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jueves, 28 de febrero de 2013

El ADN cumple años


Hoy, 28 de febrero, se cumplen sesenta años de la descodificación de la estructura del ADN, el acta fundacional de la revolución biológica más importante desde que un siglo antes Darwin formulara su hipótesis sobre el origen de las especies. 

Los parroquianos del Eagle, un pub de Cambridge desde el que se divisan las torres góticas del King’s College, estaban acostumbrados a que alguno de los excéntricos científicos de la universidad entrara de vez en cuando anunciando que había descubierto “el no va más”. Por eso, cuando el 28 de febrero de 1953 James Watson, un desgarbado científico norteamericano de veinticinco años, y Francis Crick, su jefe inglés ocho años mayor, anunciaron a voces que habían descifrado el secreto de la vida, los parroquianos siguieron bebiendo sus pintas, lanzando dardos y discutiendo acerca de si el primer ministro Churchill era un carcamal cuyo tiempo político ya había pasado. No tenían por qué saber que aquellos dos jóvenes decían la verdad: habían desencriptado la doble hélice, la estructura del ADN, el constituyente básico de los genes. 


Watson y Crick no hicieron ni un solo experimento de laboratorio antes de encontrar la estructura definitiva. Trabajaron con la información disponible, principalmente con los datos que la cristalógrafa Rosalind Franklin -quien habría recibido también el Nobel de no haber fallecido prematuramente en 1958- había obtenido estudiando cristales de ADN, pero también con los datos obtenidos por otros científicos. A lo largo de horas y horas de discusión en la que no faltaron las celebradas en el Eagle, elaboraron un modelo teórico. 



Después construyeron figuras de cartulina que representaban las moléculas y las dispusieron de todas las maneras posibles hasta encontrar una configuración que les pareció satisfactoria. El método con el que descubrieron la estructura del ADN puede compararse en cierto modo con la resolución del cubo de Rubick. El artículo que expuso el sensacional hallazgo a la comunidad científica se publicó el 25 de abril 1953 en la revista Nature y apenas ocupa una página. Así de simple es la estructura del ADN. En 1962, cuando Watson, Crick y su compañero de laboratorio, el neozelandés Maurice Wilkins, recibieron el Nobel, se estaba gestando una nueva especialidad en los laboratorios de Biología Molecular. Era la Ingeniería Genética, la tecnología que permite analizar y manipular el ADN y transferirlo de un organismo a otro.

El principal problema que enfrentaban quienes trabajaban con ADN era la excesiva longitud de esta molécula. Una molécula de ADN humano completamente extendida mide unos cuantos centímetros. A escala humana parece poca cosa, pero comparada con cualquier otra molécula presente en los seres vivos es gigantesca. No se podría avanzar gran cosa hasta que se descubrieran las tijeras y el pegamento adecuados para cortarla y unir los trozos sueltos. Primero se descubrió el pegamento, una enzima llamada ADN-ligasa que, como su nombre indica, liga fragmentos de ADN, formando una molécula a partir de dos. En 1967, gracias al uso de esta enzima, Arthur Kornberg (que había logrado el Nobel de 1959 junto a Severo Ochoa por los experimentos que consiguieron sintetizar la enzima ADN-polimerasa a partir de moléculas de nucleótidos en ausencia de células vivas), logró multiplicar en un tubo de ensayo el ADN de un virus. 


Tres años después se descubrieron las tijeras para cortar ADN, una familia de proteínas conocidas como endonucleasas de restricción, cada una de las cuales es capaz de reconocer una secuencia característica de nucleótidos dentro de una molécula de ADN y cortarlo en ese punto en concreto. El Nobel de Medicina de 1978 fue concedido a los microbiólogos Arber, Nathans y Smith por ese descubrimiento que condujo al desarrollo de la tecnología de ADN recombinante, cuyo primer uso práctico trabajo fue la manipulación del organismo procariota más estudiado por el ser humano, la bacteria Escherichia coli, para producir insulina humana para los diabéticos.


El descubrimiento de esas herramientas, las tijeras (endonucleasas) y el pegamento (ligasas), permitió dar un paso gigantesco en la manipulación del ADN. A partir de ese momento, el desarrollo de la ingeniería genética se volvió tan imparable como lento. Quedaba un gran problema por resolver: el “corta-pega” era un trabajo enormemente tedioso que consumía horas y horas de trabajo rutinario que podían reducirse si alguien encontraba la técnica adecuada. 



Aquí entra en la historia el bioquímico estadounidense, Kary Banks Mullis, muy conocido por la invención de la técnica para amplificar secuencias de ADN y menos conocido por sus heterodoxas opiniones sobre el virus del sida y el cambio climático. Cuando publicó en 1988 su autobiografía Dancing naked in the mind field, Mullis contó que la idea se le ocurrió mientras iba conduciendo por la carretera 128 a través de las suaves colinas de California. Era una cálida noche de mayo de 1983, las ventanillas estaban bajadas y dejaban entrar el penetrante aroma de los castaños californianos. Acurrucada en el asiento del acompañante, su novia dormía profundamente. 

Mullis tenía entonces treinta y nueve años y trabajaba como ingeniero genetista para Cetus, una empresa de biotecnología. Era uno de esos técnicos que se aburrían copiando moléculas de ADN en tubos de ensayo. Era una tarea tediosa porque no había ninguna forma rápida de obtener numerosas copias de un gen perdido en medio de una gigantesca molécula de ADN. Lo que se le ocurrió a Mullis aquella noche fue un método para obtener millones de copias de un segmento de ADN contenido en una molécula mucho más grande.

Todo se basaba en desarrollar una reacción en cadena. No importaba cuán larga fuera la molécula de ADN original, porque el método permitía copiar únicamente el segmento deseado. En el primer ciclo se obtenían dos moléculas a partir de una. En el segundo ciclo se obtenían dos a partir de cada una de las dos copias anteriores, es decir cuatro. En el tercer ciclo el número de copias se duplicaba a ocho y en el siguiente a dieciséis, y así sucesivamente. En unas pocas horas se podía completar una gran cantidad de ciclos y conseguir una cantidad impresionante de copias.


¡Eureka!, exclamó Mullis, y se detuvo en el arcén. Buscó lápiz y papel en la guantera. Calculó que repitiendo el ciclo diez veces se producían unas mil moléculas, repitiéndolo veinte se producía un millón, repitiéndolo treinta, mil millones. “Se me acaba de ocurrir algo increíble”, le dijo a su novia. Ella se removió en el asiento y siguió durmiendo. Mullis reanudó el viaje. Un kilómetro y medio más adelante volvió a detenerse. Estaba empezando a comprender la magnitud de su descubrimiento. Si el método funcionaba, permitiría hacer la cantidad de copias que uno quisiera del fragmento de ADN que uno deseara. Lo usarían todos los laboratorios del mundo. Se haría famoso. Le darían el premio Nobel. Acertó: el Nobel de Química lo recibió en 1993.

