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viernes, 25 de septiembre de 2026

NO, EL PETRÓLEO NO PROCEDE DE LOS DINOSAURIOS

 

Hace unos días cayó en mis manos una de esas revelaciones que circulan por Internet con la tranquilizadora seguridad de quien acaba de descubrir algo que miles de geólogos, químicos y compañías petroleras llevan un siglo empeñados en ocultar. El mensaje preguntaba por qué «la ciencia oficial» no quiere que sepamos el verdadero origen del petróleo. Nos han hecho creer, decía, que procede de dinosaurios y plantas muertas, cuando en realidad se fabrica continuamente en las profundidades de la Tierra. Como prueba, aseguraba que aparece donde nunca hubo vida, que algunos pozos agotados vuelven a llenarse y que se encuentran hidrocarburos a profundidades donde ningún dinosaurio sensato habría podido llegar.

La conclusión era formidable. El petróleo no sería un recurso finito, sino que se regeneraría constantemente. La historia de su escasez habría sido inventada para controlar los precios, provocar guerras y mantenernos sometidos al sistema energético. Es una teoría atractiva porque contiene varias afirmaciones verdaderas. El problema es que ninguna demuestra la conclusión.

Empecemos por hacer justicia a los dinosaurios. El petróleo no procede de ellos. La imagen del Tyrannosaurus rex convirtiéndose lentamente en gasolina es una simplificación infantil. Cuando llenamos el depósito estamos quemando principalmente restos transformados de organismos muchísimo menos espectaculares: algas, bacterias, fitoplancton y otra materia orgánica que vivió hace decenas o centenares de millones de años.

En mares y lagos productivos, enormes cantidades de organismos microscópicos nacen y mueren. La mayor parte se descompone, pero en determinados fondos pobres en oxígeno una fracción queda enterrada bajo nuevos sedimentos. Presión, temperatura y millones de años hacen el resto. La materia orgánica se transforma primero en kerógeno, una compleja mezcla de grandes moléculas orgánicas, y después, si alcanza las condiciones térmicas adecuadas, en petróleo y gas.

Tenemos una prueba particularmente hermosa de ese origen biológico: el petróleo contiene fósiles. No fósiles con huesos o conchas, sino fósiles moleculares. Son los biomarcadores, moléculas cuya arquitectura química conserva el recuerdo de sustancias que alguna vez formaron parte de seres vivos. Entre ellas aparecen hopanos relacionados con lípidos bacterianos, esteranos derivados de esteroles de organismos eucariotas y porfirinas emparentadas con pigmentos biológicos.

Los geoquímicos utilizan esos biomarcadores, junto con los isótopos del carbono y otros indicadores, para comparar un petróleo con las posibles rocas madre que lo generaron. Y aquí surge un pequeño inconveniente para la teoría conspirativa: estas técnicas no las utilizan solamente científicos universitarios. También las emplean las compañías petroleras para decidir dónde perforar. Sería un negocio curioso invertir miles de millones buscando petróleo mediante una teoría que se sabe falsa.

Ahora viene lo interesante, porque quienes hablan del petróleo abiótico tienen razón en algo fundamental. La Tierra puede fabricar hidrocarburos sin intervención de la vida.

Determinadas reacciones entre agua y rocas del manto pueden producir hidrógeno que, bajo ciertas condiciones, reacciona con carbono inorgánico y forma metano y otros hidrocarburos. También existen hidrocarburos y moléculas orgánicas en meteoritos y otros cuerpos del Sistema Solar. La química del carbono no necesita presentar un certificado de nacimiento expedido por una célula.

En enero de 2026 un equipo japonés aportó una observación especialmente interesante. Mitsukawa y colaboradores estudiaron un fragmento de peridotita procedente del manto superior bajo Tahití. En diminutas inclusiones atrapadas en sus minerales encontraron hidrocarburos aromáticos policíclicos. Las características geoquímicas indicaban que aquellas moléculas se habían formado a gran profundidad sin intervención biológica.

Titular posible para Internet: «Científicos demuestran que el petróleo se fabrica en el interior de la Tierra». Sólo habría un pequeño problema: no encontraron petróleo. Encontraron moléculas orgánicas abióticas. Es fascinante porque demuestra que la química profunda de la Tierra puede fabricar compuestos orgánicos complejos. Pero de ahí a concluir que los grandes campos petrolíferos de Arabia, Texas o Venezuela proceden del manto hay una distancia considerable.

Además, sabemos reconocer los hidrocarburos abióticos. En un trabajo clásico publicado en Nature en 2002, Barbara Sherwood Lollar y sus colaboradores estudiaron metano, etano, propano y butano presentes en rocas cristalinas del Escudo Canadiense. Los isótopos de carbono e hidrógeno mostraron un patrón de formación abiótica distinto del de los hidrocarburos generados a partir de materia orgánica. Precisamente porque podemos distinguirlos, sabemos que una aportación abiótica importante no explica los grandes reservorios comerciales conocidos.

Otro argumento frecuente asegura que se encuentra petróleo en lugares donde jamás hubo suficiente vida para producirlo. Es cierto, pero tiene una explicación sencilla: el petróleo viaja.

Una vez formado en una roca madre puede migrar a través de poros, fracturas y estratos permeables hasta encontrar una roca porosa donde acumularse y otra impermeable que actúe como sello. Preguntarse cómo puede haber petróleo en una roca que nunca tuvo suficiente materia orgánica equivale a preguntarse cómo puede salir agua de un grifo si dentro de la tubería nunca ha llovido.

Quedan los famosos pozos que «se rellenan solos». Un yacimiento no es una enorme caverna llena de petróleo. Normalmente es una roca porosa cuyos diminutos espacios contienen petróleo, gas y agua. Al extraerlos modificamos las presiones y pueden continuar llegando hidrocarburos desde zonas menos permeables o compartimentos conectados. Además, un pozo «agotado» no está necesariamente vacío: muchas veces significa que seguir explotándolo dejó de resultar rentable. Nuevas técnicas pueden recuperar petróleo que siempre estuvo allí.

También puede continuar llegando petróleo mediante migración natural. Pero rellenar un depósito no equivale a fabricar su contenido. Si vaciamos un pozo de agua y al cabo de unos días vuelve a tenerla, nadie concluye que las paredes hayan aprendido a fabricar H₂O.

Y llegamos así al error fundamental: confundir formación natural con recurso renovable. Actualmente continúa formándose petróleo a partir de materia orgánica enterrada y también se producen hidrocarburos mediante procesos abióticos. Del mismo modo, siguen formándose montañas y rocas sedimentarias. La Tierra no ha dejado de trabajar porque nosotros hayamos aparecido.

Pero para decidir si un recurso es renovable importa la velocidad. Un bosque puede recuperarse en décadas y un embalse llenarse durante una temporada lluviosa. Un sistema petrolero necesita habitualmente millones de años para generar, transportar y concentrar cantidades importantes de hidrocarburos. Nosotros podemos extraerlas en unas décadas.

Decir que el petróleo es renovable porque todavía se está formando sería como declarar renovables las cordilleras porque el Himalaya continúa elevándose unos milímetros cada año.

La historia del petróleo abiótico resulta, por eso, mucho más interesante que una simple falsedad de Internet. Empieza desmontando algo que efectivamente es falso —el petróleo no procede de dinosaurios—, continúa recordándonos otro hecho verdadero —la naturaleza puede fabricar hidrocarburos sin organismos— y termina dando un salto para el que no existen pruebas: que nuestros grandes yacimientos son depósitos inagotables alimentados continuamente desde las profundidades.

