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miércoles, 22 de julio de 2026

CUANDO LAS PALMERAS CRECÍAN JUNTO AL CÍRCULO POLAR ÁRTICO

 

Si alguien afirmara que hace millones de años crecían palmeras a pocos kilómetros del Círculo Polar Ártico canadiense, probablemente pensaríamos que se trata de una exageración. Cuando pensamos en el norte de Canadá vienen a la cabeza tundras interminables, lagos helados, bosques de coníferas, osos polares y muchos meses de nieve. Lo último que esperaríamos encontrar sería una playa bordeada de palmeras.

Sin embargo, la realidad resulta todavía más sorprendente que la imaginación. Hace unos 48 millones de años, durante el Eoceno, una parte del actual Ártico canadiense disfrutaba de un clima tan benigno que permitía prosperar a plantas propias de las regiones tropicales y subtropicales. Lo extraordinario es que los científicos no han llegado a esta conclusión gracias al hallazgo de hojas fosilizadas o troncos petrificados, sino siguiendo el rastro de unas diminutas partículas de sílice llamadas fitolitos.

El estudio, publicado en Annals of Botany, demuestra hasta qué punto la ciencia es capaz de reconstruir mundos desaparecidos a partir de indicios casi invisibles.

Antes de hablar de esas microscópicas "piedras vegetales" conviene detenerse un momento en las protagonistas de la historia: las palmeras. Con más de 2.500 especies, las Arecaceae constituyen uno de los grupos vegetales más representativos de las regiones cálidas del planeta. Europa apenas conserva dos especies autóctonas: el palmito (Chamaerops humilis) y la rarísima palmera cretense (Phoenix theophrasti). Más al norte ya no aparecen de forma natural.

La razón es sencilla. Las palmeras permanecen fisiológicamente activas durante todo el año y sus tejidos contienen abundante agua. No desarrollan una verdadera dormancia invernal y soportan muy mal las heladas prolongadas. Algunas especies toleran descensos ocasionales por debajo de cero grados, pero ninguna puede sobrevivir allí donde el suelo permanece congelado durante meses. Precisamente por ello constituyen uno de los mejores indicadores climáticos del registro fósil: si aparecen palmeras, los inviernos tuvieron que ser mucho más suaves que los actuales.

La prueba de su presencia no fueron hojas ni troncos, sino fitolitos. Muchas plantas absorben sílice disuelta del suelo y la depositan en determinadas células, formando diminutas estructuras minerales que conservan la forma del tejido vegetal. Cuando la planta muere, toda la materia orgánica desaparece, pero esos pequeños moldes de sílice permanecen prácticamente inalterables durante millones de años.

A, micrografía electrónica de barrido de un fitolito de palma datado en 48 millones de años durante el Eoceno. B, Fitolito moderno extraído del follaje de la palmera actual Trachycarpus fortunei. Las barras de escala representan 3 micras para A y 2 para B. Adaptado de Siver et al. 2026 Figura 3 (CC BY).

Cada grupo vegetal fabrica fitolitos con formas diferentes y las palmeras producen algunos de los más característicos. En sus hojas aparecen organizados en hileras llamadas estegmas, cuya disposición resulta tan característica que funciona como una auténtica huella dactilar. Gracias a esa resistencia extraordinaria, un bosque entero puede desaparecer sin dejar un solo tronco fósil y, sin embargo, conservar millones de fitolitos enterrados en los sedimentos. Eso fue precisamente lo que ocurrió en el norte de Canadá.

Los investigadores perforaron el relleno sedimentario de un antiguo gran cráter formado hace millones de años por una violenta explosión volcánica cuando un magma ascendente encontró aguas subterráneas. Tras la erupción, el cráter fue ocupado por un lago que, durante cientos de miles de años, acumuló limos, arcillas y restos orgánicos capa tras capa, conservando un extraordinario archivo del pasado.

Perforando el antiguo lago extrajeron un testigo continuo de 163 metros de longitud. Las dataciones radiométricas demostraron que parte de aquellos sedimentos se habían depositado hace unos 48 millones de años. Tras eliminar químicamente la materia orgánica y los minerales que no interesaban, los investigadores examinaron los microfósiles mediante microscopía óptica y electrónica.

(A) Resumen del registro estratigráfico del testigo de 163 metros de profundidad obtenido mediante la perforación. (B) Distribución de fitolitos de palma, Mallomonas bangladeshica, especies de Actinella y esponjas potamolépidas (identificadas como 'espículas de esponja P.') a lo largo de la fase lacustre del testigo extraído. Cada símbolo representa la presencia de restos fósiles a una profundidad específica en el testigo, verificada mediante microscopía electrónica de barrido. Se indica tanto la profundidad a lo largo del testigo (eje izquierdo) como la profundidad VE (eje derecho) con respecto a la superficie. Adaptado de Siver et al. 2026 Figura 3 (CC BY).

La recompensa llegó pronto. Entre miles de partículas minerales aparecieron abundantes fitolitos con la morfología característica de las palmeras. Más espectacular aún fue encontrar hileras completas de estegmas que habían permanecido unidas desde que las hojas comenzaron a descomponerse en la orilla del lago hacía cuarenta y ocho millones de años. Era una prueba prácticamente irrefutable: allí habían crecido palmeras.

Pero la investigación no terminó ahí. Los científicos analizaron también el resto de los microfósiles presentes en las mismas capas sedimentarias y el antiguo paisaje comenzó a reconstruirse con una precisión extraordinaria.

Junto a los fitolitos aparecieron restos de una esponja de agua dulce cuyos parientes actuales viven exclusivamente en regiones tropicales y subtropicales, varias especies de algas propias de aguas cálidas y cinco especies de diatomeas del género Actinella, hoy prácticamente restringidas a ambientes tropicales. Ninguno de estos organismos demostraba por sí solo la existencia de un clima cálido. Todos juntos, sin embargo, contaban exactamente la misma historia.

No se trataba de unas pocas palmeras sobreviviendo en un rincón especialmente favorable. Todo el ecosistema era subtropical. Los inviernos debían mantenerse por encima del punto de congelación y el lago estaba rodeado por una vegetación exuberante, aunque durante varios meses al año el Sol desapareciera igualmente bajo el horizonte, como sigue ocurriendo hoy.

Lo más fascinante es que toda esta reconstrucción no se ha basado en grandes troncos petrificados ni en espectaculares esqueletos fósiles, sino en miles de microscópicas partículas de sílice invisibles a simple vista. La paleontología moderna ya no consiste únicamente en desenterrar dinosaurios. A veces una mota de polvo observada al microscopio basta para devolver a la vida un mundo entero.

La próxima vez que vea un documental sobre el Ártico canadiense, con sus osos polares caminando sobre el hielo y sus interminables paisajes de tundra, recuerde que ese mismo territorio fue un día un lugar donde crecían palmeras, prosperaban algas tropicales y los lagos albergaban organismos propios de climas mucho más cálidos.

No, probablemente todavía no sea el mejor destino para reservar unas vacaciones de playa. Pero resulta fascinante pensar que, bajo el permafrost canadiense, sigue enterrado el recuerdo mineral de un antiguo paraíso subtropical. A veces basta un puñado de microscópicas piedras vegetales para demostrar que el mundo fue, literalmente, otro.

martes, 21 de julio de 2026

POR QUÉ EL MIEDO PESA MÁS QUE EL AGUA

 

Comenzó el verano y, con él, la noticia que nadie querría volver a leer. La Real Federación Española de Salvamento y Socorrismo, a través de su Informe Nacional de Ahogamientos, registró 92 fallecimientos por ahogamiento no intencional durante el mes de junio de 2026. Es el peor mes de junio desde que comenzó la serie histórica en 2015 y supera con claridad el anterior máximo, los 73 fallecidos registrados en junio de 2025. El acumulado del año ascendía ya a 217 víctimas.

