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domingo, 21 de mayo de 2023

Nixon contra Jrushchov: el chusco debate de la cocina



En 1960 John Fitzgerald Kennedy ganó las elecciones presidenciales frente al entonces vicepresidente Richard Nixon. La culpa, dicen, fue que en un tiempo en que la televisión empezaba a ganar mercado en los hogares estadounidenses, Nixon no usó la maquinilla de afeitar antes del único debate televisado, lo que deslució su imagen, por lo demás poco atractiva, frente al guapetón senador por Massachussetts.

La afeitadora eléctrica era entonces uno de los modernos electrodomésticos que él propio Nixon había elogiado durante un chusco debate con Nikita Jrushchov, secretario general del Partido Comunista, que, como antesala de la Guerra Fría, tuvo lugar en Moscú el año anterior.

¿Recuerdan el pueblecito de ficción del Show de Truman? Era la quintaesencia del suburbio residencial estadounidense. A partir de 1980, más del 40% de la población estadounidense, unos cien millones de personas, vivía en suburbios, una proporción más alta de la que vivía en áreas rurales o urbanas. Como escribió Kenneth Jackson: «En 1985, las personas razonables podían debatir si Estados Unidos era una nación racista, una nación imperialista o una nación religiosa, pero casi nadie podía discutir que fuera una nación suburbana».

Una mujer sentada en el panel de control de la denominada RCA/Whirlpool Miracle Kitchen instalada dentro de la casa Splitnik. Library of Congress, Print & Photographs Division a través de reddit.com

El que sería el prodigioso desarrollo de la vida suburbial y de su inevitable derivado, el commuter, no surgió como una alternativa a la congestionada y cara vida urbana, sino como una solución a una crisis aguda de vivienda. El fin de la Segunda Guerra Mundial significó el regreso de dieciséis millones de veteranos, muchos de los cuales tenían familias y necesitaban lugares para vivir. El Gobierno federal decidió enfrentarse a la crisis habitacional.

En 1945, el presidente Truman dijo en el Congreso: «Un nivel de vivienda digno para todos es una de las obligaciones irreductibles de la civilización moderna […] El pueblo de los Estados Unidos, muy avanzado en riqueza y capacidad productiva, merece ser el pueblo mejor alojado del mundo. Debemos comenzar a enfrentar ese desafío inmediatamente». Se convirtió en un imperativo nacional garantizar a cualquier coste que hubiera suficientes viviendas disponibles.

Ante la alternativa de construir viviendas sociales directamente, una política que olía a comunista, o de proporcionar incentivos a los constructores privados, el Gobierno federal eligió la segunda. Algunas medidas legales ya se habían puesto en marcha bajo la presidencia de Roosevelt durante y después de la Gran Depresión, que habían permitido crear varias agencias federales de vivienda que, entre otras cosas, proporcionaban un seguro hipotecario respaldado por el Gobierno. La conocida como G.I. Bill de 1944 incluía el derecho a que los veteranos compraran una casa sin entrada inicial. Dos años después, Truman firmó el Programa de Vivienda de Emergencia para Veteranos, que canalizó recursos adicionales hacia la construcción.

Para cualquier promotor inmobiliario, la situación era un maná caído del cielo. En ese momento, dos de los tres ingredientes del éxito estaban allí: la demanda de vivienda y la disponibilidad de dinero. Lo único que faltaba era el producto, la casa suburbial. Los suburbios representarían un nuevo modelo para la vida doméstica estadounidense, mediante el cual las comunidades serían planificadas por promotores a gran escala y en las que la vida social, abandonados los edificios de apartamentos donde se hacinaban las familias, se transformaría en aislamiento, el mismo aislamiento individualista de las comunidades pioneras de Nueva Inglaterra. Donde una vez hubo granjas, habría filas y filas de casas unifamiliares, muchas de ellas indistinguibles unas de otras, cada una de ellas con las esperanzas y aspiraciones de una generación de estadounidenses que acababan de ver triunfar a su país en la guerra más grande de la historia.

Las casas tenían que ser buenas, bonitas y baratas. Se comenzó a experimentar con técnicas de producción rápida: los sótanos excavados que consumían mucho tiempo fueron reemplazados por cimientos de cemento forjado; paredes, techos y suelos eran prefabricados. Las casas se construyeron siguiendo la idea de la cadena de trabajo de Ford, con la diferencia de que eran unidades inmóviles con cadenas de trabajadores que iban desfilando y montando piezas. El proceso de construcción se redujo a veintiséis pasos principales, que podrían completarse con un equipo de trabajadores no especializados en pocas horas.

