Entre los fuegos artificiales,
los desfiles militares y la retórica patriótica que han acompañado este año al
250º aniversario de la independencia de Estados Unidos, ha quedado casi oculto
otro aniversario mucho más discreto. El próximo 28 de octubre se cumplirán 140
años de la inauguración de la Estatua de la Libertad. Resulta una omisión
curiosa. Pocas imágenes resumen mejor la historia de Estados Unidos. Y pocas
sirven también para medir hasta qué punto ese país atraviesa uno de esos
momentos en los que vuelve a preguntarse quién es.
La estatua sigue donde siempre.
No ha cambiado de sitio desde 1886. Continúa levantando la antorcha sobre la
pequeña isla que guarda la entrada del puerto de Nueva York, observando el ir y
venir de ferris, remolcadores y cargueros. Cada año recibe cerca de cuatro
millones de visitantes. Hay quien hace cola durante horas para subir hasta la
corona. Otros se conforman con fotografiarla desde el ferry de Staten Island,
quizá el mejor mirador de toda la ciudad porque, además de ser gratuito,
permite contemplar a la dama de cobre en compañía del perfil de Manhattan.
Lo curioso es que la estatua
nunca ha significado exactamente lo mismo. Los monumentos importantes cambian
de sentido con el tiempo, porque son las sociedades quienes proyectan sobre
ellos sus esperanzas y sus miedos. En sus primeros años fue el gran símbolo de
la victoria de la Unión tras la Guerra Civil y del fin de la esclavitud. Más
tarde se convirtió en la primera imagen de América para millones de inmigrantes
que cruzaban el Atlántico y desembarcaban en la cercana Ellis Island. Durante
la Guerra Fría pasó a representar al llamado «mundo libre» frente al
totalitarismo soviético. Después de los atentados del 11 de septiembre volvió a
transformarse, esta vez en símbolo de la resistencia de Nueva York frente al
terrorismo.
No deja de ser extraordinario que
una estatua haya sobrevivido intacta a tantos cambios de significado. En
realidad, tampoco nació como un monumento estadounidense. Nació en Francia, en 1865,
cuando el jurista Édouard de Laboulaye reunió a un grupo de intelectuales
convencidos de que Estados Unidos representaba el experimento democrático más
prometedor del mundo occidental. Francia vivía entonces bajo el Segundo Imperio
de Napoleón III. Defender la democracia americana era también una forma
elegante de criticar el autoritarismo francés sin decirlo demasiado alto.
Laboulaye encontró un aliado
perfecto en el escultor Frédéric Auguste Bartholdi, un hombre de enorme
ambición que imaginó una colosal figura femenina sosteniendo una antorcha. La
construcción se prolongó durante más de dos décadas y requirió una movilización
popular a ambos lados del Atlántico. Francia financió la estatua mediante
donaciones y la venta de objetos conmemorativos. Estados Unidos hizo lo propio
para levantar el pedestal. Fue una obra colectiva antes incluso de que
existiera el crowdfunding.
La estatua era mucho más que un
regalo diplomático. Representaba una alianza política e intelectual. Recordaba
que la independencia norteamericana difícilmente habría triunfado sin la ayuda
francesa. Desde la llegada del marqués de Gilbert du Motier, marqués de
Lafayette hasta las tropas del conde de Jean-Baptiste Donatien de Vimeur, conde
de Rochambeau y la escuadra del almirante François Joseph Paul de Grasse,
Francia desempeñó un papel decisivo en la victoria de los rebeldes frente a
Gran Bretaña.
Todo invitaba a pensar que 2026
sería un año de celebraciones compartidas. Los 140 años de la estatua
coincidían prácticamente con el cuarto de milenio de la Declaración de
Independencia. Parecía inevitable imaginar ceremonias conjuntas, discursos
solemnes y homenajes a Lafayette en el cementerio parisino de Picpus o a
Bartholdi en Montparnasse. Ha ocurrido exactamente lo contrario.
El regreso de Donald Trump a la
Casa Blanca ha abierto una grieta profunda entre Washington y buena parte de
Europa. Los aranceles, las diferencias sobre Ucrania o los desencuentros
diplomáticos son solo la superficie de un conflicto bastante más profundo. Bajo
ellos late una disputa ideológica sobre qué significa hoy la democracia
liberal.
La conferencia de seguridad
celebrada en Múnich en febrero de 2025 dejó una imagen reveladora. Allí, el
vicepresidente J. D. Vance acusó a Europa de encontrarse en pleno «declive
civilizatorio», atribuible al “wokismo”, la inmigración y la pérdida de
identidad cultural. Los asistentes europeos escuchaban con una mezcla de
incredulidad y desconcierto. No esperaban escuchar ese discurso del principal
aliado de Occidente.
Desde entonces, muchos gobiernos
europeos han empezado a revisar algunas certezas que parecían inamovibles.
Países especialmente vinculados a Washington, como el Reino Unido, o
especialmente dependientes de la protección estadounidense frente a Rusia, como
Polonia o las repúblicas bálticas, han comprendido que la garantía
norteamericana ya no puede darse por descontada. El debate sobre la autonomía
estratégica europea, que durante años sonó casi académico, ha adquirido una
urgencia inesperada.
Francia contempla este giro con
menos sorpresa que otros socios. Su tradición gaullista siempre mantuvo una
cierta distancia respecto a Washington. El desarrollo de su propia fuerza de
disuasión nuclear fue precisamente una forma de garantizar esa independencia.
Hoy, cuando Europa vuelve a discutir cómo organizar su seguridad, París
encuentra argumentos que hace apenas unos años parecían minoritarios.
Eso no significa, sin embargo,
que Estados Unidos haya dejado de ser reconocible. Conviene distinguir entre
una Administración y un país. El movimiento MAGA ha introducido una fuerte
sacudida en la política estadounidense, pero Estados Unidos sigue siendo una
sociedad con dos siglos y medio de experiencia democrática, instituciones
sólidas y una sociedad civil extraordinariamente diversa. Como observó Alexis
de Tocqueville, los estadounidenses suelen vivir con intensidad sus
enfrentamientos políticos, aunque tarde o temprano regresan a la vida cotidiana
y a sus preocupaciones privadas.
Quizá por eso la Estatua de la
Libertad conserva toda su fuerza. Los monumentos no cambian gobiernos ni ganan
elecciones, pero sobreviven a los ciclos políticos. Permanecen cuando los
presidentes pasan, cuando las alianzas se enfrían y cuando las palabras pierden
valor. Su mera presencia recuerda que hubo un tiempo en que Francia y Estados
Unidos quisieron celebrar juntos un mismo ideal: la libertad entendida como
patrimonio común de las democracias liberales.
Mientras la política levanta
nuevas fronteras, la vieja dama de cobre sigue mirando hacia el Atlántico. No
distingue entre aliados y adversarios. Tampoco sabe quién ocupa la Casa Blanca
o el Palacio del Elíseo. Simplemente sostiene una antorcha.
Quizá sea eso lo que convierte a
los símbolos en algo más resistente que la política: pueden esperar. Y ciento
cuarenta años después, la Estatua de la Libertad sigue esperando que Estados
Unidos vuelva a parecerse al país que un día inspiró su construcción.