El método ideado por Mullis es el PCR (abreviatura en inglés de Reacción en Cadena de la Polimerasa), una técnica usada actualmente de forma tan rutinaria por miles de laboratorios de todo el mundo que hasta los estudiantes pueden realizar sus prácticas con métodos que cuando yo estudié biología eran pura ciencia ficción. Las noticias con ADN se han convertido en cosa de todos los días porque las aplicaciones de esa especie de fotocopiaje genético son innumerables. Una de ellas, frecuentemente usada por paleontólogos y biólogos evolucionistas para recuperar el ADN de restos fósiles y establecer relaciones de parentesco, ha saltado este mes a la prensa gracias a su empleo en la identificación de los restos del desdichado rey inglés Ricardo III. 


No es el primer caso de su empleo para el reconocimiento de las sagas reales, pero esa es una interesante historia que reservo para otro día.


domingo, 17 de febrero de 2013

El sello indeleble de nuestro ínfimo origen


«Debemos, sin embargo, reconocer que el hombre, [...], con todas sus nobles cualidades, [...] con toda su inteligencia semejante a la de Dios, [...] lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen». Ese párrafo revelador es el colofón con el que Charles Darwin cerró el texto de El origen del hombre (1871) en el que el naturalista británico aplicó a nuestra estirpe los postulados evolutivos que había establecido en su obra capital, El origen de las especies (1859). Nuestro “ínfimo origen” es también el de un grupo de animales, los mamíferos, de cuyos ancestros se ocupaba el volumen 339 la revista Science el pasado 8 de febrero.

Es una gran historia que la mayoría de los niños aprenden en la escuela primaria. Las pisadas de unos animales enormes y terribles, los dinosaurios, atronaron la Tierra durante millones de años mientras vagaban por los densos bosques tropicales del Mesozoico. Escondidos entre los herbazales por allí pululaban también unos animales minúsculos y peludos que se alimentaban de insectos. Así estaban las cosas hace unos 65 millones de años cuando a partir del Cretácico superior, y más exactamente el momento conocido como K-Pg, se produjo la extinción en masa de los dinosaurios al tiempo que aves y mamíferos comenzaron una imparable diversificación por todas la tierras emergidas.

Hoy está fuera de toda duda que en aquel momento apocalíptico un enorme asteroide golpeó la Tierra, provocó estragos en el medio ambiente, indujo un cambio climático y la extinción en todo el mundo de los dinosaurios no aviares. Su catastrófico impacto dejó en la península mexicana de Yucatán, cerca de Chicxulub, un cráter de unos 170 kilómetros de diámetro que confirmó por primera vez lo que muchos sospechaban: que la extinción de los dinosaurios se debió al impacto de un asteroide sobre la superficie terrestre.

Si el ocaso de los dinosaurios se produjo como consecuencia del impacto de un asteroide, el amanecer de su dominio sobre la Tierra se debió muy probablemente a otro aún mayor. En agosto de 2010, se encontró en la Antártida el mayor cráter de impacto de la Tierra, un agujero de 500 kilómetros que se originó hace 250 millones de años tras el impacto de un objeto de unos cincuenta kilómetros de diámetro en la región conocida como Tierra de Wilkes, al este de la Antártida y al sur de Australia. De su capacidad destructiva da cumplida idea su estrecha relación causa-efecto con la ruptura del supercontinente Gondwana, puesto que aquella colisión causó o aceleró la falla tectónica que empuja a Australia en su larga, inexorable y solitaria marcha hacia el norte. 


El reciente descubrimiento de ese cráter austral permite suponer que el impacto provocó la gran extinción que tuvo lugar en la frontera de los periodos Pérmico y Triásico, contemporánea de la colisión, que supuso la desaparición de cerca del 90% de todas las formas de vida y abrió las puertas para el desarrollo de los dinosaurios, cuyo dominio sobre la Tierra duró ochenta millones de años. Más tarde, tras el impacto que abrió el cráter de Chicxulub en el Yucatán mexicano, la historia volvió a repetirse. Los dinosaurios (y cerca del 70% de la vida en la Tierra) se extinguieron y dejaron el campo libre para que los primeros mamíferos se diversificaran y pasaran a ser, junto con las diez mil especies de aves actuales, el grupo de vertebrados más importante del planeta azul.

Con la desaparición de los dinosaurios quedaron muchos nichos ecológicos disponibles en el planeta. Aves y mamíferos lo aprovecharon. Los descendientes de un grupo de dinosaurios emplumados o aviares evolucionaron hasta originar a las aves modernas. No es una idea nueva. El “bulldog” de Darwin, el biólogo Thomas Henry Huxley, lo tenía muy claro cuando en 1870 presentó un célebre informe en que sostenía que Archaeopteryx, un fósil colocado entre las aves, no era más que un dinosaurio con plumas y que las aves como grupo evolucionaron a partir de pequeños dinosaurios terópodos, unos vertebrados que vivieron desde el Triásico superior hasta el Cretácico superior (hace aproximadamente entre 228 y 65 millones de años). Aunque los terópodos se extinguieron como grupo a  finales del Cretácico, algunas de sus características básicas han pervivido hasta nuestros días bajo la forma de las aves modernas, sus directos descendientes, que encajan a la perfección al final de una secuencia de terópodos cada vez más similares a ellas, que comienza con Coelophysis, y va avanzando a través de los tiranosaurios, los ornitomímidos, los celúridos y otros, hasta llegar a los dromeosáuridos, los troodóntidos y, por último, las aves propiamente dichas.

Los mamíferos actuales descienden de los sinápsidos primitivos, un grupo de tetrápodos amniotas (el saco amniótico es una cubierta de dos membranas que cubre al embrión, una adaptación evolutiva que permitió la reproducción ovípara en un medio seco y terrestre) que comenzó a florecer a principios del Pérmico, hace unos 280 millones de años, y continuaron dominando sobre los «reptiles» terrestres hasta principios del Triásico, hace unos 245 millones de años, cuando empezaron a despuntar los primeros dinosaurios. Debido a su superioridad competitiva, estos últimos hicieron desaparecer a la mayoría de los sinápsidos. No obstante, algunos sobrevivieron y se convirtieron en los primeros mamíferos verdaderos hacia finales del Triásico, hace unos 220 millones de años.