Cada una de esas cifras representa una tragedia familiar, pero también nos recuerda una realidad inquietante: el agua es un medio para el que los seres humanos no fuimos diseñados. Y, sin embargo, existe una aparente paradoja. Dos personas pueden caer al agua al mismo tiempo. Una permanece en la superficie durante minutos e incluso horas. La otra desaparece bajo el agua en cuestión de segundos. ¿Qué diferencia realmente a una de otra? ¿Por qué quien sabe nadar parece no hundirse mientras quien no sabe hacerlo se va al fondo?

La respuesta, sorprendentemente, tiene menos que ver con los músculos que con la física... y con la psicología.

Desde pequeños imaginamos que mantenerse a flote consiste en mover brazos y piernas sin descanso. Es una imagen que el cine ha repetido hasta la saciedad: el náufrago braceando frenéticamente mientras lucha contra el agua. En realidad, ocurre exactamente lo contrario. Cuanto más desesperadamente intenta una persona "pelearse" con el agua, más probabilidades tiene de agotarse.

El verdadero protagonista de esta historia es un viejo conocido de cualquier estudiante de ciencias: Arquímedes. Hace más de dos mil años, el sabio griego comprendió que un cuerpo sumergido recibe un empuje hacia arriba igual al peso del líquido que desplaza. Ese principio explica por qué un inmenso portaaviones de cien mil toneladas puede mantenerse a flote mientras una pequeña piedra se hunde sin remedio. No importa el peso absoluto, sino la relación entre peso y volumen, es decir, la densidad.

Y aquí aparece una agradable sorpresa. El cuerpo humano tiene una densidad extraordinariamente próxima a la del agua. No somos corchos, pero tampoco piedras. Dependiendo de nuestra constitución física y de la cantidad de aire que alberguen los pulmones, nuestra densidad puede situarse ligeramente por encima o ligeramente por debajo de la del agua dulce. En agua de mar, que es más densa debido a las sales disueltas, la flotación resulta todavía más fácil. Por eso casi cualquiera descubre durante sus vacaciones que mantenerse boca arriba en el Mediterráneo exige mucho menos esfuerzo que hacerlo en una piscina.

Los pulmones desempeñan un papel decisivo en este pequeño milagro cotidiano. Son, en cierto modo, dos flotadores biológicos. Cuando están bien llenos de aire aumentan el volumen corporal sin incrementar apenas el peso, reduciendo así la densidad media del organismo. Basta inspirar profundamente para notar que el cuerpo asciende unos centímetros. Al espirar por completo ocurre justo lo contrario: descendemos.

No es casualidad que los instructores de salvamento insistan tanto en controlar la respiración. Respirar despacio y profundamente no solo mejora el aporte de oxígeno. También incrementa la flotabilidad. Pero entonces surge otra pregunta. Si nuestro cuerpo posee esa capacidad natural para flotar, ¿por qué tantas personas se hunden?

Porque el principal enemigo rara vez es el agua. Es el pánico. Cuando alguien cae inesperadamente al agua, el organismo activa el llamado sistema de lucha o huida. El corazón se acelera, aumenta la liberación de adrenalina y la respiración se vuelve rápida, superficial y desordenada. Esa reacción resulta extraordinariamente útil cuando debemos escapar de un incendio o de un animal peligroso. En el agua, sin embargo, puede convertirse en una trampa mortal.

La persona asustada intenta sacar desesperadamente la cabeza, adopta una posición casi vertical y comienza a mover brazos y piernas con una intensidad enorme. Consume energía a gran velocidad, pierde coordinación y acaba agotándose. Paradójicamente, cuanto más lucha contra el agua, menos ayuda recibe de la propia agua.

Los socorristas conocen muy bien este fenómeno. Muchas víctimas no gritan ni piden ayuda. Están demasiado ocupadas intentando mantener la boca fuera del agua durante unos pocos segundos más. Desde la orilla pueden parecer tranquilas, cuando en realidad se encuentran en la fase crítica del ahogamiento.

Quien sabe nadar no posee ningún superpoder. Simplemente ha aprendido una habilidad fundamental: confiar en que el agua sostiene gran parte de su peso. Por eso una de las primeras técnicas que enseñan los monitores no consiste en recorrer largos de piscina, sino en flotar. Tumbarse boca arriba, abrir ligeramente brazos y piernas, dejar caer la cabeza hacia atrás, arquear un poco la espalda y respirar con calma. A muchos principiantes les sorprende descubrir que el agua hace casi todo el trabajo.

Naturalmente, no todas las personas flotan con la misma facilidad. La composición corporal influye mucho más de lo que solemos imaginar. La grasa tiene una densidad inferior a la del agua y favorece la flotación. El músculo, en cambio, es más denso. De ahí que una persona muy musculosa pueda necesitar una técnica más depurada para mantenerse inmóvil en la superficie que otra con un mayor porcentaje de tejido adiposo. No significa que unos naden mejor que otros, sino simplemente que el punto de equilibrio cambia ligeramente de una persona a otra.

También importa la distribución del peso. Nuestra cabeza contiene huesos relativamente pesados, mientras que el tórax alberga los pulmones llenos de aire. Encontrar el equilibrio consiste, precisamente, en aprovechar ese reparto natural. Quien intenta mantenerse completamente erguido obliga a sus piernas a soportar casi todo el peso del cuerpo. Quien adopta una posición horizontal distribuye mucho mejor las fuerzas y necesita realizar un esfuerzo mínimo.

Curiosamente, muchas personas creen que flotar es una habilidad innata. En realidad, es una destreza que se aprende. Igual que aprendemos a montar en bicicleta, el cerebro acaba interiorizando una serie de pequeños ajustes de postura y respiración que dejan de requerir atención consciente. A partir de ese momento parece que el cuerpo flota "solo". Pero detrás de esa aparente naturalidad hay muchas horas de práctica.

Todo ello explica otra paradoja. Saber nadar reduce enormemente el riesgo de ahogamiento, pero no lo elimina. Cada año fallecen también buenos nadadores. El cansancio extremo, las corrientes, el agua fría, un golpe contra una roca, un problema cardiaco o una imprudencia pueden superar incluso a una persona experimentada. Por eso las campañas de prevención insisten tanto en evitar bañarse en solitario, respetar las banderas de las playas y desconfiar del exceso de confianza.

Quizá la enseñanza más interesante sea también la más sencilla. Nuestro instinto nos dice que, si caemos al agua, debemos luchar desesperadamente contra ella. La física nos dice exactamente lo contrario. El agua ya está intentando sostenernos. Lo inteligente no es combatirla, sino colaborar con ella.

Arquímedes lo habría entendido al instante. El verdadero secreto para mantenerse a flote no consiste en vencer al agua, sino en dejar que el principio que descubrió hace veintidós siglos haga tranquilamente su trabajo. La próxima vez que contemples un lago, una piscina o el mar, recuerda que bajo esa superficie aparentemente tranquila actúan las mismas leyes físicas que mantienen a flote un trasatlántico. Tu cuerpo ya posee buena parte de las condiciones necesarias para aprovecharlas.

