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miércoles, 13 de mayo de 2026

CUANDO DESCUBRES QUE TU EPIDURAL NO ERA UNA EPIDURAL

 

Hace apenas un par de días pasé por una intervención quirúrgica de urología. Nada dramático, aunque sí de esas operaciones que obligan a reconciliarse con una evidencia incómoda: llega un momento en la vida en que uno empieza a tener más conversaciones sobre esfínteres que sobre literatura o política internacional.

La experiencia, sin embargo, fue extraordinariamente interesante. Tan interesante me pareció que, dos días antes de entrar en el hospital, durante un sábado destemplado, escribí un artículo sobre Fidel Pagés, el médico militar español que desarrolló la anestesia epidural en los años veinte del siglo pasado. Yo estaba convencido de que aquello era exactamente lo que me iban a administrar.

Pero entonces intervino la realidad, que suele tener forma de amigo anestesista. Por un lado, comprobé que, después de la intervención, de la que me recuperé rápidamente y con la mente despejada, mis piernas estaban insensibles, signo inequívoco de que la anestesia había ido algo más allá de una epidural.

Luego, mi buen amigo el doctor Miguel Ángel García Díaz, anestesista del Hospital Universitario Príncipe de Asturias, me escribió un guasap con la mezcla perfecta de cortesía profesional y compasión pedagógica que utilizan los médicos cuando un paciente cree haber entendido algo leyendo la Anatomía Básica de Gray. Me explicó que, en realidad, lo que me habían puesto no era una epidural, sino una anestesia intradural o raquídea.

Naturalmente, mi primera reacción fue pensar que aquello era una distinción semántica sin demasiada importancia, algo parecido a discutir si un percebe es un crustáceo o una pequeña maldición marina. Pero resulta que no. La diferencia existe, y es considerable.

La anestesia epidural consiste en introducir el anestésico en el espacio epidural, es decir, fuera de la duramadre, la membrana que envuelve la médula espinal. La intradural, en cambio, atraviesa esa membrana y deposita el fármaco directamente en el líquido cefalorraquídeo. Dicho de forma menos anatómica: la epidural se queda en el vestíbulo y la intradural entra directamente en el salón. De hecho, estrictamente hablando y por ser precisos, muchas veces decimos “intradural” por simplificar, pero anatómicamente el anestésico queda en el espacio subaracnoideo.

La consecuencia práctica es importante. La epidural suele utilizarse sobre todo con finalidad analgésica: disminuye el dolor, pero permite conservar parte de la sensibilidad y, en ocasiones, cierta movilidad. Por eso es la técnica clásica en muchos partos. La intradural, en cambio, produce una anestesia mucho más intensa, rápida y profunda. No es simplemente “me duele menos”. Es más bien “de cintura para abajo ha desaparecido la civilización”.

Confieso que la experiencia resulta fascinante. Uno permanece bastante despierto, oye conversaciones, distingue el ruido metálico del instrumental quirúrgico, percibe incluso movimientos vagos y presiones remotas, pero el cuerpo ha dejado de obedecer. Hay algo profundamente filosófico en intentar mover una pierna y descubrir que la pierna, democráticamente, ha decidido abstenerse.

La anestesia raquídea tiene además una elegancia técnica extraordinaria. Requiere cantidades pequeñas de anestésico y actúa en apenas minutos. Entiendo perfectamente por qué es tan utilizada en cirugía urológica, cesáreas y operaciones de miembros inferiores. Aunque debo reconocer que, desde la perspectiva del paciente, toda la sofisticación neurofisiológica puede resumirse en una sola idea: “qué maravilla no sentir nada”.

En mi caso, la intervención consistió en el implante de un artilugio considerado el tratamiento de referencia para ciertos tipos de problemas que sufrimos a quienes hace años se nos extirpó la próstata y con ella un cáncer. El dispositivo —una maravilla de ingeniería biomédica— reproduce artificialmente la función del esfínter uretral natural mediante un sistema hidráulico implantado completamente dentro del cuerpo.

Es una de esas tecnologías médicas que recuerdan hasta qué punto vivimos ya en el futuro. Hay personas caminando tranquilamente por la calle con pequeñas bombas hidráulicas implantadas en el cuerpo y nadie parece impresionarse demasiado.

Mientras investigaba sobre el procedimiento, descubrí algo menos futurista y bastante más terrenal: su precio en Estados Unidos. Las cifras varían enormemente según el hospital, seguro médico y complicaciones asociadas, pero distintas fuentes sitúan el coste total de una implantación de un artilugio así entre unos 10.000 y 25.000 dólares, y eso sin incluir todos los gastos hospitalarios asociados, que bien podrían duplicar el coste. Algunos paquetes quirúrgicos privados superan incluso los 44.000 dólares.

Y aquí es donde conviene detenerse un momento. Viajo con frecuencia a Estados Unidos y admiro muchísimas cosas de aquel país: sus paisajes, sus bibliotecas, sus diners de carretera, sus librerías imposibles y esa capacidad tan norteamericana de convertir cualquier cosa —incluido un donut— en un objeto de deseo. Pero también he visto allí algo que en Europa a veces olvidamos: el miedo económico a enfermar.

He conocido estadounidenses que retrasan pruebas médicas por miedo a la factura. Personas con seguros excelentes que aun así pagan miles de dólares de su bolsillo. Familias que consideran una hospitalización como un desastre financiero comparable a una inundación doméstica o a un incendio parcial de la vivienda.

Por eso, después de esta experiencia, siento una gratitud enorme hacia la sanidad pública española. Mi agradecimiento hacia los urólogos, anestesistas, enfermeras, auxiliares, celadores y personal administrativo que hicieron su trabajo con una profesionalidad y una humanidad impecables. Hacia quienes me atendieron en el Hospital Universitario Ramón y Cajal y a quienes me atienden habitualmente en el Hospital Universitario Príncipe de Asturias con eficacia, paciencia y una sonrisa a cualquier hora.

Y también hacia algo mucho menos popular: los impuestos. Porque conviene recordarles a ciertos antisociales fiscales —esos que hablan de los impuestos como si fueran una conspiración bolchevique diseñada para arruinar propietarios de SUV híbridos— que la sanidad pública no aparece por generación espontánea. No brota de los árboles. No la financian los unicornios.

La pagan los contribuyentes. Y gracias a eso, un ciudadano puede entrar en un hospital, ser operado con tecnología sofisticadísima, anestesiado por profesionales excelentes, cuidado durante días y salir de allí pensando en recuperarse… en lugar de preguntarse cómo demonios va a pagar una factura de veinte mil euros.

No es poca cosa.