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sábado, 28 de febrero de 2026

CUANDO EL PLÁTANO DE PASEO "ESTORNUDA" EN PRIMAVERA

 

Quienes se aventuren a pasear por cualquier ciudad esquivando con elegancia olímpica las cacas de perro —deporte urbano no reconocido por el COI, pero merecedor de medalla— quizá, entre salto y salto, levanten la vista lo justo para fijarse en el suelo al pie de los plátanos de paseo. Allí descubrirán un paisaje de pequeñas tragedias botánicas: ramitas tronchadas, astillas dispersas y, en ocasiones, auténticos ramones que parecen haber perdido una pelea con un gigante invisible. No es vandalismo vegetal; es la vida moderna.

El plátano de paseo (Platanus × hispanica) es el Chuck Norris del arbolado urbano: aguanta la contaminación, sobrevive a podas que rozan la cirugía medieval y tolera con estoicismo esa manía municipal de embutirle las raíces bajo toneladas de cemento, como si el árbol fuera un enchufe que conviene sellar bien. En algunas ciudades lo practican con entusiasmo; en Alcalá, al menos hasta donde alcanzan mis suelas zigzagueantes, no he detectado semejante sadismo paisajístico. Lo cual es de agradecer: bastante tiene el pobre titán con sostener el cielo, filtrar el aire y servir de diana involuntaria para las palomas.

De la descripción de los plátanos de paseo de Alcalá me ocupé en otro artículo, así que alertado por algún convecino, hoy voy a ocuparme de algunas enfermedades que los afectan. Empezaré por decir que el plátano de paseo es resistente, sí, pero no invulnerable. De vez en cuando “tose”. Y esa tos puede tener varios diagnósticos. Los tres sospechosos habituales son:

La antracnosis, causada por el hongo Apiognomonia veneta;

El oídio, provocado por especies del género Erysiphe;

La enfermedad de Massaria, asociada a Splanchnonema platani.

Parecen nombres de personajes secundarios de una novela rusa, pero conviene aprender a distinguirlos. No todo follaje triste anuncia el Apocalipsis vegetal.

Antracnosis: la falsa helada primaveral

La antracnosis es la más melodramática… en primavera. Aparece al inicio de la brotación, tras periodos fríos y húmedos como los que hemos tenido recientemente. Las hojas jóvenes se necrosan, se arrugan o se quedan a medio abrir. Se observan manchas marrones irregulares que siguen las nervaduras. Puede haber muerte de puntas de brotes.

El árbol puede perder muchas hojas en mayo… y luego rebrotar como si nada hubiera pasado. El truco está en el calendario: si el árbol parece “quemado” justo después de una primavera lluviosa y fría, probablemente sea antracnosis. A menudo se confunde con daño por helada, pero la clave diferencial es que la antracnosis afecta sobre todo tejido joven y coincide con la brotación primaveral temprana.

Los árboles de Alcalá están sufriendo esta enfermedad causada por el hongo Apiognomonia veneta. Estos son los síntomas y las causas:

Actúa durante la brotación primaveral.

Afecta brotes jóvenes y ramillas del año.

Puede provocar necrosis en la base de brotes tiernos.

Las pequeñas ramitas se secan y se desprenden.

Es más intensa tras períodos fríos y lluviosos seguidos de temperaturas cálidas bien primaverales, bien debidas a las falsas primaveras provocadas por el cambio climático. En esta época el hongo infecta tejidos jóvenes muy sensibles, y el árbol “sacrifica” esas partes dañadas. Lo que vemos en el suelo son las bajas de esa batalla microscópica.

La abundancia de ramas secas de este año es consecuencia de la primavera lluviosa del año pasado cuando el hongo tuvo condiciones de desarrollarse a sus anchas. Las rachas de viento de las últimas semanas han provocado su caída masiva.

Centro: ramas de Platanus x hispanica sobre el carril bici del Campus Universitario. Derecha: típicas malformaciones (ramas con forma de muñones) que junto con los chancros (izquierda) son características de la antracnosis del plátano de paseo.

Oídio: el plátano enharinado

El oídio es menos dramático, pero más fácil de detectar. Aparece como un polvillo blanco o grisáceo en la superficie de la hoja, que puede darse en primavera o verano. Las hojas se deforman ligeramente, pero rara vez se necrosan por completo. No suele causar defoliaciones masivas. Es la enfermedad más estética del trío: parece que alguien hubiera espolvoreado azúcar glas sobre el árbol. La clave para diferenciarlo es sencilla: si ve polvo blanco superficial, es oídio. La antracnosis no produce ese recubrimiento harinoso.

Ataque de oidios (Erysiphe platani) en hojas de plátano de paseo. Las manchas farinosas son típicas de estas infecciones que, a la vez, deforman las hojas.

Massaria: el problema que viene de arriba

La enfermedad de Massaria se llama así por el nombre del hongo que originalmente se consideró su agente causal: el género Massaria. Es decir, aunque suene a nombre mitológico femenino, no es un nombre poético ni geográfico, sino taxonómico. La taxonomía fúngica es un terreno movedizo. Con los estudios moleculares modernos se reclasificó la especie responsable como: Splanchnonema platani. Como es más que comprensible, no es lo mismo pronunciar “Esplanchnonemosis” que Massaria, así que como el nombre vulgar Massaria ya estaba consolidado en la literatura técnica y en la arboricultura urbana, y así se quedó.

Síntomas de ataques de Massaria sobre plátanos de paseo. 1: rama principal fragmentada en el punto señalado por la flecha. 2a y b: secciones longitudinales de dos ramas con ataque de Massaria (flechas negras). 3a y b: secciones transversales de las mismas ramas. Las flechas negras señalan las zonas infectadas oor el hongo. 4: el descortezamiento permite ver las típicas extensiones negras del micelio del hongo señaladas por la flecha.

La enfermedad de Massaria es más insidiosa. No empieza en las hojas, sino en las ramas gruesas, y tiene cierta predilección por la parte superior de las mismas. Produce lesiones alargadas y oscuras en la parte superior de las ramas. La corteza se agrieta y puede desprenderse. Las ramas afectadas pueden quebrarse sin previo aviso. No depende tanto de primaveras frías como la antracnosis. Es la más preocupante en entornos urbanos porque puede comprometer la estabilidad de ramas grandes. La clave para diferenciarla es que si el problema principal está en ramas estructurales (no en hojas jóvenes), hay que sospechar de Massaria, como todo indica que está pasando con los plátanos complutenses.

Durante décadas, la enfermedad de Massaria fue poco más que una nota a pie de página en manuales de patología forestal. Y, sin embargo, a partir de los años 2000 empezó a mencionarse con creciente frecuencia en informes técnicos de arbolado urbano en Alemania, Suiza, Francia, Italia o España. ¿Qué pasó?

Uno de los factores más señalados por los especialistas es el aumento de temperaturas y la mayor frecuencia de veranos secos y calurosos en Europa central y meridional desde finales del siglo XX. Massaria prospera especialmente en condiciones cálidas. Este hongo encuentra un terreno favorable en árboles debilitados. El cambio climático no “crea” la enfermedad, pero reduce la capacidad de defensa del árbol y favorece el desarrollo del patógeno.

Los plátanos urbanos viven en condiciones que ningún árbol elegiría voluntariamente: suelos compactados; espacio radicular limitado; contaminación; islas de calor urbanas y podas intensivas. Ese estrés crónico hace que las ramas superiores —especialmente las horizontales gruesas— sean más vulnerables a infecciones oportunistas. Massaria tiene una peculiaridad preocupante: coloniza preferentemente la parte superior de ramas gruesas, donde la humedad puede acumularse tras las lluvias. Desde allí provoca necrosis del tejido cortical y puede comprometer la resistencia mecánica.

¿El enfermo está grave?

El plátano de paseo es, en esencia, un superviviente urbano con una tolerancia admirable al maltrato humano y micológico. Por eso, la buena noticia es que, en la mayoría de los casos, los plátanos sobreviven sin grandes dramas. La antracnosis rara vez mata árboles adultos; simplemente los hace pasar una primavera deprimente. El oídio suele ser un problema cosmético. Massaria sí puede requerir intervención por riesgo estructural de desprendimiento de ramas grandes, aunque por lo general solo provoca desprendimiento de ramitas y brotes.