Lo que marca la diferencia entre el principiante y el nadador no es una fuerza extraordinaria, sino la serenidad suficiente para permitir que la física haga su trabajo antes de que el miedo tome el control.

EL LOTO QUE DESAFÍA AL TIEMPO

Loto sagrado, Nelumbo nuccifera. Foto de Mercedes Vadillo

Hay plantas que parecen empeñadas en recordarnos que la naturaleza no tiene la menor obligación de ajustarse a nuestras categorías. El loto sagrado es una de ellas. Durante siglos fue confundido con los nenúfares, luego se le concedió una familia propia y, para rematar la historia, los botánicos descubrieron que estaba mucho más emparentado con los plátanos de sombra y las espectaculares proteas sudafricanas que con las plantas acuáticas entre las que vive. Nada mal para una flor que, además, se ha convertido en símbolo de pureza, inmortalidad y serenidad en buena parte de Asia.

La familia Nelumbonaceae es una de las más pequeñas del reino vegetal. Hoy se admite que comprende un único género, Nelumbo, integrado por tan solo dos especies vivientes. Una es el loto sagrado (Nelumbo nucifera), originario de Asia y el norte de Australia. La otra es el loto americano (Nelumbo lutea), distribuido por buena parte de Norteamérica y el Caribe. Ambas son extraordinariamente parecidas y pueden hibridarse, circunstancia que ha llevado a algunos autores a preguntarse si realmente no representan dos poblaciones geográficas de un mismo linaje ancestral.

El nombre de la familia procede de Nelumbo, adaptación del vocablo cingalés nelum, con el que esta planta recibe su nombre en Sri Lanka. El epíteto nucifera significa "que lleva nueces", una alusión al curioso receptáculo donde maduran sus frutos, mientras que lutea significa "amarilla", por el color de las flores del loto americano.

Durante mucho tiempo nadie dudó de que los lotos pertenecían al mismo grupo que los nenúfares. Después de todo, ambos viven en aguas tranquilas, poseen grandes hojas circulares y producen flores espectaculares. Sin embargo, el parecido resultó ser una magnífica ilusión creada por la evolución. Los análisis moleculares demostraron que los lotos pertenecen al orden Proteales, junto a los plátanos de sombra (Platanus), las Proteaceae —la familia de las Protea, Banksia, Grevillea y Macadamia, el árbol de las nueces de macadamia— y las discretas Sabiaceae, una pequeña familia de árboles y lianas tropicales. Es decir, sus parientes vivos más próximos son, en su inmensa mayoría, árboles y arbustos terrestres.

Los verdaderos nenúfares, en cambio, pertenecen a una familia completamente distinta: las Nymphaeaceae, integradas en el orden Nymphaeales, uno de los linajes más antiguos de las plantas con flor. Las diferencias son numerosas. Las hojas del loto emergen por encima del agua sostenidas por largos pecíolos, mientras que las de los nenúfares suelen flotar sobre la superficie. Las flores del loto también se elevan varios centímetros sobre el agua, mientras que las de los nenúfares permanecen flotantes o apenas sobresalen. Sus frutos son igualmente distintos: el loto produce semillas alojadas en cavidades individuales excavadas en un receptáculo leñoso que recuerda al cabezal de una regadera, mientras que el fruto de los nenúfares madura sumergido. El parecido entre ambos grupos constituye uno de los mejores ejemplos de evolución convergente: dos linajes muy alejados que llegaron independientemente a soluciones casi idénticas para adaptarse a la vida acuática.

Y aquí comienza una de las historias más extraordinarias de la botánica.

En 1994 varios investigadores consiguieron germinar semillas de Nelumbo nucifera recuperadas de antiguos depósitos lacustres del noreste de China. Las dataciones mediante carbono-14 indicaban que algunas tenían alrededor de 1 300 años de antigüedad. Eran, en aquel momento, las semillas viables más antiguas jamás germinadas. Su extraordinaria longevidad parece deberse a una combinación de factores: una cubierta casi impermeable, una elevada concentración de compuestos antioxidantes y un metabolismo que permanece prácticamente suspendido durante siglos.

Es difícil no sentir cierta envidia. Mientras nosotros apenas conseguimos recordar dónde dejamos las llaves hace dos días, una semilla de loto puede esperar más de un milenio antes de decidir que ha llegado el momento adecuado para brotar.

El loto sagrado posee otra característica casi tan sorprendente como la anterior. Sus flores producen calor. Durante la floración son capaces de mantener una temperatura cercana a los 30 o 35 °C incluso cuando el aire es mucho más frío. Este fenómeno, conocido como termogénesis floral, favorece la evaporación de los compuestos aromáticos que atraen a los insectos polinizadores y proporciona a estos visitantes un refugio cálido durante la noche. En cierto modo, la planta enciende una pequeña calefacción biológica para facilitar su reproducción.

No menos famoso es el denominado efecto loto. Las hojas presentan una superficie cubierta por diminutas protuberancias microscópicas recubiertas de ceras hidrófobas. El agua apenas puede extenderse sobre ellas y forma gotas casi esféricas que, al deslizarse, arrastran partículas de polvo, microorganismos y esporas de hongos. El resultado es una superficie prácticamente autolimpiable. Este fenómeno inspiró el desarrollo de pinturas, tejidos, cerámicas y cristales capaces de mantenerse limpios durante mucho más tiempo, uno de los ejemplos más conocidos de biomímesis.

Pero ninguna de estas singularidades explica por qué recibe el nombre de loto sagrado.

La respuesta hay que buscarla en la cultura antes que en la botánica. En el hinduismo, el budismo y el jainismo, el loto simboliza la pureza espiritual porque hunde sus raíces en el barro mientras sus flores se elevan limpias e inmaculadas sobre la superficie del agua. La imagen posee una fuerza simbólica extraordinaria: la belleza puede surgir de la adversidad sin quedar contaminada por ella. No es extraño que Buda aparezca con frecuencia representado sentado sobre una flor de loto abierta y que numerosas divinidades hindúes sostengan esta planta o nazcan de ella.

Resulta una hermosa paradoja. El barro, que para nosotros suele representar suciedad, constituye precisamente el punto de partida indispensable desde el que el loto alcanza toda su perfección.

Esta estrecha relación con la vida cotidiana de Asia explica también la enorme cantidad de usos tradicionales que ha acumulado durante milenios. Prácticamente toda la planta resulta aprovechable. Los gruesos rizomas constituyen una hortaliza muy apreciada en China, Japón, Corea e India; las semillas se consumen frescas, tostadas o convertidas en harina para elaborar dulces; los pecíolos y hojas jóvenes también forman parte de la alimentación, mientras que las hojas adultas se utilizan para envolver alimentos durante su cocción, aportándoles un aroma característico.

La medicina tradicional asiática ha atribuido igualmente propiedades a casi todas sus partes. Rizomas, semillas, hojas y estambres se han empleado para tratar hemorragias, diarreas, inflamaciones, trastornos del sueño o problemas cardiovasculares. La investigación moderna ha identificado en ellos numerosos alcaloides, flavonoides y otros compuestos bioactivos que justifican parte de este interés, aunque muchas de las aplicaciones tradicionales continúan pendientes de una confirmación científica rigurosa.

