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domingo, 4 de octubre de 2026

UN FÓSIL DE PLÁTANO FABRICADO EN UNA TARDE

 

Hace unos días, mi amiga Constanza Riaño, buena fotógrafa y mejor observadora de esas pequeñas cosas ante las que casi todos pasamos sin detenernos, me envió una fotografía tomada en Camarma de Esteruelas, Madrid. No mostraba ningún paisaje espectacular ni una rareza botánica. Era simplemente un trozo de pavimento rojizo. Pero en medio de aquel suelo aparecía, perfectamente reconocible, la silueta de una hoja de plátano de sombra, Platanus × hispanica, como si alguien hubiera desenterrado una laja fósil y, en lugar de llevarla a un museo, hubiera decidido utilizarla para pavimentar una calle.

La imagen resulta desconcertante porque estamos acostumbrados a asociar las impresiones de hojas con rocas que tienen millones de años. Esta, en cambio, probablemente se fabricó en una tarde.

El pavimento parece ser de hormigón impreso, una técnica muy utilizada para conseguir superficies que imitan adoquines, losas o piedras. Se vierte el hormigón, se alisa, se colorea y, antes de que fragüe por completo, se presionan sobre él unos moldes que producen las juntas y las irregularidades que vemos en la fotografía. En algún momento de ese proceso, una hoja de Platanus × hispanica cayó sobre la superficie todavía blanda.

Podemos reconstruir aproximadamente lo sucedido. La hoja quedó tendida sobre el hormigón fresco y alguna presión —quizá la del propio molde utilizado para imprimir el pavimento— la apretó contra él. El pecíolo se hundió con especial claridad y el limbo dejó marcados su contorno y algunos de sus nervios. Después el cemento endureció. La hoja, en cambio, tenía los días contados. Pudo ser retirada, secarse y desprenderse o ir descomponiéndose poco a poco. Lo importante es que desapareció mientras permanecía su huella.

Eso es precisamente una impresión. Y, salvando unos cuantos detalles que a un geólogo le parecerían bastante importantes, es también una excelente reproducción casera de uno de los procesos mediante los cuales se originan los fósiles vegetales.

Una hoja que cae al suelo del bosque suele tener un futuro poco glorioso. Hongos, bacterias y pequeños invertebrados comienzan inmediatamente a desmontarla. El viento puede llevársela, la lluvia fragmentarla y algún animal pisotearla. Para que una hoja tenga posibilidades de entrar en el registro fósil debe ocurrir algo menos corriente: tiene que quedar enterrada rápidamente bajo sedimentos finos, por ejemplo en el fondo fangoso de un lago, una charca, una llanura de inundación o un remanso fluvial.

Una vez enterrada comienza una carrera entre la destrucción de la materia orgánica y la consolidación del sedimento. A veces queda parte del carbono de la hoja formando una película oscura. Otras veces la materia vegetal desaparece por completo, pero antes ha dejado grabada su forma sobre el barro. Cuando ese barro termina convertido en roca sedimentaria, la impresión permanece. Millones de años después alguien abre la roca por el plano adecuado y allí reaparece una hoja que ya no existe.

La de Camarma ha hecho aproximadamente lo mismo, aunque tomando un formidable atajo. En lugar de caer sobre el limo de un lago cayó sobre cemento. En vez de ser enterrada por otra capa de sedimentos fue presionada contra una superficie preparada por albañiles. Y en lugar de esperar miles o millones de años a que el sedimento se consolidara, tuvo a su disposición cemento Portland, que resolvió el asunto en unas horas.

El resultado tiene incluso cierto valor didáctico porque conserva rasgos suficientes para reconocer qué produjo la impresión. Platanus × hispanica, el omnipresente plátano de sombra de nuestras calles, posee hojas grandes, palmeadas, generalmente con tres a cinco lóbulos, recorridas por nervios principales que parten de las proximidades de la inserción del pecíolo. En la fotografía de Constanza se reconoce la arquitectura general de la hoja y se distingue especialmente bien el pecíolo, convertido en un fino surco oscuro.

Los paleobotánicos trabajan muchas veces con pistas de este tipo. Naturalmente, la identificación de una hoja fósil puede ser muchísimo más complicada: las plantas de épocas remotas no vienen acompañadas de una etiqueta y, para empeorar las cosas, diferentes especies pueden producir hojas sorprendentemente parecidas. El contorno, la disposición de los lóbulos, la nerviación, el margen foliar y, cuando se conserva, incluso la estructura microscópica de la epidermis permiten ir estrechando el círculo.

Todo ello forma parte de la paleontología, la disciplina que estudia lo que ocurre con los restos de los organismos desde que mueren —o desde que se desprenden, en el caso de una hoja— hasta que terminan incorporados al registro geológico. Es una ciencia dedicada, en buena medida, a reconstruir accidentes. Un pez que queda sepultado por sedimentos anóxicos, un insecto atrapado en resina, una huella dejada por un dinosaurio sobre barro húmedo o una hoja caída sobre el fondo de un lago son acontecimientos triviales que, bajo circunstancias excepcionales, consiguen vencer al tiempo.

La hoja de Camarma no ha vencido todavía a gran cosa. Su antigüedad se mide en años y no en eras geológicas. Además, el hormigón no constituye precisamente el ambiente que un paleontólogo elegiría para garantizar una conservación de cien millones de años. Pero el principio que ilustra es tan sencillo como hermoso: un organismo puede desaparecer y, pese a ello, conservar su forma.

Hay además algo divertido en pensar qué ocurriría si aquel pavimento tuviera un destino geológico extraordinariamente improbable. Imaginemos que queda enterrado, que sobre él se acumulan sedimentos, que sobrevive a erosiones, obras públicas, excavadoras y promociones inmobiliarias y que, dentro de unos cuantos millones de años, algún geólogo del futuro encuentra el fragmento. Reconocería una superficie artificial, por supuesto, y probablemente tendría cosas mucho más interesantes que preguntarse sobre nuestra civilización. Pero allí seguiría la hoja.

Un Platanus × hispanica habría conseguido entonces algo que no estaba en sus planes cuando dejó caer una hoja sobre una calle de Camarma de Esteruelas: entrar en el registro geológico gracias a unos albañiles. 

La naturaleza necesitó millones de años para inventar los fósiles. Nosotros, con un poco de cemento, podemos fabricar uno antes de la hora de cenar.