Consejos prácticos de prevención y control

No existen soluciones mágicas, pero sí sentido común arborícola.

1. Mejorar ventilación; evitar copas excesivamente densas ayuda a reducir humedad persistente. Una poda técnica bien planificada favorece la aireación (nunca mutilaciones indiscriminadas).

2. Retirar hojas infectadas. Con antracnosis, recoger hojas caídas reduce el inóculo para la siguiente primavera.

3. Poda sanitaria. Con Massaria eliminar las ramas afectadas es crucial. Debe hacerlo personal cualificado, especialmente en arbolado urbano.

4. Fungicidas (con prudencia). Para la antracnosis los tratamientos solo son realmente eficaces los preventivos y muy tempranos. Para el oídio pueden utilizarse si el problema es severo. Con Massaria, el tratamiento químico no suele ser la solución principal; prima la gestión estructural. En arbolado urbano adulto, el tratamiento químico suele ser poco práctico y a menudo innecesario.

5. Mantener el árbol vigoroso: riego adecuado en sequías prolongadas; evitar compactación del suelo; reducir estrés mecánico y podas excesivas. Un árbol vigoroso tolera mejor cualquier hongo oportunista.

El drama vegetal de la ciudad

Curiosamente, muchas de estas enfermedades prosperan en condiciones que nosotros mismos favorecemos: podas agresivas, estrés hídrico, suelos compactados, primaveras alteradas por el cambio climático.

El plátano de paseo no eligió vivir alineado en bulevares; simplemente se adaptó. Y cuando enferma, no siempre es señal de decadencia irreversible. A menudo es solo la manifestación de un equilibrio alterado.

La próxima vez que vea hojas marrones en mayo o polvo blanco en junio, no imagine el fin de la avenida. Observe el calendario, mire dónde están los síntomas y recuerde: los árboles, como las ciudades, tienen achaques estacionales. Y casi siempre, si se les deja respirar, vuelven a vestirse de verde.

EL CÁNCER COLORRECTAL Y EL EXTRAÑO CASO DEL MICROBIO QUE LLEVABA UN VIRUS EN EL BOLSILLO

 

Durante años se pensó que el intestino era un órgano discreto. Algo así como un funcionario gris que trabaja en silencio y solo llama la atención cuando se declara en huelga. Luego descubrimos que no era un funcionario, sino una metrópolis. Una ciudad densamente poblada, ruidosa, dinámica, con más habitantes que Europa y Asia juntas, todos viviendo en la penumbra tibia del colon. Una ciudad a la que llamamos microbiota intestinal. Y entonces entendimos que el silencio era una ilusión.

La microbiota intestinal es el conjunto de billones de microorganismos que habitan en el tubo digestivo. En condiciones normales ayudan a digerir alimentos, producen vitaminas (como K y algunas del grupo B), regulan el sistema inmunitario y protegen frente a patógenos. Cuando esta ciudad está equilibrada hablamos de eubiosis. Cuando se altera, hablamos de disbiosis.

Microfotografía de Bacteriodes fragilisFrotis de una colonia en agar Schaedler. Morfología: Bacilos pleomórficos gramnegativos anaerobios de tinción pálida con extremos redondeados. Frecuentemente se observan hinchazones y vacuolas. Fuente: microbiologyin.com. Dominio público.

En esa ciudad vive una bacteria llamada Bacteroides fragilis. Un nombre que suena a legión romana derrotada, pero que en realidad designa a uno de los vecinos más habituales de nuestro ecosistema intestinal. Está en la mayoría de las personas sanas. Digamos que es tan común como el pan. El problema empezó cuando los científicos comenzaron a estudiar el microbiota de pacientes con cáncer colorrectal. En esas cartografías microscópicas aparecía una y otra vez el mismo nombre: Bacteroides fragilis. Allí estaba, presente con una insistencia sospechosa.

La reacción inicial fue predecible: “Ah, ya tenemos el culpable”. Solo había un inconveniente: la misma bacteria estaba también en personas sin cáncer. Durante un tiempo la paradoja quedó suspendida en el aire. ¿Era realmente peligrosa esta bacteria o simplemente estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado? ¿Podía una especie ser inocente y culpable a la vez?

La respuesta, como suele ocurrir en biología, no estaba en el nombre, sino en los detalles. Los investigadores decidieron hacer algo más fino que contar bacterias. En lugar de limitarse a registrar su presencia, analizaron sus genomas. Es decir, no se conformaron con saber quién estaba en la fiesta; quisieron saber qué llevaba en los bolsillos.

Y allí apareció el giro argumental. Resulta que algunas cepas de Bacteroides fragilis —las que se encontraban con mayor frecuencia en pacientes con cáncer colorrectal— portaban en su interior unos pasajeros invisibles: virus integrados en su ADN. No virus humanos, sino bacteriófagos. Virus de bacterias. Entidades microscópicas que se infiltran en el genoma bacteriano y se quedan allí, como un huésped silencioso que puede influir en la conducta de su anfitrión.

A estos virus integrados se les llama profagos. La escena, vista en miniatura, es extraordinaria: dentro de nosotros hay bacterias; dentro de esas bacterias hay virus; y dentro de ese entramado microscópico pueden estar gestándose procesos que, a escala macroscópica, influyen en la aparición de un tumor. De pronto, la paradoja comenzó a deshacerse.

No todas las Bacteroides fragilis eran iguales. Algunas llevaban virus específicos incrustados en su genoma, y esas versiones eran significativamente más frecuentes en personas con cáncer colorrectal. El matiz lo cambiaba todo.

Durante años hemos hablado de la microbiota como si fuera un inventario de especies: más de este, menos de aquel. Pero un estudio publicado a principios de febrero sugiere que la cuestión no es solo “qué especie”, sino “qué versión de la especie”. Dos bacterias con el mismo nombre pueden comportarse como gemelos con personalidades opuestas, dependiendo de los genes que alberguen y de los virus que las acompañen. Y los virus no son meros pasajeros pasivos.

Microdiagrama de un bacteriófago inoculando su ADN en una bacteria

Los bacteriófagos pueden modificar la biología de la bacteria que infectan. Pueden alterar su metabolismo, su capacidad de adherirse a tejidos, su producción de moléculas inflamatorias. Pueden convertir un vecino silencioso y educado en otro más problemático. En términos menos dramáticos: pueden cambiar la forma en que esa bacteria interactúa con el tejido intestinal y con el sistema inmunitario.

Los investigadores observaron que estos profagos eran aproximadamente el doble de frecuentes en muestras fecales de pacientes con cáncer colorrectal que en individuos sanos. No era una diferencia trivial. Tampoco era una prueba definitiva de culpabilidad, pero sí una pista sólida. Como en toda buena historia científica, surgieron las inevitables preguntas: ¿causa o consecuencia? ¿Esos virus contribuyen al desarrollo del cáncer? ¿El entorno tumoral favorece que esas cepas prosperen?

La ciencia, prudente como un fedatario, no se precipitó. El estudio establece una asociación robusta, replicada en grandes cohortes, pero no dicta una sentencia final. Aun así, la implicación conceptual es profunda: la disbiosis —un desequilibrio de la microbiota— asociada al cáncer colorrectal puede depender de variaciones genéticas dentro de una misma especie bacteriana, no simplemente de su abundancia. El enemigo —si es que existe— no es la bacteria en abstracto. Es la bacteria concreta, con su equipaje viral.

Y aquí es donde la historia adquiere una dimensión práctica. El cribado del cáncer colorrectal se basa hoy en herramientas relativamente conocidas: pruebas de sangre oculta en heces, colonoscopias, biomarcadores moleculares. En paralelo, se explora el microbioma fecal como complemento diagnóstico. Pero muchos enfoques se limitan a medir qué especies están presentes y en qué proporción.

Este hallazgo sugiere que eso puede ser insuficiente. No basta con detectar Bacteroides fragilis. Hay que saber si porta determinados profagos víricos. En otras palabras, el diagnóstico podría volverse más preciso si en lugar de preguntar “¿está esta bacteria?”, preguntamos “¿qué versión de esta bacteria está?”.