Quizá sea esa combinación de utilidad, belleza y simbolismo la que ha permitido al loto conservar durante miles de años un lugar privilegiado en la imaginación humana. No abundan las plantas capaces de alimentar poblaciones enteras, inspirar religiones, enseñar a los ingenieros cómo fabricar superficies autolimpiables y, de paso, conservar semillas vivas durante más de un milenio.

Al fin y al cabo, pocas flores pueden presumir de desafiar con la misma elegancia al barro, al paso del tiempo y hasta a las propias clasificaciones de los botánicos.

lunes, 20 de julio de 2026

PORFIRIO DÍAZ, CIENTO CINCUENTA AÑOS DESPUÉS

 El hombre que impuso orden en México... y olvidó marcharse.

Durante más de un siglo, los escolares mexicanos aprendieron que Porfirio Díaz fue poco menos que el villano oficial de la historia nacional. No deja de ser curioso. Los villanos rara vez construyen ferrocarriles, equilibran las cuentas públicas, atraen inversiones extranjeras y mantienen en paz un país durante tres décadas. Tampoco los héroes suelen amañar elecciones, encarcelar opositores y convencerse de que la patria no puede sobrevivir sin ellos. Díaz hizo ambas cosas. Por eso, ciento cincuenta años después de su llegada al poder, sigue siendo uno de los personajes más discutidos de la historia de Latinoamérica.

El 28 de noviembre de 1876, tras el triunfo del Plan de Tuxtepec, el general Porfirio Díaz entró victorioso en Ciudad de México. Comenzaba un régimen que, con un breve paréntesis entre 1880 y 1884, se prolongaría hasta 1911 y acabaría dando nombre a toda una época: el Porfiriato.

Para comprender por qué los mexicanos aceptaron durante tanto tiempo que un solo hombre gobernara el país conviene olvidarse por un momento de la Revolución y observar el México que encontró Díaz. La independencia de 1821 no había traído la estabilidad prometida. Durante más de medio siglo el país vivió una sucesión casi ininterrumpida de pronunciamientos militares, guerras civiles, bancarrotas, invasiones extranjeras y gobiernos efímeros. La política giraba alrededor de caudillos más que de instituciones, y la autoridad del Estado apenas alcanzaba muchas regiones del territorio.

A esa inestabilidad se añadió un intenso enfrentamiento entre liberales y conservadores. Hasta que Benito Juárez impulsó las Leyes de Reforma y separó definitivamente la Iglesia del Estado, durante décadas la Iglesia católica había conservado un enorme poder económico y político. La Reforma resultó imprescindible para construir un Estado moderno, pero también desencadenó una guerra civil que dejó al país exhausto. Poco después llegó la intervención francesa y el efímero Imperio de Maximiliano. Cuando los republicanos recuperaron el poder, México era una nación soberana, sí, pero también empobrecida, dividida y profundamente cansada.

En ese escenario apareció Porfirio Díaz. Nacido en Oaxaca en 1830, combatió junto a Juárez durante la Guerra de Reforma y alcanzó fama como uno de los héroes de la resistencia contra los franceses. Su prestigio no procedía de la retórica ni de los salones políticos, sino del campo de batalla. Había contribuido a salvar la República y millones de mexicanos le veían como un militar capaz de garantizar algo que el país llevaba décadas buscando sin éxito: estabilidad.

La ironía histórica quiso que aquel héroe liberal se levantara inicialmente contra la reelección de Juárez y, pocos años después, contra la de Sebastián Lerdo de Tejada. El primero de esos intentos fracasó. El segundo lo condujo a la presidencia. En noviembre de 1876 comenzó un régimen que había nacido en nombre de la no reelección y que terminaría convirtiéndose en la reelección más prolongada de la historia moderna de México.

Sin embargo, la mayoría de los mexicanos no recibió a Díaz como a un dictador, sino como al hombre que podía poner fin al desorden. Hoy solemos juzgar aquel momento desde la comodidad de los sistemas constitucionales actuales, pero para muchos ciudadanos del siglo XIX el principal problema no era la falta de democracia. Era la ausencia de seguridad. Los caminos estaban infestados de bandoleros, los caciques dominaban extensas regiones y la administración apenas funcionaba. Antes que libertad política, buena parte del país reclamaba paz.

Díaz entendió perfectamente aquella demanda. Su lema, «Poca política y mucha administración», resumía una manera de gobernar que perseguía reducir los conflictos y favorecer el desarrollo económico. Mientras otros países latinoamericanos continuaban atrapados en guerras civiles, México empezó a ofrecer una imagen de estabilidad que atrajo capitales nacionales y extranjeros.

Los resultados fueron espectaculares. Cuando Díaz llegó al poder apenas existían unos centenares de kilómetros de ferrocarril. Treinta años después, la red ferroviaria superaba los diecinueve mil kilómetros y conectaba las principales ciudades con los puertos y la frontera estadounidense. Se ampliaron las líneas telegráficas, crecieron la minería y la industria, mejoraron las finanzas públicas y el país comenzó a integrarse en la economía internacional como nunca lo había hecho.

Detrás de esa modernización se encontraba un grupo de colaboradores conocidos como los Científicos, un nombre que puede inducir a error. No eran hombres de laboratorio, sino políticos y economistas influidos por el positivismo, convencidos de que el progreso material acabaría resolviendo los problemas nacionales. Durante algunos años pareció que tenían razón. México crecía, las inversiones llegaban y el Estado empezaba, por fin, a funcionar con cierta eficacia.

Pero el progreso, como ocurre con frecuencia en la historia, llevaba escondida su propia contradicción. La prosperidad, sin embargo, no había alcanzado a todos por igual. Mientras las ciudades crecían y el comercio florecía, la riqueza se concentraba en pocas manos. Grandes haciendas absorbían tierras comunales, millones de campesinos seguían atrapados por las deudas con sus patronos y numerosos pueblos indígenas perdían las propiedades que habían conservado durante generaciones. En Yucatán continuaba la larga Guerra de Castas y, en el norte, miles de yaquis fueron deportados para trabajar en condiciones miserables en plantaciones de henequén y caña de azúcar. El país avanzaba, pero no todos viajaban en el mismo tren.

A esa desigualdad se sumaba otra limitación aún más peligrosa: la política permanecía inmóvil. Díaz nunca necesitó instaurar un régimen de terror comparable al de otras dictaduras posteriores. Le bastó con controlar las elecciones, mantener sometida a la prensa más crítica y recordar periódicamente que la paz tenía un precio. Gobernadores, jueces y parlamentarios comprendían perfectamente que su permanencia en el cargo dependía de la confianza del presidente.

La gran paradoja del Porfiriato es que cuanto más eficaz se mostraba el Estado, más innecesario parecía el propio Porfirio Díaz. Las instituciones comenzaban a funcionar, la administración era más sólida y la economía crecía, pero el régimen seguía descansando sobre una única persona. El héroe liberal que había combatido la reelección de Benito Juárez terminó convencido de que solo él podía garantizar la estabilidad de México.

Aquella convicción acabó convirtiéndose en su mayor error. Los regímenes personalistas suelen creer que confunden su propia supervivencia con la del Estado. Mientras todo funciona, la diferencia parece irrelevante. El problema aparece cuando el gobernante envejece y nadie sabe cómo sustituirlo sin poner en riesgo todo el edificio político.

Eso fue exactamente lo que ocurrió. En 1908, durante una entrevista concedida al periodista estadounidense James Creelman, Díaz dejó entrever que México estaba preparado para celebrar elecciones libres y que él no tendría inconveniente en retirarse. Probablemente pensó que controlaría la transición igual que había controlado el país durante treinta años. Calculó mal.

