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domingo, 14 de junio de 2026

LA PÍLDORA DE LA ISLA DE PASCUA

 

Hay lugares que parecen destinados a producir misterios. La isla de Pascua es uno de ellos. Uno imagina a Rapa Nui como una mota de tierra perdida en el Pacífico, con sus moáis alineados frente al océano, vigilando un horizonte vacío desde hace siglos. Es difícil pensar en un sitio más remoto. El vecino más cercano está a más de dos mil kilómetros y, durante buena parte de su historia, sus habitantes vivieron tan aislados del resto del mundo que los europeos tardaron más de mil años en descubrir que existían.

No parece, a primera vista, el lugar donde uno esperaría encontrar una posible clave para retrasar el envejecimiento humano. Y, sin embargo, allí empezó todo. La historia suele situarse en 1964, cuando una expedición médica canadiense llegó a la isla para estudiar a sus habitantes. En aquella época existía una preocupación bastante pintoresca: los científicos sospechaban que el suelo de Rapa Nui podía albergar microorganismos productores de sustancias antibióticas capaces de proteger a la población local frente al tétanos. Era una época optimista para la microbiología. Desde el descubrimiento de la penicilina, los investigadores habían desarrollado la costumbre de recoger tierra de lugares remotos con el entusiasmo de quien compra billetes de lotería. Cada puñado de barro podía contener una molécula milagrosa.

Uno de aquellos investigadores, el médico y microbiólogo Suren Sehgal, llevó consigo muestras del suelo de la isla. Y luego pasó algo extraordinariamente humano: nadie les prestó demasiada atención. Las muestras quedaron almacenadas durante años. De vez en cuando alguien las examinaba. Se aisló una bacteria del género Streptomyces, pero sus propiedades antibióticas no parecían especialmente espectaculares. Más tarde se descubrió que producía una sustancia con una notable actividad antifúngica. Como homenaje a la isla de origen, la bautizaron como rapamicina.

El nombre suena a criatura mitológica. En realidad, es simplemente una abreviatura elegante de Rapa Nui. Si esta historia hubiera sido escrita por un guionista de Hollywood, la rapamicina habría sido inmediatamente reconocida como el hallazgo del siglo. No ocurrió así. Durante años fue poco más que una curiosidad bioquímica. Después, en la década de 1970, aparecieron indicios de que también frenaba la proliferación celular. Aquello despertó el interés de los oncólogos. Más tarde se descubrió otra propiedad aún más sorprendente: era un potente inmunosupresor. Eso la convirtió en una herramienta valiosísima para evitar el rechazo en trasplantes de órganos.

Y habría podido terminar ahí su carrera profesional. No está nada mal para una bacteria recogida en una isla remota. Pero entonces apareció el envejecimiento. Los biólogos llevaban décadas preguntándose por qué envejecemos. La respuesta corta es que nadie lo sabe del todo. La respuesta larga ocupa bibliotecas enteras.

Sin embargo, a finales del siglo XX comenzó a perfilarse una idea intrigante: tal vez el envejecimiento no fuera simplemente un desgaste inevitable, sino una consecuencia secundaria de mecanismos biológicos diseñados originalmente para favorecer el crecimiento y la reproducción. Entre ellos destacaba una proteína con un nombre poco atractivo: mTOR, siglas de mechanistic Target of Rapamycin.

Es difícil imaginar un nombre menos comercial para el interruptor maestro del metabolismo. mTOR actúa como un inspector de despensa. Comprueba constantemente si hay suficientes nutrientes, aminoácidos y energía disponibles. Si la respuesta es afirmativa, da la orden de crecer, fabricar proteínas y dividirse. Es un sistema extraordinariamente útil cuando uno es un adolescente, un cachorro o una planta de tomate empeñada en alcanzar la luz. El problema es que quizá no sepa cuándo retirarse.

Algunos investigadores empezaron a sospechar que mantener permanentemente activado ese programa de abundancia podría tener costes acumulativos: menos reciclaje celular, más proteínas defectuosas, más inflamación y una pérdida progresiva de flexibilidad biológica. Y entonces alguien recordó aquella vieja molécula de la isla de Pascua.

Resultó que la rapamicina inhibía precisamente la actividad de mTOR. Los experimentos posteriores fueron lo bastante sorprendentes como para provocar un pequeño terremoto científico. Las levaduras tratadas con rapamicina vivían más tiempo. Los gusanos también. Las moscas otro tanto. Finalmente llegaron los ratones.

En 2009, un estudio particularmente célebre mostró que ratones relativamente ancianos tratados con rapamicina sobrevivían más que sus compañeros no tratados. Lo verdaderamente llamativo era que el tratamiento no había comenzado en la juventud, sino cuando los animales ya estaban entrando en la vejez. Era como descubrir que apuntarse al gimnasio después de jubilarse todavía podía añadir años a la vida.

Los titulares periodísticos hicieron el resto. La "píldora de la juventud" había nacido. Naturalmente, las cosas son bastante más complicadas. Los ratones no son personas. Si lo fueran, los laboratorios serían mucho más difíciles de gestionar y exigirían cafeterías considerablemente mejores.

En humanos, la rapamicina sigue siendo un medicamento serio, no un suplemento dietético. Se utiliza para prevenir el rechazo de órganos trasplantados y sus efectos secundarios incluyen aftas, alteraciones del colesterol, retraso en la cicatrización y un aumento del riesgo de infecciones cuando se emplea a dosis inmunosupresoras.

Los defensores de la medicina de la longevidad sostienen que dosis bajas e intermitentes podrían ofrecer beneficios con riesgos aceptables. Los escépticos responden que convertir a millones de personas sanas en participantes de un experimento de varias décadas exige pruebas mucho más sólidas.

Ambas partes tienen razón. Porque la verdad es que nadie sabe todavía si la rapamicina permitirá algún día prolongar significativamente la vida humana o simplemente se convertirá en otra promesa incumplida del catálogo biomédico. Lo único indiscutible es el extraordinario viaje que ha realizado.

Una bacteria escondida en un puñado de tierra recogida junto a unas estatuas gigantes del Pacífico terminó ayudando a salvar trasplantes, inspirando nuevas terapias oncológicas y obligando a los científicos a replantearse una de las preguntas más antiguas de nuestra especie: ¿Cómo envejecemos?

Lo ocurrido con la rapamicina una historia muy propia de la ciencia. Uno sale a buscar una cosa y encuentra otra completamente distinta. Colón buscaba una ruta hacia Asia y terminó tropezando con América. Alexander Fleming intentaba ordenar su laboratorio y descubrió la penicilina. Y un grupo de investigadores que recogía tierra en la isla de Pascua acabó encontrando una molécula que, quizá, algún día nos ayude a comprender por qué nuestros relojes biológicos avanzan tan deprisa.

Los moáis continúan allí, inmóviles y pacientes, observando el océano como han hecho durante siglos. Nosotros, mientras tanto, seguimos buscando maneras de parecernos un poco más a ellos.

DE PLÁSTICO O DE CARTÓN, ESA ES LA CUESTIÓN

 

La sorprendente historia del vaso de café: desde la savia de un árbol americano hasta los microplásticos, pasando por un material hecho casi enteramente de aire.

