Durante casi cuarenta años,
Hollywood vivió bajo un extraño régimen teocrático que no necesitó sotanas ni
incensarios, pero que olía a sacristía. Era el Código Hays, una colección de
mandamientos morales redactados en 1930 que prohibían el adulterio demasiado
alegre, los besos demasiado largos y, si era posible, las piernas demasiado
visibles. También prohibía las insinuaciones entre personas del mismo sexo, las
críticas al clero, los criminales simpáticos y las mujeres que parecían
disfrutar del sexo, una categoría sorprendentemente amplia para los censores.
El cine, claro, obedeció. Nunca
ha sido una industria famosa por su espíritu insumiso. Pero mientras en
Hollywood se recortaban faldas y se medían besos con cronómetro, la literatura
norteamericana asistía al espectáculo con una mezcla de incredulidad y una
pizca de satisfacción maliciosa. Era como ver a un primo famoso meterse en un
lío moralista ante millones de espectadores. La literatura, en cambio, seguía a
lo suyo: fumando, bebiendo y hablando de cosas impropias.
De repente, y casi sin
proponérselo, los escritores se encontraron con un territorio liberado. El
Código Hays, que pretendía sanear el entretenimiento, acabó convirtiendo a la
novela en el lugar donde se podía contar lo que todo el mundo sabía que ocurría.
El sexo, la violencia, el racismo, la corrupción, incluso el aburrimiento
conyugal: todas esas cosas que el cine escondía bajo alfombras de terciopelo
encontraban en las páginas impresas un hogar confortable.
En los años treinta y cuarenta,
mientras Humphrey Bogart resolvía crímenes sin despeinarse y las mujeres
fatales se conformaban con ser sugerentes sin llegar a la tentación, novelistas
como Faulkner, Steinbeck o Dos Passos escribían sobre pueblos hundidos, mujeres
desesperadas, hombres sin épica y pecados sin redención. Era como si el cine se
vistiera de domingo y la novela saliera en camiseta y con ojeras. Y,
naturalmente, todos querían saber qué pasaba en la casa de los ojerosos.
El fenómeno tuvo un efecto
secundario delicioso: las novelas que Hollywood no podía filmar se convirtieron
en armas de prestigio. Ahí está Tobacco Road, de Erskine Caldwell, un
libro tan descarnado que la adaptación cinematográfica acabó pareciendo un
folleto turístico del Sur profundo. O las novelas de James M. Cain, donde la
gente se mataba o se acostaba sin perder tiempo en alegorías. Hollywood las filmaba
como podía, y lo que podía casi siempre era poco.
Ese contraste —el libro crudo y
la película puritana— convirtió a la novela en un territorio donde reinaba algo
parecido a la honestidad moral. Y ya se sabe: cuando una sociedad quiere saber
la verdad, a veces termina leyendo. La ironía es que muchos escritores,
conscientes de que Hollywood era la gran chequera nacional, empezaron a
escribir con el ojo puesto en los estudios. Surgió entonces una especie de
literatura esquizofrénica:
– por un lado, tramas adultas,
llenas de esa mugre humana que hace interesante a la ficción;
– por otro, suficientemente
ambiguas como para que los guionistas pudieran podarlas sin que el argumento se
desmoronase por completo.
Raymond Chandler, siempre tan
elegante, dominó esa técnica como un cirujano. Sus novelas eran laberintos
llenos de sexo y violencia que Hollywood convertía en laberintos llenos de humo
y diálogos ingeniosos. A veces las películas eran tan limpias que ya no se
entendía quién mató a quién, pero eso tampoco parecía preocupar a nadie.
Y mientras en los cines se purificaban almas, en los quioscos proliferaban los pulp magazines: literatura barata, repleta de crímenes sudorosos, mujeres demasiado listas y hombres demasiado torpes. Muchos de esos relatos habrían sido ilegales en la pantalla, pero en la letra impresa encontraban una especie de exilio feliz. Fue un florecimiento literario por expulsión: todo lo que no cabía en el cine buscó refugio en páginas mal impresas y portadas estridentes.
Incluso las novelas queer —esas historias en las que nadie se atrevía a decir la palabra “amor” pero todos sabían que estaba ahí— se convirtieron en un mundo propio, gozoso y clandestino. Hollywood no podía tocarlas; la literatura, sí.
El resultado fue paradójico: el
Código Hays, concebido para moralizar la cultura, terminó elevando la
literatura a un papel inesperado. La convirtió, sin querer, en la voz adulta de
un país que fingía ser más casto de lo que era. Hizo de la novela el lugar
donde se hablaba de la vida tal cual es, con sus sombras y sus pecados,
mientras el cine se refugiaba en sus atardeceres románticos y sus finales
ejemplares.
Cuando el código cayó en los años
sesenta —aplastado por la realidad, por el hartazgo y por el hecho de que ya
nadie creía esas ficciones de moral victoriana—, Hollywood corrió a recuperar
el tiempo perdido. Empezó a adaptar, casi con ansia, todas aquellas novelas que
antes eran impensables: La naranja mecánica, A sangre fría, Alguien
voló sobre el nido del cuco. De repente, la pantalla descubrió que el mundo
era más grande, turbio e interesante de lo que sus antiguos guardianes habían
permitido.
Hoy, cuando uno mira atrás, da la
sensación de que el Código Hays no encogió la literatura, sino que la
engrandeció. Obligó al cine a comportarse como un adulto que vive aún con sus
padres y tiene que esconder sus revistas, mientras los escritores paseaban por
la acera de enfrente con una libertad insolente.
No es la primera vez —ni será la última— que la censura genera efectos contrarios a los previstos. En aquel caso, la moral vino a salvar al cine de sus pecados, pero al final fue la literatura quien se llevó el botín: más lectores, más temas, más ambición y una saludable alergia al puritanismo.
Y uno imagina a Faulkner o a Steinbeck, sentados en algún porche de madera, brindando por aquel reglamento absurdo que pretendió cerrarles la boca… y acabó regalándoles el micrófono.