Cada vez que repostamos estamos quemando una colección extraordinaria de moléculas. Parte de sus átomos de carbono estuvo hace millones de años en organismos microscópicos suspendidos en mares desaparecidos. Murieron, escaparon de la descomposición, quedaron enterrados, se transformaron, se cocinaron lentamente, migraron a través de las rocas y tuvieron la extraordinaria fortuna geológica de encontrar una trampa que los retuviera hasta que nosotros aparecimos con una perforadora.

No necesitamos dinosaurios. La verdadera historia es bastante más extraordinaria.

jueves, 24 de septiembre de 2026

LAS LETRAS QUE NOS MANTIENEN VIVOS

 

Durante buena parte del siglo XIX, los científicos creyeron haber averiguado qué necesitaba comer un ser humano. La lista era tranquilizadora por su brevedad: proteínas, grasas, hidratos de carbono, minerales y agua. Parecía que los fundamentos de la nutrición podían darse por resueltos. Había un pequeño inconveniente: una persona podía disponer de todo aquello y morirse de todas formas.

Los marineros que pasaban meses alimentándose de carne salada y galletas perdían los dientes y acababan muriendo de escorbuto. En Asia, personas que comían suficiente arroz desarrollaban beriberi, una enfermedad que debilitaba los músculos, alteraba el corazón y podía ser mortal. En las ciudades industriales europeas muchos niños crecían con las piernas deformadas por el raquitismo. En el sur de Estados Unidos, la pelagra provocaba las famosas cuatro D: dermatitis, diarrea, demencia y death, muerte.

El problema era desconcertante porque aquellas personas no siempre pasaban hambre. Comían e incluso podían ingerir suficientes calorías. Lo que nadie sabía era que se puede morir por falta de una cantidad minúscula de algo cuya existencia se desconoce. La historia de las vitaminas es por eso una historia científica contada al revés. Primero conocimos las enfermedades; después descubrimos qué alimentos las evitaban y, mucho más tarde, las moléculas responsables.

Uno de los primeros en seguir la pista fue Kanehiro Takaki, médico de la Marina Imperial japonesa. Entre 1878 y 1883 estudió el beriberi, que hacía estragos entre los marineros. En un barco cuya tripulación se alimentaba principalmente de arroz blanco pulido, 169 de los 276 hombres enfermaron y veinticinco murieron. En otro buque, donde se servían más carne, leche y verduras, solo hubo catorce casos y ninguna muerte. Takaki comprendió que el problema estaba relacionado con la alimentación. Eso era lo importante. También decidió que se debía a la falta de proteínas. Eso era menos importante porque estaba equivocado.

La siguiente pista apareció en las Indias Orientales Neerlandesas, donde el médico Christiaan Eijkman investigaba la misma enfermedad. Observó que los pollos de su laboratorio alimentados con arroz blanco pulido desarrollaban una parálisis parecida a la del beriberi. Cuando volvían a comer arroz sin pulir, se recuperaban.

El descubrimiento contó además con la colaboración involuntaria de un cocinero. Los pollos habían recibido durante un tiempo sobras del arroz blanco destinado a los pacientes de un hospital militar. Un nuevo cocinero consideró improcedente gastar comida militar en pollos civiles y dejó de suministrársela. Los animales cambiaron de dieta y mejoraron. A veces el progreso científico necesita un microscopio. Otras veces basta un funcionario escrupuloso.

Eijkman todavía no sabía qué estaba ocurriendo. La clave era que al pulir el arroz se eliminaban las capas externas del grano y, con ellas, una sustancia imprescindible. Su colaborador Gerrit Grijns comprendió que el problema no consistía en algo añadido al arroz blanco, sino en algo que había desaparecido.

Mientras tanto, Frederick Gowland Hopkins hacía experimentos con ratas. Las alimentaba con mezclas cuidadosamente preparadas de proteínas, grasas, carbohidratos y minerales. En teoría tenían todo lo necesario. En la práctica dejaban de crecer. Bastaba añadir una pequeña cantidad de leche para que recuperasen el entusiasmo por la existencia.

Hopkins habló de unos misteriosos «factores accesorios de los alimentos». Debían existir sustancias necesarias en cantidades diminutas que apenas aportaban energía pero sin las cuales un organismo no podía funcionar. Entonces apareció Casimir Funk.

Funk, bioquímico polaco nacido en Varsovia, investigó aquella sustancia del salvado de arroz capaz de prevenir el beriberi y en 1911 obtuvo una fracción concentrada con actividad biológica. Al año siguiente dio un paso mucho más importante: propuso que el beriberi no era un caso aislado. El escorbuto, la pelagra y el raquitismo podían deberse también a la ausencia de pequeñas sustancias indispensables presentes en los alimentos.

Creyó que aquellas sustancias pertenecían al grupo químico de las aminas. Como eran aminas necesarias para la vida, unió vita, vida, con amine y fabricó una palabra destinada a triunfar: vitamine. Acertó en lo fundamental y se equivocó en el detalle. No todas eran aminas. Cuando se descubrió, se eliminó la e final inglesa y vitamine quedó convertida en vitamin. El nombre sobrevivió a la teoría química que lo había originado.

Conviene precisar que Funk no aisló en 1912 un frasquito de vitamina B1 pura, como a veces se cuenta. Obtuvo concentrados activos y, sobre todo, formuló el concepto de vitamina. La identificación química de la tiamina llegaría después.

En 1929, Eijkman y Hopkins compartieron el Premio Nobel por sus investigaciones sobre aquellos factores nutritivos. Funk quedó fuera. También Grijns. No hubo, en realidad, un descubridor de las vitaminas, sino una multitud de científicos encontrando fragmentos de un rompecabezas cuya imagen completa todavía no conocían. Para entonces había surgido otro problema: cómo llamar a aquellas sustancias.

En 1913, Elmer McCollum y Marguerite Davis observaron que unas ratas alimentadas con manteca como única fuente de grasa dejaban de crecer y desarrollaban trastornos oculares. Al añadir grasa de mantequilla o extracto de yema de huevo, se recuperaban. McCollum llamó a la sustancia desconocida «factor A soluble en grasa». Al factor contra el beriberi soluble en agua se le asignó la letra B. Había nacido el alfabeto vitamínico.

Pronto resultó que B no era una sustancia, sino un cajón lleno de compuestos diferentes. Hubo que numerarlos: B1, B2, B3, B5, B6, B7, B9 y B12. Como habrá observado el lector, faltan números. No es que los bioquímicos tuvieran problemas para contar. Algunos compuestos bautizados inicialmente como vitaminas resultaron no serlo y fueron expulsados del club. Sus números quedaron vacantes, como habitaciones clausuradas de un hotel antiguo.

Después llegaron C, D y E. La K rompió la secuencia porque el bioquímico danés Henrik Dam descubrió un factor necesario para la coagulación y lo bautizó Koagulations Vitamin.

Mientras el alfabeto crecía, Joseph Goldberger se enfrentaba a otro misterio. A comienzos del siglo XX, la pelagra devastaba las regiones pobres del sur de Estados Unidos. Muchos pensaban que era una enfermedad infecciosa. Goldberger reparó en algo extraño: en orfanatos y manicomios enfermaban los internos, pero no los médicos ni las enfermeras que convivían con ellos. Un microbio tan respetuoso con la jerarquía laboral resultaba sospechoso.

Goldberger señaló a la dieta. Los pobres del sur vivían fundamentalmente de maíz, melaza y tocino graso. Cuando añadió leche, huevos, carne y verduras a la alimentación de los internos, la pelagra desapareció. Para demostrar que no era contagiosa organizó las que llamó filth parties, «fiestas de la inmundicia». Él, varios colaboradores e incluso su esposa ingirieron cápsulas preparadas con secreciones y excrementos de enfermos de pelagra. Nadie enfermó. Es un experimento que hoy encontraría ciertas dificultades para superar un comité de ética y probablemente todavía más para reclutar voluntarios. Goldberger murió sin conocer la sustancia que buscaba. En 1937 se demostró que era la niacina, vitamina B3. La pelagra no era solo una enfermedad nutricional: era también una enfermedad de la pobreza.