Lo mejor, por supuesto, es utilizar una taza reutilizable. Una taza de cerámica o un termo metálico ganan por goleada cuando se usan cientos de veces. Pero ese no es el debate que nos ocupa. La cuestión interesante surge cuando la elección se limita a dos viejos conocidos del café para llevar: el vaso blanco de plástico espumado y el vaso de cartón.

La intuición nos empuja a absolver al cartón y condenar al plástico. Sin embargo, la realidad resulta bastante menos rotunda. Los vasos de poliestireno expandido (EPS) son extraordinariamente ligeros —más del noventa por ciento de su volumen es aire—, requieren poca materia prima y su fabricación consume menos energía y agua de lo que muchos imaginan. Los vasos de cartón proceden de recursos renovables y suelen tener más posibilidades de entrar en circuitos de reciclaje, aunque el revestimiento plástico que impide que el café se filtre complica notablemente ese reciclaje.

Así que la diferencia medioambiental depende de qué decidamos medir. Si hablamos de huella de carbono y consumo de recursos durante la fabricación, el EPS sale sorprendentemente bien parado. Si hablamos de persistencia en el medio ambiente, dispersión de residuos y generación de microplásticos, el cartón suele presentar menos inconvenientes. Como ocurre a menudo en cuestiones ecológicas, la respuesta menos satisfactoria es también la más honesta: no existe un ganador indiscutible.

Vasos de poliestireno expandido

La historia del poliestireno comienza en 1839, cuando un farmacéutico berlinés llamado Eduard Simon destiló una sustancia aceitosa a partir de la resina del liquidámbar (Liquidambar styraciflua), un árbol originario de Norteamérica cuya principal aportación a la civilización moderna, según sospecho, nadie habría imaginado que acabaría siendo un vaso para café. Días después observó que aquel aceite transparente que había dejado olvidado encima de una mesa de laboratorio se había transformado en una masa gelatinosa. Simon concluyó que el oxígeno del aire debía de haber intervenido en la reacción. Era una explicación razonable, salvo por un pequeño detalle: era incorrecta.

En 1845, August Wilhelm von Hofmann demostró que la transformación ocurría incluso en ausencia de aire. Décadas más tarde, cuando John Dalton, Amedeo Avogadro y Stanislao Cannizzaro habían contribuido a consolidar la idea moderna de molécula, el químico francés Marcellin Berthelot propuso que las pequeñas moléculas presentes en el aceite original se habían unido para formar una sustancia completamente nueva. Aún no utilizó la palabra "polímero", pero había comprendido el principio esencial: muchas moléculas pequeñas podían enlazarse para formar una grande.

Hubo que esperar hasta la década de 1920 para que Hermann Staudinger terminara de explicar el misterio. Propuso que sustancias tan diversas como el almidón, la celulosa, las proteínas o aquella extraña gelatina de Simon estaban formadas por largas cadenas de unidades repetitivas unidas químicamente. Las llamó macromoléculas o polímeros: collares compuestos por innumerables cuentas idénticas, los monómeros.

En 1931 se identificó definitivamente al protagonista de esta historia: el estireno. Los químicos de la empresa alemana IG Farben aprendieron a unir sus moléculas para fabricar poliestireno. El estireno se obtenía a partir de benceno y etileno derivados del procesamiento del carbón y, más tarde, del petróleo. Aproximadamente una década después, investigadores de la compañía Dow descubrieron cómo expandir ese plástico hasta convertirlo en espuma mediante la introducción de un agente espumante. Había nacido el material que muchos conocerían como Styrofoam: rígido, ligero y extraordinariamente eficaz como aislante térmico.

El detalle verdaderamente extraordinario es que el EPS está hecho, en esencia, de casi nada. Más del noventa por ciento de su volumen es aire atrapado en millones de diminutas celdillas. Y eso explica uno de los experimentos de sobremesa más desconcertantes que existen: introducir un vaso de espuma blanca en acetona.

A primera vista, un vaso de cartón parece precisamente eso: cartón. Pero, como suele ocurrir con los objetos cotidianos, esconde una complejidad inesperada. Está formado por varias capas. La interior consiste en cartón recubierto con una fina película impermeable de polietileno (PE) o, en algunas versiones más recientes, de PLA, un bioplástico de origen vegetal. En el centro puede existir una capa aislante que ayuda a proteger los dedos del calor. Finalmente, la superficie externa suele estar hecha de papel kraft, responsable de su aspecto "natural" y ecológico.

Ante nuestros ojos, el vaso parece desintegrarse. Se encoge, colapsa y desaparece con la rapidez de un truco de magia barato. Pero no está desapareciendo. La acetona disuelve la estructura de poliestireno y libera el inmenso volumen de aire que mantenía separadas aquellas microscópicas cavidades. El verdadero protagonista del vaso —ese aire invisible que constituía la mayor parte de su tamaño— escapa silenciosamente y vuelve a mezclarse con la atmósfera. Lo que queda es una pequeña masa pegajosa de polímero apelmazado. El voluminoso recipiente que sosteníamos unos segundos antes resulta ser, en gran medida, una ilusión óptica hecha de aire.

Por supuesto, ningún artículo sobre plásticos estaría completo sin mencionar sus inconvenientes. El estireno ha suscitado preocupación por su posible carácter carcinógeno debido a algunos casos observados entre trabajadores expuestos industrialmente a grandes cantidades. Sin embargo, conviene poner las cifras en perspectiva. Durante una jornada laboral de ocho horas, un trabajador puede inhalar alrededor de 100 000 microgramos de estireno. Una taza de café servida en un vaso de poliestireno libera aproximadamente 2,5 microgramos, de los cuales ni siquiera se absorben por completo. Además, el estireno está presente de forma natural en numerosos alimentos. El café contiene estireno natural. La cerveza contiene más. Y la canela contiene miles de veces más. Si uno desea evitar el estireno a toda costa, quizá debería empezar por desconfiar de los rollitos de canela antes que de los vasos de café.

El verdadero problema no está tanto en usar el material como en deshacerse de él. El poliestireno expandido no es biodegradable. Las bacterias no muestran el menor interés gastronómico por él. Si acaba abandonado en el entorno, se fragmenta lentamente en partículas cada vez más pequeñas que contribuyen al creciente problema global de los microplásticos. Si termina en un vertedero moderno adecuadamente gestionado, puede permanecer allí durante siglos sin filtrar sustancias peligrosas y ocupando relativamente poco espacio gracias a su facilidad para compactarse. Pero ninguna de esas soluciones resulta especialmente elegante.

Lo ideal sería reciclar todos los plásticos, incluido el poliestireno. El problema es que apenas lo hacemos. Y quizá esa sea la enseñanza más incómoda de esta historia. El vaso blanco de espuma no es el villano caricaturesco que imaginamos ni el cartón es el héroe incontestable que nos gustaría celebrar. Como tantas invenciones humanas, el EPS es una mezcla desconcertante de ingenio y consecuencias imprevistas: un prodigio químico nacido de la resina de un árbol americano que terminó convirtiéndose en símbolo de nuestros dilemas ambientales. Y todo ello para que podamos beber café sin quemarnos los dedos.

sábado, 13 de junio de 2026

CÓMO UN SACAMUELAS CAMBIÓ LA HISTORIA DEL DOLOR

 

Fotografía coloreada a partir de la original tomada en 1847 en el aula de anatomía llamada desde entonces la Cúpula del Éter. El cirujano John Collins Warren sostiene las piernas del paciente. William T. G. Morton se encuentra junto a la cabeza del paciente, administrándole éter. Archivos y Colecciones Especiales del Hospital General de Massachusetts, Southworth y Hawes.

