Vistas de página en total

domingo, 10 de mayo de 2026

LOS MICROBIOS QUE ENVENENARON LA TIERRA… Y NOS DIERON LA VIDA

 

Hubo un tiempo en que la Tierra olía mal. Muy mal. No había bosques, ni flores, ni pájaros, ni siquiera ese desagradable vecino microscópico que nos provoca catarros cada invierno. El planeta era una esfera inhóspita de volcanes, mares turbios y cielos color herrumbre donde el oxígeno, ese gas que hoy damos por sentado y que utilizamos con la misma inconsciencia con que abrimos una ventana, apenas existía. Respirar allí habría sido tan recomendable como inhalar el contenido de un tubo de escape. Y, sin embargo, en aquel escenario digno de una refinería petroquímica administrada por demonios, surgieron unos organismos diminutos que cambiaron el destino del mundo con una eficacia que haría palidecer de envidia a cualquier emperador, profeta o inventor de Silicon Valley.

Los responsables fueron las cianobacterias, unas criaturas microscópicas tan simples que vistas al microscopio producen la impresión de haber sido diseñadas por un funcionario con prisas. No tenían núcleo, ni órganos internos, ni nada que sugiriera sofisticación biológica. Pero poseían una habilidad revolucionaria: capturar luz solar y fabricar alimento mediante fotosíntesis. Como subproducto liberaban oxígeno. Y eso, hace más de 2.400 millones de años, equivalía a fabricar veneno industrial.

Hoy sabemos que aquellas bacterias construyeron estructuras minerales llamadas estromatolitos, palabra derivada del griego stroma —colchón— y lithos —piedra—, aunque “cojines rocosos” no hace justicia a su extraña belleza. Son montículos laminados de carbonato formados lentamente por colonias microbianas que atrapan sedimentos y precipitan minerales. Parecen piedras corrientes. De hecho, la mayoría de la gente pasaría junto a uno sin dedicarle más atención que a una alcantarilla. Pero en realidad constituyen las ruinas fósiles de la civilización más antigua del planeta.

Durante unos tres mil millones de años dominaron la Tierra con una perseverancia geológica que resulta casi ofensiva. Mientras los continentes chocaban, los océanos se abrían y las montañas nacían y desaparecían, aquellos organismos siguieron ahí, acumulando capas microscópicas con la paciencia de un contable inmortal. Los estromatolitos representan las evidencias directas más antiguas de vida conocidas. Algunos fósiles australianos tienen más de 3.400 millones de años, aunque los descubrimientos más recientes en Groenlandia y Quebec han insinuado rastros biológicos todavía más antiguos, lo que ha desencadenado una de esas deliciosas guerras científicas en las que personas extremadamente inteligentes discuten durante décadas sobre unas piedras viscosas.

Lo extraordinario es que aquellos seres minúsculos provocaron la primera gran catástrofe ecológica de la historia. Los paleontólogos modernos la llaman la Gran Oxidación. El nombre suena a producto quitamanchas, pero fue un apocalipsis químico de dimensiones planetarias. El oxígeno liberado por las cianobacterias comenzó a acumularse lentamente en océanos y atmósfera. Al principio era absorbido por minerales ricos en hierro y por gases volcánicos reductores, pero llegó un momento en que el planeta se saturó y el oxígeno empezó a quedar libre en el aire.

Para casi todos los organismos existentes aquello fue una calamidad absoluta. Vivían felices en un mundo anaerobio donde el oxígeno resultaba letal. Y lo cierto es que sigue siéndolo. El oxígeno es una molécula extraordinariamente reactiva. Oxida, corroe y destruye tejidos. Nuestros propios glóbulos blancos lo utilizan como arma química contra bacterias invasoras. Respiramos una sustancia tóxica únicamente porque llevamos cientos de millones de años aprendiendo a sobrevivir a ella. La vida compleja no nació gracias a un entorno amable, sino gracias a una larga adaptación a un gas venenoso.

Pero aquel desastre abrió posibilidades inéditas. El oxígeno permitió obtener mucha más energía metabólica que las fermentaciones anaerobias primitivas. Y, además, en las capas altas de la atmósfera comenzó a formarse ozono, una molécula compuesta por tres átomos de oxígeno que actuó como escudo contra la radiación ultravioleta. Hasta entonces la superficie terrestre era un lugar tan hospitalario como una sartén solar. Con la aparición de la capa de ozono, la vida pudo aventurarse fuera del agua sin desintegrarse instantáneamente bajo el Sol.

Todo lo que vino después —helechos gigantescos, dinosaurios, mamíferos, jirafas, dentistas, inspectores de Hacienda y aficionados al pádel— fue consecuencia indirecta de aquellas bacterias primitivas.

A veces tendemos a imaginar la evolución como una especie de escalera ascendente hacia formas cada vez más complejas, pero durante la inmensa mayor parte de la historia terrestre el planeta perteneció exclusivamente a los microbios. Si la historia de la Tierra se condensara en un solo día, los seres humanos apareceríamos apenas unos segundos antes de medianoche. Los estromatolitos, en cambio, habrían estado presentes desde la madrugada. Y continúan aquí.

Hasta comienzos de los años sesenta se pensaba que los estromatolitos eran únicamente fósiles. Luego ocurrió uno de esos descubrimientos científicos que parecen escritos por un novelista especialmente inspirado. En Shark Bay, una remota bahía del oeste australiano donde el agua es tan salada que pocos organismos sobreviven, se encontraron estromatolitos vivos. Era como descubrir una colonia activa de trilobites paseando por Benidorm.

Desde entonces han aparecido otros enclaves extraordinarios. Uno de los más fascinantes está en Cuatro Ciénegas, en el desierto mexicano de Chihuahua, un lugar tan improbable que parece inventado por un director artístico. Allí, en lagunas turquesas rodeadas de yesos blancos y montañas áridas, prosperan comunidades microbianas cuya genealogía se hunde casi hasta el origen mismo de la vida. Algunos científicos consideran Cuatro Ciénegas uno de los mejores análogos modernos de la Tierra primitiva. Otros simplemente se quedan mirando el agua en silencio, que probablemente sea la reacción más sensata.

Incluso en España seguimos encontrando huellas de aquel mundo perdido. En 2010, investigadores del Instituto Geológico y Minero identificaron en la cueva cántabra de El Soplao abundantes formaciones negras que resultaron ser estromatolitos fósiles. Hay algo maravillosamente perturbador en entrar en una cueva y descubrir que esas rocas oscuras son, en realidad, el residuo mineralizado de organismos que vivieron cuando ni siquiera existían animales.

Richard Fortey escribió una vez que, si el mundo comprendiera de verdad sus maravillas, los estromatolitos serían tan famosos como las pirámides de Gizeh. Tiene razón. Porque contemplarlos equivale a mirar directamente hacia el pasado profundo. No un pasado histórico, ni arqueológico, ni siquiera paleontológico en el sentido habitual, sino un pasado casi incomprensible, situado tan lejos de nosotros que el cerebro apenas logra procesarlo.

Y, sin embargo, todo empezó allí: en esas películas bacterianas aparentemente insignificantes que burbujeaban bajo el sol precámbrico. Las pequeñas burbujas que aún hoy ascienden desde algunos estromatolitos vivos contienen el mismo oxígeno que desencadenó una extinción masiva y, simultáneamente, hizo posible todas las demás formas de vida compleja. Son las exhalaciones de unos organismos microscópicos que transformaron un planeta muerto en uno habitable.

No está mal para unas bacterias sin núcleo.