Algo parecido ocurrió con el escorbuto. James Lind había demostrado ya en el siglo XVIII que los cítricos podían prevenirlo, pero hubo que esperar hasta el XX para identificar la vitamina C. Albert Szent-Györgyi aisló el compuesto y Walter Haworth contribuyó a establecer su estructura. Recibió un nombre magníficamente descriptivo: ácido ascórbico, es decir, «contra el escorbuto».

En pocas décadas apareció así todo un mundo químico que había permanecido invisible durante la historia humana. Y no porque las vitaminas fueran raras, sino precisamente porque estaban por todas partes. Nuestros antepasados las habían obtenido durante millones de años de dietas variadas sin sospechar siquiera que existían.

El arroz blanco resume perfectamente la paradoja. El pulido proporciona un grano atractivo, duradero y agradable al paladar, pero elimina buena parte de la tiamina de sus capas externas. La tecnología había conseguido fabricar un alimento más blanco y, al mismo tiempo, nutricionalmente más pobre.

Después sucedió algo todavía más curioso. Una vez descubiertas las vitaminas pasamos de ignorarlas a venerarlas. La palabra «vitamina» adquirió un aura saludable. Si una pequeña cantidad era imprescindible, parecía lógico pensar que una cantidad grande sería todavía mejor. Pero la bioquímica no funciona así. Las vitaminas son necesarias porque intervienen en procesos concretos, no porque contengan alguna misteriosa fuerza vital. Algunas, sobre todo las liposolubles A, D, E y K, pueden acumularse y alcanzar concentraciones perjudiciales.

La fascinación comercial ha llegado incluso a inventar vitaminas inexistentes. La amigdalina se ha vendido como «vitamina B17» acompañada de supuestas propiedades contra el cáncer. No es una vitamina. Tampoco existe una vitamina O, aunque el nombre se haya utilizado para vender preparados de supuesto «oxígeno estabilizado». Que el alfabeto tenga huecos no significa que cualquiera pueda rellenarlos.

Probablemente tampoco quedan vitaminas esenciales importantes por descubrir. Personas que dependen durante largos periodos de nutrición parenteral pueden mantenerse con mezclas que contienen aminoácidos, glucosa, grasas, minerales, oligoelementos y las vitaminas conocidas. Si faltara algún factor imprescindible, acabaríamos notándolo.

Y quizá esa sea la parte más hermosa de la historia. Las vitaminas no se descubrieron porque alguien decidiera buscarlas. Nadie puede buscar algo cuya existencia ni siquiera sospecha. Fueron el escorbuto, el beriberi, el raquitismo y la pelagra los que fueron dejando pistas. Marineros japoneses, pollos de Java, ratas que se negaban a crecer y pobres del sur de Estados Unidos participaron involuntariamente en uno de los grandes descubrimientos de la biología moderna.

Al final resultó que entre estar bien alimentado y estar vivo podían mediar unos pocos miligramos de una sustancia invisible. Tuvimos que recorrer casi todo el alfabeto para darnos cuenta.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

MILEI Y LOS PERROS DE OLIVOS

 

En Argentina, Olivos no es una aceituna. Es una residencia presidencial a veinte kilómetros de la Casa Rosada, con árboles viejos, jardines de tamaño suficiente para que un presidente se sienta emperador y una tradición de discreción que se remonta a tiempos en que los presidentes todavía creían que vivir en una quinta no consistía en atrincherarse en ella.

La Quinta de Olivos ha conocido de todo: peronistas, militares, radicales, matrimonios presidenciales de complicada geometría y empleados que, por oficio y costumbre, aprendieron a no preguntar demasiado. En los últimos días ha conocido otra cosa: el desalojo administrativo. El Gobierno de Javier Milei disolvió su administración general, echó a parte del personal civil y entregó a la Casa Militar no sólo la seguridad, que ya tenía, sino el mando sobre el funcionamiento cotidiano de la residencia.

La explicación oficial es llamativa incluso para un país acostumbrado a las explicaciones oficiales. Se trata, se dijo, de mejorar la seguridad del presidente y de su entorno, y de prepararse para la visita de León XIV. El Papa, hasta donde se sabe, no tiene previsto alojarse en Olivos ni hacer allí escala entre dos milagros. La Casa Militar, además, ya se ocupaba de proteger al presidente, a sus familiares y a sus residencias. Lo novedoso es que ahora también tendrá que ver con jardines, cocina, mantenimiento, puertas y pasillos. Es decir, con todo aquello que permite que una casa funcione y que, en una presidencia paranoica, permite también que algo se filtre.

No se sabe con exactitud cuántos trabajadores fueron despedidos: los sindicatos hablan de diez, otros medios de una docena. La diferencia carece de importancia. Cuando se echa a diez empleados de una residencia presidencial porque hay temor a las filtraciones, ya no se está ante una medida de ahorro. Tampoco ante un problema de organigrama. Se está ante un presidente que sospecha de quienes le sirven el café, cortan el césped o conocen la hora a la que se encienden las luces.

Cuando Milei habla de «filtraciones», probablemente se refiere, dicen medios argentinos, a la noticia de que en la Quinta de Olivos se compraron 28 toneladas de carne por 900 millones de pesos —unos 280 000 euros—. La compra es por un contrato anual y los 28 000 kilos de carne serán entregados progresivamente, pero el asunto desató una ola de críticas en las redes sociales, con mucha gente afirmando, sin pruebas ni argumentos sólidos, que esa carne era para los perros de Milei.

Que esa compra se conociera en detalle molestó a Milei, que recientemente pasó mes y medio sin pisar la Casa Rosada. Son insistentes las informaciones  acerca de largas veladas hasta la madrugada en las que el presidente escucha ópera, juega con sus perros o avanza en la escritura de un libro. Se le ha visto más de una vez con el rostro hinchado y ojos enrojecidos, señales de que duerme poco o nada, aseguran sus críticos.

Milei llegó a la política a través de un programa de radio. Se llamaba Demoliendo Mitos. Milei lo condujo entre 2017 y 2022, inicialmente en la radio en línea Conexión Abierta. Allí fue afianzando su personaje público de economista libertario antes de saltar con fuerza a la televisión. Hacía un comentario económico y luego cantaba un rock and roll. Era un señor que llenaba tiempo en la radio gratis y te ocupaba diez minutos, diez minutos salvajes, porque decía la primera burrada que le pasaba por la cabeza. Un personaje pintoresco.

El fenómeno posterior dice mucho de cuál era la situación de Argentina, que era insostenible. Que un país culto como Argentina apostara por Milei fue básicamente un ansia de ruptura: vamos a acabar con todo. Ahora Javier Milei lleva casi tres años convirtiendo la política argentina en una mezcla de laboratorio económico, festival de rock y ajuste de cuentas personal.

La inflación ha bajado de manera apreciable, y ése es un mérito político que nadie serio debería negar. Pero la baja de la inflación no convierte por sí sola a un país en habitable. Mientras los precios dejan de correr como liebres, una parte de la industria y de la construcción se hunde como una piedra; cierran empresas, se pierde empleo formal y el consumo se contrae. El argentino común puede alegrarse de que el tomate no suba cada martes y lamentar, al mismo tiempo, que su fábrica haya cerrado el viernes anterior. Las dos cosas no se contradicen: se suman.