Un rico hacendado coahuilense llamado Francisco I. Madero tomó aquellas palabras al pie de la letra. Fundó el Partido Antirreeleccionista y convirtió una consigna aparentemente sencilla en un poderoso programa político: «Sufragio efectivo, no reelección». La ironía era evidente. El lema que derribó al Porfiriato era, en esencia, el mismo con el que el propio Díaz había justificado su rebelión contra Juárez casi cuarenta años antes.

Cuando el anciano presidente decidió volver a presentarse, la maquinaria empezó a resquebrajarse. No fue únicamente una rebelión de los pobres contra los ricos, ni una simple explosión de hambre. Fue también la protesta de una sociedad que había cambiado más deprisa que su sistema político. El México de 1910 era mucho más moderno que el de 1876, pero seguía gobernado con las mismas reglas.

La Revolución convirtió a Porfirio Díaz en el villano perfecto. Durante décadas apenas se habló de los ferrocarriles, del saneamiento de las finanzas públicas o de la consolidación del Estado. Del mismo modo, algunos de sus admiradores actuales parecen olvidar la represión política, la desigualdad social o la ausencia de libertades. Ni unos ni otros hacen justicia a la historia.

Ciento cincuenta años después de su llegada al poder, quizá sea posible contemplar al personaje con mayor serenidad. Porfirio Díaz no fue el monstruo que describieron los manuales revolucionarios, pero tampoco el gobernante providencial que algunos reivindican hoy. Fue un extraordinario constructor de Estado que nunca aprendió a construir instituciones capaces de sobrevivirle. Pacificó un país agotado por medio siglo de guerras, impulsó su modernización y lo incorporó a la economía mundial, pero acabó creyendo que la estabilidad dependía exclusivamente de su permanencia en el poder.

Ese fue, probablemente, su mayor fracaso. Los países pueden necesitar, en determinados momentos, dirigentes fuertes capaces de imponer orden donde reina el caos. Lo que nunca deberían necesitar es hombres imprescindibles. Cuando una nación llega a esa conclusión, el problema ya no es el gobernante. Es el propio sistema. 

Y quizá sea esa, más que cualquier otra, la lección que sigue dejando Porfirio Díaz siglo y medio después: construir un Estado es una hazaña; conseguir que funcione sin depender de un solo hombre es una obra mucho más difícil.

domingo, 19 de julio de 2026

EL ENIGMA DEL ORGASMOTRÓN

 

Si hubiera que confeccionar una lista de los científicos más extravagantes del siglo XX, Wilhelm Reich ocuparía sin duda uno de los primeros puestos. Competiría con quienes aseguraban haber descubierto la Atlántida o inventado máquinas de movimiento perpetuo. La diferencia era que Reich había comenzado siendo un investigador brillante.

Nacido en 1897, estudió Medicina en Viena y fue uno de los discípulos más prometedores de Sigmund Freud. Sin embargo, pronto comenzó a desarrollar ideas cada vez más heterodoxas sobre la sexualidad. Convencido de que muchas neurosis eran consecuencia de una vida sexual insatisfactoria, publicó en 1927 La función del orgasmo, obra que marcó el inicio de su ruptura con el psicoanálisis ortodoxo.

Exiliado primero de los círculos psicoanalíticos y después de Europa por el ascenso del nazismo, Reich se instaló en Estados Unidos, donde sus teorías tomaron un rumbo todavía más sorprendente. Afirmó haber descubierto una misteriosa "energía orgónica" presente en todos los seres vivos y diseñó un aparato destinado a acumularla: una sencilla cabina formada por capas alternas de madera y metal en cuyo interior los pacientes permanecían sentados durante un tiempo determinado. Según Reich, aquel dispositivo podía aliviar trastornos psicológicos, aumentar la potencia sexual e incluso combatir el cáncer.

Las autoridades sanitarias estadounidenses no compartieron semejante entusiasmo. Acusado de fraude y desacato por seguir comercializando sus acumuladores de orgón, Reich fue condenado a prisión, donde murió en 1957.

Su extravagante invento habría caído probablemente en el olvido de no ser porque Woody Allen lo inmortalizó en Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo (pero nunca se atrevió a preguntar). Allí aparecía una gigantesca máquina capaz de provocar orgasmos instantáneos, bautizada con un nombre mucho más memorable que el original: el orgasmotrón. La historia resulta divertida, pero detrás de ella se escondía una pregunta extraordinariamente seria:

¿Para qué sirve realmente el orgasmo?

En el hombre la respuesta parece evidente. El orgasmo culmina una compleja secuencia de respuestas nerviosas, hormonales y musculares que termina con la eyaculación. Sin ese mecanismo, los espermatozoides no alcanzarían el aparato reproductor femenino y la reproducción sexual sería imposible. Desde el punto de vista evolutivo, su utilidad parece incuestionable.

Con el orgasmo femenino ocurre algo muy distinto. Las mujeres ovulan de forma espontánea durante su ciclo menstrual, independientemente de que mantengan relaciones sexuales. Pueden quedarse embarazadas sin experimentar orgasmo alguno y tener hijos perfectamente sanos. Entonces, ¿por qué la selección natural ha conservado durante millones de años un mecanismo fisiológico tan complejo como el que desencadena un orgasmo femenino?

Durante siglos nadie se planteó seriamente esta cuestión porque predominaba una idea equivocada. Desde la Antigüedad hasta bien entrado el siglo XIX se creyó que el orgasmo femenino era imprescindible para la concepción. El historiador de la medicina Thomas Laqueur recuerda que médicos tan influyentes como Galeno sostenían que tanto hombres como mujeres aportaban durante el clímax una especie de "semilla" necesaria para formar un nuevo ser.

La fisiología moderna demostró que aquello era falso. Los estudios de William Masters y Virginia Johnson confirmaron que el orgasmo femenino no es indispensable para la fecundación. Además, revelaron un dato anatómico decisivo: el principal órgano responsable del orgasmo femenino no es la vagina, sino el clítoris, una estructura extraordinariamente rica en terminaciones nerviosas cuya función conocida es proporcionar placer.

La cuestión, lejos de resolverse, se volvió todavía más intrigante. Uno de los primeros en ofrecer una explicación convincente fue el paleontólogo Stephen Jay Gould. Según él, no todo cuanto existe en un organismo tiene necesariamente una función adaptativa. Algunas características aparecen simplemente porque forman parte del mismo programa de desarrollo embrionario.

El ejemplo clásico son los pezones masculinos. Los hombres no los necesitan para alimentar a sus hijos, pero los poseen porque durante las primeras semanas del desarrollo los embriones masculinos y femeninos siguen exactamente el mismo plan de construcción. Con el orgasmo femenino podría ocurrir algo parecido. El clítoris y el pene proceden del mismo tejido embrionario y conservan una organización nerviosa muy similar. Si el pene produce orgasmos, el clítoris también. El orgasmo femenino sería así un subproducto del desarrollo, igual que los pezones masculinos.

La hipótesis era sofisticada y convincente, pero dejaba algunas dudas. El orgasmo femenino implica una respuesta fisiológica extraordinariamente compleja: aumenta la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la respiración; intervienen numerosas hormonas y neurotransmisores y se producen intensas contracciones de la musculatura pélvica. Resultaba difícil aceptar que un mecanismo tan elaborado hubiera permanecido durante millones de años sin desempeñar ninguna función.

