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domingo, 21 de febrero de 2021

Una de berros



Las aguas vivas, someras y claras como las de fuentes, manantiales y arroyos son el hábitat preferido de los berros (Rorippa nasturtium-aquaticum), una de las casi doscientas especies de un género cuyos representantes podemos encontrar por todo el mundo.

Anclan sus raicillas en los fondos poco profundos y se elevan hasta la superficie para tapizarla de un verde que nunca desaparece, pues son plantas perennes. Sus hojas tienen el margen dividido en 2 a 6 pares segmentos, más el terminal que suele ser algo mayor que los demás.

En primavera asoman sus flores dispuestas en ramilletes en las que destacan las pequeñas crucecillas blancas formadas por los pétalos, cuya típica simetría da nombre a la familia Crucíferas, en la que se incluyen miles de especies, entre otras no pocas verduras. Cuando las flores se fecundan, los ovarios se tornan en frutos en silicua, unas vainillas que, al secarse, se abren para dejar escapar las minúsculas semillas.



Aunque resultan fáciles de reconocer si están en flor, los berros deben recogerse antes de su floración, por lo que pueden confundirse con otras plantas de hojas similares, pero de efectos poco agradables. «Tú que coges el berro, guárdate del anapelo», rezaba un dicho castellano para aconsejar cautela y precaución a la hora de no confundir el sabroso berro con otros vegetales similares, como las también comestibles berras o berrazas (Apium nodiflorum), o el muy venenoso nabo del diablo (Oenanthe crocata). Más difícil resulta confundirlos con el venenoso Aconitum napellus, a cuyo nombre común, anapelo, alude el dicho.

Berraza (Apium nodiflorum)

Con todo, hay un truco para estar seguros de que son berros lo que tenemos en la mano que indica parte de su propio nombre científico: Nasturtium proviene del latín «nariz torcida», en referencia al reflejo de torcer el gesto cuando se huelen o prueban las hojas de berro, pues tienen un agradable pero intenso sabor picante.

Los berros crecen silvestres en aguas de la Europa templada, el centro de Asia y el norte de África, aunque se extendieron considerablemente después de que empezaran a cultivarse a partir del siglo XVI. Se cultivaron con fines culinarios, porque los berros son perfectos en ensalada, y así lo reconocen todas las culturas que los han conocido y apreciado. Recogidas siempre antes de florecer, las hojas del berro se han consumido como ensaladas desde tiempos antiguos, además de como acompañamiento para asados, pues era «de rigor adornarlos con berros».

Es típico prepararlos junto con algunas herbáceas como acederas (Rumex acetosa), cerrajas (Sonchus oleraceus), ajonjeras (Chondrilla juncea), achicorias (Cichorium intybus), canónigos (Valerianella locusta) o pamplinas (Montia fontana), cultivadas o silvestres en distintas regiones de la península Ibérica. Aunque lo más común ha sido comerlos crudos, también pueden tomarse cocidos, en sopas o potajes como el “potage cressonière” francés, la crema de berros mexicana o el potaje de berros canario.

No obstante, así cocinadas sus propiedades no se aprovechan al completo, pues la vitamina C que contienen se degrada con el cocimiento. Precisamente por su relativa riqueza en esta vitamina (además de en carotenos, hierro y vitaminas E y B) el berro se ganó fama de vegetal antiescorbútico.

Al pertenecer, además, a la familia de otras verduras como las rúculas y las mostazas, el berro es rico en glucosinolatos, unas sustancias con interesantes propiedades. Los estudios científicos actuales apuntan a que el berro y sus extractos poseen una actividad medicinal variada, y resultan eficaces como antioxidantes, antimicrobianos y antiinflamatorios, así como antidiabéticos y anticancerígenos. Curiosamente, una de las propiedades clásicas que se le atribuía era aumentar la libido y parece ser que sí tiene un efecto positivo sobre el sistema reproductor (por ejemplo, aumenta los niveles de hormonas sexuales).

Montaje al microscopio de un ejemplar adulto de Fasciola hepatica 


Aunque durante la mayor parte de nuestra relación con los berros los hemos recolectado silvestres, hoy se desaconseja recogerlos, debido al riesgo de contraer parásitos. Una de las enfermedades asociadas al consumo de berros contaminados es la fasciolosis, provocada por la duela, un gusanito aplastado, el trematodo Fasciola hepatica. El ciclo vital normal de este organismo se aprovecha de dos animales hospedadores: las ovejas, las vacas o los caballos (en cuyos conductos biliares vive la fase adulta del parásito) y algunos caracoles que depositan las formas infectivas del parásito encima de las hojas de berros. Cuando las hojas las come un herbívoro se cierra el ciclo; sin embargo, si es un humano quien las consume, el parásito se alojará en sus conductos biliares hasta causarle problemas más o menos serios, nunca mortales. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca. 

sábado, 6 de febrero de 2021

El cambio climático y el efecto Azolla

 

Un ejemplar maduro de Azolla filiculoides es menor que el tamaño de una uña. Este helecho minúsculo, tiene una amplia distribución por las regiones tropicales y cálido-templadas del mundo. Foto de Fay Wei Li.
 

Azolla es un género que contiene siete especies de diminutos helechos acuáticos que a primera vista pueden confundirse con algas o musgos. Son pleustófitos dulceacuícolas (plantas que viven suspendidas en la superficie de aguas dulces), que forman relaciones simbióticas con cianobacterias responsables de fijar el nitrógeno atmosférico para que, una vez fijado, pueda ser utilizado por el helecho como nutriente, lo que le permite un rápido crecimiento en condiciones ideales. Pero una de las habilidades más impresionantes de Azolla es su capacidad para extraer hasta nueve toneladas de dióxido de carbono y dos de nitrógeno por hectárea y año.

Eso significa que, durante el millón de años del Eoceno, en el que creció extraordinariamente en los mares septentrionales, Azolla extrajo decenas de billones de toneladas de dióxido de carbono de la atmósfera que ayudaron a enfriar el planeta hasta aproximarse a un clima similar al que rige en la Tierra hoy. Con tales capacidades, Azolla podría ser un actor importante para frenar o incluso revertir el cambio climático.

Hace unos 50 millones de años, el planeta era un lugar mucho más cálido y Azolla abundaba en el Océano Ártico. Los registros fósiles muestran que, alimentado por la abundancia de nitrógeno y dióxido de carbono, el helecho formó gruesos mantos flotantes por todo el océano y alcanzó los continentes circundantes.

Representación de la Tierra durante el Paleoceno y comienzos del Eoceno, hace unos 55 millones de años. Fuente.

Durante el Paleógeno temprano, hace entre 55 y 45 millones de años (Ma), sobre la Tierra imperaban unas condiciones cálidas con efecto invernadero que indujeron un ciclo hidrológico con precipitaciones superiores a la evaporación en las latitudes altas. Como muestran los sedimentos árticos de hace unos 50 Ma, durante el Eoceno, una era del Paleógeno, enormes poblaciones del helecho flotante Azolla crecieron y se reprodujeron en el Ártico. Azolla y los abundantes microfósiles orgánicos y silíceos de agua dulce que lo acompañan indican una subida episódica de las aguas superficiales del Ártico durante un intervalo de aproximadamente 800.000 años.

