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domingo, 16 de agosto de 2026

JASMINUM GRANDIFLORUM: EL LLAMADO JAZMÍN ESPAÑOL

 

Hay pocas fragancias vegetales tan fáciles de reconocer como la del jazmín. Basta que llegue una bocanada desde una tapia al caer la tarde para que casi cualquiera identifique la planta, aunque quizá no sepa exactamente qué planta está identificando. Porque bajo el nombre de jazmín cultivamos especies muy diferentes, algunas pertenecientes al género Jasminum y otras que ni siquiera son parientes cercanas. Y, para complicar las cosas, dos de los jazmines verdaderos más frecuentes en nuestros jardines, Jasminum grandiflorum y Jasminum officinale, se parecen tanto que llevan siglos intercambiándose nombres.

Nuestro protagonista es Jasminum grandiflorum, conocido como jazmín español, jazmín real o jazmín de España. Lo de español resulta algo engañoso, porque la especie no se originó aquí. Su área nativa se sitúa mucho más al este, desde el noreste de África y Arabia hasta regiones del sur de Asia, aunque su cultivo antiquísimo hace difícil reconstruir con precisión su historia biogeográfica. Lo que sí sabemos es que encontró en la península ibérica un clima magnífico y una larga tradición jardinera que terminó asociándolo estrechamente con España y, sobre todo, con los jardines mediterráneos.

El nombre Jasminum tiene una historia tan viajera como la propia planta. Procede en último término del persa yāsamin, que pasó al árabe yāsamīn y de allí a las lenguas europeas. Nuestro «jazmín», el francés jasmin, el italiano gelsomino y el inglés jasmine son descendientes, más o menos transformados, de aquella palabra persa. El epíteto grandiflorum es mucho más transparente: procede del latín grandis, grande, y flos, floris, flor. Significa sencillamente «de flores grandes». Linneo describió la especie con ese nombre en 1762.

Y flores grandes tiene, al menos comparadas con las de muchos de sus parientes. Son blancas, tubulares, con cinco lóbulos extendidos —a veces alguno más— y nacen reunidas en grupos terminales. Los capullos suelen mostrar por fuera una delicada tonalidad rosada que desaparece cuando la flor se abre. Las hojas son opuestas y compuestas, normalmente con cinco a nueve folíolos, y los tallos largos y flexibles se apoyan sobre muros, rejas y otras plantas. No es una trepadora en el sentido estricto de una vid: carece de zarcillos y raíces adhesivas. Sencillamente se encarama sobre lo que encuentra y agradece que alguien le proporcione una estructura donde apoyarse.

El problema empieza cuando colocamos a su lado Jasminum officinale, el jazmín común. A primera vista podrían pasar perfectamente por hermanos gemelos. Ambos son oleáceas —parientes, por tanto, de olivos, fresnos y aligustres—, tienen hojas pinnadas, largos tallos sarmentosos y flores blancas intensamente perfumadas. No es extraño que los nombres comunes se mezclen en viveros, jardines y páginas de Internet.

Pero hay diferencias. Jasminum grandiflorum suele tener flores mayores, con lóbulos relativamente anchos, y capullos marcadamente rosados. Sus folíolos tienden también a ser algo más anchos. J. officinale, por el contrario, suele presentar flores algo menores, lóbulos más estrechos y puntiagudos y hojas con cinco a nueve folíolos relativamente estrechos. Existen, además, diferencias de porte y comportamiento que pueden resultar más útiles para el jardinero que unos cuantos milímetros de corola.

J. officinale procede de una extensa región asiática y soporta generalmente mejor el frío. Puede perder las hojas durante el invierno y rebrotar en primavera después de heladas que causarían problemas a un grandiflorum. Este último está más a gusto con inviernos suaves, veranos cálidos y mucho sol. En buena parte de la España mediterránea se encuentra, por tanto, como en casa. En una zona continental fría conviene pensárselo antes de dejarlo completamente expuesto.

La otra gran diferencia está en el perfume. Describir olores con palabras siempre tiene algo de intentar explicar un cuadro por teléfono, pero el de J. grandiflorum suele considerarse más cálido, dulce y afrutado. Y esta característica le ha proporcionado una segunda vida mucho más allá de la jardinería.

El jazmín español es una de las grandes plantas de la perfumería. Sus flores se recolectan para obtener absoluto de jazmín, un producto extraordinariamente aromático y costoso. Tradicionalmente se utilizó la técnica del “enfleurage”, que consistía en colocar flores frescas sobre grasas capaces de absorber lentamente sus sustancias volátiles. Actualmente predominan otros métodos de extracción. Para obtener una cantidad pequeña de esencia hacen falta enormes cantidades de flores, recolectadas además con cuidado porque buena parte de su aroma se pierde rápidamente después de cortarlas.

Su perfume no depende de una sola sustancia, sino de una orquesta química. Entre sus componentes aparecen acetato de bencilo, benzoato de bencilo, linalol, indol, cis-jasmona, metil jasmonato y farnesol, entre muchos otros. El indol resulta particularmente curioso: en concentraciones elevadas posee un olor desagradable, incluso fecal, mientras que en cantidades diminutas contribuye a esa profundidad cálida y casi animal característica del jazmín. La perfumería, como la cocina, demuestra que algunos ingredientes que uno jamás probaría por separado pueden resultar indispensables en la mezcla.

Las jasmonas merecen también atención. Su nombre procede precisamente del jazmín, pero hoy sabemos que ellas y los jasmonatos son mucho más que sustancias aromáticas. Actúan como importantes señales químicas de las plantas y participan en respuestas frente a heridas, herbívoros y otros tipos de estrés. Una molécula que nosotros apreciamos porque contribuye a un perfume puede formar parte, para la planta, de un sistema de alarma.

Las flores de Jasminum grandiflorum poseen además una larga historia en las medicinas tradicionales de Asia. Se han utilizado en preparados para aliviar inflamaciones, molestias digestivas y trastornos de la piel, y se les han atribuido propiedades sedantes y antiespasmódicas. Los análisis fitoquímicos han identificado flavonoides, iridoides, terpenoides y otros compuestos biológicamente activos. Como ocurre tantas veces, que una planta tenga sustancias farmacológicamente interesantes no significa que cualquier preparación casera sea un medicamento de eficacia y seguridad demostradas. El uso moderno verdaderamente importante del jazmín sigue siendo ornamental y, sobre todo, en perfumería.

Y luego están los jazmines que no son jazmines. La confusión popular es enorme porque hemos convertido «jazmín» casi en una descripción de aspecto o de olor. Llamamos jazmín azul a Plumbago auriculata, jazmín de Chile a Mandevilla laxa, jazmín estrellado a Trachelospermum jasminoides, solano jazminoide a Solanum laxum y jazmín de noche, entre otros nombres, a Cestrum nocturnum. Pertenecen a familias tan distintas como Plumbaginaceae, Apocynaceae y Solanaceae. Algunos tienen flores blancas; otros son trepadores; varios huelen maravillosamente. Ninguna de esas circunstancias los convierte en Jasminum.

No es simple pedantería botánica distinguirlos. Un Trachelospermum, un Cestrum y un Jasminum pueden requerir cuidados diferentes y contienen compuestos químicos diferentes; incluso su posible toxicidad es distinta. Los nombres comunes son magníficos para conversar, pero bastante malos para identificar plantas. Precisamente por eso Linneo y sus sucesores nos legaron esos incómodos nombres latinos que a veces parecen empeñados en complicarnos la vida.

Así que la próxima vez que alguien nos enseñe una tapia cubierta de flores blancas y anuncie orgullosamente «este es mi jazmín», podemos hacer dos cosas. La primera es acercarnos, mirar las hojas y las flores e intentar averiguar de qué especie se trata.

La segunda, probablemente más agradable, es acercarnos igualmente, aspirar profundamente y disfrutar del perfume.

MIRABILIS JALAPA: LA FLOR QUE SABE QUÉ HORA ES

 

Pocas plantas llevan reloj. El dondiego de noche parece llevar uno incorporado. Durante buena parte del día permanece discretamente verde, como si no tuviera nada especial que enseñar, pero cuando avanza la tarde comienza a desplegar sus trompetas amarillas, blancas, rosadas, rojas o magenta. Al mismo tiempo libera un perfume dulce que se intensifica al anochecer. A la mañana siguiente las flores se marchitan y el espectáculo queda aplazado hasta la tarde.

De ahí proceden muchos de sus nombres populares. En español es dondiego de noche, buenas tardes, maravilla o jazmín de tarde; en inglés, four o'clock flower, la flor de las cuatro. No conviene tomarse demasiado en serio la puntualidad: no espera necesariamente a que un reloj marque las cuatro. La apertura depende de su reloj circadiano, modulado por la luz y la temperatura. Lo importante es que ha elegido trabajar en el turno de tarde y noche.

