Vistas de página en total

jueves, 8 de enero de 2026

NUEVA YORK, O CÓMO CINCO CIUDADES APRENDIERON A DISCUTIR JUNTAS

Nueva York no nació unida, sino negociada. Durante más de dos siglos, Manhattan fue la ciudad y el resto eran pueblos, rivales o simples molestias al otro lado del río. La consolidación de 1898 no creó una metrópolis armónica, sino un acuerdo forzado entre identidades que nunca dejaron de sentirse ciudades por separado. Quizá por eso Nueva York no se entiende: se discute.

Se llega a Manhattan con la impresión de que todo empezó aquí y de que, en el fondo, todo sigue pasando aquí. La isla tiene ese aire de capital que no necesita proclamarse capital. Los edificios miran por encima del hombro, las avenidas avanzan en línea recta como si el mundo fuera sencillo y el resto del planeta tuviera la obligación de adaptarse. Durante mucho tiempo, de hecho, Manhattan no fue un distrito de Nueva York: fue Nueva York. Toda Nueva York. A secas. Y cuando uno recuerda eso, empieza a entender por qué esta ciudad es incapaz de ponerse de acuerdo consigo misma.

Durante más de dos siglos, la ciudad cabía entera en esta isla estrecha y arrogante. Primero se llamó Nueva Ámsterdam, luego Nueva York, y durante generaciones nadie vio la necesidad de compartir el nombre con nadie. Al otro lado de los ríos había campo, pueblos dispersos, caminos embarrados y una sospecha persistente: aquello no era ciudad, y quizá nunca lo sería. Manhattan miraba hacia fuera como miran las capitales jóvenes, con una mezcla de ambición y desprecio.

El problema llegó cuando la ciudad empezó a desbordarse. A finales del siglo XIX, Manhattan era un embudo humano. Llegaban inmigrantes sin descanso, los edificios crecían hacia arriba porque no podían crecer hacia los lados, y la ciudad descubrió algo inquietante: el futuro estaba fuera de la isla. Para alcanzarlo había que cruzar puentes, ríos y, sobre todo, egos municipales.

Al otro lado del East River estaba Brooklyn, que no solo no quería ser absorbida, sino que tenía motivos de sobra para resistirse. Brooklyn era una ciudad independiente, grande, rica y orgullosa. Tan grande que, cuando se planteó la unificación, era la cuarta ciudad más poblada de Estados Unidos. Tenía ayuntamiento, periódicos propios y una autoestima perfectamente funcional. Sus habitantes cruzaban a Manhattan por trabajo o curiosidad, pero no por admiración. Decían “voy a Manhattan” con la misma naturalidad con la que otros dicen “voy a otra ciudad”.

La idea de la consolidación cayó en Brooklyn como una mala noticia anunciada con sonrisa. Los periódicos locales hablaron de anexión, de traición y de colonialismo urbano. Los políticos prometieron resistir hasta el final. Se dijo que Brooklyn perdería su alma y que acabaría convertida en un barrio grande, algo así como una ciudad jubilada. Cuando llegó el referéndum de 1894, el resultado fue tan ajustado que todavía hoy parece una broma pesada. Brooklyn perdió por poco. Entró en la nueva ciudad sin entusiasmo, sin alegría y sin ganas de olvidar lo que había sido.

Al este se extendía Queens, que no tuvo ni siquiera la posibilidad de sentirse traicionada, porque no era exactamente nada. Queens era un rompecabezas de pueblos, zonas rurales, muelles industriales y barrios que no se hablaban entre sí. No había un centro claro ni una identidad compartida. Para muchos de sus habitantes, la consolidación no fue una tragedia sino una promesa: transporte, servicios, inversiones. Queens no se unió a Nueva York con orgullo, pero tampoco con drama. Simplemente aceptó, y siguió siendo lo que es hoy: un territorio inmenso donde cada barrio cree vivir en una ciudad distinta.

Más al norte estaba el Bronx, que fue incorporado por partes, como si nadie tuviera muy claro qué hacer con él. Originalmente pertenecía al condado de Westchester y durante años fue una periferia administrativa, una zona que Nueva York fue engullendo poco a poco. Primero un distrito, luego otro. Durante décadas, el Bronx fue “la parte norte”, una expresión que suena a apéndice. No tuvo identidad política propia hasta 1914, cuando se convirtió en condado independiente. Hasta entonces, fue un lugar que ya era ciudad sin que nadie le hubiera explicado del todo en qué consistía eso.

En medio de todo esto estaba Harlem, que nunca fue ciudad independiente, pero que se comporta como si lo hubiera sido. Harlem fue pueblo holandés, suburbio elegante, luego epicentro cultural afroamericano. Su peso simbólico fue tan fuerte que acabó generando la ilusión de una autonomía que nunca existió en los papeles. Es uno de esos lugares que no necesitan fronteras legales para tener identidad. Basta con caminar por sus calles para entender por qué muchos creen que Harlem fue algo separado: lo fue, aunque solo en el imaginario.

Y luego está Staten Island, que aceptó la unión con la prudencia de quien firma un contrato largo sin estar del todo convencido. Siempre estuvo lejos, física y emocionalmente. Su conexión con el resto de la ciudad fue débil durante décadas, y todavía hoy se comporta como un pariente que aparece en las reuniones familiares, pero se sienta cerca de la puerta. Es el borough donde periódicamente reaparece la idea de la secesión, como si la consolidación de 1898 hubiera sido una prueba con posibilidad de desistimiento.

Todo esto quedó sellado el «1 de enero de Consolidación de 1898», un hito clave en la historia de Nueva York, la fecha : el 1 de enero de 1898, fecha en la que se consolidó una operación administrativa gigantesca que no tuvo nada de romántico. Un solo alcalde, un solo ayuntamiento, una sola ciudad compuesta por entidades que no se querían demasiado. Los defensores hablaban de eficiencia, de poder económico, de convertir Nueva York en una metrópolis a la altura de Londres o París. Los detractores advertían del caos, de la pérdida de autonomía y del dominio absoluto de Manhattan. Como suele ocurrir, todos tenían razón.

La nueva ciudad nació sin espíritu unitario. Funcionó desde el primer día como una federación informal, donde cada borough conservó su carácter, su resentimiento y su manera particular de entender el mundo. El metro hizo más por la unión que cualquier discurso político. Los puentes conectaron territorios, pero no borraron las diferencias.

Caminar hoy por Nueva York es recorrer una discusión que lleva más de un siglo abierta. Manhattan sigue creyéndose imprescindible. Brooklyn sigue actuando como si fuera una ciudad creativa que no necesita permiso. Queens presume de diversidad sin pedir validación. El Bronx defiende su identidad con una mezcla de orgullo y desconfianza. Staten Island observa desde la distancia, como si todavía estuviera decidiendo.