Hace 49 millones de años, el Ártico era muy diferente. Todas las masas terrestres estaban agrupadas a su alrededor, no había casquetes polares y dominaba un clima suave. Esto hacía que el Polo se pareciera a un mar templado aislado del resto de los océanos. Tenía algunos estrechos que los conectaban, pero nada más. Eso significaba que corrientes como la del Golfo no podían mezclar las aguas del Ártico, por lo que era un mar muy tranquilo. Además, las altas precipitaciones en los continentes vertían millones de hectómetros de agua dulce rica en nutrientes (compuestos de fósforo y azufre) en ese remanso de agua salada.

Lo que se creó allí fue un ambiente acuático original porque, dado el océano remansado, las aguas dulces y saladas, faltas de agitación, no se mezclaron. El agua salada más densa se hundió hasta el fondo mientras que el agua dulce permaneció en la parte superior.

Como no había mezcla, la capa de agua salada casi carecía de oxígeno. Sin embargo, la capa superficial de agua dulce estaba muy oxigenada y recibía meses de sol continuo. En esas aguas cálidas, Azolla prosperó extraordinariamente. Esta pequeña planta crece rápidamente, se reproduce muy rápido y muere también rápidamente. Azolla necesita muy pocos nutrientes y obtiene todo el nitrógeno de la atmósfera gracias a las cianobacterias simbióticas de sus raíces. Eso significa que pueden florecer y morir sin consumir en exceso los nutrientes del agua. Por eso, cada verano había una gran floración de Azolla que cubría casi todo el Ártico. Luego, la masa expansiva del helecho desaparecía rápidamente.

Cuando morían, los helechos quedaban sepultados en el agua salada acumulada del fondo. Como prácticamente no había oxígeno, no había bacterias que descompusieran la materia vegetal. Así, cada año miles de toneladas de ejemplares de Azolla se amontonan en el fondo marino sin descomponerse. Esta falta de descomposición es la razón por la que Azolla tuvo un impacto tan grande en la atmósfera: todo el dióxido de carbono que había acumulado en su biomasa quedó atrapado en el lecho marino.

Los abundantes restos de Azolla que caracterizan esos depósitos marinos del Eoceno medio en todos los mares septentrionales probablemente representan poblaciones transportadas como resultado de las inundaciones de agua dulce del océano Ártico que llegaron hasta el mar del Norte. El fin de la fase Azolla en el Ártico coincide con un aumento local de la temperatura de la superficie del mar desde unos 10°C a 13°C, lo que apunta a aumentos simultáneos en el suministro de sal y calor debidos a la afluencia de aguas de océanos y mares adyacentes.

Pero sigamos profundizando en la cuestión del carbono y del CO2. Los organismos están hechos fundamentalmente de carbono y las plantas obtienen su carbono del aire. Toman CO2, usan el carbono para nutrirse y crear sus estructuras y liberan oxígeno. Por lo general, cuando una planta muere, es consumida por organismos descomponedores; para abreviar, estos organismos devuelven el carbono de las plantas a la atmósfera en forma de CO2 y metano a través de la respiración o de la descomposición. Es el conocido ciclo del carbono (FIGURA). Pero Azolla no reciclaba el carbono, sino que lo enterraba en el lecho marino. Es lo que aparece en la Figura como "Captura oceánica neta”.

Este esquema del ciclo de carbono muestra el movimiento de carbono entre tierra, atmósfera y océanos en miles de millones de toneladas por año. Los números amarillos son flujos naturales, los rojos son contribuciones humanas, los blancos indican el carbono almacenado. Fuente.

Por tanto, la capacidad de crecimiento rápido de Azolla usando pocos nutrientes y su vida efímera, combinada con un fondo marino salado y una capa superior de agua dulce, creó un sumidero de carbono extraordinariamente eficaz. El efecto fue tan grande que durante el "imperio" Azolla (que duró 800.000 años) estos helechos minúsculos extrajeron el 80% del dióxido de carbono de la atmósfera. La concentración de ese gas de efecto invernadero pasó de 3.500 a 650 partes por millón (ppm). Esa rápida disminución provocó la congelación de los polos y fue uno de los catalizadores de la Edad del Hielo.

El gráfico de arriba muestra los niveles de dióxido de carbono durante los últimos tres ciclos glaciares, obtenidos analizando núcleos de hielo. El gráfico de abajo muestra los niveles atmosféricos de dióxido de carbono medidos en el Observatorio Mauna Loa, Hawái, en los últimos doce años. Los gráficos, basados en la comparación de muestras atmosféricas contenidas en núcleos de hielo y mediciones directas más recientes, proporcionan la evidencia de que el dióxido de carbono atmosférico ha aumentado desde la Revolución Industrial. Las 409 ppm son de octubre de 2018. Fuente 

Actualmente nuestra atmósfera contiene unas 410 ppm de dióxido de carbono, una concentración mucho menor que cuando dominaban los helechos Azolla. Pero ellos vivían en una Tierra más caliente sin casquetes polares y nosotros vivimos en una Tierra más fría con casquetes polares durante todo el año. Nuestros ecosistemas han evolucionado para adaptarse a ese clima más frío y recalentarlos demasiado rápido puede provocar verdaderos desastres. Para que nuestros niveles de dióxido de carbono vuelvan a las concentraciones previas a la revolución industrial (en otras palabras, para revertir el cambio climático provocado por el hombre) necesitamos concentraciones menores de 300 ppm.

Es obvio que no queremos causar otra Edad de Hielo. Pero ¿podríamos aprovechar un sumidero de carbono tan natural como el de Azolla para combatir el problema del cambio climático? Hagamos números.

Como media, el dominio temporal de Azolla redujo el dióxido de carbono global cada año en 0,0035625 ppm. Eso significa que tardaríamos unos 31000 años en conseguir un descenso desde nuestras actuales 410 ppm a 300 ppm. Reflexionemos un momento sobre nuestra capacidad destructiva: si lográramos replicar uno de los procesos de enfriamiento más rápidos en la historia de la Tierra, tardaríamos unos 31000 años en sanear el daño atmosférico que hemos causado en los últimos 70 años. Eso debería hacernos pensar en la rapidez con la que estamos cambiando el planeta actualmente y lo difícil que es revertir los cambios que hemos desencadenado.

Si pudiéramos neutralizar nuestras emisiones de dióxido de carbono durante las próximas décadas, conseguiríamos mantener sus niveles por debajo de 450 ppm. Aun así, se necesitarán decenas de miles de años para recuperar la atmósfera a niveles preindustriales, aunque en escalas de tiempo geológico eso no sea nada. Si queremos que la estirpe humana sobreviva a largo plazo, y no solo sea una nota a pie de página en la larga historia de la Tierra, necesitamos restablecer el clima global para protegernos a nosotros y a los ecosistemas de los que dependemos.

Si pudiéramos mantener la concentración de dióxido de carbono alrededor de las 450 ppm, replicar el evento Azolla y tener mucha paciencia, podríamos detener el cambio climático. Pero solo hay un problema. ¿Realmente podemos replicar el periodo Azolla? Después de todo, el enfriamiento global de Azolla provino de un mar entero que se convirtió en una “granja” Azolla.

