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jueves, 9 de julio de 2026

LA COLA QUE MUEVE AL PERRO

 

Existe una expresión inglesa muy gráfica para describir esas situaciones en las que un actor aparentemente secundario termina imponiendo su voluntad al principal: the tail wagging the dog, “la cola que mueve al perro”. En política internacional pocas imágenes resultan tan inquietantes como la de una gran potencia actuando al ritmo de un aliado mucho más pequeño.

Durante décadas habría parecido absurdo aplicarla a la relación entre Estados Unidos e Israel. La mayor potencia militar, económica y tecnológica del planeta no podía actuar al dictado de un pequeño aliado de Oriente Próximo. Sin embargo, la reanudación de los ataques estadounidenses contra Irán vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta perturbadora: ¿es Donald Trump quien dirige la estrategia en Oriente Próximo o ha terminado asumiendo la agenda de Benjamín Netanyahu?

Es una cuestión que va mucho más allá de la política israelí. En realidad, remite a un problema mucho más antiguo: la extraordinaria dificultad de Estados Unidos para abandonar una guerra una vez que ha decidido entrar en ella.

En Los desnudos y los muertos, publicada en 1948, Norman Mailer pone en boca de uno de sus soldados una observación tan sencilla como premonitoria: «el problema de Estados Unidos es que nunca ha perdido una guerra». Cuando escribió aquella novela, la afirmación resultaba razonable. La joven república había derrotado a México, había desmantelado el decadente imperio español en Cuba y Filipinas, había resultado decisiva en la victoria aliada en la I Guerra Mundial y acababa de desempeñar un papel decisivo en la derrota de Alemania y Japón duranta la II Gran Guerra. La confianza en la superioridad militar estadounidense parecía ilimitada. Si surgía un problema internacional, bastaba con enviar portaaviones, divisiones acorazadas y bombarderos.

La historia posterior resultó bastante más complicada.

La guerra de Corea suele recordarse como una victoria porque Corea del Sur sobrevivió. Sin embargo, el objetivo político terminó siendo otro: reunificar la península y expulsar definitivamente al régimen comunista de Pyongyang. Ese objetivo nunca se alcanzó. Tras la intervención china, la guerra terminó prácticamente donde había empezado. Setenta años después, Corea del Norte continúa existiendo, dispone de armamento nuclear y sigue siendo uno de los mayores desafíos estratégicos para Washington.

Poco después llegó la desastrosa operación de Bahía de Cochinos, concebida para derribar a Fidel Castro mediante un desembarco organizado por la CIA. El fracaso consolidó al régimen cubano y empujó definitivamente a La Habana hacia la órbita soviética. Apenas un año después, el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear durante la crisis de los misiles.

Vietnam convirtió esa sucesión de reveses en un trauma nacional. Estados Unidos nunca perdió una gran batalla convencional. Su aviación dominó el cielo y su potencia de fuego resultó abrumadora. Sin embargo, acabó retirándose sin alcanzar el objetivo político que había justificado la intervención. Las imágenes de los helicópteros evacuando la embajada en Saigón siguen simbolizando el descubrimiento de una realidad incontestable que hubiera encantado a Clausewitz: la superioridad militar no garantiza la victoria política.

Desde entonces la lista se ha ido alargando. En 1983, un atentado contra los barracones de los marines en Beirut precipitó la retirada estadounidense del Líbano. Diez años después, la batalla de Mogadiscio convenció a Washington de abandonar Somalia. En Afganistán, el ejército más poderoso del mundo necesitó apenas unas semanas para desalojar a los talibanes del poder y casi veinte años para comprobar que era incapaz de construir un Estado estable. Cuando el último avión estadounidense despegó de Kabul en agosto de 2021, los talibanes recuperaban exactamente el mismo poder del que habían sido expulsados dos décadas antes.

Irak constituye quizá el ejemplo más revelador. La invasión de 2003 fue un éxito militar fulminante. El régimen de Sadam Husein cayó en cuestión de semanas. Pero la paz resultó infinitamente más difícil que la guerra. La insurgencia, la violencia sectaria y el vacío institucional transformaron la victoria inicial en un conflicto interminable. La mayor paradoja fue geopolítica: una intervención concebida, entre otras razones, para reforzar la posición estadounidense en Oriente Próximo terminó eliminando el principal contrapeso regional de Irán y multiplicando precisamente la influencia de Teherán sobre Bagdad.

Es inevitable preguntarse si Washington está a punto de repetir ese mismo error.

Porque Irán no es Irak, ni Afganistán, ni mucho menos uno de esos Estados nacidos del reparto colonial de Oriente Próximo tras la desaparición del Imperio otomano. Irán es el heredero de una tradición estatal que se remonta al Imperio aqueménida de Ciro y Darío. Es una nación con más de ochenta millones de habitantes, una fuerte identidad histórica y una administración que ha sobrevivido a conquistas, invasiones y revoluciones durante más de dos milenios.

Alejandro Magno conquistó Persia, pero terminó adoptando muchas de sus costumbres. Los árabes llevaron el islam, pero no consiguieron borrar la identidad persa. Los mongoles devastaron el país, pero acabaron absorbidos por la cultura que pretendían destruir. La continuidad histórica constituye uno de los grandes activos estratégicos de Irán y explica en buena medida la cohesión nacional que suele emerger cuando el país percibe una amenaza exterior.

Nada de eso convierte al régimen iraní en invulnerable. Pero sí convierte en extremadamente arriesgada cualquier ilusión de resolver el problema mediante una campaña de bombardeos o, peor aún, mediante una hipotética invasión terrestre. La experiencia de las últimas décadas sugiere que destruir infraestructuras resulta mucho más sencillo que remodelar sociedades.

Donald Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo exactamente lo contrario. Criticó las guerras interminables, denunció el despilfarro de vidas y dinero en Oriente Próximo y aseguró que Estados Unidos debía concentrarse en sus propios problemas. Esa promesa formaba parte del núcleo de su discurso político. Si ahora acaba atrapado en una escalada con Irán, corre el riesgo de parecerse mucho más a sus predecesores de lo que probablemente desearía admitir.

Existe además un calendario político que no puede ignorarse. Las elecciones legislativas de mitad de mandato suelen convertirse en un plebiscito sobre el presidente. Una guerra larga, costosa e imprevisible constituye un pésimo escenario para cualquier ocupante de la Casa Blanca. La historia reciente demuestra que entrar en un conflicto resulta relativamente sencillo; encontrar una salida digna suele ser mucho más complicado.

Quizá Norman Mailer no imaginó hasta qué punto aquella frase escrita hace casi ochenta años acabaría adquiriendo un significado distinto. El verdadero problema de Estados Unidos ya no consiste en creer que nunca puede perder una guerra. Consiste en seguir confiando en que una victoria militar equivale necesariamente a una victoria política. Corea, Vietnam, Afganistán e Irak cuentan una historia muy distinta.

Y ahora esa historia vuelve a escribirse sobre el mapa de Persia, un lugar donde los imperios llevan dos mil quinientos años aprendiendo que entrar siempre resulta más fácil que salir.