Vivir mucho tiene ventajas
indiscutibles: uno acumula recuerdos, manías, anécdotas que nadie pidió y la
capacidad de decir “esto antes no pasaba”. Pero también tiene efectos
secundarios menos poéticos. Uno de ellos es que, llegado cierto punto, el
propio ojo decide volverse opaco, como si estuviera cansado de ver el mundo y
optara por mirarlo todo a través de una cortina mal lavada. A eso lo llamamos
cataratas.
Las cataratas no son una
enfermedad exótica ni un castigo bíblico. Son, más bien, la factura atrasada de
haber sobrevivido. Si usted vive lo suficiente —y las estadísticas indican que
muchos de nosotros lo hacemos— su cristalino acabará presentando síntomas de
fatiga existencial.
El cristalino: una lente
admirablemente precisa
El cristalino es una lente
transparente situada dentro del ojo cuya misión es enfocar la luz sobre la
retina con una precisión admirable. Lo hace sin cables, sin baterías y sin
manual de instrucciones. Durante décadas funciona con una fiabilidad que ya quisieran
muchos artefactos producidos por la inteligencia humana por sofisticados que
sean.
El problema es que el cristalino
no se renueva. Las fibras que lo forman están con usted desde hace muchísimo
tiempo, algunas desde antes de que aprendiera a mamar. No reciben riego
sanguíneo, no tienen servicio técnico y trabajan en un entorno químico que, con
los años, se vuelve cada vez menos hospitalario.
El resultado es previsible: las
proteínas que lo mantienen transparente empiezan a desordenarse, apelmazarse y
perder la compostura. Y cuando unas proteínas pierden la compostura, la luz
deja de pasar como es debido.
Qué es una catarata (sin
dramatismos)
A medida que el ojo humano
envejece, el cristalino se endurece (presbicia) y se vuelve opaco (cataratas). Una
catarata es, sencillamente, un cristalino que ya no es transparente. No se cae,
no se rompe, no colapsa: se vuelve turbio. Como un vaso de cristal que ha
pasado demasiados años en el lavavajillas. Esta opacidad puede empezar en el
centro, en los bordes o justo en la parte posterior del cristalino, pero
siempre acaba produciendo el mismo efecto: la luz entra en el ojo y, en lugar
de viajar recta y obediente hacia la retina, se dispersa como le ocurre a los turistas
desorientados.
Envejecimiento
del cristalino y métodos de corrección. El cristalino joven del ojo puede
remodelarse dinámicamente para enfocar de cerca y de lejos (acomodación) [Las
imágenes superiores de la izquierda son dos secciones transversales del
cristalino del ojo viendo de lejos al infinito (izquierda) y de cerca a 20 cm (derecha).
A medida que el ojo envejece, el cristalino se endurece y su índice de
refracción se vuelve más uniforme (imagen superior-media. Aproximadamente a los
45 años, la amplitud de acomodación se reduce mucho (presbicia). Con más edad, el
cristalino se opacifica (catarata) (imagen superior derecha. La presbicia y las
cataratas son afecciones que afectan a millones de personas en todo el mundo. Fuente:
Instituto de Óptica del
CSIC.
Por qué con cataratas se ve
peor (aunque el ojo siga ahí)
Aquí conviene aclarar algo
importante: con cataratas el ojo no deja de funcionar. La retina está bien, el
nervio óptico cumple con su deber y el cerebro sigue dispuesto a interpretar
imágenes. El problema es que lo que llega hasta ellos es una versión borrosa,
desvaída y mal iluminada del mundo.
Las cataratas reducen la visión
por varias razones muy poco consideradas con el cristalino:
1. Dispersan la luz: En lugar de
enfocar la luz en un punto preciso, el cristalino opaco la esparce. El
resultado es una imagen sin bordes definidos, como si todo estuviera
ligeramente fuera de foco, incluso con gafas nuevas.
2. Bajan el contraste: Los
objetos siguen ahí, pero ya no destacan. Leer se vuelve incómodo, los rostros
parecen todos sospechosamente parecidos y conducir de noche pasa de ser una
rutina a una prueba de fe.
3. Producen deslumbramiento. Las
luces intensas —faros, farolas, el sol haciendo lo suyo— generan reflejos
internos. Aparecen halos luminosos y una desagradable sensación de estar
mirando el mundo a través de un parabrisas sucio.
4. Engañan con la graduación. En
un giro cruel del destino, algunas cataratas hacen que durante un tiempo uno
vea mejor de cerca. Esto no es una mejora: es el ojo reorganizando los muebles
antes de la mudanza definitiva.
La edad: el principal
sospechoso
Aunque existen cataratas
congénitas, traumáticas o asociadas a enfermedades como la diabetes, la gran
mayoría aparecen por una causa muy clara y difícil de evitar: haber envejecido
con éxito.
El cristalino, expuesto durante
años a la luz ultravioleta, al estrés oxidativo y a los caprichos del
metabolismo, acaba perdiendo transparencia. No es un fallo del diseño: es una
consecuencia lógica de que el sistema no estaba pensado para durar ochenta o
noventa años con la misma nitidez óptica.
La buena noticia (porque
siempre hay una)
A diferencia de muchas otras
consecuencias de vivir mucho, las cataratas tienen solución. No con colirios
milagrosos ni atiborrándose de zanahorias, sino con cirugía. Una intervención
breve, precisa y extraordinariamente eficaz en la que el cristalino opaco se
sustituye por una lente artificial que, por una vez, cumple exactamente lo que
promete. Lo que se hace es reemplazar el cristalino por una lente artificial
(lente intraocular).
Esta cirugía de cataratas es el
procedimiento quirúrgico que se realiza con más frecuencia en el mundo. Es uno
de los raros casos en medicina en los que el deterioro asociado a la edad puede
revertirse casi por completo, dejando al paciente con la sospecha inquietante
de que el mundo siempre fue así de luminoso y que el problema llevaba años en
sus propios ojos.
Epílogo inevitable
Las cataratas son, en el fondo,
una lección de humildad biológica. Nos recuerdan que ver bien durante toda la
vida no estaba garantizado, solo prestado. Vivir mucho tiene consecuencias, y
una de ellas es que, tarde o temprano, el ojo pide una actualización de
hardware.
La buena noticia es que, hoy en
día, esa actualización existe. Y después de ella, el mundo vuelve a verse con
una claridad extraordinaria, como si la realidad hubiera decidido ponerse gafas
nuevas solo para usted.
A operarme voy, que ya me toca.