La demostración más importante de la historia de la medicina empezó con retraso. A las diez de la mañana del 16 de octubre de 1846, un grupo de los cirujanos más eminentes de Boston aguardaba con creciente irritación en el quirófano del Hospital General de Massachusetts. El paciente estaba preparado. Los estudiantes llenaban las gradas. El cirujano principal, John Collins Warren, había llegado puntual. Pero faltaba la persona más importante de todas: un dentista.

Nadie se habría sorprendido demasiado si hubieran decidido empezar sin él. Los dentistas no gozaban entonces del prestigio del que disfrutan hoy —es decir, no gozaban de prestigio alguno—. Eran artesanos especializados en arrancar muelas, fabricar dentaduras y, ocasionalmente, asustar a los niños. Que el futuro de la cirugía dependiera de uno de ellos parecía tan inquietante como confiar la exploración espacial a un feriante. Sin embargo, aquel dentista, llamado William Thomas Green Morton, estaba a punto de cambiar el mundo.

El quirófano donde todo ocurrió existe todavía. Se conoce como la Cúpula del Éter. Era un anfiteatro circular situado bajo una bóveda diseñada para captar la luz natural y, según algunas versiones, amortiguar los gritos de los pacientes. La cirugía del siglo XIX era un espectáculo público en el sentido más literal del término. Los estudiantes se sentaban en gradas como si asistieran a una representación teatral.

En cierto modo, era así. El protagonista era el dolor. Durante la mayor parte de la historia humana, el dolor quirúrgico había sido considerado una ley de la naturaleza tan inevitable como la lluvia o la muerte. Los médicos podían aliviarlo un poco con alcohol, opio o golpes en la cabeza administrados con entusiasmo terapéutico, pero nadie imaginaba seriamente que pudiera eliminarse.

Operar consistía en infligir sufrimiento con la mayor rapidez posible. La velocidad era la principal virtud quirúrgica. Un cirujano experto podía amputar una pierna en menos de treinta segundos. Robert Liston, uno de los más famosos de Europa, era tan veloz que algunos contemporáneos afirmaban que podía completar una amputación en veintiocho segundos. Lo hacía blandiendo el cuchillo como un espadachín particularmente malhumorado.

No era exhibicionismo. Era compasión. Cuanto menos tiempo permaneciera despierto el paciente, menores eran las probabilidades de morir de shock, hemorragia o puro terror. Además, nadie utilizaba guantes. Ni mascarillas. Ni ropa estéril. Los cirujanos vestían sus mejores levitas negras, que acumulaban manchas de sangre seca como medallas honoríficas. La asepsia tardaría todavía décadas en llegar.

Y entonces llegó Morton. O, más exactamente, llegó tarde. Cuando por fin entró en la sala aquella mañana de octubre, lo hizo cargando con un extraño aparato de cristal parecido a una cafetera diseñada por un alquimista distraído. Dentro había una esponja empapada en éter. El paciente era un joven impresor llamado Gilbert Abbott, que padecía un tumor en el cuello.

Morton le indicó que respirara profundamente. El hombre inhaló. Su cuerpo se agitó unos instantes. Y luego quedó inmóvil. John Collins Warren tomó el bisturí y comenzó la intervención. Los estudiantes contuvieron la respiración. Los cirujanos esperaron el inevitable alarido. Se quedaron con las ganas. Abbott no gritó. No forcejeó. No suplicó. La operación concluyó sin incidentes.

Entonces Warren se volvió hacia la galería y pronunció una frase destinada a sobrevivirle:

—Caballeros, esto no es ninguna farsa.

Era difícil exagerar la importancia de aquel momento. La medicina acababa de dividirse en dos épocas distintas: antes y después del dolor evitable. Naturalmente, como ocurre con casi todos los grandes descubrimientos, la historia era bastante más complicada y bastante más desastrosa.

Dos años antes, otro dentista llamado Horace Wells había intentado algo parecido en el mismo hospital. Wells había asistido a un espectáculo itinerante en el que un conferenciante administraba óxido nitroso —el famoso gas de la risa— a voluntarios del público. La gente reía. Bailaba. Se comportaba como si hubiera bebido cantidades industriales de vino barato.

En un momento dado, uno de los participantes se golpeó violentamente la pierna sin advertirlo siquiera. Wells observó la escena y comprendió inmediatamente las implicaciones. Si alguien podía lesionarse sin sentir dolor, quizá también podrían extraerle una muela. La odontología, después de todo, era entonces una disciplina especializada en producir experiencias inolvidables.

Wells comenzó a utilizar óxido nitroso en su consulta con resultados prometedores. Animado por el éxito, organizó una demostración pública en Boston. Todo salió mal. El paciente emitió un gemido durante la extracción. Probablemente Wells había retirado el gas demasiado pronto, pero el daño estaba hecho. Los espectadores comenzaron a silbar y a gritar:

—¡Fraude!

Wells salió humillado del anfiteatro. Nunca se recuperó.

El hombre que triunfó el 16 de octubre de 1846, William Morton, tampoco era precisamente un héroe impecable. Había sido vendedor ambulante, empresario improvisado y, según diversas fuentes, estafador ocasional. Había malversado fondos, engañado a socios comerciales y falsificado sellos postales con un entusiasmo que sugería un entendimiento muy flexible de la ética profesional. Perseguido por acreedores y autoridades, regresó a Nueva Inglaterra dispuesto a reinventarse.

Eligió la odontología. Conoció a Wells, aprendió el oficio y abrió consulta en Boston. Más tarde entró en contacto con Charles Thomas Jackson, un químico y geólogo brillante, excéntrico y completamente convencido de su propia genialidad. Fue Jackson quien sugirió experimentar con éter sulfúrico.

El éter no era desconocido. Se había utilizado para aliviar dolores menores y también como sustancia recreativa. En algunas fiestas populares, conocidas como ether frolics, la gente inhalaba vapores para experimentar una embriaguez breve y ridícula.

Lo extraordinario fue comprender que podía emplearse para abolir el dolor quirúrgico. Morton probó primero consigo mismo. Después con su perro. Y finalmente con Gilbert Abbott. Lo que vino después resultó menos glorioso que la demostración.

El Dr. John Collins Warren (izquierda) fue el cirujano que realizó la demostración de Morton.. El químico Charles Jackson (derecha) fue uno de los hombres que afirmaron ser el padre de la anestesia. Fotos del Centro para la Historia de la Medicina, Biblioteca Francis A. Countway, Universidad de Harvard.

Morton intentó patentar el descubrimiento bajo el nombre comercial de «Letheon», ocultando que el ingrediente activo era simplemente éter. Aspiraba a obtener una fortuna. Jackson afirmó inmediatamente que toda la idea había sido suya. Wells insistió en que el verdadero pionero había sido él. Por si eran pocos, desde Georgia surgió un cuarto aspirante: Crawford Long, un médico rural que había utilizado éter ya en 1842, aunque sin publicar sus resultados hasta varios años más tarde.

