La primera vez que alguien ve una
Sesia apiformis suele cometer el mismo error. La observa durante unos
segundos, aprecia las franjas amarillas y negras del abdomen, las alas
transparentes, el vuelo nervioso y decidido, y llega inmediatamente a una
conclusión aparentemente razonable: es una avispa. Pero no: lo curioso es que S.
apiformis ha dedicado millones de años a provocar exactamente esa reacción.
No, no es una avispa. Ni siquiera
pertenece al mismo orden de insectos. Las avispas son himenópteros, parientes
de las abejas y las hormigas. S. apiformis, en cambio, es un
lepidóptero. Es decir, una mariposa. Más concretamente, una polilla. Una
polilla que ha construido toda su estrategia de supervivencia alrededor de una
mentira extraordinariamente convincente.
La naturaleza suele presentarse
como un escenario de competencia feroz donde sobreviven los más fuertes, los
más rápidos o los mejor adaptados. Sin embargo, si uno examina la cuestión con
cierto detenimiento, descubre que el engaño también ocupa un lugar destacado.
Muchas especies han prosperado no porque sean especialmente peligrosas, sino
porque han logrado convencer a otros animales de que lo son. S. apiformis
constituye uno de los ejemplos más elegantes de esta estrategia.
Su aspecto recuerda tanto al de
una avispa que incluso observadores experimentados pueden equivocarse a primera
vista. Las alas son transparentes porque han perdido gran parte de las escamas
que normalmente cubren las alas de las mariposas. El cuerpo presenta los
colores característicos de muchos himenópteros defensivos. Incluso el
comportamiento contribuye al engaño. A diferencia de la mayoría de las
polillas, que prefieren la discreción de la noche, esta especie suele volar
durante el día, cuando su disfraz puede apreciarse perfectamente.
La cuestión es por qué merece la
pena realizar semejante esfuerzo evolutivo. La respuesta nos lleva a uno de los
conceptos más fascinantes de la biología: el mimetismo batesiano. El nombre
procede de Henry Walter Bates, un naturalista inglés que pasó más de una década
explorando la cuenca amazónica durante el siglo XIX. Bates observó algo que en
principio parecía desconcertante. Algunas especies de mariposas perfectamente
inofensivas se parecían muchísimo a otras que resultaban desagradables o
peligrosas para los depredadores. Tras años de observación llegó a una
conclusión brillante. Si un pájaro aprende que un determinado patrón de colores
está asociado a una mala experiencia, cualquier animal que copie ese patrón
obtiene protección gratuita.
Es una idea tan sencilla que casi
parece obvia una vez explicada. Supongamos que un joven pájaro intenta capturar
una avispa y descubre, de forma dolorosamente memorable, que las avispas poseen
aguijón. A partir de entonces tenderá a evitar cualquier insecto que presente
un aspecto similar. En ese momento entra en escena S. apiformis. Aunque
carece de aguijón, veneno y cualquier capacidad ofensiva comparable, se
beneficia de la reputación ajena. El depredador no se detiene a realizar
análisis taxonómicos. Ve franjas amarillas y negras, recuerda una experiencia
desagradable y decide buscar el almuerzo en otra parte.
Resulta difícil no admirar una
estrategia tan económica. Mientras las auténticas avispas invierten energía en
producir veneno y desarrollar mecanismos de defensa, S. apiformis se
limita a copiar el uniforme. Sin embargo, el aspecto adulto representa sólo una
pequeña parte de su existencia. La mayor parte de su vida transcurre lejos de
la vista, en un mundo oscuro y silencioso que pocas personas llegan a
contemplar. Cuando una hembra emerge como adulta, dispone de muy poco tiempo.
Tras aparearse, deposita alrededor de dos mil huevos cerca de la base de
troncos de chopos o junto a raíces gruesas. Es una cifra impresionante. Los
insectos suelen compensar una elevada mortalidad juvenil produciendo cantidades
enormes de descendencia, y S. apiformis no constituye una excepción.
![]() |
| Sesia apiformis. A y B, una pareja de adultos apareándose. C, una larva en el interior de una galería excavada en un tronco. Fuente. |
De esos huevos nacen pequeñas
orugas que rápidamente buscan refugio bajo la corteza. A partir de ese momento
desaparecen del mundo visible. Los chopos se convierten en su hogar. Y también
en su alimento.