Nueva York no es una ciudad nacida de una fusión armónica. Es el resultado de una negociación permanente, de una suma de voluntades desiguales y de muchas reticencias mal resueltas. Quizá por eso funciona. Porque nunca intentó ser una cosa sola. Es una ciudad hecha de ciudades que aprendieron a convivir sin dejar de discutir. Y en esa tensión constante, en esa incapacidad para ponerse de acuerdo del todo, está buena parte de su energía.

Si alguna vez Nueva York parece exagerada, contradictoria o excesiva, conviene recordar su origen. No nació para ser coherente. Nació para sobrevivir junta. Y lo sigue haciendo.

Y sigue debatiendo, porque como dice la canción que hizo mundialmente famosa Sinatra Nueva York «is a city that never sleeps».

miércoles, 7 de enero de 2026

1903: EL AÑO EN QUE ESTADOS UNIDOS SE INVENTÓ UN PAÍS A MEDIDA

Panamá no nació de una revolución ni de una epopeya nacional, sino de una necesidad logística. Y desde entonces, el mundo pasa por allí sin hacer demasiadas preguntas. Que se preparen en Groenlandia.

Hay países que nacen tras una guerra, otros después de una larga humillación colonial y algunos, los más curiosos, aparecen porque alguien necesitaba entenderse mejor con la geografía. Panamá pertenece a esta última categoría: no fue exactamente una nación soñada, sino una solución técnica. Una zanja con bandera.

Hoy, el Canal de Panamá es uno de esos lugares por los que pasa el mundo sin detenerse. Cada año lo cruzan en torno a catorce mil barcos. Portacontenedores gigantescos, petroleros, gaseros, graneleros que llevan soja, trigo o minerales y algún crucero con turistas que fotografían esclusas como quien inmortaliza una catedral hidráulica. Por allí transita alrededor del seis por ciento del comercio marítimo mundial, que no es poco para una franja de agua que cabe en un mapa escolar.

El canal ingresa varios miles de millones de dólares al año y sostiene buena parte de la economía panameña. Es rentable, estratégico y absolutamente imprescindible para el tráfico entre Asia y la costa este de América. Cuando se atasca Suez, Panamá sonríe. Cuando suben los fletes, Panamá cobra. El canal es una máquina de hacer dinero con forma de geografía. Pero antes de ser una autopista acuática, el istmo era otra cosa: un lugar incómodo y una provincia que nadie veía

A finales del siglo XIX, Panamá era una provincia lejana de Colombia, un país que entonces miraba más hacia los Andes que hacia la selva húmeda del Caribe. El istmo estaba mal comunicado, poco poblado y mentalmente desligado de Bogotá. No era tanto una periferia como una distracción.

En todo el territorio vivían unas 250.000 personas, concentradas en su mayoría entre Panamá y Colón, a lo largo del ferrocarril transístmico. El interior era rural y disperso. Y el Darién, ese tapón verde que todavía hoy interrumpe la Carretera Panamericana, era directamente otra dimensión: ríos, selva, comunidades indígenas, nubes de mosquitos, serpientes venenosas, malaria y una ausencia casi total de Estado. El Darién no separaba países; separaba realidades.

Colombia no controlaba Panamá porque no podía llegar a él con facilidad. Gobernar desde Bogotá aquel istmo era como administrar una isla sin barcos. El sentimiento nacional colombiano allí era débil; el local, práctico; el internacional, inevitable. Panamá comerciaba con el mundo mientras Colombia discutía consigo misma. Y entonces reavivó una vieja idea: la de un canal que todos querían.

La idea de unir el Atlántico y el Pacífico no era nueva. Desde que en 1513 Núñez de Balboa fuera el primer europeo en avistar el Pacífico cruzando el istmo y demostrando que aquel trozo de selva era, desde el principio, un lugar pensado para ser atravesado, no para quedarse a vivir., los españoles la habían soñado, los franceses la intentaron y fracasaron con estrépito y miles de cadáveres, y los estadounidenses tomaron nota. La lección que aprendieron era clara: el problema no era solo técnico ni sanitario. Era político.

A comienzos del siglo XX, Estados Unidos estaba dejando de ser una potencia regional para convertirse en algo más ambicioso. Necesitaba un canal para mover su flota, su comercio y su influencia de costa a costa. Negoció con Colombia un tratado para construirlo. Colombia dudó, regateó y finalmente dijo que no. Fue un error pedagógico. Que Dinamarca tome nota.

Washington entendió entonces que negociar con Bogotá era complicado. Negociar con el istmo, en cambio, podía ser rápido, barato y eficaz. Si el canal no cabía en Colombia, tal vez Colombia sobraba. Que Dinamarca siga tomando nota.

En Panamá no existía un movimiento independentista sólido, épico ni multitudinario. No hacía falta. Bastaba con activar un sentimiento latente: la idea de que el istmo funcionaría mejor sin Bogotá. Estados Unidos incentivó discretamente a las élites locales, prometió prosperidad inmediata y dejó claro que la independencia sería reconocida sin demora.

La prensa local ayudó. Se habló de abandono, de centralismo, de futuro propio. Todo era cierto, pero nunca había sido urgente hasta que alguien lo volvió rentable. Y cuando Colombia amagó con enviar tropas, aparecieron buques estadounidenses frente a la costa. Como en Venezuela: no dispararon. No hizo falta. La diplomacia naval es muy persuasiva cuando se limita a estar.

En noviembre de 1903, Panamá proclamó su independencia. Colombia protestó. Estados Unidos reconoció al nuevo país de inmediato. El tratado que concedía a Washington el control del canal se firmó con una rapidez admirable. Panamá había nacido y, además de esclusas, ya tenía cláusulas.

Detrás de todo estaba Theodore Roosevelt, un presidente con afición por las frases musculares y las obras colosales. Años después resumiría el episodio con una sinceridad poco habitual en política exterior: “I took the Canal”. No dijo “lo construimos”, ni “lo negociamos”. Dijo “lo tomé”. Panamá venía incluido en el lote.

Durante décadas, Panamá fue soberana en el papel y tutelada en la práctica. Como las marionetas. El canal era estadounidense, el territorio que lo rodeaba también, y la política panameña orbitaba alrededor de esa realidad. El país no se organizó en torno a una identidad previa, sino alrededor de una infraestructura. Primero fue la zanja; luego, la nación.

Con el tiempo y con Torrijos, Panamá recuperó el control del canal y lo ha gestionado con notable eficiencia. Hoy es un país plenamente funcional, con problemas propios y una economía que gira, inevitablemente, alrededor de aquella decisión tomada en 1903. La independencia, vista con perspectiva, fue menos un acto romántico que una externalización estratégica.

Y ahora, con la tentación de repetir la jugada es donde la historia se vuelve incómodamente contemporánea. Si Estados Unidos fue capaz de facilitar el nacimiento de un país para asegurar una obra clave de su comercio y su defensa, ¿por qué no podría volver a hacerlo si las condiciones fueran favorables? No con cañoneras ni proclamas, sino con incentivos, inversiones y una calculadora. Por ejemplo, en Groenlandia.