Los cuatro hombres reclamaron la paternidad exclusiva del descubrimiento. Y los cuatro acabaron pagando un precio terrible. Wells, incapaz de superar la humillación pública, desarrolló adicción al cloroformo. En 1848, tras sufrir un episodio de alteración mental, fue arrestado en Nueva York. Poco después se suicidó. Tenía treinta y tres años.

Morton gastó fortunas intentando convencer al Congreso estadounidense de que le concediera una recompensa económica. Organizó recepciones fastuosas, cultivó amistades políticas y abandonó progresivamente su consulta dental y sus negocios. Murió arruinado en 1868. Tenía cuarenta y ocho años.

Jackson dedicó sus últimos años a escribir cartas denunciando las injusticias cometidas contra su persona. Sufrió un colapso neurológico y pasó los siete años finales de su vida internado en un hospital psiquiátrico.

Crawford Long fue el único que escapó relativamente indemne de la tragedia, quizá porque vivía demasiado lejos del centro de la disputa para participar plenamente en ella.

Resulta curioso comprobar cuántas veces la gloria científica se parece más a una batalla legal que a un desfile triunfal. Sin embargo, más allá de las miserias humanas, el impacto del descubrimiento fue inmenso. El año siguiente de la demostración de Morton, los cirujanos del Hospital General de Massachusetts realizaron diecisiete intervenciones bajo anestesia.

Hoy realizan más de cincuenta mil anuales. En todo el mundo se practican más de doscientos millones de operaciones cada año con ayuda de técnicas anestésicas cada vez más sofisticadas. A la anestesia inhalatoria se sumaron la anestesia local, la raquídea y la intravenosa. Llegaron los tubos endotraqueales, los respiradores y los monitores capaces de vigilar constantemente el pulso, la presión arterial y la concentración de oxígeno.

El éter, por su parte, acabó desapareciendo en las décadas de 1960 y 1970, sustituido por compuestos menos inflamables y más seguros. Pero el verdadero milagro permanece intacto.

Durante miles de años, el dolor fue considerado un peaje obligatorio de la existencia. Las madres parían con dolor. Los enfermos morían con dolor. Los soldados combatían con dolor. Y quienes tenían la mala fortuna de necesitar cirugía afrontaban una experiencia tan espantosa que muchos preferían renunciar a ella aunque eso significara la muerte.

Luego, en una mañana otoñal de Boston, un dentista con un pasado dudoso llegó tarde a una cita. Y el dolor dejó de ser inevitable. No desapareció del mundo, desde luego. Sigue acompañándonos con una fidelidad admirable. Pero dejó de ser una condición indispensable del tratamiento médico.

Quizá esa sea la enseñanza más inesperada de esta historia. Los grandes avances rara vez llegan envueltos en solemnidad. A veces aparecen gracias a un dentista medio estafador, un químico insoportable, un médico humillado y un cirujano vestido con una levita manchada de sangre. Personas imperfectas persiguiendo ideas improbables. Y, de vez en cuando, cambiando para siempre la experiencia humana.

Hay inventos que hacen la vida más cómoda: la cremallera, el aire acondicionado o el mando a distancia. Pero por encima de todos están los que alteran nuestra relación con el sufrimiento. La anestesia pertenece a esta segunda categoría.

Es, sencillamente, una de las razones por las que la civilización moderna merece ese nombre.

LA PLANTA CARNÍVORA QUE APRENDIÓ A DAR UN PORTAZO

 

Los lóbulos que forman la boca de la venus atrapamoscas se curvan hacia adentro para atrapar a sus presas. Chris Mattison/Nature Picture Library.

Hay algo profundamente desconcertante en una venus atrapamoscas. Uno espera encontrar lentitud en una planta. Una cierta resignación vegetal. Un árbol puede tardar un siglo en alcanzar su altura definitiva; un roble no parece tener prisa alguna. Las plantas, en general, viven como probas funcionarias: eficientes, discretas y sin movimientos bruscos. La venus atrapamoscas (Dionaea muscipula) y desmonta toda esa imagen.

Imagine que es usted un insecto razonablemente satisfecho con la vida. Ha sobrevivido a arañas, libélulas y pájaros. Ha aprendido a desconfiar de cualquier cosa que tenga colmillos o demasiados ojos. Y, sin embargo, un día aterriza tranquilamente sobre lo que parece una inocente hoja verde. Hay unos pequeños pelos en su superficie interior. Los roza una vez. No ocurre nada. Cuando los toca una segunda vez la planta le da un portazo en la cara. Todo sucede en menos de un segundo.

Cuando Charles Darwin contempló por primera vez una venus atrapamoscas, quedó absolutamente fascinado. En una época en la que las plantas eran consideradas poco más que mobiliario fotosintético, aquello parecía una herejía biológica. En su libro Insectivorous Plants, publicado en 1875, llegó a describirla como «una de las plantas más maravillosas del mundo». Viniendo de Darwin, que había pasado años observando los aburridos percebes con una dedicación monástica, el mecanismo que cerraba las hojas aquello era algo extraordinario.

Las plantas carnívoras ya habían aparecido mucho antes en la literatura botánica. En 1554, el médico y botánico flamenco Rembert Dodonaeus ilustró una especie de Drosera en un tratado sobre vegetación. El problema era que la confundió con un musgo. Durante más de tres siglos nadie comprendió realmente qué estaba ocurriendo. No fue hasta Darwin cuando quedó claro que aquellas plantas no sólo atrapaban insectos: los digerían y aprovechaban sus nutrientes.

Era una inversión completa del orden natural. Las plantas habían dejado de ser el menú para convertirse en depredadores. La explicación ecológica era elegante. Muchas plantas carnívoras viven en suelos ácidos, pantanosos y extraordinariamente pobres en nutrientes. Especialmente escasos en nitrógeno, un elemento imprescindible para fabricar proteínas, ácidos nucleicos y buena parte de la maquinaria química de la vida. Ante semejante escasez, estas plantas encontraron una solución radical: si el suelo no proporciona nitrógeno suficiente, quizá convenga empezar a comerse a quienes sí lo contienen. No es una estrategia especialmente refinada, pero tampoco lo es la de un león.

Desde que Darwin alabara la rapidez de la venus atrapamoscas, generaciones enteras de científicos han intentado averiguar cómo demonios consigue moverse tan deprisa. Porque, en realidad, una planta no debería poder hacerlo. Durante décadas se fue completando el rompecabezas. Se descubrió que los pequeños pelos sensitivos del interior de la trampa actúan como sensores mecánicos. Una sola estimulación no basta. Dos contactos consecutivos en un breve intervalo generan impulsos eléctricos que recorren la hoja. La planta, sorprendentemente, utiliza algo parecido a un sistema nervioso elemental.

A comienzos del siglo XXI, el físico francés Yoël Forterre y sus colaboradores demostraron que la trampa abierta almacena energía elástica. Sus dos lóbulos permanecen curvados hacia fuera, sometidos a tensión, como una cinta métrica doblada, un cepo lobero o una chapa metálica a punto de saltar. Cuando llega el momento oportuno, toda esa energía se libera de golpe y los lóbulos invierten su curvatura hacia dentro.