Mirabilis jalapa pertenece a las Nyctaginaceae, la misma familia de la buganvilla, y comparte con ella algunas extravagancias botánicas. Si en Bougainvillea aquello que llamamos flores son sobre todo brácteas coloreadas, el dondiego nos prepara otra pequeña trampa: sus flores no tienen pétalos. La vistosa trompeta coloreada que parece una corola está formada por el perianto, tradicionalmente interpretado como un cáliz petaloide. En su base hay además un involucro de cinco brácteas soldadas que puede confundirse fácilmente con un cáliz. La familia parece haberse especializado en hacer que las piezas florales suplanten unas a otras.

La planta es una herbácea perenne con una gruesa raíz tuberosa que le permite rebrotar después de perder la parte aérea. Sus tallos muy ramificados pueden superar el metro de altura y llevan hojas opuestas, enteras y generalmente ovadas. Las flores duran apenas una noche, pero se producen en tal cantidad que la floración puede prolongarse durante meses. Después queda un pequeño fruto oscuro, rugoso y casi negro que cualquiera que haya cultivado dondiegos habrá recogido alguna vez creyendo que era una semilla. Botánicamente, es un antocarpo que envuelve el verdadero fruto.

El nombre científico merece detenerse un momento. Linneo publicó Mirabilis jalapa en 1753. Mirabilis es una palabra latina que significa «admirable», «maravillosa» o «sorprendente», y alude a la extraordinaria variabilidad cromática de sus flores. Una misma planta puede producir flores de colores diferentes e incluso flores rayadas o salpicadas de varios colores. Los botánicos europeos ya la conocían como una «maravilla» mucho antes de que Linneo formalizara el nombre.

Jalapa encierra una historia más complicada. El nombre remite a Xalapa —tradicionalmente escrita Jalapa—, la ciudad mexicana de Veracruz cuyo topónimo procede del náhuatl. Pero durante siglos existió además una droga purgante llamada jalapa, obtenida de una planta mexicana de raíz tuberosa. Los primeros botánicos europeos confundieron unas plantas con otras y se creyó que nuestro dondiego producía aquella famosa droga. No era así. La auténtica jalapa medicinal procede de una convolvulácea, actualmente conocida como Ipomoea purga. Linneo heredó parte de aquella confusión y la dejó perpetuada en el nombre Mirabilis jalapa.

También hay que corregir otro pequeño error histórico escondido en uno de sus nombres ingleses: “marvel of Peru”. El dondiego no es esencialmente peruano. Su área nativa aceptada actualmente se extiende desde México hasta Nicaragua, aunque siglos de cultivo han conseguido naturalizarlo en buena parte de las regiones cálidas y templadas del planeta. España está entre ellas.

La apertura nocturna no es un capricho. Las flores producen fragancias que atraen insectos crepusculares y nocturnos, entre ellos esfíngidos, mariposas capaces de mantenerse suspendidas frente a una flor mientras introducen su larga espiritrompa en el tubo floral. Es una hermosa división de los turnos de trabajo: mientras muchas flores cierran cuando disminuye la luz, Mirabilis abre el establecimiento y perfuma el aire para anunciar que acaba de comenzar el servicio de noche.

Sus colores, como los de la buganvilla, tampoco dependen principalmente de antocianinas. Las Nyctaginaceae pertenecen a las Caryophyllales y producen betalainas, divididas fundamentalmente en betacianinas rojizas y violetas y betaxantinas amarillas. Esa química explica buena parte de la extraordinaria paleta del dondiego.

Y precisamente sus colores llevaron a Mirabilis jalapa a los libros de genética. A comienzos del siglo XX, Carl Correns, uno de los tres investigadores que redescubrieron independientemente las leyes de Mendel, estudió plantas de dondiego con hojas variegadas, algunas verdes, otras blancas y otras mezcladas. Descubrió algo desconcertante: el aspecto de la descendencia dependía de qué rama de la planta materna proporcionara el óvulo y no seguía las proporciones mendelianas esperadas.

La explicación estaba fuera del núcleo. Los cloroplastos poseen su propio ADN y se transmiten en Mirabilis fundamentalmente a través del óvulo. Correns había tropezado así con uno de los primeros ejemplos clásicos de herencia citoplasmática, demostrando que no toda la información hereditaria se comportaba como los genes cromosómicos que Mendel había estudiado en los guisantes. Una modesta planta de jardín ayudó a ampliar nada menos que nuestra idea de dónde reside la herencia.

El dondiego tiene además una larga historia medicinal. En México y otras regiones se han empleado tradicionalmente hojas y raíces contra inflamaciones, heridas y diversos trastornos digestivos, y la raíz se utilizó también como purgante. Se han aislado numerosos metabolitos —flavonoides, compuestos fenólicos, triterpenos, esteroles y proteínas con actividad biológica— que explican el interés farmacológico que continúa despertando la especie. Pero una tradición medicinal no equivale a eficacia clínica demostrada.

Hay aquí, además, motivos para la prudencia. La raíz y las semillas contienen sustancias biológicamente activas y las preparaciones concentradas pueden producir efectos gastrointestinales indeseables. El uso histórico como purgante es precisamente una advertencia: una planta capaz de provocar una respuesta fisiológica intensa no se convierte por ello en un medicamento doméstico seguro. Conviene, por tanto, disfrutar del dondiego principalmente con los ojos y la nariz.

Porque pocos habitantes de nuestros jardines ofrecen tantas pequeñas lecciones juntas. Mirabilis jalapa nos enseña que una flor vistosa puede carecer de pétalos, que una planta mexicana puede llamarse maravilla del Perú, que un error farmacéutico puede sobrevivir durante siglos dentro de un nombre científico y que la herencia genética no termina en los cromosomas.

Y cada tarde, mientras nosotros miramos el reloj para comprobar que el día se acaba, el dondiego hace justamente lo contrario.

Abre.

BOUGAINVILLEA SPECTABILIS: LAS FLORES QUE NO SON FLORES

 

Hay plantas que engañan con discreción y otras que lo hacen a gritos. La buganvilla pertenece a estas últimas. Cubre tapias, pérgolas y fachadas con masas de color púrpura, magenta, rojo, rosa, naranja o blanco y consigue que millones de personas llamemos flores precisamente a lo que no lo son. Las verdaderas flores de Bougainvillea spectabilis son esas pequeñas estructuras tubulares, generalmente blanquecinas o amarillentas, que aparecen en el centro de cada grupo coloreado. Todo el espectáculo corre a cargo de unas hojas transformadas: las brácteas.

La distinción merece la pena porque constituye una pequeña lección de botánica. Una bráctea es una hoja modificada asociada a una flor o una inflorescencia. En la buganvilla, tres flores aparecen acompañadas normalmente por tres grandes brácteas, finas y casi papiráceas. Morfológicamente son hojas transformadas: conservan una organización foliar reconocible, pero durante su desarrollo adquieren pigmentos y una consistencia distinta. La planta ha convertido unas hojas en enormes carteles publicitarios destinados a llamar la atención de los polinizadores. Las flores auténticas pueden permitirse así ser pequeñas y bastante modestas.

También es interesante el origen del color. En muchas flores rojas y púrpuras que nos rodean, los responsables son las antocianinas. Las buganvillas pertenecen, sin embargo, al orden Caryophyllales y utilizan principalmente betalainas, pigmentos nitrogenados característicos de este grupo de plantas. Son parientes químicos de los pigmentos que convierten una remolacha en un artefacto capaz de dejar una cocina con el aspecto de una escena del crimen. En el género Bougainvillea se han identificado numerosas betacianinas responsables de las tonalidades rojas y violáceas de las brácteas.

Bougainvillea spectabilis pertenece a las Nyctaginaceae, la misma familia de Mirabilis jalapa, el dondiego de noche. En estado natural es una planta leñosa trepadora, vigorosa y espinosa, originaria de Brasil, aunque la jardinería la ha llevado prácticamente a todos los territorios tropicales y subtropicales del planeta. Sus ramas pueden apoyarse sobre árboles y otras estructuras y alcanzar varios metros de altura. Las espinas, que en los jardines descubrimos generalmente cuando intentamos podarla sin guantes, ayudan a sujetar los largos tallos a la vegetación circundante.

Su nombre nos lleva directamente al siglo XVIII y a una de las grandes expediciones científicas de la Ilustración. El género Bougainvillea honra a Louis-Antoine de Bougainville (1729-1811), marino, militar, matemático y explorador francés que dirigió entre 1766 y 1769 la primera circunnavegación del mundo realizada oficialmente por Francia. Pero Bougainville no descubrió la buganvilla. Como sucede tantas veces en la historia de la taxonomía, el hombre cuyo apellido terminó escrito en millones de etiquetas de vivero no fue quien recogió la planta.

El trabajo botánico correspondía a Philibert Commerson, naturalista de la expedición, y a su ayudante Jeanne Baret. Cuando el Étoile, uno de los dos barcos de la expedición, llegó a Río de Janeiro en junio de 1767, Commerson y Baret recolectaron los ejemplares que acabarían sirviendo para establecer el nuevo género. La historia tiene un añadido pintoresco: Jeanne viajaba disfrazada de hombre y figuraba oficialmente como «Jean Baret», porque las ordenanzas navales francesas impedían embarcar mujeres. Terminó convirtiéndose en la primera mujer conocida que dio la vuelta al mundo. Hoy sabemos, además, que su participación en las recolecciones botánicas de Commerson fue mucho más importante de lo que durante mucho tiempo reconocieron los relatos tradicionales.

