Hace unos días, mi amiga
Constanza Riaño, buena fotógrafa y mejor observadora de esas pequeñas cosas
ante las que casi todos pasamos sin detenernos, me envió una fotografía tomada
en Camarma de Esteruelas, Madrid. No mostraba ningún paisaje espectacular ni
una rareza botánica. Era simplemente un trozo de pavimento rojizo. Pero en
medio de aquel suelo aparecía, perfectamente reconocible, la silueta de una
hoja de plátano de sombra, Platanus × hispanica, como si alguien hubiera
desenterrado una laja fósil y, en lugar de llevarla a un museo, hubiera
decidido utilizarla para pavimentar una calle.
La imagen resulta desconcertante
porque estamos acostumbrados a asociar las impresiones de hojas con rocas que
tienen millones de años. Esta, en cambio, probablemente se fabricó en una
tarde.
El pavimento parece ser de
hormigón impreso, una técnica muy utilizada para conseguir superficies que
imitan adoquines, losas o piedras. Se vierte el hormigón, se alisa, se colorea
y, antes de que fragüe por completo, se presionan sobre él unos moldes que producen
las juntas y las irregularidades que vemos en la fotografía. En algún momento
de ese proceso, una hoja de Platanus × hispanica cayó sobre la
superficie todavía blanda.
Podemos reconstruir
aproximadamente lo sucedido. La hoja quedó tendida sobre el hormigón fresco y
alguna presión —quizá la del propio molde utilizado para imprimir el pavimento—
la apretó contra él. El pecíolo se hundió con especial claridad y el limbo dejó
marcados su contorno y algunos de sus nervios. Después el cemento endureció. La
hoja, en cambio, tenía los días contados. Pudo ser retirada, secarse y
desprenderse o ir descomponiéndose poco a poco. Lo importante es que
desapareció mientras permanecía su huella.
Eso es precisamente una
impresión. Y, salvando unos cuantos detalles que a un geólogo le parecerían
bastante importantes, es también una excelente reproducción casera de uno de
los procesos mediante los cuales se originan los fósiles vegetales.
Una hoja que cae al suelo del
bosque suele tener un futuro poco glorioso. Hongos, bacterias y pequeños
invertebrados comienzan inmediatamente a desmontarla. El viento puede
llevársela, la lluvia fragmentarla y algún animal pisotearla. Para que una hoja
tenga posibilidades de entrar en el registro fósil debe ocurrir algo menos
corriente: tiene que quedar enterrada rápidamente bajo sedimentos finos, por
ejemplo en el fondo fangoso de un lago, una charca, una llanura de inundación o
un remanso fluvial.
Una vez enterrada comienza una
carrera entre la destrucción de la materia orgánica y la consolidación del
sedimento. A veces queda parte del carbono de la hoja formando una película
oscura. Otras veces la materia vegetal desaparece por completo, pero antes ha
dejado grabada su forma sobre el barro. Cuando ese barro termina convertido en
roca sedimentaria, la impresión permanece. Millones de años después alguien
abre la roca por el plano adecuado y allí reaparece una hoja que ya no existe.
La de Camarma ha hecho
aproximadamente lo mismo, aunque tomando un formidable atajo. En lugar de caer
sobre el limo de un lago cayó sobre cemento. En vez de ser enterrada por otra
capa de sedimentos fue presionada contra una superficie preparada por
albañiles. Y en lugar de esperar miles o millones de años a que el sedimento se
consolidara, tuvo a su disposición cemento Portland, que resolvió el asunto en
unas horas.
El resultado tiene incluso cierto
valor didáctico porque conserva rasgos suficientes para reconocer qué produjo
la impresión. Platanus × hispanica, el omnipresente plátano de sombra de
nuestras calles, posee hojas grandes, palmeadas, generalmente con tres a cinco
lóbulos, recorridas por nervios principales que parten de las proximidades de
la inserción del pecíolo. En la fotografía de Constanza se reconoce la
arquitectura general de la hoja y se distingue especialmente bien el pecíolo,
convertido en un fino surco oscuro.
Los paleobotánicos trabajan
muchas veces con pistas de este tipo. Naturalmente, la identificación de una
hoja fósil puede ser muchísimo más complicada: las plantas de épocas remotas no
vienen acompañadas de una etiqueta y, para empeorar las cosas, diferentes
especies pueden producir hojas sorprendentemente parecidas. El contorno, la
disposición de los lóbulos, la nerviación, el margen foliar y, cuando se
conserva, incluso la estructura microscópica de la epidermis permiten ir
estrechando el círculo.
Todo ello forma parte de la paleontología,
la disciplina que estudia lo que ocurre con los restos de los organismos desde
que mueren —o desde que se desprenden, en el caso de una hoja— hasta que
terminan incorporados al registro geológico. Es una ciencia dedicada, en buena
medida, a reconstruir accidentes. Un pez que queda sepultado por sedimentos
anóxicos, un insecto atrapado en resina, una huella dejada por un dinosaurio
sobre barro húmedo o una hoja caída sobre el fondo de un lago son
acontecimientos triviales que, bajo circunstancias excepcionales, consiguen
vencer al tiempo.
La hoja de Camarma no ha vencido
todavía a gran cosa. Su antigüedad se mide en años y no en eras geológicas.
Además, el hormigón no constituye precisamente el ambiente que un paleontólogo
elegiría para garantizar una conservación de cien millones de años. Pero el
principio que ilustra es tan sencillo como hermoso: un organismo puede
desaparecer y, pese a ello, conservar su forma.
Hay además algo divertido en
pensar qué ocurriría si aquel pavimento tuviera un destino geológico
extraordinariamente improbable. Imaginemos que queda enterrado, que sobre él se
acumulan sedimentos, que sobrevive a erosiones, obras públicas, excavadoras y
promociones inmobiliarias y que, dentro de unos cuantos millones de años, algún
geólogo del futuro encuentra el fragmento. Reconocería una superficie
artificial, por supuesto, y probablemente tendría cosas mucho más interesantes
que preguntarse sobre nuestra civilización. Pero allí seguiría la hoja.
Un Platanus × hispanica habría conseguido entonces algo que no estaba en sus planes cuando dejó caer una hoja sobre una calle de Camarma de Esteruelas: entrar en el registro geológico gracias a unos albañiles.
La naturaleza necesitó millones de años para inventar los fósiles. Nosotros, con un poco de cemento, podemos fabricar uno antes de la hora de cenar.