El análisis metagenómico de muestras fecales permite ya identificar fragmentos de ADN viral y bacteriano. Si la asociación se confirma y se perfecciona, estos profagos podrían convertirse en biomarcadores de riesgo. No reemplazarían a las herramientas actuales, pero podrían afinar la estratificación: ayudar a distinguir quién necesita una vigilancia más estrecha.

Imaginen un escenario futuro en el que un análisis no invasivo detecte no solo cambios generales en la microbiota, sino la presencia de cepas bacterianas con perfiles genéticos específicos asociados a mayor riesgo. No sería una bola de cristal, pero sí una brújula más sensible.

Hay algo casi literario en esta historia. Durante siglos hemos buscado causas claras y lineales: un patógeno, una enfermedad. Pero el intestino nos recuerda que la biología es coral, compleja, interdependiente. Un tumor no surge en el vacío, sino en un entorno ecológico donde células humanas, bacterias y virus interactúan en capas superpuestas.

Es un drama microscópico en varios actos. En el primero, una bacteria común convive pacíficamente con su huésped. En el segundo, un virus se integra en su genoma. En el tercero, esa combinación altera ligeramente el equilibrio local. Y en algún punto del guion, el tejido intestinal puede verse empujado hacia la inflamación crónica o la transformación celular. Nada es inmediato. Nada es simple. Pero tampoco es azar puro.

Quizá lo más revelador de esta investigación no sea la implicación concreta de un profago, sino el recordatorio metodológico: cuando algo parece paradójico, suele ser porque estamos mirando con una resolución insuficiente. Decir que “Bacteroides fragilis está asociada al cáncer” parece una afirmación demasiado amplia. Era como decir que “los mamíferos vuelan” porque algunos murciélagos lo hacen. La clave estaba en la subcategoría.

Y así, el antiguo sospechoso adquiere matices. No es el villano universal ni el inocente incomprendido. Es una especie diversa, con múltiples variantes, algunas quizá más propensas a participar en contextos patológicos cuando alojan determinados elementos virales. En el vasto y ligeramente escandaloso universo intestinal, donde millones de microorganismos negocian cada segundo su supervivencia, descubrimos que incluso las bacterias pueden tener secretos en los bolsillos.

Y nosotros, orgullosos propietarios de ese universo al que llamamos microbioma, apenas estamos empezando a elaborar el censo.

viernes, 27 de febrero de 2026

CAFÉ Y LENTEJAS: LA BATALLA SILENCIOSA ENTRE EL HIERRO Y LOS TANINOS

 

Hace poco vi a una tecnóloga de los alimentos afirmar con solemnidad que si te zampas un plato de lentejas y, acto seguido, te metes entre pecho y espalda un café o un té, has tirado por la borda no solo tu dosis de cafeína, sino también todo el hierro que las humildes legumbres te iban a aportar.

Palabras textuales: el café y el té contienen taninos —polifenoles, en lenguaje técnico— que «hacen match perfecto» con el hierro no hemo de las lentejas y lo convierten en una sustancia insoluble que pasa de largo por la mucosa intestinal para acabar en las heces. Dos horas de espera, sugería, y asunto concluido: para entonces, continuaba, «la mayor parte del hierro ya se habrá absorbido en el duodeno». La pregunta inevitable: ¿tiene esto algo de verdad o estamos ante otro mito alimentario digno de un refrán de abuela?

La respuesta, como suele ocurrir con la nutrición, es un rotundo sí… pero con matices. Para entenderlo, primero hay que saber que el hierro que obtienes de las lentejas es hierro no hemo, es decir, el tipo de hierro que se encuentra en los vegetales y que nuestro organismo absorbe con menos entusiasmo que el hierro hemo que se encuentra en alimentos de origen animal —sobre todo en la carne, el pescado y las vísceras— y que nuestro organismo absorbe con bastante eficacia. A diferencia del hierro “no hemo” de los vegetales (como el de las lentejas), el hierro hemo viaja ya integrado en una estructura química muy concreta: el grupo hemo.

¿Y por qué se llama así? Porque procede de la palabra griega haima, que significa “sangre”. El nombre no es casual: el grupo hemo es el componente central de la hemoglobina, la proteína de los glóbulos rojos que transporta oxígeno y que da a la sangre su característico color rojo. También forma parte de la mioglobina (presente en el músculo) y de varias enzimas esenciales.

Químicamente, el grupo hemo es una estructura en forma de anillo (una porfirina) que alberga en su centro un átomo de hierro. Ese hierro está “protegido” y estabilizado dentro de la molécula, lo que facilita su absorción en el intestino. El organismo lo capta como un paquete casi intacto, en lugar de tener que lidiar con un ion de hierro libre que pueda reaccionar con otros compuestos de la dieta.

Esa es la gran diferencia práctica: el hierro hemo se absorbe mejor y es menos sensible a inhibidores como los taninos del té o los fitatos de los cereales. El hierro no hemo, en cambio, es más caprichoso y depende mucho del contexto de la comida: puede verse frenado por ciertos compuestos o ayudado por otros, como la vitamina C.

En resumen, el hierro hemo se llama así porque es, literalmente, el hierro de la sangre, y su nombre es un pequeño recordatorio etimológico de que durante millones de años ha estado cumpliendo una tarea muy concreta: transportar oxígeno y mantenernos vivos con discreta eficiencia.

La forma de hierro no hemo es particularmente sensible a cosas que hay en los alimentos y bebidas —tanto a cosas que ayudan a su absorción como a cosas que la entorpecen. En el caso de té y café, los “villanos” de la película son los polifenoles, compuestos vegetales responsables de muchos de los aromas y matices que nos encantan, pero que además tienen la particularidad química de unirse al hierro no hemo en el intestino. Cuando eso ocurre, el hierro no se disuelve bien en el medio intestinal y, en vez de atravesar las células de la mucosa y entrar en la circulación, se queda “emparedado” en complejos molécula-molécula que terminan su viaje en el tracto digestivo… y eventualmente en las heces. Esta interacción no es una hipótesis peregrina de laboratorio, sino un fenómeno bien documentado con muestras reales de absorción en humanos.

Un clásico de la literatura científica es el estudio de Hallberg y Rossander publicado en los años ochenta, en el que se midió cómo diferentes bebidas afectaban la absorción de hierro no hemo usando técnicas de marcado isotópico (una forma muy práctica de saber cuánto de ese hierro acaba realmente en el torrente sanguíneo). Curiosamente, cuando los participantes bebieron té junto con la comida, la absorción de hierro se redujo de forma notable: hasta alrededor de un 62% comparado con quienes tomaron agua. El café, aunque menos agresivo que el té en este contexto, también causó una caída considerable, del orden de aproximadamente el 35%.

Si eso te parece una anécdota de laboratorio, hay más. Otro estudio clásico de Morck y colegas examinó específicamente la influencia del café y del té en comidas ricas en hierro no hemo. Los resultados fueron consistentes: el café y el té ingeridos con la comida redujeron la cantidad de hierro absorbido, y el efecto era proporcional a la cantidad de bebida y al momento de la ingesta.

Esto nos lleva al corazón de la cuestión: ¿realmente “te quedas sin todos los beneficios” de las lentejas si tomas café o té al terminar de comer? La respuesta honesta es que no pierdes todos los beneficios, porque las lentejas te aportan fibra, proteínas, folato, minerales y un montón de cosas útiles más allá del hierro. Sin embargo, sí puedes estar reduciendo de forma sustancial la fracción de hierro que tu cuerpo puede capturar de esa comida específica si haces coincidir la bebida con el plato.

Ahora bien, ¿qué hay de la idea de esperar dos horas antes de tomar el café o el té? Aquí entran en juego otros hallazgos interesantes. Estudios más recientes han investigado no solo el efecto de tomar té o café con la comida, sino también cómo varía ese efecto si se separa temporalmente la bebida de la comida. En un ensayo bien diseñado se observó que dejar un intervalo de una hora entre la comida y el té ya reducía de forma significativa la inhibición de la absorción de hierro —es decir, aunque el té seguía teniendo algún efecto, era mucho menor que si se tomaba inmediatamente con la comida.