Cuando la catástrofe del K-Pg indujo nuevas condiciones climáticas y eliminaron la competencia de los dinosaurios, los mamíferos explotaron algunas ventajas sustanciales como la regulación de su propia temperatura corporal, lo que favoreció sus supervivencia en el nuevo clima más frío, y su reproducción sexual independiente del agua mediante una fecundación directa e interna y un desarrollo embrionario dentro del cálido y húmedo vientre materno que los liberaba del viejo modelo de fecundación ligado a la liberación de espermatozoides y óvulos en el agua (anfibios y peces) y a la incubación de los embriones en ambiente externo (como en algunos peces y anfibios, y en reptiles y aves). La diversidad entre las aproximadamente 5.000 especies de mamíferos placentarios actuales es enorme y abarca desde la minúscula musaraña etrusca, que apenas alcanza los tres gramos de peso, a la ballena azul, el animal de mayor envergadura que ha existido, que puede alcanzar las 160 toneladas, una diferencia en masa corporal de ochenta millones de veces.

En el artículo publicado en Science, un equipo científico internacional encabezado por la bióloga Maureen A. O'Leary, del neoyorquino Museo Americano de Historia Natural, ha seguido durante seis años la huella anatómica, genética y molecular de 46 especies actuales y 40 extintas de mamíferos placentarios hasta lograr reconstruir su filogenia o, dicho sea coloquialmente, su árbol genealógico. Ha sido una reconstrucción teórica basada en el cruce de 4.500 características de especies actuales y extintas combinadas con análisis de ADN. Aunque no se haya basado en el registro fósil, las evidencias ofrecidas por este estudio han sido la prueba del nueve de las diferentes hipótesis que situaban el inicio de la diversificación de los mamíferos placentarios en torno al momento crítico para la vida en la Tierra que fue el K-Pg, tras el cual los mamíferos no perdieron el tiempo evolutivamente y empezaron a diversificarse rápidamente en términos geológicos: apenas unos 200.000 o 400.000 años después de la gran extinción.

Las conclusiones del estudio confirman también el epílogo de Darwin con el que comencé este artículo. El autocoronado “rey de la creación”, el orgulloso Homo sapiens, «lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen»: el ancestro común de todos nosotros era un animal peludo, nada elegante y poco especializado, que pesaba un cuarto de kilo como mucho y comía insectos, el alimento despreciado por los poderosos dinosaurios. 

2012 DA14: ¡Cuánto penar para morirse uno!


Cada año la Tierra recorre a la escalofriante velocidad de 107.000 kilómetros por hora la órbita terrestre, el circuito celestial por el que transita en su movimiento de traslación alrededor del Sol. Mientras lo hace, decenas de miles de asteroides y millones de meteoritos se cruzan en nuestro camino de forma errática y totalmente impredecible. Parece un viaje a ninguna parte, un trayecto abocado a la destrucción por un impacto fatal e inevitable. Sabiendo eso, no sorprende que la superficie de la Tierra sea como un queso de gruyere en el que cada vez se descubren más y más impactos de asteroides en forma de cráteres colosales que van siendo detectados a medida que se perfeccionan los métodos de interpretación de imágenes de satélite, curiosos impertinentes que vienen a destapar lo que hasta ahora había pasado desapercibido. 

En agosto de 2010 se encontró en la Antártida el mayor cráter de impacto de la Tierra, un agujero de quinientos kilómetros que se formó hace 250 millones de años como consecuencia del impacto de un asteroide de unos cincuenta kilómetros de diámetro en la región conocida como Tierra de Wilkes, al este de la Antártida y al sur de Australia. Aunque no sea el más grande (170 kilómetros) ni el más antiguo (65 millones de años), el más famoso de todos los asteroides estrellados contra la Tierra es el KT, enterrado bajo la península mexicana del Yucatán cerca de Chicxulub, el primero en relacionarse con una catástrofe ambiental de dimensiones planetarias que confirmó por primera vez lo que muchos sospechaban: que la extinción de los dinosaurios se debió al impacto de un asteroide sobre la superficie terrestre.

Naturalmente, no había ningún ojo humano que observase la magnitud de la catástrofe cósmica que acabó con los dinosaurios, pero sí los había –y muchos- el 16 de junio de 1994 cuando todos los telescopios del mundo, incluyendo el flamante telescopio espacial Hubble, observaban el SL 9, un cometa detectado desde el observatorio californiano de Monte Palomar. El espectáculo estaba asegurado: SL 9 seguía una trayectoria que lo llevaba inevitablemente a colisionar contra la superficie de Júpiter. El mundo podría observar por primera vez una colisión cósmica, subrayaban los titulares de los periódicos. Pero, según escribe el historiador aeroespacial Curtis Peebles en su Asteroids: A History, la mayoría de los astrónomos se mostraba más escéptica y esperaba que el cometa, que en realidad era un conglomerado de más de veinte rocas de unos dos kilómetros de diámetro, se desvaneciera en forma de meteoritos fragmentados. Una semana antes de la colisión, la revista Nature publicó el artículo «Se acerca el gran fracaso», en el que se decía que el impacto sólo iba a producir una lluvia meteórica. Era lo que otro articulista, dándoselas de gracioso, había sentenciado: «Tengo la impresión de que Júpiter se tragará esos cometas sin soltar un eructo».

El eructo resultó ser una flatulencia de dimensiones apocalípticas que, de haberse producido sobre la Tierra, habría aniquilado toda forma de vida. Los impactos duraron una semana y fueron muchísimo mayores de lo que los más pesimistas habían calculado. Un fragmento llamado Núcleo G impactó con la fuerza de un unos seis millones de megatones, casi cien veces el arsenal nuclear de nuestro planeta. El núcleo G no era ni de lejos un asteroide del tamaño del KT, pero provocó cráteres del tamaño de la Tierra y dejó unas manchas negras en la atmósfera de Júpiter de 8.000 kilómetros de diámetro rodeadas de un halo gris de otros 25.000. Astrónomos, astrofísicos y geólogos tomaron buena nota de lo que pasó entonces y, gracias a ellos, podemos especular con lo que pasó en la Tierra hace 65 millones de años.

Las consecuencias del impacto de un asteroide tipo KT resultan estremecedoras. Entró en la atmósfera terrestre a velocidad tal que el aire debajo de él resultó comprimido hasta calentarse a una temperatura entre diez y cincuenta veces la de la superficie solar. En cuanto KT entró en la atmósfera todo lo que estaba en un radio de centenares de kilómetros de su trayectoria se esfumó abrasado. Un segundo después de hacerlo, el asteroide se evaporó, pero la explosión hizo estallar miles de kilómetros cúbicos de roca, tierra y gases supercalentados. Todos los seres vivos a los que no hubiese liquidado el calor generado por la atronadora irrupción del asteroide perecieron después con la explosión en un radio de varios miles de kilómetros. Se produjo una onda de choque inicial que irradió hacia fuera y se lo llevó todo por delante a una velocidad cercana a la de la luz.

