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lunes, 2 de marzo de 2026

SUNÍES Y CHIÍES: LA FRACTURA QUE CAMBIÓ EL ISLAM (Y LA POLÍTICA DE ORIENTE MEDIO)

 

La división entre suníes y chiíes no empezó como una disputa teológica, sino como una discusión política sobre el poder. ¿Quién debía suceder al profeta Mahoma tras su muerte en el año 632? De esa pregunta —aparentemente leguleya— nació una de las fracturas más duraderas del mundo islámico. Hoy, más de catorce siglos después, sigue influyendo en la geopolítica regional y en conflictos que van de Irak al Líbano.

Tras la muerte de Mahoma, la comunidad musulmana (la umma) necesitaba liderazgo. Un grupo defendió que el sucesor debía ser elegido por consenso entre los compañeros del Profeta. Eligieron a Abu Bakr, su suegro y estrecho colaborador. De esa tradición —la sunna, costumbre— proviene el término “suní”.

Otros sostuvieron que el liderazgo debía permanecer en la familia del Profeta, en concreto en Ali ibn Abi Talib, primo y yerno de Mahoma. Sus partidarios fueron llamados shiat Ali (“el partido de Alí”), de donde procede “chií”.

La elección de Abu Bakr inauguró el califato suní. Años más tarde, Alí sería también califa, pero su mandato estuvo marcado por guerras internas. El punto de no retorno llegó en 680, cuando el hijo de Alí, Huséin, fue asesinado en Karbala. Para los chiíes, Karbala es el martirio fundacional: la injusticia contra la familia del Profeta. Cada año, la conmemoración de Ashura recuerda ese trauma.

Aunque comparten el Corán y los cinco pilares del islam, entre unos y otros hay matices relevantes:

Autoridad religiosa

Suníes: la autoridad emana del consenso y de los estudiosos (ulemas). No existe una jerarquía centralizada.

Chiíes: creen en una línea de líderes espirituales legítimos, los imanes, descendientes de Alí. En el chiismo duodecimano (mayoritario en Irán), el duodécimo imán está oculto y regresará al final de los tiempos.

Ritual y memoria

Los chiíes conceden gran importancia al martirio de Huséin y a la dimensión emocional y conmemorativa de la fe (procesiones de Ashura).

Los suníes ponen más énfasis en la tradición jurídica y en la continuidad histórica del califato.

Distribución demográfica

Aproximadamente el 85-90% de los musulmanes son suníes. Los chiíes representan entre el 10-15%, concentrados en Irán, Irak, Azerbaiyán y Bahréin, con comunidades relevantes en Líbano y Yemen.

Durante siglos, la división no fue necesariamente violenta ni permanente. Hubo periodos de convivencia y cooperación. Sin embargo, en la modernidad la fractura adquirió dimensión estatal.

Las distintas corrientes en el islam marcan siglos de división y de diferentes percepciones y visiones de la religión musulmana

Irán es la gran potencia chií y ha proyectado su influencia regional apoyando a actores como Hezbolá en Líbano. Frente a ello, potencias suníes como Arabia Saudí han intentado contener esa expansión. Así, la rivalidad religiosa se superpone con intereses estratégicos, energéticos y de poder.

En Irak, tras la caída de Sadam Husein, el ascenso político de la mayoría chií alteró el equilibrio regional. En Siria, el régimen de Bashar al Asad —apoyado por Irán— pertenece a una rama minoritaria vinculada al chiismo (alauí). En Yemen, los hutíes (de rama chií zaidí) han recibido apoyo iraní frente a una coalición liderada por Arabia Saudí. Y en Líbano, la presencia de Hezbolá convierte cualquier escalada regional en un episodio doméstico.

La línea entre religión y política es difusa en Oriente Medio. La diferencia suní-chií no explica por sí sola los conflictos, pero sí los estructura. En muchos casos, las élites instrumentalizan la identidad religiosa para movilizar apoyos y legitimar alianzas.