Commerson quiso dedicar aquella espectacular planta al comandante de la expedición. El nombre no quedó formalmente establecido hasta que Antoine Laurent de Jussieu publicó el género Bougainvillea en 1789. Diez años después, Carl Ludwig Willdenow publicó Bougainvillea spectabilis. El epíteto latino spectabilis procede de spectare, «contemplar» o «mirar», y significa «visible», «notable», «digna de contemplarse», «espectacular». Pocas plantas llevan un nombre específico mejor elegido.

La buganvilla es hoy, ante todo, una planta ornamental. Tolera bien el calor, la insolación intensa y, una vez establecida, periodos considerables de sequía. Precisamente por eso se ha convertido en uno de los elementos característicos de los jardines mediterráneos, aunque su patria quede al otro lado del Atlántico. Tiene además una peculiaridad que desconcierta a algunos jardineros: demasiado riego y demasiado abono nitrogenado pueden producir una planta magníficamente verde y decepcionantemente escasa de color. Para cubrirse de brácteas necesita sol y cierto grado de austeridad.

Pero no todo en la buganvilla es decoración. En diferentes regiones de América y Asia se ha utilizado en medicina tradicional. En México son particularmente conocidas las infusiones preparadas con sus partes aéreas para aliviar la tos y algunas afecciones respiratorias; en otros lugares se han empleado hojas y extractos contra trastornos gastrointestinales, inflamaciones y diabetes. Las hojas contienen D-pinitol, un derivado metilado del inositol que ha despertado interés experimental por sus posibles efectos sobre el metabolismo de la glucosa. También se han identificado flavonoides como quercetina y derivados, compuestos fenólicos, terpenoides, esteroles, saponinas y otros metabolitos secundarios. Existen resultados farmacológicos interesantes, incluidos estudios experimentales sobre actividad hipoglucemiante y antioxidante, pero eso está muy lejos de convertir una infusión tradicional en un tratamiento médico demostrado.

Conviene añadir otra precaución. Bougainvillea spectabilis no figura entre las plantas ornamentales de elevada toxicidad, pero tampoco debe considerarse inocua por el simple hecho de adornar nuestras calles. Los extractos concentrados han mostrado distintos efectos biológicos en estudios experimentales y se han descrito posibles efectos sobre la fertilidad en animales, por lo que no parece sensato recomendar su consumo indiscriminado. Además, sus espinas pueden provocar lesiones mecánicas y el contacto con la savia puede causar irritación cutánea en personas sensibles. La medicina tradicional proporciona pistas interesantes para la investigación; no proporciona automáticamente medicamentos seguros.

Quizá, sin embargo, la mejor manera de mirar una buganvilla sea olvidarse por un momento de sus posibles virtudes farmacológicas y acercarse a una rama florida. Allí está toda la historia. Tres pequeñas flores verdaderas, casi insignificantes, rodeadas por tres hojas que decidieron abandonar el verde y convertirse en reclamo. Una planta brasileña recogida durante una vuelta al mundo, bautizada en honor de un almirante y descubierta por un naturalista acompañado por una mujer que tuvo que hacerse pasar por hombre para poder ejercer como botánica.

Y millones de personas que, dos siglos y medio después, continuamos admirando sus flores. Aunque casi nunca estemos mirando las flores.

sábado, 15 de agosto de 2026

UN TERREMOTO DE MAGNITUD 5 NO ES UN POCO MAYOR QUE UNO DE MAGNITUD 4

 

Durante la madrugada del día en el que escribo este artículo, en Granada, mi ciudad natal, se ha registrado un terremoto con epicentro en Alhendín, un pueblo cercano a la capital granadina. Las primeras estimaciones situaron su magnitud alrededor de 5. Un amigo granadino me pide que aclare qué significa exactamente ese valor y qué relación tiene con otra escala, la de Mercalli modificada, con la que, de forma un poco más doméstica, se describen las consecuencias de un terremoto. Intentaré darle respuesta.

Empecemos por presentar nuestros respetos a los dos hombres cuyos apellidos acompañan a estas escalas. Charles F. Richter (1900-1985) fue un sismólogo estadounidense que, junto con Beno Gutenberg, desarrolló en 1935 la primera escala instrumental de magnitud sísmica, basada en la amplitud de las ondas registradas por los sismógrafos. Giuseppe Mercalli (1850-1914) fue un sacerdote, geólogo y vulcanólogo italiano. Desarrolló una escala —un tanto pedestre, dicho sea de paso— para clasificar los terremotos según sus efectos observables sobre las personas, los edificios y el terreno, antecedente de la actual escala de Mercalli modificada.

Y ahora vamos con las cifras. Hay números que engañan por su aspecto inocente. Si un hotel obtiene una puntuación de 5 y otro de 4, suponemos que el primero es un poco mejor. Si una temperatura sube de 20 a 21 grados, ha aumentado un grado. Y si un terremoto tiene magnitud 5 en lugar de 4, resulta tentador pensar que también ha aumentado simplemente una unidad.

Pero no. En absoluto. Un terremoto de magnitud 5 no es «un poco más fuerte» que uno de magnitud 4. En términos de energía liberada es unas 32 veces mayor. Y uno de magnitud 6 libera aproximadamente mil veces más energía que uno de magnitud 4.

La culpa de esta aparente extravagancia la tienen los logaritmos. Para entenderlo no hace falta saber matemáticas. Basta imaginar una escalera cuyos peldaños son cada vez muchísimo más altos. En una escala lineal, pasar de 1 a 2 supone añadir lo mismo que pasar de 2 a 3. Si hablamos de euros, pasar de uno a dos euros significa añadir un euro, y pasar de dos a tres significa exactamente lo mismo.

Una escala logarítmica funciona de otra manera: cada paso representa una multiplicación. Eso es justamente lo que ocurre con la magnitud de los terremotos. Cuando la magnitud aumenta una unidad, la amplitud de las ondas sísmicas registrada por los instrumentos aumenta aproximadamente diez veces. Pero la energía liberada aumenta todavía más: aproximadamente 31,6 veces, que para entendernos podemos redondear a 32.

De ahí salen cifras que al principio parecen disparatadas. Un terremoto de magnitud 5 libera unas 32 veces más energía que uno de magnitud 4. Uno de magnitud 6 libera 32 × 32, es decir, aproximadamente 1.000 veces más energía que uno de magnitud 4. Y uno de magnitud 7 libera unas 32.000 veces más.

Por eso unas pocas décimas también importan. Un terremoto de magnitud 7,5 no está simplemente «a medio camino» entre uno de 7 y otro de 8 en términos energéticos: libera unas 5,6 veces más energía que uno de magnitud 7.

Aquí conviene aludir a otra confusión muy habitual. Cuando ocurre un terremoto solemos escuchar hablar indistintamente de la «escala de Richter» y de la «escala de Mercalli», como si fueran dos termómetros diferentes para medir la misma cosa. No lo son.

La magnitud intenta medir el tamaño físico del terremoto, es decir, la energía relacionada con la ruptura que se ha producido en la falla de origen del sismo, en el foco. Un terremoto tiene, en esencia, una magnitud. En la actualidad, para los grandes terremotos se utiliza principalmente la magnitud de momento, Mw, que ha sustituido en buena medida a la escala de Richter original, aunque en el lenguaje periodístico sigamos diciendo «Richter».

La escala de Mercalli, en cambio, responde a una pregunta completamente distinta: ¿qué ocurrió aquí? No mide directamente la energía liberada en el foco, sino los efectos observados en un lugar determinado: si la gente notó el movimiento, si se balancearon las lámparas, si cayeron objetos de las estanterías, si aparecieron grietas en los edificios o si las construcciones quedaron destruidas.

La versión moderna, llamada escala de Mercalli modificada, utiliza doce grados expresados tradicionalmente con números romanos. Un terremoto de intensidad I prácticamente no se percibe. En torno a III o IV, muchas personas ya pueden sentirlo: vibran puertas y ventanas y pueden balancearse las lámparas. En el grado V, el temblor es percibido por casi todo el mundo; algunas personas se despiertan, pueden caer pequeños objetos y volcarse otros inestables, aunque los daños son, por lo general, escasos. Con intensidades VI y VII empiezan los daños apreciables en los edificios, sobre todo en los más vulnerables. En VIII y IX, los daños pueden ser graves. Los grados X, XI y XII corresponden a destrucciones extraordinarias y alteraciones muy importantes del terreno.

Pero atención: una magnitud 5 y una intensidad V no significan en absoluto lo mismo. El cinco de la primera y el cinco romano de la segunda solo coinciden por casualidad.

Hay, pues, una diferencia fundamental: Mercalli no es una escala logarítmica. Tampoco es propiamente una escala lineal. Es una escala ordinal. Decir que un lugar ha sufrido intensidad VIII significa que los efectos observados son más graves que los correspondientes a VII y menos que los correspondientes a IX. Pero no podemos afirmar que VIII sea «el doble» que IV ni calcular cuántas veces es mayor un grado que otro.