El impacto directo, millones de veces mayor al de una bomba de hidrógeno, produjo enormes tsunamis en el Atlántico que se expandieron como las ondas provocadas por una pedrada sobre el agua, desencadenó terremotos estremecedores y provocó la desestabilización y ruptura de la plataforma marina, generando una megaturbidita, es decir, una colosal corriente de turbidez cargada de sedimentos marinos, que provocó depósitos de arena de cientos metros de espesor. La vaporización del meteorito y del material impactado, así como el humo de los incendios, el hollín y las cenizas, oscurecieron el cielo durante varios meses, lo que provocó un gran descenso de la temperatura y de la fotosíntesis, y la radical disminución de la productividad de muchos ecosistemas. 

Además, hay evidencias de agotamiento del oxígeno incluso en los fondos marinos. La oxidación atmosférica de los ácidos generados por la naturaleza evaporítica de las rocas impactadas produjo lluvia ácida, la cual contribuyó a una reducción del pH de la superficie de los océanos y afectó a las conchas protectoras de los organismos que se extinguieron en masa. En 2001, investigadores del Instituto Tecnológico de California analizaron isótopos de helio de sedimentos dejados por el impacto del KT y llegaron a la conclusión de que afectó al clima de la Tierra durante unos diez mil años. Cuando todo se calmó, el cielo se abrió, el Sol volvió a lucir y la aterida Tierra recuperó su pulso: la evolución comenzó su trabajo a partir de los organismos que habían superado aquel espantoso Armagedón. 


A pesar de que han sido apenas unas modestas pedradas de algo más de un kilogramo de peso arrojadas desde el espacio, las imágenes recibidas el pasado viernes desde Cheliálibinsk, en los montes Urales de Rusia, han sobrecogido el ánimo de más de uno. El asteroide 2012 DA14, que pasó esa misma noche a 27.700 kilómetros de distancia de la superficie terrestre, era también de dimensiones modestas: 130.000 toneladas de masa y cincuenta metros de eje mayor, apenas un grano de arena comparado con el KT, cuyo diámetro era 2.000 veces superior.

Gracias a algunos astrónomos, que trabajan como oscuros rastreadores de meteoritos y asteroides, se han identificado y nombrado unos 26.000 asteroides, pero se calcula que mil millones más rondan por ahí, sin que los veamos, sin que inquietantemente sepamos nada de ellos, moviéndose erráticamente sobre nosotros sin que podemos hacer nada por evitar las colisiones. Según los cálculos de los científicos de la NASA, un asteroide del tamaño de 2012 DA14 se acerca a la Tierra cada cuarenta años, y uno choca contra nuestro planeta cada 1.200 años. El pasado viernes no tocaba. La probabilidad de que un asteroide de dimensiones mayores impacte sobre nuestras cabezas es aproximadamente de una vez cada millón de años. 

El género Homo, que agrupa a los primates con rasgos humanos, lo que incluye al ser humano moderno y a sus más cercanos parientes, lleva sobre la Tierra algo más de dos millones de años. Ya toca. ¡Cuánto penar para morirse uno!

sábado, 9 de febrero de 2013

Falseando los datos: otro trile de Montoro



Cristóbal Montoro es catedrático de Hacienda, una materia que se imparte en las facultades de Económicas y Empresariales. A un catedrático de Económicas de la Universidad de Alcalá, persona muy conocida y respetada en la ciudad, le gustaba decir que si él contaba con los votos de tres de los cinco miembros que componen un tribunal de oposiciones, “podía hacer catedrático a un poste de la luz”. Sentenciaba: “Lo primero y principal, es tener al tribunal”. Pues eso. 

El 29 de enero el Gobierno cantó victoria en el apartado de ingresos. Ese día, el ministro de Hacienda convocó una rueda de prensa para sacar pecho. Montoro alardeaba de la hazaña. Había sido muy difícil, pero lo habían conseguido. "Hemos cumplido con creces", decía. Él solito había conseguido aumentar la recaudación derivada de los incrementos de impuestos en 11.237 millones de euros, un 4,2% adicional. 

Con esa cifra pretendía demostrar que, tal y como él sabiamente había pronosticado, subir impuestos no solo no disminuía la recaudación, como razonaría cualquier persona medianamente pensante que alegase que el aumento de los impuestos provoca, como se está viendo, una caída libre del consumo, sino que la aumentaba. Pues muy bien, señor Montoro. Es evidente que si se mete la mano en los bolsillos de los demás algo saca, de donde se deduce la inevitable consecuencia de que cuanto más grande sea la garra más será lo que atrape en el bolsillo ajeno... siempre que quede algo. Admitido esto, el señor ministro ocultó un dato fundamental: exactamente la mitad de la cantidad recaudada, es decir, 5.600 millones, proceden de adelantos en el pago fraccionado del Impuesto de Sociedades. Ese es el trile con el que pretende engañarnos don Cristóbal. 

Montoro se cree muy listo aunque su gran problema es que, además, piensa que todos somos tontos. Una vez más intenta engañar a la gente con montañas de datos esperando que engulla la píldora sin analizar su contenido. Veamos. Para empezar, lo que debería explicar Montoro es que ese aumento de la recaudación demuestra que la propaganda agitadora que él mismo y sus sobrecogedores compañeros de partido vendían durante la campaña electoral (según la cual los aumentos de impuestos perjudican tanto la actividad económica que reducen la recaudación fiscal) era mentira. Aquel salivazo al cielo le cae ahora encima, aunque no quiera verlo. Que el ministro mostrara un poco de honradez intelectual, aunque sólo fuera por respeto a su condición de catedrático, no estaría de más.

En segundo lugar, la mayor parte del cacareado aumento de la recaudación proviene, como he dicho, del impuesto de sociedades, cuya recaudación aumentó casi un treinta por ciento en relación al año anterior ¡Un treinta por ciento de aumento de la recaudación; ahí es nada! En ese momento debieron saltar todas las alarmas, pero quienes debían ocuparse del tema quedaron inmediatamente atrapados por la sobrecogedora noticia surgida de las tripas de cierto edificio de la calle Génova. Dejemos a los periodistas con ese tema y ocupémonos de las cifras de don Cristóbal. Un aumento de treinta puntos no es normal. Tiene que haber gato encerrado. Busquémosles las tres patas: al ministro y al gato.