Aquello explicaba cómo podía producirse un movimiento tan rápido. Pero quedaba la pregunta decisiva: ¿qué apretaba exactamente el gatillo? Existían dos hipótesis. La primera sostenía que el impulso eléctrico provocaba un rápido desplazamiento de agua hacia determinadas células de la superficie externa de la hoja. Estas se hincharían súbitamente y desencadenarían la liberación de la tensión acumulada.

La segunda era mucho más intrigante. Proponía que las rígidas paredes celulares de esas mismas células epidérmicas se ablandaban de forma repentina, permitiendo el cambio de forma que desencadena el cierre. Durante más de veinte años ambas explicaciones coexistieron sin que nadie pudiera zanjar definitivamente la cuestión. Hasta ahora.

El pasado 11 de junio, Forterre y su equipo publicaron una investigación que resuelve una de las incógnitas más persistentes de la biomecánica vegetal. La respuesta resultó ser aún más extraña de lo esperado. Los investigadores realizaron mediciones hidráulicas y mecánicas directamente sobre venus atrapamoscas vivas. Analizaron la rigidez de las células epidérmicas externas antes y después de activar la trampa. El resultado fue inequívoco: tras la estimulación adecuada, las paredes celulares se ablandaban extraordinariamente deprisa.

Lo hacían en aproximadamente un segundo. Puede parecer poco impresionante hasta que uno recuerda que las plantas modifican normalmente la rigidez de sus paredes celulares para crecer, curvarse hacia la luz o desarrollar órganos nuevos... pero lo hacen a escalas temporales de horas o días. Lo observado en la venus atrapamoscas era otra cosa. Era un fenómeno completamente distinto.

Para descartar la hipótesis hidráulica, el equipo calculó cuánto tiempo tardaría el agua en desplazarse hasta esas células externas si fuera realmente la responsable del disparo. El resultado oscilaba entre treinta y ciento cincuenta segundos. Demasiado lento. La conclusión fue clara: el motor inmediato del cierre no es un torrente súbito de agua, sino un ablandamiento ultrarrápido de las paredes celulares que libera la energía elástica almacenada en la trampa.

Naturalmente, resolver un misterio científico suele consistir en sustituir una pregunta complicada por otra aún más desconcertante. Ahora sabemos qué ocurre. Pero seguimos sin saber cómo ocurre. ¿Qué provoca ese ablandamiento instantáneo?

Los investigadores sospechan que la respuesta podría encontrarse en la propia arquitectura de la pared celular vegetal. Estas paredes están formadas por una compleja combinación de fibras rígidas inmersas en una matriz blanda semejante a un gel. Una posibilidad es que, tras la señal eléctrica inicial, la planta libere enzimas capaces de debilitar temporalmente las uniones entre ambos componentes. La estructura perdería rigidez durante unos instantes. Y la trampa saltaría.

Es, por el momento, una hipótesis razonable. Pero sigue siendo una hipótesis. También permanece en escena el calcio. Sabemos que dos estimulaciones consecutivas elevan su concentración hasta alcanzar un determinado umbral. Sabemos que actúa como señal inicial. Lo que todavía ignoramos es cómo esa señal química termina transformándose en el espectacular ablandamiento mecánico que dispara la trampa. Ese último eslabón continúa oculto dentro de la propia venus atrapamoscas.

Mientras tanto, esta pequeña planta de los pantanos de Carolina del Norte sigue inspirando a ingenieros y expertos en robótica. Comprender cómo libera energía elástica mediante cambios rápidos de rigidez podría ayudar algún día a diseñar músculos artificiales, materiales inteligentes o robots capaces de ejecutar movimientos veloces con un gasto energético mínimo.

No está mal para una planta que, durante siglos, fue confundida con un musgo. Pero quizá lo más hermoso de esta historia sea que comenzó con Darwin inclinándose sobre una maceta, maravillado ante un vegetal que parecía comportarse como un animal. Ciento cincuenta años después seguimos haciéndonos preguntas sobre el mismo organismo. Hemos identificado señales eléctricas, medido tensiones mecánicas y cartografiado movimientos invisibles a simple vista. Y, aun así, todavía nos falta comprender el detalle final.

Eso puede parecer frustrante. Pero es precisamente así como funciona la ciencia. Las preguntas sin respuesta son la razón por la que los investigadores vuelven cada mañana al laboratorio. A veces pensamos que el conocimiento consiste en coleccionar respuestas. En realidad, consiste en aprender a formular preguntas cada vez más interesantes.

Pocas plantas han demostrado tanta habilidad para mantener viva nuestra curiosidad como esta extraordinaria asesina de insectos que, en el fondo, no hace otra cosa que abrir y cerrar una hoja.

jueves, 11 de junio de 2026

EL ANESTÉSICO DEL MATALOBOS

 

Matalobos (Aconitum napellus)

Hay plantas que parecen haber sido creadas para inspirar confianza. La manzanilla transmite serenidad incluso antes de que uno la convierta en infusión. La lavanda huele a ropa limpia y a vacaciones en la Provenza. La menta tiene la honestidad aromática de quien nunca ha ocultado sus intenciones a nadie. El caso del acónito es muy diferente.

El acónito posee una belleza sospechosa. Sus flores, agrupadas en espigas de un azul violáceo intenso, recuerdan pequeñas capuchas medievales o los cascos de ciertos guerreros antiguos. De ahí algunos de sus nombres populares: capuchón de monje, casco de Júpiter. Pero otros apelativos resultan mucho menos tranquilizadores: matalobos, hierba de los lobos o, en inglés, wolfsbane. No son exageraciones poéticas.

Hace algún tiempo, al elaborar una lista con una decena de las plantas más venenosas del mundo para este mismo blog, incluí sin vacilar al género Aconitum. Pocas especies vegetales han acumulado una reputación tan temible. Sus alcaloides figuran entre los tóxicos naturales más potentes conocidos, y bastan cantidades minúsculas para desencadenar alteraciones cardíacas potencialmente mortales. Durante siglos, cazadores y guerreros impregnaron con sus extractos las puntas de flechas destinadas a abatir lobos, osos y otros animales de gran tamaño.

Por eso resulta tan desconcertante descubrir que esta asesina botánica pudo haber desempeñado también un papel compasivo: aliviar el dolor humano. La historia comienza en una tumba de la dinastía Ming. Investigadores que estudiaban el ajuar funerario de Xia Quan, enterrado entre 1348 y 1411 en Jiangyin, al este de China, analizaron unas tijeras y unas pinzas quirúrgicas halladas entre sus pertenencias. Los instrumentos presentaban restos de un óxido rojizo adherido a pequeñas hendiduras y zonas difíciles de limpiar. En apariencia, no parecía gran cosa: apenas una costra microscópica acumulada durante más de seis siglos.

Sin embargo, los análisis químicos revelaron una sorpresa extraordinaria. Los residuos contenían compuestos orgánicos compatibles con la aconitina, uno de los principales alcaloides presentes en plantas del género Aconitum.

De pronto, aquellas tijeras dejaban de ser simples piezas arqueológicas. Se convertían en testigos silenciosos de una práctica médica olvidada. La aconitina es, en términos estrictamente farmacológicos, una molécula terrible. Actúa sobre los canales de sodio de las membranas celulares, especialmente en neuronas y fibras musculares. Dichos canales funcionan como diminutas compuertas eléctricas imprescindibles para la transmisión de impulsos nerviosos. La aconitina las mantiene abiertas más tiempo del debido, alterando el delicado equilibrio electroquímico del organismo. El resultado puede comenzar con hormigueos alrededor de la boca, sensación de calor o entumecimiento, para progresar hacia náuseas, debilidad muscular y peligrosas arritmias cardíacas.