Durante las décadas siguientes aparecieron diversas explicaciones. Una de las más conocidas fue la propuesta por Robin Baker y Mark Bellis, quienes sugirieron que las contracciones del orgasmo favorecerían la retención del semen dentro del aparato reproductor femenino. La hipótesis alcanzó cierta popularidad en los años noventa, aunque las pruebas experimentales nunca llegaron a ser concluyentes y hoy se considera una posibilidad entre varias.

El verdadero cambio de perspectiva llegó en 2016. Ese año, los biólogos evolutivos Mihaela Pavličev y Günter P. Wagner publicaron en la revista Journal of Experimental Zoology un artículo que proponía una explicación completamente distinta. Su objetivo no era averiguar para qué sirve hoy el orgasmo femenino, sino cuál fue su origen evolutivo. La clave consistía en mirar más allá de la especie humana.

Las mujeres ovulan espontáneamente, pero muchas hembras de mamíferos —como las conejas, las gatas, las huronas, las llamas o los camellos— solo liberan el óvulo después de la cópula. Son especies de ovulación inducida. En ellas, el apareamiento desencadena una cascada hormonal que culmina con la ovulación.

Pavličev y Wagner observaron que esa respuesta neuroendocrina presenta sorprendentes semejanzas con los cambios fisiológicos que acompañan al orgasmo femenino humano. A partir de esa comparación propusieron una hipótesis tan sencilla como sugerente: el orgasmo femenino sería el vestigio evolutivo de aquel antiguo reflejo que en nuestros antepasados desencadenaba la ovulación. Cuando los primates evolucionaron hacia una ovulación espontánea, el mecanismo perdió su función original, pero no desapareció. Permaneció incorporado a la respuesta sexual femenina.

La idea resultaba especialmente atractiva porque explicaba el origen del orgasmo, algo distinto de las posibles funciones que pudiera desempeñar en la actualidad, como reforzar el vínculo de pareja o aumentar el placer asociado a la actividad sexual. Naturalmente, una hipótesis tan ambiciosa necesitaba ser puesta a prueba.

Tres años después, los mismos investigadores publicaron en Proceedings of the National Academy of Sciences un ingenioso experimento utilizando conejas, una especie de ovulación inducida. Administraron a algunos animales fluoxetina, el principio activo del conocido antidepresivo Prozac, uno de cuyos efectos secundarios en las personas consiste precisamente en dificultar el orgasmo.

Si el orgasmo femenino y el antiguo reflejo ovulatorio compartían mecanismos neuroendocrinos, interferir con ellos debería afectar también a la ovulación de las conejas. Y eso fue exactamente lo que observaron. Los animales tratados con fluoxetina presentaron una reducción significativa de la ovulación inducida por la cópula. El experimento no demostraba definitivamente la hipótesis, pero proporcionaba el primer apoyo experimental importante a la idea de que ambos fenómenos podrían compartir un origen evolutivo común.

Como ocurre con frecuencia en ciencia, el debate continúa abierto. Otros investigadores han señalado que todavía existen aspectos por aclarar y que ninguna explicación resuelve por completo un fenómeno tan complejo. Pero precisamente ahí reside el interés de esta historia: en mostrar cómo avanza la ciencia. Las hipótesis no se aceptan porque resulten ingeniosas, sino porque sobreviven a los intentos de refutarlas.

Quizá nunca lleguemos a conocer toda la historia del orgasmo femenino. La evolución no deja manuales de instrucciones y los biólogos deben reconstruir el pasado a partir de comparaciones anatómicas, estudios fisiológicos y experimentos cuidadosamente diseñados. Lo verdaderamente fascinante es que una pregunta que comenzó entre las extravagancias de Wilhelm Reich y terminó inspirando una de las escenas más divertidas de Woody Allen haya acabado convirtiéndose en un problema central de la biología evolutiva.

Reich estaba completamente equivocado acerca de la energía orgónica y de sus supuestos acumuladores. Pero acertó, sin proponérselo, al llamar la atención sobre un fenómeno cuya complejidad seguimos intentando comprender.

Tal vez esa sea la mejor lección de esta historia. Incluso una idea disparatada puede contener una buena pregunta. Y, en ciencia, las buenas preguntas suelen ser mucho más valiosas que las respuestas precipitadas.

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Este artículo es una actualización de otro titulado "Orgasmotrón", que publiqué el 30 de abril de 2011.

martes, 14 de julio de 2026

¿QUIÉN HA ESPOLVOREADO LA PLAZA DE CERVANTES?

 

Hojas del plátano de paseo fuertemente atacadas por el oídio Erysiphe platani

Hay personas que creen que un botánico es una especie de oráculo vegetal. Si una hoja amarillea, un árbol pierde la corteza o una flor aparece donde no debía, basta con preguntar al botánico de guardia, que —se supone— conoce de memoria los cientos de miles de especies de plantas conocidas y todas las enfermedades capaces de afectarlas. Lamento desilusionar a quienes piensan así, pero la realidad es bastante más prosaica. Los botánicos también tenemos que consultar libros, buscar artículos científicos y, de vez en cuando, desempolvar conocimientos que parecían olvidados desde la universidad.

Eso fue exactamente lo que me ocurrió hace unos días mientras cruzaba la Plaza de Cervantes, el auténtico salón de estar de Alcalá de Henares. Un vecino se acercó con gesto intrigado y señaló la hilera de plátanos de paseo que da sombra a buena parte de la plaza.

—¿Qué les pasa a esos árboles? Parecen enharinados.

Levanté la vista. Tenía razón. Muchas hojas estaban cubiertas por una fina capa blanquecina, como si durante la noche hubiera pasado por allí un repostero gigante armado con un tamiz de azúcar glas. La pregunta parecía sencilla. La respuesta no tanto. Hacía casi cincuenta años que había aprobado Fitopatología, la asignatura dedicada a las enfermedades de las plantas, y descubrí que había llegado el momento de volver a abrir aquellos viejos apuntes. Al fin y al cabo, aunque uno lleve medio siglo fuera de las aulas, los árboles tienen la mala costumbre de seguir enfermando.

La respuesta estaba escrita sobre las hojas. Los plátanos padecían un oídio, una de las enfermedades fúngicas más comunes y, probablemente, una de las más fáciles de reconocer. Basta con observar ese aspecto de árbol espolvoreado con harina para sospechar inmediatamente de ella. Sin embargo, detrás de esa apariencia casi cómica se esconde una historia evolutiva de millones de años y un grupo de organismos extraordinariamente especializados.

El nombre oídio no designa una enfermedad concreta, sino a todo un conjunto de hongos pertenecientes principalmente al orden Erysiphales. Se conocen más de novecientas especies, cada una especializada en uno o unos pocos huéspedes. Existe el oídio de la vid, el de los rosales, el del pepino, el del trigo, el del manzano, el de las encinas... y, naturalmente, el de los plátanos de paseo. Esta especialización es tan extrema que el hongo que vive sobre una hoja de rosal sería incapaz de sobrevivir sobre una hoja de plátano, del mismo modo que un koala moriría de hambre en un bosque de sabrosas manzanas.