Hagamos más cálculos en esa línea. Necesitamos reproducir el Ártico y sus condiciones hace 49 millones de años. Lamentablemente, no hay ninguna parte del mundo que se parezca mucho al Ártico de hace 49 millones de años, por lo que tendremos que ser un poco más prácticos. No podemos seccionar una parte de los océanos, ya que interrumpiríamos el equilibrio oceánico y afectaríamos potencialmente a toda la biodiversidad oceánica. Pero, por suerte para nosotros, las azollas son plantas de agua dulce. ¿Podríamos construir un lago artificial gigante en un desierto? Desgraciadamente, una masa tan grande de agua descompensaría los patrones climáticos y los nutrientes globales. Por ejemplo, el Amazonas recibe nutrientes del viento seco y polvoriento que sopla desde el desierto del Sahara.

Entonces, en lugar de usar un lago artificial de dimensiones colosales, podríamos hacer que algunos de los lagos más grandes del mundo para que funcionaran como granjas. Eso significa que el océano no se vería afectado por nuestras granjas y no estaríamos jugando demasiado con los patrones climáticos.

El antiguo mar Ártico tenía 4.000.000 de km². Hay un total de 5.170.000 km² de lagos en el mundo. ¡Necesitaríamos usar el 77% de todos los lagos del mundo para obtener una superficie suficiente para replicar nuestro mar!

Todo el rojo de la fotografía está formado por ejemplares de Azolla filiculoides en el lecho de una charca desecada. Foto.

Sigamos soñando. Podríamos transformar esos lagos en enormes granjas de Azolla. En primer lugar, deberíamos acabar toda la vida nativa, y luego podríamos diseñar zonas muertas de oxígeno en el fondo y aportar los nutrientes necesarios para iniciar una explosión poblacional de Azolla. Es más, con los métodos de cultivo modernos, podríamos tener una tasa de absorción de dióxido de carbono incluso más elevada que durante la proliferación original de Azolla si garantizamos que siempre mantendremos las condiciones perfectas.

Ahora bien, destruir ecosistemas únicos en estos lagos no parece una buena manera de salvar el planeta, ¿verdad? Pero para hacer estos sumideros de carbono impulsados por Azolla, es necesario. ¿Vale la pena este sacrificio como recompensa? No lo creo.

¿Azolla puede salvar el mundo? Posiblemente, pero supondría un gran sacrificio y un nivel de compromiso nunca realizado por humanos. Necesitaríamos profanar algunos de los hábitats más singulares del mundo y trabajar incansablemente durante decenas de miles de años solo para revertir 70 años de actividad humana. Por lo menos, hacer los cálculos sirve para poner de relieve la escala del cambio climático.

Dicho esto, podría haber otra forma de producir sumideros de carbono Azolla, como tubos hidropónicos cerrados que, sin cambiar los patrones climáticos globales, podrían operar en áreas con menor biodiversidad como los desiertos. Hay también muchos otros métodos para extraer carbono de la atmósfera, como utilizar carbono atmosférico para fabricar baterías de grafeno. Azolla es solo una de las muchas herramientas que tenemos para resolver nuestro mayor problema.

Durante años, los científicos han estado estudiando si las poblaciones de Azolla podrían ayudar a contrarrestar el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero y las temperaturas globales. La secuenciación del genoma de Azolla filiculoides realizada por más de 40 científicos de todo el mundo, proporcionará las primeras pistas reales sobre la eficacia de la planta para combatir el cambio climático. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

La extinción más rápida nunca vista: breve historia del dodo

Cráneo del Museo de Copenhague que sirvió al profesor Reinhardt para relacionar filogenéticamente al dodo con las palomas

El dodo, Raphus cucullatus, se ha convertido en una de las aves más famosas del mundo, un verdadero ícono de la extinción, que probablemente ha merecido más atención que cualquier otra ave. Paradójicamente, no sabemos prácticamente nada sobre él.

Era endémico de las Mascareñas, un grupo de remotas islas volcánicas del sudoeste del Índico situadas a más de 800 km al este de Madagascar, la gran masa terrestre más cercana. Los comerciantes árabes probablemente descubrieron las islas Mascareñas en el siglo XIII, seguidos por los portugueses a principios del siglo XVI, pero unos ni otros se asentaron allí.

En cualquier caso, a los primeros marinos que atracaron en las islas no debió pasarles desapercibido un pájaro de aproximadamente un metro de altura que rondaba los 10 kilos, carecía de alas y se movía torpemente luciendo un pico muy largo, de aproximadamente de 23 centímetros, y con una punta en forma de garfio que probablemente le permitía descortezar los cocos.

Cuando en 1598 los holandeses se hicieron con la mayor de las islas Mascareñas, Mauricio, el archipiélago se utilizó como puerto de escala para el aprovisionamiento de barcos durante el siglo siguiente y los cuadernos de bitácora de los barcos y los diarios de algunos navegantes curiosos registraron referencias vagas a la fauna y flora nativas, incluido el dodo.

Como a finales del XVII los estragos causados por el hombre y los animales domésticos habían alterado por completo los ecosistemas insulares, estos primeros apuntes son enormemente valiosos para reconstruir la composición ecológica original. Gracias a ellos sabemos que durante los primeros cien años de ocupación humana el dodo se extinguió.

Las deducciones hechas a partir de los pocos relatos de dodos en Mauricio sugieren que desaparecieron con la presión cada vez mayor de humanos y animales domésticos. La caza probablemente estaba restringida a las costas y era muy escasa debido a la pequeña población humana; por lo tanto, es casi seguro que la competencia y la depredación por animales introducidos, como ratas, monos, cerdos, cabras y ciervos, fueron responsables de la desaparición del dodo. El último ejemplar fue visto por última vez en 1662, aunque existe un avistamiento por parte de un esclavo cimarrón en 1674, y se cree que debió de existir hasta 1690.

Aunque todavía es un tema de debate, los dodos pudieron haber sobrevivido hasta al menos 1690, pero probablemente habían dejado de reproducirse mucho antes, con los últimos supervivientes envejecidos resguardados en unos pocos lugares remotos.

Apuntes de dodos vivos y recién sacrificados procedentes del diario del navío Gelderland que pasó por Mauricio 1601. Atribuidos a Joris Laerle. Archivos del Museo Nacional de Copenhague.

Las bitácoras y los diarios náuticos se convirtieron en una fuente importante de información para artistas y editores de libros, y fueron estas publicaciones, ampliadas e ilustradas mucho después del viaje, las que se han convertido en el material para el estudio científico. Pero con frecuencia esos relatos e ilustraciones son plagios retocados de fuentes anteriores o simplemente creaciones más imaginativas que reales y han dado lugar a una gran cantidad de mitos científicos y conceptos erróneos sobre el dodo, que incluyen su  descripción como un pájaro torpe y gordo, lo que probablemente se deba a que los viejos dibujos retrataban ejemplares cautivos que habían sido cebados.

Algunos estudiosos han postulado que cada imagen de un dodo representa a un individuo diferente y, de ello cabría deducir que al menos 17 ejemplares de dodo debieron transportarse a Europa y al Lejano Oriente. Sin embargo, la evidencia documental sugiere que tan solo dos o tres dodos viajaron vivos hasta Europa y un número similar sobrevivió al viaje hacia el este, hasta Japón.