Dos horas, por tanto, es una recomendación prudente, quizá un poco conservadora, pero con el mérito de poner una barrera temporal lo bastante amplia como para que la mayor parte del hierro absorbible haya tenido la oportunidad de pasar por la mucosa intestinal antes de que los polifenoles del café o del té vuelvan a aparecer en escena. Organizaciones de salud pública han recogido recomendaciones en esa línea: separar las bebidas ricas en polifenoles de las comidas ricas en hierro no hemo para optimizar la absorción.

Ahora bien, si hay algo verdaderamente fascinante en este tema es cómo se entrecruzan la química, la fisiología y la vida real. Porque en un plato de lentejas, el hierro no viene solo: viene acompañado de vitamina C, si has añadido pimiento o limón a tu guiso; viene acompañado de fibra y otros micronutrientes. La vitamina C es prácticamente el héroe opuesto a los polifenoles: mejora la absorción de hierro no hemo al reducirlo a una forma más soluble y al “bloquear” de algún modo la formación de complejos poco absorbibles.

Este equilibrio de empujones y frenazos significa que el impacto de un café o un té no es una sentencia de muerte para tus reservas de hierro, sino un factor más dentro de una dieta completa. Si tu estado de hierro es saludable, si tus comidas suelen incluir fuentes variadas de vitamina C y si no hay una necesidad clínica perentoria de maximizar cada miligramo de hierro, entonces tomar un café al final de la comida puede ser más una cuestión de placer que de salud —y no te vas a quedar desangrado por ello. Pero si te preocupa tu hierro —por ejemplo, si tienes anemia ferropénica, menstruaciones abundantes o eres vegetariano estricto—, entonces aplazar el café o el té una hora o dos después de la comida es una estrategia sensata respaldada por algunas evidencias.

En resumen: no, no es un mito que el café y el té interfieran con la absorción del hierro no hemo de las lentejas; sí lo es, o al menos es exagerado, decir que “pierdes todos los beneficios” de ese plato por beber una taza de té inmediatamente después. Como tantas cosas en nutrición, el contexto importa: qué comes, cuándo lo haces y cómo distribuyes tus bebidas a lo largo del tiempo. Y si quieres jugar del lado de la eficiencia metabólica, quizá lo mejor sea disfrutar el café un poco más tarde, cuando el duodeno haya tenido tiempo de hacer su trabajo.

miércoles, 25 de febrero de 2026

TRUMP E IRÁN: LA TENTACIÓN DE LA GUERRA LIMITADA

 


Hay momentos en los que la política exterior de una superpotencia parece escrita en una servilleta de papel, entre el postre y el café. La actual aproximación de Donald Trump a Irán tiene algo de eso: una mezcla de intuición, teatralidad, cálculo electoral y presión militar que avanza sin una arquitectura clara, pero con abundantes riesgos.

Ante la posibilidad de un ataque contra Irán, en las últimas semanas Estados Unidos ha ido concentrando recursos militares en Oriente Medio y Europa. Portaaviones, sistemas antimisiles, bombarderos estratégicos. El ruido de fondo es inequívoco. Sin embargo, en paralelo, Trump insiste en que las conversaciones con Teherán deben continuar. La acción militar no está descartada, pero tampoco lo está la negociación. La ambigüedad como método.

El viaje del primer ministro israelí Netanyahu a Washington el 11 de febrero tenía un objetivo evidente: endurecer la posición estadounidense hasta hacer inviables las conversaciones. No lo consiguió. Según diversas informaciones, Trump le trasladó que prefería mantener abiertos los canales indirectos con Teherán. La escena es reveladora: Israel empujando hacia la confrontación estratégica, mientras la Casa Blanca calibra costes y tiempos.

Netanyahu puede confiar en que Trump mantendrá una línea dura respecto al programa nuclear iraní. Pero no está tan claro qué ocurrirá con los misiles balísticos y con la red de apoyos regionales de Irán. Durante meses, el presidente estadounidense repitió que cualquier acuerdo debía incluir el desmantelamiento de la capacidad misilística iraní. Más recientemente, ha deslizado que podría aceptar un pacto limitado al ámbito nuclear. «Nada de armas nucleares», dijo. El resto, ya se verá.

Esa frase, aparentemente simple, contiene una fractura estratégica. Tanto Irán como Israel saben que la disuasión iraní descansa más en sus misiles que en el enriquecimiento de uranio. El átomo es amenaza potencial; los misiles son herramienta inmediata. Renunciar a esa exigencia sería admitir que el conflicto puede administrarse, no resolverse.

Pero hay un problema más profundo: la guerra no es una operación quirúrgica de bajo coste político. Trump, que se considera a sí mismo un negociador nato, parece buscar una victoria rápida, limitada, sin cadáveres estadounidenses que regresen envueltos en la bandera. El precedente pesa. Tras lo que él interpreta como acciones con éxito contra objetivos iraníes en el pasado reciente, confía en que la presión militar produzca resultados sin derivar en una guerra abierta.

El Pentágono, sin embargo, maneja otros cálculos. Según diversas informaciones —incluida una difundida por CBS News— el presidente ha recibido advertencias claras sobre los riesgos. Irán conserva capacidad para cerrar o perturbar rutas marítimas esenciales, golpear bases estadounidenses en la región y activar redes afines en distintos escenarios. La contención que mostró en episodios anteriores podría evaporarse si percibe una amenaza existencial.

La tensión entre poder civil y mando militar no es nueva. En los años noventa, la administración de Barack Obama todavía no existía; quien ocupaba la Casa Blanca era Bill Clinton, y el presidente del Estado Mayor Conjunto era Colin Powell. Powell relató en sus memorias su choque con la entonces secretaria de Estado Madeleine Albright cuando esta preguntó para qué servía un gran ejército si no se utilizaba. La respuesta implícita era clara: la fuerza militar no es un instrumento ornamental ni una palanca automática; implica vidas y consecuencias.

Hoy la discusión reaparece con otros protagonistas y mayor estridencia. Trump no parece disponer de un aparato institucional sólido que ordene prioridades, riesgos y objetivos. No hay un marco estratégico comparable al que articuló la administración de Obama en 2015 para negociar el acuerdo nuclear. Entonces, la Agencia Internacional de la Energía Atómica verificó el cumplimiento técnico; la UE presidía la comisión conjunta y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas dio respaldo jurídico internacional al pacto. Había arquitectura.

Trump se mueve en otro registro. Retiró a Estados Unidos del acuerdo en 2018 sin un plan alternativo detallado. Su aproximación actual se apoya en conversaciones indirectas supervisadas por dos figuras sin trayectoria diplomática clásica: Steve Witkoff y Jared Kushner. Ambos, además, gestionan otros conflictos delicados, como la guerra entre Rusia y Ucrania. La política exterior convertida en pluriempleo.

A esta fragilidad institucional se suma un elemento estructural: la sobreextensión. Estados Unidos dispone de un poder militar formidable, pero no ilimitado. Los sistemas de defensa antimisiles —interceptores Thaad, baterías Patriot— son recursos escasos. En los últimos años han sido enviados a aliados como Israel, Ucrania y Taiwán. La Marina ha reducido existencias de misiles esenciales para proteger su flota. En un conflicto prolongado con Irán, Washington debería redistribuir arsenales, debilitando otros teatros estratégicos.

Mensaje de Trump transmitido en enero de este año por su red social TruthSocial instando a los iraníes a seguir protestando contra el régimen. El texto dice: «Patriotas iraníes, SIGAN PROTESTANDO – ¡TOMEN EL CONTROL DE SUS INSTITUCIONES!!! Guarden los nombres de los asesinos y abusadores. Pagarán un alto precio. He cancelado todas las reuniones con funcionarios iraníes hasta que se DETENGA el asesinato sin sentido de manifestantes. LA AYUDA ESTÁ EN CAMINO. ¡¡¡MIGA!!! PRESIDENTE DONALD J. TRUMP»

El dilema es evidente: para un presidente que proclamó “America First” y prometió evitar aventuras exteriores innecesarias, abrir un frente de alta intensidad en el Golfo Pérsico implicaría tensar aún más las costuras globales. La producción industrial de determinados misiles no permite una reposición inmediata. La guerra moderna se libra también en las cadenas de suministro.

