una pequeña cantidad de leche para que recuperasen el
entusiasmo por la existencia.
Hopkins
habló de unos misteriosos «factores accesorios de los alimentos». Debían
existir sustancias necesarias en cantidades diminutas que apenas aportaban
energía pero sin las cuales un organismo no podía funcionar. Entonces apareció
Casimir Funk.
Funk,
bioquímico polaco nacido en Varsovia, investigó aquella sustancia del salvado
de arroz capaz de prevenir el beriberi y en 1911 obtuvo una fracción
concentrada con actividad biológica. Al año siguiente dio un paso mucho más
importante: propuso que el beriberi no era un caso aislado. El escorbuto, la
pelagra y el raquitismo podían deberse también a la ausencia de pequeñas
sustancias indispensables presentes en los alimentos.
Creyó
que aquellas sustancias pertenecían al grupo químico de las aminas. Como eran
aminas necesarias para la vida, unió vita, vida, con amine y fabricó una
palabra destinada a triunfar: vitamine. Acertó en lo fundamental y se equivocó
en el detalle. No todas eran aminas. Cuando se descubrió, se eliminó la e
final inglesa y vitamine quedó convertida en vitamin. El nombre
sobrevivió a la teoría química que lo había originado.
Conviene
precisar que Funk no aisló en 1912 un frasquito de vitamina B1 pura, como a
veces se cuenta. Obtuvo concentrados activos y, sobre todo, formuló el concepto
de vitamina. La identificación química de la tiamina llegaría después.
En
1929, Eijkman y Hopkins compartieron el Premio Nobel por sus investigaciones
sobre aquellos factores nutritivos. Funk quedó fuera. También Grijns. No hubo,
en realidad, un descubridor de las vitaminas, sino una multitud de científicos
encontrando fragmentos de un rompecabezas cuya imagen completa todavía no
conocían. Para entonces había surgido otro problema: cómo llamar a aquellas
sustancias.
En
1913, Elmer McCollum y Marguerite Davis observaron que unas ratas alimentadas
con manteca como única fuente de grasa dejaban de crecer y desarrollaban
trastornos oculares. Al añadir grasa de mantequilla o extracto de yema de
huevo, se recuperaban. McCollum llamó a la sustancia desconocida «factor A
soluble en grasa». Al factor contra el beriberi soluble en agua se le asignó la
letra B. Había nacido el alfabeto vitamínico.
Pronto
resultó que B no era una sustancia, sino un cajón lleno de compuestos
diferentes. Hubo que numerarlos: B1, B2, B3, B5, B6, B7, B9 y B12. Como habrá
observado el lector, faltan números. No es que los bioquímicos tuvieran
problemas para contar. Algunos compuestos bautizados inicialmente como
vitaminas resultaron no serlo y fueron expulsados del club. Sus números
quedaron vacantes, como habitaciones clausuradas de un hotel antiguo.
Después
llegaron C, D y E. La K rompió la secuencia porque el bioquímico danés Henrik
Dam descubrió un factor necesario para la coagulación y lo bautizó Koagulations
Vitamin.
Mientras
el alfabeto crecía, Joseph Goldberger se enfrentaba a otro misterio. A
comienzos del siglo XX, la pelagra devastaba las regiones pobres del sur de
Estados Unidos. Muchos pensaban que era una enfermedad infecciosa. Goldberger
reparó en algo extraño: en orfanatos y manicomios enfermaban los internos, pero
no los médicos ni las enfermeras que convivían con ellos. Un microbio tan
respetuoso con la jerarquía laboral resultaba sospechoso.
Goldberger
señaló a la dieta. Los pobres del sur vivían fundamentalmente de maíz, melaza y
tocino graso. Cuando añadió leche, huevos, carne y verduras a la alimentación
de los internos, la pelagra desapareció. Para demostrar que no era contagiosa
organizó las que llamó filth parties, «fiestas de la inmundicia». Él, varios
colaboradores e incluso su esposa ingirieron cápsulas preparadas con
secreciones y excrementos de enfermos de pelagra. Nadie enfermó. Es un experimento
que hoy encontraría ciertas dificultades para superar un comité de ética y
probablemente todavía más para reclutar voluntarios. Goldberger murió sin
conocer la sustancia que buscaba. En 1937 se demostró que era la niacina,
vitamina B3. La pelagra no era solo una enfermedad nutricional: era también una
enfermedad de la pobreza.
Algo
parecido ocurrió con el escorbuto. James Lind había demostrado ya en el siglo
XVIII que los cítricos podían prevenirlo, pero hubo que esperar hasta el XX
para identificar la vitamina C. Albert Szent-Györgyi aisló el compuesto y
Walter Haworth contribuyó a establecer su estructura. Recibió un nombre
magníficamente descriptivo: ácido ascórbico, es decir, «contra el escorbuto».
En
pocas décadas apareció así todo un mundo químico que había permanecido
invisible durante la historia humana. Y no porque las vitaminas fueran raras,
sino precisamente porque estaban por todas partes. Nuestros antepasados las
habían obtenido durante millones de años de dietas variadas sin sospechar
siquiera que existían.
El
arroz blanco resume perfectamente la paradoja. El pulido proporciona un grano
atractivo, duradero y agradable al paladar, pero elimina buena parte de la
tiamina de sus capas externas. La tecnología había conseguido fabricar un
alimento más blanco y, al mismo tiempo, nutricionalmente más pobre.
Después
sucedió algo todavía más curioso. Una vez descubiertas las vitaminas pasamos de
ignorarlas a venerarlas. La palabra «vitamina» adquirió un aura saludable. Si
una pequeña cantidad era imprescindible, parecía lógico pensar que una cantidad
grande sería todavía mejor. Pero la bioquímica no funciona así. Las vitaminas
son necesarias porque intervienen en procesos concretos, no porque contengan
alguna misteriosa fuerza vital. Algunas, sobre todo las liposolubles A, D, E y
K, pueden acumularse y alcanzar concentraciones perjudiciales.
La
fascinación comercial ha llegado incluso a inventar vitaminas inexistentes. La
amigdalina se ha vendido como «vitamina B17» acompañada de supuestas
propiedades contra el cáncer. No es una vitamina. Tampoco existe una vitamina
O, aunque el nombre se haya utilizado para vender preparados de supuesto
«oxígeno estabilizado». Que el alfabeto tenga huecos no significa que
cualquiera pueda rellenarlos.
Probablemente
tampoco quedan vitaminas esenciales importantes por descubrir. Personas que
dependen durante largos periodos de nutrición parenteral pueden mantenerse con
mezclas que contienen aminoácidos, glucosa, grasas, minerales, oligoelementos y
las vitaminas conocidas. Si faltara algún factor imprescindible, acabaríamos
notándolo.
Y
quizá esa sea la parte más hermosa de la historia. Las vitaminas no se
descubrieron porque alguien decidiera buscarlas. Nadie puede buscar algo cuya
existencia ni siquiera sospecha. Fueron el escorbuto, el beriberi, el
raquitismo y la pelagra los que fueron dejando pistas. Marineros japoneses,
pollos de Java, ratas que se negaban a crecer y pobres del sur de Estados
Unidos participaron involuntariamente en uno de los grandes descubrimientos de
la biología moderna.
Al
final resultó que entre estar bien alimentado y estar vivo podían mediar unos
pocos miligramos de una sustancia invisible. Tuvimos que recorrer casi todo el
alfabeto para darnos cuenta.