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domingo, 5 de julio de 2026

LA PARADOJA "GRASIENTA" DE LA LIEBRE ÁRTICA (O DE CÓMO ZAMPARSE LAS HECES)

 

Liebre ártica con pelaje blanco de invierno. Foto.

Después de la publicación del artículo sobre el bajo volumen de grasa corporal de los conejos, un amigo lector me plantea una cuestión muy interesante: "La paradoja del conejo, o de la proteína: ¿Como sobrevive el conejo ártico sin grasa?". El asunto que plantea está muy justificado, si tenemos en cuenta el papel aislante que juega en la grasa en el equilibrio térmico de cualquier ser vivo, y más aún en los que habitan en climas fríos o de los mamíferos acuáticos como ballenas o delfines que pasan su vida en el agua. No es el caso de las liebres árticas (Lepus arcticus), cuyo cuerpo contiene tan solo un 20% de grasa a principios del invierno.

La respuesta a esa pregunta tan pertinente es bastante contraintuitiva. En realidad, las liebres árticas (en el ártico no hay conejos silvestres) sí necesitan reservas energéticas para el invierno, pero han evolucionado para almacenarlas de una forma muy diferente a otros mamíferos.

La razón principal es que un conejo o una liebre viven permanentemente al borde de convertirse en la comida de alguien. En el Ártico los principales depredadores de la liebre ártica son el zorro y el lobo árticos, el búho nival y diversas rapaces. Su única defensa eficaz consiste en detectar el peligro a tiempo y salir disparado.

La grasa pesa. Y no solo pesa: también reduce la agilidad y aumenta el coste de la aceleración. Una liebre con varios cientos de gramos de grasa tendría menos probabilidades de escapar. Para un animal velocista que vive gracias a sus arrancadas explosivas, cada gramo cuenta.

La evolución ha encontrado otra solución: invertir más en aislamiento que en reservas. El pelaje invernal de la liebre ártica es uno de los más densos del reino animal. Al reducir enormemente la pérdida de calor, disminuye la cantidad de energía que necesita producir. Es mucho más eficiente conservar el calor que generar calor nuevo.

Además, los conejos y las liebres permanecen activos durante todo el invierno. No hibernan. Siguen alimentándose de ramas, cortezas, yemas y líquenes que encuentran bajo la nieve. Es decir, no dependen exclusivamente de reservas acumuladas en otoño, como hacen las marmotas o los osos.

También poseen un aparato digestivo extraordinariamente eficiente. Mediante la “cecotrofía” aprovechan por segunda vez vitaminas, proteínas y ácidos grasos sintetizados por su microbiota intestinal. La cecotrofia es una adaptación digestiva característica de conejos, liebres y algunos roedores que les permite aprovechar al máximo alimentos muy pobres en nutrientes.

Tras una primera digestión, el alimento fermenta en el ciego gracias a una abundante comunidad de microorganismos, que producen proteínas, vitaminas —especialmente del grupo B y vitamina K— y ácidos grasos de cadena corta. El animal expulsa entonces unos excrementos blandos llamados “cecotrofos”, que ingiere directamente del ano antes de que caigan al suelo. Al pasar de nuevo por el aparato digestivo, estos nutrientes se absorben eficazmente. Es, en esencia, una ingeniosa forma de "digerir dos veces" el mismo alimento. Gracias a este "doble procesamiento" extraen mucha más energía de un alimento pobre en nutrientes.

Existe además otro aspecto poco conocido. Los pequeños mamíferos apenas pueden acumular grandes depósitos de grasa. Un oso puede almacenar cien o doscientos kilogramos antes de la hibernación porque ese peso representa una fracción relativamente pequeña de su masa corporal. En un conejo de apenas tres o cuatro kilogramos, un kilogramo de grasa sería una carga enorme que comprometería seriamente su movilidad.

Paradójicamente, el frío intenso tampoco favorece el almacenamiento de grasa. En invierno, la escasa vegetación disponible aporta muy poca energía, de modo que la liebre consume casi todo lo que ingiere simplemente para mantenerse vivo. En esas condiciones resulta difícil crear reservas importantes.

Todo esto explica otra curiosidad. Los exploradores que describieron la llamada rabbit starvation, (la inanición por ingerir liebres árticas) solían cazar liebres en invierno, precisamente cuando los animales habían consumido la mayor parte de la poca grasa que habían acumulado durante el verano. Era la peor época posible desde el punto de vista nutricional. Una liebre cazada al final del invierno podía ser prácticamente un paquete de músculo recubierto de piel, con una cantidad ínfima de tejido adiposo.

Liebre ártica (Lepus arcticus) en Sachs Harbour, Isla Banks, Canadá. La liebre con su pelaje grisáceo de verano. Foto de Stephen Sprinz.

Hay un detalle adicional. Mientras las liebres árticas apenas pueden ofrecer grasa, las focas y las ballenas hacen exactamente lo contrario. Los mamíferos marinos almacenan enormes cantidades de grasa subcutánea, que les sirve como aislante térmico y como reserva energética. Por eso, para un cazador inuit una foca era una presa mucho más valiosa que una liebre: no porque tuviera más carne, sino porque proporcionaba el nutriente más escaso y preciado del Ártico, la grasa.

De hecho, esa diferencia resume dos estrategias evolutivas opuestas. La liebre apuesta por la velocidad: mantenerse ligero para escapar. La foca apuesta por el aislamiento y las reservas: cargar decenas de kilos de grasa porque en el agua no necesita huir corriendo. Y el ser humano, situado entre ambos extremos, descubrió hace miles de años cuál de las dos presas convenía llevar al campamento cuando el invierno se hacía interminable.