La división entre suníes y chiíes
no empezó como una disputa teológica, sino como una discusión política sobre el
poder. ¿Quién debía suceder al profeta Mahoma tras su muerte en el año 632? De
esa pregunta —aparentemente leguleya— nació una de las fracturas más duraderas
del mundo islámico. Hoy, más de catorce siglos después, sigue influyendo en la
geopolítica regional y en conflictos que van de Irak al Líbano.
Tras la muerte de Mahoma, la
comunidad musulmana (la umma) necesitaba liderazgo. Un grupo defendió
que el sucesor debía ser elegido por consenso entre los compañeros del Profeta.
Eligieron a Abu Bakr, su suegro y estrecho colaborador. De esa tradición —la
sunna, costumbre— proviene el término “suní”.
Otros sostuvieron que el
liderazgo debía permanecer en la familia del Profeta, en concreto en Ali ibn
Abi Talib, primo y yerno de Mahoma. Sus partidarios fueron llamados shiat Ali
(“el partido de Alí”), de donde procede “chií”.
La elección de Abu Bakr inauguró
el califato suní. Años más tarde, Alí sería también califa, pero su mandato
estuvo marcado por guerras internas. El punto de no retorno llegó en 680,
cuando el hijo de Alí, Huséin, fue asesinado en Karbala. Para los chiíes,
Karbala es el martirio fundacional: la injusticia contra la familia del
Profeta. Cada año, la conmemoración de Ashura recuerda ese trauma.
Aunque comparten el Corán y los
cinco pilares del islam, entre unos y otros hay matices relevantes:
Autoridad religiosa
Suníes: la autoridad emana del consenso y de los estudiosos (ulemas). No existe una jerarquía centralizada.
Chiíes: creen en una línea de líderes espirituales legítimos, los imanes, descendientes de Alí. En el chiismo duodecimano (mayoritario en Irán), el duodécimo imán está oculto y regresará al final de los tiempos.
Ritual y memoria
Los chiíes conceden gran importancia al martirio de Huséin y a la dimensión emocional y conmemorativa de la fe (procesiones de Ashura).
Los suníes ponen más énfasis en la tradición jurídica y en la continuidad histórica del califato.
Distribución demográfica
Aproximadamente el 85-90% de los musulmanes son suníes. Los chiíes representan entre el 10-15%, concentrados en Irán, Irak, Azerbaiyán y Bahréin, con comunidades relevantes en Líbano y Yemen.
Durante siglos, la división no
fue necesariamente violenta ni permanente. Hubo periodos de convivencia y
cooperación. Sin embargo, en la modernidad la fractura adquirió dimensión
estatal.
Las distintas corrientes en el islam marcan siglos de división y de diferentes percepciones y visiones de la religión musulmana
Irán es la gran potencia chií y
ha proyectado su influencia regional apoyando a actores como Hezbolá en Líbano.
Frente a ello, potencias suníes como Arabia Saudí han intentado contener esa
expansión. Así, la rivalidad religiosa se superpone con intereses estratégicos,
energéticos y de poder.
En Irak, tras la caída de Sadam
Husein, el ascenso político de la mayoría chií alteró el equilibrio regional.
En Siria, el régimen de Bashar al Asad —apoyado por Irán— pertenece a una rama
minoritaria vinculada al chiismo (alauí). En Yemen, los hutíes (de rama chií
zaidí) han recibido apoyo iraní frente a una coalición liderada por Arabia
Saudí. Y en Líbano, la presencia de Hezbolá convierte cualquier escalada
regional en un episodio doméstico.
La línea entre religión y
política es difusa en Oriente Medio. La diferencia suní-chií no explica por sí
sola los conflictos, pero sí los estructura. En muchos casos, las élites
instrumentalizan la identidad religiosa para movilizar apoyos y legitimar alianzas.
Conviene subrayarlo: no se trata
de dos religiones distintas. Suníes y chiíes comparten texto sagrado, profeta,
peregrinación a La Meca y pilares fundamentales. La fractura nace de una
disputa sucesoria y se convierte en tradición, memoria y, finalmente, en
geopolítica.
En ciudades como Beirut o Bagdad,
barrios suníes y chiíes conviven pared con pared. La división no es una línea
recta en el mapa, sino una trama superpuesta de identidades. En muchos lugares,
la convivencia cotidiana desmiente la narrativa de odio perpetuo. Pero cuando
la región entra en combustión, la vieja fractura reaparece como lenguaje
político inmediato. Es una memoria de 1.400 años activada por actores
contemporáneos.
La diferencia entre suníes y
chiíes empezó como una cuestión sobre liderazgo. Hoy es un eje de poder
regional. Entenderla no es solo una cuestión religiosa; es comprender una de
las claves del tablero de Oriente Medio.