Groenlandia es grande, fría, riquísima en minerales estratégicos y escandalosamente poco poblada. Unas 56.000 personas. Tiene autogobierno, un debate abierto sobre la independencia y una economía sostenida en buena parte por transferencias de Dinamarca. Está en el Ártico, ese tablero donde se cruzan nuevas rutas marítimas, bases militares y ambiciones geopolíticas.

A diferencia del Panamá de 1903, Groenlandia no necesitaría inventarse desde cero. El sentimiento nacional ya existe. La pregunta no es si podría independizarse, sino con qué padrinos. No haría falta un golpe de Estado ni una revolución. Bastaría con ofrecer prosperidad, salarios atractivos, infraestructuras, inversiones bien publicitadas y una narrativa convincente sobre el futuro. En un territorio pequeño, la política es más manejable y los números salen antes. La soberanía, como concepto, es muy flexible cuando cabe en un presupuesto.

La lección del istmo no significa que Estados Unidos esté hoy fabricando países en serie ni que Groenlandia vaya a convertirse mañana en un Panamá con hielo. Significa algo más simple e inquietante: que la historia ha demostrado que crear un país puede ser más barato que negociar con uno.

Panamá no fue un accidente. Fue un precedente. Un manual temprano de geopolítica aplicada, en el que una potencia entendió que, a veces, la forma más eficaz de controlar una infraestructura no es conquistarla, sino rodearla de soberanía recién estrenada. En 1903, Estados Unidos no expandió sus fronteras. Hizo algo más elegante: ajustó el mapa a sus necesidades. El canal exigía un país dócil, funcional y nuevo. Y el país apareció.

La historia no se repite exactamente. Pero conviene recordar que, cuando los intereses estratégicos son lo bastante grandes, la identidad nacional puede acelerarse, la autodeterminación puede incentivarse y los países —en circunstancias muy concretas— pueden surgir con la misma lógica con la que se abre una ruta marítima.

A veces, para que el mundo circule mejor, alguien decide dibujar una línea nueva en el mapa. Y luego la llama nación. Por mi parte, doy Groenlandia por entregada.

MANUAL PRÁCTICO PARA NO HACER YOGUR CON HORMIGAS

Internet tiene una habilidad extraordinaria para convencerte de que ideas claramente disparatadas son, en realidad, actos de curiosidad científica. Así fue como una noche acabé en la cocina, en pijama, con un tarro de leche en una mano y la vaga intención de fermentar algo con bacterias procedentes, en teoría, del intestino de una hormiga. No buscaba una revolución gastronómica; solo quería comprobar hasta dónde puede llegar una mala idea cuando se la deja sola con conexión wifi.

En algunos países europeos la tradición sostiene que colocar una pajita en un hormiguero, dejar que las hormigas treparan por ella y luego chuparla era un remedio contra el envejecimiento. ¿Cuál es el fundamento? Las hormigas son vistas como trabajadoras incansables y llenas de energía, capaces de cargar muchas veces su propio peso sin necesidad de descansar jamás. Estas pequeñas criaturas eran contempladas (y admiradas) como la personificación misma de la vitalidad, y era esa vitalidad la que se transfería al chupador de la pajitaa. Eso contaba la leyenda.

Se trata de una forma de "magia empática", donde "simpatía" en este caso significa "compartir" y "magia" implica un efecto sobrenatural. La resistencia, la energía juvenil, la fuerza y la aparente salud de las hormigas debían transmitirse mágicamente a través de la paja. Se creía que la pajita absorbía la "fuerza vital" de la hormiga y la transfería al aire interno de aquella, desde donde se dirigía al cuerpo de la persona que buscaba mayor salud, vigor y dinamismo.

Otros ejemplos de magia simpática de la historia incluyen comer el corazón de un león para lograr coraje, consumir testículos de animales para mejorar la virilidad y beber caldo de huesos para reforzar el esqueleto. La suposición era que la "esencia" del corazón, los testículos o el hueso consumidos se compartiría y repararía las partes del cuerpo correspondientes.

La ancestral "Doctrina de las Firmas" que se remonta a los antiguos griegos, pero fue popularizada en el siglo XVI por Paracelso es otro ejemplo de magia simpática. Sostenía que Dios o la naturaleza proporciona pistas sobre lo que los humanos deben consumir para curar enfermedades. Las nueces eran buenas para los trastornos cerebrales debido a su similitud en apariencia con el cerebro, la hepática trataría la enfermedad hepática ya que las hojas de la planta tienen la forma de hígado, y el cuerno de rinoceronte, por razones obvias, era la cura para la impotencia.

Creo que podemos descartar la magia simpática como una creencia mítica, impulsada en algunos casos por el efecto placebo. Pero ¿es posible que el contacto con las hormigas o sus secreciones tenga algún tipo de influencia fisiológica?

Las hormigas de la madera, las hormigas de campo y las hormigas carpinteras rocían ácido fórmico para ahuyentar a los depredadores. Lo que es todavía más interesante, ces que uando las colonias de hormigas guerrean entre sí, las hormigas soldado liberan ácido fórmico para enmascarar el olor de las feromonas que las hormigas enemigas dejan para marcar los senderos que guían a sus compañeras hacia la comida.

Dado que el ácido fórmico se aisló por primera vez de las hormigas aplastadas, su nombre deriva de "formica", el latín para hormiga. Si una hormiga se altera después de ser molestada con una pajita, puede soltar un poco de ácido fórmico. Esto ciertamente no tendría ningún efecto beneficioso para la salud, pero podría causar una leve irritación de la piel. Por otro lado, la picadura de una hormiga de fuego sería memorable, ya que tiene armas más potentes en forma de alcaloides que realmente pueden hacer daño cuando se inyectan en la piel. Tampoco aquí hay beneficios para la salud. Pero las hormigas de fuego solo se encuentran en climas tropicales del hemisferio sur.

Hay una forma en que el método de "paja en hormiguero" podría ser beneficioso para la salud. En lugar de meterse la pajita en la boca, ¡métala en un recipiente con leche! ¡Un momento, y tendrás yogur! Los orígenes del "yogur de hormiga" se remontan a Turquía y Bulgaria, donde se añadían hormigas rojas de la madera a la leche. La conversión de la leche en yogur requiere bacterias que producen ácidos láctico y acético que precipitan las proteínas de la leche y proporcionan enzimas para convertir algunas de las proteínas, grasas y azúcares de la leche en compuestos sabrosos.

La mala idea empezó, como casi todas las malas ideas modernas, a las once y media de la noche, cuando uno debería estar durmiendo, pero en su lugar está leyendo internet con una taza de té y una autoestima peligrosamente alta. En algún punto impreciso entre un artículo sobre fermentaciones “ancestrales” con hormigas y un hilo entusiasta con demasiados signos de exclamación, apareció la frase fatal: bacterias de hormigas capaces de fermentar leche.

