| Liebre ártica con pelaje blanco de invierno. Foto. |
Después de la publicación del artículo sobre el bajo volumen de grasa corporal de los conejos, un amigo lector me plantea una cuestión muy interesante: "La paradoja del conejo, o de la proteína: ¿Como sobrevive el conejo ártico sin grasa?". El asunto que plantea está muy justificado, si tenemos en cuenta el papel aislante que juega en la grasa en el equilibrio térmico de cualquier ser vivo, y más aún en los que habitan en climas fríos o de los mamíferos acuáticos como ballenas o delfines que pasan su vida en el agua. No es el caso de las liebres árticas (Lepus arcticus), cuyo cuerpo contiene tan solo un 20% de grasa a principios del invierno.
La respuesta a esa pregunta tan pertinente
es bastante contraintuitiva. En realidad, las liebres árticas (en el ártico no
hay conejos silvestres) sí necesitan reservas energéticas para el invierno,
pero han evolucionado para almacenarlas de una forma muy diferente a otros
mamíferos.
La razón principal es que un
conejo o una liebre viven permanentemente al borde de convertirse en la comida
de alguien. En el Ártico los principales depredadores de la liebre ártica son el
zorro y el lobo árticos, el búho nival y diversas rapaces. Su única defensa
eficaz consiste en detectar el peligro a tiempo y salir disparado.
La grasa pesa. Y no solo pesa:
también reduce la agilidad y aumenta el coste de la aceleración. Una liebre con
varios cientos de gramos de grasa tendría menos probabilidades de escapar. Para
un animal velocista que vive gracias a sus arrancadas explosivas, cada gramo
cuenta.
La evolución ha encontrado otra
solución: invertir más en aislamiento que en reservas. El pelaje invernal de la
liebre ártica es uno de los más densos del reino animal. Al reducir enormemente
la pérdida de calor, disminuye la cantidad de energía que necesita producir. Es
mucho más eficiente conservar el calor que generar calor nuevo.
Además, los conejos y las liebres
permanecen activos durante todo el invierno. No hibernan. Siguen alimentándose
de ramas, cortezas, yemas y líquenes que encuentran bajo la nieve. Es decir, no
dependen exclusivamente de reservas acumuladas en otoño, como hacen las
marmotas o los osos.
También poseen un aparato
digestivo extraordinariamente eficiente. Mediante la “cecotrofía” aprovechan
por segunda vez vitaminas, proteínas y ácidos grasos sintetizados por su
microbiota intestinal. La cecotrofia
es una adaptación digestiva característica de conejos, liebres y algunos
roedores que les permite aprovechar al máximo alimentos muy pobres en
nutrientes.
Tras una primera digestión, el
alimento fermenta en el ciego gracias a una abundante comunidad de
microorganismos, que producen proteínas, vitaminas —especialmente del grupo B y
vitamina K— y ácidos grasos de cadena corta. El animal expulsa entonces unos
excrementos blandos llamados “cecotrofos”,
que ingiere directamente del ano antes de que caigan al suelo. Al pasar de
nuevo por el aparato digestivo, estos nutrientes se absorben eficazmente. Es,
en esencia, una ingeniosa forma de "digerir dos
veces" el mismo alimento. Gracias a este "doble
procesamiento" extraen mucha más energía de un alimento pobre en
nutrientes.
Existe además otro aspecto poco
conocido. Los pequeños mamíferos apenas pueden acumular grandes depósitos de
grasa. Un oso puede almacenar cien o doscientos kilogramos antes de la
hibernación porque ese peso representa una fracción relativamente pequeña de su
masa corporal. En un conejo de apenas tres o cuatro kilogramos, un kilogramo de
grasa sería una carga enorme que comprometería seriamente su movilidad.
Paradójicamente, el frío intenso
tampoco favorece el almacenamiento de grasa. En invierno, la escasa vegetación
disponible aporta muy poca energía, de modo que la liebre consume casi todo lo
que ingiere simplemente para mantenerse vivo. En esas condiciones resulta
difícil crear reservas importantes.
Todo esto explica otra
curiosidad. Los exploradores que describieron la llamada rabbit starvation, (la
inanición por ingerir liebres árticas) solían cazar liebres en invierno,
precisamente cuando los animales habían consumido la mayor parte de la poca
grasa que habían acumulado durante el verano. Era la peor época posible desde
el punto de vista nutricional. Una liebre cazada al final del invierno podía
ser prácticamente un paquete de músculo recubierto de piel, con una cantidad
ínfima de tejido adiposo.
Liebre
ártica (Lepus arcticus) en Sachs Harbour, Isla Banks, Canadá. La liebre
con su pelaje grisáceo de verano. Foto de Stephen Sprinz.
Hay un detalle adicional.
Mientras las liebres árticas apenas pueden ofrecer grasa, las focas y las
ballenas hacen exactamente lo contrario. Los mamíferos marinos almacenan
enormes cantidades de grasa subcutánea, que les sirve como aislante térmico y
como reserva energética. Por eso, para un cazador inuit una foca era una presa
mucho más valiosa que una liebre: no porque tuviera más carne, sino porque
proporcionaba el nutriente más escaso y preciado del Ártico, la grasa.
De hecho, esa diferencia resume
dos estrategias evolutivas opuestas. La liebre apuesta por la velocidad:
mantenerse ligero para escapar. La foca apuesta por el aislamiento y las
reservas: cargar decenas de kilos de grasa porque en el agua no necesita huir
corriendo. Y el ser humano, situado entre ambos extremos, descubrió hace miles
de años cuál de las dos presas convenía llevar al campamento cuando el invierno
se hacía interminable.