Es algo parecido a clasificar el estado del mar como tranquilo, moderado, fuerte o muy fuerte. Existe un orden, pero las categorías no constituyen una regla graduada en unidades matemáticamente iguales. Y todavía hay otra diferencia esencial. Un terremoto posee una magnitud determinada, pero puede tener muchas intensidades Mercalli diferentes.

Imaginemos un terremoto de magnitud 7. Cerca del epicentro puede alcanzar una intensidad IX y causar daños muy graves. A cien kilómetros quizá se experimente como intensidad VI. A varios cientos de kilómetros podría sentirse apenas como III. El terremoto sigue siendo el mismo y su magnitud no ha cambiado. Lo que cambia son sus efectos.

Incluso dos localidades situadas a distancias parecidas del epicentro pueden experimentar intensidades diferentes. Influyen la profundidad del terremoto, el tipo de terreno, la geología local y, por supuesto, la calidad de los edificios. Los sedimentos blandos de una cuenca pueden amplificar las ondas sísmicas, mientras que una zona asentada sobre roca firme puede sufrir movimientos menores. Una ciudad llena de edificios vulnerables puede registrar daños mucho mayores que otra construida siguiendo normas antisísmicas estrictas.

La diferencia puede resumirse mediante una comparación de andar por casa. Supongamos que dejamos caer una piedra en un estanque. La energía con la que la piedra golpea el agua sería algo parecido a la magnitud: caracteriza el acontecimiento que hemos producido. Las olas que llegan a cada punto de la orilla representarían la intensidad. Cerca del impacto serán grandes; más lejos, pequeñas. Y en determinados lugares, debido a la forma de la orilla o a la profundidad del agua, pueden comportarse de manera diferente. La piedra produce un único acontecimiento. Sus efectos no son iguales en todas partes.

Esta distinción explica también por qué conocemos intensidades de terremotos ocurridos mucho antes de que existieran los sismógrafos. Los historiadores y sismólogos pueden estudiar crónicas antiguas: chimeneas derribadas, iglesias agrietadas, campanarios caídos, muebles desplazados, personas que huyeron de sus casas. Con esas informaciones es posible reconstruir aproximadamente un mapa de intensidades del terremoto.

No podemos viajar al pasado para colocar un sismógrafo en Lisboa en 1755, pero disponemos de innumerables testimonios sobre lo que hizo aquel terremoto en Portugal, España, Marruecos y otros lugares. Los daños se convierten así en una especie de sismógrafo histórico.

De modo que, cuando las noticias anuncien un terremoto de magnitud 7,8, conviene resistirse a imaginar una regla que va del uno al diez. Para empezar, la magnitud no tiene un máximo de diez. Y, sobre todo, sus números no crecen como los de una regla ordinaria. Podemos quedarnos con tres ideas.

La magnitud nos dice aproximadamente cuán grande fue el terremoto. Su escala es logarítmica: una unidad más supone diez veces mayor amplitud de las ondas y alrededor de 32 veces más energía.

La intensidad Mercalli nos dice qué efectos produjo el terremoto en un lugar concreto. Va de I a XII y no es logarítmica, sino ordinal.

Y un mismo terremoto tiene una magnitud, pero muchas intensidades.

Quizá la mejor manera de recordarlo sea esta: la magnitud pertenece al terremoto; Mercalli se refiere al lugar desde donde lo vivimos.

MIEL DE IKARIA, UNA CUCHARADITA LLENA DE VIDAS

 

La historia comenzó con un tarro de miel sin etiqueta que desató mi curiosidad. Había llegado de Ikaria, una pequeña isla griega del Egeo oriental, y a primera vista no tenía nada de particular. Era miel. Tenía el color de la miel, la consistencia de la miel y venía en uno de esos tarros domésticos que sugieren que nadie ha considerado necesario informar al consumidor de nada porque probablemente el consumidor debía conocer personalmente al apicultor. La sorpresa apareció al probarla. Era dulce, naturalmente, pero menos de lo esperado. Tenía un sabor complejo, poco empalagoso, como si alguien hubiera bajado un poco el volumen del azúcar para dejar sitio a otras cosas.

La primera explicación que se le ocurre a cualquiera es buscar las flores. Una miel sabe distinta de otra porque las abejas visitan plantas diferentes. No sabe igual una miel de romero que una de azahar, brezo o tomillo. Ikaria, cubierta de matorrales mediterráneos, pinares y plantas aromáticas, parece el lugar apropiado para semejante explicación. Pero había otra posibilidad mucho más interesante: quizá para explicar aquella miel no hubiera que empezar buscando flores.

Los griegos producen grandes cantidades de una miel peculiar llamada pefkomelo, literalmente miel de pino. El nombre parece perfectamente razonable hasta que uno recuerda un inconveniente botánico: los pinos no producen néctar. Son gimnospermas y carecen de las flores con nectarios que visitan las abejas. Y, sin embargo, existe la miel de pino.

Para resolver la contradicción hay que acercarse al tronco. En las grietas de la corteza de algunos pinos griegos aparecen pequeños cúmulos de una sustancia blanquecina y algodonosa. Allí se esconde uno de los personajes más inesperados de la apicultura mediterránea: Marchalina hellenica, una cochinilla asociada principalmente a Pinus brutia y P. halepensis. Es un hemíptero, pariente de pulgones, cigarras y chinches, animales que han convertido la succión de líquidos vegetales en una respetable forma de ganarse la vida.

1 y 2: tronco y ramita de Pinus brutia infestados de M. hellenica. 3 y 4: el insecto cubierto (arriba) y desprovisto de su capa cerosa.

Marchalina perfora los tejidos del pino mediante largos estiletes y se alimenta de los fluidos que circulan por ellos. Para obtener los nutrientes que necesita debe beber grandes cantidades. Y eso plantea un problema: le sobra azúcar.

Por el extremo posterior del insecto aparece entonces una gotita viscosa y dulce que llamamos mielato. Si queremos decirlo de una manera menos técnica, podemos llamarlo excreción. Y si pretendemos perjudicar definitivamente el negocio de los apicultores griegos, podemos explicar que las abejas elaboran una de sus mieles más apreciadas recogiendo las deposiciones azucaradas de una cochinilla. Afortunadamente, «mielato» suena mucho mejor.

Las abejas recorren los pinos, absorben esas gotas y regresan con ellas a la colmena. Allí incorporan enzimas y eliminan progresivamente agua hasta obtener una sustancia concentrada y estable. Es miel auténtica, pero su origen es muy diferente del de una miel floral. El azúcar fue fabricado por las hojas mediante fotosíntesis, circuló por el árbol, pasó por Marchalina, apareció sobre la corteza en forma de mielato, fue recogido por una abeja y sufrió una nueva transformación en la colmena.

No es una curiosidad gastronómica. La miel de mielato representa una parte fundamental de la producción griega y la asociada a M. hellenica puede suponer alrededor del 60% de la miel producida en el país, aunque la proporción cambia de unos años a otros. La cochinilla ha llegado a ser tan valiosa que fue trasladada deliberadamente a algunos pinares para aumentar la producción. Lo cual depende, naturalmente, del punto de vista: para un apicultor Marchalina es una bendición; para el pino, miles de insectos perforando sus tejidos constituyen una noticia bastante menos satisfactoria.

La historia ya sería suficientemente extraña si terminara aquí. Pero aparece otra pregunta: ¿cómo consigue Marchalina vivir de semejante dieta? El azúcar proporciona energía, pero ningún animal puede construirse solo con azúcar. Para fabricar proteínas y reproducirse necesita aminoácidos y otros nutrientes que los fluidos vegetales no siempre proporcionan en cantidades adecuadas.

La evolución encontró una solución extraordinaria: llevar un experto químico dentro. Muchos insectos chupadores albergan bacterias endosimbiontes en células especializadas. No son microorganismos adquiridos accidentalmente ni simples habitantes del intestino. Viven dentro del animal y la asociación puede llegar a ser tan estrecha que ambos socios pierdan la capacidad de desenvolverse normalmente por separado.

El caso clásico es el de los pulgones y Buchnera aphidicola. Su asociación comenzó hace más de cien millones de años. El pulgón proporciona alojamiento y alimento; Buchnera fabrica aminoácidos esenciales que escasean en su dieta. Después de tantísimo tiempo viviendo juntas, estas bacterias han perdido numerosos genes que necesitarían para sobrevivir independientemente. Es como instalarse durante generaciones en un hotel donde proporcionan comida, calefacción, lavandería y transporte: llega un momento en que cabe preguntarse para qué demonios necesita uno aprender a encender una lavadora.

M. hellenica pertenece a ese mismo mundo de asociaciones íntimas. Conviene, sin embargo, introducir una cautela. Sabemos que posee microorganismos endosimbiontes y conocemos cómo los transmite, pero todavía no disponemos del conocimiento genómico y metabólico que tenemos para Buchnera. Es razonable sospechar que desempeñan una función nutricional semejante a la de otros simbiontes de hemípteros, pero no podemos atribuirles todavía tareas concretas con la misma seguridad.