Cerré el portátil con la determinación de quien ha aprendido algo inútil pero irreversible. Media hora después estaba en la cocina, en pijama, sosteniendo un tarro de leche como si fuera un artefacto explosivo de baja potencia. La cocina, a esas horas, tiene un aire confesional: la nevera zumba como si supiera más de ti de lo que debería y la encimera parece juzgar tus decisiones pasadas.

La idea era sencilla en teoría y profundamente sospechosa en la práctica. Según internet —esa fuente inagotable de certezas infundadas—, ciertas bacterias del género Fructobacillus, asociadas a hormigas amantes del azúcar, podían fermentar líquidos dulces. Alguien, en algún lugar, había decidido llamar a eso “yogur de hormigas”. Internet, fiel a su costumbre, no vio ningún problema en esa combinación de palabras.

Yo sí.

Empecé por abrir la nevera. El tarro de leche me miraba con inocencia bovina. No había pedido participar en ningún experimento etnobiológico ni ser el puente entre la microbiología y el arrepentimiento. Aun así, lo saqué. Lo dejé sobre la mesa. Me crucé de brazos. Pensé en las hormigas. Pensé en sus bacterias. Pensé, por primera vez con claridad, que quizá debería haberme dedicado a leer novelas.

El problema fundamental era logístico. No tenía bacterias de hormigas. Tenía, eso sí, un frutero con un plátano sospechosamente maduro y una maceta que parecía albergar más vida microscópica de la que un seguro del hogar consideraría razonable. Internet sugería que Fructobacillus vive en ambientes ricos en fructosa. Nada decía de que aceptara una invitación improvisada a un tarro de leche semidesnatada en una cocina europea.

Mientras calentaba ligeramente la leche —porque toda fermentación que se precie requiere un gesto técnico que no entendemos del todo— empecé a sospechar que el verdadero experimento no era microbiológico, sino psicológico. ¿En qué momento exacto dejamos de pensar “esto suena mal” y pasamos a pensar “qué interesante”?

Vertí la leche en un tarro limpio. O relativamente limpio. La palabra “relativamente” aquí hace mucho trabajo. Lo tapé. Lo miré. Esperé. No pasó nada. Lo cual, dadas las circunstancias, fue una noticia excelente.

Imaginé cómo sería explicarle esto a alguien al día siguiente.

—¿Qué haces con ese tarro?

—Nada. Intentaba no crear una nueva forma de vida por accidente.

Internet prometía resultados en días. Días. Nadie que haya fermentado algo involuntariamente en el fondo de una nevera confía en procesos que “mejoran con el tiempo”. El tiempo es exactamente lo que convierte la curiosidad en peligro.

Mientras el tarro reposaba en silencio, pensé en lo que realmente hacen estas bacterias en la naturaleza. Viven en hormigas, comen azúcar, producen ácidos, mantienen a raya a patógenos. No blanquean dientes, no purifican el alma y, desde luego, no tienen ninguna vocación láctea. Llamar “yogur” a lo que pudieran producir es como llamar “sinfonía” al ruido que hace una lavadora descompensada.

A la mañana siguiente, abrí el tarro con cautela. Olía… a nada. Quizá a decepción. No había cuajado, no había burbujas, no había signos visibles de revolución microbiana. Era, esencialmente, leche que había pasado la noche reflexionando sobre sí misma.

Fue un alivio.

Volví a guardar el tarro en la nevera y decidí que aquel experimento había sido un éxito precisamente porque no había tenido éxito alguno. No había creado yogur, ni probióticos, ni titulares. Había creado, eso sí, una valiosa enseñanza: internet confunde con facilidad interesante con buena idea.

Las bacterias de hormigas seguirán haciendo lo que llevan millones de años haciendo: vivir discretamente en insectos diminutos, fermentando azúcares donde nadie las ve. Y yo seguiré desayunando yogur hecho con bacterias que no provienen de un hormiguero ni de una madrugada de insomnio.

Apagué la luz de la cocina. La nevera volvió a zumbar. El tarro de leche quedó allí, intacto, como un monumento silencioso a esa frontera difusa entre la divulgación científica y el sentido común. Una frontera que, conviene recordarlo, no debería cruzarse nunca sin café… ni sin una buena dosis de paciencia.

¿EL ACEITE DE COCO BLANQUEA LOS DIENTES Y MEJORA LA HIGIENE BUCAL?

 

Hay pocas actividades humanas que inviten tanto a la reflexión como estar de pie en el baño, a primera hora de la mañana, con una cucharada de aceite de coco en la boca, sin poder hablar, sin poder tragar y preguntándote en qué momento exacto de tu vida llegaste a pensar que esto era una buena idea. Durante esos minutos, el ser humano descubre verdades profundas: que la lengua se cansa, que el tiempo es relativo y que cualquier promesa de salud eterna tiene un límite práctico bastante claro.

A esto se le llama oil pulling, una expresión inglesa que suena como a maniobra industrial pero que, en realidad, consiste en algo tan sencillo como hacer buches con aceite durante quince o veinte minutos. Sus defensores aseguran que blanquea los dientes, mejora la higiene bucal y, ya puestos, arregla medio cuerpo humano. Sus detractores sospechan que es otra moda del bienestar destinada a enriquecer a alguien con un blog muy convincente.

El método ha ganado una popularidad notable en los últimos años, especialmente el oil pulling con aceite de coco, quizá porque el coco tiene la rara virtud de parecer saludable incluso cuando se presenta en forma de tarta. La explicación habitual es que el aceite de coco contiene ácido láurico —aproximadamente un 47% de su composición—, una sustancia con propiedades antibacterianas. Dicho así suena muy serio, casi farmacéutico, lo cual tranquiliza bastante cuando uno está escupiendo aceite blanquecino en el lavabo.

La sonrisa, nos recuerdan constantemente, es una de las primeras cosas que los demás notan de nosotros. También es, al parecer, una puerta de entrada a todo tipo de catástrofes sistémicas si no se cuida adecuadamente. Basta con leer los carteles en la sala de espera del dentista para convencerse de que una encía inflamada puede acabar afectando al corazón, al hígado y, probablemente, al cambio climático. De modo que no es extraño que cualquier técnica que prometa una boca más sana despierte interés inmediato.

Hemos recorrido un largo camino desde el año 3000 de nuestra Era, cuando el cepillo de dientes era básicamente una ramita con aspiraciones higiénicas. Hoy convivimos con pastas dentífricas que prometen blancuras imposibles, enjuagues bucales que saben a incendio forestal y cepillos eléctricos que parecen diseñados por ingenieros aeroespaciales. En ese contexto, el oil pulling apareció en 2023 como una de las tendencias dentales más comentadas: natural, ancestral y sospechosamente sencilla.