Milei no es el primer presidente argentino que vive rodeado de rumores. La diferencia es que él los alimenta con entusiasmo. Acusa a periodistas, enemigos, “operadores”, políticos, economistas, universitarios, sindicalistas y personas en general de pertenecer a una conspiración cuya única debilidad es no tener contornos claros. No parece haber un cuarto de Olivos en el que no pueda esconderse un espía, ni una crítica que no proceda de una operación.

En ese ambiente apareció Olga Wornat, periodista de largos años y muchas biografías presidenciales, con una descripción de gran potencia narrativa y peligrosas consecuencias: Milei, según ella, no gobernaría; permanecería encerrado, gritaría y hablaría con los retratos de sus perros muertos; de vez en cuando, añadió, llegaría una ambulancia. Wornat no es una señora que haya entrado por equivocación en la política argentina. Ha escrito sobre Carlos Menem y Cristina Kirchner y conoce el ecosistema presidencial mejor que muchos ministros.

Pero una afirmación no se convierte en prueba porque resulte pintoresca, ni porque encaje con la imagen que el mundo tiene de Milei. Nadie puede diagnosticar a distancia a un presidente, y mucho menos convertir el diagnóstico en una pieza de opinión. Las declaraciones de Wornat deben leerse como lo que son: el testimonio grave de una periodista, no un parte médico ni una certificación clínica. En un país normal, esa distinción sería innecesaria. En Argentina, y especialmente bajo Milei, conviene escribirla con letras grandes.

Lo que sí está a la vista es un estilo de poder. Milei tiene una relación excepcional con sus mastines ingleses. Ha hablado de ellos como hijos, ha clonado a Conan —su perro muerto— y ha dicho que consulta con sus animales asuntos de gobierno. Parte de la prensa internacional ha tratado el asunto como una extravagancia simpática, algo parecido a un político que toca la guitarra o colecciona trenes eléctricos. No lo es del todo. Los perros son una parte central de su imaginario: lealtad sin discusión, afecto sin contradicción, compañía sin prensa, sin oposición y sin Congreso.

Un perro nunca vota en contra. Tampoco pide explicaciones sobre el presupuesto, ni pregunta si conviene echar a los jardineros para impedir que cuenten qué ocurre tras los muros. Los perros no filtran conversaciones. No se rebelan. No negocian con Karina Milei, no discuten con Patricia Bullrich y no tienen la desagradable costumbre de recordar lo que dijo el presidente la semana anterior.

Los animales, naturalmente, no tienen culpa de nada. La cuestión no es si Milei quiere mucho a sus perros: ése es un asunto suyo y de los perros. La cuestión es qué revela que la residencia presidencial se reorganice alrededor de un hermetismo cada vez mayor, mientras las versiones sobre la vida privada del mandatario adquieren más importancia que las decisiones públicas. Cuando el poder se encierra, los rumores entran por las ventanas. Y si se clausuran las ventanas, entran por las rendijas.

Patricia Bullrich ofrece el complemento político de esta historia. Llegó al mileísmo desde una derecha que ya parecía haber probado todas las estaciones del metro ideológico argentino. En el Senado actúa como portavoz del oficialismo, pero también como una figura que mantiene agenda propia, conflictos propios y una independencia cuidadosamente medida. Su relación con Karina Milei, la hermana omnipotente, es mala. La de Karina con casi todos parece mejorable. El Gobierno funciona como una familia que hubiera decidido administrar un país antes de aprender a comer junta sin discutir.

Milei necesita ser reelegido en 2027. Para lograrlo no le bastará con exhibir un índice de inflación razonable ni con cantar en un escenario. Tendrá que persuadir a argentinos que ven cerrar talleres, caer obras, perder empleos y reducirse el tamaño de sus compras. Tendrá que explicar por qué el sacrificio de hoy debe ser el bienestar de mañana, una promesa que en Argentina posee una larga historia y un historial de cumplimiento más bien modesto.

Y tendrá que hacerlo desde fuera de Olivos. Un presidente puede encerrarse con sus perros, con sus cuadros, con sus ministros fieles o con los militares encargados de que nadie entre ni salga sin permiso. Pero el país no cabe en una quinta. Argentina es mucho más ruidosa, más pobre, más imprevisible y, sobre todo, mucho menos obediente que un mastín inglés.

LA HIERBA QUE LOS CONEJOS NO SE ATREVEN A COMER

 

Durante años estamos asistiendo en el Real Jardín Botánico a una demostración cotidiana de lo que puede hacer un herbívoro con un apetito formidable y escasas preocupaciones paisajísticas. Los conejos arrasan buena parte de las herbáceas que encuentran a su paso, pero hay una planta a la que parecen haber concedido una especie de inmunidad diplomática: Heliotropium europaeum. Mientras otras plantas sucumben a los incisivos de nuestros visitantes, los heliotropos permanecen intactos.

La pregunta resulta inevitable: ¿qué tiene esta humilde hierba para que los conejos la respeten? La respuesta podría encontrarse en una sofisticada industria química que la planta mantiene en funcionamiento sin chimeneas, trabajadores ni inspectores de sanidad.

El heliotropo europeo pertenece a las boragináceas, una familia que incluye plantas tan conocidas como las borrajas, las viboreras y los nomeolvides. Es una herbácea anual, de aspecto grisáceo, cubierta de pelos y con pequeñas flores blancas dispuestas en inflorescencias que se curvan sobre sí mismas. Estas estructuras reciben el nombre de cimas escorpioides porque recuerdan a la cola de un escorpión. El parecido resulta particularmente oportuno: aunque nuestro heliotropo carece de aguijón, parece haber encontrado otra manera de defenderse.

Su nombre procede del griego helios, sol, y tropos, giro. Los antiguos atribuían a los heliotropos la capacidad de orientar sus flores siguiendo el movimiento del Sol. Nuestra protagonista crece en terrenos removidos, barbechos y márgenes de caminos. Tiene el aspecto de esas hierbas que los jardineros arrancan sin preguntarles el nombre. Pero su modestia exterior oculta un arsenal químico capaz de provocar lesiones gravísimas en los animales que la consumen.

Para comprenderlo debemos familiarizarnos con unas sustancias que tienen un nombre poco apropiado para una conversación de sobremesa: los alcaloides pirrolizidínicos. Son compuestos nitrogenados producidos por determinadas plantas, entre ellas numerosas boragináceas. Algunos pueden provocar lesiones hepáticas, alterar el ADN y favorecer la aparición de tumores. El heliotropo europeo fabrica varios de los más preocupantes.

Entre sus productos destacan la heliotrina, la europina y la lasiocarpina. Sus nombres podrían corresponder a tres hermanas de una novela rusa, pero designan sustancias que ningún veterinario desearía encontrar en el pienso de sus pacientes. Un estudio publicado en 2015 identificó treinta alcaloides pirrolizidínicos y derivados en ejemplares de esta especie y en forraje contaminado con ella. Los compuestos de los tipos heliotrina y lasiocarpina representaban aproximadamente el 80 % y el 18 % del contenido total, respectivamente.

Lo extraordinario es que el heliotropo no fabrica estas sustancias en cantidades testimoniales. En 1989, los ecólogos Dennis O'Dowd y John Edgar estudiaron dos poblaciones australianas y descubrieron que las plántulas podían acumular alcaloides en concentraciones superiores al 2,2% de su peso seco. Cuando las plantas se aproximaban al final de su ciclo vital, las concentraciones descendían por debajo del 0,5 %. Más del 95 % de los alcaloides se encontraba, por término medio, en forma de N-óxidos.