Conviene subrayarlo: no se trata de dos religiones distintas. Suníes y chiíes comparten texto sagrado, profeta, peregrinación a La Meca y pilares fundamentales. La fractura nace de una disputa sucesoria y se convierte en tradición, memoria y, finalmente, en geopolítica.

En ciudades como Beirut o Bagdad, barrios suníes y chiíes conviven pared con pared. La división no es una línea recta en el mapa, sino una trama superpuesta de identidades. En muchos lugares, la convivencia cotidiana desmiente la narrativa de odio perpetuo. Pero cuando la región entra en combustión, la vieja fractura reaparece como lenguaje político inmediato. Es una memoria de 1.400 años activada por actores contemporáneos.

La diferencia entre suníes y chiíes empezó como una cuestión sobre liderazgo. Hoy es un eje de poder regional. Entenderla no es solo una cuestión religiosa; es comprender una de las claves del tablero de Oriente Medio.

LÍBANO: EL PAÍS QUE SIEMPRE CAE PRIMERO

 

Hay países que aparecen en los mapas como promesas. Y hay países que aparecen como advertencias. Líbano ha sido ambas cosas en menos de un siglo. Cuando estalla una crisis en Oriente Medio —Gaza, Siria, Irán— el cielo de Beirut empieza a vibrar. No falla. Siempre hay un momento en que alguien dice: “Y ahora, el Líbano”. Y el Líbano cae.

La explicación inmediata es conocida: la presencia de Hezbolá, milicia chií, partido político, actor regional armado por Irán y enfrentado a Israel. Pero reducir el bombardeo recurrente del Líbano a Hezbolá es quedarse en la superficie. El problema es más antiguo, más estructural y trágico. Es la historia de un Estado frágil construido sobre un equilibrio imposible.

El Líbano moderno nació bajo mandato francés tras la Primera Guerra Mundial. París imaginó un pequeño Estado mediterráneo con mayoría cristiana maronita, puertos abiertos y vocación financiera. En 1943, la independencia cristalizó en un pacto no escrito: el presidente sería un cristiano maronita, el primer ministro suní, el presidente del Parlamento chií. El reparto confesional se convirtió en arquitectura constitucional.

Funcionó… durante un tiempo. Beirut era banca, prensa, universidad, ocio. “La Suiza de Oriente Medio”, decían. Capital cosmopolita, neutralidad flexible, dinero árabe refugiado en sus bancos. Pero aquella prosperidad descansaba sobre una aritmética demográfica congelada y sobre la ficción de que las guerras de los vecinos no entrarían por la puerta.

Entraron. Y lo hicieron a través de una guerra que lo partió todo. En 1975 estalló la guerra civil. Quince años. Milicias cristianas, facciones palestinas, partidos musulmanes, intervención siria, invasiones israelíes. El país quedó triturado. Cuando en 1990 se firmaron los acuerdos de Taif, el Líbano seguía existiendo en el mapa, pero ya no era el mismo. El poder cristiano se redujo, Siria se convirtió en árbitro y el sistema confesional se consolidó en vez de reformarse.

En ese paisaje devastado emergió Hezbolá, creado en 1982 con apoyo iraní tras la invasión israelí. Se presentó como resistencia frente a Israel y como protector de la comunidad chií, históricamente marginada. Con el tiempo se convirtió en algo más: una milicia con capacidad militar superior al propio Ejército libanés y un partido con representación parlamentaria. Un Estado dentro del Estado.

El sur del Líbano se convirtió en una conflictiva frontera permanente. Cada vez que la tensión escala entre Israel e Irán, el sur del Líbano se convierte en tablero. Hezbolá lanza cohetes, Israel responde con bombardeos. La lógica es disuasiva y circular: castigar al Líbano para debilitar a Hezbolá; golpear a Israel para reforzar la “resistencia”. El problema es que el Estado libanés no controla plenamente su territorio ni monopoliza la fuerza. Y cuando un Estado no controla su frontera, la frontera lo controla a él.