La práctica no es nueva. Se remonta a la medicina ayurvédica india, con más de tres mil años de historia, y su objetivo original era contribuir a una vida larga y equilibrada. Tal como suele ocurrir con estas cosas, el método volvió a ponerse de moda en los años noventa gracias a un médico llamado Tummala Koteswara Rao, quien afirmó haber curado su asma crónica mediante el enjuague bucal con aceite. Animó a su esposa a probarlo y, según él, también desaparecieron unas venas varicosas que la acompañaban desde hacía veinticinco años. A partir de ahí, el entusiasmo se propagó con la velocidad habitual de los testimonios milagrosos. Si no lo creen, pregunten en Lourdes.

Rao llegó a esta práctica tras leer un artículo que aseguraba que los chamanes siberianos utilizaban el oil pulling para protegerse de todo tipo de dolencias. Esto, aunque fascinante, no deja de pertenecer a esa categoría de argumentos que empiezan con “según los chamanes…” y terminan con una ceja levantada. Las anécdotas son reconfortantes, pero no constituyen pruebas. Aun así, el método encontró un hogar cómodo en la industria del bienestar.

Los defensores del oil pulling no se quedaron cortos en sus promesas. Según ciertas organizaciones entusiastas, este enjuague es un remedio seguro, barato, divino y casi omnipotente. Dicen que cura alergias, resfriados, caries, infecciones varias, dolores de cabeza, migrañas, problemas de espalda, labios agrietados e irritabilidad, lo cual es notable, porque la irritabilidad suele aumentar precisamente cuando uno lleva diez minutos con aceite en la boca.

El problema es que todas estas dolencias tienen algo en común: muchas mejoran solas con el paso del tiempo. Atribuir su desaparición al aceite resulta, como mínimo, aventurado. Además, algunas afirmaciones, como la supuesta eliminación de toxinas de la sangre, tropiezan con un obstáculo anatómico bastante serio: la mucosa oral no funciona como una autopista directa al torrente sanguíneo.

El procedimiento es sencillo. Se recomienda tomar una cucharada de aceite de coco o de sésamo y hacer buches durante quince o veinte minutos, hasta que el aceite se vuelva blanco y lechoso. Luego se escupe, se enjuaga la boca y —detalle crucial— se cepillan los dientes con pasta dental. El oil pulling no sustituye el cepillado, aunque hay quien parece haber pasado por alto este matiz y ha decidido confiar su higiene dental exclusivamente a una botella de aceite.

Parte del atractivo del método reside en el miedo al flúor, una sustancia injustamente tratada como villano químico pese a ser uno de los avances mejor documentados en salud dental. Que algo sea natural no lo hace automáticamente mejor. De hecho, la naturaleza ha producido algunas de las peores ideas de la historia.

En cuanto a cómo podría funcionar el oil pulling, las hipótesis son variadas. Una sugiere que la viscosidad del aceite dificulta que las bacterias se adhieran a los dientes, formando una especie de película protectora. Otra apunta a las propiedades antioxidantes del aceite. Y la tercera, quizá la más pintoresca, propone que en la boca ocurre un proceso de saponificación: básicamente, fabricar jabón con saliva y aceite. No aparecerá una pastilla de jabón entre los molares, pero la mezcla resultante podría ayudar a desprender la placa bacteriana.

Ninguna de estas teorías ha sido confirmada de manera definitiva, pero algunos estudios sugieren que el oil pulling puede mejorar la higiene bucal. Investigaciones han mostrado reducciones en bacterias orales, gingivitis, halitosis e incluso caries, con resultados comparables a ciertos enjuagues tradicionales, aunque con la desventaja evidente de requerir veinte minutos de silencio aceitosa.

El aceite de coco, además, tiene propiedades antifúngicas que podrían ayudar contra la candidiasis oral, un problema frecuente en personas mayores o en quienes toman ciertos medicamentos. No es una solución milagrosa, pero tampoco parece completamente inútil.

Así que decidí probarlo. Tomé una cucharada de aceite de coco, la introduje en la boca y comencé a hacer buches. A los dos minutos, mi lengua empezó a protestar. A los cinco, abandoné. No sé cómo alguien logra mantener esto durante quince minutos sin replantearse todas sus decisiones vitales. Tal vez la verdadera virtud del oil pulling sea enseñarnos paciencia.

¿Funciona? Quizá un poco. ¿Blanquea los dientes? De manera modesta, si acaso. ¿Es un milagro? No. Pero si se combina con cepillado, hilo dental y sentido común, puede ser una curiosidad interesante. Eso sí, conviene tener claro que la boca no es una refinería y que no todo lo que suena ancestral es automáticamente sabio.

Si te animas a probarlo, adelante. Solo asegúrate de no hablar, no tragar y no esperar que te cure el asma, las varices y el mal humor antes del desayuno.

martes, 6 de enero de 2026

EL TÉ: UNA INFUSIÓN CON HISTORIA, QUÍMICA Y UN POCO DE FANTASÍA

 

Después del agua, el té es la bebida más consumida del mundo. Eso quiere decir que, mientras lees esto, alguien en alguna parte —probablemente varios millones de personas— está levantando una taza humeante con la esperanza de despejar la cabeza, pasar el rato o simplemente no quedarse dormido. El té sirve para todo eso y para casi nada más. Lo cual, en tiempos de promesas milagrosas, es ya una virtud.

La leyenda dice que el té fue un accidente. El emperador chino Shen Nung hervía siempre el agua por razones higiénicas —un adelantado— y un día unas hojas cayeron en el recipiente. Bebió. Le gustó. Notó que le espabilaba. De ahí a convertirlo en bebida nacional había un paso corto, sobre todo si uno es emperador. La historia es bonita y probablemente falsa, pero cumple su función: recordar que el té nació sin marketing.

Cuando llegó a Europa, en el siglo XVII, no despertó el mismo entusiasmo. Era caro, extranjero y sospechoso. El clero lo miraba con desconfianza, como suele ocurrir con casi todo lo placentero. Un reverendo inglés, Stephen Hales, intentó demostrar su peligrosidad sumergiendo la cola de un cochinillo en una taza de té caliente: al sacarla, estaba sin pelo. El experimento probaba, en rigor, que el agua caliente quema, pero no detuvo la expansión del té. La gente siguió bebiéndolo, que es una forma muy educada de desoír a los alarmistas.

Todo el té procede de una única planta, Camellia sinensis. No hay misterio botánico: lo que cambia no es la especie, sino el trato que reciben las hojas. El té negro se oxida por completo; el verde apenas se deja hacerlo; el oolong se queda a medio camino. Esa diferencia técnica —que durante años se llamó “fermentación”, aunque no lo sea— es la responsable del sabor, del color y, como luego veremos, de buena parte del interés científico.

