Hay países que aparecen en los
mapas como promesas. Y hay países que aparecen como advertencias. Líbano ha
sido ambas cosas en menos de un siglo. Cuando estalla una crisis en Oriente
Medio —Gaza, Siria, Irán— el cielo de Beirut empieza a vibrar. No falla.
Siempre hay un momento en que alguien dice: “Y ahora, el Líbano”. Y el Líbano
cae.
La explicación inmediata es
conocida: la presencia de Hezbolá, milicia chií, partido político, actor
regional armado por Irán y enfrentado a Israel. Pero reducir el bombardeo
recurrente del Líbano a Hezbolá es quedarse en la superficie. El problema es más
antiguo, más estructural y trágico. Es la historia de un Estado frágil
construido sobre un equilibrio imposible.
El Líbano moderno nació bajo
mandato francés tras la Primera Guerra Mundial. París imaginó un pequeño Estado
mediterráneo con mayoría cristiana maronita, puertos abiertos y vocación
financiera. En 1943, la independencia cristalizó en un pacto no escrito: el
presidente sería un cristiano maronita,
el primer ministro suní, el presidente del Parlamento chií. El reparto
confesional se convirtió en arquitectura constitucional.
Funcionó… durante un tiempo.
Beirut era banca, prensa, universidad, ocio. “La Suiza de Oriente Medio”,
decían. Capital cosmopolita, neutralidad flexible, dinero árabe refugiado en
sus bancos. Pero aquella prosperidad descansaba sobre una aritmética demográfica
congelada y sobre la ficción de que las guerras de los vecinos no entrarían por
la puerta.
Entraron. Y lo hicieron a través
de una guerra que lo partió todo. En 1975 estalló la guerra civil. Quince años.
Milicias cristianas, facciones palestinas, partidos musulmanes, intervención
siria, invasiones israelíes. El país quedó triturado. Cuando en 1990 se
firmaron los acuerdos
de Taif, el Líbano seguía existiendo en el mapa, pero ya no era el mismo.
El poder cristiano se redujo, Siria se convirtió en árbitro y el sistema
confesional se consolidó en vez de reformarse.
En ese paisaje devastado emergió
Hezbolá, creado en 1982 con apoyo iraní tras la invasión israelí. Se presentó
como resistencia frente a Israel y como protector de la comunidad chií,
históricamente marginada. Con el tiempo se convirtió en algo más: una milicia
con capacidad militar superior al propio Ejército libanés y un partido con
representación parlamentaria. Un Estado dentro del Estado.
El sur del Líbano se convirtió en
una conflictiva frontera permanente. Cada vez que la tensión escala entre
Israel e Irán, el sur del Líbano se convierte en tablero. Hezbolá lanza
cohetes, Israel responde con bombardeos. La lógica es disuasiva y circular:
castigar al Líbano para debilitar a Hezbolá; golpear a Israel para reforzar la
“resistencia”. El problema es que el Estado libanés no controla plenamente su
territorio ni monopoliza la fuerza. Y cuando un Estado no controla su frontera,
la frontera lo controla a él.
En 2006, la guerra entre Israel y
Hezbolá devastó infraestructuras, puentes, barrios enteros de Beirut sur. El
mensaje fue claro: el precio de albergar a una milicia enemiga lo paga el país
entero. Desde entonces, el equilibrio es precario. Basta un intercambio de
fuego en Gaza o un ataque en Siria para que el sur libanés vuelva a arder.
Líbano es un país rehén de su
pluralidad. No todo es geopolítica global. Líbano es también rehén de su propia
fórmula interna. El sistema confesional reparte poder, pero bloquea reformas.
Las élites de cada comunidad gestionan ministerios como feudos. La corrupción
se normalizó. La deuda creció. En 2019, el sistema financiero colapsó. En 2020,
la explosión del puerto de Beirut —una montaña de negligencia acumulada—
terminó de hundir la confianza.
Un país que no puede pagar su
electricidad, que no garantiza servicios básicos, que depende de remesas y de
equilibrios externos, es un país vulnerable. Cuando suena el primer misil, no
hay Estado fuerte que amortigüe el golpe.
Líbano fue imaginado como puente
entre Oriente y Occidente, como espacio de convivencia. Y, en efecto, lo es. En
ningún otro lugar de la región conviven tantas confesiones con tanta
naturalidad cotidiana. Pero esa riqueza plural es también su fragilidad política.
El consenso es lento; la decisión estratégica, casi imposible.
Hezbolá se justifica como escudo
frente a Israel. Israel justifica sus bombardeos como respuesta a Hezbolá. Irán
ve en el Líbano una pieza de su arco de influencia hasta el Mediterráneo. Las
potencias árabes lo miran con desconfianza. Francia mantiene un vínculo
sentimental. Estados Unidos observa el equilibrio con prismáticos. Y mientras
tanto, el ciudadano libanés cambia dólares en el mercado negro y enciende
generadores privados.
¿Por qué siempre el Líbano? Porque
es frontera. Porque es frágil. Porque alberga a un actor armado que forma parte
de un conflicto mayor. Porque su Estado no monopoliza la fuerza. Y porque su
geografía —esa franja entre Siria e Israel, abierta al Mediterráneo— lo
convierte en corredor estratégico. Cuando estalla Oriente Medio, el Líbano no
es el origen, pero sí el eco. Un eco amplificado por su historia reciente y por
su arquitectura institucional.
La metáfora de “la Suiza de
Oriente Medio” era atractiva, pero engañosa. Suiza construyó su neutralidad con
un Estado fuerte y una defensa cohesionada. Líbano intentó sostener la
neutralidad con equilibrios comunitarios y protección externa. En un vecindario
inflamable, eso era insuficiente.
Hoy el país sobrevive en modo
interino. Sin presidente durante largos periodos, con gobiernos provisionales,
con una moneda pulverizada. Y, sin embargo, sigue habiendo cafés llenos en
Gemmayzeh —el Soho de Beirut—, universidades activas, prensa vibrante. El
Líbano tiene una capacidad asombrosa para resistir el colapso sin desaparecer. Quizá
esa sea su tragedia: no termina de hundirse, pero tampoco logra reconstruirse.
Cada vez que los misiles cruzan
el cielo del sur, la pregunta vuelve: ¿por qué otra vez el Líbano? La respuesta
corta es Hezbolá. La larga es un siglo de equilibrios precarios, intervenciones
cruzadas y un Estado que nunca llegó a consolidarse del todo.
En Oriente Medio, las guerras raramente respetan fronteras. Pero hay fronteras que parecen hechas para absorberlas. Líbano es una de ellas.