La sal rosa del Himalaya es una
sal de roca natural, extraída en Pakistán, valorada por su color rosado debido
al óxido de hierro y otros minerales (calcio, magnesio, potasio), y se
promociona como alternativa saludable a la sal común, aunque su aporte en yodo es
nulo.
La sal rosa del Himalaya es uno
de esos productos que han logrado lo que muy pocos consiguen en la era moderna:
parecer antiguos, puros, espirituales y, al mismo tiempo, perfectamente
compatibles con Instagram. Viene en tonos rosados seductores, suele presentarse
en caros recipientes minimalistas que sugieren calma interior y promete, sin
decirlo nunca del todo, que quien la usa ha tomado mejores decisiones vitales
que el resto de la humanidad. Para sus apologistas, cambiar la sal blanca
“industrial” por sal rosa no es solo una elección culinaria: es una declaración
moral.
La verás aparecer en redes
sociales en cuestión de minutos. Una influencer de bienestar, perfectamente
iluminada, te explicará que la sal de mesa es “tóxica” y que esta, en cambio,
es “natural”. Incluso la célebre dieta TB12 del legendario quarterback Tom
Brady recomienda la versión rosada, lo que sugiere que, además de seis anillos
de la Super Bowl, quizá también sea responsable de la juventud eterna. El
mensaje es claro: esta sal es más pura, más sana y probablemente esté alineada
con tus chakras.
Solo hay un pequeño
inconveniente. Es un timo.
O, para ser justos, un timo
elegante. La sal rosa del Himalaya contiene trazas de minerales como potasio,
magnesio o calcio, lo cual suena formidable hasta que uno recuerda que esas
trazas son tan diminutas que habría que consumir cantidades peligrosas de sal
para obtener un beneficio apreciable. Químicamente, la sal rosa sigue siendo,
en un 97–99 %, cloruro de sodio. Exactamente lo mismo que la sal blanca común.
No desintoxica, no equilibra el pH sanguíneo —que por cierto está regulado con
una precisión que haría llorar de envidia a cualquier influencer— y no aporta
beneficios fisiológicos que sobrevivan a un análisis mínimamente serio.
Lo que sí aporta es estética.
Hace que la cocina parezca una revista de estilo de vida. Y eso, hoy en día,
cuenta mucho.
El verdadero problema no es lo
que la sal rosa contiene, sino lo que no contiene. Le falta yodo. Y el yodo no
es un adorno opcional en la dieta humana: es un micronutriente esencial. Sin
él, la glándula tiroides no puede fabricar las hormonas tiroideas, la tiroxina
(T4) y la triyodotironina (T3), que regulan el metabolismo, la temperatura
corporal, la frecuencia cardíaca, el crecimiento y, lo que es más importante,
el desarrollo cerebral. Dicho sin rodeos: sin yodo, el cuerpo funciona mal.
La inflamación visible de la tiroides produce el bocio típico del hipotiroidismo
España lo aprendió por las malas.
A mediados del siglo XX, la deficiencia de yodo era tan común que el bocio —el
agrandamiento visible de la tiroides— formaba parte del paisaje humano. En 1947
se instauró la yodación obligatoria de la sal de mesa, una medida tan discreta
como brillante. Nadie tuvo que cambiar sus hábitos, nadie tuvo que aprender
nada nuevo y, sin embargo, la prevalencia del bocio y del hipotiroidismo se
desplomó. Fue uno de los mayores éxitos silenciosos de la salud pública.
Y ahora lo estamos deshaciendo,
cucharada a cucharada, por motivos decorativos.
Cuando alguien sustituye la sal
yodada por sal rosa del Himalaya, elimina sin ruido una de las fuentes más
fiables de yodo de su dieta. Al principio no ocurre nada llamativo. La
deficiencia de yodo no provoca fuegos artificiales. Es un proceso lento, educado,
casi británico. La tiroides empieza a quedarse corta de materia prima, produce
menos T3 y T4, y la hipófisis responde liberando más hormona estimulante de la
tiroides (TSH), obligando a la glándula a trabajar más. Con el tiempo, ese
esfuerzo constante puede hacer que la tiroides crezca, formando un bocio, sin
llegar siquiera a producir suficientes hormonas funcionales para arreglar el
problema.
Las consecuencias del
hipotiroidismo son variadas y desagradables: fatiga persistente, aumento de
peso, intolerancia al frío, piel seca, caída del cabello, pulso lento, bajo
estado de ánimo y una especie de niebla mental que hace que todo resulte un
poco más cuesta arriba. Nada de esto encaja bien con la imagen radiante que
promete la sal rosa.
Durante el embarazo, el asunto es
mucho más serio. El cerebro del feto depende de las hormonas tiroideas maternas
en las primeras fases del desarrollo, y una deficiencia de yodo en ese periodo
puede causar daños neurológicos permanentes. No es una hipótesis marginal ni
una disputa académica: es fisiología básica, de la que se examinan los
estudiantes de primer curso de Medicina.
Paradójicamente, la deficiencia
de yodo está reapareciendo no por falta de alimentos, sino por exceso de
consejos. Se repite a menudo que no hay problema porque gran parte de la sal
que consumimos procede de alimentos procesados. Pero ahí está el truco: esa sal
no suele estar yodada. El principal aporte de yodo en muchas dietas modernas
sigue siendo la sal que se añade en casa. Exactamente la que los gurús del
bienestar recomiendan abandonar.
Un estudio reciente mostraba que
una proporción alarmante de mujeres embarazadas presentaba niveles inadecuados
de yodo en el primer trimestre, incluso tomando suplementos después de saber
que estaban embarazadas. El daño, en esos casos, ya podía estar hecho. No
porque nadie hubiera decidido conscientemente ignorar la ciencia, sino porque
alguien, en algún momento, pensó que una sal más bonita era una sal mejor.
Conviene aclarar algo importante:
esto no es una invitación a consumir más sal. La mayoría de nosotros ya
ingerimos más sodio del que conviene a nuestro sistema cardiovascular. Es, más
bien, una invitación a elegir con criterio la poca sal que usamos. La sal
yodada no es una conspiración industrial ni un residuo del pasado: es una
herramienta sencilla, barata y extraordinariamente eficaz de salud pública.
La sal rosa del Himalaya no te
desintoxica. No equilibra nada que esté fuera de equilibrio. No mejora la
función tiroidea ni aporta minerales en cantidades relevantes. Es, en esencia,
sal cara con un buen departamento de marketing y una mina fotogénica en
Pakistán. Y aunque no sea venenosa, su uso sistemático en lugar de sal yodada
puede tener consecuencias reales, discretas y acumulativas.
Así que, si lo que buscas es un bienestar auténtico —del tipo que no se puede fotografiar— quizá la decisión más saludable sea también la menos vistosa: esa humilde sal blanca, ligeramente yodada, que lleva décadas evitando enfermedades sin pedir “likes” a cambio.




