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jueves, 9 de julio de 2026

EL CEREBRO BAJO LAS OLAS

 

Durante décadas nos enseñaron una regla aparentemente indiscutible: mantenga el agua alejada de los aparatos eléctricos. Era un consejo tan sensato que nadie se atrevía a discutirlo. Si un teléfono móvil caía a la piscina, se daba por muerto. Si el ordenador recibía una salpicadura de café, empezábamos a buscar el servicio técnico. Sin embargo, resulta que alguien ha decidido que algunos de los ordenadores más potentes del mundo hagan exactamente lo contrario: mudarse al fondo del mar.

La noticia llegó hace unos días desde China. Frente a la costa de Shanghái ya funciona el primer centro de datos comercial submarino alimentado directamente por un parque eólico marino. Dentro de varias cápsulas de acero, perfectamente selladas, miles de servidores trabajan las veinticuatro horas del día mientras el océano se encarga de enfriarlos y el viento proporciona la electricidad necesaria para mantenerlos en funcionamiento.

La idea parece salida de una novela de Julio Verne. Sin embargo, es una de las respuestas más ingeniosas a uno de los mayores problemas tecnológicos de nuestro tiempo: el calor. Porque el auténtico enemigo de un ordenador nunca ha sido el agua. Ha sido el calor.

Existe una ley física tan sencilla como implacable: casi toda la electricidad que consume un ordenador acaba transformándose en calor. Mientras el procesador realiza millones de operaciones por segundo, los electrones chocan unos con otros y esa energía termina convertida en vibraciones de los átomos. Es decir, en temperatura.

La lucha contra ese calor comenzó prácticamente el mismo día en que nació la informática. En 1946, el ENIAC, considerado el primer ordenador electrónico de propósito general, ocupaba una sala de casi ciento setenta metros cuadrados y contenía dieciocho mil válvulas de vacío. Consumía tanta electricidad que desprendía un calor descomunal. Las historias sobre las luces de Filadelfia parpadeando cada vez que se encendía probablemente sean exageradas, pero ilustran bien la impresión que causaba aquella gigantesca máquina.

El ENIAC, acrónimo en inglés de Integrador y Computador Numérico Electrónico, fue el primer ordenador digital programable, completado en 1945. Era capaz de resolver una gran clase de problemas numéricos mediante reprogramación.

La invención del transistor y, más tarde, de los microprocesadores pareció resolver el problema. Para realizar el mismo trabajo, cada nueva generación consumía menos energía que la anterior. Sin embargo, ocurrió algo curioso. Como los ordenadores se hicieron más eficientes, simplemente construimos muchos más. Después llegaron internet, la computación en la nube y, finalmente, la inteligencia artificial. El resultado ha sido una explosión del consumo eléctrico que pocos habían previsto.

Hoy un gran centro de datos ya no se parece a una oficina llena de ordenadores, sino a una fábrica. Miles de servidores trabajan simultáneamente procesando búsquedas, vídeos, compras, fotografías o conversaciones con inteligencias artificiales. Todo ese trabajo genera cantidades colosales de calor que es necesario eliminar sin descanso.

Y ahí aparece la gran paradoja. Gastamos enormes cantidades de electricidad para hacer funcionar los servidores y, acto seguido, gastamos otra enorme cantidad de electricidad para impedir que se recalienten.

Los ingenieros incluso tienen una medida para cuantificar ese despilfarro inevitable. Se llama Power Usage Effectiveness (PUE). Un valor de 2 significa que por cada kilovatio dedicado a calcular hace falta otro kilovatio adicional para refrigeración, iluminación y equipos auxiliares. Los mejores centros actuales han conseguido reducir esa cifra hasta poco más de 1,1, pero eso sigue significando que una parte apreciable de toda la energía consumida no sirve para hacer cálculos, sino simplemente para combatir el calor.

La inteligencia artificial ha multiplicado el problema. Entrenar un modelo avanzado requiere decenas de miles de procesadores gráficos funcionando simultáneamente durante semanas. Cada uno consume varios cientos de vatios. Los centros de datos que ya se están proyectando necesitarán tanta electricidad como ciudades enteras.

Eso explica un fenómeno sorprendente. Las grandes empresas tecnológicas han empezado a preocuparse tanto por conseguir energía como por desarrollar algoritmos. Microsoft ha firmado acuerdos relacionados con el suministro nuclear. Google y Amazon estudian el potencial de los pequeños reactores modulares. OpenAI reconoce abiertamente que el futuro de la inteligencia artificial dependerá tanto de disponer de nuevos chips como de encontrar enormes cantidades de electricidad barata.