Porque el té, además de agua caliente con hojas, es química. Contiene cientos de compuestos, pero los protagonistas son los polifenoles, y dentro de ellos las catequinas. Son responsables del amargor leve, de la astringencia y del entusiasmo de los investigadores. La estrella del grupo se llama epigalocatequina-3-galato, o EGCG, nombre que invita a pedir otra cosa, pero que aparece con frecuencia en artículos científicos.

El entusiasmo moderno por el té no surgió en una casa de té japonesa, sino en Holanda. En 1993, un estudio epidemiológico observó que las personas que consumían más flavonoides tenían menos enfermedades coronarias. El té era una de las principales fuentes de esos compuestos y beber varias tazas al día parecía asociarse con cierta protección cardiovascular. Los resultados se publicaron en The Lancet, que no es precisamente una revista de autoayuda, y despertó un interés inmediato.

A partir de ahí, todo encajaba demasiado bien. En países donde se bebe mucho té, como China o Japón, las enfermedades cardiovasculares eran menos frecuentes que en Occidente. Además, existía una explicación plausible: el colesterol hace daño sobre todo cuando se oxida, y las catequinas son antioxidantes. Neutralizan radicales libres, esas moléculas reactivas a las que se culpa de casi todo desde hace décadas. La historia era elegante, y eso siempre es peligroso.

Los radicales libres también se han relacionado con el cáncer, así que la lógica llevó a preguntarse si el té podía proteger frente a ciertos tumores. En Japón, donde se fuma bastante y se bebe mucho té verde, las tasas de cáncer de pulmón eran relativamente bajas. En China, algunos estudios observaron menos cáncer de esófago entre grandes bebedores de té verde. En Estados Unidos, apareció alguna asociación con menor riesgo de cáncer de páncreas. Las piezas parecían encajar, pero la epidemiología es un arte delicado: cuando uno mira países enteros, siempre hay demasiadas variables bailando a la vez.

Los experimentos con animales reforzaron la impresión de que algo había ahí. Ratas alimentadas con dietas ricas en colesterol mejoraban sus niveles sanguíneos si recibían extractos de té verde. Ratones expuestos a carcinógenos desarrollaban menos tumores si bebían té. Incluso el cáncer de piel disminuía en animales irradiados con luz ultravioleta cuando el té entraba en escena. Todo muy prometedor, todo muy ratonil.

En el laboratorio, el té se comporta de forma ejemplar. Neutraliza radicales libres en tubos de ensayo con una eficacia comparable —y a veces superior— a la de frutas y verduras. Solo el ajo suele competir con él, lo que plantea un problema práctico evidente. La EGCG, además, inhibe el crecimiento de células cancerosas humanas cultivadas y modula enzimas implicadas en la invasión tumoral. El té, en placas de Petri, es un héroe discreto.

El problema es que los humanos no somos placas de Petri ni ratones con agua verde en el bebedero. Durante años, esa fue la objeción principal: ningún estudio observacional ni ningún experimento animal podía demostrar que el té previniera el cáncer o las enfermedades cardíacas en personas reales. Para eso hacen falta ensayos de intervención, largos, caros y poco glamurosos.

Hubo algunos. Uno de los más citados se realizó en China con personas que presentaban lesiones precancerosas en la boca. Normalmente, una parte significativa de estos pacientes acaba desarrollando cáncer. A la mitad se les administró una mezcla de extractos de té verde y negro; a la otra mitad, un placebo. Tras seis meses, las lesiones habían disminuido de forma notable en el grupo del té. No era la prueba definitiva de nada, pero sí una señal clara de que el té podía producir efectos medibles en humanos, más allá de la metáfora antioxidante.

Con todo, la conclusión sensata sigue siendo modesta. El té es una bebida segura, culturalmente importante y químicamente interesante. Sus catequinas tienen efectos biológicos bien documentados en condiciones experimentales. En humanos, los datos sugieren beneficios posibles, sobre todo cardiovasculares, pero lejos de cualquier milagro embotellado. Beber té no compensa fumar, comer mal o vivir estresado, pero tampoco estorba.

Quizá ese sea su mayor mérito. El té no promete la inmortalidad ni la pureza interior. Solo ofrece una pausa caliente, un ligero amargor y la sensación —no del todo falsa— de estar haciendo algo razonable por el cuerpo mientras se pierde el tiempo. En un mundo saturado de soluciones definitivas, una taza de té es una propuesta sorprendentemente honesta.

Hubo una época —no tan lejana— en la que los antioxidantes parecían una fuerza moral. Estaban en todas partes: en los anuncios, en los envases, en las conversaciones de sobremesa. Uno podía imaginarse a los radicales libres como una banda de maleantes microscópicos y a los antioxidantes como policías bioquímicos entrando a restablecer el orden. La metáfora era perfecta, y como todas las metáforas perfectas, excesiva.

La ciencia, que suele llegar tarde a las fiestas, fue poniendo algo de orden. Descubrió que los radicales libres no son solo villanos, sino también mensajeros necesarios, y que eliminar demasiados puede ser tan mala idea como no eliminar ninguno. Descubrió, además, que muchos antioxidantes funcionan de maravilla en tubos de ensayo y de forma bastante discreta dentro de un cuerpo humano, que es un sistema menos agradecido y mucho más complejo.

Mientras tanto, la industria nutricional ya había hecho su trabajo. Aparecieron los superalimentos, los extractos concentrados, las cápsulas milagrosas. El té también pasó por ahí, embotellado, pulverizado, destilado, convertido en promesa. Todo menos bebido con calma. No es culpa del té: es el destino habitual de cualquier cosa razonable cuando se la deja a solas con el marketing.

Hoy sabemos que la salud no se deja convencer fácilmente por palabras de moda. No depende de una molécula aislada ni de una bebida concreta, sino de un conjunto aburrido de hábitos: comer sin heroicidades, moverse un poco, dormir algo, no fumar demasiado. El té puede formar parte de ese paisaje sin problemas, pero no liderarlo.

Quizá convenga devolverlo a su lugar original. No como escudo contra el cáncer ni como antídoto universal, sino como lo que siempre fue: agua caliente con hojas, una excusa para detenerse y una tradición que ha sobrevivido siglos sin necesitar etiquetas nutricionales. A veces, eso también cuenta como salud.

POR QUÉ CHINA NO QUIERE GOBERNAR EL MUNDO (AUNQUE PUEDA PARECERLO)

 

Mapa político de China. El país tiene más de 9,5 millones de km² y se subdivide en treinta y tres regiones administrativas, muchas de ellas de carácter histórico. El mapa político es el resultado de un largo proceso histórico, con regiones antiguas que han ido mutando y transformándose con los siglos. De hecho, la organización administrativa actual todavía refleja la división entre la «China central», habitada mayoritariamente por población de origen han, y la periferia históricamente dominada por otras etnias.