Lo extraordinario es cómo pasan de una generación a otra. Durante el desarrollo de las hembras jóvenes, los microorganismos migran hacia los ovarios y penetran en células germinales todavía indiferenciadas. No esperan siquiera a que exista un óvulo maduro. Cuando este termina formándose, los simbiontes ya están dentro.



Una Marchalina, por tanto, no recoge esos microorganismos del pino. Los hereda de su madre, que los heredó de la suya. Cada generación transmite no solamente genes, sino también seres vivos completos. Y la historia se vuelve todavía más extravagante porque la especie se reproduce fundamentalmente por partenogénesis: las hembras pueden producir descendencia sin fecundación y los machos son extraordinariamente raros.

Tenemos así una cochinilla escondida bajo una cubierta de cera, bebiendo de un pino, expulsando azúcar que recogerán las abejas, reproduciéndose normalmente sin macho y entregando a sus hijas los microorganismos que recibió de su madre. Si alguien hubiera inventado semejante animal para una novela, probablemente un editor habría recomendado quitarle alguna peculiaridad para hacerlo más verosímil.

Pero nosotros tampoco deberíamos contemplarla con demasiada superioridad. Cada una de nuestras células contiene mitocondrias, descendientes de bacterias que hace más de 1.500 millones de años comenzaron a vivir dentro de otra célula. Y las células del pino realizan la fotosíntesis gracias a cloroplastos, procedentes a su vez de antiguas cianobacterias incorporadas por otras células. La endosimbiosis no es una extravagancia de Marchalina: forma parte de la historia profunda de la vida.

Y con eso nuestro tarro de miel da una vuelta completa. Los azúcares comenzaron fabricándose en los cloroplastos del pino; circularon por sus tejidos; fueron ingeridos por una cochinilla que alberga sus propios microorganismos; salieron convertidos en mielato; los recogió una abeja y terminaron transformados y almacenados en una colmena.

Ni siquiera podemos asegurar, sin analizar el contenido del tarro, que M. hellenica haya participado en aquella miel concreta de Ikaria. Todo este viaje comenzó con una posibilidad, no con un análisis químico. Pero eso es casi lo de menos.

La pregunta era por qué aquella miel sabía diferente y, al intentar responderla, acabamos encontrando un ecosistema. Un pino, una cochinilla, microorganismos heredados de madres a hijas, abejas y antiguas bacterias convertidas en partes imprescindibles de las células.

Quizá por eso no tenga demasiado sentido preguntar quién fabrica una cucharada de miel de pino. No existe una respuesta en singular. La fabrica el pino. La fabrica Marchalina. La fabrican sus microorganismos. La fabrica la abeja. La fabrica la colmena. Y, muchísimo antes que todos ellos, ayudaron a hacerla unas bacterias que cometieron hace más de mil millones de años el extraño error de dejarse vivir dentro de otras células.

¡Qué más da! Todo eso cabe en una cucharilla.Y después nos la zampamos.

viernes, 14 de agosto de 2026

AUSTRALIA: PORT ARTHUR: UNA CÁRCEL AL FINAL DEL MUNDO

 

Salimos de St Helens sabiendo que nos espera una de las jornadas más largas del viaje: unos 320 kilómetros hasta Port Arthur, en el extremo de la península de Tasman. Sobre el mapa puede parecer simplemente un traslado hacia el sur, pero en realidad es un recorrido entre dos Tasmanias. Durante buena parte del día iremos bordeando una costa, la oriental de Tasmania, salpicada de playas casi desiertas, bosques y enormes espacios abiertos; al final nos espera uno de los lugares más sombríos de la historia australiana. Pasaremos de la naturaleza casi intacta a una de las grandes creaciones del sistema penitenciario británico.

La primera parada es Marion Bay, una larga playa abierta al océano junto a una reserva natural. Desde la plataforma del mirador se contempla una de esas costas tasmanas que producen una extraña sensación de vacío: kilómetros de arena, dunas, vegetación baja y un océano que parece no terminar nunca. Resulta difícil imaginar, viendo semejante paisaje, que nos estamos acercando a una región cuyo nombre provocó durante décadas auténtico terror entre los convictos de Van Diemen’s Land.

La carretera continúa hacia el sur hasta alcanzar la península de Tasman, donde la geología empieza a encargarse del espectáculo. Desde el Tasman National Park Lookout aparecen los grandes acantilados de dolerita que caracterizan esta costa, paredes casi verticales contra las que golpea el Pacífico. Poco después hacemos una parada de naturaleza muy distinta en Tasmanian Devil Unzoo. Los demonios de Tasmania son animales nocturnos y bastante poco colaboradores con los fotógrafos, de modo que un centro dedicado a su conservación ofrece muchas más posibilidades de contemplarlos de cerca que cualquier paseo por el bosque. Después de haber hablado tantas veces de ellos antes del viaje, verlos aquí tiene algo de presentación oficial.

Seguimos hasta Tasman Arch, donde el océano lleva miles de años dedicándose a la demolición de la costa. Las olas explotan fracturas de la roca, agrandan cuevas, perforan paredes y terminan creando arcos, simas y columnas aisladas. El paisaje recuerda por momentos a algunos sectores del Algarve portugués, aunque aquí todo parece más abrupto y bastante menos domesticado. Tasman Arch es lo que queda del techo de una enorme cueva marina; cerca aparecen otras formas igualmente espectaculares, como Devil's Kitchen, que muestran distintas fases del mismo proceso erosivo.

Todavía nos queda Fortescue Bay, una ensenada protegida dentro del Tasman National Park. Después de los acantilados y arcos de roca, sorprende encontrar una playa de arena clara y aguas turquesas rodeada de bosque. Es uno de esos lugares donde Tasmania parece empeñada en demostrar que puede combinar en pocos kilómetros una costa casi subantártica con colores que uno asociaría al Mediterráneo. Pero a estas alturas del día el paisaje empieza a adquirir otro significado, porque nos encontramos ya dentro de la península que los británicos convirtieron en una gigantesca prisión natural.

Para entender Port Arthur hay que mirar primero el mapa. La península de Tasman está unida al resto de Tasmania por Eaglehawk Neck, una lengua de tierra extraordinariamente estrecha. El mar cierra ambos lados y los acantilados dificultan cualquier intento de rodearla. Los administradores penitenciarios británicos comprendieron enseguida las ventajas del lugar: para impedir la fuga de los presos no necesitaban construir una muralla alrededor de decenas de kilómetros de territorio. La geografía ya había hecho casi todo el trabajo.

Ellos añadieron lo que faltaba. En Eaglehawk Neck instalaron guardias y una línea de perros encadenados colocados a intervalos de modo que cualquiera que intentara atravesar el istmo fuera detectado. Incluso se situaron perros sobre plataformas mar adentro para ampliar la vigilancia. Con el tiempo se difundió también la historia de que las aguas estaban infestadas de tiburones. Probablemente la amenaza resultaba más útil que los propios escualos: para un preso recién llegado de Inglaterra bastaba con creerla.

Cuando finalmente llegamos a Port Arthur, el primer desconcierto es que el lugar es hermoso. Extraordinariamente hermoso. Una bahía tranquila penetra entre colinas cubiertas de vegetación; grandes árboles rodean jardines y edificios de piedra, y el agua parece más apropiada para una residencia de descanso que para uno de los establecimientos penitenciarios más temidos del Imperio británico. Si se desconociera su historia, sería fácil imaginar que aquellas ruinas pertenecieron a una finca aristocrática. Pocos lugares demuestran mejor que el paisaje carece de memoria moral.

Port Arthur comenzó en 1830 como una explotación maderera en la que trabajaban convictos, pero pronto adquirió una función mucho más siniestra. Aquí fueron enviados sobre todo hombres que habían vuelto a delinquir después de haber sido deportados a Australia. Eran presos que ya estaban presos, condenados que habían cometido un nuevo delito en la colonia. Gran Bretaña los había enviado al otro extremo del mundo y, una vez allí, todavía había encontrado un lugar más remoto al que enviarlos.

Durante las décadas siguientes Port Arthur se convirtió en una pequeña ciudad organizada alrededor del castigo y del trabajo. Llegó a albergar presos, soldados, funcionarios, médicos, capellanes y familias; hubo talleres, hospital, iglesia, astilleros y edificios administrativos. Los convictos talaban árboles, fabricaban zapatos, trabajaban la madera, construían barcos y levantaban buena parte de los edificios que ahora contemplamos convertidos en ruinas.

El más reconocible es la enorme Penitentiary, frente a cuya fachada vacía cuesta imaginar el aspecto original. Curiosamente, el edificio no fue construido para encerrar presos, sino como molino de harina y granero. Una parte de su maquinaria se accionaba mediante una gran rueda de pasos —una treadwheel— movida por convictos que caminaban durante horas. El molino resultó poco eficaz y el edificio acabó transformado en penitenciaría, con dormitorios y celdas para centenares de hombres. Lo que nació para moler trigo terminó moliendo vidas.

Pero quizá la parte más inquietante de Port Arthur no tenga que ver con cadenas, azotes ni trabajos agotadores. A mediados del siglo XIX las teorías penitenciarias estaban cambiando. Algunos reformadores comenzaron a sostener que el castigo físico era primitivo y que existía un método más civilizado para corregir al delincuente: actuar sobre su mente.