Es una inversión metabólica considerable. Las plantas no disponen de energía ilimitada y cada molécula que sintetizan requiere recursos que podrían haberse empleado en fabricar hojas, raíces o semillas. La defensa frente a los herbívoros constituye una explicación plausible para semejante despliegue químico.

Las plantas llevan cientos de millones de años enfrentándose al inconveniente de ser comestibles. Algunas desarrollaron espinas, otras endurecieron sus tejidos y muchas aprendieron a fabricar sustancias que interfieren con la digestión, resultan desagradables o intoxican a sus consumidores. El heliotropo pertenece a este último grupo, aunque todavía no podemos asegurar que sus alcaloides sean los responsables concretos de la conducta que observamos en nuestros conejos.

Y aquí aparece una complicación fascinante. La toxicidad de una sustancia no equivale necesariamente a su capacidad para disuadir a un animal. Un veneno que actúa varios días después de la ingestión puede resultar formidable para matar a un herbívoro, pero bastante mediocre para convencerlo de que no dé el primer mordisco. Para conseguir esto último necesita producir alguna señal inmediata, como un sabor desagradable, o que el animal aprenda a relacionar el consumo de la planta con sus consecuencias.

Nuestros conejos podrían estar respondiendo al sabor de los alcaloides, a otras sustancias presentes en las hojas o incluso a su textura pilosa. También podrían haber aprendido a evitar la planta. La observación demuestra un rechazo aparente, pero todavía no permite identificar el mecanismo que lo produce. En ciencia conviene desconfiar de las explicaciones demasiado elegantes, especialmente cuando parecen escritas por las propias plantas.

El asunto se vuelve todavía más interesante cuando descubrimos que estos alcaloides no siempre son directamente responsables del daño que ocasionan. Muchos necesitan pasar por el hígado, donde determinadas enzimas del sistema citocromo P450 los convierten en metabolitos mucho más reactivos. Es uno de esos casos en los que nuestro organismo, intentando librarnos de un problema, termina agravándolo.

Estos metabolitos pueden unirse a proteínas y al ADN, provocar lesiones celulares y alterar el funcionamiento de los pequeños vasos sanguíneos hepáticos. Las intoxicaciones crónicas pueden producir fibrosis y daños irreversibles. Lo más inquietante es que algunas lesiones moleculares persisten mucho después de que el animal haya dejado de ingerir la planta.

No estamos hablando de una posibilidad meramente teórica. En 2014, un rebaño de 73 bovinos de la región israelí de Galilea recibió accidentalmente heno que contenía un 12% de heliotropo europeo. Los animales consumieron el forraje durante 42 días. Las primeras muertes aparecieron después de aquel periodo de alimentación y continuaron durante las semanas siguientes. Murieron 24 animales, aproximadamente un tercio del rebaño. Las necropsias revelaron lesiones hepáticas graves y fibrosis.

El episodio también revela algo importante: las vacas consumieron la planta porque estaba mezclada con el heno. Una cosa es encontrarse un heliotropo vivo en el campo, rodeado de alternativas alimentarias, y otra recibirlo troceado y seco junto con el resto de la comida. El secado no garantiza la destrucción de sus alcaloides.

Esto nos devuelve a nuestros conejos y plantea una cuestión evolutiva. Si la toxicidad del heliotropo está tan bien documentada, ¿por qué no lo evitan todos los herbívoros? La respuesta es que la relación entre las plantas y sus consumidores depende de diferencias fisiológicas, capacidades de metabolización y comportamientos alimentarios que varían según la disponibilidad de comida y la experiencia.

De hecho, el estudio australiano de O'Dowd y Edgar proporciona un dato que impide convertir a nuestro heliotropo en una planta universalmente rechazada. En las dos localidades investigadas, las ovejas consumían H. europaeum y reducían tanto la densidad como la biomasa de sus poblaciones. Mientras que nuestras observaciones apuntan a un rechazo persistente por parte de los conejos, aquellas ovejas australianas consumían la misma especie vegetal.

Hay otro aspecto interesante. Los herbívoros no solamente consumen vegetación: modifican las relaciones competitivas entre las especies. Cuando eliminan unas plantas y respetan otras, alteran la disponibilidad de luz, agua, nutrientes y espacio. Las especies rechazadas pueden beneficiarse indirectamente de la desaparición de sus competidoras, un fenómeno ecológico conocido como liberación competitiva.

Una planta que no resulta especialmente competitiva en ausencia de herbívoros puede adquirir una ventaja considerable cuando estos eliminan sistemáticamente a sus vecinas. No necesita crecer más deprisa, desarrollar raíces más profundas ni producir más semillas. En determinadas circunstancias, le basta con resultar menos apetecible.

Nuestras parcelas protegidas y abiertas constituyen un escenario especialmente interesante para investigar este proceso. Cinco años de observaciones permiten reconocer un patrón persistente, aunque demostrar sus consecuencias sobre la competencia vegetal exige comparar cuantitativamente la cobertura, la abundancia y el éxito reproductivo de las distintas especies.

Durante mucho tiempo hemos interpretado las defensas vegetales a partir de sus manifestaciones más evidentes. Una espina parece un arma porque podemos verla y sentirla. Una hoja coriácea anuncia que será difícil de masticar. Las defensas químicas, en cambio, permanecen ocultas hasta que la investigación descubre su existencia o algún animal tiene la desgracia de comprobar sus efectos.

Quizá por eso me resulta tan sugerente lo que ocurre en nuestras parcelas. Los conejos, que no han leído un solo artículo de toxicología vegetal, parecen haber llegado a una conclusión práctica que nosotros hemos tardado bastante más en investigar. No sabemos todavía si reconocen el sabor de los alcaloides, si desconfían de los pelos que recubren las hojas o si alguna experiencia desagradable les ha enseñado a mantenerse alejados. Lo que sí sabemos es que el heliotropo dispone de una maquinaria química considerable y que, durante cinco años, nuestros visitantes han preferido dedicar sus esfuerzos gastronómicos a otras especies.

Tal vez la mejor manera de contemplar esta planta sea imaginar que, en medio de una pradera frecuentada por conejos, existe un pequeño restaurante que nadie visita. No tiene espinas en la puerta, carteles de advertencia ni un vigilante que impida la entrada. Su propietario se limita a ofrecer un menú que, por razones todavía pendientes de esclarecer, los clientes habituales parecen haber decidido no probar.

Y mientras los conejos devoran el jardín, el heliotropo continúa floreciendo.

martes, 22 de septiembre de 2026

UNA PLANTA, UNA CUCARACHA Y UN CANGREJO: UNOS EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE VIAJE

 

Si alguien se propusiera diseñar una planta tratando de incumplir todas las normas elementales de la botánica, probablemente acabaría inventando una Balanophora. Después de todo, las plantas son verdes, tienen hojas, hacen la fotosíntesis y procuran mantener cierta apariencia vegetal. Balanophora fungosa ha decidido prescindir de casi todo eso. No es verde, carece de hojas dignas de tal nombre, no hace la fotosíntesis y, para completar el desconcierto, tiene un aspecto que invita a confundirla con un hongo. Solo le falta negar que sea una planta.

Pero lo es. Pertenece a Balanophoraceae, una pequeña familia pantropical formada por unas cincuenta especies de plantas no fotosintéticas, aproximadamente veinte de ellas pertenecientes al género Balanophora. Viven en regiones tropicales de Asia, África y Australia y han resuelto el problema fundamental de todo vegetal —conseguir carbono y nutrientes— de una manera bastante expeditiva: se los quitan a otros. Son holoparásitas de las raíces. En lugar de desplegar hojas al sol y dedicarse honradamente a fabricar azúcares con dióxido de carbono y agua, se conectan a las raíces de otras plantas y viven a su costa.