En este tablero intervienen otros actores regionales. Arabia Saudí, Qatar y Turquía —cada uno con su propia agenda— han recomendado cautela. Un colapso del régimen iraní puede sonar atractivo en abstracto, pero la experiencia en Irak, Libia o Siria sugiere que la fragmentación estatal, el desplazamiento masivo y la violencia prolongada son escenarios más probables que una transición ordenada. Incluso un Irán debilitado podría dañar gravemente el tráfico petrolero del Golfo.

Trump, sin embargo, ya ha elevado la apuesta. El despliegue militar masivo crea expectativas. Para un líder especialmente atento a la percepción de fortaleza, retroceder sin resultados visibles puede interpretarse como debilidad. Y en política estadounidense, la debilidad percibida se paga.

Nos encontramos, así, ante una ecuación inestable. Por un lado, la posibilidad de un acuerdo limitado al ámbito nuclear, pragmático, quizá frágil pero funcional. Por otro, la tentación de una acción militar que pretenda resolver simultáneamente el expediente nuclear, el misilístico y la proyección regional iraní. Entre ambos extremos, la improvisación.

La historia reciente enseña que los acuerdos sin anclaje institucional y sin mecanismos claros de resolución de disputas tienden a erosionarse. También enseña que las guerras iniciadas con objetivos ambiguos tienden a expandirse. Si Trump decide atacar pese a las advertencias militares, asumirá una de las decisiones más arriesgadas de las últimas décadas en la política exterior estadounidense. 

El precio no será solo suyo. En un mundo interconectado, las ondas expansivas de una guerra en el Golfo alcanzarían mercados energéticos, equilibrios regionales y alianzas globales. A veces, la política internacional parece un juego de billar; otras, una mesa de pinball donde la bola rebota sin rumbo claro. En estos momentos, la Casa Blanca oscila entre ambos tableros.

domingo, 22 de febrero de 2026

BREVE (Y ANTIPEGAJOSA) HISTORIA DEL TEFLÓN

 

En el invierno de 1938, en un laboratorio de la planta de DuPont en Deepwater, Nueva Jersey, un joven químico llamado Roy J. Plunkett se topó con uno de esos accidentes que hacen historia. No explotó nada. No hubo humaredas espectaculares, ni heridos ni siquiera matraces rotos. Solo un cilindro que, sencillamente, se negó a obedecer.

Plunkett trabajaba con gases refrigerantes. Había almacenado tetrafluoroetileno (TFE) en bombonas de acero a presión. Cuando fue a abrir una, el gas no salía. El cilindro, sin embargo, seguía pesando lo mismo. Algo había dentro. Lo cortaron. Y allí estaba: un polvo blanco, ceroso, resbaladizo. El gas se había polimerizado espontáneamente y había formado una sustancia nueva. Sin saberlo, acababan de descubrir el politetrafluoroetileno (PTFE), que más tarde se comercializaría como Teflon.

El teflón es, sencillamente; el nombre comercial de un polímero sintético compuesto por largas cadenas de carbono rodeadas de átomos de flúor cuya fórmula es (C2F4)n. Esa estructura —carbono blindado por flúor— es la clave de todo. El enlace carbono-flúor es uno de los más fuertes de la química orgánica. El resultado es un material extraordinariamente estable, inerte y con un coeficiente de fricción bajísimo. Traducido a lenguaje doméstico: casi nada reacciona con él y casi nada se le pega.

El PTFE resiste temperaturas elevadas sin degradarse fácilmente, soporta ácidos y bases que corroerían otros materiales y ofrece una superficie tan poco adherente que el agua forma gotas perfectas y la masa de una tortilla se desliza como si tuviera vida propia. En términos industriales, eso significaba juntas, sellos, válvulas y recubrimientos capaces de sobrevivir a entornos químicos agresivos. En términos culinarios, significaba el sueño de cualquier cocinero con prisas.

Al principio, el hallazgo no tenía nada que ver con las sartenes. Durante la Segunda Guerra Mundial, el PTFE resultó útil en proyectos altamente confidenciales porque era resistente a sustancias extremadamente corrosivas. Su capacidad para soportar condiciones duras lo convirtió en un material estratégico.

Tras la guerra, el reto fue domesticarlo. El PTFE no es un plástico cualquiera: no se funde y fluye como otros polímeros comunes. Procesarlo exigía nuevas técnicas de sinterización y prensado. La sinterización es un proceso industrial en el que polvos sólidos se compactan y se calientan sin llegar a fundirse completamente, de modo que sus partículas se unen entre sí formando una pieza sólida y resistente. En otras palabras: se “cocinan” polvos hasta que se sueldan microscópicamente, pero sin convertirse en líquido. Además, adherirlo a superficies metálicas no era sencillo. ¿Cómo fijar algo que, por definición, no quiere pegarse a nada?

La respuesta llegó con ingenio industrial: rugosidad controlada, tratamientos superficiales y métodos que permitían anclar mecánicamente el recubrimiento al metal antes de calentarlo. Poco a poco, el material salió del ámbito estrictamente técnico y empezó a buscar aplicaciones más cercanas al consumidor.

La idea de usar PTFE en utensilios culinarios no surgió de inmediato. Durante años, el material fue demasiado caro y complejo de fabricar para imaginarlo en una cocina doméstica. Pero a mediados del siglo XX, con el auge del consumo y la fascinación por los “materiales del futuro”, todo parecía posible.

La leyenda culinaria suele señalar a un ingeniero francés, Marc Grégoire, que experimentó recubriendo con PTFE aparejos de pesca para evitar que los hilos se enredaran. Su esposa, con la lógica aplastante de quien fríe huevos cada mañana, sugirió probarlo en una sartén. Y funcionó.

A finales de los años cincuenta, empezaron a comercializarse las primeras sartenes antiadherentes. El argumento era irresistible: cocinar sin que los alimentos se pegaran y limpiarlos en segundos. En una época enamorada de la modernidad, el teflón encarnaba el ideal doméstico de eficiencia y progreso. Nada de rascar fondos quemados. Nada de mantequilla extra para evitar desastres.

Las campañas publicitarias de la época mostraban huevos deslizándose como patinadores artísticos. La cocina, de repente, parecía un laboratorio amable donde la química trabajaba a favor del desayuno.

¿Por qué no se pega nada? La magia —si se me permite la palabra— reside en la superficie del PTFE. Los átomos de flúor que envuelven la cadena de carbono generan una especie de escudo químico. Esa cubierta reduce enormemente la energía superficial del material. En términos prácticos, otras sustancias no “encuentran agarre” molecular suficiente para adherirse con fuerza.

Además, el coeficiente de fricción del PTFE es extremadamente bajo. De ahí que también se use en aplicaciones tan dispares como rodamientos, recubrimientos industriales, aislamiento de cables o componentes aeroespaciales. El mismo principio que evita que una tortilla se agarre al fondo ayuda a que ciertas piezas mecánicas se deslicen con suavidad.

Con el paso de las décadas, el teflón dejó de ser simplemente el plástico prodigioso del futuro para convertirse en objeto de debate. La fabricación histórica de PTFE utilizó compuestos como el ácido perfluorooctanoico (PFOA), hoy muy cuestionado por su persistencia ambiental y posibles efectos en la salud. Las regulaciones internacionales han impulsado la eliminación progresiva de estas sustancias en muchos procesos productivos.

Conviene distinguir: el PTFE sólido y correctamente utilizado en utensilios de cocina es químicamente estable a temperaturas normales de cocción. Sin embargo, si se sobrecalienta de forma extrema (muy por encima de las temperaturas habituales de uso), puede degradarse y liberar humos irritantes. Como casi todo en la cocina —incluido el aceite—, exige sentido común.