Los toxicólogos la conocen bien. Los pacientes intoxicados suelen describir una combinación inquietante de adormecimiento y consciencia preservada, como si el propio sistema nervioso comenzara a comportarse de manera caprichosa. En dosis suficientes, la muerte puede sobrevenir por fibrilación ventricular. Y, sin embargo, ahí estaban aquellas tijeras.

Los textos médicos chinos ofrecen una posible explicación. Los médicos Ming conocían la peligrosidad del acónito, pero también sabían que determinados procedimientos reducían considerablemente su toxicidad. Las raíces eran sometidas a complejos procesos de lavado, hervido y procesamiento destinados a disminuir la concentración de alcaloides activos. Aplicados tópicamente sobre la piel, esos preparados podían inducir un entumecimiento local suficiente para facilitar pequeñas intervenciones quirúrgicas: escisiones, drenajes o la retirada de tejido enfermo.

La imagen resulta fascinante. Mientras buena parte de Europa medieval todavía contemplaba la cirugía con una mezcla de resignación y valentía estoica —la anestesia general no llegaría hasta el siglo XIX—, un cirujano chino podía estar impregnando cuidadosamente sus instrumentos con derivados de una de las plantas más peligrosas del planeta para aliviar el sufrimiento de sus pacientes. No deja de ser una extraordinaria paradoja. Pero quizá no debería sorprendernos tanto.

La historia de la medicina está llena de sustancias que habitan peligrosamente la frontera entre el remedio y el veneno. La adormidera nos proporcionó la morfina, probablemente el analgésico más eficaz jamás descubierto, y también algunas de las formas más devastadoras de dependencia. La dedalera, utilizada para tratar ciertas enfermedades cardíacas, contiene glucósidos capaces de desencadenar intoxicaciones graves. Incluso el tejo, árbol asociado durante siglos a cementerios y toxicidad, acabó proporcionando el paclitaxel, uno de los fármacos antitumorales más importantes del siglo XX.

La naturaleza parece incapaz de distinguir entre la compasión y la crueldad. Somos nosotros quienes trazamos esa línea. El propio acónito posee una biografía extraordinaria. Los antiguos griegos afirmaban que había brotado de la espuma caída de las fauces de Cerbero cuando Hércules arrastró al perro del inframundo hasta la superficie. Algunos filólogos creen que su nombre deriva de akone, «piedra», en alusión a los terrenos rocosos donde prospera; otros prefieren relacionarlo con términos vinculados a la muerte, una interpretación menos académica pero difícilmente discutible.

Distribuido por regiones templadas del hemisferio norte, el género Aconitum comprende más de doscientas especies adaptadas a montañas húmedas y bosques frescos. Sus flores continúan adornando jardines de medio mundo, probablemente porque la humanidad nunca ha sabido resistirse del todo a aquello que puede matarla. El hallazgo descrito por Ling y sus colaboradores posee, además, otra virtud: obliga a revisar nuestros prejuicios sobre la medicina antigua.

Aconitum napellus. Izquierda: detalles de la flor despiezada. Centro: porte general. Derecha: esquema de una sección de la flor de la que se han eliminado los pétalos laterales para mostrar el ovario y los estambres.

Existe cierta arrogancia moderna al imaginar que nuestros antepasados actuaban guiados únicamente por supersticiones y casualidades afortunadas. La realidad suele ser más interesante. Trabajaban mediante ensayo y error, sí, pero acumulaban observaciones durante generaciones enteras. Aprendían qué dosis resultaban peligrosas, qué preparaciones reducían la toxicidad y qué aplicaciones merecían conservarse. No disponían de ensayos clínicos aleatorizados ni de agencias reguladoras.

Disponían de memoria. Y esa memoria colectiva, transmitida a través de tratados, maestros y aprendices, permitió a los cirujanos Ming domesticar —aunque fuera parcialmente— uno de los venenos vegetales más temibles conocidos. Quizá ésa sea la enseñanza más hermosa de esta historia. Las flores azuladas del acónito siguen siendo tan peligrosas hoy como hace seiscientos años. La aconitina continúa figurando entre los alcaloides naturales más tóxicos. Pero unas microscópicas manchas rojizas adheridas a unas tijeras enterradas en una tumba china nos recuerdan que la medicina nació muchas veces precisamente ahí, en la frontera incierta entre el miedo y la necesidad.

El mismo veneno que mataba lobos podía aliviar el dolor humano. Todo dependía de quién lo manejara, cuánto utilizara y cuánto hubiera aprendido de quienes le precedieron. Y sospecho que ninguna definición de medicina ha logrado mejorar todavía esa vieja y humilde fórmula.

EL LARGO VIAJE DESDE PASTEUR HASTA EL IBUPROFENO

 

Una de las cosas más desconcertantes de la ciencia es que nunca parece saber adónde va. Uno imagina a los científicos avanzando con determinación, como exploradores victorianos que despliegan mapas y sextantes antes de dirigirse hacia un objetivo concreto. En realidad, la mayor parte del tiempo se parecen más a personas que han salido a comprar pan y acaban descubriendo América.

La historia del ibuprofeno, por ejemplo, empieza en una bodega francesa del siglo XIX y termina en el cajón del cuarto de baño de casi cualquier casa del planeta. Entre ambos extremos aparecen cristales diminutos, un joven obsesivo llamado Louis Pasteur y un premio Nobel holandés que imaginó la forma del átomo de carbono sin haber visto jamás uno.

Durante el siglo XIX, Francia fue escenario de numerosos descubrimientos en estereoquímica gracias a prestigiosos físicos, químicos y cristalógrafos. Entre ellos, Louis Pasteur es sin duda el padre de la quiralidad molecular, un hallazgo que algunos han atribuido a la casualidad. Pero no olvidemos que, en el campo de la observación, la suerte solo favorece a las mentes preparadas, y que las musas suelen aparecer cuando estás trabajando.

Según cuenta la leyenda, en 1848 Louis Pasteur, un joven investigador asociado de la École Normale Supérieure de París, observaba cristales de la sal doble de sodio y amonio del ácido tartárico bajo un microscopio. Para su sorpresa, notó que cada cristal tenía una pequeña faceta en uno de sus bordes, orientada a veces hacia la derecha y a veces hacia la izquierda. Podía separarlas manualmente con unas pinzas. Aquella fue la primera resolución quiral artificial en la historia de la ciencia. Desde la década de 1950 y el desastre de la talidomida en bebés (otro ejemplo de quiralidad), la quiralidad ha sido predominante en el desarrollo de compuestos biológicamente activos.

Hace algún tiempo tuve ocasión de visitar la tumba de Pasteur en París. Había acudido al Instituto Pasteur con una idea bastante ingenua de lo que iba a encontrar. Pasteur es uno de esos personajes que llegan hasta nosotros convertidos en una caricatura de sí mismos: el sabio bondadoso que salva a la humanidad de la rabia, inventa la pasteurización y probablemente acaricia vacas agradecidas durante sus ratos libres. De ahí el título que más tarde di al relato de aquella visita: No busques vacas en la tumba de Pasteur. Porque no las hay.