No es difícil. El trile es ahora el de “pan para hoy y hambre para mañana”. Esta vez Montoro ha intentado disfrazar un pago adelantado haciéndolo pasar por un incremento en la recaudación fiscal. Ahí está el truco. Las empresas abonan en abril, octubre y diciembre de cada año una declaración parcial del impuesto de sociedades. La liquidación final se hace en julio del año siguiente. Aunque ya sé que lo entienden, permítanme que lo explique un poco más. Si la empresa X tiene que pagar cien euros de Impuesto de Sociedades con cargo a 2012, en lugar de atragantarse desembolsando todo a año vencido, es decir, en 2013, lo va liquidando a plazos lo largo del año en curso. Paga lo mismo pero por adelantado, lo que significa que lo que el Estado ingresa en 2012 no lo ingresará en 2013. Es más, si al final del año la empresa no obtiene los beneficios previstos y en vez de ganar dinero lo pierde, el Estado tendrá que devolver parte del impuesto adelantado.

Ahí aparece la tercera pata del gato: una de las medidas que adoptó el PP para hacer caja rápidamente fue aumentar el pago fraccionado. Como no podía ser menos, al incrementar el adelanto de los pagos empresariales no se aumenta la recaudación final porque que los pagos de más que se realizan ahora se tendrán que restar en julio del año que viene. Para entonces, todos calvos. Montoro no dará rueda de prensa y pelillos a la mar. 

Pero avancemos un poco más. En un nuevo intento de enredarnos, el taimado Montoro argumentaba que la mitad de la recaudación extra por la subida de impuestos se debía al aumento de ingresos por el Impuesto de Sociedades: es decir, que las empresas (y sobre todo, las grandes empresas) habían pagado más este año. Ahora don Cristóbal se transmutaba en Robin Hood. Metía la mano en el bolsillo de los ricos para repartir el botín entre los pobres. Insisto para que no nos alejemos del meollo: las empresas no pagan más sino que adelantan los ingresos para que al Gobierno le cuadren las cuentas. Sigamos con el resto.

El caso es que, por más que se empeñe Montoro en emular a Robin Hood, la realidad sigue reflejando una aplastante desigualdad en la recaudación de impuestos. Para demostrarlo, veamos cómo se reparten los grandes ingresos por impuestos del Estado en 2012 y cómo se repartían hace diez años. En 2002 la renta de las personas físicas aportaba el 36% de los impuestos, ahora el 42%. Entonces los impuestos de sociedades suponían un 20% de la recaudación, ahora un 13% de sus ganancias contables, que se reducen al 11% real, menos de la mitad de la media europea (26%). El motivo por el que las empresas españolas pagan legalmente mucho menos está en el complejo entramado de ajustes fiscales extracontables, ajustes por consolidación y el amplio abanico de deducciones, exenciones y bonificaciones del impuesto sobre sociedades que ha provocado que la recaudación tributaria por este tributo se haya desplomado un 64% durante la crisis.

Por más que Montoro y su paisana Fátima se empeñen, es evidente que los recortes de gasto público, cuyo efecto se ha visto multiplicado por la sequía de crédito, han hundido la economía española. A los datos de la Encuesta de Población Activa con sus nuevos 130.000 parados en enero y a la dramática caída de los beneficios del comercio minorista me remito. Pero aquí no se trata de salir de la crisis. ¡Es el ajuste, estúpido! Nunca se trató de salir de la crisis. El objetivo ha sido siempre cuadrar el ajuste para calmar a los banqueros alemanes, a sus vicarios políticos, a los burócratas del Bruselas, a la tropa del BCE y al FMI. Y como se trata de eso, de cuadrar, con una hoja Excel basta: sin el más mínimo pudor, tomándonos por tontos, Montoro se ha traído a 2012 ingresos que eran para 2013 y ha presentado como éxito lo que sin lugar a dudas es un monumental fracaso de su política fiscal: la recaudación no ha subido tanto como había presupuestado.

Eso sí, el déficit quedará finalmente por debajo del siete por ciento. Y todos contentos. Bueno, todos, menos seis millones de parados. 

domingo, 16 de diciembre de 2012

Fukuyama, Aguirre y el fin de las mamandurrias


Todo sigue el plan establecido; un plan que nuestro Gobierno niega todos los días aunque se cumpla punto por punto desde hace décadas. Se ejecuta por etapas y se ejecuta cuando toca, cuando la ocasión es, como ahora, propicia; se hace así porque si se dijera la verdad, que la lucha frente al desempleo se da por perdida para una parte de la población juvenil que sólo aprendió a poner ladrillos, que no hay ni habrá crédito, que el ajuste del déficit es una quimera, que la deuda es impagable, que los presupuestos son una sinrazón y que el Estado del Bienestar tal y como lo conocemos va a morir, tendrían un problema. Ahora, el titular del “neo Consenso de Washington” dice así: “Europa tiene un nuevo regulador bancario”. Campanas al vuelo, albricias y felicitaciones. 


"Neolengua", el lenguaje engañoso que se utiliza desde la élites económicas, políticas y mediáticas para neutralizar la oposición a unas medidas que nos están ahogando poco a poco y que cualquiera puede ver a poco que tenga criterio. El lenguaje es utilizado como herramienta ideológica para modificar la percepción de la realidad, para suavizarla y hacernos tragar la purga de la austeridad. Los medios de comunicación, en su afán por llegar los primeros a la noticia, degluten el ricino sin rechistar. Nadie parece acordarse de que el nuevo regulador, el Banco Central Europeo (BCE) es uno de los grandes responsables de que la banca, la gran beneficiada de esta crisis, esté haciendo caja y se esté forrando a costa del endeudamiento de los países mientras otros pasan hambre, pagan por estar enfermos o no pueden ganar el pan con el sudor de sus frentes. 

Hay que repetirlo hasta que cale: el BCE es el lobby de la banca privada y del Bundesbank alemán que ha diseñado un sistema que funciona así: las normas que lo regulan, impuestas por Alemania desde que se acordó la creación del euro, le impiden comprar deuda pública estatal y le imponen prestar dinero a unos intereses muy bajos a la banca privada, dinero que esta emplea inmediatamente en adquirir deuda pública cobrando intereses que quintuplican los que gravan (por decir algo) los préstamos del BCE. Duros a peseta, que diría un castizo.


La consecuencia es que los Estados deben endeudarse más y más para pagar a los bancos privados. Ajuste, primas de riesgo, copagos que son repagos, ambulancias con taxímetros, mercados, deuda, brujos. Es la vieja agenda del Consenso de Washington en una nueva versión parida para cuando ha tocado otra vez: “se hará lo necesario para garantizar la estabilidad”, como repite constantemente ese agente de la banca privada con pinta de guardabosques que es el ministro De Guindos. Siempre se hace lo necesario. Se sopesa, se calcula, se decide adónde se quiere llegar y se van pasando las hojas a su debido tiempo para que el resultado final no pueda ser otro que el previsto. Porque si admitimos las reglas del juego, el resultado no puede ser otro que en Las Vegas: la banca siempre gana. Cuando la ruleta pare y el espectador deje de mirar la bola que rodaba entre rojos y negros, descubrirá dos cosas: que el casino está donde estaba al principio y que a él le han robado la casa, el trabajo, la cartera, la chaqueta, los pantalones, los calcetines, los zapatos, la camisa y, si se descuida, todo lo que tiene. 

