En septiembre de 1923, en una
carretera polvorienta cerca de Quintanapalla, Burgos, un automóvil perdió el
control y volcó violentamente sobre la cuneta. Dentro viajaba un médico de
treinta y siete años llamado Fidel Pagés. No era todavía una celebridad
científica. No tenía una cátedra internacional ni una escuela médica con su
nombre. Era simplemente un cirujano militar español que regresaba a Madrid
después de unos días de descanso con su familia. Murió allí mismo, entre
hierros doblados y polvo castellano, antes de que el mundo comprendiera lo que
acababa de perder.
Hay accidentes que cierran una
vida y accidentes que cierran una posibilidad histórica. El de Fidel Pagés
pertenece a la segunda categoría.
Dos años antes había publicado un
artículo técnico titulado Anestesia metamérica. El nombre sonaba oscuro
y casi burocrático, como tantas innovaciones médicas del comienzo del siglo XX.
Pero dentro de aquellas páginas se encontraba una de las revoluciones más
importantes de la medicina moderna: la anestesia epidural. Pagés había descubierto
una forma de bloquear el dolor sin dormir completamente al paciente, actuando
sobre segmentos concretos del sistema nervioso. Millones de personas —sobre
todo mujeres durante el parto— se beneficiarían después de aquella idea.
Pero él no llegó a verlo. Su
muerte interrumpió una carrera científica que apenas comenzaba a desplegarse.
Algunos historiadores de la medicina creen que, de haber vivido unas décadas
más, Pagés podría haberse convertido en una figura mundial de la
anestesiología, quizá incluso en candidato al Premio Nobel. La anestesia
moderna estaba entonces entrando en una edad de oro. Se estaban redefiniendo
los límites de la cirugía y del control del dolor. Y en medio de ese cambio
apareció, muy improbablemente, un médico militar español destinado en
Marruecos.
Fidel Pagés Miravé había nacido
en Huesca en 1886. Estudió Medicina en la Universidad de Zaragoza y muy pronto
ingresó en el cuerpo de Sanidad Militar. La elección no era particularmente
romántica. La medicina militar española de comienzos del siglo XX trabajaba en
condiciones durísimas, con escasos recursos y en campañas coloniales cada vez
más violentas. Pero precisamente allí, entre heridas de guerra y hospitales
improvisados, Pagés empezó a desarrollar la mentalidad práctica que acabaría
conduciéndolo a su gran descubrimiento.
Cuando murió tenía el grado de
comandante médico del cuerpo de Sanidad Militar, un rango notable para alguien
de solo treinta y siete años. Su ascenso había sido rápido porque reunía varias
cualidades poco frecuentes: habilidad quirúrgica, capacidad organizativa y una
intensa curiosidad científica. Había dirigido hospitales de campaña en
Marruecos y participado en operaciones extremadamente complejas en condiciones
casi primitivas. Más tarde fue enviado como observador médico a hospitales
europeos durante la Primera Guerra Mundial, una misión reservada normalmente a
oficiales considerados especialmente prometedores.
Aquella experiencia fue decisiva.
Los quirófanos militares estaban llenos de soldados desgarrados por la
metralla, las infecciones y las amputaciones traumáticas. Operar deprisa
significaba sobrevivir. Y la anestesia general de la época —éter o cloroformo—
seguía siendo lenta, peligrosa e imprevisible. Muchos enfermos no morían de la
operación, sino de la propia anestesia.
Pagés comprendió entonces una
idea fundamental: quizá no fuese necesario dormir completamente al paciente.
Tal vez bastaba con desconectar el dolor allí donde nacía. La anestesia
metamérica surgió de esa intuición. El término “metamérica” procede de los
metámeros, los segmentos nerviosos del cuerpo. Pagés había entendido que el
sistema nervioso podía bloquearse de manera regional y selectiva. En vez de
anestesiar todo el organismo, podía impedir temporalmente la transmisión del
dolor en determinadas raíces nerviosas.
La diferencia respecto a la
anestesia raquídea clásica era enorme. La anestesia espinal utilizada entonces
atravesaba la duramadre y depositaba el anestésico directamente en el líquido
cefalorraquídeo, con riesgos importantes de colapso circulatorio, cefaleas
graves y complicaciones neurológicas. Pagés, en cambio, dejaba intacta esa
membrana protectora.
El principio esencial era que la inyección
de anestésico en el espacio epidural sin perforar la duramadre permitía
bloquear únicamente determinadas zonas corporales, porque en el espacio
epidural: se producía el bloqueo segmentario de raíces nerviosas. El paciente
seguía consciente. Respiraba por sí mismo. El cirujano podía operar abdomen,
pelvis o extremidades inferiores sin recurrir a una anestesia general profunda.
Hoy la epidural parece algo
cotidiano. Se utiliza diariamente en partos, cesáreas y cirugía abdominal. Pero
en 1921 era una idea extraordinariamente moderna. En cierto modo, Pagés estaba
adelantándose varias décadas a la anestesiología contemporánea. Había
comprendido que el dolor podía modularse con precisión anatómica.
En su artículo original describió
cuarenta y tres operaciones realizadas con éxito mediante esta técnica. No era
una especulación teórica: era medicina práctica funcionando sobre pacientes
reales. Y quizá ahí reside la parte más fascinante de la historia. La epidural
no nació en un laboratorio elegante de Berlín o París, sino en el entorno
brutal de la medicina militar española. Pagés era, ante todo, un cirujano
acostumbrado a improvisar soluciones rápidas en hospitales de campaña. Las
guerras coloniales del norte de África le enseñaron que el dolor, el tiempo y
el shock quirúrgico eran enemigos tan letales como las balas.
Sin embargo, el contexto español
jugó en su contra. Sus trabajos se publicaron en revistas médicas españolas de
circulación limitada y en castellano, lejos de los grandes centros científicos
europeos. Tras su muerte, nadie defendió internacionalmente su prioridad
científica.
Años más tarde, el anestesista
italiano Achille Mario Dogliotti difundió una técnica prácticamente idéntica y
durante un tiempo recibió buena parte del reconocimiento internacional. Solo
décadas después, gracias a investigadores españoles y latinoamericanos, la
comunidad médica reconstruyó la historia y devolvió a Pagés el lugar que le
correspondía.
La paradoja es conmovedora. Un
médico que dedicó su vida a evitar el sufrimiento físico murió en una carretera
primitiva cuando apenas empezaba a transformar la medicina mundial. Mientras
hoy millones de personas reciben una epidural sin conocer su origen, el hombre
que la inventó sigue siendo relativamente desconocido fuera de los círculos
médicos.
Quizá porque la historia
científica no siempre premia al primero que descubre algo, sino al que
sobrevive lo suficiente para explicarlo al mundo.