Un espécimen, el único dodo que sin duda alguna llegó vivo a Europa, fue exhibido en una tienda londinense en 1638. Este ejemplar pudo haber sido el que terminó en el Ashmolean Museum (ahora University Museum), de Oxford. En 1755, después de comprobar que el ejemplar disecado se estaba desintegrando víctima de polillas y escarabajos, los conservadores pudieron salvar solo la cabeza y una pata, deshaciéndose del resto (Véase la foto adjunta).

La publicación de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll en 1865 concedió un reconocimiento mundial al dodo y coincidió con el descubrimiento ese mismo año de huesos semifosilizados en el pantanal Mare aux Songes, en Mauricio. George Clark, maestro de la escuela diocesana en Mahébourg, y Harry Higginson, un ingeniero ferroviario, descubrieron el sitio y comenzaron las excavaciones con trabajadores locales.

La noticia del descubrimiento llegó al profesor Richard Owen, entonces superintendente del Museo Británico de Historia Natural, y también a Alfred Newton, que aspiraba a convertirse en el primer profesor de Zoología y Anatomía Comparada en la Universidad de Cambridge para lo que necesitaba el apoyo del prestigioso Owen. Clark envió el primer envío de huesos a Owen en septiembre de 1865 y organizó otro envío de huesos para Newton, que tenía la intención de subastarlos el año siguiente.

Owen, un antidarwinista con una trayectoria personal muy controvertida, fue informado del envío por el capitán Frederick-James Mylius, yerno de George Clark, y secuestró los huesos. Arregló un nuevo trato con Clark a través de Mylius y retuvo rápidamente todo el material, sobre el dodo que fue llegando a las islas. Alfred Newton echaba las muelas y se dispuso a presentar una queja formal a la Royal Society, pero Owen lo chantajeó amenazándolo con vetar su solicitud para convertirse en profesor de Cambridge. La táctica de Owen dio sus frutos científicos, porque, ninguneando a Owen, el año siguiente publicó la primera gran monografía sobre la anatomía del pájaro mascareño.

Ejemplar del esqueleto de un dodo reconstruido por Richard Owen utilizando huesos sueltos procedentes de Mare aux Songes.  Museo de Historia Natural de Londres.

Las marismas de Mare aux Songes fueron excavadas intensamente en 1893 por Theodore Sauzier y otra vez por Paul Carié a principios del siglo XX; gracias esas prospecciones se recuperaron muchos más huesos de dodo. Tal fue la abundancia, que casi todos los restos de dodo repartidos por los museos de todo el mundo proceden de ese pantanal. A principios del siglo XX, Louis Etienne Thirioux, peluquero de profesión, descubrió un dodo completo en un valle debajo de la montaña Le Pouce, que sigue siendo el ejemplar de dodo más completo procedente de un solo animal.

Las afinidades del dodo fueron estudiadas por muchos zoólogos, algunos de los cuales lo relacionaron absurdamente con una gran variedad de aves, incluyendo un avestruz en miniatura, una gallineta y un buitre. Después de examinar un cráneo en Copenhague, el profesor Johannes Theodor Reinhardt propuso en 1842 que el dodo estaba relacionado con el orden Columbiformes (tórtolas y palomas).

Esta afirmación, que fue inicialmente ridiculizada, fue confirmada después de que Strickland y Melville confirmaran la hipótesis de Reinhardt tras examinar la cabeza del dodo de Oxford. Los estudios de ADN han concluido que el dodo y el solitario de isla Rodrigues (Pezophaps solitaria), que se extinguió un siglo después, constituyen un grupo filogenéticamente hermano (un clado) dentro de la familia Columbidae derivado del mismo ancestro que la paloma nicobar del sudeste asiático (Caleonas nicobarica).

En 2005, una expedición holandesa descubrió nuevo material fósil fresco en Mare aux Songes. Como consecuencia, las excavaciones realizadas a gran escala entre 2006 y 2010, revelaron que aún quedaban miles de huesos en el sitio. El lecho fósil también contenía semillas, troncos y ramas de árboles, hojas, insectos, caracoles terrestres e incluso hongos, depositados mucho antes de que los humanos llegaran a la isla.

Los restos fósiles están dominados por tortugas gigantes extintas (Cylindraspis sp.), pero también incluyen serpientes, lagartos, búhos, halcones, gallinetas, loros, palomas y varios pájaros cantores. La flora estaba compuesta por una gran cantidad de especies de plantas pequeñas que crecían bajo varias palmeras, algunos Pandanus y grandes árboles dominantes en el dosel como el tambalacoque Sideroxylon grandiflorum y varias especies de ébanos (Diospyros sp.), lo que ha permitido reconstruir el hábitat del dodo en su estado original. En 2007, se descubrió un esqueleto de dodo completo en una cueva en las tierras altas, el cual, unido a más descubrimientos de fósiles realizados en cuevas de las tierras bajas, permitió aumentar la distribución conocida del dodo en Mauricio.

Gracias a ello, ahora es posible sacar conclusiones científicamente válidas sobre la ecología del dodo y el ecosistema que ocupaba. El dodo se encontraba tanto cerca de la costa como en la montaña, ocupando zonas de bosque seco y húmedo, y gracias a su sistema olfativo bien desarrollado se alimentaba de frutos caídos y quizás de invertebrados que encontraba olisqueando entre la hojarasca. A juzgar por el número de individuos conservados, era abundante al menos en las tierras bajas y estaba bien adaptado para sobrevivir a las a veces duras condiciones de las variaciones estacionales en el suministro de alimentos. Distintos escarabajos peloteros ahora extintos utilizaban los productos de desecho del dodo, y los árboles y arbustos dependían del gran pájaro como agente de dispersión para sus frutos y semillas.

Sin embargo, el dodo sigue siendo un misterio. Por ejemplo, ¿para qué usaba su pico grande y ganchudo y qué papel jugaba esta paloma gigantesca no voladora en su hábitat forestal? Lo que es seguro es que el dodo no pudo hacer frente a los rápidos cambios provocados por las actividades antropogénicas y desapareció menos de un siglo después de ser descubierto. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.


domingo, 31 de enero de 2021

Los pájaros vampiros de las Galápagos

 


Los pinzones son los emblemas de la evolución. Los pájaros que Darwin vio en las Islas Galápagos durante su famoso viaje alrededor del mundo entre 1831 y 1836 cambiaron su pensamiento sobre el origen de nuevas especies y, finalmente, el de los naturalistas de todo el mundo.

Las islas oceánicas constituyen los grandes laboratorios naturales de la evolución. La combinación del aislamiento geográfico, la dificultad de acceso y la ausencia de depredadores o competidores, proporcionan posibilidades extraordinarias a los organismos que logran alcanzar esos refugios.

En las islas Galápagos, paradigma del aislamiento insular, unos pájaros, los pinzones, radiaron evolutivamente y se especializaron en una serie de papeles ecológicos que en los continentes son desempeñados por varias familias de aves: algunas especies comen semillas de diferentes tamaños, otras picotean la madera y una especie usa las espinas de los cactos para desalojar a los insectos de sus escondrijos entre las grietas.

