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martes, 1 de septiembre de 2026

LA CAJA QUE TENÍA 4 294 MILLONES DE COMBINACIONES Y NO NECESITABA ELECTRICIDAD

 

Hay imágenes que llegan a las redes sociales con todos los ingredientes necesarios para provocar un pequeño ataque de asombro. Una caja de aspecto oriental, cubierta de arabescos, una cerradura con varios cilindros y, sobre ella, un titular formidable: «Año 1200. 4 294 millones de combinaciones. Y no tenía electricidad». Debajo se añade que un ladrón que ensayara una combinación por segundo tardaría más de 126 años en probarlas todas, que la caja fue construida en el Imperio selyúcida y que hoy se conserva en el Museo Benaki de Atenas.

Es difícil resistirse. Una caja fuerte medieval con más de cuatro mil millones de combinaciones parece uno de esos objetos que inevitablemente terminan acompañados por la pregunta: «¿Cómo pudieron construir esto hace ochocientos años?». La respuesta es bastante sencilla: porque nuestros antepasados no eran idiotas. Pero hay otra cuestión más interesante. ¿Es verdadera la historia?

Lo mejor es empezar por las malas noticias. La caja de la fotografía no es la caja original. La pieza auténtica que inspira la imagen se conserva en The David Collection de Copenhague, no en el Museo Benaki de Atenas. Y ni siquiera se conserva la caja completa. Como se puede comprobar con la fotografía, el museo danés la describe prudentemente como «fragmento de una caja con cerradura de combinación». Está fabricada en latón fundido y martilleado, con incrustaciones de plata y cobre, mide 4,4 centímetros de alto por 23,5 de ancho y 18,5 de fondo y lleva el número de inventario 1/1984. La espectacular caja de la imagen viral, por tanto, es una recreación moderna.

La auténtica caja de Muhammad ibn Hamid al-Asturlabi al-Isfahani. Ejemplar de The David Collection, Copenhague

Hasta aquí podría parecer que nos encontramos ante otro de los innumerables bulos históricos que circulan por internet. Pero ocurre algo bastante divertido: cuando quitamos los adornos falsos, la historia verdadera resulta aún mejor.

La pieza está fechada con extraordinaria precisión. Una inscripción indica el año 597 de la Hégira, correspondiente al año 1200-1201 de nuestra era, y señala también a su constructor: Muhammad ibn Hamid al-Asturlabi al-Isfahani. El apellido profesional “al-Asturlabi” proporciona una pista magnífica: Muhammad era fabricante de astrolabios; al-Isfahani indica su vinculación con la ciudad iraní de Isfahán. Estamos, pues, ante un artesano especializado en algunos de los instrumentos de precisión más sofisticados de su época.

Y ahora viene la parte sorprendente: los 4 294 millones de combinaciones son ciertos. La cerradura tiene cuatro pares de discos giratorios, es decir, ocho discos, cada uno de los cuales admite dieciséis posiciones. No hace falta ninguna electrónica para obtener una cifra gigantesca. Basta la aritmética:

16⁸ = 4 294 967 296

Cuatro mil doscientos noventa y cuatro millones novecientas sesenta y siete mil doscientas noventa y seis configuraciones posibles. Es exactamente la cifra que proporciona el propio museo. Cuando los ocho elementos quedaban colocados en la posición adecuada, se liberaba una placa metálica interior conectada al tirador exterior y al mecanismo de cierre.

La electricidad, naturalmente, no pinta nada aquí. Un candado de combinación moderno tampoco necesita electricidad. Lo extraordinario no consiste en que un hombre del año 1200 consiguiera fabricar un aparato «digital» sin disponer de enchufe, sino en que comprendiera perfectamente cómo multiplicar posibilidades mediante una sucesión de elementos mecánicos independientes.

La imagen viral tropieza, sin embargo, con las matemáticas cuando asegura que probar todas las combinaciones a razón de una por segundo requeriría «más de 126 años». Requeriría algo más: 4 294 967 296 segundos equivalen aproximadamente a 136 años.

Y eso suponiendo un ladrón admirablemente disciplinado, capaz de trabajar veinticuatro horas al día durante siglo y pico, sin dormir, comer, ir al baño, equivocarse ni repetir una combinación. En promedio tampoco tendría que probarlas todas: si la combinación correcta estuviera situada al azar, cabría esperar encontrarla aproximadamente a mitad del recorrido. Eso deja la jornada laboral del ladrón en unos 68 años, que continúa siendo una perspectiva profesional poco atractiva.