Su rareza no termina ahí. B. fungosa produce unas infrutescencias carnosas cubiertas por una multitud de frutos minúsculos. Cada fruto mide alrededor de tres décimas de milímetro, contiene una sola semilla y aparece acompañado por una pequeña estructura carnosa en forma de maza. Una infrutescencia puede albergar hasta un millón de esos frutos. Si la estrategia reproductora de un roble consiste en fabricar unas cuantas bellotas respetables, Balanophora ha elegido algo parecido a fabricar confeti.

Naturalmente, fabricar un millón de semillas sirve de poco si todas terminan cayendo a los pies de mamá. Durante mucho tiempo se supuso que las semillas diminutas de muchas plantas heterótrofas estaban destinadas a viajar con el viento. Es una explicación razonable hasta que uno recuerda que muchas de estas plantas viven en el suelo de bosques húmedos y sombríos, donde el viento no destaca precisamente por su eficacia como empresa de mensajería. Poco a poco se ha descubierto que algunas Balanophora disponen de sistemas de transporte bastante más imaginativos.

En B. tobiracola, por ejemplo, intervienen cucarachas y grillos camello. Sus frutos permanecen firmemente sujetos a la infrutescencia y hacen falta mandíbulas suficientemente potentes para arrancarlos. B. subcupularis presenta otro sistema: su capa externa de frutos se desprende fácilmente y hormigas y grillos camello pueden encargarse del transporte. La arquitectura del fruto parece determinar, al menos en parte, quién consigue llevárselo.

Cuando el botánico japonés Kenji Suetsugu decidió averiguar qué ocurría con B. fungosa en la isla de Ishigaki, al sur de Japón, tenía una sospecha perfectamente sensata. Sus frutos se desprenden con facilidad, de manera que las hormigas parecían candidatas ideales. Hasta entonces se había propuesto que la gravedad era el principal mecanismo de dispersión. Suetsugu pensó que quizá las hormigas estaban haciendo discretamente algo más interesante.

Balanophora fungosa y sus consumidores de frutos. (A) Infrutescencias de B. fungosa, con algunos frutos y cuerpos claviformes parcialmente desprendidos de la infrutescencia y sobresaliendo de su superficie. (B) Infrutescencia madura con un individuo del cangrejo ermitaño terrestre Coenobita brevimanus consumiendo frutos y cuerpos claviformes. (C) Múltiples individuos de C. brevimanus agregándose y alimentándose de frutos y cuerpos claviformes. (D) Primer plano de un individuo de C. brevimanus consumiendo frutos y cuerpos claviformes. (E) Un individuo de C. brevimanus y múltiples individuos de Periplaneta australasiae reunidos y alimentándose de frutos y cuerpos claviformes. (F) Múltiples individuos de P. australasiae reunidos para alimentarse de frutos y cuerpos claviformes. (G) Primer plano de un adulto de P. australasiae consumiendo frutos y cuerpos claviformes. (H) Primer plano de una ninfa de P. australasiae consumiendo frutos y cuerpos claviformes. Escalas gráficas: 3 cm (A–D), 2 cm (E, F) y 1 cm (G, H). Créditos fotográficos: Kenji Suetsugu.

Y las hormigas acudieron. Concretamente apareció Anoplolepis gracilipes, una especie introducida. Visitaba las infrutescencias maduras y se alimentaba del néctar extrafloral. El problema era que no transportaba los frutos. Suetsugu realizó experimentos en los que permitía acceder únicamente a las hormigas y otros en los que dejaba las plantas abiertas a cualquier visitante. Cuando solo podían entrar las hormigas, prácticamente no desaparecían frutos. Cuando el restaurante quedaba abierto al público general, desaparecía una buena parte de ellos. Las hormigas estaban allí, pero el ladrón era otro.

Las fotografías tomadas a intervalos resolvieron el misterio. Por las noches llegaban cucarachas australianas, Periplaneta australasiae, y, mucho más sorprendentemente, cangrejos ermitaños terrestres, Coenobita brevimanus. En las fotografías del artículo publicado por Suetsugu se los ve congregados alrededor de las infrutescencias como clientes alrededor de una bandeja de canapés. Las cucarachas acudían con mayor frecuencia, pero los cangrejos eran comensales mucho más serios: utilizaban las pinzas para arrancar los frutos y podían dejar prácticamente pelada una infrutescencia durante una sola noche.

Que un cangrejo ermitaño coma fruta tampoco debería escandalizarnos demasiado. Los Coenobita son omnívoros con una concepción muy amplia de lo que constituye una comida. Consumen frutos y semillas, pero también plántulas, heces, carroña y animales varados. El descubrimiento verdaderamente interesante fue comprobar qué ocurría después de cenar.

Los cangrejos salían del banquete llevando frutos pegados al cuerpo y a las pinzas. Los cinco ejemplares examinados mientras comían transportaban una media de 86 frutos cada uno. Uno fue localizado con frutos adheridos a más de cinco metros de la Balanophora más próxima. Para una semilla microscópica que vive en el suelo de un bosque, cinco metros pueden equivaler a cruzar un continente.

Pero el servicio de transporte ofrecía además una segunda modalidad. Los investigadores examinaron las heces de los cangrejos y encontraron semillas que habían atravesado intactas el aparato digestivo. Los animales capturados en el campo expulsaron una media de 139 semillas intactas; los alimentados experimentalmente, unas 184. Las cucarachas también evacuaban semillas supervivientes, aunque en cantidades menores. Dicho de otro modo, Balanophora fungosa puede viajar en cangrejo tanto en clase exterior, adherida al animal —epizoocoria—, como en clase interior, atravesando su intestino —endozoocoria—.

Naturalmente, viajar por el aparato digestivo de un cangrejo tiene inconvenientes. Aproximadamente el 45,5% de las semillas tomadas directamente de las plantas resultaron viables. Entre las transportadas externamente por los cangrejos la cifra fue estadísticamente similar, alrededor del 40%. Después del tránsito intestinal, en cambio, la viabilidad descendió al 21% en los cangrejos y al 23,5% en las cucarachas. No es precisamente primera clase, pero aproximadamente una semilla de cada cinco llega viva al destino.

Quedaba otra pregunta: ¿cómo saben una cucaracha y un cangrejo que en medio del bosque ha aparecido un restaurante? Probablemente por el olor.

Las infrutescencias maduras de B. fungosa desprenden un perceptible aroma a fermentación. Tanto las cucarachas como los cangrejos terrestres dependen mucho del olfato para localizar alimento y ambos visitaban preferentemente las infrutescencias maduras. Suetsugu propone, por tanto, que algún compuesto volátil podría actuar como reclamo químico. Todavía no sabemos cuál. Será necesario analizar el perfume de Balanophora y comprobar experimentalmente qué moléculas atraen a sus particulares socios.

Hay además una ironía especialmente bonita. Periplaneta australasiae ya había sido identificada como polinizadora de esta misma planta. Ahora sabemos que también puede dispersar sus semillas. La cucaracha interviene, por tanto, en dos momentos esenciales de la reproducción de una planta que ni siquiera parece una planta.

Y el cangrejo aporta una novedad aún mayor. Según Suetsugu, esta es la primera demostración empírica de que un cangrejo ermitaño terrestre puede dispersar semillas tanto externa como internamente. No sabemos todavía si ocurre con otras poblaciones de Balanophora fungosa ni si otras especies del género utilizan el mismo servicio de transporte. Pero los cangrejos terrestres son abundantes en muchos bosques costeros tropicales y comen casi cualquier cosa que encuentren, de modo que quizá el fenómeno resulte menos excepcional de lo que ahora parece.