Los oídios llevan acompañando a las plantas desde hace muchísimo tiempo. Probablemente aparecieron cuando las plantas con flores ya dominaban los continentes y, desde entonces, ambos grupos han mantenido una silenciosa carrera armamentística. Las plantas desarrollan nuevas defensas químicas y estructurales; los hongos evolucionan para burlarlas. Cada victoria de uno provoca la respuesta del otro. Es una guerra que comenzó mucho antes de que existieran los dinosaurios modernos, los mamíferos o la propia especie humana y que continúa hoy mismo, discretamente, sobre las hojas de los árboles de nuestras ciudades.

A diferencia de muchos otros hongos, los oídios son auténticos aristócratas. No invaden el interior de los tejidos vegetales destruyéndolos por completo. Su cuerpo permanece casi siempre sobre la superficie de la hoja formando ese característico velo blanquecino. Desde allí introduce diminutos órganos de alimentación —los haustorios— en las células epidérmicas para extraerles agua y nutrientes sin llegar a matar inmediatamente al tejido. Es una forma de parasitismo sorprendentemente refinada: al hongo le interesa mantener viva a la planta el mayor tiempo posible, porque de ella depende su propia supervivencia.

Ese recubrimiento blanco que vemos no es polvo ni ceniza. Es una maraña de filamentos microscópicos (el micelio) sobre los que se forman millones de esporas. Cada ligera ráfaga de viento desprende algunas de ellas, que emprenden un viaje invisible hasta depositarse sobre otra hoja susceptible de ser colonizada. La aparente inmovilidad de un árbol urbano esconde, en realidad, un incesante tráfico aéreo de diminutas partículas biológicas.

Hay otro aspecto de estos hongos que suele sorprender incluso a quienes llevan años cultivando plantas. Tendemos a asociar los hongos con ambientes lluviosos, bosques húmedos o troncos empapados. Sin embargo, los oídios rompen ese estereotipo. Sus esporas germinan mejor cuando el aire mantiene una humedad elevada pero la superficie de las hojas permanece seca. De hecho, una lluvia intensa puede eliminar parte del micelio y dificultar la dispersión de las esporas. Dicho de otro modo: estos hongos agradecen el ambiente húmedo, pero prefieren no mojarse. No deja de ser una paradoja deliciosa para un organismo al que solemos imaginar prosperando únicamente entre charcos y humedad.

A: hoja de plátano de paseo atacada por Erysiphe platani. B: los cuerpos esféricos oscuros son los casmotecios de los que en primavera surgen unas ramificaciones (D-F) en cuyos extremos se producen los conidios (C) formadores de esporas blanquecinas que en primavera y verano recubren las hojas. Los conidios son la caballería ligera del oídio: rápidos, numerosos y eficaces para conquistar nuevas hojas durante la temporada. Los casmotecios son sus refugios invernales, auténticos búnkeres donde el hongo espera pacientemente el regreso de la primavera. Barras de escala: B = 100 μm, C-F = 50 μm. Fuente

El responsable habitual del oídio de los plátanos de paseo es Erysiphe platani, un especialista que ha hecho de las hojas de Platanus x hispanica su hogar casi exclusivo. Durante la primavera y el comienzo del verano, cuando las temperaturas son suaves y las noches aportan suficiente humedad ambiental, el hongo encuentra las condiciones ideales para multiplicarse. Las hojas jóvenes son especialmente sensibles, porque sus tejidos todavía son tiernos y ofrecen menos resistencia a la infección.

Por fortuna, el espectáculo resulta mucho más alarmante que peligroso. En árboles adultos y bien establecidos, como los que adornan la Plaza de Cervantes, el oídio rara vez compromete la supervivencia del ejemplar. Las hojas pueden deformarse ligeramente, curvarse o perder parte de su capacidad fotosintética, pero es muy raro que el árbol llegue a defoliarse o a sufrir daños permanentes. La enfermedad tiene sobre todo un impacto estético. El árbol parece enfermo mucho antes de estarlo realmente.

No ocurre lo mismo con plantas jóvenes cultivadas en viveros o con determinadas especies ornamentales especialmente sensibles. En ellas, una infección intensa puede reducir el crecimiento, debilitar los brotes e incluso favorecer la entrada de otros patógenos. Como ocurre tantas veces en biología, la gravedad de una enfermedad depende tanto del agresor como del estado de la víctima.

Entonces, ¿por qué este año parecen verse más plátanos enharinados que otros veranos? La respuesta probablemente esté en la meteorología. Los oídios son extraordinariamente sensibles a pequeñas variaciones de temperatura y humedad. Una primavera con noches relativamente húmedas, mañanas templadas y ausencia de lluvias persistentes puede desencadenar auténticas explosiones epidémicas. Al año siguiente, con un régimen meteorológico ligeramente distinto, el mismo árbol puede presentar apenas unas pocas manchas. La naturaleza tiene una capacidad asombrosa para recordarnos que no todo responde a reglas simples.

A menudo, cuando los ciudadanos observan una enfermedad en los árboles urbanos, la primera reacción consiste en pedir un tratamiento químico inmediato. Es comprensible. Hemos aprendido a asociar cualquier enfermedad con la necesidad de combatirla cuanto antes. Sin embargo, los árboles de una ciudad no son un cultivo agrícola cuya producción dependa del aspecto impecable de sus hojas. Son organismos longevos que conviven desde hace siglos con infinidad de insectos, hongos y bacterias. La inmensa mayoría de esas relaciones forman parte del funcionamiento normal de un ecosistema.

Eso no significa que debamos ignorar el problema. Cuando el oídio aparece de forma reiterada conviene vigilar el estado general del árbol y evitar prácticas que favorezcan la enfermedad. Los abonados excesivos con nitrógeno producen brotes muy tiernos, especialmente apetecibles para el hongo. Las podas drásticas, además de otros inconvenientes, estimulan precisamente ese tipo de crecimiento. Mantener copas equilibradas y bien aireadas reduce la persistencia de ambientes favorables para el desarrollo del micelio. El tratamiento químico rara vez resulta necesario ni proporcionado. Generalmente basta con dejar que el árbol siga haciendo lo que lleva millones de años haciendo: convivir con sus parásitos.

Cuando lo encontré por segunda vez y terminé de explicarle todo esto a mi vecino, volvió a mirar los plátanos con otros ojos. Ya no veía unos árboles enfermos sin remedio, sino el escenario de una antigua batalla biológica librada silenciosamente sobre cada hoja. Me dio las gracias y siguió su camino. Yo también continué el mío, pensando que quizá esa sea una de las mayores satisfacciones de la divulgación científica: descubrir que, después de una conversación, un paseo cotidiano ya nunca vuelve a ser exactamente el mismo.

Desde entonces, cada vez que atravieso la Plaza de Cervantes y veo alguno de aquellos plátanos con aspecto de haber recibido una lluvia de harina, no pienso en una enfermedad, sino en una historia de coevolución que comenzó hace millones de años. Y me hace sonreír imaginar que, mientras los vecinos contemplan unos árboles aparentemente "enfermos", sobre cada una de esas hojas continúa desarrollándose una de las relaciones más antiguas, complejas y fascinantes de toda la historia de la vida.

lunes, 13 de julio de 2026

LA OBRA MAESTRA QUE LLEVAMOS AL FINAL DEL BRAZO

 

Ponga una moneda sobre la mesa. Ahora intente recogerla sin utilizar el pulgar. Descubrirá enseguida que una operación aparentemente trivial se convierte en un ejercicio torpe y frustrante. Si insiste en el experimento, pruebe después a abotonarse una camisa, abrir un tarro de mermelada o escribir unas palabras con un bolígrafo. En pocos minutos llegará a una conclusión inevitable: nunca había apreciado realmente la importancia de uno de los mayores inventos de la evolución.