La historia del teflón es, en ese sentido, la historia de muchos avances del siglo XX: entusiasmo, expansión global, revisión crítica y adaptación normativa. Reducir el teflón a las sartenes sería injusto. El PTFE se convirtió en un material clave en la industria química, médica y tecnológica. Se utiliza en injertos vasculares, recubrimientos de cables, sellos industriales y componentes electrónicos. Incluso en arquitectura ha encontrado espacio en membranas ligeras y resistentes.

Y, sin embargo, su imagen pública sigue asociada al gesto cotidiano de voltear una tortilla sin drama. Tal vez porque ahí se manifiesta con claridad su cualidad más fascinante: la negativa rotunda a interactuar con otros materiales.

Lo que hace especialmente atractiva la historia del teflón es su origen casual. Plunkett no buscaba un material antiadherente. Buscaba un refrigerante. Pero la ciencia tiene esa costumbre de recompensar la curiosidad. Si alguien hubiera descartado el cilindro como defectuoso y lo hubiera tirado sin más, la historia sería distinta.

El polvo blanco hallado en 1938 no parecía gran cosa. No brillaba. No olía. No prometía revolucionar la cocina. Sin embargo, encerraba una estructura molecular extraordinaria. A veces, el progreso no llega con estruendo, sino con silencio y una báscula que indica que el peso no ha cambiado.

El recorrido del teflón —del laboratorio químico a la cocina familiar— resume buena parte del siglo XX: investigación básica, aplicación industrial, expansión comercial y posterior escrutinio ambiental. Es el trayecto típico de muchos materiales modernos, pero pocos han tenido una presencia tan cotidiana.

Hoy damos por sentado que un huevo puede deslizarse sin resistencia. Olvidamos que durante milenios la humanidad cocinó raspando y fregando. El teflón, con su carácter químicamente huraño, transformó esa rutina. Y todo empezó con un cilindro que no quiso abrirse como debía.

Quizá esa sea la moraleja: cuando algo no funciona según lo previsto, conviene mirar dentro antes de descartarlo. Puede que allí, en forma de polvo blanco aparentemente anodino, esté esperando el próximo material que cambie nuestra vida doméstica.

LA TRASTIENDA GEOQUÍMICA DEL CURLING

 

Las Olimpiadas de Invierno han sido una excelente ocasión para relajarse y meditar. Si quieres hacerlo, olvídate de saltos, trineos (o cómo se llamen) y esquí de fondo. Siéntate, relájate y contempla una partida de curling. Mucho mejor que el yoga y casi tan bueno como soportar un aburrido partido de criquet.

El curling es uno de esos deportes que, vistos por primera vez, provocan una mezcla de desconcierto y fascinación. Sobre una pista de hielo perfectamente pulida, varios jugadores deslizan unas pesadas piedras de granito mientras otros dos compañeros barren con frenesí delante de ellas. El objetivo no es la velocidad ni el choque espectacular, sino la precisión milimétrica y la estrategia paciente. Es, en esencia, una partida de ajedrez sobre hielo.

Se juega entre dos equipos de cuatro jugadores cada uno. La superficie es una pista rectangular de hielo de unos 45 metros de largo. En cada extremo hay una diana circular llamada “casa”, formada por anillos concéntricos pintados sobre el hielo. El centro de esa diana se denomina “botón” y es el punto más valioso.

Cada equipo dispone de ocho piedras por “end” (equivalente a una entrada o manga), lo que significa que en cada parcial se lanzan 16 piedras en total, alternando los turnos. Las piedras, de unos veinte kilos, están hechas tradicionalmente de granito escocés y llevan una empuñadura de color para distinguir a cada equipo.

El jugador que lanza la piedra se impulsa desde una posición baja, deslizándose con un pie mientras mantiene el otro extendido hacia atrás, y suelta la piedra con un ligero giro. Ese giro hace que la piedra describa una trayectoria curva —de ahí el nombre curling, “rizar”— debido a la interacción entre la base de la piedra y el hielo.

Aquí entra en juego el barrido. Dos compañeros, armados con escobas especiales, frotan frenéticamente el hielo delante de la piedra mientras avanza. Al barrer, calientan ligeramente la superficie y reducen la fricción, lo que permite que la piedra recorra mayor distancia y modifique sutilmente su trayectoria. No es un gesto decorativo: puede decidir una partida.

El objetivo es dejar las propias piedras lo más cerca posible del botón al final del end. Solo puntúa el equipo que tiene la piedra más cercana al centro, y recibe un punto por cada piedra mejor situada que la más próxima del rival. Una partida oficial suele constar de diez ends, aunque en competiciones más cortas pueden ser ocho.

El curling exige precisión técnica, coordinación de equipo y una notable capacidad estratégica. No se trata solo de colocar piedras en la casa; también se pueden bloquear trayectorias rivales con “guards” (piedras de protección), eliminar piedras contrarias mediante golpes (“take-outs”) o preparar jugadas de varios movimientos por adelantado. El capitán del equipo, el “skip”, dirige la estrategia y señala el punto exacto al que debe lanzarse cada piedra.

En cuanto a su historia, el curling tiene raíces profundas en Escocia. Existen registros del siglo XVI que mencionan juegos sobre lagos helados en invierno, y se han hallado piedras antiguas con fechas grabadas de 1511. El deporte se organizó formalmente en el siglo XIX, cuando se fundaron los primeros clubes y se establecieron reglas comunes.

Desde Escocia se extendió a Canadá, donde encontró un terreno ideal en los largos inviernos y se convirtió en una auténtica pasión nacional. Hoy es uno de los deportes más practicados en el país. El curling fue incluido en los Juegos Olímpicos de Invierno de manera oficial en 1998, aunque ya había aparecido como deporte de exhibición décadas antes.

Lo que empezó como un pasatiempo invernal en estanques helados se ha transformado en un deporte olímpico de precisión y estrategia. Y, pese a su apariencia tranquila, cada piedra que se desliza sobre el hielo puede contener una batalla silenciosa de cálculo y nervios.

Como puedes imaginar, hay mucha física involucrada en el curling: velocidades de rotación, ángulos, transferencia de momento, análisis de fricción, etcétera. Pero también hay mucha química en juego.

Los uniformes están hechos de licra; los bordes de las láminas de curling están hechos de espuma de alta densidad para que se mantengan relativamente secos; y los zapatos deslizantes suelen tener suela de teflón, por la misma razón que las sartenes. Pero hay aún más química en juego en el hielo, y en las piedras, especialmente.

Este deporte se practica sobre hielo mantenido a una temperatura ideal de -5 °C mediante redes de tuberías que bombean salmuera o anticongelante justo debajo de la superficie. Para mantener el hielo en condiciones óptimas, los técnicos controlan la temperatura, la humedad e incluso la calidad del aire mediante sensores integrados.

El agua que se congela para formar la lámina no es solo agua del grifo. Se filtra cuidadosamente para eliminar impurezas y, si es necesario, se equilibra su pH. Cuanto mayor sea la cantidad de sólidos disueltos totales en el agua, más blando será el hielo. En el curling, los fabricantes de hielo profesionales buscan hielo de 0 a 10 partes por millón (ppm) para producir hielo muy duro con muy poca fricción. El hockey y el patinaje de velocidad buscan hielo un poco más blando, y el patinaje artístico, el más blando, con 120-150 ppm.

En cuanto a las piedras para curling, quizás ya sepas que toda la roca utilizada en su elaboración proviene de solo dos lugares: la cantera de granito Trefor, en el norte de Gales, y Ailsa Craig, una isla al oeste de Escocia continental. De este duopolio provienen solo cuatro tipos de piedra: Blue Hone y Common Green de la isla escocesa, y Blue Trefor y Red Trefor de la cantera galesa.


El Blue Hone se considera ideal para la banda de rodadura (la parte inferior de la piedra de curling que se desliza sobre el hielo) porque se astilla menos. Sin embargo, no es un buen material para la banda de impacto (la parte de la piedra que impacta con otras piedras) porque es propenso a astillarse en forma de medialuna.

La investigación sobre por qué las piedras funcionaban así identificó que todo se reduce principalmente al tamaño del grano mineral en las rocas. El Blue Hone tiene granos más pequeños, que son prácticamente del mismo tamaño, lo que hace que sea menos probable que el hielo los arranque que los granos grandes, y el agujero resultante es más pequeño si lo hace. Además, es una roca relativamente no porosa, lo que ayuda a prevenir la formación de grietas por el hielo en muescas microscópicas.