La historia resulta particularmente instructiva porque comenzó con una hipótesis equivocada. Suetsugu fue a buscar hormigas y encontró cangrejos y cucarachas. Es una de las virtudes de observar la naturaleza en lugar de limitarse a imaginar cómo debería funcionar.

Nos gustan las historias naturales bien ordenadas: flores vistosas para las mariposas, frutos carnosos para las aves, bellotas para las ardillas. Después aparece en el suelo de un bosque japonés una cosa marrón que parece un hongo, pero es una planta, que vive robando alimento a las raíces ajenas, produce un millón de frutos microscópicos, huele a fermentación y contrata como servicio de mensajería a una cucaracha y a un cangrejo ermitaño.

La naturaleza tiene cierta tendencia a estropear los libros de texto justo cuando empezábamos a entenderlos.

EL HONGO QUE HACE NEGOCIOS CON LOS EUCALIPTOS

 

Hay hongos que nacen con sombrero, pie y cierta voluntad de parecerse al dibujo infantil de una seta. Y hay otros, como Pisolithus arhizus, que parecen una patata olvidada, un terrón de tierra con vocación mineral o, en su vejez, algo que uno apartaría prudentemente con la punta del zapato. No tiene láminas ni poros, ni la menor intención de resultar elegante. Aun así, bajo las hojas de Eucalyptus globulus de la fotografía se esconde una de las asociaciones más eficaces y antiguas de la naturaleza: un acuerdo comercial entre un árbol y un hongo.

El nombre ya anuncia rareza. Pisolithus procede del griego pison, guisante, y lithos, piedra: «piedras de guisante». Si se corta joven, su interior no ofrece una carne uniforme, sino multitud de pequeñas cápsulas redondeadas —los peridíolos—, donde se forman las esporas. Los peridíolos son pequeñas cápsulas internas donde se producen y agrupan las esporas. Los peridíolos dan al corte un aspecto de muchos guisantes diminutos compactados. Al madurar el hongo, esas cápsulas se rompen, se deshacen y liberan las esporas como polvo pardo. No son semillas ni huevos, sino pequeños compartimentos reproductores del hongo. En la lámina que encabeza este artículo los representé algo grandes y redondos para hacer visible la idea; en la realidad son más pequeños, irregulares y menos «perfectos».

Arhizus significa «sin raíces». Es una descripción apropiada para un organismo que parece emerger directamente del suelo, aunque en realidad está conectado con una trama subterránea de hifas mucho más extensa que su parte visible.

Durante mucho tiempo se llamó Pisolithus tinctorius, y ese nombre sigue apareciendo en muchas guías y viveros. La genética ha puesto orden —o, más exactamente, ha introducido una clase nueva de desorden— en el género: bajo aquel nombre amplio se escondían varias especies o linajes muy parecidos externamente. Para los ejemplares mediterráneos europeos, el nombre más empleado hoy es Pisolithus arhizus. A simple vista, y sin examen microscópico o análisis molecular, lo prudente es hablar de Pisolithus arhizus o, si se quiere dejar una pequeña puerta científica entreabierta, de «Pisolithus del complejo arhizus».

Los ejemplares jóvenes son globosos y de piel amarillenta u ocre, a menudo marcada por placas oscuras y grietas. Crecen lentamente hasta formar masas de varios centímetros, a veces con aspecto de bulbo y otras de maza corta. Al madurar se convierten en algo parecido a una ruina: la superficie se abre, los pequeños compartimentos interiores se deshacen y queda una masa parda, seca y pulverulenta. Cada una de aquellas diminutas «piedras de guisante» había guardado esporas; el viento, la lluvia y los animales se encargarán de liberarlas.

No es, pese a su parecido lejano, un pedo de lobo corriente. Los verdaderos pedos de lobo (Lycoperdon) suelen tener una gleba blanca y homogénea cuando son jóvenes. Pisolithus, en cambio, ya lleva dentro esa arquitectura de cápsulas. Tampoco es un hongo para la sartén: se considera incomestible, por su consistencia coriácea y su sabor poco amable, y conviene dejarlo donde está.

Su aspecto exterior importa poco al árbol. Lo que de verdad cuenta está enterrado. Las hifas de Pisolithus encuentran las raicillas más finas del eucalipto y las envuelven como un guante microscópico. No perforan las células vegetales: se introducen entre ellas formando una red de intercambio, la red de Hartig. El árbol paga el servicio con azúcares fabricados en las hojas gracias a la fotosíntesis. El hongo pone a disposición de las raíces una inmensa prolongación absorbente que explora grietas y partículas de suelo inaccesibles para la planta.

La ventaja es considerable. Con esa red fúngica, el eucalipto accede mejor al agua, al fósforo, al nitrógeno y a ciertos micronutrientes. A cambio, el hongo recibe una fuente estable de carbono. No es caridad vegetal ni protección paternal: es una sociedad mercantil muy bien asentada. Cada parte hace aquello para lo que está mejor dotada. El árbol levanta una fábrica solar de decenas de metros; el hongo se infiltra con filamentos de unas pocas micras en los recovecos del suelo.

Pisolithus es especialmente bueno en lugares difíciles. Tolera suelos ácidos, secos, pobres o alterados, donde otros hongos micorrícicos son más quisquillosos. Por ello se ha empleado como inoculante en viveros forestales y en proyectos de restauración de terrenos degradados. Un plantón que sale del vivero con sus raíces ya colonizadas por un buen hongo dispone, al ser plantado, de una pequeña red de abastecimiento instalada.

Los eucaliptos son compañeros habituales. En su Australia natal, muchas especies de Eucalyptus viven asociadas a una vasta diversidad de hongos ectomicorrícicos; cuando fueron llevados a Europa, América o África, algunos viajaron con sus simbiontes y otros formaron nuevos acuerdos con hongos locales. Pisolithus resulta particularmente flexible y aparece bajo eucaliptos, pinos, encinas, jaras y otras plantas capaces de establecer ectomicorrizas. Las hojas de Eucalyptus globulus de la fotografía no alimentan directamente al hongo como lo haría un descomponedor; son, más bien, la señal visible de que bajo aquel suelo probablemente hay raíces con las que puede comerciar.

Hay una paradoja hermosa en ello. Los eucaliptos tienen fama de árboles independientes y algo imperialistas: crecen deprisa, dan mucha sombra, dejan una hojarasca aromática y alteran profundamente el ambiente. Pero bajo el suelo dependen de socios invisibles. Un árbol no es solo tronco, copa y raíces; es también la comunidad de bacterias, hongos y pequeños animales que vive asociada a él. La imagen de dos bolas pardas entre hojas secas no es, por tanto, una anécdota del bosque: es la parte visible de un sistema de cooperación subterráneo.

El nombre antiguo, tinctorius, recuerda otro uso curioso. La gleba joven y oscura de este hongo se utilizó para teñir fibras y lana en gamas que van de los amarillos apagados a los ocres, pardos, violáceos y negros. El color depende de la madurez del hongo, del mordiente empleado y de la fibra. Es una vocación modesta pero apropiada: incluso al morir, cuando se abre y libera sus esporas, Pisolithus convierte el suelo en una pequeña paleta de pigmentos.

No hace falta, pues, admirarlo por guapo. Basta con admirarlo por competente. Bajo las hojas de un eucalipto, este hongo de apariencia terrosa no está improvisando una seta: está revelando, por unas semanas, la existencia de una gigantesca red de trueque que sostiene al árbol desde abajo.

lunes, 21 de septiembre de 2026

ALGAS, BOLAS AMARILLAS Y UNA PEQUEÑA INVESTIGACIÓN DETECTIVESCA

 

Hace unos días recibí un mensaje de mi amiga Constanza R., fotógrafa aficionada y buena observadora de cuanto encuentra en sus paseos. Me enviaba unas fotografías tomadas en una playa del Cantábrico. Sobre la arena había aparecido una gran alga parda arrancada por el mar. Hasta ahí, nada especialmente misterioso. Pero junto a su base había tres extrañas masas amarillentas, aproximadamente esféricas y cubiertas por centenares de pequeñas protuberancias. Parecían moras gigantes, mazorcas extraterrestres o esas pelotas de goma con pinchos que se venden para que los perros las destrocen.