Las manos forman parte de nuestra vida cotidiana hasta el punto de que hemos dejado de verlas. Las utilizamos miles de veces al día sin prestarles la menor atención. Sin embargo, pocas estructuras del cuerpo humano encierran una historia evolutiva tan extraordinaria. En apenas veintisiete huesos, decenas de músculos y un intrincado sistema de tendones y nervios se esconde el resultado de casi cuatrocientos millones de años de experimentación biológica.

A primera vista, la mano parece una herramienta muy simple: una palma y cinco dedos. Pero esa simplicidad es engañosa. La evolución no construyó cinco dedos iguales, como probablemente habría hecho un ingeniero empeñado en simplificar el diseño. Fabricó cinco especialistas, cada uno con una longitud, una movilidad y una función distintas.

El pulgar es, sin duda, el protagonista. Gracias a una articulación extraordinariamente móvil puede girar sobre la palma y enfrentarse a cualquiera de los otros dedos. Los anatomistas llaman a esa capacidad «oposición», un término poco llamativo que describe una de las innovaciones más importantes de nuestra historia evolutiva. Sin ella sería casi imposible sujetar una aguja, escribir con un lápiz, manejar unas pinzas o recoger la moneda del experimento inicial.

Durante mucho tiempo se creyó que el pulgar oponible era una característica exclusivamente humana. Hoy sabemos que no es cierto. Los chimpancés y otros grandes simios también lo poseen. Lo realmente singular de nuestra especie no es la existencia del pulgar, sino la combinación entre su extraordinaria movilidad y la longitud relativamente corta de los demás dedos. Esa combinación permite alternar dos tipos de agarre completamente distintos: uno muy potente para levantar objetos pesados y otro extremadamente preciso para manipular objetos diminutos.

Los demás dedos tampoco están ahí por casualidad. El dedo medio, generalmente el más largo, constituye el auténtico eje de la mano y distribuye las fuerzas durante la mayoría de los movimientos. El anular trabaja junto a él cuando necesitamos ejercer potencia. El índice sacrifica parte de esa fuerza para ganar precisión y libertad de movimiento, convirtiéndose en el especialista de las tareas delicadas.

Y luego está el meñique, probablemente el dedo más injustamente tratado del cuerpo humano. Solemos considerarlo casi un adorno, pero basta inmovilizarlo tras una lesión para descubrir lo mucho que dependemos de él. Los especialistas en cirugía de la mano saben que aporta una parte muy importante de la fuerza total de prensión. Su posición amplía la superficie de contacto con los objetos y evita que muchos de ellos roten o escapen durante el agarre. Como ocurre tantas veces en biología, el elemento aparentemente menos importante resulta ser una pieza esencial del conjunto.

Estructura y función de la mano. En inglés con subtítulos en español

Todo ello podría hacer pensar que la mano humana constituye una obra perfecta de ingeniería. La realidad es bastante más interesante. Nuestra mano no es perfecta. Es un compromiso evolutivo. Debe ser suficientemente fuerte para levantar una maleta, bastante delicada para enhebrar una aguja, capaz de lanzar una piedra con precisión, trepar por una cuerda, acariciar un rostro o interpretar un concierto de piano. Ningún ingeniero diseñaría una herramienta destinada a cumplir con eficacia tareas tan diferentes. La evolución, en cambio, no tuvo más remedio que hacerlo.

Para comprender cómo surgió esa herramienta hay que retroceder unos cuatrocientos millones de años, cuando nuestros remotos antepasados todavía vivían en el agua. Aquellos vertebrados no tenían manos, sino aletas. Durante millones de generaciones, la evolución fue modificando lentamente su estructura hasta convertirlas en extremidades capaces de sostener el cuerpo sobre tierra firme.

Uno de los fósiles más célebres de esa transición es Tiktaalik, un pez descubierto en el Ártico canadiense que conservaba escamas y branquias, pero cuyo esqueleto ya incluía huesos equivalentes a nuestro húmero, radio y cúbito. No caminaba como un anfibio moderno, pero tampoco nadaba como un pez corriente. Era uno de esos magníficos experimentos evolutivos que anuncian un cambio de era.

Todavía más sorprendente fue descubrir que los primeros vertebrados terrestres no tenían necesariamente cinco dedos. Algunas especies poseían siete e incluso ocho. Durante mucho tiempo se creyó que la pentadactilia era una especie de ley de la naturaleza. Hoy sabemos que no. Los cinco dedos son, en buena medida, un accidente evolutivo. Una de aquellas líneas tuvo más éxito que las demás y terminó convirtiéndose en la antepasada común de anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Nosotros conservamos ese diseño porque descendemos de aquellos supervivientes.

Mucho después, los primeros primates transformaron aquellas primitivas manos en excelentes herramientas para trepar por los árboles. Sus dedos se hicieron más flexibles, las uñas sustituyeron a las garras y el pulgar fue ganando independencia respecto a los demás. Cuando millones de años más tarde aparecieron los primeros representantes del género Homo, aquella mano arborícola estaba preparada para iniciar una nueva aventura: fabricar herramientas.

Durante mucho tiempo se pensó que nuestros antepasados comenzaron a fabricar útiles porque ya poseían una mano moderna. Hoy muchos investigadores creen que ambas cosas evolucionaron al mismo tiempo. Las manos ligeramente más precisas permitían construir herramientas un poco mejores, esas herramientas aumentaban las posibilidades de supervivencia y la selección natural favorecía a quienes tenían mayor destreza manual. Mano y cerebro fueron perfeccionándose mutuamente durante cientos de miles de generaciones.

Pero la evolución solo explica una parte de la historia. La otra comienza mucho antes del nacimiento. Un conjunto de genes dirige el crecimiento de los huesos, determina la longitud relativa de cada dedo y organiza la compleja arquitectura de tendones y articulaciones. Después, a lo largo de la vida, la práctica termina de modelar el resultado. Cada vez que aprendemos a escribir, tocar un instrumento o manejar una herramienta, el cerebro reorganiza sus conexiones nerviosas y convierte nuestros movimientos en gestos cada vez más precisos.

Quizá esa sea la característica más extraordinaria de la mano humana. No es únicamente una estructura anatómica. Es una herramienta que mejora con el uso. Ningún pianista nace sabiendo interpretar a Chopin ni ningún cirujano llega al mundo preparado para realizar un trasplante. La combinación de evolución, desarrollo embrionario y aprendizaje convierte a nuestras manos en uno de los ejemplos más brillantes de colaboración entre la biología y la experiencia.

Volvamos, para terminar, a la moneda que dejamos sobre la mesa. Ahora recójala entre el pulgar y el índice. El gesto apenas dura un segundo y el cerebro lo ejecuta sin esfuerzo consciente. Sin embargo, detrás de ese movimiento aparentemente insignificante se esconden cuatrocientos millones de años de historia evolutiva. Cada vez que estrechamos una mano, escribimos una palabra o levantamos una taza de café, ponemos en funcionamiento una maquinaria biológica cuya historia comenzó cuando nuestros antepasados todavía respiraban bajo el agua.

Pocas partes del cuerpo resumen de forma tan elocuente la historia de la evolución como una mano abierta. La contemplamos todos los días y, precisamente por eso, hemos dejado de verla. Quizá merezca la pena detenerse un instante a observarla. Es, literalmente, una obra maestra que llevamos al final del brazo.