Hace unos días cayó en mis manos
una de esas revelaciones que circulan por Internet con la tranquilizadora
seguridad de quien acaba de descubrir algo que miles de geólogos, químicos y
compañías petroleras llevan un siglo empeñados en ocultar. El mensaje preguntaba
por qué «la ciencia oficial» no quiere que sepamos el verdadero origen del
petróleo. Nos han hecho creer, decía, que procede de dinosaurios y plantas
muertas, cuando en realidad se fabrica continuamente en las profundidades de la
Tierra. Como prueba, aseguraba que aparece donde nunca hubo vida, que algunos
pozos agotados vuelven a llenarse y que se encuentran hidrocarburos a
profundidades donde ningún dinosaurio sensato habría podido llegar.
La conclusión era formidable. El
petróleo no sería un recurso finito, sino que se regeneraría constantemente. La
historia de su escasez habría sido inventada para controlar los precios,
provocar guerras y mantenernos sometidos al sistema energético. Es una teoría
atractiva porque contiene varias afirmaciones verdaderas. El problema es que
ninguna demuestra la conclusión.
Empecemos por hacer justicia a
los dinosaurios. El petróleo no procede de ellos. La imagen del Tyrannosaurus
rex convirtiéndose lentamente en gasolina es una simplificación infantil.
Cuando llenamos el depósito estamos quemando principalmente restos
transformados de organismos muchísimo menos espectaculares: algas, bacterias,
fitoplancton y otra materia orgánica que vivió hace decenas o centenares de
millones de años.
En mares y lagos productivos,
enormes cantidades de organismos microscópicos nacen y mueren. La mayor parte
se descompone, pero en determinados fondos pobres en oxígeno una fracción queda
enterrada bajo nuevos sedimentos. Presión, temperatura y millones de años hacen
el resto. La materia orgánica se transforma primero en kerógeno, una compleja
mezcla de grandes moléculas orgánicas, y después, si alcanza las condiciones
térmicas adecuadas, en petróleo y gas.
Tenemos una prueba
particularmente hermosa de ese origen biológico: el petróleo contiene fósiles. No
fósiles con huesos o conchas, sino fósiles moleculares. Son los biomarcadores,
moléculas cuya arquitectura química conserva el recuerdo de sustancias que
alguna vez formaron parte de seres vivos. Entre ellas aparecen hopanos
relacionados con lípidos bacterianos, esteranos derivados de esteroles de
organismos eucariotas y porfirinas emparentadas con pigmentos biológicos.
Los geoquímicos utilizan esos
biomarcadores, junto con los isótopos del carbono y otros indicadores, para
comparar un petróleo con las posibles rocas madre que lo generaron. Y aquí
surge un pequeño inconveniente para la teoría conspirativa: estas técnicas no
las utilizan solamente científicos universitarios. También las emplean las
compañías petroleras para decidir dónde perforar. Sería un negocio curioso
invertir miles de millones buscando petróleo mediante una teoría que se sabe
falsa.
Ahora viene lo interesante,
porque quienes hablan del petróleo abiótico tienen razón en algo fundamental. La
Tierra puede fabricar hidrocarburos sin intervención de la vida.
Determinadas reacciones entre
agua y rocas del manto pueden producir hidrógeno que, bajo ciertas condiciones,
reacciona con carbono inorgánico y forma metano y otros hidrocarburos. También
existen hidrocarburos y moléculas orgánicas en meteoritos y otros cuerpos del
Sistema Solar. La química del carbono no necesita presentar un certificado de
nacimiento expedido por una célula.
En enero de 2026 un
equipo japonés aportó una observación especialmente interesante. Mitsukawa
y colaboradores estudiaron un fragmento de peridotita procedente del manto
superior bajo Tahití. En diminutas inclusiones atrapadas en sus minerales
encontraron hidrocarburos aromáticos policíclicos. Las características
geoquímicas indicaban que aquellas moléculas se habían formado a gran
profundidad sin intervención biológica.
