| Capítulo de Pascalia glauca. Foto de Adolfo Peña. |
Hace unos cuarenta años empecé a
fijarme en una planta que crecía en algunos descampados, alcorques y bordes de
las calles de Alcalá de Henares. No era especialmente espectacular. Una hierba
de medio metro, más o menos, con hojas verdes un tanto glaucas, lanceoladas y
unos capítulos amarillos que, vistos sin demasiada atención, podían pasar por
los de tantas otras compuestas.
Pero después de mucho trabajo de investigación
(entonces internet estaba en pañales) encontré que aquella planta no pertenecía
a nuestra flora. Era una sudamericana llamada Pascalia glauca, aunque
entonces casi todos los botánicos la conocían por otro nombre: Wedelia
glauca.
Desde entonces no he dejado de
encontrarla. Y cada vez con más y más frecuencia. Lo que hace tres décadas era
una curiosidad botánica se ha ido extendiendo por solares, cunetas, márgenes de
caminos y terrenos alterados. Allí donde se instala no suele aparecer como una
plantita solitaria. Forma rodales, luego manchas y finalmente poblaciones
densas en las que Pascalia parece sentirse cada vez más cómoda mientras
otras hierbas van perdiendo sitio.
La historia tiene cierta ironía porque esta invasora sudamericana mantiene una vieja relación con Madrid. La especie fue descrita en 1797 por Casimiro Gómez Ortega, director del Real Jardín Botánico, a partir de plantas cultivadas en Madrid procedentes de semillas americanas relacionadas con las grandes expediciones científicas españolas de finales del siglo XVIII. El género Pascalia fue creado por el propio Gómez Ortega en 1797, al describir Pascalia glauca. Ortega explicó la dedicatoria en el protólogo: el género honra a D. Didaco [Diego] Pascal (1768–1812), doctor en Filosofía y Medicina y profesor del Real Jardín Botánico de Parma.
Glauca procede del latín glaucus, -a, -um, a su vez del griego glaukós, que designa un color verde azulado, verde grisáceo o cubierto por una tonalidad cérea azulada. En botánica, glaucus se aplica habitualmente a órganos de aspecto verde grisáceo o azulado, con frecuencia debido a una cubierta cérea.
Otro director del Real Jardín Botánico madrileño, Antonio José Cavanilles, escribió en 1802 que Pascalia glauca se propagaba tanto por sus raíces en el Real Jardín Botánico de Madrid «que infesta los cuadros». Es decir, su comportamiento invasor ya había sido advertido en Madrid hace más de dos siglos.
Más de siglo y medio después, en 1976, el botánico José Luis Carretero encontró Wedelia glauca creciendo alrededor de los edificios del propio Jardín Botánico madrileño. Ya no estaba dentro de las colecciones. Se había escapado.
Desde entonces ha aparecido en
distintos lugares de la Comunidad de Madrid y de otras zonas de España. No
sabemos si las poblaciones actuales proceden directamente de aquellas plantas
cultivadas hace dos siglos, y sería aventurado afirmarlo sin pruebas genéticas.
Pero la coincidencia permite una bonita imagen: una planta llegada a Madrid
como objeto de estudio botánico terminó encontrando la puerta de salida.
¿Por qué tiene tanto éxito? La
primera respuesta está bajo tierra. Pascalia glauca es una planta
perenne provista de rizomas. Mientras contemplamos sus tallos, hojas y
margaritas amarillas, bajo nuestros pies se extiende una red de tallos
subterráneos capaces de producir nuevos brotes. Arrancar la parte aérea sirve
de poco si permanecen fragmentos del rizoma. La planta reaparece. Y esa
capacidad de multiplicación vegetativa le permite ocupar rápidamente el espacio
y formar colonias compactas.
Poblaciones de Pascalia glauca en la orilla del Henares (izda.) y en un alcorque de la calle Libreros. Fotos de Adolfo Peña.
Es una estrategia clásica entre
muchas invasoras. Una semilla tiene que encontrar un lugar adecuado, germinar,
sobrevivir a sus primeras semanas y competir con las plantas que la rodean. Un
rizoma ya establecido juega con ventaja: dispone de reservas, puede emitir
varios brotes y avanzar lateralmente sin tener que empezar de cero.
Pero parece que P. glauca
guarda otra carta. En 2004, investigadores argentinos publicaron un experimento
cuyo título era suficientemente explícito: «Potencial
alelopático de Wedelia glauca: efecto sobre especies hortícolas».
Habían observado algo que cualquiera que examine una población densa de la
planta acaba preguntándose: ¿por qué crecen tan pocas hierbas entre los rodales
de Pascalia?
La alelopatía es una de las
formas más sutiles de competencia vegetal. Las plantas no pueden morder,
perseguir ni expulsar físicamente a sus competidoras, pero son excelentes
químicas. Fabrican miles de sustancias que liberan al ambiente mediante las raíces,
el lavado de las hojas por la lluvia o la descomposición de sus restos. Algunas
de esas moléculas pueden dificultar la germinación o el crecimiento de otras
especies. Es, salvando las distancias, una guerra química vegetal.