Publicidad de una típica casa suburbial de una sola planta c. 1948. Fuente: http://49900678.weebly.com/20th-century-american-life.html

En un célebre relato de 1985, el escritor W. D. Wetherell describió la construcción de Levittown, el primer gran suburbio levantado en Long Island: «Esto es lo que sucede: Llega un camión, se detiene delante de la casa, se juntan media docena de hombres […] En quince minutos han puesto un baño. ¡Pop! Se dirigen a la siguiente casa, justo a tiempo, porque aquí viene otro camión con la cocina. ¡Pop! Ya está la cocina. Otra casa, aquí vienen los electricistas. ¡Pop! ¡Pop! ¡Pop! La casa avanza».

El producto terminado tenía un precio inicial de 7.990 dólares. Con la generosa financiación que otorgaban las distintas ayudas federales, los veteranos podrían comprar una casa ¡sin entrada, sin intereses y pagando 56 dólares al mes!

La vida en los nuevos suburbios era algo más que poseer una casa. También se trataba de ser un consumidor. Los signos de una buena vida residencial incluían un automóvil en la puerta, un televisor en la sala de estar y una amplia gama de electrodomésticos en la cocina.

Era el triunfo del capitalismo norteamericano y había que llevarlo hasta la casa del enemigo comunista. Lo harían en la Exhibición Nacional Norteamericana instalada en el Parque Sokólniki de Moscú. Para la jornada de inauguración, que llevarían a cabo Nixon y Jrushchov, se montó una casa prefabricada modelo Lewitton de la que se decía que cualquier obrero estadounidense podía pagar. La vivienda estaba dotada de varios aparatos de cocina que representaban los frutos del floreciente mercado norteamericano de bienes de consumo, virtualmente inexistente en la URSS de aquellos años.

Moscú, 1959: Nixon explica, Jrushchov replica. Fotografía de William Safire. Dominio público.

Para mostrarla cómodamente al público, la casa había sido dividida en dos secciones separadas por una pasarela que recorrería la comitiva de autoridades. Los periodistas acuñaron un término jocoso para bautizarla: Splitnik, un juego de palabras entre el verbo inglés to split (dividir) y el pequeño Sputnik 1, el primer satélite artificial de la historia, que los soviéticos habían lanzado al espacio dos años antes acompañado de un gran aparato de propaganda para escarnio de la incipiente carrera espacial estadounidense.

En la pasarela, Nixon y Jrushchov debatieron acaloradamente sobre los méritos de sus respectivos sistemas económicos, el capitalismo de las democracias occidentales y el comunismo soviético. Nixon alabó los productos disponibles en una típica sociedad de consumo capitalista: lavavajillas, cortacéspedes, Cadillacs descapotables, equipos de alta fidelidad, batidoras, televisión en color, aspiradoras, coca-colas… y todo lo que se le ocurrió. Para rematar con las ventajas para las mujeres, citó los maquillajes, los lápices labiales, los secadores de pelo, las medias de nylon y los zapatos de tacón de aguja.

Jrushchov hizo hincapié en que la URSS se centraba en "cosas que realmente importaban" en lugar de "perder el tiempo" y fabricar artefactos que le parecían "superfluos". Añadió que "no creía que los obreros norteamericanos pudiesen permitirse el lujo de tantos aparatos inútiles", además de menospreciarlos comentando que "evocaban la actitud capitalista hacia la mujer". A propósito de los aparatos domésticos que hacían la vida más fácil, el líder soviético preguntó sarcásticamente si en Estados Unidos ya se había fabricado una máquina que "metiese la comida en la boca y la empujase hacia la garganta".

En respuesta, Nixon pronunció una frase que pasó a la historia: "¿No sería mejor competir sobre los méritos de las lavadoras que sobre la potencia de los misiles? A pesar de la naturaleza informal del debate, Nixon vería crecer su popularidad a su regreso de Moscú. Inmediatamente después del viaje, su perfil como hombre de Estado sobresalió por encima del que habitualmente tienen los vicepresidentes, lo que en parte contribuyó a incrementar sus posibilidades de obtener la candidatura republicana a la presidencia que finalmente logró.

En las elecciones presidenciales de 1960 perdió a favor de su rival, John Fitzgerald Kennedy. El resto es historia.