Las bandas de impacto se fabrican mejor con los otros tres tipos de piedra. Tienen una distribución más amplia del tamaño del grano mineral, lo que ayuda a evitar las astillas en forma de medialuna.

Aunque casi siempre se les llama granito, las rocas que se convierten en piedras para curling no son, en sentido estricto, granito, sino granitoides. La clasificación de las rocas ígneas intrusivas como el granito y sus derivados se basa en la abundancia de minerales específicos. En el caso de las rocas químicamente similares a los granitos (granitoides), la clasificación se basa en la abundancia de cuarzo, feldespato alcalino y feldespato plagioclasa. Con base a esa clasificación, las rocas de Ailsa Craig se pueden clasificar como feldespato alcalino cuarzo sienita, tréfor azul = cuarzo monzogabro y tréfor rojo = granito/granodiorita».

A más de 600 dólares cada una, es lógico que se haya dedicado mucha investigación al perfeccionamiento de las piedras de curling. Pero como Ailsa Craig es ahora un santuario de vida silvestre, es posible que se necesiten fuentes alternativas de granitoides con composiciones lo más similares posible. Los especialistas esperan que se encuentren en Nueva Escocia.

sábado, 21 de febrero de 2026

EL ACEITE QUE NO NECESITA QUE LO “ARREGLEN”

 

Hay algo profundamente sospechoso en una aceituna. A simple vista parece una uva que ha tenido un mal día. No sonríe, no huele a promesa tropical ni cruje como una manzana virtuosa. Y, sin embargo, si uno la trata con la debida cortesía —ni demasiada violencia, ni demasiado calor, ni ningún laboratorio entrometido— se transforma en uno de los líquidos más venerados del planeta: el aceite de oliva virgen extra.

Cómo se extrae el aceite de oliva virgen extra

El proceso, comparado con casi cualquier industria aceitera moderna en la que siempre interviene la manipulación química, tiene algo de milagro doméstico. Lo resumo en cuatro fases:

1. Recolección. Las aceitunas se recogen del árbol —idealmente sin que toquen el suelo— y se llevan al molino de la almazara con bastante prisa. La fruta empieza a oxidarse en cuanto se desprende de la rama, y el tiempo, en este negocio, no es oro: es acidez.

2. Limpieza y molturación. Se lavan y se trituran enteras. Hueso incluido. El resultado es una pasta espesa, verde y fragante que huele a campo recién aplastado. Antes se hacía con muelas de piedra; hoy lo habitual es un molino metálico más higiénico y eficaz.

3. Batido (malaxación). Aquí sucede algo crucial. La pasta se bate lentamente durante unos 20–40 minutos para que las microgotas de aceite se unan entre sí. Todo esto ocurre a temperaturas moderadas. Para que el aceite pueda llamarse virgen extra, la extracción debe ser en frío —legalmente, por debajo de unos 27 °C—. Nada de hervores, nada de aditivos, nada de tratamientos retorcidos.

4. Separación. Mediante prensas tradicionales o, más comúnmente, centrifugadoras modernas (los famosos “decanters”), se separan tres cosas: el aceite, el agua vegetal y el orujo (la parte sólida).

Y ya está.

No hay hexano. No hay sosa cáustica. No hay neutralización, ni decoloración, ni desodorización.

Una prensa tradicional de almazara

Si el aceite sale defectuoso —porque la aceituna estaba dañada, fermentada o recogida tarde— no se “arregla”. Simplemente no puede venderse como virgen extra. El sistema es cruel pero honesto: la calidad depende del fruto y del cuidado, no de la química posterior.

El aceite de oliva virgen extra es, en esencia, zumo de fruta. Un zumo graso, ciertamente, pero zumo, al fin y al cabo. Los aceites de semillas son otra cosa. Lo explicaré con los procesos necesarios para preparar el aceite de girasol.

El girasol: una semilla que necesita “arreglos”

Las semillas de girasol no son una fruta carnosa que ofrezca su aceite con generosidad dadivosa. Son pequeñas cápsulas secas, diseñadas por la naturaleza para resistir inviernos, pájaros y pésimas decisiones humanas. Para obtener su aceite, el proceso suele ser más industrial:

1. Limpieza y descascarillado. Se eliminan impurezas y cáscaras. La semilla interior, la pipa, contiene la grasa.

2. Triturado y prensado. Las semillas se aplastan para liberar parte del aceite. Pero aquí viene el problema: el prensado mecánico no extrae todo. Siempre queda una fracción apreciable atrapada en la torta sólida.

3. Extracción con disolvente (hexano). Para recuperar ese aceite restante, se utiliza habitualmente hexano, un disolvente derivado del petróleo. El hexano disuelve la grasa con eficacia admirable. Después se evapora por calentamiento y se recupera para reutilizarlo. El aceite final debe cumplir límites estrictos de residuos; en condiciones normales, el consumidor no bebe hexano. Pero el aceite crudo resultante tiene un inconveniente: huele fuerte, contiene pigmentos, ceras, fosfolípidos y ácidos grasos libres. Es decir, es honesto… pero poco atractivo. Hay que refinarlo.

4. Refinado. Aquí empieza la parte que suena a clase de química aplicada:

Neutralización con sosa cáustica (NaOH): elimina ácidos grasos libres formando jabones que luego se separan.

Lavado y ajuste mineral: a veces con ácido fosfórico o cítrico.

Decoloración: mediante tierras de blanqueo o carbón activado.

Desodorización: vapor a alta temperatura (a menudo 180–240 °C) bajo vacío para eliminar olores.

Después de todo eso, el aceite es claro, neutro, estable y perfectamente utilizable para freír una croqueta sin que la cocina huela a pradera fermentada.

¿Por qué el aceite de oliva no necesita ese “arreglo”?

Porque juega con ventaja biológica. La aceituna está compuesta en un 15–25 % de aceite listo para salir. Es un tejido carnoso cuya función natural es atraer animales dispersores. El aceite está relativamente accesible.

La semilla de girasol, en cambio, almacena su grasa como reserva energética compacta para el embrión. Está protegida, encapsulada y químicamente acompañada de compuestos que, aunque no son venenosos, sí afectan al sabor y la estabilidad.

Además, el aceite de oliva virgen extra tiene una composición notablemente rica en polifenoles antioxidantes, tocoferoles (vitamina E) y compuestos aromáticos naturales. Estos compuestos le dan sabor, estabilidad y fama cardiosaludable. Pero son delicados: el refinado intenso los eliminaría. En el aceite de oliva virgen extra, la estrategia es preservar. En el de girasol refinado, la estrategia es purificar.

Temperaturas y dignidad térmica

Una de las diferencias más repetidas en debates culinarios es la del calor.

El aceite de oliva virgen extra se extrae en frío.

El aceite de girasol refinado puede someterse a temperaturas altas durante la desodorización.

Esto no convierte automáticamente a uno en santo y al otro en villano. Son procesos distintos para materias primas distintas. El calor en el refinado no busca “cocinar” el aceite para que sea comestible. Busca eliminar compuestos volátiles indeseabless. Y se hace bajo vacío para minimizar oxidaciones. El resultado es un aceite más neutro, más estable en frituras prolongadas y con menos personalidad aromática. Un actor secundario fiable.

Dos filosofías líquidas

Si uno quisiera exagerar —y la exageración es un deporte respetable— podría decir que el aceite de oliva virgen extra es como un vino joven embotellado directamente del viñedo, mientras que el aceite de girasol refinado es más bien un producto de ingeniería culinaria: eficiente, consistente, discreto.

Uno depende del agricultor. El otro depende del ingeniero. Ambos son legales. Ambos son seguros. Ambos cumplen normativas alimentarias estrictas.

La diferencia no está en que uno sea “natural” y el otro “químico”. Todo es química. La diferencia está en cuánta intervención posterior necesita la materia prima para volverse agradable y estable.

