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viernes, 14 de abril de 2017

Microhábitats, charcas primaverales y plantas liliputienses

Pilularia minuta
Cuando las lluvias de primavera son lo bastante copiosas como para humedecer las capas superficiales del suelo y más aún si son capaces de producir charcas efímeras poco profundas, ha llegado el momento de que algunas plantas minúsculas florezcan unos pocos días para luego desaparecer durante el resto del año. Un breve recorrido por la espléndida primavera andaluza me ha permitido encontrar algunos pequeños tesoros botánicos. Les muestro dos ellos: el helecho acuático Pilularia minuta y la escrofulariácea Linaria tursica.

P. minuta, un miembro liliputiense de la familia Marsiláceas, es una hierba perenne provista de un rizoma horizontal delgado, enraizante en los nudos, que se extiende por el subsuelo húmedo. De los nudos surgen por pares (2-4) unas delicadas hojas (técnicamente debería llamarlas frondes) filiformes, que miden unos 2-4 cm de largas que, como carecen de peciolo, se confunden fácilmente con las hojas de pequeñas gramíneas. Cuando llega el momento de reproducirse, en la base de las hojas produce unos minúsculos esporocarpos ovoideos (c. 0,75 mm de diámetro), pediculados (pedículos de 1,5-2 mm, deflexos), ovoideos, densamente pubescentes, de color castaño, con 2 cámaras y 2 valvas. En los esporocarpos se producen bien megásporas, una en cada cámara, de las que surgirán  los gametófitos femeninos, o micrósporas, una docena en cada cámara, de las que surgirán  los gametófitos femeninos. Unos y otros esporulan a finales de primavera.

P. minuta vive en pastizales húmedos en zonas arcillosas temporalmente encharcadas charcas temporales y en márgenes de acequias de toda la región Mediterránea occidental. En España es una especie amenazada, declarada en peligro crítico en la Lista Roja de Andalucía y vulnerable en la Lista Roja Nacional de España. Es, también, un miembro destacado a proteger dentro del programa Lifecharcos, encaminado a la protección de los organismos que viven en las charcas efímeras de la cuenca del Mediterráneo.

Linaria tursica, que el mismo año de su descubrimiento (1977) fue llamada también Linaria donyanae (dando lugar a una curiosa competición –de la que me ocuparé en la próxima entrada- entre eminentes botánicos para ser los primeros en bautizar a la nueva criatura), es un curiosísimo endemismo de los corrales y dunas finas y semifijas del Parque Nacional de Doñana y sus alrededores onubenses. Aunque los tallos fértiles pueden alcanzar hasta 15 cm de altura, las poblaciones que crecían este año en los humedecidos corrales de Doñana eran mucho menores, como pueden comprobar al compararlos con la moneda de 50 céntimos que aparece en la fotografía. Fíjense en las preciosas corolas que apenas alcanzan los 5 mm, que muestran una delicada tonalidad azul-violeta con paladar anaranjado y labio inferior frecuentemente amarillo, rematado por un espolón nectarífero de apenas milímetro y medio.

Linaria tursica. Foto de David Melero.
¿Por qué les presento juntas dos plantas aparentemente tan dispares a no ser por su tamaño? Pues, porque además de querer aprovechar las dos fotografías, ambas plantas son típicos habitantes de los que se conocen como “microhábitats”. La palabra "hábitat" ha estado en uso desde el siglo XVIII y deriva de la tercera persona del singular del presente del indicativo del verbo latino habitāre, habitar. El hábitat se puede definir como el ambiente natural de un organismo, el lugar en el cual vive y crece. Su significado es similar al de biotopo, un área de condiciones ambientales uniformes asociadas con una comunidad particular de plantas y animales.

En un esquema muy sencillo, podemos diferenciar entre macrohábitats tales como un bosque, una pradera o un matorral, y microhábitats, lugares, por lo general de poca extensión, que son ocupados por organismos especializados en la explotación de los recursos, por lo general limitados, de los lugares en los que prosperan. Lo que tienen en común esos organismos es que son especialistas muy competentes en sus propios medios, pero muy poco competitivos frente a otras plantas en otros medios más favorables (de los que son expulsados por otros organismos más competitivos) o cuando las condiciones ecológicas de sus respectivos microhábitats cambian. Esa falta de competitividad hace que los organismos especialistas en la explotación de microhábitats sean muy vulnerables.

Gratiola amphiantha. Foto.
Los ejemplos de P. minuta  y L. tursica me llevan a recordar el hábitat extremadamente original de una planta, Gratiola amphiantha, que hace casi veinticinco años tuve la suerte de encontrar en el sureste de Estados Unidos, y que, como nuestras dos nuevas amigas mediterráneas, también explota pequeñas charcas efímeras que se forman tras las lluvias primaverales. G. amphiantha extrema su especialización y ocupa las charcas someras que rellenan oquedades de los granitos la región del Piedmont de los Apalaches. Si las charcas vernales se consideran efímeras, entonces las de los granitos son extremadamente fugaces. Cualquier organismo que se especialice en tales hábitats debe estar preparado para lidiar con limites ambientales extremos.

Pequeñas charcas en granitos
constituyen el hábitat de Gratiola amphiantha. Foto
Este diminuto miembro de la familia Plantagináceas vive toda su vida en pequeñas lagunas que se forman en afloramientos graníticos. Las charcas deben ser lo suficientemente profundas como para contener el agua sólo el tiempo suficiente, pero no demasiado profundas para permitir la entrada de otras plantas que continúen el proceso normal de la sucesión. Deben tener suficiente suelo para permitir que la plántulas de G. amphiantha arraigen, pero debe ser lo suficientemente delgado como para evitar que otra vegetación asuma el control. También deben ser pobres en nutrientes para limitar el crecimiento de algas que de otro modo enturbiarían el agua. Huelga decir, que todos estos condicionantes hacen que el hábitat adecuado para la planta sea difícil de encontrar.

Floración de G. amphiantha. Foto
Cuando se cumplen tales condiciones, G. amphiantha puede ser bastante prolífica. Sus semillas germinan a finales del otoño y principios del invierno, cuando sólo una delgada capa de agua cubre los esqueléticos suelos en los que arraigarán. Una por una, las plántulas forman una pequeña roseta que permanecen en espera hasta que el agua de lluvia llueva inunde las pequeñas charcas. Una vez sumergidas, las rosetas envían hacía arriba unos tallos delgado, llamados escapos. Los escapos rematan en dos brácteas minúsculas que flotan en la superficie del agua. Entre las dos brácteas emergen florecitas blancas de cinco pétalos. La planta también produce flores sumergidas, pero estas son flores cleistógamas que nunca se abren y se autopolinizan, lo que asegura que cada año se produzcan al menos algunas semillas.

Cuando se consideran todos los condicionantes ecológicos, no es de extrañar que esta planta, como otras tantas que ocupan microhábitats extremos, se encuentren al borde de la extinción. No hace falta mucho para convertirlos en lugares totalmente inadecuados para vivir. Protegerlos es bastante difícil. La minería, la contaminación, la basura e incluso los excursionistas ocasionales pueden acabar con poblaciones enteras en un instante. Cuando se vive en el filo de la navaja, la vida está en peligro. En el caso de G. amphiantha, sólo se conocen una treintena de poblaciones dispersas en Carolina del Sur, Georgia y Alabama. 

Vista larga, paso corto, mucho mimo. Cuando camine por los campos durante la luminosa y húmeda primavera, ponga un poco de atención, pise con cuidado como hacía Gulliver, y observe las charcas, por humildes que le parezcan, a una distancia segura. 

Bibliografía recomendada (1), (2).