La tumba es sorprendente. Está situada en una cripta de inspiración bizantina, recargada de mosaicos dorados y símbolos religiosos. Más que el lugar de descanso de un científico parece la sepultura de un emperador oriental o de un santo medieval. En las paredes se representan los grandes hitos de su vida: la lucha contra la rabia, los trabajos sobre las enfermedades del gusano de seda, las investigaciones sobre vacunas. Todo ello contribuye a reforzar la impresión de que Pasteur fue una especie de héroe providencial cuya carrera siguió una línea recta hacia la gloria.

Sin embargo, mientras contemplaba aquellos mosaicos pensé que faltaba una escena. Quizá porque resulta mucho menos espectacular que salvar niños mordidos por perros rabiosos. La escena mostraría a un joven de veinticinco años inclinado sobre una mesa, separando pacientemente pequeños cristales con unas pinzas. Aquella escena acabaría siendo tan trascendental como todas las demás.

En 1848, mucho antes de convertirse en el sabio de los libros de texto, Louis Pasteur estudiaba unas sales derivadas del ácido tartárico. El ácido tartárico era una sustancia conocida desde hacía siglos porque aparecía adherida a las paredes de las cubas de vino. Los químicos sabían que sus disoluciones desviaban el plano de la luz polarizada. También conocían otra sustancia, el llamado ácido racémico o paratartárico, que poseía exactamente la misma composición química y prácticamente las mismas propiedades. Sin embargo, ocurría algo desconcertante: no desviaba la luz.

Aquello no tenía sentido. Pasteur observó los cristales con detenimiento y descubrió que algunos presentaban pequeñas facetas orientadas hacia la derecha, mientras que otros las tenían orientadas hacia la izquierda. Eran imágenes especulares unas de otras, como nuestras manos. Separó ambos tipos uno a uno. Era un trabajo de una paciencia incompatible con el temperamento moderno. Hoy abandonaríamos la tarea a los tres minutos para consultar el teléfono móvil.

Cuando disolvió cada grupo por separado comprobó que una solución desviaba la luz hacia un lado y la otra hacia el contrario. Mezcladas, ambas anulaban mutuamente sus efectos. Sin saberlo, Pasteur había descubierto la quiralidad molecular.

La palabra "quiral" procede del griego cheir, mano. Y es una palabra magnífica porque explica de inmediato el problema. Tus manos son casi idénticas. Tienen cinco dedos, nudillos, uñas y un pulgar colocado aproximadamente en el mismo sitio. Pero no son superponibles. No puede colocarse un guante derecho en la mano izquierda sin experimentar notables dificultades sociales (parecerás tonto) y anatómicas. Algo parecido ocurre con algunas moléculas.

Décadas más tarde, un joven químico holandés llamado Jacobus Henricus van 't Hoff propuso una explicación audaz. Sugirió que los cuatro enlaces del carbono apuntaban hacia los vértices de un tetraedro. A partir de esa disposición espacial era posible generar moléculas que fueran imágenes especulares no superponibles. Había nacido la estereoquímica moderna. La idea parecía extravagante. Después de todo, nadie había visto un átomo. Pero funcionaba. Y funcionaba tan bien que Van 't Hoff obtuvo en 1901 el primer Premio Nobel de Química de la historia.

Gracias a todo aquello comprendimos que la naturaleza no sólo depende de qué átomos forman una molécula, sino también de cómo están colocados en el espacio. Dos sustancias con idéntica fórmula pueden comportarse de manera radicalmente distinta.

(A) Cristales hemiédricos de tartratos dobles de sodio y amonio. (B) estructuras químicas de ácidos tartáricos enantioméricos. Pasteur describió la faceta (en rojo) que permite visualizar las imágenes especulares de los cristales. (C) El ibuprofeno, al igual que otros derivados de 2-arilpropionato (incluyendo ketoprofeno, flurbiprofeno, naproxeno, etc.), contiene un carbono quiral en la posición α (alfa-) del propionato.

Y aquí es donde entra el ibuprofeno. Si uno observa la estructura química del ibuprofeno descubrirá que posee un carbono asimétrico. Es decir, también existe en dos versiones especulares: una "diestra" y otra "zurda". Los químicos las llaman enantiómeros.

Durante años el medicamento se comercializó como una mezcla de ambas. Mitad de una, mitad de otra. Más tarde se descubrió que el verdadero protagonista del alivio del dolor era principalmente uno de esos enantiómeros, denominado S-ibuprofeno. El otro, R-ibuprofeno, era mucho menos eficaz, aunque el organismo humano tiene la elegante costumbre de convertir parte de él en la versión activa.

Todo esto significa que cada vez que tomamos un ibuprofeno estamos aprovechando un conocimiento que comenzó con un joven francés clasificando cristales de residuos vinícolas. Uno acude a la tumba de Pasteur esperando encontrar la historia de las vacunas y sale pensando en analgésicos. Toma un comprimido para aliviar un dolor de cabeza sin sospechar que debe parte de su eficacia a unos depósitos cristalinos recogidos de barriles de vino hace casi dos siglos. La ciencia está llena de estas conexiones improbables.

Tal vez por eso desconfío cuando alguien exige que toda investigación tenga una utilidad inmediata. El problema es que nunca sabemos cuál será esa utilidad. Cuando Pasteur manipulaba aquellos cristales nadie imaginaba antibióticos, resonancias magnéticas o antiinflamatorios. Ni siquiera existían los automóviles. Él sólo intentaba resolver un enigma diminuto.

La próxima vez que abras el botiquín y saques un ibuprofeno, piensa por un momento en ello. Piensa en el ácido tartárico que se acumulaba en las cubas de vino, en unas pinzas manejadas con infinita paciencia, en un holandés que imaginó tetraedros invisibles y en la fastuosa cripta parisina donde descansa un hombre que quizá nunca sospechó hasta qué punto aquel pasatiempo juvenil acabaría infiltrándose en la vida cotidiana de miles de millones de personas.

No es mala compañía para un dolor de cabeza. Y desde luego resulta mucho más interesante que contemplar vacas.

domingo, 7 de junio de 2026

LAS MADRESELVAS DEL DOCTOR LONITZER

 

Lonicera japonica

Hay plantas que parecen haber sido diseñadas por un jardinero romántico. Trepan por muros imposibles, se encaraman a los árboles, perfuman el aire de las noches de verano y atraen a las polillas como si fueran faroles encendidos. Las madreselvas, agrupadas en el género Lonicera, pertenecen a esa distinguida categoría de vegetales que parecen más interesados en la poesía que en la botánica. Sin embargo, detrás de su apariencia sentimental se esconde una historia evolutiva notable.

El nombre Lonicera fue acuñado por Linneo en 1753 para honrar al médico y botánico alemán Adam Lonitzer (1528-1586), latinizado como Lonicerus, autor de uno de los herbarios más influyentes del Renacimiento. Como suele ocurrir en botánica, el homenaje sobrevivió al homenajeado y hoy millones de jardineros conocen el nombre de Lonitzer sin sospechar que en Fráncfort, en el siglo XVI, existió un médico protestante con ese apellido.