Cuando en septiembre de 1835 Charles Darwin desembarcó en las Galápagos, fue el comienzo de cinco semanas que cambiarían el mundo de la ciencia, aunque él no lo sabía en ese momento. Entre otros hallazgos, observó y recolectó una gran variedad de pinzones que habitaban las islas, pero ni sabía que eran pinzones, ni se dio cuenta de su importancia ni anotó registros adecuados de sus especímenes y dónde fueron recolectados.

El joven e inexperto naturalista se dejó engañar por tal profusión y clasificó a estos pájaros en varios grupos. Hasta que un ornitólogo profesional, John Gould, examinó su colección en Londres y, gracias a su anatomía, los identificó a todos como pinzones, Darwin no fue consciente del significado natural de tantas especies estrechamente relacionadas, lo que, finalmente, le llevó a formular el principio de selección natural.

En The Voyage of the Beagle, las memorias que escribió cuando regresó a Inglaterra y ya conocía el informe de Gould, un Darwin asombrado escribió: «Al observar la graduación y diversidad de conformaciones en un grupito de pájaros tan próximos unos a otros, podría imaginarse que, dada la escasez original de aves en este archipiélago, una especie había sido modificada para desempeñar diferentes fines».

Darwin desarrolló esa idea cuando unos 25 años después, en 1859, publicó su bomba intelectual. Especuló que estas aves, parecidas a los estorninos, llegaron a las Islas Galápagos por el viento. La evolución se hizo cargo y diferentes grupos desarrollaron diferentes dietas. Escribió: «Cuando un inmigrante se asentó por primera vez en una de las islas, [...] sin duda estaría expuesto a diferentes condiciones en las diferentes islas [en las que] tendría que competir con un conjunto diferente de organismos. [...] Entonces, la selección natural probablemente favorecería diferentes variedades en las diferentes islas».

En otras palabras, los picos cambiaron a medida que las aves desarrollaron diferentes gustos por frutas, semillas o insectos recogidos del suelo. Los picos largos y puntiagudos hicieron que algunos de ellos fueran más aptos para recoger semillas de frutos de cactus. Los picos más cortos y gruesos sirven mejor para comer las semillas del suelo. Finalmente, los inmigrantes evolucionaron en 14 especies distintas, cada una con su propio canto, preferencias alimentarias y formas de pico.

El pinzón de curruca (arriba) tiene un pico delgado y afilado que se adapta mejor a los insectos. Los picos más cortos y robustos de los pinzones terrestres (centro) están adaptados para comer semillas que se encuentran en el suelo. Los de los pinzones de cactus (parte inferior) tienen la forma adaptada para obtener semillas de cactus. 

Desde que Darwin apoyó en las Galápagos buena parte de su teoría sobre el origen de las especies, ese archipiélago ha sido considerado un laboratorio viviente en el que puede contemplarse la especiación en desarrollo. Hace unos millones de años, una especie de pinzón migró a las Galápagos desde el continente americano. De esta única especie migrante se originaron muchas: al menos trece especies de pinzones evolucionaron a partir de un único antepasado.

Este proceso en el que una especie da lugar a múltiples especies que explotan diferentes nichos se denomina radiación adaptativa. Los nichos ecológicos ejercen las presiones de selección que empujan a las poblaciones en varias direcciones. En varias islas, las especies de pinzones se han adaptado a diferentes dietas: semillas, insectos, flores, hojas y … sangre de grandes aves marinas.

En las islas Darwin y Wolf, una pareja insular aislada dentro del ya de por si remoto gran santuario marino de las Galápagos, habita un ave con un comportamiento insólito: un pinzón hematófago o, como los guías suelen llamarlos delante de los asombrados turistas: unos pinzones vampiros. Descubierto por primera vez en 1964, el pinzón vampiro, Geospiza septentrionalis, utiliza su pico afilado como una navaja para perforar las alas del enorme alcatraz o piquero de Nazca, Sula granti, y beber su sangre.





Beber sangre puede parecer una extraña dieta para cualquier ave, pero considerando la capacidad de adaptación de los pinzones, no resulta demasiado sorprendente. Los pinzones probablemente llegaron a las islas Darwin y Wolf hace 500.000 años, y desde entonces han logrado adaptarse a diferentes ecosistemas.

Como las islas Darwin y Wolf son pequeñas (cada una mide algo más de dos kilómetros cuadrados), y están separadas de las islas más grandes por 160 kilómetros de océano, el agua dulce es extremadamente rara y los alimentos pueden faltar por completo durante la estación seca, lograr habitarlas resulta extremadamente difícil para cualquier animal.

Los organismos que de alguna manera llegaron a esas islas Galápagos debían adaptarse a las duras condiciones o extinguirse. En esas condiciones, actuó la selección natural impulsada por la necesidad de sobrevivir. Cabe pensar que cuando los alimentos escaseaban, los pinzones vampiros que habitaban junto a las colonias de aves marinas recurrieron a comer los parásitos que viven en la piel bajo las plumas de esas grandes aves. Un caso más de mutualismo: los alcatraces se beneficiaron de la eliminación de parásitos y los pinzones de tener una alternativa a su dieta habitual de néctar, semillas e insectos que pueden desaparecer durante la estación seca.

Es probable que a los pinzones les agradase la sangre cuando la eliminación de los parásitos abría algunas heridas. Con el tiempo, los pinzones aprendieron a hacer que la sangre manara arrancando de un tirón las plumas de las alas de las aves más grandes. La selección natural parece haber perfeccionado sus picos para perforar la piel y chupar sangre: en comparación con las poblaciones en otras islas, los pinzones de Darwin y Wolf han desarrollado picos particularmente largos y puntiagudos.

Pero la sangre tiene pocos nutrientes y demasiada sal y hierro por lo que alimentarse exclusivamente de ella es una solución provisional provocada por la escasez de alimentos más nutritivos. Además, para digerir la sangre y liberar el sodio y el hierro hace falta la colaboración de las bacterias del microbioma intestinal.

Como consecuencia de la dieta de sangre, el microbioma que se encuentran en el sistema digestivo de los pinzones vampiros es muy diferente al que se encuentra en cualquier otra ave. Los pinzones hematófagos y los murciélagos vampiros comparten un tipo de bacteria intestinal de la familia Peptostreptococcaceae que ayuda a unos y otros animales, tan remotamente emparentados como podrían estarlo una ballena y un gorrión, a procesar y digerir el sodio del suero sanguíneo y la hemoglobina de los eritrocitos de sus víctimas.

Cuando las primera aves y mamíferos aparecieron sobre la faz de la Tierra entre el Pérmico y el Jurásico, hace unos 200 millones de años, las bacterias ya llevaban allí más de tres mil millones de años. Que encontraran un lugar donde vivir era solo una cuestión de tiempo y de oportunidad. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

miércoles, 27 de enero de 2021

Los poderes ocultos de las hierbas gateras



Los dueños de gatos (si es que los gatos tienen dueño) saben que sus mascotas se ponen frenéticas después de frotarse contra la hierba gatera, Nepeta cataria. Una investigación publicada en la revista Science Advances sugiere que los gatos no solo usan esa hierba para tener un subidón, sino que también pueden usarla como una defensa frente a los mosquitos.