En realidad, la famosa "nube" nunca ha tenido nada de vaporosa. Está formada por edificios inmensos de hormigón y acero, llenos de transformadores, baterías, tuberías, ventiladores y kilómetros de cable. Produce tanto calor que empieza a parecer una acería dedicada exclusivamente a fabricar respuestas para nuestros teléfonos móviles.

Y entonces alguien debió formular una pregunta. Si el agua enfría mucho mejor que el aire, ¿por qué seguimos empeñados en refrigerar los ordenadores con aire acondicionado? La primera gran prueba llegó de la mano de Microsoft. En 2018, la compañía hundió un enorme cilindro metálico lleno de servidores frente a las islas Orcadas, al norte de Escocia. El experimento, conocido como Proyecto Natick, permaneció dos años bajo el mar.

Cuando recuperaron el módulo, los ingenieros esperaban encontrar equipos deteriorados por la humedad y la corrosión. Descubrieron exactamente lo contrario.

Los servidores habían sufrido menos averías que otros equivalentes instalados en tierra firme. La explicación era sorprendentemente simple. Dentro del recipiente no había polvo, ni humedad, ni cambios bruscos de temperatura, ni personas manipulando continuamente los equipos. Los ordenadores vivían en un ambiente limpio, estable y extraordinariamente tranquilo.

Microsoft demostró que la idea era técnicamente viable, aunque nunca llegó a explotarla comercialmente. China acaba de dar ese paso.

Las cápsulas instaladas frente a Shanghái permanecen completamente selladas. El calor generado por los servidores atraviesa sus paredes metálicas y se disipa lentamente en el agua del mar. La electricidad procede directamente de aerogeneradores marinos cercanos. El sistema combina así dos recursos naturales prácticamente inagotables: el viento aporta la energía y el océano absorbe el calor.

Naturalmente, la solución no está exenta de problemas. Reparar un servidor situado a decenas de metros de profundidad no es precisamente una tarea sencilla. Si una cápsula necesita mantenimiento, hay que izarla hasta la superficie. Además, los ingenieros deben proteger las instalaciones frente a la corrosión, las corrientes marinas, las anclas, las redes de pesca y cualquier incidente que pueda dañar los cables submarinos.

Pero las ventajas son evidentes. El consumo energético destinado a refrigeración disminuye de forma notable y también desaparece buena parte del enorme gasto de agua dulce asociado a muchos centros de datos terrestres.

Lo verdaderamente interesante, sin embargo, no es que algunos ordenadores hayan aprendido a vivir bajo el agua. Lo importante es el cambio de perspectiva que representa esta idea. Durante décadas construimos centros de datos donde encontrábamos suelo disponible y después llevábamos hasta ellos la electricidad y los sistemas de refrigeración. Ahora empezamos a hacer exactamente lo contrario: buscamos primero dónde existen energía abundante y frío natural, y trasladamos allí los ordenadores.

Es una inversión conceptual tan sencilla como brillante. Quizá dentro de unos años nos resulte tan normal que los cerebros de la inteligencia artificial vivan bajo el mar como hoy aceptamos que internet viaje por cables tendidos en el fondo de los océanos. Puede que muchas de las respuestas que recibamos en nuestros teléfonos nazcan en una caja de acero mecida por las corrientes marinas mientras, sobre ella, giran lentamente los aerogeneradores.

Hay algo poético en esa imagen. Hace unos cuatro mil millones de años, la vida apareció en los océanos. Allí surgieron las primeras moléculas capaces de almacenar información y transmitirla a la siguiente generación. Desde entonces, la evolución no ha hecho otra cosa que perfeccionar distintas formas de procesar información: primero el ADN, luego los cerebros y, finalmente, los ordenadores.

No deja de ser una hermosa ironía que algunas de las máquinas más inteligentes construidas por nuestra especie hayan terminado regresando al mismo lugar donde comenzó toda la historia. Quizá el fondo del mar no sea únicamente un buen sitio para enfriar ordenadores. Quizá sea también un recordatorio de que, por muy sofisticada que llegue a ser nuestra tecnología, seguimos recurriendo a las soluciones que la naturaleza lleva perfeccionando desde hace miles de millones de años.