¡No quiero pensar lo que hubiera pasado si en vez de venir el virus en un crucero de lujo hubiera venido en una patera! Todos muy preocupados del crucero hantavirus, a mi me preocupan otras cosas.
David Foster Wallace embarcó en
un crucero de lujo por el Caribe en los años noventa y salió de allí con la
misma expresión que tendría un antropólogo atrapado accidentalmente en un
centro comercial durante el Apocalipsis. El resultado fue un ensayo memorable,
reunido después en el libro Una cosa supuestamente divertida que
nunca volveré a hacer, donde describía la experiencia con esa mezcla suya
de lucidez clínica y desesperación cómica.
Wallace observó que el crucero
estaba diseñado para eliminar cualquier posibilidad de angustia, aburrimiento o
pensamiento autónomo. Todo debía producir una satisfacción inmediata y
acolchada. El pasajero ideal era alguien infantilizado hasta extremos casi
experimentales: una criatura permanentemente entretenida, alimentada y
distraída mientras una gigantesca maquinaria invisible trabajaba sin descanso
bajo sus pies.
Leyendo hoy aquellas páginas, uno
descubre que Wallace estaba describiendo algo más que unas vacaciones
flotantes. Estaba describiendo el modelo moral de una época.
Hay algo profundamente sospechoso
en un crucero incluso antes de que zarpe. Quizá sea la sonrisa de los folletos,
donde siempre aparece una pareja de jubilados de Minnesota mirando el horizonte
con una copa en la mano, como si acabaran de descubrir la felicidad definitiva
entre una piscina de agua tibia y un bufé de gambas congeladas. O quizá sea el
propio barco, esa ciudad flotante de quince pisos, iluminada como un casino de
Las Vegas y decorada con el gusto arquitectónico de Jesús Gil o de un centro
comercial de Dubái. Los cruceros tienen algo de civilización terminal, de
Imperio romano poco antes de la invasión bárbara. Uno contempla esas moles
entrando en Venecia, Dubrovnik o Santorini y no sabe si está viendo turismo o
una versión marítima del Juicio Final.
El problema de los cruceros es
que representan la fantasía contemporánea perfecta: viajar sin moverse
realmente. La gente embarca en Barcelona y, durante una semana, consume
cantidades industriales de comida, alcohol, aire acondicionado y
entretenimiento mientras el barco se desplaza lentamente entre puertos
convertidos en decorados. Los pasajeros creen estar conociendo el Mediterráneo,
pero en realidad conocen una sucesión de tiendas de souvenirs, terminales
portuarias y camareros exhaustos procedentes de Filipinas, Indonesia o
Honduras. El crucero es una especie de cápsula hermética diseñada para impedir
cualquier contacto real con el mundo.
Y, mientras tanto, consume
combustible como un destructor en tiempos de guerra. Uno de los detalles más preocupantes
de los cruceros es el combustible que utilizan: fueloil pesado, una sustancia
que parece inventada por un malvado victoriano. Es un residuo espeso y tóxico
del refinado del petróleo, algo parecido al alquitrán caliente que quedaría en
el fondo de un barril después de extraer todo lo aprovechable. Contiene hasta 3
500 veces más azufre que el diésel convencional. Cuando uno ve un crucero desde
lejos, suele distinguir primero la nube. Esa ligera bruma grisácea que sale de
las chimeneas no es atmósfera romántica: son partículas ultrafinas, óxidos de
nitrógeno y azufre, residuos que acaban en los pulmones de la gente que vive en
las ciudades portuarias.
Hay estudios que muestran que la
huella de carbono diaria de un gran crucero puede equivaler a la de más de
trece mil automóviles. Trece mil. Es decir: una sola semana de jubilados
bailando salsa en cubierta puede emitir más contaminación que una pequeña
ciudad entera. Y todo ello para que alguien pueda comer langostinos ilimitados
mientras escucha a un imitador de Elton John.
Pero el combustible es solo el
principio. Un crucero moderno funciona como una ciudad pequeña, con piscinas,
lavanderías, cocinas, duchas, spas, saunas, teatros, casinos y kilómetros de
pasillos climatizados. Todo eso produce aguas residuales en cantidades
monstruosas. Algunas son tratadas; otras terminan vertiéndose al mar de manera
más o menos legal dependiendo de dónde esté el barco y de cuán flexible sea la
legislación local. Luego están las aguas de lastre, utilizadas para estabilizar
el navío, que transportan microorganismos de un ecosistema a otro como si
fueran armas biológicas. Hay puertos donde los científicos han encontrado
especies invasoras llegadas literalmente en el vientre de los cruceros.