Una familia de trepadoras

El género comprende unas doscientas especies distribuidas principalmente por las regiones templadas del hemisferio norte. Algunas son arbustos erguidos, pero cuando pensamos en una madreselva solemos imaginar su forma más característica: una liana leñosa que se enrolla sobre cualquier soporte disponible.

Las hojas son uno de los rasgos más fáciles de reconocer. Aparecen siempre opuestas, es decir, nacen enfrentadas dos a dos en cada nudo del tallo. Son simples, enteras y generalmente ovaladas. En varias especies las hojas superiores llegan incluso a soldarse alrededor del tallo formando una especie de disco verde que parece atravesado por la rama.

La tendencia a producir tallos volubles es una de las señas de identidad del género. La planta no invierte recursos en construir un tronco robusto; prefiere utilizar la arquitectura ajena. Allí donde encuentra un arbusto, una alambrada o un árbol, comienza a retorcerse y ascender. Es una estrategia extraordinariamente económica: otros pagan la factura estructural y la madreselva disfruta de la luz.

Flores diseñadas para visitantes especializados

Las flores constituyen la verdadera obra maestra del género. Cada flor es hermafrodita y completa, con cáliz, corola, androceo y gineceo plenamente desarrollados. Sin embargo, no presentan la simetría radial de una jara o una rosa. Son zigomorfas, es decir, poseen una única línea de simetría. El tubo corolino se prolonga en un estrecho embudo que termina en dos labios desiguales.

La corola está formada por cinco pétalos soldados. Del tubo sobresalen habitualmente los cinco estambres, a menudo muy visibles, cargados de polen. El gineceo deriva de tres carpelos soldados, aunque externamente suele apreciarse como una estructura única coronada por un largo estilo.

Pero el detalle más interesante se encuentra en el fondo de ese tubo floral. Allí, ocultos a varios centímetros de la entrada, se localizan los nectarios. El néctar está tan profundamente escondido que pocos insectos pueden alcanzarlo. Esto no es un accidente. Es una invitación selectiva. Las madreselvas pertenecen al grupo de plantas que muestran un marcado síndrome de lepidopterofilia, es decir, adaptación a la polinización por mariposas y polillas.

Imagine una noche cálida de junio. El jardín parece dormido. Entonces las flores de madreselva comienzan a liberar fragancias dulces, intensas y complejas. No lo hacen por capricho. Las polillas nocturnas están despertando. Sus largas espiritrompas pueden llegar al fondo del tubo corolino para alcanzar el néctar. Mientras lo hacen, los estambres y el estigma rozan la cabeza o el tórax del insecto. La recompensa es una bebida azucarada; el precio, transportar polen de una flor a otra.

Por eso tantas especies presentan tubos corolinos largos, nectarios profundos, flores claras, visibles en la penumbra y perfumes intensos emitidos al atardecer o durante la noche. Esa es una combinaciónque lleva millones de años funcionando con excelentes resultados.

Bayas atractivas y peligrosas

Tras la fecundación, el ovario se transforma en una baya carnosa. Dependiendo de la especie puede ser roja, anaranjada, negra o azulada. Las aves son las principales dispersoras. Para un mirlo o una curruca, una baya roja brillante equivale a un cartel luminoso que dice "comida gratis". Las semillas sobreviven al tránsito digestivo y aparecen depositadas lejos de la planta madre.

Para los seres humanos, sin embargo, la historia es distinta. La mayoría de las especies de Lonicera producen frutos que contienen compuestos irritantes y saponinas. La ingestión de cantidades apreciables puede provocar náuseas, vómitos, diarreas y dolor abdominal. Las intoxicaciones graves son raras, pero las bayas no deben considerarse comestibles.

Existen algunas excepciones célebres, como Lonicera caerulea (la madreselva azul), cultivada por sus frutos comestibles en Asia y el norte de Europa. Sin embargo, la regla general para las madreselvas ornamentales sigue siendo sencilla: admirarlas sí; comerlas no.

Las reinas de los jardines

Las cuatro especies de Lonicera más cultivadas en jardinería

Pocas plantas trepadoras han conquistado tantos jardines europeos. Entre las especies más cultivadas destacan Lonicera periclymenum, la clásica madreselva de los bosques atlánticos, extraordinariamente perfumada; L. japonica, vigorosa y semiperenne, aunque invasora en numerosos países; L. caprifolium, de grandes flores fragantes; L. etrusca, muy apreciada en jardinería mediterránea, y L. nitida, utilizada más como seto compacto que como trepadora.

Muchas de ellas pueden cubrir una pérgola en pocos años y perfumar un jardín entero durante las noches estivales.

Las madreselvas ibéricas

Las especies nativas de la Península Ibérica y Baleares pueden identificarse con una clave simplificada:

1a. Arbustos trepadores, con tallos volubles; corola claramente bilabiada, con tubo largo: 2

1b. Arbustos no trepadores; flores siempre por pares; corola campanulada o bilabiada, pero con tubo corto: 7

Trepadoras

2a. Flores dispuestas simplemente por pares en las axilas foliares: 3

2b. Flores agrupadas en inflorescencias condensadas terminales: 4

3a. Envés de las hojas densamente tomentoso-blanquecino; flores de 24–28 mm: L. biflora.

3b. Envés glabro o casi glabro; flores mayores, de 32–35 mm (naturalizada, no nativa): L. japonica.

4a. Inflorescencias no pedunculadas; hojas persistentes: 5

4b. Inflorescencias claramente pedunculadas; hojas caedizas: 6

5a. Estilo peloso; estambres poco sobresalientes: L. implexa.

5b. Estilo sin pelos; estambres muy sobresalientes: L. splendida.

6a. Hojas próximas a la inflorescencia soldadas por la base (connatas), generalmente obtusas: L. etrusca.

6b. Hojas próximas a las flores libres, agudas, no connatas: L. periclymenum.

Arbustos no trepadores

7a. Corola casi actinomorfa, campanulada; hojas prácticamente sésiles: L. pyrenaica.

7b. Corola claramente zigomorfa y bilabiada; hojas pecioladas: 8

8a. Flores prácticamente sin pedúnculo; fruto amarillo-anaranjado en la madurez: L. arborea.

8b. Flores sostenidas por pedúnculos bien desarrollados; fruto rojo o negro: 9

9a. Corola pequeña (7–9 mm); bayas negras: L. nigra.

9b. Corola mayor de 9 mm; bayas rojas o rojo-purpúreas: 10

10a. Pedúnculos largos, normalmente superiores a 25 mm; anteras de más de 3 mm; frutos vecinos frecuentemente soldados formando una estructura única: L. alpigena.

10b. Pedúnculos generalmente inferiores a 20 mm; anteras menores de 3 mm; frutos soldados solo por la base: L. xylosteum.

Seis especies de Lonicera nativas de la Península ibérica

Al final, las madreselvas son una demostración de que la evolución también puede producir elegancia. Sus hojas opuestas obedecen a una rigurosa geometría; sus flores son sofisticadas máquinas de polinización; sus perfumes son mensajes químicos enviados a la oscuridad. Y mientras las polillas revolotean alrededor de ellas en las noches de verano, el viejo Adam Lonitzer continúa recibiendo, sin saberlo, uno de los homenajes botánicos más fragantes del mundo.

Las otras cuatro especies de Lonicera nativas de la Península ibérica