Existe una expresión inglesa muy
gráfica para describir esas situaciones en las que un actor aparentemente
secundario termina imponiendo su voluntad al principal: the tail wagging the
dog, “la cola que mueve al perro”. En política internacional pocas imágenes
resultan tan inquietantes como la de una gran potencia actuando al ritmo de un
aliado mucho más pequeño.
Durante décadas habría parecido
absurdo aplicarla a la relación entre Estados Unidos e Israel. La mayor
potencia militar, económica y tecnológica del planeta no podía actuar al
dictado de un pequeño aliado de Oriente Próximo. Sin embargo, la reanudación de
los ataques estadounidenses contra Irán vuelve a colocar sobre la mesa una
pregunta perturbadora: ¿es Donald Trump quien dirige la estrategia en Oriente
Próximo o ha terminado asumiendo la agenda de Benjamín Netanyahu?
Es una cuestión que va mucho más
allá de la política israelí. En realidad, remite a un problema mucho más
antiguo: la extraordinaria dificultad de Estados Unidos para abandonar una
guerra una vez que ha decidido entrar en ella.
En Los desnudos y los muertos,
publicada en 1948, Norman Mailer pone en boca de uno de sus soldados una
observación tan sencilla como premonitoria: «el problema de Estados Unidos es
que nunca ha perdido una guerra». Cuando escribió aquella novela, la afirmación
resultaba razonable. La joven república había derrotado a México, había
desmantelado el decadente imperio español en Cuba y Filipinas, había resultado
decisiva en la victoria aliada en la I Guerra Mundial y acababa de desempeñar un
papel decisivo en la derrota de Alemania y Japón duranta la II Gran Guerra. La
confianza en la superioridad militar estadounidense parecía ilimitada. Si
surgía un problema internacional, bastaba con enviar portaaviones, divisiones
acorazadas y bombarderos.
La historia posterior resultó
bastante más complicada.
La guerra de Corea suele
recordarse como una victoria porque Corea del Sur sobrevivió. Sin embargo, el
objetivo político terminó siendo otro: reunificar la península y expulsar
definitivamente al régimen comunista de Pyongyang. Ese objetivo nunca se alcanzó.
Tras la intervención china, la guerra terminó prácticamente donde había
empezado. Setenta años después, Corea del Norte continúa existiendo, dispone de
armamento nuclear y sigue siendo uno de los mayores desafíos estratégicos para
Washington.
Poco después llegó la desastrosa
operación de Bahía de Cochinos, concebida para derribar a Fidel Castro mediante
un desembarco organizado por la CIA. El fracaso consolidó al régimen cubano y
empujó definitivamente a La Habana hacia la órbita soviética. Apenas un año
después, el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear durante la crisis de
los misiles.
Vietnam convirtió esa sucesión de
reveses en un trauma nacional. Estados Unidos nunca perdió una gran batalla
convencional. Su aviación dominó el cielo y su potencia de fuego resultó
abrumadora. Sin embargo, acabó retirándose sin alcanzar el objetivo político
que había justificado la intervención. Las imágenes de los helicópteros
evacuando la embajada en Saigón siguen simbolizando el descubrimiento de una
realidad incontestable que hubiera encantado a Clausewitz: la superioridad
militar no garantiza la victoria política.
Desde entonces la lista se ha ido
alargando. En 1983, un atentado contra los barracones de los marines en Beirut
precipitó la retirada estadounidense del Líbano. Diez años después, la batalla
de Mogadiscio convenció a Washington de abandonar Somalia. En Afganistán, el
ejército más poderoso del mundo necesitó apenas unas semanas para desalojar a
los talibanes del poder y casi veinte años para comprobar que era incapaz de
construir un Estado estable. Cuando el último avión estadounidense despegó de
Kabul en agosto de 2021, los talibanes recuperaban exactamente el mismo poder
del que habían sido expulsados dos décadas antes.
Irak constituye quizá el ejemplo
más revelador. La invasión de 2003 fue un éxito militar fulminante. El régimen
de Sadam Husein cayó en cuestión de semanas. Pero la paz resultó infinitamente
más difícil que la guerra. La insurgencia, la violencia sectaria y el vacío
institucional transformaron la victoria inicial en un conflicto interminable.
La mayor paradoja fue geopolítica: una intervención concebida, entre otras
razones, para reforzar la posición estadounidense en Oriente Próximo terminó
eliminando el principal contrapeso regional de Irán y multiplicando
precisamente la influencia de Teherán sobre Bagdad.
Es inevitable preguntarse si
Washington está a punto de repetir ese mismo error.
Porque Irán no es Irak, ni
Afganistán, ni mucho menos uno de esos Estados nacidos del reparto colonial de
Oriente Próximo tras la desaparición del Imperio otomano. Irán es el heredero
de una tradición estatal que se remonta al Imperio aqueménida de Ciro y Darío.
Es una nación con más de ochenta millones de habitantes, una fuerte identidad
histórica y una administración que ha sobrevivido a conquistas, invasiones y
revoluciones durante más de dos milenios.
Alejandro Magno conquistó Persia,
pero terminó adoptando muchas de sus costumbres. Los árabes llevaron el islam,
pero no consiguieron borrar la identidad persa. Los mongoles devastaron el
país, pero acabaron absorbidos por la cultura que pretendían destruir. La
continuidad histórica constituye uno de los grandes activos estratégicos de
Irán y explica en buena medida la cohesión nacional que suele emerger cuando el
país percibe una amenaza exterior.
Nada de eso convierte al régimen
iraní en invulnerable. Pero sí convierte en extremadamente arriesgada cualquier
ilusión de resolver el problema mediante una campaña de bombardeos o, peor aún,
mediante una hipotética invasión terrestre. La experiencia de las últimas
décadas sugiere que destruir infraestructuras resulta mucho más sencillo que
remodelar sociedades.
Donald Trump llegó a la Casa
Blanca prometiendo exactamente lo contrario. Criticó las guerras interminables,
denunció el despilfarro de vidas y dinero en Oriente Próximo y aseguró que
Estados Unidos debía concentrarse en sus propios problemas. Esa promesa formaba
parte del núcleo de su discurso político. Si ahora acaba atrapado en una
escalada con Irán, corre el riesgo de parecerse mucho más a sus predecesores de
lo que probablemente desearía admitir.
Existe además un calendario
político que no puede ignorarse. Las elecciones legislativas de mitad de
mandato suelen convertirse en un plebiscito sobre el presidente. Una guerra
larga, costosa e imprevisible constituye un pésimo escenario para cualquier ocupante
de la Casa Blanca. La historia reciente demuestra que entrar en un conflicto
resulta relativamente sencillo; encontrar una salida digna suele ser mucho más
complicado.
Quizá Norman Mailer no imaginó
hasta qué punto aquella frase escrita hace casi ochenta años acabaría
adquiriendo un significado distinto. El verdadero problema de Estados Unidos ya
no consiste en creer que nunca puede perder una guerra. Consiste en seguir
confiando en que una victoria militar equivale necesariamente a una victoria
política. Corea, Vietnam, Afganistán e Irak cuentan una historia muy distinta.
Y ahora esa historia vuelve a
escribirse sobre el mapa de Persia, un lugar donde los imperios llevan dos mil
quinientos años aprendiendo que entrar siempre resulta más fácil que salir.