La consulta era sencilla: «¿Qué es esto?». La respuesta resultó no serlo en absoluto.

Las dos fotos de Constanza R.

El primer sospechoso era el alga. Por su gran lámina coriácea, dividida en largas cintas, y sobre todo por el estipe —el equivalente funcional del tallo, aunque las algas no tienen verdaderos tallos—, liso y de color pardo amarillento, todo apuntaba hacia Laminaria ochroleuca, la laminaria amarilla. Es una de las grandes algas pardas que forman auténticos bosques submarinos en las costas atlánticas del suroeste europeo. Está bien representada en el Cantábrico, donde puede dominar fondos rocosos infralitorales.

Había que distinguirla de otra gran laminaria cantábrica, Laminaria hyperborea. Esta última suele presentar un estipe áspero, rígido y profusamente colonizado por otras algas y animales. El de L. ochroleuca es mucho más limpio y liso. La fotografía de Constanza mostraba precisamente ese aspecto. La identificación de la laminaria parecía razonablemente encarrilada. Pero la laminaria era solo el cadáver sobre el que había aparecido el verdadero enigma.

Las tres bolas amarillas parecían estar relacionadas con su zona basal. En las laminarias, la fijación al sustrato no corre a cargo de raíces. El alga se aferra a las rocas mediante un disco de fijación formado por hapterios, unas robustas ramificaciones que abrazan irregularidades de la roca. No absorben agua ni nutrientes como las raíces de una planta terrestre: son fundamentalmente un sistema de anclaje. Y ese entramado crea grietas, cámaras y escondrijos que convierten la base de una gran laminaria en una pequeña urbanización submarina.

De hecho, los discos de fijación de las laminarias albergan comunidades sorprendentemente diversas de crustáceos, moluscos, gusanos, briozoos, esponjas y tunicados. Lo que para nosotros es simplemente «la base del alga» constituye para muchos animales un hábitat tridimensional. En L. ochroleuca se han estudiado específicamente esas comunidades asociadas. Por tanto, las misteriosas bolas podían perfectamente no pertenecer al alga.

La primera hipótesis fue una esponja. No era descabellada: las hay amarillas, globosas y cubiertas de protuberancias. Pero al ampliar la fotografía apareció un detalle sospechoso. Las protuberancias eran demasiado regulares y muchas parecían presentar una pequeña depresión u orificio en el centro.

Siguiente sospechoso: un briozoo. Tampoco duró mucho. Los briozoos colonizadores de laminarias suelen formar costras, encajes o superficies tapizadas por diminutos zooides; aquello parecía demasiado carnoso y tridimensional.

Entonces apareció una posibilidad mucho más atractiva: una puesta de huevos. Las masas amarillas parecían racimos de cápsulas ovígeras. El mar está lleno de moluscos capaces de producir puestas que desafían cualquier imaginación: cintas, espirales, cordones, masas gelatinosas y cápsulas agrupadas de todas las formas posibles. Durante un rato, los huevos parecieron un buen culpable.

Hasta que Constanza envió una segunda fotografía. La nueva imagen permitía ver las bolas desde más cerca. Y aquello no parecía una colección de huevos contenidos en gelatina. Las protuberancias constituían la propia superficie del organismo y muchas mostraban pequeñas aberturas. Había que cambiar de reino detectivesco. No estábamos viendo embriones, sino probablemente animales adultos diminutos viviendo juntos.

La investigación condujo a las ascidias coloniales. Aquí la historia se vuelve mucho más interesante. Las ascidias son tunicados y los tunicados pertenecen a los cordados, el mismo gran grupo zoológico al que pertenecemos nosotros. Un adulto adherido a una roca puede parecer una bolsa gelatinosa con dos agujeros y tener menos aspecto de pariente nuestro que un calabacín. Pero su larva revela el secreto familiar: posee una notocorda, un cordón nervioso dorsal y una cola. Después encuentra un lugar donde fijarse, sufre una metamorfosis y adopta esa existencia sedentaria que tan poco favorece el parecido de familia.

Algunas ascidias viven solas. Otras forman colonias en las que numerosos individuos diminutos, llamados zooides, quedan incluidos en una sustancia común denominada túnica. Cada zooide conserva buena parte de su maquinaria vital, pero la colonia comparte determinadas estructuras. El agua entra por las pequeñas aberturas bucales, atraviesa la cesta branquial —que además de respirar filtra las partículas alimenticias— y termina saliendo hacia cavidades cloacales comunes. En muchas ascidias los zooides se organizan precisamente alrededor de esas cloacas compartidas. De repente, las pequeñas depresiones de las fotografías empezaban a tener sentido.

Había que poner apellido al sospechoso. La búsqueda por la fauna atlántica y cantábrica llevó a la familia Polyclinidae, un grupo de ascidias coloniales en el que los zooides quedan completamente embebidos en una túnica común y pueden organizarse formando sistemas alrededor de aberturas cloacales. Las claves taxonómicas describen colonias almohadilladas, redondeadas o lobuladas y dejan además una advertencia importante: para llegar con seguridad a género y especie suelen ser necesarios caracteres anatómicos internos. Entre los candidatos apareció uno particularmente convincente: Polyclinum aurantium.

La coincidencia externa es notable. Polyclinum forma colonias carnosas redondeadas o almohadilladas. Sus zooides se agrupan en sistemas y la superficie puede adquirir un aspecto abultado que recuerda bastante las masas fotografiadas. Pero aquí conviene detener al detective antes de que, entusiasmado por haber encontrado un sospechoso que se parece al retrato robot, lo mande directamente a prisión.

La taxonomía de las ascidias coloniales no se resuelve de forma fiable contemplando una fotografía de un ejemplar que además ha sido arrancado del fondo, arrojado a una playa y parcialmente deshidratado. Para identificar un Polyclinum con seguridad hay que examinar caracteres como el aparato branquial, el estómago, el abdomen y el postabdomen de los zooides.

Por eso la etiqueta prudente sería: Ascidiacea, probablemente Polyclinidae, compatible con Polyclinum aurantium. Y eso, lejos de estropear la historia, me parece que la mejora. La naturaleza no lleva etiquetas y una fotografía no siempre permite llegar limpiamente hasta la especie. Identificar organismos consiste precisamente en formular hipótesis, comparar caracteres, descartar alternativas y reconocer hasta dónde llegan las pruebas.

Queda además una última ironía. Constanza fotografió una laminaria porque aquella gran alga varada llamaba la atención. Pero lo verdaderamente extraordinario estaba escondido en sus bajos. Una Laminaria ochroleuca no es solamente un organismo: mientras permanece anclada al fondo es también arquitectura. Su disco de fijación proporciona refugio; su estipe ofrece superficie para instalarse; su enorme lámina modifica la luz y el movimiento del agua. Alrededor de ella se organiza una comunidad.

Y entre los pasajeros de aquella laminaria había, con toda probabilidad, una colonia formada por centenares de pequeños animales filtradores. Animales que, pese a su apariencia de mora amarilla, pertenecen a nuestra propia rama del árbol evolutivo.

Constanza había enviado una fotografía preguntándose qué eran unas bolas. Resultaron ser unos parientes, lejanos, pero parientes.