Hubo un tiempo en que la Tierra
olía mal. Muy mal. No había bosques, ni flores, ni pájaros, ni siquiera ese
desagradable vecino microscópico que nos provoca catarros cada invierno. El
planeta era una esfera inhóspita de volcanes, mares turbios y cielos color
herrumbre donde el oxígeno, ese gas que hoy damos por sentado y que utilizamos
con la misma inconsciencia con que abrimos una ventana, apenas existía.
Respirar allí habría sido tan recomendable como inhalar el contenido de un tubo
de escape. Y, sin embargo, en aquel escenario digno de una refinería
petroquímica administrada por demonios, surgieron unos organismos diminutos que
cambiaron el destino del mundo con una eficacia que haría palidecer de envidia
a cualquier emperador, profeta o inventor de Silicon Valley.
Los responsables fueron las
cianobacterias, unas criaturas microscópicas tan simples que vistas al
microscopio producen la impresión de haber sido diseñadas por un funcionario
con prisas. No tenían núcleo, ni órganos internos, ni nada que sugiriera sofisticación
biológica. Pero poseían una habilidad revolucionaria: capturar luz solar y
fabricar alimento mediante fotosíntesis. Como subproducto liberaban oxígeno. Y
eso, hace más de 2.400 millones de años, equivalía a fabricar veneno
industrial.
Hoy sabemos que aquellas
bacterias construyeron estructuras minerales llamadas estromatolitos, palabra
derivada del griego stroma —colchón— y lithos —piedra—, aunque
“cojines rocosos” no hace justicia a su extraña belleza. Son montículos
laminados de carbonato formados lentamente por colonias microbianas que atrapan
sedimentos y precipitan minerales. Parecen piedras corrientes. De hecho, la
mayoría de la gente pasaría junto a uno sin dedicarle más atención que a una
alcantarilla. Pero en realidad constituyen las ruinas fósiles de la
civilización más antigua del planeta.
Durante unos tres mil millones de
años dominaron la Tierra con una perseverancia geológica que resulta casi
ofensiva. Mientras los continentes chocaban, los océanos se abrían y las
montañas nacían y desaparecían, aquellos organismos siguieron ahí, acumulando
capas microscópicas con la paciencia de un contable inmortal. Los
estromatolitos representan las evidencias directas más antiguas de vida
conocidas. Algunos fósiles australianos tienen más de 3.400 millones de años,
aunque los descubrimientos más recientes en Groenlandia y Quebec han insinuado
rastros biológicos todavía más antiguos, lo que ha desencadenado una de esas
deliciosas guerras científicas en las que personas extremadamente inteligentes
discuten durante décadas sobre unas piedras viscosas.
Lo extraordinario es que aquellos
seres minúsculos provocaron la primera gran catástrofe ecológica de la
historia. Los paleontólogos modernos la llaman la Gran Oxidación. El nombre
suena a producto quitamanchas, pero fue un apocalipsis químico de dimensiones
planetarias. El oxígeno liberado por las cianobacterias comenzó a acumularse
lentamente en océanos y atmósfera. Al principio era absorbido por minerales
ricos en hierro y por gases volcánicos reductores, pero llegó un momento en que
el planeta se saturó y el oxígeno empezó a quedar libre en el aire.
Para casi todos los organismos
existentes aquello fue una calamidad absoluta. Vivían felices en un mundo
anaerobio donde el oxígeno resultaba letal. Y lo cierto es que sigue siéndolo.
El oxígeno es una molécula extraordinariamente reactiva. Oxida, corroe y
destruye tejidos. Nuestros propios glóbulos blancos lo utilizan como arma
química contra bacterias invasoras. Respiramos una sustancia tóxica únicamente
porque llevamos cientos de millones de años aprendiendo a sobrevivir a ella. La
vida compleja no nació gracias a un entorno amable, sino gracias a una larga
adaptación a un gas venenoso.
Pero aquel desastre abrió
posibilidades inéditas. El oxígeno permitió obtener mucha más energía
metabólica que las fermentaciones anaerobias primitivas. Y, además, en las
capas altas de la atmósfera comenzó a formarse ozono, una molécula compuesta
por tres átomos de oxígeno que actuó como escudo contra la radiación
ultravioleta. Hasta entonces la superficie terrestre era un lugar tan
hospitalario como una sartén solar. Con la aparición de la capa de ozono, la
vida pudo aventurarse fuera del agua sin desintegrarse instantáneamente bajo el
Sol.
Todo lo que vino después
—helechos gigantescos, dinosaurios, mamíferos, jirafas, dentistas, inspectores
de Hacienda y aficionados al pádel— fue consecuencia indirecta de aquellas
bacterias primitivas.
A veces tendemos a imaginar la
evolución como una especie de escalera ascendente hacia formas cada vez más
complejas, pero durante la inmensa mayor parte de la historia terrestre el
planeta perteneció exclusivamente a los microbios. Si la historia de la Tierra
se condensara en un solo día, los seres humanos apareceríamos apenas unos
segundos antes de medianoche. Los estromatolitos, en cambio, habrían estado
presentes desde la madrugada. Y continúan aquí.
Hasta comienzos de los años
sesenta se pensaba que los estromatolitos eran únicamente fósiles. Luego
ocurrió uno de esos descubrimientos científicos que parecen escritos por un
novelista especialmente inspirado. En Shark Bay, una remota bahía del oeste australiano
donde el agua es tan salada que pocos organismos sobreviven, se encontraron
estromatolitos vivos. Era como descubrir una colonia activa de trilobites
paseando por Benidorm.
Desde entonces han aparecido
otros enclaves extraordinarios. Uno de los más fascinantes está en Cuatro
Ciénegas, en el desierto mexicano de Chihuahua, un lugar tan improbable que
parece inventado por un director artístico. Allí, en lagunas turquesas rodeadas
de yesos blancos y montañas áridas, prosperan comunidades microbianas cuya
genealogía se hunde casi hasta el origen mismo de la vida. Algunos científicos
consideran Cuatro Ciénegas uno de los mejores análogos modernos de la Tierra
primitiva. Otros simplemente se quedan mirando el agua en silencio, que
probablemente sea la reacción más sensata.
Incluso en España seguimos
encontrando huellas de aquel mundo perdido. En 2010, investigadores del
Instituto Geológico y Minero identificaron en la cueva cántabra de El Soplao
abundantes formaciones negras que resultaron ser estromatolitos fósiles. Hay algo
maravillosamente perturbador en entrar en una cueva y descubrir que esas rocas
oscuras son, en realidad, el residuo mineralizado de organismos que vivieron
cuando ni siquiera existían animales.
Richard Fortey escribió una vez
que, si el mundo comprendiera de verdad sus maravillas, los estromatolitos
serían tan famosos como las pirámides de Gizeh. Tiene razón. Porque
contemplarlos equivale a mirar directamente hacia el pasado profundo. No un pasado
histórico, ni arqueológico, ni siquiera paleontológico en el sentido habitual,
sino un pasado casi incomprensible, situado tan lejos de nosotros que el
cerebro apenas logra procesarlo.
Y, sin embargo, todo empezó allí:
en esas películas bacterianas aparentemente insignificantes que burbujeaban
bajo el sol precámbrico. Las pequeñas burbujas que aún hoy ascienden desde
algunos estromatolitos vivos contienen el mismo oxígeno que desencadenó una
extinción masiva y, simultáneamente, hizo posible todas las demás formas de
vida compleja. Son las exhalaciones de unos organismos microscópicos que
transformaron un planeta muerto en uno habitable.
No está mal para unas bacterias sin núcleo.
