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domingo, 10 de mayo de 2026

ISRAEL Y JUDÁ: LA VIEJA FRACTURA DE UNA TIERRA ETERNA

 
La  historia de Israel y Palestina suele explicarse como un conflicto moderno, pero en realidad hunde sus raíces en fracturas políticas, religiosas y territoriales que comenzaron hace casi tres mil años. Sin embargo, conviene tener cuidado con las comparaciones históricas simples: los conflictos antiguos no explican por sí solos la tragedia actual, aunque sí ayudan a entender por qué esta tierra concentra tantas memorias, símbolos y heridas acumuladas.

Tras el reinado de Salomón, alrededor del siglo X a. C., el reino hebreo que habían consolidado David y su hijo comenzó a desmoronarse desde dentro. Lo que parecía un Estado fuerte escondía tensiones profundas: impuestos elevados, trabajos forzados para sostener grandes construcciones y una creciente sensación de desigualdad entre las tribus del norte y la élite de Jerusalén.

Cuando murió Salomón, su hijo Roboam heredó el trono. Tuvo la oportunidad de aliviar la presión sobre el pueblo, pero eligió exactamente lo contrario. Según la tradición bíblica, respondió a las demandas populares prometiendo cargas todavía más duras. Aquella decisión encendió la chispa.

Diez tribus del norte se rebelaron y proclamaron rey a Jeroboam I. Así nació el Reino de Israel, con capital primero en Siquem y más tarde en Samaria. El sur quedó convertido en el Reino de Judá, centrado en Jerusalén y gobernado por la dinastía davídica.

La ruptura no fue únicamente política. También se convirtió en una fractura cultural y religiosa. Ambos reinos comenzaron a desarrollar identidades distintas, compitieron por la legitimidad espiritual y se enfrentaron repetidamente en guerras que terminaron debilitándolos a los dos.

Uno de esos episodios ocurrió hacia el siglo VIII a. C., cuando el conflicto entre Amasías y Joás terminó con la derrota de Judá. Jerusalén fue saqueada parcialmente y parte de las riquezas del Templo acabaron en manos del reino del norte. Aquella escena resulta reveladora: pueblos emparentados histórica y religiosamente destruyéndose entre sí mientras las grandes potencias regionales observaban alrededor.

Y precisamente esas potencias acabarían aprovechando la división.

En el año 722 a. C., el Imperio asirio conquistó el Reino de Israel. Muchas de sus élites fueron deportadas y nació el mito de las “diez tribus perdidas”. Más de un siglo después, en 586 a. C., el Imperio babilónico destruyó Jerusalén y el Primer Templo. Judá cayó también, y parte de su población fue llevada al exilio en Babilonia, en lo que hoy sería Irak.

Aquellas derrotas marcaron profundamente la memoria judía. El exilio, la pérdida de la tierra y la destrucción del Templo se convirtieron en elementos centrales de la identidad histórica y religiosa del pueblo judío durante siglos.

Pero la región nunca dejó de ser un territorio compartido y disputado. Pasaron por allí persas, griegos, romanos, bizantinos, árabes musulmanes, cruzados, otomanos y británicos. Jerusalén terminó siendo sagrada para judíos, cristianos y musulmanes al mismo tiempo, algo que la convirtió en un lugar único y, también, extremadamente vulnerable al conflicto.

En la época moderna, especialmente desde finales del siglo XIX, surgió el sionismo, un movimiento político que defendía la creación de un hogar nacional judío en Palestina, entonces parte del Imperio otomano. Muchos judíos europeos, perseguidos por el antisemitismo, comenzaron a emigrar allí. Al mismo tiempo, la población árabe palestina desarrolló su propia conciencia nacional y vio aquellas migraciones con creciente preocupación.

La tragedia del Holocausto aceleró todo. Tras la Segunda Guerra Mundial, la ONU propuso dividir el territorio en dos Estados, uno judío y otro árabe. El liderazgo judío aceptó el plan; gran parte del liderazgo árabe lo rechazó, considerándolo injusto. En 1948 nació el Estado de Israel y estalló la primera guerra árabe-israelí.

Para los israelíes, aquello fue la guerra de independencia. Para los palestinos, la Nakba —la catástrofe—, porque cientos de miles de personas huyeron o fueron expulsadas de sus hogares.

Desde entonces, la región ha vivido guerras, atentados, ocupaciones militares, terrorismo, desplazamientos y ciclos continuos de violencia. Israel sufrió ataques de países vecinos y de grupos armados; los palestinos vivieron ocupación, pérdida de territorios y una situación cada vez más dura en lugares como Gaza y Cisjordania.

La situación actual es especialmente dolorosa. Los ataques de Hamás contra civiles israelíes el 7 de octubre de 2023 provocaron una enorme conmoción en Israel y desencadenaron una respuesta militar devastadora sobre Gaza. Miles de civiles han muerto, ciudades enteras han quedado destruidas y el sufrimiento humano alcanza niveles difíciles de describir.

Pero reducir el conflicto a una idea de “venganza histórica” puede resultar peligroso. Ni los israelíes actuales son los antiguos reinos bíblicos, ni los palestinos son Babilonia o Asiria. Las sociedades modernas son mucho más complejas. Hay israelíes que desean convivencia y palestinos que también la desean; hay extremismos en ambos lados y generaciones enteras atrapadas entre el miedo, el trauma y el odio acumulado.

La historia enseña algo importante: cuando dos pueblos convierten el pasado en una herida imposible de cerrar, el sufrimiento tiende a repetirse. Ya ocurrió con Israel y Judá en la Antigüedad. La división interna debilitó a ambos hasta hacerlos vulnerables frente a fuerzas mayores.

Hoy, después de milenios de guerras, exilios y destrucciones, la gran pregunta sigue siendo la misma: si la memoria servirá para comprender el dolor ajeno o únicamente para justificar nuevas tragedias.