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miércoles, 3 de julio de 2019

Supervivencia del más apto. Una batalla en la jungla de Costa Rica

Heliconius hecale. Foto

En los bosques tropicales de América Central y del Sur hay una lucha constante por sobrevivir. La lucha tiene lugar no solo entre los gigantes poderosos de la selva, sino también entre algunas mariposas de colores brillantes y una familia de plantas trepadoras.
Hay dos invernaderos para plantas tropicales que me encantan. El muy clásico de Kew Gardens, cerca de Londres, y el futurista Climatron del Jardín Botánico de Misuri en St. Louis. En mi última visita a este último descubrí un pequeño tesoro: una flor de la pasión en miniatura. En la figura adjunta les resumo los principales detalles que caracterizan a la flor de la pasión Passiflora caerulea, hermana de una fruta muy apetecible, el maracuyá o chinola Passiflora edulis de la que escribí en esta entrada.  
Me gustan las flores pequeñas, especialmente si contienen muchos detalles. Por eso en el Climatron me llamó la atención Passiflora boenderi, endémica de una pequeña región de Costa Rica. Hay mucho que observar y que aprender de esta especie. Las flores, que presentan todas las características de una flor de la pasión, pero con el diámetro de una moneda de un euro, son algunas de las más pequeñas del género. Las hojas son proporcionalmente mucho más grandes. Son bilobuladas, cubiertas con un tinte purpúreo y están salpicadas de manchas brillantes de color amarillo anaranjado. Las manchas desempeñan un papel importante en la protección de esta planta frente a los herbívoros.
El género Passiflora presenta todo un arsenal de armamentos evolutivos destinados a combatir a las larvas de un género de mariposa, Heliconius, cuyas distintas especies solamente ponen los huevos en las hojas de las pasifloras. Cuando los huevos eclosionan, las larvas u orugas se alimentan ávidamente del follaje. Para defenderse, las diferentes especies del género han desarrollado una variedad de estrategias que les ayudan a desviar la atención de las mariposas hembras cargadas de huevos.
Como las mariposas se orientan visualmente para encontrar las pasifloras, estas varían las formas de sus hojas para que se parezcan a otras plantas. Algo consiguen, pero no siempre logran engañar a las mariposas, que son capaces de distinguir las hojas de las pasifloras de las de otras plantas tamborileando con sus patas sobre la superficie foliar.
Las manchas naranjas en las hojas de P. boenderi forman parte de una estrategia disuasoria que cumple una doble función. El primero es un elemento disuasivo visual. Las manchas imitan, tanto en tamaño como en forma, a los huevos de Heliconius. Debido a que las orugas de la mariposa tienden al canibalismo, las mariposas hembras son reacias a poner sus huevos en hojas con huevos que pueden contener larvas potencialmente letales. Además, aunque el canibalismo no fuera el problema, ¿por qué molestarse en poner huevos donde habrá una gran competencia por la comida? Una hembra que busque un lugar para poner sus huevos verá las manchas y buscará otra planta.
Pero además de la mímica visual, estas manchas también secretan néctar. El néctar rico en energía atrae inevitablemente a las hormigas, que las defienden ferozmente como fuente de alimento. Si una oruga (o cualquier otro herbívoro) empieza a mordisquear las hojas, las hormigas se encargan rápidamente de expulsarlas.
¿Qué beneficios reciben las mariposas de esta lucha aparentemente desigual? Dado que las hojas de la vid son venenosas para todas las orugas excepto para las del género Heliconius y algunos otros insectos, se reduce la competencia por el alimento. Y debido a que absorben las toxinas de las hojas, las mariposas son desagradables para las aves. En consecuencia, viven más tiempo que muchas otras especies de mariposas, tal vez lo suficiente como para idear nuevas formas de burlar a los ingeniosos mecanismos de las diferentes pasifloras a los que su ciclo de vida está inextricablemente vinculado.
Debido a su reducida área de distribución, P. boebderi está en peligro de extinción. La destrucción de su hábitat natural, las tierras bajas costarricenses, que cada vez se utilizan más y más para cultivar el aceite de palma y piñas, y la proliferación de los centros turísticos son una amenaza constante para la supervivencia a largo plazo de esta especie y de muchas otras. Tuve la suerte de haber encontrado esta planta en el Climatron del Jardín Botánico de Misuri, pero me temo que, si se prosiguen las actividades que destruyen las selvas en las que viven, los jardines botánicos pueden ser el único lugar donde P. boebderi pueda encontrarse en un futuro no muy lejano. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.
Lecturas adicionales: 1, 2.