Así nació aquí la Separate Prison. El sistema se basaba en el aislamiento. Los presos permanecían solos en sus celdas, trabajaban solos y tenían prohibido hablar entre ellos. Cuando salían podían llevar capuchas para impedir que reconocieran a otros reclusos. Incluso la capilla fue diseñada con compartimentos individuales desde los cuales cada preso podía ver al predicador sin ver a sus compañeros. No se pretendía simplemente impedir conversaciones; se buscaba que el individuo quedara a solas con su conciencia, reflexionara sobre sus pecados y terminara reformándose.

La idea se presentaba como humanitaria porque sustituía buena parte del castigo corporal por disciplina psicológica. Tenía un pequeño inconveniente: el cerebro humano soporta bastante mal el aislamiento prolongado. Algunos presos desarrollaron graves trastornos mentales. La reforma penitenciaria había realizado un descubrimiento que el siglo XX confirmaría muchas veces: no hace falta golpear a una persona para destrozarla.

Mientras recorremos los edificios resulta fácil olvidar que Port Arthur no fue únicamente una colección de celdas. Era una sociedad en miniatura, con jerarquías que acompañaban a sus habitantes incluso después de muertos. Frente a la costa se encuentra una pequeña isla cubierta de árboles cuyo nombre no necesita demasiadas explicaciones: Isle of the Dead, la Isla de los Muertos.

Allí fueron enterradas más de mil personas relacionadas con el establecimiento. También en el cementerio funcionaba la estructura social de la colonia. Funcionarios, militares y otras personas libres podían recibir lápidas que identificaban sus tumbas; muchos convictos fueron enterrados en sepulturas sin marcar. La burocracia penitenciaria británica, que había clasificado a aquellos hombres desde que embarcaron en Inglaterra, continuaba clasificándolos bajo tierra.

Port Arthur cerró finalmente en 1877. Tasmania llevaba ya más de veinte años sin llamarse Van Diemen’s Land y trataba de dejar atrás su reputación penitenciaria. El propio asentamiento fue rebautizado como Carnarvon, como si cambiarle el nombre pudiera cambiar también lo ocurrido allí. No funcionó. A finales del siglo XIX comenzaron a llegar visitantes precisamente porque querían conocer la antigua prisión. El lugar que Tasmania había querido olvidar terminó convertido en uno de sus principales monumentos históricos.

Al caer la tarde llegamos a nuestro alojamiento, el Port Arthur Motor Inn, prácticamente junto al conjunto histórico. Después de 320 kilómetros, playas salvajes, demonios, acantilados, arcos marinos y cárceles, no parece el momento adecuado para buscar sutilezas gastronómicas. La Seafood Platter para dos reúne gambas, pescado fresco, vieiras, calamares, salmón ahumado de Tasmania y ostras, acompañados de patatas y ensalada de col. Con un Sauvignon Blanc tasmano, constituye una forma bastante eficaz de resumir también la parte comestible de la isla.

Desde allí Port Arthur queda casi enfrente. Las ruinas que durante el día reciben visitantes van quedando en silencio mientras oscurece sobre la bahía. Es difícil entonces no pensar en los hombres que estuvieron encerrados allí hace casi dos siglos, muchos por delitos que hoy apenas merecerían una breve condena. Habían cruzado medio planeta para cumplir su pena en Van Diemen’s Land y, después de volver a delinquir, habían descubierto que incluso en el fin del mundo existía un lugar todavía más apartado.

Lo más extraño es que ese lugar, contemplado ahora desde la otra orilla con una copa de vino tasmano delante, sigue siendo de una belleza extraordinaria.

Quizá esa sea la última crueldad de Port Arthur.

jueves, 13 de agosto de 2026

NO, LOS ANIMALES NO «SE VUELVEN LOCOS» DURANTE UN ECLIPSE

 

Mientras millones de personas mirábamos ayer al cielo protegidos por gafas especiales y pendientes de que la Luna se colocara delante del Sol, a nuestro alrededor estaba ocurriendo otro experimento bastante menos espectacular, pero biológicamente cautivador. Los pájaros, las abejas, los perros, las vacas y los insectos no sabían que había un eclipse. Tampoco tenían ninguna razón para saberlo. Lo único que percibieron fue que, a una hora completamente inadecuada, la luz comenzó a desaparecer y el mundo empezó a comportarse como si estuviera anocheciendo.

Cada vez que ocurre un eclipse reaparecen las mismas historias. Los animales se inquietan, los pájaros dejan de cantar, las vacas regresan al establo y los perros «se vuelven locos». Esto último pertenece más al folclore que a la zoología. Los animales no enloquecen durante los eclipses. Lo que hacen es algo mucho más interesante: intentan interpretar un conjunto de señales ambientales que, durante unos minutos, dejan de concordar entre sí.

Los seres vivos llevan cientos de millones de años evolucionando en un planeta extraordinariamente previsible en una cosa: después del día viene la noche y después de la noche vuelve el día. Esa alternancia ha quedado incorporada a nuestra fisiología en forma de ritmos circadianos. Pero el reloj interno no trabaja solo. Se pone continuamente en hora mediante señales externas, de las cuales la luz es una de las más importantes. Un eclipse introduce de repente una información absurda en el sistema: el reloj interno dice que son las dos de la tarde mientras los ojos anuncian que está llegando la noche.

Las observaciones son antiguas, pero durante mucho tiempo fueron poco más que anécdotas. Uno de los primeros grandes intentos de reunirlas tuvo lugar durante el eclipse total que atravesó Nueva Inglaterra el 31 de agosto de 1932. Una legión de observadores recogió centenares de testimonios sobre aves, mamíferos e insectos. Aquello tenía mucho de ciencia ciudadana antes de que inventáramos el término, aunque también presentaba un problema evidente: si uno pregunta a cientos de personas qué cosa extraordinaria hizo su perro durante un eclipse, probablemente acabará reuniendo una formidable colección de perros haciendo cosas extraordinarias. La ciencia moderna necesitaba comparar lo ocurrido durante el eclipse con el comportamiento normal de los mismos animales.

Un buen ejemplo llegó con el eclipse total del 11 de agosto de 1999. Investigadores turcos observaron durante seis horas gallinas, patos de Pekín, gaviotas, cuervos, gorriones, vacas, caballos y abejas. Cuando llegó la totalidad, entre las 14:37 y las 14:39, las gallinas se agruparon y permanecieron silenciosas e inquietas. Las gaviotas dejaron de volar; cuervos y gorriones se reunieron en los árboles y dejaron de cantar. Vacas y caballos quedaron casi inmóviles, olfatearon el aire y movieron nerviosamente cabezas y colas. En las colmenas apenas se escuchaba un ligero zumbido. Dos minutos después, el Sol regresó y el mundo volvió a resultar comprensible.

Pero uno de los experimentos naturales más interesantes ocurrió durante el gran eclipse norteamericano del 21 de agosto de 2017. Adam Hartstone-Rose y sus colaboradores estudiaron 17 grupos de vertebrados en el Riverbanks Zoo de Columbia, Carolina del Sur. La precaución importante fue observarlos también durante los días anteriores, a las mismas horas, para disponer de un comportamiento de referencia. Cuando llegó el eclipse, alrededor de tres cuartas partes de los grupos estudiados modificaron su conducta.

Algunos hicieron exactamente lo que cabría esperar si alguien hubiera adelantado varias horas el reloj. Elefantes africanos, gorilas y dragones de Komodo se dirigieron hacia lugares relacionados con sus rutinas nocturnas. Los flamencos se agruparon alrededor de los juveniles. Las jirafas mostraron comportamientos poco habituales y algunas comenzaron a correr. Los monos aulladores alteraron sus vocalizaciones. Hubo respuestas compatibles con la llegada de la noche y otras que los investigadores clasificaron como aparente ansiedad o conductas novedosas. No existía, por tanto, un «comportamiento de eclipse» común a todas las especies.

Las tortugas gigantes de Galápagos habían pasado las horas anteriores dedicadas a actividades de lo más normal. Cuando comenzó el eclipse total se hicieron más activas, se agruparon y dos de ellas empezaron a aparearse. Es difícil saber qué conclusión filosófica debemos extraer de aquello, salvo quizá que ante la aparente desaparición del Sol las tortugas gigantes prefieren ocuparse de lo verdaderamente importante.

Aquel mismo eclipse permitió realizar un experimento aún más sofisticado con las abejas. Investigadores y centenares de voluntarios distribuyeron pequeños micrófonos cerca de flores en 16 localidades situadas en la franja del eclipse, desde Oregón hasta Misuri. La idea era registrar el zumbido producido por los insectos en vuelo. Las abejas continuaron trabajando mientras avanzaba la fase parcial. La iluminación disminuía, pero ellas seguían volando. Entonces llegó la oscuridad total y prácticamente se hizo el silencio. Entre todos los puntos de muestreo se detectó un solo zumbido durante esos instantes. Cuando regresó la luz, las abejas reanudaron sus asuntos.