Cada cierto tiempo reaparece la misma pregunta, formulada siempre con un punto de inquietud: ¿está China a punto de dominar el mundo? La cuestión suele ir acompañada de gráficos ascendentes, cifras mareantes y alguna metáfora histórica inevitable: Roma, el Imperio británico, Estados Unidos tras 1945.

El problema no es que la pregunta sea absurda, sino que está mal planteada. China es hoy una potencia enorme, probablemente la mayor que ha existido en términos demográficos y productivos. Pero eso no significa que quiera —ni que pueda— ejercer una hegemonía global al estilo clásico. De hecho, observada con algo de calma, China aparece menos como un aspirante a gobernar el mundo que como un país gigantesco obsesionado con no desestabilizarse a sí mismo.

La primera de sus debilidades es geográfica y bastante poco romántica. China es una potencia continental con una salida marítima incómoda. Toda su costa relevante da al Pacífico occidental, una de las zonas más vigiladas, militarizadas y congestionadas del planeta. No tiene océanos abiertos ni rutas limpias. Tiene estrechos, archipiélagos, mares disputados y vecinos nerviosos. En ese sentido, se parece más de lo que suele admitirse a Rusia: gran profundidad territorial, enorme masa continental y, al mismo tiempo, salidas al mar limitadas y vulnerables.

La diferencia es que Rusia puede permitirse, hasta cierto punto, vivir de espaldas al comercio global. China no. Su economía depende de que barcos cargados de energía, alimentos y materias primas entren y salgan sin demasiadas interrupciones. Por eso su política exterior tiene algo de obsesión logística. No busca dominar los océanos como hizo Estados Unidos; busca algo más modesto y urgente: que no se los cierren.

Esta vulnerabilidad explica muchas cosas que desde fuera parecen agresivas. El empeño en el mar de China Meridional. La obsesión con Taiwán. La acumulación de puertos “amigos” a lo largo de rutas comerciales. No es expansionismo clásico; es ansiedad estratégica. China no sueña con portaaviones patrullando el Atlántico. Sueña con que sus rutas sigan funcionando mañana por la mañana.

La segunda debilidad es cultural y suele pasarse por alto. China no sabe colonizar. O, más exactamente, no quiere hacerlo. No tiene tradición de enviar grandes masas de población al exterior para reproducir su sociedad, su política y su cultura en otros territorios. Su diáspora existe, sí, pero es económica, no imperial. No crea sociedades políticas chinas fuera de China. No exporta ciudadanos; exporta capital, infraestructuras y técnicos temporales que, en cuanto terminan el trabajo, vuelven a casa.

Esto la diferencia radicalmente de los imperios europeos y también de Estados Unidos. Donde otros enviaban colonos, China firma contratos. Donde otros construían sociedades nuevas, China construye carreteras, puertos y redes eléctricas. Es un modelo menos intrusivo y, por eso mismo, más aceptable para muchos países. Pero también es un modelo limitado. Permite influencia, no control. Permite presencia, no gobierno.

China puede financiar un puerto en África, pero no gobernar un país africano. Puede condicionar decisiones económicas, pero no reordenar sociedades enteras. Su poder es funcional, no cultural. Y eso, en un sistema internacional, es una ventaja y una desventaja al mismo tiempo.

La tercera debilidad —la decisiva— es demográfica. China tiene que alimentar, emplear y mantener razonablemente satisfechos a 1.400 millones de personas. Y ya no basta con alimentarlas. Tiene que ofrecerles una vida cada vez más parecida a la occidental: consumo, estabilidad, movilidad social, expectativas. Esa es la verdadera línea roja del sistema chino. Todo lo demás es secundario.

China es la mayor potencia demográfica del mundo. Con más de 1.400 millones de habitantes alberga a más del 18% de la población mundial en el tercer país más extenso del planeta, además de una amplia diáspora. Sin embargo su distribución está lejos de estar equilibrada, con una alta densidad de población en las costas y las cuencas inferiores, así como en las llanuras fluviales de los grandes y fértiles ríos como el Amarillo, Yangtsé o Mekong, y una densidad muy baja en el interior.

Un país con ese volumen humano no puede permitirse aventuras prolongadas. Cada conflicto serio rompe flujos comerciales, encarece la energía, dispara el desempleo y amenaza la legitimidad política. Un ejército enorme no resuelve ese problema; lo agrava. La logística de mantener una guerra exterior es trivial comparada con la logística de mantener la paz interior de una sociedad de ese tamaño.

Por eso China detesta la guerra abierta. No por pacifismo, sino por aritmética. El riesgo no es perder un conflicto; es perder el control interno. La historia china está llena de colapsos provocados no por invasiones extranjeras, sino por crisis internas: hambrunas, rebeliones, fragmentación. Esa memoria pesa mucho más que cualquier ambición imperial.

Lo interesante es que ellos lo saben. El liderazgo chino no se cree su propia propaganda. Entiende perfectamente sus límites. Sabe que no puede sostener una hegemonía militar global. Sabe que no puede bloquear océanos. Sabe que no puede exportar población. Y sabe, sobre todo, que su mayor enemigo no está fuera, sino dentro.

Por eso su estrategia es lenta, paciente y profundamente poco épica. No busca golpes decisivos, sino desgaste. No pretende sustituir un orden mundial por otro de la noche a la mañana, sino modificar las reglas lo justo para poder seguir funcionando. China no quiere ser el policía del mundo. Quiere que no haya demasiados incendios cerca de su casa.

Esto explica también su retórica sobre el “nuevo orden mundial”. No es un proyecto de dominación, sino una petición interesada de estabilidad. Un mundo multipolar, en la visión china, no es un mundo más justo; es un mundo menos peligroso para un país que necesita previsibilidad para sobrevivir.

Desde fuera, esta actitud se confunde a menudo con astucia imperial. Desde dentro, se parece más a una política de contención preventiva. China avanza porque no puede permitirse retroceder, pero tampoco puede correr. Su poder es enorme, sí, pero está constreñido por geografía, cultura y demografía.

Quizá por eso genera tanta incomodidad. No encaja en los modelos clásicos. No invade, pero presiona. No coloniza, pero condiciona. No gobierna, pero influye. Es un poder sin épica, sin banderas clavadas en mapas lejanos, sin discursos de misión civilizadora. Un poder aburrido, casi administrativo. Y, sin embargo, profundamente eficaz.

La paradoja es que China parece más peligrosa cuanto menos intenta parecerlo. No porque quiera dominar el mundo, sino porque no necesita hacerlo para alterar su funcionamiento. Le basta con seguir existiendo, comerciando y creciendo lo suficiente como para que el sistema tenga que adaptarse a ella.

En ese sentido, el verdadero “nuevo orden mundial” no consiste en un imperio chino, sino en algo mucho más prosaico: un mundo que gira cada vez más en torno a un país que no quiere gobernarlo, pero que no puede dejar de estar en el centro.