La larva comienza a excavar
galerías en la madera, avanzando lentamente por tejidos que para la mayoría de
los animales resultarían tan apetecibles como una estantería. Sin embargo, la
evolución ha producido organismos capaces de aprovechar recursos verdaderamente
insospechados. Durante meses, y finalmente durante años, la oruga se alimenta y
crece en el interior del árbol.
Porque ahí reside otra de las
peculiaridades de esta especie. Su ciclo vital no se completa en unas pocas
estaciones. Necesita al menos dos años para desarrollarse completamente. En
ocasiones incluso más. Mientras tanto, las galerías se multiplican. Para el
árbol, esta actividad no resulta inocua. Los túneles perforan tejidos
conductores encargados de transportar agua y nutrientes. Es algo parecido a lo
que ocurriría si alguien se dedicara a perforar sistemáticamente las tuberías y
el cableado de un edificio. El resultado no suele ser una destrucción
inmediata, pero sí un debilitamiento progresivo.
Los chopos afectados pueden
crecer peor, deformarse o perder estabilidad. Cuando las galerías alcanzan la
base del tronco o las raíces principales, el problema adquiere una dimensión
mecánica. Un árbol aparentemente sano puede convertirse en una estructura
vulnerable frente a vientos intensos. En plantaciones forestales, esta
circunstancia tiene una importancia económica considerable.
Resulta curioso observar cómo la
misma especie puede despertar admiración y preocupación al mismo tiempo. Desde
la perspectiva de un entomólogo, S. apiformis es una obra maestra de la
evolución. Desde la perspectiva de un gestor forestal, puede convertirse en una
molestia bastante seria.
A mitad de su desarrollo
aproximadamente, la oruga construye una estructura que podría describirse como
una pequeña habitación de serrín. Utilizando fragmentos de madera excavada y
restos vegetales, fabrica un capullo oscuro en cuyo interior se transformará en
crisálida. Allí permanece inmóvil mientras se desarrolla uno de los procesos
más extraordinarios de la naturaleza.
Siempre me ha parecido
sorprendente que aceptemos la metamorfosis con tanta naturalidad. Una oruga
entra en una cámara cerrada y, semanas después, emerge convertida en algo
completamente distinto. Si el fenómeno no ocurriera todos los días,
probablemente ocuparía un lugar destacado entre los mayores misterios
biológicos del planeta.
Algo más de un mes después de la
formación de la crisálida llega el momento culminante. El nuevo adulto rompe el
capullo y avanza por la galería excavada durante años. Poco antes de emerger,
la crisálida suele desplazarse hacia la salida, de modo que cuando la mariposa
aparece al exterior deja tras de sí una exuvia vacía asomando por el
orificio. Quien conozca el detalle puede recorrer una chopera y descubrir
fácilmente los indicios de su presencia.
Entonces ocurre la transformación
final. La falsa avispa abandona el árbol. Extiende las alas. Las deja
endurecerse al sol. Y comienza una vida adulta que apenas durará unas semanas. Las
hembras suelen permanecer cerca del tronco emitiendo feromonas que los machos
detectan mediante antenas extraordinariamente sensibles. Después del
apareamiento, la hembra deposita sus huevos y el ciclo vuelve a comenzar.
Todo ello para producir una
criatura que vive tan poco tiempo que apenas llega a disfrutar de su elaborado
disfraz. Y quizá ahí resida la mayor lección de la historia. Cuando pensamos en
la evolución solemos imaginar colmillos, garras, velocidad o fuerza. Sin
embargo, la naturaleza también premia otras habilidades. A veces la mejor
estrategia no consiste en ser peligroso. Basta con parecerlo.
S. apiformis no posee
aguijón. No produce veneno. No representa amenaza alguna para quienes la
observan revolotear entre los chopos durante una mañana de verano. Sin embargo,
millones de años de selección natural han convertido a esta modesta polilla en
una de las impostoras más convincentes del mundo animal.
Es una mariposa que logró
sobrevivir gracias a una reputación que nunca le perteneció. Quizá no exista
definición más elegante del engaño evolutivo.