En 2006, la guerra entre Israel y Hezbolá devastó infraestructuras, puentes, barrios enteros de Beirut sur. El mensaje fue claro: el precio de albergar a una milicia enemiga lo paga el país entero. Desde entonces, el equilibrio es precario. Basta un intercambio de fuego en Gaza o un ataque en Siria para que el sur libanés vuelva a arder.

Líbano es un país rehén de su pluralidad. No todo es geopolítica global. Líbano es también rehén de su propia fórmula interna. El sistema confesional reparte poder, pero bloquea reformas. Las élites de cada comunidad gestionan ministerios como feudos. La corrupción se normalizó. La deuda creció. En 2019, el sistema financiero colapsó. En 2020, la explosión del puerto de Beirut —una montaña de negligencia acumulada— terminó de hundir la confianza.

Un país que no puede pagar su electricidad, que no garantiza servicios básicos, que depende de remesas y de equilibrios externos, es un país vulnerable. Cuando suena el primer misil, no hay Estado fuerte que amortigüe el golpe.

Líbano fue imaginado como puente entre Oriente y Occidente, como espacio de convivencia. Y, en efecto, lo es. En ningún otro lugar de la región conviven tantas confesiones con tanta naturalidad cotidiana. Pero esa riqueza plural es también su fragilidad política. El consenso es lento; la decisión estratégica, casi imposible.

Hezbolá se justifica como escudo frente a Israel. Israel justifica sus bombardeos como respuesta a Hezbolá. Irán ve en el Líbano una pieza de su arco de influencia hasta el Mediterráneo. Las potencias árabes lo miran con desconfianza. Francia mantiene un vínculo sentimental. Estados Unidos observa el equilibrio con prismáticos. Y mientras tanto, el ciudadano libanés cambia dólares en el mercado negro y enciende generadores privados.

¿Por qué siempre el Líbano? Porque es frontera. Porque es frágil. Porque alberga a un actor armado que forma parte de un conflicto mayor. Porque su Estado no monopoliza la fuerza. Y porque su geografía —esa franja entre Siria e Israel, abierta al Mediterráneo— lo convierte en corredor estratégico. Cuando estalla Oriente Medio, el Líbano no es el origen, pero sí el eco. Un eco amplificado por su historia reciente y por su arquitectura institucional.

La metáfora de “la Suiza de Oriente Medio” era atractiva, pero engañosa. Suiza construyó su neutralidad con un Estado fuerte y una defensa cohesionada. Líbano intentó sostener la neutralidad con equilibrios comunitarios y protección externa. En un vecindario inflamable, eso era insuficiente.

Hoy el país sobrevive en modo interino. Sin presidente durante largos periodos, con gobiernos provisionales, con una moneda pulverizada. Y, sin embargo, sigue habiendo cafés llenos en Gemmayzeh —el Soho de Beirut—, universidades activas, prensa vibrante. El Líbano tiene una capacidad asombrosa para resistir el colapso sin desaparecer. Quizá esa sea su tragedia: no termina de hundirse, pero tampoco logra reconstruirse.

Cada vez que los misiles cruzan el cielo del sur, la pregunta vuelve: ¿por qué otra vez el Líbano? La respuesta corta es Hezbolá. La larga es un siglo de equilibrios precarios, intervenciones cruzadas y un Estado que nunca llegó a consolidarse del todo.

En Oriente Medio, las guerras raramente respetan fronteras. Pero hay fronteras que parecen hechas para absorberlas. Líbano es una de ellas.

ESTADOS UNIDOS LIBRA GUERRAS; CHINA CONSTRUYE PUERTOS

 

Algunos analistas se plantean una posible intervención militar de China en Irán. No lo hará, sencillamente porque eso iría con la estrategia geopolítica de los chinos, empeñados en conquistar comercialmente, no militarmente, el mundo.

