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lunes, 2 de marzo de 2026

LÍBANO: EL PAÍS QUE SIEMPRE CAE PRIMERO

 

Hay países que aparecen en los mapas como promesas. Y hay países que aparecen como advertencias. Líbano ha sido ambas cosas en menos de un siglo. Cuando estalla una crisis en Oriente Medio —Gaza, Siria, Irán— el cielo de Beirut empieza a vibrar. No falla. Siempre hay un momento en que alguien dice: “Y ahora, el Líbano”. Y el Líbano cae.

La explicación inmediata es conocida: la presencia de Hezbolá, milicia chií, partido político, actor regional armado por Irán y enfrentado a Israel. Pero reducir el bombardeo recurrente del Líbano a Hezbolá es quedarse en la superficie. El problema es más antiguo, más estructural y trágico. Es la historia de un Estado frágil construido sobre un equilibrio imposible.

El Líbano moderno nació bajo mandato francés tras la Primera Guerra Mundial. París imaginó un pequeño Estado mediterráneo con mayoría cristiana maronita, puertos abiertos y vocación financiera. En 1943, la independencia cristalizó en un pacto no escrito: el presidente sería un cristiano maronita, el primer ministro suní, el presidente del Parlamento chií. El reparto confesional se convirtió en arquitectura constitucional.

Funcionó… durante un tiempo. Beirut era banca, prensa, universidad, ocio. “La Suiza de Oriente Medio”, decían. Capital cosmopolita, neutralidad flexible, dinero árabe refugiado en sus bancos. Pero aquella prosperidad descansaba sobre una aritmética demográfica congelada y sobre la ficción de que las guerras de los vecinos no entrarían por la puerta.

Entraron. Y lo hicieron a través de una guerra que lo partió todo. En 1975 estalló la guerra civil. Quince años. Milicias cristianas, facciones palestinas, partidos musulmanes, intervención siria, invasiones israelíes. El país quedó triturado. Cuando en 1990 se firmaron los acuerdos de Taif, el Líbano seguía existiendo en el mapa, pero ya no era el mismo. El poder cristiano se redujo, Siria se convirtió en árbitro y el sistema confesional se consolidó en vez de reformarse.

En ese paisaje devastado emergió Hezbolá, creado en 1982 con apoyo iraní tras la invasión israelí. Se presentó como resistencia frente a Israel y como protector de la comunidad chií, históricamente marginada. Con el tiempo se convirtió en algo más: una milicia con capacidad militar superior al propio Ejército libanés y un partido con representación parlamentaria. Un Estado dentro del Estado.

El sur del Líbano se convirtió en una conflictiva frontera permanente. Cada vez que la tensión escala entre Israel e Irán, el sur del Líbano se convierte en tablero. Hezbolá lanza cohetes, Israel responde con bombardeos. La lógica es disuasiva y circular: castigar al Líbano para debilitar a Hezbolá; golpear a Israel para reforzar la “resistencia”. El problema es que el Estado libanés no controla plenamente su territorio ni monopoliza la fuerza. Y cuando un Estado no controla su frontera, la frontera lo controla a él.

En 2006, la guerra entre Israel y Hezbolá devastó infraestructuras, puentes, barrios enteros de Beirut sur. El mensaje fue claro: el precio de albergar a una milicia enemiga lo paga el país entero. Desde entonces, el equilibrio es precario. Basta un intercambio de fuego en Gaza o un ataque en Siria para que el sur libanés vuelva a arder.

Líbano es un país rehén de su pluralidad. No todo es geopolítica global. Líbano es también rehén de su propia fórmula interna. El sistema confesional reparte poder, pero bloquea reformas. Las élites de cada comunidad gestionan ministerios como feudos. La corrupción se normalizó. La deuda creció. En 2019, el sistema financiero colapsó. En 2020, la explosión del puerto de Beirut —una montaña de negligencia acumulada— terminó de hundir la confianza.

Un país que no puede pagar su electricidad, que no garantiza servicios básicos, que depende de remesas y de equilibrios externos, es un país vulnerable. Cuando suena el primer misil, no hay Estado fuerte que amortigüe el golpe.

Líbano fue imaginado como puente entre Oriente y Occidente, como espacio de convivencia. Y, en efecto, lo es. En ningún otro lugar de la región conviven tantas confesiones con tanta naturalidad cotidiana. Pero esa riqueza plural es también su fragilidad política. El consenso es lento; la decisión estratégica, casi imposible.

Hezbolá se justifica como escudo frente a Israel. Israel justifica sus bombardeos como respuesta a Hezbolá. Irán ve en el Líbano una pieza de su arco de influencia hasta el Mediterráneo. Las potencias árabes lo miran con desconfianza. Francia mantiene un vínculo sentimental. Estados Unidos observa el equilibrio con prismáticos. Y mientras tanto, el ciudadano libanés cambia dólares en el mercado negro y enciende generadores privados.

¿Por qué siempre el Líbano? Porque es frontera. Porque es frágil. Porque alberga a un actor armado que forma parte de un conflicto mayor. Porque su Estado no monopoliza la fuerza. Y porque su geografía —esa franja entre Siria e Israel, abierta al Mediterráneo— lo convierte en corredor estratégico. Cuando estalla Oriente Medio, el Líbano no es el origen, pero sí el eco. Un eco amplificado por su historia reciente y por su arquitectura institucional.

La metáfora de “la Suiza de Oriente Medio” era atractiva, pero engañosa. Suiza construyó su neutralidad con un Estado fuerte y una defensa cohesionada. Líbano intentó sostener la neutralidad con equilibrios comunitarios y protección externa. En un vecindario inflamable, eso era insuficiente.

Hoy el país sobrevive en modo interino. Sin presidente durante largos periodos, con gobiernos provisionales, con una moneda pulverizada. Y, sin embargo, sigue habiendo cafés llenos en Gemmayzeh —el Soho de Beirut—, universidades activas, prensa vibrante. El Líbano tiene una capacidad asombrosa para resistir el colapso sin desaparecer. Quizá esa sea su tragedia: no termina de hundirse, pero tampoco logra reconstruirse.

Cada vez que los misiles cruzan el cielo del sur, la pregunta vuelve: ¿por qué otra vez el Líbano? La respuesta corta es Hezbolá. La larga es un siglo de equilibrios precarios, intervenciones cruzadas y un Estado que nunca llegó a consolidarse del todo.

En Oriente Medio, las guerras raramente respetan fronteras. Pero hay fronteras que parecen hechas para absorberlas. Líbano es una de ellas.