Aunque los comportamientos aprendidos permiten que los animales se adapten de manera flexible a entornos complejos y cambiantes, algunos comportamientos específicos se expresan sin necesidad de exposición o aprendizaje previos. Este tipo de comportamiento fijo en animales es provocado frecuentemente por señales químicas emitidas por alelomonas, las secreciones emitidas por individuos de la misma especie (feromonas) o por señales químicas emitidas por depredadores o presas (kairomonas), cuya respuesta es decisiva para la supervivencia. 

En los gatos, dormir es lo natural. Les gusta dormir. Desde su origen salvaje, los gatos han disfrutado del sueño y dormir muchas horas al día forma parte de su naturaleza. Hay una poderosa razón para ello. 

Los felinos adultos pueden llegar a dormir entre 12 y 16 horas, y más de 20 horas si se trata de una cría, pero a medida que envejecen también aumentan las horas de sueño y descanso, porque el cuerpo se fatiga con más facilidad. Muchos pensarán que los gatos duermen tanto porque son animales perezosos, pero en realidad estos dormilones están influenciados por varios factores innatos el principal de los cuales reside en el comportamiento de los felinos silvestres, los ancestros de los gatos domésticos. 

Nepeta cataria

Los felinos son excelentes cazadores. Al ser unos depredadores ágiles y rápidos, para conseguir comida no necesitan invertir mucha energía, así que pueden invertir buena parte de su jornada en disfrutar de otros placeres, y más cuando se trata de un gato doméstico, que tiene un amigo humano que lo alimenta.

Además, algunos olores de plantas también pueden provocar respuestas características en animales. Un ejemplo bien conocido del comportamiento inducido por algunas plantas en mamíferos es la de los gatos domésticos y otros felinos como leones y linces. Cuando los felinos huelen la hierba gatera (Nepeta cataria) y la vid plateada (Actinidia polygama), muestran una respuesta de comportamiento típica que incluye lamer y masticar las plantas, frotarse la cara y la cabeza contra ellas y rodar por el suelo. 

Esta respuesta suele durar entre 5 y 15 minutos, seguida de un período de una o más horas en las que los animales no responden al estímulo y se muestran aletargados. Debido a que la respuesta del felino no tiene ningún efecto fisiopatológico, las hojas secas de estas plantas se utilizan comercialmente en juguetes para gatos domésticos de todo el mundo.

La hierba gatera y la vid plateada no están estrechamente emparentadas, pero ambas hacen que los gatos se pongan como locos. Las dos plantas contienen iridoides, unos compuestos químicos que protegen a las plantas contra los insectos chupadores de savia. Esa molécula es la responsable del estado eufórico de los gatos que se ungen con la hierba y de su protección contra las picaduras de los mosquitos.

Actinidia polygama

Los investigadores que han publicado el artículo usaron trozos de papel empapados en nepetalactol, un iridiode producido por Actinidia polígama, que entregaron a un grupo de animales que incluían desde grandes felinos de zoológicos hasta gatos domésticos y silvestres. El tamaño no importa: en cuanto lo tuvieron a su alcance, grandes y pequeños comenzaron a untarse con el papel.

Estudios anteriores habían demostrado que la hierba gatera libera un iridoide llamado nepetalactona, que es diez veces más eficaz para repeler mosquitos que el DEET, el ingrediente más habitual de los repelentes de insectos. Lo que se ha comprobado ahora es que el nepetalactol derivado de Actinidia polygama también protege a los felinos contra los mosquitos. Los felinoscubiertos de nepetalactol atrajeron significativamente menos mosquitos (en algunos casos, la mitad) que los que no fueron tratados con el químico.

La atracción de los gatos por los iridoides ha desconcertado a los investigadores desde hace años y los expertos aún no están seguros de por qué la sustancia química afecta a los gatos, pero no a otros animales como perros o ratones. Como cualquiera que haya observado en el campo a los felinos que aguardan sigilosamente para emboscar a sus presas, permanecer completamente quietos es muy complicado cuando están acosados por los mosquitos, así que untarse con una hierba es una solución natural para librarse de los molestos zancudos.

Los gatos domésticos, cazadores frustrados, han heredado ese comportamiento de sus ancestros silvestres. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

jueves, 14 de enero de 2021

Un trío descompensado: plantas, hongos e insectos parasitados

 

Una larva muerta por infección de Metarhizium. Foto.

Como escribí en este artículo, no se puede hablar de plantas terrestres sin hablar de hongos. La gran mayoría de las especies de plantas terrestres dependen de las interacciones con hongos para sobrevivir. Esta relación mutualista se conoce como micorriza. El micelio de los hongos coloniza el sistema radicular de las plantas y las ayudan a adquirir nutrientes como nitrógeno y fósforo. A cambio, la mayoría de las plantas fotosintéticas pagan a sus simbiontes micorrícicos con carbohidratos.

Cada vez estamos más seguros de que las vidas de las plantas y los hongos están inextricablemente unidas y probablemente lo hayan estado desde que aparecieron los primeros organismos terrestres. A medida que se investiga aparecen nuevos ingredientes. Como en los vodeviles y en las comedias de enredo, lo que parecía un dúo es en realidad un trío. Veamos las relaciones establecidas entre plantas, insectos y hongos del género Metarhizium.

Las especies de este género son fundamentalmente patógenos de insectos, cuyo letal mecanismo de infección es similar la “viagra del Tíbet”: invaden los cuerpos de los insectos que habitan en el suelo, los matan desde el interior y absorben los nutrientes, sobre todo nitrógeno, del cuerpo de sus desdichadas víctimas. Aunque son extremadamente eficaces obteniendo nitrógeno de los insectos, no pueden acceder fácilmente al carbono que necesitan para sobrevivir. Ahí es donde entran las plantas.

A pesar de su relativa simplicidad estructural (si se compara con la de los animales) las plantas son expertas en producir compuestos a base de carbono. A través de la fotosíntesis, rompen las moléculas de CO2 y las convierten en azúcares ricos en carbono. Sin embargo, necesitan nitrógeno para hacerlo.

Casi el 80 % del aire que respiramos es nitrógeno, el elemento más abundante en la atmósfera, que es vital para nuestra existencia, porque, entre otras cosas, es un componente esencial de ácidos nucleicos y aminoácidos. A pesar de su abundancia en la atmósfera, para nuestra desgracia y para la de las plantas el nitrógeno es inerte y no interactúa con otros elementos.

Cuando respiramos, el nitrógeno penetra en los pulmones y vuelve a salir de inmediato sin provocar reacción alguna salvo la de servir como agente diluyente del oxígeno en la respiración. Para que nos resulte útil (a los animales y a las plantas) debe adoptar otras formas más reactivas, como el amoniaco, y son las bacterias las que hacen ese trabajo para nosotros, fijándolo y transformándolo en nitratos para que pueda ser absorbido por las plantas en uno de los ciclos fundamentales para el mantenimiento de la vida.

Representación del intercambio entre un Metarhizium endofítico en su planta huésped a la que suministra nitrógeno obtenido de la larva al tiempo que recibe a cambio carbohidratos fotosintetizados.



En los últimos años, los científicos que estudian la relación entre Metarhizium y las plantas han descubierto que se ha desarrollado un intercambio fascinante y ecológicamente importante entre estos organismos. Cuando las plantas reciben una cantidad adecuada de nitrógeno, muchas especies producen carbohidratos en exceso. Sus socios fúngicos son los que se benefician de esto, porque esos carbohidratos en exceso alimentan a los hongos micorrícicos de esas plantas.