Cada cierto tiempo reaparece la misma pregunta, formulada siempre con un punto de inquietud: ¿está China a punto de dominar el mundo? La cuestión suele ir acompañada de gráficos ascendentes, cifras mareantes y alguna metáfora histórica inevitable: Roma, el Imperio británico, Estados Unidos tras 1945.

La pregunta está mal planteada. China es hoy una potencia enorme, probablemente la mayor que ha existido en términos demográficos y productivos. Pero eso no significa que quiera —ni que pueda— ejercer una hegemonía global al estilo clásico. De hecho, observada con algo de calma, China aparece menos como un aspirante a gobernar el mundo que como un país gigantesco obsesionado con no desestabilizarse a sí mismo. ¿Por qué? Porque mientras Estados Unidos está obsesionado con dominar el mundo militarmente, China ha optado por dominarlo comercialmente.

Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos ha participado directa o indirectamente en numerosos conflictos. Entre los más significativos están: guerra en Afganistán (2001–2021), guerra de Irak (2003–2011), operaciones contra el Estado Islámico (ISIS) en Irak y Siria (2014–presente), intervención en Siria, operaciones contra grupos terroristas en Yemen, operaciones en Somalia y acciones militares en otros países del Sahel y África contra yihadistas (por ejemplo, en Libia, Mali, etc.) o para impedir la presunta fabricación de armas nucleares (ahora mismo en Irán).

Mientras tanto, China no ha iniciado ni participado en guerras interestatales significativas en ese periodo. En lugar de gastar sus recursos en el sustento de su expansión militar (bases y ejércitos de ocupación), China ha empleado sus recursos en su propio y espectacular desarrollo interno y en la extensión de sus ramas exportadoras para dar salida a su extraordinaria capacidad productiva.

China no sólo construye puertos nuevos dentro de su territorio, sino que también expande puertos existentes y participa en proyectos portuarios en el extranjero. Aquí va un resumen basado en la mejor evidencia disponible. China tiene hoy más de 2 000 puertos menores y alrededor de 34 puertos mayores a lo largo de su costa y ríos importantes. Desde hace dos décadas, muchas de las grandes instalaciones portuarias chinas han sido ampliadas o modernizadas (incluyendo Shanghai, Ningbo-Zhoushan, Shenzhen, Qingdao, Tianjin, etc.) para transformarse en gigantes del comercio global.

En los últimos veinte años China ha intensificado de forma muy notable su presencia en infraestructuras portuarias globales, lo que incluye construcción, expansión, financiación y gestión de puertos en muchos países, a menudo dentro del marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Según datos recopilados hasta 2021, China financió o construyó 123 proyectos portuarios en el extranjero, que abarcan 78 puertos en 46 países, entre construcción nueva o expansión sustancial de infraestructura.

Por lo demás, China ha apostado claramente por la “economía verde”, que se refleja en una comparación clara de la producción —no sólo instalada o vendida— de tres tecnologías clave para la transición energética: paneles solares, aerogeneradores (turbinas eólicas) y vehículos eléctricos (VE) en China frente a Estados Unidos.

Paneles solares: alrededor del 80% de la producción global de paneles solares proviene de fábricas chinas. Además, domina etapas clave de la cadena: casi el 95% de la producción de materias primas como polisilicio y wafers está en China. Por volumen físico, algunos informes incluso estiman que sobre 90 % de paneles (células, módulos) a escala mundial se producen en instalaciones chinas.

Estados Unidos tiene producción propia limitada; por ejemplo, la gigafábrica de paneles de Tesla en Nueva York fabrica módulos solares, pero su escala es pequeña comparada con la producción china. No hay datos globales que indiquen que Estados Unidos produzca más de un solo dígito porcentual del total mundial.

Aerogeneradores: las empresas chinas cuentan con alrededor de 60% del mercado global de fabricación de turbinas eólicas y suministran aproximadamente el 60% de los aerogeneradores mundiales. China también lidera mundialmente en capacidad instalada de energía eólica + solar y en construcción de nuevos parques.