Ahora bien, el espectador puede apartar la mirada de la ruleta. Puede dejar de cegarse con un guión de catástrofes futuras que sucederán o no sucederán; puede dejar de seguir a los que le piden que miren el dedo que señala y se olviden de la Luna; puede dejar de creer a los que, tras robarle hasta el aire porque cobrarán hasta por respirar, le exigen más esfuerzos y más angustias; puede dejar de pasar a ser partícipe de un plan nuevo y dejar de ser víctima de un plan trazado hace más de veinte años. Puede, en fin, cargar el arma de su propio criterio y abandonar el rebaño de ovejas asustadas en el que quieren convertirnos. 


La crisis actual tiene una agenda, un plan trazado por los organismos financieros internacionales, los centros de poder político y económico y los institutos de “pensamiento” liberal con sede en Washington en la década de los ochenta, que un economista británico John Williamson, plasmó en 1989 en un documento, Lo que en Washington se entiende como reforma de las orientaciones políticas, más conocido como el “Consenso de Washington”. El inolvidable panfleto, destinado en principio al adoctrinamiento en la ortodoxia neoliberal de los políticos que dirigían los países latinoamericanos en vías de desarrollo, terminó invadiendo ideológicamente todo el planeta cuando encontró un campo abonado tras la caída del bloque soviético que dejó al mundo a merced del “pensamiento único” que se habría impuesto en lo que Fukuyama (El fin de la Historia y el último hombre) consideró el fin de la lucha entre ideologías y el comienzo de un mundo basado en la política y la economía neoliberal: las ideologías ya no eran necesarias y debían ser sustituidas por la “economía neocon”. Estados Unidos sería así la única realización posible del sueño marxista de una sociedad sin clases. 

Para comprender la esencia de este recetario del fundamentalismo de mercado hay que reseñar brevemente los cinco aspectos esenciales que constituyen el dogma de los “expertos independientes”, las cuestiones sobre las que no es posible discrepar cuando de asuntos económicos se trata. Es la letanía que nos repiten desde que comenzó la crisis. 


Primero, hay que mantener contenida la inflación a través del control de los precios y de los salarios de las clases trabajadoras. Segundo, disciplina presupuestaria: los presupuestos públicos no pueden tener déficit y para acabar con él hay que recortar los gastos pero nunca elevar los impuestos de los ricos. Ello implica que hay que reducir los gastos encaminados a políticas sociales -subsidios para sectores desfavorecidos, educación sanidad, investigación y desarrollo- y dirigirlos a sectores empresariales cuyos beneficios acabarán –sostienen- por darnos de comer a todos. Tercero, reforma tributaria, incrementando los impuestos indirectos, buscando bases impositivas amplias y tipos marginales moderados, de manera que se contengan los tributos a las rentas más altas y al capital para no desincentivar el ahorro, la inversión y el beneficio en el banquete de Epulón, de cuyas migajas comerían todos los Lázaros del planeta. 

Cuarto, liberalización del comercio internacional y desregularización del mercado financiero, eliminando el control de las transacciones de dinero y de las obligaciones de los bancos en lo que se refiere a sus reservas de activos. Y, por fin, en el frontispicio del nuevo edificio de la “desideologizada” economía neoliberal, debería ondear un lema: la actividad privada es más eficiente que la pública, así que es necesario privatizar los sectores y empresas públicas, eliminar todo tipo de trabas a la iniciativa privada y al funcionamiento de los mercados, abandonando esas ñoñerías caducadas de la solidaridad, la justicia y la equidad social. “Mamandurrias”, las llamó Esperanza Aguirre añadiendo una estupidez más a su inacabable estupidiario personal.

Si uno asume esa agenda sin discusión, se entiende que ese inane auxiliar administrativo del Gobierno alemán que es Rajoy se quede tan pancho declarando que “no hay alternativas a los recortes”. Sí que las hay, pero para eso hay que tener otra ideología que no pase por ayudar a unos pocos con los recortes de una mayoría que empieza a dejar de ser silenciosa. 

Mientras tanto, que el último apague la luz, que en enero la factura viene inflada. Ilumínense pero con cuidado: “no hay otra alternativa”. Disfruten lo votado.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Los amos del mundo o el extraño caso de la calcopirita


«En un bar de Washington, una inhóspita noche de nevada, un exinvestigador del Senado se ríe mientras acaba su cerveza. "Todo está jodido, y nadie va a la cárcel", dice. "Ese es tu artículo. Demonios, no tienes que escribir nada más. Sólo eso". "¿Sólo eso?". "Exacto", dice, pidiendo la cuenta a la camarera. "Todo está jodido, y nadie va a la cárcel. Así puedes acabar tu artículo"». 

Ese era el comienzo del artículo A la cárcel con los de Wall Street firmado por el polémico periodista de la revista Rolling Stone Matt Taibbi cuya tesis era que nadie ha pagado por sus desmanes con la cárcel, mientras que con el dinero de los ciudadanos se han salvado bancos y banqueros. Para Taibbi, los fraudes cometidos son crímenes que implican una elección calculada, cometidos por personas que actúan codiciosamente siguiendo un cálculo muy cínico: vamos a robar lo que podamos y luego a ver si las víctimas son capaces de reclamar su dinero a través de una política cautiva. «Si quieres ganar elecciones, encarcela a los que roban DVD o venden bolsitas de marihuana. Pero ¿por robar mil millones de dólares? No pasa nada. No es un crimen».

Una investigación del Senado norteamericano ha demostrado que durante seis años el banco británico HSBC, una de las mayores entidades financieras del mundo, se dedicó a blanquear el dinero de terroristas islámicos y narcotraficantes mexicanos. El informe del Senado criticaba a la Oficina de Control de Capitales de EEUU, que recibió múltiples advertencias y permitió que el lavado “creciera hasta ser un problema gigantesco”. De entrada, la noticia merece dos comentarios. Uno, la sana envidia que uno siente por actuaciones de esta naturaleza que tanto bien harían a nuestros parlamentarios si se ocuparan de ellas. Y dos, que Estados Unidos también tiene problemas para aplicar la justicia a los bancos.