Titular posible para Internet:
«Científicos demuestran que el petróleo se fabrica en el interior de la
Tierra». Sólo habría un pequeño problema: no encontraron petróleo. Encontraron
moléculas orgánicas abióticas. Es fascinante porque demuestra que la química
profunda de la Tierra puede fabricar compuestos orgánicos complejos. Pero de
ahí a concluir que los grandes campos petrolíferos de Arabia, Texas o Venezuela
proceden del manto hay una distancia considerable.
Además, sabemos reconocer los
hidrocarburos abióticos. En un
trabajo clásico publicado en Nature en 2002, Barbara Sherwood Lollar
y sus colaboradores estudiaron metano, etano, propano y butano presentes en
rocas cristalinas del Escudo Canadiense. Los isótopos de carbono e hidrógeno
mostraron un patrón de formación abiótica distinto del de los hidrocarburos
generados a partir de materia orgánica. Precisamente porque podemos
distinguirlos, sabemos que una aportación abiótica importante no explica los
grandes reservorios comerciales conocidos.
Otro argumento frecuente asegura
que se encuentra petróleo en lugares donde jamás hubo suficiente vida para
producirlo. Es cierto, pero tiene una explicación sencilla: el petróleo viaja.
Una vez formado en una roca madre
puede migrar a través de poros, fracturas y estratos permeables hasta encontrar
una roca porosa donde acumularse y otra impermeable que actúe como sello.
Preguntarse cómo puede haber petróleo en una roca que nunca tuvo suficiente
materia orgánica equivale a preguntarse cómo puede salir agua de un grifo si
dentro de la tubería nunca ha llovido.
Quedan los famosos pozos que «se
rellenan solos». Un yacimiento no es una enorme caverna llena de petróleo.
Normalmente es una roca porosa cuyos diminutos espacios contienen petróleo, gas
y agua. Al extraerlos modificamos las presiones y pueden continuar llegando
hidrocarburos desde zonas menos permeables o compartimentos conectados. Además,
un pozo «agotado» no está necesariamente vacío: muchas veces significa que
seguir explotándolo dejó de resultar rentable. Nuevas técnicas pueden recuperar
petróleo que siempre estuvo allí.
También puede continuar llegando
petróleo mediante migración natural. Pero rellenar un depósito no equivale a
fabricar su contenido. Si vaciamos un pozo de agua y al cabo de unos días
vuelve a tenerla, nadie concluye que las paredes hayan aprendido a fabricar
H₂O.
Y llegamos así al error
fundamental: confundir formación natural con recurso renovable. Actualmente
continúa formándose petróleo a partir de materia orgánica enterrada y también
se producen hidrocarburos mediante procesos abióticos. Del mismo modo, siguen
formándose montañas y rocas sedimentarias. La Tierra no ha dejado de trabajar
porque nosotros hayamos aparecido.
Pero para decidir si un recurso
es renovable importa la velocidad. Un bosque puede recuperarse en décadas y un
embalse llenarse durante una temporada lluviosa. Un sistema petrolero necesita
habitualmente millones de años para generar, transportar y concentrar
cantidades importantes de hidrocarburos. Nosotros podemos extraerlas en unas
décadas.
Decir que el petróleo es
renovable porque todavía se está formando sería como declarar renovables las
cordilleras porque el Himalaya continúa elevándose unos milímetros cada año.
La historia del petróleo abiótico
resulta, por eso, mucho más interesante que una simple falsedad de Internet.
Empieza desmontando algo que efectivamente es falso —el petróleo no procede de
dinosaurios—, continúa recordándonos otro hecho verdadero —la naturaleza puede
fabricar hidrocarburos sin organismos— y termina dando un salto para el que no
existen pruebas: que nuestros grandes yacimientos son depósitos inagotables
alimentados continuamente desde las profundidades.
Cada vez que repostamos estamos
quemando una colección extraordinaria de moléculas. Parte de sus átomos de
carbono estuvo hace millones de años en organismos microscópicos suspendidos en
mares desaparecidos. Murieron, escaparon de la descomposición, quedaron
enterrados, se transformaron, se cocinaron lentamente, migraron a través de las
rocas y tuvieron la extraordinaria fortuna geológica de encontrar una trampa
que los retuviera hasta que nosotros aparecimos con una perforadora.
No necesitamos dinosaurios. La verdadera historia es bastante más extraordinaria.