Usando isótopos de carbono y nitrógeno, los científicos han demostrado que matar y comer insectos no es la única forma que emplean las especies de Metarhizium para sobrevivir. Además de devorar insectos, los Metarhizium también forman relaciones micorrícicas con las raíces de numerosas especies de plantas herbáceas. Así obtienen carbohidratos.

Sin embargo, las plantas no regalan los productos de la fotosíntesis así como así. A cambio, los hongos les proporcionan parte del nitrógeno que obtuvieron al infectar y digerir a sus presas. Cuando rastrearon el camino de los isótopos de carbono y nitrógeno entre hongos y plantas, los investigadores descubrieron que los hongos suministraban directamente a las plantas el nitrógeno obtenido de los insectos parasitados.

Tampoco debe extrañarnos demasiado. Después de todo, así es más o menos cómo funcionan la mayoría de las interacciones micorrícicas. Sin embargo, el hecho de que un hongo que mata insectos esté transfiriendo nitrógeno de un insecto a la planta directamente, revela una vía desconocida en el ciclo del nitrógeno.

Metarhizium es un género de hongos extremadamente común y muy extendido, por lo que es probable que estas relaciones no sean exclusivas de las plantas utilizadas en estas investigaciones. Es importante recordar que este tipo de relaciones son beneficiosas tanto para las plantas como para los hongos.

Ambas partes se benefician del mutualismo. No podemos olvidar que, como las plantas, los hongos son organismos que luchan por sobrevivir el tiempo suficiente para que sus genes pasen a la siguiente generación. Los mutualismos no son altruistass. Son intercambios mutuos que benefician a ambas partes.

Si les pudiéramos preguntar a los insectos, no opinarían lo mismo. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

jueves, 7 de enero de 2021

La ayahuasca, un brebaje alucinógeno

 

Flor de Banisteriopsis caapi. Foto.

La ceremonia de la ayahuasca atrae a miles de personas cada año. Quienes ofrecen la sustancia son miembros de un boyante y peligroso mercado de salud mental sin regulaciones ni permisos.

Viajeros de todo el mundo, pero sobre todo de Estados Unidos, viajan hasta el oeste de Costa Rica para probar la ayahuasca, una mezcla de plantas amarga y nauseabunda, que los pueblos de la selva amazónica han bebido durante siglos enmarcada en ceremonias rituales. Algunas comunidades indígenas consideran que la infusión es una poderosa medicina que conecta con el inframundo, eleva el espíritu y la armonía con el mundo natural.

Los alojamientos que encuentran los turistas en busca de la alucinogénesis está muy lejos de las chozas aisladas en las selvas amazónicas de donde surgió la ayahuasca. El alojamiento que los turistas ocupan está a años luz: son cabañas bien equipadas con espléndidas vistas al océano rodeando a piscinas refulgentes. Con tarifas que oscilan entre 3.000 y 7.000 dólares por persona, esos alojamientos son parte de un boyante sector de la terapia alternativa destinada a ilusos adinerados que, con los bolsillos llenos y con la cabeza a pájaros, buscan otros mundos que no están en este.

En el idioma quechua que hablan los indígenas de la selva amazónica el término ayahuasca significa “la liana de los muertos” (de “aya”: espíritu, muerto y “waskha”: liana) y que, como su sinónimo yagé, se refiere tanto a Banisteriopsis caapi, una liana gigante endémica de la cuenca amazónica, como al brebaje ritual indígena en el que intervienen otras plantas, entre las que no puede faltar la chacruna (Psychotria viridis), un arbusto cuya savia contiene un compuesto, la dimetiltriptamina (DMT), en el que radica el auténtico poder alucinógeno y enteógeno de la infusión.

Flores de Psychotria viridis. Foto

B. caapi
contiene dos alcaloides del grupo de las β-carbolinas: harmina y tetrahidroharmina (THH), que juegan un papel fundamental en los efectos neurológicos de la ayahuasca porque, como el resto de los alcaloides de su grupo, que son comunes en plantas y animales, actúan como inhibidores de una enzima, la monoaminooxidasa. Al impedir que la enzima actúe, las β-carbolinas evitan la degradación de la DMT de la chacruna en el tracto digestivo, permitiendo así que ejerza su acción psicoactiva en el sistema nervioso central.

De ese modo, a diferencia de los cristales de DMT procedentes de P. viridis, que los nativos usan para fumar y no requieren una sustancia asociada que los vehiculice en el intestino, el bebedizo resulta psicoactivo por administración oral. Por tanto, desde el punto de vista farmacológico, el DMT es el principio activo, mientras que las β-carbolinas son coadyuvantes. Esta combinación de plantas en una única infusión es un logro increíble del conocimiento etnofarmacológico de las culturas indígenas amazónicas.

El efecto psicoactivo de la DMT obedece a que nuestras neuronas sintetizan de forma natural otra triptamina, la serotonina, a la que coloquialmente se le denomina el “neurotransmisor de la felicidad”. Los procesos conductuales y neuropsicológicos modulados por la serotonina incluyen el estado de ánimo, la percepción, la recompensa, la ira, la agresión, el apetito, la memoria, la sexualidad y la atención. Su metabolismo está asociado en varios trastornos psiquiátricos y su concentración se ve reducida por el estrés.

Hay veces en las que nos sentimos decaídos y no sabemos por qué. No ha ocurrido nada especial, pero no conseguimos alcanzar un buen estado de ánimo. En estos casos puede que la causa sea un nivel de serotonina bajo. Un ritmo de vida agobiante, una mala alimentación y la falta de ejercicio hacen que nuestro nivel de serotonina descienda, provocando un estado anímico ciclotímico y, por lo general, decaído.

El motivo del decaimiento son los bajos niveles de serotonina. Este neurotransmisor, que también ejerce un papel fundamental en la regulación de nuestro funcionamiento intestinal, tiene la capacidad de llevar a cabo las reacciones químicas necesarias para aumentar nuestro de sentimiento de bienestar y satisfacción.

La serotonina puede ayudarnos a sobrellevar mejor el estrés y la tensión del día a día. No obstante, cuando los niveles de estrés se disparan, la serotonina tiende a bajar, somos menos capaces de controlar los altibajos en nuestro estado de ánimo y corremos el riesgo de desarrollar algún tipo de trastorno depresivo.

Como los fitocannabinoides de la marihuana, que sustituyen a nuestros cannabinoides naturales endógenos, muchas sustancias tóxicas pueden sustituir, bloquear o modular los receptores neuronales a los que se unen habitualmente nuestros neurotransmisores. Su efecto a veces es similar (agonista) y otras opuesto (antagonista), siempre dependiendo de la dosis.

Cuando la dosis es elevada, el DMT de la chacruna actúa como agonista de los receptores de serotonina de tipo 5-HT2A produciendo el efecto psicotrópico que, en el caso del ritual indígena de la ayahuasca, se potencia por el entorno en el que se encuentra el individuo (cánticos, percutir de tambores, luces, sonidos e ingestión de cafeína a través de una infusión de Ilex guayusa, una planta amazónica del género del acebo).