En 2007, cuando sus negocios de lavado de capitales alcanzaban su punto álgido, HSBC declaró unos beneficios de 18.500 millones de euros. Mientras la comunidad internacional bloqueaba los movimientos de capitales iraníes, el banco camufló 25.000 transacciones ocultas de Irán por valor de 17.000 millones de euros. En Arabia Saudí y en Siria también aplicaron las mismas técnicas. En México el banco permitió el lavado de al menos 7.000 millones de dólares vinculados al narcotráfico. Fue, según ha admitido el propio banco, una actividad deliberada, una trama orquestada para financiar el terrorismo islamista y para lucrarse con dinero manchado de la sangre del brutal narcotráfico mexicano.

Con tales antecedentes, uno esperaba ingenuamente que alguien iría a la cárcel. No ha sido así. El banco ha llegado a un acuerdo mediante el cual pagará en cómodos plazos 1.500 millones de euros para cerrar la investigación. ¿Qué significa cerrar? Que no se irá a juicio, ningún responsable será encausado, nadie irá a la cárcel, nadie pagará personalmente salvo con tibias depuraciones internas del banco. El asunto recuerda sospechosamente a las prácticas que hemos visto en España respecto a las preferentes, por ejemplo: desde la cúpula se presiona a toda la cadena ejecutiva para que arriesgue en busca del beneficio prometiendo no prestar atención a las prácticas necesarias para lograrlo. Cuando todo se derrumba, los directivos se han embolsado el dinero de los bonus y sólo es necesario silbar y culpar al empedrado. Es lo que ha hecho Miguel Blesa, el banquero que casi funde Cajamadrid cuando declaró que “él hacía lo que todo el mundo hacía”.

Llueve sobre mojado. En lo que llevamos de milenio, el Bank of America mintió sobre miles de millones en dividendos. Goldman Sachs no avisó a sus clientes de cómo había elaborado los paquetes de hipotecas tóxicas que estaba repartiendo por todo el mundo. El mismo Goldman Sachs asesoró a Grecia para ocultar su deuda para que lograra entrar en la Eurozona; después, con esta información privilegiada, apostó junto con Deutsche Bank que Grecia se hundiría. Precisamente, Deutsche Bank fue uno de los mayores implicados en la estafa de titulizar y revender hipotecas tóxicas en el mercado, la principal causa que desencadenó la actual crisis iniciada en 2008, cuando Wall Street explotó en una bola de fuego de fraude y criminalidad. El banco colocó productos a sus clientes a sabiendas de que perderían dinero, tanto en Norteamérica como en Alemania, donde el Tribunal Supremo le condenó en 2011. Nadie fue a la cárcel. A Citigroup, se le pilló ocultando unos 40.000 millones. En julio de 2010, la Comisión de Valores, el organismo regulador estadounidense acordó con Citi el pago de 75 millones de dólares. Nadie fue a la cárcel. 

Recuérdese cómo actuaron los ejecutivos de Lehman Brothers, que vendieron todos sus productos basura apresuradamente, engañando a la gente a sabiendas, para así poder salvar sus bonus multimillonarios. En marzo de 2010 un informe emitido por los peritos judiciales señaló que los directivos actuaron dolosamente para extraer cerca de 50.000 millones de dólares de activos indeseables de sus balances en vez de anotar esos activos como pérdidas. Su actuación ocasionó la bancarrota del banco y el pistoletazo de salida de la crisis que nos atormenta. Nadie fue a la cárcel. 

Hace más de cuarenta años José Luis Sampedro decía que los bachilleres terminaban sus estudios sabiendo la fórmula de la calcopirita, un conocimiento que nunca utilizarían, mientras que ignoraban todo sobre Economía, algo que seguro necesitarían posteriormente. Seguimos en las mismas porque interesa que nos mantengamos en la inopia sin que encontremos respuesta a algunas preguntas que están en la mente de todos: ¿Quién gobierna el mundo? ¿Cuál es el poder real de los políticos? ¿Hasta qué punto nuestra vida está condicionada por las organizaciones internacionales y las instituciones privadas? ¿Cuál es el papel de los paraísos fiscales que dan abrigo al dinero del crimen y la corrupción? ¿Quién ganará con la brutal crisis económica que estamos viviendo?

Las respuestas puede leerlas en Los amos del mundo. Las armas del terrorismo financiero (Espasa, 2012), un libro de los catedráticos Vicenç Navarro y Juan Torres, dos economistas que llevan años clamando contra el mantra del “recorto aquí y allá porque no hay otro remedio”. Navarro y Torres cuentan cómo la concentración de poder económico ha dado a la banca internacional la posibilidad de controlar los mecanismos económicos en beneficio propio, convirtiéndola en un casino especulativo dotado de sofisticados instrumentos financieros con los que practican un auténtico terrorismo de cuello duro que doblega a los gobiernos y a las democracias cuando los políticos, olvidando sus responsabilidades, dejan desprotegida a la población frente a los especuladores que se adueñan de los mercados. El resultado de abandonarnos en manos de la oligarquía financiera es el alto endeudamiento, un empleo bajo mínimos y un debilitamiento del Estado del bienestar y de la calidad de vida, el aumento de la pobreza y la desigualdad, y un mundo en donde disminuye la representatividad de las instituciones democráticas y la voz de la ciudadanía pierde fuerza. 

Tras leer el libro, uno se da cuenta de que todo está a la vista: la conocida Troika – el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio-, junto con las agencias de rating, están actuando como verdaderos ladrones de la democracia para arrimar el ascua a la sardina de quienes, como David Rockefeller, piensan que «cualquier cosa debe reemplazar a los gobiernos y el poder privado me parece la entidad adecuada para hacerlo, porque la soberanía internacional de una élite intelectual y de banqueros es preferible al principio de autogobierno de los pueblos». 

Más claro, agua.

Y el muro cayó sobre nosotros


Cada vez resulta más claro que el pánico financiero y la austeridad que impone Alemania le reportan grandes beneficios y favorecen la apuesta de los grandes especuladores contra las deudas soberanas de los países del sur de Europa. El castigo implacable a que nos somete el Gobierno de España con un paquete de medidas económicas que ha dejado a buena parte de la ciudadanía sumida en la incertidumbre cuando no en la miseria, viene acompañado de un paralelo enriquecimiento del pueblo alemán que, día a día, ve cómo su Gobierno aplica regalos fiscales, subvenciones y ayudas públicas a sus compatriotas, que son el fruto de un ahorro cada vez mayor en la factura de su deuda soberana. Y es que mientras que Rajoy, convertido en el «Eduardo Manostijeras» de la señora Merkel, recorta 65.000 millones, Alemania ahorra 60.000 en intereses de su propia deuda.