Epílogo en la cocina

Si vierte aceite de oliva virgen extra sobre una tostada, notará amargor, picor, aromas verdes. Eso son polifenoles saludando. Si usa aceite de girasol refinado para freír, notará algo más sutil: casi nada. Y esa es precisamente su virtud y su castigo.

Uno cuenta una historia. El otro hace el trabajo sin interrumpir la conversación.

Y tal vez esa sea la lección más útil: no todos los alimentos que pasan por procesos industriales son sospechosos, ni todos los que presumen de rusticidad son superiores en cualquier contexto.

La aceituna tuvo la amabilidad de ofrecernos su aceite sin exigir laboratorio. El girasol necesitó ayuda técnica para que lo apreciáramos. Y nosotros, criaturas agradecidas y algo melodramáticas, hemos decidido convertir esa diferencia en una batalla filosófica cuando, en realidad, es simplemente botánica aplicada con distintos grados de intervención humana.

Al final, la tostada no suele quejarse.

miércoles, 18 de febrero de 2026

LAS SERPIENTES ANTES DEL FUEGO: EL PRÓLOGO OLVIDADO DE LA TRAGEDIA DE SAINT-PIERRE

 

Bienvenidos a Saint-Pierre, Martinica. Año 1902. El ron corre por las destilerías, los cafés imitan a París y el Monte Pelée vigila desde el norte con esa elegancia distraída de los volcanes dormidos. La ciudad presume de ser el “París del Caribe”. Tiene teatro, comercio, periódicos, política. Tiene, sobre todo, confianza. Y entonces empiezan a bajar las serpientes.

Antes del fuego, bajaron las serpientes. Es una frase que suena a profecía bíblica, pero ocurrió en 1902, en Saint-Pierre, la capital cultural y económica de Martinica. La ciudad se hacía llamar el París del Caribe. Tenía teatro, comercio, cafés y una vida urbana orgullosa de sí misma. Sobre ella se alzaba el Monte Pelée, una presencia casi decorativa en el horizonte. Una montaña elegante, cubierta de vegetación, con un pasado volcánico demasiado lejano para inquietar a nadie. Y sin embargo, cuando el volcán empezó a despertar, quienes primero lo comprendieron no fueron los científicos ni los políticos, sino los animales.

A comienzos de mayo la montaña emitía ceniza y gases. El suelo vibraba con pequeños temblores. Hubo un flujo de lodo que destruyó una fábrica azucarera y mató a varias decenas de personas. La señal estaba ahí, pero no encajaba en el imaginario colectivo del desastre. No había ríos de lava descendiendo con solemnidad clásica, como en las ilustraciones del Vesubio. No había un espectáculo claro que justificara el pánico. Había humo, rumores y cierta incomodidad en el aire. Y luego estaban las serpientes.

La especie en cuestión, la fer-de-lance de Martinica, vivía en las laderas boscosas del Pelée. Sensibles a los cambios térmicos y químicos, comenzaron a descender cuando el suelo se calentó y los gases volcánicos alteraron su hábitat. No fue un acto de clarividencia, sino de fisiología. El entorno se volvió inhabitable y la única dirección posible era cuesta abajo. En pocos días, los barrios periféricos de Saint-Pierre registraron una invasión insólita. Se hablaría después de miles de serpientes; las cifras reales son difíciles de precisar, pero hubo decenas de mordeduras y alrededor de cincuenta muertes. Para los habitantes de la ciudad, aquello debió de ser profundamente inquietante: abrir la puerta y encontrar reptiles venenosos en la calle, como si la montaña estuviera expulsando algo que ya no podía contener.

Bothrops lanceolatus,  la víbora fer-de-lance de Martinica,

La imagen es poderosa porque parece un aviso simbólico: primero la plaga, luego el fuego. Pero lo que ocurrió no pertenece al registro de lo sobrenatural. Fue un fenómeno físico y biológico. El volcán liberaba dióxido de azufre y dióxido de carbono; el suelo se calentaba; la microfauna se desplazaba. Las serpientes reaccionaban a cambios que el cuerpo humano no percibe sin instrumentos. Mientras en los despachos se discutía la conveniencia de evacuar o no la ciudad —con elecciones próximas y una economía que no quería detenerse—, la montaña ya estaba reconfigurando su entorno de forma tangible.

A las 7:52 de la mañana, del 8 de mayo de 1902, tres días antes de que se celebraban las elecciones, el Monte Pelée liberó una nube piroclástica. No fue una colada de lava lenta y visible, sino una avalancha de gas sobrecalentado, ceniza y fragmentos de roca que descendió a cientos de kilómetros por hora y a temperaturas cercanas a los mil grados. En menos de dos minutos, Saint-Pierre dejó de existir. Murieron cerca de treinta mil personas. La ciudad que había discutido si debía preocuparse fue borrada antes de terminar el desayuno.

Lo que siguió transformó la ciencia. Hasta entonces, la vulcanología europea estaba moldeada por el modelo del Vesubio: explosiones, ceniza, lava. Pelée obligó a reconocer otra forma de violencia geológica. El geólogo Alfred Lacroix acuñó el término nuée ardente para describir aquella corriente ardiente que no era humo ligero ni roca líquida, sino una masa densa y devastadora que se comportaba como un fluido turbulento pegado al suelo. La noción de flujo piroclástico —hoy central en la evaluación del riesgo volcánico— nació de esa catástrofe. La ciencia avanzó porque fracasó antes.

En retrospectiva, resulta difícil no ver en las serpientes una metáfora incómoda. No eran oráculos, pero sí indicadores. Respondían a variaciones físicas que anticipaban un cambio mayor. Su huida no fue una predicción consciente del desastre final; fue la consecuencia directa de un sistema que ya estaba desestabilizado. La tragedia de Saint-Pierre ilustra algo que a menudo olvidamos: los desastres no comienzan con el estruendo final, sino con alteraciones sutiles en el equilibrio de un entorno.

Desde entonces, la relación entre comportamiento animal y fenómenos geológicos ha fascinado a investigadores y cronistas. Hay informes de ganado inquieto antes de terremotos, de aves que alteran sus rutas migratorias, de peces que abandonan ciertas zonas costeras. La evidencia científica es prudente: los animales no “predicen” el futuro en un sentido místico. Pero viven más cerca de los parámetros físicos del mundo. Detectan vibraciones de baja frecuencia, cambios en la composición del aire, variaciones térmicas mínimas. Lo que para nosotros es invisible hasta que se vuelve catastrófico, para ellos puede ser una molestia inmediata.

En 1902 no existían redes de sensores ni sistemas sofisticados de monitoreo volcánico. Existían, en cambio, serpientes que abandonaban la montaña. La ciudad pudo interpretarlo como un episodio molesto, una anomalía desagradable que requería control sanitario. Era más fácil pensar en una plaga que en un sistema volcánico reorganizándose bajo tierra. Más fácil discutir sobre orden público que replantear la seguridad de toda una urbe.

Cuando la nube ardiente descendió, las serpientes ya no estaban allí. Habían huido días antes, guiadas por una lógica elemental: sobrevivir. La ciudad, en cambio, permaneció. La ironía no es que los animales supieran más que los humanos, sino que estaban más atentos a su entorno inmediato. La biología reaccionó con rapidez; la política y la cultura, no.

La historia de Saint-Pierre suele contarse como una tragedia volcánica o como un ejemplo de negligencia administrativa. Ambas lecturas son válidas. Pero también es la historia de una desconexión entre sociedad y entorno. En un mundo que empezaba a confiar cada vez más en su capacidad técnica y en su estabilidad institucional, la naturaleza recordó que sus señales no siempre adoptan la forma que esperamos. A veces no es una columna de lava visible, sino un cambio en el comportamiento de criaturas que viven a ras del suelo.

Antes del fuego, bajaron las serpientes. No como advertencia divina, sino como consecuencia física de un sistema que estaba cambiando. La ciudad no las escuchó porque no sabía cómo traducir ese lenguaje. Y tal vez esa sea la lección más duradera: el desastre no siempre llega sin aviso. A veces se anuncia en formas que preferimos interpretar como anécdotas, molestias o exageraciones. Solo después, cuando la ceniza se enfría, comprendemos que eran los primeros síntomas de algo mucho mayor.