Pero tampoco debemos caer en la tentación contraria y convertir aquella cerradura en el equivalente medieval de un sistema criptográfico moderno. Las 4 294 967 296 configuraciones constituyen el espacio matemático de combinaciones posibles; no demuestran que un ladrón necesitara realmente recorrerlas una por una. Las cerraduras mecánicas pueden atacarse aprovechando holguras, escuchando o sintiendo el movimiento de las piezas, observando el mecanismo, desmontándolo o, llegado el caso, aplicando el ancestral procedimiento consistente en romper la caja. Una contraseña informática y una cerradura de latón no ofrecen necesariamente la misma seguridad porque ambas tengan unos cuantos miles de millones de configuraciones.

Lo verdaderamente interesante aparece cuando situamos el objeto en su época. Apenas unos años después, en 1206 de la fecha grabada en la caja de Muhammad ibn Hamid, el ingeniero Badīʿ al-Zamān al-Jazarī terminó su célebre Libro del conocimiento de ingeniosos dispositivos mecánicos, uno de los grandes tratados tecnológicos de la Edad Media. Trabajaba para la corte artúquida en Diyarbakir, en la actual Turquía, y su libro describía relojes, autómatas, mecanismos hidráulicos, máquinas para elevar agua y toda clase de ingenios.

Entre ellos aparece algo que nos resulta muy familiar: una cerradura de combinación para un cofre. El sistema descrito por al-Jazarí empleaba letras árabes. La cerradura disponía de cuatro grupos y utilizaba doce letras para establecer la combinación. Mediante discos y muescas, solamente una determinada alineación permitía liberar el mecanismo. Todavía más interesante es que al-Jazarí no afirmó haber inventado el principio. Al referirse a cerraduras anteriores deja claro que otros artesanos ya habían utilizado sistemas semejantes.

Eso cambia completamente nuestra manera de mirar la pieza de Isfahán. Muhammad ibn Hamid no era necesariamente un genio solitario que una mañana de 1 200 inventó de la nada la cerradura de combinación. Al-Jazarí trabajaba a cientos de kilómetros y conocía mecanismos semejantes prácticamente en las mismas fechas. La proximidad cronológica hace poco probable que uno copiara al otro. Todo apunta a que ambos participaban de una tradición tecnológica mucho más amplia. La propia David Collection señala que el principio constituía entonces un conocimiento compartido y que sus antecedentes pueden remontarse a las culturas mediterráneas de la Antigüedad.

Y ahí está quizá la parte más interesante de toda la historia. Tenemos cierta tendencia a imaginar la tecnología como una escalera que empieza con hombres medievales bastante torpes, continúa con Leonardo da Vinci, acelera con la Revolución Industrial y desemboca felizmente en nosotros, que hemos inventado el teléfono móvil y podemos sentirnos satisfechos. La historia real es mucho menos ordenada. Las técnicas nacen, viajan, se perfeccionan, desaparecen, reaparecen y atraviesan culturas y civilizaciones.

El mundo islámico medieval desempeñó un papel fundamental en esa circulación del conocimiento. Matemáticos, astrónomos, médicos, artesanos e ingenieros heredaron conocimientos griegos, persas, indios y romanos, los desarrollaron y produjeron otros nuevos. El tratado de al-Jazarí es una muestra extraordinaria de esa cultura mecánica: no se limita a imaginar máquinas, sino que explica cómo construirlas y hacerlas funcionar. Su obra, terminada en el año 1206 de nuestra era, constituye uno de los testimonios fundamentales de la ingeniería medieval.

La pequeña cerradura de Muhammad ibn Hamid pertenece a ese mismo mundo. Por eso resulta innecesario convertirla en un misterio. No necesitaba electricidad, desde luego, como tampoco la necesita el cerrojo de nuestra puerta. No era una caja imposible de abrir. No está en Atenas. Ni siquiera conservamos la magnífica caja que aparece en la ilustración.

Lo que conservamos es bastante mejor: un fragmento de latón construido en Isfahán hace más de ocho siglos por un fabricante de astrolabios, provisto de ocho discos capaces de generar exactamente 4 294 967 296 combinaciones.

La imagen viral intenta maravillarnos exagerando la historia. Cometió un error innecesario. Bastaba con contar la verdad.