Los investigadores prepararon
extractos acuosos de hojas y rizomas de Pascalia y los aplicaron a
semillas de tomate, pepino y rabanito. El resultado fue contundente. Los
extractos redujeron la germinación y, sobre todo, el crecimiento de las raíces.
Los procedentes de las hojas fueron particularmente activos. Con las
concentraciones más altas, el crecimiento de las raíces del pepino disminuyó
alrededor de un 93 %, mientras que en algunos tratamientos la germinación del
tomate y del rabanito llegó a inhibirse por completo.
Años después, otro experimento
realizado con cacahuete llegó a resultados semejantes. Extractos preparados con
diferentes partes de Pascalia glauca redujeron la germinación, el
crecimiento de raíces y tallos y la biomasa de las plántulas. Hay, por tanto,
pocas dudas de que la planta contiene sustancias hidrosolubles capaces de
perjudicar el desarrollo de otras especies.
Conviene, sin embargo, no correr
más de lo que permiten los experimentos. Una cosa es demostrar alelopatía en
una placa de Petri y otra probar que esa sea la causa de la dominancia de una
planta en la naturaleza. Un extracto concentrado puede contener cantidades de
determinadas sustancias mucho mayores que las que encontraría una semilla en el
suelo. Para demostrar que Pascalia envenena realmente el terreno que la
rodea habría que identificar los compuestos responsables, medir cuánto libera
la planta en condiciones naturales y comprobar que alcanzan concentraciones
suficientes para afectar a sus vecinas.
Por ahora podemos decir algo más
prudente y también más interesante: P. glauca posee un claro potencial
alelopático, que podría sumarse a su vigorosa reproducción mediante rizomas
para explicar su extraordinaria capacidad competitiva.
Pero esta discreta margarita
amarilla esconde todavía otra sorpresa. Y bastante más peligrosa: es una planta
muy tóxica. En Argentina y Uruguay, donde se la conoce habitualmente como
sunchillo, es bien conocida por los veterinarios porque provoca intoxicaciones
graves en bovinos, ovejas, cabras y otros animales. El peligro persiste incluso
cuando la planta se seca y queda mezclada con el heno.
Entre sus principios tóxicos se
encuentran glucósidos diterpénicos relacionados con el atractilósido,
sustancias capaces de interferir con uno de los mecanismos más fundamentales de
la vida celular: el funcionamiento de las mitocondrias.
Las mitocondrias producen la
mayor parte del ATP que utilizan nuestras células como moneda energética. Para
hacerlo necesitan intercambiar continuamente ADP y ATP a través de su membrana
interna mediante una proteína transportadora. Algunos de los compuestos
presentes en Pascalia bloquean ese intercambio. Es como cerrar
simultáneamente la entrada de materias primas y la salida del producto
terminado de una central eléctrica. La maquinaria sigue allí, pero la energía
deja de llegar adonde hace falta.
El hígado resulta especialmente
afectado. En los animales intoxicados pueden aparecer inapetencia, abatimiento,
incoordinación, temblores y convulsiones, seguidos en los casos graves por una
insuficiencia hepática fulminante y la muerte.
Durante mucho tiempo casi todo lo
que sabíamos de estas intoxicaciones procedía de la medicina veterinaria. Pero
en 2025 se
publicó el primer caso documentado de intoxicación humana por P. glauca.
Un niño de seis años que había ingerido la planta sufrió vómitos, convulsiones,
alteración de la conciencia, un enorme aumento de las transaminasas y
trastornos de la coagulación. Desarrolló una insuficiencia hepática aguda.
Afortunadamente sobrevivió después del tratamiento hospitalario.
Todo eso convierte a la planta
que llevo cuarenta años viendo avanzar por Alcalá en algo bastante más
interesante que una simple mala hierba exótica. Tiene casi todo el repertorio
de una invasora eficaz: llegó desde otro continente, prospera en ambientes
alterados, se extiende mediante rizomas, forma poblaciones densas y dispone de
un arsenal químico que puede perjudicar a otras plantas y resulta peligrosísimo
para algunos animales.
Queda por saber hasta dónde
llegará. Cuando encontré aquellos primeros ejemplares en Alcalá hace cuatro
décadas no podía imaginar que seguiría observando su expansión tantos años
después. Hoy, cuando encuentro una nueva mancha amarilla en una cuneta o junto
a una acera, ya no veo solamente una planta americana que ha encontrado acomodo
en Castilla. Veo el resultado de una conquista silenciosa que ocurre a la
velocidad propia de las plantas: unos cuantos centímetros de rizoma, unas
semillas, una generación detrás de otra.
Las invasiones biológicas no siempre llegan haciendo
ruido. Algunas avanzan bajo nuestros pies y, una mañana de primavera, levantan
sobre el terreno conquistado una pequeña bandera amarilla.