Además, el mismo DMT puede actuar sobre los receptores a los que se une una hormona neurotransmisora, la adrenalina. Si sube la concentración de adrenalina en sangre, nuestro corazón late más veces por minuto y más fuerte, es decir, se producen taquicardias. El efecto se potencia en muchos ritos chamánicos porque las β-carbolinas de B. caapi permiten que el DMT actúe durante mucho más tiempo sobre los receptores de la serotonina y de la adrenalina.


El DMT, a diferencia de muchos compuestos psicotrópicos, no parece tener potencial adictivo porque no activa la ruta mesolímbico cortical, un circuito nervioso cuya activación libera dopamina en el cerebro y produce placer. La mayoría de las drogas como la cocaína, las anfetaminas, el éxtasis y la heroína basan su capacidad adictiva en la activación de este circuito.

Sin que seamos toxicómanos, también liberamos dopamina en este circuito cuando apostamos en una tragaperras, en la bolsa, nos volvemos adictos al trabajo o practicamos sexo. La activación de la ruta mesolímbico cortical libera cantidades ingentes de dopamina produciendo placer al realizar comportamientos como los mencionados o al ingerir algunas drogas.

Los efectos de la ayahuasca varían desde la embriaguez agradable sin consecuencias, a secuelas de violentas reacciones que provocan vómitos, parálisis, convulsiones, euforia y alucinaciones. Termina con sueño profundo. Con alcohol, puede producir la muerte. Sus efectos dependen de la sensibilidad de quien la ingiere.

Por último, desde hace algunos años un grupo de científicos españoles ha centrado sus esfuerzos en investigar el uso potencial de la ayahuasca como agente neurogénico. La neurogénesis es el proceso por el cual se forman nuevas neuronas en el cerebro a partir de células madre. Su actividad es especialmente intensa durante el desarrollo embrionario, pero cuando crecemos su acción decae.

Si la ayahuasca actuara como neurogénico, podría servir para curar patologías como el alzhéimer o el párkinson, que se caracterizan por la muerte de determinadas neuronas, haciendo “despertar” a las células madre neurales en el adulto para “convencerlas” de que formen nuevas células nerviosas. Eso permitiría reponer las neuronas que mueren como consecuencia de las enfermedades neurodegenerativas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

miércoles, 6 de enero de 2021

En unas horas Trump asaltará en vano la última trinchera



Dentro de unas horas, el Congreso de los Estados Unidos (un órgano bicameral, compuesto por la Cámara de Representantes y el Senado) se reunirá en sesión conjunta para contar los votos del Colegio Electoral emitidos en las capitales estatales el mes pasado. En su papel de presidente del Senado, el vicepresidente Mike Pence debería proclamar oficialmente a Joe Biden como el próximo presidente del país.

Este proceso formal, el último paso en las elecciones presidenciales, se ha convertido en la ¿penúltima? trinchera del esfuerzo desesperado, insostenible y posiblemente criminal del presidente Donald Trump para cambiar los resultados de 2020. En su negativa a dar su brazoa torcer, Trump está presionando a Pence y a los representantes republicanos para retrasar u oponerse a la proclamación.

La sesión conjunta del Congreso el 6 de enero no es una mera formalidad. La Ley de Recuento Electoral de 1887 exige que el Congreso convoque y revise, y no solo que certifique formalmente, los resultados del Colegio Electoral.

Esa ley fue una respuesta a las disputadísimas elecciones presidenciales de 1876. Ese año, los republicanos que apoyaban al candidato Rutherford B. Hayes alegaron fraude electoral en cuatro estados que favorecían al demócrata Samuel Tilden, lo que obligó al Congreso a nombrar una comisión independiente para resolver 20 votos electorales disputados.

La comisión nominalmente bipartidista, compuesta por cinco senadores, cinco congresistas y cinco jueces de la Corte Suprema, otorgó los votos en disputa a Hayes, lo que le permitió superar los 185 votos frente a 184 obtenidos por Tilden en el Colegio Electoral. Los procedimientos dejaron una nube de sospecha sobre Hayes, quien recibió el sobrenombre de "Rutherfraude B. Hayes".

El Congreso también salió escaldado de la prolongada y feroz disputa electoral. Para minimizar la probabilidad de que alguna vez volvieran a decidir el resultado de una elección presidencial, los legisladores aprobaron en 1887 la Ley de Recuento Electoral. La ley pone la responsabilidad de resolver las disputas electorales en los estados. Mientras lo hagan, certificando los resultados de sus elecciones a más tardar seis días antes de que el Colegio Electoral se reúna para emitir sus votos, sus resultados se considerarán "concluyentes" cuando el Congreso se reúna para certificar la votación el 6 de enero.

En 2020, todos los estados certificaron sus resultados electorales antes de la fecha límite de del 8 de diciembre. Joe Biden ganó 306 votos electorales, superando los 270 votos necesarios para convertirse en presidente electo, y Donald Trump logró 232. El Congreso está legalmente obligado a ceder ante esas decisiones estatales.

Sin embargo, incluso los resultados concluyentes pueden ponerse en cuestión. De acuerdo con la Ley de Recuento Electoral, si un congresista o un senador están de acuerdo en que una impugnación merece crédito, la Cámara de Representantes y el Senado deben volver a reunirse por separado y deliberar no más de dos horas antes de votar para mantener o rechazar la impugnación. Para que la impugnación prospere, se necesita que dos mayorías, una en cada cámara, vote a favor.

Para anular el resultado de una elección, el Congreso tendría que descalificar suficientes votos electorales para privar a un candidato de los 270 votos necesarios para ganar. Si se consiguiera, el Congreso elegiría al próximo presidente basándose en un sistema de votación especificado en el Artículo II de la Constitución.

Esta tarde, en un intento de cambiar 63 votos electorales de Biden a Trump, al menos una docena de senadores republicanos se opondrán a los resultados en Georgia, Pensilvania, Arizona y Michigan. Sus alegaciones se fundamentan en denuncias de fraude electoral ya desacreditadas administrativa y judicialmente. No hay posibilidad alguna de que los demócratas, que controlan la Cámara de Representantes, voten para apoyar esas recusaciones.

A menos que dimita y ceda la Presidencia a Pence, presidente del Senado pro tempore, como hizo el vicepresidente Hubert Humphrey en enero de 1969, el ahora vicepresidente tendrá el papel formal pero políticamente importante de presidir una proclamación impugnada.

Después de que los certificados de voto de los 50 estados y de Washington DC se lleven a la sesión conjunta, el vicepresidente abrirá los 51 sobres uno a uno y los entregará a los "cajeros" designados. A medida que estos anuncien en voz alta los resultados de cada estado y registren los votos para el recuento final, el vicepresidente «pedirá objeciones, si las hay».

Si los republicanos objetan, se realizará una votación por separado en ambas cámaras. Cuando los republicanos no puedan obtener el apoyo necesario, Pence deberá declarar a Biden presidente electo. Pence está obligado constitucionalmente a cumplir con este deber, por más que Trump diga que confirmar la victoria de Biden sería una traición.

Un presidente estadounidense que organiza un intento de subvertir una elección, con al menos una docena de senadores apoyándole, daña profundamente la democracia, que depende de la transferencia pacífica del poder. Los republicanos, y sobre todo Mike Pence, se enfrentan a una elección entre la fidelidad a la Constitución y la fidelidad a Trump. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.