Y quizá esa sea la forma más estable —y más inquietante— de poder que existe.

DESTINO MANIFIESTO: ORIGEN Y USO DE UNA FICCIÓN HISTÓRICA

El Destino Manifiesto suele presentarse como una convicción profunda, casi inconsciente, que habría guiado la expansión de Estados Unidos desde sus orígenes. Sin embargo, leído con atención, el concepto aparece tarde, mal definido y más útil para explicar el pasado que para haberlo dirigido. Este artículo examina de dónde surge la expresión, cómo se utilizó y por qué acabó funcionando como una ficción histórica capaz de dar coherencia moral a procesos mucho más prosaicos.

El progreso Americano, obra alegórica de John Gast (1872, Biblioteca del Congreso de EE UU), que refleja la idea del Destino manifiesto y el avance por esas supuestas tierras salvajes del Oeste.

Durante mucho tiempo, el "Destino Manifiesto· ha sido presentado como una especie de fe nacional, una convicción profunda y compartida que habría empujado a Estados Unidos a expandirse hacia el oeste con la naturalidad de quien cumple un mandato histórico. Se lo cita como si hubiera sido una idea clara, formulada desde el poder y aceptada sin demasiadas dudas, una doctrina invisible pero eficaz que guiaba a presidentes, generales y colonos por igual. El problema, una vez más, es que cuando uno intenta localizar esa doctrina, descubre que no está donde se supone que debería estar.

El Destino Manifiesto no fue una política de Estado, ni un principio presidencial, ni una idea formulada conscientemente desde el gobierno. No aparece en mensajes inaugurales, ni en discursos oficiales, ni en documentos programáticos. Ningún presidente proclamó jamás que Estados Unidos se expandía porque así lo dictaba el destino. La expresión existió, sí, pero su recorrido fue mucho más modesto y, al mismo tiempo, más revelador.

El término Manifest Destiny fue acuñado en 1845 por John L. O'Sullivan, un periodista entusiasta, más proclive a la grandilocuencia que a la precisión. O’Sullivan no hablaba desde el poder, ni diseñaba estrategias de Estado. Escribía artículos, defendía causas y ponía palabras solemnes a procesos bastante más prosaicos. Su gran aportación fue encontrar una fórmula afortunada: un destino que no necesitaba demostración porque era “manifiesto”, evidente, casi natural.

La elección del adjetivo es significativa. Manifiesto no significa planificado ni debatido. Significa obvio. Algo que ocurre porque no puede no ocurrir. El Destino Manifiesto no era un programa político, sino una coartada narrativa. No decía qué debía hacerse, sino por qué lo que ya se estaba haciendo era inevitable.

Y lo que se estaba haciendo era expandirse. Colonizar territorios, desplazar poblaciones indígenas, anexionar tierras, provocar conflictos fronterizos y, llegado el caso, declarar guerras. Nada de eso necesitaba una doctrina previa para ponerse en marcha. Bastaban la presión demográfica, la especulación, los intereses económicos y una considerable dosis de violencia. El Destino Manifiesto llegó después, como llegan las explicaciones tranquilizadoras.

Presidentes como James K. Polk, responsable de una de las mayores expansiones territoriales de la historia estadounidense, no hablaban de destino ni de providencia. Hablaban de seguridad, de fronteras naturales, de derechos heredados y de oportunidades estratégicas. Polk actuó con determinación, pero sin misticismo. El Destino Manifiesto no guió sus decisiones: sirvió para contarlas después.

Aquí conviene detenerse un momento en una confusión habitual. A menudo se asocia el Destino Manifiesto con figuras como Horace Greeley, quizá porque su famoso “Go West” encaja bien en la iconografía del mito. Pero la asociación es engañosa. Greeley no acuñó el término ni lo convirtió en doctrina. Además, mantuvo posiciones mucho más ambivalentes respecto a la expansión, sobre todo cuando implicaba guerra o extensión de la esclavitud. Su exhortación al oeste tenía más de movilidad social que de teología nacional.

El éxito posterior del Destino Manifiesto tiene menos que ver con su influencia real y más con su utilidad historiográfica. Es una idea cómoda. Compacta. Explica muchas cosas de golpe y las envuelve en un lenguaje moral que suaviza los bordes más incómodos. Hablar de destino resulta más llevadero que hablar de expulsiones forzosas, guerras de conquista o decisiones oportunistas.

Así, un eslogan periodístico relativamente marginal acabó convertido en una especie de motor histórico universal. Se aplicó retroactivamente a décadas de expansión, como si hubiera estado operando desde el principio, silencioso pero firme. El problema es que esta lectura invierte el orden real de las cosas. No fue el Destino Manifiesto el que produjo la expansión; fue la expansión la que produjo el Destino Manifiesto.

El paralelismo con la llamada doctrina Monroe es evidente. En ambos casos, un texto o una expresión concreta, limitada y circunstancial, acaba transformándose en doctrina retrospectiva. En ambos casos, la historia fabrica coherencia donde hubo decisiones fragmentarias. Y en ambos casos, el resultado es una narrativa mucho más ordenada que la realidad que pretende explicar.

El Destino Manifiesto nunca fue una creencia uniforme ni compartida sin fisuras. Fue discutido, contestado y rechazado por amplios sectores de la sociedad estadounidense. Hubo oposición política, resistencia moral y conflictos internos profundos. Presentarlo como una fe nacional inconsciente es una forma elegante de borrar esas tensiones.

Lo que sí fue el Destino Manifiesto es un lenguaje eficaz. Permitió a muchos estadounidenses verse a sí mismos no como agentes de un proceso violento, sino como instrumentos de algo más grande. Redujo la responsabilidad individual y colectiva al mínimo necesario. No se conquistaba; se cumplía un destino. No se expulsaba; se avanzaba. No se decidía; se obedecía a la historia.

Por eso el concepto sobrevivió a su contexto original. Porque no explicaba tanto lo que ocurrió como cómo se quiso recordar lo ocurrido. Funcionó como un atajo moral, una forma de narrar el pasado sin detenerse demasiado en los detalles incómodos.

A diferencia de las doctrinas oficiales, el Destino Manifiesto no necesitó ser derogado. Simplemente fue perdiendo utilidad a medida que cambiaban las circunstancias. Pero su sombra siguió ahí, reapareciendo cada vez que Estados Unidos necesitó explicar su relación con el territorio, el poder o la expansión, ya fuera continental o de otro tipo.

Al final, el Destino Manifiesto no fue una doctrina que guiara la historia, sino una historia que se contó para hacer la historia más soportable. No empujó a nadie hacia el oeste. Llegó después, para explicar por qué ya se había llegado.

Como ocurre con tantas ideas convertidas en dogma retrospectivo, su éxito no reside en su verdad, sino en su comodidad. Y pocas cosas resultan tan cómodas como pensar que lo que ocurrió no podía haber ocurrido de otra manera.