Las aves ofrecen quizá el caso más interesante porque gran parte de su jornada está organizada por la luz. El amanecer no significa simplemente que ya pueden ver. Es una señal que pone en marcha alimentación, desplazamientos, territorialidad y, sobre todo, uno de los acontecimientos acústicos más extraordinarios de la naturaleza: el coro del alba.

El eclipse total norteamericano del 8 de abril de 2024 permitió estudiarlo con una precisión que los naturalistas de 1932 no habrían podido imaginar. Los investigadores combinaron grabaciones acústicas automatizadas con más de 10 000 observaciones realizadas por ciudadanos y analizaron alrededor de 100 000 vocalizaciones. Más de la mitad de las especies estudiadas modificaron sus ritmos de actividad. Pero lo más deslumbrante ocurrió después de la totalidad. Cuando reapareció el Sol, muchas aves comenzaron a comportarse como si estuviera amaneciendo. Una noche de apenas cuatro minutos había sido suficiente para desencadenar algo parecido a un segundo coro del alba.

Eso nos lleva al verdadero interés biológico de los eclipses. Los animales no poseen un interruptor que diga DÍA por un lado y NOCHE por el otro. Su comportamiento resulta de integrar información procedente del reloj circadiano, la intensidad de la luz, la temperatura, el viento, los sonidos de otros animales y muchas otras señales. Durante un eclipse algunas de ellas coinciden y otras se contradicen.

Además, la oscuridad no es el único cambio. Al desaparecer temporalmente buena parte de la radiación solar, el suelo y el aire comienzan a enfriarse. Pueden modificarse las corrientes de convección y el viento. Para un ave planeadora, la disminución de las térmicas puede ser tan importante como la pérdida de luz. Para un insecto, unos pocos grados de diferencia pueden alterar considerablemente la actividad. El eclipse no apaga simplemente una lámpara: durante unos minutos modifica una pequeña porción del sistema físico sobre el que los animales han construido sus rutinas.

También explica por qué las observaciones son a veces contradictorias. Hay animales que reaccionan mucho, otros apenas lo hacen y algunos parecen no enterarse de nada. En el eclipse africano de 2001 se describieron facóqueros, cocodrilos, cebras y leones que continuaron con su vida sin ofrecer el espectáculo que quizá esperaban los observadores.

Eso es precisamente lo que cabría esperar de la evolución. Una abeja cuya actividad depende estrechamente de la iluminación tiene buenas razones para responder rápidamente a la oscuridad. Un animal cuya rutina depende menos de ella puede limitarse a esperar acontecimientos. Tampoco debemos olvidar nuestra tendencia a buscar comportamientos extraordinarios precisamente porque estamos viviendo un acontecimiento extraordinario. Un perro que ladra durante un eclipse resulta misterioso. El mismo perro ladrando el martes anterior es ni más ni menos un perro.

Por eso conviene desterrar la idea de que durante los eclipses los animales «se vuelven locos». No lo hacen. En general siguen reglas perfectamente razonables que la selección natural ha afinado durante millones de años. El problema es que, durante unos minutos, el universo les proporciona información equivocada.

Ayer nosotros sabíamos lo que estaba ocurriendo. Habíamos consultado horarios, mapas y previsiones meteorológicas. Sabíamos cuándo desaparecería el Sol y cuándo regresaría. Los animales no disponían de esa ventaja. Para un pájaro, el día comenzó a convertirse inesperadamente en noche y, poco después, aquella noche imposible terminó en un nuevo amanecer.

Entonces volvió la luz, las abejas regresaron a las flores, los pájaros retomaron sus asuntos y el mundo recuperó sus horarios. Solo nosotros sabíamos que la Luna había tenido algo que ver.

LA EXTRAÑA VIDA DE LA LETRA X

 

Hay letras que parecen destinadas a llevar una existencia laboriosa pero gris. La A tiene muchísimo trabajo, pero poca personalidad. La E aparece por todas partes con la discreción de un funcionario eficiente. La X, en cambio, apenas trabaja y, cuando lo hace, suele ser para anunciar que algo raro está ocurriendo.

Una X puede ser una incógnita, un rayo capaz de atravesar nuestro cuerpo, un cromosoma, un lugar marcado en un mapa del tesoro, una película poco recomendable para niños o un expediente relacionado con extraterrestres. Si alguien bautiza algo como Proyecto X, Laboratorio X o Plan X, nadie espera encontrar detrás una asociación de vecinos dedicada al cultivo de geranios.

¿Cómo ha conseguido una letra relativamente rara convertirse en la representante universal de lo desconocido? La culpa, al menos en parte, es de las matemáticas.

Hoy nos parece perfectamente natural escribir una ecuación como x + 5 = 12. Hasta un niño comprende que x representa algo que todavía no conocemos y que debemos averiguar. Pero durante la mayor parte de la historia de la humanidad las matemáticas no funcionaron así. Los antiguos egipcios resolvían problemas algebraicos sin utilizar letras para las cantidades desconocidas. En el papiro Rhind, escrito hacia el siglo XVI antes de nuestra era, aparece una palabra que podríamos traducir aproximadamente como «montón» para designar aquello cuyo valor había que descubrir.

Los babilonios tampoco necesitaban equis. Utilizaban palabras que significaban longitud, anchura, área o volumen, incluso cuando las cantidades buscadas no tenían nada que ver con la geometría. Durante siglos el álgebra fue esencialmente retórica: los problemas se escribían y resolvían mediante palabras. Una ecuación que hoy despachamos en una línea podía ocupar entonces un párrafo bastante respetable.

Los matemáticos fueron introduciendo abreviaturas y símbolos poco a poco. Diofanto de Alejandría, que vivió probablemente en el siglo III, utilizó una notación abreviada para representar la cantidad desconocida. Los matemáticos indios hicieron algo parecido y los sabios del mundo islámico desarrollaron extraordinariamente el álgebra. De hecho, nuestra propia palabra procede del árabe al-jabr, que aparece en el título de una obra del gran matemático persa Al-Juarismi. De su nombre procede también, después de un considerable viaje lingüístico, nuestra palabra algoritmo.

En torno a la X circula una historia especialmente bonita. Según ella, los matemáticos árabes llamaban shay, «cosa», a la cantidad desconocida. Cuando sus obras comenzaron a traducirse, ciertas dificultades para representar los sonidos árabes habrían acabado conduciendo hasta la letra griega ji (χ), y finalmente hasta nuestra x.

Es una explicación irresistible. También tiene el inconveniente de que probablemente no sea cierta, o al menos de que no existen pruebas históricas suficientes para contarla con la seguridad con que suele repetirse. Las buenas historias tienen esa molesta tendencia a sobrevivir mejor que las pruebas.

Para encontrar a un responsable más fiable debemos esperar hasta René Descartes. En 1637 publicó su Discurso del método, acompañado de varios ensayos, entre ellos La Géométrie. Allí empleó las primeras letras del alfabeto —a, b, c— para las cantidades conocidas y las últimas —x, y, z— para las variables desconocidas.

Descartes no inventó el álgebra ni fue el primero en utilizar letras, pero su influencia fue enorme. La costumbre se extendió y la x acabó instalada en millones de pizarras. Cuatro siglos después continúa allí, esperando pacientemente que alguien averigüe cuánto vale. Una vez convertida en símbolo de lo desconocido, la letra estaba preparada para una segunda carrera.

En 1895, el físico alemán Wilhelm Conrad Röntgen estaba experimentando con tubos de rayos catódicos cuando observó una radiación capaz de atravesar materiales opacos y producir imágenes de los huesos de una mano. No sabía qué era. Como buen físico y, probablemente, como hombre que no deseaba perder la tarde buscando nombres, la llamó radiación X. El nombre provisional resultó definitivo.

Röntgen recibió en 1901 el primer Premio Nobel de Física y los rayos X revolucionaron la medicina. Pero hicieron algo más por nuestra protagonista: reforzaron definitivamente la asociación entre la equis y aquello cuya naturaleza ignoramos. Una X ya no era solamente una cantidad desconocida. También podía ser una cosa desconocida.

Desde entonces la letra ha prosperado en ese territorio. Los genetistas hablan del cromosoma X, aunque en este caso su nombre no nació, como suele creerse, porque tuviera forma de equis. El cromosoma fue denominado X por Hermann Henking a finales del siglo XIX porque se comportaba como un elemento peculiar cuya función todavía no estaba clara. De nuevo aparecía nuestra letra favorita cada vez que alguien encontraba algo que no sabía muy bien qué demonios era.

También marcamos con una X aquello cuya localización queremos señalar. «X marca el lugar» se convirtió en una expresión inseparable de mapas, piratas y tesoros enterrados, aunque probablemente los piratas históricos pasaran bastante menos tiempo dibujando mapas con cruces de lo que Hollywood nos ha hecho creer. La imagen es tan poderosa que basta dibujar una X sobre un mapa para que inmediatamente parezca que debajo debe haber algo.