Estados Unidos también tiene industria eólica doméstica, pero suele concentrarse más en la instalación de capacidad que en fabricar las piezas principales (que muchas veces importan). Los datos disponibles sugieren que tiene presencia, pero muy por detrás en volumen.

Producción de vehículos eléctricos: Según el último informe de la Agencia Internacional de la Energía, en 2024 China produjo cerca de 12,4 millones de vehículos eléctricos, lo que representa más del 70% de la producción mundial ese año. Según la misma fuente, Estados Unidos produjo en 2024 produjo menos de un millón. Datos de 2025 refuerzan eso: en una medición reciente, China produjo unos 16,1 millones de vehículos eléctricos frente a un millón en Estados Unidos.

Como puede verse en el mapa, la capacidad industrial de China frente a Estados Unidos se refleja en las diferencias en el balance comercial entre ambas potencias o lo que es lo mismo el aumento experimentado por el comercio de China a lo largo del tiempo.

En el año 2000, el comercio estadounidense ascendía a 2 billones de dólares, más de cuatro veces los 474 000 millones de dólares de China. En aquel entonces, China era el principal socio comercial de tan solo unos pocos países, entre ellos Cuba, Irán, Libia, Myanmar, Mongolia, Corea del Norte, Omán, Sudán, Tanzania y Vietnam.

Entre 2000 y 2024, el comercio de Estados Unidos creció un 167% (una tasa de crecimiento anual compuesta del 4,2%), mientras que el comercio de China aumentó un 1.200%, superando al de Estados Unidos ya en 2012. En 2024, el comercio total alcanzó los 5,3 billones de dólares para Estados Unidos y los 6,2 billones de dólares para China.

China es ahora el socio comercial dominante de la mayor parte de Asia, Europa del Este, Oriente Medio, Oceanía, América del Sur y África. De cara al futuro, se espera que China siga profundizando sus relaciones con los mercados emergentes, importando combustibles, minerales y productos agrícolas y exportando productos manufacturados.

Por eso, y por otras dos razones, China no quiere gobernar el mundo: quiere influir, que es menos peligrosos y mucho más rentable. El liderazgo chino entiende perfectamente sus límites. Sabe que no puede sostener una hegemonía militar global. Por eso su estrategia es lenta, paciente y profundamente poco épica. No busca golpes decisivos, sino desgaste. No pretende sustituir un orden mundial por otro de la noche a la mañana, sino modificar las reglas lo justo para poder seguir funcionando. China no quiere ser el policía del mundo. Quiere que no haya demasiados incendios cerca de su casa.

Esto explica también su retórica sobre el “nuevo orden mundial”. No es un proyecto de dominación, sino una petición interesada de estabilidad. Un mundo multipolar, en la visión china, no es un mundo más justo; es un mundo menos peligroso para un país que necesita previsibilidad para sobrevivir.

China avanza porque no puede permitirse retroceder, pero tampoco puede correr. Su poder es enorme, sí, pero está constreñido por geografía, cultura y demografía. Quizá por eso genera tanta incomodidad. No encaja en los modelos clásicos. No invade, pero presiona. No coloniza, pero condiciona. No gobierna, pero influye. Es un poder sin épica, sin banderas clavadas en mapas lejanos, sin discursos de misión civilizadora. Un poder aburrido, casi administrativo. Y, sin embargo, profundamente eficaz.

La paradoja es que China parece más peligrosa cuanto menos intenta parecerlo. No porque quiera dominar el mundo, sino porque no necesita hacerlo para alterar su funcionamiento. Le basta con seguir existiendo, comerciando y creciendo lo suficiente como para que el sistema tenga que adaptarse a ella.

En ese sentido, el verdadero “nuevo orden mundial” no consiste en un imperio chino, sino en algo mucho más prosaico: un mundo que gira cada vez más en torno a un país que no quiere gobernarlo, pero que no puede dejar de estar en el centro.

Y quizá esa sea la forma más estable —y más inquietante— de poder que existe.