Y después está la basura. La
palabra “crucero” suele ir asociada a imágenes de abundancia obscena: montañas
de comida, bufés abiertos a cualquier hora, esculturas de hielo con forma de
cisne. Todo eso acaba en algún sitio. Un barco de unos 2 700 pasajeros puede
generar una tonelada diaria de residuos. Una tonelada. Plásticos, envases,
restos orgánicos, botellas, servilletas, latas, vasos. El océano se ha
convertido en el cubo de basura más grande de la historia humana y los cruceros
contribuyen a ello con una eficiencia industrial terrorífica.
Hay además un aspecto
particularmente deprimente en la experiencia turística que producen. Los
cruceros no visitan ciudades: las invaden. Durante unas pocas horas desembarcan
miles de personas simultáneamente, avanzando por las calles como una migración de
ñus en pantalón corto. Compran imanes, hacen fotos, consumen helado y regresan
al barco antes de cenar. El dinero real rara vez queda en la ciudad. Los
beneficios importantes se los llevan las grandes compañías, mientras los
centros históricos se transforman poco a poco en parques temáticos
especializados en vender camisetas y sangría cara.
Venecia es probablemente el
ejemplo más célebre de esta catástrofe lenta. La ciudad lleva años expulsando
habitantes reales mientras multiplica tiendas de máscaras de plástico y
restaurantes con fotografías de paella plastificada en la puerta. Dubrovnik,
Palma, Mykonos o Santorini viven procesos parecidos. Los cruceros generan una
forma peculiar de turismo extractivo: utilizan la ciudad como paisaje
consumible, pero hacen imposible la vida cotidiana dentro de ella. Los
alquileres suben, el comercio tradicional desaparece y los residentes terminan
huyendo del decorado turístico que antes era su hogar.
Y luego están las tripulaciones. La
industria naviera del turismo posee una habilidad casi artística para
desaparecer jurídicamente. Muchos barcos navegan bajo banderas de conveniencia:
Panamá, Liberia, Bahamas, Malta. Esto significa que, aunque el crucero
pertenezca a una empresa estadounidense o europea y opere principalmente en
puertos occidentales, legalmente está sometido a legislaciones mucho más laxas.
Es una especie de magia administrativa: las compañías ganan miles de millones,
pero logran contribuir fiscalmente menos que una panadería de barrio.
El sistema tiene otra ventaja
adicional para las empresas: las condiciones laborales. La mayor parte del
personal procede de países pobres y trabaja jornadas que harían llorar a un
inspector laboral de un país del Primer Mundo. Cocineros, limpiadoras,
camareros y lavanderas pueden pasar meses embarcados trabajando doce o catorce
horas diarias, compartiendo camarotes mínimos situados en las profundidades del
barco, invisibles para el pasajero. El crucero está diseñado precisamente para
ocultar el mecanismo que lo hace posible. Arriba hay piscinas y cócteles
tropicales; abajo, una maquinaria humana agotada funcionando las veinticuatro
horas.
El turista medio rara vez piensa
en ello. Está demasiado ocupado intentando encontrar una tumbona libre. Y quizá
esa sea la parte más inquietante de todo el fenómeno: la extraordinaria
capacidad del crucero para convertir la devastación ecológica y laboral en
entretenimiento confortable. El barco funciona como una burbuja moral donde
nada parece tener consecuencias. El combustible desaparece en el horizonte. La
basura desaparece en compuertas invisibles. Los trabajadores desaparecen detrás
de puertas marcadas “Crew Only”. Las ciudades visitadas quedan atrás como
decorados desmontables.
En cierto modo, el crucero es el
símbolo perfecto del siglo XXI: una gigantesca máquina de consumo diseñada para
ofrecer placer instantáneo mientras externaliza todos los costes posibles.
Contamina lejos de donde viven sus clientes, paga impuestos lejos de donde
obtiene beneficios y explota mano de obra lejos de donde embarcan los
pasajeros. Es la globalización convertida en parque acuático.
Y, sin embargo, continúa
creciendo. Quizá porque los seres humanos sentimos una atracción irresistible
por las cosas absurdamente grandes. O quizá porque, en el fondo, existe algo
seductor en la idea de navegar por el mundo sin tener que enfrentarse realmente
a él. El crucero permite contemplar la realidad desde una distancia segura,
climatizada y con bufé libre. Uno puede observar un atardecer sobre el
Adriático mientras bajo cubierta arde lentamente una cantidad obscena de
combustible fósil.
Lo verdaderamente notable no es que existan cruceros. Lo verdaderamente notable es que hayamos conseguido convencernos de que son vacaciones inocentes. Pero bueno, siempre hay personas que presumen haber viajado en esos monumentos a la insostenibilidad, la soberbia, la avaricia y el hedonismo.