La letra adquirió además cierta reputación de peligrosa. Durante décadas, una clasificación X indicaba que una película contenía material destinado exclusivamente a adultos. El uso terminó asociando la letra con lo sexualmente explícito, hasta el punto de que XXX se convirtió en una especie de superlativo internacional de lo prohibido. Resulta difícil imaginar que tres aes consecutivas hubieran tenido el mismo éxito.

Después llegaron la cultura popular y la publicidad. Malcolm Little se convirtió en Malcolm X para representar mediante aquella letra el apellido africano que la esclavitud había borrado de su historia familiar. La Generación X recibió un nombre deliberadamente indefinido para una generación que parecía difícil de caracterizar. The X-Files convirtió la letra en sinónimo de expedientes secretos, conspiraciones gubernamentales y extraterrestres con una preocupante afición por visitar Estados Unidos.

Incluso la Navidad tiene su X. La abreviatura inglesa Xmas no nació de ninguna conspiración moderna para expulsar a Cristo de Christmas, como se afirma de vez en cuando. La X procede de la letra griega χ, inicial de Christós, Cristo, y su utilización como abreviatura tiene siglos de antigüedad.

Pocas letras han conseguido semejante currículum. Quizá parte de su éxito se deba incluso a su aspecto. La X es geométricamente rotunda. Son dos líneas que se cruzan, una señal que puede significar «aquí», «no pasar», «incorrecto», «eliminar» o «buscar esto». Se reconoce desde lejos y se dibuja con dos movimientos. Hasta quien no sabe escribir puede hacer una cruz.

Pero seguramente pesa todavía más la herencia de cuatro siglos de matemáticas. Generaciones enteras aprendieron desde niños que x era aquello que desconocíamos y debíamos encontrar. Esa asociación terminó escapando de las ecuaciones y contaminó nuestra imaginación. Por eso tenemos rayos X, expedientes X, proyectos X, planetas X y sustancias X. Cuando ignoramos qué es algo, dónde está, de dónde procede o incluso cómo llamarlo, siempre podemos recurrir a ella.

La pobre A trabaja muchísimo más. Pero nunca le encomiendan secretos. La X, en cambio, lleva cuatrocientos años viviendo de lo que no sabemos.

¿POR QUÉ MÉXICO SE ESCRIBE CON X?

 

Hay países que han tenido que defender sus fronteras, su independencia, sus recursos naturales y hasta su cocina. México, además, ha tenido que defender una letra.

La última batalla de esta guerra ortográfica se produjo hace apenas unos meses y tuvo como protagonista a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, que viajó a México dispuesta a reivindicar la Conquista, el mestizaje y, muy especialmente, a Hernán Cortés. La visita terminó convertida en una considerable tormenta política. Claudia Sheinbaum respondió a las declaraciones de la dirigente madrileña, Ayuso acusó al Gobierno mexicano de hostilidad y acabó cancelando parte de su agenda. En medio de aquel intercambio apareció una vieja conocida: la jota.

Ayuso escribió Méjico. No cometió, conviene decirlo desde el principio, ninguna falta de ortografía. La Real Academia Española admite Méjico, mejicano y mejicanismo. Pero recomienda las grafías con x, que son las utilizadas en México y mayoritarias en todo el mundo hispánico. La cuestión interesante no consiste, por tanto, en decidir si Méjico está bien o mal escrito. Consiste en preguntarse por qué alguien decide utilizar precisamente esa forma cuando visita un país cuyos 130 millones de habitantes escriben el nombre de su nación con x.

Porque entonces la ortografía empieza a convertirse en política. El asunto tiene además una deliciosa paradoja histórica. En algunos ambientes de la derecha española, la jota se reivindica como una forma genuinamente española frente a una equis asociada al indigenismo, a la corrección política o, recurriendo a una palabra que actualmente sirve para casi todo, a lo woke. El problema es que, si de lo que se trata es de reivindicar a Hernán Cortés y la España de los conquistadores, la letra apropiada es precisamente la X.

Para entenderlo tenemos que regresar al castellano que se hablaba cuando Cortés desembarcó en las costas mexicanas. A comienzos del siglo XVI nuestra lengua sonaba bastante diferente de la actual. Entre otras cosas, poseía un sonido fricativo parecido al sh del inglés show. Aquel sonido se escribía con x.

Por eso nuestros antepasados escribían dixo, traxo o Quixote. Y por eso, cuando los españoles intentaron trasladar al alfabeto latino las palabras que escuchaban a los hablantes de náhuatl, utilizaron la x para representar un sonido que su propio idioma poseía. Escribieron Mexico, inicialmente sin nuestra tilde moderna, porque esa era la solución ortográfica natural para un español del siglo XVI.

La x de México, por tanto, no es una ocurrencia nacionalista posterior a la independencia, ni una corrección indigenista introducida para borrar las huellas españolas. La pusieron allí los propios españoles. Lo que ocurrió después fue que cambió el español.

Durante los siglos XVI y XVII tuvo lugar una profunda reorganización de las consonantes de nuestra lengua. Aquel sonido semejante a sh fue desplazándose hacia la parte posterior de la boca hasta acabar convertido en el sonido velar que hoy representamos normalmente mediante j o mediante g cuando es delante de e e i. La escritura fue adaptándose al cambio. Dixo se convirtió en dijo, traxo en trajo y Quixote en Quijote.

México, sin embargo, conservó su x. La Real Academia Española intentó poner orden en 1815. Si aquellas palabras ya se pronunciaban con el sonido de la jota, razonaron los académicos, parecía lógico escribirlas con jota. La reforma sustituyó muchas antiguas equis y, siguiendo ese criterio, México debía convertirse en Méjico. El calendario histórico no pudo ser más inoportuno. Seis años después, en 1821, México consumaba su independencia de España.

A partir de entonces, una cuestión que en principio era puramente ortográfica comenzó a adquirir otro significado. Para los mexicanos, la x formaba parte del nombre con el que se reconocían a sí mismos. Resultaba difícil explicarles que una institución situada a nueve mil kilómetros de distancia había decidido que estaban escribiendo incorrectamente el nombre de su propio país. México siguió escribiendo México.

Y la x fue adquiriendo algo que ninguna letra posee al nacer: historia. Se convirtió en una pequeña señal de identidad nacional. No porque los mexicanos hubieran inventado esa grafía, sino precisamente porque la habían heredado. Las lenguas están llenas de estos fósiles. Conservamos letras que ya no pronunciamos, pronunciaciones que no coinciden con la escritura y palabras que llevan adheridos siglos de historia sin que pensemos en ello cuando las utilizamos.

El caso mexicano ni siquiera está solo. Ahí están Oaxaca y Xalapa, que conservan igualmente antiguas equis y se pronuncian con el sonido de nuestra jota. Son supervivientes ortográficos de aquel castellano que cruzó el Atlántico hace cinco siglos.

La Academia Española tardó mucho tiempo en aceptar plenamente la realidad. Durante buena parte de los siglos XIX y XX mantuvo su preferencia por la jota. Con el tiempo, y dentro de una concepción cada vez más panhispánica de la lengua, terminó reconociendo lo evidente: los nombres propios también pertenecen a quienes los llevan. Hoy admite las dos grafías, pero recomienda expresamente México, mexicano y mexicanismo.

Por eso resulta tan peculiar que la cuestión haya resucitado ahora ligada precisamente a la reivindicación de Hernán Cortés. Se puede discutir durante años sobre la Conquista de México. Se puede hablar de violencia, alianzas indígenas, epidemias, mestizaje, evangelización, destrucción, intercambio cultural o nacimiento de una nueva sociedad. Es un proceso histórico gigantesco y extraordinariamente complejo que difícilmente cabe en las consignas políticas del siglo XXI. Pero sobre la x podemos estar bastante más seguros:

Cuando Hernán Cortés vivía, se escribía México.

Más aún: aquella x pertenecía al castellano que hablaban y escribían los conquistadores. Si Cortés pudiera regresar y tuviera que elegir entre México y Méjico, la segunda forma probablemente le resultaría bastante más extraña que la primera. Reivindicar la jota como homenaje a la España del siglo XVI tiene algo de viajar al Siglo de Oro vestido con una camiseta del Real Madrid porque uno considera que es indumentaria tradicional castellana.

Naturalmente, nadie debería convertir una variante ortográfica legítima en motivo de escándalo. Un español puede escribir Méjico con la tranquilidad de contar con el respaldo del diccionario. Otra cosa es utilizar deliberadamente esa jota como afirmación política frente a quienes escriben México. En ese momento ya no estamos hablando de ortografía, sino de identidad.

Y las identidades tienen la incómoda costumbre de no dejarse corregir con un diccionario. Quizá esa sea la parte más interesante de toda esta historia. Las palabras cambian, viajan y terminan significando mucho más de lo que significaban cuando nacieron. Una x utilizada por los escribanos españoles para representar un sonido indígena acabó atravesando la Conquista, la evolución fonética del castellano, las reformas de la Academia y la independencia de México hasta convertirse en una minúscula seña nacional.

Cinco siglos después, seguimos discutiendo por ella. Quienes quieran reivindicar a Hernán Cortés pueden hacerlo. Pero si pretenden además escribir como en tiempos de Hernán Cortés, tendrán que resignarse a usar la equis.