La caída del muro de Berlín se contempla hoy como uno de los momentos triunfales de la posguerra porque, además de significar la incruenta rebelión que inició el hundimiento del comunismo, permitió cicatrizar heridas que llevaban abiertas más de medio siglo en el corazón de Europa. A la caída le siguió uno de los procesos más transcendentales de nuestro siglo: la unificación alemana, 45 años después del colapso del III Reich. Esos acontecimientos, que sacudieron al mundo entre 1989 y 1990 se habían sucedido a una velocidad vertiginosa. Gran Bretaña y Francia, que habían sufrido el expansionismo imperialista alemán que condujo las dos guerras mundiales, se mostraron muy cautas. Margaret Thatcher, la primera ministra británica, se limitó a hacer declaraciones públicas de preocupación mientras que el presidente francés, François Mitterrand, que había sentenciado “amo tanto a Alemania que prefiero ver dos en lugar de una”, aprovechó la ocasión para acelerar la reunificación europea, un proceso que estaba siendo frenado por británicos y alemanes. 

La única alternativa para los gobiernos democráticos europeos era asegurarse de que la Alemania reunificada no se convirtiera en un país aislado enfrentado a todos los demás. Alemania tenía que ser europeizada. Para vencer las reticencias británicas, el viejo zorro galo hizo un doble juego muy sutil, azuzando los miedos de Thatcher y advirtiéndole que la Alemania unificada se expandiría y llegaría a tener el poderío con que soñó Hitler, cuando en realidad su objetivo último era empujar al vecino teutón hacia el proyecto de la unidad política y monetaria europea.

Mitterrand pensaba que una manera de favorecer la unificación europea era reemplazar la moneda alemana, el marco, por una nueva moneda europea, el euro. Francia, dijo Mitterrand, no aceptaría una reunificación alemana si no iba acompañada de una integración europea, lo que para él implicaba la unidad monetaria. Por tanto, condicionó el apoyo francés a la unificación a que el Gobierno del canciller Helmut Kohl facilitara el camino para la creación de una moneda única europea. Así es cómo se planeó integrar la Alemania unificada del post-nazismo en la Europa democrática. Así nació el euro.

Los alemanes pusieron dos condiciones para aceptar la sustitución del marco por el euro. La primera fue establecer una autoridad financiera, el Banco Central Europeo (BCE), para que gestionara el euro con el único objetivo de mantener la inflación baja. El BCE debía estar bajo el control del Banco Central alemán, el Bundesbank. Los alemanes tenían una auténtica obsesión con el control de los precios desde el periodo de hiperinflación en la República de Weimar (1921-1923), cuya crisis condujo al advenimiento del nazismo una década después. La otra condición fue establecer el Pacto de Estabilidad que impone la disciplina financiera a los Estados miembros de la eurozona. Sus déficits públicos tendrían que mantenerse por debajo del 3% de su PIB, incluso en momentos de recesión. Aquellos polvos trajeron los actuales lodos de la austeridad imperante.

Demos ahora un salto y situémonos en marzo de 2005, cuando el canciller alemán Gerhard Schröder propuso la Agenda 2010, una serie de medidas que, además de dinamitar el Estado de Bienestar, estaban diseñadas para estimular el crecimiento económico alemán haciendo del sector exportador el principal motor de la economía. Su objetivo era disminuir la demanda doméstica (disminuyendo los salarios y reduciendo los derechos sociales y laborales) y promover las exportaciones. Como consecuencia de que la actividad económica se centró en el aumento de las exportaciones, los bancos alemanes acumularon una enorme cantidad de euros. Ahogados literalmente por el flujo de dinero, optaron por exportarlo invirtiendo su excedente monetario en la periferia de la eurozona. Esa inversión fue la causa de la burbuja inmobiliaria en España. Sin el dinero alemán, los bancos españoles no podrían haber financiado la colosal especulación que infló la burbuja inmobiliaria a partir de la Ley del Suelo aprobada por el Gobierno Aznar.

Llegado diciembre, nuestro sector bancario lleva absorbidos más de 125.000 millones de euros en ayudas públicas -un 5% del PIB español- que pesan sobre nuestra deuda como una losa. La retórica oficial afirma que las autoridades financieras de la eurozona han puesto a disposición de España ese dinero para ayudar a sus bancos. La realidad, sin embargo, es bien distinta. Los bancos españoles le deben mucho dinero a los bancos extranjeros, incluidos los bancos alemanes, que han prestado casi 200.000 millones de euros a nuestra banca y que exigen recuperar su dinero. Si las autoridades europeas hubieran querido ayudar a España y no garantizar el cobro a los bancos alemanes, deberían haber prestado ese dinero a las agencias de crédito públicas españolas (como el ICO), a fin de resolver el enorme problema de la falta de crédito en España. Esta alternativa, por supuesto, nunca fue puesta sobre la mesa.

Ahora bien, si nuestra condena viene de Alemania, es más que posible que la salvación venga de los propios alemanes. Las políticas de austeridad impuestas por Merkel están creando un serio problema a las exportaciones alemanas, buena parte de las cuales van a los países del sur de Europa. Cuando escribo este artículo todas las previsiones económicas alemanas se están revisando a la baja. El paro crece, la demanda industrial se resiente y las exportaciones renquean desde hace meses porque la debilitada demanda en la eurozona no ha sido suficientemente reemplazada por la de economías emergentes como China. La perspectiva de una recesión en Alemania inquieta a algunos economistas y nos da alas a los que estamos persuadidos desde hace tiempo de que la amenaza de una recesión industrial obligará a Merkel a impulsar nuevas medidas de crecimiento para toda la eurozona.

Al sector industrial alemán ha comenzado a preocuparle que las políticas de austeridad promovidas por sus compatriotas financieros hayan ido demasiado lejos. De ahí arranca su desacuerdo con las políticas del Bundesbank. Las tensiones alemanas que surgieron en septiembre de 2012 sobre la decisión del BCE de comprar o no deuda pública de España e Italia reflejaron el conflicto entre la burguesía industrial, que quería que Draghi decidiera a favor de la compra de la deuda pública, y la oligarquía financiera, que se oponía. Por primera vez, el BCE hacía algo que no estaba aprobado por el Bundesbank, del que hasta entonces había sido una simple marioneta. Pero el riesgo de que toda la eurozona entrara en recesión hizo que las voces de alarma se dispararan y forzaran al BCE a comprar deuda soberana. 

Como resultado del conflicto dentro del establishment alemán, la mano que mece la cuna del gobierno Merkel, vendrán los vientos que nos ayudarán a salir de la crisis. Mientras tanto, recordemos a Thomas Mann que ya había alertado de que en lugar de una europeización de Alemania, la caída del muro traería una alemanización económica de Europa.